AGLI

Recortes de Prensa     Viernes 18 Marzo 2005
Consejera tenaz
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo 18 Marzo 2005

Mienten y lo saben (Un año de gobierno socialista)
Antonio Cabrera El cortijo digital 18 Marzo 2005

ASOMAN LAS SOSPECHAS
Editorial ABC 18 Marzo 2005

Sal y vinagre
Ignacio Villa Libertad Digital 18 Marzo 2005

Contra la revisión selectiva de la historia
Editorial El Mundo 18 Marzo 2005

HAY UNA IZQUIERDA CIVILIZADA
Valentí PUIG ABC 18 Marzo 2005

LA ESTATUA
Jaime CAMPMANY ABC  18 Marzo 2005

Innecesario golpe de efecto
EDITORIAL Libertad Digital 18 Marzo 2005

MÁS ALLÁ DE UNA ESTATUA
Editorial ABC  18 Marzo 2005

Magdalena Álvarez gana la Guerra Civil
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 18 Marzo 2005

El patriotismo y su caricatura
Aquilino Duque Libertad Digital 18 Marzo 2005

La tribu contra la democracia
Agapito Maestre Libertad Digital 18 Marzo 2005

El líquido elemento
Víctor Gago Libertad Digital 18 Marzo 2005

Carrillo, Ibarretxe y Franco
JOSÉ MARÍA CALLEJA La Voz 18 Marzo 2005

¿Quién se fía de un político
MIGUEL ARANGUREN  El Correo 18 Marzo 2005

Banderizos
ANTONIO RIVERA El Correo 18 Marzo 2005

Prisiones autorizó las visitas del socialista Huarte a Benesmail porque eran amigos
Libertad Digital 18 Marzo 2005
 

Consejera tenaz
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo 18 Marzo 2005

La consejera de Educación del Gobierno vasco intervenía el miércoles en el conflicto que mantiene encerrados en el instituto de Bertendona a los profesores interinos sin perfil lingüístico, el famoso PL2. En su opinión, los profesores «han costado a la sociedad 11,5 millones de euros y ellos no han cumplido su compromiso de euskaldunizarse». Aquí se ve que la consejera usa la lengua 'erdera' desprejuiciadamente. Donde dice «su compromiso» debería decir «nuestra imposición» y ya a partir de aquí tuvo barra libre con la analogía.

Comparó a los profesores con un grupo de alumnos díscolos, que «suspenden una asignatura» y deciden «encerrarse en clase y montar una trifulca para que se les apruebe». ¿Son como niños? Anjeles (sik) Iztueta no quiso llevar más allá la semejanza y decir, por ejemplo, que el director y la mayoría del claustro de profesores serían incapaces de aprobar la asignatura que han suspendido los escolares rebeldes.

Qué nivel, Maribel. Y qué tenacidad. Los máximos responsables de los partidos que apoyan al Gobierno -Imaz, Errasti y Madrazo- se han manifestado partidarios de buscar una salida, al igual que dos de los tres sindicatos que apoyaron el decreto de euskaldunización y ella sigue en sus trece (hamahiru).

Todo parece indicar que Anjeles Iztueta, crítica en su partido, es una consejera amortizada y tal vez este conflicto sólo pueda entenderse en clave de la política interna de Eusko Alkartasuna. Si EA ha dejado a la intemperie a Gorka Knörr, con una imputación por desobediencia encima, no parece que esta consejera vaya a repetir en el cargo. ¿Y para qué iba a ponerse negociadora, si le queda un mes en el convento? Eso que ganarán los encerrados y el mundo educativo en la interlocución, le toque a quien le toque gestionar el tema.

Los 157 profesores han tenido un acierto estratégico al plantear su conflicto. En todo gobernante -menos en la consejera de Educación- hay agazapado un rey mago en vísperas de campaña electoral. Y ya saben que un rey mago es un olentzero sin perfil lingüístico.

Mienten y lo saben (Un año de gobierno socialista)
Por Antonio Cabrera El cortijo digital 18 Marzo 2005

Como modernos jinetes del Apocalipsis vinieron montados en los caballos de la insidia, la calumnia, el odio y la revancha. Instalados en la pancarta, el Prestige y el no a la guerra –la de Iraq naturalmente-, sembraron España de trincheras de vileza y de alambradas mediáticas rodeando sus barricadas de rencor, sectarismo y demagogia, hábilmente diseñadas y estratégicamente dispuestas para el asalto al poder. Otra versión más elaborada de los feroces doberman con los que el partido socialista comparaba a sus adversarios políticos en la campaña electoral.

Los terribles atentados del 11-M fueron los aliados prefectos. Provocando la matanza más brutal y sanguinaria de la historia de Europa, los terroristas consiguieron alterar el curso de nuestra política exterior y derribar a un Gobierno que, en estado de shock -inerme y sin reflejos para gestionar con acierto la inmensidad de la crisis-, fue víctima de una clase política cainita que lejos de cerrar filas junto al Gobierno de la nación en momentos tan dramáticos, aprovechó su desarbolamiento para dinamitarle y provocar su hundimiento, sin dudar en recurrir a la villanía, la mentira, el insulto y la coacción más atroz para lograr su objetivos.

Triunfo del silogismo perverso. Aznar y su Gobierno nos han arrastrado a una guerra ilegal e injusta. Aznar y su Gobierno, asesinos de iraquíes inocentes. Aznar los mata y Urdaci los remata, gritan los patriotas del celuloide. No a la guerra de Aznar. Corolario: 11-M, bombas en la capital de España. Los trenes de la muerte como legítima defensa. Aznar y su Gobierno responsables de la matanza. Otegi y Carod llaman a la revuelta. No ha sido ETA, dicen, mientras brindan con champán por la victoria socialista. Jornada de reflexión: miles de manifestantes espontáneos ante las sedes del PP. Los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta, clama cínicamente el malvado Rubalcaba. 14-M. Vuelco electoral. Cae el telón.

Empieza otra tragedia. Primer acto. El deshonor y la cobardía de la retirada de nuestras tropas de Iraq. Ruptura de compromisos internacionales y abandono de millones de iraquíes a su suerte. La infame claudicación de un Gobierno frente al terror. Enseguida las purgas en los ministerios; la televisión y la radio públicas de la camarada Caffarel; la colocación de los nuestros frente a criterios objetivos de mérito o capacidad. Luego, la comisión de investigación parlamentaria del 11-M. Las hemerotecas rebosantes de los esfuerzos del Gobierno socialista -y de sus socios- para impedirla. La desganada -pero imprescindible- iniciativa del PP de Rajoy para sacarla adelante, forzado por el clamor de las víctimas, la opinión pública y el de sus votantes. Pero no interesa la verdad. Se barrunta el pacto. Urge pasar página. Pasado el verano, Zapatero y Rajoy acuerdan su intervención ante el Congreso para contarnos su verdad del 11-M y cerrar la comisión. Consenso, lluvia fina y buen rollito. Aznar no debe comparecer. Pero el pueblo -las víctimas- no tragan. No importa, el tiempo es nuestro. Y casi todos los medios. Dividiremos a las víctimas, negaremos evidencias y ensalzaremos a Rajoy. Lo conseguiremos.

