AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 10 Enero 2005
Un fantasma recorre España
Francisco Rodríguez Adrados El País 10 Enero 2005

España a la deriva
Gabriel ALBENDEA La Razón 10 Enero 2005

AL FONDO, CIU
Editorial ABC  10 Enero 2005

PLANES POLÍTICOS PARA ESPAÑA
HORACIO VÁZQUEZ-RIAL ABC  10 Enero 2005

Las tortas de Ibarretxe o el drama de Maragall
EDITORIAL Libertad Digital  10 Enero 2005

LA POLITICA COMO ANESTESIA
GERMÁN YANKE ABC  10 Enero 2005

Sólo Epicuro
Gabriel ALBIAC La Razón 10 Enero 2005

ZP, escuche al pueblo
Agapito Maestre Libertad Digital 10 Enero 2005

El gran culpable
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo 10 Enero 2005

La nación española
Luis GONZÁLEZ SEARA La Razón 10 Enero 2005

Zapatero y el radicalsocialismo
Carlos DÁVILA La Razón 10 Enero 2005

Los chantajistas
Luisa PALMA La Razón 10 Enero 2005

LOS RETRASOS DE MARAGALL
Valentí PUIG ABC  10 Enero 2005

¿Qué habría pasado si lo hubiera dicho aznar
Luis M Ansón La Razón  10 Enero 2005

Revelaciones de lo ya sabido
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 10 Enero 2005

LAS CUATRO BOMBAS
Jaime CAMPMANY ABC  10 Enero 2005

UN PLAN INMORAL
Jorge TRIAS SAGNIER ABC  10 Enero 2005

España en Almoneda
Cristina ALBERDI La Razón 10 Enero 2005

No nos pongamos nerviosos
Iñaki ZARAGÜETA La Razón 10 Enero 2005

El lindo don Diego
Antonio PÉREZ HENARES La Razón 10 Enero 2005

Un obispo nacionalista
Editorial La Razón 10 Enero 2005

Parque Jurásico
José María CARRASCAL La Razón 10 Enero 2005

¡Órdago!
PABLO MOSQUERA La Voz 10 Enero 2005

La Euskadi rota
Aurelio Sáenz de Buruaga El Correo 10 Enero 2005

Hechos y preguntas
Cartas al Director El Correo 10 Enero 2005

Firmeza del Estado de Derecho
ABC 10 Enero 2005

Mayor: «Hay que luchar contra el arbitraje de ERC, bendecida por ETA»
Redacción La Razón 10 Enero 2005




 

Un fantasma recorre España
Francisco Rodríguez Adrados El País 10 Enero 2005

Un fantasma recorre España. Es el de los nacionalismos filoindependentistas y los independentismos. Surgió en Cataluña a fines del XIX con las “Bases de Manresa”, Prat de la Riba y demás, saltó al País Vasco con Sabino Arana, luego a Galicia. Se lo quiso conjurar creando autonomías para todos. Han traído algunas ventajas, como la atención directa; también problemas graves. Son compatibles, si no se desbordan, con el Estado y la nación.

Pero como remedio contra el independentismo, ya se ha visto, no han funcionado. Es un peligro para todos. Un cáncer que, en este momento, amenaza muy seriamente la unidad de España. ¿Cómo exorcizarlo? Con pomadas no, ciertamente. Y son pomadas las que, en este momento, intentan aplicarse.

Ha habido una enorme falta de autoridad por parte de los Gobiernos españoles para hacer compatibles el Estado y las autonomías que se sabe. El PP funcionó bien frente a ETA, y esto se mantiene. Pero no es sólo ETA. Ya se vio el otro día que sus diferencias con el PNV eran más bien de táctica y que, cuando la táctica lo exige, van juntos a cara descubierta. ¿Es que no había manera de alejar del Parlamento vasco a los que ilegalmente entraron y votaron? ¿No se podía alejarlos, como se hace con los maltratadores?

Ésta es una de las infinitas debilidades. La distinción tajante entre nacionalismo democrático y no democrático era, diríamos prudentemente, exagerada. Todos lo sabíamos.

Hay debilidades de base. Por ejemplo, los partidos independentistas incumplen el artículo 6 de la Constitución, así como el 2, que habla de la “indisoluble unidad” jamás habrían debido ser admitidos. Por ejemplo, el maltrato que sufre el español, y aquellos que lo hablan, en diversos lugares de España, va contra el artículo 3 (lo llama, equivocadamente, castellano). Y no pasa nada, todo sigue adelante.

¡Y quieren reformar la tal Constitución para hacerla más a su favor! Yo, al contrario, en la Constitución o fuera, incluiría preceptos que, sin mengua de las autonomías, son ya necesarios.
Por ejemplo: que el Estado prima sobre ellas, no tiene por qué ir de tú a tú ante tribunales que a veces lo desautorizan frívolamente, a veces no son escuchados. Por ejemplo, habría que incluir la educación en la lista de las competencias del Estado (no está ni en una ni en la otra lista); sin mengua, por supuesto, de aquello que sea realmente propio de tal o cual autonomía. Por ejemplo, haría falta una Ley Electoral que restableciera una igualdad hoy inexistente que ha hecho que partidos nacionalistas sin mayoría en sus propios territorios se hayan enseñoreado de ellos durante años y años.

Ahora, el señor Ibarretxe pide negociar de igual a igual y que el conflicto no se resuelva a tortas.
Claro que no, el llamado conflicto debe resolverse aplicando la Constitución, gracias a la cual está él donde está. Y no es el sospechoso de violarla, ayudado por Batasuna o ETA, da igual, el que tiene que decidir cómo se aplica, sino su guardián: el Gobierno español. No es cuestión de negociar, es cuestión de volver a la ley.

Tampoco decide el pueblo vasco. El pueblo vasco es un concepto en alguna medida étnico, en alguna medida (pero no mucha) cultural, político en ninguna medida, ni ahora ni antes. Menos que el pueblo castellano, por ejemplo, que no reclama independencia, sino que le dejen vivir. Pero ahí está el mito: desde el plan Ardanza para acá, erre que erre.

¿Cuál es la situación?, digo, la situación en general. Todos lo saben: los partidos nacionalistas y ahora los independentistas hacen de comodín o bisagra y ejercen un poder infinitamente superior al de sus votos. González tuvo que pactar con Pujol, Aznar con Pujol y los vascos; en honor al primero defenestró a Vidal-Quadras e inutilizó su partido en Cataluña. Y ahora muchos catalanes, yo se lo he oído, cansados de la prepotencia de Pujol (que, después de todo, es un hombre inteligente y aceptaba ciertos límites) se han pasado a Maragall. Mala jugada. Éste se ha aliado con los independentistas, gravita más o menos hacia ellos, a ver lo que saca. O sea: la cosa ha ido a peor.

Esos partidos crecen y crecen. Son vistos como la onda del futuro, y la victoria tiene admiradores. Pueden remunerarlos con mil puestos y ventajas y con la satisfacción de mandar. Crecen, así, en votos. Y aspiran cada vez a más y más. Es la línea de las apetencias humanas: cuando nadie hace frente, todo parece mollar. El Estado se ha desarmado, ha armado a un rival. Y los españoles procedentes de otras regiones que han hecho la riqueza de Cataluña y el País Vasco, viven acomplejados, asustados otras veces, o bien huyen. Limpieza étnica se llama a esa figura.

Se ha creado falsamente, para esas regiones españolas, una imagen deformada, revanchista. Cataluña es una región hermosa y próspera, grata (hasta ahora) para el que iba allí. ¿Pero qué necesidad había de hostigar a la lengua española, de llenar el país de letreros “está usted entrando en Cataluña” (ya lo sabíamos), no mencionar a Madrid en las autopistas? Ingenuo e infantil. Cataluña es demasiado para precisar de eso, podemos vivir juntos perfectamente. Somos unos y los mismos, en realidad, mirando en perspectiva. Sin negar las diferencias.

E igual Galicia. Pero el mito culmina en el País Vasco. Un país tan bello, tan próspero también: gracias, entre otras cosas, a la ayuda de España. Esencialmente, es un país español, su cultura y su vida son esencialmente latinas y españolas, los grandes vascos han sido grandes españoles; lo esencial de su literatura es literatura española. Desde el obispo Zumárraga, que evangelizó México (en español) y dejó escritas las primeras palabras en Vasco.

Las diferencias son adjetivas, muchas veces anécdotas: sólo que se cultivan. Pero ahora, ya ven: anuncian el referéndum de PNV-ETA y el Gobierno no se atreve a prohibirlo, sin más. Debería atreverse a aplicar la Constitución (el artículo 155, en este caso) para hacer regresar al Gobierno vasco a la legalidad. El señor Ibarretxe dice que esto es poco sensato. Pero lo sensato es que sea el Gobierno (y el Senado) quien decida, y que él obedezca.

Bueno, me adelanto: a lo mejor al final tendrán que aplicar el tal artículo. La buena voluntad, la paciencia de Zapatero es evidente. Se carga de razón. Pero tendrá que tomar decisiones. Esa es la obligación del gobernante, en situaciones límite. Cuanto antes, mejor. Un cáncer no se cura de otro modo.

En fin, adonde iba. Las autonomías son muy respetables cuando están en su papel, no cuando se pasan. Sobre todo: no pueden condicionar la solución. No son iguales al Gobierno. ¡Qué insolencia la de la propuesta de negociación de tú a tú!

Entonces, la solución está en ir a la raíz del problema. La discordia y la mala sangre entre los dos grandes partidos, PSOE y PP, no tan diferentes, he insistido muchas veces, tiene que pasar. Es la que ha hecho crecer, hace crecer, a todo ese virus antiespañol, dañino para todos, insisto: para todos. Ha dejado margen de maniobra a mínimos partidos que apoyan a un gran partido contra otro y a otro contra uno, y así han crecido hasta perderse de vista.
Una broma de mal gusto, algo que con la democracia tiene poquísimo que ver.

Hay que parar esa lucha suicida, hay fórmulas diversas. Y lograr, con ello, en primer término, un fortalecimiento del Estado, como he dicho arriba. Después, un arrinconamiento de mínimas fuerzas que están ahora engalladas. Y si hace falta aplicar la ley, se aplica. Más Gobierno es lo que hace falta.

Los antiguos cretenses se mantenían en una discordia permanente. Pero si llegaba de fuera un enemigo, se unían otra vez. Es el sincretismo: la unión de los cretenses. Creo que ha llegado la hora de ese sincretismo aquí en España. Acabarían todos por unirse a él.

Este pacto PSOE-PP es el que propuse en mi Carta abierta a Zapatero, publicada en Abc. Dirigía esta idea a muchos españoles. Ahora dirijo la misma idea a otros muchos españoles, desde EL PAÍS. Esta es la única radical terapéutica contra el fantasma, contra el cáncer.

No es ya peligro para unos o para otros, lo es para todos. Alguien tenía que decirlo. Yo soy uno entre los muchos que así piensan. Y tengo libertad para decirlo. Después de todo, he venido escribiendo, desde los sesenta y los setenta, en unos y otros periódicos, no sólo en estos dos. De distintas ideas. Creo que en todos, si se reflexiona, cabe esta idea.

Al menos como propuesta, como telón de fondo necesario. Como recurso si todo se envenena.
El voto contra el plan Ibarretxe puede ser un comienzo. El tiempo de las condescendencias las sonrisas y los pequeños favores, todo perfectamente inútil, ha pasado.

Francisco Rodríguez Adrados es miembro de la Real Academia Española y de la Real Academia de la Historia.

España a la deriva
Gabriel ALBENDEA La Razón 10 Enero 2005

España es ahora el único país europeo en el que existe una polémica real sobre su identidad, su Constitución y las consecuencias institucionales y de toda índole que de ella se pueden seguir para los ciudadanos. Y no se trata de la polémica previa a una toma de decisión democrática sobre el porvenir de la nación, como se hizo en la Transición y cuyo resultado fue una Constitución aprobada por una abrumadora mayoría. Entonces nadie la llegó a poner en duda, por eso llegó a un consenso, que el sujeto de la soberanía era el pueblo español que se daba una constitución política. No era esa Constitución la que hacía soberano al pueblo español, sino que sólo porque se presuponía que lo era, que vivía en una nación soberana, España tenía la capacidad constituyente. Sólo él y ninguno de los colectivos que lo componen, por muy diferenciados que se sientan del todo, pueden disfrutar de esa capacidad. (Antonio García Trevijano, en «El discurso de la República», ha argumentado a favor de esa existencia de hecho, incuestionable, de la nación frente a cualquier teoría política o jurídica).

La polémica ahora alumbrada confusa y artificialmente por el nacionalismo, y con el descaro que lo caracteriza, es mucho más grave. La idea última de Ibarretxe, expuesta con la sencillez brutal del analfabeto, pretende que «España sea un proyecto de convivencia sobre la libre asociación de las naciones que la integran». De un plumazo destruye una nación y se inventa no sé cuántas. No sólo es ridículo, sino delictivo para un Tribunal Constitucional que tuviera la cabeza en su sitio y para un Gobierno que hubiera eliminado del Código Penal el castigo de cárcel para quien convocara motu proprio un referéndum de autodeterminación.

En sintonía con el descabellado propósito del PNV, con motivo de un atentado de ETA, un destacado miembro de aquél, Urkullu, amenaza con que «ni ETA ni las Cortes pararán el Plan Ibarretxe. Es claro que este individuo, aparte del mal gusto ético de equiparar a los representantes del pueblo soberano con la banda asesina, se sitúa, como ya es de dominio público hablando del PNV, al margen de la democracia. Porque, incluso antes de que se dialogue con las demás fuerzas políticas y de que se celebre consulta alguna, da por sentado que el plan se impondrá. La insistente propuesta del lendakari y su partido de que el pueblo vasco decida si cambia las reglas de juego democrático es ilegal e ilegítima aun en el supuesto de que tal pueblo fuese sujeto de soberanía. Porque el Plan Ibarretxe sólo podría ser democrático (en la hipótesis absurda de que el pueblo español renunciara a su soberanía sobre Euskadi) si el parlamento vasco lo votara no por mayoría absoluta, sino por mayoría cualificada. Es el cauto procedimiento habitual en las democracias para que un partido ganador de unas elecciones no pretenda perpetuarse en el poder cambiando las reglas de juego que le han llevado a la victoria. La victoria del PNV con el Estatuto de Guernica sólo le autoriza a gobernar de acuerdo a él, pero no tiene más poder que los otros partidos para cambiar las reglas de juego. Si el PNV fuera democrático lo comprendería perfectamente, pero con su negativa a retirar el plan demuestra que no lo es. Lo de Ibarretxe, diciéndolo sin tapujos, es una tentativa golpista. En la democracia la alternancia en el poder debe ser algo anecdótico y es mal asunto cuando pretende convertirse en categoría, o sea, en cambio de las reglas de juego.

