AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 12 Junio 2005
La ministra marciana
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 12 Junio 2005

Por la unidad del Archivo, por la unidad de España
EDITORIAL Libertad Digital  12 Junio 2005

Los dieciséis
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 12 Junio 2005

Una sociedad blanda
FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS ABC  12 Junio 2005

La trampa demagógica de la Memoria
Por Antonio BURGOS ABC 12 Junio 2005

CONJUROS
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 12 Junio 2005

Bombas contra palabras
Por Jaime CAMPMANY ABC 12 Junio 2005

Marginales
Por Jon JUARISTI ABC  12 Junio 2005

El Archivo de todos
Editorial ABC  12 Junio 2005

El mito de la imbatibilidad
MARÍA SAN GIL El Correo 12 Junio 2005

«Maragall está tan contaminado por el nacionalismo que se ha vuelto inútil»
IVA ANGUERA DE SOJO/ MARÍA ANTONIA PRIETO ABC  12 Junio 2005

Blog de Arcadi Espada
 12 Junio 2005

La ministra marciana
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 12 Junio 2005

Lo de Carmen Calvo empieza ya a ser digno de parque temático. Pero no de esos que se inventa para echar un poco de serrín en los pantanos que ella misma va creando, como ese fantasmal Centro de la Memoria con el que pretende compensar el troceado y descuartizamiento del Archivo de la Guerra Civil en Salamanca. No. Lo que la ministra de Cultura debería poner en marcha cuanto antes es el Parque Temático Virtual Carmen Calvo (PTVCC en este segundo siglo de siglas). Y su lugar natural de emplazamiento, dentro de la irrealidad programada, debería ser la mesa y olla podrida de Javier Sardá, Nunca encontrará una ministra tan marciana. Nunca tendrá menos trabajo Carlos Latre para imitar a esa parodia de la parodia de la parodia de alguien. De sí misma, quizás.

Como la ruinosa majadería del Forum, es decir, el “Forrum” de las cien mil culturas subvencionadas, étnicas y memoprogres, que tan clamorosamente ha fracasado en Barcelona, no ha escarmentado a este Gobierno del Déficit, Carmen Calvo no tuvo mejor ocurrencia que contraprogramar la manifestación contra el expolio salmantino con uno de esos onerosos guateques que tanto gustan a la izquierda y que, en esta ocasión, ostentaba el pomposo título de “Cumbre de la diversidad cultural”. Como CC (no confundir con Claudia Cardinale ni, según las nuevas normas de la DRAE, hostiles a la Ch, con Carmen Chacón) parece andar feliz, sin posar apenas los pies en el suelo, no dudó en proclamar la necesidad de “pensar en términos planetarios” y, predicando con el ejemplo, instó a que la UNESCO (esa máquina entre totalitaria y corrompida que han pastoreado sujetos tan poco fiables como Mayor Zaragoza y M´Bow) “legisle para todos los planetas”. CC ha puesto el dedo en la llaga cósmica, porque uno de los problemas más acuciantes que amenazan a la Humanidad extragaláctica es que Marte quede fuera de la Ley, sin el amparo del prestigioso bufete Pixi&Dixi. Que no la quite Zapatero, por favor. Es una mina.

Por la unidad del Archivo, por la unidad de España
EDITORIAL Libertad Digital  12 Junio 2005

Unas cien mil personas, entre salmantinos y gentes de toda España, se dieron cita ayer en la ciudad del Tormes para protestar por la división y traslado de una parte de los fondos del Archivo de la Guerra Civil a Cataluña. La convocatoria, acaso la más concurrida de cuantas se han celebrado en la centenaria ciudad castellana, no sólo fue un éxito sino que ha puesto de manifiesto que una buena parte de la ciudadanía está, sólo un año después, hasta la coronilla del Gobierno del 14-M. No ha sido necesario más tiempo para que Zapatero mostrase a la Nación cuáles son las cartas con las que está jugando. Un año de maniobras propias de un saltimbanqui, encaminadas a crear crispación donde no la había y a desmontar el consenso sobre el que se fraguó la Transición a la democracia hace ya un cuarto de siglo.

Dejando a un lado aspectos de suma importancia tales como el desorden en materia exterior o la imprevisión económica, la mayor amenaza que se cierne hoy día sobre nuestro país es la de la fractura de un cuerpo nacional que arrastra cinco siglos de historia. No es de extrañar por lo tanto que las consignas más coreadas en la manifestación de ayer en Salamanca tuviesen que ver con la unidad del archivo y con la de la propia Nación española. En la conciencia de muchos españoles de diferentes ideologías y sensibilidades políticas una se ha asimilado a la otra. La división del Archivo de la Guerra Civil en Salamanca es un disparate desde el punto de vista técnico y una innecesaria provocación a la ciudad que, honrosamente, lo ha albergado desde su constitución como tal en 1977. No es, como repiten sin cesar los portavoces oficiosos de la Moncloa, un vestigio del franquismo, sino una institución seria que rinde sus servicios a toda la comunidad investigadora actuando de este modo como custodio de la memoria de todos. Si Zapatero ha decidido practicarle una amputación se debe a que gobierna hipotecado por un partido minoritario, secesionista y cuyo objetivo declarado es romper España, una Nación moderna, democrática y en muchos aspectos ejemplar.

