AGLI

Recortes de Prensa     Martes 30 Noviembre 2004
MISERIAS DEL TERRORISMO
Edurne URIARTE ABC 30 Noviembre 2004

Algo más que una reivindicación personal
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 30 Noviembre 2004

Ganó Aznar
Luis María ANSON La Razón 30 Noviembre 2004

CONTUNDENTE AZNAR
Editorial ABC 30 Noviembre 2004

Faltan muchos
Alfonso Ussía La Razón 30 Noviembre 2004

La comparecencia
César Vidal La Razón 30 Noviembre 2004

Queremos saber la verdad
José Clemente La Razón 30 Noviembre 2004

AZNAR: ESTADO Y PARTIDO
BENIGNO PENDÁS ABC 30 Noviembre 2004

Aznar convence
Editorial La Razón 30 Noviembre 2004

EL PARTO DEL 14-M
César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 30 Noviembre 2004

Demoledor
Ignacio Villa Libertad Digital 30 Noviembre 2004

La cizaña
David Gistau La Razón 30 Noviembre 2004

Catalonia is not Spain
José García Domínguez  Libertad Digital  30 Noviembre 2004

Ir por lana
José María CARRASCAL La Razón 30 Noviembre 2004

Orgullosos de Aznar
EDITORIAL  Libertad Digital  30 Noviembre 2004

Desenmascara a los que se beneficiaron del 11-M
Isabel Durán Libertad Digital 30 Noviembre 2004

Aznar, entre galgos o podencos
Julián Lago La Razón 30 Noviembre 2004

Imaz y sus ideas
Cartas al Director ABC 30 Noviembre 2004




 

MISERIAS DEL TERRORISMO
Por Edurne URIARTE ABC 30 Noviembre 2004

CON José María Aznar, el debate de la Comisión del 11-M, perdido durante semanas entre Lavanderos, Lavanderas y demás personajes siniestros, ha vuelto a lo esencial durante unas horas. En primer lugar, al hecho de que el 11-M fue la confirmación de la gravedad de un terrorismo islamista sobre el que únicamente había alertado el propio Aznar en nuestro país. En segundo lugar, a las miserias políticas de una oposición que convirtió en acusado al presidente del Gobierno, encontró razones políticas para el crimen, Irak o la política internacional, y alentó la búsqueda de un chivo expiatorio en una sociedad asustada y desorientada.

Pero el Partido Popular perdió las elecciones y la penosa consecuencia política del 11-M es que aquellas miserias constituyen desde entonces la verdad oficial, la de los ganadores. Y a estas alturas, quedan pocas esperanzas de hacer mella en la verdad dominante, al menos a corto plazo. Y no sólo porque tiene la mayoría parlamentaria, incluida la de la Comisión que investiga el 11-M, sino porque una buena parte de la sociedad prefiere la tranquilizadora causa de Irak o las ambiguas causas políticas y sociales del actual presidente del Gobierno que la confrontación de la terrible realidad del terrorismo islámico.

Quedan los hechos y, de la comparecencia de ayer, el simbolismo perturbador de esa imagen de Aznar enfrentado a varios líderes políticos de los que ni siquiera sabemos si desean perseguir el terrorismo. Incluso algunos de los defensores de la verdad oficial debieron de sentir un cosquilleo de intranquilidad cuando vieron a su chivo expiatorio en el banquillo de los interrogados. Porque no deja de ser incongruente, incluso para ellos, la visión del líder político que más claramente alertó sobre la amenaza del terrorismo islámico inquirido por los del Comando Dixan y por todos aquellos para los que todo era obsesión terrorista de Aznar.

Pero además de incongruente es desolador para la lucha antiterrorista que el político más eficaz en esa lucha tuviera que someterse a las acusaciones de un parlamentario como Joan Puig, cuyo partido, ERC, se esfuerza en entender a ETA y no en perseguirla, o de Emilio Olabarria, quien ayer afirmó que los asesinatos de ETA son responsabilidad de los que no han encontrado soluciones políticas para el problema.

Quedan también las palabras de un José María Aznar acertado y eficaz que situó la Comisión del 11-M allí donde le interesa al PP: sobre imprevisión, que la única alerta previa fue la del PP; sobre el 11-14-M, que los datos policiales muestran que quien manipuló fue la oposición y no el Gobierno; sobre la Guardia Civil y la Policía, defensa cerrada de su labor; sobre ETA, ni tesis, ni hipótesis ni conspiraciones, tan sólo sugerencias de investigación; y sobre la verdad y la responsabilidad del Gobierno, una devolución de la mirada hacia el Gobierno actual y a su transmisión de la verdad sobre la amenaza islamista a los españoles.

Algo más que una reivindicación personal
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 30 Noviembre 2004

Aznar se ha quitado la espina que desde hace siete meses tenía atravesada en el gaznate del alma, algo que no le dejaba respirar y, a la vista de su demacrado aspecto filiforme, ni siquiera comer. Ayer estuvo mucho más calculador de lo que parecía, mucho menos improvisador de lo que dio a entender, mucho más astuto que sus contrincantes y, a fuerza de bofetadas y de mantener siempre la distancia con lo que parecía un enjambre de pesos mosca rodeando a un peso superpesado, logró algo más que una reivindicación personal, aunque también nada menos que eso: una reivindicación personal del mejor presidente de Gobierno en muchísimos años. Al menos en lo que a economía y política exterior se refiere, claves de cualquier Gobierno duradero en sus fines y benéfico en sus medios.

La clave del éxito de Aznar en la jornada parlamentaria de ayer está en algo que los socialistas, tradicionalmente reñidos con la verdad, no alcanzan a entender: que, en lo sustancial, el Gobierno no mintió el 11M, el 13M o el 14M. Ni entonces ni ahora. Aznar hizo, además, un excelente discurso-preámbulo que, con la eficaz participación de Eduardo Zaplana (reivindicado en su línea combatiente dentro de la Comisión del 11M) preparó una jornada de sabor agridulce pero de honda satisfacción para el PP y para sus diez millones de votos. Porque algo habrá subido desde aquellos 9.700.000 del 14-M. Si uno se acerca a la letra pequeña de la intervención de Aznar, se advierten auténticos boquetes políticos, así todo lo relativo a la Policía y la Guardia Civil de Asturias y no sólo de Asturias. Pero como la Oposición no se fijó en la letra sino en la música y su partitura es la de Don Jesús el del Bombo, el resultado fue catastrófico para la Izquierda en general y el PSOE en particular. Tampoco la SER se fue de vacío, no en balde Aznar supo ponerla en ridículo por sus errores, involuntarios o voluntarios, y la colocó en una situación de imposible defensa a propósito de ese premio Ondas que la SER se concedió a sí misma por la hazaña de aquellos días de mentiras golpistas e infame manipulación. Cebrián ha querido remachar tanto el clavo que, al final, se ha dado con el martillo en el dedo. El sectarismo tiene estos gajes. No merece menos.

Pero si Aznar ha estado contundente y listo, la Oposición ha estado tonta hasta decir basta. Simplemente con asumir las revelaciones de “El Mundo” y pedirle explicaciones a Aznar por ellas, lo hubieran puesto contra las cuerdas. Pero como viven instalados en la negación de la evidencia, en esa burbuja informativa del imperio prisaico que tanto daño empieza a hacerle a la izquierda, han perdido una ocasión irrepetible para desgastar de verdad al PP, al de ayer y al de hoy, al de Aznar y al de Rajoy. No se repetirá. Y es justo que así sea, aunque la justicia no siempre tenga que ver con la política. Siquiera para compensar la injusticia del 14M, la Derecha merecía el desquite de Aznar. Pero hay muchísimas cosas por averiguar. Vamos a ver si se convence Rajoy y el PP empieza a hacer algo más que aprovechar las investigaciones de Fernando Múgica, el auténtico guionista invisible e involuntario de la gran reivindicación de Aznar. Pero no sólo de Aznar. También de un tal Orwell, que se cayó del guindo totalitario en nuestra Guerra Civil y que desde entonces es el símbolo de la lucha contra la mentira en la política. O sea, contra esta Izquierda sempiternamente manipuladora y embustera que no ha cambiado mucho en setenta años, de Munzenberg a Cebrián.

