AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 1 Mayo 2005
2. Un fraude de ley consentido por el Gobierno
Jaime Ignacio del Burgo Libertad Digital 1 Mayo 2005

Bailando con lobos
IGNACIO CAMACHO ABC  1 Mayo 2005

Claudicar de la victoria
Ignacio Cosidó Libertad Digital 1 Mayo 2005

Infalible método catalán para adelgazar españoles
Javier Orrico  Periodista Digital 1 Mayo 2005

El sueño, la razón y los monstruos
Luis Ignacio PARADA ABC  1 Mayo 2005

¿A dónde nos llevas, presidente?
2. Un fraude de ley consentido por el Gobierno
Jaime Ignacio del Burgo Libertad Digital 1 Mayo 2005

Arnaldo Otegui había anunciado a los cuatro vientos que la izquierda abertzale estaría presente en las elecciones vascas, de una u otra forma y que nadie lo iba a impedir. Cuando lo dijo la primera vez dio la impresión de tratarse de una bravata más del mundo batasuno. Los hechos han demostrado que Otegui no hablaba a humo de pajas. Mientras estábamos entretenidos –y loando la firmeza del Gobierno– con la ilegalización de la “lista blanca”, el Partido Comunista de las Tierras Vascas, en plena connivencia con ETA-Batasuna, ponía en marcha sus motores. Todo el mundo sabe en el País Vasco quién ha proporcionado a los “comunistas”, que se han negado a condenar la violencia de ETA, los medios de financiación, el diseño de la publicidad, la difusión de la propaganda electoral, los interventores y apoderados y el asesoramiento jurídico. Batasuna se jacta de haber realizado 153 actos.

En el terreno político, y esto es definitivo, EHAK incorporó a sus objetivos electorales la propuesta de Anoeta. Ello permitió a Arnaldo Otegui y a Batasuna pedir el voto para el Partido Comunista de las Tierras Vascas, pues “votar a EHAK es votar un proceso de resolución del conflicto”. La noche de las elecciones, Batasuna proclamó a los cuatro vientos su resonante triunfo electoral.

Para mayor escarnio de nuestro Gobierno y de su Fiscal General, el diario “Gara” nos obsequiaba el pasado 25 de abril el siguiente titular a toda página: “La Mesa Nacional se felicita por su estrategia contra la ilegalización”, seguido del siguiente subtítulo: “Los votos obtenidos por la izquierda abertzale ‘nos dan una base sólida para afrontar con tranquilidad y valentía los próximos retos”. Y añadía: “Impulsará una solución democrática soslayando el debate de la gobernabilidad”.

La representante de EHAK ha defendido ante el lehendakari los postulados de la propuesta de Anoeta en la ronda de conversaciones abierta por el presidente en funciones del Gobierno Vasco con vistas a la formación del nuevo Gobierno vasco. Una ronda cuyo colofón será la entrevista –no sabemos si pública o secreta– de Ibarreche y Otegui, de acuerdo con lo que hablaron ambos personajes a lo largo de la noche electoral.

El Plan Ibarreche y la claudicación de Rodríguez Zapatero
Procede hacer una breve referencia al Plan Ibarreche. El Partido Popular intentó, sin éxito, conseguir un pronunciamiento del Tribunal Constitucional sobre la inconstitucionalidad tanto de su formulación como de su contenido. El Gobierno de Rodríguez Zapatero se negó a interponer recurso de inconstitucionalidad contra el proyecto por el Parlamento Vasco. Alegó razones formales. El texto elevado al Congreso no era más que una propuesta y, por tanto, el Tribunal se habría visto obligado a dictar auto de inadmisión del recurso. La actitud del Gobierno es una clara usurpación de las funciones del supremo intérprete de la Constitución. Como yo, Gobierno, investido del Espíritu Santo, sé lo que va a decir el Tribunal Constitucional, no hace falta que molestemos a sus magistrados, que bastante ocupados andan ya.

