AGLI

Recortes de Prensa     Jueves 12 Mayo 2005
Del talante al populismo
Ignacio Villa Libertad Digital 12 Mayo 2005

ESPAÑA ANÓMALA
IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC  12 Mayo 2005

Rajoy y su “basta ya”
EDITORIAL Libertad Digital 12 Mayo 2005

La ruptura del consenso
Editorial ABC  12 Mayo 2005

Sobre profecías y sospechas
BENIGNO PENDÁS  ABC  12 Mayo 2005

Carta a los nuevos ciegos
PILAR RUIZ ALBISU ABC 12 Mayo 2005

Monólogo sin nación
José García Domínguez Libertad Digital 12 Mayo 2005

Populismo y deslegitimación democrática
Agapito Maestre Libertad Digital 12 Mayo 2005

ZP en el país de las maravillas
Lorenzo Contreras Estrella Digital 12 Mayo 2005

El presidente de la paz
Jorge Vilches Libertad Digital 12 Mayo 2005

Criptodemocracia
ANTONIO ELORZA El Correo 12 Mayo 2005

Emociones no justificadas
John Chappell Libertad Digital 12 Mayo 2005

Escudella a la vasca, el café para todos
José Javaloyes Estrella Digital 12 Mayo 2005

La ensoñación de Cebrián
LAS PESQUISAS DE MARCELLO Estrella Digital 12 Mayo 2005

La confederación inútil
JOSÉ M. DE AREILZA Y CARVAJAL La Voz 12 Mayo 2005

Las lenguas cooficiales
Cartas al Director ABC 12 Mayo 2005

Yo acuso
Cartas al Director ABC  12 Mayo 2005


 

Del talante al populismo
Ignacio Villa Libertad Digital 12 Mayo 2005

El primer Debate sobre el estado de la Nación no ha defraudado; es más, ha sido muy útil para clarificar la realidad política del presidente del Gobierno. Después de un año en el Palacio de la Moncloa, Rodríguez Zapatero ha utilizado este Debate para entrar por la puerta grande en el más bananero de los populismos. Y el populismo –es conveniente no olvidarlo– es mentira, es manipulación, es dialéctica barata, es cambiar la historia, es negociar bajo cuerda, es ceder a cambio de seguir en el poder, es destruir al adversario parlamentario, es hacer política desde el sectarismo y el partidismo, es, en definitiva, aprovecharse de la democracia.

Zapatero ha abandonado, sin pudor, cualquier compostura para plantarse, sin reservas, en una dialéctica peligrosa de un presidente que se siente iluminado y en posesión de la verdad. El presidente del Gobierno ha afrontado el debate con en líder de la oposición de la única forma posible para defender una gestión paupérrima e indefendible. Zapatero desde el primer momento ha entrado en una dinámica de ataque permanente al Partido Popular, en un papel de oposición más que de jefe del Ejecutivo.

En una intervención sin precedentes en alguien que tiene que hablar de su gestión y no de la ajena, Zapatero ha calificado al PP de irresponsable en la lucha contra el terrorismo, ha acusado a los Gobiernos de Aznar de trucar las cuentas del Estado, ha añadido que utilizaban el dinero público para el autobombo, ha catalogado de dibujos en el aire el plan de infraestructuras del anterior Gobierno y rematado estos calificativos del talante hablando del PP como un partido de propaganda y palabrería.

Eso sí, a la hora de referirse al primer año en el poder, el jefe del Ejecutivo se ha limitado a defender al infausto Peces Barba, ha tenido el cuajo de decir que se ha acabado la televisión de partido o ha alabado la inexistente labor de la ministra de la Vivienda. Eso sí, ni una palabra concreta sobre el nuevo sistema de financiación, la reforma de los Estatutos o los pactos bajo cuerda con el nacionalismo y el terrorismo. Ninguna palabra que justifique la laminación del Pacto Antiterrorista o la Ley de Partidos.

El presidente del Gobierno se ha encontrado de bruces con sus muchas limitaciones, con sus incontables mentiras y con sus falacias permanentes. Una realidad política que ha quedado al descubierto –con más claridad– gracias a la intervención de Mariano Rajoy.

El presidente del Partido Popular ha estado brillante desde el primer momento, no ha bajado la guardia en ningún instante, ha utilizado todos los argumentos políticos posibles y ha dejado al descubierto todas las miserias del Gobierno actual. Rajoy ha hecho un debate inteligente, claro y determinante. Y ha evitado caer en la trampa que Zapatero ha intentado utilizar al dormir el cara a cara. Rajoy –sabiendo que el presidente siempre tiene las de ganar por cerrar el enfrentamiento– ha respondido a las expectativas. Lo ha hecho con solidez, con soltura, con credibilidad y con claridad. Pero lo más importante es que el líder de la oposición ha demostrado tener principios y honradez; Zapatero –por su parte– parece no conocer ninguno de los principios.

ESPAÑA ANÓMALA
IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC  12 Mayo 2005

Dos hechos del debate de ayer justifican la afirmación de que España vive una inquietante anomalía. El primero es que se trata de debatir sobre el estado de la Nación, y el presidente del Gobierno, con el apoyo de más de la mitad de los diputados y de un partido separatista y republicano, no sabe o no quiere responder si España es o no una nación, o si lo son también algunas partes de ella. Existen serias divergencias sobre el sujeto del debate. El segundo es que, a diferencia de lo que sería normal, y así ha sido hasta ahora, lo que se discutía no era lo esencial ni las reglas del juego, es decir, la soberanía nacional, la unidad de España, la Constitución, los Estatutos de Autonomía o la financiación, sino la política ordinaria.

El Gobierno suscita dudas y gobierna con apoyos que ni siquiera las suscitan. En cualquier caso, no las disipó, pues no aclaró lo que piensa hacer ante un extravagante proceso constituyente. Se diría que España vuelve a ser problema. Por si esto fuera poco, la parte sustancial del debate se centró en las discrepancias sobre la política antiterrorista y sobre acusaciones mutuas de deslealtad. Mas aquí la cuestión está lejos de resolverse en tablas. Pues parecería que Zapatero tiene razón al reprochar a Rajoy falta de apoyo en su política antiterrorista, pero deja de tenerla cuando parece claro que ha sido él quien ha incumplido el Pacto antiterrorista. Por lo demás, Rajoy, como era previsible, superó a Zapatero en gramática, retórica y dialéctica, y el presidente se escudó en la falta de respuesta a las preguntas comprometidas, salvo su negación de que existan negociaciones con ETA, y en juzgar al PP mirando al pasado, como si se tratara del debate sobre el estado de la oposición.

En suma, el estado de España no es bueno y para demostrarlo no era necesario el debate de ayer. El Gobierno, que exhibe una endeblez intelectual alarmante, ha contribuido a la creación de problemas que no existían porque habían sido resueltos. Ha abierto una especie de proceso constituyente irresponsable, está poniendo en peligro el espíritu de concordia que presidió la transición, con gestos y actitudes que exhiben un inequívoco tufo sectario, está ofendiendo a las convicciones morales y jurídicas de, quizá, la mayoría de la sociedad, desde luego de la mayoría de los católicos, muestra una memoria histórica sesgada y rencorosa, y no acaba de despejar las sospechas de que, para mantenerse en el poder y aislar al PP, está dispuesto a casi todo, e incluso a buscar el final de ETA haciendo concesiones políticas. Porque el problema no es el diálogo con la banda terrorista, sino las condiciones y, sobre todo, la negativa a hacer concesiones políticas. Ese tipo de diálogo es el que, en el caso de que se realizara, entrañaría una inmoralidad y una traición a las víctimas. Hay, sin embargo, esperanza. La anomalía no es antigua y congénita sino reciente y adquirida.

Rajoy y su “basta ya”
EDITORIAL Libertad Digital 12 Mayo 2005

Se había extendido la tentación para que Rajoy, ni siquiera en estos momentos, reaccionara con contundencia ante el proyecto de demolición de España, para que no instara a los ciudadanos a ponerse en lo peor hasta que lo peor suceda, que más que desenmascarar el “talante” de Zapatero, compitiera con él en falsa moderación; que el líder de la oposición acompañara, en definitiva, con un compás de espera el rechazo a los actos del Gobierno que le pudiera parecer equivocados.

Pues bien. La lúcida, contundente y no por ello menos serena intervención de Rajoy ha sido un razonado y verdadero campanazo para que la sociedad española despierte de ese letargo suicida en el que la quieren situar los medios de comunicación del gobierno y de no pocos acomplejados medios “centristas” que todavía están hechizados por el talante y la sonrisa del presidente.

El presidente del Gobierno habrá podido mostrarse en su primera intervención tan satisfecho de su gestión como lo estaba el Rey del cuento con aquel traje nuevo al que sólo un crispante mal nacido osaría poner en cuestión. Sin embargo, la réplica de Rajoy ha tenido, desde el primer momento, la claridad y la contundencia del niño que se atreve a clamar que lo que le pasa al Rey es que va desnudo. En el caso de ZP, desnudo de responsabilidad, de principios, de criterio.

Rajoy ha denunciado oportunamente la maniquea y sectaria gestión del gobierno que prácticamente se basa en deshacer lo hecho por el PP sin llevar a cabo alternativa alguna. Eso, por no hablar de la pasividad del gobierno en materia económica, que pretende vivir de rentas de la gestión anterior sin ver las señales de alarma que ya se han encendido.

Pero donde más necesario era que Rajoy no hiciera el avestruz es ante el gravísimo horizonte de claudicación moral y política hacia al que nos dirigimos en materia antiterrorista y en defensa de la continuidad de España como nación. A pagar un precio político y penitenciario a los firmantes de Estella –incluida ETA- avanzamos desde que Zapatero basara su gobierno en el apoyo de quienes, como los independentistas catalanes, se habían reunido con ETA en Perpiñán con el objetivo, reflejado en un zutabe, de “colaborar juntos en la desestabilización del Estado español”.

