AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 6 Febrero 2005
ARMAS DE DOS FILOS
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 6 Febrero 2005

MEDIA ESPAÑA
Ignacio CAMACHO ABC 6 Febrero 2005

El Plan Ibarretxe avanza; su rechazo, también
Editorial El Mundo 6 Febrero 2005

UNA CIERTA IDEA DE ESPAÑA
MARIANO RAJOY ABC 6 Febrero 2005

El ferrocarril de Trespaderne
Pedro J. Ramírez El Mundo 6 Febrero 2005

Chaves baila al son que marca el tirano
EDITORIAL LD 6 Febrero 2005

Batasuna ilegal
Editorial El Correo 6 Febrero 2005

Aunque lo dijera Cascos
Antonio PÉREZ HENARES LR 6 Febrero 2005

Domingo en Irak
Mario Vargas Llosa El País 6 Febrero 2005

España como Nación
Cartas al Director ABC 6 Febrero 2005

Carta abierta al lehendakari
Cartas al Director El Correo 6 Febrero 2005
 

ARMAS DE DOS FILOS
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 6 Febrero 2005

El martes pasado el Congreso se vistió de tiros largos. Ibarreche instó su plan a los diputados, y éstos, por mayoría abrumadora aunque con excepciones significativas, dijeron que nones. Es preciso formularse una pregunta preliminar: «¿Fue acertado admitir el plan a trámite?». Existía un argumento de principio para responder negativamente: carece de sentido ponerse a discutir revisiones estatutarias que son inviables sin una reforma agravada de la Constitución. Habría resultado preferible, en consecuencia, que el documento quedara atascado en la Mesa del Congreso. En su momento me sumé a esta postura. Y en ella persisto, por ser su fundamento independiente de consideraciones de carácter táctico. Como no soy jurista, traduciré la idea de fondo a mi manera: es un error que una señorita honesta reciba a un pretendiente temerón que ha estado dando puntapiés en la puerta y entonando canciones de gusto dudoso. El encuentro pondrá en entredicho la honestidad de la señorita, por mucho que ésta afee la conducta del impertinente. Pero en fin, qué se le va a hacer. No vale la pena llorar sobre la leche derramada, así que paso sin más a los aspectos utilitarios.

Se ha sostenido que la cita congresual le ha resuelto a Ibarreche la campaña. Expresado lo mismo en términos publicitarios: a Ibarreche se le ha concedido gratis un espacio que no habría podido comprar ni aun colocando sobre la mesa todo el PIB vasco. Voces respetables, e inequívocamente antinacionalistas, sostienen lo inverso. Algunas, y ello merece ser tenido en cuenta, proceden del propio País Vasco. Carezco, lo declaro con absoluta candidez, de criterio. Ponderaré el caso, como la mayoría de los españoles, retrospectivamente, según salgan las elecciones de abril. Existen otros terrenos, sin embargo, en que mis ideas son menos vagarosas. Pensaba, y estimo que los hechos han hablado en mi favor, que el debate resultaría más lesivo para los socialistas que para la oposición. ¿Por qué? Porque era inevitable que aflorara, y adquiriese resalto, el carácter incongruente de las fuerzas que apoyan al Gobierno. Como era natural, ERC votó a favor del plan, e IU se abstuvo. Que los socios del Gobierno campen por sus respetos en un trance de máxima intensidad política e intereses enormes en juego, no es cosa baladí, por mucho que se quiera marear la perdiz.

El debate deparó una sorpresa que no estaba prevista en el repertorio: el claro contraste tonal, y más que tonal, entre el discurso de Zapatero y la primera intervención de Rubalcaba. Rubalcaba se mostró más neto, más firme, más directo. Por momentos pareció más próximo a Rajoy que a Zapatero. La lectura más sencilla, y la que preponderó en la opinión, fue la de una tensión, una suerte de desencaje, entre el Gobierno y el partido. Los maquiavélicos malician un reparto de papeles convenido. Los inocentes se aferran a su primera impresión. Probablemente, atinen más los inocentes. Esta diferencia de registros, con ser muy interesante, no fue lo que me interesó más. Me intrigó sobremanera un hecho más sutil, más oblicuo. Explayarlo, me obliga a hablar antes del señor Puigcercós, portavoz de ERC.

Puigcercós se valió del plan Ibarreche para acreditar, por elevación, la vía catalana. Celebró, por descontado, la ofensiva del lendakari. Pero insistió en recordar que en el caso catalán, al revés que en el vasco, reina una virtual unanimidad -observación nada tranquilizadora, por cierto, para el PP de Madrid-. Es esta unanimidad la que, por las trazas, legitima plenamente a los catalanes, que no irán tan lejos como Puigcercós desea pero que recorrerán un tramo de camino muy considerable. Se comprende que Puigcercós diga estas cosas. Para Puigcercós la soberanía española integra un hecho incómodo, que no puede ignorar de momento pero que no le inspira la menor devoción. Para la constitucionalistas, sin embargo, la soberanía española es un dato de partida, no sólo insoslayable sino enteramente respetable. Expresado en román paladino: un constitucionalista no podrá aceptar que la voluntad de una parte, por contundente que sea, prevalezca sobre la voluntad del todo. Renunciar a esta premisa entrañaría deslizarse hacia posiciones confederalistas, y por tanto, a salirse fuera de la Constitución.

No se salió de ella Zapatero. Zapatero habló de la necesidad de contar con el beneplácito de todos los españoles. Aún así, aseveró repetidamente que el plan Ibarreche no era asumible porque, entre otras cosas, representa sólo a una parte de la sociedad vasca. Ello entraña negar el huevo a Ibarreche, pero concederle a medias el fuero. Un plan anticonstitucional, si bien respaldado por un abanico de fuerzas más capaz, habría contado acaso con un aval democrático suficiente. Esto tiene su aquél. Si todos los vascos, incluidos los populares, determinaran abandonar el Estado, resultaría muy complicado resistir el envión. Al tiempo, se subordina la defensa del orden colectivo a lo que resulte de desarrollos locales. Y se entra en sintonía parcial, aunque prematura e inquietante, con los planteamientos soberanistas de Puigcercós. La elocuencia, en fin, es un arma de dos filos: con uno se hiere, con el otro nos herimos.

MEDIA ESPAÑA
Por Ignacio CAMACHO ABC 6 Febrero 2005

La tarde del 1 de febrero de 2005 puede considerarse ya histórica por diversos motivos, pero la mayoría de ellos resultan en extremo preocupantes para el futuro de la vida española. Sólo un optimista compulsivo como el presidente Rodríguez Zapatero es capaz de encontrar argumentos esperanzadores en una jornada en la que el Parlamento sirvió de escenario para un arrogante desafío a su propia soberanía, propiciado por la voluntad apaciguadora de un primer ministro convencido del poder devastador de su sonrisa.

Por más que el resultado de la votación sobre el plan Ibarretxe arrojase la tranquilizadora oposición de una inmensa mayoría contra el delirio secesionista del lendakari, la sesión del martes arrojó serias dudas objetivas sobre el proyecto de nación española que en estos momentos permanece planteado en la agenda política. Y además, permitió la escenificación normalizada de un reto radical en el que un presidente de Comunidad Autónoma negó formalmente, desde la tribuna del Congreso, la validez del concepto de soberanía nacional establecido en la Constitución española.