Cuando escribí en el 95 «España a la deriva» (Huerga y Fierro), los problemas acuciantes de España, aunque escandalosos, eran problemas del partido gobernante –corrupción, desastre económico, falta de liderazgo–, más que problemas de Estado, de nación, constitucionales. La primera fecha fatídica en la que comienzan éstos y la verdadera deriva de España es la del pacto PNV-ETA, la de la huida sabiniana hacia delante que culmina en el plan soberanista. La segunda fecha de la deriva nacionalista que pretende agudizar el problema constitucional de España es la del gobierno del tripartito catalán, que hace desbarrar al PSC y hace decir a Maragall tonterías como que «hay que diseñar las reglas de juego atendiendo a las diferencias nacionales», o que «serán nacionalidades históricas aquellas que en el pasado hubieran plebiscitado su Estatuto». ¿Ésa es la nueva teoría progresista, la del tradicionalismo más rancio que legitima el ordenamiento político por su antigüedad? Es tan demencial semejante pretensión que podíamos legitimar así las dictaduras por ser mucho más viejas que las democracias.
El PSOE, que gana las elecciones por un trauma popular y que no puede gobernar sin el tripartito catalán y sin los demás partidos en el Senado, se convierte en rehén de los nacionalismos vasco y catalán radicales y se inventa lo de la España plural, la nación de naciones, la comodidad y todas esas zarandajas preconstitucionales, por no decir medievales. Cuando aquí los únicos que incomodan son los terroristas y sus socios que paladinamente amenazan con la destrucción de España. Ya sin ningún pudor hasta los consejeros del lendakari homenajean a los etarras. Y lo que en otras épocas hubiera sido un escándalo hoy es una costumbre, como la desobediencia de la mesa del Parlamento vasco a las sentencias del Supremo.

Así, asistimos a un verdadero deterioro no sólo de la democracia, sino de España como nación. Tan poco se respetan los resultados electorales que un partido como ERC con ocho escaños en el Congreso se cree con derecho a fijar las nuevas reglas de juego que pretenden sustituir a las del 78. El ínclito Carod-Rovira dice que «a Madrid llegará un texto digno y el PSOE no tendrá excusas para rechazarlo», y que «tiene la oportunidad de presentar un modelo de Estado distinto al de la derecha, UCD y PP». ¿Cuándo se enterarán ERC, IU, PNV y demás de que para cambiar las reglas de juego se necesita una mayoría cualificada, imposible sin el PP? Produce vértigo ver a tanto imbécil metido en política. O sea, que, según el sabio Carod, el modelo del 78 no fue consensuado por la derecha y la izquierda, sino que era un modelo de la derecha que la izquierda aceptó porque era tonta, no para resolver de una vez el problema de España.

Creo que la gente aprenderá en esta legislatura que no se puede votar para que gobierne a un partido que tiene tanta confusión mental, que, como dice Iñaki Ezquerra, carece por completo de discurso ideológico. Habrá que reformar la Constitución, sí, pero para poner coto definitivamente a las irresponsables fantasías nacionalistas.

AL FONDO, CIU
Editorial ABC  10 Enero 2005

LA tibia reacción de Rodríguez Zapatero ante el plan Ibarretxe no es únicamente producto de su tendencia natural a tomarse las cosas con calma. Es, sobre todo, fiel reflejo de la debilidad parlamentaria del Gobierno socialista. En efecto, Esquerra Republicana ha resultado ser -como era previsible- un aliado errático, muy dividido en corrientes internas y que traspasa con frecuencia los límites del sentido común, incluso en una interpretación muy generosa. A su vez, Izquierda Unida tardará en superar las secuelas de su reciente congreso, resuelto con la supervivencia bajo mínimos de Gaspar Llamazares. No es extraño, pues, que algún dirigente del PSOE se haya planteado (incluso en público) la conveniencia de un « giro estratégico » o, para decir lo mismo con un eufemismo, de una «ampliación de la estabilidad parlamentaria». No se trata sólo del desafío soberanista, sino de que en los meses que llevamos de legislatura cada vez que el Gobierno necesita los votos de ERC se ve obligado a una negociación específica, que concluye siempre en nuevas concesiones para formar una cadena interminable.

En la práctica, la posibilidad real de modificar la política de alianzas es bastante reducida. Ni siquiera se contempla la hipótesis de una «gran coalición» con el Partido Popular a efectos de política territorial y otras cuestiones de Estado. No hay nada que hacer, a día de hoy, con el PNV, aunque habrá que ver cómo se plantea el asunto después de las elecciones vascas. Queda, por tanto, la opción de Convergencia i Unió y por este camino apuntan las pretensiones del Partido Socialista, que van más allá al parecer de una mera reflexión teórica. Es cierto que el nacionalismo catalán moderado no pasa por su mejor momento: Durán Lleida, líder flexible y pragmático, contempla con preocupación los guiños hacia el radicalismo de la actual dirección convergente, perdida en una difícil travesía del desierto tras la retirada de Jordi Pujol -quien ayer mismo criticó los modos y maneras del tripartito- y la derrota electoral. Con CiU como socio, el PSOE podría abordar una reforma profunda pero «asumible» del Estatuto de Cataluña. Sin embargo, los socialistas deberían recordar que tampoco pueden contar con este nuevo apoyo en materias de alto valor simbólico como los papeles del Archivo, las selecciones deportivas o el debate lingüístico, que dañan sin remedio su estrategia como partido de ámbito nacional.

La singular coyuntura política que vive Cataluña introduce factores muy complejos. ERC pretende un Estatuto «de máximos» que, salvo por una mayor contención retórica, apenas se distingue en su contenido del texto aprobado por el Parlamento vasco. Los sectores más sensatos de la sociedad catalana rechazan la visión antipática e insolidaria que los republicanos transmiten hacia el resto de España. Maragall, verdadero cerebro de la política territorial socialista, no está dispuesto por ahora a que se ponga en peligro el tripartito, porque ello supondría un serio problema para su permanencia en el poder. Pero si la cuerda se tensa en exceso, no es descartable la opción de convocar elecciones autonómicas, que el PSC abordaría en este momento con expectativas favorables según las encuestas. He aquí algunas piezas interdependientes en este complicado tablero de ajedrez. Es llamativo, sin embargo, que la grave situación creada por el desafío frontal a la Constitución sea objeto de análisis por algunos políticos en términos estrechos de interés partidista y coyunturales. La gran mayoría de los españoles exige al presidente del Gobierno altura de miras y sentido de Estado, más allá del oportunismo táctico. Empieza una semana importante.

PLANES POLÍTICOS PARA ESPAÑA
Por HORACIO VÁZQUEZ-RIAL ABC  10 Enero 2005

AUN cuando la necesidad de esperanza sea consustancial al alma humana, los ciudadanos españoles tendríamos que procurar no engañarnos con la idea, ingenua y hasta cierto punto feliz, de que el Gobierno del PSOE está haciendo las cosas mal en relación con el País Vasco. La verdad es que el presidente Zapatero, ideológicamente errático, con su pacifismo años sesenta y su preocupación por casar a los homosexuales, atacar a la Iglesia católica y legalizar a los imames antes de que ellos lo pidan, está haciendo exactamente lo que quiere hacer.

No es la blandura lo que le lleva a recibir a Ibarreche antes que a Rajoy, a aceptar tácitamente alguna forma de realización para el programa del presidente autonómico vasco -al negarse a recurrir a priori al Tribunal Constitucional- y a dejar pasar, como si de cosas normales se tratara, el archivo de la causa contra Atucha por su obstinación en ignorar la orden de disolución del brazo parlamentario de ETA -ahora, por boca de Conde Pumpido, cuando ya es imposible desconocer el porqué de ese empeño- y el irregular proceso de aprobación de los presupuestos autonómicos, en algún rincón contable de los cuales ha de estar escondido el dinero destinado a la convocatoria del referendo ilegal con el que sueñan el PNV y sus socios. No es la blandura lo que le lleva a todo eso, sino su proyecto político. Un proyecto político que hay que ir adivinando a través de sus actos, porque no aparece en su discurso, cosa que no debería sorprender en un sucesor de Prieto y de Negrín.

Rodríguez Zapatero, a pesar de sus responsabilidades en el Estado, es ante todo un hombre de partido; es miembro del PSOE y, por lo tanto, por lógica estructural, mientras no exista ruptura explícita, lo es también, en términos políticos, de los partidos socialistas vasco y catalán, con cuyos diputados gobierna. Y cabe suponer, pues, que el plan del PSE para el País Vasco es el suyo, «profundizar en el autogobierno reformando el Estatuto y siendo respetuosos con el marco general», en palabras del secretario de organización socialista, José Blanco: ése será su punto de partida a la hora de negociar con el presidente autonómico vasco. Así, no tiene sentido esperar que Zapatero reciba a Mariano Rajoy antes que a Ibarreche, ni que establezca acuerdo alguno con él a mediano plazo: es imposible. La posición de los socialistas respecto del País Vasco es la del PSE, y el presidente del Gobierno español negociará con el presidente autonómico en función de algún punto intermedio entre las propuestas del uno y las del otro, y no en función de algún punto intermedio entre las del PSE y las que presumiblemente le presentará Rajoy. Para eso, los sectores del socialismo que llevaron a Zapatero a la secretaría general y a la candidatura presidencial dieron el golpe de Estado interno que desplazó a Redondo Terreros y su gente de la dirección del PSE, y puso en su lugar al señor López.

La clamorosa ausencia del señor López de la lista de declarantes de estos días en los informativos es tan imperdonable como explicable. Imperdonable porque, al dejar que todo el peso de la relación entre los vascos independentistas y los vascos españolistas recaiga sobre el Gobierno central, deja a los españoles del País Vasco en situación de minoridad y hace el juego a Ibarreche, Otegui, Madrazo y los de EA, que pretenden, y están logrando, que los acontecimientos sean vistos como propios del enfrentamiento entre vascos y españoles de fuera de la región. Explicable en la medida en que se entienda que es precisamente eso lo que López, Zapatero y otros pretenden. Sólo la posición de los alaveses, expresada por Ramón Rabanera -su negativa frontal a participar del proyecto separatista, insuficientemente subrayada por los medios-, y la iniciativa del presidente navarro Miguel Sanz de convocar la Conferencia de Presidentes Autonómicos se salen de ese escenario en el momento de redactar estas líneas.

La oposición vasca tendría en este momento que asumir un deber pedagógico frente al resto de España, explicando o recordando varias cosas. La primera es que la separación del País Vasco no beneficia a nadie, y mucho menos a los vascos, que se verían reducidos a un territorio económicamente arrasado -como ha expuesto con exquisita claridad Mikel Buesa en estas páginas- y de difícil asimilación por las instituciones europeas, a pesar de que la palabra «asociado» esté destinada a mantener al hipotético «Estado libre» en el marco de la UE. La segunda es que los sucesivos gobiernos autonómicos han ido construyendo en el País Vasco una trama represiva que hace muy difícil la libre expresión -ETA ha servido impecablemente al PNV en esa labor, en la medida en que ha venido realizando la perversa lógica histórica por la que toda organización armada clandestina deviene en última instancia eje del poder visible: lo explicaron, entre otros, Conrad y Chesterton-. La tercera es que esa trama represiva, tendencialmente totalitaria, obliga a la gran mayoría de los ciudadanos vascos a vivir por debajo de la línea de visibilidad, si no quieren arriesgar su vida, y que eso condiciona cualquier resultado del posible referendo ilegal al que apunta Ibarreche.

Habrá que explicar todo esto, teniendo en cuenta que el separatismo como objetivo final está instalado en un sector del PSE, que las diferencias de ese sector con el PNV sólo son de grado, y que esa relación de fuerzas en la clase política vasca no refleja verdaderamente la realidad social de un pueblo que tiene pocas opciones electorales y no se está expresando libremente porque ETA es una enfermedad para la democracia. Teniendo en cuenta también que el plan del PSE es el del PSOE. Y que, en la medida en que es el del PSOE, es antes un plan para España que para el País Vasco, del mismo modo en que lo es el Plan Ibarreche. Maragall renunció en su momento, explícitamente, a la posibilidad de una legislatura autonómica corta y a una convocatoria electoral que le diese un triunfo holgado y le liberara de pesadas asociaciones, diciendo que el tripartito era lo que él quería. No nos engañemos: lo mismo le ocurre a Zapatero. Una oposición frontal del PSOE a los separatismos los hubiese desactivado hace tiempo, pero los socialistas entraron a regañadientes en el pacto antiterrorista y, una vez dentro, lo boicotearon sistemáticamente. Y ahora, cuando ERC dice con todo desparpajo que un rechazo terminante del Plan Ibarreche les llevaría a forzar el final de la legislatura -una amenaza formulada desde 650.000 votos que revela la endeblez de los apoyos con que gobierna Zapatero, y su capacidad de extorsión-, se niegan a suscribir un pacto de Estado con el PP. No nos engañemos: ni siquiera tenemos garantías de que todos los diputados socialistas vayan a votar en contra del Plan Ibarreche, que, por lo pronto, han admitido a trámite. Y hay demasiados diputados de otros partidos decididos a votar a favor.

Antes de que todo esto termine, quizás a tortas, como dice el presidente de la autonomía vasca, alguien tendrá que responder a una cuestión clave, de la que todavía no se ha hablado lo suficiente, pero que es esencial porque sitúa la cuestión vasca más allá del cuestionamiento de la Constitución, de la soberanía o de la práctica democrática: si la separación del País Vasco no reporta beneficio alguno a los vascos, como no sea la satisfacción de un deseo retórico de algunos de ellos, y tampoco reporta beneficio alguno a España, ¿a quién se lo reporta?

Las "tortas" de Ibarretxe o el "drama" de Maragall
EDITORIAL Libertad Digital  10 Enero 2005

Uno de los riesgos añadidos del Plan Ibarretxe, tal y como ya advertimos la semana pasada, es que distraiga la atención pública sobre un hecho que acaba de recordar este domingo el eurodiputado popular, Jaime Mayor Oreja: a saber, que en España no hay uno sino “dos planes de ruptura de la Constitución, con dos ritmos y dos velocidades distintas. Uno, el Plan Ibarretxe, en el que el arbitraje de ETA ha sido muy palpable en una votación, pero hay otro plan en el que ETA actúa por vía de intermediario apadrinando el arbitraje que ERC hace en Cataluña y en el conjunto de España".

El respaldo de los parlamentarios de ETA a los planes de los nacionalistas vascos y el desprecio de estos a su imposible encaje en nuestra Carta Magna no deberían acumular, ciertamente, ni un ápice más de atención ni de preocupación que los planes de reforma estatutaria que socialistas e independentistas catalanes tratan de llevar adelante con el apoyo del resto de las formaciones nacionalistas. Proclamar que Cataluña es una nación, tal y como desean hacer todos excepto el PP, es una propuesta estatutaria que “en el fondo” —por utilizar la expresión de Maragall— viene a significar el mismo riesgo para la continuidad nacional y constitucional de España que el impulsado por el lehendakari vasco.

Por otra parte, ETA —tal y como ya explicó la organización terrorista tras su entrevista con Carod-Rovira, en su comunicado de tregua ceñida exclusivamente a Cataluña y para todos aquellos que no tuvieran relación con el PP— ya expresó su intención de respaldar los proyectos secesionistas del socio de Maragall y de Zapatero en pro de la “construcción nacional catalana” para “profundizar juntos en la crisis del Estado español”.

También cabe recordar que socialistas e independentistas catalanes, con tal de dejar atrás el actual y constitucional Estatuto de autonomía, ya dieron muestra —antes del 11-M y de la subsiguiente e inesperada victoria socialista— del escaso respeto a la legalidad vigente del que eran capaces si en el futuro la mayoría del Congreso no autorizaba el referéndum en pro de su “reforma” estatutaria. Si Ibarretxe ha hablado ahora de "tortas", no hay que olvidar que Maragall nos habló entonces de “drama” y nos recordó a la España de los años 30...

