AGLI

Recortes de Prensa     Martes 8 Febrero 2005
NOTAS CLÍNICAS
JON JUARISTI ABC 8 Febrero 2005

LA RUPTURA PENDIENTE
Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA ABC 8 Febrero 2005

Reparar el error
Federico Jiménez Losantos El Mundo 8 Febrero 2005

EL LADO OSCURO DEL EXITO
EDURNE URIARTE ABC 8 Febrero 2005

Nacionalismo de cabreros
JUAN JOSÉ R. CALAZA La Voz 8 Febrero 2005

UN NUEVO GOBIERNO
Jaime CAMPMANY ABC 8 Febrero 2005

El señor de Bilbao
Francisco Umbral El Mundo 8 Febrero 2005

ZP el del tongo
Isabel Durán Libertad Digital 8 Febrero 2005

Predicar y no dar trigo
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo 8 Febrero 2005

La deportación de la CMT y el nacionalismo
Alberto Recarte Libertad Digital 8 Febrero 2005

Más que palabras
Cartas al Director El Correo 8 Febrero 2005

¿Autodeterminado
Cartas al Director El Correo 8 Febrero 2005

El Foro de Ermua se querella contra Otegi, Elorza y Balza por el acto de Batasuna en San Sebastián
Libertad Digital 8 Febrero 2005



 

NOTAS CLÍNICAS
POR JON JUARISTI ABC 8 Febrero 2005

DIFERENCIA, que no debería pasar inadvertida, entre los discursos de Puigcercós y de Ibarreche del pasado martes: el portavoz de ERC amenaza con independizar Cataluña; el lehendakari habla como si el País Vasco fuera ya independiente y propone iniciar una relación amable con España. Uno vocifera y el otro intenta caer simpático. Diferencia entre dos patologías: la neurosis infantil del catalanismo y la paranoia abertzale. Delirios de un insensato agravio imaginario en el primer caso y, en el segundo, del privilegio en exceso consentido -es decir, con sentido en exceso o con exceso de sentido (en la paranoia hay siempre un sentido que excede), parecen converger en la impugnación de la unidad nacional española, pero, en realidad, divergen y en su divergencia radica la débil esperanza de que la locura no nos contagie a todos.

El discurso de Puigcercós no despierta emociones en los socialistas porque no se aparta del grado cero del discurso arcaico que almacenan los cerebros saurianos de la izquierda. Puro radicalismo pequeño-burgués, que habría dicho el Marx del Manifiesto: a saber, la tríada republicanismo, federalismo, anticlericalismo. No es cierto que la izquierda española viva en el delirio de la última guerra civil. En realidad, no se ha movido mentalmente del cantón de Cartagena. En este año quijotil, tanto a Carod como a Rodríguez Zapatero (et pour cause, a Maragall) se les debería obsequiar con dos versos atrozmente juveniles de Felixmarte de Azúa: «ya eres republicano/ y federal». A salvo de la historia feroz y de sus lobos realmente existidos, nuestras caperucitas rojas se han instalado en la sala de estar de la casa del abuelo Pi y Margall, en torno a un velador agobiado por la caspa, donde se pasan las horas tontas discutiendo sobre el pacto sinalagmático y multilateral como posible vía de refundación del Estado. Las bravuconerías de Puigcercós no arrancaron del presidente del Gobierno ni un mal pestañeo. El tribuno de Esquerra predicaba a un convencido y lo sabía. En rigor, mirando a Rodríguez Zapatero, Puigcercós bramaba para Rajoy. Y en vano, porque ni estaba en la agenda del jefe de la oposición ni lo estará nunca. A Rajoy no le preocupa la atrabilis de los de ERC, sino el abismo que se adivina tras la sonrisa flemática del jefe de Gobierno.

Tanto la filípica votiva de Puigcercós como la reconvención cremosa que Rodríguez Zapatero dedicó a Ibarreche delatan una desdichada incomprensión de la naturaleza del nacionalismo vasco. Ambos -a los dos primeros me refiero- parecen creer que el nacionalismo vasco es asimilable al catalán, quizá con algunos rasgos propios de exageración y frenesí, pero, en el fondo, de la misma pasta. Se equivocan. Las apelaciones de los nacionalistas catalanes al federalismo repugnan a los abertzales. El federalismo está bien, piensan éstos, para los nacionalistas catalanes, los gallegos y la izquierda en general: no para los vascos y vascas, que, en el sentir de Ibarreche, Imaz y compañía, no han sido jamás españoles, no lo son y nunca lo serán. Si las cosas se ponen difíciles, como en vísperas del debate, el lehendakari puede permitirse alguna concesión verbal al federalismo asimétrico que tanto entusiasmaba a un social-austracista como Ernest Lluch, pero es pura retórica para evitar la soledad parlamentaria de la Carrera de San Jerónimo y atraerse el calorcillo amistoso de los catalanistas. Los nacionalistas vascos detestan el federalismo, que atenta contra el principio -contra el mito- de la soberanía originaria e irrenunciable del pueblo vasco. Por cierto, se sentirían tan ajenos a un federalismo europeo como a un federalismo español. La soberanía originaria no es enajenable, ni total ni parcialmente (no puede, por tanto, resignarse en instancias estatales supra o plurinacionales -como piensan Puigcercós y Rodríguez Zapatero- porque no pertenece a los vascos y vascas concretos y concretas, mero epifenómeno histórico, sino a la nación mítica). A socialistas y catalanistas puede resultarles tranquilizadora la suposición de que el nacionalismo vasco transigiría con un federalismo extremoso. Después de todo, es la misma esperanza absurda que alimenta Madrazo, y éste ha demostrado que, pretendiendo creérselo, no se vive tan mal. Sin embargo, además del motivo ideológico mencionado, hay otros de orden pragmático que disuadirían de optar por la vía federal a cualquier hipotético dirigente abertzale que hubiese llegado tan lejos como Ibarreche.

