AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 6 Junio 2005
zETAp
Jorge TRIAS SAGNIER ABC  6 Junio 2005

Derechos y deberes de la memoria
VALENTÍ PUIG ESCRITOR ABC  6 Junio 2005

Escuchar a los ciudadanos
Editorial ABC  6 Junio 2005

Negociar con los asesinos es colaborar con ellos
Pío Moa Libertad Digital 6 Junio 2005

Cambio de rumbo
Germán Yanke ABC 6 Junio 2005

Lo que juró tu boca
Antonio PÉREZ HENARES La Razón 6 Junio 2005

Una manifestación histórica
Juan Manuel DE PRADA ABC 6 Junio 2005

4-J: Zapatero no se inmuta
EDITORIAL Libertad Digital 6 Junio 2005

Después de la manifestación
Agapito Maestre Libertad Digital 6 Junio 2005

Savater, Nicolás y Bardem
Isabel Durán Libertad Digital 6 Junio 2005

Duelos y quebrantos de Zapatero
Manuel Martín Ferrand Estrella Digital 6 Junio 2005

Había motivo
José Carlos Rodríguez Libertad Digital 6 Junio 2005

Desenmascarados
Cartas al Director El Correo 6 Junio 2005
 

zETAp
Por Jorge TRIAS SAGNIER ABC  6 Junio 2005

AL ver ese expresivo y minúsculo cartel, escrito con letras color rojo sangre, en la manifestación de Madrid contra la negociación con ETA me di perfecta cuenta de la dramática situación que estamos viviendo. Los ciudadanos perciben que el presidente del Gobierno se ha abandonado, y les ha dejado en manos de los nacionalistas catalanes y vascos, que éstos son quienes marcan la estrategia política y los que han impuesto una negociación indigna con los terroristas intercambiando independencia por «paz». Para ello, era necesario dividir a las víctimas. «ETA no es de nuestra competencia», dijeron con cinismo los llamados «afectados». Pero al Gobierno se le había escapado un pequeño detalle: los ciudadanos. Los ciudadanos que el sábado pasado salieron masivamente a recordarle a Zapatero, en la calle, que no negociase en su nombre.

Hay gente bienintencionada, como el obispo Blázquez, que se ha referido en varias ocasiones al perdón. Quizás les vendría bien leerse el artículo que en estas páginas publicó hace unos días Ana Velasco Vidal-Abarca, hija de dos grandes personas, de un militar asesinado por ETA y de la vicepresidenta de la Fundación Víctimas, quien distinguía entre perdón y justicia, recordando al Papa Juan Pablo II, que perdonó a Ali Agca e incluso le visitó en prisión, pero que no se inmiscuyó en la justicia italiana ni pidió que se le eximiese de cumplir su condena o que pudiese redimirla más cerca de «los suyos». Afortunadamente también hay espléndidos pastores, como nuestro cardenal-arzobispo don Antonio Rouco Varela, que tienen las ideas muy claras y ahí está la Instrucción pastoral sobre el terrorismo como guía para desorientados. No es moral plegarse en unas cuestiones a los dictados del relativismo sociológico y en otras combatirlo. A mí me gustaría que algunos sacerdotes y obispos fuesen más humildes y escuchasen la voz del pueblo que de verdad sufre la injusticia, no el insulto de quienes la provocan.

Sólo un miserable, alguien con el corazón podrido, puede afirmar como lo hizo ese diputado nacionalista vasco, que Aznar, precisamente por ser víctima del terrorismo, no era la persona idónea para afrontar la lucha contra ETA. Nadie como Aznar y sus ministros del Interior, especialmente Mayor Oreja, hicieron tanto por las víctimas, a las que nunca preguntaron por su color político, como ahora se hace, y siempre las antepusieron a cualquier otra consideración. Por esa razón el sábado estuvieron ambos rodeados de cariño en la manifestación. El presidente de la Asociación de Víctimas, José Alcaraz, tuvo el acierto de recordar la petición del Rey en la Navidad de 1987 de que no hubiese ni debilidad, ni temor, ni duda en el rechazo de los asesinos. Ahora es el momento de la política, no de la soberbia. Es el momento de restablecer el Pacto por las Libertades, el momento del acuerdo entre Rajoy y Zapatero, el momento de dejar de jugar a ser zETAp. Todo por las víctimas.

Derechos y deberes de la memoria
POR VALENTÍ PUIG ESCRITOR ABC  6 Junio 2005

EN los huecos de la memoria histórica se agazapa siempre el error que se reiterará forzosamente a diferencia de aquella magnanimidad que se fortalece y ennoblece en la justa memoria, en la memoria fiel, en la dignidad de recordarlo todo, la sangre en la calle, los casquillos, el estallido y la humareda, la zozobra, el escarnio terrorista, el funeral del adiós. Vencer al terrorismo sin una memoria viva de sus víctimas sería una victoria en falso. En una reflexión sobre la ética y la política, Vaclav Havel alude a situaciones históricas en las que estuvieron enfrentadas dos dimensiones de la responsabilidad política: por un lado, la responsabilidad por la integridad moral de la sociedad, y por otra parte la responsabilidad por las vidas humanas. A la sociedad española se la sitúa en una disyuntiva de esta naturaleza cuando le hablan de un probable final del terrorismo de ETA, de la posibilidad de negociar, de indicios agónicos que afirman la oportunidad de acelerar la fase terminal. Quedó rubricado parlamentariamente, con el apoyo de grupos como IU y ERC.

En la manifestación masiva del sábado convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo confluían, entre otros, dos elementos: el deber de guardar la memoria respetuosa de los muertos, de las víctimas del terror, y el derecho a requerir que esa memoria no sea tergiversada por la táctica sin contrastes de pretender acelerar ficticiamente el proceso histórico y prometer paz mientras Herri Batasuna y ETA están imponiendo condiciones todos los días. Lo que sabían los manifestantes del sábado es fruto de la experiencia del dolor y también de la simple experiencia: es inútil apaciguar a quienes no quieren apaciguarse. La memoria sirve para comprender que para que una sociedad supere la amenaza del terrorismo es esencial la claridad moral porque la democracia y la libertad no sobreviven indemnes a la ambivalencia. Tantos años aprendiendo esa dura lección para luego caer en un cálculo ingenuista con toques de maquillaje mesiánico: creerse el escogido para sajar los nudos gordianos de la complejidad de un mal histórico como es el terrorismo de ETA. A ese trance tan mudable parece haber llegado Rodríguez Zapatero a lomos de una mayoría tan precaria y apuntalada por el carácter equívoco de sus apoyos parlamentarios.

