AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 20 Marzo 2005
LA ENFERMEDAD DEL REVISIONISMO
Ignacio CAMACHO ABC 20 Marzo 2005

La expulsión de Almallah no agota la responsabilidad del PSOE
Editorial El Mundo 20 Marzo 2005

ZAPATERO, PREMIO NOBEL
Jaime CAMPMANY ABC  20 Marzo 2005

Paso a paso, vencer a la sinrazón
Editorial Heraldo de Aragón 20 Marzo 2005

LAS COCES DE RIGOR
Antonio BURGOS ABC 20 Marzo 2005

PAJARITOS CONTRA ESCOPETAS
M. MARTÍN FERRAND ABC  20 Marzo 2005

POSICIONES DE PARTIDA ANTE LAS ELECCIONES VASCAS
Editorial ABC 20 Marzo 2005

Zapatero y el acertijo de las dos tribus
Pedro J. Ramírez El Mundo 20 Marzo 2005

ANTES Y DESPUÉS
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC  20 Marzo 2005

Contra la lista cínica
Fernando Savater El Correo 20 Marzo 2005

ICONOPLASTAS
Jon JUARISTI ABC  20 Marzo 2005

Lanzadas a moro muerto
José Vilas Nogueira Libertad Digital 20 Marzo 2005

Otra vez en Sevilla
EDITORIAL Libertad Digital  20 Marzo 2005

Precio de ley
KEPA AULESTIA El Correo  20 Marzo 2005

La preocupación de Atucha
Cartas al Director ABC  20 Marzo 2005

Autores del 11-M contactaron antes de los ataques con el imán apresado ayer en Londres
J. C. Serrano La Razón 20 Marzo 2005

La AVT reprocha a Zapatero que no conceda al resto de asociaciones el mismo trato que a la de Manjón
Europa Press Libertad Digital 20 Marzo 2005

Miembros de movimientos cívicos exigen a Zapatero el regreso al constitucionalismo
MANU RUEDA/BILBAO El Correo 20 Marzo 2005
 

LA ENFERMEDAD DEL REVISIONISMO
Por Ignacio CAMACHO ABC 20 Marzo 2005

A pocos metros de la recién retirada estatua ecuestre de Franco en la galería de los Nuevos Ministerios, en la Castellana, sendas esculturas de Indalecio Prieto y de Francisco Largo Caballero, firmadas por Pablo Serrano, dan testimonio de una Historia que, para bien y para mal, es la nuestra, la de los españoles, esa Historia que según el célebre poema de Gil de Biedma es la más triste de todas las historias, porque siempre acaba mal, con los demonios del pasado dando vueltas alrededor de nuestro presente y de nuestro futuro.

Prieto y Largo Caballero -cuyos papeles en la revolución de Asturias podrían valerles en puridad la consideración de conspiradores contra la República- fueron figuras destacadas del periodo más convulso de nuestro siglo XX, pero nadie ha cuestionado nunca su lugar en la Historia porque la memoria común está compuesta de luces y de sombras, y no se puede reescribir desde el unilateralismo, desde el maniqueísmo o desde el sectarismo ideológico. La Historia es heroísmo y cobardía, fulgor y muerte, sangre y vida. Todo junto, siempre. Y nosotros somos herederos de lo que de ella nos gusta y de lo que no.

Las tres estatuas del ala Sur de Nuevos Ministerios estaban ahí, quietas sobre sus pedestales, sin molestar a nadie y sin constituir ya otros símbolos que los de las dos caras de una herida afortunadamente cerrada gracias al gran pacto de olvido que fue la Transición. Por eso resulta un acto gratuito, un gesto inútilmente sectario, la intentona de agitación retroactiva de los fantasmas del guerracivilismo que ha provocado la retirada, nocturna y a cencerros tapados, de la escultura de Franco. No hay, por lo visto, prioridades más urgentes en la acción de gobierno que este absurdo despertar de los demonios del cainismo y la sangre.

Me lo dijo una vez el sindicalista Paco Acosta, uno de los históricos condenados del Proceso 1001, cuando empezó la moda de la reapertura de las fosas de la guerra: «No me gusta esto que está pasando, porque si unos empezamos a desenterrar muertos, los otros empezarán a remover los suyos. Barbaridades hubo en los dos bandos, y nos costó mucho trabajo cerrar la reconciliación en la democracia. Yo, por lo menos, me lo creí de verdad». Desde su lúcida honestidad de veterano líder obrero, Acosta, hijo de un repartidor de ABC, había comprendido perfectamente el valor del gran acuerdo de paz civil que fue la Transición. Y sabía de qué hablaba porque él, a diferencia de la gran mayoría de los jóvenes líderes de la actual izquierda, había pagado con la cárcel la fidelidad a su causa.

En cambio, Zapatero, empeñado en gobernar con gestos complacientes para una exigua minoría de votantes radicales que decide con su movilización el virtual empate entre los dos grandes partidos -el «maldito millón y medio» de que suele hablar uno de los altos cargos de La Moncloa- y dispuesto a provocar el resurgimiento de una extrema derecha que cercene el centrismo del PP a costa de ahondar las brechas de la crispación, está poniendo en peligro el pacto de mutuas cesiones que ha sustentado la moderna democracia española. Parece como si él y los suyos se sintieran llamados a consumar la ruptura que la Transición supo evitar con delicadeza y no pocas renuncias para encontrar un consenso sin perdedores. Un izquierdismo infantil, tribal y revisionista, se está apoderando de la escena pública como si la dictadura acabase de caer derribada por una enorme oleada popular, como si el Gobierno tuviese una misión mesiánica de revancha moral, como si nada de lo que ha sucedido en España durante los últimos veinticinco años hubiese valido la pena.

Este revisionismo de nuevo cuño, trufado de tics sectarios y guiños hacia la rancia iconografía juvenil de la izquierda -el antiamericanismo primario, la simpatía castrista, la inclinación a los nacionalismos excluyentes, el proarabismo disfrazado de multiculturalidad-, nada tiene que ver con la moderna socialdemocracia posmarxista ni con la Tercera Vía de un Giddens que proponía nuevas soluciones para los nuevos problemas. Es un revanchismo de brocha gorda, empapado de populismo fácil y de gestos para una galería de progresía acomodada que busca en los fetiches tardoizquierdistas la justificación moral de su evolución personal. El envés de la fachada de la cordialidad, el diálogo y la sonrisa. La cara oculta del talante.

Una actitud de confrontación que por un lado trata de violentar la trabajosa concordia nacional alcanzada en décadas de generoso olvido, y por el otro desprecia la obligación que todo Gobierno tiene de proponer a los ciudadanos recetas para combatir los desafíos del futuro.

Retirar una estatua de Franco treinta años después de su muerte natural constituye una heroica decisión que podrá rearmar de orgullo y henchir de satisfacción a unos cuantos miles de rezagados de la memoria histórica, pero no arregla uno solo de los problemas que tiene planteados la sociedad española. Ni viene a cuento, porque ese ajuste ya fue determinado, ejecutado y cerrado bastantes años atrás, ni significa absolutamente nada más que un torpe intento de reavivar debates del pasado, de camuflar con muecas oportunistas la ausencia de horizonte político, de lanzar humo de colores para ocultar el vacío de un proyecto común. De maquillar, en suma, la falta de ideas con pinturas de demagogia y desquite.

Todo esto no pasaría de una anécdota si existiese una musculatura política, un proyecto dinámico capaz de proyectar a España hacia un nuevo impulso social, económico, cultural y tecnológico. Pero es que esta alharaca cosmética -ahora se anuncia una llamada Ley de Recuperación de la Memoria, o algo así- constituye, de hecho, la parte más visible de la acción de gobierno. Y ése es el principal problema: que detrás del ruido vindicativo, del revisionismo proselitista y de la actividad gestual, no parece haber nada. Nada.

Sólo un pequeño grupo de ciudadanos nostálgicos y de edad avanzada puede sentirse a estas alturas herido por el levantamiento de los símbolos franquistas, arrumbados hace lustros en la conciencia colectiva de una nación que fue capaz de modernizarse con enorme velocidad y dinamismo. Para los españoles con menos de cuarenta años, esta clase de asuntos representan una extravagancia política por completo ajena a su sensibilidad colectiva. Y, en todo caso, vienen a certificar que la principal preocupación del Gobierno -el que debería facilitarles acceso a la vivienda, una inserción razonable en el mercado de trabajo, un marco tecnológico de vanguardia o una educación acorde con las exigencias de la competitividad europea- reside en el combate simbólico contra los espectros de la Historia.
director@abc.es

La expulsión de Almallah no agota la responsabilidad del PSOE
Editorial El Mundo 20 Marzo 2005

Pérez Rubalcaba explicó ayer que el PSOE decidió expulsar de forma «fulminante» al sirio Mohamed Almallah, integrista islámico con estrechos lazos con miembros del comando de Leganés, tras conocer su vinculación al partido. Rubalcaba aseguró que el PSOE no es «un burladero» para eludir la Justicia mientras que Mariano Rajoy exigió que Zapatero explique la relación de este ciudadano sirio con el PSOE. «Está muy bien hablar de lo de las derechas y los derechos, pero el principal derecho de los ciudadanos es saber la verdad», dijo atinadamente el líder del PP.

La rápida reacción de la dirección socialista no es convincente ni suficiente, ya que da la impresión de que el partido ha querido poner tierra de por medio para eludir algunas incómodas preguntas sobre el sirio. El principal interrogante es cómo es posible que el PSOE aceptara su ingreso como militante en mayo pasado, casi dos meses después de haber sido detenido por la Policía Nacional como sospechoso de participar en los atentados del 11-M.

Mohamed Almallah había sido interrogado el 24 de marzo por sus relaciones con el mundo radical islámico. Fue puesto en libertad, pero la Policía le volvió a detener anteayer al aparecer nuevos datos que le vinculan a El Tunecino y a otros miembros del comando de Leganés. Las Fuerzas de Seguridad sospechan que el sirio preparaba un atentado en la Estación Central de Nueva York, de la que guardaba un plano, y que se dedicaba al reclutamiento de militantes -al igual que su hermano, detenido ayer en Londres- para la causa islámica en un local de Madrid.