La introducción de la fórmula comunidades nacionales en el vocabulario político de la revolución progresista en curso ha elevado la confusión hasta un nivel que roza la catástrofe semántica. Para el nacionalismo transversal catalanista, la comunidad nacional se identifica con la totalidad de la población catalana, incluyendo a los catalanes abiertamente antinacionalistas, si es que queda alguno. Para el nacionalismo vasco, la comunidad nacional equivale estrictamente a la comunidad nacionalista, y ésta excluye, por supuesto, tanto a los socialistas como a los populares, pero también a los oportunistas de Izquierda Unida, que ya se irán enterando de ello, a su pesar, tras las elecciones del 17 de abril. En cambio, incluye a ETA. Es obvio que las expresiones «vascos y vascas» y «comunidad nacional» son, en boca de Ibarreche o de Otegui, sinónimos exactos de comunidad nacionalista. El plan Ibarreche representa, ante todo, una tentativa de agrupar a todos los nacionalistas, desde el PNV a ETA, en torno a un programa mínimo común. Ibarreche afirma que sólo el asentimiento del Gobierno Español a las condiciones de dicho plan, en el que se plasma la voluntad del pueblo vasco (o sea, de los abertzales), pondría fin al conflicto. Traducción al castellano: sólo si se aceptan las exigencias de los nacionalistas, ETA dejará de matar.

Nada de esto es nuevo. El plan Ibarreche constituye un mero avatar del Pacto de Estella. Lo que sí representa una lamentable novedad es la pretensión gubernamental -es decir, socialista- de tratar el problema a la catalana. Ibarreche no puede ceder ni en una coma, no sólo porque no pueda siquiera imaginarse haciéndolo, sino porque, si negociara de verdad, la comunidad nacionalista estallaría, con imprevisibles pero, en cualquier caso, no muy agradables consecuencias para el PNV y el propio lehendakari. Puigcercós afirmaba el martes que negociar implica estar dispuesto a ceder por ambas partes. No es lo que piensa Ibarreche. La mínima cesión significaría una traición a la voluntad de los vascos y vascas, porque así lo consideraría ETA-Batasuna, y es sabido cómo premia ETA a los traidores. Los socialistas (Rodríguez Zapatero, López, Eguiguren, etc.) quieren pensar que lo del Frente de Estella es agua pasada y que el proyecto de reforma estatutaria auspiciado por el PSE permitiría, tras el 17 de abril, establecer en la Comunidad Autónoma Vasca un calco del tripartito catalán. Quizá con un Arzalluz y un Ardanza eso habría sido posible. No con Imaz e Ibarreche. El frentismo se llevó por delante a los viejos cuadros pragmático-cínicos del PNV. Quedan, como observaba hace unos días José Ramón Recalde, los fanáticos. Lo más sensato y honesto que se oyó el martes en el hemiciclo fue la oferta de Rajoy a Ibarreche para ayudarle a salir del laberinto en el que se ha metido con todos sus vascos y vascas. Las balsámicas promesas compensatorias de Rodríguez Zapatero, por el contrario, han empeorado una situación ya de por sí desastrosa, porque nada irrita más a un paranoico que comprobar que lo tratan como a un crío caprichoso y neurótico.

LA RUPTURA PENDIENTE
Por Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA ABC 8 Febrero 2005

DE repente, la izquierda española, o, al menos, gran parte de ella, invoca la necesidad de emprender una segunda transición. Ocioso es recordar que resulta imposible encontrar algo parecido entre las exigencias que la mayoría de los españoles dirigen a sus gobernantes. Nada sirve ya, al parecer. Se diría que cinco lustros de democracia, concordia y desarrollo económico y social son demasiado. El espectáculo de la anomalía española tiene que continuar después de tan prolongadas vacaciones. La Constitución de la concordia se ha convertido en incómoda antigualla. Y los Estatutos de Autonomía, en insoportables corsés que violentan las legítimas pretensiones de autogobierno de los «pueblos de España». Alumnos poco aventajados del príncipe Salinas, tal vez aspiren a que cambie todo para que todo permanezca igual. Es preciso volver al filo de la navaja y a los aledaños del precipicio. Y todo, ¿por qué? ¿Por las exigencias de las minorías separatistas? ¿Por la debilidad parlamentaria del Gobierno socialista? ¿Por las errabundas convicciones radicales del presidente del Gobierno? ¿Por todas estas razones a la vez? ¿O, acaso, también por las pulsiones destructivas de la izquierda radical? No sé. Sólo sé que hay quienes parecen empeñados en dilapidar el mayor capital político de la historia contemporánea de España. En uno de los mejores momentos de nuestra historia, dirigentes poco sensatos nos quieren devolver a los años treinta y nos proponen la discordia como programa nacional. Otra izquierda es posible.

Nada más peligroso que una «segunda transición». Aznar tituló así un libro, pero, en realidad, se trataba de abogar en favor de un segundo traspaso de poder, de la izquierda a la derecha para culminar el proceso de la transición, de la única. Pues, según los expertos, las transiciones a la democracia se consolidan cuando se produce el segundo traspaso de poder. El primero fue el que tuvo lugar de la UCD al PSOE. La transición habría culminado cuando el PSOE entregó el poder al centro-derecha. Pero transición, si lo es de verdad, sólo hay una. La nuestra tuvo sus éxitos y sus fracasos, sus virtudes y sus vicios, pero el saldo político para la convivencia nacional fue, en general, muy favorable. Quizá por eso algunos se empeñan ahora en enterrarla. O hay democracia o no la hay. Si la hay, no se precisa una segunda transición. ¿Hacia dónde? Si no la hay, lo que tenemos no es una democracia. Dudo que Zapatero acepte esta tesis, que lo convertiría en dirigente de un régimen no democrático. Por lo tanto, es absurdo propugnar una segunda transición. Absurdo o, quizá, irresponsable e insensato.