Si Zapatero rompiera sus alianzas con los independentistas, si mantuviera una posición similar a la que Aznar mantenía frente a los nacionalistas, si tuviera la confianza y el visto bueno de las víctimas y si ETA hubiera declarado una tregua indefinida, el presidente del gobierno, reuniéndose entonces con ETA, cometería el mismo error que cometió Aznar en 1998. Pero es que, a raíz del final de la tregua, no sólo había en el Pacto por las Libertades el compromiso implícito de no volver a intentar contentar al que no se van a contentar. Es que el presidente del Gobierno, que ahora quiere en sede parlamentaria volver a pedir permiso para saltarse el Estado de Derecho, es el mismo que ya ha dado el visto bueno a que el PSE se sume, con una propuesta de reforma estatutaria, a los firmantes de Estella. Es que el presidente que ahora está dispuesto a negociar con los terroristas, ya ha hecho caso omiso a la ley que proscribe la presencia parlamentaria de los proetarras. Es que ahora la “confianza” y el “optimismo” con el que cuenta el actual presidente del gobierno no es el de las víctimas, sino el de los representantes parlamentarios de sus verdugos. Es que ETA a Aznar lo intentó asesinar para que no llegara a ser presidente de Gobierno, mientras a Zapatero le dieron la más esperanzada bienvenida que le haya dado una organización terrorista a un recién nombrado presidente de gobierno. Eso, por no referirnos a los elogios que Zapatero recibió de algunos de los imputados directos en el 11-M, como el Egipcio.

Si algo hay que reprochar a Rajoy, no es que no haya retirado eso de que Zapatero “traiciona a los muertos”. Lo reprochable es que no lo volviera a repetir, poniéndoles, además, nombre y apellidos de muchos socialistas asesinados por ETA. ¿Cómo no va traicionar la memoria de las víctimas quien, como Zapatero, no sólo no aplica la ley de partidos sino que autoriza a Patxi López a reunirse con quienes no condenan y justifican el asesinato de tantos españoles, incluidos compañeros suyos de partido?

Lo importante es que Rajoy ha estado dispuesto -por lo menos, hoy- a que ningún perfil bajo contribuya al proceso de insensibilización que espera a lo peor para que lo peor suceda. Como decía Marías, “casi todos los errores son de estimación, o de no tomar en serio las estimaciones que se tienen auténticamente”. El lider de la oposición no ha caído, desde luego, en ese tentador error.

La ruptura del consenso
Editorial ABC  12 Mayo 2005

EL debate sobre el estado de la Nación transcurrió ayer en los términos previsibles de crispación y enfrentamiento. A pesar del panorama idílico, más cerca de la utopía que de la realidad, que presentaba Zapatero en su intervención de la mañana, la opinión pública es consciente de que se ha quebrado el entendimiento de fondo entre los dos grandes partidos. Se avecinan tiempos de riesgo para la cohesión social y territorial y no bastan las palabras abstractas ni los apoyos interesados que ayer prestaban al Gobierno socialista sus socios parlamentarios. La estrella del debate fue sin duda esta reflexión reiterada del presidente: «La política puede contribuir al fin de la violencia». No es difícil suponer que se trata de un reconocimiento de que el diálogo podría conducir a concesiones relevantes. No basta con anunciar que el Parlamento será informado en su día, porque la democracia exige transparencia y debate público. En todo caso, ayer quedó certificado el final del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, asunto que en los años anteriores era elemento de unión entre Gobierno y oposición y que ayer se convirtió en el centro de un debate duro, áspero y tenso en el que Mariano Rajoy, ante la gravedad de la situación, acusó a Zapatero de «traicionar a los muertos y permitir que ETA recupere las posiciones que ocupaba antes de su arrinconamiento».

La mayoría de los ciudadanos tienen muy claro que la responsabilidad incumbe al Gobierno, porque el Partido Popular ha intentado —por activa y por pasiva— mantener vivos el espíritu y la letra de un acuerdo que ha causado un daño importante a ETA. En rigor, la renuncia del Gobierno a instar la ilegalización de EHAK ha sido el principio del fin. No parece fácil que las iniciativas que ahora están en marcha vayan a mejorar la situación, sin olvidar el impacto de un acuerdo de esta naturaleza sobre la moral colectiva de un Estado democrático.

ROTOS los puentes entre el Gobierno y la oposición, daba ayer la impresión de que hemos entrado en sentido material en un nuevo periodo constituyente, aunque la reforma formal del texto constitucional vaya a limitarse a cuatro aspectos concretos. Se daría así la razón a Maragall cuando dijo que la Constitución era «una gran disposición transitoria». En efecto, la revisión en marcha de los Estatutos puede suponer, si se pierde el control, la ruptura material de la Constitución («la mejor de nuestra Historia», como dijo ayer acertadamente el líder de la oposición). Bajo la retórica de la España plural, se esconde una ruptura de la solidaridad y un debilitamiento de la Administración central. Sobre la incorporación del concepto de «nación» a los Estatutos y sobre la financiación autonómica, el presidente no quiso o no pudo aportar datos concretos, pero confirmó en cambio la nueva doctrina en materia de justicia, que conduce a reforzar a los tribunales superiores de las Comunidades Autónomas a costa del Tribunal Supremo. Es una mala noticia para la igualdad de derechos y deberes de los ciudadanos. Por lo demás, sigue sin concretarse el modelo de financiación que piensa plantear el PSOE como contraoferta al tripartito y tampoco se sabe si alcanza a este punto decisivo el compromiso de apoyar cualquier texto que surja, con amplia mayoría, del Parlamento catalán. Con la capacidad que le caracteriza para eludir los asuntos concretos, Zapatero le dijo más o menos a cada uno lo que su interlocutor deseaba escuchar.

Capítulo aparte merece el debate sobre la acción exterior del Estado. Zapatero insiste en conseguir nuevos réditos de su política respecto a Irak, con una curiosa tendencia a utilizar un patriotismo convencional para justificar la autonomía de España respecto a los Estados Unidos. Todo ello, sin renunciar a contar su breve conversación reciente con el presidente Bush. Tampoco se aportó ningún argumento razonable para justificar en qué ha beneficiado a España el apoyo sin condiciones al eje franco-alemán. Frente a la acusación de que nuestra política exterior es ahora errática y ruinosa, el presidente se escuda una vez más en las buenas palabras, tales como «nuestra Bandera es enseña de paz», «hemos vuelto al corazón de Europa» y otras similares.

El balance general en materia de gestión ofrece más sombras que luces. Es cierto que la situación económica mantiene unas pautas razonables, aunque se atisban síntomas preocupantes que el presidente niega desde su tradicional voluntarismo. En cualquier caso, la herencia muy favorable recibida de los gobiernos anteriores rebaja notablemente cualquier mérito que pueda atribuirse en este terreno al Ejecutivo actual. Zapatero no despejó las dudas acerca de la existencia de territorios de primera y de segunda a la hora de programar y ejecutar las inversiones en materia de infraestructura. El cruce de acusaciones sobre el Plan Hidrológico Nacional y la política del agua no aportó nada nuevo, por lo que muchos ciudadanos siguen sin entender cuáles son las razones técnicas que invitan a desandar un camino que parecía bien orientado. Tampoco hubo referencias serias a la educación, donde nada se dijo del notable descontento e inquietud de padres y profesores. La cultura fue el pariente pobre del debate, porque, al parecer, el presidente nada tiene que decir sobre el Museo del Prado o sobre el Archivo de Salamanca.

Más interesante, en cambio, resultó la discrepancia sobre inmigración. Es extraño que el Gobierno mantenga su discurso triunfalista sobre un proceso de regularización que no convence a casi nadie y que prefiera cerrar los ojos ante problemas que debería abordar con máxima prudencia, porque afectan ya a la convivencia diaria. El presidente valora de forma complaciente la política social y, en particular, el matrimonio de homosexuales, sin admitir que ha creado un fuerte debate y que se reabre una innecesaria confrontación con la Iglesia.

ESTUVO enérgico Rajoy en su papel de líder de la oposición. Contrastan una vez más su precisión y sus preguntas directas con la capacidad del presidente para eludir las cuestiones espinosas. Muchos ciudadanos aprecian la defensa inequívoca del modelo constitucional vigente y rechazan que, un año después, se insista en alusiones permanentes a los gobiernos anteriores. Más allá de la coyuntura, la opinión pública está seriamente preocupada por la deriva del debate territorial y por la perspectiva de una negociación con el terrorismo. Dos asuntos claves para abordar con todos los puentes dinamitados.

Sobre profecías y sospechas
POR BENIGNO PENDÁS PROFESOR DE HISTORIA DE LAS IDEAS POLÍTICAS ABC  12 Mayo 2005

NO hace falta ser adivino: el legado de la Transición corre un grave riesgo. Es una lástima, porque vamos a dilapidar sin grandeza la mejor aportación de los españoles al noble ejercicio de la política. Roto el anclaje afectivo, el sentido común exige al menos que no ocurra nada irremediable en el plano jurídico-formal. Me consta que mucha gente comparte esta grave preocupación. Pero conviene ser realistas: otros muchos, no sé si la mayoría, responden al reclamo postmoderno, cargado al mismo tiempo de mansedumbre y de hedonismo. Añádase que la democracia se construye hoy día desde la legitimidad que otorgan mayorías coyunturales, sin atender a la profunda convicción moral sustentada en la libertad bajo el imperio de la ley. Éste es el ámbito natural de Zapatero, capaz de describir un mundo feliz ante la complacencia de los suyos y la perplejidad de los ajenos. Como es notorio, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Gobierna, en fin, con la técnica del «dripping», esa especie de chorreo de la pintura sobre el lienzo, como si fuera un émulo de Pollock.

