AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 21 Febrero 2005
Por esto votamos no
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 21 Febrero 2005

SIN PENA NI GLORIA
Editorial ABC 21 Febrero 2005

El “euroescepticismo” del 20-F y el gobierno del 14-M
EDITORIAL Libertad Digital 21 Febrero 2005

Más madera contra el PP
Isabel Durán Libertad Digital 21 Febrero 2005

Campaña infame
Federico Jiménez Losantos El Mundo 21 Febrero 2005

Europa por los pelos
Pablo Sebastián Estrella Digital 21 Febrero 2005

EUROPA NO ES FELIZ
BENIGNO PENDÁS  ABC 21 Febrero 2005

LAS VÍCTIMAS DE PECES-BARBA
Jorge TRIAS SAGNIER ABC 21 Febrero 2005

EL RAPTO DE EUROPA
Jaime CAMPMANY ABC 21 Febrero 200

Ibarretxe en Israel
Juan Aranzadi El País 21 Febrero 2005

ETA no sabe hablar
Cartas al Director ABC 21 Febrero 2005

Con acento español
Javier Aguilar La Razón 21 Febrero 2005

Gotzone Mora pide la dimisión de Peces Barba y Mikel Buesa denuncia su sectarismo con las víctimas
Libertad Digital 21 Febrero 2005

 

Por esto votamos no
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 21 Febrero 2005

Ni un día ha tardado Zapatero en darnos la razón a quienes, precisamente por españoles, europeos y liberales, votamos ayer NO a este plebiscito a mayor gloria de su figura política. Es difícil resumir en un breve discurso tanta mezquindad, tanto sectarismo, tanta miseria moral y tanta soberbia personal como los exhibidos por el Presidente del Gobierno tras los resultados electorales, más cerca del relincho de gozo que de la celebración cívica. Aunque el triunfo del “sí” se lo debe al PP, no ha tenido ni una palabra de agradecimiento para Rajoy. Aunque ERC e IU han votado “no”, ha dicho que nadie había perdido en este referéndum. En realidad, nos ha pasado el resultado a todos por las narices como un triunfo personal, que es para lo que lo convocó. Siempre lo creímos así y por eso votamos No. Con todos los respetos para los votantes del PP que han elegido el “Sí” o el voto en blanco, creo que los hechos nos han dado la razón.

Por si la mezquindad no era suficiente, por si el sectarismo no parecía bastante, Zapatero ha asociado la mísera victoria del “Si”, que no llega a uno de cada tres españoles con derecho a voto, a la victoria de los socialistas en las elecciones portuguesas que, dijo, alegra a todos los progresistas europeos. Añádase la guinda de la autofelicitación por la llamada del “compañero José Borrell”, al que creíamos Presidente del Parlamento Europeo antes que miembro del partido o de la secta y se tendrá la radiografía completa de un sectario radical al que ayer la Derecha perdió la oportunidad de infligir un severo correctivo. Ojalá no tenga que lamentarlo tanto como la abstención en el referéndum sobre la OTAN, del que salió un Felipe tan endiosado como ya lo está Zapatero y con muchos años de Gobierno por delante. Esperemos que no sean tantos.

Si alguien pensaba que con los socialistas cabe el juego limpio, se habrá caído del guindo con el destape del napoleonismo zapateril, que ha presumido de sentirse “respaldado por millones de españoles” para instalarnos “en el corazón de Europa”. Ni uno de cada tres votantes españoles lo respaldó ayer y, objetivamente, estábamos mucho mejor en Europa con el Tratado de Niza que con esta chapuza burocrática abusivamente llamada Constitución. Este referéndum ha sido impropio de una democracia. Este fatuo y ensoberbecido Presidente del Gobierno ha demostrado hasta qué punto él también lo es. Como, por experiencia, temíamos que podía pasar esto, votamos No. Desde luego, nosotros no tendremos que arrepentirnos. Otros, tal vez. Y tal vez demasiado tarde.

SIN PENA NI GLORIA
Editorial ABC 21 Febrero 2005

LA primera valoración del resultado del referéndum sobre el Tratado constitucional europeo estaba descontada porque se sabía que iba a reflejar un voto afirmativo mayoritario, incluso abrumador. Los portavoces del PP y el PSOE se ajustaron al guión para mostrar su satisfacción por el respaldo que los electores dieron al que será nuevo Tratado de la Unión Europea, si los restantes Estados que aún quedan por ratificarlo lo hacen en los próximos meses. Ambos partidos habían pedido el «sí» y pueden sentirse legítimamente coautores de que el refrendo haya superado la prueba, aunque tampoco haya motivos para el entusiasmo, pese a la sensación de alivio que ofreció sin disimulo el Gobierno, ante una participación que finalmente superó el 42 por ciento.

Mezquindad en el análisis. Es más, el Ejecutivo socialista debería tener muy claro que si ha salvado los muebles en buena parte se ha debido al comportamiento del electorado popular, que en líneas generales no se ha dejado llevar por la tentación de castigar al Gobierno. Por eso, los reproches velados de Rodríguez Zapatero al PP son, además de injustos, reveladores de una actitud política mezquina. Haría bien el Gobierno en no detenerse tanto en el porcentaje de votos negativos registrado en algunos distritos de Madrid, y detener en cambio su mirada, para una reflexión serena y no partidista, en el comportamiento de ERC y de IU. Un dato que pone de manifiesto lo injusto de las críticas socialistas: el porcentaje del «sí» en las Comunidades gobernadas por el PP fue del 79,30; en las regidas por el PSOE se situó en el 78,67. Las cifras hablan por sí solas e inhabilitan los argumentos del Gobierno.

El enemigo en casa. Sólo colocando los intereses de partido y del Gobierno por encima de los intereses de España y de Europa puede entenderse que el PSOE arremetiera anoche contra el principal partido de la oposición y se mostrara condescendiente hasta la sumisión con los independentistas catalanes, adalides del «no» al Tratado de la UE. Seguramente, Rodríguez Zapatero habrá reparado también en el alto porcentaje de «noes» registrado en el País Vasco, donde no parece que el electorado del PNV haya seguido la consigna del partido, tal vez porque vea en la Constitución europea un enemigo peligroso, capaz de hacer frente a los delirios secesionistas del nacionalismo. Que mire alrededor el presidente del Gobierno y entienda, de una vez, que es el PP, y sólo el PP, en quien puede confiar para plantar cara a los que pretenden menoscabar la fuerza del Estado.

Como es previsible, las lecturas del resultado servirán a las posiciones de unos y otros y se insertarán en sus argumentos respectivos, pero lo responsable será no refugiarse en interpretaciones parciales o sesgadas. Menos que nadie, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, que había puesto en los hombros de los españoles una responsabilidad -la de ser primeros en Europa- que iba más allá de sus deberes como ciudadanos llamados a una consulta no vinculante, sobre un Tratado que desconocían.

Precipitación y abstención. Pues bien, desde esa vocación magistral que el Gobierno quiso dar al referéndum, lo más probable es que los resultados no hagan aumentar los apoyos al Tratado constitucional en Europa, ni mermar el euroescepticismo de amplios sectores sociales de los Estados miembros, algunos de los cuales se enfrentarán a consultas mucho más espinosas que la del 20-F. El aprobado raspado de la consulta tampoco va a suponer para España un refuerzo en el difícil equilibrio comunitario -más conflictivo tras la ampliación-, porque para cualquier observador imparcial un 42 por ciento de participación, con más de un 17 por ciento de voto en contra y un 6 de sufragios en blanco, lo que no deja de ser una forma de abstención activa, representa un modesto aval para el fogoso europeísmo de Rodríguez Zapatero. Incluso, apurando el análisis, puede decirse que el «sí» no ha llegado a un tercio del censo electoral.