Como la división del Archivo no se debe a cuestiones de orden técnico o administrativo sino que obedece a la imposición de una minoría parlamentaria que representa a tan sólo 650.000 votantes, era preciso que los salmantinos hiciesen oír su voz. Lo han hecho de un modo multitudinario, porque reunir a 100.000 manifestantes en una ciudad que cuenta con 160.000 habitantes es, literalmente, sacar a dos tercios de la ciudad a la calle. Zapatero debería tomar nota y revisar una decisión precipitada e injusta. Su ministro de Trabajo, el salmantino Jesús Caldera, debería, por su parte, tomar nota también, pero para dejar su cargo de inmediato. Hace diez años, con motivo de las movilizaciones que tuvieron lugar en Salamanca por la misma razón, Caldera, en su habitual estilo de fanfarrón ampuloso, aseguró que el único modo en que el archivo saldría de la ciudad sería por encima de su cadáver. Bravuconadas al margen, Caldera es ahora preso de sus propias palabras y, como diputado por la provincia de Salamanca, debería sin más demora hacerse cargo de la gravedad de este asunto.

Habida cuenta del nulo talante del que, hasta la fecha, ha hecho gala Zapatero al frente del Gobierno, lo más probable es que siga adelante con las instrucciones recibidas desde Barcelona. Los salmantinos, por su parte, están determinados a no permitir que un solo legajo abandone la ciudad. Si el Gobierno no rectifica y para de inmediato el crimen cultural que está a punto de cometer tendrá que atenerse a las consecuencias de su propio radicalismo.

Los dieciséis
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 12 Junio 2005

DIECISÉIS intelectuales, escritores y artistas catalanes han firmado un manifiesto en que expresan su descontento y decepción con la situación catalana tras década y media de dominio nacionalista. Y es que sorprendía tanta unanimidad de lo políticamente correcto en una sociedad en cierta decadencia relativa que acaba de sufrir el desastre del Carmelo y la humillación de sus víctimas por el tripartito con la complicidad del silencio en una especie de omertá de los medios de comunicación sometidos a la Generalidad. Y que renquea con los derechos humanos muy mermados y con un alto nivel de corrupción política. En esto tiene gran culpa la lamentable ley electoral, pero extraña al observador tal supuesta desaparición de ese histórico abundante granero de votos que en su momento se dirigió hacia el partido radical de Lerroux, gentes que procedentes de toda España luchaban contra el menosprecio catalanista por no ser oriundos. A menos que la sociedad haya cambiado tanto que no quepa reconocer ninguna vinculación con su pasado, en condiciones de verdadera libertad no se entiende que el actual espectro político catalán pueda representar los intereses reales de todas las gentes que viven en Cataluña.

El PP de Vidal Cuadras, de no haber sido erróneamente descabalgado en aras de la uniformidad nacionalista, hubiera podido sentar las bases de esa recuperación política de Cataluña, pues el PSC ha traicionado los intereses de la mayor parte de su base sociológica. Pero nunca es tarde si la dicha es buena. Si Lot no pudo encontrar a nadie honrado en la Sodoma bíblica, alegra ver que en la Cataluña humillada con la corona de espinas del tripartito aún resisten al menos dieciséis personas.

Una sociedad blanda
POR FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS DE LAS REALES ACADEMIAS ESPAÑOLA Y DE LA HISTORIA ABC  12 Junio 2005

NO es despectivo: se puede llamar también de varias maneras, liberal o progresiva, por ejemplo. También consumista. Contiene valores. Pero ante ciertas amenazas, el terrorismo por ejemplo, esta sociedad reacciona mal.

Claro, estoy pensando en su variante española. A base de pancartas, de «guerra no», de gritos en vez de razones, se derribó al Gobierno. Y si hubo que abandonar al aliado, encogerse de hombros ante el terrorismo, etc., a muchos les traía sin cuidado, parece. La reacción fue la contraria de la de EE.UU., Inglaterra, otros países. La huida, el abandono, la pura ilusión. Increíble.

Igual en el otro conflicto, el movido por ciertos vascos: Zapatero pide la paz, ese es el centro de sus alegatos. Pero solo había una rebelión ante la Ley, en trance de ser yugulada.