Segundo acto. Visita de Estado a Rabat. Triste implicación de la Corona. El dictador alauita, nuestro tradicional enemigo del Sur, sonríe complacido mientras siguen planeando las sombras de los servicios secretos marroquíes sobre los trenes de la muerte. Insultos del tirano a José María Aznar. Más protestas del PP con la boca pequeña. Se gesta la traición al pueblo saharaui. En la península continúan las otras guerras de Bono. Su helicóptero y sus medallas. El descabezamiento de la cúpula militar. La demagogia gótico florida del ex presidente manchego utiliza sin pudor las víctimas del accidente del Yakovlev como ariete político. Su desfile, otra ofensa gratuita al Gran Hermano. Aquí mando yo, quieto todo el mundo. Gómez Arruche continúa en el cargo. Sanz Roldán asiente. La Brigada Paracaidista (BRIPAC) a Afganistán y la Guardia Civil a Haití. La ley del embudo. Como Gabriel Celaya mantengo que la palabra es un arma cargada de futuro. Como José María Aznar reitero que mienten y lo saben. Que lo saben y mienten. La tragedia continúa. Fin de la primera parte.

ASOMAN LAS SOSPECHAS
Editorial ABC 18 Marzo 2005

LA declaración del ex consejero de CiU Felipe Puig ante la Comisión parlamentaria que investiga el desastre del Carmelo ya ha justificado, por sí sola, la necesidad de esta investigación política y, en la misma medida, ha dejado en precario el pacto de silencio suscrito por su partido con el PSC para tapar el cobro de comisiones ilegales. Al margen del detalle de la comparecencia de Puig, tanto en las preguntas como en las respuestas se puso de manifiesto que hay un pasado en la clase gobernante catalana -CiU y PSC- que es oscuro y necesita depurarse en las instituciones democráticas. En un tiempo en el que se predican manuales del buen gobierno democrático, resulta demoledor para el crédito de la clase política que se apele a sentimientos patrióticos y al pueblo catalán para correr un tupido velo, que, sin embargo, no llega a tapar todo el volumen de la sospecha. Es evidente que las disculpas de Pasqual Maragall y el rápido retracto de CiU fueron un ejercicio calculado de voluntarismo y beneficio recíproco ante el riesgo, como advirtió ayer Jordi Pujol en Madrid, delante de Felipe González, de que «acusaciones muy graves -en referencia al presidente de la Generalitat- puedan destrozar la credibilidad de la clase política y del país». En cualquier caso, será difícil mantener intacto el pacto de silencio y que no afloren acusaciones de irregularidades administrativas, de financiación ilegal o de otras prácticas ilícitas.

Ésta es una crisis que, teniendo al Carmelo de argumento inicial -y, en él, a los cientos de ciudadanos afectados, que injustamente han pasado a un segundo plano de la atención política e informativa-, acabará comprometiendo a todos los partidos políticos para que se decanten ante una demanda de transparencia democrática que las dos principales formaciones catalanas están eludiendo. El PP ha asumido su papel de oposición incondicional porque no tiene ataduras con el pasado. En cuanto a ERC, su papel de amigable conciliador le ha dado una posición cómoda hasta el momento, pero a medida que avancen la investigación parlamentaria y las diligencias del fiscal del Tribunal Superior de Cataluña pesará su condición de socio del PSC y tendrá que asumir su responsabilidad. Los republicanos tienen que decir mucho más de lo que hasta ahora han dicho, porque el doble juego de hacer oposición y estar en el Gobierno no es una opción sostenible cuando los acontecimientos van poniendo en entredicho la actuación del Gobierno tripartito y de CiU.

Hay serias razones para valorar que la situación política en Cataluña ha estado trucada por acuerdos inconfesables que ahora están asomando a pesar de los esfuerzos por ocultarlos.

Sal y vinagre
Ignacio Villa Libertad Digital 18 Marzo 2005

Este Gobierno socialista es, sin duda, el más sectario y radical de los que hemos tenido en España en estos años de democracia. Quiere abrir a toda costa viejas divisiones entre buenos y malos fomentando enfrentamientos entre bandos inexistentes, provocando polémicas artificiales en la sociedad española y recuperando viejas rencillas donde estaba todo olvidado. Los españoles teníamos puesta la vista en el futuro y este Gobierno mezquino nos está haciendo volver la vista hacia un pasado que creíamos bien cicatrizado.

En este proceso de rencor permanente del gobierno ha retirado la última estatua de Franco que había en Madrid. La vicepresidenta asegura que la han quitado porque no reúne el consenso necesario. Bien es verdad que en España ya no quedan franquistas pero el razonamiento es de una pobreza atroz. Con este planteamiento tampoco se mantendrían la de Largo Caballero o la de Indalecio Prieto. ¿Y qué va a pasar con Isabel la Católica? ¿Y qué me dicen de Emilio Castelar? ¿Y qué les voy a decir de la de Cristóbal Colón, "símbolo del imperialismo español"? Puestos a destruir, están dispuestos a aniquilar la historia secular de España.

La última tontería ha sido la de Esquerra Republicana, que ha pedido la reconversión del Valle de los Caídos en un monumento por la paz. La verdad es que a esta altura de la película no entiendo la preocupación de los independentistas catalanes por la historia de España. Ya que nos han repetido hasta la saciedad que no son españoles, por lo menos que nos dejen tranquilos.
Los españoles hemos cerrado las heridas en la transición. Hemos cerrado los enfrentamientos, hemos asumido nuestro pasado. Y lo que está haciendo este Gobierno es de una irresponsabilidad manifiesta. Sólo pedimos que gobiernen, que no es poco. Pero que dejen de remover los muertos. No sigan echando sal y vinagre a las heridas.

Contra la revisión selectiva de la historia
Editorial El Mundo 18 Marzo 2005

La obsesión por reescribir la historia y eliminar los vestigios del pasado es tan vieja como la humanidad. Hay precedentes en el antiguo Egipto de faraones que se afanaron en destruir las huellas de sus predecesores, borrando sus nombres de templos y obeliscos.

La retirada de la estatua de Franco en Madrid no va a hacer desaparecer 40 años de nuestra historia reciente ni va a devolver la vida a sus víctimas ni va a favorecer la concordia de los españoles.Simplemente va a molestar a una minoría de la sociedad española, ultrajada por este gesto completamente innecesario.

Rubalcaba argumentó ayer que los monumentos deben ser del agrado de todos los ciudadanos. Si ello es así, habría que desmontar el 90% de las estatuas en lugares públicos, empezando por las dedicadas a Colón que podrían incomodar a los inmigrantes latinoamericanos.O por la que se acaba de erigir en Bilbao al racista Sabino Arana.

Zapatero tuvo el mal gusto de comentar su decisión en la cena homenaje a Santiago Carrillo, a la que también asistió Fernández de la Vega. Había 365 días para retirar la estatua, pero el Ejecutivo eligió precisamente «esa noche inolvidable», en palabras de Victor Manuel. Puede que fuera una casualidad, como dijo ayer Fomento, pero ello resulta difícilmente creíble porque el traslado fue jaleado en la cena y porque parte de los asistentes se desplazó para disfrutar de este regalo de cumpleaños a Carrillo.

Es cierto que a la gran mayoría de los españoles -sobre todo, a los que no han cumplido los 40 años- les resulta indiferente este asunto. Pero ello no resta gravedad a un gesto que demuestra sectarismo y parcialidad a la hora de revisar nuestra historia, puesto que ya es historia la etapa del general Franco, fallecido hace 30 años.

