AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 11 Abril 2005

Ser «facha»
Antonio PÉREZ HENARES La Razón 11 Abril 2005

MÁS NACIONALCOMUNISMO
Valentí PUIG ABC  11 Abril 2005

ZP o la consolidación del nacionalismo vasco
EDITORIAL Libertad Digital 11 Abril 2005

QUIÉN ES EL «JUEZ» EN LA SOCIEDAD VASCA
Luis Ignacio Parada ABC  11 Abril 2005

El 9 por ciento
EL SUBMARINO La Razón 11 Abril 2005

EUSKADI, LA RECTA FINAL
Manuel Ángel MARÍN ABC  11 Abril 2005

LA LEYENDA DEL SANTO DIALOGANTE
GERMÁN YANKE ABC  11 Abril 2005

Agitación y anticlericalismo
Agapito Maestre Libertad Digital 11 Abril 2005

Los líderes
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo 11 Abril 2005

Tras la huella de Sabino Arana
Antonio Elorza El País 11 Abril 2005

En la oposición
JAVIER ZARZALEJOS El Correo 11 Abril 2005

Los vascos
Cartas al Director ABC 11 Abril 2005

Ararteko
Cartas al Director El Correo 11 Abril 2005

Algunos se están acercando a la raya que marca la independencia
María Antonia Iglesias El País 11 Abril 2005

Testimonios de cuatro ciudadanos que abandonaron Euskadi por las amenazas de ETA
JON AGIRIANO El Correo 11 Abril 2005

El «terrorismo del bienestar»
Gonzalo López Alba ABC 11 Abril 2005

El «comando Donosti» tenía cincuenta kilos de dinamita escondidos en un trastero
R. L. Vargas La Razón 11 Abril 2005

Aznar: Cuando el argumento político se termina empieza el de la aniquilación
Libertad Digital 11 Abril 2005

El Gobierno considera que el coste del traslado de la CMT será muy inferior a los beneficios
Agencias Libertad Digital 11 Abril 2005




 

Ser «facha»
Antonio PÉREZ HENARES La Razón 11 Abril 2005

Usted, pobre, no lo sabe, pero consulte a su «progre» de cabecera y se lo diagnosticará sin duda alguna. Usted es «facha» sin remedio. Seguro. Usted está, fijo, y no le valen camuflajes, en los parámetros establecidos del insulto calificativo e inamovible con que el pensamiento único, con que el progresismo políticamente correcto estigmatiza a todo aquel que cometa la osadía de discrepar de sus consignas, gustos o aficiones. Usted es un «facha» aunque sea mas rojo que el coral y desde luego a usted no le han invitado al aniversario de Carrillo, al que fueron todos, hasta Ibarretxe, menos los comunistas. La prueba del detector no falla. ¿Qué es ser facha en el XXI? Muy sencillo: decir España. Defender la lengua española. Criticar a un imán. Ser cazador. No comulgar con todas y cada una de las propuestas u ocurrencias del colectivo de gays y lesbianas. Leer cualquier periódico que no sea «El País» u oír cualquier emisora diferente a la SER. Por ahora, se puede ver otra tele. No gustarle a uno Almodóvar y elogiar a Pepe Sancho como actor. Ir a misa. Ser del PP, diagnóstico definitivo aunque se esté de concejal en Euskadi y los héroes de ETA le hayan pegado cuatro tiros. Son fachas Pelayo, el Cid, las Navas de Tolosa, Cortés y Pizarro, Felipe II, Lepanto, los tercios de Flandes, el caballo de Espartero y los últimos de Filipinas. Y, ¡ cuidado!, leer a Umbral. Empieza a ser sospechoso.

MÁS NACIONALCOMUNISMO
Por Valentí PUIG ABC  11 Abril 2005

DE las peores pesadillas de la Historia y del delirio etnicista provienen esos animales que son mitad águila y mitad carnero, o bien combinación de asno, oca y serpiente. Analógicamente, son de esa naturaleza los rasgos políticos de una combinación como es el entendimiento entre el postcomunismo de Madrazo y el viejo PNV de Arana que tiene un pie en los orígenes convenientes de la raza y otro en la perpetuación clientelista en el poder. Por sus fuentes históricas, el postcomunismo mana por cauces internacionalistas y de clase, agresivamente laicistas, con vínculos antisistema y una confesada nostalgia por la tan incumplida promesa de acabar con el capitalismo para implantar el paraíso del proletariado. Al PNV le fundamentan otras causas, otra guardarropía de romance mitológico, la marcha imposible del pueblo elegido hacia los albores de su emancipación. Por lo demás, es un movimiento de derechas, albergado en otros tiempos en la democracia cristiana, amigo de los altares.

No puede ser ajeno a ese retrato-robot a dúo que el comunismo español en su día viera las acciones terroristas de ETA con buenos ojos ni que el PNV en no pocas ocasiones haya carecido de la debida beligerancia contra los «gudaris» del zulo y la bomba-lapa. Para el PNV, por su entraña tacticista, entenderse con el comunismo o con quien sea es lo de menos porque de lo que se trata es de que la maquinaria de poder funcione siempre, sin compartir nada con nadie, como ya constató el PSOE al ser titular de unas consejerías tan minadas por los peneuvistas que fueron casi inactivas. Para IU, entenderse con el PNV tiene que ser -al menos teóricamente- algo mucho más grave y, sobre todo, injustificable.

ESTOS días el atractivo de la última fase de la campaña electoral en el País Vasco está en las encuestas, en la finta tan arriesgada de Zapatero y en la cobertura electoral de Herri Batasuna. Así olvidamos la insólita naturaleza de ese pacto entre lo que queda de Sabino Arana y lo que queda de Lenin hasta que de repente aparece otro vástago del comunismo, incluso mucho más puro y selecto que el representado por Madrazo, tan selecto se le calculan unas pocas docenas de militantes. Removido aún un poco más el limo de la política vasca, aflora el Partido Comunista de las Terras (PCTV-EHAK) para contribuir como portalón nacionalcomunista a que la ilegal Herri Batasuna intente colarse en las urnas y mantenerse como portavoz de ETA en el sistema político vasco. Tenemos ahí una combinación mitológica sobrecogedora, tres cuartas partes de jabalí, otra de caimán y un tercer componente de chacal, políticamente hablando. El resplandor de los rescoldos en la forja de los pueblos que quieren emanciparse de todo a menudo aparecen esas sombras fantasmagóricas. Sólo puede borrarlas, de un golpe de luz, la fuerza tranquila del Estado de derecho.

DESGRACIADAMENTE, el comunismo todavía sojuzga algún confín del mundo; afortunadamente, pocos. Ahora asoma reforzado en un País Vasco donde la presión fiscal es tan llevadera, la autonomía de tanta magnitud y la vida es deliciosa con quien no se meta en nada. Constituido poco después de ser aprobada la Ley de Partidos, el PCTV-EHAK se ofrece para ser como aquella balsa de la «Medusa» para que salgan del mar embravecido los naúfragos de Herri Batasuna, mientras el postcomunismo de Madrazo actuaría como bote salvavidas del PNV. Para bien o para mal, en todo esto no entran los troskistas. Explícitamente, PVTV-EHAK pide la dictadura del proletariado, con la hoz y el martillo. De Madrazo no se sabe muy bien lo que pide aunque se sospecha lo que quiere.

vpuig@drac.com

ZP o la consolidación del nacionalismo vasco
EDITORIAL Libertad Digital 11 Abril 2005

Todos los sondeos publicados este domingo sitúan a la coalición PNV-EA al borde de la mayoría absoluta. De confirmarse estos pronósticos, los nacionalistas recuperarían parte del apoyo electoral perdido en las últimas autonómicas, donde la alternativa constitucionalista, formada por el PSE de Nicolás Redondo Terreros y por el PP de Mayor Oreja, estuvo a punto de arrebatarles el liderazgo. De hecho, de haber llevado ambos partidos con coherencia aquella compartida oposición al nacionalismo en el poder a una única candidatura –tal y como, para mantenerse en él, vienen haciendo desde hace años PNV y EA- esa hipotética coalición PP-PSE hubiera logrado, ya entonces y gracias al peso de la circunscripción alavesa, dos escaños más que los obtenidos por la lista PNV-EA.

La lógica hubiera debido llevar, pues, a ambos partidos constitucionalistas a incidir y a acentuar esa estrategia compartida que, sin conseguir entonces los objetivos apetecidos, les había acercado a ellos como nunca antes. Si desde un punto de vista estratégico era lo aconsejable, todavía más lo era desde el punto de vista de los principios constitucionales, habida cuenta de que el nacionalismo desde entonces, lejos de moderarse, ha proseguido, contra viento y marea, directo a sus objetivos más secesionistas y radicales.

Si Maria San Gil ha demostrado con creces ser una digna heredera de Mayor Oreja y de un partido que es capaz de dejar al margen discrepancias menores con tal de hacer una defensa conjunta de lo fundamental, la candidatura de Patxi López no es más que el resultado de la defenestración del constitucionalismo socialista vasco, encarnada en la decapitación política de Nicolás Redondo Terreros. Una “opción” que ahora, y sin importarle la realidad del nacionalismo vasco, prefiere pactar con él antes que cooperar electoralmente con quienes comparten escoltas.

La “oferta” de Patxi López, con el visto bueno de ZP –que no por nada gobierna con los independentistas, tanto en España como en Cataluña- , no es más que el resultado de algo que comenzó a formularse al día siguiente de la consulta del 13 de mayo de 2001 y con el famoso artículo de Cebrián en El País contra el “constitucionalismo fuerte” encarnado por Mayor Oreja y Redondo Terreros. Algo que ya había apuntado el propio González, incluso en la misma campaña electoral, cuando llamó a Redondo Terreros a recuperar a “mis amigos del PNV”.

El efecto de todo ello ha sido demoledor. En su empeño de llegar a acuerdos con el PNV, el PSE de Patxi López ha quitado gravedad al descarado proyecto nacionalista de demoler los cimientos nacionales y constitucionales de España, mientras ha pasado a denigrar, lo que antes era un proyecto compartido, como una “intransigencia fundamentalista” propia del “inmovilismo” del PP. Para colmo, no le han faltado ni a Prisa ni a González, supuestos adversarios mediáticos que, en realidad, han ejercido infatigablemente de “tontos útiles” como los que se empeñan en seguir viendo en Zapatero algo distinto que el servil e irresponsable lacayo de los intereses de Polanco y del insaciable resquemor de González. Ya hay que ser cándido para tomarse en serio que Zapatero y López aspiren a superar así al PNV. Pero referirse a esa pretensión como el “arriesgado optimismo de ZP” ya son ganas de edulcorar la dócil, sonriente y peligrosa servidumbre a los designios de González, Cebrián y compañía.

QUIÉN ES EL «JUEZ» EN LA SOCIEDAD VASCA
Luis Ignacio Parada ABC  11 Abril 2005

SE puede entender que en la calorina de una campaña electoral se lancen provocaciones insensatas, presunciones injustificadas, bravatas pueriles. Se entiende más difícilmente que se digan mentiras comprobables y se hagan promesas incumplibles, se lancen amenazas de rufián. Lo que no se puede entender es que quien habla desde una alta representación institucional bordee el delito de rebelión previsto en el artículo el artículo 472 del Código penal, entre otros casos para quien se alzara violenta y públicamente para derogar, suspender o modificar total o parcialmente la Constitución.

El presidente del Gobierno vasco y candidato a la reelección por el PNV-EA se atrevió a decir ayer que el Estado no tiene que conceder nada a Euskadi porque la sociedad vasca es «el juez» que decidirá «qué nivel de autogobierno» desea para ese país. Aunque Ibarretxe no haya votado la Constitución y quiera saltársela antidemocrática e ilegalmente, debería recordar que ostenta su cargo gracias a ella. El artículo segundo de su Título preliminar dice que «La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado». Está bien claro que los poderes del Estado emanan del pueblo español, no del pueblo vasco. Debería saber también, cuando habla desde el puesto que ocupa -y aunque sea en el fragor de una campaña electoral- que la Comunidad Autónoma que preside es uno de los poderes del Estado. Y debería ser consciente, sobre todo, de que no está en su puesto porque la mitad de los vascos le haya votado sino porque el 90,29 por ciento de los españoles hizo posible el Estado de las Autonomías, una de las cuales preside desde una ideología de derechas pero, democráticamente, con la ayuda de unos pocos votos que le proporciona una ideología de izquierdas a la que él mismo ha hecho «el juez» de esa sociedad vasca de la que se apropia pero sólo a medias representa.