Almallah hacía compatible esta actividad con su pertenencia al PSOE de suerte que hacía teatro en su agrupación, asistía a los actos del partido e incluso llegó a repartir publicidad en la campaña del reciente referéndum.

Tras decidir la expulsión de Almallah, el PSOE hizo pública una nota en la que precisaba que sólo exige los datos personales y pruebas de residencia en España para aceptar la inscripción como afiliado. No parece muy creíble que el PSOE diera de alta a Almallah sin avales ni referencias de ningún militante. Si repartió propaganda por las calles y hacía teatro, algún contacto debía tener en el partido. ¿Tuvo algún mentor que le facilitó la entrada? ¿Dio alguna explicación para afiliarse? ¿Participó en otras actividades? ¿Sospechó alguien de su conducta?

Todas estas preguntas han quedado sin respuesta, ya que el PSOE, vulnerando sus propios estatutos, ha expulsado a este militante sin escucharle. Su secretario de organización, José Blanco, debería ser citado ante la Comisión parlamentaria del 11-M para aclarar estas incógnitas. Al igual que debería comparecer Fernando Huarte, el dirigente gijonés, para explicar cuáles fueron sus relaciones con Benesmail Abdelkrim, lugarteniente de Lamari, el jefe del comando de Leganés.

En una clara maniobra de contrainformación, una cadena de radio reveló anteayer que un concejal valenciano del PP fue abogado de Lamari y sigue siéndolo de Benesmail. Se trata de una relación profesional que nada tiene que ver con los casos de Almallah y Huarte, aunque el PP no debería poner ningún obstáculo a su comparecencia en la Comisión del 11-M si así lo solicita el PSOE.

Sobran motivos para que Huarte y Blanco comparezcan ante la comisión del 11-M, que el PSOE y sus aliados quieren cerrar con importantes cabos sueltos.

ZAPATERO, PREMIO NOBEL
Por Jaime CAMPMANY ABC  20 Marzo 2005

«ZP, pasas a la Historia, tío, te dan el Nobel de la Paz». Ayer, leerían ustedes aquí mismo, en ABC, estas palabras que los batasunos proyectan decirle a Zapatero para animarle a que haga concesiones a la banda etarra. Esta triquiñuela de ofrecer halagos al presidente del Gobierno al precio de que permita a los etarras alcanzar sus objetivos separatistas y la libertad de sus presos la explicaba la dirigente batasuna Elisabet Zubiaga al terrorista Jorge García Sertucha, encarcelado tras su detención en Mallorca por intento de asesinato a Su Majestad el Rey.

Los etarras intentan obtener del PSOE que permita la presentación de Batasuna en las elecciones del País Vasco y excarcelaciones de presos etarras. Ése es el precio que el Estado tendría que pagar a cambio de una tregua de ETA. La grabación de la cinta con la conversación entre la etarra y el preso, realizada con conocimiento y autorización del juez, deja en evidencia la terquedad de los socialistas en negar los contactos con Batasuna. Esos contactos se han realizado al través de los socialistas vascos, que para eso se hizo la operación de descabalgar a Nicolás Redondo y poner allí al tal López. Aquel movimiento tenía su «porqué», que dice el pueblo.

Buena la están liando estos socialistas nuestros, buena, buena, buena. Teniendo ahí de consejero áulico a Pérez Rubalcaba, ese maquiavelo de pitiminí, de chiringuito, maquiavelo de secano, no se sabe dónde podemos ir a parar. Los que intentan gobernar llevan en danza toda la cristalería del Estado y hacen con ella juegos malabares. No sabemos lo que se les caerá primero y se hará añicos, que a ver quién será el guapo que luego pega los pedazos. Están destrozando las relaciones con USA, los acuerdos con la Iglesia, intentan despedazar la Constitución, no sabemos a ciencia cierta lo que quieren hacer con el Estado, han entrado en tropel en la ordenación de la Enseñanza, se disponen a dejar que se cuelen los petardos contra normas constitucionales al través de nuevos Estatutos de Autonomía, consienten el federalismo asimétrico de Maragall, hacen planes alternativos con los peneuvistas, y además negocian con Batasuna y ni siquiera admiten que está en curso la negociación.

Cada día nos enteramos de una nueva noticia de acercamientos de gente del PSOE a elementos de la banda etarra. Empiezan a salir «sirios» entre los afiliados al Partido Socialista. Rechazan las comparecencias de nuevos testigos en la Comisión parlamentaria del 11-M porque no quieren conocer la verdad. Los verdaderos fantasmas de estos momentos no están en las ventanas del Windsor sino pululando por Ferraz y por las sedes del socialismo vasco y del socialismo catalán. La conversación entre la batasuna y el etarra es elocuente. Y además, a Zapatero lo tratan con un desprecio olímpico hacia su inteligencia. Parece que hablan de un reconocido tontorrón, que se deja engañar con unas estúpidas adulaciones. Tengo ochenta años y llevo setenta mirando la política, y os puedo jurar que jamás he visto un gobierno tan desavisado, tan desorientado, tan despistado pero tan audaz como este del futuro Premio Nobel de la Paz. Dios proteja a esa paloma.

Paso a paso, vencer a la sinrazón
Editorial Heraldo de Aragón 20 Marzo 2005

EN VÍSPERAS de las fiestas de Semana Santa, fechas propicias para que ETA intente hacer alguno de sus numeritos propagandísticos, la Policía francesa, en colaboración con la española, acaba de rendir un nuevo servicio a la razón: se ha detenido un comando etarra, formado por tres jóvenes activistas, que estaban dispuestos a cometer una nueva barbaridad durante estos días vacacionales, para celebrarlos en nombre de su estúpido nacionalismo. Uno de los detenidos fue detectado, al parecer, este pasado verano en Levante, y no se descarta que fuese el autor de la colocación de algunos de los artefactos explosivos que interrumpieron la normal vida veraniega de aquella zona. Un nuevo éxito policial, por tanto, que da alas al optimismo con el que España vive el acoso a ETA, que no sólo llega, afortunadamente, al aparato logístico de la violencia etarra, sino que se extiende a esas otras cabezas de la fiera, no menos dañinas, que intentan colarse por los entresijos que les permite la democracia. A la espera se está de lo que dicten los jueces sobre esos "devotos de la democracia", Aukera Guztiak, dispuestos a presentarse a las elecciones autonómicas vascas.

Y mientras tanto, para distorsionar este discurso lineal contra la labor de zapa del irredentismo abertzale, surgen informaciones de posibles contactos entre el PSOE y Batasuna, el pasado octubre, según insinúa una grabación interceptada a un preso etarra. El PSOE lo niega tajantemente y Rajoy ya ha reclamado una comparecencia del Gobierno en el Parlamento para que se pronuncie sobre la realidad de esa información. Pero no conviene dar bazas al habitual cinismo etarra cuando la lucha contra ETA parece tan bien encarrilada que el fin de la organización terrorista ya parece posible. Se puede vencer, luchando paso a paso, como hasta ahora, contra la sinrazón. Mientras la violencia prosiga, nada justifica el diálogo.

LAS COCES DE RIGOR
Por Antonio BURGOS ABC 20 Marzo 2005

EN los países europeos y democráticos no se mantienen recuerdos de los dictadores, cierto. Pero en nuestras naciones hispánicas del lagarto, lagarto de la triste tradición de alzamientos, cuartelazos, sanjurjadas, sargentadas y tricorniazos de Tejero, repetir tres palabras a modo de jaculatoria civil, a los liberales por lo menos nos recuerda, ay, a la dictadura. Lo digo por el triple lema de la paz, la ciudadanía y el talante como parte contratante de la primera parte de este añito de rodrigato.

-¿De qué?
-De rodrigato. Si el mandato de González era el felipato y el de Aznar, diz que el desastre mayor que vieron los siglos, el mandato de Rodríguez ha de ser el rodrigato.

Aunque a Rodríguez no le gusta que se le llame Rodríguez, lo delata como Rodríguez hasta la chaqueta de los trajes carísimos que se compra. El sastre de lujo que se los corta hasta tiene lista de espera, como quirófano de sanidad pública, porque todos los jerarcas socialistas obreros no quieren ser menos, y que les cosa ese sastre. Aunque la chaqueta le cueste tres salarios mínimos interprofesionales a este señor tan de izquierdas Visa Oro, el sastre, por bueno que sea, no puede conseguir que quien tiene un pecho de alcayata deje de tenerlo, y no aparezca dando la impresión de que se ha dejado la percha dentro al ponerse la chaqueta.

Antes que nos metiéramos en el probador íbamos por la jaculatoria civil: paz, ciudadanía, talante. Rodríguez ha tenido que leer mucho a Azaña, lo de «paz, piedad y perdón». Y llegado el primer aniversario del 14-M en que cobró el sangriento y doloroso cuponazo que le tocó el 11-M, se ha dicho:

-¿Paz, piedad y etcétera? Pues se van a enterar: paz, ciudadanía y talante. ¡Toma ya, Manuel Azaña!

Si paz, ciudadanía y talante sonara a «Aragón tres, Zaragoza, Huesca y Teruel» o a «Puerta, Camino y Mondeño», no habría el menor inconveniente. Lo malo es que dicen que el talante suena a José Antonio Primo de Rivera y a la prosa falangista que estudió Mainer, y el conjunto, pues a muchas tristes tripletas dictatoriales del tiempo que han querido descabalgar. Paz, ciudadanía y talante suena a «por la patria, el pan y la justicia», o a «una patria, un estado, un caudillo». Y suenan a las que no logró aprenderse en 1939 el padre de Manolo Caracol, Caracol el del Bulto, que se había pasado la guerra en Madrid y que, como toda la población civil, tenía que saludar brazo en alto a las llamadas «voces de rigor». Aquello de:

-España...
-¡Una!