Aunque ahora Maragall pueda tener el visto bueno del Congreso de los Diputados para su futuro Estatuto, no hay que olvidar tampoco que, además de esa mayoría transitoria que el PSOE obtuvo gracias al 14-M, socialistas e independentistas catalanes requerirían del respaldo del PP para buscar algo de tan difícil encaje como que nuestra Carta Magna acepte como nación a una de esas “regiones o nacionalidades” de las que nos habla. ¿Acaso no sigue mostrando desprecio a los procedimientos de reforma constitucional quien, como Maragall, pretende llevarlos a cabo sin el consenso de la primera formación política de la oposición como es el PP? ¿O es que acaso Maragall pretende colar su plan estatutario sin modificar la Constitución? ¿Pretenden los socialistas acaso que el PP no recurrirá en solitario ante el Tribunal Constitucional ese “plan de ruptura catalán”, tal y como lo acaba de definir acertadamente Mayor Oreja? ¿O es que acaso se trata de presionar para que el Tribunal Constitucional acepte el Plan de Maragall como acorde a la Constitución de 1978? ¿Pretenden acaso que los magistrados del Constitucional otorguen tan escasa importancia al concepto de nación como del que ha hecho irresponsable gala el presidente del Gobierno?

Tal vez, socialistas e independentistas catalanes, tras homenajear a Companys, traten ahora de emularlo. Pero, en cualquier caso, y como ha dicho Mayor Oreja, no tiene sentido que Zapatero "demonize" uno de los planes, —en referencia al de Ibarretxe— y en cambio, "enaltezca" el procedente de Cataluña. La tentación del presidente del Gobierno de ceder a unas negociaciones con el lehendakari para “maragallizar” el Plan Ibarretxe es aun más evidente si tenemos en cuenta el hecho de que, a pesar de su aparente negativa, ZP ni lo ha impugnado ni lo ha rechazado a trámite parlamentario. ¿Una ocasión para que el plan de Ibarretxe sea aceptable en las “formas y en el fondo”? ¿Así piensa evitar Zapatero los “dramas” y las “tortas”?

LA POLITICA COMO ANESTESIA
GERMÁN YANKE ABC  10 Enero 2005

El presidente Zapatero se defiende. Ni debilidad ni falta de respuesta a las pretensiones de los nacionalistas vascos. Si hay que hacer caso a alguna crónica periodística —lo que anoto porque no deja de tener su simbólica gracia—, el presidente trasladará el viernes «al principal líder de la oposición» las iniciativas gubernamentales y, con ello, le tratará con más deferencia que la que él recibió cuando era «líder de la oposición con Aznar». Así, Rajoy sería el principal de los varios líderes de la oposición mientras Zapatero fue, en su momento, el único. Pero quizá sea sin más una trascripción periodística aventurada, de esas que ponen al personal nervioso sin motivo alguno.

Porque este hombre no es que sea impasible, es que pretende anestesiarnos, hipnotizarnos a todos con una sonrisa. En una ocasión, en la que debí mostrarme más radical y alterado de lo aparentemente debido, el entonces líder de la oposición me dijo que me calmara, que en su casa me ganarían siempre en antinacionalismo gracias a su esposa, aunque añadió, como si hubiera que compensar la confesión, que nadie como ella se oponía también a la guerra de Irak y a la doctrina de los ataques preventivos. El otro día, con motivo del encuentro navideño con los periodistas, el ahora presidente me volvió a reprochar la inquietud apelando a las urnas en el País Vasco y a que él sabía más que yo. Lo que no sé es si entonces sabía que el Plan Ibarretxe —que es un monumento antidemocrático trufado de totalitarismo y apoyado por el terror— iba a ser aprobado en el Parlamento vasco y que él mismo, nueve días después, tendría que apañárselas para defenderse del pecado de pusilanimidad estableciendo «criterios» para el inmediato futuro. Porque lo malo de lo que pasa es que, cuanto más se sabe, más motivos hay para el juicio grave y la alteración nerviosa, que no siempre es un defecto sino, a veces, un mecanismo de defensa que mueve a la acción.

El presidente no quiere bloques ni medidas de excepción, aludiendo para este último aspecto a Manuel Fraga y no a su compañero Rodríguez Ibarra, que también debe dar muestras no ya de alteración sino de crisis nerviosa. Pero nadie le pide bloque alguno en casa del «principal líder de la oposición». Más bien se lo reclaman los demás: vamos viendo que ese monstruo semántico de la «comunidad nacional», en Cataluña y en el País Vasco, con el nacionalismo gallego al fondo, significa precisamente la exclusión de una parte de la sociedad que sería bloqueada por la restante. Hay exclusión manifiesta, netamente fascista, en el Plan Ibarretxe, la hay formalmente en el pacto de Gobierno en Cataluña y la desean los nacionalistas gallegos, que apoyaron la investidura del inalterable presidente, como los nacionalistas vascos que ahora inician el año —unto a ETA— con este grave desvarío. Así que bienvenido sea para los próximos días, si es verdad, una nueva muestra del arte de rectificar y que Zapatero, por fin, acabe con esa política de bloques y exclusiones.

Porque ante este reto antidemocrático, lo que no puede hacer el Gobierno es excluir al PP. Ni tampoco establecer con él una suerte de inesperada coincidencia final. Y si no fue tratado antes del 14 de marzo como exigía el Pacto Antiterrorista, Zapatero no debería caer ahora en el mismo error. Sus «criterios» son «la convivencia constitucional y la razón democrática», que son principios, límites, pero no un programa concreto. Si no ha bastado la retórica para luchar contra la violencia de género o la telebasura, tampoco debería ser suficiente contra un plan que lleva el nombre de un señor que sabe que, hasta el momento, y sin coste alguno, ha hecho todo lo que los demás, muy tranquilos, aseguraban que era imposible. Por mucho que Zapatero nos anestesie, Ibarretxe nos despierta.

Sólo Epicuro
Gabriel ALBIAC La Razón 10 Enero 2005

Melancolía. Y una clara certeza de que la vida se burla de nosotros. A eso, al fin, se reduce la edad adulta. Que el primero de los líricos griegos sentenciase como lo mejor de esta vida no haber nacido tiene el grave resplandor de los milagros. Inmerecidos. Al cabo ya de tantos años de biblioteca, ninguna conmoción tan pura hallé como la de ese primordial fragmento de Teognis de Megara. Lo cual, si era preciso, me confirma en el poquísimo interés de los últimos veinticinco siglos. Nada ha sido escrito, tras la extinción de la polis clásica, que no lo hubiera sido antes, y mejor, y más escueto, en ese griego clásico, del cual quedará vago recuerdo en apenas una generación. Luego, ni eso.

«No se esfuerce. ¿Para qué? Sea cual sea su hallazgo, siempre habrá un griego que lo haya dicho antes». Si la memoria no me engaña, la ironía es de Kant, en algún pasaje de su correspondencia. No tan aburrido, el viejo maestro.

La tarea de iniciar un nuevo año pone siempre en mí esa boba melancolía. Y la repetición, siempre gravosa, va siendo trocada por el paso de los años en descarada humillación. 2004 ha sido el peor año de nuestras vidas, porque en él supimos cuál es el fin de la política: engañarnos, al coste de muerte que sea. De los 192 asesinatos del 11-M a la declaración de independencia vasca del 30 de diciembre, va la pura línea de una estrategia glacial. Hay quienes ironizan sobre teorías conspirativas. Pero conspiración y política son sinónimos. Y no hay partido, desde el siglo XIX, que no gravite sobre zonas de estricto secreto.

Será peor 2005. Año en el cual todo está ya milimétricamente diseñado para pasar, sobre lo que nos quede de cerebro, la igualitaria apisonadora de las certidumbres colectivas. Primero, el manipulado referéndum mediante el cual Gobierno como oposición se juzgarán legitimadas para violar el diccionario, haciéndonos llamar Constitución (europea) a un infame texto que ninguna de las condiciones definitorias de una Constitución cumple, y que, además, consagra el más antidemocrático modelo de poder de los últimos dos siglos europeos: el neoaristocratismo de una pandilla eurócrata, exenta de control ciudadano tanto cuanto de impuestos. Luego, lo de Ibarreche en la Carrera de San Jerónimo exhibirá cómo la casta política se cisca sobre el principio garantista que dice que un Parlamento no puede, por definición, someter a debate político algo ilegal sin haber previamente modificado la ley misma. Sin solución de continuidad, un referéndum delictivo, al cual el Gobierno ha decidido ya declarar impune. Y, tras el verano, vuelta a empezar, pero con Maragall en el papel de Ibarreche.

«Aléjate, hombre sensato, de la política». Me gustaría haberlo inventado. Pero fue Epicuro. Siempre un griego.

Desafío nacionalista
ZP, escuche al pueblo
Agapito Maestre Libertad Digital 10 Enero 2005

ZP salga a la calle y hable con sus conciudadanos. Los tiene usted asustados. La gente no sabe dónde vamos. Cosa grave para la gobernabilidad de una nación. ZP no siga con el engaño. Corte ya con los nacionalistas o nadie creerá jamás en algo que se llama socialismo. Usted está jugando villanamente con la ciudadanía, cuando recibe a Ibarreche y no cuestiona las barbaridades de sus socios de ERC. Explique sus pactos con los nacionalistas, con todos, con los de ERC y con sus compañeros de ETA-Batasuna, o convoque elecciones. Déjese ya de engaños, pantomimas y risitas. Usted, y su compañero Maragall, quieren imponer un régimen político sin contar con los millones de votantes del PP y tomándoles el pelo a sus propios votantes.

Aunque usted sólo hable con Maragall, sólo preste atención a los secesionistas y no quiera oír las conversaciones de sus conciudadanos, señor ZP siempre habrá gente que le recuerde lo que está pasando. Siempre habrá alguien que le recuerde que su descrédito es permanente y va en aumento. Pocos creen en usted. Me refiero a ciudadanos serios. De los otros, de la plebe, no hablo. Por supuesto, los socialistas serios, la gente que está hasta la coronilla de que los llamen a la calma, a la serenidad y a otras ñoñas imbecilidades consideran que es usted peor, mucho peor, que Ibarreche y sus socios en el Parlamento vasco de ETA-Batasuna.

ZP, olvídese de seguir engañando a la ciudadanía con sus pamplinas y, lo que es peor, con medidas populistas o comprando periodistas. Ya es demasiado tarde. Fíjese, señor ZP, que incluso hay militantes socialistas, gentes de base, que creen que usted nos lleva a otra guerra civil. El juicio es duro, pero le prometo que he oído ese comentario en boca de militantes socialistas. Y es que, señor ZP, siempre habrá alguien para recordar sus barbaridades.

Calma, serenidad y mano tendida, decía el secesionista el otro día, no son esas palabras las mismas que usted utiliza. Por cierto, a propósito de la palabra serenidad, me envía el amigo Aquilino Duque un correo electrónico que quizá le pueda interesar. Es una historia corta pero ejemplarizante. Hela aquí sin quitar ni poner nada: “Al inaugurarse el pantano de Bornos, entre las atracciones de que se le dotó hubo un vapor de ruedas como los del Misisipí y, para acentuar el color local, los promotores trataron de convencer a un pícaro de la zona, previamente embriagado, de que se disfrazara de pirata con pata de palo auténtica. “Total, para lo que te sirve a ti esa pata que tienes ahí… En cambio, fíjate lo de dinero que vas a ganar con una de palo en su lugar”. Ya estaba el hombre medio convencido, pero al ver el serrucho se le quitó la borrachera y se volvió atrás del trato. A mí Ibarreche y Zapatero me hacen pensar, no en dos señoritos gaditanos con ganas de guasa, sino en dos traficantes de órganos que le recomiendan serenidad y calma al paciente secuestrado al que le van a extirpar un riñón, explicándole que no se va a enterar siquiera y que además con un solo riñón puede seguir viviendo como antes.

Lleva mucho tiempo la clase política y periodística anestesiando a la nación para que no reaccione cuando le vayan a amputar esta o aquella región, es decir, para que “no se crispe” cuando sienta en su carne el bisturí separatista. Ojalá despierte pronto la paciente de su estado cataléptico y eche a puntapiés del quirófano a esos untuosos y amenazantes traficantes de órganos.”

El gran culpable
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo 10 Enero 2005

Dos personajes públicos situados en polos opuestos del arco ideológico, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, que se autoproclama nacionalista español, y Gaspar Llamazares, el coordinador, que no líder, de Izquierda Unida, coincidían la semana pasada al culpar al PP de la radicalización del nacionalismo vasco que ha conducido a la aprobación del plan Ibarretxe. No son éstas actitudes aisladas porque puntos de vista similares se han visto en no pocos dirigentes del PSOE.

La dureza del PP, el carácter personal de Aznar o la traza de su bigote habrían empujado a Xabier Arzalluz, Juan José Ibarretxe o a Joseba Egibar a echarse al monte. El propio PNV alimenta a veces esta idea para ganar «la batalla en las mentalidades», como explica Pascal Bruckner ('La tentación de la inocencia') al referirse a los agresores serbios presentándose como víctimas.

Esta creencia en la culpabilidad del PP se expresa unas veces abiertamente y otras mediante perífrasis, como cuando se dice que el plan Ibarretxe corresponde a un periodo de confrontación, pero es inadecuado para los tiempos del nuevo talante. El error de diagnóstico del problema puede llevar a plantear soluciones inadecuadas por parte de quienes tienen la responsabilidad principal en la gestión del poder creyendo que lo importante es marcar distancias con el PP -el gran culpable- y de esa forma el problema de la radicalización del nacionalismo se diluirá por sí mismo.

Flaca memoria histórica tienen quienes creen que la culpa de la evolución soberanista del nacionalismo está en la mala voluntad de los anteriores gobiernos. Ni siquiera recuerdan que el proceso de radicalización comenzó en plena luna de miel PP-PNV, con un acuerdo en vigor entre los dos partidos que incluía el apoyo parlamentario de los nacionalistas y la transferencia, importantísima, de la gestión de impuestos especiales a las Haciendas forales, entre otros asuntos. No recuerdan tampoco que el PSE compartía gobierno en Vitoria cuando el PNV ya negociaba con ETA la gran traición a sus socios que culminó en el pacto del verano del 98 que abrió las puertas a la Declaración de Estella y a todo lo que ha venido después.

Fue el miedo a perder el poder en unas elecciones lo que llevó a los dirigentes del PNV a modificar su estrategia tratando de conseguir apoyos en el mundo de ETA, aunque fuera a costa de hacer saltar por los aires el pacto que desde 1979 había vertebrado la pluralidad de la sociedad vasca. Esto es algo que no hace tanto tiempo estaba claro entre los dirigentes socialistas. Basta recordar las palabras de Jesús Eguiguren, cuando defendió en el Parlamento vasco la moción de censura al lehendakari: «No ha sido Vd., Sr. Ibarretxe, quien ha tomado las decisiones pensando en el bien general del país; han sido los máximos dirigentes de su partido, pensando en sus estrechos intereses partidistas».