El 9 por ciento
EL SUBMARINO La Razón 11 Abril 2005

Decir «Madrid» para un nacionalista periférico es fabular con un gran panal de competencias y recursos sin límite, donde liban miles de funcionarios obsesionados con ningunear a las nacionalidades históricas. Porque los porcentajes están de moda –véase el famoso 3 por ciento de Maragall– sería de enorme utilidad que los nacionalistas se enterasen de que la burocracia del Estado la componen sólo el 9 por ciento del total de empleados públicos al servicio de la Administración estatal. Fuerzas Armadas, Policía y Poder Judicial componen el grueso del funcionariado adscrito a las instituciones de la nación. Siguiendo con los porcentajes, resulta que del total de funcionarios de las tres administraciones, las Comunidades Autónomas mandan sobre el 50 por ciento. La otra mitad se la reparten por igual la Administración del Estado y los municipios. Por los despiadados ataques de Ibarreche al Supremo y al resto de instancias judiciales cabría deducir que el Constitucional también está en esa cruzada de la burocracia madrileña contra las autonomías; pero resulta que en una de sus sentencias más discutibles se estableció que ciertas dotaciones económicas que aparecen en los Presupuestos del Estado no pueden ser gestionadas por el Gobierno, sino que corresponde a las autonomías, así que Madrid traspasa el dinero y los gobiernos autónomos se lo gastan sin rendir cuentas al Gobierno.

EUSKADI, LA RECTA FINAL
Por Manuel Ángel MARÍN ABC  11 Abril 2005

A seis días de las elecciones vascas no es de prever ningún anuncio o acontecimiento importante que haga variar la hoy prevista y muy congelada estructura de distribución de votos en Euskadi. O sí, que diría Rajoy. La más reciente experiencia electoral nos enseña que en la recta final se pueden producir algunas sorpresas y que hasta que no se cruce la línea de meta -foto «finish» incluida- nadie puede dar por ganada la carrera. Incluso después, pactos e interpretaciones partidistas enturbiarán y complicarán los análisis. Sin aludir a la posibilidad de acontecimientos dramáticos que nadie desea y Dios no permita, lo cierto es que no sería imposible que los competidores hubieran guardado para el final algunas bazas que hicieran decisivos estos últimos días. Si no es así, y lo que ofrecen es más de lo mismo, no es difícil aventurar incógnitas y certezas. Donde vayan -voto en blanco, listas ocultas, nacionalistas- los votos de los radicales abertzales tendrían una importancia decisiva en la eventual mayoría absoluta del PNV-EA, pero sin duda mucho menos sobre la repetición del «tripartito» con IU-EB, con lo que las fases de desarrollo del Plan Ibarretxe seguirían según lo previsto y declarado hasta ahora por el Gobierno vasco. Si por antinatural se descarta que se pueda -lo permitan los resultados- y se quiera -se acepten las consecuencias políticas en Euskadi y en el resto de España- una alianza de Estado entre PP y PSOE, lo que queda es la, tan iportuna para el PSOE, sugerencia de Maragall de un pacto entre PNV y socialistas vascos, lo que daría en un híbrido de planes Ibarretxe y López, que a estas alturas tanto da. En mi opinión, la salida única de este laberinto vasco conduce a un lugar donde el actual llamado modelo de Estado se tambalea, y la Constitución y el Estatuto de Guernica quedan obsoletos.

Ninguna utilidad, salvo el desahogo, tiene ahora llorar sobre la leche derramada, ni nadie va a dudar de la legitimidad de los resultados electorales, porque la historia es la que es, la hiciera quien la hiciera, pero la interpretación de los hechos exige recordar cómo se ha llegado a esta situación. Años de fomento y construcción de una conciencia abertzale excluyente y soberanista, y de un mito étnico de fuerte contenido emocional; años en los que la persuasión y la más cruel violencia fueron utilizadas según y como convenía, han propiciado el modelado de un tejido social que sólo puede responder electoralmente de una manera independentista, que, reveladoramente, agrupa a burgueses y revolucionarios bajo el mismo paraguas separatista. Con estos antecedentes y en este ambiente es en el que se realizan estas elecciones democráticas. Lo grave del plan Ibarretxe es que, siendo inadmisible constitucionalmente, es fácilmente comprensible, no oculta sus intenciones últimas, es ilusionante -Ortega o Renan ¡qué actuales!- para buena parte de la sociedad vasca, va ganando a los puntos y el gobierno de Zapatero a lo más que aspira es a buscarle un sucedáneo aparente, envuelto en consenso y talante. Cuando en España se han perseguido y desterrado por anticuadas las ideas de patria, de heroísmo y sacrificio, de símbolos y banderas, de independencia o de raza, los separatistas se constituyen en unidad de destino en lo universal y recuperan con notorio provecho todo eso que en los españoles se veía como lacra que debía ser eliminada. Además, son inmunes a las amenazas de repercusiones económicas y a las incompatibilidades europeas. La democracia trabaja ahora a su favor, y también los inevitables complejos de la progresía. Ante esto, ahora, sólo cabe aferrarse sin miedo a los principios e instrumentos de la democracia y del Estado de Derecho, y ahí es mucha la responsabilidad del Gobierno. El millón ochocientos mil electores vascos debe apreciar la trascendencia de su voto para Euskadi y para España. Yo me permito recordárselo, como donostiarra en la diáspora, como español y como europeo.

www.economistaeneltejado.com

LA LEYENDA DEL SANTO DIALOGANTE
GERMÁN YANKE ABC  11 Abril 2005

El presidente Zapatero quiere la paz en el País Vasco: «el final de la violencia se ha convertido en mi gran empeño como presidente y todos los días dedico tiempo a este problema», dice en la entrevista publicada este fin de semana en El Correo y ABC. Ahora sabemos mucho más de la lucha contra el terror y, tanto por reflexión como por experiencia, constatamos que el uso enérgico de los instrumentos del Estado de Derecho resulta eficaz. Poner a los terroristas a disposición de los tribunales, facilitar la acción de estos y estrangular las ramificadas y sinuosas bandas violentas, a lo que el PSOE ha contribuido con el Pacto Antiterrorista, ha sido una estrategia acertada tanto desde el punto de vista de los principios democráticos como desde el de los resultados. Convendría, por tanto, insistir en la estrategia y dedicarle el tiempo que sea necesario.

Pero al presidente del Gobierno, imbuido quizá en su leyenda de entregado y santo dialogante, parece saberle a poco. En este sentido, ha venido reiterando que está dispuesto a dar una oportunidad política a Batasuna con la única condición de que reniegue de la violencia y, en la citada entrevista, añade que, calladas las armas, «sabrá escuchar», «podrá dar muchos pasos» y se pondrán en marcha «mesas y hasta tablas de diálogo». Resulta doblemente paradójico. Al parecer, en las circunstancias actuales la decisión de que Batasuna no concurra a las elecciones vascas corresponde a los tribunales de Justicia. Tras una declaración meramente formal -«sólo tres palabras», pide Zapatero-, el asunto quedaría en manos del generoso presidente del Gobierno. Y, ahora, esa voluntad de diálogo infinito y de carrera emocionada hacia el futuro, se diría que revela, a juicio de Zapatero, que lo que ETA y sus secuaces pretenden es más inconveniente que pernicioso. Inconveniente, por el terrorismo. Pernicioso no tanto, porque, tras el abandono de las armas, todo resulta negociable en mesas y tablas, en todo se pueden dar grandes zancadas. «Tendré dos prioridades -añade-: hablar con todos los partidos y no perder la oportunidad».

Toda buena voluntad exige un diagnóstico adecuado y el presidente debería recordar, ya que le gusta citarle, que Mario Onaindia, que al fin y al cabo había estado en el vientre de la serpiente, insistía en que, en la hora presente, no hay en el País Vasco ningún proyecto nacionalista democrático. Recordarlo, en primer lugar, para saber qué se negocia y hacia dónde se avanza más allá de la retórica del santo laico que a todos acoge y a todos premia. El proyecto de ETA (y de Batasuna, que es el mismo) tiende al totalitarismo y a la dictadura etnicista y, precisamente por ello, la violencia forma parte de su ideología. El de Ibarretxe, como ha dicho José Antonio Zarzalejos, es el mismo por otros medios, incluida la injustificable presión antidemocrática, ya que la violencia, siempre presente como referente de lo que hay que hacer, la ejercen otros. Otros que se han convertido en socios.

Quizá al presidente le cueste reparar en estas evidencias, o reconocerlas públicamente, por su preocupación teatral, es decir, por su empeño -al que, sin decirlo, parece que también dedica su tiempo diario- a colocarse en el escenario lejos del PP. Pero no debería pensar, a mi juicio, que el nacionalismo hace lo mismo por idénticos motivos, es decir, que el Plan Ibarretxe y sus complementos políticos cotidianos no son más que un proyecto, como dice, «antagónico con el Gobierno del PP y con Aznar». Es antagónico con la libertad y, si además de a la paz, dedica su cuarto de hora diario a la libertad en el País Vasco, Zapatero, irremediablemente, tendrá enfrente a todos esos nacionalistas con los que le gustaría caminar.

Zapatero
Agitación y anticlericalismo
Agapito Maestre Libertad Digital 11 Abril 2005

El presidente del Gobierno de España pertenece a la empresa del PSOE, pero no es socialista. No sabe qué es exactamente la ideología socialista. Más aún, apenas sabe qué es una ideología, como demuestra su patético pasado de parlamentario del PSOE. Ni una palabra al margen de lo que mandara el jefe de turno ni una buena acción a favor de la política democrática. Toda su vida política se agotó en votar y cobrar. Durante todo este año de Gobierno, nos ha golpeado los oídos con la palabra ciudadanía, pero en sus labios suena a basura preliberal para una socialdemocracia fracasada. La ideología de Zapatero es, pues, desconocida. Poco ha escrito sobre el particular. Poco ha dicho en los documentos de su partido. Poco ha explicitado en su año de Gobierno ni en las Cortes ni en sus decisiones de Gobierno.

Poca ideología, en fin, tiene ZP, pero, por desgracia para España, es muy precisa. Su terrorífica fórmula está causando estragos: divide y te mantendrás. Divide la nación, divide la tradición cultural española y cierra los ojos ante el exagerado intervencionismo en la economía de mercado. Divide y, sobre todo, trata al otro, al que opina de modo diferente, como enemigo. Estigmatiza y criminaliza al adversario político hasta aniquilarlo, incluso, personalmente y eso le ha dado réditos políticos. Aznar en su nuevo libro, por si los centristas de salón de su partido lo han olvidado, nos lo recuerda con nitidez: “En pocas palabras”, dice Aznar, “si seguía sus recomendaciones” –silencio cobarde, allanamiento, aceptación de su humillante interpretación del 11-M, etcétera- sobre lo que había pasado entre el 11-M y el 14-M lo dejarían tranquilo. ¡Cuánta villanía!

Lo peor, sin embargo, está por llegar. El PSOE pondrá en circulación un viejo “totalitarismo”. Tan viejo como la “religión de la razón” de la Revolución Francesa. Se trata de poner en práctica medidas laicistas, quizá masónicas, con la ayuda inestimable de la estulticia de los llamados teólogos de la liberación y los “cristianos por el socialismo”. Este remozado “integrismo” de “religión de la razón” conducirá directamente a la movilización del PSOE. El objetivo es sencillo: confiscar y vaciar de contenidos las genuinas formas de vida religiosa. En el mejor de los casos, intentará un sincretismo religioso, donde la confesión católica quede rebajada al mismo nivel que otras confesiones… Cualquier cosa será buena, si con ello se contribuye a seguir alimentando la carnavalada de “religión secular”.

Tampoco en este ámbito nadie puede dudar de la necesaria colaboración entre catolicismo y liberalismo...

Los líderes
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo 11 Abril 2005

Durante su intervención en el multitudinario mitin celebrado el sábado en el BEC, el presidente del PNV, Josu Jon Imaz, hizo chanzas a cuenta de la ausencia de la primera línea de la política de los populares Mayor Oreja y Carlos Iturgaiz y los socialistas Rosa Díez y Redondo Terreros. Imaz pidió a ETB que creara un concurso tipo 'Quién sabe dónde' para ayudar a su localización. Juan José Ibarretxe completó la broma comparando a estos adversarios políticos con un ejército en fuga.

Los mítines no son precisamente un foro académico y se prestan para realizar descalificaciones políticas y hasta personales del adversario que, a menudo, es caricaturizado para desacreditar sus ideas. Pocos políticos resisten la tentación de incurrir en esta práctica en una campaña electoral. Al margen de esta cuestión general, en la clase política vasca se advierte un déficit de relaciones personales entre los dirigentes de los diferentes partidos.

En los últimos años se ha producido un relevo generacional que ha afectado a casi todas las formaciones políticas. El PNV, Eusko Alkartasuna, el Partido Socialista y el Partido Popular han llevado a cabo una sustitución de dirigentes dando paso a una nueva generación de líderes que en su mayor parte no alcanzan los cincuenta años. El lehendakari, con 48 años, lleva siete ya al frente del Gobierno vasco y es el más veterano de la generación. Patxi López, Josu Jon Imaz y María San Gil y buena parte de los dirigentes territoriales de sus respectivos partidos son más jóvenes que Juan José Ibarre-txe.