-España...
-¡Grande!

-España...
-Libre...

Para disimular su antigua ciudadanía del Madrid republicano, Caracol el del Bulto no se cortaba un pelo. Y cada vez que se podía mangar algo respondiendo a las voces de rigor, le ganaba nadie en responder. ¿Cómo? De la manera que verán:

-España...
-¡Una!

-España...
-¡Dos!

-España...
-¡Tres!

¡Y a mangar! Es lo que habrá que hacer cuando no entendamos bien qué es paz, qué ciudadanía, qué talante. Reinventar peligrosamente las dos Españas con el homenaje al Marqués de Paracuellos del Jarama, ¿es paz, es talante, es ciudadanía? ¡Una! Mandar al Rey como jarrillo de lata a hacer mandados con los marroquíes y los cubanos, ¿es ciudadanía, es talante o es paz? ¡Dos! Romper la concordia nacional de la transición, ¿es paz, es talante o es ciudadanía? ¡Tres! Son las nuevas voces de rigor de la dictadura de lo políticamente correcto. Ojo, voces de rigor, no vaya a ser como aquella errata del diario «FE»: «Por último, el camarada Girón dio las coces de rigor».

PAJARITOS CONTRA ESCOPETAS
Por M. MARTÍN FERRAND ABC  20 Marzo 2005

EL mayor encanto del muy facundo titular de Defensa reside en que, en ocasiones y sin venir a cuento, produce es-pasmos de sentido común y acuña sentencias mostrencas sobre principios elementales; pero que, visto el ambiente dominante, adquieren el valor de la sabiduría y la pátina de la experiencia bien cuajada. Por ese camino, siempre en el filo que separa lo sublime de lo ridículo, ha dicho José Bono que «pagar más impuestos no da más derechos» y, en consecuencia, la permanente reclamación fiscal de Cataluña es «despreciable». La afirmación, impecable desde los supuestos democráticos, pasa a ser de bronce en el marco del socialismo clásico y ahí es donde, a la vista entre las diferencias entre el PSOE -Obrero y Español- y el PSC -de Cataluña-, surge la confusión.

La ortodoxia socialista de Bono es difícil de cohonestar con las demandas que, de propia iniciativa o forzadas por sus socios, emite su cofrade Pasqual Maragall. «A cada cual -predica Bono en el más tradicional sermón socialista- según su trabajo y sus necesidades, pero no según sus fueros y sus ancestros». ¿Pueden asumir la doctrina las franquicias socialistas con las que, especialmente en Cataluña y el País Vasco, trata José Luis Rodríguez Zapatero de mantener el esplendor de su chiringuito partidista y, de paso -no al revés-, sostener el equilibrio de su minoría parlamentaria?

El problema no es exclusivo del socialismo. No hay casa política con más de una docena de militantes en la que no ocurra algo parecido. Es el fruto del triunfo de los individuos sobre las ideologías o, si se quiere entender de un modo más gráfico, el residuo seco que queda de los militantes tras la evaporación total de las ideas en la inspiración, los procedimientos y las prácticas de los partidos. Ahí está, por ejemplo y en el otro lado de la moneda, el caso de Josep Piqué, el Napoleón del PP en Cataluña que, sin advertir su propio Waterloo, contradice las tesis de sus mayores a propósito de la esperpéntica, engañosa y nocturnal retirada de la estatua de Franco de las puertas del Ministerio que regenta Magdalena Álvarez.

No quisiera entrar en pleitos de familias ajenas ni utilizar estas dos anécdotas con más intención que la búsqueda de una categoría; pero asincronismos como los de Bono y Piqué, independientemente de la razón o de la sinrazón que pudiera asistirles, inducen a la confusión de los ciudadanos. En un escenario político plenamente partitocrático, las personas, y menos aún si son militantes, no pueden permitirse el lujo de su propia identidad intelectual y cívica. Va contra el sistema y es un lujo sólo posible en la hipótesis improbable de una existencia política fuera de los cauces, bipartidistas en la realidad española, marcados por los grandes exclusivistas del espectro. De ahí que las disonancias, sean razonables u oportunistas, no puedan ser contempladas como un caso de expresión libérrima, sino como un supuesto, a elegir, de caos o de rebeldía. Más bien lo primero que lo segundo.

POSICIONES DE PARTIDA ANTE LAS ELECCIONES VASCAS
Editorial ABC 20 Marzo 2005

LA encuesta que hoy publica ABC sobre intención de voto para las elecciones autonómicas vascas del 17 de abril reitera una tendencia adelantada por otros sondeos, y sitúa al tripartito -PNV, EA y EB-IU- por encima de la mayoría absoluta, con 39 escaños. Además, con el acta atribuida a Aralar, formación abertzale que condena el terrorismo de ETA, el bloque nacionalista encara la campaña electoral con unas sólidas posiciones de partida.

En el lado no nacionalista, el resultado más llamativo es el mantenimiento del PP como segunda fuerza política, con 18 escaños (perdería uno), frente a los 17 del PSE de Patxi López, si bien el sondeo pone de manifiesto que los socialistas, en ascenso tal vez insuficiente, se mueven en una horquilla que, en su extremo más favorable, podría colocarlos por encima de los populares. Éstos registran una reducción contenida en su intención de voto, lo que constituye la confirmación del valor de un mensaje coherente, tanto como un serio aviso para la estrategia del PSE y de Rodríguez Zapatero, personalmente comprometido con el éxito de López, a quien debería beneficiar más sensiblemente el hecho de que el PSOE tiene el Gobierno central.

El estudio subraya unas variables importantes: el elevado número de indecisos -unos 300.000 electores-; la incidencia de Aukera Guziak, en caso de que, aunque parece improbable, finalmente pudiera concurrir a los comicios; y la respuesta final de los seguidores de Batasuna, la mitad de los cuales se muestran dispuestos a votar a esta formación abertzale, aun cuando suponga la nulidad del sufragio. Una incógnita añadida es la de valorar en su justa dimensión el sentido último del voto oculto y, sobre todo, cuantificar los efectos que en el electorado del bloque constitucionalista tiene un clima social menos tensionado a causa de la ausencia de atentados terroristas.

LOS resultados de esta encuesta muestran que el bloque nacionalista no pierde fuerza y que la estrategia de Rodríguez Zapatero, a tenor de los datos del sondeo, no está siendo tan eficaz como creyó el presidente del Gobierno, que sabe que está en juego buena parte de su legislatura. La táctica del socialismo, con una alternativa política sin coordenadas precisas -en una dimensión entre el Estatuto y la propuesta del lendakari- supone un ejercicio político de alto riesgo que, según revela la encuesta, no ha dado los frutos esperados, aunque habría que ser cauto y esperar al desarrollo de una campaña electoral que todavía puede movilizar al electorado no nacionalista. Quizás el jefe del Ejecutivo creyó que sus modos pulcros en el diálogo y la relación con las demás fuerzas servirían por igual para marcar diferencias con la etapa final del Gobierno de Aznar y, al mismo tiempo, para seducir a los nacionalistas vascos. Queda por ver si el 17 de abril se confirma el resultado que apunta el sondeo, indiciario de que la apuesta programática de Patxi López, lejos de persuadir a votantes nacionalistas con el reclamo de un lenguaje nunca antes utilizado por el PSE -comunidad nacional, proyecto nacional, patria vasca- ha producido el efecto contrario, si bien en una sociedad como la vasca se impone la mesura en el pronóstico. En cualquier caso, el dibujo que el sondeo hace del escenario vasco pone de manifiesto que el nacionalismo se aprovecha de la legítima pugna entre populares y socialistas por su propio electorado.

LAS esperanzas socialistas dependen en buena parte del camino que elija EB-IU, pues los tres escaños que le otorga el sondeo son decisivos para apuntalar la mayoría absoluta del nacionalismo, pero también podrían servir para llevar al PSE a la Presidencia del Gobierno vasco, siempre, claro está, que el PP contribuyera con sus votos a despojar al PNV del Ejecutivo autonómico.

La mejor encuesta -es un tópico cierto- será el resultado final de la votación. Pero no va a variar un dato estable: el País Vasco es una sociedad dual, en la que nacionalistas y no nacionalistas representan cuotas equivalentes, que es, precisamente, el fundamento original del Estatuto de Guernica. La propuesta del lendakari se enfrenta a esta realidad y, por eso, aun cuando el nacionalismo finalmente obtenga la mayoría absoluta el 17 de abril, la aritmética no resolverá el enfrentamiento entre vascos causado por la desmedida ambición del PNV, sino que debería provocar la actitud firme, democrática y sin fisuras de los autonomistas frente al plan del lendakari y una voluntad clara del Gobierno central de sostener el orden constitucional en el País Vasco. Y, a la vez, ETA debería recibir el mensaje inequívoco de que, sea cual sea el resultado electoral, no tiene ninguna opción en el nuevo escenario político vasco.

Zapatero y el acertijo de las dos tribus
Por Pedro J. Ramírez El Mundo 20 Marzo 2005

Nunca me ha caído especialmente bien Felipe II. Recuerdo una ardiente discusión con Aznar cuando se publicó la biografía de Henry Kamen en la que mi tesis era que nuestro siempre brillante colaborador se había pasado un poco de frenada a la hora de rebatir las exageraciones urdidas sobre su imagen histórica. Pero una cosa es no sentir simpatía hacia la figura del más poderoso de nuestros reyes y otra reaccionar con indiferencia a la falsa impresión que la Leyenda Negra puede causar en dos espíritus adolescentes poco precavidos. Esa era mi preocupación el pasado fin de semana cuando fuimos con nuestros hijos al Don Carlos de Schiller en el Teatro Gielgud de Londres -a ver cómo les explico yo ahora que este tío no era así de siniestro y de canalla - hasta que tuvimos la suerte de coincidir en el entreacto con el gran historiador hispano-británico Felipe Fernández-Armesto.