Es una situación anómala. Un país que reaccionó mal ante el terrorismo islámico, ahora intenta con ETA algo que ningún gobierno ha hecho. Francia, Alemania, Japón, otros países se enfrentaron a sus respectivos terrorismos y triunfaron. ¿Y qué decir de Estados Unidos? Ciertamente, España estaba fatigada de una lucha tan larga, por causa de los paños calientes, del abuso contra la democracia. Pero estaba en el buen camino. Con ayuda del PSOE. Ahora, ¿quién sabe?

Se intenta el diálogo, la negociación. Muy peligroso: si se cede, es el descrédito y la ruina moral y política para el país, el éxito de nacionalistas y separatistas (no de todos los socialistas, desde luego). Si no se cede, se dará pretexto a ETA y a otros muchos más para hablar de intolerancia, fascismo, etc. Una palabra que ya es un simple insulto.

Es decir, España repite, en el tema de ETA, un vuelco, ni más ni menos que cuando el 14 de marzo. Responde con blandura, ante la palabra «paz» todo se borra. Se aísla a los que no están de acuerdo como tremendistas o interesados. A 10.000.000 votantes y otros muchos que votaron socialista, sin saber dónde se metían. La apuesta es muy grave. De su éxito o fracaso depende el futuro de España.

Entonces, la cuestión es esta: el problema no es el Gobierno Zapatero y sus increíbles alianzas (paralelas a las de Azaña y Allende, ya se vio el resultado). El problema es que todavía cuenta con más de un cincuenta por ciento de aprobación, si se cree a las encuestas. Y que si alguien, digamos Rajoy, defiende los valores nacionales, las encuestas dicen que pierde. O sea: que hay un número importantísimo de ciudadanos que pasan por que el Gobierno semicapitule o juegue bazas arriesgadas. Con «paz» y «diálogo» les basta. Sin duda llegará una reacción, pero ¿a tiempo?

La situación es grave. Muchísimos tenemos extraordinario temor ante la política del brazo tendido a los nacionalistas o separatistas y de la negociación ante ETA, cosas que van de la mano. Que haya habido antes otras negociaciones no es una justificación, sino lo contrario, fueron un fracaso. Y la unidad de España es absolutamente importante. Pero ¿cómo hacerlo llegar a la gente? Una parte muy importante de la nación ni siquiera escucha. O ni se entera.

La experiencia histórica hace ver que la política de las concesiones ante fuerzas subversivas -la política de Chamberlain ante Hitler- está condenada, antes o después, al fracaso. Y a tener que volver a empezar en circunstancias peores.

No solo ante el tema vasco: también ante todos los nacionalismos y ante tantas cuestiones graves. Demasiados españoles se lavan las manos ante el trasvase del Ebro, la Ley de Calidad, la demolición del Pacto Antiterrorista, etc. Aceptan que grupos marginales se coloquen en el centro de la escena. La noción de la Historia de España y de la misma España parece quedar en el baúl de los recuerdos. Algo inaudito, increíble en otras naciones. Aquí ni se habla de ello, es molesto el que lo menciona. Ahora sí que España es diferente.

Quizá sea un mal sueño y salgamos a flote de ilusiones y olvidos, que haya una reacción todavía a tiempo. Pero resulta extraño que a tanta gente le traiga sin cuidado, parece, todo eso. O que el Gobierno acepte la burla hecha al Tribunal Supremo, se inhiba ante un nuevo partido filo-ETA, deje que sigan adelante las propuestas para recortar la Constitución y buscar otra con menos igualdad, con menos poder para el Estado, más poder, casi independencia, para las Autonomías que sabemos. Con menos atención a los intereses generales.

Ya se verá, piensan, pero huyamos de los conflictos, pactemos como sea. Diálogo, talante. Esta es la sociedad blanda de que hablo. Que la dejen tranquila es lo que quiere, viendo la televisión, comiendo y viajando. Que no traigan programas conflictivos. En definitiva, se trata de la sociedad de consumo, de la permisividad, el olvido de los valores.

Todo ello deriva, quizá, de la libertad y del dinero, cosas preciadas que crean progreso humano, a todos nos atraen. Pero, llevadas al extremo, ofrecen el terrible riesgo de la inhibición, de la aceptación de lo inaceptable. Del mirar a la vida de cada día y olvidar el entorno más amplio y el futuro. Viviendo bien, se olvida el riesgo. Parece.

El problema, pues, es el de lograr la persuasión. Decir verdades como puños parece que no llega. Al contrario, pone incómoda a la gente, que ve a los que las proponen como tremendistas o algo así.

La oratoria (o retórica o propaganda o como quieran) es el arte de persuasión, eso ya lo dijo Gorgias de Leontinos, en el siglo V ateniense. Y dijo también que esa oratoria (igual que la propaganda comercial) tiene que adaptarse a las circunstancias: al público. Hoy un discurso en las Cortes no va dirigido a las Cortes: por obra de la televisión, va dirigido a toda la nación. Y el estado de espíritu de una parte importante de ella hace que los argumentos frontales o históricos no le lleguen. No está en estado receptivo.