Ganó Aznar
Luis María ANSON de la Real Academia Española La Razón 30 Noviembre 2004

Sereno, tranquilo, moderado, seguro, consecuente, Aznar ganó ayer ante la opinión pública el pulso que algunos partidos políticos le echaron en la Comisión del 11-M. No hay que extrañarse del éxito del ex-presidente porque, además de experiencia para el debate parlamentario, tiene la razón y eso lo sabe cada vez más gente en España. La salvajada del 11-M fue inicialmente atribuida a Eta por todo el mundo. Pero ya a las dos horas del atentado, expertos cercanos a Rafael Vera insinuaron que el autor de la matanza era Al Qaida. El think tank del PSOE, con el hombre más lúcido del partido a la cabeza, reaccionó como una pantera de Java para establecer el siguiente silogismo: Al Qaida ha atentado en España por nuestra participación en la guerra de Iraq; Aznar nos metió en esa guerra, luego Aznar es el culpable de la hemorragia de cerca de doscientos muertos.

La correa de transmisión elegida para informar y condicionar a la opinión pública fue el grupo Prisa, que actuó con extraordinaria eficacia. La intoxicación y la manipulación alcanzaron cotas de tal calibre que en unas horas se llevó al ánimo de la opinión pública no la autoría del atentado sino la culpabilidad de Aznar, que es lo que podía influir en las elecciones del 14-M. El paradigma del alud intoxicador fue lanzar la especie de que había terroristas suicidas, seguido de historias de furgonetas, vídeos, insidias sobre retraso de elecciones, incluso sobre preparación de un golpe de Estado. Había que calentar a la gente contra Aznar y se la calentó.

El silogismo sobre el que se articuló la victoria electoral era falso, eso quedó claro semanas después, cuando se demostró que no había relación entre la presencia de tropas españolas en Iraq (amparadas, por cierto, por decisión unánime del Consejo de Seguridad de la ONU) y el atentado, porque los terroristas islámicos tenían preparada una matanza similar en el Metro de París, a pesar de que Francia estuvo siempre contra la guerra iraquí. Zapatero ganó las elecciones, como ha escrito el «Wall Street Journal», por accidente, gracias a la sabia manipulación informativa y a la intoxicación sobre una gran mentira, todo ello unido a la incapacidad para la respuesta mediática del entorno de Aznar que, en ocho años, no supo articular o estimular o propiciar un grupo capaz de competir con Prisa.

Tras el éxito ayer del hombre tranquilo, del ex-presidente del Gobierno que estuvo esclarecedor y convincente, siguen en pie las siguientes preguntas: ¿Participó Eta en el atentado y, si es así, qué grado de participación tuvo? ¿El autor intelectual de la matanza eligió el 11-M con el propósito de condicionar el resultado electoral y terminar con la influencia de Aznar y su partido en determinadas áreas de la política internacional? ¿Qué tenebrosos servicios secretos de ciertas naciones tuvieron relación con el atentado? ¿Algún personaje de algún grupo político español tuvo información de lo que iba a ocurrir y, en lugar de transmitirla a las Fuerzas de Seguridad, esperó a que se produjera el atentado para saltar a la yugular del PP y sus líderes?

CONTUNDENTE AZNAR
Editorial ABC 30 Noviembre 2004

EL balance de la intervención del ex presidente del Gobierno José María Aznar ante la Comisión parlamentaria que investiga el 11-M justifica retrospectivamente a quienes, en el Grupo socialista, deseaban evitar su comparecencia. El hecho de que Aznar superase una sucesión de interrogatorios a lo largo de diez horas, con un testimonio coherente y lleno de convicción, ordenado en la exposición histórica, razonable en la interpretación de los hechos y comedido en las formas, es suficiente para valorar que su paso por la Comisión ha sido claramente favorable para el juicio de la responsabilidad política de su Gobierno. La condición de brillante parlamentario que acredita al ex jefe del Ejecutivo quedó ayer de manifiesto con una intervención en la que anuló dialécticamente a buena parte de los interpelantes, especialmente a los representantes de ERC y del PSOE, que se perdieron en disquisiciones formales ante el rocoso discurso de Aznar.

Desmontar la teoría de la mentira
Es humanamente imposible sostener una mentira durante tanto tiempo y contra tantas personas. La conclusión es similar a la que mereció la comparecencia de Ángel Acebes, quien también resistió el tercer grado parlamentario que le estaba reservado: el Gobierno del PP no mintió sobre la información que le facilitaban las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Este dato se ha hecho tan incontrovertido que los reproches al Gobierno de Aznar se han ido desplazando a otros momentos -la jornada del 13 de marzo- y a otros ámbitos de su gestión -la relación con los medios, el Pacto Antiterrorista-, pero ya no es posible, salvo que estén dispuestos al descrédito, que los socialistas y demás grupos que explotaron hasta la náusea el argumento de la mentira sigan insistiendo en sus imputaciones contra el ex presidente del Gobierno. El formato de la comparecencia favorecía a los acusadores de José María Aznar, porque les permitía encadenar sus interrogatorios y auxiliarse recíprocamente. Pero Aznar logró superar este condicionamiento previo y, contra el propósito estratégico de sus interrogadores, hizo que cada uno de ellos tuviera que ponerse a la defensiva; sólo cuando se refirió a los motivos por los que no convocó el pacto antiterrorista mostró el ex jefe del Ejecutivo cierta debilidad argumental.

12, 13 y 14 de marzo
Quienes no querían ver a Aznar en la Comisión sabían que el ex presidente del Gobierno tenía en su mano demostrar que en aquellos días, del 11 al 13 de marzo, no fue sólo su Ejecutivo el que tomó decisiones e informó a la opinión pública. Otros también lo hicieron en sus propios ámbitos, y Aznar se limitó a recordar el papel de cada cual entonces. Fue significativo el empeño de algunos portavoces en excluir del testimonio de Aznar cualquier referencia a la actuación de determinados medios de comunicación o de grupos políticos opositores, advirtiéndole de que en esa Comisión sólo se investigaba la responsabilidad política de su Gobierno. Nunca fue éste el designio de una Comisión parlamentaria que, primero con Ángel Acebes y ayer con Aznar, no ha dejado de ser un juicio sumarísimo contra el Ejecutivo del PP. Aquellos días comprometieron a toda la sociedad y a todas las instituciones. El PSOE cometió un error de partida: creer que podría aislar la gestión del Gobierno popular y procesarla como si nada más hubiera pasado entonces.

PSOE y medios de comunicación
También hay una parte muy importante de la sociedad española que quiere conocer el papel del PSOE en esas jornadas y la responsabilidad de filtraciones -los terroristas suicidas, el decreto de suspensión de las elecciones, el conocimiento anticipado de pruebas, etcétera- que desencadenaron una agitación callejera antidemocrática e ilegal. Especialmente contundentes fueron las acusaciones vertidas por Aznar contra un determinado medio de comunicación, al que reprochó haber manipulado la realidad de aquellos días con informaciones falsas. Todo forma parte de aquella historia trágica para la democracia española y todo debe tener su respuesta. Lo que ha cambiado desde ayer es que esa respuesta está en el campo de sus detractores. Aznar invirtió la carga de la prueba y situó el debate en los términos que menos convienen a un PSOE obligado a responder -ayer no supo hacerlo- a las nada veladas acusaciones del ex jefe del Ejecutivo.

Ahora hay que confiar en que el compromiso que los socialistas proclamaban tener con la verdad se aplique a sus propios actos y contribuya a esclarecer las razones por las que no dudaron en agredir con acusaciones nunca probadas a un Gobierno legítimo y democrático.

El curso del interrogatorio al ex presidente del Gobierno no permite pensar en una rectificación del PSOE en cuanto a su repertorio de imputaciones contra Aznar y su Gobierno. Ante la concurrencia de datos, informes, citas y respuestas coherentes, las réplicas a Aznar se basaron, por parte de la mayoría de los portavoces, en reiteraciones imprecisas, acusaciones sin prueba y condenas sin motivación. No fue ETA la autora material del 11-M, pero Aznar demostró que su Gobierno no mintió a sabiendas cuando declaró inicialmente su autoría, después de que lo hubieran hecho, por cierto, el lendakari Ibarretxe y el dirigente independentista Josep Lluís Carod-Rovira. Aunque su afirmación de que los autores intelectuales de la matanza «no andan en montañas muy lejanas» podría ser tachada de demasiado categórica, supo el ex presidente depurar su discurso de adherencias extrañas, no incurriendo en el error de aventurar conjeturas atrevidas sobre los vínculos entre ETA y el terrorismo islamista -más allá de los datos objetivos que se conocen- ni en seguir la causa general contra la Guardia Civil abierta en otras instancias.

La sombra de ETA
Sobre todo, Aznar desmontó el argumento del posible beneficio electoral que se atribuía a la autoría de ETA, al recordar que, durante los años inmediatamente anteriores, la oposición socialista y de otros grupos tachaba sus advertencias sobre el terrorismo islamista como una coartada para implicar a España en el apoyo a Estados Unidos en su campaña contra el terrorismo internacional.