El vástago del mítico corresponsal Augusto Assía que pronto cambiará la Universidad Queen Mary de Londres por la prestigiosa Cátedra Príncipe de Asturias de la Tufts University de Boston, sólo necesitó darles un dato concreto para que mis hijos entendieran la jugada. Felipe II acababa de perdonar en escena al Duque de Medina Sidonia por el fracaso de la Armada Invencible, en presencia de su malhadado heredero. Sin embargo, Don Carlos murió en 1568 y la frustrada invasión de Inglaterra no se produjo sino en 1588.

Mis hijos habían seguido hasta ese momento la acción dramática con la actitud crédula de quien contempla unos hechos que parecen verdaderos. Una vez descubierta la patraña, entendieron que todo lo demás -los amores del príncipe hacia su madrastra Isabel de Valois, el compromiso de ambos con la libertad de Flandes o la figura del idealista Marqués de Pozas- también era falso. A partir de ahí disfrutamos cómodamente de lo que no es más que una buena obra de teatro, por cierto, estupendamente montada e interpretada por un elenco que encabeza Derek Jacobi.

En un abrir y cerrar de ojos habíamos pasado de las arenas movedizas de una verdad supuesta, o como mínimo hipotética, a la tierra firme, a la paradójica certeza de una mentira constatada. Y para ese tránsito no hubiéramos podido encontrar mejor cicerone, porque el versátil Felipe Fernández-Armesto es autor entre otras obras de gran calado humanístico de una ambiciosa y sugestiva Historia de la Verdad.

«Necesitamos cuestionar la afirmación de que la verdad es simplemente un nombre para aquellas opiniones que encajan en las demandas de la sociedad o en la conveniencia de las élites», asegura en su declaración de intenciones de las primeras páginas. En este libro editado en el 97 Fernández-Armesto se rebela tanto contra los fundamentalistas que se apropian por decreto de la verdad como contra los relativistas que rechazan que tal concepto exista o al menos tenga un valor universal.

Es mi permanente obsesión por la ética de la realidad, por la elocuencia inmutable de los hechos. Su primera conclusión indica que rastrear la evolución del concepto de la verdad a través de la Historia equivale a repasar los métodos utilizados para encontrarla. «No hay orden social sin confianza, ni confianza sin verdad o, al menos, sin procedimientos aceptados para encontrar la verdad». Ahí está la clave de todo. «Debemos legar a nuestros hijos procedimientos para distinguir lo verdadero de lo falso en los que puedan confiar, o por el contrario abandonarlos a que sean víctimas del engaño o de la duda», alega Fernández-Armesto.

Desde la plena coincidencia con ese diagnóstico debemos preguntarnos si en la vida política española existen esos «procedimientos para distinguir lo verdadero de lo falso», si son los adecuados y si se aplican de manera saludable. Ahora entraremos en matices, pero una respuesta sincera tiene que ser en conjunto negativa y el principal motivo es que, frente a otros métodos de comprobación empírica o búsqueda especulativa, concedemos una importancia abrumadora a ese mecanismo tan querido por los periodistas que llamamos credibilidad.

Cuando alguien tiene credibilidad se da por verdadero lo que dice y por correcto lo que hace; y cuando alguien no la tiene todas sus palabras se acogen con escepticismo y cada uno de sus actos con recelo. ¿Y cómo se adquiere esa credibilidad? En principio el sistema se retroalimenta de forma que tiene credibilidad quien tiene poder, sea este político, económico o mediático. Puede alegarse que la clave está entonces en que la pugna por conquistar ese poder -que incluye, como digo, una alta capacidad de prescripción sobre la sociedad- se dispute en un marco real de pluralismo y libertad. No seré yo quien niegue esta premisa, pero mi objeción es aún más sustantiva porque hemos vivido ejemplos en los que el sistema ha funcionado privando de su credibilidad -y su poder- a quien no la merecía, pero esas experiencias no parecen habernos enseñado que el verdadero problema no son las personas sino el método de relación con la realidad.

Fernández-Armesto evoca en su libro el famoso acertijo, que a mí también me planteó hace muchos años un profesor con aires de ingenioso, sobre el explorador que atraviesa una jungla en la que conviven la tribu de los que siempre dicen la verdad y la tribu de los que siempre mienten. ¿Cómo proceder ante un nativo cuya adscripción se desconoce y al que sólo se le puede hacer una pregunta para averiguar si la Ciudad Escondida está a la izquierda o a la derecha? Elemental, mi querido Watson. Lo que hay que decirle es algo así como: oiga usted, ¿si yo le preguntara cuál es el camino para llegar a la Ciudad Escondida qué es lo que me respondería? Si el nativo pertenece a la tribu de los veraces, te dará la respuesta cierta y si forma parte de la de los falsarios te engañará mintiendo sobre sus intenciones, con lo que estará indicándote involuntariamente el camino verdadero.

Tanta complejidad se simplifica obviamente en el momento en que alguien queda adscrito a una de las dos categorías y catalogado públicamente como tal. Desde que dijo aquello de «no hay pruebas ni las habrá» a González se le encasilló enseguida en la tribu de los falaces y ya todo lo que salía de su boca empezó a ser considerado sistemáticamente falso en el mismo sentido en que don Juan de Borbón bromeaba sobre los errores de juicio de Areilza diciendo que era «muy seguro en sus equivocaciones». Aznar estuvo identificado durante la mayor parte de su mandato con la tribu de los sinceros, pero luego -por emplear el adjetivo con el que se autodefinía- dejó de ser «previsible» y, tras la desastrosa gestión del 11-M, en horas veinticuatro se le transfirió injustamente a la de los mentirosos.

El problema de este método tan ad hominem no es que podamos equivocarnos sobre a qué tribu pertenece alguien, pues la pregunta trampa de la doble mentira que se convierte en verdad resuelve el acertijo, sino que topemos con alguien que alterne con naturalidad y desparpajo la veracidad con el engaño. No voy a decir que, sin embargo, esa es la condición humana, pero sí la experiencia más habitual en la política.

A los 30 años de la muerte de Franco, y ahora que ya no quedará ni una sola estatua que nos lo recuerde, parece llegado el momento de arrumbar la concepción caudillista que sigue impregnando nuestra vida pública y de sustituir la medición del aura de credibilidad de los gobernantes por el escrutinio riguroso de sus actos. Para la mayoría ZP sigue siendo el rey del talante, o como mínimo un hombre de buena voluntad acosado por problemas de dimensiones ciclópeas; para una importante minoría, entre la que se encuentran algunos queridos amigos, se trata de un peligroso farsante con una agenda radical que implica la liquidación de la España constitucional.A mí me viene muy bien que Fernández-Armesto subtitulara su Historia de la Verdad como una guía para los perplejos porque esa es la palabra que mejor define mi mirada actual hacia La Moncloa.

Ojalá mi conocimiento del personaje me llevara a la percepción de que Zapatero es un mentiroso contumaz, pues eso facilitaría hasta el límite de lo rutinario la explicación de los obvios descuadres que empiezan a existir entre algunas de sus más claras promesas y parte de sus actos más notorios. Pero si la experiencia nos va demostrando que ningún político importante pertenece por completo ni a la tribu de los que mienten ni a la tribu de los que dicen la verdad, debo añadir que el actual presidente es el más difícilmente clasificable de los especímenes que han pasado por el cargo.

Sólo el balance de su primer año arroja ya elementos esenciales tan contradictorios como para poner en cuarentena cualquier análisis psicológico. Aunque su ejecución fuera desafortunada, Zapatero cumplió la promesa clave de retirar las tropas y se viene ciñendo al guión de los buenos modales y la laxa continuidad del modelo económico liberal de Aznar. En cambio se comprometió con la búsqueda de la verdad del 11-M y cercena el único camino transparente para ello; aseguró que gobernaría para todos los españoles y ofende con humillante nocturnidad selectiva la memoria histórica de una parte de ellos; anunció que ampliaría el pluralismo audiovisual y autoriza que Polanco pueda acaparar la mitad de las radios de España; proclamó el inicio de la era de la democracia deliberativa e ignora sistemáticamente los dictámenes preceptivos de los propios órganos asesores del Gobierno

El personaje -poliédrico, camaleónico, interesante hasta decir basta- va a seguir mereciendo una intensa atención antropológica.Pero para juzgar su labor política tenemos que ceñirnos, y yo desde luego voy a hacerlo, a esos «procedimientos aceptados para distinguir lo verdadero de lo falso» que, aunque a veces merezcan escasa atención, en todo caso forman parte de nuestra legalidad.Porque al final, obras son amores. Olvidémonos, pues, de si nos cae bien o mal el tipo y consignemos cuáles son los hechos. El de más flagrante actualidad es el abrupto cierre de la Comisión del 11-M con oscuros agujeros negros sin resolver y coincidiendo además con el descubrimiento de dos inquietantes vínculos entre la trama de la masacre y sendos militantes del PSOE.

Nadie está diciendo que exista ni siquiera una sombra de sospecha de que el partido como tal formara parte de una conspiración maléfica. Pero es patente que existen sobrados motivos para que el tal Huarte comparezca ante los comisionados, esclarezca su relación con Benesmail y detalle cuanto sepa sobre la personalidad de quien en definitiva era el lugarteniente del jefe operativo del 11-M. Como también es patente que el propio José Blanco, que con tanta celeridad reaccionó anteanoche expulsando a Mohamed Almallah del PSOE, debe aclarar en esa misma sede parlamentaria las extrañas circunstancias de su afiliación.

¿Cómo es posible que el partido sostenga que le dio de alta en mayo de 2004 tras «comprobar» que «no había ningún impedimento» si dos meses antes su imagen y su nombre habían sido profusamente difundidos con motivo de su primera detención? En el clima de conmoción y recelo hacia los residentes de origen árabe que enmarcaba aquellas semanas nadie puede creer que el 12 de mayo un individuo así pida ser militante del PSOE y la única «comprobación» sea cotejar su rostro con la foto del DNI. A menos que fuera alguien ya muy próximo al partido o a algún destacado militante que apadrinara su ingreso. Su reciente activismo en la campaña del referéndum europeo implica, además, que no era un militante pasivo que hubiera ido a la agrupación de San Blas tan sólo en busca de un carné, sino que estaba en estrecho contacto con el aparato local socialista.