La nación española
Luis GONZÁLEZ SEARA La Razón 10 Enero 2005

Lo que está ocurriendo en España es, sencillamente, fantasmagórico y surrealista. El Gobierno y la oposición están llamando a rebato a las huestes hispánicas para que den un sonado y emotivo espaldarazo a la Constitución europea –el primer país en hacerlo, nos anuncian nuestros erráticos guardianes– mientras desde distintas comunidades autónomas se están dando grandes pasos para enterrar la Constitución española, que se alumbró de forma consensuada en los orígenes de la transición a la democracia.

No se ven por ningún lado las razones o las ventajas de ser tan madrugadores en someter a los españoles la aprobación del texto del nuevo Tratado, cuyo contenido es ignorado por la inmensa mayoría, según todas las encuestas. En cambio, no se reacciona ante un ataque a nuestro sistema constitucional, como el llamado Plan Ibarreche, diciendo que no hay que precipitarse ni crear alarmas innecesarias entre la población, cuando hay en marcha una peligrosa operación para desmembrar la nación española, que es una realidad mucho más profunda que el Estado, al que los españoles han mirado siempre con recelo, tal vez por las repetidas y lamentables experiencias de mal gobierno a que han sido sometidos. No tiene ningún fundamento sólido la banal discusión sobre los conceptos de «nacionalidad», «comunidad nacional» o «nación», referidos a las identidades de las comunidades autónomas o regiones que se consideran a sí mismas «históricas», como si las demás fueran entes de ficción carentes de historia y de pasado.

Está muy claro que la nación española es el fundamento en que se apoya la Constitución y el Estado Social y democrático de Derecho que se ha dado el pueblo español, en el cual reside la soberanía y del cual emanan los poderes del Estado. Y esa nación española es la que sin duda se movilizaría para defender su continuidad histórica, si el aparato del Estado y la estulticia de sus gobernantes no fueran capaces de mantenerla. Los partidos políticos, que parecen ignorar todo lo que no proporcione rendimientos electorales inmediatos, harían bien en tomar en consideración el enorme desprestigio que tienen entre la ciudadanía, dejarse de alarmas y garambainas y ponerse inmediatamente a la tarea de parar la rebelión de las nuevas comunidades antes de que sea tarde.

Ya tuvimos en el pasado abundancia de rebeliones, pronunciamientos, carlistadas, separatismos y guerras civiles. Y se imaginaban propuestas lúcidas. Fue así cómo, en los días de la primera guerra mundial y en la revista «España», Ortega y Gasset propuso, ante la deplorable gobernación que entonces se vivía, hacer política de nación frente a la política de Estado, a la manera de Inglaterra, donde las instituciones estatales son un adjetivo de la nación. Ortega llamaba a la movilización de los ciudadanos de la nación española ante la evidencia de un Estado inerte. Esperemos que la ceguera electoralista de los partidos nacionales y la deslealtad de los nacionalistas no obligue a repetir la llamada orteguiana.

Zapatero y el radicalsocialismo
Carlos DÁVILA La Razón 10 Enero 2005

Que se sepa, tres o cuatro de los más sesudos psicólogos (¿psiquiatras también?) del país, intentan analizar estos días la personalidad del presidente Zapatero. Uno de ellos confesaba a sus íntímos su turbada confusión: «Lo más fácil es diagnosticarle de sandio, lo constatado es calificarle de holgazán, lo más científico es observar en él síntomas apreciables de cinismo», y añadía: «...y ningún cínico es un panolí». De modo que Alfonso Ussía ya puede entonar su rectificación. Lo cierto es que España entera, incluidos los blasfemos de Canal Plus, se están preguntando ahora mismo qué clase de tipo nos está gobernando. Los fanáticos, que ZP los tiene, aducen que es un hombre tranquilo, que deja correr la vida sin precipitaciones y que descarga de dramatismo las situaciones más peliagudas.

En el otro extremo, los objetores más tajantes, observan que es un mediocre inmaduro que encubre su extremada debilidad en una actitud de paciencia enervante para todos. En ningún de estos dos grupos habita sin embargo, nadie que niegue al presidente actual una excepcional capacidad para introducir sus mensajes, incluso los más contradictorios y torpes, en la comunidad nacional. Su afán de poder, de permanecer en él, corre parejo con su contento por haberlo conseguido. A un presidente de una corporación profesional le dijo: «Yo he nacido para estar en el Gobierno, la oposición para estar donde está»; a un antiguo ministro/a, le espetó, tras complacerse con los aplausos que le dirigían ciertos asistentes a una sesión cinematográfica: «Aznar se hubiera c...... de gusto».

Su secretaria, por lo demás, confiesa que «el presidente se cree todo lo que dice». Es de suponer que se crea incluso sus propias mentiras. En un especimen así todo es posible. Los especialistas consultados aseguran, a mayor abundamiento, que las características de Zapatero son las más propicias para hacer de él un personaje engreído que pueda llegar a sentirse justificado hasta por la Historia.

Ahora mismo, ya existen signos directos de que el presidente intenta hacer del talante (la palabra que él ha rescatado del lenguaje joséantoniano) una forma de gobernar absolutamente nueva, y por tanto revolucionaria, en España. Su tancredismo, que algunos juzgan suicida o insolente, no es más, en opinión de ciertos de sus leales, que un modo fresco de enfrentarse a los desafíos más hirientes. Estos mismos observan en su radicalsocialismo una apuesta por convertir en posible la gobernación izquierdista que González no pudo acreditar y que ninguna socialdemocracia europea ha realizado.

Desde este punto de vista, también Zapatero debe considerarse el gran hacedor de la revolución mundial socialista, la revolución pendiente en suma. En estos días en que los periódicos (hasta un poco el suyo de cabecera) se han inflamado con la venganza independentista de Ibarreche, Zapatero –dicen– no ha despeinado su bucólico «look» de «Yo Claudio». Todos nerviosos, menos él; todos se preocupan por la España rota que se nos aventa, menos él y sus palmeros naturalmente.

Cuando las muestras sociológicas le enseñan que a grandes males, grandes remedios, y que España precisa en este momento de un enorme pacto del PSOE y el PP para defenderla de la desintegración, Zapatero advierte –él es es un «entomólogo» que lee mejor que nadie los deseos mínimos de las gentes– que del PP sólo quiere los votos de las Cortes, que ni apoyará un acuerdo en el País Vasco, ni se moverá un ápice de sus actuales compromisos con los independentistas.

Eso sí, mucha retórica condenatoria contra el PNV y muchos gestos hipócritas de firmeza. Aquí ya no hay nación, aquí ya no hay Constitución que valga y aquí todo se puede resolver con el diálogo, incluso las mayores afrentas. Zapatero y su PSOE vuelcan denuestos contra Ibarreche al que sin embargo reciben probablemente con la ikurriña al fondo, y tragan los sapos de su socio Esquerra, porque lo de estos secesionistas simpaticorros «no tiene importancia».

Se trata de hacer pasable la reforma independentista de Maragall a costa de improperios artificiales contra Ibarreche. Y eso sí: mucha Constitución Europea aleteada por el conocido intelectual «Loquillo». En estas circunstancias de estupor, por lo menos diez millones españoles se hacen dos preguntas: Primera: ¿cómo quiere Zapatero que votemos sí a la Constitución de Europa si él no defiende la de España? La segunda: pero, ¿qué clase de tipo nos está gobernando? Sin palabras.

Los chantajistas
Luisa PALMA La Razón 10 Enero 2005

Que el Gobierno de Zapatero está en manos de chantajistas no es ya una suposición o una crítica de la oposición del PP, es un hecho patente y grave, como lo prueban las palabras de Puigcercós, que ha amenazado al PSOE con quitarle el apoyo de ERC si pacta con el PP en contra del plan secesionista de Ibarretxe; y las de este último diciendo que o le da lo que él quiere o lo resuelve a tortas, porque ya se sabe que el PNV quiere que los vascos sean lo que el PNV quiere que sean los vascos. Y si no, bofetada.

Cómo será que en lo de Puigcercós hasta Llamazares se ha dado cuenta y ha dicho que es un error porque «traslada la imagen de un gobierno dependiente de ERC». Pues sí, no sólo «traslada una imagen» sino que confirma una realidad.

Y el mayor estupor es que Zapatero no quiere enterarse. Dijo en la Pascua militar, momentos después de que su ministro Bono defendiese a capa y espada la Constitución, que no había problema con ERC, porque, claro, le va a hacer caso y no habrá pacto de Estado con el PP para las reformas estatutarias y de la Constitución.

Mal camino es éste. Demuestra que el PSOE prefiere ceder a los chantajes nacionalistas, que quieren cargarse nuestro modelo de país y de convivencia, con tal de mantener aislado al PP. Ése es su verdadero objetivo.
Y los chantajistas que pueden ser mezquinos, pero no idiotas, lo saben y lo aprovechan cada día más.
Pero, atención, porque España empieza a estar muy harta.

LOS RETRASOS DE MARAGALL
Por Valentí PUIG ABC  10 Enero 2005

PASQUAL Maragall acostumbra a llegar algo tarde a los actos oficiales. Desde cuando fue alcalde de Barcelona, no es inusual que se haga esperar. Luego inaugura, clausura o proclama: emprende con voz cansina lo que es una intervención de agenda pero al calentar los motores de su capacidad expresiva casi siempre tiene que sacar un conejo de la chistera, tal vez por haber llegado tarde o como tributo al ensueño tan adolescente como perjudicial de llevar la imaginación al poder. Característicamente, ese momento del guiño maragalliano, sin las ataduras de lo preconcebido, no pocas veces ha ido más allá de lo que piensa el PSOE, de lo que les conviene a los socialistas catalanes o incluso más allá de lo que preveía su entorno más fiel. Así fue anunciado el Foro 2004 de las Culturas, hoy todavía insepulto y con las cuentas por echar.

Al pedir un nuevo Estatuto de autonomía para Cataluña hubo más cálculo táctico. Sobre todo, propósito electoral. Los socialistas catalanes hicieron la propuesta suponiendo que el PP gobernaría en España por una tercera legislatura. Una exigencia estatutaria les mantenía abierto un frente belicoso y descolocaba a CiU porque no en vano los pactos PP-CiU implicaban el «sine qua non» de dejarse la reforma del Estatuto en el cajón. Sin Pujol y sin Aznar, PP y CiU iban a renovar esos pactos con alguna contrapartida de aderezo y seguramente habría ministros convergentes en Madrid.

Ahora la situación es distinta: gobierna el PSOE con ayuda de eco-comunistas e independentistas republicanos y por sus respectivas vías avanzan el plan Ibarretxe y el nuevo Estatuto catalán. No son trenes rigurosamente controlados, no hay jefes de estación que sintonicen cronométricamente su marcha. Desde luego, no está previsto que ambos convoyes choquen frontalmente, aunque no se descarten daños metafóricamente colaterales. Por el momento, el «Estatut» de Maragall está llegando mucho más tarde que la propuesta de Ibarretxe. Maragall, por ejemplo, también se retrasa en la campaña que le corresponde al «tripartito» en el referéndum del Tratado Constitucional europeo.

MIENTRAS los estrategas del PSC-PSOE pensaban en los réditos de una reivindicación estatutaria abierta en las carnes de un gobierno del PP, Pasqual Maragall ya estaba considerando que su «Estatut» iba a atajar la metástasis del plan Ibarretxe. En fin, Pasqual Maragall se disponía a solucionarle a España, a la usanza regeneracionista, el conflicto del nacionalismo vasco. Esta tesis se confirma con la propuesta estatutaria presentada por los socialistas vascos que lidera Patxi López, con riesgo de fractura interna del PSE. Ese sector del socialismo vasco, fascinado por los cálculos de Pasqual Maragall, busca ofrecer al electorado una alternativa, pero con todos los riesgos del triple salto mortal sin red. Por su parte, Maragall continuará llegando tarde a los actos oficiales, mientras los partidos políticos de Cataluña tejen y destejen un «Estatut» que mantiene perfectamente indiferente a la mayoría de la sociedad catalana. Pase lo que pase, los portavoces de ERC podrán, cuando les venga en gana, alabar la credibilidad de Batasuna o criticar el «autismo incomprensible del PP y del PSOE».

QUIZÁS Pasqual Maragall no tuvo en cuenta el factor de la retroalimentación. Es posible que, con tanto empeño por influir desde Cataluña en el País Vasco y en toda España, olvidase que el plan Ibarretexe podía contagiar la política catalana. Algo de eso habrá cuando en algunos despachos de la Generalitat se piensa en «acorazar» el nuevo «Estatut» con el respaldo de los ayuntamientos catalanes y de un conjunto de entidades cívicas. Seguramente no faltará ni un solo grupo de «castellers». Sobre todo, que no falte el Barça.  vpuig@abc.es

¿Qué habría pasado si lo hubiera dicho aznar?
Luis M Ansón La Razón  10 Enero 2005

El Gobierno tiene la obligación de garantizar el cumplimiento de la Constitución en todos sus artículos, fruto del consenso de la inmensa mayoría de las fuerzas políticas de nuestra nación. Hay que aplaudir al socialista José Bono, que ha recordado públicamente a los separatistas de Carod-Rovira y a los batasunos de vario pelaje estos dos artículos de la Constitución:

Artículo 2: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas».

Artículo 8: «Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional».

Bono podría haber recordado también ante el Rey, y seguro que no le faltarían las ganas, otro texto de la Constitución, que hiela la sonrisa de Zapatero:

Artículo 155: «Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general».

Los tres artículos, claros como el agua clara. Naturalmente que la Constitución se puede reformar, pero por el procedimiento que el propio texto constitucional establece. Si algunos diputados murcianos desean, por ejemplo, que Cartagena se declare independiente, tienen todo el derecho a intentarlo. Deberán proponer al Parlamento la adecuada reforma del Título X de la Constitución. Necesitarán que el Congreso la apruebe por dos tercios y, a continuación, el Senado también por dos tercios. Después se procederá a la disolución inmediata de las Cámaras convocando elecciones generales. La proposición de los mencionados diputados murcianos deberá ser aprobada otra vez por los dos tercios del nuevo Congreso y del nuevo Senado. A continuación se convocará un referéndum entre todos los españoles. Subrayo todos. Si el proyecto sobre la independencia de Cartagena no resultara aprobado los que lo propusieron deberán acatar la decisión de las Cortes o atenerse a las consecuencias.

Los legisladores, como se ve, establecieron las necesarias cautelas y precauciones para dar estabilidad al texto constitucional, suficientemente invulnerable a pesar de la debilidad de Zapatero I el de las mercedes.

Acierto, gran acierto ante la opinión pública, de José Bono al recordar repetidamente los artículos 2 y 8 de la Constitución. Eso sí, no está de más hacerse esta pregunta: ¿Qué habría pasado si lo que ha expresado José Bono lo hubiera dicho Aznar? Los calificativos de franquista y golpista serían los más suaves. Se hubiera armado la de Dios es Marx.

Reforma del Estatuto catalán
Revelaciones de lo ya sabido
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 10 Enero 2005

A los siete años supe, gracias a Tintín en América, que en la ciudad de Chicago habían campado a sus anchas bandidos de toda clase y condición. Veinte años más tarde comprendí que lo de mi ciudad era peor: algunos bandidos eran jueces, otros eran empresarios ejemplares y alguno regentaba el bufete más prestigioso de Barcelona. Aunque duela, es cierto que todo el mundo lo sabía. Muchos años después, como diría aquel, una sentencia judicial lo ha reconocido y le ha reservado su parte de culpa a la prensa y a las administraciones públicas. Y hemos podido leer por fin en letra impresa, acerca del abogado que defendió a Jordi Pujol en el caso Banca Catalana: “Aún se recuerda la nota que llevaba el día del pleno sobre la causa, y donde se dice que aparecía el sentido de los votos.”