Pero, con la perspectiva que proporciona el paso del tiempo, podemos aventurar que el Gobierno quería evitar un pronunciamiento sobre el fondo. ¿Qué hubiera ocurrido si el Tribunal, ante la gravedad de la aprobación de un proyecto secesionista, declara la inconstitucionalidad del plan Ibarreche no sólo por vulnerar el artículo 2 de la Constitución sino por suponer además un vaciamiento casi total de las competencias reservadas al Estado en el título VIII? Pues muy sencillo. Que la pretensión de Maragall de llegar a un resultado similar al de Ibarreche al menos en cuanto al contenido del autogobierno habría quedado tocada de ala. Y eso es algo que Rodríguez Zapatero quiere evitar a toda costa.

Con su rechazo en el Congreso al Plan Ibarreche, la opinión pública se tranquilizó. Podía confiar en la firmeza del presidente frente a cualquier proyecto secesionista. Más puntos para Zapatero. Pero nadie advirtió –o muy pocos lo hicieron y si lo hicieron no llegó su voz a la opinión pública- que en el curso del debate se produjo una cesión del presidente a los nacionalistas de extrema gravedad. Ibarreche había justificado la presentación de su plan en el argumento de que ni la Constitución ni el Estatuto servían ya como marco de convivencia para el País Vasco. Pues bien, Rodríguez Zapatero aceptó su razonamiento y, por tanto, su base de partida: la defunción de la Constitución y el Estatuto. El presidente ofreció abrir un proceso de diálogo para alcanzar un “marco definitivo” para el País Vasco mediante la aprobación de un plan “sin apellidos”, un plan elaborado por todos y para todos. Ibarreche vio derrotado su plan secesionista, pero volvió a Ajuria Enea con un as en el bolsillo: la claudicación del presidente y el reconocimiento de que lo que hay no sirve. Podemos llegar a entendernos y configurar un nuevo marco. ¿No suena eso a la propuesta de Anoeta?

Durante la campaña electoral, Rodríguez Zapatero además de comprometerse a dar su apoyo a cualquier propuesta de nuevo Estatuto que se presente con el apoyo de al menos los dos tercios del Parlamento de Vitoria, anunció un referéndum sobre el futuro del País Vasco. Es verdad que cualquier reforma del Estatuto debe de ser sometida a refrendo de la ciudadanía vasca. Pero tal como lo dijo pretendía halagar los oídos de quienes defienden la necesidad de respetar el ámbito vasco de decisión. ¿Fue el eco batasuno de Anoeta el que inspiró las palabras de Rodríguez Zapatero en San Sebastián?

La “hoja de ruta”
Rodríguez Zapatero ha asumido en los últimos tiempos la fraseología típica y peligrosamente nacionalista. “Zapatero ofrecerá a Ibarretxe y Rajoy acordar la ‘hoja de ruta’ para Euzkadi”, titulaba el diario EL PAIS, el pasado 25 de abril. ¿Qué es eso de la hoja de ruta? ¿Acaso Euzkadi es Palestina?

Batasuna pide diálogo. El PNV pide diálogo. El Gobierno manifiesta su disposición al diálogo. Rodríguez Zapatero se compromete a respetar la voluntad vasca expresada en el Parlamento por dos tercios de sus miembros lo que significa que excluye del consenso al Partido Popular. Habrá referéndum si hay acuerdo. Y para redondear la jugada, el candidato socialista Pachi López afirma estar dispuesto a participar “en mesas sobre pacificación y definición del marco”. ¿No suena eso a la propuesta de Anoeta? Así que está todo dispuesto. Sólo falta la tregua de ETA.

De momento, los etarras y sus acólitos han conseguido sentar las bases para la apertura de un nuevo proceso para sustituir el actual marco jurídico como requisito previo imprescindible para alcanzar la paz. Como demostración de su buena voluntad, y en la búsqueda de puntos de encuentro, los socialistas vascos han propuesto la definición de Euzkadi como “comunidad nacional”. De forma incomprensible, el respetado presidente del Consejo de Estado, Francisco Rubio Llorente, se lanza al ruedo de la reforma constitucional y defiende la constitucionalidad de la novedosa expresión.

Pero antes de que todo esté preparado para alzar el telón hay que sortear un último obstáculo: el pacto por las libertades y contra al terrorismo. Está en entredicho a causa de la negativa del presidente Rodríguez Zapatero a convocar la mesa del pacto y dar explicaciones de por qué no se pone en marcha el proceso de ilegalización de EHAK y valorar qué consecuencias traerá para el País Vasco y Navarra la revitalización de la organización abertzale a través del falso partido de los comunistas vascos.

