AGLI

Recortes de Prensa     Sábado 15 Enero 2005
Pacto vacío
EDITORIAL Libertad Digital 15 Enero 2005

Buena noticia para España
Editorial La Razón 15 Enero 2005

QUIZÁ TODAVÍA QUEDEN ESPAÑOLES
César Alonso DE LOS RÍOS ABC  15 Enero 2005

GUISAR LA CONSTITUCIÓN
Jaime CAMPMANY ABC  15 Enero 2005

TODOS ESTAMOS LOCOS, PERO ALGUNOS MÁS
Luis Ignacio Parada ABC  15 Enero 2005

ZP, ¿miedo y responsabilidad
Ignacio Villa Libertad Digital 15 Enero 2005

Con la Constitución
José Antonio VERA La Razón 15 Enero 2005

ESPERANZADOR DESHIELO
Editorial ABC 15 Enero 2005

La fractura de España
Editorial El Ideal Gallego 15 Enero 2005

A vueltas con las mezquitas
Luis María ANSON La Razón 15 Enero 2005

Sale ganando España
Antonio Pérez Henares El Ideal Gallego 15 Enero 2005

LOS VASCOS Y LAS VASCAS
Carlos R. BRAUN ABC  15 Enero 2005

Comisión de la lealtad
Opinión El País 15 Enero 2005

Los cafelitos de Moncloa
Julián LAGO La Razón 15 Enero 2005

Media sonrisa
Alfonso USSÍA La Razón 15 Enero 2005

LA MESA DEBERÍA DECIR «NO»
JAVIER GUEVARA  ABC  15 Enero 2005

Carta a España
Martín-Miguel RUBIO ESTEBAN La Razón 15 Enero 2005

La sinfonía de los relojes
Lorenzo CONTRERAS La Razón 15 Enero 2005

Absurdo
Faustino F. ÁLVAREZ La Razón 15 Enero 2005

Tócala en la versión de Pascual
Cristina Losada Libertad Digital 15 Enero 2005

El ingrato viaje de los vascos
José Cavero El Ideal Gallego 15 Enero 2005

Chantaje
Isabel San Sebastián El Mundo 15 Enero 2005

Empieza el mambo
TONIA ETXARRI El Correo 15 Enero 2005

El plan Groucho Marx
José García Domínguez Libertad Digital 15 Enero 2005

Incertidumbres económicas del `plan Ibarretxe`
Roberto Centeno El Mundo 15 Enero 2005

Ibarretxe, ese loco
Matías ANTOLÍN La Razón 15 Enero 2005

Un precedente histórico
Pío Moa Libertad Digital 15 Enero 2005

Zapatero y Rajoy, a la altura de las graves circunstancias
Editorial El Mundo 15 Enero 2005

Batasuna cambia de tono
Editorial El Mundo 15 Enero 2005

El problema territorial
MANUEL MONTERO El Correo 15 Enero 2005

El resultado del plan Ibarretxe
Cartas al Director ABC  15 Enero 2005

Una nueva Constitución para recuperar la soberanía
Antonio. (Barcelona.) Carta enviada a Libertad Digital 15 Enero 2005



 

Pacto vacío
EDITORIAL Libertad Digital 15 Enero 2005

Han pasado quince días desde la inesperada y vergonzosa aprobación del plan Ibarreche en el Parlamento vasco. Por fin, ayer, el presidente del gobierno se reunió con el líder del principal partido de la Oposición en el Palacio de la Moncloa para tratar el tema y para procurar buscar una salida conjunta de una crisis que hoy es política, mañana puede ser institucional y al siguiente puede devenir en la espoleta que derrumbe todo el edificio constitucional y con ello, la Nación española tal y como hoy la conocemos. Se ha retrasado demasiado esta cita. Rodríguez Zapatero, que lleva nueve meses haciendo equilibrios sobre el alambre junto a sus socios independentistas de ERC, ha tardado más de la cuenta en reaccionar. Y eso que advertencias no le han faltado; la sociedad española está alerta y claramente posicionada en contra del proyecto secesionista vasco y el mismo con el que se reunió ayer viene insistiendo desde el primer día del año en la necesidad de consensuar una postura común desde los dos grandes partidos, representantes, a fin de cuentas, de la voluntad del 80 por ciento de los españoles.

Mariano Rajoy llegó ayer a La Moncloa con un mensaje tranquilizador para el Ejecutivo, centrado en la cooperación y en la necesidad de diálogo entre las dos principales fuerzas políticas. Eso, en español llano, se llama buen talante, lejos, como puede apreciarse, de la palabrería hueca y estéril en la que ha abundado en exceso el presidente del Gobierno a lo largo de las dos últimas semanas. El Pacto de Estado por la convivencia y el consenso constitucional en España que presentó el líder del PP es un programa de acción inmediata para neutralizar de facto el proyecto de reforma del Estatuto vasco. El documento, centrado en la Constitución, se fundamenta en presentar sin más demora un recurso ante en Tribunal Constitucional contra el Plan Ibarreche y en la no admisión del mismo a trámite en el Congreso de los Diputados. Junto a esto, que no es poco, el pacto propuesto por Rajoy incluye un recurso del caso Atucha, la convocatoria de la Conferencia de Presidentes Autonómicos y un recurso extra sobre la reforma del Código Penal que elimina el delito de convocatoria de referéndum y de financiación de partidos ilegalizados. Es decir, un paquete completo de medidas para hacer que coagule la herida provocada por los nacionalistas vascos antes de que ésta empiece a sangrar a borbotones.

A pesar del triunfalismo reinante en los momentos posteriores al encuentro y las sonrisas cómplices de socialistas y populares en la puerta de La Moncloa, el presidente del Gobierno no ha suscrito en firme ni uno de los puntos presentados por Rajoy. Ni uno. Se ha limitado a aceptar la creación de una comisión bilateral que estudie el contenido de ese pacto de estado que, de ser aplicado mañana, acabaría con el problema de un plumazo. Comisiones como esta ya se han dado en época reciente. En 1992 el PSOE, el PP y el Gobierno de Felipe González firmaron uno semejante para estudiar y consensuar las reformas autonómicas. Una década más tarde se formó una del mismo tipo para llegar a lo que hoy es el Pacto Antiterrorista. Si Zapatero se toma en serio las ideas que el PP le “regaló” ayer puede dar por zanjada la crisis antes de lo que piensa, sin embargo, todo hace pensar que no va a ser así. Las ataduras parlamentarias y de Gobierno del binomio PSOE-PSC son tales que es materialmente imposible que, vista la trayectoria del actual Gobierno, varios puntos del pacto sean aceptados en La Moncloa. La razón es simple, las exigencias del PP y las de sus socios separatistas son, simplemente, incompatibles. Y ZP lo sabe.

Por lo tanto, al Partido Popular sólo le queda una opción viable. No fiarse ni un pelo de los compromisos de un vendedor de humo y un experto en pactos vacíos que no llevan a sitio alguno. Zapatero quiere tener al PP adormecido durante las semanas necesarias para tener la fiesta en paz durante la campaña para el plebiscito europeo, después la cadena de intereses creada en torno al tripartito impondrá su lógica. Como lo que se despacha en esta hora es algo tan importante como la pervivencia de la Nación, Rajoy necesita armarse de valor, mostrarse impaciente y no dar tregua hasta sacar un acuerdo en firme verdaderamente satisfactorio para los intereses de España y de los españoles.

Buena noticia para España
Editorial La Razón 15 Enero 2005

El pacto de Estado propuesto por el presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, al actual jefe del Ejecutivo, José Luis Rodríguez Zapatero, presenta tres virtudes que aconsejan su inmediata aceptación: refleja la sintonía de los dos grandes partidos nacionales en la defensa de la unidad de España y el marco constitucional, sirve de seguro de riesgos para actitudes de deslealtad por parte de los nacionalismos periféricos y, por último, pero no menos importante, garantiza a un Gobierno en minoría parlamentaria, como es el actual, la libertad plena para afrontar la defensa de los principios institucionales sin la espada de Damocles de una crisis parlamentaria. Así lo ha entendido Zapatero al aceptar la creación de una comisión bilateral entre los dos grandes partidos nacionales para estudiar ese gran acuerdo, que no sólo blinde el modelo de estado definido en la Constitución, sino que, además, sea el instrumento básico para negociar, desde el mayor consenso posible, las reformas estatutarias y los sistemas de financiación autonómicos. De tener éxito el proyecto, significaría la vuelta al espíritu del 78, lo que, como proclamó el presidente del Partido Popular, sólo puede traer estabilidad y certidumbre a los españoles.

Es un éxito de Rajoy porque abre la puerta a un cambio necesario en las relaciones entre las dos principales formaciones políticas nacionales. Porque una parte del problema, insoslayable, es que los dirigentes socialistas se habían convertido en buena medida en rehenes de su política de alianzas. Los réditos de la gran operación de propaganda contra el anterior Gobierno de José María Aznar, ese «todos contra el PP» absolutamente desmesurado, devengan un lastre inevitable a la libertad de maniobra. Más aún, cuando quienes actuaron de punta de lanza en la campaña de desgaste, la mayor de las conocidas en la reciente democracia española, contra el centroderecha español, fueron los republicanos catalanes de ERC, el entorno mediático de Izquierda Unida y los nacionalistas vascos. Los mismos que ayer acusaban al Partido Popular de estar instalado en la intolerancia y en la crispación son los que se demuestran intolerantes y activos en la estrategia de la tensión. La palabras de Carod-Rovira y de otros miembros de su movimiento, reclamando la independencia de Cataluña y sosteniendo la amenaza del referéndum de Ibarreche con otra de la misma naturaleza, son la mejor imagen de las dificultades en que se encuentra Zapatero.

La salida del laberinto sólo podía estar, por lo tanto, en la decisión ayer adoptada. Por encima de los legítimos intereses de partido, prima el de la nación, que exige que los buenos deseos plasmados con la creación de la comisión no queden frustrados por estrategias u oportunismos electoralistas.

QUIZÁ TODAVÍA QUEDEN ESPAÑOLES
Por César Alonso DE LOS RÍOS ABC  15 Enero 2005

MIENTRAS el Gobierno de ZP no rompa con ERC y con los supuestos nacionales que mantiene Maragall, un ciudadano serio no puede creerse el principio de acuerdo al que ha llegado aquél con Mariano Rajoy. ¿Va a dejar retirar su querella el Foro de Ermua contra Ibarretxe porque con este acuerdo se haya resuelto ya la indefensión en la que el Gobierno había dejado a la sociedad española frente a los nacionalistas?

Existe el convencimiento de una parte de la sociedad española de que el Gobierno de Zapatero no sólo no va a impedir la ruptura de España, sino que la cree conveniente. Por dos razones. En primer lugar, porque como tal gobierno cree que representa a todos los que odian a España como denominación de origen; a los que se avergüenzan de ser españoles y que envidian desde hace años el confort moral de los nacionalistas catalanes y vascos que se han inventado unas patrias ideales respecto al pasado y muy beneficiosas en el presente, mientras la idea de España está comprometida con conquistas y guerras, con sufrimientos y exilios, con siglos de oro literarios y decadencias económicas... Y hay una segunda razón para que el Gobierno de Zapatero no sólo no quiera enfrentarse con los Maragall, Carod-Rovira e Ibarretxe, sino que desee unirse a ellos por razones de poder. Los dirigentes socialistas creen que tienen que montar con aquéllos «la gran coalición» social/nacionalista frente a la que no pueda valer alternativa alguna.

Esta siniestra estrategia está ya comenzando a ser entrevista por los ciudadanos de buena ley. Y digo de buena ley aun cuando no sea un término político, porque estamos ya en otro tipo de lucha. Los dirigentes socialistas y los nacionalistas nos están llevando a una confrontación civil. A una disfrazada guerra civil. Por eso citan tanto la de los años treinta (los nacionalistas vascos están en la secuencia de las carlistas y por eso elevan su reclamación a 1839) y esta situación sofocante, pegajosa, llena de resentimiento, está resultando insoportable a muchos ciudadanos que se sienten afectados en su doble condición de demócratas y de españoles bien nacidos. No habían visto este frente de etnicistas y sociales con tanta claridad como en los últimos tiempos. Como el jueves pasado. Después de la recepción de Ibarretxe en Moncloa. En la conferencia de prensa en la que Ibarretxe puso la voluntad de los vascos por encima de la de todos los españoles. Sectario hasta el vómito, melifluo hasta la náusea, quería disimular la sangre que ribatea su mayoría absoluta.

Hasta hace poco, hasta el jueves último, muchos españoles creían que las actitudes separatistas eran puras amenazas, propias de chantajistas disfrazados. Ahora se han dado cuenta de que van en serio. Que la balcanización no es una exageración retórica. Que es su objetivo, y que Ibarretxe quiere tanto la independencia que estaría dispuesto a ceder en algo si ese arreglo vinculante le permitiera seguir ordeñando la generosa vaca extremeña, castellana, andaluza...

ASÍ que los ciudadanos globalmente votantes del PP pero muchos también del PSOE desearían involucrarse en algún tipo de movilización, alguna forma de manifestación pública. Desearían darse las manos los de un territorio con los de otro para impedir la separación, el separatismo, la ruptura. Para expresar simplemente que España no puede ser tan diferente como para que unos partidos políticos regionales organicen públicamente una rebelión contra el Estado sin que los descabecen los fiscales y las Fuerzas de Seguridad o el jefe de los sediciosos, en vez de ser detenido como conspirador sea recibido por el presidente del Gobierno con todos los honores (eso sí, muy serio).

No sólo los «populares», digo, muchos socialistas se sienten humillados y ofendidos por el entreguismo del PSOE al PNV y a Esquerra Republicana de Cataluña, pero todavía confían en que su partido tendrá que romper con ellos. Nicolás Redondo no le da mucha vida al pacto parlamentario con el que gobierna Zapatero. Rosa Díez aconseja la movilización contra el plan Ibarretxe, pero ¿mantendrá esa actitud frente al Estatuto de Maragall y Carod? En todo caso la situación puede llegar a tal grado de exasperación también entre los socialistas que los chicos de «Basta Ya» digan «basta ya» con los del Foro de Ermua.