Este insólito desprecio a la voluntad colectiva de los ciudadanos no lo planteó un guardia civil lorquiano armado con una pistola, sino un dirigente público elegido con arreglo a los procedimientos establecidos en la propia Constitución y el Estatuto de autonomía correspondiente, cuyos principios pretende impugnar al margen del criterio de la mayoría. Y fue la decisión del presidente Zapatero la que permitió a Ibarretxe comportarse ante las Cortes como un jefe de Estado extranjero que encima se permitió utilizar el Congreso como plataforma para un mitin electoral en el que ninguneó con chulería el valor de la representación legítima del pueblo español. Al menos, a Tejero no lo recibió en la verja una vicepresidenta del Parlamento.

Con todo, lo peor de esa jornada no fue la presencia retadora de un secesionista embravecido, sino la ausencia casi completa de un concepto nacional en el debate con él entablado por el resto de las fuerzas políticas. Sólo el líder de la oposición, Mariano Rajoy, en su más brillante y sólida intervención en la Cámara, fue capaz de levantar ante Ibarretxe un dique político basado en la idea de nación española. Justo es consignar que también el portavoz socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, estuvo a la altura que se espera de un partido históricamente comprometido en la defensa del hecho nacional y la cohesión territorial como factor de progreso, pero su discurso quedó ensombrecido por el tacticismo desplegado por su jefe de filas, el presidente Zapatero, volcado en el empeño de desarmar a su adversario a base de benévolos guiños de complicidad y amistosas discrepancias no sobre el fondo de su planteamiento, sino sobre el procedimiento y la forma excluyente de su puesta en marcha. Actitud que, como no podía ser de otra manera, dio pie a Ibarretxe para preguntarle, en insólita réplica electoralista y mitinera, si su única objeción era que el plan no contase con el concurso previo del Partido Socialista.

La sensación que ofreció el debate en el Congreso no fue, pues, la del rechazo mayoritario de la Cámara a un proyecto delirante de ruptura del Estado democrático, sino la de una coyuntural negativa a la manera en que Ibarretxe ha planteado su delirio. En este sentido, resultó absolutamente desalentadora la constatación de que gran parte de los grupos minoritarios, de filiación nacionalista, se sumaban con mayor o menor grado de entusiasmo a la posibilidad de que los territorios que componen la nación española puedan autodeterminarse a su conveniencia siempre que lo hagan de una manera dialogante y civilizada. De repente, el edificio constitucional, la casa común de una España plural razonablemente organizada en instituciones de autogobierno solidario, quedó resquebrajado ante la pusilanimidad general, de la que sólo Rajoy y el Partido Popular emergían con la solidez necesaria para defender la configuración política que ha proporcionado a España la mayor prosperidad de su Historia.

No es casual que numerosos diputados socialistas felicitasen al líder del PP tras su intervención, un discurso que reflejaba la posición ideológica de cualquier demócrata situado en las coordenadas de libertad establecidas en la Transición. Las ideas expresadas por Rajoy -que hoy vuelve a defender en una excelente Tercera de ABC- pueden acoger bajo su amplitud a liberales, conservadores, socialistas y hasta comunistas leales a la tradición unitaria de su partido, hoy arrastrada por el fango de la conveniencia de manos de una dirección política errabunda y desquiciada. Se trata, simplemente, de la defensa de un concepto de nación moderna, democrática y plural, comprometida con las libertades individuales de sus ciudadanos y la expresión de sus peculiaridades diferenciales en ámbitos de autogobierno tan avanzados que limitan con el concepto de Estado federal. Una nación tan descentralizada que ha convertido a numerosos ministerios del Gobierno en meros supervisores de la legislación común, y cuyos delicados mecanismos de solidaridad apenas admiten ya más vueltas de tuerca sin que se quiebre la imprescindible cohesión que garantiza la igualdad de los derechos de los ciudadanos cualesquiera que sean sus lugares de origen y residencia.

Por eso es sorprendente y entristecedor que sólo el PP -y una parte silente del PSOE que no consigue, o no desea conseguir, que aflore su alma democrática nacional- defienda en voz alta y con firmeza este modelo razonable y estructurado que ha convertido a España en una potencia económica. Frente al discurso desafiante y centrífugo de las llamadas naciones sin Estado, el poder opone una especie de Estado sin nación, que cada vez será más débil como Estado a medida que vaya soltando nuevos trozos de soberanía disfrazados de cesiones competenciales. El nuevo pacto descentralizador que propone Zapatero para apaciguar las tensiones secesionistas del País Vasco y Cataluña no es más que un reparto desigual de lo que hasta ahora se ha repartido con criterios más o menos compensados. Es decir, cada vez menos Estado, menos nación, menos cohesión y menos igualdad. Ya no se trata siquiera de una idea retórica de España o de lo español, sino del concepto de lo nacional como garantía igualitaria de los derechos individuales.

Y lo peor no es que, el pasado martes, en la ignominiosa tarde en que Ibarretxe despreció el concepto mismo de soberanía nacional, sólo Rajoy levantara la barrera de una España que, en su soledad política y conceptual, parecía sólo media España. Lo peor es la inquietante posibilidad de que esa España ya demediada por el coyunturalismo esté agonizando, como escribió hace dos siglos ese dolorido español de progreso que fue Larra, a manos de la otra media. director@abc.es

El Plan Ibarretxe avanza; su rechazo, también
Editorial El Mundo 6 Febrero 2005

Decíamos en los pasados días que Ibarretxe había salido fortalecido del Pleno del Congreso del pasado martes en la medida en que Zapatero, en lugar de rechazar de forma tajante el plan nacionalista, había ofrecido la negociación de un nuevo «acuerdo histórico y definitivo», dejando abierta la puerta a un proceso constituyente.

Así lo han percibido también muchos ciudadanos, entre los que crece la opinión de que el Gobierno y la Justicia deben poner todos los medios legales para detener la aplicación del plan Ibarretxe. Lo refleja la encuesta que hoy publica EL MUNDO, en la que el 62% de los españoles pide que Zapatero recurra ante los tribunales si Ibarretxe convoca la consulta a la que se ha comprometido.

El porcentaje es alto, pero lo más significativo es que hace un mes sólo se pronunciaba un 42% a favor de esta iniciativa. En coherencia con esta respuesta, el 50% de los encuestados declara que el Gobierno debe impedir la celebración de esa consulta, aunque sea mediante la intervención de las Fuerzas de Seguridad del Estado.

El 40% de los ciudadanos cree que el debate del Pleno lo ganó Rajoy, que defendió una política de firmeza, mientras que un 30% afirma que Zapatero estuvo mejor. Es cierto que las intervenciones de uno y otro fueron muy distintas, pero es importante subrayar que Rajoy convenció al 90% de los votantes del PP y Zapatero a solamente un 61% de los suyos.

Ello pone en evidencia que un sector del electorado socialista preferiría una mayor contundencia por parte de su líder a la hora de rechazar el plan, aunque también es cierto que casi un 40% de los encuestados cree necesario ese «acuerdo histórico y definitivo» que propugnó el presidente.