Una de las carencias que se advierte en los actuales equipos dirigentes de los partidos es la falta de comunicación con los adversarios políticos, una comunicación personal, aquella que se desarrolla en una reunión discreta o en torno a la mesa de un restaurante con la confianza de que lo hablado no será difundido a los cuatro vientos. Lo que abunda, en cambio, es la comunicación tensa que se realiza a través de las páginas de los periódicos o en la tribuna del Parlamento.

En descargo de estos líderes quizá se pueda alegar que llegaron al puesto cuando ya se habían cavado las trincheras entre partidos y se habían roto la mayor parte de los puentes que se mantenían en el pasado, cuando las políticas de persuasión y pacto fueron abandonadas y en su lugar se había instalado el afán de buscar mayorías, aunque fueran ajustadas y a cualquier precio. Puede que sea así, pero ellos no han sido capaces de reconstruir los puentes rotos.
 

Un ensayo sobre el nacionalismo vasco y la estrategia revolucionaria
Tras la huella de Sabino Arana
Por Antonio Elorza El País 11 Abril 2005

Desde la óptica sabiniana, sólo los vascos (inicialmente los vizcaínos) originarios tienen el derecho de mandar, y aun de vivir gozando de plenos derechos, en Euskadi. En la mentalidad de los nacionalistas vascos, la relación se invierte respecto de la advertencia de Proust: el supuesto paraíso perdido es lo que hará posible el paraíso real. Sabino Arana lo enunció reiteradamente en multitud de sus escritos.

La propuesta de una entrega absoluta, casi de una yihad en el sentido islámico, a la lucha por la independencia patria se justifica porque en el pasado existió una era feliz en que los vascos (y las vascas, habría añadido Ibarretxe) se entregaban en un paisaje idílico a las actividades agrícolas y desarrollaban una vida virtuosa en espera del momento en que sería necesario defender por las armas su libertad frente al extranjero.

Aunque en la evolución de su ideario este escenario inicial se modifique notablemente con el reconocimiento de que el avance del nacionalismo requiere el apoyo de un capitalismo nacional, el supuesto de partida se mantiene. Estamos, pues, ante una arqueoutopía. El proyecto religioso-político de construir una sociedad y un orden político en los que la población vasca auténtica, limpia de raza, viva igualitariamente y en bienestar se justifica por el mito de que en la Edad Media los vascos originarios, lo mismo que los piadosos antepasados del salafismo musulmán, desarrollaron un modo perfecto de vida cuyos rasgos es preciso reproducir.

La comparación entre nacionalismo sabiniano e integrismo islámico carece de sentido si nos atenemos a los contenidos doctrinales concretos, pero no si tomamos en consideración la estructura de las respectivas ideologías, el supuesto básico en que se apoyan y la dimensión teleológica de las mismas.

Con la consecuencia también en ambos casos de que la tensión entre el rechazo de las formas culturales y de los sistemas de valores del presente se resuelve en una indiscutible legitimación del uso de la violencia. De entrada, ambos son lo que llamaríamos "patriotismos de comunidad", es decir, propuestas políticas que invocan una profunda vinculación a una comunidad -la vasca nacionalista en un caso, la umma de los creyentes en otro- superior a los colectivos que las rodean, de manera que las relaciones de poder con las mismas están sometidas a una insuperable asimetría.

Desde la óptica sabiniana, sólo los vascos -inicialmente los vizcaínos- originarios tienen el derecho de mandar, y aun de vivir gozando de plenos derechos, en Euzkadi, inicialmente en "Bizkaya". El criterio utilizado para sustentar esa superioridad es de tipo biológico: la raza. En torno a la raza surge la definición del sujeto político: "el pueblo vasco". En el caso del islam, la umma de los creyentes es superior a otras y elegida de Alá porque cumple la regla de oro de prestar reverencia al dios único y se subordina al principio de "ordenar el bien y prohibir el mal", lo que significa cumplir puntualmente todos sus mandatos.

La fragmentación ha sido lo específico de la historia de Euskal Herria, hasta el punto de que tres de sus unidades sólo han podido hacer realidad el lema de "tres en una" El criterio es en este caso religioso-normativo, si bien la consecuencia es la misma por lo que toca a la determinación de una superioridad que se traduce en la asignación de la legitimidad para el ejercicio del poder político.
Los sucesivos textos con los que el lehendakari Juan José Ibarretxe ha ido salpicando la gestación, primero, y la tramitación, después, de su proyecto de Constitución vasca reflejan puntualmente los rasgos que hemos venido recogiendo. En el discurso de presentación del plan, de 27 de septiembre de 2002, Ibarretxe parte de una falsa evidencia que constituye el núcleo del ideario sabiniano: la existencia de un "Pueblo Vasco", con mayúsculas, "con identidad propia" y "depositario de un patrimonio histórico, social y cultural singular".

De nada valdría tratar de explicarle al político alavés que el término "singular" no es el más adecuado para calificar a un conjunto de territorios que nunca han tenido una organización política propia, ni por supuesto un patrimonio histórico, social y cultural común. La fragmentación ha sido lo específico de la historia de Euskal Herria, del País Vasco, hasta el punto de que tres de sus unidades sólo han podido hacer realidad el irurac bat, el lema de "tres en una" de los ilustrados guipuzcoanos, con la formación hace un cuarto de siglo de la Comunidad Autónoma Vasca o Euskadi.

Su pertenencia a dos ámbitos estatales se remonta a la Edad Media o a su ocaso (Navarra), y en cuanto al vínculo principal de unión, el euskera, por lo demás unificado sólo en fecha reciente, hace más de un siglo que es un habla minoritaria en los territorios de su implantación.

Los mimbres para la construcción nacional existían sobre todo en el país vasco-español, pero sometidos a fuertes estrangulamientos emanados de la propia realidad social, política y cultural. Por eso ha sido útil recurrir al mito unificador, de manera que en lo imaginario pueda ser propugnado el protagonismo de ese Pueblo Vasco, con sus rasgos específicos y enfrentado a sus vecinos y ocupantes. Así, el lehendakari estuvo en condiciones de iniciar solemnemente su discurso ante el Congreso español, sin sonrojarse, con unas palabras en euskera, "una lengua milenaria en la que el pueblo vasco ha expresado generación tras generación sus ansias de libertad y sus deseos de amistad con los demás pueblos".

Son palabras que tienen el mismo rigor histórico que pudiera atribuirse a un episodio de Astérix, pero que revisten un indudable valor político, dada la existencia de un colectivo, el nacionalismo fundado por Sabino Arana y encabezado hoy por el propio Ibarretxe, que no sólo cree en ellas, sino que hace de las mismas un dogma indiscutible. Según la fórmula de Pascal, basta rezar y aparentar que se cree para acabar creyendo. No cuenta la racionalidad de la creencia.

Segundo dogma: la soberanía originaria. Procedente de la era foral en cuanto argumento defensivo y convertida por Sabino Arana en fundamento de la independencia, es en Ibarretxe el agente de legitimación de una propuesta política que quiebra el orden constitucional vigente. "Este sentimiento de pertenencia al Pueblo Vasco", declaraba en 2002, "va más allá de las normas jurídicas o de las fronteras políticas; porque los sentimientos políticos no se pueden imponer ni se pueden prohibir por decreto, ley o Constitución alguna". De ahí que el pueblo vasco tenga derecho a decidir y en un marco de decisión propio, esto es, sin dependencia alguna de España o de Francia, "en virtud de nuestra soberanía originaria".

En el discurso ante las Cortes, la referencia es más cautelosa, aferrándose a "los derechos históricos", tema de nuevo que nos retrotrae a Sabino, consistentes en un autogobierno vasco en régimen de pacto con el Estado español hasta 1839, para conciliar lo inconciliable, su fórmula de "libre asociación" con el reconocimiento en la adicional primera de los mencionados derechos por la Constitución (olvidando, claro, que su ejercicio se acota al marco de la misma).

El punto de llegada es el mismo: "derecho de la sociedad vasca a decidir", para establecer por su cuenta y riesgo el contenido de un "pacto entre Euskadi y España". No tenía en esta ocasión necesidad Ibarretxe de dejar las cosas claras, pues ya lo era suficientemente el preámbulo de su "estatuto" de Comunidad Libre Asociada, presentado el 25 de octubre de 2003, al sentar el principio irrefutable de que "el pueblo vasco tiene derecho a decidir". Tal y como explicó Francisco Rubio Llorente tres días más tarde en EL PAÍS, el proyecto "es una declaración de independencia formulada conjuntamente con una propuesta de confederación".

Declaración previa implícita de independencia únicamente concebible si tenemos en cuenta que se trata de la proyección sobre el presente de la inmarchitable soberanía originaria que desde siempre corresponde al Pueblo Vasco.

El sueño de Arana está a punto de realizarse, y con la misma combinación de intransigencia y de pragmatismo que él hubiera recomendado.

Discriminación
Tercer dogma sabiniano: la discriminación. En los escritos de Sabino Arana, la clave de la misma es la raza, a partir de la cual resulta trazada la línea divisoria entre lo puro (lo vasco) y lo impuro (lo español). Más que de discriminación, se trataría entonces de exclusión del pueblo degenerado o inferior cuyo simple contacto contamina a la población vasca auténtica. Puede entonces pensarse que ese racismo nada o muy poco tiene que ver con el presente, cuando Ibarretxe asume la fórmula tradicional de que son ciudadanos vascos aquellos que viven y trabajan en Euskadi.

La realidad es otra. Cuando el racismo se convierte en algo impresentable, ya en los años treinta, y sobre todo a partir de 1945, y resurge espontáneamente en los años cincuenta en tierra vasca con la referencia peyorativa a la nueva oleada de inmigrantes calificados de "coreanos", se registra una hábil transferencia de discriminación, cuya puesta en práctica se mantiene hasta nuestros días, al desplazar el criterio de la raza al idioma.

En palabras de Federico Krutwig, de los belarrimochas a los euskeldunmochas, con una creciente incidencia práctica en la etapa autonómica, al ir colocando progresivamente a los castellanohablantes en una posición de inferioridad, sobre todo en el plano laboral, con 1a coartada de la normalización lingüística. Además los euskeldunes han sido habitualmente los miembros de la comunidad autóctona, con lo cual la discriminación sobrevive, aun cuando se vuelva más presentable.

La comparación entre nacionalismo sabiniano e integrismo islámico tiene sentido si tomamos en consideración la estructura de las respectivas ideologías y su dimensión teleológica A ello se añade la discriminación, de raíz estrictamente sabiniana, contra los vascos no nacionalistas, considerados como indignos de figurar en ese sujeto colectivo de decisión que es el Pueblo Vasco. No importa que la mitad de la población se declare no nacionalista; con la mitad más dos de un voto parlamentario, votos de extracción etarra incluidos, Ibarretxe está en condiciones de hablar en nombre de todos los vascos.

Es claro que a esa conducta subyace la discriminación aludida, que por otra parte fue la guía para el viraje político del nacionalismo democrático en los años noventa, cuando optó por aliarse con los practicantes del terror, vascos nacionalistas al fin, frente a los demócratas "españolistas". Y por último, en el artículo 4 del "Nuevo Estatuto" de Ibarretxe, es establecida una distinción entre "ciudadanía" y "nacionalidad" vascas, de efectos jurídicos todavía indeterminados, pero que por el solo hecho de plantearse e incluir en la segunda (artículo 5) nada menos que a los vascos "de la diáspora", descendientes de vascos, apunta a una nueva discriminación en que de modo encubierto volvería a triunfar el criterio biológico.

Vigencia de Arana
Los puntos centrales del ideario de Sabino Arana mantienen, por consiguiente, buena parte de su vigencia en el decisivo momento actual. Pueden parecer irracionales para la lectura de un observador exterior, pero han cumplido en el pasado y siguen cumpliendo de cara al futuro una función relevante: garantizar la supervivencia y la expansión de la hegemonía, en términos de intereses materiales y de dimensión simbólica, para los sectores sociales autóctonos, en respuesta a los procesos de cambio inducidos por la industrialización a partir del último tercio del siglo XIX.

El aberrante programa nacionalista de Sabino Arana encontró un destinatario propicio por proporcionar una estrategia muy dura, pero eficaz, para la lucha por el poder, respondiendo además a criterios y valores consolidados, en particular del racismo bajo la capa de un catolicismo integrista.

Si el racismo de los hermanos Arana alcanza un notable eco es porque buen número de vizcaínos comparte sus prejuicios antes de que los mismos reciban la sistematización sabiniana. El fenómeno puede ser comparado a la entrada en escena del Frente Nacional en Francia. Es una amplia difusión de la mentalidad racista lo que explica que la llama de la extrema derecha con Le Pen se transforme rápidamente en incendio.

Sería injusto, en todo caso, olvidar otra dimensión del primer nacionalismo: el sentimiento agónico de la identidad vasca tras la pérdida de los fueros y ante el retroceso del euskera. El nacionalismo vasco nace con una clara conciencia de que "esto se va", por usar las palabras del propio Sabino, expresando una idea que en otros términos era ya una constante en los escritos de sus precursores. La muerte del euskera es un tema recurrente en la literatura prenacionalista del último cuarto del ochocientos.