EL PSOE y sus aliados empiezan a comprobar las consecuencias de su estrategia de aniquilación política de José María Aznar y del PP. Han llevado la tensión hasta un extremo insoportable y el PP ha decidido salir del rincón defendiendo su pasado y haciendo frente a las más graves acusaciones que ha recibido un Gobierno democrático en Europa en los últimos tiempos.

Campaña de aniquilación
El testimonio del ex presidente se ha beneficiado del paso del tiempo, un factor que los socialistas despreciaron, porque pensaron que podrían perpetuar durante toda la legislatura el ambiente del 13-M. No ha sido así, porque el tiempo concede perspectiva y objetividad, pero también porque la sociedad cambia sus intereses y ya no es lo mismo arremeter contra el PP en aquellas fechas, cuando todo estaba permitido, que secundar hoy a un Gobierno socialista que está perdiendo a marchas forzadas su estado de gracia. La principal aportación de Aznar a la justicia histórica con su Gobierno y con su partido ha sido la de no eludir su comparecencia ante el Parlamento y ante la opinión pública; la de no rehuir el cuerpo a cuerpo con todos y cada uno de los grupos que imputaron la responsabilidad del 11-M a su política exterior, en particular a la guerra en Irak, como lo hizo explícitamente el ahora presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en relación con el atentado de Casablanca. Además, Aznar desplegó durante su intervención un efectivo control de la situación, que era el flanco que pretendían romper algunos de sus interrogadores, para quienes el éxito del interrogatorio se basaba en sacar de quicio a Aznar, forzarle a reacciones desairadas y exponerle en la picota de su peor caricatura. Fracasaron, porque, ciertamente, ayer se vio al mejor Aznar.

Faltan muchos
Alfonso Ussía La Razón 30 Noviembre 2004

Mañana, para los lectores, escribiré de la comparecencia de José María Aznar ante la Comisión de Investigación de los atentados del 11 de marzo. Creo que tenían que haber pasado previamente por esa comisión otras personas. Entre ellas, y después de la información publicada en LA RAZÓN, el socialista vasco Iñaki Pierrugues, que se dedicó a difundir correos acusando a Aznar de planear un golpe de Estado y suspender las elecciones del 14 de marzo. Un individuo con tan buena información está obligado a explicarse ante los representantes de la soberanía popular. Y también tendría que haber comparecido el actual director general de Comunicación del Real Madrid, que dirigió desde la cadena Ser toda la operación de intoxicación popular contra el Gobierno del Partido Popular, convirtiendo la llamada «Jornada de Reflexión» en una fiesta de la injuria y de la calumnia. También, antes que Aznar y Zapatero, podrían haber intervenido algunos de los miembros de la propia comisión, preguntándose y respondiéndose a sí mismos.

En España, efectivamente, se produjo un golpe de Estado en el que para nada intervino Aznar. En España se votó desde el terror y la manipulación. Al caos social se sumó el caos de la mentira, el caos de las acusaciones y el caos de la desinformación perfectamente calculada y medida. En determinadas sociedades, la ciudadanía reacciona con firmeza, y en otras, como la española, se arruga. España votó arrugada, mentida, engañada, manipulada y orquestada por una conspiración demagógica y extraordinariamente dirigida.

De ahí que haya acertado plenamente Florentino Pérez contratando a cambio de unos buenos millones de euros al galáctico organizador de la operación infame. Centenares de miles de mensajes nacieron en los teléfonos móviles de altos cargos del Partido Socialista. Desde los medios de Prisa, y muy especialmente desde los estudios de la Ser, se convocaron y alentaron manifestaciones ante la sede del Partido Popular con el amable mensaje de «asesinos». La intoxicación, la borrachera de la calumnia afectó a tantos votantes, que personas ejemplares y de demostrada heroicidad como María San Gil o Carlos Iturgaiz fueron llamadas «criminales» en el día previo a las elecciones. Todo eso no fue consecuencia de una reacción improvisadas. Todo eso se produjo porque triunfó la más implacable y deleznable campaña mediática para volcar el resultado de las elecciones. Golpe de Estado escondido y victorioso.

Era imprescindible que José María Aznar compareciera ante una comisión que al final de sus investigaciones va a demostrar que no ha averiguado nada. También lo es la presencia de Zapatero. Pero antes que uno y que el otro, la presumible Comisión haría muy bien en pedir la presencia de los que realmente saben cómo se desarrolló la falsedad en aquellos días cruciales. Pero los que lo saben, o están disfrazados de ignorantes comisionados, o han desaparecido momentáneamente o se dedican a vender camisetas de Beckham.

La comparecencia
César Vidal La Razón 30 Noviembre 2004

Lo ha contado Diógenes Laercio al describir la vida de Sócrates. Entre las innegables virtudes que adornaban al filósofo ateniense –su valor, su patriotismo, su austeridad, su honradez...– se hallaba la de que, cuando entablaba conversación con alguien su principal deseo no era persuadirle sino encontrar la verdad. Diógenes Laercio no exageraba. De hecho, si Sócrates hubiera estado tan interesado en convencer como en hallar lo que era verdadero, con toda seguridad no hubiera terminado bebiendo la cicuta por decisión mayoritaria de los ciudadanos. Comento todo esto porque durante su comparecencia ante la comisión del congreso dedicada a esclarecer lo sucedido el 11-M, José María Aznar difícilmente ha podido comportarse de manera más socrática.

El personaje, serio, delgado, casi digno del Greco, que ha venido soportando un maratónico interrogatorio si ha dejado algo de manifiesto no es que pretendiera convencer a nadie –tengo la sensación de que eso casi nunca le importó mucho a Aznar– sino establecer cuáles habían sido los hechos reales. Para ser fiel a la verdad, el antiguo presidente de Gobierno no ha podido estar más sereno, contundente y demoledor.

En primer lugar, está la cuestión de la mentira. Ha mostrado que no sólo su Gobierno no mintió –algo que había quedado establecido meridianamente ya por Ángel Acebes y remachado por Astarloa– sino que además sí que puede señalarse a los que mintieron. No fueron estos pocos. Se trató de un grupo mediático que anunció la existencia de terroristas suicidas que no existían y que luego tuvo la indescriptible desfachatez de premiarse por la repugnante mentira.

Se trató de un aspirante a presidente de Gobierno que durante esos días demostró una capacidad para la conjura maquia- vélica, para la insensibilidad de corazón y para el comportamiento sucio realmente descomunales. Se trató de un conjunto de partidos que sólo se preocuparon de su llegada al poder y para ello convocaron manifestaciones supuestamente espontáneas contra el Partido Popular a la vez que llevaban a cabo una labor de intoxicación mediática y ciudadana violando, por primera vez en la historia de nuestra democracia, la jornada de reflexión.
Si alguien mintió aquellos días no fue el Gobierno, sino los que acabaron llegando al Gobierno y los que los impulsaron desde las ondas y las rotativas en esa carrera.

En segundo lugar, Aznar ha delimitado también con enorme claridad el tema de las responsabilidades. La hipótesis de ETA era la más razonable a primera hora después de los atentados. Así la suscribieron, por ejemplo, Ibarreche y Carod-Rovira. También la suscribió un PSOE que temía la repercusión que todo esto tendría en su futuro político y que temía que, al fin y a la postre, la autoría de ETA se volviera en contra suya, siquiera porque gobernaba en Cataluña con el apoyo de un Carod que se había entrevistado con los terroristas vascos en Perpiñán. En medio de esa tesitura, el propio Rodríguez Zapatero llegó a decir a Aznar que era lo mismo quién hubiera cometido el atentado. Sin embargo, a estas alturas, da la sensación de que nadie recuerda uno solo de esos hechos. Pero lo más grave no sólo es que el Gobierno creía lo que creía el resto de los españoles sino que además han ido surgiendo indicios crecientes de que ETA tuvo contactos con los terroristas islámicos en las caravanas de la muerte o en las cárceles.

Finalmente, está la cuestión de la imprevisión. Por supuesto, el Gobierno del PP consideró que la mayor amenaza era ETA –y nadie puede culparlo por ello– pero constituye una amarga ironía que precisamente aquellos que le acusaron de enfrentarse con el terrorismo islámico en Iraq sean los que ahora le echen en cara no haber sido previsor. Si algo queda de manifiesto –y aquí Aznar ha sido muy prudente– es que hubo no pocos que sabían lo que se tramaba desde 2001 y, sin embargo, se lo ocultaron al gobierno del Partido Popular. La comparecencia de José María Aznar no ha servido –y quizá por eso el PSOE y sus aliados no la contemplaron en sus inicios– para infamar todavía más a un Gobierno que se enfrentó con el mayor atentado terrorista de la historia de España.