DE lo que no cabe duda es de que este resultado allana el camino a la ratificación parlamentaria del Tratado, después de que Rodríguez Zapatero decidiera, a la vista de su nefasta campaña, convertir en vinculante lo que era un referéndum consultivo. Será en el Parlamento donde nuevamente el PSOE se encontrará votando lo mismo que el PP, y viceversa. Y éste es un dato que ayer tuvo también su imagen nítida. En los asuntos de Estado, por ejemplo, cuando hay que preservar el orden constitucional frente al Plan Ibarretxe, cuando hay que poner a España en el nuevo proyecto europeo que representa el Tratado constitucional, el Gobierno sólo cuenta con el valor seguro del PP y de su dirección actual. Y nuevamente, los aliados de Rodríguez Zapatero se manifestaron en contra de una política que, de forma objetiva, sirve a los intereses nacionales de España.

El Gobierno y sus contradicciones. En el río revuelto de una pésima campaña institucional y de unos resultados heterogéneos -por razón del territorio- la opción más entusiasmada es el antieuropeísmo de Esquerra Republicana de Cataluña y de Izquierda Unida. Ambos partidos han capitalizado indebidamente la totalidad del voto negativo y se arriman, como hizo días atrás Gaspar Llamazares, a la abstención, pero pueden ufanarse de ser los que con una mano sostienen a Rodríguez Zapatero y con la otra socavan sus principales decisiones políticas. ¿Por cuánto tiempo es sostenible esta situación? El Gobierno tendrá que hacer algo más que oficiar de maestro del diálogo para lidiar los porcentajes del «no» y la abstención en el País Vasco y Cataluña, que acotan fuerzas políticas que están en la agenda del Ejecutivo para tomar decisiones trascendentales para el futuro de España. La contradicción sólo es llevadera durante un tiempo, pero la doble ética política de Rodríguez Zapatero -con el PP para unas cosas, y con comunistas e independentistas para otras- debe tocar a su fin, algo de lo que han de ser conscientes tanto el propio jefe del Ejecutivo como la dirección popular, en aras de mantener su legítimo protagonismo como única oposición al Gobierno socialista.

La lealtad del PP. El Partido Popular y su líder, Mariano Rajoy, pueden estar plenamente satisfechos de haber fijado, desde el primer momento, una posición inequívoca a favor del «sí» al Tratado europeo. Su decisión puede calificarse como estratégica para mantener al centro derecha en coordenadas propias de una opción de gobierno, como es el PP, y gracias a ellas los populares pueden y deben reclamar su aportación decisiva a la aprobación del Tratado constitucional. La sociedad española puede ver en el PP un partido que distingue los intereses de Estado de la estrategia partidista y que ha sabido no confundir la importancia de sus responsabilidades con los beneficios de un desgaste gubernamental en la cita del 20-F. El que también debe verlo es el Gobierno, porque tras Europa viene España, es decir, las reformas constitucionales y estatutarias, para las que el PP no es menos importante ni necesario ni imprescindible que para sacar adelante el torpe referéndum planificado por Rodríguez Zapatero, quien haría bien en no sacar conclusiones equivocadas del resultado de la consulta.

El “euroescepticismo” del 20-F y el gobierno del 14-M
EDITORIAL Libertad Digital 21 Febrero 2005

El respeto a la realidad exige, pues, admitir que el gran vencedor de este referéndum ha sido el euroescepticismo Si el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha sido capaz de saltarse a la torera la legalidad electoral vigente con ocasión de la campaña divulgativa de este tratado europeo, no hay que extrañarse que sus portavoces consideren un “éxito” esta convocatoria, a pesar de no haber acudido a ella casi el 60 por ciento de los ciudadanos llamados a las urnas. Se trata, ni más ni menos, de la convocatoria electoral con más escasa participación de la historia de la democracia en España y la más baja, junto con una celebrada en Irlanda, de cuantas relacionadas con la UE se han celebrado en Europa.

Por mucho que el Gobierno quiera hacer de la necesidad virtud y señale que “tres de cada cuatro españoles” han votado favorablemente a este tratado, lo cierto es que estos “españoles” no alcanzan a representar siquiera a uno de cada tres de los llamados a las urnas. El respeto a la realidad exige, pues, admitir que el gran vencedor de este referéndum ha sido el euroescepticismo. Y esto es un fracaso mayúsculo del Gobierno, se ponga como se pongan los medios propagandísticos de ZP y sus reincidentes “tontos útiles”

El “sí” tiene muchos padres, pero la responsabilidad de elevar la participación de los españoles en los comicios europeos era de quien convocó este referéndum aprisa y corriendo. Ya sabemos que el gobierno, no contento con saltarse el consenso con los demás partidos a la hora de diseñar las formas y los tiempos, no dudó en saltarse la legalidad electoral.

“Ahora sí podemos decir que los españoles somos los primeros con Europa”, decía subjetivamente la vicepresidenta del Gobierno, dejando descarada y objetivamente en evidencia que aquel fue siempre un lema clara e ilegalmente orientativo del sentido del voto.

Si hemos sido “los primeros con Europa” con una abstención que ha superado con creces a la participación, ha sido por algo tan sencillo como que nuestro gobierno ha sido el único que ha tenido la desfachatez de no dar tiempo de someter a contrastación y a debate público un tratado cuando todavía ni siquiera estaba concluido. ¿El resultado? Pues que ha crecido el euroescepticismo y que los españoles con Zapatero hemos pasado de ser los europeos que más activamente participábamos en los comicios europeos a los que menos. ZP quería hacer una ofrenda “histórica” a Europa, y ciertamente, lo ha conseguido: Ofrecer un “Si” que bate todos los récords de desinterés.

El Gobierno podrá escamotear su responsabilidad ante la indiferencia de la mayoría de los españoles, tanto como aferrase al amplio respaldo al “Sí” entre la histórica minoría de españoles que ha acudido a votar. ZP podrá consolarse así tanto como lo hacía aquel cura que se negaba a contabilizar el 70 por ciento de agnósticos que había en el pueblo, fijando la atención del obispo sólo en el 25 por ciento de creyentes que, efectivamente, superaban al 5% de ateos declarados...

Ante una idea de Europa falseada por un gobierno que la somete a la trágala, sin discusión y como laico dogma de fe, no hay que extrañarse que crezcan el número de “agnósticos”. Lo ha hecho incluso el número de “ateos”.

Abstención Plus
Más madera contra el PP
Isabel Durán Libertad Digital 21 Febrero 2005

El resultado del primer referéndum que se celebra en Europa sobre la mal llamada Constitución europea supone un sí mermado, fané y descangayado, que deja en un lugar más que mediocre a su promotor, el Gobierno socialista presidido por José Luis Rodríguez Zapatero. Los españoles han batido un récord al conseguir el peor índice de participación de la historia de la democracia y la peor participación en un referéndum europeo, excepción hecha de Irlanda con el Tratado de Niza.

Lo más destacable es que ZP Plus es un presidente sin credibilidad y que ha demostrado que sigue en campaña. “Hoy nadie ha perdido” ha dicho el jefe del Ejecutivo. Quizás si hubiera mencionado la abstención habría sonado algo más creíble. Pero quien se ha llevado la palma en sectarismo y mal perder con la mirada puesta en los comicios vascos ha sido José Blanco.