Teniendo en cuenta que también había estado en estrecho contacto con varios de los presuntos autores materiales de la masacre, con algunos de sus teóricos inductores como El Egipcio o su propio hermano Moutaz y con quienes realizaron el diagrama para atentar contra la Estación Central de Nueva York, es obvio que resulta esencial reconstruir milimétricamente toda la trama de sus relaciones.Nadie entendería que la Comisión del 11-M se desentendiera del asunto, sumando una espantada más a sus reiteradas negativas a interrogar a los confidentes o a esclarecer mediante nuevas comparecencias las contradicciones expresadas durante sus sesiones.

Si a pesar de estos nuevos elementos el carpetazo se consuma, lo de menos será ya la consideración personal que nos merezca Zapatero porque sus actos hablarán por él. Por muy vehemente que yo hubiera sido ninguno de mis argumentos habría podido rehabilitar tanto a Felipe II ante los ojos de mis hijos como el de nuestro amigo historiador: lo que ocurrió en 1568 no pudo pasar en 1588 ni a la viceversa, porque dos y dos no pueden nunca dejar de sumar cuatro. En el plano que nos ocupa eso equivale a que no es posible proclamar que se busca la verdad sobre el 11-M y abortar al mismo tiempo el único «procedimiento aceptado» para ello de carácter público porque al final lo que quedará es si las comparecencias fundadamente requeridas se produjeron o no se produjeron. No es una cuestión de opiniones, es una cuestión de hechos.

Y conste que sorprender a alguien haciéndose trampas en el solitario no le convierte en merecedor de un automático anatema moral.Sobre todo porque de sobra es sabido que a veces lo que se nos aparece como un crimen es en realidad algo todavía peor. Es decir, una necedad.

ANTES Y DESPUÉS
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC  20 Marzo 2005

Es muy difícil comprender lo que está ocurriendo en el País Vasco. No contribuye a aclarar las cosas el itinerario quebrado, o quizá bifurcado, del PSE. Queda bien resumida la situación por las declaraciones que Zapatero realizó el miércoles pasado a ETB. A la pregunta de cuál era su candidato favorito para formar coalición, si el PP o el PNV, Zapatero repuso que la democracia exige «un enorme respeto» a la ciudadanía. Primero «deben hablar los ciudadanos en las urnas», y sólo después de que lo hayan hecho, será el momento de decidir «cuál puede ser la fórmula». ¿Todo en orden?

En principio no, por expresarlo suavemente. Imaginemos que tres partidos -A, B y C- concurren a las urnas. Pongamos que el partido A propugna la supresión de los impuestos, el partido B defiende que sea abrogada la propiedad privada, y el partido C anuncia que se coaligará con A, o al contrario, se unirá a B, según las señales que de sí haya dado la voluntad popular durante la jornada electoral. Lo que se sigue de aquí, es que C podría apoyar la supresión de los impuestos, o también la confiscación masiva de la propiedad. ¿Dónde está la dificultad? Para empezar, la disyuntiva es extraña. No es normal que un partido esté abierto al mismo tiempo a alternativas radicalmente incompatibles. Pero esto no es lo peor. Lo peor es que se estaría ocultando a los votantes de C para qué va a servir su voto. Si para tal o cual fin, o justamente para el inverso. La indeterminación pervertirá por entero, es obvio, el proceso democrático. En orden precisamente a evitar esto, los partidos se presentan a las elecciones con un programa por delante. O lo que monta a lo mismo: aclaran con quién cerrarán un acuerdo, o por lo menos, con quién no lo harán, en aquellos casos en que hay razones para sospechar que la elección de aliado influirá de modo decisivo en el tipo de política que se ejecutaría desde el Gobierno.

Cabe replicar que existen escenarios más complejos, en los que la suspensión del juicio sobre la identidad del futuro asociado tiene sentido. Concedido. Ocurre en ocasiones que el programa de C ocupa una posición intermedia entre los programas de A y de B. En ésas estaríamos, si A defendiera una reducción de impuestos, la posición de B consistiera en no tocarlos, y C hubiera optado por criticar, simultáneamente, la vehemencia del primer partido y el conservadurismo del segundo. Entonces sabría el elector a qué atenerse. Con toda probabilidad, C moderaría los excesos de A y pondría más espíritu aventurero en B. La distribución del voto revelaría cómo se distribuyen las fuerzas, y C fijaría el vector resultante componiendo una mayoría aritméticamente viable.

Descendamos ahora a la realidad vasca. ¿A cuál de los dos modelos nos vemos abocados, al primero o al segundo? Yo diría que al primero. Ibarretxe, en efecto, solicita para el País Vasco la independencia, o algo que se le parece mucho. Mientras que el PP, en la línea auspiciada hace cuatro años junto al PSE, solicita la vigencia de la Constitución y la permanencia en España. No se aprecia bien cómo puede transitarse, agregando cantidades pequeñas, desde un proyecto a otro. O si se quiere, cómo puede encontrarse la media aritmética entre ambos extremos. La conclusión es que el PSE, por imperativos democráticos elementales, debe decantarse ahora, y no más tarde.

Salvo que se introduzcan en la ecuación variables ad hoc. Zapatero ha apuntado dos. Señaló, en primer lugar, que el Plan Ibarretxe es fruto de los enfrentamientos de hace cuatro años. Por tanto, que se trata de un movimiento inercial, carente, por sí decirlo, de virtualidad. El argumento, me temo, no es muy convincente. Aunque el plan se fraguó hace años, se ha puesto en marcha hace sólo unos meses. No sé qué habría de suceder para que Zapatero constatara que el interlocutor de Ibarretxe es él, y no Aznar, un ex presidente que no se halla siquiera al frente de la oposición.

La segunda idea no reúne siquiera las características de un diagnóstico. Más justo sería calificarla como un puro juego de palabras, un juego del que se ha venido abusando desde la defenestración de Redondo Terreros. Me refiero a la noción de que existen dos inmovilismos, el popular y el nacionalista. Y a continuación un no inmovilismo: el del PSE. Dejo de lado la equiparación implícita, y moralmente inaceptable, entre un «inmovilismo» que quebranta derechos individuales, y otro quizá poco hábil desde el punto de vista político, pero por entero inocente de tales demasías. El caso es que permanece la dificultad principal: el PSE tendrá que decir con cuál de los dos inmovilismos -se me antoja optimista, por cierto, calificar a Ibarretxe de inmovilista- está dispuesto a pactar. Se trata de una información absolutamente básica, de que han menester los ciudadanos antes de depositar su voto.

Contra la lista cínica
Por Fernando Savater El Correo 20 Marzo 2005

Asistir a la reciente Cumbre Internacional Antiterrorista convocada por el Club de Madrid me ha reforzado en una convicción que tengo desde antaño: cuanto más alto es el cargo de la persona que habla en público, más improbable es que diga algo original o interesante. A veces, un subsecretario aporta una perspectiva o una noticia dignas de atención pero los grandes cancilleres sólo dicen obviedades... cuando no amables patrañas. Como en la reunión de Madrid abundaban los altos mandatarios o ex mandatarios, también hemos tenido que soportar mucha retórica más o menos bienintencionada pero sin duda prescindible. Mayor interés han tenido desde luego los trabajos de doscientos expertos que se reunieron en los meses previos al congreso y han acordado recomendar una serie de medidas para prevenir y combatir el terrorismo, reunidas en la titulada ’Agenda de Madrid’ que se comprometieron a cumplir los gobernantes presentes en el foro.

Por supuesto, se parte de la base de que los derechos humanos y las garantías democráticas deben ser respetados en la lucha antiterrorista. Decía Albert Camus que en política son los medios los que justifican el fin y precisamente el terrorismo consiste en lo contrario: suponer que el objetivo a que se aspira legitima y hasta beatifica emplear medios criminales para conseguirlo. De modo que sería un primer triunfo terrorista que las democracias por él amenazadas adoptaran procedimientos similares a los suyos. Pero también es imprescindible aclarar que para mantener los derechos y garantías hay que evitar interpretaciones abusivas que desemboquen en su suicidio o voladura controlada desde el interior. Ya sabemos que no se debe sacrificar la libertad en nombre de la seguridad. Sin embargo, todos aceptamos cuerdamente ciertas restricciones y controles, desde las huellas dactilares a los detectores de metales en los aeropuertos (desconocidos antes de que comenzaran los secuestros aéreos). ¿Por qué? Sencillamente, porque nada restringe más la libertad de una persona que sentirse seriamente amenazada de muerte. La búsqueda de seguridad puede justificar en ocasiones algún abuso, pero la inseguridad es siempre y de por sí el peor de los abusos.

Uno de los aspectos destacados en la ’Agenda de Madrid’ es prevenir las manifestaciones ideológicas (enfrentamientos étnicos, fanatismos religiosos, etcétera) que promueven o legitiman la violencia terrorista. Incluso se habla de «la revisión de los libros de texto de los escolares en términos de su visión cultural y de tolerancia religiosa». Es decir, que la libertad de expresión o de creencias también debe someterse a cauces que priven a los violentos de la posibilidad democrática -empleada por ellos contra la democracia misma- de hacer propaganda o proselitismo. Sin duda es un campo en el que hay que moverse con mucha precaución pero recordando que -como en el juego de las siete y media- casi tan malo es no llegar como pasarse. En el País Vasco hemos experimentado antes y ahora con suficiente urgencia dolorosa la necesidad de llevar a bien este debate.