Política carente de sustancia ética, donde «la imagen lo es todo», como escribió Azorín hace más de un siglo. Cambiar el nombre a las cosas, decía ayer Rajoy, para complacer a una galería radicalizada. Logomaquia, en fin, con el mejor espíritu de Alicia: «Cuando pronuncio una palabra, significa lo que yo quiero que signifique». Zapatero es víctima de la crisis de ideas propia de la izquierda universal. Seguro que no lo sabe, porque parece muy satisfecho de sí mismo. Crisis de fundamentos morales y de principios políticos. La democracia (con Rawls, contra Pericles) es sólo procedimiento: si se alcanzan mayorías cualificadas, todo es aceptable, incluso un estatuto catalán que destruye sin contemplaciones el modelo constitucional. La sociedad civil (con los «republicanos», contra los liberales) deriva de la yuxtaposición de minorías supuestamente oprimidas: de ahí la visión promocional de las leyes, cargadas de retórica sobre la autonomía personal y la igualdad aparente. Hombres y mujeres son acreedores de toda suerte de derechos. Están exentos, en cambio, de la exigencia de deberes y responsabilidades: contra Kant, contra Ortega, contra todo cuanto merece la pena en la historia del pensamiento. Esencia de la postmodernidad: sonrisa efímera y palabras que suenan bien. Aunque la gente percibe poco a poco rasgos que no concuerdan con esa imagen beatífica. Ayer, por ejemplo, apenas habló del Quijote y de la cultura: ¿será que ahora hay cosas más importantes? Amable con casi todos, deja traslucir antipatía hacia las creencias religiosas y los valores fuertes. Desde el punto de vista de la teoría política, el discurso resulta extremista y radical. A lo mejor -no estoy seguro- le parece un elogio.

Lo peor, sin duda, porque afecta al núcleo moral de la convivencia, es que la sospecha de negociación con el terrorismo adquiere ahora visos de certeza. Aquí entra en juego la responsabilidad personal y política del presidente. No es cuestión de ideologías, ni siquiera sirve para las bromas o la ironía. «La política puede contribuir al fin de la violencia»: la frase resulta fácilmente inteligible para cualquier ciudadano avisado. No basta con apelar otra vez a las virtudes del procedimiento: «si se diera el caso», el Congreso de los Diputados no quedaría al margen. Mínimo consuelo. «Donde se sabe poco, se sospecha mucho», decía Maquiavelo. No son insidias, sino deducciones lógicas del secretismo. ¿Acaso no admite que el Gobierno no se va a detener sea cual sea la postura del PP? Parece asumir el lenguaje y los parámetros del nacionalismo: Lizarra, con el PSOE y en Vitoria, como sintetiza Rajoy. Está muerto por desgracia el Pacto Antiterrorista, última esperanza para los héroes de la libertad en el País Vasco y para la gente decente en toda España. Nadie se llama a engaño. ¿Habrá precio político por la paz? Sería el golpe definitivo al fundamento ético de nuestra convivencia: el respeto que se pierde no se recupera nunca. No tiene razón el presidente cuando se rasga las vestiduras al oír la palabra «traición». Es prisionero, porque así lo prefiere, del nacionalismo desleal, cuando podría aceptar una oferta sincera en favor de la vertebración nacional. Digo algo más: tampoco sería aceptable aunque necesitara sin remedio a tales socios para gobernar. Es una opción ineludible entre la dignidad y el poder. Todavía, cada vez con menos esperanzas, la sociedad española exige unidad de acción a los partidos democráticos. Ayer se rompieron casi todos los puentes. Es el éxito de los enemigos de la Constitución y el momento de la decepción, la tristeza, el esfuerzo inútil que conduce a la melancolía, para sus muchos defensores. Es una injusticia profunda. Peor aún si se acompaña de menciones gratuitas a la lealtad o se toma en vano el nombre de las víctimas.

Sólido Rajoy, brillante en varios momentos: contundente en los adjetivos y certero -como acostumbra- en las formas. Descubre la falacia del socialismo multiuso: buenas palabras, pocos hechos y un solo objetivo, que consiste en desmontar la labor del gobierno popular. Muy bien la referencia al retorno del cantonalismo, que destapa la quiebra principal de Zapatero: carece de una idea sobre España, no sabe qué es una nación, ignora el concepto de soberanía. Es débil con quienes le hacen chantaje. Alimenta expectativas que luego no sabe encauzar. Alusiones a temas específicos: política exterior, en contra del populismo trufado del viejo antiamericanismo; inmigración, «bomba que puede estallar»; infraestructuras con efecto discriminatorio; educación sin rumbo; economía que vive de las rentas... Diez millones de españoles comparten estos enfoques. Otros muchos, aunque sean socialistas, son conscientes del fracaso anunciado en materia territorial. Más autogobierno equivale a ruptura de la vertebración. Ahora le toca a la justicia. Mañana a la financiación. No son sólo profecías, ni tampoco meras sospechas: el Estado de las Autonomías (unidad, pluralidad, solidaridad) tiene por destino el Museo Arqueológico. Basta con escuchar a los socios reales o potenciales del Gobierno, aunque alguno de sus portavoces aburre con sus discursos a la nación entera. Los ingleses saben cuándo y por qué se vacían los escaños en las Cámaras parlamentarias...

Debate áspero y rudo. Ambiente alborotado. No contribuye -ciertamente-al prestigio de la política, pero traslada al hemiciclo la realidad de una sociedad desquiciada a partir del 11-M, guste o no guste escuchar esta verdad evidente. Porque vivimos tiempos de vértigo social y sólo el sentido de Estado y la firmeza de las convicciones pueden ayudar a superar la crisis. Patriotismo, en una palabra, se llama desde hace siglos esa virtud cívica, que no abunda ciertamente entre quienes identifican la política con el interés particular. Estamos pagando a precio muy alto la debilidad de nuestra sociedad civil y la emergencia en su día de una clase política improvisada. Hemos tenido un cuarto de siglo para remediarlo y no hemos sabido hacerlo. Supongo que la culpa es de todos y todos vamos a sufrir también las consecuencias. El estilo de Zapatero irrita sin remedio a las clases medias ancladas en valores sólidos. La eficacia de la gestión de su gobierno es mejorable en casi todas las políticas sectoriales. Pero todo esto sería susceptible de discusión, incluidos los debates que afectan a problemas de conciencia. Hasta aquí, conflicto partidista, derechas e izquierdas, mayorías y minorías. Lo realmente grave es determinar dónde se quiere situar el poder constituyente material: o hay un acuerdo firme entre los dos grandes partidos para garantizar el futuro de la España constitucional o hay un pacto del PSOE con el nacionalismo insaciable, con la quiebra consiguiente del sistema de 1978. Zapatero decide. Ayer quedó muy claro cuál es su preferencia. Lo peor es, como decía Milton, que «la pérdida de una verdad se paga muchas veces con desgracias irreparables».

Carta a los nuevos ciegos
Por PILAR RUIZ ALBISU, MADRE DE JOXEBA PAGAZAURTUNDÚA, ASESINADO POR ETA ABC 12 Mayo 2005

EN el segundo aniversario del asesinato de mi hijo Joxeba te hablé en público y en privado, Patxi, porque estaba cada vez más preocupada por algunas palabras y gestos de quienes te acompañan en el partido. Soy mayor, Patxi, tengo setenta y tres años y tú eres muy joven, como lo es el presidente del Gobierno. Por eso me atreví a decirte que pensaras en las cosas que son realmente importantes: la vida y la dignidad. La defensa de la vida y de la libertad y de la dignidad es más importante que el poder o que el interés del Partido Socialista. Sabes muy bien que mi hijo pensaba exactamente así. Y desde luego la defensa de nuestra dignidad como personas en las políticas antiterroristas es más importante que el mantenimiento de los actuales aliados del Partido Socialista, te lo digo tal y como lo pienso.

Te hablé de la traición de los nacionalistas en Santoña en 1937, Patxi, como te hablé de mi infancia y te recordé que el que pacta con los traidores se convierte en un traidor, y tú me dijiste que nada de eso pasaría. Todavía no se hablaba de la palabra mágica, proceso de paz, ésa que va asomando poco a poco, que tanta ilusión provoca en gentes ansiosas de paz, y que cubre las posibles vergüenzas que puede traer una negociación —que no rendición— con los terroristas. A mí me parece que la palabra viste el santo. La negociación es un atajo, no es la solución democrática, Patxi. Quienes lloramos a los muertos hemos renunciado a vengarnos. Como sociedad no aplicamos la pena de muerte, ni la cadena perpetua. Ésta es la prueba de la inmensa generosidad de nuestra sociedad. Lo hemos comentado muchas veces en casa. A veces he pensado que ETA no mata en Francia porque tal vez también influya que allí las penas son más severas y que no tienen esperanza de que el Gobierno francés escuche cantos de sirena. También te lo digo como lo pienso.

Con José Luis Rodríguez Zapatero hablé el 13 de diciembre de 2003. Ahora estamos en el año 2005 y yo todavía tengo voz, y no callaré, pero ahora hay muchos ciegos en España y creo que serán ciegos y mudos ante nosotros. Hay muchos ciegos que serán leales a lo que hagáis, aunque nos traicionéis, porque sólo ven las siglas y éste es el país de Caín y Abel, de unos contra otros, de la política que parece tantas veces un partido de unos forofos contra otros forofos. Y sí, los hinchas que escriben de vuestro lado dirán lo que vosotros no diréis en voz alta, que es lo que ya nos han dicho los nacionalistas: que estamos manipulados por el Partido Popular y por nuestro dolor, y que deberíamos estar callados cuando nos den un abrazo y un homenaje.

ETA no ha dado tregua, pero a veces creo que os ha podido o que está a punto de poderos. A Odón Elorza y a Gemma Zabaleta les escribí el 14 de noviembre de 2004 que para perdonar es necesario que quien ha hecho mal se arrepienta, y ETA no se ha arrepentido de matar, y puesto que no va a reconocer el mal causado, si obtiene algo de vosotros significará por fin que matar ha valido la pena. Me apena —a veces me indigna, si tengo que ser totalmente sincera— veros enredaros en las palabras con que os intenta descolocar el mundo de ETA. Es la dignidad de los muertos inocentes lo que está en juego, y la dignidad de toda la sociedad. Y salvo que deseemos engañarnos, nos consta que Ibarretxe no se ha arrepentido de haber pactado con ETA, ni de romper por la mitad la sociedad vasca. Ibarretxe y la gran mayoría de los nacionalistas —tengan pistola o no— son de los de a Dios rogando y con el mazo dando, y en la negociación irán de la mano con las mismas palabras. Por eso, después de leer a Javier Rojo en el «Diario Vasco», he pensado en cada muerto y en cada familia rota y en cada uno de sus días y de sus años sin tregua en el dolor. Y he pensado en el sueño de poder llorar a los muertos por haber rendido a ETA. En una paz sin trampas y en llorar, en ese momento, tranquilos y con la conciencia limpia y tranquila. Y cerrar por fin el duelo.