Natan Sharansky sostiene que es mucha más grande la división entre el mundo de la libertad y el mundo del miedo que la existente entre las facciones que compiten en una sociedad libre. Sería una victoria de ETA que llegásemos a ver como borrosa la diferencia entre ambas distancias: entre el Gobierno y la oposición, entre quienes desean la negociación y quienes la creen inviable, establecemos la distancia propia de las disensiones intrínsecas de una sociedad abierta, pero esa es una relación que puede ser conflictiva y a la vez complementaria: lo otro es muy distinto. Tanto quienes asistieron a la manifestación del sábado como quienes puedan haberla criticado pertenecen al mundo de la libertad y lo que tienen enfrente es el mundo del miedo. Con todo, reconocer a ETA cualquier legitimidad para la negociación viene a ser como contribuir a la perpetuación de los poderes del miedo. Es la diferencia crítica que Saransky advierte entre el mundo del miedo y el mundo de la libertad: en el primero, el desafío principal es hallar la fuerza interna para enfrentarse al miedo; en el segundo, el desafío consiste en encontrar la claridad moral para ver el mal. Estamos exactamente en eso.

Estamos en eso y gobierna España Rodríguez Zapatero. A él le corresponde sacarnos del atolladero, liderar la esperanza colectiva y sumar afanes. A todo gobernante siempre le concierne la gran pregunta de Maura: si alguien perseguido por vociferaciones sectarias o, ciegas o no, buenas o de mala fe, acude a las puertas del poder público y las encuentra cerradas, «¿en dónde se refugiarán la razón y la justicia, ni qué resortes morales le quedan a una sociedad que ve que los poderes abdican y anteponen la comodidad al deber?». Esa es la responsabilidad y la terrible soledad del gobernante. En casos así, la traslación «urbi et orbi» de uno u otro talante es -como seguramente sabe el actual inquilino de La Moncloa- un ensueño y un riesgo cierto. Son de otra índole las filigranas que uno pueda atribuirse legislando para transformar de la noche al día las costumbres morales de una sociedad o inventándose risueñamente un nuevo orden mundial a la medida de un discurso político compartido con la inmadurez. En estos casos, la posibilidad de maniobra, por estrecha y costosa que sea, es constitutivamente distinta a la que se refiere a la bancarrota total de uno u otro terrorismo. Es incluso postulable que en ese territorio ni tan siquiera el estado de gracia tenga validez alguna. Puesto que ahí el gobernante se adentra más que nunca en el corazón de las tinieblas, toda prudencia política es poca.

En coincidencia con la manifestación del sábado, la llama de decenas de miles de velas evocaba en Hong Kong la memoria de los muertos de Tiananmen, hace dieciséis años. Es otro caso en el que memoria viva y desmemoria sistémica pugnan por preservar o desalojar de la escena histórica las víctimas de otro horror. En el caso de las víctimas de ETA, ha sido desafortunado que la desconfianza ante una negociación planteada con premuras y zonas de sombra haya tenido que desembocar en una manifestación, pero así tuvo que ser porque, aunque Zapatero dice que no pagará precio político por la paz, hasta ahora todos hemos percibido y visualizado mucho más el precio que la sociedad iba a pagar que el precio que debieran pagar los terroristas.

El sábado la memoria de los muertos impuso la primacía de lo justo sobre lo políticamente coyuntural. En más de un aspecto, una política de calidad pudiera afianzarse en ese nuevo margen si el presidente del Gobierno intentase ejecutar un gesto moral por encima de su estilística gestual acostumbrada, sumándose a la urgencia de claridad moral. Hay quien dice que eso es impracticable, por falta de visión y por el lastre de sus aliados parlamentarios. Cierto es que, en fase de depreciación demoscópica, la hipótesis de avance que Zapatero tiene más a mano consistiría en la incierta gloria de pactar con el BNG en Galicia. Esa es una dinámica que reduce las posibilidades del optimismo antropológico a la mera duración política entre huecos de la memoria. José Luís Rodríguez Zapatero puede rectificar, pisar a fondo el freno y cambiar la semántica de sus últimas intervenciones o puede proseguir creyendo que a su modo logrará concordar la memoria de las víctimas, la factura de la paz y las estrategias terroristas de ETA y Herri Batasuna. Cuando la claridad moral escasea, un malestar ingrato introduce fisuras innecesarias en las sociedades abiertas. Es el panorama menos saludable para las circunstancias presentes de la vida pública de España, más allá de la conveniencia de los partidos políticos. Hay muchas cosas por hacer y lo que menos podía esperarse era tener que dar pasos hacia atrás para vertebrar el mundo de la libertad frente al mundo del miedo.

Escuchar a los ciudadanos
Editorial ABC  6 Junio 2005

MÁS allá de la euferia de los convocantes y de la sorpresa de los críticos tras la contundencia de la respuesta ciudadana, es indiscutible que la manifestación del sábado en Madrid refleja fielmente el estado de ánimo de una opinión pública que rechaza por razones morales y políticas la negociación con ETA. Conviene, en efecto, tener presente que muchos miles de ciudadanos -con independencia de su preferencia política- actúan en defensa de la dignidad del Estado y de las reglas más elementales de convivencia. Negociar con quienes son responsables de casi mil asesinatos supone un daño irreparable para la legítima exigencia de justicia que alienta la esperanza de las víctimas y del conjunto de la sociedad. Mucho más si se considera que la amenaza sigue ahí, que cientos de cargos públicos continúan llevando escolta en el País Vasco y que todos somos víctimas potenciales de un terror indiscriminado.

El presidente del Gobierno afirmó ayer su «respeto» por los manifestantes a los que dijo que «escuchará, como escuchó al PP en el Parlamento». Es, en el mejor de los casos, algo elemental, ya que se trata del ejercicio (ejemplar, por cierto) de un derecho constitucional cuya garantía es prueba de normalidad democrática. Por encima de esta obviedad y del aire ciertamente cínico que desprende la lacónica respuesta del jefe del Ejecutivo ante el innegable éxito y las dimensiones de la manifestación, parece que equiparar su reacción a la que tiene en el Congreso tras escuchar al PP invita al pesimismo. Todo indica que ese escuchar de Zapatero se ajustará como un guante al símil de «...como quien oye llover». Y no debiera ser así. Haría bien en tomar buena nota del clamor popular, ya que el espíritu de la manifestación es compartido por otros muchos ciudadanos que, por una u otra razón, no pudieron o no quisieron estar presentes en un acto que se ha convertido ya en una referencia social.