El secreto del correcto funcionamiento de la democracia en España durante los últimos veinte años ha sido que tanto el PSOE como el Partido Popular compartían la idea de España y el modelo de Estado insertos en la Constitución de 1978. El pacto entre ambas formaciones había presidido en todo momento el desarrollo del Estado autonómico. Pero este consenso básico está en estos momentos hecho pedazo por la irresponsable apertura por parte del presidente Rodríguez Zapatero de un fraudulento proceso constituyente y un proceso de almoneda del Estado común para satisfacer la voracidad de comunidades nacionalistas.

Bailando con lobos
IGNACIO CAMACHO ABC  1 Mayo 2005

HACE unos meses parecía que el «oasis catalán» era el modelo del presidente Zapatero para reconducir el desquiciado panorama político vasco. Pero la errática deriva del tripartito que conduce (?) Maragall ha incendiado, en el momento menos oportuno, el rastrojal autonómico de la España más seca de los últimos años. El fuego político recorre las riberas del Ebro y ha llegado un momento en que no se sabe qué es peor: que Maragall se asemeje a un boxeador sonaca jaleado por un agente mercenario, que un Ibarretxe castigado en las urnas pueda subirse aún más al monte secesionista en compañía de los crecidos batasunos o que Zapatero parezca (nota para susceptibles: he escrito «parezca») dispuesto a pagar un precio político por la paz.

El escenario de estas semanas no es que resulte de un pesimismo objetivo: es que invita a salir corriendo en busca de un pasaporte polaco, portugués o de cualquiera de esas naciones europeas que, siendo inferiores a España en desarrollo y prosperidad, andan centradas en su progreso colectivo sin necesidad de resucitar a cada paso los demonios de su identidad nacional. Aquí, en cambio, para cada solución surge siempre alguien con un nuevo problema. Y si no bastaba en este confuso abril con el complejísimo panorama del laberinto vasco -tópica expresión que esconde una preclara metáfora-, si no era suficiente con la quiebra del Pacto Antiterrorista o con el peligro cierto de un frente radical hacia la secesión, ahora surge el tripartito maragalliano pidiendo una insolidaria luna financiera que viene a ponerse por montera todos los problemas del Estado.

El único optimista confiado en encontrar la salida del embrollo es el presidente del Gobierno, iluminado por un soplo de autoestima que hasta el momento resulta poco contagiosa. Zapatero sonríe y calla porque en su cabeza tiene sin duda un mapa del dichoso laberinto, pero su aplomo sonriente parece ignorar adrede que el hilo que conduce al final no lo sujeta la bella Ariadna de la fábula, ni siquiera los menos glamourosos Ibarretxe y Maragall, sino de un lado unos estrafalarios y chulescos independentistas de diseño, y de otro unos siniestros pistoleros encapuchados que acaban de proveerse de varias toneladas de clorato potásico.

El plan de la Moncloa pretende ahora centrarse en el escenario vasco, aunque ha tenido que tocar a rebato para que los barones territoriales cierren a Maragall el paso de una polémica particularmente inoportuna. De manera inmediata, los socialistas se disponen a desgastar a Ibarretxe haciéndole sudar tinta en su investidura, para dejarlo debilitado al frente de un gobierno de longevidad imposible. Al mismo tiempo, es obvio que van a tender puentes con el conglomerado batasuno a través de conversaciones bilaterales que, una vez consolidada la presencia parlamentaria del ya célebre Partido Comunista de las Tierras Vascas (PCTV), podrían tener lugar incluso en la misma Cámara de Vitoria en vez de en neblinosos caseríos más o menos controlados por la amplia red de vigilancia de las fuerzas de seguridad y los servicios secretos.

La segunda fase de este modelo estratégico consiste en convencer al PNV de que Ibarretxe necesita un recambio, que ya no vale para una nueva etapa, que su figura requiere el mismo trato que en su día se aplicó a José Antonio Ardanza. A cambio, el Gobierno ofrecería un nuevo estatuto, media aritmética entre el plan soberanista y el modelo catalán de antes de la inesperada rebatiña del jueves: de cada diez euros gestionados en la comunidad vasca, nueve y medio para la autonomía (ahora son nueve), y medio para el Estado, más algunas concesiones identitarias con las que el nacionalismo pueda aplacar por un tiempo sus reivindicaciones de fondo.