Por lo demás, quienes, a pesar de todo, se empeñan en esta especie de suicidio político colectivo, deberían lograr un consenso parecido al que obtuvieron la transición (la única) y la actual Constitución. Es evidente que nada de esto es posible sin el PP. Por lo tanto, el Gobierno y sus cómplices y apoyos parlamentarios deberían abstenerse de estos experimentos de destrucción nacional. Todo parece indicar que el juego suicida al que intentan jugar gran parte de la izquierda y los nacionalismos consiste en una especie de «contra-transición». Si ya hay democracia, la transición pretendida no puede ser un camino hacia la democracia (que ya existe), sino hacia otra meta menos confesable. Quizá no sea un ejercicio de mal pensar el atribuir a los ingenieros de esta empresa de demolición nacional el empeño de dar cima, no a la transición, ya consumada, sino a la ruptura que la razón y la historia les negaron. No buscarían así tanto una segunda transición, contradicción en los términos, cuanto la superación de lo que sienten como un viejo agravio, un antiguo anhelo insatisfecho: la ruptura pendiente.

Reparar el error
Por Federico Jiménez Losantos El Mundo 8 Febrero 2005

Reparar un error es más difícil que cometerlo. Ayer comentaba que el error Rajoy, que no se produce ahora ni es sólo del jefe de la oposición sino de toda la clase política de la derecha y de la izquierda política que no era ni es nacionalista, viene desde los orígenes de la Transición y podríamos llamarlo de «negligencia nacional».

Podría resumirse en aceptar todo lo que los nacionalistas consideraban inaceptable, desde renunciar a recibir la enseñanza en el idioma materno hasta borrar el nombre secular de las ciudades en español, abandonando sin lucha la Enseñanza y los medios de comunicación a quienes tienen como objetivo esencial y casi único la destrucción de España. Fue lo primero que entregó la UCD y lo último que liquidó el PP.

El PSOE, que no tenía los complejos de la derecha y podía haber forzado al nacionalismo a aceptar una reconsideración de España en función de la realidad socioeconómica alumbrada tras la Guerra Civil, abandonó a su suerte a esos millones de españoles convertidos en ciudadanos de segunda en Cataluña o el País Vasco... salvo en las elecciones, claro.

Entonces aparecían por Cornellá o Baracaldo Alfonso Guerra y Los tres tenores (Bono, Ibarra y Chaves) apelando a los sentimientos, a la nostalgia geográfica y al rencor de clase de los emigrantes andaluces y de la España pobre, que tras contribuir decisivamente con su trabajo y su ahorro al desarrollo de la periferia, singularmente Cataluña y el País Vasco, se encontraron en la democracia no menos marginados que en la dictadura, ya que toda la política estaba controlada por los nacionalistas.

Sí, en estos últimos 20 años, el PSOE, los comunistas y -muy especialmente- los sindicatos llamados de clase (UGT y CCOO) sólo se han acordado de España en las zonas de hegemonía nacionalista a la hora de votar. No es raro que hayan acabado olvidándola.

Como se partía de una falacia, que era considerar el nacionalismo privativo de las derechas, bastaba cultivar un nebuloso resentimiento para que la idea de España no desapareciese... hasta las elecciones próximas; mientras, había que pactar con Pujol, y siempre lo mismo: menos España.

Los hijos de esos inmigrantes que se iban jubilando, se educaban en el desconocimiento y el desprecio a España, la nación de sus padres y su barrio, ya no la suya. El ministro Montilla es el símbolo de los millones de españoles sacrificados en su libertad y su cultura para que los nacionalistas «se sintieran cómodos» o, como dice Rajoy citando a Ortega y Gasset, «para que no se enfade Dan-Auta».

Dan-Auta pide ahora la independencia junto al cordobés antiespañol. ¿Y qué hacer? Para compensar, habría que hacer mucho. En Educación y medios de comunicación, lo que no se ha hecho nunca.

EL LADO OSCURO DEL EXITO
Por EDURNE URIARTE ABC 8 Febrero 2005

El éxito de las naciones tiene el mismo lado oscuro que el éxito de los individuos, el exceso de confianza en uno mismo, la soberbia, la imprudencia, la pérdida de la conciencia de los límites. El éxito narcotiza de tal forma que, a veces, las naciones, como los individuos, se deslizan por la mediocridad y la decadencia. Cuando observo la inercia con las que hemos asistido en los últimos meses a la revisión de los grandes acuerdos de la Transición que han sustentado en buena medida el éxito de nuestro país no puedo evitar la evocación del lado oscuro del éxito de España. Porque no es la prudencia lo que explica la calma con la que los ciudadanos han recibido hasta el momento la apertura de una segunda Transición, que nacionalismos insaciables y un Gobierno de flexibilidad infinita han emprendido.

El problema de nuestro país es que hemos perdido el miedo al fracaso que teníamos en la Transición. Hemos llegado a creer que nuestra ya poderosa nación puede resistir todo, que nuestro andamiaje institucional es inmune a cualquier retorcimiento. Y si Zapatero dice que podemos reconsiderar todo lo construido y negociar otro proyecto con las minorías descontentas, el país reacciona con la laxitud de quien se cree que ha conquistado la estabilidad para siempre.

¿Y quién le dice al ciudadano de esta democracia satisfecha que hay razones para la alarma? Me parece que Mariano Rajoy daba vueltas a las consecuencias de esa pregunta hasta este domingo pasado, hasta esa significativa, quizá determinante, Tercera en la que decidió asumir el liderazgo de ese «no» y la defensa del sistema autonómico y de la nación española. Porque si en los tiempos de Aznar, con todo el poder, la llamada posición inmovilista era difícil de mantener, en la soledad de la oposición, al baldón del inmovilismo se le suma el atractivo del discurso de las virtudes infinitas del método democrático que alumbrarán un nuevo y milagroso acuerdo y alejarán el conflicto.