Por otra parte, el intento de contraponer los votos emitidos en el Congreso con la expresión de la calle es una falacia. No hace falta recordar que, en una materia tan sensible como la ratificación de la Constitución europea, se viene produciendo una significativa discrepancia entre el voto parlamentario y la consulta a la ciudadanía. En este sentido, tras la multidunaria marcha, a Zapatero le será muy difícil mantener que Rajoy está solo. En el caso de la negociación con ETA, la opinión pública se ha expresado siempre de forma contundente, porque sabe que las apelaciones retóricas a la «paz», el «diálogo» o la solución al «conflicto» encierran una mentira profunda. La única verdad es que se trata de la lucha del poder legítimo del Estado contra una banda de asesinos, cuyo supuesto brazo político no es más que la prolongación directa de quienes utilizan las pistolas y las bombas.

La manifestación transcurrió en un ambiente de normalidad absoluta, sin esas salidas de tono o actitudes extremistas que algunos estaban esperando para desacreditar a los convocantes y al PP. Es una satisfacción que el éxito de organización y de participación haya acompañado a la AVT y al resto de los promotores, porque son gentes que merecen el reconocimiento de todos y no la crítica interesada. La lectura política correcta no consiste en acusar a Rajoy de ponerse al frente de la manifestación. En rigor, el PP no se ha movido ni un milímetro de su postura bien conocida: aplicación estricta del Pacto por las Libertades y rechazo radical a cualquier negociación política. Es el Gobierno el que ha pretendido mover pieza, aceptando la presencia de EHAK en el Parlamento vasco, promoviendo una resolución en el Congreso que conlleva la ruptura material del Pacto y procurando dividir a los movimientos sociales vascos.

A su vez, el PP debe perseverar en esta línea política. Los ciudadanos desean que los dos grandes partidos nacionales actúen junto, sin fisuras ni sectarismos, en los asuntos de Estado, en particular en la lucha contra el terrorismo y la vertebración territorial. El poder constituyente pertenece al pueblo español, cuya representación política ostentan por mayoría abrumadora populares y socialistas, y es inadmisible cualquier maniobra que pretenda dejar al margen a casi la mitad de los ciudadanos. El Gobierno está a tiempo de rectificar, porque sólo desde el interés partidista a corto plazo se puede entender -que no justificar- una política que puede dañar el interés general. La alternativa se llama Pacto Antiterrorista y ha probado de sobra su eficacia.

Manifestación 4-J
Negociar con los asesinos es colaborar con ellos
Pío Moa Libertad Digital 6 Junio 2005

La manifestación del sábado ha rebasado todas las expectativas, no sólo por el número de asistentes, probablemente en torno al millón, sino por la ausencia de kale boroka y de las rojas banderas del totalitarismo y de la estúpida bandera “republicana”: esas violencias y esas banderas anticonstitucionales con las que tan a gusto ha estado siempre el de las “ansias infinitas de paz”, el violento presidente que ha extendido por toda España el clima de vulneración de la ley mediante hechos consumados y kale borroka impuestos en las Vascongadas por los terroristas y sus cómplices separatistas. Sería cuestión de recordar constantemente, a él y a los suyos, y sobre todo a la gente común, estas diferencias de talante, tan fundamentales, que separan a los demócratas de los demagogos, a quienes defienden la convivencia en libertad de quienes sólo la explotan.

Días antes me habían enviado por internet un par de consignas que no vi reflejadas en la manifestación: “Negociar con asesinos es colaborar con ellos”, y “A la ETA no le gusta la manifestación; al gobierno tampoco. ¿Qué tendrán en común?” Las dos muy ajustadas a la realidad, aunque la segunda un poco difícil de cantar a coro. Hace unos días, en el debate de Isabel San Sebastián, en Telemadrid, tuve ocasión de exponer algo del nudo de la cuestión. Para algunas personas negociar con los asesinos puede ser la forma de terminar con el problema. Empecemos por recordar que todos los gobiernos desde la Transición han negociado. Para hacerlo han engañado desvergonzadamente a los ciudadanos, a quienes negaban tal cosa, mientras los propios terroristas aparecían más veraces que los representantes democráticos cuando informaban, según su conveniencia, de esos turbios negocios. Todos esos “diálogos” han tenido el mismo resultado infalible: el fortalecimiento de los pistoleros. Y sin embargo se han reiniciado una y otra vez, porque la capacidad humana de persistir en la estupidez más evidente parece infinita. Sólo con Aznar y Mayor Oreja, a partir de cierto momento, cambió sistemáticamente la orientación, y con los mejores resultados: por primera vez en tantos años hemos visto a la ETA realmente acorralada.

Y ahora contemplamos, atónitos, cómo el de las ansias infinitas ha echado por tierra lo conseguido antes. En las Vascongadas los etarras y simpatizantes empapelan los muros con consignas triunfalistas: se sienten muy cerca de la victoria, la victoria de la tiranía. Gotzone Mora y otros vascos, tan dignos y valerosos, tan merecedores de todo el apoyo posible, y a quienes tanto tenemos que agradecer todos, me han comentado su profunda angustia ante la desactivación de los mecanismos de resistencia al terrorismo y al separatismo, construidos trabajosamente en estos años: tal ha sido la obra del actual y violento presidente y sus paniaguados. Superando a Ibarreche, el tío de la sonrisilla se ha convertido en el principal cómplice político de los eufóricos etarras.

Pero al margen de esta ya larga experiencia de treinta años, la cuestión es más fundamental. Negociar con los asesinos sólo puede hacerse a costa de los principios más elementales del estado de derecho. Significa legalizar el asesinato como una forma de hacer política, de conseguir objetivos políticos. En esto se resume la política del actual gobierno. Pero si hubiéramos de creer su intolerable demagogia, resultaría que él y la ETA son quienes buscan la paz, y quienes defendemos los principios de la democracia y la unidad de España deseamos eternizar el “conflicto”. Con cinismo inaudito, el gobierno actual pretende –y al parecer convence incluso a Savater- que sólo negociará el abandono de las armas por la ETA… cuando antes de tratar siquiera tal idiotez está concediendo graciosamente a los del tiro en la nuca gran parte de lo que éstos quieren: la legalización (que, entre otras cosas, significa entregar a los pistoleros información sobre el censo de los ciudadanos vascos), la liquidación del Pacto Antiterrorista, una política de colusión con el separatismo y de aislamiento de los demócratas, el ataque continuo a las víctimas directas, la desarticulación de los aludidos mecanismos de resistencia a la tiranía separatista… Eso, como aperitivo de la “paz”.