Está en La Vanguardia del domingo, unas páginas después de una larga entrevista a Jordi Pujol –inesperado nexo de las dos revelaciones de La Vanguardia– que contiene este fragmento revelador: “Los socialistas plantearon la reforma del Estatut por motivos tácticos y sin creer en ello. Pensando que la reivindicación del Estatut serviría para dar la batalla al PP, que entonces todo el mundo daba como ganador de las elecciones de 2004.” Eso también pertenece al capítulo de las cosas que sabe todo el mundo y nadie reconoce. Hasta que lo ha hecho Pujol.

Pero CiU tampoco creía en la reforma del Estatut. Si hubiera creído, la habría impulsado cuando tenía el poder. El realismo de Pujol le inclinaba a avanzar en sus posiciones, a obtener mayores competencias, a reafirmar la sociedad normalizada, tanto más semejante a su proyecto cuantos más años transcurrían con los aparatos de penetración ideológica en manos nacionalistas. En cuanto a los comunistas verdes, ni siquiera se lo habían planteado; cuando socialistas y convergentes presentaron sus respectivos proyectos, ellos aún no habían redactado ninguno. Es obvio que el PP tampoco quería la reforma. Por lo tanto, en realidad sólo ERC la deseaba realmente.

Hay momentos en que fatalmente se impone la lógica de los peores, cuyo discurso e imaginario contamina los ajenos. Todos acabaron trabajando en el proyecto de los separatistas. Los socialistas, según Pujol, como táctica contra el PP; los convergentes, para no parecer menos comprometidos que socialistas y separatistas en el avance de la nació. A regañadientes, los populares, tras advertir del peligro de desestabilización inherente a un proceso que puede acabar exigiendo la reforma constitucional, tienen que trabajar también en él... para mantenerlo en sus cauces.

La sociedad catalana no demandaba un nuevo Estatut, pero los efectos no deseados se imponen cuando un agente es lo bastante audaz y los demás actúan irresponsablemente en provecho propio. El compromiso de Rodríguez de aceptar el texto que remita el Parlament es la guinda de una tarta que ahora habrá que comerse.

LAS CUATRO BOMBAS
Por Jaime CAMPMANY ABC  10 Enero 2005

EN el País Vasco acaban de estallar cuatro bombas. No es noticia que sorprenda mucho, porque allí están acostumbrados desde hace muchos años a estas desgraciadas peripecias políticas, tantas veces mortales. Esta vez, las bombas no han causado muertos. Tres de ellas las ha hecho estallar la banda etarra. La cuarta es cosa de monseñor Uriarte, obispo de Donostia.

Las tres bombas etarras han estallado en otras tantas empresas, una en Bilbao, la segunda en San Sebastián y una tercera en Ordizia. No estaban destinadas a matar, sino a avisar. Es la manera que tienen los terroristas vascos de recordar a los empresarios que deben pagar el llamado «impuesto revolucionario». La vigilancia internacional que se ejerce desde hace algún tiempo sobre los fondos de ETA, ha debilitado sin duda la pujante economía de la banda, y los que quedan allí tienen que dedicarse a reponer fondos. De algo han de vivir los trabajadores del asesinato, aunque ahora asesinen menos. La producción etarra de cadáveres ha descendido en los últimos tiempos, tal vez en espera de comprobar cómo termina Ibarreche su trabajo de asesinar la Constitución y de mutilar España.

Ese descanso que se han tomado los etarras en el ejercicio de su profesión ha emperezado a algunos empresarios en el molesto cumplimiento de pagar el impuesto a los asesinos, y las tres bombas de ahora están destinadas obviamente a refrescar su memoria y agilizar el movimiento muscular necesario para sacar la cartera. No conviene que el empresariado vasco se relaje demasiado en su obligación de patrocinar el independentismo a la fuerza. Que eso es lo que está en marcha en el País Vasco y en la Diócesis de monseñor Uriarte: el independentismo pagado con impuestos forzosos y con la cabeza de los contrarios, de los remisos o de los indiferentes. Las nucas agujereadas de los indiferentes también sirven de aviso.

Monseñor Uriarte discrepa de sus compañeros de la Conferencia Episcopal respecto del peligro que para la convivencia de los vascos y de todos los españoles supone el denominado «plan Ibarreche». Y ha escrito una «Carta pastoral» para mostrar públicamente esa discrepancia, «desmarcarse» de sus hermanos en el episcopado y advertir a su rebaño de fieles que las consideraciones de la Conferencia de obispos no son vinculantes. Menos mal que ya no está en la silla episcopal de San Sebastián monseñor Setién, que si lo estuviera quizá habría ido un poco más allá. Habría considerado heterodoxos a los obispos, les habría declarado herejes y les habría entregado al tribunal terrible de la inquisición etarra.

He leído con toda atención y muchísimo respeto lo que recogen los periódicos de la Carta de monseñor Uriarte. Es una carta «impecable», como la ha calificado el PNV, si hubiese sido escrita y publicada en un territorio donde reine la paz, el trabajo, el respeto a las ideas de cada cual y nadie utilice la violencia para imponer sus deseos y aspiraciones. Pero monseñor Uriarte se olvida de que esas circunstancias no se dan por desgracia en su Diócesis ni en del País Vasco. Y que en demasiadas ocasiones el objetivo de los violentos ha sido justificado y bendecido por sectores de la Iglesia vasca.

UN PLAN INMORAL
Por Jorge TRIAS SAGNIER ABC  10 Enero 2005

LA Conferencia Episcopal, como editorializaba este periódico, ha hablado alto y claro en relación con el plan Ibarretxe: es inmoral ya que no resulta admisible el modo en que propugnan la independencia y la idolatría de su idea nacional, contraria al bien común. Para los nacionalistas, el Derecho es tan sólo un instrumento que debe servir para acomodarlo a sus exigencias, revistiéndolas de legalidad. Ayer, en las iglesias, se podía escuchar el siguiente poema extraído del libro de Isaías: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; / mi elegido, a quien prefiero. / Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. / No gritará, no clamará, / no voceará por las calles./ La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no la apagará». En consonancia con esa concepción del Derecho, la Iglesia ha afirmado que «la Constitución es hoy el marco jurídico para la convivencia». Y, por lo tanto, el derecho que garantiza esa convivencia, que no grita ni clama ni se va voceando por las calles, no será quebrado aunque sobre él se descargue el azote inmoral de la caña nacionalista y titubee el pábilo vacilante del Gobierno. En la misa dominical, mientras escuchaba esa lectura, recordaba que Isaías predicó en la segunda mitad del siglo octavo antes de Cristo, en una época de desintegración del reino de Judá.

España no va bien. Ayer quedaba reflejado ese sentimiento generalizado en la rigurosa encuesta que nuestro diario hacía a medio centenar de ciudadanos preguntándoles su opinión sobre el proyecto secesionista del nacionalismo. Efectivamente, creo que estamos viviendo lo que podría denominarse «efecto inundación». Ese efecto consistiría en la sensación que tienen los habitantes de una localidad que contemplan, con indiferencia, cómo las aguas de un río van subiendo lentamente, pensando que nunca llegarán a desbordarse, pues no quieren ni plantearse lo que podría suceder si eso ocurriera. Cada uno sigue, más o menos, en sus cometidos diarios, aunque los más prudentes colocan toallas cerca de las puertas o se hacen con algún que otro cubo. Un día las aguas se desbordaron un milímetro y el efecto que produjo, el pueblo asolado y más de mil hectáreas de cosecha anegadas por el fango, tardó varios años en recuperarse. España va francamente mal y nos tomamos demasiado frívolamente las embestidas de la inundación nacionalista. Es tal la frivolidad ambiente, que incluso quien ocupa la presidencia, nada menos, que del Tribunal Constitucional, merced a un indescifrable casual, opina que debe «aliviarse» el contenido emocional del término «nación» para que algunas Autonomías se sientan más cómodas. No me extraña que Pedro J. Ramírez calificase de «Torcuata», en brillante alusión a la versión secesionista de Fernández Miranda, a la insólita dama.

El nacionalismo vasco, y en menor medida el catalán que le ha seguido complaciente al rebufo, se ha edificado sobre una pirámide de mil muertos, sobre la extorsión y sobre el miedo de la población no secesionista. Resulta alentador que la Iglesia Católica, pues, levante su voz y alerte sobre la inmoralidad de las propuestas nacionalistas.

España en Almoneda
Cristina ALBERDI La Razón 10 Enero 2005

Muchas voces se han alzado en los últimos días en defensa de la unidad de España. Cada vez somos más los que sentimos preocupación ante las extremas reclamaciones nacionalistas alentadas desde los gobiernos de la nación y catalán. Y ahora también por el denominado «Plan López», remedo vergonzante del «Ibarretxe» y casi calco de los acuerdos que su momento firmó el tripartito que dirige la Generalitat. Frente al entreguismo socialista, el Partido Popular viene reiterando que se opone a ese tipo de propuestas. Pues no sólo rompen el modelo territorial pactado en la Constitución, al proponer la existencia de «comunidades nacionales» diferenciadas del resto de las comunidades autónomas, sino que además cuestionan la unidad misma de la nación española. Propuestas que, por lo demás, ni siquiera satisfacen a los nacionalistas, quienes sólo las toleran como paso previo a la segregación. Como cabía esperar, el mensaje navideño del Rey ha sido importante en un año marcado por acontecimientos más que traumáticos. Pero también por las tendencias disgregadoras que amenazan el horizonte de una convivencia democrática alumbrada con generosidad y consenso.

El Rey no ha podido ser más claro en defensa de la España plural y diversa que ya disfrutamos gracias a la estabilidad política, social y económica de los últimos veintiséis años. Sin dejar de recordarnos que éstos representan el más largo período de prosperidad de nuestra historia, hizo un llamamiento a la solidaridad y la defensa del interés general por encima de los legítimos intereses de partido.

En ello reside el verdadero problema. Que los nacionalismos aspiren a la independencia a nadie puede sorprender. Demandar la autodeterminación ha sido siempre su objetivo esencial. Lo que no estaba en el guión es que uno de los partidos de la alternancia y pilar del sistema –el Partido Socialista– se desmarcara de sus fundamentos y de su identidad histórica y diera un vuelco ideológico de tal magnitud. De rechazar el nacionalismo ha pasado a justificarlo abiertamente, pretendiendo ajustar el propio ideario y hasta el ordenamiento jurídico a las exigencias del nacionalismo más radical.

Necesitado de los escaños de Esquerra Republicana de Cataluña para mantenerse en el poder, el actual Gobierno de España parece dispuesto a cualquier dejación, perdiendo de vista los intereses generales. Está alimentando un debate que no interesa a la mayoría de los ciudadanos y haciendo concesiones de consecuencias imprevisibles, que afectan a elementos esenciales de la convivencia. Los nacionalismos catalán y vasco nos están ganando la partida.

¿Quién iba a decir hace sólo seis años en el Partido Socialista –cuando se celebró el vigésimo aniversario de la Constitución– que en la actualidad estaría inventando argumentos, retorciendo textos, forzando interpretaciones y sometiendo a las instituciones a un desgaste intenso y continuado? Sólo la irresponsabilidad y la carencia del más elemental sentido del deber y de la función de la política pueden explicar que el Gobierno nos esté metiendo en este camino sin retorno con una frivolidad y ligereza impropia de gobernantes de un país democrático.

En este momento nada le conviene menos a España que este debate constitucional estéril, con las irreparables consecuencias que ya se vislumbran en el horizonte. Si entre todos no paramos esta deriva, las modificaciones de los estatutos de autonomía de Cataluña y Euskadi serán sometidas a votación en las Cortes Generales con el aplauso y apoyo de un Partido Socialista claudicante ante los nacionalismos para mantenerse en el Gobierno. Es un precio demasiado alto y también demasiado vergonzoso.

Por fortuna, la unidad parece resquebrajarse en el seno del propio partido socialista. Un militante tan destacado como Alfonso Guerra no cree que las propuestas que se están debatiendo tengan encaje en la Constitución. Desde el Gobierno mismo, el ministro de Defensa no ha dudado en pronunciarse con contundencia: «Nadie va a conseguir a punta de pistola que dejemos de sentirnos identificados con lo que España representa». Rosa Díez y Francisco Vázquez, entre otros muchos, también reclaman la recuperación de las señas de identidad socialistas. Quizás sea el momento de recordar que algunos de ellos no me comprendieron cuando, hace exactamente un año, yo misma me dirigí a Zapatero para causar baja en el PSOE por mi discrepancia radical con el «nacionalismo oportunista» de Maragall que ya estaba haciendo todo tipo de concesiones, con el beneplácito de los dirigentes de Madrid, a los nacionalismos secesionistas para poder gobernar la Generalitat.

Por entonces la cosa no había hecho más que empezar. Después llegó la masacre del 11 de marzo, los ominosos acontecimientos de la jornada de reflexión electoral, con el asalto a las sedes del Partido Popular y el vuelco electoral del 14 de marzo. El PSOE volvía a La Moncloa, pero del brazo de unos nacionalismos a los que no ha parado de hacer concesiones y, lo que es peor, a los que nunca podrá dejar de hacérselas. No saben ya qué inventar ni por dónde salir. Que si «comunidad nacional» en vez de nacionalidad. Que si ampliar al menos el preámbulo de la Carta Magna. Mientras tanto, para complicar aún más el panorama, nada menos que la presidenta del Tribunal Constitucional se permite decir que hay que quitar emotividad al concepto de nación y el secretario de Organización del Partido Socialista afirma que no sabe si está de acuerdo o no con las ocurrencias que en cascada van enturbiando cada día más el debate. Ya va siendo hora de que fijen su posición. Que dejen de jugar con un tema tan serio. Tienen la obligación de decir claramente cuáles son sus límites y si están dispuestos a poner a España en almoneda para satisfacer a sus socios y poder seguir gobernando.

No nos pongamos nerviosos
Iñaki ZARAGÜETA La Razón 10 Enero 2005

El Plan Ibarretxe ocupará sin duda la actualidad política de los próximos meses. Y esperemos que sólo sea la política. Y eso que aún no conocemos sus consecuencias. José Luis Rodríguez Zapatero se debate entre la ignorancia y el sentido de Estado, a pesar de la doble presión que recibe. Desde su propio partido, en el que abundan los disconformes con su actuación, y desde fuera, especialmente desde el PP, en el que Mariano Rajoy no ha sabido desprenderse del uniforme de cruzado que, respecto al nacionalismo vasco, distinguió a su predecesor con consecuencias poco positivas para los intereses «populares» en aquella Comunidad.

Como es habitual en los asuntos vascos, me veo nadando contra corriente por no aceptar la histeria como respuesta al problema. Creo transcendental tener las ideas claras y, sobre todo, la razón. De ahí que sea partidario de analizar las alternativas ante la iniciativa de Juan José Ibarretxe que está apoyada por la mayoría de su Parlamento. No lo olvidemos.Y en ese aspecto, devolverla sin estudiarla con detenimiento no es la más conveniente. Sería como despreciar opiniones contrarias y de alguna forma legítimas. No parece lo correcto cuando se tiene la fortaleza de la legalidad.