Las elecciones que se van a celebrar el 17 de abril serán el mejor test para saber si la estrategia de guante blanco de Zapatero tiene éxito. El líder socialista pretende atraer a la franja más moderada del nacionalismo vasco, mientras Ibarretxe y el PNV se afanan por quedarse con el voto de Batasuna, que no va a poder presentarse a los comicios.

Los dirigentes de la formación ilegalizada pidieron ayer al lehendakari que retrase la convocatoria de las elecciones y solicitaron que la Cámara vasca apruebe una moción instando al Gobierno de la nación a permitir que Batasuna pueda presentar sus listas.

Ibarretxe declaró que el Gobierno tripartito «trabajará activamente» para que Batasuna pueda participar en las elecciones y señaló que Zapatero tiene en sus manos esa posibilidad. Ello es falso porque la ilegalización de Batasuna fue decidida por el Tribunal Supremo en aplicación de la Ley de Partidos, aprobada con una enorme mayoría parlamentaria. Batasuna no se puede presentar a las elecciones ni con su nombre ni con otros.

Pero en cualquier caso la aplicación de la norma compete a la Junta Electoral y a los tribunales, jamás al Gobierno. Ibarretxe lo sabe pero prefiere hacer demagogia para ganar los votos radicales que necesita para gobernar con mayoría absoluta.

UNA CIERTA IDEA DE ESPAÑA
Por MARIANO RAJOY ABC 6 Febrero 2005

Los españoles estamos recuperando, mal que nos pese, una sensación que dormitaba en algún repliegue de la memoria común. Hoy, como en 1977, volvemos a sentirnos inseguros, sin saber bien a qué atenernos respecto de lo que está pasando e incapaces de vaticinar qué podrá ocurrir mañana. Porque, de repente, todo parece posible, inquietantemente posible. Hasta hace cuatro días, estábamos muy orgullosos de una Transición que tantos han considerado modélica; mostrábamos al mundo el flamante texto constitucional que nos convirtió en ciudadanos libres; en fin, lucíamos con orgullo un vertiginoso proceso de descentralización (nuestro estado de las autonomías) que armonizaba ejemplarmente unidad, diversidad y eficacia administrativa. En una palabra: sentíamos que pisábamos un terreno sólido, el más sólido de toda la Historia de España. Podíamos discutir sobre el PHN o la reforma fiscal, como es natural que se discuta en cualquier sociedad democrática. Pero lo importante estaba a salvo. El suelo se estaba quieto. Alguien dijo que, de no ser por ETA, España sería un país feliz. Yo estoy de acuerdo.

De repente, descubrimos que habitamos otro planeta. No nos habíamos dado cuenta, pero la situación de España era muy insatisfactoria. Gracias a la propaganda del Gobierno, hemos podido saber que no hicimos bien la Transición, que nos urge corregir el texto constitucional y que ¡oh, incuria de gobernantes distraídos!, los estatutos de autonomía se les han quedado cortos a los nacionalistas. Es preciso, pues, moverlo todo.

No me extenderé en las causas archiconocidas de esta pintoresca situación. Es sabido que estamos ante un Gobierno débil (por voluntad propia) y que por serlo cultiva ideas confusas y vagas sobre España (son más cómodas y obligan menos). Un Gobierno, flexible como un junco, que renuncia con humildad a sostener un proyecto nítido para mejor dejarse llevar por su mentor, el señor Maragall, que, en contrapartida, es quien con más convicción defiende la política del Gobierno, es decir, la suya propia.

Esto ocurre en plena exaltación febril de un irredentismo nacionalista al que en parte alimenta. Es natural que el nacionalismo se muestre visiblemente satisfecho de la comprensión que sus tesis encuentran en un Ejecutivo movedizo, enemigo de toda rigidez, capaz de proclamarse unitario y federal al mismo tiempo. No podemos tampoco olvidarnos de la actitud que adopta el presidente del Gobierno, quien, en parte por carácter, y en parte por hacer de la necesidad virtud, proclama la fraternidad universal y el talante amigable de ofrecer la otra mejilla. Y esto no es banal, porque el afán de dar gusto a todo el mundo le arrastra a confesar que no acaba de ver claras las diferencias entre soberanía y autonomía, del mismo modo que no percibe las diferencias entre nación, comunidad nacional y nacionalidad.

Si todo esto es inquietante, la inquietud se hace alarma cuando comprobamos que en el reciente pleno de las Cortes el presidente, con un discurso que él llama de futuro, se empeña en dar la razón a los nacionalistas al proponerles negociar un nuevo estatuto que, esta vez sí, el PSOE pueda apoyar. Esto equivale a decirles: lamentamos profundamente tener que rechazar el Plan Ibarreche, pero comprendemos que ustedes, en el fondo, tienen razón; hacen bien en quejarse porque no hemos sabido resolver su problema. En otras palabras: el señor presidente piensa que existe un conflicto vasco que está mal arreglado y que la culpa es de quienes no hacemos caso de Sabino Arana.

Esto no es nuevo. El señor Rodríguez Zapatero no es el primero en sostener que el destino de los españoles se resume en procurar que no llore Dan-Auta. Así se llamaba el protagonista de aquel cuento que nos dejó Ortega: un niño caprichoso al que de ninguna manera se podía dejar llorar fueran cuales fueren sus pretensiones. Llevamos veinticinco años (los del Estatuto de Guernica) procurando que no llore Dan-Auta, y ahora que parece preparado para un berrinche mayor, bien pudiera ser que, para consolarlo, le dejemos quemar la casa.

A mí no me tranquiliza escuchar al presidente cuando sostiene que España no está aún construida, que asistimos a un nuevo comienzo, a un nuevo gran proyecto de convivencia, a una realidad nueva, más integradora, en fin, a una unión que no se impone y a la que se convoca todos los días. No me tranquiliza porque estas palabras dirigidas a los nacionalistas (¡No llores, Dan-Auta!) ellos las entienden como que no deben desesperar porque todavía no hemos vaciado del todo las alforjas del Estado.

El presidente, desde luego, no nos asegura lo contrario. Y ahora podría hacerlo con desembarazo porque, consciente de la gravedad de esta situación, le ofrecí un Pacto de Estado por el que me comprometía, sin contrapartidas, a liberar al Gobierno de sus servidumbres nacionalistas. Desde ese día el presidente tiene la certeza de que puede contar con la ayuda del Partido Popular para sostener nuestro edificio constitucional.

El presidente aceptó el Pacto. Al menos, dijo que sí, aunque no sabemos si esto significa mucho. Los hechos objetivos son que no quiso aparecer en mi compañía para reconocerlo, que sus actitudes invitan al desconcierto y que el desarrollo del Pacto parece llamativamente parsimonioso.

Una vez más (como no se está quieto), no sé dónde está el señor Rodríguez Zapatero o en cuántos sitios pretende estar al mismo tiempo. No sé (porque no lo dice) qué valores son exactamente los que compartimos o qué principios está dispuesto él a defender. Ignoro (porque no lo confiesa) hasta dónde quiere llevar su proyecto de ¿demolición del Estado?, eso que llama nueva realidad y gran proyecto de convivencia. ¿Sería mucho pedir claridad en los planteamientos y -si no coherencia- al menos una pequeñita constancia en las actitudes?

