AGLI

Recortes de Prensa     Miércoles 2 Febrero 2005
Detrás de Ibarreche viene Zapatereche
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 2 Febrero 2005

El fanático, el equilibrista audaz y el hombre de Estado
Editorial El Mundo 2 Febrero 2005

Sólo Rajoy
Federico Jiménez Losantos El Mundo 2 Febrero 2005

Rajoy, presidente de Gobierno
Agapito Maestre Libertad Digital 2 Febrero 2005

¿Quién es el presidente
Ignacio Villa Libertad Digital 2 Febrero 2005

El Congreso rechazó el Plan Ibarretxe
Pablo Sebastián Estrella Digital  2 Febrero 2005

TERRORISMO BUENO, TERRORISMO MALO
Antonio BURGOS ABC  2 Febrero 2005

Maragallizar el Plan Ibarretxe
EDITORIAL Libertad Digital 2 Febrero 2005

Lo sustancial
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 2 Febrero 2005

EL MOVIMIENTO NACIONAL
Fernando FERNÁNDEZ ABC 2 Febrero 2005

Respuesta democrática
Opinión El País  2 Febrero 2005

LA MANO TENDIDA QUE ESCONDE EL PUÑAL
LUIS IGNACIO PARADA ABC 2 Febrero 2005

Zapatero no tiene gato
Martín Prieto El Mundo 2 Febrero 2005

DE ENTRADA NO, PERO...
Editorial ABC 2 Febrero 2005

La retirada de Madrid
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 2 Febrero 2005

EL DÍA DESPUÉS
BENIGNO PENDÁS  ABC  2 Febrero 2005

Fantasmas históricos
José Javaloyes Estrella Digital  2 Febrero 2005

Comentarios de barra
Ignacio Villa Libertad Digital 2 Febrero 2005

Respuesta rotunda
Editorial El Correo 2 Febrero 2005

200 años no es nada
TONIA ETXARRI El Correo 2 Febrero 2005

La izquierda y los islamistas
Jorge Vilches Libertad Digital 2 Febrero 2005

La victoria del pueblo iraquí
José Carlos Rodríguez Libertad Digital 2 Febrero 2005

Bustelo considera una «deportación» el traslado de la CMT a Barcelona
A. POLO ABC 2 Febrero 2005

«El PSOE no es más que una empresa dentro del holding PRISA»
Mónica Lara Periodista Digital 2 Febrero 2005

Zaplana: El presidente del Gobierno dio alas a las aspiraciones de los nacionalistas
Libertad Digital 2 Febrero 2005




 

Detrás de Ibarreche viene Zapatereche
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 2 Febrero 2005

Además de que Rajoy es un orador extraordinario y de que el PP es no sólo el único partido nacional que nos queda sino también el único verdaderamente democrático y leal a la Constitución, la humillante sesión dedicada al infame Plan Ibarreche ha dejado clara una cosa: que Zapatero tiene su propio Plan para desmantelar España, algo que podríamos llamar Zapatereche, y al que ha invitado a sumarse al caudillo separatista en cuanto se lo acaben de escribir, pasen las elecciones vascas y se recuenten los escaños.

Para ese plan, como para el de Ibarreche, no es imprescindible que los etarras dejen de matar. Más aún, es bastante conveniente que no dejen de hacerlo del todo, porque la claudicación del Gobierno español y la liquidación de la soberanía nacional son hechos tan graves que sólo pueden abordarse en función de un sobreentendido gravísimo: que a cambio de una independencia a plazos, la ETA nos dejará en paz. Que es, naturalmente, lo único que no hará la ETA, ferozmente criminal pero mucho más coherente que este PSOE de Zapatero.

Zapatero se prepara para echar toda la carne en el asador de la reforma, en realidad ruptura, del Estatuto de Cataluña, que, con toda probabilidad, supondrá la liquidación de la Constitución Española. Zapatero le ofrece a Ibarreche no una oposición sino un aplazamiento, para meter su plan en el mismo saco que el Plan Maragall y echárselo al hombro a esta vieja nación, que no puede con su alma y que está prescindiendo de su cuerpo, que si siente ni padece y al que la Izquierda quiere sumir en un sopor opiáceo, en una siesta infinita, en una perpetua negociación de su liquidación, hasta que ya no quede nada que negociar porque ya no quedará nada que liquidar.

Malo es el Plan Ibarreche. Peor es saber que el Presidente del Gobierno, para conservar el Poder, está dispuesto a aceptarlo como Plan Maragalleche. O sea, Zapatereche. Se ha abierto la caja de Pandora y Zapatero, para evitar su estrago, ha encendido el ventilador.

El fanático, el equilibrista audaz y el hombre de Estado
Editorial El Mundo 2 Febrero 2005

Juan José Ibarretxe sabía antes de comenzar su intervención de ayer que el plan aprobado por el Parlamento vasco iba a ser rechazado por una amplia mayoría en el Congreso. Pero lo que no podía suponer era que el propio presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, iba a asumir la gran falacia nacionalista de que el Estatuto de Gernika y el actual marco constitucional deben ser revisados en aras de un «acuerdo histórico y definitivo».

Ibarretxe perdió la votación, pero logró una gran baza que, en el futuro, servirá para dar legitimidad a su discurso y para defender las reivindicaciones rechazadas, de suerte que la jornada parlamentaria de ayer fue una especie de punto y seguido «que cierra el debate, pero no lo resuelve», en palabras del presidente del Gobierno.

Carod-Rovira, presente en la tribuna del Congreso, se estará seguramente frotando las manos a estas horas tras escuchar las palabras de Zapatero de que «asistimos a un nuevo proyecto para Euskadi y el resto de España» y que este camino se emprenderá «sin deudas ni hipotecas». El planteamiento del presidente encaja perfectamente con los planes de Carod y Maragall de impulsar una reforma del Estatuto que, de facto, convierta a Cataluña en una nación.

¿Quieren decir todas esas expresiones que el presidente del Gobierno comparte la necesidad de reformar los Estatutos y de abrir una especie de proceso constituyente, haciendo tabla rasa de la Constitución de 1978? Ello es lo que podría desprenderse de su intervención de ayer, que, en lugar de refutar las trampas dialécticas y la demagogia del discurso de Ibarretxe, pareció rivalizar con él en guiños hacia el electorado nacionalista, tal vez porque el líder socialista está convencido de que puede derrotar al PNV en las urnas dentro de unos meses.

Agravios imaginarios
Zapatero, que no mencionó a ETA a lo largo de su intervención, reconoció expresamente «la buena fe» -!!!- de Ibarretxe y también la necesidad de ese «acuerdo histórico y definitivo» entre el nacionalismo vasco y el Estado español. Si ello fuera así, los vascos harían bien en votar al PNV, que ciertamente es el partido que podría cerrar ese pacto que sólo se justifica en los imaginarios agravios mencionados ayer por el lehendakari como la supresión de las leyes forales en 1839.

Zapatero intentó ayer probablemente situarse en un término medio entre Ibarretxe y Rajoy, pero fracasó porque ese espacio no existe.O se está con la defensa de la democracia y los valores constitucionales o se está con quienes se amparan en mitos y ritos históricos para justificar unas reivindicaciones patrióticas sencillamente descabelladas.

El presidente del Gobierno sugirió que las razones para rechazar el plan del Parlamento vasco tienen más que ver con el procedimiento y con la falta de consenso en la sociedad vasca que con su contenido.Discrepamos rotundamente porque, siendo importante lo primero, lo segundo resulta absolutamente esencial.

Como Mariano Rajoy explicó muy bien, la propuesta nacionalista es rechazable por su contenido, que viola la Constitución y rompe la unidad de España. Aunque el plan hubiera sido aprobado por los 75 diputados vascos y ETA hubiera abandonado las armas hace muchos años, sería igualmente inaceptable.

Afortunadamente -y ésta es la cara positiva del Pleno de ayer- el proyecto defendido por el lehendakari fue abrumadoramente derrotado, lo que supone que, a partir de ahora, carece de validez legal y cualquier nuevo paso adelante tendrá que vérselas con el Código Penal. No podía esperarse otro resultado ya que el plan es un fraude de ley, se basa en una falsificación de la historia, ahonda en la profunda división de la sociedad vasca y responde a los objetivos de ETA, que ha asesinado a cerca de 1.000 ciudadanos para forzar la claudicación del Estado.

El desafío
Todas ellas son razones suficientes para que Mariano Rajoy calificara de «desfachatez, revestida de hipocresía» la propuesta del lehendakari.Pero el susodicho ni se inmutó. Pese a ese amplísimo rechazo, Ibarretxe afirmó que «el camino no tiene vuelta atrás» y que convocará una consulta popular para sacarlo adelante, ya que la decisión sólo corresponde a los vascos, en un claro gesto de desafío hacia el Congreso.

Mariano Rajoy estuvo certero y demoledor al subrayar las numerosas falacias y contradicciones del plan. «Nos traen el certificado de defunción de nuestras normas de convivencia y pretenden que pactemos el entierro», aseveró.

Este es el quid de la cuestión.El planteamiento de los nacionalistas vascos impone el final del modelo democrático vigente desde la Transición y la apertura de un proceso constituyente que sólo una pequeña minoría desea.Rajoy estuvo claro y contundente al repudiar a Ibarretxe por arrogarse el derecho a abrir ese proceso y por pretender encarnar unos imaginarios atributos históricos de los vascos.

Zapatero mantuvo la ambigüedad y dejó una puerta abierta a la que Ibarretxe se agarró en su réplica al poner un gran énfasis en que «el conflicto vasco» sólo se puede solucionar mediante una transacción entre su propuesta y el rechazo del Parlamento, lo que equivale a decir en una negociación bilateral entre las instituciones del Estado y las autonómicas.

La gran apuesta del presidente del Gobierno, que ha demostrado que es un jugador audaz y un hábil equilibrista, es derrotar a los nacionalistas en las próximas elecciones vascas, arrebatando votos al sector más moderado del PNV. A la vista de la intransigencia y el fanatismo de Ibarretxe, tiene algunas posibilidades de lograrlo.

Pero muchas más de fracasar en el empeño tras fortalecer artificialmente a su adversario. Rajoy se mostró a la altura del desafío, como un hombre de Estado que antepone los principios a las estrategias.Su lúcida firmeza en la defensa de la Constitución fue lo mejor de la larga sesión de ayer.

Sólo Rajoy
Por Federico Jiménez Losantos El Mundo 2 Febrero 2005

Desde ayer, nadie puede albergar la más mínima duda de que Zapatero tiene un proyecto político que no es aún el separatista, racista y totalitario de Ibarretxe, pero tampoco es ya el de la España constitucional. Desde ayer, nadie puede creer que el PSOE y sus aliados del PSC y Esquerra Republicana pretenden mantener la legalidad vigente y la unidad nacional.

Desde ayer, es rigurosamente imposible negar que este Gobierno por accidente, tan escuálido en escaños y apoyos como sobrado de trampas y soberbia, ha abierto por sí y ante sí un período constituyente a espaldas de los ciudadanos y en contra de la Nación. Desde ayer, y es para lo único que sirvió la bochornosa y humillante jornada parlamentaria diseñada por Zapatero y Marín a mayor gloria de Ibarretxe pero al servicio del PSE-PSOE, nadie puede dudar tampoco de que sólo queda un partido democrático y español, que defiende la Nación y, por ende, la Constitución, y que ese partido es el que preside Mariano Rajoy Brey.

El único político que, dicho sea de paso, merece ocupar el Gobierno de la Nación, puesto que es el único que a la hora de la verdad la defiende y no está sólo negociando su instalación en el Poder.

Entre los demás partidos, los hay que se proclaman democráticos, pero no renuncian a respaldar proyectos totalitarios; y los hay que se llaman españoles, como el PSOE, pero que evidentemente no lo son. Al contrario, están dispuestos a liquidar la soberanía nacional como fuente legitimadora de la legalidad política, están dispuestos a liquidar la que desde las Cortes de Cádiz es la piedra angular de nuestras libertades: la Nación española. Es tan grave como temíamos. Es tan trágico como pudiéramos pensar.

Zapatero tiene esa idea amoral de la política que criticábamos ayer, de funámbulo entre el Bien y el Mal. Zapatero abrió ayer, por simple afán de Poder, un período constituyente con un discursitín de asamblea de Facultad propio de la democracia de la señorita Pepis. Zapatero comparó ayer la legalidad constitucional de España con la supuesta legalidad de la ONU, modelo al que quiere encaminarnos: países y tiranos con derecho a veto, corrupción y trapicheos a espaldas de los ciudadanos, que son súbditos silentes o convidados fiscales de piedra en esa ensaladilla rusa de dictaduras, demagogia y despotismo a granel.

Zapatero abdicó ayer claramente de sus obligaciones nacionales y constitucionales. Zapatero, en fin, se mostró como un peligro para España, acaso el más grave de todos. Frente a él, a la explotación del miedo, al cursi y melifluo sometimiento a los liberticidas, a la voladura controlada de España sólo quedó un partido, el PP, y un líder, Mariano Rajoy, que ayer estuvieron, sencillamente, a la altura de las circunstancias.Son tan dramáticas que no cabe elogio mayor.