Considero mucho más efectivo e institucionalmente más acertado debatir el articulado propuesto en toda su dimensión, máxime cuando desde Vitoria se reconoce la soberanía del Estado y se acepta la tramitación como mecanismo constitucional. Otra cosa será si se pretende imponer al Congreso de los Diputados cuál ha de ser su decisión. Esta actuación hará posible además decidir la procedencia de algunos articulados, el rechazo de otros, plantear o no la vía de su inconstitucionalidad, así como cualquier otra medida que las instituciones juzguen convenientes. Y todo ello después de que la sociedad, la vasca y la del resto de España conozcan realmente el proyecto del lehendakari. No pasa absolutamente nada por retrasar los acuerdos. Al contrario, quizás sea más adecuado dar la impresión de que tenemos mucha correa. Que no nos movemos por el reflejo, sino por la reflexión. Hasta ahora domina la alharaca.

Otra cosa será, evidentemente, si el Gobierno vasco, tras el análisis y el diálogo, decidiera ilegalmente convocar el referéndum de marras. Entonces, desde la razón, el Estado estará más que legitimado para dar una «torta», la definitiva.

Y digo todo esto desde la convicción, no desde la ingenuidad. Soy consciente de las pretensiones del Plan, como lo fui de que se aprobaría. Trata de establecer el instrumento institucional para decidir el futuro de la Comunidad vasca cuando así lo quieran sus gobernantes. Lo expresa claramente en su preámbulo. Nadie quiere tener derecho a la autodeterminación si no piensa ejercerlo en alguna ocasión, cuando le interese.

El lindo don Diego
Antonio PÉREZ HENARES La Razón 10 Enero 2005

Las navidades han alumbrado una nueva estrella en el portal de la fama. Con su muy cuidado mostacho, atezado rostro y engolada voz, pelicano y fotogénico, con su larga bufanda roja, toque «armani» de viejas banderas, aire de progre veterano entendido en vinos y sushi, Diego López Garrido, portavoz adjunto del PSOE en el Congreso, ha sido el encargado de la negación de la evidencia. Su misión prioritaria ha sido reñirnos severamente a todos quienes nos hemos preocupado por que el señor Ibarretxe quiera trocear España y hacer añicos nuestra Constitución.

Empeñado en decir que el toro es una cabra y, en contraria caricatura del pastor de las alarmas, su repetida cantinela pretendía ser nana de adormecer conciencias aunque tengamos ya la lobada metida en el aprisco. Cualquier preocupación era injustificada; cualquier propuesta, precipitada e insensata; cualquier medida, imprudente y desproporcionada. Tanto ha negado que de postre nos ha dejado escrita la perla de que «el Parlamento nunca está de vacaciones», cuando hay rubor y clamor de que sus «señorías» no sigan, con la que está cayendo, con tal disfrute todo el mes de enero. Da muy bien en televisión con su bufanda desmayada para las ruedas de prensa, pero, aunque sea sin ella y con vitriolo, ¡por favor!, que vuelva cuanto antes Rubalcaba.

Un obispo nacionalista
Editorial La Razón 10 Enero 2005

El PNV tardó pocas horas en salir ante la opinión pública en defensa del obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, y de su discurso crítico con la posición oficial de la Conferencia Episcopal contra el Plan Ibarreche. El régimen nacionalista corrió en socorro de uno de los suyos, de uno de sus militantes más insignes, que tantas y tan grandes e importantes misiones en favor de la causa ha prestado desde su púlpito del obispado de San Sebastián. Para Emilio Olabarría, «Uriarte puso las cosas en su sitio con la ponderación que le caracteriza». Monseñor cumplió, pues, a entera satisfacción de la estrategia política del Gobierno vasco, pero otra cosa, radicalmente distinta, es que su actuación fuera moralmente presentable.

Que el obispo Uriarte se desmarcara de una nota de la Conferencia Episcopal, que calificaba el proyecto secesionista del lendakari de inaceptable, inmoral y contrario a la doctrina católica, porque la Iglesia no debe inmiscuirse en cuestiones políticas, resulta un sarcasmo y una hipocresía intolerables en quien, además, debiera ser un referente de moralidad y sentido cristiano de la vida. Porque si Uriarte, como otros prelados vascos, se ha caracterizado por algo ha sido precisamente por sus constantes y escandalosas injerencias partidistas en apoyo siempre de las tesis nacionalistas.

Desde el PSE y el PP recordaron ayer la «doble vara de medir» de quien «ha sido uno de los que más política han hecho en este país, uno de los que más han avalado los planteamientos de Ibarreche». La trayectoria del obispo de San Sebastián es en este aspecto incuestionable. Su discurso equidistante entre víctimas y verdugos, sus apelaciones permanentes a los derechos de los presos y sus silencios estruendosos durante lustros respecto de la ominosa situación de olvido y abandono de las víctimas constituye un estigma de inmoralidad que condicionará para siempre su misión pastoral.

Uriarte no ha sido ni es un buen pastor de almas, porque ha antepuesto su misión política al servicio del nacionalismo a lo que debiera haber sido una tarea de apoyo y proximidad a los que han padecido tanto y todavía sufren en la sociedad vasca. Y hoy como ayer, y probablemente mañana, monseñor será un activo adalid de una causa que divide, enfrenta y excluye. Y ésa no puede ser una actitud católica.

Parque Jurásico
José María CARRASCAL La Razón 10 Enero 2005

Basta leer la olímpica reacción de Monseñor Uriarte a la nota de la Conferencia Episcopal para confirmar lo que ya sabíamos: que el nacionalismo es la religión convertida en política. O la política convertida en religión, que viene a ser lo mismo. Monseñor Uriarte es vasco antes que obispo, y ha enviado su Plan Ibarretxe a la Conferencia Episcopal. Trabajo le mando a ésta cuando trate con él. Como a Zapatero con el lehendakari.

¿Cómo convencer a estos nacionalistas de que las naciones modernas no son como ellos piensan, un núcleo compacto, incontaminado, puro, perfectamente diferenciado del resto? Que son agregados de diversos pueblos, amasados por la historia común, las vicisitudes, los éxitos, los fracasos y alguna que otra pelea. Que Alemania la forman bávaros, prusianos, badenses, sajones y otras cuantas tribus germánicas. Que el Reino Unido lo componen ingleses, galeses y escoceses. Que en Italia hay lombardos, romanos, calabreses, toscanos y no sé cuantos más. Que incluso la pequeña Bélgica está formada por belgas y valones.

Como España, por aragoneses, valencianos, castellanos, andaluces, vascos, etc, etc. El error viene de ese fundamentalismo que impregna el nacionalismo, de su tendencia a la exclusividad, de su falta de perspectiva no ya hacia la historia, sino hacia la realidad. El nacionalista se considera propietario exclusivo de su nación, cuando no es así. El País Vasco no pertenece a los nacionalistas vascos, ni Cataluña, a los nacionalistas catalanes, ni, digamos de paso, España, a los nacionalistas españoles. Pertenecen a todos sus ciudadanos, incluidos los no nacionalistas, que son bastantes, en algunos casos, más. Esa es lo que resulta tan difícil de meter en la cabeza de un nacionalista. El País Vasco es más grande que sus nacionalistas. Cataluña es más grande que sus nacionalistas. España es más grande que sus nacionalistas.

Creíamos haber llegado a una fórmula para compaginar ambas perspectivas: la España plural, la España de las Autonomías. No les gustaba a los nacionalistas españoles, pero la aceptaron creyendo que los nacionalistas locales iban también a aceptarla. Pero resulta que no, que la ven sólo como una etapa transitoria hacia la plena independencia. No quieren la España plural. Quieren desintegrar España. Unos a corto plazo, otros, a largo. Unos, con violencia. Otros, con referéndum. Y eso, no. No porque la España de las Autonomías es la España de todos, que nos ha traído paz, progreso, reconocimiento, y no puede consentirse que unas fuerzas telúricas, mesiánicas, que creen actuar según la sagrada voluntad del dios nación acaben con este modelo de tolerancia y democracia. Pues lo que pretenden es devolvernos, no ya al siglo XIX o al XIV, sino a los albores de las relaciones humanas, al parque jurásico de la humanidad, con hordas acantonadas en sus territorios, dispuestas a defenderlas con el hacha. Por cierto, el símbolo de uno de esos nacionalismos.

¡Órdago!
PABLO MOSQUERA La Voz 10 Enero 2005

¿LLEVAN juego? Es evidente que el nacionalismo desafía al Estado.

Euskadi. Ibarreche, una vez superada la sorpresa de los votos batasunos que le obligan al adelanto de la jugada, con exceso verbal -tipo Arzalluz- fruto de su estado de ánimo (arreglarlo a golpes), le da igual el dictamen del Parlamento de España o del Alto Tribunal del Estado, entre otras cosas, porque al igual que les pasa a los etarras en la Audiencia Nacional, no reconoce a las Instituciones de un Estado a las que señalan como usurpadoras de la voluntad soberana del pueblo vasco.

El nacionalismo es, por tanto, único y legítimo interprete de la voluntad del pueblo vasco. ¿Dónde está ese pueblo? Eso es lo que quiere demostrar el lendakari en su jugada. Para ganar el órdago necesita presentarse como víctima y lograr la mayoría absoluta en el próximo Parlamento Vasco (Tres reyes y un as).

Cataluña. ERC ha jugado la baza del chantaje al Gobierno de Zapateo, porque sabe que puede desestabilizar, haciéndole guiños a una coalición con CiU, que también está por la labor, y con el apoyo de IU, en una singladura en la que Madrazo muestra el camino y Llamazares sobrevive.

Galicia. BNG ya se ha apresurado -demasiado- a situarse al lado de sus hermanos de ruptura con el Estado constitucional español. Lo que pasa es que la pedrada le da en la ceja al candidato Touriño.

Los gallegos, a diferencia de los vascos, somos españoles sin dudarlo ni un momento. Nos ha tocado aguantar las gamberradas prepotentes de los vascos nacionalistas que nos tachaban de « maketos » en nuestra desgraciada historia de emigración desde la España pobre a la España rica, por cierto, donde el franquismo invertía el ahorro de castellanos y gallegos en la industria a la que luego iban los paisanos a trabajar.

Así que, al menos en nuestra tierra, pierden la jugada. Hay que pensarlo mucho para dar carta de naturaleza, tipo Cataluña, a una alternativa en la que uno de los socios apuesta por el Plan Ibarreche.

Acerté cuando les dije desde estas páginas que había que esperar el pronunciamiento del «general». Ya ven como Otegui dio cuenta de la epístola de Josu Ternera, con lo que ETA bendijo la partida de mus que se está jugando.

Debería empezar a preocuparnos el drama de las personas anónimas, sin filiación política, que no tienen más remedio que vivir en Euskadi y están asustadas con esos «mamporros» a los que se ha referido Ibarreche.

La Euskadi rota
Aurelio Sáenz de Buruaga/Vitoria-Gasteiz Cartas al Director El Correo 10 Enero 2005

Son varios los periodistas y políticos que consideran que se está abriendo una trinchera peligrosa entre Euskadi y el resto de Es-paña potenciada por Ibarretxe y su Gobierno, ahora apoyado por Otegui, Josu Ternera y algún personaje híbrido de raro encaje ideológico. Yo no creo que los vascos estemos divididos en dos mitades iguales. La división se acrecienta, pero no entre nacionalistas y entre constitucionalistas. Las encuestas demuestran que la fragmentación es: un 25% de independentistas que apuestan por la ruptura con España, y por ende con Europa, y un 75% que estamos conformes con el estado actual autonómico y con las reformas posibles dentro de la Constitución. Las encuestas dejan claro que gran parte de nacionalistas no son independentistas, pero no parece que lo entiende así el Gobierno vasco, que apuesta con fuerza y peligro por una minoría, como hizo con Irak Aznar, y al que los ciudadanos relegaron a la oposición en las elecciones.

Es un aviso a navegantes, porque los vascos también saben defenderse democráticamente plantando cara a quienes hacen caso omiso de las mayorías y gobiernan para las minorías, apoyados incluso por las pistolas. El 75% de los vascos no estamos dispuestos a romper con España ni con Europa, porque eso nos llevaría al aislamiento y porque posiblemente Álava se desmarcaría de Euskadi. ¿Cómo es posible que Ibarretxe y su Gobierno se empecinen en abrir puertas a la independencia cuando sólo interesa a un 25% de los vascos? ¿Acaso todo el poder de Euskadi está concentrado en ese 25% que intenta imponer al resto sus criterios y manejarnos como marionetas? Ante tal autoritarismo, ¿a quién asusta el artículo octavo de la Constitución? Confiemos que el voto reflexivo de los vascos en las próximas elecciones nos saque de tanta incertidumbre, de tanta inquietud y también nos salve de transitar por caminos resbaladizos hacia un posible precipicio.

Hechos y preguntas
Gorka López/Bilbao Cartas al Director El Correo 10 Enero 2005

Un atentado terrorista alteró el resultado de las últimas elecciones generales. Un partido del Gobierno de Cataluña negoció y pactó con terroristas una tregua para su comunidad autónoma y hoy es socio preferente del Ejecutivo de la nación. En el Parlamento vasco se ha aprobado, con los votos de ETA-Batasauna, una aberración jurídica, moral y política llamada plan Ibarretxe. IU, el otro socio del Gobierno español, ha unido sus votos a los de ETA-Batasuna en apoyo al mencionado proyecto. Y tras la simple descripción de hechos, llegan las preguntas: ¿Es razonable que se despenalice la convocatoria de un referéndum ilegal, con los fuertes perjuicios que traería para la democracia y la convivencia en Euskadi? ¿Es bueno que se relajen las condiciones penitenciarias de los presos etarras para que vuelvan a estudiar en la UPV? ¿Es oportuno, en plena ofensiva de secesión, abrir el melón de la reforma constitucional? ¿Es conveniente entrar ahora en una subasta de planes y reformas estatutarias en el País Vasco? ¿Son justas las decisiones que dan impunidad a quienes in-cumplen las sentencias del Tribunal Supremo? ¿Es hora de ha-blar de 'comunidades nacionales' en vez del 'imperio de la ley'? ¿La coherencia no vale en política? ¿Y los principios morales?

Firmeza del Estado de Derecho
Gran parte de las personalidades consultadas cree que el Gobierno no tiene que esperar a la convocatoria de un referéndum ilegal para dar respuesta al plan secesionista del lendakari, y que el desafío del PNV no debe marcar la agenda de una reforma constitucional, sino el consenso de todos los españoles.
ABC 10 Enero 2005

1. ¿Cómo calificaría la situación política en España tras la aprobación del plan Ibarretxe? (Muy grave, grave, preocupante, normal, no hay cambios apreciables...)

2. ¿Cree que el País Vasco debe alcanzar un mayor grado de autonomía, aunque para ello sea preciso reformar la Constitución?

3.¿Cómo cree qye debería reaccionar el Estado ante la posible convocatoria unilateral por parte del lendakari de un referéndum en el País Vasco?..
1. ¿Cómo calificaría la situación política en España tras la aprobación del plan Ibarretxe? (Muy grave, grave, preocupante, normal, no hay cambios apreciables...)