Por el contrario, ha dejado de manifiesto, por enésima vez, que ese Gobierno se vio solo e incluso fue atacado canallescamente por los demás partidos y que no pudo contar con la lealtad constitucional e institucional que en cualquier país democrático hubiera tenido lugar y que casi doscientos muertos exigían.

Sobre aquellas terribles muer- tes se cimentó un cambio electoral, un cambio que las generaciones venideras recordarán con vergüenza porque pocas veces en nuestra Historia se pudo asistir a tanta manipulación, tanta mentira y tanta falta de sentimiento nacional con el único fin de regresar a la Moncloa.     César Vidal es historiador

Queremos saber la verdad
José Clemente La Razón 30 Noviembre 2004

José María Aznar pidió ayer ante la comisión del 11-M querer saber la verdad de lo ocurrido ese fatídico día en el que, además de ser asesinadas 192 personas, se trazó la trayectoria del cambio político en España. El ex presidente del Gobierno ofreció un repertorio de datos para no dormir, como que Zapatero, Ibarreche y no pocos dirigentes de la oposición señalaron a ETA como autora de la masacre mucho antes de que lo hiciera el Gobierno. A este dato se le dio la vuelta como a un calcetín para dejar al Ejecutivo in púribus en sus acusaciones.

Aznar también denunció la operación mediática desatada desde determinadas instancias para aislar al Ejecutivo del PP y trasladar a la opinión pública la sensación de que se mentía, falacias que, con el tiempo, hemos visto que no eran más que un cúmulo de falsedades premeditadamente urdidas para alterar el resultado electoral del 14-M. Pero la realidad era otra y, los autores de los engaños, precisamente quienes ahora nos gobiernan. A ETA la señalaron el PSOE y el PNV antes que el Gobierno y, tiempo al tiempo si no se acaba demostrando que los etarras fueron los inspiradores intelectuales de aquellos atentados.

También se ha demostrado el engaño socialista al vincular esos crímenes con la guerra de Iraq, pues los islamistas prepararon el ataque un año antes del comienzo de las hostilidades. Igualmente se ha confirmado que «El País» y la Ser vulneraron todos principios deontológicos habidos y por haber. También el PSOE se saltó a la torera el Pacto Antiterrorista, al usar un caso tan dramático para pulverizar al Gobierno y, lo que es peor, se acusó al Ejecutivo de querer suspender las elecciones, preparar un golpe de Estado y reponer a Franco en su sitio. Todo mentira, mientras etarras e islamistas brindaban en las cárceles la claudicación de España.

AZNAR: ESTADO Y PARTIDO
Por BENIGNO PENDÁS. Profesor de Historia de las Ideas Políticas ABC 30 Noviembre 2004

EL terrorismo hace más daño que la guerra, mucho más daño. Expresa la violencia en su versión más injusta y perversa. Deja secuelas morales, incluso en una sociedad que a veces parece apática. Provoca vértigo: el 11-M, en relación de causa a efecto con el 14-M, amenaza con quebrar el consenso que sustenta nuestro sistema constitucional. Ganan terreno los sectarios que pretenden convertir al adversario político en enemigo existencial, tomando a Aznar como víctima predilecta. En ese marco surge la ansiedad, fruto del desconcierto y de la rabia impotente. Pero también hay gente que persigue un interés siniestro en alimentar pasiones y contribuir al malestar colectivo. La respuesta natural a la ansiedad es la construcción de un mundo ficticio. La España contemporánea, regida por la mejor Constitución de nuestra historia, está por fin a la altura de los tiempos, en primera línea del Espíritu de la Época. Por eso, la opinión pública exige el máximo sentido de la responsabilidad a los protagonistas de esta democracia mediática. Es la hora de la razón y no del interés particular; menos aún, de las ambiciones espurias.

José María Aznar ha sido, es y será una referencia para el centro-derecha en España. En esta tierra de envidias e ingratitudes, el reconocimiento llegará, por supuesto: tarde, pero llegará. Le debemos muchas lecciones: que la mejor política deriva del patriotismo y las convicciones; que en la guerra contra el terror ganan los valientes y pierden los cobardes; que el protagonismo internacional de España reduce la estrechez parroquial al nivel de insignificancia que merece. Ayer prestó un gran servicio a la nación y a su partido. Es humano, (demasiado humano, diría Nietzsche) el deseo de reivindicación. Pero un político responsable debe mantener la lucidez y el sentido común. Así ocurrió. Apunte personal: «fue el momento más duro de toda mi vida». Sentido de Estado: hubo debate a fondo, pero ni un solo dato que perjudique al interés general. Reiteración de una exigencia elemental: que se investigue cualquier indicio de conexión con ETA. Admisión de fallos probables en Asturias, en un contexto de elogio y reconocimiento a la Guardia Civil. Legítimo interés de partido. Los «autores intelectuales» del 11-M tenían el propósito de «volcar» el resultado electoral. Reproches muy justos a quienes profanaron el rito sagrado de la jornada de reflexión. Rechazo tajante a mentiras infames sobre falsos suicidas, suspensión de elecciones o supresión de Autonomías.

La Comisión ya no da más de sí. La opinión bien informada tiene muy claro que el Gobierno no mintió en las horas siguientes a la masacre. Tal vez hizo demasiado caso a ciertos aspirantes a «maquiavelo de juguete». En conjunto, fue más ingenuo que malvado, incapaz de trampear la situación con habilidad, como hubieran hecho otros. El resultado electoral lo dice todo. Es evidente que la política no es geometría, pero esta vez hemos ido demasiado lejos en el juego de las paradojas. Tenemos una izquierda que presume de multiculturalista y tolerante, pero que culpa sin fisuras al islamismo, aunque disfraza las palabras con falso pudor. Todavía peor: resulta que el PP paga la factura más cara y encima consiguen que continúe dando explicaciones en defensa de su honor mancillado. En la vida, al revés que en el cine, parece que los «buenos» no siempre son más listos. Aznar ha visto cómo se truncaba una operación sucesoria modélica y se interrumpía -aunque sea de forma transitoria- un proyecto que debe seguir adelante para el interés general de España. Fracasa, pues, la pieza clave de la causa general que se ha incoado en ciertos ámbitos contra el anterior presidente del Gobierno y, probablemente, contra el significado de su trayectoria política. El futuro, no se olvide, se llama Mariano Rajoy.

Reflexionemos sobre los tres puntos del orden del día: mentira; imprevisión; manipulación. Está más que demostrado que no hubo tal mentira. Agotada esa veta, vienen las acusaciones sobre imprevisión. Algunos tendrían que medir sus palabras después de las tonterías que dijeron sobre el «comando Dixan». ¿Cuándo se acabarán las gracietas ridículas sobre asuntos tan serios? Vamos al otro lado de la red. Estoy convencido, como muchos españoles, de que la manipulación existió. Como a tanta gente decente, me indigna la hipocresía de quienes todavía quieren sacar ventaja de aquellos días trágicos. Pero si el PP quiere recuperar la confianza de la mayoría, no debe contentarse con jalear la maldad intrínseca del adversario. Seamos sinceros: no manipula quien quiere sino quien puede. El PP perdió las elecciones de forma injusta e inesperada porque había perdido tiempo atrás la batalla de las ideas. Hemos construido (entre todos, por cierto) un discurso sólido y eficaz contra el terrorismo de ETA y sus epígonos. Ha sido el mayor éxito de nuestra democracia en estos veinticinco años. Hablemos ahora de Irak. Aznar llevaba razón en el apoyo a Estados Unidos. Recuerdo que esto lo dijimos muy pocos -casi todos en este periódico- ante la reticencia de algunos responsables populares y de quienes siguen prisioneros de viejas querencias antiamericanas; unos, porque proceden de la izquierda arrepentida; otros, por la lógica inherente a cierta mentalidad que no olvida el hundimiento del Maine. Por eso no había argumentos ni política informativa preparada para afrontar, en aquellas horas dramáticas, una eventual autoría islámica. Es una lástima. Tal vez una sabia pedagogía de la libertad hubiera dado sus frutos para sustentar la decisión histórica de Aznar, una genuina revolución en nuestra cultura política anquilosada.