En este sentido, la faceta positiva del nacionalismo es que aporta la iniciativa para la construcción nacional vasca, en el marco de la crisis del Estado español de la Restauración. Por otra parte, su resuelta afirmación de la identidad vasca no es algo recién inventado.

El excelente libro de Coro Rubio La identidad vasca en el siglo XIX prueba que en las décadas que preceden a la entrada en escena del nacionalismo predomina en los territorios vascongados un "doble patriotismo", en el cual la presencia de la condición de vasco acompaña a la de español, con un sesgo diferencial estimable muy por encima de la identidad regional presente en otras zonas de la monarquía.

Se trataba de "una comunidad tan singular" que abarcaba a los territorios vascos de ambas vertientes de los Pirineos, la "Heptarquía euskara" de que hablaba la revista Euskal-erría, con lengua y costumbres supuestamente comunes, sin que por ello despuntase la ruptura. La referencia a un "pueblo vasco" serviría de concepto unificador. El mito encuentra sus raíces en la historia cultural.

Ahora bien, ¿por qué ese contenido reaccionario que diferencia al nacionalismo vasco del catalanismo de la misma época? La explicación puede residir en el hecho de que el nacionalismo vasco no surge de un proceso evolutivo de transformaciones económicas, políticas y culturales, sino en el punto de encuentro entre una prolongada crisis del Antiguo Régimen, marcada por la violencia de las guerras carlistas, y los cambios de toda índole que trae consigo la industrialización, focalizada inicialmente en Vizcaya.

A mediados de siglo, Friedrich Engels había emitido un diagnóstico pesimista sobre el futuro de los vascos, situándoles entre las ruinas de pueblos condenados a desaparecer, no sin antes servir de plataforma a movimientos reaccionarios como el carlismo. Sólo que, en la prolongada fase crítica que se extiende desde el inicio de la primera carlistada en 1834 hasta el final de la segunda en 1876, tiene lugar una paradójica reevaluación de la imagen de esa misma sociedad en quiebra, exportadora de hombres a América como el mismo Iparraguirre.

El icono se impone sobre la realidad, de acuerdo con la visión idílica y orgullosa que ya fuera anticipada a fines del siglo XVIII por Juan Antonio Moguel en su Peru Abarca. El baserritarra, el hombre de caserío, se convierte en un modelo de comportamiento positivo, con su limpieza de sangre, su autarquía y su moralidad católica, portador de un orden que la modernización amenaza de modo indebido. También están bajo amenaza los fueros, ya reducidos en su significación política desde 1839 y 1841, pero gracias a la polémica exaltados en cuanto seña de identidad política y bastión de los valores de la sociedad vasca tradicional.

En el plano ideológico, hasta las destructoras guerras carlistas son recuperadas, mediante una transferencia literaria a épocas pasadas, que hace de las guerras de los vascos el cumplimiento del deber sagrado de la defensa de su libertad.

Con un carácter eminentemente defensivo, el fuerismo tenía que escorar de modo inevitable hacia posiciones reaccionarias, aun cuando existiera también un minoritario "fuerismo progresivo", liberal primero, federal más tarde. Es el esquema que ofrecen escritos de autores como el propio Miguel de Unamuno, quien en la breve lamentación redactada en 1888 en euskera en torno al Árbol de Guernica resume las evocaciones inevitables en el itinerario paseísta: el peligro de destrucción de lo vasco, la referencia al símbolo sagrado, el "árbol bendito", el anuncio de la resurrección, sin que falte el recuerdo a la resistencia contra los sucesivos invasores, romanos o árabes: "Nos arrebataron las Viejas Leyes [arrapau euskubezan legezarrak], siendo como eran nuestra vida, pero si guardamos nuestra alma euskaldun, de aquí surgirán de nuevo los fueros, surgirá el sol de la Justicia en una primavera perdurable" (Agur, arbola bedeinkatube). En el pasado, para Unamuno en este momento, como para el propio Sabino Arana, se encontraba la verdad.

Toda la inseguridad de un hoy cambiante contrastaba con la solidez de los símbolos, tanto de ese pasado foral inmediato como de la ideología y de la mitología forales acuñadas en el Antiguo Régimen. Las distintas piezas engarzaron desde muy pronto a la perfección. La cohesión interna del mundo rural, en torno a la familia y a la iglesia; los fueros como expresión de un poder autóctono que se justifica acudiendo a mitos tales como la independencia originaria y el pacto de entrega voluntaria a Castilla (Guipúzcoa) que preserva aquélla; la santa violencia que de modo espontáneo los defiende en caso de agresión y legitima esa aspiración a mantener la libertad bajo la soberanía de la Corona; la nobleza originaria que justifica esa posición privilegiada en el conjunto de la monarquía, con el respaldo de la religión.

Y por fin, como clave de bóveda encubierta, la limpieza de sangre que al excluir de la vida sobre Vizcaya o Guipúzcoa a toda minoría manchada por la religión o la raza constituye a los habitantes de las provincias en titulares de esa condición excepcional de nobles en nombre de la pureza de raza y de religión.

Mito en el siglo XVII
Sin acudir a la literatura política fuerista, encontramos el mito ya montado a principios del siglo XVII en el relato del lacayo vizcaíno en la segunda parte del Guzmán de Alfarache. Los vizcaínos "son gente noble e hidalga, salen sin doblez ni malicia, muy llanos, benignos, simples y pacíficos, que son calidades del pecho noble". Su lengua "intrincada" es también signo de nobleza, ya que permanece inmutable desde la confusión de la torre de Babel y fue traída a España por Túbal, sobrino de Noé. "Vizcaíno, luego hidalgo". "Todos los vizcaínos originarios inmemoriales son hidalgos", añade. Claro que para disfrutar de la nobleza y de la hidalguía "es menester que no tengan nombres de familias extrañas ni castellanas".

El lacayo relata "la manera de hacer leyes y estatutos en el Señorío, que no puede ser sino debajo del árbol de Garnica [sic] en junta general, y con acuerdo de los vizcaínos". Explica la situación de independencia en que se encontraba al sobrevenir la invasión árabe: "Hallose la provincia de Vizcaya libre, soberana y sin señor", sin dejar nunca de ser cristiana. Y cuando los leoneses enviados por el rey Alfonso quisieron conquistarlos, les derrotaron en Padura, "que agora en lengua vascuence se dice Arrizoniaga [sic], por los riscos y peñascos que en esta batalla se ensangrentaron". (...) El ánimo belicoso está fuera de dudas: "Apenas ha habido batalla en mar ni en tierra en que no se hayan con grande valor bañado en sangre los vizcaínos".

Las severas capitulaciones impuestas a los señores hacían que Vizcaya conservara de hecho su "antigua libertad", incluso cuando se "encomienda" a Castilla. El buen lacayo Jáuregui utiliza ya la expresión "nación vizcaína". "La libertad de Vizcaya", añade, "es inmemorial". La conclusión es premonitoria: "Era mucha pasión en nuestro lacayo, por hacer a Vizcaya, querer deshacer a España". Estamos en 1604.

"Totalismo"
POR ÚLTIMO, en la medida en que el nacionalismo vasco es, en la versión sabiniana vigente hasta hoy, una religión política de la violencia, nada tiene de extraño que en su evolución se acerque al patrón totalitario, más concretamente nazi por su denominador común racista. De hecho, la estrategia puesta en práctica por ETA en los años noventa en cuanto a "la socialización del sufrimiento", con un terrorismo de baja intensidad con sistemático uso de la violencia de finalidad intimidatoria, se encuentra directamente emparentada con la practicada por el nacionalsocialismo en vísperas de 1933. Son los mismos días en que el PNV asume la visión de sí mismo como "un pueblo en marcha".

De ahí que para el conjunto del movimiento nacionalista en Euskadi sea más ajustado hablar de "totalismo", es decir, de un totalitarismo capilar, del cual tenemos ejemplos muy distantes entre sí, de la revolución cubana a la iraní, de la china a los regímenes integristas islámicos, donde el control y la presión se ejercen ante todo en sentido horizontal, sobre la base de la distinción básica entre lo puro y lo impuro, lo propio y lo extraño, con un propósito de homogeneización de la sociedad de acuerdo con los criterios marcados por los "puros" frente a quienes asumen la condición de "extraños interiores", o, lisa y llanamente, de enemigos.

El recurso a la sacralidad de que es portadora la propia doctrina y la voluntad de controlar en régimen de monopolio el espacio público se unen al empleo de un lenguaje que por una parte expresa lo sagrado-nacional y por otra juega una y otra vez con mecanismos de inversión a efectos de ocultar la finalidad de las acciones represivas.

El resultado no puede ser otro que la formación de una sociedad vasca regida por el imaginario mítico sabiniano con una radical subordinación, o en su caso exclusión, de aquellos que rechacen explícitamente la invitación a integrarse en el Nuevo Orden Vasco.

En la oposición
JAVIER ZARZALEJOS El Correo 11 Abril 2005

Celebrar un año en el Gobierno suele ser más gratificante que cumplir un año en la oposición, por razones bastante obvias. Dicen que el Partido Popular no ha terminado de asumir su derrota en el 14-M. Y no debería sorprender. Una cosa es poner en duda la legitimidad de los resultados electorales y otra metabolizar la derrota hasta tal punto de que la oposición se convierta en el lugar natural del PP en vez de ser, como en toda democracia que se precie, una situación transitoria para quienes aspiran a sustituir democráticamente al partido en el Gobierno. Asumir la derrota no significa convertirse en su abanderado, ni renunciar a la capacidad de desafío sin la cual la oposición se oficializa, incluso con gran comodidad, en un sistema que se degrada por falta de alternativa.

Es sabido que en democracia los votos no se explican, simplemente se cuentan. Y esta condición de un sistema de elecciones libres y sufragio universal afecta tanto a los votantes como a los partidos. Los primeros porque tienen que esperar a las próximas elecciones para reclamar la propiedad de su voto, sin que valga el 'no es esto, no es esto' en el caso de que la opción elegida no responda a sus expectativas. Para los partidos, el veredicto resulta igualmente irrevocable, al margen de las motivaciones, racionales o emocionales, meditadas o banales, que pueda haber detrás de los votos. El que gana gobierna aunque tenga un programa pensado para no hacerlo. El que pierde pasa a la oposición. Afortunadamente, aquello de que «los españoles se han equivocado» que profirió un alto dirigente socialista después de un resultado electoral adverso no ha causado estado en la política española, sobre todo porque las elecciones son una expresión de voluntad -de la voluntad soberana de los ciudadanos- y no necesariamente una garantía de acierto, algo que a estos efectos es irrelevante. Precisamente porque las elecciones definen mayorías pero no la infalibilidad de quien las gana, las reglas del juego democrático hacen compatible respetar los resultados y aspirar a que éstos cambien. Se está en la oposición, no se es oposición.

«Algo hemos debido de hacer mal», afirmó Alberto Ruiz Gallardón en el Congreso popular, el primero tras la derrota. En ocho años de Gobierno, seguro que sí. La falta de autocrítica que se reprocha al PP parece sobradamente compensada por la autocrítica que le han administrado con largueza. Las conclusiones, sin embargo, distan mucho de ser claras. Sin contar con la literatura reiterativa y fácil producida por una legión de improvisados psicoanalistas que han pretendido dar respetabilidad científica a sus invectivas personales contra Aznar, la crítica se reparte de manera bastante uniforme. Los hay que atribuyen al Gobierno del PP la maldad, el sectarismo y el instinto antidemocrático que creen consustancial a 'la derecha'. Otros, por el contrario, le consideran merecedor de sus males por regalar los medios de comunicación a sus adversarios en vez de intervenir sin contemplaciones, por renunciar a dar la vuelta a la tortilla en la Administración y no haber cambiado hasta los ordenanzas, por no ejercer el poder a favor de quienes realmente se habían hecho acreedores de sus beneficios.

Se comprende que un diagnóstico tan contradictorio produzca cierta perplejidad aun con la mejor disposición al examen de los propios fallos. Perplejidad que puede aumentar cuando se insiste en la supuesta falta de moderación del PP en el ejercicio de la oposición frente a un Gobierno de articulación tan escasamente moderada como la que aportan ERC e Izquierda Unida. Esta inversión de los raseros es, sin duda, el mayor éxito que puede reclamar el Gobierno socialista. Se preguntaba Mariano Rajoy qué no se habría dicho si el hundimiento del Carmelo barcelonés le hubiera ocurrido a un Gobierno del Partido Popular. Las preguntas retóricas podrían ampliarse. Pero una vez en la oposición, los naufragios de inmigrantes en el Estrecho ya no abren los informativos. La violencia contra las mujeres vuelve a la crónica de sucesos. El desdén ignora los avances que los iraquíes están logrando en la institucionalización de su país, seguramente no porque no se valoren sino por el inveterado principio de que al enemigo, ni agua. El caso es que todo lo que signifique salirse de este territorio de 'normalidad' sin límites gracias a la cual podemos permitirnos el lujo singular de dedicar energías a debates tan entretenidos como, por ejemplo, el destino de las estatuas de Franco, todo lo que cruce la frontera del 'buenismo' vigente arroja sobre la oposición -es decir, el PP- la doble maldición de la crispación y la soledad. Es un recurso que mediante la imposición de una semántica desfigurada intenta inhibir la respuesta de la oposición, descalificando su labor como tenebrosa o estéril.