Ay, Patxi, ya sé que no me enseñarás los lugares donde estuve refugiada. Tú me dijiste que mi vida había sido triste. Fui una refugiada de guerra miserablemente pobre, crecí como la hija de un rojo represaliado, no pude votar hasta los cuarenta y cuatro años. Y después vino el calvario de nueve años de ver sufrir a mi hijo, que veía llegar su propio asesinato. Se jugó la vida por defender la libertad, no por lo que parece que viene de vuestra mano, eso que pomposamente se anuncia como un proceso de Paz. Porque, Patxi, ahora veo que, efectivamente, has puesto en un lado de la balanza la vida y la dignidad, y en el otro el poder y el interés del partido, y que te has reunido con EHAK. Ya no me quedan dudas de que cerrarás más veces los ojos y dirás y harás muchas más cosas que me helarán la sangre, llamando a las cosas por los nombres que no son. A tus pasos los llamarán valientes. ¡Qué solos se han quedado nuestros muertos!, Patxi. ¡Qué solos estamos los que no hemos cerrado los ojos!

El debate
Monólogo sin nación
José García Domínguez Libertad Digital 12 Mayo 2005

Que gran verdad encierra esa frase de que nadie es grande para su ayuda de cámara. Ayer, sin ir más lejos, a Zetapé le tenía escrito su discurso el consejero delegado del Poder Fáctico Fácilmente Obedecible. Y en lugar de limitarse a repetirlo poniéndole unas cuantas esdrújulas encima de las íes, por petulancia, nos salió por los cerros de Cornellà. Porque la novena presidencial emergió de un interminable corta y pega entre los pregones amontillados de la Fiesta Mayor de la capital del Bajo Llobregat, el último informe del comité central del Partido Comunista de Corea sobre la marcha imparable del Plan Quinquenal, y la edición en rústica de la autobiografía del Doctor Pangloss. Además, fiel a sí mismo y abdicando de su fe republicana, Rodríguez volvió a usurpar ante las Cortes la corona del Rey del Lugar Común. Así, subió al estrado con gesto firme, decidido a explicar que todo lo que es la Tierra tiene cuatro esquinas, ya que es redonda; que todo lo que signifique ciruela deja el vientre suelto; y que cuando llegue el verano a este país, hará calor, al contrario de la sensación térmica que experimentan los ciudadanos y las ciudadanas en todo lo que es el invierno.

Peroraba sin miedo a las palabras Ventura Gassol, uno de los padres fundadores de Esquerra Republicana de Cataluña: “nuestro odio a la vil España es gigantesco, loco, sublime; hasta odiamos el nombre, el grito y la memoria, sus tradiciones y su sucia historia”. Confiesa sin miedo a las palabras Carod Rovira: “un Estado federal podría ser útil como fase previa a la independencia”. Y ordenaba ayer Cebrián a su protegido: “pierda el miedo a las palabras y aborde la cuestión del Estado federal”. Él obedecerá. Lo hará, nadie lo dude, mas no verbalizó la cuestión en el Debate. No, bordearía por todos los ángulos posibles el esqueleto de esa España asimétrica, descoyuntada, desnortada y descabezada, el programa único de la coalición ferroviaria que lo aupó a La Moncloa, pero no se atrevería a rebautizarla. Y es que imaginar a un Rodríguez valiente, aunque sólo fuera ante las palabras, es como confiar en la existencia de los limones dulces, la poesía social o las sardanas por soleares. Porque ocurre que el presidente también es reo de miedo atávico frente a las palabras. De ahí que se le helara la sonrisa, por la tarde, al escuchar que el eco de los muertos iba a perpetuarse en la letra pequeña del Diario de Sesiones. Que se grabaría en tinta la sombra de esos mil españoles tan distintos, porque ellos sí se atrevían con el Diccionario; de ahí que los asesinaran con esas pistolas ante las que presenta sus respetos Patxi López. En su último artículo el consejero delegado puntuaba con “un simple aprobado” al aconsejado por delegación. A saber si lo enviará a Septiembre tras lo de hoy.

El debate
Populismo y deslegitimación democrática
Agapito Maestre Libertad Digital 12 Mayo 2005

Rajoy le ha preguntado a Rodríguez que fije, por favor, su posición sobre España, que diga en términos democráticos, o mejor de forma clara y distinta, cómo plantea el proceso constituyente, quizá el cambio de régimen político, que ha abierto el gobierno del PSOE. La respuesta dada por Rodríguez desasosiega para quienes aún creemos en la viabilidad democrática de España. Rodríguez no ha contestado porque, en realidad, no quiere que el PP, que representa a casi la mitad de la nación, partícipe en ese proceso. La técnica utilizada por el presidente de Gobierno en el debate de la nación ha sido la misma que puso en práctica para alcanzar el poder: populismo y propaganda haciéndose la víctima.

La actuación victimista de Rodríguez en el debate de la nación nos hace sospechar lo peor para el futuro de la democracia. Malos tiempos corren para el análisis. Peores para las propuestas. Y nefastos para introducir razones allí dónde sólo hay perversidad totalitaria. El Gobierno y sus aparatos de propaganda, incluido la mayoría de los medios de comunicación, quieren dejar fuera de juego al PP. Ayer puso de relieve Rodríguez que acepta antes la desaparición de la democracia que pactar, hacer política, con el partido de la Oposición. Después de un año en el Gobierno, ayer el presidente de la nación nos volvió a dar un recital sobre cómo acabar con la política. Su discurso agresivo y de oposición sólo reflejaba resentimiento. No contestó a Rajoy ninguna de sus preguntas, pero nos dejó muy claro que la “política” en España ya no es fiabilidad en el adversario político, generación de confianza para solucionar problemas entre fuerzas políticas diferentes. Rodríguez negó ayer que la política sea consecución de acuerdos entre todos los actores implicados en la sociedad democrática. Por el contrario, para este hombre la “política” no será sino estigmatización del adversario hasta dejarlo reducido a enemigo. He ahí una de las peores consecuencias del 11-M y, sobre todo, de la intervención de ayer de Rodríguez.

Esta contundente valoración significa que la democracia española corre peligro. Sin duda los déficits democráticos, que se derivan de esa actitud, son hoy el peligro más grave de nuestra democracia. Más aún, sin la superación de esa perversa actitud, que convierte al adversario en enemigo, diría que nos hallamos al borde de la absoluta deslegitimación del sistema democrático. Rodríguez ha puesto en cuestión el mayor capital político de la democracia: la Constitución. Por eso, ayer, no quiso definir en qué términos desea plantear el nuevo período constituyente. Porque pensar es arriesgar, y por supuesto exagerar, mantengo que sólo si nos percatamos del riesgo de la estigmatización del adversario político, entenderemos la crisis de legitimidad y, sobre todo, de gobernabilidad que sufre la democracia española. Todos los actores políticos tienen responsabilidades en esta crisis, pero el Gobierno, por razones obvias, es el primer responsable del fiasco. Muy pronto podemos entrar en una crisis de gobernabilidad sin precedentes en la España reciente, porque el Gobierno no sólo niega capacidad de negociación a su adversario político, sino que también lo estigmatiza a través de una técnica perversa y populista: el victimismo.

¿Victimismo? Sí, no hallo otra palabra para reflejar la siempre intempestiva táctica del populismo más rancio, victimismo es la primera tarea del gobierno de Rodríguez para ocultar su crisis de legitimación democrática. Ese victimismo fue magníficamente sintetizado por las palabras de Peces Barba en el homenaje a Santiago Carrillo: los buenos están con Carrillo o no son. El Alto Comisionado para las Víctimas del Terrorismo no podía dejar más claro la política llevada a cabo por Rodríguez desde que llegó al poder el PSOE. En España sólo hay buenos y malos. Los socialistas más Ibarreche y Carod Rovira son los buenos, mientras que los demócratas del PP son los malos. Naturalmente, los buenos no serían nada si no asumiesen el rol, diría algún sociólogo pedante, de ser las principales víctimas-acusadoras de los malos, o sea de los horribles verdugos. Hurtar el papel de las genuinas víctimas es el principal afán del Gobierno socialista. Victimismo y resentimiento caminan unidos. Casi podría decirse que paz, ciudadanía y talante, la tríada utópica de ZP, no son plausibles sin sus tres contrarios reales: victimismo, movilización y propaganda.

El victimismo de Rodríguez en la Oposición y en el Gobierno es la esencia de su proceder antipolítico. Además, ha sido la base de la movilización casi totalitaria llevada a cabo por el PSOE durante los últimos cuatro (sic) años. Para este partido la movilización fue, y sospecho que seguirá siendo, todo. En la Oposición y en el Gobierno lo decisivo para el PSOE ha sido siempre mantener movilizada a la población para después someterla a un proceso de sedación dulce. No importan los motivos. Todo vale, si la población está en tensión y dispuesta a culpar al “otro” de todos su males. Lo decisivo es que la “ciudadanía” quede reducida a masa estabulada en dogmas y, naturalmente, seguidora de las consignas del Pérez Rubalcaba de turno.

Castro y Chávez son aprendices al lado de la “movilización total” al que los socialistas españoles someten a la población. Ésta no puede entender su acción en la vida pública, sino es movilizada, naturalmente, contra alguien o algo. Primero, fue contra Aznar (responsable del hundimiento de un barco petrolero, de la caída de un avión que transportaba militares, del toro que mató a Manolete, etc.); después, había que movilizar contra Bush y Aznar (por la guerra de Irak…); y, ahora, contra el PP (por ser heredero de todas las perversiones de la humanidad). Antes, en la Oposición, el PSOE movilizaba para desalojar al Gobierno del poder sin imponerse ninguna autolimitación. Ahora, el Gobierno no se usa para gobernar, sino para movilizar y mantenerse en el poder. Y la técnica siempre es la misma: victimismo y resentimiento.

La “política” de este Gobierno es la negación de la política y, por supuesto, de la democracia a través del resentimiento que culpa al “otro” de sus problemas. El día que se desenmascare, de verdad, todo lo que el victimismo oculta, nadie negará que el PSOE ha hecho regresar a su partido a una situación prepolítica, o sea de guerra civil permanente. Los ejemplos de victimismo prepolítico, por decirlo benévolamente, ocuparían esta columna, pero la actuación de ayer del presidente del Gobierno en el debate del estado de la nación produce espanto. ¡Es insólito! El Gobierno, los representantes socialistas y todos sus socios serían, pues, víctimas de los malvados dirigentes del PP.