Naturalmente, Zapatero y sus aliados hacen lo posible para cerrar el paso a cualquier argumento que no sea el del diálogo, la paz, el talante. Mucha gente no escucha otro: no lee otros periódicos o cierra los oídos a la televisión en los pocos momentos en que pueden oírse en ella verdades. Eso no nos interesa, piensan, o es cosa «de los otros». A esto hemos llegado.

Es un ejercicio de irracionalidad. Y eso que el diálogo tranquilizante es, hoy por hoy, inexistente y la paz puede perderse, precisamente, con las concesiones. El talante no es nada: mejor es evitar el gesto amargo, pero ninguna nación ha ido adelante a base de sonrisas. Muchísimos lo saben. ¿Pero cómo convencer a los demás, cuando se mezclan partidismos, mitos, intereses, esperanzas, puras palabras? Socavar el Estado de Derecho y la nación española es peligroso, a la larga, para todos. Pero parece que tronar contra toda esa palabrería o ilusa o interesada con ayuda de los valores históricos, generales, racionales, es, hoy por hoy, insuficiente.

Este es el fondo del problema, creo. El Gobierno Zapatero y toda su actuación no son sino el simple resultado. A los apoyos tradicionales del socialismo se ha sumado esta nueva ola. Y ha desequilibrado la balanza. La cuestión es que se reequilibre antes de que lleguemos a un momento en que ya no sea posible un equilibrio.

Hay ya una reacción: no todo es blando. Recuerden la manifestación de las víctimas, el sábado 4. Y eso no es sino la punta del iceberg: el terrorismo no es sino un epifenómeno, el problema de fondo es el nacionalismo. Hay ya reacción en Cataluña. Pero aquí, en Madrid, al día siguiente de la gran explosión de dolor, vino la explosión de los cohetes y la fiesta por todo lo alto por los supuestos Juegos Olímpicos de 2012. La ciudad colapsada. ¡Qué país!

La trampa demagógica de la Memoria
Por Antonio BURGOS ABC 12 Junio 2005

¿CÓMO es exactamente la tópica cita de Santayana? ¿Es «Los pueblos que ignoran su Historia están condenados a repetir sus errores»? ¿Es «los que no conocen su Historia están condenados a repetirla»? No sé cómo será exactamente. Mi Google, Espasa sin anaqueles y sin apéndices, no da para tanto. Lo que sí sé es que desde el poder, desde el poder político, desde el poder cultural, desde el poder mediático, todos los días escriben el palimpsesto de Santayana. Más o menos así: «Como en los planes de estudio nos hemos encargado de que nadie conozca la Historia, podemos repetir su escritura a nuestra conveniencia, especialmente si se trata de la España Contemporánea; lo cual es facilísimo: bastará sustituir el rigor de la Historia por la demagogia de la Memoria».

Lo siento por don Gonzalo Anes, pero de aquí a nada la Real Academia de la Historia será Real Academia de la Memoria. El famoso Altavoz del Frente no ha dejado de funcionar. Sigue invitándonos a que nos pasemos al bando de lo políticamente correcto. Dejemos el reaccionario bando de la Historia y pasemos al bando de la Memoria. Según el cual de un momento a otro sabremos que las que recorrieron La Castellana en 1939 en el Desfile de la Victoria no fueron las tropas que parece. No. En el Desfile de la Victoria pasaron ante la tribuna el Quinto Regimiento, las Brigadas Internacionales y el Batallón de Acero. En la tribuna no estaba Franco. Estaba Azaña, con Negrín, Prieto, Largo Caballero y La Pasionaria. Si esto aún no es así, pronto lo será. Antes de que acaben los cuatro años naturales de esta legislatura los nacionales ya habrán perdido completamente la guerra civil y la habrán ganado los buenos, esto es, los republicanos.

Para ello, ya está montado en Salamanca el Centro de la Memoria. No sólo en Salamanca. España entera es un Centro de la Memoria. Una inmensa goma de borrar la Historia. Lo cual podemos decirlo mejor que nadie los que estuvimos frente a la dictadura de Franco cuando había que estarlo: con el dictador vivo, con la Policía Social con sus calabozos abiertos y con el Tribunal de Orden Público con el tinglado de la antigua farsa montado. Entonces, entonces era cuando había que restañar la memoria de la Historia, y algunos nos atrevimos a hacerlo, y aunque esté fea la autocita, pongo dos libros míos: «Andalucía, Tercer Mundo» y «Guía secreta de Sevilla». Cuando había que echarle dos co...nocimientos de la Historia a hablar de los fusilamientos de Queipo de Llano era en 1972, no ahora, que en agradecimiento te hacen de una comisión de sabios y te dan la gran cruz de Alfonso X el Ídem. En aquellos entonces, que yo supiera, ninguno de estos profesionales de la Memoria se atrevió a levantar el telón de la manipulación franquista, a derribar el muro levantado por Prensa y Propaganda del Movimiento. Éramos cuatro gatos los que nos atrevíamos a hablar de la otra Historia, de los heterodoxos, de los perdedores, o a novelar el asesinato de Blas Infante.