Debate parlamentario
Rajoy, presidente de Gobierno
Agapito Maestre Libertad Digital 2 Febrero 2005

Día 1 de febrero de 2005. Día trágico para los españoles. Día de la humillación de España. Ayer hubo motivos sobrados para sentir vergüenza de unas elites políticas que nos conducen al abismo. Sólo hubo una excepción, Mariano Rajoy. Nada bueno traerá ese día para la democracia española. Ayer comenzó la fase final del desmembramiento de España. ZP pasará, sin duda alguna, a la historia trágica de España. Lo oído ayer en el Parlamento español es para preocuparse. El presidente de Gobierno ha permitido que la nación española sea humillada. Él mismo, su discurso delicuescente y destrabado, ha contribuido decisivamente, junto a todos los nacionalistas vascos y catalanes, a mancillar a la Constitución española.

ZP está entregado al nacionalismo antiespañol. ZP, de acuerdo con su jefe político, Maragall, ha montado un aquelarre antidemocrático, más propio de regímenes populistas que de una democracia avanzada. Ha querido institucionalizar un procedimiento de discusión de la reforma de Estatutos para hacer saltar la unidad nacional. Ayer fue el ensayo general del fin de la nación española. Gravísimo es que ZP haya permitido discutir una ilegalidad, basándose en una ampliación extraña e ilícita del derecho de Propuesta de los parlamentos autonómicos; pero son mucho más graves, casi una entrega al nacionalismo, las palabras de ZP en el Parlamento de la nación.

Su primera intervención no sólo fue un balón de oxígeno a los separatistas, sino sobre todo un NO a España, un desprecio a la existencia histórica y constitucional de España. A partir de ahí, todo el discurso de ZP fue vacío. Nada. ZP parecía un pobre funcionario de una nación que se va a pique. Era para llorar. Parecía que la suerte ya estaba jugada. La ciudadanía españolo ha sido humillada no tanto por demagogos, nacionalistas y terroristas como por su presidente de Gobierno.

Por fortuna, el discurso de Rajoy levantó el ánimo de los españoles. Su discurso fue brillante, contundente y real. Con los pies en la tierra, o sea con realismo, mostró que es una alternativa de Gobierno a quien ya no quiere detener el proceso de desintegración de España. ZP ha querido humillar a los ciudadanos españoles, y quizá lo haya conseguido, pero el discurso de Rajoy ha dejado claro, como si se tratara de un presidente de Gobierno, que ayer era el día de negar a los enemigos de la Nación. Rajoy ha justificado doctrinal, política, jurídica, histórica y sociológicamente su negativa al desmontaje del Estado de Derecho, que ha propiciado ZP con la discusión de un texto que es todo un asalto perverso y ventajista a la Nación. En segundo lugar, ha justificado su negativa a negociar con terroristas. Y, en tercer lugar, ha defendido el derecho de las víctimas, de los asesinados por ETA, a seguir siendo modelo de democracia para España.

El discurso de Rajoy fue de presidente de Gobierno. Debería estudiarse en las Facultades de Ciencias Políticas como modelo de democracia. El problema es que si esto sigue así, el discurso de Rajoy sólo será estudiado en las Facultades, pues, quizá, en las próximas elecciones ya no existirá España como Estado de Derecho. Día trágico, en cualquier caso, el de ayer. Excepto Rajoy, todos los parlamentarios que intervinieron ayer parecían de espaldas a sus ciudadanos. El resentimiento lo llenaba todo.

¿Quién es el presidente?
Ignacio Villa Libertad Digital 2 Febrero 2005

El debate parlamentario sobre el plan independentista de Ibarretxe ha dejado al descubierto una situación evidente para todos. Rodríguez Zapatero no ofrece la solidez obligatoria en un presidente del Gobierno, mientras que Mariano Rajoy ha tomado las riendas de hombre de Estado, imprescindible en una situación de crisis institucional como la que atravesamos.

Después de este larguísimo debate parlamentario, la pregunta salta inexorable: ¿quién es el presidente del Gobierno? Nadie pone en duda que Zapatero tiene el respaldo de los votos pero no tiene la consistencia necesaria. El discurso del presidente del Gobierno no es la intervención propia de alguien que debe de actuar como el primer guardián del orden constitucional. Zapatero con palabras florales, cantos al amor universal y deseos ambiguos de entendimiento se ha deslizado de forma muy peligrosa entre formas y maneras que esconden cesión y concesión.

Zapatero ha demostrado su incapacidad para decir un no sin doble fondo, su falta de carácter para actuar de forma clara y su irresponsabilidad ante los problemas de Estado. Zapatero ha dicho no al plan Ibarretxe en el Congreso, pero ha dejado la puerta abierta a la negociación. Algo que es absolutamente inaudito. Dejando en último lugar el terrorismo etarra y con un recuerdo mínimo hacía las víctimas, el Jefe del Ejecutivo ha ofrecido una imagen paupérrima a quién se le debe de exigir seguridad.

Quizá el ridículo de Zapatero ha sido más llamativo ante la impecable intervención de Mariano Rajoy. El líder del Partido Popular ha ofrecido la imagen que los españoles esperamos de un presidente del Gobierno, sea del partido que sea. Rajoy ha realizado posiblemente el discurso más importante de su carrera política. Sólido, claro, bien construido y consistente. Rajoy ha situado en un lugar prioritario a las víctimas, ha cantado las verdades del barquero a Ibarretxe y ha puesto en su sitio al terrorismo etarra. Rajoy ha subido el escalón definitivo de hombre de Estado.

El desarrollo de este debate parlamentario, en definitiva, ha confirmado que nunca se debería haber celebrado. Dejar hablar a Ibarretxe en el Congreso es un insulto a la soberanía popular. No hay ninguna razón para poner a prueba la salud de la democracia española metiendo al enemigo en casa. Esa actitud al final ha demostrado ser cobarde, y no hay que olvidar que su principal impulsor ha sido el propio Zapatero. No hay ninguna necesidad de invitar a nuestra casa a aquellos que nos insultan y que ponen en peligro la unidad nacional.
Y la realidad de los hechos lo han demostrado. Lo que ciertamente no estaba en el guión ha sido la triste imagen de Zapatero que nada tiene que ver con la de un presidente del Gobierno. Una nueva preocupación.

Rajoy hace de presidente y Zapatero de jefe del Estado

El Congreso rechazó el Plan Ibarretxe
Pablo Sebastián Estrella Digital  2 Febrero 2005

Como no podía ser de otra manera, el Congreso de los Diputados rechazó por 313 votos contra 29 y 2 abstenciones el llamado Plan Ibarretxe o proyecto de nuevo Estatuto vasco aprobado en el Parlamento de Vitoria el pasado 30 de diciembre. Una derrota en toda regla por más que el presidente Zapatero renunciando a la función del cargo que ostenta dijera que no había ni vencedores ni vencidos en un intento, ya veremos si inutil, por dejar abierta la puerta a una nueva negociación con el nacionalismo vasco. Pero en todo caso en un intento fallido ayer porque Ibarretxe no aceptó el ofrecimiento, insistió en convocar un referéndum y además le dio a Rajoy la oportunidad de convertirse en el amo del debate y dueño de la situación, advirtiéndole a Zapatero de los riesgos de su "afán arcangélico".

Hemos asistido ayer a una jornada histórica que conforta al conjunto de los españoles por la unidad de los grandes partidos nacionales frente a la aventura secesionista e irracional del lehendakari Ibarretxe, su Gobierno y su mayoría parlamentaria vasca, aquí incluida Batasuna. Ha sido, como lo destacaba el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, un debate que fortalece la democracia, fortalece la Constitución y las instituciones democráticas, a la vez que le dice a los hoy gobernantes del País Vasco que hay cambios posibles en su actual Estatuto de Gernika siempre que respeten el marco constitucional y que incluyan el consenso de la gran mayoría de la sociedad vasca.

Zapatero impuso este debate a un Partido Popular que se negaba al trámite aduciendo que lo que estaba en juego no era una reforma estatutaria, como lo reiteró ayer Ibarretxe en el Congreso de los Diputados, sino una reforma de la Constitución y un desafío a la legalidad. Es verdad que esto es así, pero lo legal no debía impedir lo valiente y lo procesal a la hora de dejar claro ante la opinión pública española, y la vasca de especial manera, que el proyecto Ibarretxe ha fracasado y no tiene posibilidad alguna de continuidad, por más que el lehendakari se esforzara ayer en pedir una comisión negociadora entre la Cámara de Vitoria y el Congreso de Madrid, incluso insinuando que estaban dispuestos a renunciar a algunas de las ambiciones soberanistas de su Plan. En el debate de ayer hemos visto a los líderes nacionales del PP y del PSOE en posiciones ajenas a su ubicación en el hemiciclo. Hemos visto a un presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que actuaba más como un jefe del Estado, como lo ha hecho el Rey en los pasados días, proponiendo una salida al callejón sin salida del Plan Ibarretxe (así lo definió Rajoy) para decirle al lehendakari que "si vivimos juntos, juntos debemos decidir". Ésta era la frase crucial del jefe del Gobierno que, empeñado en su talante, su afición al diálogo y sus buenos modales, añadía que con la votación de ayer "en democracia se cierra el debate pero no se resuelve", de la misma manera que admitió que era deseable que se abra el tiempo para un nuevo e histórico acuerdo, concluyendo que nadie debe entender el resultado de la votación como una victoria o como una derrota.

Una vez más Zapatero ha caminado sobre las aguas del lago Tiberiades, no sabemos si sobre las piedras o simplemente volando. Y lo ha hecho de puntillas, intentando no molestar a nadie, evitando toda agresividad (el Congreso tuvo un trato exquisito con el lehendakari, aunque Ibarretxe se quejó de un leve abucheo), y todo ello con dos objetivos: por un lado transmitir a los ciudadanos vascos que el PSOE está a caballo entre el PP y el PNV y que merece un buen resultado electoral en los comicios autonómicos vascos que muy pronto se van a convocar; y por otro lado, porque Zapatero está empeñado en marcar desde ahora el ritmo y el marco de entendimiento con el que será el nuevo Estatuto catalán e incluso, si se produjera el milagro, con un nuevo Estatuto vasco dentro del marco constitucional. Y todo ello lo envuelve el presidente en su discurso de bondades y parabienes diciendo en los pasillos de la Cámara que lo que ha ocurrido ayer en Madrid es un triunfo de la democracia y un salto cualitativo en favor de la convivencia ciudadana lejano de la crispación que se produjo tras la aprobación del Plan Ibarretxe el pasado 30 de diciembre. Zapatero ha querido estar de estadista pero quizá se olvidó de que también es el jefe del Gobierno y que muchos españoles esperaban más de él y de su discurso frente al monólogo de Ibarretxe y al proyecto de Estatuto que a todas luces es ilegal, inconstitucional e insolidario.

Zapatero cree que su papel está en sobrevolar las disputas y los enfrentamientos y dejó la crítica al Estatuto a la intervención de su compañero de partido Alfredo Pérez Rubalcaba, que sí realizó la disección de la anormalidad constitucional del Plan Ibarretxe diciendo de él que nos lleva a la ruptura del Estado autonómico, pretende reformar la Constitución y crear más problemas en vez de resolverlos.

Quien en realidad actuó como jefe de Gobierno fue Mariano Rajoy. Su discurso no tuvo desperdicio, trituró la presunta legalidad o constitucionalidad del Plan Ibarretxe y le recordó al lehendakari algo de lo que ya había hablado Zapatero, como que la ley se cumplirá y que la soberanía nacional reside en el pueblo español y en las Cortes Generales y no en el pueblo vasco y en el Parlamento de Vitoria. Rajoy fue claro, conciso y contundente y especialmente en la réplica le pregunto personalmente a Ibarretxe que quién era él para suplantar la soberanía nacional, inventar una comunidad vasca independiente, violentar la ley, no respetar la Constitución y querer imponer un diálogo imposible en esas circunstancias.

Y le dijo Rajoy a Ibarretxe: "Usted se ha creído que representa a la Ley, y usted no es la Ley". Y le conminó a retirar el Plan, a respetar la Ley, la Constitución y el Estatuto de Gernika y a abandonar los dogmas y las amenazas, así como a ayudar al PSOE, al PP y al Gobierno de la nación a luchar contra ETA. Una ETA a la que ya había aludido en su discurso el propio Rajoy recordando el Pacto de Estella y el apoyo dado al Plan Ibarretxe en la votación de Vitoria, así como recordó a las víctimas del terrorismo vasco, cuya muerte no puede ser inútil, como dijo Rajoy, si llegara el caso de que se aprobara semejante Estatuto. El líder del PP esta vez ha estado muy por encima de las expectativas, y ello se debió a un cierto absentismo de Zapatero a la hora de darle al lehendakari la respuesta del Gobierno en nombre del conjunto de los ciudadanos españoles a los que institucionalmente Zapatero representa.