Y otra cuestión, necesitada de otro análisis, pero conectada con ésta. Los analistas políticos han pasado por alto las declaraciones del cacique andalusí Manuel Chaves en su última visita a su amigo Mohamed VI. Dijo el andalusí que iba a hablar de “todas las cuestiones”, puesto que “ninguna era tabú” dentro de las espléndidas relaciones entabladas desde el 14-M por los gobiernos de Madrid y Rabat, cada vez más parecido el primero al segundo. El mensaje no lo entiende quien no quiere: ya están negociando, o al menos tanteando bajo cuerda y a espaldas de los ciudadanos, algo más que la entrega de los saharauis: la de Ceuta y Melilla. En su momento esto sería presentado como una “cesión de derechos” a favor de la paz como dice el obispo Uriarte, discípulo del orate Sabino Arana. Y como un triunfo de la alianza de civilizaciones, es decir, de dictadores. ¡Ojo a este nuevo frente, por el momento soterrado! Pero ahora mismo concentrémonos en denunciar lo más inmediato: negociar con los asesinos es colaborar con ellos.

Cambio de rumbo
Germán Yanke ABC 6 Junio 2005

El único destino de ETA es disolverse, repite el presidente para sostener este cambio añadiendo casi siempre que lo que más deberían celebrar las víctimas es que tal cosa ocurriera. No es lo mismo, desde luego, la desaparición de la banda por la acción del Estado de Derecho -que era lo que el Pacto perseguía con éxito creciente- que la invitación a dejar las armas para negociar a continuación las condiciones en que ETA se disolverá. Algunos socialistas y casi todos los que sostienen intelectualmente al PSOE admiten que la oferta supone riesgos, aunque sólo sea porque el receptor es un bárbaro entramado terrorista. Y es verdad que lo tendría, aunque no del mismo modo. Una exploración discreta de las señales que el presidente cree haber recibido acerca de la hipotética disposición de ETA a «dejar las armas», o incluso un diálogo secreto directo o mediante intermediarios.

El Gobierno asegura que no hay contactos y el Ministerio del Interior no advierte en ETA síntomas de cambio de actitud más allá, por paradójico que sea, de la debilidad fruto de la política terrorista propiciada por el Pacto. Si el presidente sabe algo más debería contarlo, porque la discreción en materia de seguridad se rompió ya con la sorprendente resolución que llevó al Congreso. Interesa analizar esta publicidad, la razón por la que el presidente no quiere ya compatibilizar, un tanto arteramente, la renovación del Pacto con el PP con una estrategia reservada de diálogo (lo que ocurrió, por cierto, cuando recibió a Mariano Rajoy en Moncloa y comunicó privadamente a otros que la carta recibida de Batasuna era un elemento consistente a tener en cuenta).

¿A qué se debe el cambio? ¿A qué, lejos del tópico de un Gobierno preso de sus socios, es el camino que de verdad gusta al PSOE? Mi impresión, al menos hasta que Zapatero descubra su secreto -si tal existe-, es que el socialismo español está dispuesto a asumir los graves riesgos y los peligros evidentes y próximos de esta oferta pública a ETA, con la que el único que ha cedido moral y psicológicamente es el Estado, si con ello, como venía ocurriendo, moviliza a su lado a la izquierda no socialdemócrata y el PP queda solo, arrumbado y criticado por «todos los demás». Se trataba de mantener vivas, en el fondo, las condiciones en que se ganaron las elecciones del 14 de marzo de 2004. Puede que la manifestación no cambie, como ya adelantó el Gobierno, la nueva política antiterrorista. Pero su éxito ha supuesto un cambio de rumbo: una conexión del PP con la realidad, con amplios y fundamentales sectores sociales y de la opinión pública, algo que no se dio del 11 al 14 de marzo del pasado año. Al PSOE ya no le basta con sus socios, los adversarios del Pacto, para dejar «solo» al principal partido de la oposición. O ETA, en contra de toda evidencia, deja de ser lo que es o el PP ya no estará, ni aparentemente, solo.

Lo que juró tu boca
Antonio PÉREZ HENARES La Razón 6 Junio 2005

Sor Juana Inés de la Cruz, monja, feminista, bellísima, mexicana del XVII y, si la leen algún día los «zerolos», candidata fija a la iconografía gay del XXI, seguro que no pensaba en Zapatero cuando escribía uno de sus más famosos poemas: «Acuérdate caballero/. De tus nobles juramentos/, que lo que juró tu boca,/ no lo desmientan tus hechos», pero el sábado oyendo al presidente me acordé mucho de ella. ¡Que énfasis, qué ardor, qué rendida proclamación de amor eterno a las víctimas del terrorismo! ¡Qué momento ese suyo rodeado de los verdes uniformes de la Guardia Civil que tanto han sufrido el tiro y la bomba de los asesinos! ¡Qué nobles juramentos! Ni los enjuicio, y menos que nada me los tomo a la ligera. Queden ahí, en el recuerdo y en la coincidencia con la fecha en que centenares de miles de personas le hicieron llegar un rotundo mensaje. Las palabras del caballero que ocupa el poder y decide nuestro rumbo son muy hermosas. Los hechos no parecen corresponder a tanta belleza. El desengaño llevó a la de Nepantla a coger los hábitos y dejar fluir en verso su amargura. Pero me malicio aquí que si es el presidente quien hace que el pueblo español se sienta traicionado, no va a ser otro sino él a quien la sociedad silencie. Y aunque no creo que llegue a tanto como para acabar en cartujo, con Carod y con Otegi de consejeros espirituales de cosas aún mas raras se nos puede bautizar mañana.