GUISAR LA CONSTITUCIÓN
Por Jaime CAMPMANY ABC  15 Enero 2005

COMO ya nos han mostrado por televisión cómo se puede guisar un Cristo, tal vez los mismos cocineros quieran explicar ahora cómo se guisa una Constitución. Porque ahí andan algunos socialistas y algunos tripartitos queriendo remendar malamente la Constitución por aquellos sitios donde a ellos les gustaría verla rota. Intentan romper sin que parezca que rompen. En este tenorio, quieren hacer al mismo tiempo el papel de Don Juan y el de Celestina, o sea, de desflorador y de apañavirgos.

Por eso, de todo cuanto estos días se traen entre manos los políticos con tantas idas y venidas a La Moncloa y tantas vueltas y revueltas a los estatutos, a las autonomías y a las autonosuyas, que decía el pobre Vizcaíno Casas, lo que me causa más recelo son esas palabras con las que Mariano Rajoy avisa de que no dejemos que modifiquen la Constitución bajo la apariencia de que están reformando solamente los estatutos. Formalmente, reformar un Estatuto es mucho más fácil que reformar la Constitución, porque en el caso de los estatutos las leyes no toman tantas precauciones como para tocar el texto constitucional.

Claro está que para evitar eso está el Tribunal Constitucional, pero ya hemos visto el desapego que el Gobierno le tiene a esa última instancia de nuestro ordenamiento jurídico. Allí debería estar ya el Plan Ibarreche, pero ese texto disparatado, en vez de quedar bajo el análisis jurídico de los jueces anda ahora en espera de que lo debatan los políticos. Con este error, o quizá debiéramos decir con esta triquiñuela, Zapatero logra una consecuencia perversa. En lugar de dejar sentado que el Parlamento vasco se ha saltado a la torera la Ley de Leyes y ha perpetrado a sabiendas un tantarantán contra el Estado de Derecho, queda para la Historia que lo que será rechazado en el Congreso de los Diputados es un «acuerdo político» del «pueblo vasco». Ya lo ha adelantado Ibarreche: mientras él sea lendakari, la voluntad de los vascos y vascas no será sometida por el criterio de socialistas y populares.

¿Por qué ese miedo a las resoluciones del Tribunal Constitucional? ¿Acaso se teme que los altos magistrados declaren con precisión la inconstitucionalidad de otras normas que los socialistas se proponen aprobar? En este punto, al cronista no le es posible ofrecer información, y sólo puede aventurar adivinaciones o aproximaciones. Pero las sucesivas vindicaciones, exigencias, advertencias, desplantes y hasta chulerías de los socios del tripartito hacen sospechar que de algo así se trata. Y ya ha anunciado ese delirante llamado Carod que Cataluña no se conforma con el Plan Ibarreche, que quiere llegar más lejos.

No sabemos dónde Zapatero estará dispuesto a dejarles llegar, pero no tiene buen aspecto el pis del niño, porque también Zapatero ha anunciado, no ya su transigencia, sino su complacencia en algunos aspectos de la reforma del Estatuto catalán que no es solamente una cuestión terminológica o semántica. O el propósito es definitorio, o sea, de reforma de la definición, o no se entiende el empeño, que sería inútil, ocioso e intranscendente. Total, que ojo al Cristo que es de plata.

TODOS ESTAMOS LOCOS, PERO ALGUNOS MÁS
Luis Ignacio Parada ABC  15 Enero 2005

LOS más acérrimos adversarios políticos de Ibarretxe se dedicaron con fervor hace un año a allanar el camino legal para poder llevarlo a la cárcel. Hubiera sido más acertado que intentaran cambiar las leyes para poder meterlo en un manicomio. No estoy insultando al líder de muchos vascos. Pero no hace falta ser psiquiatra para advertir que su conducta muestra síntomas evidentes de comportamiento psicótico, que no es más que una pérdida del sentido de la realidad. Nadie sabe cuántos individuos padecen trastornos mentales. Pero un informe de la Organización Mundial de la Salud publicado hace tres años estimaba que el número de personas en todo el mundo que sufren o sufrimos algún trastorno mental supera los 450 millones. Algo así como uno de cada tres seres humanos.

¿No presenta Ibarretxe síntomas de esquizofrenia? El concepto de ´mente dividida´, que significa la palabra, se refiere científicamente a una disociación entre las emociones y la cognición, y no, como generalmente se cree, a un desdoblamiento de la personalidad ¿Es que no hay en su conducta claros trastornos de la afectividad, alteraciones del estado de ánimo, exaltación, megalomanía y un comportamiento paranoide cuyo síntoma principal son las ideas delirantes, esas creencias falsas firmemente asentadas y resistentes por ello a la crítica? ¿No padece manía persecutoria al creerse víctima de una conspiración? ¿No sufre egocentrismo, delirios de grandeza y comportamientos rígidos e inadaptados que pueden llegar a causar daños a él mismo y a los demás? Política es lo que hicieron ayer, felizmente, Rajoy y Zapatero. Pero lo de Ibarretxe, como la propuesta de Atutxa a Marín para la creación de una comisión de parlamentarios de la Cámara vasca y el Congreso de los Diputados, y la invitación de Otegui a que el Gobierno negocie con ETA una «desmilitarización multilateral» no son cosas de política sino de pasiquiatría.

ZP, ¿miedo y responsabilidad?
Ignacio Villa Libertad Digital 15 Enero 2005

La entrevista entre el presidente Zapatero y el lider de la oposición Mariano Rajoy ha terminado con un acuerdo: crear una comisión conjunta para la reforma constitucional y de los Estatutos. Con esta propuesta realizada por Rajoy y aceptada por Zapatero se pretende frenar el plan Ibarretxe. Este acuerdo hace unos pocos días no parecía posible, pero todo indica que la visita de Ibarretxe al Palacio de la Moncloa ha hecho cambiar –al menos en apariencia– a Rodríguez Zapatero.

En principio –ya veremos que pasa en los próximos días– el "sí" del presidente Zapatero a Rajoy pone en apuros los apoyos parlamentarios que tienen los socialistas en Madrid y en Barcelona. En este sentido hay que recordar que el acuerdo del "tripartito" tiene la obligación de no pactar con el PP; además el apoyo de ERC en el Congreso de los Diputados se condiciona a no buscar "entendimientos" con los populares. Ahora Zapatero deberá explicar su acuerdo a Patxi López, a Pascual Maragall, a Carod Rovira o a Gaspar Llamazares. Y esas explicaciones no van a ser fáciles.

El Gobierno socialista no lo va a pasar bien en los próximos meses si realmente cumple lo pactado. Este acuerdo convierte al Partido Popular en compañero obligado para cualquier reforma constitucional o estatutaria. En todo caso, y con la experiencia que nos deja estos nueve meses de legislatura, habrá que prestar permanente vigilancia para certificar que Zapatero cumpla lo dicho. Por el camino recorrido –hasta el momento– a nadie le puede sorprender que lo pongamos en duda.

Por ello, el Partido Popular deberá marcar al extremo el terreno al Gobierno. Por ahora Zapatero ha demostrado dosis enormes de sectarismo y mentira. Es cierto que ahora ZP se juega mucho y puede quemarse. Pero no es conveniente creer a un experimentado "vendedor de humo". Rajoy ha realizado una propuesta seria y sensata; pero habrá que esperar para saber si Zapatero se mueve por el miedo o por la responsabilidad. Mientras tanto los populares no deberán pasar una. Ya no valen los "juegos de magia" de los socialistas.

Por ello, el Partido Popular deberá de marcar al extremo el terreno al Gobierno. Por ahora Zapatero ha demostrado dosis enormes de sectarismo y por lo tanto de mentira. Es cierto que ahora ZP se juega mucho y puede quemarse. Pero no es bueno creer a un experimentado "vendedor de humo". Rajoy ha realizado una propuesta seria y sensata; pero habrá que esperar, para saber, sí Zapatero se mueve por el miedo o por la responsabilidad. Mientras tanto los populares no deberán pasar una. Ya no valen los "juegos de magia" de los socialistas.

Con la Constitución
José Antonio VERA La Razón 15 Enero 2005

Malos tiempos. Malos vientos. Malos presagios. Vivimos días de incertidumbre en los que es más necesaria que nunca la serenidad. No hay que dejarse llevar por los impulsos. Hace falta saber que lo importante es preservar la concordia, el espíritu integrador que ha permitido avanzar y progresar, gozar de la prosperidad de la que hoy podemos disfrutar gracias al esfuerzo de los que hace veinticinco años supieron sacrificar sus personalismos en pos del consenso y el acuerdo. En pos de la paz. Es mucho más importante vivir en paz que tener más competencias. Pero algunos no lo ven así. Creen que lo único que importa son los objetivos, que todo vale en función de esos objetivos, que merece la pena exponerse a perder la paz por esos objetivos.

Ahí está Ibarreche. Iluminado, elegido entre los vascos por los dioses del olimpo nacionalista, tiene claro que le asiste toda la razón y no piensa ceder ni un milímetro. Se tiene que negociar su plan tal y como lo aprobó su parlamento, o habrá «tortas». Bien, éste es justamente un planteamiento inaceptable, de ruptura, contrario al espíritu integrador de la Constitución, contrario a las normas más elementales que regulan la convivencia. Él dice que quiere negociar su plan. Pero su plan es inamovible, excluyente, sólo tiene el respaldo de una parte de la sociedad, ha salido adelante gracias a los votos del partido de Eta y está viciado de ilegalidad y sobrado de mordiscos a la Constitución. Está hecho con el único ánimo de molestar y romper con la sociedad española, porque margina a la mitad de la población y es rechazado por tantos vascos como en teoría lo apoyan. Es a todas luces inaceptable por lo que esconde de chantaje y chulería, por su espíritu y por su letra, por las formas y por el fondo, por ser claramente un desafío hacia quienes tienen claro que la legalidad no se puede vulnerar en ningún caso, que hay un camino para reformar las leyes, y que ese camino garantiza un resultado que ha de preservar el respeto a todos, cediendo un poco en los planteamientos de todos, pero contentando también un poco a todos. Así se ha levantado el edificio de la democracia española. A base de horas y horas de hablar sabiendo los que hablaban que tenían que ceder para llegar a un punto común de acuerdo. Sabiendo que la virtud está precisamente en el acuerdo.

El problema surge cuando llega alguien a quien se ve con nitidez que no le interesa para nada llegar a acuerdos con los demás, porque tiene claro que lo que hay que negociar es su plan, su proyecto ilegal, con las propuestas ilegales que recoge, con los objetivos ilegales que propone. Su plan y sólo ese plan. Un plan que alberga cuestiones que son innegociables, como la definición de la comunidad «libremente asociada a España», como la nacionalidad vasca, como la identificación propia a través del deneí vasco y la asunción de todas-las-competencias que la Constitución atribuye como exclusivas al Estado, la representación exterior y el derecho de autodeterminación.

El Plan de Ibarreche vulnera la legalidad, es chantajista, es rupturista, viene expresamente apoyado por Eta, divide a la sociedad y se aleja del espíritu de consenso que preside la política española. Por eso no puede ser admitido. Porque, además, Europa, la Constitución europea que nos disponemos a refrendar, consagra en uno de sus artículos «el respeto de la identidad nacional de los Estados Miembros, así como la integridad territorial inherente a sus estructuras políticas y constitucionales fundamentales». El acuerdo entre PP y PSOE propuesto ayer por Rajoy y aceptado por Zapatero es el camino.

El Estado no puede aceptar el chantaje que le hace Ibarreche y debe hacerle frente. Primero, tratando de vencerle políticamente en la confrontación electoral, aunque sea difícil. Segundo, haciendo uso de los instrumentos que tiene a su alcance para impedir que se vulnere la legalidad: recurso al Tribunal Costitucional, rechazo en las Cortes y puesta en marcha de una auténtica reforma del Estatuto vasco acorde con el ordenamiento jurídico. No se puede esperar a que Ibarreche convoque el referéndum, porque entonces puede ser demasiado tarde. La Constitución lo dice claro: cuando una autonomía vulnera la Constitución, el Estado debe hacerse notar en esa autonomía. No hay que tener prisa. Pero tampoco hay que tener miedo. Las normas hay que cumplirlas. La Constitución lo prevé y debemos estar con la Constitución y hacer que se aplique. Hoy más que nunca. jvera@larazon.es

ESPERANZADOR DESHIELO
Editorial ABC 15 Enero 2005

EL resultado de la entrevista mantenida ayer en La Moncloa por José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, envuelta en densas incertidumbres, otorgó a los españoles una estimable ración de tranquilidad. La gran mayoría de la sociedad ha percibido con satisfacción que existe un cierto clima de entendimiento entre el Gobierno y la oposición, que representan al 80 por ciento de los votantes, en lo que concierne al rechazo absoluto a la viabilidad del plan Ibarretxe y a la apertura de un diálogo serio, formalizado a través de una comisión conjunta, entorno a las posibles reformas sobre la organización territorial del Estado. Los últimos episodios de la interminable puesta en escena del desafío soberanista son fiel reflejo de la complicada posición en que se sitúa el Gobierno. Zapatero estuvo firme, sin duda, en la reunión del jueves con el lendakari; pero la simbología, esencial en la democracia, trasladaba la imagen de una confrontación de dos legitimidades enfrentadas.

En la misma línea se sitúa la recepción en el Congreso al presidente del Parlamento vasco, a pesar de las cautelas protocolarias y de la prudencia exhibida por Manuel Marín para solventar la difícil papeleta. Atutxa cumplió el objetivo nacionalista de solemnizar la entrega oficial del documento, cuando en rigor se trata de un simple trámite administrativo. Pero, sobre todo, transmitió una petición descabellada, rechazada de forma rotunda por Marín, acerca de la formación de una comisión bilateral para analizar el texto antes del Pleno que rechazará su toma en consideración. La eventual presencia de miembros de la ilegalizada Batasuna o del grupo parlamentario que debería estar disuelto (y no lo está por razones imputables al propio Atutxa) supone una propuesta abierta para devolver a Otegi y los suyos un protagonismo inmerecido. Es también una ofensa a las víctimas y a millones de ciudadanos que desean ver a ETA y a sus seguidores expulsados del lugar reservado a las personas honorables.

EN todo caso, el presidente de la Cámara de Vitoria ha dejado muy claro que el PNV busca la negociación «entre Euskadi y España», como ellos dicen, pretendiendo una confrontación imposible entre la parte y el todo, que es imprescindible desterrar del lenguaje político y mediático. Se le han dado excesivas facilidades a los nacionalistas para presentar en las máximas sedes del Ejecutivo y del Legislativo una opción que rechaza frontalmente la soberanía nacional, que, como bien dice la Constitución, «reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado». Pero no pueden abrigar ninguna esperanza en cuanto al fondo del asunto: el Gobierno ha sido muy claro en su «no».