Por eso Rajoy dudaba en estos últimos meses entre la indefinición, la espera, la apertura al diálogo o la asunción de ese discurso de la conservación del modelo actual, provocador en esta España satisfecha, temerariamente optimista y con una experiencia democrática demasiado breve para apreciar los beneficios del inmovilismo en normas y estructuras fundamentales. Pero al menos ahora Rajoy ha definido un liderazgo. Y los ciudadanos, sobre todo, los satisfechos, tan sólo se movilizan cuando hay liderazgo.

Nacionalismo de cabreros
JUAN JOSÉ R. CALAZA La Voz 8 Febrero 2005

ANDA muy revuelto el patio por lo que nos están preparando Ibarretxe en el País Vasco y Maragall en Cataluña. Para una mejor intelección del problema aconsejo la lectura de un reciente libro de Pío Moa, artillado con extraordinaria pertinencia analítica ( Una historia chocante , Encuentro Ediciones), en el que expone bajo los focos de la historiografía la nómina de los gratuitos desafueros cometidos contra la integridad de España, la cual pudiera hacerse interminable de relatar aquí, y las desleales conductas de los partidos nacionalistas de nuestra disputada periferia. Yo mismo, en pretéritos artículos, me detuve en la consideración de los despropósitos en que pararon algunas autonomías caídas en lo que pudiéramos llamar, en evitación de designaciones peores, interpretación del Derecho constitucional al oído. Porque hasta las más poderosas razones pueden correr desgraciados caminos y contra su dolorosa evidencia y en defensa de nuestra común cultura y nuestra pluralidad, saludable pero también difícil de administrar y asimilar, quisiera restablecer ahora, hasta donde me fuera posible, la sinrazón de tanta jactancia.

Si bien se mira, tanto el nacionalismo vasco como el catalán y el gallego se aparentan a una creencia tullida, que nada tiene que ver con el concepto moderno de democracia ni con el de ciudadanía. Tengo pocas dudas de que los nacionalistas padecen una incapacidad casi congénita para asimilar el instinto democrático profundo que convierten a su conveniencia, y con tendencia a lo irreversible, en simple aritmética electoral allí donde se sienten fuertes para delimitar el perímetro de aplicación. Echando mano de los criterios que más les convengan. O como señaló pertinentemente Arcadi Espada (www.arcadi.espasa.com), «el ámbito de decisión» es la piedra de toque que mantiene activos los distintos negociados y chiringuitos ideológicos nacionalistas.

La democracia española entiende mejor que ninguna otra en Europa que los habitantes de algunas regiones, a las que designa como nacionalidades y ya es mucho designar dentro del territorio nacional español, desean gozar de autonomía en cuestiones relativas a su gobierno y arbitra para ello, mediante los estatutos correspondientes, las reglas de funcionamiento y las competencias cedidas. Insisto: cedidas. El asentamiento de mayorías políticas nacionalistas ha forzado -mediante la educación, subsidiariedad y subvenciones- un encono contra España que torna inviable nuestro modelo autonómico. A partir de aquí, exigir que el ámbito de decisión sea nacional-autonómico genera una dinámica que desembocará inevitablemente en guerra civil o en secesión.

La democracia es mucho más que la imposición de las mayorías electorales a las minorías, mídanse ambas como se quiera, porque de lo contrario podría exterminarse por voluntad mayoritaria a las personas inteligentes que, desgraciadamente, son siempre las menos. La democracia es ante todo ausencia de arbitrariedad en la aplicación de las reglas de juego preestablecidas. Por tanto, con las reglas vigentes en España y en Europa, si los revisionistas constitucionales son coherentes con sus planteamientos, admitirán que una Constitución revisada acoja, si la mayoría de españoles así lo decide, tanto la posibilidad de independencia para Cartagena como la exclusión de las Cortes de los partidos políticos que no entren en el ámbito de decisión estrictamente español.

UN NUEVO GOBIERNO
Por Jaime CAMPMANY ABC 8 Febrero 2005

DICEN los que creen saber algo acerca de los caminos insondables de la política socialista que el Zapaterito prodigioso está dándole vueltas en el caletre a la idea de cambiar el Gobierno después del referéndum de Europa. Otros rumores más enérgicos y desesperados anuncian la convocatoria de elecciones generales para finales del año, o antes si espera peligro de muerte. La jugada de Ibarreche al adelantar las elecciones vascas para celebrarlas en abril habría aconsejado devolver la misma jugada. Entre bobos anda el juego.

Con este Gobierno del sálvese quien pueda, cautivo del Tripartito, y con su presidente siempre en trance de sonrisa, no puede el Partido Socialista enfrentarse a un PNV, tal vez con mayoría absoluta en el País Vasco y envalentonado detrás de la bandera alzada del Proyecto de Estatuto para el Estado libre asociado y otros dislates. No va a ser Moratinos, modales finos, ni las ministras de cuota, que están como una chota, los que adopten las medidas adecuadas que requiera la situación, una situación que -ya se ve claro- adquirirá importancia de órdago al Estado, y por tanto al Gobierno que en ese momento lo represente.

Después de las reiteradas advertencias, o amenazas, de Ibarreche, quien no vea el peligro de que eso suceda es que está ciego. Sólo una derrota del nacionalismo en las urnas vascas podría aplazar el envite. Pero hay que tener en cuenta que las elecciones del País Vasco, convocadas con carácter de plebiscito sobre el plan Ibarreche, se van a celebrar bajo el terror etarra, permitido y aún favorecido por el gobierno nacionalista. Imaginar que el PNV, instalado en Ajuria Enea, va a permanecer neutral en la próxima campaña electoral, con el plan Ibarreche en liza, es correr el riesgo de que nos salgan alitas en los omoplatos.

Para guarecernos de la que está cayendo y sobre todo de la que va a caer, algo tendrá que inventar el Zapaterito prodigioso o el que le sople al oído los remedios para las graves ocasiones. Algo tendrán que decirle los socialistas con pesquis y con experiencia. Porque si Zapatero se estrella, que eso es lo que se ve venir, no se estrella solo, y tampoco se estrella solamente el Gobierno, que al fin y al cabo, ya no puede estar más estrellado de lo que está, sino que se estrella también el partido, y ya sería la segunda vez que en esta democracia el Partido Socialista sale del poder malparado, herido y vapuleado.