Y, mire usted por dónde, entonces éramos casi los mismos que ahora denunciamos esta desvergonzada manipulación de la Historia a manos de la Memoria. Parece que Franco hubiera muerto ayer. Están rompiendo peligrosamente la costosa y generosa concordia que se logró en la Transición. ¿A mí qué más me da la manipulación tipo Valle de los Caídos o la manipulación tipo Centro de la Memoria de Salamanca? ¿Dónde la verdad de la Historia, de toda la Historia, y he dicho toda: te, o, de, a, toda? Tan manipuladores eran los textos de Formación del Espíritu Nacional que padecimos en la dictadura que esta Formación del Talante Republicano del Abuelo de Zapatero. Como se ponga en marcha toda la memoria y nada más que la memoria, aquí van a tener que empezar a hablar de escultores como Illanes, Castillo Lastrucci o Andes, que después de 1939 tuvieron que sustituir la imaginería procesional de media Semana Santa andaluza, quemada no precisamente en un incendio fortuito. ¿Será por Memoria?

CONJUROS
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 12 Junio 2005

Esta semana, durante una sesión de control en el Senado, Zapatero afirmó que «trágicamente, no podemos conocer la última voluntad de las víctimas del terrorismo de ETA». Y añadió que «el mejor tributo» que se podía rendir a las víctimas era la paz. El primer enunciado es tautológico: no sabemos, en efecto, qué opinan los muertos sobre un desarrollo político que no estaban en grado de prever. Y el segundo enunciado resulta ambiguo. Se puede interpretar de muchas maneras, aunque la más derecha consiste en suponer que se ha apelado virtualmente a los muertos, y que éstos han contestado, también virtualmente, con un «sí». Si los muertos pudiesen hablar, aprobarían los esfuerzos del Gobierno para que ETA abandone las armas, así como las concesiones que esos esfuerzos llevan implícitas. Esto nos coloca en una suerte de contradicción: no tiene sentido decir que la voluntad de los muertos es incognoscible, e invocar al tiempo esa misma voluntad en apoyo de tal o cual acción de Gobierno. Pero a Zapatero no le arredran las contradicciones, de modo que la interpretación que he sugerido no es del todo inconcebible. A ella se ha atenido, al menos, Mikel Buesa. Y se ha indignado, y ha hecho explícita su indignación en unas declaraciones muy duras y apasionadas contra el presidente.

El equívoco ha contaminado a todo el espacio político. ¿Qué significa la consigna «No en mi nombre» con que se convocó la manifestación del 4 de junio? Comprendo por qué acudió Buesa a la manifestación, o por qué acudieron a ella otras víctimas del terrorismo. Buesa ha explicado su posición con claridad absoluta. Según Buesa, el perdón constituye un acto personal e intransferible. Buesa perdió a su hermano a manos de ETA. Esta desgracia provocó en Buesa un dolor que sólo él o sus familiares han experimentado en su concreción terrible, integral. Si Buesa perdona, habrá conseguido sublimar su dolor, o hacer compatible su dolor con una apertura moral hacia los asesinos. Buesa podría comprender tal vez que se le instase al perdón. Lo que no acepta, es que otros hagan por él lo que sólo él puede hacer. A lo que se ha negado Buesa el 4 de junio, es a que le expropien su dolor.

Yo acudí también a la manifestación. ¿Acudí por las mismas razones que Buesa o Alcaraz? Evidentemente, no. La idea de que ni el dolor ni el perdón admiten testaferros, me excluye también a mí como partícipe del dolor, o como agente autorizado a rehusar o conceder el perdón. ¿Por qué fui entonces? ¿Fuimos todos los que fuimos dominados por un pensamiento único?

No lo creo. La mayor parte deseaba expresar su simpatía hacia las víctimas. Y a esto se mezclaron otras emociones. Algunos bajaron a la calle para oponerse genéricamente al Gobierno. Otros lo hicieron por estimar que la unidad de España está en peligro. Otros perseguían que la protesta popular prevaleciera sobre los decretos del Parlamento. Sobre mí operó un motivo más oblicuo, más difícil de formular. No se relaciona con los muertos y su indescifrable visión de las cosas. Pero sí con lo que esas muertes significaron. Ha expuesto este punto, admirablemente, Aurelio Arteta en un artículo reciente publicado en «El País».