Una manifestación histórica
Por Juan Manuel DE PRADA ABC 6 Junio 2005

¿HABRÁ entendido Rajoy el mensaje? Existen millones de españoles dispuestos a dar la cara por las ideas que defiende, si las defiende con rigor, sin tibieza, espantando el complejito que la derecha arrastra, como un penitente cargado de cilicios y cadenas, desde que fuera desalojada del poder. Existen millones de españoles dispuestos a tomar pacíficamente la calle, exasperados ante el aguachirle de patosería, sectarismo, engreimiento y sumisión al cambalache nacionalista auspiciado por la facción gobernante. A Zapatero lo guía un único y obsesivo propósito: escenificar el aislamiento de la facción opositora. En este afán aniquilador del adversario, no ha vacilado en pisar territorios minados y en desempolvar viejos problemas que España ya tenía resueltos: ha sometido a pública almoneda el concepto de nación, ha resucitado los fantasmas de la Guerra Civil, ha promovido el odio antirreligioso, ha favorecido la revisión del Estado de las autonomías, ha hecho de la sociedad un laboratorio de experimentos abracadabrantes... En un último tirabuzón de risueña irresponsabilidad, olfateando la posibilidad de erigirse en el definitivo liquidador del terrorismo etarra, Zapatero no ha vacilado en forzar la ruptura de la única alianza que mantenía con la facción opositora; una alianza sin la cual no podría explicarse el actual estado de postración de la banda.

Rajoy pudo entonces haberse achantado, ante la perspectiva de la larga travesía por el desierto que le aguardaba si Zapatero culminaba su maquiavélica maniobra (una maniobra, no nos engañemos, urdida para desbaratar a la derecha, antes que a ETA). Pero, en un acto de gallardía, Rajoy antepuso las convicciones a las conveniencias y defendió la memoria de las víctimas. La manifestación del sábado le ha demostrado que existe una porción nada exigua de españoles prestos a movilizarse por las mismas convicciones que él se atrevió a proclamar paladinamente en la tribuna parlamentaria. Así, la manifestación del sábado se erige en hito histórico: simboliza el descubrimiento de la calle y de su apabullante fuerza persuasiva por parte de la derecha; simboliza también la posibilidad de combatir a la izquierda con sus mismas armas, en un territorio que creía indisputado y exclusivo; y simboliza, en fin, la recuperación anímica de la derecha, que hasta el sábado había vivido conflictivamente su propia identidad, atenazada por la sombra de un absurdo y ontológico complejo de culpa que le impedía vindicar, a pecho descubierto y sin melindrosas afonías, su existencia.

En su estrategia de acceso al poder, la calle representa para la izquierda un papel medular; dicho papel adquirió un protagonismo paroxístico en fechas recientes, con manifestaciones que, más allá de la excusa de su convocatoria, postulaban la instauración de una nueva forma de democracia, que primase el fragor popular sobre la aritmética parlamentaria. En esta estrategia de calentamiento social, la izquierda ni siquiera desdeñó el energumenismo: algaradas, asaltos a sedes de la facción entonces gobernantes, agresiones e insultos, etcétera.

En la manifestación del sábado, intachablemente cívica, no hicieron falta estos recursos traumáticos: bastó la limpia, sosegada, ejemplar expresión de un anhelo colectivo. Millones de españoles hallaron por fin una causa digna para vindicar la dignidad que hasta el sábado les había sido negada. Con la manifestación del sábado, la derecha española por fin ha conquistado la calle; y, para las semanas sucesivas, se anuncian nuevas manifestaciones que deberían servirle para ahondar esta vía recién descubierta. Al adversario hay que darle su propia medicina: sólo así se alcanzará la plena normalización democrática; sólo así la derecha podrá sacudirse para siempre el complejito y disputar el poder en igualdad de condiciones. ¿Habrá entendido Rajoy el mensaje?

4-J: Zapatero no se inmuta
EDITORIAL Libertad Digital 6 Junio 2005

Era de esperar. Al político que hizo de la pancarta y la agitación su plato único cuando se encontraba en la oposición no le ha conmovido lo más mínimo que casi un millón de personas se concentren para pedirle justicia y respeto por las víctimas del terrorismo. En su estilo habitual de vacuo eslogan publicitario respondió ayer desde Vigo a todos los que el sábado por la tarde abarrotaron las calles de Chamartín. Zapatero aseguró, frente a la rendida audiencia de un mitin, que escucha con respeto a las víctimas y que, gracias a que él gobierna, ya nadie insulta a los que se manifiestan en la calle. Dos disculpas, dos mentiras. Muy en línea con el socialismo de siempre. Si para el presidente del Gobierno “escuchar” a las víctimas es reunirse a escondidas con Otegui, no hacer nada frente a los batasunos disfrazados del PCTV o nombrar a Peces Barba como Alto Comisionado, es que la acepción que Zapatero tiene del verbo escuchar es muy diferente a la que recogen los diccionarios. En lo relativo a los manifestantes, pocas veces en el nefasto año de Gobierno que Zapatero ha perpetrado junto al peor Gabinete ministerial de la democracia había elevado tanto el listón de la hipocresía.

A lo largo de las dos últimas semanas se ha procurado reventar la convocatoria por todos los medios de los que dispone el Gobierno, que son muchos. Se ha decretado un silencio informativo en la cadena pública -un silencio, dicho sea de paso, del que se han hecho eco el resto de medios afines-, se ha tratado de dividir a los convocantes sembrando la duda de la oportunidad y legitimidad de la manifestación y, como remate, se ha mirado con infinito desdén a los manifestantes y, lo que es peor, a la causa por la que éstos se congregaron bajo un sol de justicia. No es extraño que, días antes de la manifestación, Savater se desmarcase de la misma arguyendo extrañas razones tras las que se encontraba una velada con Zapatero en Moncloa. Tampoco lo es que TVE emitiese una película de Alfredo Landa cuando un casi millón de personas se concentraban a escasa distancia de sus estudios en Torrespaña. Zapatero, efectivamente, no dice que Rajoy es un “líder de pancarta”; esa no es su medicina, el presidente del Gobierno paga con otra moneda muy diferente, la de la ruindad del fuerte que no tolera que nadie le llame la atención.

La multitudinaria manifestación del sábado, amén de congregar a semejante cantidad de gente, ha puesto al Gobierno frente a su indigna maniobra de llegar a un acuerdo con los etarras a espaldas de la gran mayoría de los españoles. Porque, aunque Zapatero quiera ignorarlo, la mayoría parlamentaria no otorga patente de corso para hacer y deshacer a antojo del gobernante sin tener que rendir cuentas a la ciudadanía. Si España fuese un país normal, un país en el que, entre otras cosas, el Gobierno evitase los acuerdos con los que quieren romperlo, la manifestación del sábado hubiese ocasionado ayer mismo una catarata de decisiones políticas. La primera, el cese fulminante del Alto Comisionado para las víctimas; la segunda, el parón inmediato de cualquier negociación que se sostenga o vaya a sostenerse con la ETA; y la tercera, la convocatoria urgente del Pacto Antiterrorista o, en su defecto, una entrevista urgente con el jefe de la Oposición para acercar posiciones y serenar el ambiente.