Una vez más, la perversidad victimista de Rodríguez quiso demostrar que el PP es un peligro. Es necesario aislarlo como si fuera un perro rabioso. Es necesario que el PSOE y los otros minoritarios (separatistas y comunistas) cierren filas contra el poderoso verdugo de los ciudadanos. Una vez que el PP ha sido descubierto como el poderoso opresor, hay que competir por presentarse como la más sufrida víctima. Es la forma más adecuada para destruir cualquier esfuerzo que tienda a construir un proyecto político común. Es la mejor fórmula para destruir la posibilidad de generar confianza y compromisos mutuos, o sea, de generar sentido común con el otro partido, que representa a casi la mitad de la población. Presentarse como víctima de todo (del pasado, el presente y el futuro) asegura al PSOE su mantenimiento en el poder. No le preocupa que le llamen mentiroso, si previamente ha conseguido que algún incauto lo considere víctima… Lo importante es negar el intercambio franco y sin tapujos entre fuerzas políticas en condiciones de igualdad.

Sí, con esta simple técnica, el PSOE ha conseguido esterilizar cualquier debate público de carácter democrático. Así, una vez más, fracturó ayer el señor Rodríguez las serias objeciones lanzadas por Rajoy a un año de desgobierno. Reservarse para sí mismo el papel de victima-acusadora le ha reportado al PSOE importantes beneficios, pero ha dañado seriamente el frágil tejido democrático de nuestra escasa vida pública. Si el PSOE es la victima-acusadora y el PP, el opresor-acusado, jamás podrá haber comunicación entre iguales, sino un tráfico unidireccional, con un objetivo preciso: el acusado deberá terminar reconociendo su culpa. Más aún, y en esto el sumo sacerdote Rodríguez es implacable, el PP deberá dar muestras de constricción e, incluso, tendría que ofrecer una reparación de daños. A la luz de esta técnica totalitaria para ocupar el espacio público no sólo comprendemos el indecente victimismo practicado ayer por Rodríguez, sino que también podemos explicar que el “talante” de ZP no es nada más que una técnica para demonizar al otro haciéndose pasar por víctima. Trágico camino el iniciado por el PSOE. Primero, porque pone en cuestión el tejido democrático construido desde la muerte de Franco hasta hoy. Y, sobre todo, porque destruye la base de la democracia, que no es otra que la “colaboración genuina” de fuerzas políticas diferentes en el marco de una empresa común libre de víctimas y verdugos.

ZP en el país de las maravillas
Lorenzo Contreras Estrella Digital 12 Mayo 2005

Pocas veces, tal vez nunca, un debate sobre el estado de la nación habrá estado cargado de tanta polémica y controversia de fondo como el que ayer se celebró en el Congreso de los Diputados. Controversia previa al desarrollo de las discusiones porque las actitudes y posiciones generales de los contendientes políticos estaban de antemano diseñadas. Y no puede extrañar que temas aparentemente menores, como las reformas institucionales (Senado, Justicia, sanidad, vivienda, etc.), así como asuntos de tanto calado como el fenómeno de la inmigración, quedaran eclipsados por el poderoso reclamo de las grandes broncas políticas marcadas por el futuro del modelo territorial del Estado, la financiación autonómica, la Ley de Partidos y el Pacto Antiterrorista con todas sus implicaciones.

Aún es pronto para valorar el alcance de los resultados y consecuencias del debate. Zapatero ha tenido que someterse a la más delicada prueba de su mandato, que acaba de cumplir un año, y no es seguro que sus zigzagueos por los terrenos de una inevitable ambigüedad, cuando las grandes líneas de actuación política necesitan considerables dosis de reserva, puedan convencer a gran parte de la opinión pública, incluida la más imparcial.

El presidente del Gobierno ha sometido a examen las posibilidades de su gran examinador de turno, en este caso, como siempre en este tipo de debate, el jefe de la oposición mayoritaria. Mariano Rajoy sabía que se jugaba muchas de sus bazas políticas en esta coyuntura parlamentaria, cuando se encuentra a pocas semanas de las elecciones autonómicas de Galicia y el desenlace de estos comicios puede determinar su propio futuro personal y el horizonte de su carrera política.

En el fondo, el debate ha obligado a Zapatero a una estrategia de vaguedades y ganancia de tiempo. Su partido está implicado en una aventura de pacificación de Euskadi que no supone una voluntad de derrotar a ETA, sino de pactar con ella o con sus representantes aledaños disfrazados de formación democrática nacionalista. Y ha sido lógico que el PP, a través de Rajoy, se haya zambullido en la gran cuestión de los precios políticos que se puedan llegar a satisfacer. La entrevista del aspirante socialista a lehendakari, Patxi López, con los dirigentes del Partido Comunista de las Tierras Vascas (EHAK) ha resultado muy vidriosa en cuanto proyecto. Se trata de un encuentro oficial y los abertzales herederos de Batasuna e inspirados por ETA están convencidos de que la decisión del PSE ha contado con la anuencia e incluso el estímulo de Zapatero. Todo parece venir rodado desde la entrevista de dos horas celebrada en la Moncloa entre el presidente del Gobierno y el lehendakari en funciones, Juan José Ibarretxe. Una entrevista caracterizada por la falta de noticias sobre su contenido, hasta el punto de haber sido tachada de “clandestina”. Y el imprudente José Blanco, brazo derecho de ZP y secretario de organización del PSOE, no ha descartado, sino que ha anunciado, la posibilidad de que la dirección socialista se reúna con la dirección de la mismísima ETA, sin más intermediarios.

La mala suerte de Zapatero ha sido que en las proximidades temporales de este compromiso parlamentario estallara la crisis del proyecto de financiación de Cataluña, lanzado por Maragall sin consideraciones políticas previas que pudieran favorecer o proteger al líder del PSOE. Zapatero tiene además en el seno del Gobierno a un hombre de Maragall llamado José Montilla, al que ha confiado la cartera de Industria, que no es un ministerio baladí. Montilla, primer secretario a su vez del PSC o Partido de los Socialistas Catalanes, ha declarado en víspera de este 11 de mayo último que la financiación proyectada por ellos mismos para su Comunidad no tiene retroceso posible. Y se lo ha dicho a Zapatero con reproches nítidos, tales como el recuerdo de las críticas emitidas contra ese modelo de financiación desde las filas del propio PSOE: “Declaraciones fuera de lugar, extravagantes y muchas veces insultantes”.

El destinatario de estas reconvenciones es Zapatero y el aludido parece ser Rodríguez Ibarra. Por otra parte, era lógico que el presidente del Gobierno expusiera un cuadro o una pintura retocados de su gestión inicial, un año de mandato, sin asomo de autocrítica. Todo maravilloso. Promesas cumplidas, progreso social, mejora de las relaciones internacionales, abrazo con Europa, televisión pública imparcial en el sentido de haber acabado, según dijo, con la televisión de partido. En este punto la oposición estalló en murmuraciones y protestas. Y en cuanto a la falta de diafanidad en las gestiones para acabar con la situación de la violencia en Euskadi, nada reconoció como tacha de su Gobierno. Todo lo más, anunció que vendrá a la Cámara para explicar los pasos que se vayan dando.

En resumen, para ZP tiempo de grandes esperanzas y de grandes fidelidades a la palabra dada. Progresismo a go-go. Naturalmente, la oposición no ha quedado convencida. Sigue recelando de los precios políticos que vayan a pagarse. Según ZP, el Pacto Antiterrorista, pese a los contactos con los afines a ETA y la legalización de Batasuna vía EHAK, sigue vigente y continúa obligando a sus firmantes, ahora en la oposición lo mismo que cuando estuvieron en el poder. Pero los reparos de la oposición frente a las concesiones que los afines de ETA reciben han integrado un capítulo esencial de la crítica política y parlamentaria.

Por supuesto, quien se encargó de reducir a cenizas, al menos durante su tiempo de intervención, las maravillas cantadas y descritas por el presidente del Gobierno fue Mariano Rajoy. La dependencia gubernamental de ERC, la entrada del Ejecutivo en el tunel del tiempo, el “avance” hacia el pasado, la España en almoneda, el naufragio del Plan Hidrológico, el país patas arriba, el consenso de 1978 hacho trizas, la vigorización de una secta moribunda (ETA), los conflictos del Gobierno con la Iglesia católica, con Estados Unidos, con los intereses de la familia, el resentimiento zapateril, sus alcaldadas, la entrega sin diálogo de los Archivos de Salamanca, la ocultación de la verdad sobre los diálogos con Maragall e Ibarretxe, la “espantada” de Iraq, las buenas relaciones innecesarias con regímenes bananeros, la pérdida de las ventajas negociadas en los acuerdos de Niza con la UE, el desastre de la Ley de Calidad de la Enseñanza, las microviviendas de la ministra Trujillo, la inmigración con su “efecto llamada” y el destino de los restos no empadronados, el olvido práctico del Plan Galicia, la conversión del propio Zapatero en parte del problema nacionalista, las tensiones con Cataluña, los “oscuros juegos” políticos con Ibarretxe, el proyecto encubierto de otra Lizarra con el PSOE de “partenaire”, el precio político de una posible tregua etarra (precio que consistiría en permitir que Batasuna, a través de EHAK, vuelva al Parlamento de Vitoria), fueron, entre otros temas, productos políticos abordados por Rajoy en su implacable requisitoria.

Zapatero se defendió con bastante soltura. Según dijo, la derecha ha vuelto al año 1977 y se sintió especialemente molesto con el agravio que Rajoy le dirigió cuando le acusó de traicionar a los muertos del terrorismo.