Más importancia tiene la entrevista de ayer entre Zapatero y Rajoy, representantes de esa voluntad del PSOE y del PP que el lendakari contrapone mediante una trampa dialéctica a la voluntad del pueblo vasco. Es digna de elogio la generosidad política que revela la oferta de pacto planteada por el líder popular. Hace tiempo que la sociedad exige a los dos grandes partidos de ámbito nacional que pongan freno a las exigencias desmesuradas de los grupos que sirven para completar mayorías parlamentarias. La negociación y el acuerdo, legítimos en toda democracia, no deben suponer una modificación de las reglas del juego, que tienen que quedar resguardadas de las circunstancias coyunturales. Hay un amplio margen para pactar alianzas en materia de inversiones o de políticas sectoriales. El PP ha presentado un «mapa de lo inamovible», ofreciendo una garantía de gobernabilidad y de estabilidad parlamentaria. Según este esquema, PP y PSOE conforman el núcleo duro del poder constituyente, que no sólo afecta a la reforma formal de la Constitución, sino también a los Estatutos de Autonomía y otras leyes vertebradoras del sistema.

A su vez, la propuesta de Zapatero, planteada como un pacto de «lealtad», siendo diferente en aspectos importantes, puede reconducirse a un procedimiento de diálogo. Es evidente que sin el consenso del PP resulta imposible la reforma de la Constitución, pero también es fundamental que el principal partido de la oposición participe del acuerdo sobre reformas estatutarias que, en las circunstancias actuales, podrían ser aprobadas por las mayorías que el Gobierno ha formado con sus socios más o menos formales. Resultaría incoherente que el PSOE persistiera en el empeño de crear un «pseudobloque constitucional» junto con los nacionalistas, excluyendo al centro-derecha, que ha mostrado su clara voluntad de llegar a un entendimiento en asuntos de Estado.

Ayer lo hubo en La Moncloa, con un acuerdo que implícitamente tiene categoría de compromiso documental y que supera en jerarquía al lenguaje de los gestos en el que tan hábilmente se mueve Zapatero. Porque no es lo mismo centralidad que hacer equilibrios, como tampoco se puede confundir la flexibilidad con la ambigüedad.

La tentación sigue presente en algunos estrategas del equipo del jefe del Ejecutivo, pero el razonable resultado de la entrevista permite atisbar nuevas posibilidades. No hay que olvidar, en todo caso, que el Gobierno sigue apoyado en una mayoría que completa ERC (que ayer mismo aviso a Zapatero de que el acuerdo con los populares es incompatible con el firmado con los independentistas) y que el tripartito catalán plantea exigencias de imposible encaje con los criterios del PP. Consigue el Ejecutivo ampliar el principio de diálogo universal que caracteriza su forma de hacer política, pero debe tener presente que tarde o temprano tendrá que optar por planteamientos que son rigurosamente incompatibles.

Rajoy ha cumplido con su deber y ambos líderes han conseguido transmitir un mensaje de sosiego -al menos transitorio- en un debate cada vez más encrespado. Cada uno asume su responsabilidad, y en democracia la decisión la tomarán los electores en su día.

La fractura de España
Editorial El Ideal Gallego 15 Enero 2005

El plan Ibarretxe obliga a los dirigentes políticos a responder con contundencia y unidad. Un día después de la reunión del lehendakari con Zapatero, Rajoy le trasladó al presidente del Gobierno una propuesta para garantizar la cohesión y la estabilidad de España y con el mismo objetivo acordaron crear una comisión que analice el modelo de Estado. La entrevista se produjo el mismo día en el que Atutxa registró en el Congreso el proyecto secesionista. El siguiente paso, que intentará evitar el PP, es la admisión a trámite del texto, que se calificará el próximo 19, y que podría derivar en la intervención de Arnaldo Otegi en el Congreso. El despropósito del PNV de defender la presencia de Batasuna en el Parlamento vasco se agrava con la posibilidad de que el debate del plan permita que el propio líder “abertzale” lo defienda en la cámara baja. Además, de entrada, el nuevo protagonismo adquirido por los proetarras les ha servido para atreverse a exigir que el Gobierno negocie con la banda terrorista, de igual a igual.

La irracionalidad de los nacionalistas de Euskadi no tiene límites, ya que han expresado su sorpresa y decepción por la negativa del jefe del Ejecutivo a negociar. Zapatero no puede hacer ni la más mínima concesión ante la reforma rupturista y así se lo trasmitió al líder de la oposición. Y, tal vez, lo peor es que quien gana con tanta estupidez son los asesinos y el PNV, que pretende convertirse en el heredero de los votos batasunos. Ibarretxe sólo piensa en clave política y no le importan ni la fractura de España ni, por supuesto, la de Euskadi.

A vueltas con las mezquitas
Luis María ANSON de la Real Academia Española La Razón 15 Enero 2005

Italia ha perdido ya la paciencia y ha denunciado abiertamente la protección al terrorismo en ciertas mezquitas. Francisco Farara, presidente del Tribunal Constitucional, afirmó que «algunos religiosos islamistas afincados en Italia están relacionados con el terrorismo internacional». «Las mezquitas, añadió, son utilizadas para reclutar terroristas, así como para darles soporte y financiación».

Se espera una reacción inmediata del Gobierno Berlusconi que se sumaría así a las medidas del Ejecutivo francés. Chirac ha ido más allá de la investigación a las mezquitas y la expulsión de varios imanes. Ahora la ha emprendido con los negocios de los islamistas en Francia, encubridores en muchos casos de la financiación de los terroristas y manantial económico nutricio de las actividades de las bandas internacionales. Alemania, por su parte, ha hecho una redada en mezquitas y locutorios deteniendo a docenas de activistas islámicos.

El dictador de Arabia Saudí puede edificar cuántas mezquitas le venga en gana en España pero ni franciscanos ni jesuitas ni dominicos tienen posibilidad de que un templo católico se abra al culto en aquella nación. Hay que ser pardillos para no exigir la reciprocidad, máxime cuando es evidente que algunas mezquitas, no todas, claro, se utilizan para proteger a los terroristas, cuando no para organizar atentados.

El Gobierno español debe sumarse sin veladuras a lo que se está haciendo en otras naciones europeas: investigar a fondo mezquitas y negocios y poner fuera de nuestras fronteras a cuantos islamistas tengan relación con el terrorismo. Hay que buscar a los violentos en sus madrigueras y prever antes que curar. El cristianismo nos enseña que somos hermanos de los islamistas pero no primos.

Sale ganando España
Antonio Pérez Henares El Ideal Gallego 15 Enero 2005

La reunión que importaba, vamos a dejarnos de una vez de farsas, que eso fue lo que se trajeron Ibarretxe y Atutxa, fue la de Zapatero y Rajoy. De ésa sí que dependen futuros y tranquilidades. Lo del lehendakari, mezcla de tribalismo aldeano, xenofobia y separatismo excluyente y esperpento era algo que estaba en el tramposo guión de su farsa. Llegó a La Moncloa como primer actor de la tramoya que se han acabado por tomar como real y en la que andan cada vez más enloquecidos y pretendió que se nos nublaran los sentidos, incluido el común. Ni se nubló el del presidente ni se esta oscureciendo ninguno mas allá de los ya oscurecidos como el del otro tramoyista, Carod. El no de Zapatero valió por toda su ristra de mentiras. Tampoco confundieron con sus artimañas a Marín. Atutxa fue recibido y despachado por conductos reglamentarios y sin que su despropósito de igualar en rango al Parlamento español y el vasco y comenzar un cabildeo para que tragáramos con su plan separatista, obtuviera más respuesta que otro no ante el chantaje sistemático de su traga o traga, que es como entiende el nacionalismo la palabra negociar.

Nos vamos más aliviados este fin de semana. Por el Gobierno, por el presidente, por la oposición y por Rajoy. Lo esencial ha quedado claro. En ritmos, tácticas y prioridades pueden escenificar sus diferencias. Los socialistas tienen más razón en que resulta conveniente el debate en el pleno del Parlamento, donde la representación de la voluntad del pueblo dará el más sonoro de los portazos en las narices del intento secesionista. Tienen más razón los populares en acudir cuanto antes también al Constitucional y en lo de convocar el plenario de presidentes autonómicos. Tiene que tener mas cuidado ZP con su socios de ERC, que no sólo votan en sentido contrario en todo lo trascendental, sino que se pasan el día amenazando que con una oposición que sí lo es y aprovecha resquicios para meter sus filos, pero aquí hacen un generoso ofrecimiento. No es bueno el desprecio, pero también deben los otros jugar limpio y guardar la navaja. El PSOE y el PP, si no pueden dejarse de tirar pellizcos de monja partidistas en ocasión tan grave, que se los sigan tirando. Pero mejor que Rajoy y Zapatero sepan tenderse la mano. Y que no se preocupen de a quién beneficia el apretón. Salen ganando los dos. Y sale, y es lo esencial, ganando España.

LOS VASCOS Y LAS VASCAS
Por Carlos R. BRAUN ABC  15 Enero 2005

LA retórica del señor Ibarretxe el jueves por la noche en La Moncloa fue interesante. Nada dijo sobre una violencia que no sólo incluye la brutalidad directa que segó cientos de vidas, sino que condiciona la sociedad y la política vasca de numerosas maneras, desde los votos batasunos que auparon el plan del tripartito hasta los ciudadanos vascos que debieron abandonar su tierra por el abanico de acosos que los obligó a hacerlo para salvar la vida, la libertad, la dignidad y todos los bienes materiales y no materiales que una sociedad abierta les habría permitido conservar. Pero en contraste con esa exclusión sectaria, el lendakari reiteró su lenguaje cariñoso e inclusivo: él está al abnegado servicio de «los vascos y las vascas» y dará «la palabra al pueblo».

Por si esto no fuera lo suficientemente malo, los nacionalistas vascos exageran algo que remite al viejo adagio vox populi, vox Dei, y que la democracia corre el peligro de hipertrofiar. Porque no deberíamos agotar ni reflexión ni condena sólo en Ibarretxe. La posición de otros también lo secunda en manipular la noción de que la opinión pública es soberana y ordena la acción del Gobierno en todos los campos. Aseguró Rodríguez Zapatero que si nuestros Ejércitos abandonan Irak y acuden a socorrer a las víctimas del maremoto asiático es sencillamente porque van «adonde el pueblo quiere». El ministro Bono lo expresó con habitual demagogia: los españoles hemos visto a orillas del Índico «esas fosas llenas de cadáveres», y hemos decidido que allí deben estar nuestros soldados; las fosas llenas de cadáveres debidos al genocida Sadam Husein invitaron, en cambio, a otra cosa.

No identifico ambas situaciones. Digo que la política es más complicada de lo que parece, y asumirla como una simple y automática traslación desde las preferencias sociales a la acción coercitiva de las autoridades es falso (como advierte la teoría de la elección colectiva desde Condorcet y Borda hasta Arrow y Sen) y peligroso. Un ejemplo conocido: la gente quiere más gasto público pero quiere pagar a las AA.PP. menos de lo que recibe de ellas. Este insoluble problema desemboca en que votamos a unos políticos y ellos son los que eligen, porque representan a todos. Insistió Ibarretxe en esto: Parlamento y sociedad son iguales, y, porque conoce la maniobra política de fondo del PSOE, añadió que si se va a aceptar lo que se vote en Barcelona ¿por qué no lo que se vote en Vitoria?

La respuesta correcta es: la democracia debe proteger las libertades individuales, no quebrantarlas, y por eso los poderes deben estar limitados aunque sean democráticos. Sin frenos liberales, Ibarretxe replicaría que ha leído en la prensa este titular: «Una ley a favor de los transexuales, nuevo capítulo en la política social del Gobierno». Y concluiría: si esto es lo que «la sociedad», nada menos, quiere, entonces seguiré con mi idea de que «los vascos y las vascas» quieren la independencia, y respetaré valientemente sus deseos.

Comisión de la lealtad
Opinión El País 15 Enero 2005

Los partidos que representan al 80% de los españoles están de acuerdo en abordar las reformas institucionales, en particular las de la Constitución y los Estatutos de Autonomía, desde el entendimiento. De momento lo que hay es sólo la voluntad de acuerdo -que ya es mucho-, pues lo convenido es crear una comisión en la que se buscarán acercamientos para una actuación convenida. Es un efecto de la situación creada por el desafío que supone el plan Ibarretxe, que no sólo afecta al País Vasco, sino a la cohesión y viabilidad futura del Estado autonómico.

El presidente del Gobierno y el del primer partido de la oposición, que venían escenificando divergencias en el tratamiento del desafío soberanista, decidieron ayer dejar pasar a primer plano lo que comparten, el rechazo a ese reto y la defensa de los valores constitucionales, y relativizar las diferencias, que seguramente subsisten, sobre la mejor forma de hacerle frente.

Rajoy es seguramente, de entre los dirigentes actuales del PP, el más receptivo al estilo y voluntad de acuerdo de Zapatero en relación a las cuestiones de Estado. Y viceversa: para hacer la misma oposición que hizo Aznar en su momento, Mariano Rajoy no vale. Se han juntado así, gracias al plan Ibarretxe, las condiciones para un entendimiento entre ambos dirigentes que permita una respuesta concertada a preocupaciones compartidas. Pero también se han creado las condiciones para un reconocimiento mutuo: de que la iniciativa corresponde al Gobierno socialista, por parte del PP, y de que el PP es un partido democrático no contaminado por taras congénitas, por parte del PSOE; uno reconoce la gravedad de la situación, y el otro, la estabilidad y la legitimidad de los apoyos parlamentarios del Gobierno. Y se empieza a poner fin a un periodo de crispación que, según constatan las encuestas, la mayoría de los ciudadanos considera artificial e inconveniente; especialmente a la hora de hacer frente a la situación que abre el desafío soberanista.