Ése sería el momento decisivo de la partida de ajedrez poselectoral, el instante supremo en que ETA tendría que mover ficha, directamente o a través de su brazo político. Ahí reside la clave de la vista gorda con que el Ejecutivo, pese a los indicios manifiestos aportados por la Guardia Civil, ha dejado pasar hasta sus escaños al PCTV provocando una crisis del Pacto Antiterrorista. No se trataría sólo de un movimiento táctico para restar votos a los peneuvistas, sino de disponer de un interlocutor político plenamente operativo.

El sueño de Zapatero pasa por un escenario vasco pacificado, o en vías de pacificación, en el que el independentismo sea sólo una fuerza política más, como en Cataluña, incómoda pero sobrellevable. Con el Partido Socialista como eje de cualquier negociación y un pragmático PNV desprendido del lastre de Ibarretxe a cambio de la conservación del poder, el País Vasco reflejaría el modelo político que el presidente pretende para España: una nueva mayoría construida sin el Partido Popular -más bien contra el Partido Popular- a partir de un nuevo impulso autonómico. Eso sí, y esto es lo más grave a estas alturas, pagando un precio político por el final de la violencia.

Ocurre, sin embargo, que los sueños a veces derivan en pesadillas. El de Zapatero las alimenta a partir de la premisa esencial de que dibuja un horizonte vasco dependiente de ETA, devolviéndole a la banda un protagonismo decisivo al convertir sus decisiones en la verdadera piedra de toque del proceso. No sería siquiera necesario que los terroristas volviesen a derramar sangre, hipótesis siempre a su alcance incluso en el más acorralado escenario; podría bastarles con ordenar a varios de sus flamantes neodiputados que apoyen a Ibarretxe y le envalentonen a forzar su órdago hacia la secesión, lo que convertiría los próximos años en un infierno político y social. Como señalaba esta semana José Antonio Zarzalejos en su brillante conferencia en Madrid, no faltan en este momento nacionalistas que opinan que el retroceso electoral no se ha debido al exceso de dureza del plan soberanista, sino a todo lo contrario: a su relativa debilidad frente al Estado. Y no es imposible que el propio lendakari en funciones contemple esta teoría como parte de su análisis.

El baile con los lobos del terror es el camino más peligroso que puede abordar el presidente, aunque existan motivos para temer que se halle decidido a hacerlo, habida cuenta del desinterés con que ha dejado agonizante el Pacto Antiterrorista. Pero es que, además, el Gobierno socialista ha dejado que se abran de golpe todos los frentes posibles, dentro y fuera del País Vasco, con una pavorosa falta de cálculo de los tiempos. Y en el frente catalán se le han empezado a acumular dificultades derivadas de un insaciable maximalismo alentado por la inconsciencia filonacionalista de Maragall, dispuesto a exprimir al Estado, derribar los mecanismos de solidaridad nacional, pasar de largo el estatus fiscal vasco y levantar una España de dos velocidades. Al permitir que se abra la caja de Pandora, Zapatero se encuentra ante la evidente dificultad de volver a encerrar unos vientos de discordia desatados por su propia impremeditación.

El panorama es tan complejo que la impavidez del jefe del Gobierno no resulta en absoluto tranquilizadora. Nadie puede negarle a priori la posibilidad de que le salga bien su delicado manejo, aunque no existen indicios de que tenga la situación bajo control. Es cierto que el presidente dispone en estos momentos de la mayor parte de la iniciativa, pero tiene que ejercerla sin titubeos. Hay demasiadas piezas fuera de sitio en el puzzle. Si consigue que todas encajen, habrá que hacerle un monumento a las puertas de una Moncloa de la que no se irá en mucho tiempo. Pero como se le desparramen por el suelo no sólo habrá fracasado él, sino que dejará descalabrada una nación entera. Tiene margen para equivocarse incluso en Cataluña, pero no en el País Vasco. Ahí arriba, España no perdona los errores.