El secretario de organización del PSOE ha protagonizado el ataque más barriobajero jamás visto tras un proceso electoral. En su intervención ante la prensa, ha arremetido contra el único partido con sentido de Estado, estigmatizándolo como extremista, mientras aplaudía con las orejas a sus socios de la ultraizquierda independentista.

Blanco ha dicho, que en el voto del no se encuentra “el sector de la derecha radical del PP”. Para ello, ha significado que en los distritos de Salamanca, Chamartín, Chamberí o Retiro, donde el PP arrasó en las generales, el voto contrario ha superado en 10 puntos a la media de la comunidad de Madrid. Y a tal objeto ha señalado a La Moraleja, con un 37 por ciento de papeletas negativas, como el ejemplo de la extrema derecha radical.

Quizás el secretario de organización del PSOE esté ayudando a Carod Rovira a señalar en el mapa dónde deben realizar sus “ekintzas” los terroristas de ETA, bendecidores de sus futuros nuevos socios. O quizás sólo está cumpliendo lo que ERC le exige: infamar y aniquilar al PP en España.

En cualquiera de los casos, los españoles no se merecen un partido de Gobierno tan mezquino e hipócrita. Una formación que señala como extremistas a los barrios que votan PP ignorando que el radicalismo real y no el ficticio es el que le sustenta para ocupar el poder a costa de la integridad democrática de España. Pasado el Referéndum Plus, entramos en el cuerpo a cuerpo de un PSOE que ya se ha quitado la careta, dispuesto a destrozar a la derecha a cambio del apoyo de quienes quieren romper con España.

Campaña infame
Por Federico Jiménez Losantos El Mundo 21 Febrero 2005

No sé si, tras los resultados electorales de ayer, comenzará de nuevo la II Guerra Mundial o si los tercios españoles podrán tomar otra vez Maastricht -o sea, Mastrique- para que Lope de Vega se luzca en octosílabos.

Tampoco sé si no votar con Moratinos tras beber su energético Referéndum Plus acarreará la Guerra de los Cien Años.

Lo que sí sé es que, en nombre de Europa y de la democracia, del fin de la guerra, la paz perpetua y otras gollerías, en España ha tenido lugar un referéndum con menos garantías que los de Chávez en Venezuela, un plebiscito que supone una burla de las formas democráticas más elementales, una sucesión de delitos electorales y comunes que son otros tantos atracos al contribuyente y una violación de las libertades cívicas.

Todo empezó con una campaña institucional descaradamente partidista, en la que el Gobierno y el dinero público se emplearon en la captación de figuras del medio audiovisual que pudieran identificarse con el sí.

Declarada ilegal por partidismo, el Gobierno ignoró la advertencia de la Junta Electoral y con Los del Río hombreándose con Iñaki Gabilondo siguió defendiendo el sí con el dinero de todos, propugnando no leer lo que se votara, atacando al PP por no defender el sí con la energía deseable y, claro, insultando a los que defendíamos el no o la abstención como forma de censura a este Gobierno liberticida.

La campaña del sí ha sido una mezcla de propaganda totalitaria y corrupción administrativa. A los defensores del no por razones tan distintas como los del sí (PP y PSC, PSOE y PNV) nos han tratado casi como a antichavistas en Caracas.

El no de la derecha liberal se ha equiparado al no de comunistas y separatistas, pero ni unos ni otros hemos podido explicar en Radio Televisión Española que esa confusión era la prueba del carácter manipulador del referéndum. Sin poder defender los noes frente a los síes, éste ha sido un referéndum de lo más europeo... pero estilo años 30.

Despotismo y corrupción, sí. Hablaré de lo que mejor conozco, que es la radio: a la Ser, que ha tenido a su primera figura como gran apoyo icónico de la campaña gubernamental, se le concedieron en la última semana, aparte de la infame Ley Polanco, 600.000 euros en publicidad institucional.

A la Cope, 50.000; varias veces menos que a Onda Cero o Luis del Olmo; menos incluso que a la Asociación de Periodistas Europeos de Miguel Angel Aguilar, 70.000 euros. ¿Llegan a más gente que la Cope?

No. Pero al Gobierno no le importó terminar la campaña como la empezó: delinquiendo.Y lo peor: a los del sí, de izquierdas o de derechas, tampoco les ha importado ver que a los del no nos trataban como a ciudadanos de segunda. Esto es mucho peor que el resultado.

Europa por los pelos
Pablo Sebastián Estrella Digital 21 Febrero 2005

Ha dicho el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, a propósito del resultado del referéndum sobre la Constitución europea que quería llevar España al corazón de Europa y que lo ha conseguido. En primer lugar hay que decirle al presidente que España lleva siglos en Europa, y que Europa está en el corazón de los españoles a pesar del precipitado referéndum que él nos ha impuesto y que ha obtenido un pobre o escaso resultado en favor del “sí” porque sólo tres de cada diez españoles con derecho a voto han dicho que sí a la Carta Magna europea.

Ésa es la verdad, como verdad es que del 42 por ciento de los votantes un alto porcentaje, esta vez sí, ocho de cada diez han aprobado la Constitución de la UE que será ratificada posteriormente en el Parlamento español.

No estamos para tirar cohetes y mucho menos para no decir toda la verdad, que es una manera de mentir o de manipular. Y llama la atención que José Blanco desde el POSE, el ministro de Interior, José Antonio Alonso, y la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, y finalmente el presidente Zapatero hayan coincidido en el entusiasmo y hayan ocultado la alta abstención del 57 por ciento, los casi dos millones y medio de votantes que han dicho “no” y los ochocientos mil que han votado en blanco, una forma de decirle “no” al Gobierno sin ponerse en contra de Europa.

Ocultar todos estos datos desde el Gobierno y desde el PSOE sólo revela una cosa: que todos ellos son conscientes de que no les ha salido bien, aunque por los pelos han salvado los muebles del reto político europeo.

Y el presidente tiene que tener muy en cuenta lo que ha ocurrido ayer en España y hacer la justa valoración de este pobre y escaso resultado en respuesta a su precipitada convocatoria. En suma, el presiente del Gobierno tiene que bajarse del optimismo que le invade para tomar contacto con la realidad de nuestro país. Y ha perdido una excelente oportunidad para que un alto porcentaje de españoles aplaudiera a Europa por causa de su empeño personalista de llamarnos a votar en un mal momento: cuando los españoles todavía no conocen la Constitución europea, y cuando muchos españoles están inquietos por otros debates de la actualidad nacional, como la unidad de España, la estabilidad económica y financiera de muchas empresas o del debate sobre los medios de comunicación que él está forzando en su favor. Sin olvidar en todo este panorama sus guiños al nacionalismo y a los sectores próximos a ETA con los que se dice que quiere negociar.

Ayer no fue un buen día ni para España ni para Europa, y mucho menos para el presidente del Gobierno. Europa ha pasado por los pelos la prueba española y con gran reticencia de una gran mayoría de españoles que no ha ido a votar y de una minoría cualificada que ha dicho “no”. Y el presidente del Gobierno, señor Zapatero, todo esto lo ha debido contar. Pero él se ha quedado sólo en la versión positiva, que es lo que le interesaba, dejando apartado el talante del que tanto habla sin parar.