No se puede gobernar en la ambigüedad. Mucho menos se puede trasladar la ambigüedad a lo que los españoles somos. Es preciso contar, al menos, con una cierta idea de España. Hay que saber hacerse con ella, exponerla con nitidez y defenderla con coraje. En principio todas las ideas pueden ser legítimas. Por eso, si alguien piensa que debemos convertirnos en un Estado plurinacional, plurisoberano, federal, o en cualquier otra variedad de estado menguante, debiera confesarlo sin ambages, al menos para que supiéramos todos a dónde se nos quiere llevar. Porque lo que más desasosiega a los españoles es la sospecha de que el Gobierno carece de plan para España y, sencillamente, se deja arrastrar por los acontecimientos, es decir, por la voluntad de quienes no quieren saber nada con España.

Invito al Gobierno a un arranque de claridad. No lo digo con mucha esperanza. Por mi parte afirmo que, ocurra lo que ocurra, mi actitud no se modificará. Yo creo en España, como la inmensa mayoría de los españoles, y voy a poner toda mi voluntad y toda la energía de mi partido en defender que España sea y que siga siendo lo que es. Celebraré que el PSOE comparta este empeño con nosotros, pero si así no fuere, aunque otros abandonen su responsabilidad, aunque nos quedemos solos, nosotros atenderemos nuestra obligación.

El Partido Popular estará con los españoles, porque comparte su afán de construir un futuro en común y en paz, basado en la libertad, la igualdad, el mérito personal, la protección de los débiles. Un futuro que, lejos de renunciar, se apoya en todo aquello que da razón de nuestro origen, de nuestras familias, incluso de nuestra conducta.

España, la nación española, es algo más que un diseño caprichoso, maleable, a disposición de cualquier ingeniero constitucional voluntarioso. Es una realidad obstinada que nadie podrá cambiar a su capricho. No ha nacido al calor de una mente visionaria, sino de los avatares compartidos a través de una larguísima historia. No existe nación moderna con más solera, y los españoles, la realidad tangible de esa nación, no consentirán que se dilapide caprichosamente su patrimonio de siglos ni el marco de su historia, el depósito de su tradición cultural, la crónica de su aventura en el mundo.

El ferrocarril de Trespaderne
Por Pedro J. Ramírez El Mundo 6 Febrero 2005

Puesto que el lehendakari Ibarretxe inició su intervención ante el Congreso de los Diputados, presentándola como continuación de la que su antecesor José Antonio Aguirre pronunció en esa misma Cámara el 5 de diciembre de 1935, no he podido resistir la tentación de acudir al Diario de Sesiones de las Cortes para comparar lo que sucedió entonces con lo que ha ocurrido ahora.

En principio, el contraste entre la agresividad, crispación y tensiones personales que rezumaba aquel debate y el versallesco ejercicio de esgrima del martes no puede ser más alentador para la causa de la modernización de nuestra cultura política. Pero hace 70 años, en medio de la rebatiña, se puso sobre la mesa un argumento clave que yo he echado de menos ahora.

La del 35 fue una sesión bronca, plagada de interrupciones, palabras apocalípticas e insultos. El aún alcalde de Getxo que pronto sería conocido como Napoleontxu Aguirre, defendió lo que en teoría sólo era una propuesta de Estatuto de Autonomía, disertando sobre cómo le había «llegado al alma» comprobar en una reunión internacional que junto a Inglaterra estaban también representadas Irlanda, Canadá y Nueva Zelanda.

Tal referencia al proceso descolonizador del imperio británico, que enseguida contrapuso a los fracasos de la derrocada monarquía española, dio pie a los primeros incidentes, en los que destacó un diputado de la derecha llamado Bau, empeñado una y otra vez en exigir al peneuvista navarro Irujo que gritara «¡Viva España!» para probar su lealtad.

Tomó luego la palabra José Calvo Sotelo quien desplegó uno de sus celebrados derroches de oratoria hasta desembocar en un dictamen de los que hielan la sangre: «Sabemos que ese Estatuto será en vuestras manos un arma homicida». Irujo replicó que el jefe conservador les había negado el saludo cuando fueron a estrecharle la mano, pero que «la mayor honra, el mayor prestigio para un vasco es ser combatido por un godo». Arreciaron entonces los pateos, Bau volvió a la carga con lo del «¡Viva España!», Irujo le preguntó si quería obligarle a decir lo que no sentía y el pandemonio fue total.

Nada de esto ocurrió esta semana, pues tanto los miembros del Grupo Popular como los del Socialista siguieron a rajatabla la consigna de no exteriorizar en ningún momento la indignación que sin duda suscitaron en sus conciencias muchos de los planteamientos de Ibarretxe.

Fue un acierto, pues lo contrario habría alentado el victimismo que el lehendakari estaba ya presto a explotar desde antes de que comenzara la sesión. Pero esa corrección en el trato era compatible con la contundente disección de cuanto de disparatado tiene el proyecto aprobado por el Parlamento vasco e incluso al mejor Rajoy de toda su ya brillante trayectoria como tribuno -no digamos nada al Zapatero erigido en apaciguategui que dejó en manos de Rubalcaba la refutación que le correspondía hacer como jefe de Gobierno- se le quedó un argumento definitivo en el tintero.

Entre mandoble y mandoble, referencias a Polonia y Checoslovaquia, a las Navas de Tolosa y la Guerra de Cuba, Calvo Sotelo dio en la diana hace 70 años, cuando antes de alcanzar su clímax, planteó una pregunta aparentemente ingenua, pero llena de la elocuencia que caracterizó a los últimos meses de su vida: «¿Qué dirá el país de vuestra falta de lógica y sindéresis cuando vea que hoy, aquí, a las siete de la tarde de este día memorable, trágicamente memorable en cierto modo, hacéis una pública profesión de separatismo y que hoy o mañana vais a defender una proposición oponiéndoos a que se construya el ferrocarril que desde Burgos va directamente a Santander, alegando que es Bilbao el puerto natural de Castilla?».

El líder conservador se refería así a la polémica suscitada por el trazado del llamado ferrocarril de Trespaderne, pequeña localidad burgalesa que debía servir de punto de apoyo y gozne para uno u otro recorrido. Pero Calvo Sotelo quería ir de lo particular a lo general: «No juzgo el fondo de este problema porque no lo conozco en detalle Enjuicio sólo la postura política de contradicción violenta en que os situáis los nacionalistas, porque vosotros, si fuerais lógicos, deberíais apoyar todo lo que escindiese y separase a Vasconia del resto de España y si no lo hacéis así en el orden económico, pretendiéndolo en el político, entonces sois unos verdaderos farsantes».

Ciñéndonos al ejemplo, Ibarretxe debería sentirse satisfecho ante la suma de tres circunstancias que diferencian este 2005 de aquel 1935. En primer lugar nadie le ha dirigido ad hominem un epíteto semejante. En segundo lugar el no del Congreso a su plan no le deja a la intemperie sino al frente de la comunidad autónoma con más competencias de Europa.

Y en tercer lugar, así como el ferrocarril de Trespaderne nunca llegó a Bilbao, su equivalente en la era de la alta velocidad, es decir la tan anhelada «Y» vasca que permitirá plantarse en Madrid en poco más de dos horas, está incluida en el Plan de Infraestructuras y, al margen de tiras y aflojas sobre los ritmos de licitación y plazos de ejecución, la realidad es que cuenta con una multimillonaria dotación en los Presupuestos Generales del Estado de este año.