Zapatero no ocupó su sitio, quizá porque no acaba de convencerse de su responsabilidad directa en ese cargo, y sí lo ocupó Rajoy, recordando que él estaba destinado para ese cargo si no hubiera ocurrido lo que paso el 14 de marzo en las elecciones generales.

Ibarretxe, en sus trece
Por lo demás no hubo sorpresas, porque los nacionalistas apoyaron a Ibarretxe y porque el lehendakari repitió en el debate lo que viene diciendo a diario en los medios de comunicación, insistiendo además en que convocará un referéndum si en Madrid no le hacen caso, como no le han hecho, y afirmando, como afirmó, que "Euskadi no es una parte subordinada del Estado español". Para decirle finalmente a Zapatero y a su oferta de una nueva etapa de diálogo que ésta no se puede iniciar si previamente no hay una negociación de su Estatuto, respondiéndole también al presidente del Gobierno y a su frase mágica del día de ayer en la que se dice eso de "si vivimos juntos, juntos debemos decidir" con la siguiente réplica: "Nosotros tenemos que poder decidir si queremos vivir juntos", insistiendo con ello Ibarretxe en su pasión por la ruptura, por el divorcio, por la independencia de Euskadi y, en definitiva, por su famoso Plan, que ayer naufragó y fue derrotado aunque un Zapatero angelical diga que no hay vencedores ni vencidos. Algo que el resultado de la votación desmintió de manera contundente y afortunadamente en defensa de la legalidad.

TERRORISMO BUENO, TERRORISMO MALO
Por Antonio BURGOS ABC  2 Febrero 2005

AUNQUE estemos en vísperas de Carnaval no me tomo a broma asunto tan serio si digo que al terrorismo y a sus víctimas les ha pasado como al colesterol. Colesterol, antes, como la madre en la copla de Pepe Pinto, no había más que uno, y a ti, lípido, y a ti, triglicérido, te encontré en la calle. Ya hay dos colesteroles: el colesterol bueno y el colesterol malo. Hay un colesterol bueno que se come los gusarapis de la sangre, y un colesterol malo, malísimo, con ideas perversas, que te mete sanmolomtropos verdes en el cuerpo.

En materia de víctimas del terrorismo, las antiguas han pasado al papel de colesterol malo y las recién asociadas, al de colesterol bueno. A la Asociación de Víctimas del Terrorismo se la considera como el colesterol malo. Son las víctimas fachas. Es como si hubieran vuelto a enterrar a aquellos militares, policías y guardias civiles que morían asesinados en las Vascongadas cuando los políticos aún no eran objetivo de la ETA y que volvían a sus pueblos de Galicia, de Extremadura, de Andalucía en una caja de pino, ante el silencio de una sociedad que miraba para otro lado. Es como si hubieran vuelto a asesinar a Gregorio Ordóñez, a Alberto Jiménez Becerril. Ahora les quieren dar el tiro en la nuca de la memoria. Y a quienes aún sufren el dolor de aquellos asesinatos, los que mantienen la dignidad de su memoria, los descalifican. A la AVT le han hecho la ITV de la demagogia dominante y la presentan como una colección de fachas.

Y frente a este colesterol malo, nos presentan el colesterol bueno: la asociación de víctimas del 11-M, con su luto de diseño sindical. Son los democráticos, los progresistas. Han nombrado presidenta a Pilar Manjón. Mejor podían haberle dado un Goya de interpretación, por su actuación estelar ante la comisión investigadora del 11-M, cuando sufrimos todos el dolor de la presunta Madre Coraje antes que la conociéramos de verdad y empezara a darnos tanto coraje esa madre.

Esta clasificación de las víctimas en buenos y malos de la película de la sangre, permite, a su vez, la calificación moral de los terrorismos.

-¿Pero tienen moral quienes tal hacen?

Indicios, dirían el análisis, si se lo hiciéramos. Desde el impresionante aparato de propaganda (y demagogia) del poder e islas mediáticas adyacentes, han conseguido trasmitir dos ideas:

1.- Hay un terrorismo malo, que es el islamista.

2.- Hay un terrorismo bueno, que es el de la ETA.

El terrorismo malo tuvo de bueno que gracias a la indignante manipulación de sus atentados y sus víctimas les permitió cínicamente tomar en Atocha el metro que les llevó a Moncloa. Conviene insistir que es el malo para que la ETA pueda ser encasillada en el conveniente papel de terrorismo bueno. Unas víctimas son más víctimas que otras, a la vista está. No es lo mismo morir a manos del terrorismo malo en un tren de Atocha que de un tiro en la nuca del terrorismo bueno en Rentería.

La obra la han escenificado de bien que ni el proceso de beatificación de Javier Bardem y de la eutanasia en los premios Goya. La bomba de la ETA en el hotel de Denia ocupaba el otro día el mismo espacio informativo que el asesinato de un guardia civil en Vascongadas a la altura de 1980 y de la alternativa KAS. Hablando de bomba, han desactivado el unánime cerco social, legal, judicial, político, constitucional a la ETA, logrado con tanta sangre. Iba yo a decir algo sobre un tío que usurpando el nombre de todo un pueblo habló ayer tarde en Madrid con sus pies chapoteando en sangre derramada por los terroristas «buenos», pero vamos a dejarlo porque creo que el Congreso estaba ya de Carnaval.

"Maragallizar" el Plan Ibarretxe
EDITORIAL Libertad Digital 2 Febrero 2005

Varias cosas han vuelto a quedar claras, tras la sesión parlamentaria en la que la inmensa mayoría de los representantes de la soberanía nacional ha rechazado el plan separatista de Ibarretxe. Una, el formidable e histórico discurso pronunciado por Rajoy, quien, espoleado por la memoria de las víctimas de ETA, ha sabido representar, además, a la inmensa mayoría de los españoles que están hartos de que se intente contentar a quienes sólo pretenden acabar con la nación española.

Otro dato que, por conocido no debe dejar de subrayarse, es el absoluto desprecio que Ibarretxe ha vuelto a dedicar al Parlamento al afirmar que, “se vote lo que se vote”, él piensa seguir adelante celebrando su referéndum soberanista.

El dato más preocupante, sin embargo, es la actitud manifestada por Zapatero. Aunque, como presidente de gobierno, debería haber sido quien con más contundencia y firmeza rechazara los ilegales y secesionistas planes del nacionalismo vasco, la preocupación de Zapatero ha parecido más encaminada a dejar claro a sus socios independentistas catalanes, de que su “no” a Ibarretxe no es más que una “coincidencia” con los populares que no va a suponer una defensa común de los valores constitucionales.

Para empezar, Zapatero ha querido justificar su “no” al Plan Ibarretxe con la guerra de Irak, cuando, si alguna relación tienen ambos asuntos es que la precipitada retirada de tropas ordenada por ZP satisfizo a los terroristas islámicos tanto como satisfacen ahora a ETA los proyectos secesionistas del lehendakari.

Zapatero, además, lejos de llevar a cabo una innegociable negativa a los proyectos secesionistas, ha abierto una puerta a la negociación con los independentistas vascos para que opten por la vía con la que socialistas e independentistas catalanes tratan de dejar atrás su Estatuto de autonomía y la Constitución española.

Tras afirmar que “la votación en democracia cierra el debate pero no lo resuelve, solo lo resuelve el acuerdo”, Zapatero ha pedido a Ibarretxe que “no entienda la votación como una derrota”, invitándole, de paso, a participar en la elaboración “de un nuevo comienzo para Euskadi y el resto de España”.

La propuesta de “maragallizar” el plan Ibarretxe ya se podía intuir de las más de cuatro horas de reunión que Zapatero le brindó al lehendakari en su reciente visita a Moncloa, por no hablar de cómo se han desmarcado del PP los propios socialistas vascos con el plan de Patxi López.

En cualquier caso, conviene recordar que este mismo fin de semana el propio Maragall ha vuelto a defender su plan para acabar con el pilar nacional que sostiene la Constitución española, advirtiendo, una vez más, que él también estaría dispuesto a convocar un referéndum por su cuenta si las Cortes Españolas no respaldaran la reforma estatutaria que se consensuara en el parlamento catalán.

Esta es la hora en que Zapatero no ha hecho la menor rectificación pública a su compañero de partido. No cabe sorprenderse, pues, de que ante este presidente de gobierno, Ibarretxe no sienta ni siquiera la necesidad de bajar el ritmo con el que se quiere acabar con una legalidad que todavía se fundamenta en “la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”.

Debate parlamentario
Lo sustancial
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 2 Febrero 2005

Ni en una encrucijada nacional como esta ha podido Rodríguez vencer la tentación de rescatar el leitmotiv de la guerra de Irak, martillo de peperos con el que ya sólo se golpea a sí mismo y a los intereses de España. Hasta cuando se alinean PSOE y PP por razones de estado, aprovecha el primero para avivar el odio. ¿Qué tendrá que ver el planete antidemocrático con la democracia planetaria? Nada, pero aprovechando que hay cámaras, ¡no a la guerra!

Yendo a lo serio, Rajoy, consciente de lo que hay en juego, ha recordado a propios y extraños por qué Aznar le escogió a él y no a otro, por qué lidera la España liberal-conservadora. Era fácil perderse en el hueco rechazo institucional, transitar a la sombra de lo que acepta la mayoría parlamentaria. Era casi inevitable rezagarse en cuestiones procedimentales, pues el plan está diseñado precisamente para provocar ese tipo de debates envolviendo la sedición en el celofán de la voluntad de los vascos y las vascas. Rajoy ha sorteado la trampa dedicando al procedimiento apenas unas frases que contienen lo que ha de ocupar a tribunales y consejos varios, pero no a él, no hoy, no allí.

Ha negado que “los españoles” estén rechazando lo que “los vascos” demandan, trampa mayor del plan. Ha recordado dónde reside la soberanía y hasta dónde alcanzan las atribuciones de un parlamento autonómico. Pero, por encima de todo, se ha referido a las víctimas, a las razones por las que las asesinaron, y ha propugnado “la liberación” de una sociedad “secuestrada por los violentos”. Ha nombrado a las víctimas para ponerle cara, dotar de realidad, de gesta y de dolor, a estas frases que retumbarán en los oídos de los nacionalistas: “Vienen a decirnos que todos han muerto en balde (...), que tenían razón sus asesinos fanáticos (...) ¿Eso es lo que quieren decirnos? (...) No han muerto en vano y no vamos a traicionar su memoria (...) ¡Los han matado porque estorbaban las mismas pretensiones que este programa recoge!” El mejor Rajoy.

En efecto, detrás de cada discusión sobre la elasticidad o rigidez de las normas, distorsionando obscenamente cualquier debate sobre las formas de organización territorial, afantasmando los fríos informes sobre distribución de competencias, gestión financiera o especificidades históricas, late el crimen monstruoso, los centenares de crímenes, el miedo paralizante, la amenaza permanente. Porque en el País Vasco, como ha dicho Rajoy, “no habrá libertad ni paz mientras exista ETA”. Y cuando deje de existir “no habrá que poner precio a la paz”, que es exactamente lo que ha ido a hacer el lehendakari al Congreso de los Diputados. Eso es lo sustancial; los vascos del partido de Rodríguez lo saben también, y secretamente habrán aplaudido al líder del PP.
 
EL MOVIMIENTO NACIONAL
Por Fernando FERNÁNDEZ ABC 2 Febrero 2005

PENSABA ahorrarles el trago de hablarles del plan Ibarreche, pero después de visto el debate y leído el documento no me puedo resistir, aunque no me gane muchos amigos con esta columna. Siempre he pensado que el PNV se parecía últimamente al Movimiento Nacional; que su proceso de construcción nacional era similar al que intentó el Estado Nuevo después de la Guerra Civil; y que su estigmatización como malos vascos de los que se oponen a sus designios euskaldunizantes es exactamente lo mismo que hacía Franco con los opositores al régimen. Después de ver al lendakari no me queda ninguna duda, porque sólo le faltó referirse al contubernio de Múnich para describir la coincidencia de voto entre el presidente Zapatero y Rajoy. Es cierto que el PNV tiene un componente democristiano indudablemente democrático y que ha sido activo participante del movimiento europeísta en la segunda mitad del siglo pasado. Pero también que siempre ha tenido un componente etnicista excluyente que rechazaba la modernidad y el liberalismo como inventos foráneos. Por eso había que reconstruir la sagrada patria vasca.