Juan Aranzadi, en un artículo anterior, había escrito que es abusivo atribuir a los asesinados por ETA una actitud colegiada y común. Los muertos son plurales, y plurales sus hipotéticos puntos de vista. Luego no es dable hablar en nombre de todos ellos, como si todos ellos fueran uno. Arteta repuso que el análisis de Aranzadi invertía el orden de los factores. No conocemos, de acuerdo, las opiniones de los muertos. Pero sabemos por qué los mató ETA, y en consecuencia sabemos lo que esas muertes colectivamente significan. ETA ha querido quebrar la democracia, y este propósito constante confiere un sentido inequívoco a los atentados y su estela letal.

Imaginemos que se está procesando a un estafador. El estafador se ha dedicado a vender billetes falsos de lotería. Las razones que en cada caso han llevado a los estafados a adquirir un billete, serán todo lo distintas que se quiera. Pero lo que convierte al falsario en falsario, y justifica la condena, es el engaño sistemático. La división de las víctimas no arguye nada contra la naturaleza ostensible del delito y la intención que lo ha inspirado.

No podemos representar a los muertos. Pero estamos en la obligación de saber lo que esas muertes representan. Ignoro si se producirán o no cesiones. Y prefiero no entrar ahora en si serían o no evitables. Con todo, existe algo que sí percibo con nitidez: y es que resultaría penoso rebajar la gravedad de las cesiones mirando hacia otro lado. Ha padecido mucha gente. Existen cosas más urgentes que aliviarse haciendo un ejercicio espurio de buena conciencia.

Bombas contra palabras
Por Jaime CAMPMANY ABC 12 Junio 2005

LO mejor que puede hacer Zapatero es dejar de ofrecer la negociación a la banda etarra. Ya se ve muy claro que los terroristas responden con bombas a las ofertas de paz. No quieren paz en España mientras el Estado les niegue lo que no puede entregarles: la descuartización de la unidad, el destrozo del mapa. Los terroristas quieren una paz herida, constantemente herida, para demostrar que pueden matarla tan pronto como se lo propongan. Las ofertas de diálogo y negociación siempre les han proporcionado un resuello para rehacerse en situaciones de cercana derrota. Y si ahora tiran sin matar es porque creen que, al día de hoy, el terrorismo de matanza «no es negocio», resulta perjudicial para «la causa».

Pues que Zapatero se calle, que no ofrezca a los terroristas unas conversaciones que no desean y a las cuales responden con bombas y granadas, y que les mande a los guardias, tan armados como ellos, que descubra y persiga las extorsiones que los financian y que no siga pidiendo la «voluntad de abandonar las armas». Ya se las quitarán en la cárcel o las entregarán ellos cuando se convenzan de que sólo les sirven para matar sin provecho.

Ahí tienen ustedes al presidente del Gobierno de una nación combatida por el terrorismo, abrumada por una gigante pirámide de mil muertos, con un empresariado esquilmado por el «impuesto revolucionario» y soportando un constante chantaje sobre las fuerzas políticas. Pues se dirige a la banda de los asesinos y les habla como un predicador dispuesto a perdonar sus graves pecados si prometen no pecar más. Cuando un oscuro y terrorífico atentado terrorista hizo posible la irresistible ascensión de Zapatero a la presidencia del Gobierno de España, la banda etarra atravesaba por el momento más difícil de toda su historia. No era un optimismo exagerado imaginar el final cercano de la banda y la derrota total y definitiva de sus dirigentes y de sus integrantes.

Algo más de un año después, vemos al jefe del Gobierno desconcertar a las víctimas del terrorismo, dividir a sus asociaciones, estimular la politización de su dolor, ponerlas bajo la falsa protección de un Comisionado que tiene la misión de pastorearlas para que aplaudan la negociación mendicante del Gobierno en vez de escuchar su clamor y encauzar la justicia que exigen. Las matemáticas del terror son elocuentes, aunque afortunadamente y por ahora no tengamos que enterrar nuevos muertos: dieciséis atentados en lo que va de año, o sea, en menos de seis meses. Dieciséis veces que la banda etarra ha respondido a Zapatero que no deja las armas, sino que las usa, para que compruebe que puede emplearlas en cualquier momento.

Que se calle ya Zapatero con esa monserga de una negociación que nadie quiere, ni víctimas ni verdugos. Cuando otros gobiernos, socialistas o no, han intentado las conversaciones de paz, los negociadores del Estado no han acudido a esa mesa habiendo enseñado sus cartas y habiendo rendido sus armas. Cállese, hombre, cállese.

Marginales
Por Jon JUARISTI ABC  12 Junio 2005

DICE la sartén al cazo: «quita de ahí, cochinazo». Recuerdo una versión vascongada que don Pío Baroja trae en alguna de sus novelas y la pongo aquí para que se vea que no voy de centralista: Norc nori? Sartain ciquiña perchari («¿Quién a quién? La sartén sucia al cazo»). Me habría gustado ofrecer un paralelo catalán. O al menos lemosín, con paellera, pero no los hay disponibles en la web del Institut Raimon Llull, que es como el Cervantes o el British Council de la federación austrohúngara, aunque lo hayan dejado fuera del Premio Príncipe de Asturias.