Una regresión dolorosa en la situación de España no es noticia grata. Pero hay que reconocer con decepción y tristeza que el Gobierno de Zapatero ha acumulado en menos de un año muchas más torpezas y muchos más fracasos de los perdonables en un novato rodeado de novatos. Será, quizá, condición del famoso «talante» personal del propio Zapatero, porque en la aciaga tarde del debate en el Congreso, la breve respuesta de Rubalcaba a Ibarreche fue más enérgica y terminante que la del propio Zapaterito. Está claro que Zapatero se queda para las felicitaciones y las mamolas, para bodas, aniversarios y bautizos. Y corremos el riesgo de que termine por entregar la unidad de España, pero eso sí, con mucha educación y urbanidad.

El señor de Bilbao
Por Francisco Umbral El Mundo 8 Febrero 2005

Antañazo, el señor de Bilbao venía a Pasapoga a conocer gente y dejarse unos duros en la ruleta de Bellas Artes. Pero las costumbres han cambiado y ahora el señor de Bilbao viene con un plan Ibarretxe a visitar obispos y políticos.

Ni se le ocurre aparcar el Mercedes delante de Pasapoga o de Chicote, entre otras cosas porque en la Gran Vía ya no se aparca y los nacionalismos van directamente al reciclaje de algún Ministerio. Pero en provincias -porque siguen siendo provincias- lavan el Mercedes el domingo para estar el lunes en Madrid, que vienen a cambiar España de nombre o ponerlo en argot, como Lleida y Acoruña.

A una semana del debate sobre el plan y el Mercedes de Ibarretxe, la recopilación mental de todo lo coloquiado, discutido, publicado y rechazado, nuestro resumen y el de cualquiera consiste en que Ibarretxe ya no es el antiguo señor de Bilbao, drapeado de sortijones y embarnecido de cabarets.

Por el contrario, este señor de Bilbao, que quizá no ha estado nunca en el Bilbao profundo, resulta ser un pardillote nervioso, pajaril, de movimientos bruscos y sintaxis tosca. Nada más llegar a la capital se fijó en las corbatas o el descorbate de los políticos madrileños, y ahora aparece en los actos de su pueblo con un descamisamiento que en él no queda elegante, sino más aldeano.

La derecha y la izquierda, los soberanistas y los socialistas, comentan en sus sedes que el País Vasco, la movida periférica de castañuela es impresentable política y jurídicamente, pero lo que no ha glosado nadie es la escritura, las maneras, el estilo.

El plan Ibarretxe produce rechazo no sólo por los peligrosos disparates que en él se acuñan, sino por la forma, por el estilo o la falta de estilo, por lo pedernal de las maneras y lo frailuno de los razonamientos. Si todos los intelectuales vascos fueran así, de Unamuno a Sánchez Mazas, Bilbao no habría sido llamado nunca la Atenas española del norte.

Los razonamientos de Ibarretxe, por desmanganillados y excesivos, no ofenden a nadie; lo que aquí ha ofendido, lo que ha hecho pupa, es la humillación que supone someternos a un documento indocumentado que va contra la propia Historia de Vascongadas y contra los modales de aquel país, que es el nuestro. Los etarras, en sus comunicados urgentes o prematuros, muestran mayor finura de caligrafía que Ibarretxe, suponiendo que la diestra literaria no sea la misma.

La tónica general, ya digo, en mentideros y picaderos políticos, es el chiste sobre Ibarretxe y luego, más en serio, la crítica de un paletoide asilvestrado al que sólo ilumina por relámpagos y apagones el espectro de Sabino Arana, para que él siga con su teoría de las tortas, que es lo más brillante que ha dicho hasta ahora.

Aquellos comunicados de ETA anunciando una bomba abandonada tenían el valor literario de su cinismo. Pero Ibarretxe no alcanza la categoría intelectual del cinismo, sino que dice sus verdades y sus mentiras como tirando piedras y ha sido, en todas las bodas madrileñas, el invitado torpoide que rebaja el nivel de la cosa y necesita un portavoz aseado con las inolvidables corbatas de Cuqui Fierro. Ibarretxe es un vinculero, un trabucaire de buena voluntad, un político pedáneo, pero no se le puede presentar en Embassy, por favor.

Reunión con Imaz
ZP el del tongo
Isabel Durán Libertad Digital 8 Febrero 2005

Al finalizar el largo debate del Plan Ibarretxe el pasado 1 de febrero en el Congreso de los Diputados, una imagen quedó grabada en la retina de algunos. El presidente del Partido Nacionalista Vasco, Josu Jon Imaz, departía alegremente con Alfredo Pérez Rubalcaba. Estaba pletórico, y lo que es peor, el portavoz de los socialistas también.

La rumorología de la estafa sobrevoló por los pasillos de la Carrera de San Jerónimo tras el melifluo y endeble discurso del presidente del Gobierno. “Es que no da más de sí”, decían unos. “En realidad trata de contentar a todos”, aseguraban los menos. Lo cierto es que José Luis Rodríguez Zapatero estaba escenificando su añagaza perfectamente calculada.

Con razón simuló al día siguiente un encuentro casual de cafetería con los periodistas parlamentarios escogidos para tal evento para advertirles de que no se equivocaran: sólo su discurso es el futuro, el del líder de la oposición, puro pasado. ¡Menudo juego sucio! ZP había amañado el debate. Ha engañado a los ciudadanos ocultando su pacto secreto con el PNV y ha utilizado en la trola a Mariano Rajoy haciendo de la farsa el eje central de la política nacional.