Contactos con ETA
Claudicar de la victoria
Ignacio Cosidó Libertad Digital 1 Mayo 2005

Todo apunta a que el Gobierno apuesta por un dialogo con ETA para poner fin al terrorismo. Los rumores de contactos de todo tipo entre socialistas y batasunos apenas pueden ser ya acallados por los persistentes desmentidos oficiales. La negociación formal no se abrirá hasta que ETA anuncie una tregua más o menos definitiva, pero algo se está ya cocinando a nuestras espaldas. Sin esa perspectiva es difícil entender la pertinaz negativa del Gobierno a instar de una vez por todas a la ilegalización del Partido Comunista de las Tierras Vascas contra la clamorosa evidencia de que no es más que una prolongación de Batasuna.

Esa negociación es un inmenso error. Pagar ahora un precio político a los terroristas por dejar de matar es tan injusto como innecesario. Es injusto porque los asesinos no pueden terminar por imponer su voluntad, ni siquiera parcialmente, en una mesa de negociación. Es innecesario porque la eficacia de nuestro Estado de Derecho hace perfectamente posible la derrota definitiva de los terroristas sin tener que pagar ningún precio añadido por ello. Negociar ahora con ETA supone el riesgo de dar una nueva oportunidad a la banda de recomponer su más que debilitada maquinaria asesina. Sencillamente, no debemos otorgar a los asesinos esa posibilidad.

El principal objetivo político de Aznar fue derrotar al terrorismo. La eficacia policial que lograron sus gobiernos colocaron a los etarras en una situación de extrema debilidad operativa. Pero además, la lucha antiterrorista se amplió contra todo el entramado político, social, económico y mediático de la banda terrorista, haciendo imposible su regeneración. La firmeza democrática del anterior presidente cerró a los terroristas cualquier horizonte de futura negociación. Los resultados positivos de esa política no pueden negarlos ni los más críticos con el aznarismo.

ZP ha decidido invertir todo ese capital que heredó de Aznar en una ruleta de negociación. Si sale negro Zapatero no solo se habrá perpetuado en el poder, sino que puede pasar a la historia con el sobrenombre de ZP El Pacificador. Si sale rojo habrá resucitado a ETA y nos habrá proporcionado a todos los españoles muchos años más de asesinatos, de violencia y de extorsión que podríamos habernos ahorrado con un presidente un poco más sensato. En ambos casos ETA nada arriesga: tiene todo que ganar y nada que perder.

Lo peor es que el presidente está invirtiendo nuestra seguridad y nuestra libertad en un juego donde hay muchas más posibilidades que salga mal que bien. En primer lugar, porque la experiencia histórica nos demuestra que todos los intentos de negociación con la banda se han saldado con fracasos y que todas las treguas o distensiones ofrecidas no han servido más que para recomponerse o fortalecerse tras sus peores crisis. El último robo de explosivos en Francia o los planes de los etarras detenidos recientemente demuestran que la voluntad de paz de la organización es cuando menos limitada.

En segundo lugar, el PSOE no podrá pagar en última instancia el precio que ETA le pondrá por dejar de matar. La generosidad de Zapatero con los asesinos puede ser tan infinita como sus ansias de paz, pero habrá cuestiones en las que ceder tendrá un coste político inasumible y pondría en riesgo la propia unidad de su partido. Por tanto, la probabilidad de que al final esa negociación se salde con un fracaso es muy alta.

Por muchas que sean las ansias de paz de nuestro presidente, de todos nosotros, España no debería pagar un precio político por el mero hecho de que los terroristas dejen de matar. No necesitamos pagarlo. Podemos derrotar a ETA sólo con persistir en nuestra lucha. Ya hemos pagado un precio excesivo con las casi mil victimas asesinadas en cuarenta años. No añadamos a ese inmenso tributo el precio de pisotear su dignidad premiando ahora a sus verdugos.

No ofrezcamos a esta ETA moribunda la posibilidad de renacer una vez más de sus cenizas. No les ofrezcamos ahora la tregua que necesitan más que nunca. No permitamos que nos engañen una vez más con falsas expectativas. No les regalemos una mesa de negociación que constituye en estos momentos su última tabla de salvación. No les dejemos volver a manchar nuestras instituciones democráticas con su presencia. No perdamos, por renunciar a la última batalla, una guerra que ha durado cuarenta años y que ha costado tanta sangre inocente.