EUROPA NO ES FELIZ
Por BENIGNO PENDÁS Profesor de Historia de las Ideas Políticas ABC 21 Febrero 2005

«NUESTRO continente se juega su destino con increíble ligereza», decía en 1924 el manifiesto de «Paneuropa». Hermoso texto, como tantos otros en la prehistoria del proceso de integración. Pasó el mal trago. Alivio general: ni vanguardia posmoderna ni ejemplo peligroso para los escépticos. Todo a medio camino. Los ciudadanos castigan la inmadurez de los políticos, aunque algunos se conforman con cualquier cosa, pero cumplen con su deber hacia el Espíritu de la Época. ¿Quedan ganas de otro referéndum? Antes del propósito de la enmienda habría que asumir una verdad incómoda: la sociedad española está desquiciada después del 11-M y sus secuelas, esto es, cambio traumático de Gobierno y sensación de peligro real ante el chantaje nacionalista. Contexto difícil, sumado a la ruptura unilateral del equilibrio con la iglesia y con los medios de comunicación. Menos mal que la economía resiste porque la despensa estaba llena, y las cuentas en orden riguroso. Dadas las circunstancias, resulta absurdo convocar una consulta innecesaria, prematura y viciada por el partidismo. Menos mal que la gente ha sabido distinguir entre lo esencial y lo accesorio: este Tratado constitucional, con sus luces y sus sombras, es la única opción razonable que nos ofrece la historia. Por el contrario, sonrisas, vanidades y miserias particularistas sólo sirven para alimentar pasiones coyunturales. Reflexión adicional sobre la democracia plebiscitaria. Alguien debe tomar buena nota antes de promover una reforma constitucional sobre la sucesión a la Corona, que abre una vía incontrolable para el debate más inoportuno que cabe imaginar aquí y ahora.

Lectura en clave doméstica.
Zapatero, campeón de un europeísmo ingrávido, sigue complacido en exhibir las carencias. Sin embargo, el «demos» europeo no existe, pero vale la yuxtaposición eficaz de múltiples Estados soberanos. El tinglado comunitario y los líderes nacionales en apuros pretenden una y otra vez ganar para la Unión Europea una legitimidad popular que no le corresponde. Algún día lo pagarán caro.Concebida como sociedad por acciones, Europa reporta beneficios para todos. En cambio, la retórica plagada de falso progresismo no resiste un análisis racional. El PSOE ha sido desleal a su propia causa: sólo apuesta por ejercer de locomotora continental para reforzar su victoria precaria y ganar simpatías centristas. Al tiempo, busca las vueltas al adversario atizando la discordia interna. Se notaba demasiado. Al caer bajo mínimos el nivel de autoexigencia, se muestran satisfechos incluso de una participación que bate marcas negativas. Ha resistido bien Rajoy, promotor de un «sí» galaico, jugando con prudencia una partida envenenada. Sin citar a Kant y su «paz perpetua», el PP ha cumplido con el imperativo categórico: actuar con sentido de la responsabilidad sirve como regla válida para la moral universal. Que alguien se lo explique al presidente del Gobierno. Porque, en puro análisis político, la oposición ha defendido el interés general de España a la vez que trasladaba el riesgo al adversario. Por el contrario, el Gobierno ha cambiado un éxito seguro -no exento de brillantez- en sede parlamentaria por un resultado mínimo en las urnas. Todavía tendría que dar las gracias y pasar página corriendo: podía haber sido mucho peor.

Sigamos en el foro.
El mundo acelera el paso mientras aquí discutimos sobre esencias. La cifra de participación es muy pobre, aunque el que quiera puede engañarse a sí mismo. Además del poco interés por los asuntos europeos, el Gobierno sufre un voto de castigo en forma de abstención activa. Nadie puede atribuirse, por el contrario, el monopolio de los escasos votos en contra. Desvarían Esquerra Republicana e Izquierda Unida, socios parlamentarios que van a causar, más pronto que tarde, la ruina del Gobierno socialista. Allá cada cual con sus amigos. La opción por el «no» desde la derecha expresa la fractura social derivada de las últimas elecciones. Quienes la agitan o la promueven (de buena fe, supongo) deben meditar ahora, por razón de patriotismo, acerca de su colaboración inestimable en la creación del escenario preferido por el PSOE: la izquierda sólo es feliz cuando le sirven en bandeja el tópico de la derecha agreste y montaraz. Habrá que examinar con detalle el desglose de los datos; pero parece claro que en el País Vasco y en Cataluña, secuestrados por nacionalistas de todos los partidos, aparece un porcentaje importante de voto negativo. ¿Quién es y quién no es moderno?

Reflexión personal después de votar «sí». No confío en la vocación de nuestro tiempo para el ejercicio del poder constituyente genuino. Un proyecto ambicioso e ilusionante no puede surgir de una sociedad anquilosada y dominada por valores mezquinos. El centro de gravedad de la historia se desplaza desde el Atlántico al Pacífico: la imagen de Europa en América, sea justa o injusta, se encuentra en los libros de Kissinger o de Fukuyama y no en las páginas melifluas de algún articulista de moda. Hay que ser serios. Incluso esta entidad confusa y este documento prolijo (alma de Constitución en cuerpo de Tratado) merecen la adhesión racional de la mayoría de los ciudadanos. En España, por supuesto, y también en el conjunto de la Unión. ¿Por qué no lo han explicado mejor? El nuevo orden geopolítico ofrece opciones limitadas. La supervivencia pasa por una integración más o menos ficticia, que permite acaso guardar las apariencias. Queda un fondo valioso de prestigio histórico-espiritual: más o menos el mismo que tenía la Grecia decadente respecto de la Roma pujante. Todavía es útil para la agenda de Bush girar visita a Bruselas. Tal vez dentro de dos generaciones ya no será imprescindible. Léase a los analistas solventes, desde Boston a California: lo más importante del viaje es la entrevista con Putin en Bratislava. El otro gran asunto internacional, en plano muy destacado, es la doble decisión de Sharón sobre Gaza y el muro. Ahora tocan palabras de cortesía para los europeos, aunque no para todos. A medio plazo, la soberbia, la envidia o la ingratitud de la alianza carolingia frente a la única superpotencia conducen al fracaso colectivo. Al fin y al cabo, como bien sabía Platón en su madurez, «la injusticia es hija del exceso».

Europa, continente sin nombre, decía el clásico, sigue su camino, con paso vacilante, muy a su estilo. Vive, una vez más, al borde del precipicio. Tiene que aprender a defenderse de sus falsos amigos, porque la eurocracia, los reglamentos y las directivas han destruido la emoción cívica. Para el historiador de las ideas, esta Unión, heredera de las viejas Comunidades, es hija legítima de la democracia cristiana y el socialismo democrático, con alguna pincelada liberal, más bien aislada. Resulta antipática sin remedio para conservadores rocosos, comunistas reconvertidos y nacionalistas románticos. Vivimos por eso en una Europa infeliz, la Europa de la sospecha recíproca. Unos desconfían de otros, y todos (menos Zapatero) del eje franco-alemán. Antiguos y modernos se miran con recelo, al modo de patricios y plebeyos, querella propia de cualquier aristocracia decadente que abre las puertas del club antes selecto. Tiempo de paradojas. Los Verdes alemanes construyen el paraíso de los mercaderes. La derecha centralista francesa se apunta al jolgorio supranacional. Tony Blair aplaza cuanto puede el conflicto entre los intereses y la ideología de la Britania profunda. Los españoles hemos jugado con fuego. Menos mal que ya pasó. Guardemos la estrategia infantil para experimentos más sencillos. Ahora, a trabajar. Recelo, deslealtad, confianza perdida... Europa no es feliz porque la obligan a ser lo que no es ni puede llegar a ser. Sin embargo, enseña la historia que estamos mejor que nunca. Así empezaba W. Churchill su célebre conferencia de Zurich, el 19 de septiembre de 1946: «Hoy me gustaría hablarles a ustedes del drama de Europa...»