En un riguroso estudio firmado hace dos o tres semanas por Carlos Cuesta en Expansión se ponía de relieve la aparente paradoja de que así como el plan Ibarretxe pone patas arriba todos los aspectos de la relación política entre el País Vasco y el Estado, prácticamente deja intacta la regulación de su actual relación económica.

Y eso me lleva a servir de eco de aquella certera pregunta del pasado, yendo un paso más lejos: ¿En el escenario de divorcio unilateral que quiere poner en marcha el lehendakari, qué interés íbamos a tener los españoles en seguir manteniendo un vínculo económico basado en el concierto y el cupo que en la práctica supone que el Estado entrega más de lo que recibe a un territorio cuyos habitantes disfrutan de un nivel de renta claramente superior a la media, gracias a la plena apertura del mercado nacional a sus productos y a todas las infraestructuras que hacen del conjunto de España una formidable plataforma para el comercio internacional?

La pretensión del PNV es la del cónyuge que humilla a su pareja con una separación impuesta a la vista de todos en un contexto de violencia doméstica, pero pretende seguir presentándose a comer y cenar todos los días tanto en el domicilio familiar como en el de todos los amigos de su ex.

Cuando el lehendakari viene a decir en Vitoria y en Madrid que éste «no es un proyecto para romper» sino que «seguiremos llevándonos bien de otra manera», está engañando miserablemente a todos los vascos, pues parte de la base de que el Estado español y los demás estados europeos van a ser tan estúpidos como para recompensar la deslealtad constitucional pavimentada por mil asesinatos, permitiendo que el que rompe las reglas del juego siga disfrutando de las mismas ventajas de los restantes socios del club.

Puede que los españoles que han aupado hasta el poder al campeón mundial de la ética indolora no sientan el menor entusiasmo ante la idea de tener que suspender la autonomía vasca o menos aún -uff, qué pereza- ante la perspectiva de utilizar la fuerza para impedir la secesión, pero que no le quepa la menor duda a nadie que si eso se produjera las siguientes elecciones las ganaría por aplastante mayoría absoluta quien propusiera poner fronteras en Cantabria, Navarra, Burgos y La Rioja, establecer prohibitivos aranceles sobre los productos vascos y exigir a nuestros socios de la UE idéntica conducta.

¡Qué disparate, qué delirio! No, señores jelkides, el disparate y el delirio es pretender comportarse en la Europa del siglo XXI, en la Europa de la alta velocidad, Internet y el mestizaje de culturas, de acuerdo con las pautas etnicistas medievales, regurgitadas por lo peor del siglo XIX. Euskadi sólo podrá perpetuar su actual prosperidad y su actual identidad si sigue siendo lo que siempre ha sido, una parte indisociable de la España que ha hecho valer su Historia y su Derecho para participar en la construcción europea. Y fuera de ese modelo, sólo queda el de la Albania herméticamente acantonada durante la Guerra Fría.

¿Albania dice? ¡Qué pesadilla idiota, qué tonta alucinación! No, señores jelkides, la pesadilla idiota, la tonta alucinación es la que les está llevando a ustedes a hacernos perder tiempo, energías y dinero a todos los españoles para, armándonos de paciencia, hacerles bajar por las buenas del caballo desbocado que les lleva al precipicio. Porque lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible.

Por eso, en el mejor supuesto, en el menos dramático e incruento de los escenarios, dando incluso por hecho que nuestros gobernantes fueran a abandonar a su suerte al millón y pico de vascos que no quieren perder ni una sola de las varillas que despliegan el paraguas protector de la Constitución -lo cual está por ver-, la simulación de la culminación de sus empeños sólo puede llevarles al modelo albanés. ¿No quieren Arcadia pastoril? Pues Arcadia pastoril tendrán, contestaría la voz coral de 40 millones de españoles y 450 millones de europeos.

Algo parecido a esto es lo que le hubieran advertido durante el debate parlamentario Adolfo Suárez, Felipe González o José María Aznar a Ibarretxe. Según mis noticias Zapatero lo ha hecho en privado con total claridad, pero en público ha preferido alfombrar lo que para el lehendakari debió haber sido un vía crucis dialéctico con referencias a su «buena fe» y «convicciones democráticas» e incluso con la promesa de un «acuerdo histórico y definitivo» si vuelve a la senda constitucional.

Teniendo en cuenta que lo que se le presentaba era un proyecto tramitado ilegalmente y teñido de sangre por los votos proetarras, no es de extrañar que tanta complacencia causara un estupor indescriptible en gran parte de la ciudadanía. Por eso fue Rajoy quien, según nuestro sondeo de hoy, ganó el debate del martes.

Pero el sondeo también dice -o más bien sugiere- que la mayoría anhela que los políticos arreglen el entuerto sin tener que recurrir a las «tortas». Zapatero tiene un plan A que es dejar al PNV en minoría tras las elecciones vascas.

Aznar lo intentó esgrimiendo el palo del frente constitucional formado por Mayor Oreja y Redondo Terreros y él lo hace enarbolando la zanahoria de la reforma estatutaria que predica Patxi López. Aunque a mí me parece que lo inteligente sería combinar ambos resortes porque tanta cordialidad, si no va acompañada de una minuciosa descripción del infierno que aguarda a quienes rompan las amarras, sólo puede favorecer a Ibarretxe, lo cierto es que en La Moncloa se respira un moderado optimismo, alentado por los últimos datos demoscópicos.

En todo caso, España no puede jugarse su futuro a una sola carta.Zapatero asegura tener un plan B, pero su contenido es el secreto más celosamente guardado desde que llegó al poder. El tiene más información y elementos de análisis que nadie, pero no puede seguir pidiendo a los demás un mero acto de fe. En todo caso yo quiero hacerle hoy dos peticiones tan modestas como concretas.La primera, que no vuelva a decir eso de que «puesto que estamos juntos, decidamos juntos», tan fácilmente replicable con el «tenemos derecho a decidir si seguimos juntos».

Los titulares de los derechos no son ni los territorios ni los pueblos, sino los ciudadanos.Y los ciudadanos no «estamos» sino que «somos». Y como el origen de esos derechos no está ni en la antropología, ni en la geografía, ni en la lengua ni en la coyuntural correlación de fuerzas fruto de unos comicios de alcance bien tasado, sino en la Historia y en el Derecho -sí, señor presidente, en la Historia y en el Derecho- los vascos y el resto de los españoles no es que estemos juntos, sino que somos una misma cosa, aunque entre nosotros existan distintas formas de entender y asumir tal identidad, incluida la de «esos españoles que se creen no serlo», que decía Madariaga. Los que «están juntos» pueden separarse con mayores o menores traumas, pero para arrancar un brazo o una pierna de un cuerpo sano hay que causarle daños irreparables y eso sencillamente no se puede consentir.

Mi segunda petición es mucho menos filosófica. Bien está que aunque sea con 70 años de retraso le lleve usted al lehendakari el ferrocarril de Trespaderne y bien está que entre usted en la estación de la campaña vasca cortejando a los nacionalistas con los amables pitidos de su locomotora audaz. Pero procure, por si acaso, señor presidente, que el convoy de su talante no incluya ningún tipo de mercancía o combustible que ellos puedan utilizar contra el resto de la nación española el día que no le quede más remedio que aplicar su nada deseable alternativa B.