Ayer, lamentablemente, se habló muy poco del contenido del Nuevo Estatuto Político para el País Vasco y mucho de soberanía. Digo lamentablemente, porque su lectura es muy ilustrativa de esa similitud de la que les hablo. Como este periódico tiene mejores constitucionalistas que yo, me voy a limitar a glosar algunos aspectos de la regulación de la política económica que son claramente herederos de una visión no sólo proteccionista, sino claramente estatista de la economía, afortunadamente ya superada en casi todo el mundo que prospera. No diré tanto como que se inspira en la época de la autarquía, pero sin duda alguna añora aquella otra de los Planes de Desarrollo que perseguían movilizar a todas las fuerzas productivas en el interés común. Un interés común que era luego convenientemente definido por las autoridades del régimen en beneficio, primero de su continuidad y luego, si hacía al caso, del bienestar de los españoles. Una doctrina económica que se engalanaba anualmente en la Feria del Campo y en las demostraciones de la Organización Sindical con motivo del Primero de Mayo. La misma ideología que subyace a las acusaciones de pusilánimes y egoístas dirigidas a los empresarios vascos que se oponen al plan. Quizás sea por ese pensamiento intervencionista que el señor Madrazo se encuentra cómodo apoyando este Estatuto.

No crean que exagero. Lean el documento. El Gobierno vasco se arroga el control en exclusiva del régimen minero y energético, incluyendo las instalaciones de generación de energía, de la política industrial, y de telecomunicaciones, de los colegios profesionales, las instituciones de crédito, las cajas de ahorro y las bolsas de comercio. Competencias que como saben ustedes no tiene ni siquiera el Gobierno español porque están transferidas o compartidas con Bruselas. Pero no deberíamos sorprendernos, porque ya hoy el Gobierno vasco es el principal empleador de la Comunidad a través de la proliferación de empresas públicas. Y una de las comunidades pioneras en la utilización de restricciones técnicas, que se venden como conciencia ambiental, para proteger a sus protectores a costa de la unidad del mercado nacional.

Respuesta democrática
Opinión El País  2 Febrero 2005

El 'lehendakari' Ibarretxe sufrió ayer una clara derrota política. Su plan fue rechazado y devuelto al Parlamento de Vitoria por el voto de una mayoría amplísima de los diputados, incluida la mayoría de los representantes vascos en el Congreso. El recurso al victimismo no sirvió en esta ocasión, y tampoco la amenaza de que si no se aprobaba la propuesta sería sometida a referéndum. Esa derrota marca el terreno en el que deberán plantear sus reformas estatutarias las formaciones nacionalistas que ayer respaldaron el plan del lehendakari sin considerar sus contenidos, no sólo inconstitucionales, sino incompatibles con las reglas de juego democráticas.

De momento, el plan Ibarretxe es la prueba del acierto de las previsiones constitucionales sobre la reforma de los Estatutos de autonomía, que hace imprescindible su aprobación por las Cortes. Esa intervención es una garantía frente a eventuales extralimitaciones, como es el caso, por parte de una asamblea autonómica, y también frente a disparates incompatibles con la lógica del sistema autonómico. El Congreso devolvió ayer la propuesta al Parlamento vasco, sin cerrar la puerta a otra posible reforma, siempre que venga avalada por lo que esta vez ha faltado: la voluntad integradora, que es lo contrario a la imposición de una parte.

El presidente del Gobierno y el líder del primer partido de la oposición explicaron con razones complementarias el motivo de su rechazo. Fueron razones jurídicas, pero también democráticas.

La defensa de la unidad de España, vino a decir Zapatero, es la defensa de la igualdad de los ciudadanos ante la ley. Son los derechos de los ciudadanos vascos no nacionalistas los que pone en peligro el plan al vaciar de competencias al Estado y limitar así la protección que las instituciones comunes garantizan frente a posibles abusos, argumentó Rajoy. La distinción que la propuesta de Ibarretxe establece entre ciudadanía y nacionalidad es una puerta hacia la limitación de derechos políticos, algo que en su día teorizó Arzalluz y que figura en el proyecto de estatuto elaborado por Eusko Alkartasuna, uno de los socios del Gobierno tripartito que preside Ibarretxe.

La petición de diálogo por parte del lehendakari choca espectacularmente con su propia incapacidad para integrar o siquiera intentar refutar los argumentos de los que durante cuatro años han discutido los suyos. Volvió a tópicos como el de los 200 años de conflicto con España o a silogismos como el de que su plan era consecuencia del incumplimiento por el Estado del Estatuto de Gernika. Afirmación incompatible con el hecho de que el 90% de lo recaudado en Euskadi se queda en la comunidad vasca, y con su opinión de que todo ha ido estupendamente gracias al Estatuto de Gernika. Argumento que también fue esgrimido por la diputada de Eusko Alkartasuna. La insistencia en reclamar el derecho a decidir sugiere que los vascos no llevan casi treinta años votando libremente (sobre todo los no amenazados por ETA) y decidiendo sobre aquello sobre lo que pueden decidir, de acuerdo con el reparto competencial propio de cualquier sistema federal.

Ibarretxe ha llevado las cosas a un punto que un político responsable hubiera tratado de evitar: un planteamiento del problema vasco en términos de enfrentamiento entre dos legitimidades (o dos soberanías), representadas por el Parlamento vasco y el Parlamento español. En esos términos el acuerdo es imposible, y por eso Ibarretxe debió retirar su plan cuando comprobó, hace tiempo, que no sería capaz de sumar apoyos de las fuerzas representativas de la mitad no nacionalista de la población vasca, y que sólo podría alcanzar la mayoría absoluta parlamentaria con el respaldo de Batasuna, con cuyo voto se había comprometido a no contar mientras no se distanciara de ETA. En esa situación era inevitable el rechazo por las Cortes y, por tanto, el choque indeseable, por irresoluble, entre legitimidades. Unas Cortes que constituyen uno de los ámbitos de decisión de los vascos, para determinadas cuestiones, y en las que durante las tres últimas legislaturas, y con independencia de que se presentase o no Batasuna, ha habido más parlamentarios vascos de partidos no nacionalistas (11) que de formaciones nacionalistas (8).

Haber aceptado el texto como base para su negociación artículo por artículo, como pretendía Ibarretxe, habría sido legitimar el procedimiento seguido para su elaboración, determinante a su vez de un contenido que nunca podrán aceptar los no nacionalistas. Por eso tenía que ser devuelto; no para evitar la posibilidad de mejorar el Estatuto, sino para dar al Parlamento vasco la posibilidad de elaborar una reforma que contribuya a superar la división entre nacionalistas y no nacionalistas. Sólo así podrá obtener el respaldo de las Cortes.

LA MANO TENDIDA QUE ESCONDE EL PUÑAL
LUIS IGNACIO PARADA ABC 2 Febrero 2005

IBARRETXE repitió ayer que venía a Madrid con la mano tendida para abrir un proceso negociador. Pero añadió inmediatamente que no se puede dar un no por respuesta sin admitir negociación previa. ¡Claro que se puede! Porque cuando uno no quiere dos no negocian, sobre todo si uno de ellos llama negociación a una exigencia bajo amenaza. Debería saber que el saludo con el brazo derecho extendido perpendicularmente al cuerpo y la mano tendida era el usado por los oficiales de caballería romana, destinado a demostrar que el que saludaba no ocultaba armas. El otro era el de la infantería, que todos los ejércitos del mundo emplean todavía con ligeras variantes. ¿Pretende el lendakari que 22 millones de españoles se pongan firmes y saluden llevándose la mano a la sien en señal de acatamiento a sus órdenes?

Rodríguez Zapatero contestó muy bien a Ibarretxe al decir que, como demócrata y como presidente de todos, se oponía a una propuesta que no es de todos. Pero estuvo más eficaz Mariano Rajoy cuando preguntó qué ocurriría con el 50 por ciento de los vascos no nacionalistas si se aprobara el plan. En ese marco naufragaron los inocentes discursos de los representantes del PNV y ERC. Y el oportunismo de Durán-Lleida merece entrar en la antología del disparate. Porque el dirigente de CiU olvidó que el asunto que se debatía era el rechazo o la toma en consideración del plan Ibarretxe, y que debía razonar el posicionamiento de su partido y no dedicarse a exhibir sus dotes parlamentarias en un mitin sobre las exigencias del nacionalismo catalán, algo inhábil en la situación parlamentaria de su partido. Para colmo terminó diciendo «no agotemos las posibilidades de acuerdo» cuando se supone que lo que quería decir es que debemos agotar las posibilidades de acuerdo o que no debemos darlas ya por agotadas. Con todo respeto, a algunas señorías habría que saludarlas haciéndoles la higa.

Zapatero no tiene gato
Por Martín Prieto El Mundo 2 Febrero 2005

En 1934 el president de la Generalitat, Lluís Companys, salió a un balcón de Barcelona, y proclamó «la República Catalana» que sería solidaria con el resto de España. Naturalmente fue acusado de sedición y puesto preso en un buque-prisión surto en el puerto de la Ciudad Condal. El llamado «Bienio Negro» actuó en defensa de la legalidad republicana por más que las izquierdas tildaran de fascista a José María Robles.

Durante la lucha por los derechos civiles en EEUU, el gobernador de Alabama, George Wallace, un segregacionista furioso pero a la postre electo, impidió personalmente el ingreso de un ciudadano negro a su universidad, flanqueado por tropas. Robert Kennedy le acusó de violar leyes federales y su hermano, el presidente JFK, intervino la Guardia Nacional de Alabama para cumplir las leyes presidenciales, como así fue.

Ibarretxe no tiene carriles para cambiar el Estatuto de Gernika agujereando nuestra Constitución más que la bandera de Nápoles, así que no se entiende su aparición de ayer en carne mortal en el Congreso, a menos que cuente con el espeso complejo de inferioridad de esta democracia que nos rige y en particular de sus izquierdas.No tiene votos ni escaños y tampoco el menor apoyo europeo, y sólo un hipotético y dudoso cambio constitucional podría hacerle llegar hasta donde pretende.

¿Por qué un proyecto que hace aguas políticas e institucionales mayores y menores no ha pasado la criba del Tribunal Constitucional para evitar el trago de ayer, o es que vamos a tener que discutir en las Cortes un proyecto autonómico sobre la reimplantación de la pena de muerte?

Lo que me temo es que lo «políticamente correcto» alcance también a esta novedad donde las minorías imperen sobre las mayorías, siendo paradigmático, precisamente, el caso vasco donde el censo, prácticamente se divide por gala en dos, entre separatistas y unitarios.

El llamado plan Ibarretxe generaría el vasco-B, de segunda división, o ni siquiera llegaría a eso. Maquetos en su tierra. La osadía del lehendakari ya la conocemos; pero del gato encerrado de ZP, muy poco. Se supone que quiere ir dando satisfacciones a Ibarretxe hasta que llegue el plan Maragall que tendremos que aceptar como un «¡trágala!» por ser el menos endemoniado de todos.

La verdad es que no creo ni que ZP tenga gato, y todo lo está fiando a que los nacionalistas se enfríen en las próximas elecciones vascas. No se sabe a qué ha venido este hombre a Madrid pese a sus blandas palabras. Ibarretxe ya puede irse buscando un balcón en Vitoria; como Companys.

DE ENTRADA NO, PERO...
Editorial ABC 2 Febrero 2005

OBLIGADO por una decisión legalmente discutible a debatir y votar la propuesta soberanista remitida por el Parlamento vasco, el Pleno del Congreso de los Diputados no fue finalmente un mero trámite para la repetición de discursos ya expuestos y ratificados, sino la ocasión que permitió dibujar algo más que el rechazo al plan Ibarretxe. También hubo una definición de criterios políticos de fondo sobre la solidez del sistema constitucional, el futuro del modelo territorial y las disposiciones de los grupos parlamentarios sobre la agenda de esta legislatura, todo ello con la mirada puesta en las próximas elecciones vascas, referencia obligada para las distintas estrategias de partido.

El plan Ibarretxe llegó previamente descartado, como no podía ser de otra manera, y tan carente de interés como el discurso del lendakari Ibarretxe, pregonero otra vez, como siempre que viaja a Madrid, del conflicto histórico -casi doscientos años, se atrevió a señalar- que enfrenta a Euskadi con España, según el imaginario nacionalista. Obviamente, Ibarretxe -al que el turno de réplica le sirvió básicamente para sacar a pasear su secular victimismo y arremeter contra el PP- no trató de convencer a los diputados de la pertinencia de tomar en consideración su propuesta, sino de prevenir y galvanizar al electorado nacionalista, destinatario de la precampaña electoral que el Gobierno vasco y el PNV iniciaron el pasado 30 de diciembre, cuando el Parlamento de Vitoria aprobó, con el apoyo de Batasuna y de ETA, la propuesta de libre asociación de Euskadi a España.