El juicio del pasado hay que dejárselo a los historiadores y a cada ciudadano. Lo que un Gobierno democrático no puede hacer es dedicarse a una revisión selectiva de la historia, rememorando aquellos episodios que le favorecen o legitiman y enterrando los recuerdos molestos.

Si la izquierda y los republicanos se arrogan el derecho a retirar las estatuas de Franco y borrar el yugo y las flechas de las casas de protección social, la derecha podría exigir las responsabilidades de Santiago Carrillo en los asesinatos de Paracuellos o documentar la terrible represión en Barcelona cuando Companys, santificado por los nacionalistas catalanes, presidía la Generalitat.

Una muestra de esta actitud sectaria son las desafortunadas declaraciones de Gregorio Peces-Barba en el acto de Carrillo, donde calificó de «buenos» a los presentes y tachó de «malos» a los dirigentes del PP que estaban ausentes. Es la última metedura de pata del comisionado para las Víctimas del Terrorismo, que con estas palabras ofende otra vez a una parte del colectivo por el que debe velar.El rechazo que suscita hace su posición cada día más insostenible.

Otra muestra de este «talante» son las manifestaciones de Alvaro Cuesta, diputado del PSOE, en las que acusaba al PP de ser «amigo de los terroristas». Cuesta tiene que rectificar al igual que lo hizo el senador del PP, Ignacio Cosidó, que incurrió en el despropósito de decir que Peces-Barba está más cerca de los terroristas que de las víctimas.

Esta escalada de declaraciones y gestos sólo puede servir para resucitar ese cainismo que ha caracterizado algunas fases de nuestra historia y que creíamos superado para siempre desde la Transición. Juega con fuego quien alimenta este monstruo que ya ha devorado a bastantes generaciones de españoles.

HAY UNA IZQUIERDA CIVILIZADA
Por Valentí PUIG ABC 18 Marzo 2005

LA táctica de identificar la derecha española con las prácticas del bestialismo resulta del todo obsoleta pero no por eso la izquierda deja de remover ese viejo mejunje para salvar a dos o tres especímenes conservadores y definirlos, esos sí, como la derecha civilizada. Entre líneas, la afirmación es la siguiente: como la derecha civilizada es una contradicción en términos y un imposible histórico, elijamos a varios sujetos -a poder ser marginales en la acción política- y otorguémosles los atributos de civilización. Es un teatrillo de frustraciones y bajos instintos. Esos predilectos de la izquierda siempre tienen en común no haber ganado elecciones ni haber conseguido el poder. De lo contrario, sepamos de una vez en qué dejaron de ser civilizados Cánovas, Silvela, Maura, Cambó o Santiago Alba.

Después de la caída del muro de Berlín y de las dinámicas de globalización, lo que queda de la izquierda es más bien poco y adquiere una cierta configuración de «offshore» administrado por las grandes maquinarias de poder que el socialismo democrático tuvo en la Europa de postguerra. Eso es la izquierda posible, la post-socialdemocracia. Desde luego, si Santiago Carrillo desea irse al otro mundo siendo comunista, nadie se va a escandalizar: a lo sumo podrá confirmarse que es perseverante en la fidelidad biológica a uno de los errores más nocivos en la historia de la humanidad.

DE verdad, en la izquierda española lo que cuenta es el estado arterial del PSOE. Ahí Zapatero viene a decir que con la derecha no hay derechos y Pasqual Maragall interpreta que fue la derecha la que provocó la guerra civil. Son afirmaciones que no parecen vinculadas para nada al porvenir, sino a la discordia. Son formas pintorescas de dar ilusión y certidumbre. Corresponden a una esclerosis ideológica galopante que contribuye a una ruptura de cohesiones entre la sociedad y las instituciones copadas por el socialismo. Convierten los liderazgos en la personalización de un antagonismo. En un país de elites dispersas y poco constituidas, el grado de civilización de los partidos políticos tiene su importancia porque a veces hacen falta iniciativas en común tanto como desacuerdos, consensos tanto como refriegas. Ahora mismo, lo que le ocurre al PSOE es que confunde los perfiles del poder institucional y de la lucha por el poder, cegando vías intermedias como es el caso de usar arteramente la idea de diálogo como arma arrojadiza. Hay buenos y malos, como afirmó un insigne socialista en la cena ofrendada a Carrillo.

ORWELL decía que para un partido de izquierda en el poder, el adversario más temible es siempre su propia propaganda anterior. No son otras las secuelas de la crisis moral y política que vivimos hace un año, el día 11 de marzo. No es otra la carencia de un claro mandato electoral que ha sido parcheado parlamentariamente con IU y ERC. No es otro el desbarajuste grandísimo del PSOE ante el modelo territorial de Estado, como se ve en el proceso de elaboración de un estatuto de autonomía que corresponda a las visiones de Pasqual Maragall.

Por supuesto, ni la suma de tantas circunstancias permite sostener que no exista en España una izquierda civilizada. La hay, como civilizada es la derecha, el gremio de panaderos, los cofrades de Semana Santa, las madres agnósticas, el cuerpo de bomberos, los federalistas ampurdaneses y el colectivo de aroma-terapeutas. Aquí todos somos civilizados y, en caso de duda, convengamos que así es, tanto a derecha como a izquierda, más o menos en la misma proporción, a partes iguales, pero -eso sí- con las excepciones de todos conocidas.

vpuig@abc.es

LA ESTATUA
Por Jaime CAMPMANY ABC  18 Marzo 2005

YA lo dice un proverbio de mi tierra: «Hoy semos, y mañana, estautas». Franco fue un día y duró mucho, pero hace treinta años que ya era «estauta». Los puristas de mi lengua vernácula, el panocho, o sea, a la estatua la convierten en «estauta», variante a la que no se atreve, por ejemplo, el catalán, que sigue diciendo «estàtua», como en castellano. Los rojelios podían haber honrado el espíritu de la transición y haber dejado a Franco sobre el caballo de trote inmóvil, que ya a nadie podía encolerizar y a nadie incitaba a la aclamación. Las estatuas son Historia, y la Historia se estudia, se aprende y sirve de lección y de consejo.

A estos rojelios que la han desmontado, la estatua podría haberles servido de memoria y advertencia para no caer (que de alguna manera están cayendo) en los mismos errores, disparates y agresiones que hicieron posible el suceso de que Franco se subiera al caballo. Mal asunto. Todas las actitudes que tienden a resucitar las dos Españas y el encono entre ellas olvidan que de ese encono, llevado a sus últimas consecuencias, nació la trágica, terrible, espeluznante Guerra Civil. Habíamos logrado los españoles hacer una transición que todos los pueblos calificaron de ejemplar. Habíamos apartado de nuestras costumbres políticas los odios, las revanchas y el ajuste de cuentas, que tantas veces, antes de abrir el ataque a enemigos de carne y hueso, se encarna en símbolos: banderas, músicas, himnos, uniformes, estatuas.

Como yo esa película de terror de la preguerra ya la he visto, aunque era muy niño entonces, me estremecen ahora todas las actitudes que recuerdan de alguna manera aquellas mismas actitudes contra los símbolos, porque sé que después llegan las actitudes violentas contra las personas. Por ahí se empieza el famoso aguafuerte de Goya, el de los dos celtíberos armados de garrote, que sólo es otro comienzo. Cuentan en León (no puedo certificarlo en verdad) que a Rodríguez Zapatero, hoy jefe del Gobierno, le fusilaron un abuelo los nacionales, los facciosos o los sublevados, como queráis llamarlos, y al otro lo asesinaron los leales, los republicanos o los rojos. Si es así, y como él habrá muchos españoles, constituye un símbolo perfecto de la tragedia de aquel tiempo.