2. ¿Cree que el País Vasco debe alcanzar un mayor grado de autonomía, aunque para ello sea preciso reformar la Constitución?

3.¿Cómo cree qye debería reaccionar el Estado ante la posible convocatoria unilateral por parte del lendakari de un referéndum en el País Vasco? ..

Carmen Iglesias: «Es una declaración de independencia encubierta»
Catedrática de Historia de las Ideas y las Formas Políticas y miembro de la Real Academia Española y de la Historia

1. Bastante grave, si no se toman con firmeza y claridad las medidas adecuadas por parte del Estado de Derecho. Es como la «crónica de una muerte anunciada». El plan Ibarretxe partió desde el principio, como señaló en su día el constitucionalista Rubio Llorente, de un ultimátum, de un ucase, que falsea toda posible discusión «constitucional» para convertir el plan en una «declaración de independencia» en toda regla, pues ya entonces se anunciaba explícitamente que el gobierno vasco nacionalista seguiría adelante se dijera lo que se dijera y pesara a quien pesase. Así lo ha cumplido paso a paso, con independencia de la utilización de una palabrería meliflua o cínica y encubridora las más de las veces, hasta desembocar en la amenaza reciente de las «tortas» que insinuó el lendakari.

2. Una cosa es pensar en cambios en la Constitución y otra diferente es la de proponer, de forma más o menos encubierta, un cambio de Constitución. Ninguna reforma puede sustituir el momento constituyente. El plan Ibarretxe no plantea una reforma en la Carta Magna según el procedimiento que la propia Constitución reclama, sino una ruptura total de la misma en la que se saltan todas las reglas de juego.

El gobierno vasco nacionalista se erige porque sí en poder constituyente, frente al principio de la soberanía del pueblo español (art. 1.2 de la Constitución vigente) y se enfrenta igualmente al artículo 2 de la Constitución que defiende la unidad de España, y lo hace advirtiendo que es la suya una decisión irrevocable y, por tanto, indiscutible. No sólo eso, sino que lanza su «soberanismo»:

Primero, en contra de la mitad de la población vasca, no nacionalista.

Segundo, con esta población atemorizada y acosada por una banda terrorista que ha planeado y sigue planeando por encima de toda decisión política con asesinatos y extorsiones (mil muertos y doscientos mil vascos fuera de su tierra de origen para evitar el acoso y la muerte).

Tercero, bajo la bandera racista, elemental, que predicó el fundador del nacionalismo vasco.

Un partido político en el poder se erige en «portavoz» de todo el pueblo vasco, y asume demagógica e interesadamente el papel de «movimiento», como depositario de los deseos de todo un pueblo. No hace falta recordar la experiencia histórica dictatorial de todo «movimiento», basado en la demagogia y en la fuerza: peronismo, franquismo, fascismo, nacional-socialismo, estalinismo.

3. Utilizando todos los mecanismos que la Constitución proporciona para defender los principios democráticos fundamentales que, como es sabido, radican en la libertad y seguridad de todos y cada uno de los ciudadanos como individuos, y no en los criterios etnicistas y tribales -el grupo por encima de las personas- marcados por Sabino Arana.

Ningún político ni ningún partido, en una democracia que ha demostrado su eficacia en estos veinticinco años constitucionales, puede apropiarse demagógicamente de ninguna legitimidad inventada para saltarse la legalidad constitucional, gracias a cuyas reglas y a su entramado normativo han podido acceder al espacio institucional que ocupan. Ésa es la perversión e ilegalidad que oculta el plan Ibarretxe.

Producto de una perversión política, intenta engañar al ciudadano de buena fe, planteándolo como discusión de legitimidades enfrentadas entre el Parlamento vasco y el Parlamento de la nación; pero es algo muy diferente y de mayor envergadura: es hacer saltar las reglas de juego -la Constitución de 1978- de forma ilegal. Por ello, debería ser rechazado desde el principio como inconstitucional y, por tanto, no debatible en los términos planteados Cualquier reférendum sobre un texto inconstitucional está fuera de la legalidad y no puede ser admitido por las instituciones del Estado.

Por lo demás, conviene recordar una vez más el principio ilustrado, que tanto gustaba a mi amigo Mario Onaindía, de que la patria no es tanto el lugar de nacimiento sino el poder vivir en libertad bajo las leyes. Eso es lo que garantiza el Estado de Derecho.

Francisco Llera:«No es el «caso vasco» el que debe reformar la Constitución, sino el consenso de todos»
Catedrático de Ciencia Política de la UPV

1. Creo que la situación es grave por la desestabilización que supone para la vida política y por la falta de consenso en un tema tan serio como el de la cohesión nacional, en tanto en cuanto supone un cuestionamiento radical y unilateral del modelo territorial de nuestra Constitución. El momento es grave, pero no debemos caer en dramatismos, ni utilizar este asunto, sólo o prioritariamente, para la competición partidista.

2. Creo que son dos cosas distintas. El País Vasco, como cualquier Comunidad autónoma, debe y puede mejorar su autogobierno. En el caso vasco, además de las demandas nacionalistas, hay motivos para ello. Por otro lado, la Constitución no es inamovible y su adaptación a las nuevas circunstancias y demandas de la sociedad española debe poder cumplir la condición de reeditar, si no superar, el nivel de consenso fundacional, además de resolver satisfactoriamente los déficits detectados. Por lo tanto, no es el «caso vasco» el que debe reformar la Constitución. Ésta tendrá que reformarse para mejorar la cohesión nacional, ampliar el consenso e incrementar su rendimiento institucional.

3. Todo depende del camino recorrido hasta ese momento y de las circunstancias en que tal convocatoria se produzca. En principio, el lendakari Ibarretxe se situaría fuera de la legalidad constitucional y, si fuese así, sería para visualizar y confrontar dos legitimidades: la nacionalista vasca y la constitucional española. Lo importante, por lo tanto, es el camino previo. Prudencia y pedagogía para no alimentar tensiones innecesarias y, sobre todo, para convencer a la sociedad vasca y a sus autoridades de lo innecesario y contraproducente de tal desafío. Si, a pesar de todo, se consuma, hay mecanismos suficientes en el Estado de Derecho para neutralizar sus efectos.

Victorino Martín (hijo):«Supone un paso atrás, volver a los fantasmas del pasado»
Ganadero de Lidia

1. Lo considero gravísimo y, además, fuera de tiempo. En un mundo en el que todos tendemos a integrarnos en estructuras superiores, pensar en dividirnos y disgregarnos es un error y un paso atrás; es volver a los fantasmas del pasado. La situación política sería de fragmentación de España. El país quedaría dividido en varios reinos de taifas, porque después del plan Ibarretxe, que pide la independencia del País Vasco prácticamente, vendrían otras autonomías que querrían el mismo tratamiento.

2. El grado de autonomía que tienen las Comunidades españolas, que nos lo ha otorgado la Constitución y que es el más grande que hay en Europa y quizá en el mundo, es suficiente. Tal vez, excesivo.

3. El Estado se encuentra, por desgracia, entre la espada y la pared. Hay gente mucho más cualificada que yo para ver cómo se debe actuar. Desde luego, no se puede imponer el criterio de una minoría al criterio de una mayoría. Aquí todos vamos juntos y, si se hace algo, debe ser con el consentimiento de todos y no de una forma unilateral.Además, un porcentaje muy grande de los ciudadanos vascos no aceptan para nada su separación de España; es decir, no sería una ruptura con el Estado español, sino una ruptura del propio territorio vasco.

Cándido Méndez:«El Tribunal Constitucional deberá pronunciarse»
Secretario general de UGT

1. Preocupante

2. No hay que cambiar la Constitución.

3. Como es ilegal e inconstitucional, hay que llevar el caso ante Tribunal Constitucional.

Eduardo Miura:«Nos hicimos un traje a medida que no deben cambiar unos pocos»
Presidente de la Unión de Criadores de Toros de Lidia

1. Escucho que mientras unos dicen que es muy grave, otros opinan que no lo es tanto y que no hay por qué alarmarse. En fin, parece que en el punto medio está la virtud. No creo que ahora que todo el mundo se une nos vayamos a disgregar.

2. La verdad es que no lo sé. Son temas complicados, sobre todo si no se conocen en profundidad. Oigo distintos comentarios, pero lo que está claro es que en esta vida cada uno arrima el ascua a su sardina. Unos que dicen que hay que modificarla y otros que no hay que tocarla. Personalmente, soy poco amigo de los cambios. Nos hemos hecho una Constitución, que es como un traje a medida, que hasta ahora está sirviendo para la convivencia en paz. ¿La vamos a ir cambiando cada vez que se le ocurra a alguien? El pueblo será el que decida si quiere o no que se modifique. El día que se nos consulte, unos diremos que no y otros que sí, pero la decisión no será de unos pocos.

3. Tampoco lo sé. Si hay una normativa que hay que cumplir, ahí está el Estado de Derecho para sancionar a aquellos que no la cumplan. Aunque todo el mundo tendría que tranquilizarse. Ahora que somos teóricamente civilizados, con la palabra se puede llegar a todos lados. No se necesitan posturas de fuerza. Aquí la cuestión no es lo tomas o lo dejas, como las lentejas. Los que manejan esto sabrán cómo están preparando este guiso.

Rubén Múgica:«La prioridad en el País Vasco debería ser acabar con ETA»
Abogado y portavoz del Foro Ermua

1. Esto es muy grave, porque el nacionalismo vasco radical ha validado el tiro en la nuca y el coche bomba como medios aptos para hacer política, y porque el Estado no ha hecho nada todavía desde que el Parlamento vasco dio luz verde al plan, el pasado 30 de diciembre. El Gobierno debería haber reaccionado de otra forma y no limitarse a decir lo obvio, que es que el día 13 le dirá a Ibarretxe que no. El Ejecutivo debería garantizar el necesario sosiego a una sociedad aturdida por lo que representa el asalto del nacionalismo vasco al Estado, a los principios del Estado y a todo lo que al final garantiza la convivencia democrática de una sociedad.

2. Todo queda sometido a las prioridades, y la prioridad sigue siendo hoy en el País Vasco destruir a ETA, devolver la libertad a los españoles que vivimos en esta Comunidad autónoma y luego hablar de lo que se tenga que hablar. Dar mayores cuotas de autogobierno y reformar la Constitución sería dar la razón al nacionalismo vasco, que lo que tiene que ser es derrotado en las urnas por una opción constitucional desde el acuerdo entre el PSE y el PP.

3. La reacción del Estado debería ser articular lo que sea necesario para defender la soberanía del conjunto de la sociedad española, recurriendo en primer lugar al Tribunal Constitucional, para que de salida se declarara nula incluso la convocatoria misma de la consulta. En ningún caso debería dejar que se fuera a las urnas. El Estado tiene que protegernos a los españoles que vivimos en el País Vasco.

Ángel Nieto:«Es hora de que los políticos demuestren su preparación»
Ex campeón del Mundo de Motociclismo

1. Me parece preocupante, porque lo que yo quiero es el bien para todos. Que el pueblo español en general, todos, catalanes, vascos, andaluces, castellanos, etcétera, disfruten de un país en paz y en el que todos se entiendan y dialoguen.

2. Los políticos tienen que ejercer de políticos, demostrar su preparación y sentarse a dialogar hasta llegar al mejor acuerdo para el pueblo que ha depositado su confianza en ellos. Tienen que pensar en que los ciudadanos quieren vivir en paz y tranquilidad.

3. Lo peor de todo es la incertidumbre en la que estamos viviendo en este momento. Sólo deseo que todos sigamos conviviendo juntos en una España de bien. Ahora lo que se tiene que encontrar es una solución buena para todos.

César Nombela:«No podemos olvidar a los que se jugaron la vida por la libertad»
Catedrático de la Complutense y presidente del Comité Asesor de Ética

1. La situación es muy preocupante.

2. España es un país sumamente descentralizado que acepta pertenecer a la Unión Europea, lo que supone un marco normativo exigente, generalmente aceptado como beneficioso para todos. La autonomía del País Vasco se percibe como muy amplia y perfeccionable, al tiempo que permite una cooperación con el resto de España; la integración de su sistema científico-técnico en el común español y europeo es un buen ejemplo. Los retos de futuro -para los ciudadanos- no están en tal o cual grado de autonomía adicional, aunque algunos políticos traten de explotarlo, sino en lo que puede asegurar su bienestar futuro en un mundo global. No obstante, el conjunto de los españoles puede modificar cualquiera de sus normas si así lo desea.

3. Uno de los aspectos esenciales de la democracia es el cumplimiento de la Ley, de lo contrario degenera en dictadura y tiranía. Es preciso aplicar todos los instrumentos que la legalidad pone en manos del Gobierno y los demás poderes del Estado para asegurar la protección de los derechos de todos, no sólo de algunos, en el País Vasco y en el resto de España. El Ejecutivo debe estar diligente, y tendrá para ello un apoyo abrumadoramente mayoritario. Es su deber de estricta justicia, y no puede olvidar a tantos que se juegan la vida por defender la libertad de todos.

Pedro Núñez Morgades:«La iniciativa nace condenada y en interés real de nadie»
Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid

1. Preocupante, pues aunque la iniciativa nace condenada es un desafío en contra de muchos y en interés real de nadie.

2. Desde luego, nunca por esta vía, produciendo fractura y enfrentamiento. Y si cupiera sería a través de las pautas constitucionales que todos nos hemos dado.

3. Con la cabeza fría, logrando el mayor acuerdo político, que se prolongara después a recuperar el sentimiento constitucional de lo español, secuestrado por unos pocos, lo que ha provocado la indiferencia de muchos.

Manuel Olivencia:«El Gobierno debe reaccionar antes de la convocatoria de un referéndum»
Catedrático de Derecho Mercantil. Ex comisario de la Expo 92 de Sevilla

1. La aprobación por el Parlamento vasco del plan es un acto en contra de la unidad de España y de la Constitución, y, por lo tanto, muy grave.

2. Nunca mayor que el de otras Comunidades autónomas y siempre dentro de la Constitución vigente o de la que resulte de una reforma realizada conforme a sus propias normas.

3. No creo que haya que esperar a una convocatoria de referéndum, notoriamente inconstitucional, para que el Estado reaccione. El Gobierno ha de hacerlo de inmediato por la vía jurídica que habilita la impugnación ante el Tribunal Constitucional de un acto que no es simplemente preparatorio o de trámite, sino una resolución con forma de acuerdo parlamentario, que atenta a la unidad de España, ya publicado y con importantes consecuencias jurídicas. Todo ello, sin perjuicio de las demás actuaciones que correspondan a otras instituciones en el marco de sus respectivas competencias; pero lo importante es que el órgano encargado de velar por la Constitución se pronuncie acerca de la forma y del fondo de un acuerdo del Parlamento autonómico que, a mi juicio, es radicalmente inconstitucional.

Joaquín Oristrell:«Desde luego, es mejor dialogar que acabar a «tortas»»
Director de cine

1. Desde el momento en que el lendakari Ibarretxe dijo que iba a proponer una plan que, de alguna manera, abría las puertas a un referéndum en el País Vasco para decidir si quiere ir por el camino de la autodeterminación o no, se creó un estado de fuerza entre dos maneras de ver la política. Una es la del PNV y otra la del Gobierno que en ese momento esté en España. Ese plan surgió cuando estaba el PP. Ahora está el PSOE. Es decir, plantear al Estado español un órdago en el que debe decidir si se aviene a ese referéndum o no. La situación, si es grave o no lo es, si es normal o no ha cambiado nada, es algo que existe desde hace meses, no es actual. Lo único que ha cambiado es que ahora se ha echado para adelante. Básicamente, lo que se tira es un órdago para ver cuál es el techo constitucional del Estado de Autonomías o si es posible un estado federal en España. La historia es si este país va a terminar siendo los Estados Unidos de España, o qué... Ya veremos.