La mano tendida de Zapatero
El debate encubierto era el protagonizado por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el líder del PP, Mariano Rajoy, no porque discreparan acerca de la respuesta al nacionalismo vasco, sino porque al hilo del plan del lendakari iban a salir a relucir principios y conceptos claramente vinculados al modelo territorial y a las reformas estatutarias. En definitiva, a la continuidad constitucional de España. Por tanto, sus discursos iban a encarar, por elevación, el día después al rechazo al plan Ibarretxe. El presidente del Gobierno fue inequívoco a la hora de expresar la oposición del Ejecutivo a la propuesta soberanista de libre asociación, como también lo fue el portavoz del Grupo Socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba. No cabía esperar otra cosa y ni uno ni otro se salieron de sus compromisos previamente anunciados, pero tampoco dejaron pasar la coyuntura para deslizar mensajes que indican que, si bien el plan Ibarretxe acabó ayer su trámite parlamentario, queda sobre la mesa la disposición socialista a negociar una reforma estatutaria distinta. Zapatero, fiel a su estilo y a su visión seráfica de la contienda política, construyó un discurso en el que derrochó talante, pero en el que se echaron en falta referencias más nítidas a ETA y a las víctimas del terrorismo.

La rendición del Estatuto
El Gobierno renunció a colmar una respuesta a largo plazo, estratégica y de fondo para abordar el verdadero problema que representa el nacionalismo vasco, que no es el plan Ibarretxe, sino su deslealtad enfermiza hacia la Constitución y el Estatuto. El presidente del Gobierno tomó prestadas del lendakari expresiones realmente intercambiables, porque cuando afirmó que «juntos debemos decidir» o le invitó a abrir «el tiempo de un acuerdo definitivo», Rodríguez Zapatero estaba descartando, en efecto, el plan Ibarretxe, pero también la ratificación del Estatuto de Guernica. Y no es poca cosa para el nacionalismo tener la certeza de que, sin contrapartida alguna y con ETA en activo, el Gobierno de la Nación ya ha roto el perímetro de seguridad colectiva que representaba la intangibilidad del Estatuto vasco. La suavidad retórica empleada por Rodríguez Zapatero al abordar la crítica a la propuesta soberanista de libre asociación, unida al desplazamiento del socialismo vasco hacia áreas de influencia ideológica del nacionalismo, auguran un nuevo tiempo en la relación con el PNV, también insinuado por el lendakari cuando defendió «el derecho a decidir y la obligación de pactar».

EL presidente del Gobierno no engañó cuando dijo que a partir del Pleno de ayer comenzaría un nuevo tiempo. Por ahora sólo ha empezado el desplazamiento del PSOE a posiciones transaccionales para mitigar las propuestas soberanistas de los nacionalismos más radicales, sin que sea un factor de certidumbre la apelación, tácita o explícita, a una «vía catalana» de la que sólo se está conociendo el procedimiento, pero todavía no el resultado.

Rajoy: discurso de Estado
Por eso, hizo Mariano Rajoy el discurso que pronunció, cuajando una intervención parlamentaria de hondo calado, sintetizando la respuesta del PP al plan Ibarretxe, por supuesto, pero incluyendo además una serie de argumentos bien estructurados y precisos sobre el sentido constitucional del primer partido de la oposición, todo ello bajo una consideración fundamental: que el problema del País Vasco no es el Estatuto de Guernica, sino la falta de libertad. Rajoy no regaló a sus adversarios políticos el discurso previsible de la derecha crispada, sino una exposición templada, irónica y solvente sobre las razones por las que no es admisible el plan del lendakari, y tampoco ningún otro proyecto de reforma del actual marco constitucional que venga disfrazado de reforma estatutaria. En buena medida, el discurso de Rajoy fue el propio de un representante del Gobierno de la Nación y no tanto de la oposición, porque de sus palabras no trascendía posición partidista ni ideológica concreta, sino una afección incondicional con la Constitución, la Ley y las instituciones democráticas.

La Esquerra crispante
Es evidente que la trayectoria del PSOE y del Gobierno de Rodríguez Zapatero marca como destino un entendimiento estable con los nacionalistas antes que con el PP. Coincidencias con los populares como la de ayer en el Congreso incomodan a los socialistas, sobre todo porque ponen de manifiesto la repelencia inadmisible de sus socios de Esquerra Republicana hacia el orden constitucional. Algo tuvo que conmoverse en el interior de Rodríguez Zapatero cuando oyó el discurso del portavoz de los independentistas catalanes, Joan Puigcercós, quien, haciendo abstracción de su condición minoritaria, fijó como objetivo de esta legislatura la segunda transición que habrá de llevar a un Estado federal y plurinacional.

EN otras condiciones, el discurso de Puigcercós sería el exabrupto de un partido radical y minoritario, pero es el PSOE el que, teniendo otras opciones de coalición y apoyos parlamentarios, ha elevado a Esquerra a la condición de pivote de su estabilidad política, lo que, por desgracia, confiere a las palabras de Puigcercós una trascendencia ineludible. Puigcercós no dijo lo mismo que Rodríguez Zapatero, ni siquiera sus mensajes fueron complementarios y esta contradicción no es un problema para un partido independentista -de esos que siguen agitando el espantajo de Madrid como causa de todos los males-, sino para el partido nacional que lo ha elegido como socio. Por lo que respecta a las demás intervenciones, nada nuevo en el discurso de Llamazares, trufado de los tópicos al uso, y voluntaristas palabras las de un Durán Lleida que cuajó una intervención bien estructurada en la que recurrió a la equidistancia como fórmula.

Visiones de España
Fue la defensa encendida del Estatuto de Guernica el aviso más explícito de Mariano Rajoy tanto al PNV como al PSOE: el actual Estatuto es el mejor para el País Vasco, sentenció el presidente del PP, con la seguridad de saber que así golpeaba la estrategia común del frente nacionalista, que va del PNV a ETA, y comprometía el tacticismo del socialismo vasco. Zapatero sabrá si, fuera del País Vasco, su discurso de ayer habrá conectado con el sentir de la mayoría de los votantes socialistas en el resto de España. Lo que no admite duda es que el contenido de las palabras de Mariano Rajoy respondió a lo que sus votantes demandan del líder del principal partido de la oposición.

La retirada de Madrid
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 2 Febrero 2005

LLEGÓ, vio y perdió. Sí; Ibarretxe culminó ayer, según lo previsto por él desde hace muchos meses, un desafío que sólo podía acabar donde ha acabado: en una derrota estrepitosa. Una derrota que coloca al nacionalismo vasco ante la segunda etapa de su camino hacia la abierta confrontación con el Estado.

A eso fue, de hecho, ayer el lendakari al Parlamento: a repetir los argumentos necesarios para que la inmensa mayoría del Congreso le dijera lo que estaba ya escrito en su guión. Tan es así, que Ibarretxe no intentó siquiera una intervención en apoyo de su texto, sino sólo en defensa de la estrategia nacionalista que seguirá desde hoy mismo a su rechazo. Sus ideas esenciales pueden resumirse en una frase: nadie privará al pueblo vasco, que existe desde la noche de los tiempos, de su derecho a decidir: «Hemos iniciado un camino que no tiene vuelta atrás y que acabará en una consulta a la sociedad vasca», dijo el lendakari cerrando su discurso.

Es esta constatación la que hizo que la intervención del presidente del Gobierno -breve, pero trabada con notable solidez- supiera a poco. Zapatero, muy pendiente de los votos de sus compañeros en Euskadi, expuso claramente las razones para el no: «Si vivimos juntos, juntos debemos decidir», comenzó. Después justificó con suma precisión las razones jurídicas y políticas por las que rechazar el proyecto de Ibarretxe es la única salida para quienes creen que España y su Constitución no son cosa del pasado. Pero, cerrada la faena con su suavidad habitual, no quiso el presidente contestar con la rotundidad que merecía la ocasión a la auténtica carga de profundidad que escondían las palabras de Ibarretxe.

Rajoy, que vio el hueco de inmediato, colocó un discurso en el que, por decirlo con brevedad, no dejó títere con cabeza. Sí, literalmente: pensando mucho más en el conjunto de sus electores en España que en los votantes vascos del PP, Rajoy desmontó con una eficacia dialéctica que sólo le negarán hoy sus más encarnizados adversarios, todos y cada uno de los mitos, de las medias verdades y de las grandes mentiras en las que el PNV pretende amparar su derecho a institucionalizar la ruptura de la sociedad vasca en dos mitades: «Nos traen el certificado de defunción de nuestra convivencia y pretenden que pactemos el entierro», dijo Rajoy, en una intervención que, por momentos, pudo parecer exagerada.

Pero, no: pues de inmediato tomaron la palabra los portavoces de CiU y de ERC, que dejaron bien claro, por si hiciera alguna falta -que no hace- que la retirada del PNV, tras su derrota de ayer en el Congreso, no será sino la que precede a la ofensiva final que entre todos nos tienen preparada.

EL DÍA DESPUÉS
Por BENIGNO PENDÁS Profesor de Historia de las Ideas Políticas ABC  2 Febrero 2005

GANA, por ahora, la España constitucional. Monólogos yuxtapuestos en el Congreso. Ibarretxe y el nacionalismo rancio: retórica historicista en beneficio de intereses muy concretos. Zapatero y el socialismo postmoderno: pensamiento débil más defensa compulsiva del poder. Rajoy, desde el centro-derecha: convicciones fuertes, estrategia arriesgada. En la calle, una pregunta: ¿qué nos pasa a los españoles? Yo no estoy de acuerdo, pero cada día hay más gente que opina que esto va a acabar mal. ¿Cómo? Nadie lo sabe, pero mal. Excesivos como siempre, jugamos con fuego real, mientras nuestros vecinos europeos disparan con balas de fogueo: dicen ser antiamericanos y multiculturalistas, pero vuelven al sentido común en cuanto la cosa se pone seria. ¿Cuál es la diferencia? Se llama nacionalismo. Nos han acostumbrado a enfocar los asuntos desde un punto de vista sesgado: no hemos resuelto «su» problema, luego no hemos resuelto «el» problema. Crece día a día la distancia afectiva. Nos obligan a transitar por la Historia con un «handicap» permanente. Si logramos cambiar esa dinámica, ganaremos una batalla decisiva.

Excursión de Ibarretxe al corazón de las tinieblas, en busca de las fuentes de la soberanía. Nosotros y ellos, victimismo eterno, pero «mano tendida» frente a la intransigencia. Se lleva la imagen tan deseada, de acuerdo con su trampa dialéctica: el Pueblo Vasco contra PSOE y PP. Ahora, a jugar con la máquina electoral. Sigue marcando la agenda. Determina el estado de ánimo de una opinión que oscila entre la indignación y el hastío. Mientras tanto, limpia de adherencias el territorio sagrado. En contra del interés de la gente real, aísla al País Vasco del resto del mundo. Ignora la Constitución Europea y ofende a la Constitución francesa. Degrada a la tierra que dice amar: proclama el derecho de autodeterminación, que sólo vale en situación colonial; crea una fractura social irreversible; anuncia un «decreto de nueva planta» contra los territorios históricos. Amenaza a Navarra y a los enclaves. No esconde el propósito de devolver a la legalidad a quienes han sido expulsados del lugar reservado a las personas honorables. Jugando con métodos plebiscitarios, actúa en contra de la democracia representativa. Pero consigue «ser más que...», por privilegio estamental y no por ser el mejor en libre concurrencia. Para ello, no se avergüenza de su mayoría ilegal e ilegítima. Reconoce, sin embargo, que autonomía es sinónimo de bienestar y apela a los derechos históricos y el constitucionalismo útil: gratitud tardía a Herrero de Miñón. Practica, sobre todo, el mesianismo político: nos anuncia un camino que no tiene vuelta atrás.

Zapatero busca espacio. Suena bien: «Si vivimos juntos, juntos debemos decidir». Pero quiebra el rigor argumental cuando la modernidad líquida destruye las certezas. Todo falla si da igual nación que comunidad nacional, soberanía que autonomía. Estuvo flojo en este terreno el presidente del Gobierno. Si carecen de sustancia ética, las palabras no dicen nada ni a la cabeza ni al corazón. Discurso falto de nervio, otra apoteosis del diálogo, referencia absurda a la guerra de Irak. Sospecho que sus asesores saben poco sobre la teoría de los juegos. Practican, al parecer, el famoso programa TFT, obra de un brillante profesor de Toronto. Primer movimiento: hay que empezar cooperando. Movimientos posteriores: se reproduce siempre la actitud del adversario. Modelo amable, que nunca guarda rencor, proclive a pactar en cuanto el otro está dispuesto a ello. Traducido aquí y ahora significa: después de las elecciones autonómicas, ya hablaremos. Tal vez se notaba más de lo conveniente. Cosas de la equidistancia. ¿Y los contactos con ETA? Oigamos a Maquiavelo: «Donde se sabe poco, se sospecha mucho». Más luces que sombras: Zapatero tendrá que buscar otra ocasión para reforzar la esperanza. Ojalá que llegue pronto.