En tal situación, el Gobierno no se contenta con serlo sino que actúa de oposición a sí mismo. Recibe a Raúl Rivero y lidera el levantamiento de sanciones al régimen castrista alimentado su vergonzoso mercadeo con la libertad de los disidentes. Insiste en incubar las más extravagantes variaciones sobre el concepto constitucional de nación, mientras el ministro de Defensa proclama su oposición a que se toque el artículo 2º de la Constitución. Vende armas a Venezuela y afirma su alianza con Colombia que, precisamente, ve en el rearme de su vecino un peligro creciente de desestabilización. Recordando la historieta, al parecer apócrifa, del embajador británico en el Madrid de la posguerra, el Gobierno, en fin, muestra una estimable capacidad para mandar al mismo tiempo manifestantes y policías.

Otra política es posible, responde el Gobierno a la oposición. Ya lo sabíamos. Nada más revelador que una política exterior, ciertamente otra, que ha recuperado las pulsiones más arcaicas: el monocultivo de Marruecos, la atracción por los populismos autoritarios en Iberoamérica y la utilidad militar de España como baza para intentar recomponer nuestras relaciones con Estados Unidos. Quién nos iba a decir que en el secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfield, y en la interlocución del ministro Bono con él iban a quedar depositadas las esperanzas de esa recomposición. El valor estratégico de España, como la plata de la familia en tiempos de vacas flacas, vuelve a la casa de empeños para ayudarnos a salir del atolladero. A Rumsfield, que fue jefe de Gabinete del presidente Ford y como tal visitó España a principios de los setenta, la cosa le debe de sonar.

La oposición no tiene caminos trillados pero no es una condena. El PP, cumplido un año en el frío, puede contar con la representación que muchos millones de españoles le han dado, con un suelo electoral, alto y sólido, con el valor de su responsabilidad y de su fuerza parlamentaria ante las decisiones que parecen aguardar en esta legislatura. Afortunadamente, salvo para Ibarretxe que ya se lo ha apropiado, el futuro no pertenece a nadie. Simplemente hay que ganarlo.

Los vascos
Cartas al Director ABC 11 Abril 2005

Afronto con esperanza la recta final de la llegada del 17 de abril, día de las elecciones vascas. Quizá dentro de una semana estemos festejando el fin del yugo nacionalista. «La esperanza es lo último que se pierde». Aunque hay veces que resulta difícil aplicar esta máxima. Llego a plantearme que me rodeo de gente extraña, todos ellos, incluida yo: abogamos por una unión de los partidos constitucionalistas. ¿Soy sólo yo y mi círculo de conocidos? ¿Por qué el bando «democrático» nacionalista va de la mano y nosotros no? Para mí, cada vez está más claro, el precio de unirse PP y PSOE es caro: cuesta votos a nivel nacional. Pero, ¿no es un precio más alto el que llevamos pagando desde hace más de 20 años?: asesinatos, extorsión, emigración, educación sesgada, discriminación,la escasa actuación policial, el estado libre asociado, el pacto de Estella... Señores, establezcamos prioridades o esto no acabará nunca.

Aun así, no se inquieten, el viernes, cuando salga de trabajar, cogeré mi coche para irme a votar a casa desde Madrid. Se lo debo a mi esperanza y a la gente que se quedó allí y que se juegan día a día su vida y la de sus familias por el resto de vascos (y vascas, no se me vaya a olvidar). Alejandra Burgo Arregui. Bilbao.

Ararteko
Eduardo Inclán Gil/Vitoria-Gasteiz
Cartas al Director El Correo 11 Abril 2005

Según leo en la prensa, parece ser que al Ararteko le preocupa bastante que se hayan conculcado los derechos humanos en el proceso de investigación de los candidatos de las listas de Aukera Guztiak y, por tanto, va a impulsa un informe de lo ocurrido alrededor de Aukera Guztiak. No me consta que hasta la fecha el señor Lamarca haya impulsado ningún informe sobre la situación de derechos humanos de todos los candidatos de los partidos denominados constitucionalistas. Ni conozco sus informes sobre la diáspora de las decenas de miles de personas que atenazadas por el terror han huido de estas tierras. Tampoco me consta que haya iniciado actuación alguna por las irregularidades que cometen los alcaldes del PNV y EA permitiendo la presencia de los terroristas en los plenos de muchos municipios vascos. Quizá la indignación que me inunda se deba a mi necedad por no acostumbrarme a que desde las instituciones de mi Comunidad Autónoma se muestre más preocupación por los asesinos y sus correligionarios que por las víctimas. A partir de ahí, dos comentarios. En primer lugar, la ilegalización de las tres candidaturas de Aukera Guztiak emana de una resolución judicial, por lo que, de conformidad con la ley, las quejas que le han sido presentadas no pueden ser aceptadas por su oficina, puesto que no afectan a la Administración vasca. En segundo lugar, las instituciones que giran alrededor de la ilegalización de la candidatura, a saber, la Fiscalía General del Estado, la Abogacía del Estado y la Sala Especial del Tribunal Supremo, están fuera del ámbito competencial del Ararteko. Señor Lamarca: Es evidente que detrás de Aukera Guztiak hay personas que están vinculadas con ETA. En este país lo sabemos todos, incluso usted, o al menos lo debería saber. No sea partidista y dedique su tiempo y el dinero público a asuntos que sean de su competencia.

Miguel Artola, Historiador
"Algunos se están acercando a la raya que marca la independencia"
Miguel Artola Gallego (San Sebastián, 1923) es miembro de número de la Real Academia de la Historia desde 1982
Doctor Honoris Causa por las Universidades del País Vasco (1989) y Salamanca (1992)
Premio Príncipe de Asturias en Ciencias Sociales (1991)
Premio Nacional de Historia (1992)
Cruz de Alfonso X (1996)
Catedrático en la Universidad de Salamanca (1960-69) y en la Autónoma de Madrid (1969-88)
Desde 1988 es Profesor Emérito en Departamento de Historia Contemporánea de la UAM

El sistema ha producido muy rápidamente aparatos estatales semejantes al aparato del Estado central, que no tiene ningún medio de imponerse a aquéllos
Por María Antonia Iglesias El País 11 Abril 2005

Editado por Adrián Ramos (PD)

Miguel Artola (San Sebastián, 1923) reflexiona sobre la organización territorial del Estado. Rechaza cualquier tentación de caer en el pronunciamiento político, pero no rehúye la claridad demoledora del diagnóstico.

Pregunta: Su condición de historiador le libera a usted de las exigencias del don profético, pero quisiera saber si había intuido, en algún momento de su trabajo de investigación, que el debate territorial iba a llegar hasta donde ha llegado en este país que hasta ahora habíamos convenido en denominar España.
Respuesta: La verdad es que el conflicto estaba planteado, en sus fundamentos, desde hacía mucho tiempo, prácticamente desde que la revolución liberal introdujo el Estado-nación, e introdujo con ello la unidad administrativa. Y estaba planteado en lo que respecta al problema sin resolver de la revisión de los fueros vascos y navarros. Ya en el siglo XIX se planteó el problema de Cataluña como problema en su fase primera. Como historiador, había estudiado el problema de los orígenes teóricos, de los problemas doctrinales del nacionalismo, que no es sino una respuesta frente a la concepción del Estado liberal que había construido su proyecto a partir de la definición y los límites de un territorio. La aplicación de la idea del Estado-nación, es decir,la igualdad de derechos y deberes, que es su versión administrativa, produce una respuesta que da lugar a la primera guerra carlista, que, con todos los elementos, plantea un conflicto abierto contra el Estado. O sea, que antecedentes que evidenciaban la existencia de un conflicto estaban claros, aunque también hay que reconocer que la eficacia del Estado liberal a la hora de construir la unidad administrativa de España fue limitada y que la gran cuestión de la revisión de los fueros quedó inconclusa como la gran cuestión pendiente.

Es innegable que el concepto de España se niega en algunos sectores. Pero cuando se hace una encuesta resulta que las cifras empiezan a sonar distinto
P: ¿Usted cree ahora que era previsible que el debate territorial se planteara con la intensidad que se está planteando?
R: Bueno, la verdad es que yo no lo preví. Pero tengo que reconocer que era previsible. Quiero decir que otras personas más competentes que yo pudieron haberlo previsto. Porque este planteamiento nacionalista, autonomista, independentista, es decir, con los matices que se quiera en su momento, ha ido evolucionando desde la transición hasta devenir en una situación completamente nueva que ha producido un cambio en la relación de fuerzas. Es cierto que había habido determinados movimientos que pudiéramos llamar disgregadores, pero nunca se había llegado a la situación actual. ¿Y qué es lo que hay de nuevo? ¿Qué es lo que estimula la secesión? Pues el hecho real de que no hay ningún incentivo, o apenas hay incentivos, para mantener la integración territorial. Y no hay guerras, ningún peligro de guerra ni aquí, ni en Europa. Así que nadie necesita protección militar, con todos los beneficios y seguridades que esto supone. Por otra parte, el sistema ha producido, y muy rápidamente, el desarrollo de aparatos estatales semejantes a costa de las competencias del aparato del Estado central. Esta situación ha creado la posibilidad de una acción política y económica en la que nos encontramos con la evidencia de que ese Estado central no tiene en sus manos ningún medio de imponerse a los Estados autonómicos. Desde esta situación, el gobierno inmediato, sin interferencias, aparece como algo muy atractivo para todos aquellos que quieran hacer una carrera política. No tienen que competir a nivel general, sino que pueden hacerlo a nivel local, y además se les ofrece una gran cantidad de puestos, de posiciones de poder político que no existían antes ni remotamente. Hoy la carrera política tiene, a través del poder autonómico, unas posibilidades que no tienen nada que ver con las que existían en un pasado reciente todavía. Y el dato cierto es que, en el plano puramente administrativo, hay más funcionarios en el conjunto de las autonomías que en el Estado central. Eso determina una situación de ventaja que nada tiene que ver con el sentimiento de identidad ni de la cultura amenazada por la opresión y esas cosas.

P: No tendrá nada que ver con el sentimiento de identidad, pero el debate territorial es el principal problema, el más grave que se le plantea al Estado, ¿no?
R: ¡Sin duda! La posición óptima desde esa perspectiva, ¿cuál es? ¿Aumentar hasta un límite posible, que no sabemos dónde está, la autonomía, o, por el contrario, cruzar la raya que conduce a la independencia?

P: Y en su opinión, ¿en qué momento estamos?
R: Creo que nos estamos acercando a la raya. El problema está en que da la impresión de que hay algunos que prefieren llegar a la raya y quedarse allí, frente a quienes están claramente dispuestos a cruzar la raya. Creo que hay que valorar como un síntoma elocuente la cantidad de pequeños Estados que hay en Europa en estos momentos, y que probablemente aumentarán.

P: ¿Sus paisanos del Gobierno vasco son de los que están dispuestos a cruzar esa raya o... son de los que, finalmente, amagan y no dan si vuelven a ganar?
R: Soy un académico que no tengo relaciones políticas, no conozco a la gente de la política. Creo que estamos ante una situación muy difícil de valorar en sus proyecciones de futuro. De lo que se trata es de conseguir la mayor parte del poder. Los políticos hacen sus cálculos y es difícil saber si acertarán; eso lo sabremos más adelante. Los historiadores sólo nos pronunciamos después.

La necesidad de solventar las desigualdades territoriales no es un discurso que los políticos deseen escuchar y mucho menos poner en práctica
P: ¿Usted cree que el Estado de derecho, los mecanismos constitucionales, podrían tener la fuerza suficiente como para evitar que... se pase la raya?
R: Pues... no lo sé. No lo sé porque no sé cuál va a ser la naturaleza del conflicto, desconozco cuál será la decisión política que pudiera tomarse, su naturaleza.Es que en estos planteamientos en situaciones límite, al final nadie sabe lo que va a salir. Cuando el conflicto se arraiga y se radicaliza... es muy difícil anticipar sus consecuencias y la eficacia de los mecanismos de respuesta. Y además, ¿las leyes siguientes pueden impedir las decisiones, las acciones que puedan adoptarse en el ámbito de la política? Pues... la verdad es que no lo sé yo muy bien, pero parece que no. Ciertas leyes serán útiles a ese respecto; pero otras, no.