Las reformas institucionales constituyen el eje del programa político del PSOE para la legislatura. Son asuntos para cuya culminación el Gobierno necesita el acuerdo del PP; de manera imprescindible para las reformas de la Constitución, y que sería muy conveniente para las de los Estatutos y la de la financiación autonómica. Zapatero ha conseguido asociar al PP a ese proceso; es decir, ha conseguido que el partido de Rajoy se decante por la colaboración y no por el boicoteo de cualquier reforma como vía para desgastar al Gobierno y provocar su fracaso. Rajoy, por su parte, ha conseguido que el Gobierno reconozca la conveniencia del acuerdo de los dos grandes partidos frente a eventuales desbordamientos de la fiebre reformista de los nacionalistas. Ello no afecta necesariamente a la política de alianzas del Gobierno, según reconoció Rajoy. Pero es evidente que la mera existencia de la comisión como cauce en el que plasmar respuestas conjuntas actúa como elemento disuasorio y preventivo de tales desbordamientos.

El principio de acuerdo está pendiente de desarrollo y concreción. A diferencia del Pacto de 1992 sobre ampliación de competencias de los Estatutos de las autonomías de régimen común, en todas las cuales gobernaba el PSOE o el PP, las principales reformas ahora previstas afectan a comunidades con fuerte presencia de partidos nacionalistas. Ello obligará a buscar un equilibrio en las medidas acordadas. Pero de momento, la satisfacción expresada por los dos principales líderes políticos españoles es compartida por muchísimos ciudadanos.

Los cafelitos de Moncloa
Julián LAGO La Razón 15 Enero 2005

Aquí, como el que no corre, vuela, y más si se trata de delincuentes de cuello blanco, que en este caso debería ser delincuente con gayumbos de ositos, o sea, Luis Roldán. Pues eso, que el ex director general de la Benemérita no podrá acogerse al tercer grado penitenciario mientras no devuelva la pasta gansa que se llevó, el muy mangui. Así que a la diosa Justicia se le ha caído no la venda de los ojos sino, la cara de vergüenza al no poner en libertad al baranda de la Guardia Civil porque haya matriculádose en Derecho. Fíjense. Igual que el etarra De Juana, quien también quería irse de rositas con veinticinco asesinatos en su brillante currículum vitae.

Más que nada por la mundial que se ha montado, menos mal que la Justicia ha funcionado en dos casos, de escándalo, que sí hay dos pero no tres. Porque lo que clama al cielo es que el presidente Zapatero reciba con todos los honores a quien podría imputársele el delito de «conspiración para la rebelión», a tenor de la denuncia presentada por el Foro Ermua contra Ibarretxe. Para que lo entiendan hasta los del Bilbao, Ibarretxe pretende dinamitar el Estado de las Autonomías, que es un edificio con diecisiete plantas más dos buhardillas, Ceuta y Melilla, y los bajos, que son los cimientos constitucionales sobre los que se asienta la finca. ¿Nos siguen?
Pues bien, si el vecino de una de esas diecisiete plantas, Ibarreche en este caso, decide llevarse el piso fuera del edificio, lo lógico es que la finca, toda ella, se derrumbe. Apuntada la metáfora inmobiliaria, el Plan Ibarretxe no sólo transgrede la Ley de la Propiedad Horizontal, sino la mismísima ley de la gravedad. Y anda, a ver cómo ahora ZP impide la celebración del referéndum ilegal anunciado por el lendakari. Vamos, que hasta el «Wall Street Journal» escribe sobre «la balcanización de España», a la que ahora todos los periódicos europeos se refieren, mismamente anteayer el «Frankfurter Allgemeine».

De forma que contento tiene que estar ZP con lo que dicen de él tras la reunión con Ibarreche, y ayer con Rajoy, que éste sí que lo tiene claro. Por lo que, puestos a poner lo que hay que poner encima de la mesa, ahí está el artículo 155 de la Constitución, que contempla la suspensión de cualquier Autonomía que atente contra la territorialidad del Estado y más después de haber escuchado las exigencias de Atucha en su presentación del Plan Ibarretxe en el Congreso de los Diputados ante el presidente Marín.

O sea que estamos ante un desafío puro y duro al Estado bajo la apariencia de diálogo de besugos, en el cual uno dice lo que piensa hacer, y otro dice que no se lo va a dejar hacer, en esa especie de cafelitos de Moncloa (mucho más envenenados que los de Juan Guerra) en los que hasta la Monarquía está en juego. Cafelitos estos en los que ZP es la cucharilla que da vueltas y vueltas a la Constitución, e Ibarretxe, la «letxe», que el café ya lo pondrá Maragall, y además sin azúcar.

Media sonrisa
Alfonso USSÍA La Razón 15 Enero 2005

Zapatero está mejor con la sonrisa controlada. Ibarreche, al saludarlo, sonreía abiertamente, mientras el presidente del Gobierno le correspondía con un esbozo de carialegre, casi mueca. Cuatro horas más tarde, la expresión optimista del chuleta de Llodio –Llodio además de la raíz de mi apellido es Álava– había cambiado por completo. De nuevo tenía instalada en su rostro la crispación de la bravuconería. «Se me ha dicho que no hay nada que negociar». En efecto. Con la soberanía de todos no se negocia, y menos aún cuando la presumible negociación no es otra cosa que una imposición chulesca y un reto a la unidad de España. Parece mentira que, en pleno proceso de integración continental, dos petimetres aspiren a borrar más de quinientos años de Historia para crear dos estaditos étnicos. Porque a Carod-Rovira, el llamado Plan Ibarreche le parece poco, y lo dice en voz alta con su alforjilla de votos detrás de su arrogancia, mochila insignificante.

Al menos, por esta vez –excepto el hecho de recibirlo–, no hay que poner ni un pero a la actitud de Zapatero. Bueno sería para todos que dejando a un lado animadversiones y desafectos, el PSOE y el PP formaran una roca de resistencia ante las pretensiones insólitas de este par de tontos con balcones a la calle. Lo cierto es que empieza a confirmarse la existencia de una corriente de protesta en las alturas y militancia del socialismo español contra la aparente dejadez del Gobierno. Los escritos de Alfonso Guerra han podido influir en muchos socialistas. Y también puede haber sucedido que algún colaborador cercano al presidente del Gobierno le haya informado de la preocupación y alarma social que se palpan en la calle. Una nación antigua, que es España con anterioridad a que España fuera, siempre reacciona cuando se le pisa el callo. También las encuestas que avisan del descenso de apoyos al Gobierno socialista han sido, probablemente, analizadas con seriedad y disgusto.

Con España no se juega, y de ahí, quizá, la media sonrisa disecada que Zapatero dedicó al dicharachero y borono «lehendakari» de «los vascos y vascas», es decir, de «los vascos y vascas» nacionalistas, que los otros «vascos y vascas» están hasta las narices de soportar la depuración nazi en su propia tierra. Bien por la sonrisa helada y mejor por la negativa a negociar lo innegociable. El que siempre acierta es el talento de Mingote, que en «ABC» dibuja a un pensativo «cashero» que reflexiona de esta guisa: «Los vascos franceses se niegan a formar parte de Euskadi. Los navarros rechazan, por absurdas, las pretensiones anexionistas vascas. Álava no quiere dejar de ser española. Vizcaya y Guipúzcoa no se tienen mucha simpatía. Yo, cada día me llevo peor con mi mujer. Cuando Ibarreche dice que habla en nombre de los vascos –la mitad no son nacionalistas–, debería dar los nombres». Que a eso se ha reducido el Plan Ibarreche. A un partido de fútbol entre el Athletic de Bilbao y la Real Sociedad de San Sebastián, que es Real por española, no porque a Ibarreche le llamara su madre «rey mío».

LA MESA DEBERÍA DECIR «NO»
JAVIER GUEVARA diputado foral de Presidencia de la Diputación Foral de Álava, ex parlamentario del PNV ABC  15 Enero 2005

Una vez que el Parlamento Vasco ha aprobado el llamado proyecto de Nuevo Estatuto Político para Euskadi -por mayoría absoluta gracias a votos de dudosa legitimación y de evidente ilegitimidad- todos miramos al Congreso de los Diputados. Si la votación llegara a producirse, y fuere la esperada, el nacionalismo habría logrado uno de los objetivos fundamentales de su iniciativa: la escenificación pública y solemne del llamado choque de legitimidades, la supuesta imposición de una soberanía sobre otra. España, una vez más, se niega a reconocer y respetar la voluntad de los vascos. Y, con ello, al nacionalismo se le habrá proporcionado una buena posición para las elecciones autonómicas, una nueva dosis de victimismo que puede servir para ganar y gobernar otra temporada. Saben que el proyecto no cuenta con posibilidad alguna en las Cortes. Entonces, ¿por qué lo envían? Porque, en su estrategia, perder en Madrid es ganar. Claro, la pregunta es: ¿Se puede evitar? ¿No hay más remedio que asistir impotentes a la victoria de esa estrategia de los nacionalistas?

Quizá. O quizá no. Porque no debemos olvidar que, antes de la escenificación en Pleno, hay un trámite que puede tener más importancia de lo que parece: la calificación del proyecto por la Mesa del Congreso. Y bastaría que los grupos mayoritarios fueran congruentes con lo que mantuvieron en la Mesa del Parlamento Vasco para que esa situación no llegue a producirse: PP y PSOE se pronunciaron por la inadmisión a trámite del mismo y por su devolución al Gobierno. Y ese pronunciamiento, si entonces tenía su justificación jurídica, ahora lo tiene con más fundamento y con más motivos.

Adelanto una opinión previa. Sabemos, según la doctrina del Tribunal Constitucional, que el carácter de las mesas de las asambleas legislativas es de calificación formal y no material. Pero tampoco podemos olvidar que, en ocasiones, no resulta posible dictaminar sobre la forma sin entrar, siquiera someramente, en el fondo. ¿No es cierto que fondo y forma están a veces tan íntimamente ligados que resulta imposible deslindarlos y ponerlos en planos diferentes? Traslademos lo anterior al caso que nos ocupa:

-Revisando lo que establece el artículo 166, en relación con el 87, ambos de la Constitución, me pregunto si tiene relevancia el hecho de que el proyecto fuera promovido no por algún grupo parlamentario, sino por el propio Ejecutivo autonómico. Y que, por tanto, el proceso se haya tramitado a instancia de un órgano ejecutivo y no legislativo.

-A mayor abundamiento, obviando lo anterior, asumiendo que la Asamblea Legislativa ha hecho ya suyo el proyecto del Gobierno, lo que sí es claro y relevante, es que el proyecto se tramita como reforma estatutaria, por la vía del artículo 46 del Estatuto de Gernika. Sin embargo, a nadie, ni siquiera a sus promotores, se nos oculta que encierra, disimula, disfraza, una profunda reforma constitucional. El «proyecto Ibarretxe» no es viable sin una reforma de la Constitución, además en principios básicos y fundamentales. Y este disfraz, en mi opinión, en Derecho recibe el nombre de «fraude de ley».

-Una última circunstancia de hecho: en el trámite parlamentario participa un grupo que está declarado judicialmente como ilegal y disuelto, «Sozialista Abertzaleak», y condiciona con su sí, su no o su abstención, el resultado de dicho trámite.

Por todo ello, considero que la Mesa del Congreso tiene más opciones que la de calificar el proyecto. Tiene la facultad de inadmitir dicho proyecto y devolverlo a su procedencia, apreciando vicios que producen la nulidad de todo el proceso. La Mesa del Congreso no es que tenga el derecho a calificar el procedimiento seguido, es que tiene la obligación de hacerlo, tiene la función de cuidar que todo lo que pase a debate se haya tramitado conforme a Derecho. Y, como he intentado razonar, estamos ante un proyecto de reforma constitucional, revestido fraudulentamente como reforma estatutaria, promovido por órgano manifiestamente incompetente y con la participación de grupos ilegales. Por tanto, insisto, basta con que los grupos mayoritarios en la Mesa del Congreso sean congruentes con su posición en la del Parlamento Vasco, para que el proyecto sea inadmitido y devuelto. Esta es una opinión jurídica. Pero también política, porque me parece que el coste de una inadmisión es mucho menor que el de la escenificación pública y solemne de ese choque de legitimidades que pretenden sus promotores.

Carta a España
Martín-Miguel RUBIO ESTEBAN La Razón 15 Enero 2005

Ningún hijo tuyo decente puede soslayar tu defensa cuando los nacionalistas y los moros te asfixian y desangran (me refiero sólo, naturalmente, a los moros criminales, y no a los trabajadores y honrados norteafricanos que engrandecen a España con su trabajo y participación cívica). Amada España, patria mía, no hace falta ser soldado para servirte hasta morir. Y el juramento que hice ante tu bandera de niño en la escuela no podrá extinguirse hasta el día de la muerte. Aquí tienes a uno de tus hijos, pequeño e insignificante, pero resuelto a arrimar el hombro por lo que tú significas. Una España sin honor es una España muerta, una abominación que ningún español honrado puede tolerar. El actual Gobierno deshonra a España y la humilla ante sus más carniceros enemigos. Y no es que los nacionalistas independentistas no quieran ser españoles, sino que no son dignos de serlo y la patria los rechaza y escupe desde que los vientres de sus pobres madres los colocaron en un territorio sagrado que sus corazones ofidios profanan. Los moros, nuestros enemigos seculares, nos matan e intentan seguir haciéndolo hasta destruirnos por completo y el actual Gobierno les otorga tantos derechos y privilegios educativos y sanitarios que el Estado ya los ha situado por encima de los propios españoles. Si no entendemos nuestro 11 de marzo como una reedición de Annual y Monte Arruit el repugnante fundamentalismo musulmán nos destruirá.

El morboso narcisismo nacionalista ha guadianizado a España, pero no la ha podido aniquilar, no ha conseguido reducirla al «nihil», y pronto brotará con una fuerza telúrica incontenible en cualquier momento y lugar inesperados. No importa que el actual presidente del Gobierno se comporte más como un sectario que como un representante de la Nación, porque España está destinada a sobrevivir. Y aunque los derechos de la morisma hayan echado a Cristo de las escuelas e Institutos públicos, el Hijo de Dios seguirá corriendo con la experiencia de este mundo. Y no hay Zapatero ni moro que Lo pare. Aunque miles de moros que viven en España arden en deseos por destruirnos –altos mandos de la Guardia Civil lo han ya reconocido– son muchos millones de españoles los que sabremos pararles en seco. En un momento les cortaremos las uñas a esos mal nacidos salvajes. La morisma –entendiéndola sólo como el conjunto de los moros malos– y los independentistas constituyen hoy la Antiespaña. Cada día entran en España como Caballo de Troya 300 musulmanes de entre los que luego saldrán los constructores de bombas con mercurio rojo.