Y así llegamos a las próximas elecciones del 17 de abril y a la aparición de la lista presentada por la plataforma ciudadana Aukera Guztiak, cuyo único y declarado objetivo es evitar que ciertas opciones políticas no puedan participar en los comicios por haber sido declaradas ilegales de acuerdo con la Ley de Partidos. Vamos, que quieren ofrecer un salvavidas electoral a Batasuna. Según Aukera Guztiak, esta posibilidad pone en peligro el «carácter democrático» de las elecciones, ya que «todas las opciones de la sociedad vasca no van a tener cauce de representación». ¿Grave amenaza! La opción de quienes legitiman, comprenden o excusan el terrorismo de ETA -en cuyas listas aparecen varias personas condenadas a penas de cárcel por haberlo practicado- no podrá gozar del mismo reconocimiento político que quienes lo han padecido o al menos lo denuncian. ¿Habráse visto injusticia más flagrante!

Promotor y portavoz de Aukera Guztiak, el benedictino Dionisio Amundarain califica la posibilidad de que las listas de esta plataforma sean ilegalizadas como una «barbaridad» y una «burrada». Ellos son simples defensores de los derechos humanos, no pertenecen a ETA ni a Batasuna y sólo apoyan «unos principios elementales, unas normas fundamentales y unos mínimos democráticos», entre los que no está la condena explícita de ETA porque para qué van a entrar en más detalles. No seré yo quien discuta con el padre Amundarain ni con ningún otro clérigo sobre barbaridades y burradas; por razones históricas, él debe de conocer el tema mucho mejor que yo. En cambio, le puedo ofrecer una palabra para describir su actitud, la del resto de los promotores de Aukera Guztiak y la de los 18.000 firmantes que la respaldan: cinismo. Porque hay que ser cínico para venir a dar lecciones sobre derechos humanos ahora, a favor de Batasuna, sin haber protestado ayer ni tampoco hoy contra el terrorismo etarra que viene impidiendo el normal ejercicio democrático a los no nacionalistas desde hace un cuarto de siglo. En Irlanda, modelo que suele gustar tanto a nuestros nacionalistas radicales, no sólo el IRA ha tenido que dejar las armas sin obtener la contrapartida política que buscaba sino que el propio Sinn Feinn ha denunciado (con más o menos fingimiento, eso sí) a aquéllos de sus miembros envueltos en delitos recientes, entre ellos un atraco y un asesinato. Parece un camino más creíble para aspirar a participar en elecciones democráticas que el que siguen por aquí los admiradores de Gerry Adams. Porque es rechazable intentar obtener objetivos políticos por las buenas o por las malas, pero aún peor querer conseguirlos por las buenas y por las malas, que es la ’opción’ preferida de quienes además nos dan gratis lecciones de democracia.

Vuelvo al cinismo, que creo que es el auténtico mal moral y político del País Vasco. Y es un mal, no nos engañemos más, que no aqueja solamente a los representantes políticos, sino también a esos ciudadanos que no son ni de unos ni de otros, ni quitan ni ponen rey... pero casualmente siempre ayudan al mismo señor. Sea mirando para otro lado cuando conviene, o lamentando la violencia mientras la achacan a la obstinación crispadora de las víctimas, o negando que miles de personas hayan tenido que huir de su país porque les hagan imposible vivir libremente en él, o ahora escandalizándose del déficit democrático que supone que el Estado no conceda a quienes impiden el normal juego político con las armas el derecho de participar libremente en él con los votos sin renunciar a ellas ni denunciar su uso. Luchar contra el terrorismo en el País Vasco pasa sin duda por denunciar tanto cinismo. En último término, éste despierta mayor repugnancia que la brutalidad pura y simple de quienes nos amenazan. ¿Qué quieren? Antes votaría yo a las listas de Batasuna que a la de los cínicos.

ICONOPLASTAS
Por Jon JUARISTI ABC  20 Marzo 2005

UNA consecuencia previsible de la retirada de la estatuaria residual franquista es la reaparición de la extrema derecha, algo que la izquierda -y particularmente el PSOE- está buscando sin recato desde hace un año con el objetivo de hacer añicos a la oposición. A este paso lo va a lograr antes de lo que calcula. Aunque la maniobra salga redonda y colme sus ansias revanchistas, el Gobierno debe ser consciente de que está jugando con nitroglicerina. Lo que ahora aparece como un pintoresco cogollito de nostálgicos, puede ser en poco tiempo un vertedero de frustraciones donde no sólo irán recalando sectores humillados y ofendidos del electorado del PP, sino también los votantes de la izquierda decepcionados e impacientes: los que esperaban una solución milagrosa al problema de la vivienda, los alarmados por la avalancha inmigratoria, los agraviados por la pasividad socialista ante la ofensiva de los nacionalismos, percibida, no sin razón, como complicidad descarada. Sobra decir que ante un panorama económico sombrío, el sectarismo gubernamental resulta mucho más estúpido que en épocas de bonanza.

LA noche de Walpurgis del progresismo memo, la noche del 16 al 17 de marzo, sacó a flote nuevas miserias morales del Gobierno y sus aliados. Concebida como una celebración en diferido del vuelco político de marzo de 2004, sin la contención que entonces impuso a los triunfadores el luto por los asesinados el 11-M, la cena de cumpleaños de Carrillo propició el desmadre verbal de Peces-Barba y la simultánea gamberrada de la ministra Álvarez, gestos ambos cuidadosamente medidos. La alusión trasparente e insultante del Comisionado para las Víctimas del Terrorismo a una derecha democrática que, desde los orígenes mismos de la transición, acumula más muertos por atentados de ETA que todos los demás partidos juntos, su alusión a «los malos» ausentes, repito, viniendo de quien venía, no admitía más que una interpretación: hay víctimas buenas y víctimas malas y las víctimas aportadas por «los malos» son víctimas malas, es decir, franquistas. La operación, además de requerir la divulgación televisiva del maniqueo gregoriano, implicaba asimismo una agresión simbólica a lo que la izquierda cree patrimonio intocable de la memoria de la derecha. De esto último se encargó la de Fomento, entre cuyas funciones, al parecer, está la de fomentar la discordia para levantar luego monumentos a la concordia. La idea era ingeniosa. De haber funcionado, España se habría desayunado el jueves con un PP enfurecido, en cuya rabieta se confundirían la indignación ante el ataque de Peces-Barba y el franquismo atávico desencadenado por la Magdalena Proustiana. Nos despertamos, en cambio, con un Rajoy sarcástico que se limitó a preguntar a los socialistas si no pensaban remover también al alcalde de Pinto, de profesión su pampa interminable.

LO que tras el aquelarre progre y casposo del 16/17 ha quedado claro es la verdadera naturaleza del cargo no retribuido en el que Rodríguez ha colocado al rector de la Universidad Carlos III, que, como la dama aquella del chiste de Borges -«Sepa usted, amigo, que su señora, con el pretexto de trabajar en un burdel, hace contrabando de género»-, finge dedicarse a mosquear a determinadas asociaciones de víctimas del terrorismo sólo como tapadera para suscitar un Le Pen en la derecha española. Peces, en efecto, como todo antiamericano, padece una fobia morbosa a la derecha democrática, representada por «esos neoconservadores» que, según sus propias y horrorizadas palabras, han introducido el odio en el corazón de la democracia más antigua y poderosa del mundo. Los más malos de los malos, vamos. La fiebre iconoclasta o más bien iconoplasta de Rodríguez y su ministra se me hace, en cambio, tiernamente familiar. Yo también, en mis años mozos, me dediqué a fulminar con nocturnidad y alevosía determinados lugares de la memoria franquista. Sólo que entonces aún vivía Franco, y tal circunstancia le daba a la cosa una cierta emoción. Por lo menos, podrían montar el próximo numerito a la luz del día. Quedaría, no sé, como más torero.

Desmontaje de la estatua de Franco
Lanzadas a moro muerto
José Vilas Nogueira Libertad Digital 20 Marzo 2005

Ornato de la ciudad y aliviadero de las palomas urbanas son, al cabo, las funciones más relevantes de las esculturas, bronces estáticos (los dinámicos son las campanas) que puntúan calles, plazas y parques públicos. Primariamente son también homenaje a personajes del pasado, mayormente políticos, que la miseria del oficio requiere de mucho aparato para su disimulo. Incluso homenaje a personajes del presente, cuando los políticos son despóticos o los personajes representados tan vanidosos que no han podido esperar a morirse. Pero los homenajes en vida suelen ser menos minerales. Uno de éstos le acaban de dedicar a Santiago Carrillo. Y el soviet que nos gobierna le ha regalado la retirada de una estatua de Franco. Valerosa y ejemplar lanzada al moro muerto. No la extrañaré yo, que no soy vecino de Madrid, y aún en mi pueblo suelo andar cabizbajo, sin perspectiva para reparar en estos erguidos monumentos. Tampoco han de extrañarla las palomas que podrán defecar sobre los bronces de Largo Caballero e Indalecio Prieto, vecinos del ahora desterrado.

Por eso, más que la estatua me interesan las circunstancias de su retirada. Creo que es Chateubriand quien describe el ingreso en un salón parisino de Talleyrand del brazo de Fouché, como el del vicio apoyándose en el crimen. Y como la historia se repite, como caricatura, dijo Marx, Peces Barba y Carrillo repitieron a Talleyrand y Fouché. Don Gregorio, muy profesoral, definió los buenos, los menos buenos y los malos. Don Santiago arrastró, con la donosura que lo caracteriza, todos sus crímenes, desde Paracuellos al menos cruento asesinato del Partido Comunista de España. Es lógico que por este último le deban gratitud los socialistas. Hay con todo un Carrillo bueno (es decir, malo para Peces Barba), el de la política de la "reconciliación nacional" y el de la transición, de cuya obra él y Adolfo Suárez fueron principales artífices. Pero no fue éste el homenajeado. Este acto marca el fin de la transición, no como culminación de un proceso, sino como traición a él. La izquierda española (incluidas "comunidades nacionales", nacionalidades y regiones) es rufianesca por naturaleza, como el escorpión de la fábula es asesino, tan ajena al honor como a cualquier comprensión del interés nacional. Es bueno que no lo olviden quienes se hallen en ocasión de pacto con ellos.