El sentido de este refrán es que uno debe guardarse de censurar en el prójimo los defectos propios, sobre todo si éstos son más que evidentes. Tiene una estrecha relación con aquel otro que desaconseja apedrear el tejado del vecino cuando el de uno es de cristal y con el rapapolvo evangélico contra los que ven la paja en el ojo ajeno sin sacarse la viga del suyo. Por cierto, en esto de la viga en el ojo el maestro Sciacia veía una reminiscencia de aquel episodio de la Odisea en que Ulises y sus compañeros ciegan al cíclope con una viga aguzada al fuego, imagen que algunos psicoanalistas consideran traslación poética de un vulgar acto de sodomía. La viga está también en el centro de la simbología tradicional catalana: según fray Joan Monsó, de una viga desechada en la construcción del Templo de Salomón hizo el monarca hebreo els Quatre Pals para la armazón de su lecho, que pasarían con el tiempo a la senyera de los reyes de Aragón y al lomo de la merluza mediterránea, menos sabrosa que la del Cantábrico pero más patriótica. Todas estas cosas se van olvidando y es una pena.

A los firmantes del manifiesto de los intelectuales catalanes, los de Esquerra les han llamado lerrouxistas. Pase que en un siglo no hayan encontrado una descalificación más original para quien no comulgue con el nacionalismo. No tendrán paralelos en la cosa refranera, pero al Emperador del Paralelo lo llevan metido en los mondongos, qué castigo. Don Alejandro ha salido de la Historia para convertirse en arquetipo eterno del Mal y a este paso acabarán contando a la canalla que Felipe de Anjou era lerrouxista. Se lo tendrían que hacer mirar, pero, con todo, pase. Lo que resulta más escandaloso es que califiquen a los del manifiesto de marginales políticos. Y conste que estoy convencido de que, si pretendiesen montárselo en plan partido, los Espada, Pericay, Azúa, Boadella y compañía tendrían menos tirón electoral en Cataluña que Madrazo en Ceuta. Pero es intolerable que los tache de marginales la mayor colección de freaks que se ha conseguido reunir en la historia del Principado y probablemente en la de España entera. Porque mira que hay freaks, sin ir más lejos, en el Gobierno de la Nación y su trastienda, pero tantos y tan floridos como en ERC, en ninguna parte. Curro y Maribárbola, Pepiño y De la Vogue, Pepe Abono y Antoñita la Fantástica parecen el consejo de administración del Banco Urquijo si los comparas con los camaradas del Rovireta. Sólo la desdichada conjunción de esas plagas bíblicas conocidas en honor a la brevedad como Maragall y Rodríguez permitió a los de Esquerra eludir su predecible destino de marginados sociales, chamba que celebraron encargándose trajes a medida en Toni Miró.

O sea, como si los de la cena de Viridiana se vistieran de Travoltas el sábado sabadete, que Viridiana es lo que le sale del alma a Rovireta cuando se apunta a un Via Crucis. Buñuel: ése sí que entendía de freaks. El partido que le habría sacado al más normalito de ERC, pongamos a Puig (Joan). Ni a Lola Gaos. Quizá, después de todo, los de Esquerra no nacieran para atracar gasolineras ni para desmantelar España. Quizá estaban pensados para una imposible película de Buñuel, como Terras amb pa (i tumaca). Retrospectivamente, deberían agradecer al gran cineasta aragonés haberlos diseñado sin saberlo. A lo mejor Rovireta podría conseguir de sus contactos que tampoco atentasen en los alrededores de Calanda de los Tambores, la Polonia irredenta.

El Archivo de todos
Editorial ABC  12 Junio 2005

LA manifestación de ayer en Salamanca confirma la existencia de un clamor ciudadano en contra de determinadas medidas que pretende adoptar el Gobierno socialista. La gente hace política en la propia calle, en una demostración ejemplar de civismo y buen sentido democrático. No basta con expresar el «respeto» a los manifestantes o con reconocer -faltaría más- la legitimidad del ejercicio de sus derechos constitucionales. La gente se pronuncia en este caso en contra de una mal llamada «devolución» de los papeles a Cataluña, puesto que los documentos, integrados en un Archivo Nacional, pertenecen ya a todos los españoles y también, por tanto, a los catalanes. Las confusas explicaciones de la ministra Carmen Calvo y la presentación a destiempo de un sucedáneo del Archivo han contribuido a excitar los ánimos. Además, el mundo de la cultura se muestra perplejo ante una decisión que rompe las pautas internacionales en la gestión de archivos y museos. Nada de eso parece importar al Gobierno, que no duda tampoco en dejar en posición más que desairada a sus compañeros de partido en Castilla y León. La presencia de destacados líderes populares en Salamanca contrasta -como ya ocurriera la semana pasada en Madrid- con la desatención política de un PSOE encerrado en los salones del poder.