Felipe III volverá, aunque sea con el número VI. Sursum corda, Hispania! Mauri mali expulsi erunt!
–Yo, señor Presidente, quiero la independencia absoluta, y echar a los maquetos y españolistas inmediatamente.
–Bueno, bueno eso primero hay que hablarlo, y luego negociarlo, que dialogando se entiende la gente.
–Yo, señor Presidente, quiero imponer el Islam en España, y extirpar todo vestigio de cristianismo.
–Bueno, bueno, eso primero hay que hablarlo, y, etcétera.

La sinfonía de los relojes
Lorenzo CONTRERAS La Razón 15 Enero 2005

Demasiadas horas para tan poco guiso. Porque, ¿qué han cocinado en La Moncloa Zapatero e Ibarreche durante tanto tiempo para acabar diciendo que no hay nada que llevarse a la boca? ZP indica, al final de la entrevista, que por el «plan» no pasa. Y el autor del «plan» replica que para Parlamento, el de su pueblo, y que el Parlamento español, que es el de todos, no tiene en este asunto ni voz ni voto. Ni veto.

Antes de la cita de La Moncloa, Ibarreche departió largamente en Ajuria Enea con Arnaldo Otegui. Otra ocasión de charla para la historia de la que apenas se sabe nada. Poco se sabe, pero se sospecha todo. Igual que en la reunión de La Moncloa, cuya importancia se mide menos por lo declarado al final –ZP cedió la palabra a María Teresa Fernández de la «Vogue»– que por la duración del cabildeo. El «lehendakari» insiste en la idea de la negociación inútil, en el referéndum –o consulta popular– sin validez jurídica. Aunque añade: «No tendrá validez jurídica, pero sí política». ¿Qué insinúa? ¿Que se entenderá definitivamente con ETA, respetará sus compromisos con la banda y concertará inexorablemente el referéndum lo quiera o no lo quiera Madrid? Eso parece.

En esto del tiempo de reloj vamos a estar servidos de conjeturas. Antes de la entrevista de ZP con Rajoy, ya meditaban los observadores sobre las posibles horas que se consumirían, a fin de establecer las oportunas comparaciones. Se pesaban de antemano las horas, e incluso los minutos, en balanza de precisión política. Rajoy no podía liquidar su conversación con Zapatero en un pis pas sin dejar la sensación de que o rápido acuerdo o desacuerdo fulminante. Y el «long time» sería manoseado por los intérpretes como una larga elaboración de conclusiones de incierto fruto.

Remitirse a nuevas declaraciones ya no es garantía de mucho. Es demasiado grave y delicado lo que está en juego como para conceder suficiente validez a lo que se manifiesta. Y no hay que descartar que se esté jugando con naipes marcados. Lo probable es que se entre en una etapa de ambigüedades. ETA sigue ahí, en la esquina de la calle rosada. Y Zapatero puede tener su propia hoja de ruta. Irónicamente es Rajoy quien se encuentra en posición más cómoda. Él ya tiene su mensaje elaborado. Puede decir: «A mí que me registren». No hay como ver los toros desde la barrera. ¿Y ZP? Tantas veces comparado con Don Tancredo y ahora en peligro de sufrir un revolcón tragicómico.
A ver qué le aconsejan los de la «célula de crisis». Dicen que Blanco y Rubalcaba son los más expertos e influyentes. Lo de Blanco suena a cachondeo. Rubalcaba es otra cosa. Entre sus virtudes, o defectos, figura la imprevisibilidad. ¿Y Bono? Con Bono parece que no se cuenta. A estos efectos está en ignorado paradero.

Absurdo
Faustino F. ÁLVAREZ La Razón 15 Enero 2005

El momento español actual, tan innecesario crispado, nos ofrece dos clases o categorías de políticos: los que crean los problemas, y los que no saben resolverlos. Ahora sí que se puede decir, sin concesión alguna a la demagogia, que el pueblo está muy por encima de sus dirigentes, y cuando quiere divertirse se va al cine o al fútbol o a los toros pero no mete sus manos en asuntos que son respetables porque por ellos transita el pacto de unidad y de convivencia que nos hemos dado. Nadie, en su sano juicio, pierde cuatro horas hablando del plan Ibarreche, como han hecho el presidente del Gobierno y el lendakari anteayer. La reunión parecía obedecer a un guión de Kafka o de Becket, sin olvidarnos de nuestro Miguel Mihura y su antelación al teatro del absurdo. En la calle se habla de los intentos de incrementar las tasas abusivas por parte de los bancos, y ahí se anima la gente a unirse en el cabreo, al borde de otro motín de Esquilache porque le quieren cortar el sayo de los ahorros y la capa de llegar a fin de mes. También se comenta que estamos formando profesionales de la sanidad, y no les damos trabajo, y se los llevan países cercanos, y aquí siguen las colas en los centros de salud y las listas de espera en los quirófanos. Eso le duele al pueblo.

También crispan a la sociedad tantas maniobras de distracción para que nos olvidemos de lo importante: que haya una enseñanza de calidad, que muchas carreteras dejen de trampas mortales, que la red ferroviaria se modernice sin que haya que preguntarse si el presidente del Gobierno es de Sevilla, de Ávila o de León. Claro que también hay algunas alegrías: cuando un juez y un fiscal demuestran sentido común para impedir que un etarra, que celebra con champán desde la cárcel los delitos sangrientos de sus compañeros, salga en libertad tras claras trampas de estudios para simular motivos de reducción de la condena, o que Roldán tenga que volver a la celda porque no ha devuelto los millones de euros que se le habían encomendado para pagar a los guardias civiles y para dotar de más medios a las fuerzas de Seguridad.

Ibarreche en la Moncloa
Tócala en la versión de Pascual
Cristina Losada Libertad Digital 15 Enero 2005

No se sabe qué es peor, si la letra o la música. Llegó Ibarreche a La Moncloa con el plan avalado por Ternera bajo el brazo y habló cuatro horas con el presidente, el mismo que pasó cuatro días callado después de que se aprobara aquél en el Parlamento Vasco. Ibarreche había dicho que no aceptaría los votos de Batasuna, pero allí llegó con ellos y no ha trascendido que Rodríguez le recordara aquel compromiso suyo. El PNV tiene prisa: antes de que se acabe ETA, quiere recoger los frutos de décadas de violencia. Se presentó Ibarreche como demócrata, pero ningún demócrata se aprovecharía de la intimidación y la liquidación de sus adversarios políticos practicada durante años para blindarse en el poder. Para eliminar la ya escasa protección que aún les queda a los vascos no nacionalistas. Y ningún demócrata dinamitaría las reglas del juego para conseguir sus propósitos, como hace él.

La letra del lehendakari es que Euskadi quiere tener una “relación amable” con España, una Euskadi y una España de la ficción nacionalista, o sea, opuestas y excluyentes. También los maltratadores y las maltratadoras suelen desear una relación amable con sus parejas, y las amenazan y golpean y hasta matan. De buenas intenciones, ya se sabe lo que está empedrado. Lo amable no quita lo violento y no podía faltar ese ingrediente en quien pretende recoger la cosecha de la violencia. Así que Ibarreche reafirmó su voluntad de darle en los morros a esa España de la que se excluye con lo que llama consulta popular. “Digan lo que digan”, como en la canción de Raphael. Pero aquella era canción de amor y ésta de lo contrario. Aunque nadie le pide amor, sino sólo que no viole la democracia constitucional. Dando por descontado que las razones morales le traen al fresco.

Rodríguez tampoco ha estado muy inspirado en la letra. La canción se llama “volver a empezar”, que es lo que se proponen las parejas mal avenidas y nunca consiguen, porque hay cosas que no tienen remedio, sobre todo si una de las dos partes ya ha dicho que nones. El presidente le ha señalado el camino para el buen entendimiento, que es aquello famoso de Bogart en Casablanca, “tócala otra vez”, pero en la versión de Pascual. Aún está por ver cómo será la versión ésa, pero los primeros acordes suenan muy parecidos a los de Ibarreche. Por si hubiera dudas, Maragall ha sacado el espejo delante de los políticos españoles y no se ha visto reflejado en él. Eso mismo les sucede a los vampiros y algo de vampírico tienen estos planes que quieren seguir chupando de España, mientras les interese a sus promotores, y hacer y deshacer sin trabas en los territorios que controlan para asegurarse que son suyos por siempre.

Al término de esta ronda de canciones, ha aparecido el que pasa la gorra, que responde por Pérez o Carod, y ha aclarado al respetable el objetivo del concierto: que “mientras formemos parte del Estado español y paguemos nos sintamos con menos incomodidad que ahora”. El cliente siempre tiene razón. Aunque en este caso, eso es de ida y vuelta. Todos estos aficionados han puesto en segundo plano a los únicos profesionales de la canción que han actuado estos días. Los del Río, que son los que han versionado aquel viejo tema de “vivan las caenas”, con la letra de votar sí porque lo dicen los que saben.

El ingrato viaje de los vascos
José Cavero El Ideal Gallego 15 Enero 2005

El plan Ibarretxe tiene ya una larga trayectoria, desde que el lehendakari, con el aliento de Arzalluz, se decide a echarlo a andar con tozudez y a menudo contra corriente.. Pero probablemente sea conveniente tener en cuenta algunas de sus más recientes fechas: el 30 de diciembre era aprobado por mayoría absoluta en el Parlamento vasco, gracias a la suma de los votos nacionalistas de PNV y EA, a los tres votos que le cedía Batasuna y con el siempre sorprendente voto de Madrazo, la presunta versión vasca de IU. Apenas quince días más tarde, el 13 de enero, el lehendakari se trasladaba a Madrid y se entrevistaba con Zapatero para convencerlo de la necesidad de negociar ese plan, de igual a igual, y de hacerlo mínima, pero suficientemente aceptable para el Estado. Con anterioridad, Zapatero había anunciado que ese plan no tenía cabida en la Constitución y que, por consiguiente, no cabía negociación.

Trajo al día siguiente, ayer, ese mismo proyecto bajo el brazo, el presidente del Parlamento vasco y tampoco tuvieron, portador y mercancía, una entrada gloriosa en el Congreso. Algunos exaltados insultaron al mensajero, y estuvo lejos de hallar comprensión en el presidente de las Cortes, Manuel Marín. También regresó cabizbajo, o acaso orgulloso de haber vuelto a cumplir su obligación, contra viento y marea. Como cuando se negó a disolver el grupo parlamentario Batasuna, como cuando se negó a repetir la votación de una diputada que hubiera significado el rechazo a los presupuestos de la comunidad para 2005.

Ni Ibarretxe ni Atutxa han tenido viajes felices a Madrid Han sido pésimos mercaderes. Madrid se ha negado a comprar un producto tan envenenado como políticamente incorrecto. ¿Y ahora? Decir que se echarán al monte es ya un clásico. Están en el monte desde hace tiempo. Pero posiblemente nunca habían comprobado los rigores de la hostilidad como ahora. Se les acabó el tiempo de las amabilidades. Las sonrisas de antaño terminaron. A lo sumo, alguna media sonrisa. Pero el esfuerzo por entender su posición, terminó. Llegó el tiempo en el que se les va a reclamar el cumplimiento de las obligaciones y de la ley vigente y el caiga quien caiga , sin otra contemplación que la que establece la ley vigente.

Chantaje
Por Isabel San Sebastián El Mundo 15 Enero 2005
 
Miércoles por la noche. Iñaki Anasagasti escucha impasible en su butaca de El Debate de Telemadrid las opiniones de Gaspar Llamazares y las críticas de Ramón Jaúregui, José María Calleja y Jaime Mayor Oreja al plan Ibarretxe. Ha intervenido muy poco, excepto para destacar la «normalidad» de la propuesta y en su turno de conclusiones se limita a constatar: «Lástima que este programa no se vea en Euskadi, porque todo lo que hoy se ha dicho aquí allí nos da votos». Y es verdad.

Si por algo se caracteriza el PNV es por su genialidad a la hora de construir una realidad virtual en la que las víctimas se convierten en verdugos y los victimarios en víctimas. En los próximos días y semanas tanto el propio lehendakari como el hipócrita Atutxa interpretarán ante sus ciudadanos el papel de incomprendidos, apaleados, esforzados apóstoles del diálogo incapaces de hacerse oír por una cerril «Madrid» empeñada en destruir todo lo que suene a vasco. Ellos lo habrán intentado «por las buenas» (ya que en ese discurso local ETA desaparece o es considerada como un accidente desagradable que perjudica a todos por igual), pero ante la cerrazón de los demás no tendrán más remedio que actuar para salvaguardar los sacrosantos derechos de «su pueblo». Será una política de hechos consumados vendida a los cuatro vientos como defensa numantina frente a la agresión del «Estado invasor».Y funcionará, como funcionó en 2001, cuando la sangre de los concejales abatidos por el terrorismo pesó ante la mayoría del electorado menos que la tinta de la propaganda.

El nacionalismo no necesita pretextos; se los inventa. Quienes piensan que se le apacigua cediendo a sus demandas se equivocan.Lo ha reconocido el mismísimo Arzalluz al referirse a ese engendro de contraplán surgido del caletre de Patxi López: «Nos vienen con un estatuto que lo ha hecho un escapado nuestro, un tránsfuga.¡Como si fuéremos tontos!». No son tontos, no, son implacables en la persecución de su meta separatista, y como tales hay que tratarles.

Ante el órdago lanzado por un lehendakari sordo a cualquier argumentación, a decir de quienes se han entrevistado con él en los últimos días, sólo caben dos caminos: o la rendición inmediata, a fin de evitar nuevos atentados, o la oposición frontal y sin complejos, con todos los medios que la Constitución pone al alcance del Gobierno. Cualquier cosa que hagamos para defender la legalidad democrática será utilizada en contra de nosotros ante una gente más preocupada por el bombardeo de Gernika que por los crímenes impunes del etarra De Juana Chaos. Luego hagamos al menos lo necesario para proteger a la mitad de los vascos que quieren seguir siendo españoles. Si cedemos al chantaje una vez más, aunque sea parcialmente, les habremos abandonado a su suerte.
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Empieza el mambo
TONIA ETXARRI El Correo 15 Enero 2005

Pilla un poco cansados de tanto 'meneito' a los ciudadanos vascos que llevan tantos años pendientes de la insaciabilidad de los nacionalistas. Muy saturados ya de la constante tensión de la cuerda con el Estado democrático por parte de quienes nos gobiernan; que sin ocultar su complicidad con ETA, siguen siendo parlamentarios gracias a Atutxa y, además, le han puesto el sello al plan del lehendakari y, quienes han matado con afán de limpieza ideológica. Y cuando los ciudadanos vascos, inadaptados al régimen, estaban hartos ya de estar hartos, resulta que empieza el mambo.