Pensar no sólo exige inteligencia sino también valor, escribe H. Arendt, que lo sabía todo sobre los totalitarismos. Seamos, pues, valientes. Hablemos de patriotismo. Primero: ¿por qué somos el país más vulnerable de Europa? Respuesta: porque el Estado es débil y la sociedad tiene mucho que aprender en materia de virtud cívica. Segundo: ¿quién puede obtener nuevos beneficios de la Comisión que se tambalea? Es fácil de adivinar que los grupos menores (algunos de ellos, partidos antisistema) van a vender muy caro su voto, para aprobar junto con la débil mayoría socialista un informe sesgado. Ojalá no termine todo beneficiando a los enemigos -reales o potenciales- de la España constitucional. Lección de auctoritas de Aznar ayer en el Congreso. Una sesión agotadora que demuestra la categoría del hombre de Estado y la prudencia del político de partido. Hay quien pretende identificar su figura con la versión postrera de una idea superada sobre la realidad nacional de España. Eso les gustaría, pero se equivocan por completo. No conviene alimentar el argumento falaz: «estamos peor que nunca», dicen los que ponen fecha fija al final de nuestra milenaria historia en común. Criterio falso de toda falsedad, ya sea mentira interesada o desahogo inocente. Los dos partidos que representan a la inmensa mayoría de los ciudadanos tienen un deber ineludible. A medio camino entre la indignación y el hastío, la sociedad española exige a la clase política un ejercicio de patriotismo, por encima de consideraciones partidistas, legítimas pero secundarias.

Aznar convence
Editorial La Razón 30 Noviembre 2004

José María Aznar protagonizó ayer uno de los episodios parlamentarios más relevantes de los últimos años. La expectación era máxima y Aznar no defraudó en su presencia en la comisión de investigación del 11-M. El maratoniano testimonio del que fuera jefe del Ejecutivo en aquellas dramáticas fechas resultó consistente y convincente, una intervención bien estructurada, meditada y calculada.

El gesto sereno de Aznar, que resistió sin vacilaciones los embates de todos los portavoces de la oposición, acentuó y fortaleció todavía más la credibilidad de un relato de todas las actuaciones del Gobierno del PP con pocos flancos débiles. La catarata de datos certeros, las detalladas y calculadas respuestas a los comisionados, a los que llegó a colocar en situaciones insostenibles, como en los casos de Joan Puig (ERC), Gaspar Llamazares (IU) o Emilio Olabarría (PNV), e incluso a desarbolar hasta hacer perder un tanto los papeles, como el socialista Álvaro Cuesta, configuraron un balance claramente a favor del compareciente.

La argumentación de Aznar fue la ya conocida: el Ejecutivo no mintió, informó de la marcha de las investigaciones en tiempo real a la opinión pública y a los líderes políticos y la autoría de ETA fue una idea generalmente compartida, incluso por Ibarreche o Carod-Rovira, que se manifestaron así mucho antes que el Gobierno.

En este punto, Aznar facilitó informaciones novedosas y sintomáticas como las conversaciones telefónicas con Rodríguez Zapatero, en las que el actual presidente del Gobierno defendió la responsabilidad etarra en la matanza y añadió que su respuesta no variaría en función de la identidad de los autores, lo que en días posteriores debió pensarse mejor.

También desde el PSOE, Pérez Rubalcaba informó a la Presidencia del Gobierno de que ETA estaba detrás por los datos que manejaban en Ferraz. Testimonios reveladores que el comisionado socialista fue incapaz de rebatir.

El ex presidente incidió también en que las conexiones entre ETA y el terrorismo islamista eran «incontestables», y que debían ser investigadas hasta el final, una petición en todo caso sensata. Su defensa de la gestión del Gobierno y el rechazo a la acusación de imprevisión frente a las tramas islamistas fue aderezada también por datos concluyentes como las detenciones de más de cien terroristas antes del 11-M y el desmantelamiento de varias células, incluida el famoso «comando Dixan», que sirvió a Aznar para sacar los colores a quienes, como Llamazares, ridiculizaron y menospreciaron esas operaciones. El ex presidente demostró por momentos un arsenal inagotable ante la impericia de alguno de sus interrogadores y así retó a los presentes a afirmar que «el riesgo de amenaza cierta contra España» no existía tras la salida de Iraq. Órdago sin respuesta, que retrató a más de uno.

Fiel al principio de que la mejor defensa es un buen ataque, Aznar insistió, siempre con un gesto serio, pero contundente, en que el 11-M tuvo como objetivo un «vuelco en las elecciones» y que existió una planificación estratégica no sólo del atentado sino de los días siguientes. El ex presidente fue más allá y, tras asegurar que el instigador del atentado «no vive en unas montañas lejanas», acusó a la entonces oposición y hoy coalición gobernante de intoxicar, manipular y buscar una ventaja partidista con una campaña de desinformación en la jornada de reflexión con la colaboración de un grupo mediático, al que responsabilizó de mentir de forma vil al servicio de la causa. Una descripción veraz de los hechos.

Jornada vibrante, en la que Aznar estuvo por encima de unos portavoces que parecían esperarle con avidez y que fueron incapaces de articular un discurso creíble, que fuera más allá de los argumentos retóricos. Aznar ganó bien.

EL PARTO DEL 14-M
Por César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 30 Noviembre 2004

ES evidente que la Comisión de investigación sobre la masacre del 11 de marzo resulta más embarazosa y perjudicial para los socialistas que para los populares. Entre las acusaciones que recaen sobre los dos partidos nacionales (la de «mentir» por parte del PP, y la de sacar provecho electoral de los 192 asesinatos por parte del PSOE) no hay parangón. Por otra parte, los resultados de la masacre ya no pesan sobre el PP a no ser de un modo melancólico, mientras al PSOE le producen una mala conciencia insoportable. Es el Gobierno socialista el que se considera cuestionado y el que, de hecho, lo está. No la Oposición. Una parte de la ciudadanía puede seguir deslegitimando los resultados del 14-M a partir del comportamiento desestabilizador del PSOE en unos momentos de tragedia nacional. Nada podrá impedirlo. A pesar de que la Comisión apenas ha investigado sobre el trabajo de desinformación que hizo el PSOE entre el 11 y el 14, incluido el día de reflexión, no hay español que no tenga claro hasta qué punto los socialistas se aprovecharon de los objetivos antigubernamentales de los autores intelectuales del atentado.

La comparecencia de Aznar ante la Comisión no podía ir por derroteros distintos a los elegidos por él. Ni había razón para que no lo hiciera.

LA masacre del 11-M no sólo fue planeada para dar un vuelco a la situación política en España. Al hacerlo, recompuso la relación de fuerzas en Europa a favor de Francia y Alemania. Rebajó las expectativas atlantistas que venían favoreciendo la política de Aznar y Blair. Se consolidaba, así, un frente anti-islamista bajo la dirección real de los Estados Unidos, primera víctima de Al Qaida, y con capacidad obviamente para perseguir el terrorismo no sólo mediante los servicios de inteligencia sino a través de la guerra convencional. Los autores intelectuales de la masacre del 11-M lo hicieron obviamente por unos objetivos que hoy podemos describir sin temor a equivocarnos. No sabemos quién es la X pero sí hemos podido conocer -y de qué modo- los fines que persiguió al asesinar a 192 personas. Al tiempo, y por lo mismo, la política internacional española ha entrado en el desprestigio universal excepto en Cuba, en Venezuela y en los territorios dominados por las fuerzas más radicales del palestinismo.

Por cierto, si alguien defendió al islamismo, negó las bases religiosas de su estrategia terrorista, criticó el hecho del «choque de civilizaciones», acusó de racismo latente o descarado a quienes, como Bush o como Aznar, advertían acerca del peligro «oriental», fueron los socialistas y los comunistas, Zapatero y Llamazares, Llamazares y Zapatero. Tanto monta. Aún hoy siguen insistiendo en sus torpezas progresistas.

Del 11 de marzo salió un gobierno que va a utilizar el Estado como un instrumento al modo leninista. Un Estado no para hacer la revolución proletaria, como proponía Vladimiro Llich Ulianov, sino para secuestrar la democracia «burguesa», capitalista y, en nuestro caso, españolista. Intentarán cambiar el modelo de Estado para llevar a cabo esa tarea y para eso necesitan liquidar la división de poderes. Necesitan, por tanto, la colaboración orgánica de los jueces y van a ello de forma decidida. Si es necesario romper las formas democráticas, lo harán. ¿Quién puede reprochárselo? ¿Acaso la derechona?

LO vengo diciendo: está en marcha un movimiento populista que va a utilizar sin miramientos formales ni escrúpulos democráticos todos los recursos que le proporciona el estado actual de las cosas. Que ya los está utilizando.

Demoledor
Ignacio Villa Libertad Digital 30 Noviembre 2004

La presencia de José María Aznar en la Comisión de Investigación del 11 de marzo se resume con un calificativo: demoledor. El que fuera durante ocho años presidente del Gobierno ha sacado lo mejor de sus formas y de sus maneras políticas. Aznar ha centrado su intervención en tres puntos: el Gobierno no mintió, no hubo imprevisión ante los atentados y hay que investigar hasta el final.