LAS VÍCTIMAS DE PECES-BARBA
Por Jorge TRIAS SAGNIER ABC 21 Febrero 2005

PARA el Alto Comisionado, que como escribía aquí ayer Mikel Buesa es un cargo superfluo, parece que hay dos tipos de víctimas: las que le son gratas y las que le incomodan, las amadas por el Comisionado y «los otros» a quienes ignora. Para una personalidad compleja y con actitudes políticas esquizofrénicas eso podría resultar hasta normal, al fin y al cabo el objetivo por el que fue colocado -o se colocó- en ese sitio sólo tiene una lectura: dividir a las víctimas del terrorismo. Afirma Buesa: el cambio gubernamental surgido de las elecciones del 14 de marzo ha conducido a politizar la relación del Gobierno con las instituciones que representan a las víctimas del terrorismo. Y coincido con la gravísima acusación que formula, que debería servir para que Peces-Barba recapacitase sobre, no sólo la inutilidad, sino la perversidad de su función: la politización no consiste en que las víctimas opten por tal o cual opción partidaria, pues eso ya existía, sino que los partidos que sustentan al Gobierno de Zapatero «sólo quieren reconocer como dignas de compasión a las víctimas que muestran una actitud condescendiente con sus designios».

La actitud de Peces-Barba con respecto a la inmensa mayoría de las víctimas es, pues, esencialmente inmoral. Nadie le pide al Comisionado que crea en esto o en esto otro, pero sí se le exige que no instrumentalice a quienes han dado su vida por la libertad. Nadie le obliga a no hacer política, actividad despreciable según Felipe González, pero sí a no hacerla a costa de las víctimas. Nadie le dice que se oponga a una negociación con los terroristas a través de sus hermanos nacionalistas, pero sí a que intente hacer comulgar a las víctimas -¡encima!- con ruedas de molino. Sinceramente, la actitud innecesariamente displicente de Zapatero, y de su agente Peces-Barba, hacia las víctimas del terrorismo etarra es tan inmoral, tan despreciable, que resulta difícil de digerir. Ayer dedicaba nuestro diario tres páginas a mostrarnos la «cara oscura del nacionalismo» y leíamos, indignados, cómo transcurre la vida de Mapi de las Heras, la viuda de Fernando Múgica, en San Sebastián; o la de todos aquéllos que se atreven a relatar sus experiencias. Y tanto sufrimiento para que ahora otro inmoral, Maragall, nos proponga como remedio trocear España en pequeñas naciones.

A los políticos se les pide, sobre todo, dignidad. Y cuando se equipara, como hacen los obispos vascos, «el dolor de las víctimas» con la «prisión de seres queridos»; cuando se divide a las víctimas, como hace el Alto Comisionado, en las que le son propicias para hacer «concesiones» a ETA y las que prefiere ignorar porque no siguen la política del Gobierno; cuando la historia, como pretende Zapatero, es mejor arrinconarla por eso de despreciar cuanto se ignora; cuando las libertades que enarbolan los nacionalismos minoritarios son superiores y más dignas de protección, ahí donde gobiernan, que las del mayoritario resto de la población; cuando directa o indirectamente se pretende imponer un modelo de Estado con cadáveres encima de la mesa de negociación; cuando todo eso ocurre, es que la inmoralidad, venga de la mano de un obispo, de un político o de quien sea, se ha adueñado de la vida pública.

EL RAPTO DE EUROPA
Por Jaime CAMPMANY ABC 21 Febrero 2005

QUÉ mala pasada le ha jugado Zapatero a Europa. Cayó en la tentación de intentar convertir el referéndum europeo en un triunfo personal y en un buen éxito de su Gobierno, y al final ha dejado las urnas de Europa casi vacías. Más de la mitad de los españoles no se ha molestado en acudir a los colegios electorales y se han mostrado perezosos, remisos e incluso malhumorados, no hacia el «sí» a Europa, que sólo unos cuantos discutían, sino al aval y al obsequio a Felipe González.

No me parece aventurado pensar que en una consulta de este tipo las cifras oficiales no pueden ofrecer una seguridad tan firme como las cifras en unas elecciones generales, donde los representantes de los partidos políticos vigilan una a una las papeletas que salen de las urnas. Pero aún dando por impecables las cifras ofrecidas por el Gobierno, es imposible suavizar o disimular el gran fracaso de Zapatero. Si se había propuesto protagonizar, en plan de toro ibérico, un nuevo rapto de Europa, ha visto cómo Europa se le caía de la sonrisa.

No sé si en alguna otra ocasión electoral de toda la historia de nuestra democracia las urnas habrán quedado tan escasas de votos. Tal vez el referéndum de ayer haya batido todas las marcas de abstención en consultas anteriores o se haya aproximado a ellas. Ese es un triste trofeo para Zapatero. Quiso ser el primero de la Unión en empujar el Tratado para una Constitución de Europa. Iba a ser la «locomotora» que tirara del resto de los países hacia una aprobación «masiva» (ya se sabe que para Zapatero, ahora, todo es «masivo») de las bases de la futura Constitución común a veinticinco países, esa futura Constitución que asegura la paz, la estabilidad, la prosperidad, la convivencia de los europeos. En vez de conducir una «locomotora» para tirar de Europa, Zapatero sólo puede guiar una mula coja.

Y para más inri, los patrocinadores del «no» nacieron en las filas de sus socios de gobierno, el vestigio comunista de Izquierda Unida representado en el fósil Gaspar Llamazares y los recuelos republicanos catalanes, lanzados hacia el separatismo, detrás de ese personaje circense («qué puñetero clown, qué saltos pega»), visita de etarras, llamado Carod-Rovira. Mientras Zapatero predicaba el «sí» a Europa, porque allí están todos los bienes materiales e intelectuales, sus socios en la coalición de gobierno clamaban por el «no», especialmente en Cataluña, no proclamada como nación en el texto del Tratado, tome usted nísperos, don Pasqual.

Ahora vendrá el piadoso trato de las cifras, la amorosa manipulación de los resultados, que es práctica habitual de los políticos para no reconocer sus fracasos. Pero cuando la «locomotora» se asoma por alguna estación europea, va a ser difícil que la tópica sonrisa zapateril no sea recibida con disimuladas carcajadas. Pedía Chirac que los españoles diéramos el primer empujón a la nueva Europa del Tratado. No ha podido ser, hombre. El encargo ha sido realizado mal, con precipitación, con inoportunidad, sin explicación mínima o medio suficiente y con la trampa de querer raptar a Europa y llevársela a La Moncloa. Para largo, claro.

Ibarretxe en Israel
Por Juan Aranzadi El País 21 Febrero 2005

Desconozco si los redactores del llamado plan Ibarretxe han tenido asesores israelíes o simplemente han buscado y encontrado inspiración para su proyecto político de Estado vasco y democrático (asociado a España) en el sionismo y en su legitimación étnico-religiosa del Estado judío y democrático de Israel.

Pero me cuesta creer que sean casuales las llamativas analogías que se registran entre el proyecto abertzale y la realidad sionista.

La principal semejanza -y, en buena medida, el hilo ideológico del que, tirando, sale todo el ovillo político- es la proyectada distinción legal entre ciudadanía y nacionalidad: entre ciudadanía vasca común, de la cual disfrutarían democráticamente todos los que en la actualidad "viven y trabajan" en la Comunidad Autónoma de Euskadi (es decir, sólo parte de los que actualmente "viven y trabajan" en lo que los abertzales denominan Euskal Herria y los historiadores País Vasco, sólo parte del ilustre Pueblo Trabajador Vasco tan caro a la ETA de los setenta) y nacionalidad distintiva libremente elegida (vasca o española: ¿también francesa, catalana, gallega, andaluza o extremeña?, ¿también navarra, alavesa, vizcaína, guipuzcoana, labortana o suletina?).