A La Moncloa no le ha quedado más remedio que admitir que ZP recibió en secreto a Josu Jon Imaz y que juntos departieron durante 5 horas. Casi se acercan a las seis horas de Carod Rovira en Perpiñán con la cúpula de la banda terrorista ETA.¿Qué ha pactado ZP a espaldas de la soberanía nacional? ¿Qué oscuras negociaciones se trae entre manos con quienes se presentaron en Madrid con el aval de los asesinos? ¿Cuán inconfesables son esos acuerdos para mantenerlos al margen de la opinión pública?

Ahora más que nunca se entiende la humillación y el descrédito a previo a las víctimas. Ahora sabemos lo que ya intuíamos. ZP se mofa de la soberanía nacional. Es un agiotista de la democracia. Pero como todavía estamos en una sistema parlamentario democrático, ZP, el del tongo, debe acudir de nuevo al Congreso y dar explicaciones cuanto antes.

Predicar y no dar trigo
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo 8 Febrero 2005

El lehendakari Ibarretxe se apareció el sábado a los medios y anunció que su Gobierno iba a «trabajar activamente» para que Batasuna concurra a las elecciones. ¿Qué entiende Ibarretxe por «trabajar activamente»? Misterio, porque lo único que estaba en su mano era apurar al máximo la legislatura con el fin de dar tiempo a que se configurase una candidatura 'blanca' y no lo ha hecho. El lehendakari tenía un problema de kalehendari con la Semana Santa de por medio y sólo pudo acortar la legislatura en 26 días, algo menos de lo que preveía Eguiguren, pero lo suficiente para que el Aberri Eguna de este año sea el arranque de la campaña electoral. Un pueblo elegido, guiado por su Juan Josué hacia su propio ámbito de decisión, su tierra prometida.

La vicelehendakari explicó una cosa y su contraria, a saber: que si existiera voluntad de legalizar a Batasuna se podría hacer en 48 horas, al tiempo que recordaba a los ilegalizados que «cada uno es responsable de sus actos».

Batasuna anima al lehendakari y su Gobierno a la coherencia. Si han redactado un Estatuto que declara explícitamente nulos determinados artículos de la Constitución en Euskadi y están en contra de la Ley de Partidos, nada hay en el terreno de los principios que les impida declarar no vigente dicha ley en esta comunidad. Ya puestos, y con carácter provisional, proponen aplazar las elecciones hasta que Batasuna esté en condiciones de concurrir a ellas.

El problema es que Batasuna ha sido ilegalizada por el Tribunal Supremo por formar parte de una banda terrorista y no puede presentarse a las elecciones. Aunque condene la violencia. Aunque forme listas blanqueadas. El mero hecho de estar apadrinadas por Batasuna las contaminaría para los tribunales. Es verdad que el par director de este Gobierno y sus socios pequeños muestran un saber más bien escaso sobre los rudimentos del Estado de Derecho, pero no está en manos del PSOE -y menos aún en las del PP, por razones obvias- legalizar unas listas electorales presentadas por Batasuna.

Los nacionalistas incruentos y ese mutante que responde al nombre de Javier Madrazo consideran que los radicales son imprescindibles, pero están dispuestos a repartirse sus escaños y arreglárselas sin ellos. Es el arte de predicar y no dar trigo. Lamentan la incomparecencia mientras se aprestan a recoger sus votos. Seguramente no es una actitud decente, pero tiene un precedente histórico. Vespasiano fue el emperador romano que construyó el Coliseo y dio nombre a los urinarios públicos, al establecer un impuesto sobre ellos en el siglo I. Cuando en el Senado se le reprochó el tributo escatológico, se hizo acercar el cofre de las recaudaciones y llevándose unos sestercios a las narices, dijo: «non olet».

Apuntes
La deportación de la CMT y el nacionalismo
Alberto Recarte Libertad Digital 8 Febrero 2005

1) La deportación
La deportación de la Comisión estatal de telecomunicaciones a Barcelona, en las precisas palabras de Carlos Bustelo, nos explica más sobre las obsesiones del nacionalismo catalán de lo que parece.

Evidentemente, la comisión podría haberse establecido en Barcelona desde un primer momento. Fue una decisión política, por más que tiene lógica económica que se estableciera en Madrid, sede de las principales compañías del sector que regula la Comisión, y que su responsabilidad se intercale, confunda o siga a la de otros organismos, como el Tribunal de Defensa de la Competencia o las secretarías de estado de telecomunicaciones y economía.

Su traslado forzoso a Barcelona no va a tener ningún resultado empresarial relevante. Ni investigación, ni formación, ni “cluster” de desarrollo. ¿Por qué, entonces, la petición de Maragall y el acuerdo de Rodríguez Zapatero? La demanda tiene que ver con un incomprensible complejo de inferioridad que afecta a la mayoría de los políticos catalanes y a muchos de sus principales empresarios y a familias significativas del anterior y del actual régimen.

2) El empuje catalán y el parasitismo madrileño
Durante siglos, incluso durante gran parte del franquismo, Madrid, ese objeto actual de temor para ese grupo significativo de la sociedad catalana, era considerado como un parásito, que vivía de los impuestos a la iniciativa del resto de España, pero especialmente de Cataluña. Incluso Franco pareció aceptar como un dato esta situación y compensó no sólo a Cataluña, sino al País Vasco y Asturias, las regiones más significadas en la ruptura de la legalidad constitucional, ya fuera durante las monarquías borbónicas o la república, con inversiones públicas y subvenciones a empresas privadas, para que se establecieran en esas regiones, o nacionalidades en algunos casos, como dice la vigente Constitución.

Y tuvieron razón durante casi todo el tiempo. Madrid fue siempre una capital artificial, mal comunicada, que vivía del gasto público en un estado centralizado y que aportaba muy poco al resto de España. Salvo ser la representación de la unidad nacional; de una unidad que las clases dirigentes de esas regiones a veces aceptaban y a veces no; dependiendo de sus intereses en cada momento. Pero lo que nadie podía esperar era que el momento preciso en que España se convirtió en el estado de las autonomías, Madrid, como ciudad, región, y representante de una Castilla estatutariamente dividida, y sin conflictos, temores ni resentimientos con el resto de España, comenzara a prosperar.