Ha querido el azar que la estatua de Franco la hayan desmontado de su sitio a la entrada de los Nuevos Ministerios la misma noche en que se celebraba una cena de homenaje a Santiago Carrillo, que vive sus noventa años tranquilo y respetado en la España democrática y que es una demostración viviente del difícil olvido en el que se ejercitaron muchos españoles antes de comenzar este nuevo período que vive España. Quieran los dioses, o más bien los hombres, que no se deteriore el invento y pueda acabar como en otras desgraciadas ocasiones.

Señores socialistas del Gobierno: la transición y su vocación de democracia consistía precisamente en esto: en que los comensales que salían de una cena-homenaje a Santiago Carrillo pasaran pacíficamente junto a una estatua de Franco. Lo otro es volver a las andadas y caer en la peor nostalgia: la del perdedor.

Innecesario golpe de efecto
EDITORIAL Libertad Digital 18 Marzo 2005

La noche del pasado jueves registró una inusitada y poco habitual actividad en el centro de Madrid. Mientras en un hotel 400 comensales, casi todos de renombre, se daban cita para homenajear a Santiago Carrillo con una cena sorpresa, un poco más arriba, en la fachada sur de los Nuevos Ministerios, una misteriosa grúa, acompañada de un no menos enigmático despliegue policial, comenzaba a desmontar con parsimonia la estatua ecuestre del General Franco que se encontraba frente a la puerta del Ministerio de Medio Ambiente. Horas después, ya en plena madrugada, ambos eventos coincidieron. Algunas de las personalidades que habían acudido a la cena homenaje se dejaron caer por la plaza de San Juan de la Cruz para contemplar, francamente complacidos dicho sea de paso, el desmontaje de la última estatua de Francisco Franco que quedaba en la capital.

Nocturnidad y sorpresa. Tanto para la cena como para la retirada de la estatua. Porque ambas noticias saltaron a las redacciones de improviso al filo de la medianoche. Lo de Carrillo podría explicarse por el carácter privado de la celebración y por el factor sorpresa que querían imprimir los organizadores del ágape. Lo de la estatua es, se mire por donde se mire, inexplicable. Primero porque antes de realizar operación semejante lo normal es informar al ayuntamiento, cosa que no se hizo. Y lo segundo porque la estatua que ayer Fomento ordenó retirar de la vía pública no es una estatua cualquiera y, hasta la fecha, ningún Gobierno o corporación municipal habían creído necesaria su retirada. El próximo mes de noviembre hará treinta años de la muerte de Franco. A lo largo de estas tres décadas, por el Gobierno de la Nación han desfilado políticos de todos los signos, desde la izquierda hasta la derecha pasando por el ineludible centro que inauguró la democracia. Por el ayuntamiento madrileño puede decirse cosa parecida. Desde que se reinstaurase la alcaldía democrática han pasado por la Casa de la Villa cinco munícipes de tres partidos políticos diferentes. Pues bien, ninguno de ellos, ni en el Gobierno central ni en el municipal había creído necesario desmontar la estatua de Franco que durante los últimos 45 años ha permanecido semiescondida junto al Paseo de la Castellana.

Felipe González, a quien nadie en el actual gabinete de Zapatero sería capaz de tachar de franquista, dijo en cierta ocasión que el personaje representado en esa estatua formaba parte de nuestra historia y, por lo tanto, nunca se le ocurriría tumbar una estatua suya. Por una vez estaba en lo cierto. Nos guste o no, Francisco Franco gobernó durante casi cuarenta años, cuatro décadas que forman una parte muy importante de nuestra historia reciente. A nadie se le oculta que el franquismo fue un régimen dictatorial del que tuvimos la fortuna de salir, pero la historia es la que es y no podemos moldearla a nuestro gusto. En eso consistió la transición, en aceptar el pasado compartido, extraer lo bueno que pudiese aportar a la joven democracia y aprender de lo malo para evitar repetirlo. Muchos líderes políticos, tanto los venidos del franquismo como los de las fuerzas opositoras al régimen, lo entendieron a la perfección y ahí está Carrillo, comprometido durante la guerra en la matanza de Paracuellos, como muestra aun viva de aquel compromiso histórico.

El nuevo Gobierno salido de las urnas hace poco más de un año no parece, sin embargo, persuadido de ese consenso sobre el que se fundamenta la España actual que tanta libertad y prosperidad nos ha procurado. Es más, los nuevos jacobinos del gabinete Zapatero parecen empeñados exactamente en lo contrario. En reconstruir la historia de España a su antojo y dibujar un fantasioso mapa de buenos y malos en el que los primeros han de ajustar cuentas lo antes posible con los segundos. La retirada de la estatua de Franco es un símbolo de cuáles son los modos que se gastan, porque el error no ha sido ordenar su desmontaje, eso es perfectamente legítimo, sino en el modo en que lo han hecho. Por sorpresa, de noche y haciéndolo coincidir con el homenaje a uno de los últimos comunistas de la guerra que quedan con vida. Un golpe de efecto innecesario que sólo puede entenderse en las coordenadas que mueven a este Gobierno; el rencor, el revanchismo y un sectarismo como no se había visto por estos pagos desde hace una generación.

MÁS ALLÁ DE UNA ESTATUA
Editorial ABC  18 Marzo 2005

EL éxito de la Transición fue posible porque la izquierda y la derecha cedieron en aspectos nucleares de su ideario político, en aras de un proyecto de convivencia común. Fue el éxito de una clase política que supo entender, en momentos especialmente difíciles, que España y los españoles eran bastante más importantes que sus particulares intereses. Sería peligroso que el socialismo cayera en la tentación revanchista de intentar cobrarse ahora, con efectos retroactivos, parte de esa cesión que hizo hace treinta años en una España que ya no es la de antes y que, felizmente, se ha despojado de todos los fantasmas del pasado. Lo resumió, acertadamente, Felipe González: «Me parece una estupidez eso de ir derribando estatuas; siempre he pensado que si alguien hubiera creído que era un mérito tirar a Franco del caballo, tenía que haberlo hecho cuando estaba vivo...».

El Ejecutivo socialista ha retirado, de noche, la estatua de Francisco Franco, situada en Madrid frente a los Nuevos Ministerios. Una decisión que ha generado una indiscutible polémica. Al valorar las consecuencias de esta medida, seguramente el Gobierno diseñó una estrategia para hacer frente a las críticas que iba a suscitar la retirada del monumento. La respuesta ofrecida ayer por distintos miembros del Ejecutivo y del PSOE revela cuál era el plan: tratar de justificar su decisión llevando el caso a un debate superado sobre una etapa concreta de la historia de España con el objetivo último de pescar en las aguas revueltas de la división. Mal y peligroso camino es el volver a transitar por la senda del revisionismo, tarea entre lo estéril y lo interminable, porque ¿a partir de cuándo se empieza a revisar la historia?