La anciana (que diría Francisco Umbral) vicepresidenta manifestó que no hay consenso para mantener la estatua de Franco. Y durante los catorce años de gobierno de Felipe González, ¿había consenso? ¿Cómo sabe que ahora no lo hay? Por medios humanos es imposible saberlo, pues no se ha preguntado. Ni siquiera el alcalde de Madrid sabía que se iba a retirar la estatua (un buen ejemplo de “legalidad revolucionaria”, el de su retirada). Y para que menos se supiese la operación se hizo de noche. Sólo cabe una explicación sobrenatural de la certidumbre de la vicepresidenta. A ella y a las otras ministras, pastorcitas de Fátima, habillées en Vogue, y al presidente y a los otros ministros, pastorcitos de Fátima, con mejores trajes que almas, se les habrá aparecido la Pasionaria en carne mortal, y con tierna sonrisa revolucionaria les habrá dicho: no hay consenso, y Santiago, aunque haya sido un algo barbián, se lo merece: retirad la estatua.

Dicho y hecho. Pero no se debe abusar de lo sobrenatural y la señora Pasionaria, sin duda, tiene más cosas que hacer que ilustrar al gobierno zapateril todo el tiempo. Por cierto, doña Dolores Ibarruri, aprovechando su condición vasca podría hacernos el favor de aparecérsele a Ibarreche, pues la hagiografía progre cuenta y no para de la recia españolidad de esta señora. Un soponcio sobrenatural parece el único remedio para los del PNV. Pero, como iba diciendo, no se debe abusar de lo sobrenatural. Por tanto, el Gobierno de Zapatero, tan reluctante a gobernar como preocupado por la imagen, debería organizar las oportunas consultas sobre el grado de consenso que suscitan las estatuas de nuestras ciudades, villas y aldeas. Tendría en que ocuparse toda la legislatura, y si sale reelegido, en las legislaturas siguientes. ¿Hay consenso para la estatua de Largo Caballero, para la de Indalecio Prieto, para la de Cánovas, para la de Narváez, para la de los Reyes Católicos, para la de Alfonso X el sabio, para la de Alfonso el Casto, etc.? Bien pudiera acontecer que alguna de estas estatuas no alcanzasen consenso en la ciudad de su actual emplazamiento, pero sí en otra, con lo cual, en lugar de recluir en lúgubre almacén a la estatua desconsensuada podría ser trasladada de lugar, con notable beneficio de la industria del transporte y otros inducidos, fácilmente imaginables. Como en las cercanías de mi casa no hay ninguna estatua supongo que las palomas de la vecindad agradecerían aunque fuese una de Franco. Nunca sería lo mismo para ellas que poder cagar sobre un bronce de Largo Caballero, que debe ser placer orgásmico para cualquier paloma buena, como Peces Barba. Pero, entre las palomas, como entre los cristianos, siempre las ha habido con más y menos fortuna.

En fin, la noticia mala es que la izquierda, y sus compañeros de viaje, congregada en el homenaje a Carrillo, está otra vez instalada en la guerra civil. La noticia buena es que el bando opuesto está magro de efectivos: sólo unos pocos cientos de personas reivindicaron a Franco. La noticia mala es que estamos gobernados por unos miserables, cuyo objetivo es acabar con la derecha democrática. La noticia buena... No hay noticia buena. La menos mala es la esperanza de que estos vividores del común, millonarios en fraude de ley, artistas, profesores y periodistas por méritos de partido, políticos cínicos y venales, alguno de los cuales ya fueron franquistas antes que carrillistas, por miedo a perder sus privilegios, se limiten a dar lanzadas al moro muerto. Y nos dejen algo tranquilos a los “malos”, que somos muchos y les pagamos sus vicios.

José Vilas Nogueira es catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Santiago de Compostela

Otra vez en Sevilla
EDITORIAL Libertad Digital  20 Marzo 2005

Fue hace quince años cuando asomó el primer y quizá más recordado caso de corrupción del felipismo. Se trataba de un simple avance de lo que vendría después y fue el comienzo de los seis largos años de plomo en los que el personalísimo Gobierno de Felipe González se autoinmoló en la pira de la coima, el tráfico de influencias y el crimen de Estado. Nos referimos, claro está, al archifamoso caso Juan Guerra. Al calorcito del poder absoluto que del que gozó el PSOE durante los felices ochenta, el hermano del entonces vicepresidente abrió un despacho en la delegación del Gobierno en Sevilla donde, entre cafelito y cafelito, despachaba favores y prebendas a cuenta del poderoso padrino monclovita.

Tres lustros después Sevilla ha vuelto a ser la sede de un nuevo fraude que, según avanzan los días, va adquiriendo cuerpo y poniendo a cada cual en su sitio. Un constructor de nombre José Pardo y, caprichosamente, antiguo socio de Juan Guerra en sus correrías al margen de la Ley, presentó casi treinta facturas falsas por un valor de 48.000 euros al ayuntamiento de Sevilla. La corporación, gobernada por una coalición formada por el PSOE e Izquierda Unida, pagó religiosamente y se desentendió de si esas obras que habían abonado contra factura se realizaban o no.

Lo que a primera vista parecía un peligroso combinado de fraude y negligencia se convirtió en materia prima de un escándalo por las relaciones del presunto estafador con el alcalde de Sevilla, Alfredo Sánchez Monteseirín. José Pardo no es sólo el representante de COS, la empresa beneficiaria de esas facturas, sino que tiene una relación con el PSOE sevillano que se remonta a varios años atrás. Durante la época de la gran corrupción estuvo implicado en el caso Juan Guerra y fue condenado por cohecho. Pero las amistades peligrosas de Pardo no se quedan ahí. Desde hace tiempo se encarga de la seguridad en los mítines de Sánchez Monteseirín y su empresa es una de las que la concejalía de Obras Públicas del ayuntamiento contrata con asiduidad. Y como nota curiosa desvelada por el Partido Popular de Sevilla, el ayuntamiento acostumbra a pagar las facturas remitidas por Pardo inmediatamente. Sorprendente comportamiento teniendo en cuenta que, en Sevilla, algunos acreedores municipales han tardado años en ver satisfechas sus deudas con la corporación.

Demasiadas casualidades por las que el PSOE e Izquierda Unida quieren pasar lo más rápido posible. Sobrepasado por el previsible escandalazo, Sánchez Monteseirín ha ofrecido dos sacrificios menores para acallar las críticas de la oposición y dejar definitivamente zanjado el caso. Los “dimitidos” han sido un concejal de distrito y su director de área, pero, ¿dónde está el dinero que el ayuntamiento abonó a la empresa de Pardo?, ¿por qué nadie se había preocupado de supervisar si las obras contratadas se llevaban a término?, ¿por qué Sánchez Monteseirín no ha denunciado todavía a José Pardo? Dos preguntas que conducen a la única respuesta posible: en este caso lo único que ha quedado claro es que el ayuntamiento no tiene la más mínima intención de indagar sobre la estafa perpetrada por el antiguo compinche de Juan Guerra.

El concejal popular Jaime Reynaud ha pedido que se constituya de inmediato una comisión de investigación que vaya hasta el fondo de la trama. Mientras el PSOE sevillano no aclare cuáles son los vínculos que le unen con Pardo y cuáles las medidas que piensa tomar contra él, la peor de las sospechas aleteará sobre el ayuntamiento hispalense y sobre su alcalde.

Precio de ley
KEPA AULESTIA El Correo  20 Marzo 2005

La posibilidad de que Aukera Guztiak logre concurrir a las elecciones del 17 de abril está en el alero que forman la convicción de que la nueva plataforma surgió a iniciativa de Batasuna y la provisión de indicios reales que hasta el momento resultan endebles -cuando no inexistentes- para probar tal connivencia. Pero, junto al descrito, existe otro alero. En este caso lo forman la necesidad que la izquierda abertzale siente de recuperar la legalidad y el precio que ETA está dispuesta a pagar para lograrlo. Los próximos días darán cuenta de si está dispuesta a soportar que la segunda marca de Batasuna se distancie de su tradicional discurso para repudiar el terrorismo y así optar a la colocación de un pie reconvertido en el Parlamento de Vitoria.

Tras todos los pronunciamientos crípticos o fingidos de la izquierda abertzale en pos de una nueva etapa, una hipotética declaración condenatoria del terrorismo por parte de Aukera Guztiak sería la única novedad relevante, y no sólo por sus efectos electorales. Pero se trata de una eventualidad más que improbable. Seguro que algunos de sus primeros promotores estarían dispuestos a dar tal paso si con ello se les garantizase el concurso electoral. Pero la agrupación de electores la forman los más de 17.000 firmantes de su inscripción en el registro electoral. Y bastaría que uno solo de ellos no estuviese conforme para que el intento quedara lastrado por el peculiar unanimismo que impide a la izquierda abertzale cortar amarras con ETA.

Pero no es ésta la única causa, ni siquiera la más importante, para explicar la negativa radical a la condena del terrorismo. La más importante es que, aun en el límite, ETA quiere, necesita salvar su pasado. Cualquier condena expresa del terrorismo por parte de la izquierda abertzale implicaría un juicio retrospectivo demoledor. Tanto que a la propia ETA -y por ende a la izquierda abertzale- no le quedaría otro remedio que abandonar las armas a cambio de nada. De forma que la resistencia a repudiar el terrorismo de ETA no es únicamente el resultado de la dictadura que ésta ejerce sobre su entorno: forma parte de la supervivencia de la izquierda abertzale.

Desde que Batasuna fue ilegalizada, la izquierda abertzale ha sabido cuál era la vía más directa para regresar a la legalidad: mediante listas limpias y condenando a ETA. Si no lo ha hecho así es porque necesita recuperar la legalidad como triunfo y no como claudicación.