Aznar ha preparado de forma pormenorizada su intervención. Ha sido clara y exhaustiva; contundente y consistente. El ex presidente, con sus palabras, ha desmontado por encima de todo una acusación: la de que el Gobierno del PP mintió y utilizó de forma partidista aquellos atentados. Las cosas se pudieron hacer mejor o peor, los atentados se gestionaron con más o menos acierto; pero el que era entonces presidente del Gobierno actuó con rectitud, con sentido de Estado y con atención prioritaria para las víctimas.

Aznar ha dejado en la Comisión -como ya hicieron Acebes o Astarloa- el sello de la sinceridad y de la claridad. Quizá por ello los portavoces de los distintos grupos que han intentado acorralar al anterior jefe del Ejecutivo han quedado en el más absoluto de los ridículos. Aznar, con la verdad en la mano, ha dejado en el camino a todos aquellos que han intentado poner encima de la mesa todas las artimañas que desde la oposición se alimentó durante aquellos días de marzo.

Pero de todo lo dicho por Aznar llama la atención una acusación nítida. El PSOE, en clara deslealtad, y el Grupo PRISA, como una maquinaria de mentir, son los culpables directos de la confusión de aquellos días. Aznar ha sido muy claro cuando se ha referido a esta cuestión. No en vano, los acusados se han movido asustados en la silla. Después de escuchar a Aznar nos queda una cosa clara a todos los españoles. En aquellos días -días muy tristes- de marzo, la mentira no estuvo en el Palacio de la Moncloa. La dirección de la mentira, de la maquinación y de la manipulación estaba en otros puntos de Madrid.

De esas direcciones sabe mucho el actual presidente del Gobierno, y no hay que olvidar que Zapatero estará en el Congreso el 13 de diciembre. Pero por el momento nos quedamos con un Aznar demoledor que ha respondido a las expectativas y que deja las cosas en su sitio.

La cizaña
David Gistau La Razón 30 Noviembre 2004

Una sola cosa buena tuvo el espanto del 11-M. Por primera vez que yo recuerde, España entera fue un solo yo colectivo, un dolor único que –ojalá hubiera sido de otra manera– nos vertebró. Las calles de Bilbao y de Barcelona se llenaron de gentes que, al sentir que eso también les había ocurrido a ellas, quebraban por fin todos esos tópicos de la satanización de Madrid –«Madrid se quema»– como una especie de Mordor opresor por culpa de los cuales no siempre hubo manos pintadas de blanco cuando en la capital ocurrieron matanzas.
Visto así, y aunque ojalá hubiera sido de otra manera, el 11-M constituyó una excusa ideal para alcanzar por fin la reconciliación, más allá de los recelos mutuos y de los cánticos de graderío, y dejar apuntalado ese yo colectivo sobre el cual se construye la convivencia desde una certeza muy sencilla: lo que les pasa a ellos nos está pasando a nosotros. Ya se trate de un horror o de una buena noticia, de una bomba o de unos Juegos Olímpicos. Así entendió Madrid los de Barcelona, como algo que nos pasaba a todos, y por eso se volcó en ayudar a sacarlos adelante y en disfrutarlos.

Por el contrario, y si el 11-M fue el acontecimiento que, por un instante, abrevió las distancias entre dos antagonismos provocados por el discurso político, la postulación madrileña a los Juegos del 2012 nos obliga a concluir que el desgarro es irreparable, que el yo colectivo jamás se dará. Durante los últimos años de su legislatura, un argumento recurrente de la periferia fue el de acusar a Aznar de la crispación frentista. Pues bien, Aznar ya no está, y el actual gobierno no puede estar más amigado con la periferia, más sometido por sus deudas de rehén. Y, sin embargo, la crispación perdura, e incluso tiende a tensarse aún más. Por tanto, la actual crispación frentista hay que atribuírsela a la actitud de periféricos como el etnicista a la balcánica de Pérez-Carod, ése que no trasciende el cántico de graderío. Subido a un menhir, convoca a la turba para que sabotee los Juegos de Madrid, para agravar el desgarro, para impedir una vertebración desde la cual podamos sentirnos parte de lo mismo, no una sola vez porque nos hayan reventado a doscientos civiles, sino siempre. Esta propagación de la cizaña, como todo aquello de lo que no se puede culpar a Aznar, la progresía la consiente, cautiva de Pérez-Carod.

Independentismo de nuevo cuño
Catalonia is not Spain
José García Domínguez Libertad Digital 30 Noviembre 2004

Catalonia is not Spain, aunque se parece mucho, muchísimo. De ahí que Joan Laporta no haya albergado reparo alguno al colocar en la Ejecutiva del club que es más que un club a su cuñado Echevarría, que también es más que un cuñado, ya que ejerce de patrón honorífico de la Fundación Francisco Franco.

Catalonia is not Spain. Lo gritan los adolescentes letraheridos que acaban de descubrir su identidad patria en la poesía mística del gran Salvador Espriu. "Yo soy dos, y estoy en cada uno de los dos al completo", confesaba otro místico, San Agustín. Igual que el rapsoda de la nació catalana, que padecía similar esquizofrenia. Así, fue el hijo dolido que diera forma de epigrama al lamento por la crueldad de esa madrastra ruin llamada España; y al tiempo, el protegido de su hermano amadísimo, el camarada don José Espriu Castelló, secretario general del SEU en Cataluña y Baleares, jerarca entusiasta de la Falange barcelonesa, y martillo de liberales y anglófilos en los años cuarenta. Y es que, como el Barça, como todo en Cataluña, los Espriu también son más que un club.

Catalonia is not Spain. Lo dicen ahora los comunistas locales que aprendieran los rudimentos del odio a la libertad en los libros de otro camarada, el gran filósofo marxista Manuel Sacristán Luzón. El camarada Sacristán, el mismo que ya ejercía, en 1941, de camarada –jefe de la centuria "Roger de Flor" en el Frente de Juventudes; el que, después, se tornaría en implacable camarada– inquisidor de herejías desviacionistas en el PSUC. Eso ocurriría cuando controlaba el partido el camarada Rafael Ribó, el amigo, pariente y tertuliano de Tomás Garicano Goñi, camarada-ministro de Gobernación de Franco en la época.

Catalonia is not Spain. Lo repiten sin parar esos jóvenes cachorros de CiU que desayunan todas las mañanas con un croissant y La Vanguardia desde los tiempos en que Horacio Sáez Guerrero dirigía el periódico. Sí, el catalanista Sáez Guerrero, aquel que en el esplendor de Hitler fuera modélico empleado de la agencia nazi de noticias Transocean. Catalonia is not Spain. Es lo que predica en la Universidad la secta de historiadores discípulos de Vicens Vives que controla con mano de hierro todas las cátedras de la región. Sí, los legatarios de Vicens Vives, el gran redescubridor de la esencia nacional catalana; y el que además escribió una biografía de Franco en la que se puede leer: "El Generalísimo Franco ha vencido a todas las satánicas fuerzas de la revolución". El Vives, Vicens, que, glosando el fusilamiento de José Antonio, redactara emocionado: "Apenas amanecía y el último pálpito de su carne se estremeció con el presentimiento de la Victoria".

Catalonia is not Spain. Lo brama hoy el hijo del guardia civil. Y tal vez sea not Spain, pero lo cierto es que se le parece mucho, muchísimo. Incluso más que Getafe.

Ir por lana
José María CARRASCAL La Razón 30 Noviembre 2004

¿No querías caldo? Pues tres tazas. Y de aceite de ricino, además. Más de uno, en lo que él llamó con rintintín «coalición gubernamental» debe estar maldiciendo al que se le ocurrió la idea de que Aznar compareciera ante la comisión investigadora del 11-M. Seguro que no fue Rubalcaba. La táctica de Rubalcaba es dar el golpe y salir pintando. Ni en sueños se le ocurriría quedarse por allí a esperar que el otro le devolviera la bofetada. Por fortuna para el PP, no todos los socialistas son Rubalcabas.

Durante toda su comparecencia, Aznar actuó como hoy juega el Barça: un cerrojo en la defensa y tres o cuatro rematadores en vanguardia, aprovechando cada balón para meterlo en la red contraria. Sin dar pausa al rival ni ceder un milímetro de terreno. Preciso, seguro y contundente. Lo que tampoco debe extrañar a nadie que le conozca.