Han sido muchos los que fuera del País Vasco, en los ambientes de la 'progresía no crispadora', en expresión del desaparecido Onaindia, se negaban a creer que si los tribunales declaraban ilegal a Batasuna, por estar en connivencia con ETA, los de Otegi pudieran quedarse al amparo del Parlamento vasco. Pues así ha ocurrido. Eran bastantes los ministros que decían que el PNV, a juzgar por lo que siempre había dicho Imaz, no podría admitir los votos de Batasuna para el convento de su plan soberanista. Pero así ha sido. Incluso hubo algún ingenuo que quiso creer que, si al lehendakari se le decía que no puede saltarse las reglas democráticas, se iba a quedar con las ganas. Ya se van dando cuenta, en La Moncloa, con qué frontón han topado. Tarde pero seguros. De buen talante pero con firmeza. El plan no pasará. Ni en el Congreso ni con la ley en la mano.

Palabras fuertes que al lehendakari, sin embargo, no le vendrán nada mal para explicar la maldad del Congreso, en su afán por buscar un efrentamiento España-Euskadi. No era de extrañar ver, al cabo de 24 horas de la reunión, el semblante sonriente de Ibarretxe. A Zapatero se le había borrado la sonrisa, como si el tsunami se la hubiera arrancado de la cara. Pero resultaba más reveladora la hilaridad del lehendakari que siguió con su obsesión de separar a los nacionalistas de los vascos autonomistas. Y sin mención a ETA; claro que, después de llevar el apoyo de 'Ternera' en su plan, se le ha complicado el panorama. Y esa opinión pública que se quejaba de tanto lamento de los vascos autonomistas, ahora se da cuenta de que van a tener que bailar el mambo. Que el meneito nacionalista, con proyección exterior, también va con ellos y que tras Ibarretxe y Carod (¿quién sabe?) o se rompe el tripartito catalán o se desvertebra el Estado plurinacional. La constancia del lehendakari es tal, y la presión nacionalista cual, que el socialista Jáuregui llegó a decir en ETB: «yo sí quiero un referendum»; pero con condiciones ¿eh? Hoy Zapatero explicará su negativa al plan. Consignas aparte (es ilegal, divide a los vascos y va apoyado por ETA) ¿qué más, presidente? ¿Cómo piensa proteger el Estado a la mitad de la sociedad vasca que no es nacionalista ni ganas de serlo?

Reforma Estatuto catalán
El plan Groucho Marx
José García Domínguez Libertad Digital 15 Enero 2005

El marxismo de la escuela de Groucho, la doctrina hegemónica hoy en el PSOE, propugna que pasar de la nada a la más absoluta de las miserias constituye siempre una gran victoria estratégica. De ahí que la alternativa de Rodríguez a la ruptura de la legalidad que supone el plan de Ibarretxe sea el proyecto de ficción de legalidad que implicará el plan Maragall. Frente a la independencia de iure, la secesión de facto. Ante las tortas rupestres de los chicarrones de Sabino, la cicuta de diseño de los nois de la tribuna del Barça. Contra la crispación que representan la ETA y el PP, Los Del Río y Chaves explicando a sus paisanos de Santa Coloma de Gramanet que hay que votar "sí" al Estatut soberanista de Carod y Maragall; porque, total, ellos no habrán leído ná, pero los del PSC dicen que es cosa buena.

Así, la tosquedad primaria de los nacionalistas vascongados va a servir de coartada impagable para que, como decía Suárez, en la Cataluña nacional sea normal, es decir normativo, lo que en la calle ya es normal: desprender a la mitad de sus habitantes de la condición política de ciudadanos. Porque el plan Maragall, que es el que de verdad importa porque es el que de verdad quieren colar en el BOE, no pretende otra cosa que dar un barniz jurídico a otra Constitución no escrita, que ya es la única vigente en Cataluña. Ese código de sobreentendidos de observancia obligatoria allí desde que se implantó, ahora hace veinticinco años. El que ordena, por ejemplo, que cerca del sesenta por ciento de los votantes del Tripartito interioricen como algo lógico que ninguno de ellos pueda llegar jamás, ni a conseller de la Generalitat, ni a alcalde de algo que no recuerde a un escenario de novela de Dickens, ni a diputado al Parlament, ni a rector de la Universidad, ni a la más absoluta miseria civil que sobrepase el privilegio de ejercer de palmero en los mítines.

Y es que la sutil violencia simbólica que administran los nacionalistas en Cataluña se ha revelado infinitamente más eficaz que la agresividad física del tribalismo euskaldún. Tanto, que les ha proporcionado lo que sus iguales de la boina y las piedras no han atisbado ni en sueños: el dominio absoluto y sin contestación del espacio público. Desde ese monopolio aspiran ahora a forzar la ruptura de los lazos afectivos de los catalanes con el resto de los españoles. Y lo conseguirán si lo que durante veinticinco años ha sido normal, el abandono suicida del Estado y su renuncia a hacer notar su existencia en el Oasis, se reviste de ley formal. O sea, de plan Maragall.

Incertidumbres económicas del `plan Ibarretxe`
Por Roberto Centeno El Mundo 15 Enero 2005
 
El plan secesionista Ibarretxe-ETA, o más exactamente la forma en que este desafío completamente ilegal está siendo tratado por el Gobierno, unido a las dudas cada vez mayores sobre el Estatuto catalán que pretende exactamente lo mismo en el fondo aunque sea diferente en la forma, está generando unas incertidumbres en los mercados financieros que empiezan a vislumbrar como posible la balcanización de nuestro país, lo que representa una amenaza muy seria para nuestra economía, al superponerse a una situación que, en contra del optimismo oficial, se está deteriorando rápidamente, a pesar del favorable entorno internacional, el mejor en 30 años, pero que también ha sufrido un serio aviso en la primera semana del año.

Durante el año 2004, la economía mundial, impulsada por la fuerte demanda del mercado norteamericano y las políticas de dinero barato, experimentó un crecimiento, con tipos de cambio a paridad de poder de compra, del 5% -o del 4,1% a cambios de mercado-, el mayor en toda una generación excepto la eurozona estancada un año más y cuyo crecimiento estaría en un modesto 1,8%. Mirando a 2005, el consenso del mercado estima una reducción del crecimiento mundial de hasta el 4%, reducción que afectaría prácticamente a todas las economías con la eurozona, de nuevo en los niveles más bajos. Las incertidumbres existentes a fin de año -tipo de cambio del dólar, precio del petróleo y comportamiento del consumo- no eran suficientes para frenar el optimismo hasta que en la pasada semana ha surgido una nueva y preocupante incógnita que de momento ha frenado el rally alcista en las bolsas de valores: el temor a un rebrote de la inflación. Como consecuencia de ello, los mercados han pasado de estimar unos tipos de interés en EEUU del 3% a final de 2005 a una cifra entre el 3,5 y 4%, lo que puede afectar seriamente al consumo. La buena noticia sería que la moneda americana se apreciaría y el crudo podría bajar hasta 30 dólares.

¿Y cuál es la situación de nuestra economía? Para comprender la incidencia devastadora que puede tener un cierre en falso de los desafíos secesionistas tanto de Ibarretxe como de Maragall y Carod-Rovira hay que valorar primero dónde estamos y cuáles son las incertidumbres económicas a las que nos enfrentamos.A finales de 2003, y en el primer trimestre de 2004, la economía española estaba creciendo a un fuerte ritmo que se ha desacelerado desde entonces y donde hemos pasado de un diferencial de 2 puntos respecto a la UE de los 15 en 2003 a sólo 7 décimas en la actualidad.Sin embargo, el ministro de Trabajo, Jesús Caldera, ante los datos de empleo de 2004, que eran ya perfectamente conocidos, pues la mejora llegó a un máximo en julio y desde entonces ha ido empeorando excepto en diciembre, no ha dudado en lanzar una soflama triunfalista y afirmar sin sonrojarse, que esto demuestra que «la política del Gobierno funciona», ante lo que habría que preguntarse de qué política económica habla, pues el Gobierno no tiene ninguna, y si el empleo ha mejorado ha sido exclusivamente debido a la inercia de la política económica de Aznar, que todavía tiene cuerda para generar otros 200.000 empleos más en 2005.

Más concretamente, ¿qué medidas específicas se han tomado para mejorar el empleo? Las reducciones de impuestos que han sido la clave del crecimiento en los últimos años se han terminado.De hecho, la presión fiscal está subiendo, los grandes proyectos de inversión pública en marcha se han detenido y aún no han sido sustituidos y las reformas estructurales están paralizadas. Sólo queda la supuesta gran alternativa del Gobierno: la mejora de la productividad. Para ello ha tomado medidas como la sustitución de la Ley de Calidad de Enseñanza por la de «aprobado para todos», que situará la enseñanza pública a nivel tercermundista e impedirá que los jóvenes sin medios económicos para pagarse un colegio privado reciban una enseñanza digna y, con efectos más inmediatos y contundentes, la aceptación por Zapatero en contra del criterio de su vicepresidente económico de la indexación del salario mínimo, que en la práctica supone el ligar todos los salarios a la inflación pasada y que, en palabras de Solbes y de cualquier persona sensata, «es un puro disparate», que garantizaría, si finalmente es aplicado, un desastre económico equivalente al producido por políticas similares en los 80.

Pero analicemos el último cuadro de previsiones macroeconómicas, el quinto crucigrama en seis meses denominado ahora Actualización del Programa de Estabilidad. Para empezar, la cifra básica, el crecimiento de la economía al 2,9%, no se sostiene. El consenso del mercado lo estima en un 2,5% pero el último sondeo del semanario The Economist lo rebaja a una cifra entre el 2% y el 2,4%. ¿Razones? Una inflación en el 3,2% y en el 2,9% la subyacente, lo que supera en 1,2 puntos la media de la eurozona, y, lo que es peor, una escalada meteórica de los precios de producción -el 5,2% en noviembre frente al 1,3% de 2003- que junto con nuestra disparatada política exterior está llevando al déficit por cuenta corriente a cifras récord, un 4,3 % del PIB, y con una necesidad de financiación frente al resto del mundo que se había multiplicado por 2,5 hasta septiembre.

Y todo ello no puede empeorar más pues la productividad sigue descendiendo por el incremento de nuestros diferenciales de costes y las indexaciones salariales. En el exterior nuestra cobarde deserción de Irak y la llamada a la deserción de otros, lo que ya es el colmo de la irresponsabilidad, está restando flujo de capitales -la disminución supera ya el 30%- y ventas a nuestros productos en mayor medida de lo que se piensa.

El resto de cuentas no se corresponde tampoco con la realidad: por ejemplo, el incremento en la formación bruta de capital fijo, que se había estimado en un 4% y ya se prevé del 5,7%, extrapolando para todo 2005 las cifras del trimestre que más le han convenido al Gobierno. Un método científico que no tiene en cuenta ni el menor crecimiento ni la mayor inflación ni los graves efectos de la indexación de las alzas salariales. El crecimiento de la construcción está también por encima del consenso del mercado, pues en materia de vivienda los hechos están muy claros: en España existe una burbuja inmobiliaria como la copa de un pino. En términos reales y desde 1985 los precios de la vivienda se han multiplicado casi por cuatro frente a una cifra entre el 2% y el 2,5% para la mayoría de países. Esta es la realidad, y luego se puede opinar lo que se quiera, que habrá un aterrizaje suave o un descenso brusco, pero la tendencia de los tipos de interés, apuntan al segundo escenario y no al primero. El Banco de España tiene toda la razón al mostrarse preocupado por el alto grado de endeudamiento alcanzado por las familias.

Y a todo esto se superpone como una auténtica losa la falta de estabilidad política y el riesgo de balcanización de España ante el desafío separatista de unos políticos locales con un respaldo popular ridículamente bajo y donde el problema no es la postura del nazi Ibarretxe o del dúo Maragall-Carod, sino la del propio Zapatero, un presidente por accidente que se mueve esencialmente en función de sus rencores -contra Aznar, contra EEUU, contra los valores morales cristianos y contra el centro derecha a quien, al igual que se hizo en 1936, trata de eliminar de la vida política-.Cualquier presidente democrático, con los mecanismos legales que tiene en la mano, habría frenado en seco y sin despeinarse estos desafíos aplicando el artículo 155 de la Constitución que está exactamente para eso, como hizo Tony Blair en el Ulster, y no habría pasado nada. Pero ahora sí pasa, pues la incertidumbre que se está transmitiendo a los mercados es gravísima. ¿Tiene acaso idea Zapatero de los perniciosos efectos sobre los inversores potenciales de editoriales como el reciente de The Wall Street Journal, hablando de la balcanización de España y de la pérdida total de papeles de un Gobierno que ha olvidado que «la Constitución no es algo meramente académico, sino un contrato vivo a través de generaciones», y donde su abjuración «conducirá a la anarquía»?

En el último análisis de The Economist sobre el clima de confianza de los negocios, España experimenta un descenso espectacular al haberse reducido a la décima parte, algo que acaba de apuntillar Solbes con su insensato posicionamiento en el asalto al BBVA y su tramposa llamada a la españolidad, que en opinión del Financial Times «arruina la fe en el compromiso de España con la globalización de los mercados».

Nuestro futuro económico se halla seriamente comprometido, en primer lugar por la inestabilidad política que Zapatero está generando al prolongar la incertidumbre negándose a aplicar una Constitución en la que no cree cuando paradójicamente está pidiendo el voto para otra Constitución, la europea, que nos perjudica gravemente, lo que está destruyendo el clima de confianza en los negocios. En segundo lugar, por la falta de productividad que va a resultar dañada aún más si cabe por el acuerdo de la indexación salarial y finalmente por nuestro posicionamiento internacional que nos ha ganado la hostilidad de una mayoría de países -algunos hasta niegan el sobrevuelo de nuestros aviones militares-, particularmente la de los más ricos.