Brillante Rajoy, en la forma y en el fondo. Define bien el «adiós a España» una declaración de independencia disfrazada de estatuto. Critica la ideología trasnochada: el viento de la Historia se llevó los vestigios del Antiguo Régimen y ahora reaparece como un sistema de castas. Pide libertad e igualdad para un País Vasco «secuestrado». Mensaje nítido y valentía para referirse a ETA y a las víctimas: aquí, el discurso alcanza su máxima altura moral. Exceso, tal vez, de apelación positivista a la legalidad. Hay que tener cuidado con el argumento porque ya sabemos que los estatutos se reforman por mayorías factibles. Convendría, en cambio, reforzar el elogio a la España constitucional frente al sujeto constituyente ficticio que nos presenta el «enviado» del País Vasco. ¿Y el pacto ofrecido a los socialistas? La sociedad española, mucho más vertebrada de lo que algunos desearían, exige que Gobierno y oposición lleguen a un acuerdo sobre el respeto a las reglas del juego. Los acuerdos de fondo se mueven en un nivel muy diferente de las alianzas coyunturales. Los ciudadanos no admiten la formación de mayorías precarias a cambio de entregar principios innegociables. Rajoy y Zapatero pasaron de largo sobre este punto decisivo. Era, sin embargo, el mejor día para explicarlo. Falta de costumbre -seguramente- a la hora de enfocar los temas vascos desde el punto de vista del conjunto de España.

El día después... «El futuro nos pertenece...», dijo Ibarretxe: ¿nadie le ha explicado el origen poco recomendable de la expresión? Es el principio de un tiempo nuevo, aseguró Zapatero. Inquietante, en todo caso. Precisó Rajoy: mañana, igual que hoy, diremos «no» a la ruptura de España. La votación contundente alivia el ánimo de muchos. Mayoría abrumadora frente a minoría refugiada, como diría Pérez Galdós, en los «grupitos parlamentarios», que merecen, faltaría más, el máximo respeto democrático. Llegan nuevos retos, más sutiles. El futuro se llama Plan Guevara o Patxi López, Proyecto Maragall o de cualquier otro modo. ¿Respuesta? Todo depende del poder constituyente material. Populares y socialistas junto con todos los que quieran actuar con lealtad, igual a España constitucional. En cambio, PSOE más nacionalistas (confluencia insólita en la historia de las ideas) equivale a un Estado artificial vacío de sustancia. He aquí el dilema.

Mientras se resuelve, es imprescindible la firmeza en las convicciones. España, además de Estado, y precisamente por serlo, es nación. Los demás no lo son, ni tampoco comunidades nacionales, ni subterfugios análogos. No existen las naciones sin Estado, ni sirven las fórmulas incoherentes como «nación de naciones». Sólo hay nacionalidades y regiones, partes constitutivas de la España constitucional, que ha ganado con holgura el debate de ayer en el Congreso. Además de convicciones, hace falta habilidad estratégica. Recuérdese que estamos en presencia de un desafío de las oligarquías locales contra la presencia del Estado en el territorio. Es una obsesión. Queda la justicia en Cataluña y el País Vasco. Queda la Hacienda general en Cataluña. Estos son los objetivos reales del proceso en marcha. Cuando el último funcionario estatal desaparezca de aquellas Comunidades autónomas habremos conseguido el milagro de ser un Estado sin territorio. Es imprescindible detener la sangría y, cuando menos, consolidar la situación actual. Si actuamos como se debe, el resultado final no ofrece dudas: los ciudadanos españoles van a superar, gracias a la razón democrática, el desafío que ahora se plantea y van a rechazar también cualquier otra fórmula que no respete la plena vigencia jurídica y social de los principios nucleares de nuestra Constitución. Somos más y somos mejores que los enemigos de la España constitucional. Nacionalismo equivale a sobredosis de nación. Hereda antiguallas ideológicas del romanticismo contrario a la Ilustración. Muchos no tenemos, por fortuna, problemas de identidad. Así nos queda un poco de tiempo -no demasiado- para vivir. Es una suerte no ser nacionalista.

Fantasmas históricos
José Javaloyes Estrella Digital  2 Febrero 2005

Una Moncloa con funciones de epicentro, más que de motor y rumbo —sin sostenido contrapunto de vigor suficiente, en la oposición, para embridar el debate al nivel de las inquietudes colectivas—, hace que la vida nacional se venga a poblar de perplejidades ante el futuro y agitados fantasmas del pasado. El ánimo general se sume en incertidumbres propias de 30 años atrás, cuando la percepción de que la era política que concluía se enlazaba y abría a otra de profundas inseguridades colectivas.

Al cabo de dos generaciones —conforme las cuentas orteguianas de su método histórico— se ha abierto, tras de la erupción terrorista del 11M, un ciclo de tsunamis políticos, de ondas de ruptura, capaces de arrasar algo más que las playas y tierras bajas de la normalidad en la convivencia española. El propio aterrizaje en el Congreso del presidente de la Autonomía Vasca solemniza y da imagen al estado de confusión parasísmica a la que se ha llegado. La vigorización de los nacionalismos, la delicuescencia del Gobierno de Rodríguez y del partido que lo sustenta, sumados a la cuerda floja de la oposición ejerciente, hacen los mimbres de tan imprevisible cesto.

Los fantasmas del pasado se agolpan a las puertas de estos días. Unos vienen del cierre del paréntesis dictatorial y otros proceden de la apertura de ese mismo paréntesis: del tiempo de la guerra civil y de los sucesivos asaltos padecidos por la legalidad republicana. Es como si la historia nacional vomitara sucesos que se daban por digeridos y metabolizados. Nada tiene de extraño al cabo de tanto hurgar sectariamente en la garganta del tiempo pasado y en la memoria de todos.

Un radicalismo sin verrugas y risueño pasa como hilo quemante por todos los puntos sensibles de la vida española, desde la clara e inequívoca percepción de España como patria común de todos, al concepto de matrimonio como base de la familia y de ésta como célula primaria de la sociedad; desde la consideración democráticamente debida a la fe católica, como credo mayoritario de los españoles
—que se obvia por la vía del talante— al preferentismo otorgado a los musulmanes: gentes pacíficas y laboriosas en su inmensa mayoría, pero instaladas en una cultura que no es la nuestra y de las que salieron por la deriva aberrante de su religión los asesinos del 11M.

Eso es tan así como el hecho de los extravíos en militancia política por parte de la grey católica, incluso en el propio clero. Nombres pueden rastrearse en este tiempo de fantasmas. Alguno, sin duda con la mejor de las intenciones, pasó en la Societas Jesús de la teología de la exaltación del nacionalsindicalismo a la teología de la liberación y a la militancia en el Partido Comunista.

Tales profetas de la confusión dejaron adeptos y seguidores de una cosa y de la otra, en las ocupaciones civiles e incluso en el mundo y el mando de la milicia. Y legaron la doctrina, actualmente en curso entre secuaces del radicalismo establecido, de que la verdad puede resultar de la media estadística de los errores opuestos. Como esos dislates teológicos que fueron el Alfa y el Omega del bienintencionado clérigo de referencia.

De la crispación totalitaria del tiempo de Hegel logramos pasar los españoles a la templanza liberal de la Constitución del 78. En la inercia de tan formidable progreso estábamos cuando la dinamita islámica nos abrió e instaló en el túnel del tiempo. Se aflojan, humedecidas y como desleídas, las equilibradas reglas de juego. La delicuescencia política moncloví abre ventanas a la superada crispación y convoca los fantasmas históricos. El clima general, en el más leve de sus efectos, presenta calidades de vídeo rebobinado. jose@javaloyes.net

Comentarios de barra
Ignacio Villa Libertad Digital 2 Febrero 2005

Este hombre no se baja del carro. Algunas veces parece, en efecto, que está en el quinto cielo, pero en otras –cada vez más– Zapatero da muestras de ser un político engreído e intocable. Después de una lastimosa intervención en uno de los plenos más importantes celebrados en estos años de democracia se permite la lindeza de decir que sus palabras de ayer están construidas sobre el "hoy y el futuro", mientras que Mariano Rajoy tiene un discurso del pasado.

Zapatero va de mal en peor, cuando ha sido incapaz de mantener el nivel que se debe exigir a un referente institucional como es su caso. Zapatero no puede hacer un discurso suave y meloso –en la sede de la soberanía nacional– por una cuestión de estrategia electoral. El jefe del Ejecutivo tiene la obligación de ofrecer un mensaje claro y convincente ante las intenciones de independencia de Ibarretxe. No es suficiente con entretenerse en unos discursos facilones; hay que saber estar a la altura de las circunstancias. Y Zapatero no ha sabido estar.

Pero es que además de haberse escondido en un momento complicado, se dedica a criticar la intervención de Mariano Rajoy. No deja de ser rastrero y simplón que Zapatero se dedique –al día siguiente del pleno– a criticar las palabras del único apoyo constitucional que ha tenido en la Cámara. Según sus palabras parece encantado con el posicionamiento de Izquierda Unida o de Esquerra Republicana. Ciertamente la irresponsabilidad del presidente del Gobierno, alguna veces asusta.

Que no salga un reproche de Zapatero hacía los que quieren romper la Constitución, mientras que hace "gracietas" con la intervención de Rajoy, que fue el único que defendió la ley, recordó a las víctimas y criticó a ETA, es impresentable. Y políticamente es muy preocupante, puesto que todos los ciudadanos dependemos de sus "graciosas" decisiones.
Zapatero "en el bar del Congreso" se dedica a pontificar sobre los demás, cuando debería estar muy preocupado con su triste papel en el pleno de ayer. El martes en el Congreso parecía más un voluntarioso miembro de una ONG –y que me perdonen las ONG– que un presidente del Gobierno. Y eso en política es definitivo.

Respuesta rotunda
Editorial El Correo 2 Febrero 2005

El debate de totalidad sobre el plan Ibarretxe propició ayer que el Congreso de los Diputados afrontara el preceptivo trámite con una sesión en la que la firmeza de posiciones no impidió que éstas se expresaran en un estilo parlamentario encomiable. El desarrollo del pleno reflejó la solvencia y solidez del Estado constitucional como expresión y sostén de la convivencia entre los españoles y de la convivencia entre los ciudadanos de cada una de sus comunidades autónomas. El lehendakari Ibarretxe, presentándose a sí mismo como «representante de un pueblo», confirió a su mensaje el particular sesgo de quien actúa como si, en realidad, Euskadi mantuviera ya una relación con el resto de España ajena a lo establecido en la Constitución. Su visión del pasado y sus aspiraciones futuras mostraron, una vez más, la profunda incompatibilidad que existe entre el soberanismo nacionalista y las posibilidades de reforma leal y consensuada del marco constitucional y estatutario.

El lehendakari Ibarretxe reiteró una y otra vez su disposición a la negociación. Pero su oferta de «mano tendida» contrasta tan abiertamente con su conducta política, que sus apelaciones al debate en profundidad y al diálogo no podrían seducir más que a quienes vienen secundando su plan. No sólo porque la trayectoria que el nacionalismo gobernante siguió para la confección del proyecto aprobado por la Cámara vasca nada tuvo que ver con una negociación. También porque el lehendakari y su partido se han obstinado en diseñar un horizonte tan alejado del marco constitucional y estatutario vigente, tan distanciado del consenso originario que diera lugar al autogobierno vasco, que es precisamente el abismo abierto por el plan Ibarretxe el que imposibilita cualquier negociación.

Las esperanzadoras palabras del presidente Rodríguez Zapatero, expresando su convicción de que el 'no' de ayer desembocará en una realidad nueva, podrían quedar en un ejercicio de voluntarismo al no corresponderse con una disposición análoga por parte del nacionalismo gobernante en Euskadi. Sobre todo porque, desde su primer borrador hasta su defensa ayer ante el Congreso de los Diputados, el denominado plan Ibarretxe ha ido afianzándose en la conciencia de sus partidarios con la expresa negativa a aceptar como democrático su rechazo en el trámite que tuvo lugar ayer.

El proyecto de Nuevo Estatuto Político para Euskadi no sólo desborda las previsiones constitucionales y estatutarias en el horizonte que dibuja, las desborda comenzando por los procedimientos que trata de habilitar. Lo hace cuando el lehendakari insiste en identificar la mayoría absoluta del Parlamento vasco como si representara a la absoluta mayoría de la sociedad vasca. Lo hace cuando advierte con la convocatoria de una consulta popular que, en estas circunstancias, no aportaría más que división. O cuando, haciendo caso omiso de las indicaciones de Rodríguez Zapatero, se niega a regresar a un punto cero y a reiniciar la elaboración de un proyecto de reforma estatutaria mediante un amplio acuerdo parlamentario.

Tal como Mariano Rajoy denunció en su intervención, el lehendakari quiso una vez más explicar el contencioso vasco como si se tratara de un conflicto entre lo que demanda Euskadi y lo que el resto de España se niega a conceder. Olvidando intencionadamente que la mitad de los vascos no se muestra conforme con los planes del nacionalismo. Es significativo que Ibarretxe exclusivice la representación de todo un pueblo mientras trata de minimizar la representatividad de las Cortes Generales. Como resulta elocuente que rogara ayer que el Congreso de los Diputados no desaprovechara «dando un portazo» la oportunidad que se le brindaba, mientras él se resiste a entreabrir la más mínima rendija para la revisión de sus planteamientos soberanistas.