En el actual Estado de Israel, la "ley de registro de la población" de 1965 (cf. Claude Klein, La démocratie d’Israel, Seuil, Paris, 1997) exigió a los residentes en el territorio del Estado y a quienes quisieran residir en él que hicieran explícita, entre las trece inscripciones identificatorias -algunos prefieren subjetivizarlas y llamarlas "identitarias"- que dicha ley solicitaba (nombre, fecha de nacimiento, estatuto personal, etc.), la distinción entre tres rasgos definitorios de los individuos:

1. Ciudadanía, nacionalidad legal o administrativa, concedida por el Estado al que se pertenece (por ejemplo: israelí, jordano, libanés, francés o japonés);

2. Lo que en hebreo llaman dat y suele traducirse traidoramente como "religión": adscripción a una u otra iglesia, secta, denominación o comunidad "religiosa" (por ejemplo: judío, católico, musulmán, luterano, baptista o mormón), y

3. Lo que en hebreo llaman leom y suele traducirse traidoramente como "etnia" o nacionalidad lingüístico-cultural (por ejemplo, judío, árabe o druso).

A efectos legales y políticos, esta distinción con un criterio aparentemente triple (jurídico-político, religioso y étnico) se reduce a una oposición binaria entre judíos y no-judíos, tanto dentro como fuera del Estado de Israel:

1. En el interior del Estado establece una distinción entre ciudadanos israelíes judíos y ciudadanos israelíes no-judíos (mayoritariamente árabes y musulmanes, pero también árabes cristianos, drusos y no-árabes de distintas religiones);

2. Fuera del cambiante territorio del Estado israelí, en la llamada "diáspora", la distinción entre judíos y no-judíos (en hebreo, goyim; en griego, ethné; en latín, gentes; en cristiano, gentiles: las otras "naciones", todos los demás "pueblos", los que no forman parte del "pueblo elegido") se vincula a la respuesta jurídico-política a una pregunta étnico-nacional crucial para la constitución y perduración del Estado israelí como Estado judío: ¿quién es judío y tiene por tanto derecho a acogerse a la Ley del Retorno, es decir, a emigrar a Israel, a establecerse en territorio israelí como ciudadano de pleno derecho desde el primer día y a disfrutar de las importantes ayudas que el Estado israelí concede para ello?

No hay que ser muy perspicaz ni suspicaz para presumir que lo que subyace a la distinción entre ciudadanía y nacionalidad proyectada por el plan Ibarretxe es el intento de instaurar una análoga oposición entre vascos y no-vascos, una oposición quizá mejor disfrazada terminológicamente que en el caso judío-israelí por el uso del mismo adjetivo ("vasco") para calificar tanto la ciudadanía como la nacionalidad.

Y esa oposición tiene también en el caso vasco una doble significación, interior y exterior, aunque la pertinencia exterior de la misma no aparezca todavía legalmente explicitada:

1. En el interior de la actual Comunidad Autónoma de Euskadi, dentro de los ciudadanos vascos se establece una oposición entre vascos nacionales o de nacionalidad vasca ("vascos íntegros", "vascos totales" o "vascos puros") y vascos no-nacionales o de nacionalidad no-vasca ("vascos parciales", "medio vascos" o "vascos a medias"). Inicialmente esta oposición se presenta como una distinción puramente ideológica, de valor puramente simbólico, y no parece estar ligada a discriminaciones jurídico-políticas.

2. Fuera de la actual Comunidad Autónoma de Euskadi, tanto en los demás territorios próximos que los abertzales consideran poblados desde hace milenios por el "pueblo vasco" y a los que denominan Euskal Herria (Navarra y el País Vasco francés) como en el resto del globo terráqueo poblado por etnias, naciones o pueblos que balbucean o barbarizan en erdera (término único para designar a todas las pseudo-lenguas que no son el sagrado euskera, la lengua adánica), la oposición entre vascos y no-vascos en el ámbito de la nacionalidad implicaría sin duda que el Gobierno vasco concedería pronto la nacionalidad vasca a cuanto vasco étnico o voluntario del resto de Euskal Herria o de la llamada "diáspora vasca" (en España y América sobre todo) lo solicitase, a modo de promesa o de esperanza de una posterior concesión de ciudadanía vinculada a la expectativa de expansión territorial de Euskadi.

Es cierto que según las previsiones legales explícitas del plan Ibarretxe la adopción de la nacionalidad vasca por los ciudadanos vascos sería una elección libre exclusivamente dependiente de su voluntad y no sometida a criterio étnico objetivo alguno (lingüístico, cultural o "racial" -descendencia o nacimiento-) y que nada se dice en dicho plan de los criterios de concesión de la nacionalidad vasca a ciudadanos no-vascos, a gentes de fuera de la Comunidad Autónoma, pero lo ocurrido en Israel al respecto puede ayudarnos a imaginar cómo sería el futuro vasco, especialmente si se tienen en cuenta otras importantes analogías míticas, jurídicas, políticas y territoriales entre el proyecto vasco y la realidad israelí.

Más allá de la incorrección de determinados aspectos o formas legales del plan Ibarretxe (como la aspiración a una reforma de la Constitución bajo la apariencia de una reforma del Estatuto) y más allá incluso de la polémica acerca de la global consistencia o inconsistencia jurídica del intento de aprovechar para la reforma conjunta de Constitución y Estatuto la grieta suicida que ideológicamente representa para ambos textos la contradicción interna que supone acoger en su seno el respeto a los "derechos históricos", lo que en mi opinión constituye el rasgo jurídico-político más notable del plan Ibarretxe es algo que recuerda mucho a lo ocurrido en la fundación del Estado de Israel: el desajuste entre legalidad y legitimidad, el desajuste entre el fundamento legal de la realidad jurídico-política que se aspira a construir y la legitimación ideológica de ese ordenamiento legal.

El aparente fundamento legal del plan Ibarretxe es una determinada interpretación jurídica de la Constitución y del Estatuto que, en opinión del lehendakari y de sus asesores legales, habría permitido que, de haber existido voluntad política para hacerlo, su aprobación hubiera aparecido como un paso enteramente legal, como una transición "de la ley a la ley" bastante menos tortuosa y anómala que la que permitió la reforma legal del franquismo, conducente, sin ruptura de la legalidad, a la vigente Constitución monárquico-democrática.

Pero bajo la apariencia de esa forma legal, el plan Ibarretxe, tras arrojarse en tromba por ese agujero negro de la lógica constitucional que son los derechos históricos, descansa finalmente, desde su preámbulo doctrinal, en un fundamento legitimador muy distinto: la proclamación dogmática de la soberanía de un mítico pueblo vasco milenario.

No es muy diferente, todo hay que decirlo, la relación ideológica entre el articulado democrático de la Constitución española y su monárquico Preámbulo, que hace desfilar como sujetos de la soberanía -por este órden- al Rey, a la Nación española, al pueblo español, a "los pueblos de España" y a "la voluntad popular".

De modo análogo al referido desajuste del plan Ibarretxe, el fundamento legal de la fundación del Estado de Israel en 1948 es una resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas que establece dos Estados con límites territoriales cuidadosamente trazados en el territorio de la Palestina bajo mandato británico, territorio palestino cuya población era mayoritariamente árabe.