Valgan estas anotaciones para dar idea de un debate convertido en torneo de palabras más o menos hirientes, un toma y daca que recordaba el “tú más”, como por ejemplo cuando, a propósito de las eventuales “negociaciones” con ETA, Zapatero recordó las conversaciones de los delegados de Aznar desplazados a Zúrich para “dialogar” con los dirigentes etarras. El presidente se llegó a sentir tan acosado al respecto que prometió comparecer en el Parlamento si se produce algún asomo de conversaciones con la banda terrorista. De paso aprovechó la oportunidad para comentar que él no conoce a Fidel Castro, pero sabe de alguien que sí lo trata y hasta abraza a su hermano Raúl. La referencia a Fraga fue replicada más tarde por Rajoy con una alusión a las correrías cubanas de Manuel Chaves, presidente del PSOE y de la Junta de Andalucía.

Cuando surgió la crítica de la política de ZP respecto a Estados Unidos, Zapatero entonó una especie de “viva Cartagena”: “Entre agradar al presidente de Estados Unidos y hacer lo que quieren los españoles yo siempre elijo lo segundo”. Y ya que se había registrado una antología de acritudes, el presidente la emprendió otra vez con Fraga a propósito del Plan Galicia, medio abandonado por el Gobierno central: “Un futuro presidente de la Xunta que sea socialista nunca se irá de caza como hizo Fraga cuando naufragaba el Prestige”.

Quedaba por desollar el rabo nacionalista catalán, y en este tema se enzarzaron Zapatero y Duran Lleida. La financiación autonómica de Cataluña. Para el portavoz de CiU, el futuro Estatut debe incluir el plan de financiación. Y ante las objeciones de ZP sobre la solidaridad con el resto de las comunidades españolas, Duran manifestó que Cataluña es solidaria, como lo ha sido Alemania con los fondos de cohesión, pero que la hora de la revisión ha llegado.

Zapatero
El presidente de la paz
Jorge Vilches Libertad Digital 12 Mayo 2005

Zapatero ha dejado claro en el inicio de su discurso del debate sobre el Estado de la Nación, que “el fin de la violencia no tiene precio político, pero la política puede contribuir al fin de la violencia”. Es decir, quiere lograr la “paz” con ETA a través de la concesión política. Es el “ansia infinita de paz” en clave doméstica que, ni siquiera en este caso, es algo superficial. Muestra el deseo de ZP de pasar a la Historia como el Presidente de la Paz. El objetivo es legítimo, loable, e incluso muy zen; el problema está, sin embargo, en el coste que para los españoles tenga la satisfacción de esa ambición personal. Esa paz la pretende en lo exterior alejándose de EEUU y, en lo interior, dándose la mano con los independentistas y, además, con los terroristas. Esta fase de su plan pacificador del mundo, incluye el abandono de lo mejor de estos años de democracia: el consenso en torno a la Constitución y a la lucha contra el terrorismo.

El PSOE necesita para todo esto aislar al PP, y ahora pretende sacarlo del Pacto Antiterrorista. La fórmula será sencilla. IU y los nacionalistas no querían entrar en aquel Pacto porque abominaban de su preámbulo. “Se criminaliza al nacionalismo”, decían, por lo que Zapatero expiará su “crimen” transcribiendo el preámbulo que le dicten sus socios gubernamentales. Cantarán a los populares el Trágala, y el PP se quedará fuera, y así, las negociaciones con ETA y su mundo habrán dado un paso adelante. La representante de Aralar ya se lo dijo a Patxi López en relación a la Lendakaritza: no votaran a quien vote el PP vasco.

Los socialistas insistirán en la idea de que el gobierno busca la paz y que, para ello, hay que dialogar; esto es, ceder a algunas pretensiones de los terroristas. El mensaje para el terrorismo etarra o islamista es claro: “mata y extorsiona, que luego negociamos”. Las protestas que se puedan oír tendrán su origen en que, como han dicho José Blanco y Rubalcaba, a los populares les molesta que se llegue a la paz, y tratan de impedirlo porque hacen un uso partidista del terrorismo.

La “paz” es una buena coartada para Zapatero e Ibarretxe, cuya entrevista secreta, aconsejada por Otegi, no augura nada bueno. Pero este no ha sido el único guiño a los nacionalistas vascos. Eguiguren conversa, desde hace tiempo, con los líderes batasunos. A esto le ha seguido la permisividad con el PCTV para que se presentara a las elecciones. Y, por no cansar, ha tenido lugar la reunión de Patxi López con las representantes de los comunistas de las tierras vascas.

El resultado de estos contactos es la percepción de que algunas de las demandas etarras van a ser satisfechas, sobre todo las que tienen relación con los presos. Pero la gran baza es la formación de una mesa de negociación, un foro de partidos en el que no se excluya a nadie, como han pedido el PNV, EA, PCTV, Aralar y Ezker Batua. La fórmula permitiría a Batasuna estar presente, al margen de sus herederos del PCTV, porque, dicen, Otegi y los suyos representan una sensibilidad sociológica importante que no se puede soslayar. Y en el lote querrán poner la paz, sí, junto a una amnistía o beneficios penitenciarios para los etarras, un Estatuto casi de secesión y la convocatoria de un referéndum.

Y el problema, como decía, es el coste para los españoles. Godoy se convirtió, gracias a un tratado con la República francesa, en el Príncipe de la Paz. Sí, pero España cedió la soberanía de Santo Domingo a Francia, abandonó a sus aliados naturales para convertirse en un satélite de la política exterior francesa, a los pocos años vio su territorio invadido por las tropas napoleónicas, y a su rey en Bayona abdicando en el emperador francés. Zapatero, nuestro Presidente de la Paz, quizá debería pensar con quién se sienta a hablar primero, con los defensores de la Constitución y de su espíritu, o con los que quieren dinamitarla.

Criptodemocracia
ANTONIO ELORZA/CATEDRÁTICO DE PENSAMIENTO POLÍTICO DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE El Correo 12 Mayo 2005

La entrevista Zapatero-Ibarretxe del pasado día 5 supone una nueva aportación del proceso político vasco a la elaboración de un nuevo concepto de democracia. El único inconveniente es que hasta el momento los sucesivos destellos de imaginación política surgidos en Euskadi, a partir del invento de Alternativa Democrática de ETA, han consistido antes en sucesivas tergiversaciones del contenido de las formas democráticas que en la búsqueda de procedimientos innovadores. Un ejemplo bien claro fue la sustitución de las relaciones políticas poselectorales al uso en 1998, con Ibarretxe y el PNV ya como protagonistas, por unas negociaciones de fachada para formar gobierno, ya que el resultado se encontraba escrito de antemano por el pacto, secreto como no, de nuestros nacionalistas demócratas con ETA. Ibarretxe demostró entonces por primera vez que el juego a dos barajas, con las cartas decisivas fuera de la vista de los espectadores, constituía su forma preferida de hacer política. Y, conviene no olvidarlo, el balance de la experiencia fue un desastre completo, acompañado de una burla trágica, y en sentido estricto sangrienta, para la democracia y los demócratas. Sólo que, como tantas otras veces, la palabra reflexión no figuró en el vocabulario de nuestro lehendakari hoy en funciones.

A fin de cuentas, la siniestra maniobra no representó coste alguno para su Gobierno ni para el PNV. El secreto había valido la pena. Así que cuando fue conocido el texto de su proyecto, su primera recomendación consistió en pedir que no se hiciera ruido: podía estropearse planta tan delicada, si los medios de comunicación la sometían al filtro del análisis. Tuvo suerte. Salvo contadas excepciones, pudo imponer un tratamiento superficial, donde todo giraba en torno al tema de que los vascos, y las vascas, tenían derecho a decidir su futuro político, y que España, el enemigo de siempre, iba a tratar inútilmente de impedirlo. Ni una brizna de explicación sobre lo que contenía el 'nuevo Estatuto'. Si los vascos se enteraban realmente de lo que entrañaba la propuesta, era muy probable el movimiento de rechazo que correspondería a la condición abiertamente minoritaria del independentismo.

De hecho, la maniobra de ocultación funcionó sólo a medias, ya que semanas antes del escrutinio una encuesta de este diario puso de manifiesto un alto grado de desconfianza, incluso entre quienes se confesaban nacionalistas. Y el 17 de abril, esa advertencia se hizo realidad. Entre abstenciones y regreso a sus bases del voto radical, el clamor requerido por Ibarretxe cedió paso a un sentimiento de frustración, que el lehendakari trató de ocultar, proclamando la victoria y la voluntad de responder al revés con una huida hacia delante. En la mañana siguiente, sacaría a Zapatero de la cama para obligarle a negociar, de presidente a presidente, la normalización política de Euskadi. Los resultados desfavorables, pasaban de inmediato al olvido. ¿Quién podía negar por unos escaños el derecho del nacionalismo a regir para siempre Euskadi?

Parecía el sueño irreal de una Cenicienta que había decidido reivindicar la propiedad del palacio una vez pasada la medianoche, cuando todo apuntaba a una exigencia de volver a la realidad. Sólo que en momentos excepcionales, como en los cuentos, los príncipes entran en escena y modifican el curso desfavorable de los acontecimientos. En el caso que nos ocupa, ese papel fue jugado desde un primer momento por el presidente Zapatero, con su insólita felicitación de la noche del día 17 al ganador vencido. Y no sólo eso, sino que al día siguiente aceptó la celebración de una entrevista con Ibarretxe en calidad de lehendakari que pasa por alto la usual limitación a los asuntos corrientes de gestión por parte de quien ejerce un cargo en funciones. Semejante actitud venía a confirmar la adoptada por el propio político de Llodio, al convocar conversaciones con los líderes de los diferentes partidos políticos como si en él confluyeran los puestos de presidente y de primer ministro, pudiendo actuar en función del primero para favorecer su permanencia en el segundo. De este modo, el hecho de que no fuera elegido cobraría la apariencia de una deposición. Pase lo que pase, «el futuro nos pertenece».

Quedaba por ver el resultado de la insólita entrevista público-secreta del día 5, sin siquiera una comunicado escueto acerca de lo discutido a lo largo de dos horas. Y por lo que sabemos, simplemente se confirma la hipótesis de que si la mayoría de los vascos no ha votado por Ibarretxe, quien sí lo ha hecho es José Luis Rodríguez Zapatero. Se trata de otra innovación en los usos democráticos ligada sin duda a la intensidad de la crisis vasca. No es normal que en el Estado de tipo federal o autonómico el jefe del Gobierno central adopte comportamientos e iniciativas públicas que puedan modificar el curso normal de la elección de nuevo presidente autonómico. En el orden simbólico, ZP ha querido subrayar que para él, si no comete auténticos desvaríos, insistiendo en la integridad de su plan, Ibarretxe es el presidente de Euskadi, hoy y mañana. Es un respaldo decisivo, por mucho que Patxi López -que sigue sin pasar de 'López' en 'Deia'- se esfuerce en recabar apoyos para formar gobierno monocolor no nacionalista.