3) Sorpresa: Madrid se desarrolla
Yo era de los que creían que al dejar de ser capital de un estado centralizado, con el gasto público dividido, ahora, al 50% entre el estado central, por una parte, y las autonomías y ayuntamiento, por otra, Madrid perdería peso económico e importancia estratégica. Y ha ocurrido lo contrario ¿Por qué?

Sin afán de intentar dar una respuesta definitiva, hay una serie de factores que explican el despegue económico de Madrid, que ahora, por primera vez en su historia, no depende –o al menos lo hace en mucho menor grado que anteriormente– de succionar recursos del resto de España; antes bien, en términos fiscales –siempre de difícil y dudosa calificación– podría ser de las regiones que más recursos transfiere al resto. Aunque los argumentos fiscales son, repito, más que dudosos.

En primer lugar, el tamaño de la población, casi 6 millones de personas; mejor educadas y formadas que el promedio de las que viven en el resto de España. Con una altísima densidad de población, lo que garantiza un mercado cercano e inmediato para los bienes y servicios de muchas empresas pero, en primer lugar, para las establecidas en el propio Madrid.

En segundo lugar, en Madrid nunca ha habido industria ni agricultura que necesitaran ser reconvertidas en un largo, costoso, traumático y doloroso esfuerzo que ocupó buena parte de los años setenta y ochenta; lo contrario de lo que ha ocurrido en la España desarrollada industrialmente, en particular lo que lo hizo durante el franquismo.

En tercer lugar, la economía actual se basa en la calidad de los servicios. En el PIB nacional la industria significa sólo el 17%, la agricultura apenas el 3%, la construcción el 14%. El resto son servicios. Las últimas revoluciones tecnológicas, las de las comunicaciones, en todos sus sentidos, afectan a toda la economía, pero principalmente a los servicios, donde Madrid tiene mayor peso, tradición y formación que otras regiones antaño más ricas, más industriales, más desarrolladas. Y cuando parecía que había terminado el proceso de ajuste industrial de los 70, 80 y principios de los noventa, se impone la globalización, una mayor competencia y una drástica deslocalización, que vuelve a afectar a los motores industriales de España por más que, a lo largo de los últimos años del franquismo y durante la transición, en Madrid se hubiera establecido ya una industria relativamente grande y ciertamente mucho mayor y más productiva que la tradicional.

En cuarto lugar, y eso se lo deben –y muchas más cosas por supuesto– los habitantes de Madrid a los del resto de España, han mejorado espectacularmente las comunicaciones y las infraestructuras. Carreteras, ferrocarriles y aeropuerto, sirven, ahora, para unir a toda España a través de Madrid. Toda España se beneficia, porque quizás por primera vez en su historia el país entero es un mercado único para muchos bienes y servicios y Madrid actúa, en muchos casos, como coordinador y almacenador; además, de gran consumidor.

En sexto lugar, y quizá es una razón más importante que muchas de las anteriores, Madrid es la capital del idioma español, un bien intangible que tiene un extraordinario valor económico, que ahora es explotable económicamente gracias a las últimas revoluciones tecnológicas, la de las comunicaciones y la que permite rapidez y bajo coste a los transportes.

Finalmente, en séptimo lugar, en Madrid no hay tradiciones políticas, sociales, culturales o empresariales que obliguen a hacer un esfuerzo de adaptación a cualquiera que decida establecerse aquí. Y son millones los que han votado con sus pies que el centro de España es un territorio en el que tienen confianza para vivir indefinidamente.

4) Un difícil proceso de asimilación
Asimilar este proceso no está resultando fácil para nadie. Ni para los políticos que representan al estado ni para las autonomías. Ni, especialmente, para las clases dirigentes de autonomías como Cataluña, que aunque tienen más autonomía política que la que han tenido nunca desde la guerra de secesión se encuentran inseguros económicamente. Temen que el futuro sea más difícil y sus políticos, en gran parte muy mediocres, en lugar de buscar soluciones están buscando responsables. Y el primero en el que han pensado es en Madrid, como representante de la unidad política española. Esa búsqueda de culpables es castradora, porque no les ha permitido analizar y considerar que el desarrollo de Madrid –y del resto de España– ha ocurrido como consecuencia de la aparición de muchos factores –algunos de los cuales he mencionado– que nadie había previsto y que nos han sorprendido a todos, empezando por la clase política nacional. El miedo al futuro de parte de la sociedad, la más expuesta a los cambios, ha sido aprovechada por muchos políticos, catalanes y del resto de España, que han encontrado en el nacionalismo una panacea, pues les permite responsabilizar genéricamente a "Madrid", y ahora, también, a otras regiones de "chuparles la sangre". De ahí al victimismo social y político sólo hay un paso. Y apenas otro más para transformar esos lógicos sentimientos de inseguridad e incertidumbre en odio y, aún peor, en envidia.

Por eso proliferan ahora las supuestamente serias balanzas fiscales, cálculos de lo que cuesta la solidaridad con el resto de los españoles; ya no sólo con los de Madrid. Pero la inseguridad va más allá. No se sienten capaces de defender ni siquiera su lengua y encuentran como salvación prohibir hablar en castellano. Lo que, con el tiempo, puede significar quizá una mejoría de la capacidad de expresarse en esa lengua, pero mayor aislamiento, menos relación con una enorme comunidad de hispanohablantes, menos intercambios universitarios, de alumnos, ideas y profesores. La deriva del complejo de inferioridad es todavía peor, porque el nacionalismo, como defensa, da paso, la mayoría de las veces, a regímenes políticos autoritarios, decididos a devolver su prestigio y su peso a sociedades como la catalana, pero a través de los boletines oficiales, a través de decisiones dictatoriales. Ahora quieren dejar de hacer transferencias fiscales al resto de España apoyados en imposibles de calcular balanzas fiscales; por supuesto, no hablan de balanzas comerciales ni económicas, ni de subvenciones históricas, ni de deuda pública y de la seguridad social, acumuladas, sobre todo, en esas regiones desarrolladas económicamente antes; pero, después, vendrán más impuestos, la selección de ganadores empresariales, las directrices sobre qué consumir y de qué procedencia. Una política destinada al fracaso, porque el mundo se ha globalizado; para todos, catalanes, vascos, madrileños y el resto de los españoles. El futuro no es, sin embargo, tan negro como lo ven los nacionalistas: exige preparación, flexibilidad, conocimiento de idiomas, bajos impuestos, buenas comunicaciones, la menor interferencia económica pública posible. Y un estado de derecho fuerte. España, incluso con la complejidad administrativa y política que significa el estado de las autonomías, ha demostrado, durante unos años, que es capaz de ganar esa batalla que tanto temor produce a los nacionalistas. No estamos hablando de una tarea imposible ni de un sueño visionario.