Chaves baila al son que marca el tirano
EDITORIAL LD 6 Febrero 2005

El presidente andaluz, que también lo es desde el PSOE, ha viajado esta semana hasta la isla de Cuba para, según cuenta él mismo, supervisar el estado de los programas de cooperación entre el gobierno autónomo de Andalucía y Cuba. Esto, naturalmente, sólo se lo cree él y quizá algún televidente despistado del Canal Sur, esa cadena de televisión que desde su nacimiento vive por y para servir al inquilino del sevillano Palacio de San Telmo. El objetivo, inocultable por otra parte, por el que Manuel Chaves se ha desplazado hasta La Habana es muy otro. Se ha reunido con miembros del Gobierno cubano para cambiar impresiones sobre las relaciones entre España y Cuba, y le ha brindado dos capotazos al tirano para que siga haciendo lo que mejor sabe hacer; esclavizar sin contemplaciones a un pueblo que es ya una radiografía de sí mismo.

El cambio de aires en la Moncloa tras las elecciones de marzo ha sentado muy bien a Fidel Castro. De ser un paria en el panorama internacional, condenado en prácticamente todos los foros de relieve, ha pasado a figurar en una posición privilegiada en la agenda exterior europea. Gracias a las presiones del gabinete Zapatero, la Unión Europea decidió a finales del mes pasado suspender temporalmente las sanciones que los 25 habían adoptado en 2003 contra la escalada represiva de La Habana. Bastó un gesto, la excarcelación de Raúl Rivero, para que se reblandeciesen las meninges de ciertos burócratas de Bruselas y unas más que justificadas medidas fueron suspendidas en el acto. Era exactamente lo que estaba esperando el dictador, abrir un poco la mano y ver como los acomplejados europeos se rendían a sus pies. Ya lo denunció en un brillante artículo en Le Figaro el ex presidente checo Vaclav Havel. Levantar las sanciones fue un homenaje indecente a Fidel Castro, y dar protagonismo a la dictadura es ensuciar el noble ideal de libertad sobre el que se fundamenta la Unión Europea.

Chaves, sin embargo, lo ve muy diferente. A juicio de este socialista, heredero del peor felipismo y uno de los pocos componentes de la “foto de la tortilla” que aún sigue en activo, el diálogo con la tiranía va a dar muchos más frutos que la imposición unilateral. Castro lleva cuatro décadas y media en el poder, con él y con su desvarío se ha intentado todo y lo único que ha funcionado hasta este momento ha sido la firmeza. Los Estados Unidos lo saben y por ello no han tocado la Ley de Ajuste Cubano, el famoso embargo, que sigue y seguirá vigente hasta que el comunismo cubano restituya las propiedades confiscadas a principios de los años sesenta. Además, con un régimen despótico, cuya divisa es la represión sistemática, el asesinato político y la amenaza permanente no se dialoga. Para que se produjese una democratización de Cuba sería necesario que el castrismo firmase su sentencia de muerte, y no parece muy dispuesto a ello. Los políticos que como Chaves y Zapatero se empeñan en abrir vías de negociación con alguien que no tiene intención alguna de negociar, están condenados a darse contra la pared y a regalar un tiempo y unos recursos preciosos a alguien que no se los merece.

Por su propia naturaleza, el régimen comunista cubano es irreformable. Si sobrevive es gracias a una brutal política represiva y al hecho de que la sociedad civil de la isla ha sido aniquilada. Es así de triste. Desde fuera lo único que puede hacerse es presionar con fuerza y dar cobijo y apoyo a los disidentes. La Unión Europea iba por buen camino con las resoluciones tomadas en la primavera de 2003. La llegada al gobierno de los socialistas en España ha cambiado el rumbo y esto redundará en el fortalecimiento de gobierno cubano del mismo modo que, hace veinte años, cada aproximación de occidente al bloque soviético suponía un brindis a la gerontocracia liberticida del otro lado del muro. Fidel Castro se frota las manos con el nuevo entreguismo europeo y con visitas como la de Chaves. Es todo lo que necesitaba para vivir tranquilo unos cuantos años más.

Batasuna ilegal
Editorial El Correo 6 Febrero 2005

El anuncio de la celebración de elecciones autonómicas el 17 de abril ha desatado un cruce de declaraciones en torno a la ilegal Batasuna en el que tanto los portavoces de la izquierda abertzale como los del tripartito de Ibarretxe han vuelto a eludir el problema de fondo por el que dicha formación está fuera de la ley. El hecho de que Batasuna y la izquierda abertzale en general se hayan negado a emprender el camino de la legalidad cortando amarras con su matriz etarra, conformando candidaturas 'limpias' y, sobre todo, condenando el terrorismo al que vienen dando cobertura no es una casualidad, sino el reflejo de su naturaleza, incapaz de desasirse de ETA y mucho menos de cuestionar públicamente su proceder y existencia. Las dos citas electorales que siguieron a la sentencia confirmatoria del Constitucional declarando ilegales a Batasuna y a las siglas que la precedieron mostraron cómo la izquierda abertzale está dispuesta a reivindicar derechos políticos pero se niega a atender las exigencias de la Ley de Partidos.

Con la promulgación de esta norma, el Estado constitucional decidió impedir que la legalidad pudiera dar cobijo democrático a quienes han secundado -y no dan muestras de negarse a secundar en el futuro- los más horribles crímenes cometidos en nuestro país en las últimas décadas. Claro que la representatividad de las instituciones sería más plena si a cada cita electoral pudieran acudir todas las opciones políticas. Pero esa representatividad no puede optimizarse a costa de la vida y la seguridad de los ciudadanos, ni de la memoria de casi un millar de personas cuyo asesinato, en el mejor de los casos, es considerado por la izquierda abertzale como un efecto ineludible del 'conflicto armado' que justifica y ampara. De ahí que resulte inadmisible que el lehendakari anuncie que su Gobierno «va a trabajar activamente» por lograr la legalización de Batasuna, o que participe junto a los demás miembros de su coalición en el juego de responsabilizar al Gobierno central, como si Zapatero tuviese de verdad la llave para que Batasuna pueda presentarse a las elecciones. Especialmente incomprensible es que el nacionalismo gobernante impute la responsabilidad de la eventual legalización de Batasuna a todos menos a la propia Batasuna. Desde que la Ley de Partidos fue publicada en el BOE, ninguna voz proveniente de las filas del PNV, EA o EB ha emplazado a la izquierda abertzale para que tratase de asegurarse primero y de recuperar después la legalidad cumpliendo, simplemente, con los requisitos que impone dicha ley. El hecho de que, tras fijar la fecha de las elecciones para dentro de dos meses, Ibarretxe y sus socios finjan estar comprometidos con la suerte que corra Batasuna podrá constituir una endeble añagaza para atraerse la simpatía y el voto de los más radicales, pero representa un acto de irresponsabilidad y demagogia que, lejos de contribuir a la normalización política de Euskadi, acaba dando la razón a los ilegalizados para que continúen sin rectificar un ápice respecto a su trayectoria.