P: Ya hemos convenido en que como historiador está usted liberado de ejercer de profeta. Pero no sé si su condición de analista, de investigador, le libera también de ver las cosas que suceden hoy con el dramatismo con el que las ven los políticos.
R: Los políticos utilizan el dramatismo, supongo. Pero el problema es el del dramatismo de los ciudadanos, no el de los políticos. El problema es que uno nunca puede saber hasta dónde le van a seguir. La ventaja del sistema político liberal es que, al final, hay unas elecciones que hacen ver cuáles son las preferencias. Yo no soy un profeta ni una voz autorizada para predecir cuál va a ser el futuro. Y si estamos, o no, ante una situación preocupante, pues... Hay diferentes formas de ver la situación porque hay gentes que se sienten en la cresta de la ola y gentes que se sienten en el bajo de la ola, que piensan que les va a caer encima. Si yo voy en la cresta de la ola con mi tabla de surf no veo el mundo de la misma forma que si he perdido la tabla.

P: Sería muy ilustrativo que se pronunciara con claridad sobre el punto en el que está el debate territorial. ¿Le parece preocupante o circunstancial?
R: Es que medir la preocupación sobre la naturaleza del debate implica saber con datos exactos lo que pueda pasar en unas circunstancias extremas.

P: Esas circunstancias extremas se están produciendo en el País Vasco.
R: No lo sé. Y no lo sé porque mi percepción está formada a partir de las declaraciones de los políticos, y para mí lo que cuenta es la opinión de la gente común,no la opinión ni los pronunciamientos de los políticos, porque yo soy consciente de que en todas las formulaciones y pronunciamientos hay un juego de intereses, de forcejeos, de simulaciones. Mire, la revolución ha estado sonando a las puertas del capitalismo durante doscientos años, hasta que se dieron unas determinadas circuntancias que la hicieron posible. Hoy podríamos estar ante una situación formalmente parecida; pero como no sabemos cuál es la potencia de esa fuerza ante la que estamos, yo no tomo por lo que parece las palabras de los políticos, porque si lo hiciera sería un desastre. Yo ya estoy acostumbrado a comprobar que lo que puedan decir los políticos en un momento determinado no se corresponda, finalmente, con lo que hacen. Es un ejercicio que a mí me resulta muy aleccionador.

Los políticos hacen sus cálculos y es difícil saber si acertarán; eso lo sabremos más adelante. Los historiadores sólo nos pronunciamos después
P: El debate territorial nos ha acompañado, de forma recurrente, a lo largo de nuestra historia, ¿pero estamos hoy en un momento de abierta revisión del concepto de España?
R: ¡En determinados lugares,sin duda! Hoy, en esos lugares, incluso en determinados espacios sociales y culturales, diría que la palabra España es una palabra políticamente incorrecta. Es innegable que el concepto de España se niega hoy, radicalmente, por parte de algunos sectores de opinión, y eso es perfectamente visible. Ahora, cuando se hace una encuesta, resulta que las cifras empiezan a sonar distinto y no se pueden extraer conclusiones tan nítidas.

P: Lo que sí parece claro es que el debate territorial aparece ahora, de forma evidente, como un debate tan sólo aparcado durante un tiempo. Ni Franco, que hizo del concepto patriótico de España un elemento nuclear de su dictadura, consiguió acabar con una cuestión que reaparece ahora en toda su crudeza.
R: Franco no lo consiguió porque el debate territorial pertenece al terreno de las ideas que tienen unas posibilidades intangibles, que chocaron, además, por la forma en la que el dictador trató de eliminar el debate. Por lo demás, estamos hablando de un mundo en el que se postula la identidad mediante la cual se supone la pertenencia a un pueblo que le ha dado la lengua, que le ha dado los valores, que le ha dado los sentimientos. Pero la verdad es que yo no creo en esas cosas, aunque tampoco voy a convencer a quienes están instalados en ese discurso porque no me parece de ninguna utilidad. Sí me parece importante establecer un dato que pueda apoyar una reflexión, que me parece clarificador: en el año 1936 se produjo una partición del foralismo y del catalanismo, y hubo gentes en ambos lados. Pero entonces, una de las cosas que sucedieron, que hacía que los problemas fuesen distintos, es que antes teníamos en España un conflicto social, una tensión social permanente. Hoy no existe ninguna tensión social, no hay ningún problema obrero.

P: No sé si usted consideraría demasiado frívolo llegar a la conclusión de que, como no tenemos ningún problema grave, de supervivencia..., nos peleamos por cuestiones artificiales, banales, de pura oportunidad.
R: ¡Bueno, bueno! ¡No le diga usted eso a las personas en las que usted debe de estar pensando! Pero, de todos modos, yo no creo que estemos ante un debate meramente ideológico, sino que se está planteando una nueva organización de la sociedad que pone en evidencia un dato de la realidad: la solidaridad funciona muy mal entre los países que tienen algo que hacer y que decir en el mundo moderno. Esto se proyecta como un comportamiento endogámico según el cual los países ricos no desean superar su egoísmo. Pero es que la necesidad de solventar las desigualdades territoriales tampoco es un discurso que pueda abrirse camino, que los políticos deseen escuchar y mucho menos poner en práctica.

P: La eclosión del debate territorial ha favorecido la fiebre autonomista, y crece la percepción de que esto no ha hecho más que empezar. Incluso se establecen comparaciones con la eclosión de los nacionalismos tapados por la Rusia soviética.
R: Bueno, la eclosión es la que es. Lo que se ha producido en la URSS es la crisis del Estado, la desaparición del Estado, porque nadie está dispuesto a obedecer al Estado más que hasta un cierto y pequeño límite, y eso ha provocado la dispersión que estamos contemplando. En cuanto a nuestra situación, pues yo no le llamaría de servidumbre del Estado a las exigencias que puedan plantearse desde las libertades democráticas, sino del propio peso del Estado; y lo que estamos comprobando es que los servicios que puede proporcionar este Estado ya no son necesarios para el funcionamiento de otros poderes alternativos: se puede obtener financiación y recursos de Bruselas, se puede prescindir de un ejército porque la seguridad europea consolida alternativas diferentes e interdependientes. El poder directo y tangible de los ayuntamientos también resulta mucho más atractivo. Pero, en definitiva, lo que está en abierta crisis es la propia concepción unitaria del Estado como la institución que garantiza los derechos de los ciudadanos y establece también la correspondencia con las obligaciones de los ciudadanos. Esta crisis significa que el concepto del Estado está siendo revisada desde posiciones que cuestionan su eficacia y, por tanto, su necesidad. Esto está meridianamente claro. De lo que queda del Estado, a partir de la implantación de las nuevas instancias de poder, es de lo que estamos hablando, el fondo del debate territorial que tenemos delante.

P: No sé yo si lo que tenemos delante también es la desaparición de aquella alma jacobina que estaba instalada en el socialismo de otros tiempos y que puede estar favoreciendo una imparable federalización de España.
R: Creo que caeríamos en un error serio si confundiéramos federalismo con autonomía, y no seré yo quien lo haga. Por lo demás, si nos fijamos en lo que haya podido pasar en la historia, no debemos de concluir, apresuradamente, que lo que haya podido pasar en la historia tenga que volver a pasar de nuevo. Pero es que, además, si miramos lo que ha pasado en la historia veremos que el federalismo es la forma de construir un Estado con varios Estados, mientras que la autonomía es la forma de desagregar un Estado existente. No es una casualidad que estemos hablando de autonomías, que es verdad que tienen su origen de legitimación en el reconocimiento que de ellas hizo la República, pero no podemos olvidar que el concepto de autonomía se había tomado precisamente de los países que estaban en crisis, que estaban amenazados, mientras que el federalismo se da, por el contrario, en los países que se integran. El federalismo americano construye la realidad de EE UU como nación, y algo similar sucede en Alemania. En ninguno de los casos, y son países de una potencia y solidez innegables, se puede hablar de autonomías. Yo no creo que los socialistas estén en un proceso de...

P: No le gusta a usted que hablemos del jacobinismo perdido del viejo PSOE, ¿verdad?
R: No se trata de eso. Pero yo tengo esa puñetera manía del rigor en los conceptos, y me veo en la obligación de dejar claro que, desde mi punto de vista, jacobino es un término que llevamos manipulando desde 1975 sencillamente para quitarle su significado, para descalificarlo, para acabar concluyendo que la unidad es mala. Porque, ¿qué piensa una persona cuando oye decir "jacobino"? No piensa en la unidad, piensa en el terror que está en el origen de esa palabra, con lo que el objetivo ciertamente perverso de la utilización de ese calificativo se logra de forma eficaz. Mi opinión es que el jacobinismo, que durante mucho tiempo inspiró la actuación política del PSOE, establece la consagración del Estado como referente esencial. Yo no querría afirmar que ese valor se haya podido perder, aunque como observador lo que me interesa es averiguar las razones que hayan podido determinar ese cambio. Yo quiero pensar que en el momento de la transición había mucha gente que pensó que el Estado de las autonomías no nos llevaría a esta situación actual. Intuyo que lo que pensaron aquellos políticos fue que en este país había habido una dictadura estéril sobre unos valores culturales y, a partir de esa conclusión, decidieron interpretar el pensamiento de la gente, de la opinión pública, que, en definitiva, era lo que iba a legitimar su actuación política. Pienso que es ahí donde hay que buscar el origen de ese cambio al que usted alude.

P: Otros cambios de más grave naturaleza nos obligan a comprobar cómo es posible saltarse esa regla de oro de la democracia que usted definía cuando identificaba este nuestro sistema de libertades con la ausencia de cualquier tipo de violencia, siquiera parlamentaria. La evidencia de que esa perniciosa convivencia puede darse en el País Vasco parece enquistarse como la excepción de la regla. No sé si tiene usted una explicación al respecto.
R: Parto de la certeza de que es el sistema democrático el que padece, y mucho, con esa alteración de las reglas del juego. Pero aquí la cuestión capital está en cómo pueda afectar a la opinión pública esta situación, y yo, la verdad, no lo tengo muy claro. Aquí estamos hablando de la violencia terrorista, pero no hay que olvidar que este país ha conocido una clase de violencia instalada en las calles durante el final de la República, y a la que, finalmente, hemos sobrevivido. En cualquier caso, es la opinión pública, debe serlo, la única fuente de legitimidad respecto a una determinada situación política. La cuestión es que todos los Gobiernos ofrecen a la opinión propuestas legitimadoras de su actuación sea cual sea ésta. La democracia tan sólo garantiza que esas propuestas puedan ser, o no, rechazadas.

Voces del exilio vasco
Testimonios de cuatro ciudadanos que abandonaron Euskadi por las amenazas de ETA
JON AGIRIANO El Correo 11 Abril 2005

El pasado 26 de febrero, durante la presentación en Madrid de las Comisiones por la Diáspora Democrática Vasca, el vicepresidente del Foro de Ermua, Mikel Buesa, cifró en 378.700 el número de vascos que han tenido que abandonar su tierra «asfixiados por la falta de libertad» o amenazados por ETA. La cifra de Buesa está sujeta a discusión y puede ser más o menos fiable -ciertamente, se trata de un cálculo complicadísimo de realizar-, pero su exactitud tiene un valor menor frente al peso de una realidad incuestionable: la de que, a lo largo de las tres últimas décadas, miles de vascos se han visto obligados a exiliarse. Durante años, estas personas han vivido su destierro en silencio. Ahora comienza a oirse su voz.

MARÍA JESÚS LEJARRETA
La hija del diputado general
«Nos fuimos como proscritos»
Hija mayor de Manuel Lejarreta, ex-alcalde de Vitoria y ex-diputado general de Álava entre 1972 y 1977, María Jesús Lejarreta abandonó el País Vasco en septiembre de 1980. Tenía entonces 21 años. Eran días de plomo y capillas ardientes, los más sangrientos en la historia de ETA, y sus padres no soportaron más una presión que estaba convirtiendo sus vidas en una pesadilla. Dos cartas exigiéndoles el impuesto revolucionario y el asesinato de Jesús Mari Velasco, el jefe de Miñones de la Diputación, íntimo amigo de la familia, acabaron de decidir a Manuel Lejarreta a vender Villa San Luis y llevarse a su mujer y a sus cinco hijos a Madrid. «El exilio te deja una amargura para siempre. Supongo que es la amargura de sentirte despreciado», dice María Jesús, casada con un madrileño y madre de tres hijos.

Indefensos. «Mi padre dimitió como diputado general en febrero de 1977, cuando acabó de negociar el último Concierto Económico que Álava firmó en solitario. Y lo que ocurrió es que, al dejar el cargo, le quitaron la escolta, tanto la que tenía fuera como la que teníamos en casa. Porque en casa teníamos siempre un miñón viviendo con nosotros. Vamos, que de repente nos quedamos a pelo, indefensos. Tanto es así que, al día siguiente de dimitir, vino un inspector a recoger el chaleco antibalas que usaba mi padre. Imagínate. Unos meses antes, en octubre de 1976, ETA había matado, con los escoltas y todo, a Juan María de Araluce, el diputado general de Guipúzcoa. Y al cabo de un año o así, asesinó a Augusto Uncetabarrenechea, el diputado general de Vizcaya. Sólo les faltaba el de Álava. Mi padre».