Lo que el Derecho Internacional establece en 1948 no es, como suele decirse, un Estado judío y un Estado árabe, sino un Estado en el territorio palestino sin población judía y otro Estado en el territorio palestino con fuerte presencia de población tanto judía como árabe, territorio éste que Naciones Unidas pone bajo la responsabilidad de la Agencia Judía, a la cual la potencia mandataria, Gran Bretaña, había concedido previamente jurisdicción sobre la mayor parte del mismo.

Ése es el único fundamento legal del Estado de Israel, pero no fue ésa la única ni la principal legitimidad que en su Declaración de Independencia invocó el Consejo del Pueblo de Israel que se autoatribuyó el liderazgo y representación del nuevo Estado.

Lo que dicha Declaración proclama es mucho más que lo que Naciones Unidas estableció, mucho más y muy distinto:

1.Un Estado judío. Lo cual quiere decir no sólo un Estado "para los judíos", sino también -en palabras de la Declaración de Independencia- "un Estado fundado en la justicia, la libertad y la paz según el ideal de los profetas de Israel", un Estado oficialmente laico y democrático, pero con numerosas "lagunas religiosas" en el Derecho Público y Privado y en el que el judaísmo y los rabinos gozan de innumerables exenciones y provilegios;

2. Un Estado "en Eretz Israel", expresión bíblica que significa la unión inseparable del pueblo judío con su tierra, la tierra prometida por Yahvé. Lo cual supone la legitimación bíblica de dos aspiraciones étnico-políticas que los sucesivos Gobiernos israelíes se han esmerado en satisfacer: la conquista de un territorio muy superior en extensión al concedido por la ONU (el Gran Israel de "fronteras bíblicas", entre el Mediterráneo y el Jordán como mínimo) y la expulsión o exterminio de la población no-judía de ese territorio, y 3. Un Estado "abierto a la inmigración judía y a la Reunión de los judíos del Exilio".

Tanto el plan Ibarretxe como la Declaración de Independencia de Israel utilizan la legalidad establecida, española e internacional, respectivamente, para subordinarla a la legitimación mítica de un proyecto étnico-político.

Además, en ambos casos se empieza por aceptar la constitución legal de una entidad política nacional en sólo una parte del territorio que esa legitimación mítica permite reivindicar (Eretz Israel en el caso judío, Euskal Herria en el caso vasco) y se empieza también aceptando el derecho de ciudadanía y la aparente igualdad de derechos democráticos de los no-nacionales: de los no-judíos en Israel, de los ciudadanos vascos de nacionalidad no-vasca en Euskadi. Se empieza por ahí, pero ¿por dónde se sigue?

A semejanza del plan Ibarretxe, tampoco el Estado de Israel se preocupó inicialmente, tras su constitución en 1948, por establecer un criterio claro de nacionalidad o etnicidad judía y reconoció legalmente como judíos -a efectos de inmigración, por ejemplo- a quienes "subjetivamente" se declaraban como tales, sin exigirles el cumplimiento de requisito étnico "objetivo" alguno.

Pero muy pronto los problemas de aplicación de la Ley del Retorno obligaron al Estado de Israel a definir legalmente la nacionalidad judía, quién es judío y quién no. No nos importan aquí los múltiples galimatías, absurdos y paradojas generados por ese sisífico intento de clarificar las interrelaciones entre dat ("religión") y leom ("etnia") y su peso respectivo en la final definición de la judeidad que sólo considera étnicamente judíos a los hijos de madre judía no convertidos voluntariamente a otra religión y a los conversos al judaísmo.

Lo que nos importa destacar es cuáles fueron los siguientes pasos legales:

1. Excluir a los no-judíos así definidos de los derechos de inmigración, ciudadanía y asentamiento en Eretz-Israel establecidos por la Ley del Retorno.

2. Excluir, dentro de Israel, a los no-judíos, eufemizados en la legislación israelí como "aquellos que no tienen derecho a acogerse a la Ley del Retorno", de los numerosos derechos, sobre todo económicos, vinculados a la concepción judía de la relación sagrada entre pueblo judío y tierra judía (Eretz-Israel), que prohíbe a un no-judío ser propietario de tierra judía.

La distinción legal proyectada por el plan Ibarretxe entre ciudadanos vascos de nacionalidad vasca y de nacionalidad no-vasca puede que no tenga hoy más que una importancia simbólica, pero el ejemplo israelí nos incita razonablemente a temer que pueda servir mañana para excluir a los ciudadanos "medio vascos" de Euskadi de determinados derechos y privilegios reservados a los "vascos íntegros" de Euskadi, de Euskal Herria y de la "diáspora vasca".

Ese razonable temor se agudiza a la luz del resto de las analogías que se registran entre ambos casos y que llevan a la conclusión de que el Estado judío y democrático de Israel es el espejo étnico en el que se miran Ibarretxe y su sueño del futuro Euskadi.

Por eso produce cierta extrañeza que algunos de los más furibundos críticos del plan Ibarretxe sean fanáticos defensores del Estado de Israel y que las muchas voces que han criticado, en nombre de la democracia, la proyectada distinción entre ciudadanía vasca y nacionalidad vasca, nada tengan que decir sin embargo sobre la análoga y vigente distinción entre ciudadanía española y nacionalidad española.

En un Estado democrático de ciudadanos, ¿por qué y para qué la nación, la nacionalidad y toda su repulsiva parafernalia?

ETA no sabe hablar
Cartas al Director ABC 21 Febrero 2005

ETA no quiere hablar. ETA tiene armas pero no tiene palabras. Lo ha demostrado a lo largo de todos estos años y no ha cambiado. No quieren una tregua, ni diálogo, ni un cambio de la situación, y los últimos hechos ponen de manifiesto que no hay en los asesinos ninguna voluntad de mejorar la situación, que no van a escuchar a nadie que no les diga lo que ellos quieren.

ETA sólo enseña a apretar el gatillo, a preparar la bomba lapa y a huir, pero nunca dará lecciones de civismo de ningún país real o imaginario, ni permitirá que se las dé nadie, ni tan siquiera aquellos políticos que, cándidamente, piensan que con ellos todo va a cambiar. ETA ha vuelto a hacer el ruido que sabe hacer: el de las pistolas y, es más que evidente, por ahora sólo saben hablar en estos términos. El único diálogo que quieren realizar ahora pasa por acallar las voces de aquéllos que queremos la paz. A ellos les sobran armas y les falta valor, les sobra cobardía y les faltan razones. A nosotros nos sobran coraje, ganas y motivos para seguir luchando por la paz. Los únicos que nos sobran son los violentos. Mª José Atienza de Amores. Madrid.

Con acento español
La cláusula de solidaridad contra el terrorismo y el freno a las secesiones territoriales unilaterales afectan de una forma directa a nuestro país
Los artículos de la Constitución Europea relativos a la cláusula de solidaridad en la lucha contra el terrorismo, la defensa de la integridad territorial y el no reconocimiento de las secesiones unilaterales afectan muy directamente a España. Pero también el estatuto político de las regiones, el mantenimiento de las políticas hacia las regiones ultraperiféricas, y el cambio de la cuota de poder en el Consejo Europeo.
Javier Aguilar La Razón 21 Febrero 2005

Estrasburgo- No son pocos los artículos de la Constitución Europea que afectan directamente a España por una u otra razón. Por algunos de esos artículos, los representantes españoles en la Convención que redactó el tratado batallaron para que salieran adelante, mientras que los respectivos Gobiernos de José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero lucharon para que formaran parte de la Constitución, que podría entrar en vigor el 1 de noviembre de 2006.