Un Gobierno en democracia, por encima de su perfil ideológico, debe ser prudente y moderado en la toma de decisiones. Un Ejecutivo equilibrado es aquél que gestiona los asuntos generales con templanza y somete los legítimos intereses de partido al servicio de los intereses del conjunto de la sociedad, cuya pluralidad y diversidad obliga precisamente al gobernante a extremar la cautela. Ahora que se cumplen cuatro siglos de la primera edición de El Quijote, el Gobierno de Rodríguez Zapatero debería seguir el consejo que el ingenioso hidalgo le dio a Sancho para gobernar la ínsula Barataria: «No hay más alta virtud que la prudencia».

Pero el Ejecutivo socialista se ha equivocado también profundamente en las formas; el error procedimental revela un problema aún más grave, que es de fondo, pues demuestra un comportamiento contrario a normas básicas de la estética política como son la claridad y la transparencia en la toma de decisiones. Porque si la voluntad última del Ejecutivo era desmontar la estatua, nada más normal en democracia que explicarse, que mostrar sus razones y permitir a los demás que mostraran las suyas. Que se actuara de noche, sin comunicación previa al Ayuntamiento de Madrid, pone de manifiesto hasta qué punto el Gobierno recurrió a la política de actos consumados para orillar el debate. No fue precisamente talante lo que derrochó el Ejecutivo la pasada madrugada, más bien todo lo contrario.

La gravedad del asunto no está tanto en la decisión de eliminar la estatua de Franco, cuya figura forma parte para bien y para mal de la Historia de España, como en el modo grosero que ha utilizado el Gobierno para desmantelar el monumento y, sobre todo, en la manera en que se ha explicado y tratado de justificar la medida, atizando la tensión de una sociedad que reclama sosiego y serenidad y no quiere en ningún caso que se abra la caja de una historia dolorosa. El izquierdismo infantil de este Gobierno tiene poco que ver con la defensa de valores propios de una izquierda moderna y está lejos de lo que demanda un país proyectado hacia el futuro y que cerró hace ya tiempo las heridas de un pasado que el Ejecutivo se empeña torpemente en reabrir.

Zapatero, que presume de haber convertido el talante y la moderación en señas de identidad de su Gobierno, debería saber que a veces un gesto, aunque sea para su propia galería -el desmantelamiento nocturno y semiclandestino de una estatua-, vale más que mil palabras o que todo un manual de buenas intenciones.

Desmontaje de la estatua de Franco
Magdalena Álvarez gana la Guerra Civil
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 18 Marzo 2005

Lo bueno que tienen los socialistas es que de cualquier cosa hacen un ministro. Y cuando éste da el cante no pasa nada porque tampoco esperábamos otra cosa. Ni ellos. Una de las de cuota se proclama fraila y otra decide derrocar a Franco treinta años después de muerto. Pero si a la primera le traiciona el léxico, la segunda, con los nervios del derrocamiento, justo cuando está a punto de lograr lo que no consiguieron Azaña, Rojo, Negrín ni Pasionaria, va y lo alza con unas cuerdas, lo asciende a las alturas. Oculta la grúa en la oscuridad de la noche, algunos transeúntes creyeron presenciar un milagro.

Pero el milagro de verdad sucedía mientras tanto en un hotel de la ciudad, con Santiago Carrillo recibiendo la alegría de su vida en forma de entrañable fiesta sorpresa de McDonald’s. Llevarían, supongo, gorritos de cartón, narices de payaso y matasuegras. Y corona. Herrero de Miñón, Martín Villa, Barrionuevo, Alberto Aza y otros izquierdistas pudieron mostrar su admiración al héroe que tantas cosas buenas hizo por España.

Bien, para llenar el vacío que deja la estatua ecuestre del Caudillo, Magdalena Álvarez ha convocado un concurso de ideas. Quiere primar la simbología de la concordia. Tantos prohombres merecen ocupar ese espacio que no va a ser fácil decidirse. Lo mejor sería poner una tabla rasa, sin más, idea que amén de minimalista, como las cabezas de los ministros y la moral de los amigos de Carrillo, puede aludir al perdón o a la Transición española. O al programa político del PSOE. El arte siempre es polisémico.

El monumento también podría erigirse a Polanco, dando continuidad al sentido primigenio de la estatua, que viene a resumirse en la cuestión ¿Aquí quién manda? Francisco Franco podría aparecer a su lado, más pequeño, tamaño gnomo de piedra, llevando unos libros de texto como recuerdo del origen del nuevo imperio.

Existen apuestas más provocadoras, por ejemplo levantar varias figuras del mismo prócer; Zapatero ataviado de distintos modos y abrazándose a sus otros yoes como un equipo de rugby: uno como segador con barretina, otro como tronkolari, otro como pacifista a lo Mahatma Ghandi, otro como guerrillero cubano, otro como estadista con corbata. El conjunto podría bautizarse Pluralidad, ¿Quién soy? o Desorden de la personalidad.

Un pebetero no sería mala idea; debería acoger la llama eterna del rencor. O una quijada junto a un Abel caído, en bronce, recordando la presencia en España de la obra de Caín. O una piedra de Roseta en las lenguas oficiales del Estado. O una esfera inmensa de malaquita, con las palabras grabadas Mala Quita, que represente todos los pelotazos habidos. O un menhir sugiriendo hasta dónde hay que inventarse el pasado. O una pirámide con la verdadera momia dentro, compendio del estalinismo y el falangismo en un solo hombre. O unos focos alumbrando una peana vacía, símbolo de la nada.

Nótulas
El patriotismo y su caricatura
Aquilino Duque Libertad Digital 18 Marzo 2005

Parece ser que la cuestión vasca ha llegado a unos extremos que no deja a nadie indiferente, ni siquiera a los que dicen haberse pasado media vida en un armario. Uno de éstos, después de arremeter con vehemencia contra el nacionalismo, exhuma un texto juvenil lamentable de un llorado poeta que mereció tener una suerte mejor de la que tuvo y sigue teniendo. Un mínimo de buen gusto y el respeto que me merece la memoria de ese poeta me vedan reproducir ese texto que sin duda su propio autor habría destruido si hubiera sobrevivido a su trágico destino. No sé si es más repugnante el texto en sí o la utilización que de él se hace con el fin de equiparar nacionalismo y patriotismo, es decir, lo que divide y lo que une a los hijos de una patria común.

Si algo bueno tiene nuestra época, es la caída de las máscaras. Yo comprendo las dificultades dialécticas de tener que rendirse a la evidencia y verse obligado a tener ahora por enemigos peligrosos a los entrañables amigos de ayer. Y también comprendo que quien por algún motivo insondable haya perdido la fe, la esperanza y la caridad, no vea con buenos ojos la religión, la patria o la familia. Hay una Antiespaña que se resiste a dejar de serlo porque sigue siendo antihistórica y antiheroica y, si se opone al separatismo, esa caricatura del patriotismo, es porque cree ver en él, en su voluntad de fragmentación y enfrentamiento, una pasión y un fervor que sus antepasados aplicaron a construir y engrandecer la patria de todos.

Desmontaje de la estatua de Franco
La tribu contra la democracia
Agapito Maestre Libertad Digital 18 Marzo 2005

Toda la “política” del PSOE ha quedado reducida a la expresión de Peces Barba. Nunca nadie tan iletrado ha definido tan correctamente el tribalismo de Zapatero. Los de mi tribu son los buenos. Los otros, los demócratas, son los malos. Para el PSOE la política ya no es fiabilidad en el adversario político, generación de confianzas mutuas para solucionar problemas entre fuerzas políticas, en fin, consecución de acuerdos entre todos los actores implicados, sino estigmatización del adversario hasta dejarlo reducido a enemigo. Peor aún, el rencor y el resentimiento es la base para mantenerse en el poder. El tribalismo es todo en la vida pública española. El tribalismo del Gobierno de ZP está poniendo en serio peligro las frágiles instituciones democráticas.