El ex presidente del Gobierno preparó su intervención como debió haber preparado sus oposiciones a inspector de hacienda: estudiándose a fondo cada tema y teniendo respuesta para cada pregunta que pudieran formularle. Con unos cuantos añadidos por su parte, que debían convencer al tribunal. Que en este caso no eran los miembros de la comisión. Era el gran público que le estaba viendo por la pantalla. Los miembros de la comisión, excepto los de su partido naturalmente, eran «la otra parte», el otro examinando. Que suspendió lastimosamente. Mientras él salía con nota. Pocas veces se han vuelto las tornas de forma más clara. Iban por lana, y salieron trasquilados.

La comparecencia, en cualquier caso, no aportó nada nuevo, algo previsible, pues nadie podía esperar que una parte u otra se apeasen de sus tesis o reconociese sus culpas, que andan mucho más repartidas de lo que ambas aseguran. Es muy fácil, a toro pasado, decir quién falló aquí o qué debió hacerse allá. Lo difícil es decirlo en pleno fragor de los acontecimientos.

Y si fuéramos capaces de retrotraernos a lo ocurrido inmediatamente después del atentado, reconoceríamos que, en las primeras horas, todo el mundo, incluidos Zapatero e Ibarreche, estaba convencido de que había sido ETA. Como reconoceríamos también que esa primera impresión fue perdiendo fuerza conforme pasaban los días, hasta ser desplazada, ya el sábado, por la tesis de la autoría islámica, admitida sólo a última hora por el gobierno.

Y de lo que ya no cabe la menor duda es de que hubo una campaña lanzada desde la oposición y orquestada por sus medios afines para echarle literalmente los muertos al PP. Pero como nadie está dispuesto a reconocer errores o culpas en aquellas tristes jornadas, nos tememos que el 11-M esté condenado a ser un misterio permanente, una herida abierta en nuestra reciente historia, por más comisiones e investigaciones que se le echen encima. Es incluso posible que cuanto más se le investigue, más dudas surjan y más se abra la herida, como ya está ocurriendo.

En cualquier caso, esta desgraciada comisión, y digo desgraciada no sólo por el asunto que se le encargó investigar sino también porque ha dejado al descubierto las taras y cortedades de nuestra democracia, no da ya más de sí, pues la comparecencia de Zapatero va a ser el reverso de la de Aznar: un alegato solemne y campanudo, como todos los suyos, en pro de la impecable actuación de él y su partido durante aquellos días.

Así, desde luego, no vamos a saber qué pasó realmente durante ellos. Podemos consolarnos pensando que los norteamericanos todavía discuten quién estaba realmente detrás de la muerte, no de Kennedy, sino de Lincoln. El domingo por la noche, esta cadena pública de televisión emitió un amplio reportaje sobre las distintas teorías al respecto. Y han pasado 140 años. Aznar, en cualquier caso, puede estar satisfecho tanto de su actuación como de los resultados de ella. Estuvo rápido, preciso, contundente; puso a las personas en su sitio, los hechos en su orden y acabó ganando lo que posiblemente fue su mayor triunfo: a medida que avanzaba su comparecencia, ya nadie hablaba de «mentiras» del Gobierno, como ha venido haciendo la oposición durante los últimos meses. Todo lo más, de imprevisión, lentitud, demora en admitir la que iba emergiendo como tesis más probable.

Pero incluso en eso se dio maña en evidenciar las exageraciones de la oposición y el juego sucio de los medios que la arropaban. Por cierto que fue el suyo el mayor vapuleo que haya recibido un periodismo que se las da de objetivo y que a la hora de la verdad resulta tan tendencioso como el que más. O sea que palos hubo para todos. Puestos a encontrar algún pero a la intervención del ex presidente, ya que no hay nada perfecto en este mundo, echamos de menos una cierta dosis de ironía, algún rasgo de humor. No sólo para hacer su discurso menos árido, sino también más efectivo. La sorna causa a menudo más efecto que el sopapo. Pero no se pueden pedir peras al olmo ni sal a Aznar. Él es como es, para su suerte y desgracia.

Lo que sí nos gustaría es que, con esta comparecencia creyese haber sido reivindicado, cosa que buscaba desesperadamente. Ya tuvo su día, y lo ganó. Ahora esperemos que acepte el papel que él mismo se ha elegido de «ex» de la política activa, en vez de aparecer en ella cada lunes y cada martes, con lo que no hace ningún favor al país, me refiero a España, a su partido ni a él mismo. España tiene por delante problemas que requieren toda nuestra atención, empezando por el de su estructura nacional, para que sigamos discutiendo si fueron galgos a podencos del 11 al 14 de marzo. Esperemos que, tras haber oído a Aznar, todos estén de acuerdo en que lo mejor es no remover aún más aquellas aguas turbias. Aunque, conociéndonos, no estoy nada seguro de ello.

Orgullosos de Aznar
EDITORIAL  Libertad Digital  30 Noviembre 2004

El sentimiento de orgullo con el que Zaplana ha resumido las más de once horas de intervención del ex presidente del Gobierno, José María Aznar, es una valoración a la que este diario independiente se suma, a pesar de que nuestro respaldo al anterior presidente de Gobierno no haya sido nunca ni partidista ni acrítico.

La satisfacción y el orgullo que nos ha provocado Aznar se debe a que ha llevado a cabo la intervención que mejor ha sabido denunciar, en forma y fondo, las gravísimas manipulaciones, intoxicaciones y acosos que no sólo haya padecido un partido político, sino un proceso electoral en nuestro país desde que recuperamos la democracia. El ex presidente del Gobierno ha mostrado el más claro compromiso que haya hecho un dirigente político en nuestro país para que se sepa toda la verdad de la masacre, y la más firme esperanza de que ni la llegada al Gobierno de unos, ni los complejos en la oposición de otros, logren “pasar página” ante lo que ha sido, no sólo la mayor masacre terrorista perpetrada en España, sino la más infame utilización electoral que de una acción terrorista haya sufrido una democracia occidental en las últimas décadas.

Aznar no sólo ha dejado patente que su gobierno retransmitió prácticamente en directo toda la información y la investigación que les iba haciendo llegar las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, sino que ha dejado en evidencia cómo el PSOE y Prisa manipularon a buena parte de la opinión pública para que creyera que el Gobierno retenía y ocultaba una información diferente de la que el Ejecutivo iba facilitando en sus reiteradas comparecencias informativas; un gobierno acosado tanto por una matanza perpetrada por terroristas contrarios a su política, como por una oposición política y mediática dispuesta a mentir y a utilizar esa matanza con tal de desbancar al PP del Gobierno.

No menos demoledor ha sido Aznar contra la bajeza que, desde la oposición, ha venido recientemente a sustituir a las que le acusaban de mentir tras los atentados y, de paso, responsabilizarlo por su respaldo al derrocamiento aliado de Sadam Hussein. Esta nueva bajeza no es otra que la de acusarlo ahora de imprevisión ante la amenaza islamista por no haber impedido que los terroristas consumaran la masacre.

Resulta, ciertamente, indignante ver a quienes no hace tanto ridiculizaban al ex presidente del Gobierno con lo del “comando Dixan” y que le tachaban de “paranoico” por advertir de la amenaza islamista, convertidos ahora en fiscales de una supuesta minusvaloración de esa amenaza por parte del anterior Ejecutivo. Eso, por no hablar de la sistemática descalificación de xenófobo que estos “conversos” de la prevención garantizaban —y en el fondo— siguen garantizando a cualquier intento de ejercer mayores filtros y control de la inmigración procedente de zonas en que impera el fundamentalismo islámico.

Lo cierto es que, durante muchos meses, la oposición política y mediática al Gobierno del PP no dejó de considerar la amenaza islamista como una excusa que Aznar utilizaba para que nos sintiéramos solidarios con la intervención en Irak. Todo cambió con los atentados de Casablanca, cuando el guión precursor de la infamia pasó a dictar que España, por culpa de Aznar, se había convertido en un objetivo terrorista islámico.

No menos valiente y demoledora ha sido la denuncia de Aznar contra la infame manipulación mediática llevada a cabo por Prisa en general, y La Ser, en particular. Aunque Aznar no los haya citado por su nombre, el ex presidente del Gobierno no ha podido ser mas contundente y claro en los ejemplos de esa manipulación recompensada recientemente con el Premio Ondas.

Que los atentados fueron determinantes en el vuelco electoral no es, por otra parte, una opinión del ex presidente, sino un dato que arrojan todos los sondeos celebrados en nuestro país, incluido el celebrado por el CIS tras las elecciones. En cuanto a que los terroristas querían con ese atentado influir en las elecciones, no sólo lo apunta la fecha escogida del atentado, sino comunicados anteriores y posteriores de organizaciones terroristas islámicas dispuestas a derramar sangre para que los ciudadanos se rebelasen contra su propio gobierno.