La sesión plenaria de ayer en el Congreso supuso un ejercicio sereno y riguroso de debate político. La votación final ofreció un resultado inapelable: la abierta oposición del 90% de la Cámara al proyecto de libre asociación entre Euskadi y el Estado constitucional. Parece evidente que ello no es suficiente para que el nacionalismo rectifique su proceder. Pero sería una verdadera insensatez que el Gobierno vasco optase por exprimir los recursos del victimismo, avivando la contestación nacionalista a un procedimiento constitucionalmente tasado y azuzando el enfrentamiento entre la 'legitimidad vasca' y la 'legalidad española'. El presidente Rodríguez Zapatero hizo ayer un esfuerzo de contención en su réplica institucional al desafío que el plan Ibarretxe representa para la normalidad constitucional, como un gesto proclive a que las diferencias entre constitucionalistas y nacionalistas no vayan en aumento. Tras el rechazo del Congreso a su plan, todo dependerá de la actitud que muestren desde hoy el PNV y el Gobierno Ibarretxe.

200 años no es nada
TONIA ETXARRI El Correo 2 Febrero 2005

El debate sobre el conflicto vasco va para largo. Independientemente de que, tras el rechazo del plan Ibarretxe por el Congreso sea el fin de una ensoñación independentista, como le gustaría al PP, o el comienzo de un encaje definitivo de la España plurinacional, como quiere Zapatero, el lío no ha hecho más que empezar. Teniendo en cuenta que, para sostener esa necesidad imperiosa de romper con España, sin que se note ni traspase, el lehendakari tuvo que remitirse a doscientos años atrás para decir que el conflicto con España ha estado siempre latente, habrá que concluir que «doscientos años no es nada» para lo que nos espera. El nacionalista Erkoreka también insistía en el bicentenario del conflicto, liándose en una madeja de datos cruzados sobre la votación del estatuto de Gernika, consiguiendo, seguramente sin quererlo, bajar considerablemente el nivel de su antecesor en el cargo, Anasagasti. Se remontó, como el lehendakari, a los doscientos años de litigio de los vascos con el Estado para llegar a sacar todos los fantasmas de la derechona que, en 1979, se pronunció en contra del Estatuto. No se sabe en qué batzoki estaría jugando este parlamentario entonces por el Estatuto pero él contó la historia algo distorsionada al dar tanta importancia a los mensajes contrarios a la Carta de Gernika que, en realidad, fueron absolutamente barridos por el entusiasmo de los partidos que se habían volcado en sacar el 'Bai estatutoari'.

Ayer el PP y PSOE, que representan a 20 millones de votos y, en Euskadi, a 580.000, demostraron a Ibarretxe, no sólo que no tienen miedo a debatir su plan sino que tenían ganas de darle algunas lecciones sobre la importancia del consenso en la democracia. Un plan que dice estar pensado «para la convivencia», pero que no aporta las claves para la paz, dio pie a Rajoy para formular la pregunta del millón: ¿Qué pasaría, en su plan, con la mitad de los vascos que no lo suscriben¿ ? ¿y si no se callaran: qué haría ETA? . Zapatero pasó por alto el apoyo parlamentario de los tres votos de Batasuna pero estuvo rotundo al rechazar un plan que «no es de todos ni para todos». La verdad es que imponía oír al lehendakari hablar en nombre de todo el pueblo vasco. Un título tan solemne y totalizador, a parte de incierto, que Zapatero se vio obligado a desmarcarse de él.

El socialista Patxi López o la popular María San Gil sabían que cuando Ibarretxe decía sentirse «orgulloso de todos los vascos y vascas» no se refería a ellos, precisamente. Porque quienes, como ellos, anteponen el concepto de ciudadanía al de identidad, no son considerados por el nacionalismo. Mientras el lehendakari siga poniendo, de un lado, la voluntad de la sociedad vasca confrontada con la voluntad del PP y PSOE está dividiendo a los ciudadanos por categorías. No es extraño. Su plan habla de ciudadanía y nacionalidad vasca. Al brillante Rubalcaba, que se sabe el plan al dedillo, le inquieta. Ese capítulo y muchos más.

Elecciones en Irak
La izquierda y los islamistas
Jorge Vilches Libertad Digital 2 Febrero 2005

A raíz de la notable participación en las elecciones en Irak, hay una conclusión general: la democratización del mundo árabe es posible. Pero hay otra, tan curiosa como preocupante: la coincidencia entre las interpretaciones del mundo que hacen la izquierda occidental y los islamistas. Ambos señalan los mismos culpables, y apuntan soluciones no incompatibles.

En la izquierda europea había un deseo latente de que el proceso democratizador de Irak fracasara. La razón es que estaba patrocinado por el gobierno de EEUU, y que su éxito sería un espaldarazo a las tesis de los neoconservadores estadounidenses y, en consecuencia, a la Administración Bush. Es la segunda después de Afganistán. Ya no se podrá negar que la presencia militar de EEUU ha sido útil a la democracia.

Los islamistas creen que la democracia liberal es la forma de gobierno de las sociedades corruptas y corruptoras que pretenden humillar al Islam. El terrorismo de Al Zarqawi iba encaminado a impedir que los iraquíes votaran. Islamistas e izquierdistas compartían, por tanto, un mismo anhelo: urnas vacías.

Los islamistas y la izquierda coinciden en ser antiglobalizadores, antiliberales y antiamericanos. Ambos señalan a EEUU como al “Gran Satán” por ser el máximo representante del paradigma occidental. El mercado libre global es para unos y otros una forma de explotación, auspiciada por el imperialismo estadounidense. La guerra de Irak sólo tenía la motivación del petróleo; por lo tanto, destruir los pozos y denunciar el interés económico de la invasión son vasos comunicantes.

La violencia terrorista es una respuesta a la agresión de EEUU y sus países o gobiernos aliados. Estos, por definición, son tan terroristas y asesinos como Al Qaeda. La diferencia para la izquierda y los islamistas es que el terrorismo estadounidense y de sus aliados es el propio de Estados fascistas, mientras que el islamista es casi un fenómeno de liberación llevado a cabo por gentes pobres y desesperadas. Una pobreza y una desesperación creadas, no se olvide, por Occidente y, en especial, por EEUU. Sólo dos ejemplos de esto: los ataques y gritos de “asesinos, asesinos” que sufrieron los populares desde marzo de 2003; y las manifestaciones del “No a la guerra” en todo Occidente.

La solución que proponen la izquierda y los islamistas no es incompatible. Pasa por una reducción del papel internacional de EEUU a ser, básicamente, un Estado pagador, contando, cómo no, con su vuelta al aislacionismo de la doctrina Monroe. Además, el respeto a la soberanía intocable de los Estados, con independencia de si tienen un régimen que respete la dignidad del hombre; es el caso del genocidio que está llevando a cabo el régimen islámico de Sudán. Y coinciden en la necesidad de que retrocedan los valores occidentales basados en la libertad del individuo y en la moral de base cristiana. Es la ocurrencia del “matrimonio gay”, cuya argumentación gubernamental permitirá, al menos, la poligamia tradicional del Islam.

La consecuencia de estas coincidencias no es la correspondencia mutua: la izquierda occidental encuentra justificaciones, causas para el terrorismo, pero los islamistas no distinguen entre apóstatas buenos y malos. La izquierda no se percata de que ningún occidental se escapa del dedo acusador islamista. Culpar a EEUU, a Bush o a sus aliados occidentales no inmuniza ante el terror; tampoco la democracia y el libre mercado, pero son un paso muy importante hacia una paz entendida como la disminución posible de la conflictividad.

Desde Manhattan
La victoria del pueblo iraquí
José Carlos Rodríguez Libertad Digital 2 Febrero 2005

El terrorista Al-Zarqawi prometió tintar las calles de Irak de rojo con la sangre de quienes acudieran a las urnas. Pero el color que ha vencido es el púrpura con que se marcaba a quienes habían hecho uso de su derecho al voto. Un derecho perdido durante medio siglo, y que ha sido recuperado gracias a la intervención aliada y a la determinación del propio pueblo de Irak. El éxito ha sido enorme. Más del 60% de quienes estaban llamados a las urnas han desafiado las amenazas de los terroristas y las pobres comunicaciones para manifestar su deseo de recuperar sus libertades. El primer debate electoral televisado de la historia del país es solo un ejemplo de lo mucho ganado en estos meses tras la caída de Sadam Huseín. El voto no es la democracia, ya que para llegar a serlo necesita acompañarse de la instauración de un Estado de Derecho. Pero es un primer paso, cuyo éxito permite ser moderadamente optimistas.

La reinstauración de la democracia en Irak no ha hecho más que empezar, ya que ahora queda la redacción de una constitución de carácter permanente que sustituya a la actual y la celebración de unas elecciones complementarias. Los suníes, que se habían mostrado contrarios al proceso político, y ante la evidencia del éxito en la participación democrática, con el miedo de quedarse al margen, se incorporan a él. El sistema democrático, si está medianamente bien concebido, permite repartir el poder entre distintos grupos sociales y al mismo tiempo salvaguardar al menos los derechos más básicos de todos. Por tanto la democracia tiene un carácter integrador que en el caso de Irak se verá favorecido por la existencia de varias denominaciones religiosas, y no solo islámicas. Desde la caída del tirano iraquí se han recuperado varias libertades, como la de expresión, educación o la de movilidad por el país. La libertad multiplica las relaciones humanas y permite que se basen en relaciones de cooperación voluntaria, lo que hace a las sociedades más prósperas y complejas.

Pero el futuro no está ganado. La libertad, el más excelso de los valores del hombre, estará siempre amenazada; especialmente en el caso de Irak, que ha dejado de ser un régimen tiránico con su propia población y con las vecinas, una fuente de conflicto y un sitio seguro para determinados grupos terroristas. Ese es el motivo por el que se ha multiplicado la violencia terrorista en ese suelo. Los terroristas han perdido un aliado y saben que con la victoria de la democracia tras la intervención internacional la posición de los regímenes que les amparan no será ya nunca segura. Especialmente después del discurso de investidura de George W. Bush, en el que hizo una rotunda defensa del papel de Estados Unidos como garante de la libertad y la democracia en el mundo, y con ellas de la seguridad en el propio país. Una renovación de la doctrina Monroe menos ingenua pero no menos idealista.

A la espera de conocer los resultados lo que sí hemos constatado es que han triunfado los millones de iraquíes de los que no nos hablaban los medios de comunicación. Mientras ellos se llenaban con las acciones de los resistentes, el sufrido pueblo de Irak sólo deseaba recuperar su libertad, la misma que han querido robarle los llamados resitentes y que en un lenguaje desinfectado de partidismo antidemocrático se llamarían, simplemente, terroristas. El feroz, descarnado antiamericanismo de muchos les ha hecho situarse en contra de los anhelos y de los derechos del pueblo iraquí. Muchos han ido más allá de la legítima, e incluso razonable crítica a la necesidad y la conveniencia de la guerra. Por ejemplo, haciendo de escudos humanos del genocida iraquí, o simpatizando con éstos. Quienes nunca han salido a la calle en defensa de las libertades de los iraquíes cuando éstas estaban siendo atacadas sistemáticamente por el anterior régimen, han ocupado el pavimento de las ciudades con indignados gritos contra la intervención aliada en ese país. A todos ellos los iraquíes les han dado toda una lección.

Bustelo considera una «deportación» el traslado de la CMT a Barcelona
Telefónica de España contabilizó el pasado ejercicio 1.871.000 accesos fijos de ADSL, cifra que representa el 75,1% del total del mercado nacional
A. POLO ABC 2 Febrero 2005

MADRID. El presidente de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones (CMT), Carlos Bustelo, calificó ayer de «deportación» el traslado de la sede del organismo regulador a Barcelona, aprobada formalmente por el Consejo de Ministros el pasado 30 de diciembre.

Aprovechando la inauguración del VIII Encuentro del Sector de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, organizado por la APD, Bustelo exhibió la ironía gallega que le caracteriza al afirmar que «la CMT ha sido deportada recientemente por un decreto publicado en el Boletín Oficial del Estado, y ya se sabe lo difícil que es una deslocalización. Pero cuando no hay razones funcionales o administrativas, sólo políticas, la deslocalización se convierte en deportación».

El ministro de Industria, Comercio y Turismo, José Montilla, de visita en Toledo, no quiso ayer polemizar aunque aprovechó la ocasión para recordar que «el nombramiento del señor Bustelo fue una decisión política» y sus declaraciones «tienen muy poco que ver con sus funciones». En el mismo tono crítico añadió que «cada uno tiene su papel y la CMT debe hacer lo que la legislación dice que debe hacer». Montilla tendrá hoy la oportunidad de acallar el profundo malestar sectorial que ha creado el traslado de la sede a Barcelona, durante la clausura de las jornadas organizadas por la APD en Madrid bajo el lema de «El desafío de la convergencia».