2. La Constitución es algo que todos conseguimos después de mucho esfuerzo, y un documento importantísimo dentro de la vida española. Es lo suficientemente nueva, moderna y flexible como para someterse a los cambios que sean necesarios para que el pueblo español viva a gusto. Las constituciones se hacen para servir al pueblo, no a la inversa. Todo texto legal es revisable, incluso nuestra Carta Magna, pero no a cualquier precio.

En cuanto a si el pueblo vasco necesita o cree que necesita mayor autonomía (o no), creo que es un problema que tienen que resolver desde dentro, porque es difícil que un vasco no sienta que se le somete a presión si le llueven opiniones desde fuera. Pienso que las Autonomías en este país tiene muchísima libertad, muchísimas transferencias... y muchas cosas ya. El pueblo vasco, que en su mayoría se siente, por supuesto, muy vasco, tampoco se sentiría muy a gusto separado del Estado español. El PNV, que es un partido de centro derecha y está muy inspirado y muy patrocinado por la burguesía vasca, tampoco se sentiría cómodo en un país independiente de España, por mucho que crean algunos sectores de la propia formación política.

3. Soy una persona que cree fervientemente que hablando se entiende la gente. Cualquier cosa está por encima de las «tortas». En ese sentido, soy muy poco héroe. Como además de director también trabajo como guionista y me dedico a los diálogos, siempre pienso que las palabras son la base de la paz y de la convivencia. Detrás de una propuesta como el plan Ibarretxe hay intereses políticos y electorales, por supuesto. Pero hay que hablar.

Si uno se pone por el «artículo 73» a decir que esto no y lo otro de ninguna manera, lo único que sucede es que la situación se tensa más. Es un embolado igual para Zapatero que para Ibarretxe, en el que cualquier paso es decisivo: Zapatero debe mirar para todos los españoles, e Ibarretxe para sus electores. Como políticos, el talante que tendrían que tener es el del diálogo, nunca el del enfrentamiento. Veremos si actúan con la debida responsabilidad.

Leopoldo Ortega-Monasterio:«La natural alternancia en el poder limará el conflicto»
Presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Forense

1. La situación en el País Vasco la considero normal, en cuanto a que el denominado plan Ibarretxe no aporta nada nuevo a los planteaminetos nacionalistas de los últimos años, y en todo caso se ha extinguido -por el momento- la agresión terrorista de ETA.

Desde postulados pacifistas veo el problema como una fase de un proceso pendular muy propio de algunos fenómenos políticos. En la etapa de la transición hacia la democracia el PSOE fue inicialmente el partido más votado en el País Vasco, siendo el socialista Ramón Rubial quien asumió la primera presidencia provisional del territorio. Los avatares posteriores han dado una mayoría al nacionalismo que, desde una dinámica democrática, no será eterna, y la natural alternancia en el poder limará este conflicto.

2. En el País Vasco existe uno de los mayores grados de autonomía política si lo comparamos con el resto de los estados del mundo entero. Creo que para la ciudadanía, para el bienestar concreto de las personas, una mayor autonomía no aportaría nada sustancial. Otra cuestión son los intereses de los sujetos que dirigen los partidos que administan el territorio, los símbolos de identidad colectiva, y todo lo que tenga que ver con un fundamentalismo nacionalista que, en algunos territorios, ha venido a sustituir al dogmatismo religioso.

3. La respuesta debe ser muy serena y, a la vez, pedagógica para la ciudadanía. Tiene que existir unidad en este asunto por parte de todos los partidos democráticos partidarios de mantener la unidad territorial del Estado como en el resto de los países de la Europa occidental. Hay que explicar que el sentimiento de pertenencia a una tierra debe corresponderse más a la esfera privada y grupal, y no debería infiltrar tan exageradamente la Administración del Estado.

Antonio Rivera:«Esto es una repetición del pacto de Estella para prescindir de los no nacionalistas»
Catedrático de Historia contemporánea de la UPV y miembro de la plataforma Aldaketa

1. La situación es preocupante y complicada, porque el plan que Ibarretxe ha sacado adelante en el Parlamento vasco está diseñado exclusivamente para la mitad nacionalista de la sociedad vasca. El lendakari cuenta con lo que él denomina la nación vasca, que no son más que los nacionalistas, con lo cual lo que hace es escindir radicalmente la sociedad. Además, los procedimientos para establecer una determinada negociación con el Estado están absolutamente bloqueados, porque Ibarretxe, desde un principio, se ha saltado a la torera no ya tanto las propias normativas como el sentido común y la sensatez. No se puede acudir a las Cortes españolas para pretender que saquen adelante con los votos de los dos grandes partidos nacionales, PP y PSOE, un texto que rechazan los populares y los socialistas del País Vasco.

Estamos en una situación de bloqueo, en un auténtico callejón sin salida, y lo peor del caso es que el propio lendakari deseaba este tipo de situaciones para seguir dibujando esta caricatura típicamente sabiniana de un pueblo vasco negado por el pueblo español. Como ciudadano vasco estoy preocupado también porque no tengo ese tipo de demandas que presuntamente pretende solventar el lendakari. Esto es una repetición del pacto de Estella, una elección clara para que los únicos agentes sociales y políticos activos en la sociedad vasca sean exclusivamente los nacionalistas; lo que se hace es prescindir del resto. Mientras la comunidad nacionalista se refuerza cada vez más, el resto de las opciones no están unidas y no son una comunidad.

2. Somos muchos los que, sin ser nacionalistas, no nos asustamos, ni preocupamos, porque haya mayores cotas de autogobierno. No me preocuparía ni la propia independencia porque, al fin y al cabo, me iban a cambiar poco más que el color de la banderita y el himno. El problema no es de autogobierno, ni de independencia, sino de poder vivir como ciudadano vasco sin que tenga que ir mirando con quién hablas o por dónde pisas. Es una cuestión de libertades.

Tampoco me preocupa que hubiera que reformar la Constitución para que el País Vasco tuviera más autogobierno, pero sí que lo hiciéramos civilizadamente, con arreglo a las normas y a los criterios que nos hemos dado, de acuerdo al sentido común a la hora de negociar, que es un poco lo que le está faltando al lendakari Ibarretxe, que ha actuado como un «chulo de salón».

3. El Estado debería reaccionar con mucha prudencia, porque las formas son muy importante. Creo que el Gobierno no debería mandar este asunto a los tribunales, ni ponerse nervioso. Ésta no es una situación dramática que aconseje medidas especiales. Es una situación difícil y complicada, sobre todo para los vascos, pero hay que actuar cuidando mucho las formas. Lo que no me gustaría es que PSOE y PP se metieran ahora en un cambalache sobre cuál es el procedimiento mejor para responder a Ibarretxe. Yo creo que eso sería hacer el juego al lendakari y resultaría tremendamente negativo. El Estado de Derecho se rige por los procedimientos, y lo que tiene que hacer es aplicarlos.

Marta Robles:«Si es ilegal, sencillamente no se puede hacer»
Periodista

1. Me parece que es una situación bastante preocupante, porque está generando una enorme crispación política y porque pretende ser el principio de un camino sin retorno que no quieren todos los españoles ni, de entre ellos, tampoco todos los vascos.

2. El País Vasco tiene muchísima autonomía y muchísimos privilegios. La única independendencia que le haría falta de verdad es la de poder vivir sin miedo, sin esa espada de Damocles que pende sobre sus cabezas y que se llama ETA.

3. Pero, vamos a ver... ¿Eso no es ilegal? Pues si es ilegal, si va contra nuestras leyes y contra nuestra Constitución, sencillamente no se puede hacer. Y si un lendakari o quien sea se salta las leyes, pues hay que hacérselas cumplir, como a cualquier otro hijo de vecino.

Cristina Ruiz:«El Gobierno no está actuando de manera inequívoca y contundente»
Profesora de Sociología de la Universidad Pública de Navarra y miembro de la Fundación para la Libertad

1. Me parece que se ha producido un órdago al Estado de Derecho y confío en que el propio Estado esté a la altura de la circunstancias. Creo que España es una democracia lo suficientemente consolidada como para que no haya complejos de ningún tipo a la hora de afrontar una situación que desde luego se sale de los parámetros cívicos y democráticos de la cultura política de los españoles.

2. Creo que habría que gestionar mejor la autonomía de la que ya disfrutamos. Entiendo que en estos momentos no se necesitan reformas estatutarias y tampoco creo que reformando el Estatuto, aunque sea legítimo, se vayan a complacer las demandas nacionalistas, porque seguirían pidiendo más.

3. El Estado debería reaccionar como ante cualquier decisión unilateral que fuera ilegal y que no tuviera una base jurídica para llevarse a cabo. Debería poner en marcha los mecanismos y los resortes legales que estén previstos en caso de que se tomen decisiones que no estén sujetas a la ley. Hasta ahora, el Gobierno no está reaccionando de la manera más inequívoca o contundente que cabría en este caso. Todavía tengo dudas respecto a cómo vaya a proceder en el futuro inmediato. Confío en que lo haga como debe.

Josu Sanz:«Siempre respetaremos la legalidad vigente»
Director de Comunicación del Grupo Eroski

1. El Grupo Eroski ha respetado siempre, respeta ahora y respetará en el futuro el ordenamiento jurídico y la legalidad vigente.

2 y 3. Sobre cuestiones partidistas e iniciativas de los partidos políticos no podemos opinar porque ni somos expertos, ni como empresa tenemos opinión al respecto. Y no la tenemos por una razón muy sencilla: el Grupo Eroski es propiedad de más de 11.000 trabajadores, quienes tienen una opinión política plural y no única, como corresponde a una sociedad diversa como la española.

Guillermo Sierra:«La autonomía de uno termina donde empieza el derecho del otro»
Presidente de la Organización Médico Colegial

1.La situación es preocupante y el grado de gravedad dependerá de cómo se aborde en el futuro.

2. La autonomía de uno termina donde empieza el derecho del otro. La reforma de la Constitución debe hacerse en un ambiente de sosiego, sin crispación, con el consenso de todos y con un elevado grado de solidaridad. En estos momentos no sé si se dan estas condiciones. Hay quien dice que también sería conveniente revisar el proceso electoral y la representación según el número real de votos.

3. El Estado tiene la obligación de hacer cumplir la Ley. También tiene la obligación de escuchar, armonizar, consensuar y —siempre dentro del marco legal— buscar soluciones políticas.

Javier Uceda Antolín:«Se deberían poner en marcha los mecanismos previstos en la legislación»
Rector de la Universidad Politécnica de Madrid

1. En mi opinión, la situación es preocupante, en tanto se lanza un desafío a las reglas de juego definidas por la Constitución y los Estatutos de Autonomía, y no resulta evidente predecir cómo se van a desarrollar los acontecimientos en los próximos meses.

2. Es posible plantearse nuevos escenarios sobre la organización territorial del Estado, pero siempre aceptando que las posibles modificaciones, sea cual sea su sentido, se planteen para su discusión sobre la base de la legalidad vigente.

3. Pienso se deberían poner en marcha los mecanismos previstos en la legislación para evitar esta convocatoria unilateral por parte del lendakari Ibarretxe.

Luis Zarraluqui:«Los partidos deberían manifestar una grandeza que no sé si tienen»
Presidente de la Asociación Española de Abogados de Familia

1. Preocupante. La mejor respuesta y la más reveladora de la insensatez del plan es la del diputado general de Álava, Ramón Rabanera. Si la opinión de España no es válida para los autoproclamados portavoces del sentir del País Vasco, la de éstos no es válida para Álava; y quizás la de Álava no lo sea para los de Salvatierra; y la de Salvatierra para... Y mientras tanto, ¿queremos ser Europa?

2. No, ni es ése el problema.

3. El tema es complejo. Pero es preciso firmeza y para ello los partidos políticos tendrían que poner de manifiesto una grandeza que no sé si tienen; sobre todo si no tienen capacidad para resistir el chantaje de otros que esperan a la sombra el resultado de la maniobra.

Mayor: «Hay que luchar contra el arbitraje de ERC, bendecida por ETA»
Redacción La Razón 10 Enero 2005

Madrid- El portavoz del PP en el Parlamento Europeo, Jaime Mayor Oreja, alertó ayer contra «la ofensiva nacionalista que vive España» y dijo que no sólo hay que luchar contra el Plan Ibarreche, sino también contra el arbitraje de Esquerra Republicana de Cataluña, que «está bendecida por ETA». Mayor Oreja dijo en conferencia de prensa que es necesario emplearse con «todos los instrumentos y resortes políticos y legales ante este desafío de primera», que a su juicio se sustancia en «una ruptura constitucional de lo que ha sido la España democrática».
El diputado europeo dijo que hay que decir que «no sólo hay un proyecto de ruptura, sino dos planes de ruptura de la Constitución con dos ritmos y dos velocidades» y añadió que el arbitraje de ETA ha sido palpable en el Plan Ibarreche, pero también la organización terrorista «actúa por vía de intermediario, apadrinando el arbitraje de ERC en el conjunto de España». Se refirió a que las conversaciones de ERC con ETA y la tregua catalana no fueron gratis y a que hay «dos proyectos de ruptura constitucional de España a dos ritmos distintos», por lo que opinó que no se puede actuar con contundencia frente a un plan y mirar al otro con benevolencia «cuando los actores y circunstancias han sido parecidos».

Ofensiva nacionalista. Explicó también que el grupo popular piensa que la ofensiva nacionalista no es una carrera de cien metros, sino de medio fondo y que el Plan Ibarreche no termina con la votación en el Congreso porque «los nacionalistas no tienen especial prisa, piensan que el tiempo le da la razón y más el Partido Nacionalista Vasco (PNV). Afirmó estar seguro de que los nacionalistas vascos saben que tras la primera reacción hay «desuniones y fracturas que debilitan la posición inicial» y, por ello, abogó por pactar «una actitud y proyecto político para los próximos años».

En el ámbito europeo destacó que el grupo popular va a hacer una declaración solemne en contra del plan de secesión de Ibarreche el próximo martes o miércoles en Estrasburgo y subrayó que sería deseable que lo hicieran también el grupo socialista y el liberal.

Por otra parte los socialistas vascos advirtieron ayer al lendakari Ibarreche de que el «tiempo de la negociación» de su plan «se ha acabado» porque contó con los votos de Batasuna para ser aprobado, un planteamiento que compartieron los populares al afirmar que «quien pacta con ETA no puede reclamar debates democráticos».

Desde Madrid, PSOE y PP coincidieron en sus críticas a la iniciativa de Ibarreche desde una perspectiva europeísta y así, mientras los primeros explicaban que los artículos del plan son «radicalmente contradictorios» con la Constitución Europea, los populares abogaban por el sí a Europa para decir no a la ofensiva nacionalista. Además, el secretario de Organización del PSOE, José Blanco, volvió a pedir al PP que apoye al Gobierno «sin condiciones» en su oposición al plan.
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