La política antiterrorista no es una cuestión de partido como puede serlo la fiscalidad, la educación o la inversión en infraestructuras. La política antiterrorista es una cuestión de Estado. Así lo entiende el Partido Popular y así parecía entenderlo el Partido Socialista hasta que las bombas de Atocha le llevaron al poder por sorpresa hace año y pico. Zapatero no puede seguir ignorando a la mitad del electorado que votó al PP, y a una buena parte del mismo que votó al PSOE pero que no desea de ninguna manera que la Nación caiga de rodillas ante los terroristas que nos amargan la existencia desde hace cuarenta años. Las vacuidades mitineras pueden servirle para quedarse tranquilo frente a lo más bizarro de su electorado pero, más pronto que tarde, habrá de enfrentarse a un clamor que cuanto más lo ignore más crecerá.

Después de la manifestación
Agapito Maestre Libertad Digital 6 Junio 2005

El Sol de Madrid, de diamante puro, nos hizo brillar a casi un millón de personas. Los rostros privados siempre son más bellos y sabios, como dice el poeta, en lugares públicos. No era una masa. Era vida ciudadana. La alta temperatura no era obstáculo para caminar erguido. Nadie estaba cansado. Los rostros de felicidad de la gente del 4-J serán siempre una foto imborrable de la democracia española. La calle es, definitivamente, de todos. Había terminado la manifestación. Mi amigo me llamó por el móvil desde el escenario de la plaza de República Dominicana. Fui a escape a buscarlo desde una calle próxima. Les digo a mis acompañantes que esperen. Regreso con este tipo en unos minutos.

Corro sin fatigarme, a pesar de haber caminado durante tres horas entre cientos de personas. No siento cansancio alguno. Nos abrazamos sin decir palabra. Él es muy fuerte. Es navarro. Siento su abrazo de amigo, de hermano, suspendido ya del aire. Estoy en el cielo. ¡Vuelo en los fuertes brazos de un navarro! Me presenta a su hermana de sangre y a su cuñado, que han venido de Barcelona porque a última hora pudieron dejar a sus dos hijos con unos amigos. Mi hijo mayor está emocionado al saludar al navarro. Lo quiere sin pero alguno. Sabe muy bien quién es. Cojea ostensiblemente, casi estuvo a punto de no asistir por los fuertes dolores de la pierna. Quizá una contractura muscular. Quizá un esfuerzo en el viaje de Pamplona a Madrid. Quizá nervios. ¡Quién sabe!

Desde el comienzo hasta el final, había estado dirigiendo la manifestación con un megáfono. Había gritado contra la negociación del Gobierno con ETA. Había vuelto a sentir con toda su alma el significado profundo de la consigna más repetida: “ETA, asesinos”. En el escenario, cuando Alcaraz leía el discurso, se le saltaron las lágrimas. Había una frase que sólo él y el “pequeñín”, el tío más grande de España, conocían lo que llevaba adentro. Nos fuimos todos a tomar una caña. En realidad, sólo queríamos mirarnos y reír. También queríamos comentar el acontecimiento. En el camino no paraba de sonar su teléfono. Mucha gente lo llamaba. Al final, logramos sentarnos en un bar próximo a Príncipe de Vergara y brindamos por el éxito de la democracia.

Recordamos brevemente el 22 de enero. ¡Cuántos, amigos, se han unido a los que allí estuvimos convocados por la Asociación Civil más grande, moralmente hablando, de España! Es verdad que la AVT nunca estuvo sola. El Espíritu de Ermua, por ejemplo, nos acompañó el pasado 22 de enero, pero, ahora, el 4-J no ha sido sólo el espíritu, sino el mismo Foro de Ermua quien estuvo presente. Ayudando. Defendiendo los mismos principios. Bienvenidos todos, comentaba mi amigo, al acontecimiento que legitima la democracia española. Sonó el teléfono y contestó: “Impresionante, Jose, las imágenes que estoy viendo en la tele”. Me lo pasó y nos felicitamos mutuamente, y le digo que está a mi lado un amigo, muy “joven” y muy limpio de corazón y mente, que es la segunda vez que asiste a una manifestación en toda su vida, la otra fue en 1939, en Sevilla. Quiere felicitarte. Te lo paso. Mi amigo, exhibe una sonrisa amplia, y pronuncia al modo onubense: “Felicidades, Jose; si yo fuera de izquierda, te diría que me he jugado la vida para venir, pero que ha merecido la pena. Mas, como sólo soy un ciudadano, te digo, otra vez, felicidades y gracias por haberme dado la oportunidad de ejercer mi ciudadanía. Mi libertad. Un abrazo y ´viva España`.”

A los pocos minutos, desde Málaga, donde ha ido a dar una conferencia, lo llama otra víctima del terrorismo y concejala socialista, para darle la enhorabuena. “El Gobierno, sin duda alguna, tiene que decir algo. Son muchas personas en la calle clamando contra la negociación con ETA”. Esas palabras lo han emocionado. No entiendo, digo en voz alta, cómo no ha venido la concejala socialista, pero el navarro no le da importancia. Comenta que es una tía fetén y pasa a otra historia. Suena de nuevo el teléfono. Es Gotzone Mora. Me la pasa y también la felicito. Con su aflautada y tierna voz me da las gracias y me dice: Estoy abrumada. Imagínate, amigo, no había nadie de mi partido. Estaba yo sola”. Le envío un abrazo muy fuerte. Y comento algunas faltas de grandes personas. ¡Sólo de grandes!