Ignacio Cosidó es senador del Partido Popular

Infalible método catalán para adelgazar españoles
Por Javier Orrico Escritor Especial para Periodista Digital 1 Mayo 2005

Ah, la primavera! ¡Qué bonito es poder empezar un artículo con el esplendor de la primavera, con las muchachas dejando asomar sus braguitas, sus escotes, sus ombligos, como en aquella canción (‘La muchachita’) del primer genial disco de Kiko Veneno...!

¡Mira que cambia cosas la primavera con sus alergias, su astenia, su esperanza! Antes notabas la primavera porque el cielo se llenaba de luz, ahora es el cielo mediático y radioeléctrico el que se llena de anuncios sobre la gama infinita de métodos para adelgazar, con un milagro común a todos ellos: que se puede adelgazar sin tener que hacer nada por conseguirlo.

Como las reformas educativas (apruebe usted sin necesidad de saber nada y tocándose los cojoncillos), como los superbugas de ochocientos mil mandos, como las casas domóticas, todo nos conduce a una vida inmóvil, a una vida de gordos desparramados y hundidos en el sofá cibernético, engullendo latas de raviolis y cerveza mientras lo único que cambia en nuestro horizonte vital es el canal de televisión, que ahora, gracias a un gobierno indesmayable en su defensa del ciudadano y ana, ya nos va a ofrecer también Canal Zetaplus. ¿Quién necesita más de treinta metros para eso?

Por supuesto, el uniforme correcto para el acerdamiento es el chándal, única prenda capaz de ensanchar con nosotros. Y luego, una vez dulcemente embutidos, dejando que nos vivan automáticamente, ya podemos apuntarnos a un gimnasio a correr sin paisaje encima de una cinta.

He oído que se puede adelgazar comiendo, adelgazar sin moverse del sillón, adelgazar cagando, adelgazar meando, adelgazar durmiendo, adelgazar mientras conduces, perder la tripita con caguminal con esporas, quitarte los michelines hablándoles, rejuvenecer con terapia de malafolla e inyecciones combinadas de memorex, para acordarte de cuando usabas la talla 30; adelgazar con liposucción sin enterarte, y además te devuelven el tocino para hacer crema de olla de cerdo ‘light’ al vacío; adelgazar meditando, fortalecer los abdominales sin molestarlos, adelgazar comiendo a lo pavo, adelgazar con barritas de ging y yan-seng, adelgazar con soja, adelgazar con alcachofas, adelgazar adelgazando, adelgazar engordando, adelgazar poniéndose ciego de sobrasada desgrasada de cultivo ecológico y piensos naturales, luego existo.

En fin, que parece ser que, tras el invierno marmota, se puede adelgazar sin esfuerzo y hasta aprendiendo inglés también sin esfuerzo y a la vez, y volver a lucir el figurín que nos permita marchar a la playa a tocarnos el tenderete otra temporada.

Parece evidente, pues, que el problema de España no es que se nos esté yendo a tomar por saco, sino que llega la primavera y estamos gordos para meternos la camiseta por dentro y sacar las bragas por fuera. Menos mal que siempre nos quedan los catalanes para salvar España, dado el amor que sabemos le profesan.

No de otro modo cabe interpretar la última propuesta de financiación para Cataluña, tan generosa y solidaria como les es propio, y que además cuenta con ese hombre de palabra que es Zapatero, que llegó al poder con el compromiso de aprobar cualquier cosa que viniera de allí.Y ya ha llegado.

Como siempre, desde la corrupta Madrid, llena de chulapos y parásitos, se está haciendo la siguiente interpretación disparatada: que los catalanes pretenden seguir haciéndose ricos con nuestro mercado, cautivo por tantos años de proteccionismo de los regímenes anteriores a la democracia, pero dejando de pagar impuestos en la caja de todos, decidiendo ellos cuánto y cuándo pagarían en plan limosna, arrogándose una condición nacional (que Zapatero avala) por la cual ya no responden de su riqueza como ciudadanos, como individuos, sino globalmente, como nación, y con el horizonte final de dejar de contribuir, por lo que el resto de las ‘naciones’ tendría que abastecerse con sus solos recursos, pero, además, manteniéndoles a ellos las subvenciones por los servicios del Estado ‘federal’. A lo que acaso llamarían la ‘nueva cultura fiscal’ o la España de las Autarquías.