Si la Fiscalía General y la Abogacía del Estado no aportan más datos indiciarios que los hasta ahora conocidos tampoco sería impensable que la impugnación de Aukera Guztiak no lograse pasar por el fino tamiz del Tribunal Constitucional. De forma que la izquierda abertzale lograría una victoria que Batasuna celebraría en su momento pidiendo públicamente el voto para AG. Pero si el precio a pagar tiene que ser la condena de ETA, está claro que Batasuna preferirá cobrarse los restos en forma de votos nulos.

La preocupación de Atucha
Cartas al Director ABC  20 Marzo 2005

Dice Juan José Atucha, aunque sea con la boca pequeña, que le preocupa que el último sucedáneo de Batasuna no pueda presentarse a las elecciones. Y es que a ésos hay que tenerles contentos, no sea que se revuelvan contra uno, que ya sabemos cómo las gastan y la costumbre que tienen de reclamar a tiros lo que no consiguen con votos, pero tampoco demasiado contentos, pues como de verdad se presenten les van a quitar un montón de votos con los que ya cuentan.

Sería estupendo que Atucha extendiera su preocupación a otros vascos: los que van a ir a votar con escolta. Los que lo van a hacer acongojados en los pueblos pequeños, donde se conocen todos. Los candidatos, y héroes, no nacionalistas que se van a convertir literalmente en «objetivo militar» de ETA y en vascos traidores o «no vascos» para los que cortan el bacalao aquí. Los que, armándose de valor, van a hacer de interventores del PSOE y del PP en la jornada electoral... y los que no van a hacer ninguna de esas cosas, la mitad de los vascos, por miedo a ETA y a pasar a la lista negra del nacionalismo gobernante. Endika Arana Idígoras. San Sebastián (Guipúzcoa).

Autores del 11-M contactaron antes de los ataques con el imán apresado ayer en Londres
El clérigo integrista es hermano del último arrestado en Madrid por los atentados
J. C. Serrano La Razón 20 Marzo 2005

Madrid. Moutaz Almallah, el hermano imán residente en Londres del sirio Mohannad detenido el pasado viernes en Madrid, fue uno de los contactos principales de los responsables de la célula islamistas del 11-M antes de que cometiran los atentados. Según fuentes de la investigación, Moutaz recibió en Londres varias llamadas telefónicas de Sherhane «El Tunecino», líder ideológico del grupo, de Jamal Ahmidan, responsable operativo y Abdennabi Kounjaa, que se suicidó al igual que los anteriores en el piso de Leganés. La investigación también ha acreditado contactos con el imán sirio en Londres de Said Berraj, uno de los huidos tras los atentados y al que la Policía atribuye fuertes vínculos en el entorno de Al Qaida. La Policía además está convencida de que alguno de estos islamistas acudió a ver personalmente a Gran Bretaña a Moutaz Almallah en fechas anteriores al 11-M aunque los investigadores aún no han podido esclarecer con exactitud su identidad. El imán, detenido ayer después de que el juez Del Olmo cursara una orden de busca y captura internacional, está considerado policialmente como un enlace entre las estructuras islamistas internacionales y la célula que llevó a cabo el 11-M. Algunas de las llamadas realizadas por los suicidas de Leganés horas antes de la explosión del piso, el pasado día 3 de abril, también tenían como destinatario al imán.

Estas averiguaciones, producidas poco después de los atentados, llevaron en España a la detención, a finales de marzo de 2004, de su hermano Mohannad, un técnico de lavadoras que fue posteriormente puesto en libertad por el juez Del Olmo ya que las pruebas contra él no eran suficientemente concluyentes. El pasado viernes agentes de la Comisaría General de Información y de la Brigada Provincial de Información de Madrid le arrestaron de nuevo, esta vez acusado de estar involucrado en la captación en España de jóvenes radicales para ser enviados luego al extranjero. Según las investigaciones policiales, los reclutados eran adoctrinados por Moutaz Almallah en un piso de la calle Virgen del Coro donde los captados eran albergados por el imán, al que se atribuye dirección y responsabilidad intelectual. En estas reuniones, el clérigo integrista celebraba exposiciones del pensamiento yihadista y en ellas participaron «Sherhane el Tunecino», Mustapha Maymouni, condenado en Marruecos por su vinculación a los atentados de Casablanca, y otros implicados como Basel Ghalyoun, en prisión por su presunta participación en la colocación de las mochilas.

Finalmente, agentes de la Policía británica detuvieron ayer en Londres al ciudadano sirio Moutaz Almallah Dabas, el citado hermano de Mohannad Almallah Dabas, por su presunta vinculación con el 11-M, informaron fuentes de la investigación. El arrestado, de 39 años de edad», tendrá que comparecer el próximo lunes en los juzgados de la calle Bow Street, siguiendo los trámites habituales.

TODAVÍA NO HA RECIBIDO A LOS REPRESENTANTES DE 200 ASOCIADOS
La AVT reprocha a Zapatero que no conceda al resto de asociaciones el mismo trato que a la de Manjón
El portavoz de la AVT, Francisco José Alcaraz, reprochó a José Luis Rodríguez Zapatero que no se haya reunido con la Asociación de Ayuda a las Victimas del 11-M, que cuenta con más de 200 representados. Además, calificó de "lógico" que la asociación que preside Pilar Manjón, cuya sede ha visitado este sábado el presidente del Gobierno, vea como un interlocutor válido al Alto Comisionado de Ayuda a las Víctimas del Terrorismo, Gregorio Peces-Barba.
Europa Press Libertad Digital 20 Marzo 2005

Alcaraz dijo que su asociación no tiene nada que objetar a la visita que Zapatero realizó a la sede de la Asociación que preside Manjón, pero denunció que el jefe del Ejecutivo no concede el mismo trato a todas las entidades de ayuda a las víctimas de los atentados de Madrid.

Así, mostró su "solidaridad" con la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M –una entidad creada a finales de 2004— que, según explicó ha pedido una cita con Zapatero que Moncloa ha rechazado alegando "problemas de agenda". "No entendemos estas dos varas de medir, que se tenga tiempo para unas asociaciones y no para otras", dijo, a la vez que demandó al presidente que atienda esta petición y reciba a la tercera entidad de la que forman parte víctimas del 11-M.

Alcaraz, quien hace unas semanas se reunió con Zapatero en Moncloa para solicitar la dimisión del Alto Comisionado de Ayuda a las Víctimas, explicó que no tiene previsto mantener un nuevo contacto con el Ejecutivo y avanzó que no solicitarán una nueva entrevista si sus demandas siguen "su curso normal y no hay contratiempos".

Respecto a las declaraciones de Manjón considerando a Peces-Barba como un interlocutor válido, Alcaraz señaló que no le "extraña" porque el Alto Comisionado "da prioridad" a su asociación. "Es de recibo que la propia asociación esté contenta con el trato que recibe, lo más correcto es que sean agradecidos con quienes les dan un trato de prioridad", concluyó.

Miembros de movimientos cívicos exigen a Zapatero el regreso al constitucionalismo
Envían una carta al presidente del Gobierno en la que le instan a alejarse de los nacionalistas
MANU RUEDA/BILBAO El Correo 20 Marzo 2005

Un grupo de personas «de origen en la izquierda vasca» ha remitido una carta al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en la que critican su «acercamiento» al nacionalismo y le instan a regresar a postulados constitucionalistas. Asimismo, le exigen que se aleje de las «cúpulas partidistas regionales» y defienda una política «más acorde con los intereses generales de la ciudadanía española».

A la carta se han adherido ex parlamentarios vascos del PSE como Javier Elorrieta, Carmen Asiaín y Ernesto Ladrón de Guevara -éste último actualmente en la dirección de UA-, antiguos integrantes de IU como Rafael Simón; destacados miembros de movimientos cívicos como Mikel Buesa, Agustín Ibarrola, Gotzone Mora y Vidal de Nicolás, y medio centenar de personas más.

Los firmantes analizan determinadas actuaciones del PSOE en los últimos años para denunciar su «deriva» política. A su juicio, ha abandonado posiciones de alternativa al nacionalismo vasco para llegar a adoptar decisiones como el apoyo al PNV para la aprobación de los presupuestos en las diputaciones de Vizcaya y Guipúzcoa.

En la misma línea, el texto recoge declaraciones de Zapatero antes de ser elegido presidente, en las que garantizaba que el Pacto por las Libertades estaba a salvo de la competencia electoral, y que, en su opinión, «no se han cumplido».

Los autores del documento acusan a los partidos que sustentan el Gobierno vasco de referirse a ellos como franquistas, con el ánimo de desprestigiarles. Y recuerdan la etapa de apoyo de estas formaciones al pacto de Estella, cuyo objetivo político era «la eliminación de las opciones constitucionalistas» de las instituciones vascas.

«Patrimonialismo»
El texto advierte a los socialistas del riesgo de relacionarse con el PNV, al representar una ideología «sustentada fundamentalmente en una concepción patrimonial» del País Vasco y defender unos valores que «estimulan» la configuración de la sociedad más «fascistizada» de todo el mundo civilizado moderno, en la que «más asesinados, exiliados y amenazados» se dan por expresar sus ideas de toda Europa Occidental.

Los suscriptores del manifiesto indican que la política que se visualiza en la actualidad está centrada en una yuxtaposición de los intereses de «cúpulas partidistas regionales». Esta situación supone «un problema nacional de enorme magnitud», que acentúa las posiciones de un cantonalismo regionalista, «tan reaccionario como ajeno a los valores más universalmente reconocidos en la izquierda».

Tras este diagnóstico, los firmantes reclaman a Zapatero una reorientación política «más acorde con los intereses generales de la ciudadanía española» y más atenta con los principios de la izquierda, «tan ajenos a los criterios nacionalistas».

Asimismo, exigen que se renuncie a compromisos que «ponen en peligro» la solidaridad, libertad e igualdad de los españoles. «Porque el amparo nacional de los valores de progreso y libertad no es compatible con la actuación de los que, además de oponerse al Pacto de las Libertades y la Ley de Partidos, apoyan el plan Ibarretxe o planes secesionistas», subrayan.

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