El primero de ellos, y uno de los primeros del texto, es el artículo 5, por el que se «respetará la igualdad de los Estados miembros ante la Constitución, así como su identidad nacional», incluida la autonomía local, y «las funciones esenciales del Estado, especialmente las que tienen por objeto garantizar su integridad territorial, mantener el orden público y salvaguardar la seguridad nacional». Los dos partidos, PSOE y PP, que representan a más del ochenta por ciento de los votantes españoles y que aseguran que la Constitución Europea tiene «acento español», coinciden en que este artículo supone un freno al Plan Ibarreche. Los eurodiputados y representantes en la Convención Carlos Carnero (PSOE) e Iñigo Méndez de Vigo (PP), coinciden en ello: para el primero, «la UE no reconocerá ninguna secesión unilateral, por lo que el Plan Ibarreche no cabe en la Constitución española y en la europea»; el segundo, asegura que «no caben atajos» y que el Plan y la convocatoria del referéndum del lendakari vasco «va contra la constitución española y europea» y señala la «contradicción» existente entre el «sí» promovido por el PNV y un plan como el de Ibarreche, «contrario» a la Constitución de la UE. En este asunto no hay fisuras, los dos partidos caminan en el mismo sentido.

Solidaridad contra el terrorismo.
Otro tanto ocurre con la cláusula de solidaridad del artículo 43, por la que los estados miembros de la UE actuarán conjuntamente ante un ataque terrorista contra uno de los Veinticinco, utilizando incluso medios militares. Todo ello para «prevenir la amenaza terrorista», «proteger las instituciones democráticas y a la población civil», y ayudar a un Estado, «a petición de sus autoridades políticas, en caso de ataque terrorista».

En cuanto al cambio en la representatividad y el poder en las instituciones europeas, parece que hay una de cal y otra de arena. Pero los políticos no olvidan los matices. Si en el Parlamento de Estrasburgo se recuperarán algunos de los escaños perdidos en el Tratado de Niza, los votos en el Consejo Europeo serán inferiores a los que nos otorgó el citado tratado. Carnero no comparte esta visión de que España pierde peso.

En el libro «La Constitución Europea. Manual de Instrucciones», que ha escrito con María José Martínez Iglesias y Ramón Suárez, afirma que es «loable» la continuidad de los gobiernos, en referencia a los presididos por Aznar y Zapatero, ya que las propuestas de ambos en cuanto a la cuota de poder son «prácticamente idénticas».

Uno de los nuevos puestos de responsabilidad que instituye el tratado constitucional europeo, el de ministro de Asuntos Exteriores, lo ocupará un español. Javier Solana, actual mister PESC, está llamado a alcanzar este puesto que, según dice el artículo 28, «estará al frente de la política exterior y de la seguridad común de la Unión».

«Salimos muy bien parados».
Aparte de todos estos puntos, Carnero destaca la inclusión de la Carta de Derechos Fundamentales (Parte II de la Constitución), con carácter vinculante; la cohesión económica, social y territorial, que permitirá facilitar el trabajo de España -la posición negociadora de España será buena en las perspectivas financieras con un «sí» amplio-para mantener las máximas ayudas posibles; los artículos referentes a las regiones ultraperiféricas, las de alta montaña, insulares y poco pobladas; el reconocimiento del estatuto político de las regiones, por el cual, «cuando la Comisión presente una iniciativa realizará una ficha de subsidiariedad sobre cómo afectará a las regiones» y por ello serán consultadas; la diversidad lingüística, «apoyada por la declaración del Gobierno español»; y la mayor participación ciudadana –en la que participó de forma muy activa–, para lo que pone como ejemplo la satisfacción de la ONCE con el texto constitucional, especialmente «en lo relativo a la lucha contra la discriminación y a favor de la igualdad». En resumen y en clave española, asegura que «salimos muy bien parados».

Por su parte, Méndez de Vigo hace hincapié en los «pasos de gigante» («constituye el cambio más importante desde el Tratado de roma») que se dan en asuntos como el respeto a la dignidad humana, la solidaridad económica, social y laboral, y la libertad, aparte de más democracia (con la labor de los parlamentos nacionales y las iniciativas populares), más eficacia (con la mayoría cualificada) y más transparencia. También resalta la abolición de la pena de muerte y la prohibición de efectuar extradiciones a países que mantengan la pena capital.

Para el eurodiputado popular, que se ha lanzado a contar los entresijos y las anécdotas de la Convención en «El rompecabezas. Así redactamos la Constitución Europea», «igual que la Constitución del 78 selló las dos españas, la europea hará lo propio con las dos europas» que se configuraron tras la segunda Guerra Mundial, y añade que el lema de «Unidad en la diversidad» es válido en España y en Europa.

"FUE ABOGADO DE LOS PRESOS ETA Y LO SIGUE SIENDO"
Gotzone Mora pide la dimisión de Peces Barba y Mikel Buesa denuncia su sectarismo con las víctimas
La concejala socialista Gotzone Mora, en declaraciones a la COPE, ha reclamado la dimisión de Peces Barba, que “fue abogado de los presos de ETA y lo sigue siendo”. Mikel Buesa, por su parte, ha dicho no entender “la presencia selectiva” de un gestor del Estado para el que “hay unas víctimas que parecen serlo más que otras”, en referencia a la ausencia del Alto Comisionado para las Víctimas del Terrorismo en los últimos actos de homenaje a cargos del PP asesinados por la banda terrorista.
Libertad Digital 21 Febrero 2005

En declaraciones a la cadena COPE, la concejala socialista Gotzone Mora ha pedido la dimisión de Peces Barba, porque “la Asociación de Victimas del Terrorismo no se merece a semejante persona, que fue abogado de los presos de ETA, y lo sigue siendo” y si no dimite, “el presidente le tiene que dimitir”. Mora protestó por la ausencia del Alto Comisionado en los actos de homenaje a las víctimas que no sean de su partido y recalcó el cinismo de un cargo que no refleja las inquietudes de las víctimas.

También Mikel Buesa ha reiterado sus críticas a Peces Barba. En una carta al director publicada por el diario ABC, Buesa ha reiterado que considera "superfluo" el cargo encomendado a Gregorio Peces Barba aunque niega que haya considerado superflua la presencia del Alto Comisionado para las Víctimas en el homenaje a su hermano, el socialista Fernando Buesa. Además, matiza que le parecería “encomiable que su presencia se extendiera por cuantos actos de reconocimiento se convocan”. Se refería Mikel Buesa a la ausencia de Peces Barba en los actos de homenaje a otras víctimas, como los que se han celebrado en memoria de Gregorio Ordóñez o Alberto Jiménez Becerril, ambos del PP. Explicó su perplejidad diciendo que “no entiendo bien esa presencia selectiva que parece significar que, para los actuales gestores del Estado, hay unas víctimas que lo son más que otras o que merecen, a la vista de quienes ejercen las altas magistraturas, una atención más que otras”.

El hermano del asesinado diputado autonómico termina su carta alertando de que “el cambio gubernamental surgido en las últimas elecciones generales parece haber conducido a una politización de la relación del Gobierno de la Nación española con las instituciones que reúnen a las víctimas del terrorismo”.
Se da la circunstancia de que este sábado se publicó también en la sección de Cartas al Director del ABC una precisión de Peces Barba en la que el catedrático explicaba que sí que había acudido al homenaje de Jiménez Becerril, aunque, como bien ha dicho la redacción del diario en una nota, donde sí que acudió el Alto Comisionado fue a una entrega de premios de la Fundación Jiménez Becerril, no al homenaje. Tampoco acudirá al Congreso Internacional sobre Víctimas del Terrorismo en Colombia, ausencia que ha sido excusada por Peces Barba en la misma nota alegando que tenía "problemas de agenda".

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