El PP tiene necesariamente que distanciarse en la situación actual, con el Pacto Antiterrorista en entredicho, y esa curiosa agrupación adoptada por los nacionalistas que es Ezker Batua no tendrá el menor aliciente alguno para recordar que en su rótulo lleva la palabra 'izquierda', lo cual debiera situarles más cerca del PSE que del PNV. Zapatero ha apostado abiertamente por un acuerdo con el PNV, con tal de que el proyecto Ibarretxe pase formalmente a la historia. Josu Jon Imaz acaba de explicarlo a 'Avui': el nuevo estatuto no se retira, pero después de las negociaciones previamente comprometidas, el texto consensuado y limado -¿hasta dónde?- vuelve para ser ratificado en el Parlamento vasco. Con 29 como con 38, los partidos nacionalistas -¿aceptará EA?- con su apéndice vergonzante siguen en el poder. Pasado el mal trago de la reelección, ya se verá, como en 2001. No es poco riesgo el asumido por ZP, sobre todo porque tanto en Euskadi como en Cataluña no se le ven ideas más allá de la voluntad de diálogo. Y lo que pone sobre el tapete es el respeto o no a la legalidad vigente. El antecedente de la financiación catalana no aconseja el optimismo, pero Zapatero podría replicar que el caso vasco requiere un tratamiento excepcional, y ésa es la razón de su apuesta.

En cualquier forma, el verdadero problema, desde el punto de vista del sistema político, consiste en el anuncio de que las entrevistas públicas ZP-Ibarretxe van a convertirse en un procedimiento habitual de relación entre ambos. Es algo que el PNV y sus medios celebran a tambor batiente. «Las mejores fotos se hacen en cámara oscura», celebra el propio lehendakari. «Es un camino al que tenemos que acostumbrarnos», añade. ¿Por qué? No se trata sólo de que el Pacto Antiterrorista pierde todo sentido si su problemática se discute por el Gobierno con alguien que no forma parte del mismo. Las reglas de juego democrático admiten la celebración de reuniones informales, incluso entre grupos antagonistas, para preparar los debates y las resoluciones públicas. Pero estos debates y estas resoluciones públicas son lo que cuenta y lo que tanto la opinión pública como otros grupos políticos tienen un derecho irrenunciable a conocer, cuando se tratan cuestiones de importancia decisiva. En otro caso, se abre la posibilidad ya experimentada esta semana de que cada uno de los participantes 'filtre' los contenidos que le interesan, con el consiguiente efecto de engaño incompatible con la formación de una opinión democrática. El secreto es el procedimiento clásico del despotismo y de la manipulación en los regímenes de libertad, más aún cuando lo que está en juego es la organización del Estado.

Nacionalismo catalán
Emociones no justificadas
John Chappell Libertad Digital 12 Mayo 2005

Robert D. Kaplan, el ilustre periodista norteamericano, autor de varios libros y ganador de otros tantos premios, escribió en su libro "Los fantasmas de los Balcanes" allá por 1993: "Ahora que el comunismo ha caído y los soviéticos han sido expulsados, hay muchas emociones a rienda suelta en los Balcanes que han perdido su uso legítimo." Kaplan hablaba de los nacionalismos balcánicos, tanto viejos como nuevos, que aparecieron casi inmediatamente después del fin del imperio ruso y que causaron tanta muerte y destrucción.

La situación en España es semejante. España sufría muchos años de mal gobierno, especialmente entre el fin del siglo XVIII y 1975, y muchos españoles lo pasaron bastante mal durante aquella época. Así las cosas, no debe sorprender a nadie que se produjesen movimientos contra el poder establecido, ya que no dirigía bien el país. Los carlistas, los nacionales, los anarquistas, los falangistas, y todos los demás tenían como meta arreglar España; por supuesto, las soluciones milagrosas de cada grupo fueron equivocadas, pero había una justificación para buscarlas.

Lo que ocurrió en Cataluña durante los primeros tres cuartos del siglo XX, al igual de lo que ocurrió en el resto de España causó resentimiento. La diferencia entre Cataluña y el resto de España es que muchos catalanes canalizaron su disgusto con el status quo en el nacionalismo. Llegó a existir un importante movimiento popular allí cuyo apoyo al nacionalismo catalanista se convirtió en una cosa mucho más emocional que racional.

Pero a partir de 1975 España comenzó por primera vez a ser un país gobernado por los representantes de los electores bajo el estado de derecho. Los españoles ganaron los derechos de expresión, de confesión, de asamblea, de un juicio justo, y de hablar en el idioma que les daba la gana.

El nacionalismo catalanista se encontró en seguida sin argumentos racionales. Los catalanes ahora tienen su propio gobierno, su propia salud pública, su propia enseñanza, sus propios impuestos, su propia policía, sus propios juzgados, y ad infinitum. ¿Qué más pueden querer? Nada, pero el nacionalismo siempre buscará un agravio. Aunque hoy en día en España vivimos mejor que nunca antes en la historia, su irracionalidad les llevará a quejarse de todo como siempre han hecho. El problema es que sus quejas ya no son justificadas, y espero que sepamos combatirlas antes de que nos lleven a los Balcanes de Kaplan.

John Chappell es fundador y editor de Iberian notes

Escudella a la vasca, el café para todos
José Javaloyes Estrella Digital 12 Mayo 2005

Mientras la política formal discurre por la ocasión mayor del Pleno en el Congreso, del fondo real de la cocina sale el perceptible aroma de un guiso temido y sospechado: la versión vasca de la escudella catalana del tripartito. En tanto que las representantes del PCTV escenifican la presentación de condiciones teóricamente inasumibles para el PSE, el presidente de la federación de partidos en el que el PSE de Patxi López se integra junto al PSC de Pasqual Maragall, Manuel Chaves, adelanta ya desde Sevilla que el “apoyo (de los clones de Batasuna) no tendría ningún precio político”.

Al Gobierno de José Luis Rodríguez no le hace falta para su estrategia modificar el Pacto contra el Terrorismo, tal como le piden sus coaligados parlamentarios. ¿Para qué cambiar frontalmente lo que está ahí? Quedaría mal, innecesaria y gratuitamente, con la opinión de la calle, que es lógicamente lo que le importa. Lo de menos es el Partido Popular —el residuo impertinente del régimen anterior—, con el que suscribió dicho pacto. Un pacto que fue idea suya, como no se cansa de recordar el presidente.

Al Pacto se le deja como está, no se le toca; simplemente, se le rodea. Para algo se encuentra el Gobierno en una línea de trabajo que consiste en separar a todo el nacionalismo vasco, incluso el radical de izquierda, del significante terrorista. Por ello se permitió que PCTV llegara a las urnas. El sofisma quedaba establecido. Si el PCTV era votado era porque se había querido que fuera legal. Las urnas, al cabo, legitiman al interlocutor. Y, en consecuencia, negociar con el PCTV es, concluyentemente, cosa que nada tiene que ver con el Pacto contra el Terrorismo y para las Libertades.

Sometido a abducción, el Pacto Antiterrorista queda en apariencia incólume. Pero ya sólo es un cascarón vacío. Se le ha separado, quitado y extraído el alma. Es decir, el sentido de acción global contra el terrorismo y sus beneficiarios que inspiró el Pacto.

Desde la instalación en esa estrategia política de acuerdos alternativos con los nacionalismos, nunca habría tenido sentido para el Gobierno acceder a la petición que hizo el Partido Popular de que se convocara el Pacto en las vísperas de las elecciones vascas. La desmedulación de éste ya estaba en marcha. Resultaba imprescindible para la receta política del catalanismo vertebrado por Carod-Rovira. El hombre de Perpiñán, el del pacto con ETA.

Hubiera sido demasiado escandaloso modificar ahora el pacto anterior, el antiterrorista, para darle curso dentro de él al consenso con los nacionalismos. A la escudella catalana en versión vasca, la fórmula tripartita del socialismo con los nacionalistas radicales y los comunistas, le bastaba con que se le quitara el tuétano al Pacto por la Libertades y contra el Terrorismo, que en principio fue iniciativa de Rodríguez.

Qué sentido tendría ahora para la única oposición real existente en la Cámara seguir al Gobierno en su actual concepción, interpretación y ejecución del Pacto Antiterrorista, como venía a pedirle ayer el presidente del Gobierno? Aceptar el vaciamiento del mismo y sentarse a la mesa en la que se servirá el guiso subrepticio que se está cociendo para las Vascongadas. Un guiso que, por otra parte, corresponde a la tercera clonación del tripartito catalán, pues la segunda no es otra que la representada por la actual Moncloa. Dentro de la inversión constituyente en curso, la escudella catalana cabe entenderla como el nuevo y “café para todos”, antitético de aquel con el que arrancó el desestabilizado sistema autonómico.

La única consigna efectiva es la de Carod-Rovira: lo nuestro para todos. Hablemos por eso, de una vez, del “espíritu de Perpiñán”. Brutalmente, el de El Último Tango sin mantequilla. jose@javaloyes.net

La ensoñación de Cebrián
LAS PESQUISAS DE MARCELLO Estrella Digital 12 Mayo 2005

El consejero delegado de Prisa, y editorialista oculto del diario El País, ha echado su cuarto a espadas el día del inicio del debate de la nación proponiendo la reforma de la Constitución española para convertir el vigente Estado de las Autonomías en un Estado federal. Cebrián, suponemos que después de haber hablado con Jesús Polanco y con Felipe González, ha puesto al poderoso diario y grupo editorial al servicio y como promotor de una España federal al grito de fuera gorros, abajo las máscaras y hablemos claro de una vez.