El tribalismo del PSOE va más allá de la tradición totalitaria de la que procede. Hay gente, sin embargo, que no quiere enfrentarse a esa dura realidad. No quieren ver los problemas. No quieren ejercer la ciudadanía. No quieren vivir intranquilos. Se engañan. La democracia está bajo mínimos, o peor, la democracia ha quedado reducida a propaganda, agitación y a una forma sutil de dictadura, que difícilmente alcanzaría el nombre de comisarial. Esto más parece una dictadura bananera que un régimen sujeto a normas democráticas. Detrás del homenaje a Carrillo y de la retirada de la estatua de Franco no hay ni una sola idea. Es como si quisieran repetir los primeros tiempos de la transición pero con baba y resentimiento.

La crisis de gobernabilidad democrática no tiene precedentes en la España postfranquista. Primero, insisto, porque el Gobierno no quiere saber nada del partido político que representa a casi la mitad de los españoles. Segundo, porque el Gobierno alcanzó el poder en condiciones extrañas a cualquier proceso de normalidad democrática. Pero, sobre todo, la democracia española no levantará cabeza mientras el Gobierno de Zapatero no deje de tratar al PP como enemigo. Asunto difícil de resolver, porque la supervivencia de ZP en el poder depende de la capacidad del PSOE y sus medios de comunicación para seguir estigmatizando al PP.

Estigmatizado el adversario todo es posible. Desaparece la claridad que debe presidir las reglas de la democracia. En su lugar se instala la ambigüedad. La política se hace esquizofrénica hasta quedar reducida a agitación y propaganda contra el partido de la Oposición. No existe ya ninguna decisión de este Ejecutivo que no esté marcada por el afán de revancha contra el PP. Romper con todo lo que implique continuidad nacional es el objetivo para mantenerse en el poder. Precisamente, por eso, la política de Zapatero no existe. Todo es movilización. Propaganda contra el “poderoso-opresor”. Pero si no gestionan, no gobiernan, no crean consensos, o sea odian la política, entonces están terminando con la poca democracia que la transición había traído. Así es. El tribalismo siempre ha matado a la democracia.

Carta de Canarias
El líquido elemento
Víctor Gago Libertad Digital 18 Marzo 2005

El Gobierno sitúa en Madrid, Baleares, Canarias, Valencia y Málaga los bastiones del crimen organizado en España. Juan Fernando López Aguilar dijo el pasado 27 de diciembre al diario La Provincia que la actividad mafiosa es “preocupante” en estos territorios, que tienen en común el hecho de que en ninguno gobierna el PSOE y en todos gobierna el PP, en solitario o en coalición. Según el ministro de Justicia, ha aumentado en ellos una criminalidad organizada que produce “cantidades ingentes de dinero negro, fundamentalmente hacia la actividad urbanística” y tiene “consecuencias sobre el control de regularidad del comportamiento de los poderes públicos”.

Éstas y otras conclusiones sumarias sobre la seguridad del sistema allí donde no gobiernan los socialistas justifican, para el ministro, la apertura de delegaciones de la Fiscalía Anticorrupción en cinco capitales de provincia en las que, o bien el PP gobierna con estabilidad (Las Palmas de Gran Canaria, Palma de Mallorca, Málaga, Valencia), o bien el PSOE es una fuerza residual (Santa Cruz de Tenerife). Ninguna de las nuevas sucursales antimafia se abrirá, por ejemplo, en San Sebastián, Sevilla, Zaragoza, Cáceres o Avilés. Tampoco la crisis del 3% altera el mapa oficial de la corrupción. Las iniciativas de Manos Limpias y de una Asociación de Músicos de Sabadell para que se investigue la financiación de CiU y PSC tienen que tramitarse en Madrid, al quedar Cataluña fuera del plan de cercanía de la Fiscalía Anticorrupción. El principio rector de esta política de atención al cliente es: “al amigo, vaselina; al enemigo, un fiscal”.

En Canarias, el nombramiento de Luis del Río como nuevo Fiscal Anticorrupción ha provocado la protesta de la Asociación de Fiscales, mayoritaria en esta Carrera. Denuncian que el Consejo Fiscal propuso por mayoría a otro candidato, situado, en el ránking de méritos objetivos de la Carrera Fiscal, más de 800 puestos por delante de Del Río. Pero el Fiscal General del Estado desoyó el dictamen no vinculante del Consejo e impuso a este asociado de la Unión Progresista de Fiscales como nuevo Teniente Fiscal del Tribunal Superior de Justicia de Canarias y Fiscal delegado Anticorrupción en Las Palmas.

En sus dos primeras semanas, la delegación isleña de la Fiscalía Anticorrupción ha tramitado diez denuncias, casi todas presentadas por organizaciones ecologistas y de izquierdas, contra políticos de CC y PP, y contra empresarios que han contratado con ayuntamientos gobernados por estas fuerzas políticas.

Con todo, la denuncia más grave sobre corrupción es la del Consejero de Economía y Hacienda del Gobierno de Canarias, José Carlos Mauricio, que el pasado 14 de mayo apuntó a una supuesta trama de extorsión a políticos y empresarios liderada por el antiguo consejero socialista de Política Territorial del Gobierno de Canarias, José Francisco Henríquez, y retó al ministro de Justicia a aclarar su relación con ese grupo. Un quintal de vaselina ha caído sobre esta acusación, tan grave como la que Maragall hizo en el Parlamento catalán contra CiU. El nuevo Fiscal Anticorrupción ni siquiera la tiene en su agenda, a pesar de que resolverla sería relativamente sencillo: o el Consejero canario mintió, –como le acusa, en una querella, el antiguo alto cargo socialista señalado por Mauricio–, o dijo la verdad. En el primer caso, Mauricio debería pagar; en el segundo, el Fiscal debería investigar hasta el final.

No ocurrirá una cosa ni la otra, claro, porque la denuncia de Mauricio hay que entenderla como pura disuasión frente a la estrategia del Gobierno socialista de convertir la Fiscalía Anticorrupción en una palanca de asalto al poder en las comunidades donde las urnas se les resisten. El nacionalismo canario ha enviado al PSOE el mismo mensaje que CiU a Maragall para tapar el agujero del 3%: vamos a llevarnos bien. Eso simplifica las cosas al ministro de Justicia, que ahora sólo tiene que vigilar al PP; para el resto, siempre quedará la vaselina.

Carrillo, Ibarretxe y Franco
JOSÉ MARÍA CALLEJA La Voz 18 Marzo 2005

PUEDE RESULTAR chocante que un nacionalista etnicista y extremo como Juan José Ibarretxe asista al homenaje a un comunista, de raigambre socialista, nonagenario internacionalista, como Santiago Carrillo. (Perdón, lector, por semejante empacho de denominaciones de origen). Puede resultar chocante porque es difícil encontrar un anticomunismo tan visceral como el practicado por el PNV durante años -qué decir de la colaboración activa de algunos de su militantes, Galíndez, con la CIA en plena guerra fría-; es difícil encontrar frases tan despectivas como las pronunciadas por Arzalluz respecto de los comunistas, que enlazan con el tono propio de los tiempos de Franco.