Recordé a la voluntariosa Rosa Díez y, sobre todo, a mi amigo Nicolás Redondo Terreros. No pude resistirme. Marqué su teléfono, y con más falta de delicadeza que respeto por nuestra amistad, le pregunté: ¿qué te ha pasado para no estar con nosotros? Me comentó que el viernes había estado con Alcaraz en Barcelona. Habían hablado mucho y en serio. Cosas muy importantes y sentidas me dijo al teléfono. Había estado toda la tarde frente al televisor. Lo había visto todo por Tele Madrid. Estaba emocionado y, por supuesto, con nosotros. Entre todos los argumentos que casi me susurraba por teléfono, hay uno que jamás olvidaré: Se refería a una dura bronca que tuvo con una de sus personas más queridas; por lo visto, ésta no admitía que Nicolás Redondo Terreros dejara a los otros -supongo que se refería a sus compañeros de partido- que pudieran posicionarse ante la Manifestación sin decir que en ella había estado el antiguo secretario general del PSE. ¡Dios santo, qué lío!

También yo pase de largo sobre la posición de Nicolás. Lo hice con el mismo cariño, o al menos eso creo yo, que había mostrado el navarro con la concejala socialista. Nos tomamos la última cerveza y nos despedimos con fuertes abrazos. Mi amigo, el del megáfono, al levantarse ya no le dolía la pierna y caminaba sin cojear. Todo era felicidad… Cuando despedía a mi amigo Aquilino, el hombre que sólo había asistido en su vida a dos manifestaciones, una en 1939, y otra el 4-J de 2005, me preguntó refiriéndose al navarro: “¿Quién es este tío tan magnífico?” Es todo un hombre. Es Salvador Ulayar Mundiñano. En su presencia, cuando tenía trece años, unos asesinos de ETA mataron a su padre. Ya no hablamos más. Nos abrazamos y nos despedimos. Todo era silencio.

¿Dónde estabais?
Savater, Nicolás y Bardem
Isabel Durán Libertad Digital 6 Junio 2005

Eran aproximadamente las seis menos veinte de la tarde cuando hizo su aparición en la Plaza de Cataluña, José Alcaraz. Abarrotada hasta la claustrofobia, la plaza entera irrumpió en aplausos. El presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo rompió a llorar como un niño, resquebrajada en segundos la entereza ante tanta emoción contenida al comprobar en carne propia tan incondicional y masivo apoyo por parte de quienes ni tan siquiera le conocen personalmente.

Era el inicio del reconocimiento de miles y mieles de personas, hasta el millón largo, dispuestas a desfallecer por culpa del calor tórrido e insoportable bajo un sol de justicia sin un hueco en el que tomar el aire debido al abarrotamiento de personas por metro cuadrado, en lo que iba a convertirse ya en la primera manifestación multitudinaria de la historia de apoyo a las víctimas del terrorismo con la particularidad de que, quiénes supuestamente les defienden desde el poder, tiran de talante pero sólo para con los verdugos. Ha sido la primera vez que la calle le saca los colores al socialismo de la sonrisa y el corazón hipócrita y mendaz con los más débiles y a quienes más le debemos todos.

Ha quedado meridianamente claro, cristalino, que los muertos de Irak son más muertos que las víctimas del terrorismo etarra para el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Es indiscutible que el Alto Comisionado para la Destrucción de las Víctimas del terrorismo proclama su obediencia debida al presidente cuyo encargo es también nítidamente repugnante. Hay un antes y un después para quienes se dicen dueños de la calle se arrogan la potestad de hablar en representación del pueblo. Ahora todo es transparente, publicidades ZP lo va a tener muy difícil. No se engaña fácilmente a quienes se ha pretendido dejar contra las cuerdas por ultraderechistas cuando todas sus armas son sillas de ruedas, ojos de cristal y sufrimiento contenido. Ha comenzado el oleaje popular anti-rendición ante los terroristas. Es imparable. Gafetero y sus socios independentistas tienen enfrente a un ejército de hombres, mujeres, ancianos y niños que pacíficamente, cargados con la palabra y la razón les han dicho NO.

Pero lo que más ha reventado al todopoderoso impero periodístico y a La Moncloa es la ausencia de incidentes de la jornada. Es tan aplastante el argumento de los manifestantes, tan demoledora su sola presencia en las calles de Madrid a pesar de la soledad mediática para la convocatoria y su obscena censura en el desarrollo de la manifestación, que esta vez sí que aunque jamás lo reconozcan, Rubalcaba y De la Vogue han tomado nota. Y la calle también. Por eso hubo quien gritaba: ¡Savater, Nicolás, Bardem ¿dónde estáis?. Con las víctimas desde luego no.

Duelos y quebrantos de Zapatero
Manuel Martín Ferrand Estrella Digital 6 Junio 2005

No me refiero a los duelos y quebrantos que, en las primeras líneas del Quijote, constituyen el menú sabatino de don Alonso Quijano, huevos fritos con torreznos. No. Los quebrantos que afectan al presidente del Gobierno son los del decaimiento, los que arrastran, según el DRAE, “grande pérdida o daño”. Sus duelos, a poca responsabilidad que le entre en el zurrón, conllevan dolor, lástima y aflicción.

La manifestación del pasado sábado, sea cual fuere el número de sus asistentes —muchísimos en cualquier caso—, constituye un serio aviso de una parte importante de la sociedad española a un Gobierno que se empecina en ignorarla a base de jugar a unas izquierdas que ya están más pasadas que el polisón.

La manifestación, convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo, la AVT, tenía como principal objetivo expresar el rechazo, desde una posición antes ética que política, a una negociación con ETA en los términos en que la pretende Zapatero; pero, alimentada por el propio éxito de la convocatoria, se convirtió en un aviso —en el sentido taurino de la expresión— al diestro que, escondido en el burladero de la Moncloa, va de tropezón en tropezón mientras —él sabrá por qué— tiene como principal tarea de Gobierno la reapertura del frentismo.

(Aunque sea entre paréntesis, no se puede dejar de apuntar, al referirse a la manifestación del pasado sábado, la ausencia de Gregorio Peces-Barba, el pluriempleado rector de la Carlos III que es tan “alto” comisionado gubernamental para las víctimas del terrorismo que resulta incapaz de ponerse a su altura.)

A Zapatero, según parece, se le ha terminado la magia del talante. Se le ha congelado, a pesar de la calor, la sonrisa en el rostro y ahora tendrá que empezar a hacer política además de relaciones públicas. Algo que, en los difíciles momentos que vivimos, exige, en el exterior, mucho más que el acercamiento pueril a un eje en decadencia y, en el interior, ajustarse los machos para la lidia de un problema, como el nacionalista, que amenaza con la ruptura del Estado.