La obsesión. «La psicosis era tremenda. Nosotros vivíamos enfrente del Parque del Prado y siempre estábamos pendientes de los desconocidos que podíamos ver por allí. Mirábamos mucho por la ventana y recuerdo que nos fijábamos en la gente que llevaba bolsas o zapatillas deportivas. Una vez nos pusieron un anónimo en la puerta diciendo que iba a estallar una bomba. Mi madre era la que peor lo pasaba. Cuando mi padre venía hacia casa, ella salía al balcón y, si había notado algo raro, le hacía una seña para que pasase de largo con el coche. Era una obsesión diaria. A mi padre le dijeron que caminase por la calle en zig-zag. ¿En zig-zag! Y que cambiase de horarios, de direcciones...»

El secreter. «Recuerdo que, en un secreter de su habitación, mi madre tenía las fotos de los etarras más buscados. Las veíamos para intentar memorizar sus caras. La verdad es que haces cosas que ni tú misma te crees. Mi madre, por ejemplo, aprendió a usar pistola para poder disparar al aire en caso de peligro y avisar a la Guardia Civil, que tenía el cuartel cerca de casa. Todo era así. Parecía un poco irreal. Una vez, el miñón que estaba en casa se llevó una tarta que nos había mandado nuestra asistenta por la primera comunión de su hijo. Como no llevaba remite, pensó que era una bomba».

El tabú. «Parece que nos fuimos como quien se va al pueblo de al lado porque le han ofrecido un trabajo mejor. Nadie nos expresó la más mínima solidaridad. Y eso que mi padre era un hombre bueno y muy querido en Vitoria. Pero nos fuimos como proscritos. Así de claro. No se hizo nada para que no nos fuésemos. Al revés. Lo nuestro era un tema tabú. Y lo que me duele es que, después de 25 años, las cosas continúen igual, que se siga marchando la gente sin que se haga nada. Sinceramente, no veo solución a medio plazo. Estas elecciones, por ejemplo, no creo que sirvan para mucho. Quizás mis hijos puedan vivir en paz en el País Vasco, pero yo no creo que lo vea».

JOSÉ VIRGILIO MENÉNDEZ
Ex concejal de Getxo
«Para el Gobierno vasco no existimos»
Asturiano de nacimiento, aunque getxotarra de adopción desde niño, José Virgilio Menéndez entró en política en 1990. Lo suyo fue algo vocacional. «La verdad es que siempre me ha encantado. Hay otros que entran en política por un hecho concreto que les marca o por seguir una tradición familiar. Lo mío, en cambio, fue pura afición», reconoce este licenciado en Sociología que acabó ocupando varios cargos dentro del Partido Popular de Vizcaya. Fue secretario general de Nuevas Generaciones entre 1994 y 1997, concejal en Galdakao, asesor en el Ayuntamiento de Bilbao y edil en Ge-txo hasta que el 11 de enero de 2000 tuvo que abandonar Euskadi con lo puesto -«me tuvieron que mandar la ropa a Madrid en autobús», recuerda-, después de que su nombre apareciera en la documentación intervenida al comando Vizcaya. «Era una lista reducida de objetivos», explica Menéndez.

Las dos bombas. «Aguantas cosas, te resignas a llevar escolta, tratas de hacer tu trabajo... Pero llega un momento en el que empiezas a pensar en irte. En mi caso fue cuando tuve el atentado. Me pusieron dos bombas, una en el descansillo de mi casa y otra en el coche, que estaba en el garage. ¿Te acuerdas? Fue en los bloques de Lañomendi, en Algorta, el 10 de abril de 1999. La bomba del garage destrozó varios coches y provocó un incendio. Tuvieron que desalojar de madrugada a 200 vecinos. A quince o veinte, personas mayores, les tuvieron que atender por inhalación de gases. Fue muy fuerte. Me sentía fatal, angustiado. Al final, quieras que no, te sientes culpable de lo que ha ocurrido, de poner en peligro a tu familia y a todos tus vecinos».

La impunidad. «Un par de meses después del atentado salí elegido concejal en Getxo. A partir de ese momento, todas las concentraciones de los radicales se hacían debajo de mi casa. La llenaron de pintadas. Era un pasada. De todas formas, lo peor no era aguantar a esa gente durante la media hora que estaba allí insultándote y amenazándote. Lo peor, lo más indignante, era la impunidad con la que actuaban. Una vez se pusieron a hacer una pintada contra mí delante mismo de la patrulla de la Ertzaintza que les vigilaba. Recuerdo que un vecino protestó porque no hacían nada y los er-tzainas le dijeron que tenían órdenes de no actuar, que sólo podían identificarles».

Malas sensaciones. «Lo pasé muy mal al irme. La primera semana no sabía ni donde estaba. La verdad es que marcharte es una decisión muy dura. Llevaba diez años en el partido y tenía la sensación de que, al irme, les estaba traicionando. En cierto modo, te sientes insolidario. Se pasa muy mal. Por eso te duele tanto que nadie se acuerde de ti. Lo del Gobierno vasco es increíble. Para ellos no existimos. ¿Que nos vamos? Pues mejor. Menos votos para la oposición. Digan lo que digan, eso es lo que piensan».

Ni una llamada. «En mi caso concreto, tampoco he existido para el Ayuntamiento de Getxo. Te pongo un ejemplo: cuando uno deja de ser concejal hay costumbre de entregarle una pequeña placa en la que se ve el molino de Aixerrota. ¿Tú crees que me la han dado? Pues eso. Bueno, ¿es que no he recibido ni una llamada de teléfono! De todas formas, di que ese ayuntamiento es muy especial. A ese alcalde hay que darle de comer aparte. Es un indeseable. Todavía me acuerdo del chorreo que le lanzó a Almansa, el portavoz del PSOE, cuando éste denunció que había sufrido un ataque de kale borroka. Vamos, cómo para esperar yo de Zarraoa un poco de solidaridad. Él no puede perder el tiempo con esas cosas. Está muy ocupado ordenando que persigan a las chicas que hacen 'top-less' en Azkorri».

JOAQUÍN DE PAÚL
Ex decano de Psicología de la UPV
«En estas elecciones no estamos todos»
Donostiarra de 49 años, ex-decano de la Facultad de Psicología de la UPV y una autoridad internacional en el estudio de los malos tratos a menores y en la implantación de sistemas de protección de la infancia, Joaquín de Paúl se fue de Euskadi el pasado verano. La derrota de su plancha en las elecciones al rectorado de la UPV -era candidato a vicerrector de Guipúzcoa- le acabó de convencer Era mejor irse. Se puso en el mercado y no tardó en recibir una oferta de la Universidad San Pablo-CEU de Madrid. «Mi historia no tiene nada de especial. Lo mío no es nada épico. No tiene comparación con lo que les ha ocurrido a concejales o gente a la que le han pedido el impuesto revolucionario», dice este psicólogo, que comenzó a vivir amenazado a raíz de que se hiciera visible su militancia en Basta Ya.

La paranoia. «Te vas significando y asumiendo cotas de riesgo. Sin embargo, tardas bastante en ser consciente de que puedes ser objetivo de ETA. Eso sí, llega un momento en que lo aceptas. Si matan al contable de 'El Diario Vasco', ¿por qué no me van a matar a mí? Te haces ese tipo de preguntas y empiezas a vivir con una presión muy fuerte. Yo he sido durante doce años profesor de Psicopatología y sé bien cuál es el límite entre la normal suspicacia y el delirio paranoico. Y hubo momentos en los que me preguntaba si no me estaba volviendo un poco paranoico. Antes de que me pusieran escolta, tardaba media hora en entrar en casa. A veces veía dos tíos desconocidos que me venían de frente y me decía: 'Estos son, estos son los que me van a matar'. Luego, cuando pasaban de largo, suspiraba y me decía: 'Joaquín, te estás volviendo loco'».

Por aburrimiento. «Quiero que quede claro que en estas elecciones vascas no estamos todos, que somos muchos los que nos hemos tenido que ir. Reconozco que me crea un poco de mala conciencia el haberme marchado. Quizá por eso estoy hablando contigo ahora. Tengo la sensación de que he desistido, de que ETA me ha ganado y, además, de que me ha ganado por aburrimiento. Porque yo no me he ido tanto por miedo como por hastío. Para empezar, es un coñazo vivir con guardaespaldas. Vas al cine y piensas si le aburrirá la película. Y a la noche, cuando te deja en casa, te pregunta a qué hora vas a salir al día siguiente. Y tú, que no tienes ni puta idea, le dices que a las dos. Y luego resulta que te levantas antes y que tienes que estar hasta las dos esperándole como un gilipollas. Ya te digo: lo mío ha sido, sobre todo, una cuestión de aburrimiento. Necesitaba un descanso. Todo el día hablando de que si los vascos venimos del Neolítico y de la construcción nacional. Mire, oiga, que yo no tengo que construir nada, ¿que mi país ya está construído!».

Un alivio. «Te podría decir que estoy muy jodido por haberme ido, pero no es verdad. Hombre, echo de menos a mi familia, que se ha quedado en Donosti, pero Madrid es una ciudad cojonuda. Me gusta el anonimato que tienes aquí, voy al cine dos o tres veces a la semana, no tengo que llevar escolta, me junto con compañeros y puedo hablar de cualquier cosa y no del tema de siempre. Olvidarte del nacionalismo es un alivio».

El goteo. «Ibarretxe ha recibido en Ajuria Enea a los de Aukera Guztiak. A los que se han tenido que ir, sin embargo, no se le ocurre recibirles. No sé si somos 10.000, 20.000 o 200.000. No me creo las cifras. Sé que en los setenta y ochenta se fueron muchos, calladitos, calladitos. Médicos, por ejemplo, se fueron un montón. Y ese goteo, esa pérdida, se sigue produciendo sin que el nacionalismo mueva un dedo. Yo supongo que para ellos es algo normal, que dentro del proceso de construcción nacional estas cosas suceden y no hay que darle más vueltas.

JUAN PETIT
Un profesional liberal
«Nos hicieron la vida imposible»
Asesor financiero de 48 años, casado y padre de cuatro hijos, Juan Petit Aguirre se fue de Euskadi, rumbo a Barcelona, en 1982. El motivo de su marcha fue el de tantos otros: sencillamente, no pudo seguir viviendo en su pueblo, Fuenterrabía. Hijo del director-gerente de la fábrica Peugeot de Vitoria y buen amigo de los veraneantes madrileños (los Méndez-Vigo, Ussía, Fernández-Cuesta, Baselga, etc.) que pasaban sus vacaciones en las grandes mansiones del pueblo, el nieto del futbolista René Petit fue objeto de una persecución implacable durante los primeros años de la Transición por parte de sus vecinos de la izquierda abertzale. Uno de ellos se lo explicó muy gráficamente en un bar. «Tú eres el símbolo de la sociedad que yo desprecio», le dijo, después de partirle una jarra de cerveza en la cabeza. Al final, tras varios años de amenazas, desprecios y agresiones, cuando concluyó sus estudios decidió comenzar su carrera profesional en otra parte. Lejos. También su padre, que acabó por rendirse ante la presión de los radicales, mayoría en el comité de empresa de Peugeot, acabó por irse.

La conmoción. «Fueron unos años terribles. Por un lado estaban los asesinatos de ETA. En aquella época esos tíos andaban por la frontera como Pedro por su casa. Recuerdo cuando apareció muerto Ángel Berazadi en el alto de Itziar. Fue una conmoción. Si a éste, que es del PNV, le han matado, ¿qué no intentarán con nosotros? Eso pensábamos. Y luego estaba la presión constante en el pueblo, las amenazas al estilo siciliano, los insultos en los bares y las agresiones. A raíz de que la Guardia Civil matara a Jesús Mari Zabala en el Alarde, todo se desquició. 'Vais a pagar lo que habéis hecho', me decían. A mí me dieron de ostias 15 o 20 veces. Y te aseguro que yo no era un franquista. Es más, me sentía antifranquista. Pero a ellos les daba igual. Nos odiaban por lo que representábamos, porque éramos distintos, porque no éramos como ellos, arran-tzales, euskaldunes y abertzales. Nos hicieron la vida imposible».

El adoctrinamiento. «En mi época tenías que salir por piernas porque te jugabas la vida y ETA mataba a cien personas al año. Ahora la gente se sigue marchando pero la presión se ha trasladado. Ya no es tanto de ETA o de los batasunos como de la política del PNV. Ya no es el energúmeno de turno que te dice que te va a matar. Ahora te van amargando poco a poco, te van aburriendo con las dificultades que te ponen, con las trabas para acceder a esto o aquello. Lo duro ahora es aceptar el adoctrinamiento nacionalista».

Votar contra el Plan. «Estoy muy cabreado con Presidencia del Gobierno vasco. El otro día tuve una pelotera de la leche con una chica que me cogió el teléfono. Les llamé para decirles que nosotros, los que nos tuvimos que ir, tenemos derecho a votar en la consulta que se haga sobre el Plan Ibarretxe. ¿Por qué no voy a poder votar yo en algo que afecta a mi tierra? ¿Es que me parece fascista negarme ese derecho! No quieren que votemos porque saben que esos votos van en contra de sus intereses».