Aunque lo dijera Cascos
Antonio PÉREZ HENARES LR 6 Febrero 2005

El que fuera secretario general del PP, vicepresidente primero y ministro en todos los gobiernos de Aznar, el velozmente olvidado Francisco Álvarez Cascos, siempre fue bastante más largo de recorrido y materia gris que lo que sus caricaturistas políticos, sobre todo los de su propio partido, quisieron hacer de él. Hoy recuerdo, a tenor de lo que Ibarretxe e Imaz están haciendo en el PNV y quieren hacer en el País Vasco, una premonición de Cascos que en su momento me dejó perplejo. «Puede que acabemos por echar de menos a Arzallus». Y luego me lo explicó. «Con todos sus arrebatos y su radicalismo no deja de tener la memoria de la transición y la conciencia de lo que han recorrido, pero estos nuevos carecen de lo uno y de lo otro. Son más fanáticos, la democracia les importa mucho menos que el nacionalismo, el único caldo del que se han nutrido». La cuarta carlistada que, como todas, a lo que va a muerte es contra una Constitución, ha cambiado txapela por corbata pero, trufada por el pensamiento de Sabino Arana, es la más retrógrada, xenófoba y reaccionaria de todas y sus adalides carecen hasta de ese mínimo de grandeza que no les faltó a algunos de sus viejos generales. Del generalísimo Ibarretxe sus admiradores señalan como su gran virtud, y es frase textual de un ilustre peneuvista, el ser «más terco que una mula». Vamos, que va a ser que sí. Aunque lo dijera Cascos.

Domingo en Irak
Por Mario Vargas Llosa El País 6 Febrero 2005

Me pasé casi todo el domingo 30 de enero prendido a la televisión, siguiendo las informaciones, en todos los canales internacionales, sobre las elecciones en Irak. Hace tiempo que un hecho político no me conmovía tanto.

En verdad, "contra toda esperanza", esperaba lo que ocurrió. No porque esté dotado del don de la videncia, sino aleccionado por el recuerdo de mi breve visita a ese país, a fines de junio y comienzos de julio de 2003, donde, en todos los lugares que visité advertí una sensación de alivio generalizado y una gran esperanza con la caída de la dictadura del Baaz y de Sadam Husein.

Entonces, las acciones terroristas de Al Qaeda, de Ansar al Islam, de las brigadas enviadas por los clérigos ultraconservadores de Irán, las de Abu Musab al Zarqawi y de los grupos supervivientes del Baaz estaban sólo en los comienzos y era difícil imaginarse que crecerían hasta alcanzar las proporciones apocalípticas que han tomado.

Esto, y, sobre todo, la formidable campaña internacional de los medios europeos embebidos de odio a los Estados Unidos, habían llegado a persuadir a un importante porcentaje de la opinión pública de que la intervención militar en Irak era un absoluto fracaso, y, además, una operación contraproducente que, en vez de desembocar en una democratización del país, incendiaría todo el Medio Oriente, dejándolo a merced de los fanáticos fundamentalistas antioccidentales.

¡Irak sería un nuevo Vietnam que, por segunda vez, haría morder el polvo de la derrota al arrogante coloso norteamericano! Toda la Europa del resentimiento y la nostalgia de la evaporada revolución se echó a las calles, a festejar este regalo de los dioses.

En un hermoso artículo titulado La prudencia política y el coraje de los iraquíes (EL PAÍS, 30-1-05), Michael Ignatieff se preguntaba, el mismo día de las elecciones: "¿Por qué hay tan poca gente que sienta siquiera un estremecimiento de indignación cuando ven a encuestadores tiroteados en una calle de Bagdad?

¿Por qué no hay ni el menor asomo de aplauso en la prensa por los más de 6.000 iraquíes que, arriesgando sus vidas, se presentan como candidatos a un cargo público?". Por una razón muy sencilla: porque esas elecciones no eran serias, sino una farsa de los ocupantes, que el pueblo iraquí, identificado con la "resistencia" -la palabra es un astuto embauque, para dar una aureola de dignidad a los terroristas-, iba a boicotear, mostrando así al mundo su rechazo de aquella intervención colonialista del imperialismo anglosajón. La corrección política lo había dictaminado y sólo faltaba que los hechos vinieran a confirmar la teoría.

El maltratado, diezmado, destrozado pueblo iraquí, sobreviviente de cuatro décadas de una de las más vesánicas satrapías que conozca la historia y de dos años de un terrorismo ciego y demencial contra la población civil, se ha encargado de poner las cosas en su sitio. ¿Cómo? Yendo a votar, pese a las amenazas de los fundamentalistas de que los recintos electorales y los votantes podrían ser blanco de los conductores suicidas arrebozados de explosivos y de que cada elector, por el simple hecho de depositar su voto en un ánfora, sería objeto de persecución y degüello, igual que toda su familia.

No los intimidaron. Ahí estaban, en Bagdad, en Basora, en Nayaf, en Faluya, en todo el Kurdistán y hasta en el triángulo suní. Las imágenes eran exaltantes. Familias enteras haciendo colas de muchas horas a las puertas de los centros de votación, en una atmósfera festiva, y entre ellas, las mujeres, ululando o haciendo la V de la victoria ante las cámaras, con unas sonrisas de oreja a oreja. Y hombres y mujeres respondiendo siempre a la pregunta de por qué habían ido a votar, de la misma manera: "Porque queremos paz", "Porque queremos libertad".

Los comandos de asesinos suicidas mataron a cincuenta electores, cierto. Pero cerca de ocho millones de iraquíes, jugándose la vida, concurrieron a legitimar con sus votos las primeras elecciones libres en la historia de Irak. Casi el 60% de los inscritos, una participación cívica extraordinaria comparada incluso con las democracias más avanzadas, algo que consolida de manera resonante los comicios iraquíes.

Y, también, muestra lo falaz y mezquino de aquellas argucias de los culturalistas, según los cuales es abusivo y prepotente "imponer" una democracia a la occidental a una sociedad cuya cultura la rechaza intrínsecamente porque lesiona prácticas, usos y creencias arraigadas a las que aquélla no podría renunciar sin perder en "identidad". ¡Y esos racistas se consideran progresistas! No advierten siquiera que su noción de identidad colectiva es un campo de concentración que condena a un pueblo entero a no progresar jamás, a eternizarse en el oscurantismo y la barbarie.

Después de lo ocurrido en estas elecciones, ¿pasará por la mente del Gobierno español la sospecha de que, acaso, fue prematuro retirar las tropas de Irak con la precipitación que lo hizo? ¿Que, tal vez, fue una imprudencia exhortar a los otros países que formaban parte de la coalición encabezada por Estados Unidos y Gran Bretaña a una deserción parecida?

Naturalmente que no. Porque, ya, un ejército de escribidores progresistas estremecen los ordenadores para tranquilizarle la conciencia demostrando, en juiciosas argumentaciones deconstruccionistas, que estas elecciones no son de ningún modo lo que parecen -el inicio de un proceso de democratización en marcha en Irak, como ocurrió en Afganistán-, sino un accidente, un pequeño traspiés del pueblo iraquí, que, indebidamente manipulado, ha caído en una trampa, de la que pronto saldrá, descubriendo lo que verdaderamente es correcto y le conviene.