5) Un triste ejemplo del nacionalismo catalán
La Comisión estatal de Telecomunicaciones, sus empleados y el servicio regulador que prestan están pagando un precio que no les corresponde. Están pagando la inseguridad, la demagogia y la envidia de Maragall y la incuria y la frivolidad de Rodríguez Zapatero.

Más que palabras
Manuel Graña Romay/Bilbao Cartas al Director El Correo 8 Febrero 2005

En ocasiones, las palabras traslucen más de lo que nos gustaría sobre lo que pasa por nuestra mente. Esto le ocurre también a nuestros próceres nacionalistas. Cuando el presidente de nuestro Gobierno vasco dice que «PP y PSOE no pueden sustituir la voluntad del pueblo vasco» nos está diciendo que la intersección entre el pueblo vasco y los votantes o militantes de ambos partidos es nula. Estas formaciones no sólo no forman parte del pueblo vasco, sino que forman parte de un proceso de colonización y genocidio del auténtico pueblo vasco. Bajo esta interpretación, es obvio que el pueblo vasco tiene derecho a defenderse de estos agresores, con la contundencia que sea precisa. Es más, nos aporta implícitamente una definición de pueblo vasco: coincide exactamente con los militantes y votantes del PNV (no olvidemos que tanto EA como el MLNV son escisiones de este partido), más el tonto útil de turno, del que se puede prescindir.

¿Autodeterminado?
José Luis Bidaguren Intxausti/Bilbao Cartas al Director El Correo 8 Febrero 2005

Yo no quiero ser autodeterminado como el señor que escribía en esta sección. En contraposición con él, quiero ser totalmente dependiente de mis vecinos y conciudadanos. Si ellos quieren venir a mi casa y saquearla o destrozarla, o decorarla a su manera, yo callado. Quiero vivir en una casa donde todos puedan entrar y salir a su antojo, sin que yo pueda decir nada. Quiero una policía, sanidad, educación, etcétera que no me representen a mí. No quiero moneda, ni ferrocarril, ni banco, ni Hacienda cercanas, sino que me los impongan, y yo ni mú. Que me molesten todos, cuando ellos quieran y deseen. Las compañías telefónicas, de fuera. Para enriquecerse, mejor los de fuera, el dinero corrompe. ¿Televisión? Mejor de fuera, así te informan de lo que pasa lejos, y no te enteras de lo que pasa en tu casa. Además, no tendré que estudiar eus- kera, que es muy difícil, para ver los partidos de fútbol en la ETB-1. ¿Aeropuerto cercano, para qué? Si quiero viajar en avión, iré a Madrid. Cumpliendo todas estas premisas no pagaré nada, no tendré préstamos a los que hacer frente y podremos ser la autonomía (huy, perdón, región vascongada) más rica de la historia de esa España, una, grande y libre. ¿Bueno! Lo he pensado mejor. Algo le daremos a Madrid por dejarnos el aeropuerto, el ferrocarril, Hacienda, sanidad, educación, etcétera. ¿Y es que soy masoquista !

PIDEN AL GOBIERNO QUE ACTÚE A TRAVÉS DE LA FISCALÍA
El Foro de Ermua se querella contra Otegi, Elorza y Balza por el acto de Batasuna en San Sebastián
A través de sus Gestoras Cívicas, el Foro de Ermua interpondrá este martes, ante el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco una querella contra Arnaldo Otegi, Odón Elorza y Javier Balza por un delito de desobediencia por la realización del acto de la ilegalizada Batasuna-ETA en el velódromo de Anoeta el 14 de noviembre pasado. En la querella, el Foro de Ermua recuerda las declaraciones de Otegi en aquel acto: "Un partido ilegal con un portavoz ilegal celebra un acto ilegal".
Libertad Digital 8 Febrero 2005

La Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo habían prohibido toda actividad de Batasuna por su vinculación con ETA. Esta orden fue desobedecida por Arnaldo Otegi en el acto citado, con la "colaboración necesaria" de Odón Elorza, alcalde de San Sebastián, que cedió las instalaciones municipales para la realización del mismo y de Javier Balza, consejero de Interior del Gobierno Vasco, que lo autorizó.

Según el Foro de Ermua, "la desobediencia a los tribunales y la habitual quiebra de las disposiciones legales que vivimos en Euskadi conlleva un deterioro grave de nuestra democracia, un incumplimiento del Estatuto y un atropello de nuestros derechos individuales". Desde esta asociación reiteran su voluntad "de oponerse a que ningún político actúe al margen de la Ley impunemente, como si el País Vasco fuera su feudo particular y su simple voluntad valiera más que la legalidad".

"Como vascos, como españoles, como ciudadanos, desde el Foro Ermua y sus Gestoras, exigimos a nuestros políticos el respeto estricto de la legalidad y exigimos también al Gobierno central que active todos los resortes de los que dispone, desde la abogacía del Estado, hasta la fiscalía, pasando por los Delegados del Gobierno, para liderar esta batalla en defensa de la democracia", añaden los responsables de esta asociación en un comunicado.
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