Nostalgia. «Con todo el tiempo que llevo fuera, sigo pensando en volver. Echo de menos aquello. La gente, la forma de ser de los vascos... ¿La sidra de Astigarraga! Je, je. La compro aquí, en la Euskal Etxea. Y también mi mujer está deseando vivir en Bilbao. Tiene muchas amigas. ¿Pero es que es muy difícil volver a empezar!».

El «terrorismo del bienestar»
Gonzalo López Alba ABC 11 Abril 2005

BILBAO. Es difícilmente rebatible por cualquier ideología que el cambio auténtico en el País Vasco pasa por que no haya ningún niño que tenga que ir a los columpios con un señor que no es su padre y al que le abulta la chaqueta no por la cartera sino por la pistola. Pero si eso sigue sin ser posible casi treinta años después de la recuperación de las instituciones democráticas, la rebelión ética de la ciudadanía parece la única palanca capaz de propiciar una nueva cultura política que obligue a los dirigentes a ocuparse más de «la gente» y menos de «la política», una rebelión que los saque de los frontones para llevarlos a las alamedas.

Si tan fácil parece, ¿por qué no se produce?
«Salvo en el capítulo de la violencia de ETA, si en algún lugar de Europa podemos decir que vale la pena vivir, es en Euskadi», escribía ayer Iñaki Anasagasti en «Deia», el órgano de expresión del PNV. Se refería el ex portavoz nacionalista en el Congreso de los Diputados al bienestar económico de los vascos, que se refleja en los datos del Euskobarómetro que indican que en 2004 un 77 por ciento calificaba de buena o muy buena su situación personal, un 26 por ciento más que en 1995. Es lo que Kepa Aulestia, ex dirigente de Euskadiko Ezkerra, bautizó como «el terrorismo del bienestar» y que constituye el principal freno al cambio en el País Vasco, porque el bienestar material anestesia las conciencias, máxime cuando el partido hegemónico no es sólo un partido, sino que constituye un auténtico movimiento social que lo mismo controla empresas que clubs sociales hasta tejer una tupida malla «clientelar», lo que justifica la definición del PNV como el PRI vasco.

Indicios de deterioro económico
Ese «terrorismo del bienestar» oculta realidades tan gravosas, no ya en términos éticos, sino incluso estrictamente económicos, como que el Gobierno vasco tenga que detraer de los fondos públicos 2,5 millones de las antiguas pesetas para proteger a un concejal de la oposición que sólo percibe 7.500 pesetas mensuales en dietas por su trabajo de representación pública. El coste económico es limitado porque los escoltados son pocos: sólo los que no son nacionalistas y hacen manifestación pública de ello involucrándose en política. Sin embargo, la suma de bienestar económico y atemorización social arroja como resultado la pérdida de valores elementales.

Pero, al mismo tiempo, empiezan a proliferar los indicadores que apuntan a un significativo deterioro de la economía vasca, aunque los datos son muy contradictorios en función de quién los maneje. Así, por ejemplo, mientras que la candidata del PP, María San Gil, advierte de que un País Vasco independiente no podría afrontar el pago de las pensiones de sus ciudadanos, el presidente del PNV, Josu Jon Imaz, sostiene que el Gobierno vasco podría costear la construcción de seis Guggenheim con su actual aportación de «solidaridad» para con el resto de los territorios de España.

La potencia de la economía vasca no ha podido impedir una pérdida de su peso relativo, según los datos de diversas instituciones que manejan los no nacionalistas. Así, si el PIB vasco en los años 80 representaba un 7,5 por ciento en el conjunto de España, ha caído al 6,3 por ciento; y, según dijo ayer el presidente del Gobierno, en el último año el número de afiliaciones a la Seguridad Social -uno de los principales índices del desarrollo económico- creció el 3,5 en el conjunto de España y sólo el 1,5 en el País Vasco.

Siendo significativos estos datos, son mucho más reveladores los referidos a la descapitalización en recursos humanos. De las 20.080 personas que abandonaron el País Vasco en 2.003, el 3 por ciento eran jóvenes de entre 25 y 34 años y un 18 por ciento tenía entre 35 y 44 años. No es de extrañar si se tiene en cuenta que los jóvenes que se quedan tienen unos ingresos mensuales medios de 700 euros y el 43,5 por ciento no supera los 600 euros.

En 2004 se contabilizaron además 40.000 familias que viven por debajo del umbral de la pobreza y más de 27.000 tuvieron que recurrir a cobrar la renta básica durante uno o más meses del año para poder cubrir sus necesidades primarias.

«La oposición a nosotros mismos»
Los no nacionalistas señalan que esta precariedad no preocupa a los nacionalistas porque refuerza su red de «clientelismo», sea por la vía de los subsidios oficiales o por que hay empresas «donde ELA-STV marca quién entra a trabajar y quién no»; y, en términos personales, porque «ellos tienen mejores sueldos públicos y sueldos privados subvencionados». Pero también ocurre que los maestros están mejor pagados que en el resto de España, los empresarios tienen desgravaciones fiscales especiales, jueces y policías perciben «pluses»,...

Esta realidad, que hoy por hoy sólo denuncian los no nacionalistas, debiera preocupar también a los nacionalistas porque, como advierte Joseba Arregui, ex consejero del Gobierno vasco con el PNV y hoy promotor de la plataforma Aldaketa que apoya al PSE, «sólo habrá patria vasca cuando estén garantizados las libertades y los derechos de todos». Pero eso sólo ocurrirá cuando, como dice Patxi López, «los vascos dejemos de ser oposición a nosotros mismos».

El «comando Donosti» tenía cincuenta kilos de dinamita escondidos en un trastero
R. L. Vargas La Razón 11 Abril 2005

Madrid- Los tres etarras detenidos el pasado 25 de marzo en Guipúzcoa cuando trataban de reconstruir el «complejo Donosti» tenían escondido un importante arsenal en el trastero de una vivienda de Hernani (Guipúzcoa). Iker Olabarrieta, Igor González y Carmelo Laucirica habían almacenado casi cincuenta kilos de dinamita Titadyne y otros doce, aproximadamene, de una sustancia granulosa de color amarillento, que podría ser algún tipo de clorato, según revelaron los primeros análisis de los expertos del Cuerpo Nacional de Policía desplazados al lugar. En el registro, que comenzó a las once de la noche del sábado y se prolongó por espacio de tres horas, los agentes también encontraron dos subfusiles, uno de la marca MATT, con dos cargadores, y otro de la marca UZI, con un cargador. Asimismo, había dos cajas con 50 cartuchos de bala cada una, del calibre 9 milímetros Parabellum.
Junto al explosivo y las armas, los policías también se incautaron de dos sistemas antimovimiento para bombas-lapa, un sistema emisor y receptor, una termoselladora, un artefacto utilizado para la apertura de vehículos –conocido como Ciriac–, elementos para la confección de otro, un escáner, un medidor de circuitos, varias placas de matrícula vírgenes, cinta de color negro para la confección de números y letras de las mismas y una
remachadora para fijarlas a los vehículos.

El hallazgo de este material confirma las sospechas de los investigadores, que inmediatamente
después de las detenciones informaron de que tenían elementos que les hacían pensar que los terroristas planeaban perpetrar una acción «de gran envergadura».
Igualmente, ayer por la tarde, la Policía registró un domicilio en la localidad guipuzcoana de Hernani, en relación con las detenciones del pasado jueves. Las mismas fuentes explicaron que en el registro los agentes de la Policía se incautaron de documentación.

"EL NACIONALISMO VASCO VA DE CABEZA A LA INDEPENDENCIA"
Aznar: "Cuando el argumento político se termina empieza el de la aniquilación"
José María Aznar niega que el vídeo elaborado por la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), que él preside, haya perjudicado a su sucesor al frente del PP, Mariano Rajoy, y señala que "los que tienen que estar preocupados con lo que pasó el 11-M son los que montaron la manipulación". Aznar cree que la izquierda sabe que no actuó bien, pero sigue la teoría de que "cuando el argumento político se termina, empieza el de la aniquilación".
Libertad Digital 11 Abril 2005

El ex presidente del Gobierno afirma, en una entrevista publicada este domingo por el diario La Razón, que "la izquierda es consciente de que tuvo comportamientos que no debía tener" en los días inmediatamente posteriores a la masacre, pero "sigue la praxis de que cuando el argumento político se termina, empieza el de la aniquilación".

Aznar defiende en la entrevista la continuidad de la comisión de investigación parlamentaria sobre el 11-M porque "sigue habiendo preguntas muy importantes sin respuesta". "Es clave que se continúe buscando la verdad y que se refleje que lo que querían algunos no era la respuesta a la pregunta “¿quién ha sido?”, sino estar sentados donde están sentados ahora mismo", afirma.

Respecto a la guerra de Irak, José María Aznar asegura que la cumbre de las Azores "es la expresión gráfica del retorno de España al punto más alto de decisión internacional y de la plenitud de nuestro país en el escenario de la política atlántica". Aznar asegura que la reunión que mantuvo el 16 de marzo de 2003 con el presidente de los Estados Unidos, George Bush, y el primer ministro británico, Tony Blair, supuso "la máxima expresión" de uno de los objetivos que se había marcado como gobernante: resituar a España "en el plano internacional y atlántico". El ex presidente del Gobierno afirma que el hecho de que "hombres y mujeres iraquíes hayan votado libremente, que puedan salir de su país, es gracias a las Azores, entre otras cosas", y añade que está seguro "de que ahora a muchos de mis críticos les hubiera gustado estar allí".

Sobre las próximas elecciones autonómicas en el País Vasco, Aznar dice que la candidata de su partido, María San Gil, "puede tener un resultado muy bueno" y señala que, "si depende de los nacionalistas, vamos a la independencia de cabeza". "Esta vez no nos están enredando. Tirarán para adelante. La clave no está en qué van a hacer ellos, sobre lo que no tengo ninguna duda, sino en qué van a hacer los demás dentro de unos meses", concluye.

El ex presidente, que asegura que no echa de menos el Gobierno y que no piensa volver a la política activa, se define como "un político retirado" y justifica su ausencia en la mayoría de los actos del PP diciendo que "no participo en la vida del partido, no voy más que cuando me lo piden. Si no me lo piden, no voy".

AÚN NO ESTÁ CUANTIFICADO
El Gobierno considera que el coste del traslado de la CMT será "muy inferior" a los beneficios
El Gobierno desconoce, por el momento, el coste global que tendrá el traslado de la sede Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones (CMT) a Barcelona, pero considera que será "muy inferior al beneficio que supondrá para una España más plural y real". El comité de empresa de la CMT mantiene abierta una mesa de negociación con la dirección del organismo y también se reúne periódicamente con representantes de Industria.
Agencias Libertad Digital 11 Abril 2005

El Ejecutivo recuerda, en una respuesta parlamentaria a la que tuvo acceso Europa Press, que el coste global de la operación de cambio de sede recaerá en el presupuesto del propio organismo y todavía no puede cuantificarse, dado que dependerá del resultado de las negociaciones que mantienen actualmente los trabajadores con la dirección de la CMT.

Para el Ejecutivo, las alternativas que se ofrezcan a los trabajadores que se nieguen a trasladarse a Barcelona no deben ser obstáculo para garantizar el correcto funcionamiento del regulador. Entre dichas alternativas, que tienen como objetivo conciliar el traslado con la atención a los intereses legítimos de los trabajadores, se encuentran la incentivación, la compensación y la reubicación en otros organismos públicos, así como la reincorporación al servicio activo en el caso de los funcionarios.

Antes de dimitir como presidente de la CMT, Carlos Bustelo recordó al Gobierno que este organismo tiene adscrita una plantilla de 140 trabajadores de la que sólo cuenta en la actualidad con 130. Se trata de empleados muy cualificados que se han formado dentro de la comisión y recordó no hay en el mercado trabajadores especializados en regulación. La mayoría de los trabajadores tienen entre 35 y 40 años. Son personas con familias en las que trabajan los dos, que están pagando una hipoteca y a los que les preocupa mucho los problemas de inmersión lingüística para sus hijos.

El comité de empresa de la CMT mantiene abierta una mesa de negociación con la dirección del organismo y también se reúne periódicamente con representantes de Industria. El departamento que dirige José Montilla se ha comprometido ya a que las recolocaciones del personal que no se traslade a Barcelona se realicen en cualquier organismo de la Administración General del Estado. La intención de los trabajadores y el Ministerio es mantener una "comunicación fluida" que facilite el acuerdo final, un documento que deberá recoger tres aspectos básicos: las condiciones del traslado a la Ciudad Condal, la garantía de funcionamiento eficaz del regulador y las recolocaciones del personal que se quede en Madrid.

La Comunidad de Madrid y representantes de los trabajadores han presentado sendos recursos ante el Tribunal Supremo contra el traslado de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones de Madrid a Barcelona. Entretanto, el Gobierno sigue buscando un sustituto para el presidente dimisionario de la institución, Carlos Bustelo, quien ha calificado de "chorrada" el traslado de la sede y ha afirmado que el Gobierno está "poco preparado" y "mal asesorado".


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