¿Qué fue lo primero que preguntó el terrorista Zougam el 18-M tras cinco dias de incomunicación?, ¿el resultado de las elecciones?, sí, efectivamente. ¿Qué fue, si no satisfacción por el 14-M, lo que “El Egipcio”, reflejaba en sus conversaciones interceptadas en Italia y que tanto han silenciado nuestros medios de comunicación? ¿Con qué nueva mentira pretende que comulguemos ahora la “corrección política”? ¿Acaso no se va a poder decir que los terroristas querían ver en la oposición al PP?

Que los terroristas no iban a tener bastante con la salida del PP del Gobierno ni con la retirada de Irak es algo que hemos venido advirtiendo reiteradamente desde estas páginas, pero una cosa es que los terroristas no se sacien con un determinado objetivo político y otra cosa, muy distinta, es que aquel no haya figurado entre sus propósitos.

Lo dijimos en su día y lo mantenemos en este momento: Zapatero puede gobernar porque así lo decidieron los ciudadanos en las urnas, pero nunca olvidaremos ni la forma en que los terroristas trataron de impedir que Aznar llegar a la presidencia del Gobierno -esto es, intentándolo asesinar- ni la forma en que lo ha logrado Zapatero. Que la llegada de Zapatero al Gobierno fue una satisfacción para los terroristas no lo hemos dicho nosotros. Lo dijeron ellos.

Aznar bate records
Desenmascara a los que se beneficiaron del 11-M
Isabel Durán Libertad Digital 30 Noviembre 2004

José María Aznar ha batido records. Su comparecencia de casi once horas de duración ante la Comisión de no-investigación del 11-M no sólo ha sido un récord de aguante como compareciente sino que marca un hito en la historia del parlamentarismo español. Acudió a petición propia, a pesar de las múltiples reticencias que suscitaba su comparecencia entre sus propias filas y las de sus opositores a los que desmadejó. Y no defraudó.

El que fuera máximo responsable del Ejecutivo ha expuesto sosegadamente y con precisión quirúrgica ante los ojos de todos los españoles, la gran mascarada política urdida en torno a los atentados del 11-M, el festín de los que se beneficiaron de los atentados y las miserables maniobras que urdieron para alcanzar el poder. Sin cuestionar en absoluto la legitimidad del resultado de las elecciones, el relato de lo acontecido en boca del propio presidente más injuriado, denostado y vituperado de la democracia, ha resultado definitivamente esclarecedor, pero también absolutamente estremecedor.

Que al ataque de los terroristas se sumaron la voracidad depredadora de los que hoy necesitan el entierro parlamentario de la Comisión para olvidarse de cómo alcanzaron el poder, no es nada nuevo. Lo que sí es revelador y escalofriante es que quienes sí mintieron y manipularon, como la Ser, aseguraran tener conocimiento de un vídeo reivindicativo de los terroristas islámicos seis horas antes de que éste existiera, ocho horas antes de que los terroristas lo hicieran público y doce horas antes de que el propio Gobierno tuviera la traducción del mismo.

¿Cómo es posible? ¿Quién le habló a la Ser del video de reivindicación de los terroristas? ¿Quién ordenó que se hiciera el video? ¿Quién se lo contó a la Ser antes de que éste existiera? ¿Pero de qué estamos hablando? Lo desvelado por Aznar obliga a la Comisión de no-investigación a pedir explicaciones a la Ser sin más dilación.

Dos detalles más. José Luis Rodríguez Zapatero nunca pidió al entonces presidente del Gobierno la convocatoria del Pacto Antiterrorista. Por tanto, la principal baza de utilización partidista de los atentados con la que desde el PSOE se acusaba al Ejecutivo por negarse a ir de la mano con todos los partidos políticos juntos, ha quedado lapidada.

Por último, el recurso de Álvaro Cuesta a la Comisión del 11-S en los Estados Unidos y su apelación a que Aznar no ha mantenido "la misma dignidad" que el presidente Bush, se lo puso en bandeja al ex presidente popular para el descabello. La diferencia entre lo ocurrido en España y Estados Unidos es que allí la oposición no utilizó el terrorismo en provecho propio.

Habrá que esperar la respuesta de Zapatero. Entretanto, Aznar les ha hecho ahora más difícil que nunca acometer el entierro parlamentario de la Comisión de no-investigación al PSOE y sus adláteres. El festín puede que al final se les atragante. Porque Aznar hoy ha dejado bien claro que él quiere saber. Y como él, millones de españoles también queremos saber.

Aznar, entre galgos o podencos
Julián Lago La Razón 30 Noviembre 2004

Como el trapecista timorato, el presidente Zapatero, el «Primer Ministro Accidental» que le llama «The Wall Street Journal», sigue penduleando para evitar el triple salto mortal, por lo que parece estar más pendiente de cuanto hiciere el Gobierno anterior que de lo que él tendría que hacer desde el trapecio. Es decir, que a ZP le tiene sicosomatizado Aznar, cuya comparecencia ante la «Comisión Investigadora 11-M» ha vuelto a focalizar el interés del Ejecutivo sociata en primer lugar, tal cual era de esperar. Así que a nadie puede extrañarnos que Aznar haya dicho lo que dijo ayer en relación con el conocimiento que tuvo de los atentados. Ni menos su opinión sobre el papel en la cosa de la Ser, a la que acusó de influir en el vuelco electoral con informaciones como la referida al terrorista suicida que nunca existió. Más allá de las cuentas pendientes de Aznar con Gabilondo, que estaba ayer como una pantera, y a la viceversa, nadie dudará de que la cadena de Polanco no se manifestó muy proclive al candidato Rajoy, aunque no por Rajoy sino más bien por Aznar, creemos.

De forma que al anterior gabinete pudo haberle faltado cintura en aquellas fechas que van del 11 al 14 de marzo. Pero también habría que contextualizar, en medio de tan dramática tensión y con la sociedad noqueada por la masacre, la conducta cautelar de un Gobierno, el de Aznar o el que fuere, para no ir más allá de lo que la responsabilidad política aconseja en circunstancias tan extremas.

Ahora bien, lo que nosotros no nos creemos ni de coña, y no es la primera vez que lo sostenemos, es que Acebes no transfiriera a la sociedad los datos que llegaban a su mesa, entre otras razones, porque Acebes, santo varón, es incapaz de mentir, y quien sostenga lo contrario es que no conoce al personaje. Cuestión distinta sería entrar en los bulos lanzados por Radio Macuto, es decir por Ferraz, sobre escenarios que estudiaba el Gobierno de Aznar, que iban desde la visita que nunca se produjo del ministro Acebes al jefe del Estado para posponer las elecciones al propósito de los populares de suspender las autonomías vasca y catalana. Lo cual no deja de ser una manipulación en el intento de arrimar el ascua a la sardina leonesa. T

ambién es verdad que a aquel cúmulo de insidias se sumó alguna coincidencia fatal para el pepé. V.g., las ganas que se tenían a Aznar, amén de otras maniobras partidistas desde la propia Administración porque, por si no lo sabían, que suponemos que sí, pocas instancias del Estado están tan trufadas por los sociatas como las Fuerzas de Seguridad. Cosa esta, la del trufamiento policial, que permitió a Ferraz tener conocimiento de la autoría de la masacre antes que el propio Gobierno incluso, lo que dio cierto «ventajismo accidental» a ZP, quien se calló como un muerto en beneficio propio, y ése es el triple salto mortal que debería dar el trapecista algún día. Lo demás es discutir sobre si los terroristas eran galgos o eran podencos, o algo así.

Imaz y sus ideas
Cartas al Director ABC 30 Noviembre 2004

Acabo de leer que Imaz pide el sí a la Constitución europea para que haya menos Francia y menos España. No sé lo que opinarán los franceses, pero a mí, como español, esto me parece un ataque inaceptable. Los españoles debemos reaccionar ante éste y otros ataques que se están produciendo contra nuestra nación, y decir que, por el contrario, queremos más España, o lo que es lo mismo, más unidad, más solidaridad y más esfuerzo de todos los españoles para colocarnos en el pelotón de cabeza y no sentir miedo a ser líderes en el mundo en todos los aspectos. Ya sabemos que el señor Josu Jon Imaz y muchos otros nacionalistas vascos y catalanes no se alegrarán con los triunfos de España, porque no se sienten españoles. Evidentemente, no se puede ser español a la fuerza, pero tampoco pueden pretender que los demás dejemos de creer en nuestra nación, España, y en su grandeza. Con Europa o sin Europa.      Antonio V. Cabo Martí.     Valencia.
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