Si esto fuera cierto, que no puede serlo, en qué cabeza cabe, en la Región de Murcia podríamos encontrarnos con la siguiente maravilla: que el gas que llega a Cartagena nos lo venda una compañía catalana-ista que pagaría a la Hacienda catalana los impuestos de la riqueza añadida a costa de vendernos un gas nuestro, impuestos de los que no nos repercutiría ni un duro. Con lo cual o nos declaramos colonia de tontos de capirote, o tendríamos que ‘nacionalizar’ el gas y expulsar a la empresa catalana.

Es sólo un ejemplo entre muchísimos, porque también podríamos pensar en qué negocio estamos haciendo si dejamos construir urbanizaciones a empresas catalanas de cuyas plusvalías tampoco vamos a oler un euro. Como está pasando. O sea, lo mismo que con los primos del Norte. Que nos ven fuertes y nos crecen los primos, vamos.

Pero todo es falso, sin duda.. No se quiere ver la hermosa intención del tripartito de la izquierda progresista: se trata de que no engordemos. Si volvemos a ser pobres y a la maleta de cartón que nunca debimos abandonar, si regresamos al trabajo ennoblecedor y al potaje de arroz, a los andrajos, a las patatas sofritas y las sardinas de cuba, que por cierto está todo buenísimo, rebajaremos el colesterol y los triglicéridos, dejaremos de tener que machacarnos en los gimnasios, resolveremos el problema de la inmigración, y hasta podremos quitarnos el chándal y volver a tener aspecto humano. Y sobre todo, ya nunca más seremos víctimas de los engaños milagrosos, y gozaremos de la primavera y de la delgadez de los elegidos.

Aprenderemos que sólo se puede adelgazar con voluntad, comiendo menos de lo que gastamos. Y, también, y esa es la lección que desde siempre nos hemos negado a asumir, entre tanta cansera y tanto sinvergüenza, aprenderemos que los hombres que ceden y dejan de pelear por la verdad y la justicia, por sus derechos y libertades, acaban perdiéndolos.

El sueño, la razón y los monstruos
Por Luis Ignacio PARADA ABC  1 Mayo 2005

EN el aguafuerte de Goya que muestra al pintor abatido sobre su mesa de trabajo puede leerse «El sueño de la razón produce monstruos». La obra encabezaba la serie titulada «Caprichos». Pero en la edición definitiva llevó el número 43 para esconder la mordaz crítica que el autor hacía a la sociedad de su tiempo. Era una visión onírica de la cara oculta del casticismo, de la superstición nacionalista, opuestas a la Ilustración. Ese grabado surrealista representa cómo la razón libera sus fantasmas durante el sueño, a través del subconsciente. Algo que hoy ocurre en todos los proyectos soberanistas. Con la desaparición de las fronteras políticas y económicas, la homogeneización de culturas y la globalización de mercados, los nacionalismos no son hoy exigencias de la razón colectiva sino caprichos personales de algunos políticos, monstruos engendrados en sus sueños delirantes.

La propuesta de financiación que el Gobierno catalán quiere plasmar en el nuevo Estatuto vulnera los principios constitucionales de igualdad, solidaridad y unidad fiscal y de mercado. Pero es que, además, da por supuesta una soberanía inexistente de la que se derivaría un Estado confederal. En ese tipo de Estado, cuyo tiempo pasó barrido por la Historia, se produciría la aberración de que la Administración central garantizaría la suficiencia financiera, la renta «per capita» y el pago de una deuda histórica a Cataluña, pero este «Estado-nación» no estaría obligado a hacer lo mismo con el resto del territorio «confederal». Surrealismo puro. La respuesta del Gobierno ha sido blanda. Porque discutir entre todos exigiría hacerlo en un Senado que ya fuese una Cámara territorial y en un Congreso en el que los votos de quienes piden no condicionaran el apoyo al resto de las leyes. Por lo demás, el Consejo de Política Fiscal y Financiera no puede decidir la forma del Estado: sólo puede acordar la distribución de los impuestos estatales, no quién los recauda y administra.

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