Por otra parte, sabido es que en la tradición comunista se tilda de desviación pequeño burguesa la postura nacionalista, en las antípodas del internacionalismo comunista, y se puede preguntar a los mil y un nacionalismos de la antigua URSS, la antigua Yugoslavia y otras antiguas qué opinión guardan de aquella perla llamada Stalin, de su trato omnicomprensivo respecto de sus respectivos hechos diferenciales, lenguas, culturas y tradiciones. No hay más que ver lo que ha quedado de aquello. Quizá la reciente, aunque casi olvidada, sangría de la antigua Yugoslavia sea una síntesis exasperada de lo que da de sí el nacionalismo, en pleno bombeo de odio, y el estalinismo, en plena planificación quinquenal de odio.

El caso es que Ibarretxe preside hoy un Gobierno que considera a socialistas y populares como sujetos de segunda categoría, por no abrazar la causa nacionalista como Dios manda, y hace compatible esa política, reaccionaria y xenófoba, con el apoyo embelesado a Santiago Carrillo. Haría bien Carrillo en preguntar a alguno de los históricos dirigentes del PCE de Euskadi qué opinión tienen de Ibarretxe y su plan delirante, haría bien Carrillo en hablar, por ejemplo, con Andoni Pérez Ayala, trienios de militancia comunista, y, como tantos otros vascos, apestado por no comulgar con las ruedas de molino del etnicismo del PNV.

Pero la asistencia de Ibarretxe al cumpleaños de Carrillo sí tiene una explicación. El viejo comunista ha sido uno de los más entusiastas anfitriones del lunático en sus reiteradas visitas a Madrid. En la capital de España le ha recibido, junto con otra gente que se tiene a sí mismo como de izquierdas, y también por ese recalificador de fincas para la familia Franco, también conocido como Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón.

Carrillo, que estuvo a punto de lograr con el PCE lo que no consiguió la dictadura: destruirlo, le ha puesto alfombra a Ibarretxe, no sé si porque no ve en él un ejemplar de la derecha, no sé si porque piensa que el exotismo nacionalista tapa las vergüenzas de un partido fundado por un facha de tomo y lomo, como Sabino Arana. Facha al que el PNV hace muy poquito que ha erigido una gigantesca estatua en pleno centro de Bilbao, mientras en Madrid se llevaban en volandas la estatua de otro facha.

¿Quién se fía de un político?
MIGUEL ARANGUREN /ESCRITOR El Correo 18 Marzo 2005

El inesperado resultado electoral del 14 de marzo de 2004, los claroscuros en la prevención y posterior investigación del mayor atentado terrorista de nuestra historia, la criminalización del anterior Gobierno, la forzada paridad de sexos en el reparto de las carteras ministeriales, el populismo desatado, las tensiones nacionalistas, los pactos antinatura para gobernar algunas comunidades, el juego con la redefinición de nuestra Carta Magna, el enfrentamiento con la Iglesia, las recalificaciones ilegales, la designación de un alto comisionado para las víctimas del terrorismo, el escándalo del 3% en el Parlamento catalán, la comisión de investigación por el drama del Carmelo, la falta de acuerdo en las conclusiones de la comisión del 11-M y, sobre todo, el resultado implacable de las encuestas a pie de calle reflejan un descontento popular hacia la figura y el trabajo de nuestros políticos, sin importar si se encuentran en el gobierno o en la oposición de los numerosos plenos y parlamentos que ofrece la compleja organización de nuestras administraciones públicas.

La imagen de los profesionales de la política -esas personas que no han tenido otra dedicación laboral que la de calentar poltrona en comisiones, subcomisiones y comisiones de las subcomisiones- se encuentra bajo cero. Lo que podría no ser más que un reflejo de nuestra idiosincrasia rebelde supera cualquier interpretación frívola. No en vano, estamos dotados de un sistema de representación popular. Es decir, el pueblo elige a quienes llevarán su voz en el gobierno de los intereses generales. Pero resulta que el pueblo, desde hace tiempo, no cree, no se fía, no comparte y ni siquiera se divierte con la pendiente abajo en la que han convertido el nobilísimo ejercicio de la política.

El descrédito de las instituciones, la sospecha de que en los puestos en teoría más sublimes se han afincado unos señores y señoras que actúan de espaldas al sentir popular -que no se corresponde, por cierto, con la inquietud de en dónde se coloca el mojón de la comunidad o cómo diantres tiene que llamarse, a partir de ahora, la región, asuntos en los que se pierde tanto tiempo y tanto dinero-, hace que se tambalee el frágil edificio de la convivencia. Y no hay derecho, señorías de la amplísima baraja de los cargos oficiales de España, a que jueguen ustedes a costa de nuestros impuestos a la pataleta, a la corrupción, al 'y tú más', a arrinconar al que antes trinchaba el pollo, al 'y yo de aquí no me muevo ', como si el ejercicio público fuese vitalicio, algo así como la aristocracia de los listillos, una nueva monarquía sembrada de reyezuelos que afloran como setas en cualquiera de los cientos, de los miles de foros que contempla la distribución del poder municipal, regional, autonómico y nacional.

El político debería saberse servidor entre los servidores y convertir su juramento ante la Constitución o el estatuto en un nuevo decálogo del que examinarse cada día. Desgraciadamente, el cargo público siente la presión de su partido y no la de la calle. Por si fuera poco, en los partidos políticos hay guerras cainitas -una vez llegan al poder o cuando regresan a la oposición- por ocupar la colección de cargos remunerados con nómina y generosísimas dietas (¿cuántas bofetadas por un anodino escaño en Bruselas!). Ocupar sillón (da igual que sea azul o rojo) es una garantía de futuro para la que sólo se necesita habilidad de pasillo y algo de labia, en el caso de que el susodicho vaya a tener que subir alguna vez a la tribuna, lo que no siempre es necesario.

Antes de hacer juegos florales con la Constitución, antes del intercambio de cromos con territorios y pretendidos derechos históricos, antes de leyes frívolas e innecesarias sobre el repudio matrimonial o las bodas gays, nuestra democracia precisa echar fuera el lastre de la falta de credibilidad de nuestros representantes. La bajísima participación en el referéndum de la Constitución europea fue una clara advertencia, no casual, de la caída en picado de la confianza hacia quienes nos animan a votar unas ideas, unos principios que brillan por su ausencia en las actas parlamentarias y en los programas de televisión a los que se asoman con la mejor de sus sonrisas, fabricada en la oficina de un carísimo asesor de imagen. Deberían ser ciudadanos ejemplares, les va en el sueldo, pero se quedan en las menudencias del 'yo acuso', del 'y contigo no', del reparto del botín entre amiguetes o del qué bien estamos en la oposición, acomodados al ir y venir de nuevos procesos electorales. www.miguelaranguren.com

Banderizos
ANTONIO RIVERA El Correo 18 Marzo 2005

La política vasca de hace un siglo -y perdonen que me remonte tanto- se caracterizaba por la respuesta a dar al carlismo. Era tan potente y estaba tan extendido el tradicionalismo carlista -más movimiento que partido- que incluso después de dos derrotas militares seguía demostrando una extraordinaria fortaleza en nuestra tierra. Es así que la política liberal vasca hasta bastante tarde consistía en cómo dar respuesta a ese carlismo. Se tejían alianzas locales que iban del republicanismo decimonónico al conservadurismo alfonsino, y se etiquetaban liberales queriendo decir en realidad 'anticarlistas'.