Y que, en todo caso, las bombas y los asesinatos de "la resistencia" probarán pronto que nada ha mejorado, que todo va para peor. Nunca tan cierta como en nuestros días la frase de Arthur Koestler según la cual el intelectual es capaz de demostrar todo aquello que cree y de creer todo aquello que puede demostrar.

No importa cuál sea el resultado de las elecciones iraquíes, éstas han sido ya, por la masiva participación de votantes, un éxito de largas consecuencias para todo el Medio Oriente. Ellas prueban que es perfectamente posible que un país de inmensa mayoría árabe y musulmana opte por un sistema democrático, donde haya alternancia en el poder, se respete el derecho de crítica, y una descentralización vertical y horizontal de los poderes garantice a las mi-norías étnicas y religiosas una amplia autonomía.

Por primera vez en su historia, los chiíes, el sesenta por ciento de la población, dejarán de ser marginados y explotados por la minoría suní, y los kurdos (casi un veinte por ciento) tendrán asegurada su lengua y su cultura dentro de la flexible unidad nacional.

Desde luego, queda mucho por hacer y, no hay la menor duda, el terrorismo fanático y cavernario causará todavía muchas muertes. Pero estas elecciones son un hito, que, acaso, contribuya a atenuar el escepticismo y la hostilidad de países como Francia y España y los induzca a colaborar con el pueblo iraquí en su empeño -que se ha hecho patente en estos comicios- por emanciparse del terror y la opresión y conquistar la modernidad.

Todo este domingo, mientras veía las imágenes de Irak en la pequeña pantalla, pensaba en el profesor Bassam Y. Rashid y su familia. Profesor de español en la Universidad de Bagdad, doctorado por la Universidad de Granada, el profesor Bassam fue mi traductor y compañero inseparable los doce días que pasé en Irak.

La palabra "caballero" parecía inventada para este bagdadí musulmán y suní, de urbanas maneras y exquisitos gustos literarios, generoso y tolerante, al que tantos años de horror y dictadura no habían quebrantado el espíritu ni erosionado en él la convicción de que Irak sería, un día próximo -"como España", decía- una democracia moderna y próspera.

Estoy seguro de que en una de esas colas largas de votantes estaban él y su maravillosa mujer, cuya hospitalidad convertía su modesta casita en un palacio. Y, sin duda, se habían llevado con ellos, a fin de que su memoria grabara para siempre este día histórico, al pequeño Ahmed, su hijo, quien me aseguraba que el paraíso tenía la apariencia de Granada. Como usted bien sabe, profesor Bassam, hay ficciones que se vuelven realidades.

Con el coraje que han demostrado este domingo sus compatriotas, Irak será una de ellas, ya verá. ¡Y lo celebraremos comiendo el cordero que usted sabe, el Cusi, en The White Palace!

España como Nación
Cartas al Director ABC 6 Febrero 2005

La gestión de varios temas importantes para el futuro de España deja mucho que desear. Pero el que más preocupa es el de la existencia de España como Nación. El tratamiento que Zapatero está dando a los asuntos relacionados con el nacionalismo e independentismo asusta. No se sabe si es ingenuidad, falta de visión de Estado o egoísmo, que con tal de seguir en La Moncloa es capaz de vendernos, pactando con personajes cuyo mayor empeño es terminar con un país con quinientos años de historia.

¿Cómo se entiende que recibiera durante cuatro horas a Ibarreche en La Moncloa? Para decir no se tardan diez segundos. ¿Cómo se tolera un debate en el Parlamento cuyo resultado era conocido: no al ilegal plan? ¿Por que Rodríguez no dijo un no rotundo y claro, como sí lo hizo Rajoy? Ibarreche, con su actitud chulesca y prepotente, vino para iniciar de forma triunfal su campaña electoral y lo consiguió utilizando gratuitamente demasiado espacio electoral en varias televisiones. Juan Alfaro Martínez. Tarancón (Cuenca).

Carta abierta al lehendakari
ALFREDO TAMAYO, IGNACIO LATIERRO Y RAFAEL AGUIRRE Cartas al Director El Correo 6 Febrero 2005

Somos ciudadanos y nos dirigimos a usted, lehendakari, porque tiene la máxima responsabilidad a la hora de garantizar el buen gobierno de nuestra comunidad. Entendemos como buen gobierno la gestión de cada día, pero también, y muy especialmente, la estabilidad institucional y social en la Comunidad Autonómica Vasca.

1. Creemos que su proyecto contiene una fuerte dosis de fundamentalismo político. Sustituye la realidad de una ciudadanía decididamente plural por la uniformidad imaginaria de un pueblo vasco poseedor de unos derechos ancestrales que hundirían sus raíces en la noche de los tiempos. Y a los vascos que no son/somos nacionalistas los/nos condena a la condición de ciudadanos advenedizos y de segunda clase.

2. El plan que usted propone se sitúa al margen de la legalidad vigente. Hace caso omiso de la Constitución, del Estatuto de Autonomía y de las normas de la Comunidad Europea. Se equivoca usted, en nuestra opinión, al afirmar que los vascos, es decir, los ciudadanos de la Comunidad Autónoma Vasca, tengan capacidad legal para decidir su estructura y su futuro y que el Estado esté obligado a aceptar esta decisión. La deriva finalmente secesionista y populista camuflada de hermosas y falaces palabras no tiene sitio ni en la Constitución, ni en el Estatuto, ni en la Constitución europea.

3. Su proyecto, lejos de solucionar la división que sufre nuestro país, va a agravarla, dándole carta de una supuesta legalidad haciendo así la paz y la normalización social poco menos que imposibles.

4. Su conducta política en los últimos tiempos junto con la de su Gobierno presenta un serio déficit ético. Usted y su Gobierno han aprobado unos presupuestos valiéndose de una trampa. Proclamó no querer contar con los votos de la ilegalizada Batasuna. Habla usted de negociación pero lo que muestra es cerrazón y terquedad.

5. Nosotros apostamos decididamente por un marco de convivencia que señalan la Constitución y el Estatuto. Los veintitantos años transcurridos desde su promulgación avalan su capacidad como instrumento de articulación institucional. No podemos comprender cómo usted nos arrastra a una aventura finalmente secesionista con la que no está de acuerdo una parte notable de la ciudadanía vasca satisfecha en líneas generales con el estatus vigente. Nos parece a todas luces irresponsable esta iniciativa de intentar lanzarnos a un futuro lleno de interrogantes y peligros, tanto en el terreno político como en el de la estabilidad económica y financiera.

6. Lehendakari: su plan no acalla a ETA y somos ciudadanos que sabemos, igual que el resto de la sociedad vasca, que es preciso vencer a ETA. Llevamos varias décadas influidos por el miedo y el silencio que ha causado el terrorismo. Sabemos, lehendakari, que la sociedad vasca no apoya el terror y que cada vez será menos posible el silencio. Y que unidos debemos vencer a ETA, y no pasar del silencio al olvido o a la desmemoria colectiva. También por esto, lehendakari, necesitamos que apueste usted por los ciudadanos con que no ha contado. Y si no es así, lehendakari, necesitamos que muchos ciudadanos que siguen deseando un País Vasco con paz -y donde convivamos todos- le retiren la confianza antes de que sea demasiado tarde.

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