Pero no sólo es esto. Según el proyecto de Bruselas, donde el Gobierno ha negociado desastrosamente renunciando a cambio de nada a la cuota de poder conseguida en Niza por Aznar, ha propuesto reducir los fondos de cohesión desde un saldo neto del 1% del PIB en la actualidad a prácticamente 0, una reducción de 6.000 millones de euros al año a partir de 2007. Peor aún, en la financiación de nuestros nuevos y desleales socios, a España -cuyo PIB es el 7,6% de la UE- le toca pagar el 19,8%. Y a la Constitución cuyo protocolo 29 consagra este desastre para España pretende el Gobierno que votemos sí. Aunque esta propuesta es la menos mala, pues nuestros nuevos amigos Chirac y Schröder, además de Blair, pretenden un tratamiento mucho más desfavorable para España.

Asumiendo que los tipos de interés se habrán casi doblado en 2007, que nuestra productividad no mejore y que todos los datos apuntan a que empeorará por la indexación salarial y la paralización de las reformas estructurales y la nueva asignación de los fondos de cohesión europeos, que nos costará el 1% del PIB, el crecimiento cero de nuestra economía a partir de 2007 está asegurado. Pero si a esto se añade el pacto entre el PSOE y los separatistas que puede acabar produciendo la fragmentación de España, algo que empieza a ser considerada como posible por los mercados financieros, podría conducirnos a una recesión sin precedentes. Muchos españoles piensan hoy ingenuamente que los planes secesionistas, la pérdida de poder en la UE o el haber traicionado a nuestros mejores aliados no les afecta, pero, están muy equivocados y antes o después ellos y sus familias acabarán sufriendo las consecuencias.

Roberto Centeno es catedrático de Economía de la Escuela de Minas de la Universidad Politécnica de Madrid.
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Ibarretxe, ese loco
Matías ANTOLÍN La Razón 15 Enero 2005

Siento escozor de picadura de ortiga en la oreja zurda al escuchar al mentiroso de Ibarreche. No tengo nada contra él, sólo un poco de razón en calderilla. Ha permitido que ponga ETA sus huellas dactilares en su documento. Ni a tortas ni a locas. Si embestimos, les hacemos la campaña a la cuadrilla del lendakari. Un poco de sosiego y cordura. Pienso que el Gobierno de Rodríguez Zapatero no puede hacer una dieta de pasteles azucarados para curar la diabetes nacionalista. En su día, me congratuló esa voluntad de retomar las relaciones institucionales que estaban arrinconadas durante tres años en el desván de la intolerancia, pero pongo en duda la decencia intelectual y la honestidad política de Ibarreche, ese Moisés con chapela que quiere llevar a su pueblo a la tierra prometida del independentismo. Ya no es sólo ETA el enemigo sino el plan Ibarreche con su intento de ruptura del marco constitucional. El lendakari dice que su plan acabará con la violencia. ¿No querrá decir que la violencia de ETA ha acabado en su Plan? Irremediablemente se ha abierto la espita de un conflicto grave entre una comunidad autónoma y el resto de España. Pienso que la única transferencia que necesita esa comunidad es la libertad. Hoy, los postulados que ETA ha defendido siempre se están escenificando en el Parlamento de Vitoria que preside Atucha y su asalto a la razón. Ignoran que ni con un alto el fuego de ETA el PNV llegaría a un acuerdo con el mundo abertzale ni con ETA, que reman en distinta dirección.

La calle está caliente. El aumento de tensión sanguínea no favorece la reflexión. La pasión vence a la razón. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo vamos a salir de esto? Y «esto» es ese maniqueísmo de buenos y malos, donde el malo es obviamente el otro.

Tengo la percepción de que los nacionalistas vascos están decididos pero no saben a qué. La palabra autodeterminación es un tótem aunque ignoran cómo llevarla a cabo. Ibarreche volverá a poner cara de diez en conducta y risa postiza. Admito que su presencia en La Moncloa el próximo jueves dió imagen de representar un signo de normalidad institucional, pero los hechos pesan más que los gestos, e Ibarreche pondrá en marcha la ofensiva política para desbordar el marco constitucional. Es un golpe de locura y de irracionalidad. El hierro candente de este «plan» sigue enrojecido. Los nacionalistas temen que el Gobierno Rodríguez Zapatero les margine y negocie con ETA sin dar la más mínima contrapartida política. Siempre hay zancadillas de sangre en los procesos de paz. Casi veinticinco años años lleva el nacionalismo vasco de poder fáctico, manejando los hilos de la cultura-economía-terrorismo. El PNV sigue predicando un Euskadi excluyente, mientras hace exaltación enfermiza de la genética frente a la razón. El lendakari es un flautista de fábula más que un ser maquiavélico o un político marrullero. Su flauta nacionalista suena como un violín desafinado en una noche de tormenta. No debemos permitir que el nacionalismo radical gobierne con las pistolas etarras. Se lo debemos a las víctimas del terrorismo.

Creo que si ETA se cree el centro de Euskadi, hoy Ibarreche se cree el epicentro. Estamos ante un plan antidemocrático que no respeta el Estado de Derecho, porque se carga la división de poderes. Quizá Ibarreche no sea un dictador pero su proyecto es una dictadura. Persigue el control totalitario de la sociedad. Ibarreche goza de precaria salud mental y de excelente locura. Es más peligroso que un barbero epiléptico. No puede poner cara de inocencia a su culpabilidad. Basta ya de ámbito de decisión, de conflicto vasco, de delirio soberanista y otras pamplinas falaces.

¿Para qué serviría un Partido Nacionalista Vasco si aceptara el Estado de las Autonomías? Saben que sobrarían y van a por más: la independencia (aunque no la quieren; sólo instrumentalizan esa meta para seguir en la poltrona; ¿cómo van a querer perder ese estatuto que les ha permitido gobernar casi 25 años?).

El nacionalismo vasco se ha quedado atrapado en los pocos escritos de Sabino Arana y con un concepto raquítico-deforme de la historia. No ha cambiado el mapa electoral vasco suficiente para acabar con el terrorismo.
Una lástima, porque el coraje de algunos candidatos no nacionalistas merecía mejor suerte. Estoy pensando en María San Gil y todos los que han completado las listas del PP y PSOE en un gesto de generosidad y valentía. Max Aub dijo, ya en su tiempo, que el nacionalismo era el cáncer de nuestra época, y la presunción sigue en la más vigente actualidad. Muchos se preguntan: ¿estamos obligados a asistir de brazos cruzados a la implantación de una dictadura nacionalista en el norte de España? ¿No tiene el Gobierno medios para acabar de una vez con esta locura?

El plan Ibarreche ha apuntalado la casa en ruinas de ETA. Lo único que perseguía el PNV con su discurso radicalizado era que ETA no le arrebatara su hegemonía nacionalista, pero los cobardes de Batasuna se han escondido bajo el paraguas de lbarretxe. Esos votos del brazo político de ETA trasvasados al PNV no serán gratis. Ese injerto proetarra engendrará el huevo separatista en el seno del PNV. Como la política es el arte de las malas artes, me preocupa de qué forma pagará el PNV a BATASUNA/ETA el voto que éstos le han prestado. El discurso irracional del lendakari, entre la miseria de sus manías y la torpeza de sus obsesiones, es un coche bomba. Sus palabras no son perchas donde cuelga la razón. Este político es un sofista (y el sofisma es una argucia aparente con la que se quiere defender lo que se sabe que es falso).

Algunos nacionalistas vascos nos recuerdan a aquel gallo en su corral, subido a un montón de estiércol y gritando desafiante al mundo: «Mi mierda es mía».     Matías Antolín es periodista

Desafío nacionalista
Un precedente histórico
Pío Moa Libertad Digital 15 Enero 2005

En febrero de 1936, después de unas elecciones muy anómalas, alcanzaba el poder la coalición que sería luego llamada Frente Popular, presidida por Azaña. Llegaba con un programa radical encaminado a transformar la república en un sistema parecido al del PRI mejicano, muy admirado por los republicanos de izquierda. La derecha, que había derrotado el asalto de las izquierdas a la legalidad republicana en 1934, aparecía en su propaganda como la gran enemiga de la república, y se pretendía “republicanizar” el estado, en particular eliminando la independencia del poder judicial, de modo que la derecha no pudiera volver al poder.

Aun así, el principal partido de la derecha, la CEDA, se puso rápidamente al lado de Azaña y le ayudó a sortear algunas dificultades como la ilegal puesta en libertad de gran número de presos, realizada por las turbas izquierdistas. La causa la explica frívolamente el mismo Azaña en cartas a su cuñado Rivas Cherif: se había convertido en “ídolo de la derecha”, y ello por una razón de peso: “Tienen un miedo horrible”; a Gil-Robles “La Pasionaria le ha cubierto de insultos. No sabe dónde meterse, del miedo que tiene”, y concluye sin abandonar un momento su frivolidad, bien apreciada como uno de sus peores defectos por Julián Marías: “Te divertirías mucho si estuvieras aquí”.

Ese miedo radicaba en que los socios políticos de Azaña, que con sus votos le habían permitido llegar al poder y le sostenían, no eran otros que los que se habían rebelado contra la república en octubre de 1934, resueltos a comenzar una guerra civil; y ninguno había modificado básicamente sus posiciones. El mismo Azaña, en sus grandes mítines de 1935, había justificado aquella rebelión y apoyado moralmente a los insurrectos. Pese a ello la derecha esperaba que la realidad política hiciera reflexionar al dirigente jacobino, el cual también debía sentirse asustado por las pretensiones y actos extremistas de los partidos que le apoyaban. En otras palabras, esperaba que Azaña frenase, desde el poder, la escalada revolucionaria emprendida por los socialistas de Largo Caballero, los comunistas y los anarquistas. La CEDA y los mismos monárquicos insistieron en esta línea, considerando al gobierno republicano de izquierdas como el último valladar frente al ímpetu revolucionario.

No iban a tener éxito. Azaña disfrutaba haciendo desplantes y ofensas a las derechas. Alcalá-Zamora llegó a decirle: “Es que usted cree que las derechas nunca tienen razón”, y el replicó: “Claro. A mí, todo lo que es de derecha me repugna”. Lo cuenta él mismo, muy ufano. Y la oposición le pedía, en las Cortes y personalmente, que cumpliera e hiciera cumplir la ley. Pero Azaña, entre su aversión irracional y sectaria hacia la derecha, y su falta de carácter para sacudirse el yugo de sus aliados más extremistas, presidía alocadamente un doble proceso: el revolucionario en la calle, que no podía o no quería impedir, y el de su propia deslegitimación. La mitad del país, por lo menos, se sentía constantemente agredida, insultada y pisoteada en sus intereses y sentimientos más profundos. Pero la izquierda en general, incluyendo a Azaña, se creía su propia retórica, según la cual la derecha sólo representaba a unos cuantos oligarcas explotadores merecedores de todo lo peor. Éste fue el proceso que hizo inevitable el completo derrumbe de la república en julio de 1936.

¿Hay alguna relación con la situación actual? También tenemos ahora a un partido y un gobierno que han cultivado un ciego sectarismo contra la derecha, aliados y en buena medida presos de sus propias exaltaciones anteriores y de sus pactos con partidos extremistas, habiéndose inclinado él mismo hacia los extremos. El peligro revolucionario ha desaparecido en España, pero ha pasado a primer plano el peligro secesionista, concomitante con el islámico.

Parece que, en un rapto de lucidez, el presidente del gobierno ha aceptado algunos acuerdos con el PP contra el plan Ibarreche-Ternera. Es una buena noticia, y ojalá que persista en esa dirección y no repita el precedente de Azaña. Pero no soy optimista. La experiencia que vamos teniendo hasta ahora no autoriza a ello.

Zapatero y Rajoy, a la altura de las graves circunstancias
Editorial El Mundo 15 Enero 2005

Tras la sensación amarga dejada por la visita de un desafiante Ibarretxe a La Moncloa, la jornada de ayer ofrece una esperanza de que se cree una dinámica política que permita encauzar el desarrollo autonómico de acuerdo con los parámetros de consenso que han caracterizado el cuarto de siglo iniciado con la Transición.

La propuesta en forma de pacto de estabilidad que le presentó Rajoy a Zapatero y la contrapropuesta del Gobierno tienen muchos elementos en común. Los suficientes como para pensar que el proceso abierto ayer puede acabar culminando en un pacto en el sentido formal del término, o al menos en unos criterios de colaboración que se mantengan a lo largo de los próximos meses o incluso hasta el final de la legislatura.

Zapatero y Rajoy acordaron consensuar una respuesta común al desafío separatista vasco y crear una Comisión -integrada por miembros del PP, el PSOE y el Gobierno- que tratará todos los asuntos relacionados con la arquitectura institucional, desde la reforma de la Constitución hasta la modificación de los Estatutos de Autonomía, pasando por la financiación de la Sanidad.

En relación con el plan Ibarretxe, la coincidencia en su más rotundo rechazo no oculta las diferencias respecto de los mecanismos que plantea cada uno a la hora de hacerle frente. Rajoy acierta al insistir en que el Ejecutivo impugne el proyecto ante el Constitucional y en que la Fiscalía persiga a Atutxa por el delito de desobediencia por negarse a disolver SA, como ordena el Supremo. En otras divergencias puntuales, en cambio, la razón la lleva Zapatero, que defiende la admisión a trámite del plan Ibarretxe en la Mesa del Congreso y la derogación de los artículos del Código Penal que convierten en delito la mera convocatoria de un referéndum ilegal.

Y, sin embargo, lo esencial no es tal o cual medida, sino la dinámica de acuerdo -lo que Rajoy llamó ayer el «espíritu del 78»- que se ha restablecido entre los dos grandes partidos políticos frente al mayor desafío a nuestro modelo de convivencia desde el golpe frustrado de Tejero.

Enorme trascendencia y valor, en este sentido, tiene la coincidencia de Zapatero y Rajoy respecto de la necesidad de preservar el consenso que hasta ahora ha imperado en todos los asuntos relacionados con el diseño institucional de España. Concretamente, cabe destacar como especialmente positiva la decisión de que la reforma de la Constitución incluya elevar a dos tercios la mayoría necesaria para que el Congreso de los Diputados apruebe modificaciones estatutarias.