Tras la abrupta apertura del foro intervino el presidente de Telefónica de España, Julio Linares, quien reveló que al término del pasado ejercicio se contabilizaron más de 3.400.000 accesos fijos de banda ancha en España, de los cuales 2.490.000 correspondían a ADSL, el equivalente al 76% del conjunto de las tecnologías utilizadas (módem cable, LMDS, satélite de banda ancha, bucle alquilado, fibra óptica y PLC). De esta cifra, 1.871.000 accesos correspondían a Telefónica de España, es decir el 75,1%. Julio Linares condicionó la inversión de 3.000 millones de euros en banda ancha hasta 2008 a la evolución que siga el mercado y a la obtención de una rentabilidad adecuada.

Igualmente lanzó un mensaje a la CMT para que defina un marco regulatorio «claro, estable y predecible», en el que su intervención «ex ante» quede reducida a solucionar los cuellos de botella que produce el alquiler de bucle y a garantizar la competencia efectiva en determinados mercados, como el vasco, claramente dominado por Euskaltel.

Futuro negro para la TV de pago
Eugenio Galdón, presidente de ONO, apostó por invertir en infraestructuras como mejor fórmula para competir y crear mercado, y criticó sin tapujos las tarifas planas y bajas de acceso, en su opinión «uno de los problemas más importantes del sector». Galdón, que negó la existencia de conversaciones con el grupo Auna para una posible integración, se mostró muy pesimista sobre el futuro a corto plazo del modelo de televisión de pago desarrollado en España y auguró problemas de capacidad en cuatro o cinco años para aquellos operadores que ofrecen o piensan comercializar servicios paquetizados de voz, datos, internet y contenidos televisivos.

Gabriel Albiac, filósofo y columnista de «La Razón»
«El PSOE no es más que una empresa dentro del holding PRISA»
Por Mónica Lara Periodista Digital 2 Febrero 2005

Cuando hablas con Gabriel Albiac tienes la impresión de escuchar a alguien que está, o al menos se siente, por encima del bien y del mal. La contundencia de sus palabras, su seguridad en todo lo que argumenta y un tono serio y algo distante son características de su discurso. Hay otro aspecto que llama la atención en los primeros minutos de conversación con Albiac. Y es que en todas sus respuestas sale a relucir su condición de filósofo por encima de cualquier otra consideración. En la siguiente entrevista, este pensador de ideología inclasificable para muchos reflexiona acerca de los medios de comunicación, la política y las influencias de estas dos instancias en nuestra sociedad.

FICHA
Nació en 1950 en Utiel, un pueblecito de Valencia, pero se considera un apátrida
Es catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, donde es profesor desde 1974
Tiene más de 20 libros publicados
Recibió el Premio Nacional de Ensayo en 1988
Durante muchos años fue columnista del diario "El Mundo"
También escribió en otros medios como "El País", "Diario 16" y "Egin".
Actualmente escribe columnas de opinión en el periódico "La Razón"
¿Cada medio de comunicación es expresión de una parte de la sociedad?

Los medios de comunicación en las sociedades contemporáneas son, indudablemente, grandísimas empresas. En ese sentido cumplen dos tipos de funciones. Por un lado, la función de toda empresa, que es naturalmente la rentabilidad. Después cada aspecto y cada zona dentro de los medios de comunicación puede enfocar rentabilidades muy específicas que están ligadas al poder político. Éste, a fin de cuentas, pasa a configurarse él mismo como un elemento de potenciación del poder económico.

¿Es compatible una información veraz con el negocio?
Esa es una tensión permanente de la prensa desde el siglo XIX. Si lee los pasajes de Baudelaire sobre el desagrado que le produce esa tensión, son casi idénticos sobre los que puede encontrar en cualquiera de los escritores que escriben en prensa en el siglo XX.

Todo medio de comunicación importante (por ejemplo, periódicos como El País, El Mundo, La Razón o ABC), ¿es instrumento siempre de otras actividades como las políticas, económicas, religiosas o empresariales?
Grande o pequeño todo medio de comunicación es representativo.

O sea que sí sería un instrumento de esas otras actividades…
Le digo exactamente lo que le digo: que todo medio de comunicación grande o pequeño es representativo.

La pluralidad de medios, ¿es manifestación de la diversidad social?
Hablar de diversidad social es problemático porque las sociedades contemporáneas son sociedades extremadamente homogéneas, en las que la apariencia de heterogeneidad no va mucho más allá de un barniz de superficie. Yo no tengo televisor desde hace 30 años. Pero cuando estoy en algún hotel hay una cosa que me sorprende extraordinariamente. Me encuentro con un mando a distancia y un televisor enfrente que te permite pasar a través de 30, 40 ó 50 emisoras distintas. Con una mentalidad del siglo XIX, se podría pensar que eso sería la manifestación de una heterogeneidad y una pluralidad inmensa. Lo fascinante para alguien que nunca ve la televisión y de pronto en un hotel se encuentra con ese chisme en la mano es que empieza a cambiar de canal y se encuentra con que todo es lo mismo. Pero todo es lo mismo en términos de una identidad casi matemática. Por eso yo no hablaría de los medios como una expresión de heterogeneidad social. Al contrario, pienso que los medios en las sociedades contemporáneas cumplen la función de una homogeneización de conciencia sin precedente en la historia de la humanidad.

Televisión-espectáculo
¿Cuál es su opinión de nuestra televisión?
Yo no puedo tener una opinión autorizada porque ya le digo que no veo la televisión. La última vez que tuve televisión fue en el año 1972, o sea que han pasado más de 30 años. El medio me horroriza por una razón muy anacrónica: decía Platón que en la imagen no hay nunca verdad y yo soy en ese sentido completamente platónico.

¿Por qué decidió no tener televisión?
Se lo acabo de decir: yo soy de tradición platónica y juzgo que en la imagen no hay verdad.

A pesar de no tener tele, ¿qué opina del Consejo de Sabios designado por el Gobierno para reformar TVE?
No tengo una opinión. Pero me parece un oxímoron un sabio en televisión.

¿Cree que la televisión es el único medio de información para los iletrados?
La televisión no es un medio de información, es un medio de espectáculo.

La libertad de expresión
¿Dónde están los límites de la libertad de expresión, si es que los hay?
En este plano estoy muy ligado a la tradición del siglo XVII y pienso que la libertad no es otra cosa que el conocimiento de los engranajes de la determinación.

Personalmente, ¿goza de libertad total para escribir de lo que quiere en el periódico con el que colabora?
Yo siempre he escrito lo que se me ha antojado, pero no le llamaría a eso una libertad total. Sé perfectamente que las libertades totales solo pueden existir en seres infinitos y yo no lo soy. Soy un ser de libertad finita y por lo tanto sometido a sus propias limitaciones. Pero respecto a la pregunta empírica que usted me hace… El placer de escribir existe en la medida en que puedes ejercerlo desde tus propias limitaciones y desaparece por completo si se ejerce desde limitaciones externas.

¿Y usted no cuenta con esas limitaciones externas?
En absoluto. Entre otras cosas probablemente porque yo juego en unas condiciones muy cómodas, que me permiten poder permitirme el lujo de no depender económicamente de lo que escribo.

“Comunista reaccionario”
En el pasado usted escribió columnas polémicas, que desbordaban por la izquierda y la acracia. Sin embargo el periódico para el que trabaja actualmente, 'La Razón', se caracteriza por una ideología de derechas y por cierto patriotismo. ¿Ha sido esto un cambio tranquilo para usted?
Soy una persona que está, desde el año 1976 en que salí del Partido Comunista de España, completamente al margen de la vida política. La política no me interesa lo más mínimo y juzgo que el primer deber moral del ciudadano es la autodefensa ciudadana frente a la potestad monstruosa y faraónica de lo político en las sociedades contemporáneas. En ese sentido, ni me parece que se pueda entender gran cosa de lo que escribo pensando que está escrito desde posiciones ácratas o izquierdistas, ni por el contrario pensando que está escrito desde posiciones derechistas. Lo que he tratado de hacer siempre, otra cosa es que lo haya hecho bien o mal, es tratar de fijar las determinaciones que rigen el discurso político. La política no me interesa lo más mínimo; la retórica política sí, porque juzgo que es uno de los mecanismos de estupidificación colectiva más eficaces que ha conocido la historia de la especie humana.

Sin embargo estará de acuerdo con que hace años sí se le encasillaba como un pensador de izquierdas.
Sí. Como nadie lee los libros de uno... En mi libro ‘La añoranza del poder’ de 1979 me autodefinía en algún momento como un “comunista reaccionario”, pero como usted puede analizar eso es un descarado y provocante oxímoron. Lo que intentaba decir es que el ámbito discursivo en el que yo trataba de colocarme es precisamente el rechazo de lo político. Por lo demás, en lo referente a la política yo jamás he votado en unas elecciones. El nivel de estupidificación de la política y de los políticos es de tal orden que verdaderamente pensar que uno de estos sujetos pudiera erigirse en mi representante me produce ni siquiera malestar, me da risa.

¿Se refiere estrictamente a la clase política española o esa idea se puede extrapolar más allá de nuestras fronteras?
España es la caricatura, pero es cierto que hay una tendencia a la degradación del nivel de lo político que marca en mi opinión el último tercio del siglo XX. Es espectacular ese giro a partir de la fortísima mediatización e imposición mediática de lo político. El libro de Guy Debord ‘La sociedad del espectáculo’ lo analiza magistralmente. El último siglo del siglo XX en política es un periodo de degradación espectacular. España es la caricatura porque aquí no ha habido esa tradición de gran política que sin embargo sí se ha producido en la Europa de los años 40 o en la Europa de entreguerras.

Política y medios de comunicación
¿A esa degradación de la política habrían contribuido en alguna medida los medios de comunicación?
Es que a partir del final de los 60-principios de los 70, política y media son lo mismo.

Para usted van unidos…
No, no van unidos. Son lo mismo. El caso español es claro. El PSOE no es más que una empresa dentro del holding PRISA.

Aunque se habla de pluralidad de medios, es cierto que cada vez hay una concentración mayor, polarización, usos partidistas…
Lo de aquí es una caricatura. De algún modo desde el momento en que los partidos políticos se convierten en grandes entidades mediáticas requieren de unas financiaciones que son imposibles en términos legales. A partir de ese momento hay efectivamente dos modelos: el modelo Elf en Francia de “nos compramos a todos los partidos” o el modelo PRISA en España, es decir, “nos creamos nuestro propio partido”.

Usted es profesor de filosofía. ¿Qué relaciones hay entre esta disciplina y la comunicación social?
Ninguna.

PRIMERA SESIÓN DE CONTROL DE 2005
Zaplana: "El presidente del Gobierno dio alas a las aspiraciones de los nacionalistas"
En la primera sesión de control del año, el portavoz parlamentario del PP, Eduardo Zaplana, recomendó al Gobierno que escuche los consejos sobre la "centrifugación" expuestos por "un compañero suyo", en referencia a Felipe González. Según Zaplana, la intervención de Zapatero en el debate sobre el plan Ibarretxe-Ternera sólo sirvió para abrir puertas, "dar alas a los nacionalistas", dijo, y estar "más preocupado por quedar bien que por defender las leyes". La moda de hablar en vascuence y catalán iniciada el martes fue cortada con acierto por Manuel Marín.
Libertad Digital 2 Febrero 2005

Eduardo Zaplana dio por formulada la pregunta que aparecía en el registro. La vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, se limitó en el primer turno a defender todas las reformas que se ajusten a límites democráticos.

Zaplana recordó como punto de partida el "rechazo por abrumadora mayoría del Plan Ibarretxe" en la sesión plenaria del martes. Sin embargo, alertó, "sabemos que los planes no terminan con la votación de anoche y así se lo dijeron los nacionalistas que apoyan al Gobierno". Según Zaplana, "la intervención del presidente del Gobierno dio alas a las aspiraciones de estos grupos nacionalistas y hoy, esos grupos lo reconocen. Lamentó Zaplana las continuas alusiones a un "acuerdo histórico, un nuevo comienzo o el respeto a la propuesta apoyada por ETA".

El portavoz parlamentario del PP dijo que no se trata de "impedir mejoras sino evitar un movimiento que no se sabe donde acaba". Añadió Zaplana que el presidente hizo alarde de "apariencia de control, de proyectar una imagen de un PP exagerado pero la sociedad –lamentó Zaplana– esta preocupada tras ver al presidente "más preocupado por quedar bien con el lehendakari que por defender nuestras leyes". Zaplana aconsejó al Gobierno que haga caso a la diferencia entre centrifugación y descentralización "como les ha recordado un compañero", en referencia a Felipe González.

De la Vega bromeó preguntándose si Zaplana estuvo en el debate plenario del martes. Según ella, "quedó claro el discurso del presidente y su firmeza", no reñida, añadió, "con el diálogo". Respecto a Cataluña, la vicepresidenta le recordó a Zaplana que la reforma se hace por cauces reglamentarios y "que participa el señor Piqué" al explicar su posición.

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