Una de las fatales consecuencias de esa manera de hacer política fue la falta de definición. El pensamiento y la política liberales en el País Vasco eran básicamente lo contrario del tradicionalismo carlista. Bastaba con darle la vuelta y ya se sabía qué había realmente. Así, era difícil distinguir y hacer disquisiciones, por ejemplo, con el republicanismo federal o el unitario, el liberalismo de izquierdas o el acomodaticio, el conservadurismo en sus diversas familias, etcétera.

Del mismo modo, la política se fracturaba en dos grandes campos a partir de un eje de tensión muy poco moderno: liberalismo versus tradición. Lo de la izquierda y la derecha, o lo de la identidad nacional española y la vasca como ejes de divergencia política llegó mucho más tarde, allá hacia finales del XIX en una sociedad evolucionada como Bilbao; casi en la Segunda República en una tan poco dinámica como la alavesa.

Otra expresión más de esa falta de modernidad fue la 'banderización de la política'. A nivel local, los partidos o grandes grupos (cosmovisiones) actuaban como bandas, como banderizos medievales. No se era tanto de una opción por tener una convicción política sino por pertenecer a un grupo que estaba enfrentado a otro. Se era de los blancos porque siempre se había estado en contra de los rojos, o al revés. Y se adaptaban ideologías modernas para dar cobertura a la diferencia ancestral. Más que partidos modernos eran banderías medievales.

No nos hemos quitado aún ese polvo. Cambien lo de liberal versus tradicionalista por constitucionalistas contra nacionalistas. Seguimos en la misma. ¿Consecuencia? Los perfiles y diferencias se limitan, y resulta difícil distinguir al PP del PSE, al PNV de EA o de HB. Hay grandes banderías, una gran manta que lo tapa todo, y debajo se diluyen las políticas diferentes.

Como buenos banderizos, los de un lado deben hacer lo contrario de los del otro. Eso se espera de ellos. Y si no lo hacen, serán denunciados como traidores y como propiciadores del triunfo opositor. Igual que en el XIX, cuando el equilibrio eterno se rompía sólo cuando un socio de la coalición se retraía y no sumaba sus votos a la inevitable alianza.

Igual que pasaba antaño, la política de bandería es ideal para que nada cambie. En principio, los menos dotados para la imaginación y la novedad política se mueven con soltura en la política de trinchera, necesitada sólo de cuatro grandes frases-tótem. Discurrir soluciones más sofisticadas para problemas nuevos, vincularse a debates de otros lugares, incorporarse a reflexiones que actualicen el discurso tradicional, son tareas para las que no están dotados esos políticos de trinchera. Y mientras dure este 'impasse', no se notarán sus incapacidades. A otro nivel, el estrato intermedio, no necesariamente político, también social, ése que forman los 'gestores de la realidad', vive a sus anchas, pues nada mejor que eternizarse en la parálisis para que su trabajo no sea puesto a prueba. Incluso hasta algún escandalazo o desastre político puede taparse al objeto de que el contrario no halle argumento para darte en la cabeza pegando en el culo de tu forzoso aliado.

El resultado final es una política tediosa, donde ampulosos discursos ocultan la política real de los ciudadanos e impiden que se le otorgue la importancia que merece. Ciudadanos, además, que se darían de baja de ese engaño de las banderías si no fuera porque el dramatismo de la escena fuerza a no pasar a ser espectador cuando tanto se juega acerca de tu vida. O mejor, cuando tanto se puede complicar tu vida si prosperan los de enfrente. Si decreciera la tensión por renuncia de pistoleros o porque los planazos de unos y otros dejaban paso a la cordura y al buen tono, viviríamos una saludable resaca en la que los ciudadanos se darían de baja por un tiempo de este insólito e insoportable espectáculo que es la política vasca.

Luego volverían como razonables ciudadanos a preocuparse de una farola que se ha caído, un empleo sin calidad, una asistencia sanitaria que no llega a tiempo Esas cosas que preocupan a los que no son vascos.

SÓLO SU ÚLTIMO ENCUENTRO PODRÍA ESTAR GRABADO
Prisiones autorizó las visitas del socialista Huarte a Benesmail porque eran "amigos"
Instituciones Penitenciarias autorizó en tres ocasiones al socialista gijonés Fernando Huarte visitar al terrorista Benesmail Abdelkrim, número dos del "imán" del 11-M y relacionado con los planes terroristas para volar la Audiencia. La última, según desvela La Nueva España, en noviembre de 2004, cuando ya se conocían los lazos entre el preso del GIA y Allakema Lamari, y su relación con un recluso de Jarrai que sólo tenía elogios para Benesmail por ser partidario de no avisar de la colocación de las bombas y provocar "muchísimos muertos".
Libertad Digital 18 Marzo 2005

Los encuentros que reconoce Instituciones Penitenciarias entre Huarte y Benesmail son tres y las razones que aporta para autorizarlos es que su condición de amigos. Así lo desvela este viernes el diario La Nueva España, el mismo que destapó la relación entre el recluso islamista y el dirigente del PSOE de Gijón. El periódico sostiene que, pese a la condición de preso peligroso e integrante de una banda armada, el Grupo Islámico Armado, y a pesar de que Benesmail tenía restringidas las visitas, Prisiones accedió a que tuviera contacto con Huarte en los locutorios de la cárcel asturiana de Villabona. Las visitas fueron tres: el 9 de marzo de 2002, el 14 de abril de 2002 y el 9 de octubre de 2004.

Se autorizaron, siempre según Instituciones Penitenciarias, porque Huarte y Benesmail "ya tenían relación de amistad". Así, La Nueva España señala que "la amistad comenzó a trabarse a finales de 2001, cuando Fernando Huarte envió varias revistas en árabe al preso y le ofreció su ayuda. Ayuda que posteriormente le pidió Benesmail Abdelkrim para poder ir a un dentista privado a que le practicaran una endodoncia. Salió tres veces de la cárcel de Villabona, en febrero de 2002, para realizar la ortodoncia. La factura, que conserva la asesoría de la clínica, la pagó la Asociación de Amigos del Pueblo Palestino Al-Fatah, que preside Huarte".

Una salida tras sus planes de fuga
Añade que "la intervención de Huarte logró la salida de Abdelkrim al dentista, a pesar de que el 3 de diciembre de 2001 Benesmail Abdelkrim había propuesto a otros internos fugarse, cuando eran conducidos a un hospital, según un parte de incidencias elaborado por funcionarios de Villabona".

El diario, citando fuentes de Prisiones, recoge que "aunque alguien esté condenado por terrorismo, puede recibir visitas; esto no es Guantánamo" y que por tratarse de un preso integrado en una banda terrorista, el GIA, tiene las visitas restringidas "en lo relativo a cuestiones de seguridad". Por esto motivo, Prisiones tiene que comprobar que el visitante no pertenezca a banda armada antes de autorizar el encuentro. Además, graba las conversaciones en los locutorios de la cárcel.

Así ocurrió con los encuentros entre Huarte y Benesmail. Según Instituciones Penitenciarias todos fueron grabados, así como sus conversaciones

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