El director in pectore de El País (nunca dejó el cargo aunque ascendió en el escalafón empresarial) reconoce que el momento político español no está para bromas y ha intentado, sorprendiendo a propios y extraños, una pirueta aérea como la que ayer aterrorizó a la clase política de Washington, para decirnos a todos que la solución del modelo de Estado y de la tensión con los nacionalistas está en reformar la Constitución para definir a España como un Estado federal, y le pide el presidente Zapatero, al que llena de elogios y declara su admiración, que hable claro de una vez y asuma el binomio de Estado federal como si fuera la medicina o la pócima mágica que todas las heridas abiertas en la piel de España tendría que curar.

Esto de las reformas constitucionales, Marcello lo sabe muy bien, se sabe por dónde empiezan pero nunca por dónde acaban. Se abre el melón constitucional para darle sitio a la mujer en la línea de la sucesión del trono, luego se reconoce que España es una nación de naciones (por lo menos ocho), después se le pone el título de Estado federal por parte del PSOE madrileño departamento de González, y luego llegan Ibarretxe y Maragall y dicen que eso es muy poco y que ellos quieren el Estado confederal, y más tarde aparecen Carod y Otegi y piden la independencia de Euskadi y de Cataluña y una relación con la Corona al estilo de la Commonwealth. Y puestos ya a reformar, a quitar mascaras y gorros y a perderle el miedo a las palabras, llegamos directamente a la República federal y así cerramos el ciclo y la cadena de especulaciones.

Esto de las reformas constitucionales, tan de moda, es un laberinto que tiene una entrada muy ancha, unos pasillos muy largos que no conducen a ninguna parte y unos viajeros por este vericueto de los espejos y los altos setos que van y vienen sin encontrar la salida cada uno con su bandera, sus estrellas, sus franjas de colores, sus coronas, sus gorros frigios o sus boinas. Y al final, unos por otros, todos perdidos en ese bosque de espejos y de plantas en medio de la mayor confusión y de la gran oscuridad.

Que el diario El País diga en un editorial que no hay que organizar líos con lo del niño de Letizia y al lado ponga en un artículo de Cebrián un Estado federal es una contradicción flagrante.

Cebrián, que hizo carrera en la dictadura de Franco, sigue sin saber lo que es una democracia ni cuáles son los problemas más urgentes de la vigente crisis política e institucional española. Se lo vamos a explicar una vez más. Mira, Janli, es muy sencillo, España no es una democracia, sino una partitocracia. Los españoles no eligen a sus representantes, sino que delegan en los partidos. No hay separación de los poderes del Estado y sí camarillas de poderes fácticos como el grupo Prisa, la Iglesia, la Embajada americana, la banca, las cajas de ahorros nacionalistas, etcétera, que son poderes paralelos, que pactan, influyen y negocian por encima de la soberanía nacional a la que han renunciado los ciudadanos delegando el voto en los partidos para que nos gobiernen unos funcionarios que no están a la altura necesaria a la que deberían estar. Y por si fuera poco, no hay separación de los poderes del Estado, sino acumulación de los mismos, con lo cual en vez de gobiernos y alternancias se producen regímenes marcados por la acumulación de poderes y en los que nacen y crecen, al socaire de su presunta impunidad, gobiernos sobrados de corrupción como los de su amigo González, o gobiernos sobrados de autoritarismo postfranquista como los de su enemigo Aznar.

Y cuando todo esto se traslada a las autonomías o territorios más pequeños, pues todos los defectos se ven aumentados en unos taifas que oprimen, se corrompen, mangonean y presionan a los ciudadanos del lugar.

Mientras no arreglemos estos problemas y los ciudadanos no recuperen la soberanía popular y elijan y controlen directamente a sus representantes no habrá nada que hacer para avanzar hacia una democracia de verdad.

En Inglaterra la democracia existe en la vida pública, en la representatividad, en la separación de poderes, en la responsabilidad política y en el seno de los partidos, por eso Blair puede ganar las elecciones y ser relevado por su partido. Y además los grupos de presión y los fácticos como Prisa, grupos propios de regímenes no democráticos, no tienen cabida en las verdaderas democracias o están articulados en lobbys bajo control, como ocurre con transparencia en los Estados Unidos.

Si fallan los pilares da igual lo que luego se haga en el tejado: monarquía, Estado federal, confederal, estados asociados, comunidades nacionales, nación de naciones o república. Lo primero es la libertad, luego la democracia y después todo lo demás. Pensar que el régimen vigente español que está agotado después de 30 años de transición se va a regenerar convirtiendo el Estado de las Autonomías en Estado federal es una ensoñación, como diría Cebrián absolutamente despistado y más perdido que el barco del arroz.

La confederación inútil
JOSÉ M. DE AREILZA Y CARVAJAL La Voz 12 Mayo 2005

LA LLAMADA profundización autonómica en la que insiste el Gobierno socialista, unida a su confusa apuesta por la paz en el País Vasco, tiene las trazas de llevarnos en unos años hacia un modelo confederal nada viable. En el horizonte de este diseño constitucional se adivinan como poco tres sujetos constituyentes en vez de uno. España pasaría a ser un ente compuesto por al menos vascos, catalanes y resto de españoles, tres o más unidades «nacionales», cada una con intereses propios y con frecuencia contradictorios y sin el arbitraje claro de un gobierno y un parlamento de ámbito nacional con capacidad decisoria. Es una perspectiva política preocupante, en la casi todos perderíamos y que no ofrecería estabilidad, ni siquiera durante 25 años más, como predican los que justifican la alteración de los fundamentos de la Constitución de 1978 y desprecian el amplio consenso que permitió el éxito de la transición a la democracia.

Aún así, el presidente Rodríguez Zapatero parece abierto a pagar un alto precio político a cambio de anunciar al mundo el final del terrorismo etarra. Los nacionalistas vascos maniobran para posar en esta foto y obtener algo muy parecido a lo que proponía el Plan Ibarretxe, aunque no lo llamen así y ya no tengan necesidad de probar su poco apego al Estado de Derecho convocando un referéndum ilegal. Estaríamos ante una reedición del soberanismo vasco disfrazado de plan de paz, sólo que esta vez alentado por el Gobierno español. Al pagar un precio político, se verían recompensadas las actitudes de indiferencia hacia las víctimas, la comprensión y la complicidad con los verdugos o la identificación plena con ellos. Una mitad de los vascos, la que no comulga con ideas nacionalistas, quedaría abandonada a su suerte, que no sería otra que la integración en el modelo de sociedad peneuvista o el silencio.

En Cataluña, todo indicaba antes del anuncio de la nueva etapa política por Zapatero e Ibarretxe que la reforma del Estatuto y el modelo de soberanía fiscal esbozados por el tripartito buscaban consagrar la existencia en la práctica de una nación catalana. Una vez haya vía libre para reformar el Estatuto de Guernica en dirección soberanista, es casi imposible que la mayoría socialista pueda oponerse desde las Cortes Generales a semejante paso de gigante del separatismo catalán.

El actual Estado ya ha adelgazado mucho tras un desarrollo exhaustivo del título octavo de la Constitución para favorecer al máximo la descentralización política. Además, España ha transferido desde 1986 muchas competencias a la Unión Europea y en buena parte se gobierna desde Bruselas, una realidad que hace más necesaria la coordinación y la actuación eficaz del Gobierno central. Con la evolución hacia un modelo confederal, el Estado funcionaría peor: vería disminuida su capacidad de redistribución y le costaría más garantizar la igualdad entre los ciudadanos, la aplicación de las normas europeas y estatales o la existencia de un mercado único en su territorio. España como actor internacional y europeo perdería influencia y tendría menor capacidad negociadora, dada la mayor complejidad institucional del país. A la hora de formar la voluntad estatal nos encontraríamos con la yuxtaposición de representaciones políticas distintas y divididas, sin un Congreso de los Diputados con verdadero peso propio. En la actual Unión Europea ampliada los Estados grandes tienen mucho más poder que los pequeños y a nadie se le ocurriría pudiendo aspirar a ser Italia evolucionar hacia una amalgama de varias Dinamarcas.

Sobre todo, una España confederal sería un país mucho más inestable, en el que miraríamos hacia atrás a estos 25 años pasados con nostalgia. Y es que un Estado a la vez autonómico y compuesto por tres unidades muy distintas en tamaño y riqueza, sin que haya una autoridad superior estatal que garantice los intereses del conjunto, es una invitación a la reivindicación permanente de más autogobierno por cualquiera de las demás comunidades o a la separación definitiva de las unidades confederadas.

Por desgracia, los primeros indicios sobre el rediseño constitucional que acompañaría al «plan de paz» señalan que no vamos a una evolución basada en los aciertos de la Constitución de 1978, sino a un modelo de Estado problemático y provisional. La única seguridad que ofrece este camino es que a la larga nos debilita y empobrece a todos, vascos y catalanes incluidos.

Las lenguas cooficiales
Cartas al Director ABC 12 Mayo 2005

De tanto repetirlo los nacionalistas (el último, el conseller de Relaciones Institucionales de la Generalitat) va a terminar creyendo todo el mundo eso de que «el catalán, el gallego y el euskera son lenguas cooficiales del Estado».

Según el artículo 3.2 de la Constitución: «Las demás lenguas españolas también serán oficiales en las respectivas Comunidades Autonómas de acuerdo con sus Estatutos». Es decir, el catalán es cooficial sólo en Cataluña, no en el conjunto de España. Antonio López Torrero, Almería.

Yo acuso
Cartas al Director ABC  12 Mayo 2005

Todos sabemos que el Pacto contra el Terrorismo y por las Libertades ha saltado por los aires hecho añicos; algunos lo vimos ya en la reunión que mantuvieron Carod-Rovira y la cúpula de ETA en Perpiñán.

En estas últimas semanas, las que antecedieron a la elecciones vascas y las posteriores, ha quedado demostrado hasta la saciedad la identidad del PCTV con ETA. Tendremos otra vez el terror sentado en el Parlamento vasco, de la mano del PSOE, que aún sigue negando que el Pacto se haya roto, ¡cuánta ignominia!

Las víctimas del terrorismo abandonadas, vejadas, insultadas y nuestra dignidad herida. Ante todo esto me pregunto: ¿dónde está el escritor o intelectual que tenga el coraje de lanzar su «yo acuso», al igual que lo hiciera Emile Zola en Francia a finales del siglo XIX? José Martínez. Barcelona.

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