La mayor dificultad del problema reside, y valgan la paradoja y la repetición, en que parte del problema es el soporte que le refuerza su minoría parlamentaria. Zapatero, de hecho, está “secuestrado” por el tripartito que gobierna Cataluña y en el que, independientemente de los porcentajes marcados en el Parlament, domina la voluntad de Josep Lluís Carod-Rovira. Así, alimentado por un nacionalismo extremista, verdaderamente separatista, será imposible que el presidente del Gobierno de España pueda enfrentarse a una acción coherentemente nacional. Al servicio del Estado.

Ya sabemos que las ideologías están en crisis; pero en Zapatero, quizás por su inacción, se manifiestan en ruinas. Ni tan siquiera le lucen los principios fundamentales que definen el partido que regenta y que se resumen en la sigla que acompaña al emblema del puño y la rosa.

Sólo la inercia de la buena marcha de la economía, ya amenazada en sus fundamentos, le sirve a Zapatero de bálsamo para aliviarle las muchas escoceduras que, sin duda, han de producirle sus afirmaciones inanes, sus pactos vacíos y sus proyectos de boy-scout. Todo ello mientras, talantazo va y talantazo viene, se sigue abriendo la distancia entre las dos Españas. Es decir, anulando los valores de la Transición y volviendo al espíritu de los años treinta. Dolorosos duelos y quebrantos definitivos.

Desde la cofa
Había motivo
José Carlos Rodríguez Libertad Digital 6 Junio 2005

Casi un millón de personas han exigido al Gobierno que deje de negociar con ETA, pese al silencio de los poderes fácticos fácilmente reconocibles y de su vano intento de desacreditar la manifestación. Todos han dicho al Gobierno que no tiene títulos para negociar con la dignidad de las víctimas. El Gobierno de ZP ya ha entregado a la organización terrorista un ominoso incumplimiento de la Ley de Partidos, permitiendo la participación del partido terrorista de las tierras vascas en las elecciones autonómicas. Permite, además, manifestaciones de otras ramas de la organización ilegalizada. Estos adelantos del gobierno en su negociación con ETA legitiman desde el Ejecutivo la actividad criminal de los terroristas, desprecian la voz y la dignidad de las víctimas, y alientan al mundo social-nacionalista a seguir, cuando más débiles estaban. Porque ahora saben que sus crímenes no han sido, y no serán, en vano. Tienen además la cobertura moral de quienes llaman diálogo a su chantaje.

Entre ellos se encuentran esa rama de intelectuales de los que no leen. Ese intelectualismo valiente contra el débil, solícito con el poderoso y solidario consigo mismo. Ese intelectual ignorante, que se arroga la palabra cultura, degradándola, y la utiliza para sus fines ideológicos. Todos los tenemos en mente, aunque ninguno nos haya recordado su existencia este sábado. Ni en la manifestación ni fuera de ella han utilizado su complicidad con los medios para recabar el apoyo de la gente a las víctimas. Tampoco la han necesitado. Pero ellos no estaban dispuestos a prestarles ninguna ayuda. Quizás se sientan incómodos ante la dignidad de las reivindicaciones de las víctimas de ETA.

Quizás el problema sea otro. El intelectual Luis Tosar declaró en una entrevista que desea la negociación con la organización asesina para saber “qué es lo que quiere ETA”, como si tres décadas de actividad pública, parlamentaria y periodística de la banda no le parecieran suficientes. Mientras que no ha visto frutos en la persecución de los terroristas con la ley en la mano de los gobiernos de Aznar, declara que “sí he visto frutos en el caso de Carod-Rovira. Todo esto es muy controvertido, pero frutos los ha habido, por lo menos para Catalunya”. Si que los asesinos corrijan la diana le parece a Luis Tosar un buen resultado, los que siguen dentro de ella no le merecen ningún respeto. Era de esperar, por tanto, la ausencia del intelectual Tosar. También la del equidistante Julio Médem o la de tantos que se solidarizaron con el cineasta cuando las víctimas de los terroristas se sintieron ofendidas por La Pelota Vasca.

Ni fueron, ni se les esperaba. En más de tres décadas de actividad criminal de ETA, no hemos visto que esos intelectuales y hombres/mujeres de la kultura unan sus firmas en una condena a ETA sin matices y sin añadidos. Quienes se apresuran a defender “la experiencia democrática venezolana”, o la de Cuba, (pero no la del Irak de hoy) no se han movilizado para vertebrar el necesario arrinconamiento social del mundo etarra. Este sábado volvieron a estar ausentes en esa lucha, pese que para esa movilización hay motivo. Sobran los motivos. Lo que falta es el valor y el compromiso de defender a los débiles.

José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

Desenmascarados
Mª Pilar Vidal López de Torre/Sestao.Vizcaya Cartas al Director El Correo 6 Junio 2005

¿Por fin se les cayó el antifaz, cual Zorro desenmascarado! Han tardado más de tres meses, pero ya tenemos 'fumata blanca'. ELA y LAB han enseñando sus verdaderas intenciones subscribiendo con su firma el documento de Kontseilua. Conclusión: a estos dos sindicatos de trabajadores de la enseñanza les molestan los 157 profesores de Bertendona, les sobran. Es cierto que LAB siempre se ha manifestado en términos semejantes; algún compañero ya ha oído aquello de: «¿Estarías mejor dando clases en España!». Mantienen, por tanto, una coherencia que, si no les enaltece, al menos les justifica en su argumentación. La clarividencia nos viene desde la ahora transparente postura de ELA: la actitud de los profesores encerrados, dicen, «no favorece en absoluto la normalización del euskera». El documento de Kontseilua, y por decisión propia, de ELA, también aclara que «se quedan con los admirables ejemplos de profesores y trabajadores que han aprendido euskera». No con aquéllos que, después de más de 17 años de docencia ininterrumpida en el sistema educativo vasco, han dado sus mejores años en la formación de generaciones vascas; no con aquéllos que han hecho y siguen haciendo esfuerzos por euskaldunizarse, a pesar de un sistema con fallos clamorosos. No, sólo se quedan con los que llegan a la meta, los triunfadores, los que cuentan con el costosísimo título de euskaldun. ¿Será que el resto de cualidades que debe tener un docente se le suponen sin necesidad de justificación? ¿Sólo concita los entusiasmos de los sindicatos nacionalistas el 'label' euskaldun? Triste, aunque clarificadora conclusión, a la que llegamos con este documento de Kontseilua. Quizás ahora, sin antifaces, la sociedad vislumbre mejor el horizonte educativo que defienden algunos: primero, euskaldunizar; después, educar.

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