Porque si en las Cortes Generales se requiere una mayoría cualificada para sacar adelante asuntos de trascendencia relativamente menor -como la elección de los consejeros de RTVE o los vocales del CGPJ- tanto más debiera para la aprobación y modificación de los Estatutos de Autonomía. Y lógicamente, aunque este nuevo criterio no pueda convertirse en legal previamente a que el proyecto de reforma del Estatuto catalán se remita al Congreso, es obvio que debiera aplicarse en dicha circunstancia, ya que ello permitiría al PP participar con una actitud constructiva y razonable. Le otorgaría una capacidad de bloqueo, que se cuidaría mucho de emplear, a no ser que estuviera de sobra justificado.

Zapatero y Rajoy han estado a la altura de las graves circunstancias que hoy afronta España. Ahora deben realizar un segundo ejercicio de responsabilidad y rebajar el nivel de agresividad que ha caracterizado sus discrepancias en las últimas semanas. Ello permitiría crear el clima de confianza necesario para que el importante paso que dieron ayer sea mucho más que una declaración de buenas intenciones.
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Batasuna cambia de tono
Editorial El Mundo 15 Enero 2005

La Mesa Nacional de Batasuna envió ayer una carta al presidente Zapatero, en la que afirma que no quiere «imponer» una solución unilateral del conflicto vasco a los no nacionalistas, que se compromete a respetar las reglas democráticas y que aceptará el resultado de un proceso de negociación entre los partidos vascos, aunque éste no conduzca a la independencia. Batasuna apela a Zapatero y le transmite que, si decide ser «el Tony Blair» español, contará con su respaldo para «acabar definitivamente con el conflicto».

Jamás Batasuna había utilizado un tono semejante, de suerte que si hubiera que juzgar esta carta por su literalidad, podríamos llegar a la conclusión de que las posiciones de la izquierda abertzale son más moderadas que las del PNV y las expresadas en el plan Ibarretxe.

Pero habría que mostrarse extraordinariamente cauto antes de celebrar el giro de Batasuna por muchas razones. En primer lugar, porque la ilegalización ha causado un profundo daño a este partido, que se encuentra ante la perspectiva de quedarse sin representación en el Parlamento vasco y con serios problemas financieros.

En segundo lugar, a la debilidad de Batasuna se suma la crisis de ETA, acorralada policial y políticamente. La banda armada se encuentra en una situación similar a la de 1998, cuando recurrió a la tregua para poder reorganizarse y engañar al Estado. Ahora ETA está incluso peor.

Y, en tercer lugar, los comunicados de ETA y su brazo político merecen muy poca credibilidad. Dirigentes de la banda manifestaron hace seis años a la BBC que su generación jamás volvería a coger las armas y, pocos meses después, la organización terrorista volvió a asesinar.

Todo ello justifica la cautela de la vicepresidenta Teresa Fernández de la Vega, que ayer exigió a Batasuna una condena «explícita y contundente» de la violencia de ETA y una apuesta inequívoca por esas reglas democráticas que dice respetar.

En todo caso, el Gobierno de Zapatero está obligado a explorar esta nueva oportunidad y contará para ello con el mismo respaldo que, en circunstancias muy similares, prestamos al de Aznar.
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El 'problema territorial'
MANUEL MONTERO/CATEDRÁTICO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA DE LA UPV/EHU El Correo 15 Enero 2005

De un tiempo a esta parte resulta habitual hablar del 'problema territorial' de España, de su 'modelo territorial' y del inminente 'debate territorial'. No siempre ha sido así. El título VIII de la Constitución habla de la «organización territorial del Estado», pero hasta hace poco lo de «territorial» apenas se usaba mediáticamente ni en el debate político para aludir a lo que solía llamarse «modelo de Estado» o «modelo autonómico». Lo «territorial» quedaba relegado, por lo común, para los planes de ordenación, sobre todos los municipales.

Este adjetivo ha conocido en los últimos tiempos una inesperada prosperidad. Los partidos -lo hizo el PSOE- estudian su propuesta «territorial», su antagonista el PP le acusa de no tener «modelo territorial», aquél le devuelve la pelota por carecer de alternativa «territorial» y se invitan unos y otros al «debate territorial», seguramente para echarse en cara después sus mutuas «insuficiencias territoriales».

Es término de moda y conviene pensar en él. Lo hicieron los redactores del Diccionario de la Academia al definirlo: «Territorial: perteneciente o relativo al territorio». Hasta ahí bien. El problema empieza cuando toca saber qué es «territorio: porción de superficie terrestre perteneciente a una nación, región, provincia, etcétera». La Academia minusvaloró nuestra capacidad de fraccionarnos y con ese pudibundo etcétera nos dejó sin saber lo más emocionante, lo que sigue a la provincia en nuestro progresivo desgranamiento. Habría podido llegar hasta el átomo y el electrón. No son «superficie terrestre», pero al hablar del «problema territorial» tampoco nos referimos exactamente al terruño.

Como nuestra idea más querida dice que la felicidad social crece a medida que porciones más diminutas del género humano viven a su aire, cabe suponer que no alcanzaremos la plenitud hasta que la ley dé soberanía a los protones -llegar a los quarks sería quizás excesivo-. En sentido estricto son algo diferentes a 'género humano', pero mejor asegurar.

El triunfo del adjetivo 'territorial' no es inocente. Le da al asunto un aspecto técnico, de oficina de planificación urbana, y sugiere despojo de implicaciones políticas. Es, por supuesto, lo contrario, un eufemismo para evitar los más comprometidos 'nacional', 'estatal', 'regional', 'autonómico' o -no digamos- 'español'. Pues hablar de 'organización de España' levantaría sarpullidos, y lo del 'Estado de las autonomías', que fue término habitual, parece como de flojera en los tiempos que nos corren.

Todos los vaticinios coinciden: este año de gracia de 2005 será el del debate territorial pues, se barrunta, el problema territorial es el más grave de España y ha llegado ya la hora de atajarlo. Incluso la agresividad del nacionalismo vasco, tras su conversión a las tesis batasunas, se presenta a veces como un componente más de tal cuestión, como si su ataque a las reglas democráticas y a los vascos no nacionalistas fuese parangonable a los demás 'problemas territoriales' y del mismo carácter. Hay quien difunde contra viento, marea y cualquier evidencia, que los afanes nacionalistas -incluyendo su entrega a la muchachada filoetarra- encontrarán solución en un buen debate territorial.

La política tiene mucho de sugestión y de capacidad de crear ilusiones, pero tragarse esta ficción es del género idiota. Conviene recordar la obviedad, no sea que salga algún genio -siempre hay, y no sólo en Esquerra Republicana- que desde la ignorancia o la frivolidad diga aquello de que a estos pobres vascos no les entendéis, dejadme sólo. Estos salvapatrias lo complican todo mucho más.

Cuando hablamos de 'debate territorial' está implícito que, 25 años después de la Transición, el Estado (o sea, España) ha contraído graves disfunciones territoriales; que la ciudadanía española se revuelve inquieta por no estar territorialmente federalizada o confederalizada y no sé si también territorial y libremente asociada. Que su ánimo es tal que si no se afronta el problema no sólo sobrevendría la desmoralización democrática y la depresión colectiva, sino que puede colapsarse la convivencia, la vida civil y el funcionamiento del Estado. Y que por la envergadura de la cuestión, que afecta al estado de conciencia del pueblo soberano, es el debate más urgente y grave a realizar esta legislatura. Así están las cosas, más o menos.

¿De dónde se deduce que la ciudadanía española está inquieta por sus deseos federalizantes y neoterritoriales? No es lo que uno suele percibir. Cuando se habla de estas cuestiones en Andalucía, Madrid, Castilla-León Cataluña o el País Vasco, la conversación se desliza pronto a las barbaridades que se cometen donde ustedes saben, a si las raras propuestas nacionalistas van en serio o no, a si de verdad son tan racistas como parecen, a si podrá sobrevivir la democracia en el país de las alucinaciones ideológicas poco más. Para el común de nuestros compatriotas, el asunto territorial no parece dar más preocupaciones ni dolores de cabeza. Quizás la ciudadanía, insensata, desconoce que su mayor inquietud, la que le quita el sueño, es el ensamblaje territorial de España.

A lo mejor yo no me entero porque hablo con la gente equivocada, no me extrañaría. Pero, al parecer, es la misma a la que encuesta el CIS, para la que la cuestión territorial -la lista la encabezan el paro, el terrorismo y la vivienda- no figuran ni entre las diez principales preocupaciones. ¿Será que los del CIS no hacen la pregunta adecuada? Podría ser. Pero tampoco los resultados electorales, que éstos sí parecen fiables, sugieren que el pueblo soberano esté atormentado por los mentados problemas territoriales. De lo contrario, no se entendería que la última década el electorado vote en torno al 80% a opciones no nacionalistas (sin incluir los votos de IU, que tampoco en este asunto sabe dónde está); unos puntos más que hace 20 ó 25 años. Hasta podría deducirse que la adhesión al actual modelo territorial avanza, y no que retrocede. Ni siquiera en el País Vasco y Cataluña han aumentado los votos nacionalistas, como sucedería si día a día creciesen las disconformidades.

En otras palabras: difícilmente podría justificarse la moda del debate territorial por disgustos sobrevenidos en la conciencia ciudadana a causa de presuntas disfunciones. En realidad, las razones son otras. Se derivan de posiciones previas a la experiencia histórica, las del catalanismo y del nacionalismo vasco. Ahora, como hace diez o veinte años, buscan un mayor autogobierno; y lo hacen al margen de si las cosas funcionan o no: es su natural.

¿Por qué ahora alcanzan tal resonancia? Dejando un lado la radicalización del nacionalismo vasco (endógena y autista, es para darla de entender aparte), constituye un efecto derivado del funcionamiento político español. Probablemente se reproducirá siempre que no haya mayoría absoluta. La gobernabilidad depende en esos momentos -recuérdense los gobiernos de UCD, los últimos del PSOE, la primera legislatura del PP, la actual- de grupos nacionalistas, que pondrán su precio, en concesiones fiscales, económicas o políticas.

No quiere decir lo anterior que sea innecesaria una reforma 'territorial'. Han pasado suficientes cosas estos 25 años -desde la consolidación de las autonomías al desarrollo de la Unión Europea- para que sea buena la adaptación legislativa. Pero convendría hacerlo sin demasiadas alharacas, alarmismos, sensacionalismos e ideologismos. Y, sobre todo, sin mezclar ideas racionales con el actual ataque nacionalista vasco al régimen democrático.

Eso sí: si alguien piensa que de ésta se arregla definitivamente 'la cuestión territorial', lo tiene crudo. Tales anhelos tienden a ser insaciables y el punto de llegada de esta singladura será la salida de la siguiente. Debe recordarse que singladura es un viaje de sólo un día. Y que a muchos de los que se preocupan del 'problema territorial' la definición de 'territorio' que mejor cuadra es la cuarta de las que recoge la Real Academia de la Lengua. «Territorio: terreno o lugar concreto, como una cueva, un árbol o un hormiguero, donde vive un determinado animal, o un grupo de animales relacionados por vínculos de familia, y que es defendido frente a la invasión de otros congéneres».

El resultado del plan Ibarretxe
Cartas al Director ABC  15 Enero 2005

Francamente no puedo dejar de pensar en que pase lo que pase con el plan Ibarretxe quien va a salir ganando es ETA, quien magistralmente ha realizado su jugada, y que, curiosamente y si Dios no lo remedia, pronto tendrá importantes criminales de nuevo en la calle. Si el plan no se aprueba en las Cortes volverá a gritarse que Euskal Herría se encuentra sometida, sojuzgada al poder centralista, creciendo el enrarecimiento en las tierras de Vascongadas. ETA tendrá un buen motivo para declararse abanderado de la lucha de liberación, y volveremos a ver muertos por las calles de España.

Si el plan se aprueba dejaremos desamparados a aquellos que en el País Vasco no piensan como los impulsores de esta suicida acción y, por similitud, a aquéllos que no son vascuences de origen; quién sabe si, con el tiempo, no seremos espectadores impotentes de un nuevo desplazamiento «balcánico». Como acción al margen de la legalidad, el Gobierno se verá obligado a tomar medidas y esto provocará también ver muertos en las calles de España, ya sea por acción o reacción.

Señor Ibarretxe y adláteres, si esto ocurre serán ustedes responsables ante Dios -para los que somos creyentes-, ante la historia y sobre todo en los tribunales ante los españoles de la sangre que se vierta. Y sobre todo no se equivoque, si el plan al final se impone, al día siguiente se presentarán en sus lujosos y cómodos despachos los criminales de la capucha que son los que en esta, para ellos, guerra han puesto la pólvora y la sangre. No se equivoque señor Ibarretxe.      Ignacio de Loyola Crespo Yagüe. Madrid.

Una nueva Constitución para recuperar la soberanía
Antonio. (Barcelona.) Carta enviada a Libertad Digital 15 Enero 2005

Estoy seguro de que en España una mayoría del pueblo español firmaría por una nueva Constitución con una bandera, un idioma oficial y sin compartimentos como las autonomías. Sólo que manipular a las masas desde los medios con la perversidad partitocrática es muy fácil. Pero hay cada vez más gente que está hasta los cojones de este régimen.

Los políticos tienen secuestrado al pueblo : no quieren perder las cotas de poder que se han repartido. Además, las autonomías son bancos de despilfarro para sus gobernantes y clientela. Y no sólo las separatistas, todas. España, como cualquier otro país, no necesita un Estado de Autonomías para funcionar bien. Es más, creo que 25 años han sido suficientes para ver el poder destructor del Estado de las Autonomías y de la cooficialidad de los dialectos regionales y la educación en la mentira histórica.

Viendo cómo está el Psoe ( gansters teatrales y traidores) y el PP (cobardes patriotas de la economía y sus "cotas de bienestar") aquí sólo nos salva un milagro. Pero lo que está claro es que si no entramos en un nuevo periodo constituyente, una vez en la cárcel los separatistas, España nunca volverá a ser España. ¿Cómo pueden estar en la calle Carod y Atutxa, uno colaborando con banda armada , aunque los jueces del Reino de Taifas digan que no, y el otro teniendo a la banda armada en su parlamento? ¿Qué país es éste?

Esos personajes tienen que estar en la cárcel con sus amigos terroristas.

Y el pueblo español debe recuperar la soberanía con una nueva Constitución. Esa Constitución debe prohibir a los partidos nacionalistas y reglamentar un sistema electoral que no beneficie a las minorías. Debe hacer que las autonomías sean un mal recuerdo para los españoles y que la educación sea patriótica y de alta calidad.

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