La democracia tiende por definición a la integración de intereses sociales y rechaza, por ello mismo, las medidas que provocan el enfrentamiento. Hace años, Felipe González supo atender a la voz de la calle y dejó sin efecto un proyecto similar. Es de esperar que Zapatero sepa estar a la altura de las circunstancias. Millones de ciudadanos en toda España (incluidos, cómo no, muchos catalanes) defienden la unidad del Archivo Nacional con sede en Salamanca porque es el Archivo de todos, fiel reflejo documental de una etapa dramática de nuestra historia: una Guerra Civil entre españoles y no -como algunos pretenden mediante una falacia interesada- una lucha entre España y una de sus partes constitutivas. El interés coyuntural del Gobierno lo convierte en prisionero de unos acuerdos inaceptables con ERC, pero el clamor de la calle exige la retirada del proyecto de ley y la búsqueda de una solución sobre la base indiscutible de la unidad del patrimonio cultural común.

El mito de la imbatibilidad
MARÍA SAN GIL/PRESIDENTA DEL PP DEL PAÍS VASCO El Correo 12 Junio 2005

Somos muchos los que hemos crecido en el País Vasco con la existencia de dos mitos incuestionables. El mito de la imbatibilidad del PNV y el de la imbatibilidad de ETA. El primero de ellos va deshaciéndose y cada día somos más los vascos que creemos que el PNV no es ya imbatible en las urnas. Los resultados electorales van demostrando que, 25 años después, el PNV está cada día más cerca de perder su hegemonía absoluta.

Y luego está el mito de la imbatibilidad de ETA. Durante años hemos creído, algunos más que otros, que ETA era imbatible, que nada ni nadie podía derrotarla y que para conseguir que dejaran de matar era necesario ceder y claudicar, o nunca viviríamos 'en paz'. Ocho años de gobierno del Partido Popular han demostrado dos cosas elementales: con los instrumentos del Estado de Derecho somos capaces de derrotar a los terroristas y por tanto no hay nada de qué hablar con ellos.

Al principio se pensaba que había que sentarse con ETA para convencerla de que dejara de matar. En esa fase se creía que, quizá, dándole a cambio algo de lo que pedía, ETA abandonaría la actividad terrorista. Entonces parecía que el Gobierno español hablaría con ETA de política, hablaría de más o menos autogobierno, de territorios, de presos, etcétera. En esa mesa se intercambiaría paz por autodeterminación.

Después de muchos atentados, muchos muertos, muchos heridos y mucho dolor, empezamos a interiorizar que nuestra libertad no podía tener precio político; que no se podía ceder ante ETA dándole lo que pedía a cambio de que dejara de matar. Dimos un paso más y se decidió que sólo iba a ser posible sentarse con ETA si ésta dejaba de matar. En esta segunda fase, el tema de conversación serían los presos, los refugiados, la situación de su gente. Había una gran disposición a la generosidad con los asesinos que nos habían causado tanto sufrimiento, con tal de que dejaran de causárnoslo.

ETA daba por hecho que la situación de los presos y refugiados etarras sería el tema del que se hablaría en aquella inevitable negociación que se pondría en marcha inmediatamente después del abandono de las armas por parte de la banda terrorista.

Durante los años siguientes, y gracias a la pedagogía democrática realizada por José María Aznar y sus gobiernos (apoyados por el Partido Socialista desde la oposición), por fin todo el mundo, salvo los de siempre, los nacionalistas, se convenció de que con ETA no había nada de qué hablar. Hasta hace pocos meses nadie se planteaba la posibilidad de sentarse a una mesa con ETA para convencerla de que dejara de matar. Tampoco nadie se planteaba la posibilidad de discutir con ETA las penas de los terroristas encarcelados. ETA había dejado de ser imbatible. El Estado de Derecho triunfaba sobre el mito de la imbatibilidad de ETA.

En primer lugar, porque desde el punto de vista de los principios democráticos y morales supondría una indecente cesión que nos dejaría desamparados a la hora de abordar cualquier conflicto ya existente o que surgiera en un futuro en el seno de nuestra sociedad. Demostraríamos que el terrorismo como instrumento de acción política es eficaz y muy práctico y daríamos un ejemplo a nuestros hijos de cobardía moral y de debilidad muy poco pedagógico.

En segundo lugar, porque desde el punto de vista de la estrategia estamos seguros de que ése no es el camino seguro para acabar con ETA. La banda terrorista, mientras tenga un hilo de vida, seguirá tratando de imponer sus objetivos utilizando las armas. ETA o mata o impone, porque ETA mata para imponer. Ni siquiera en el supuesto y, por fortuna, improbable caso de que lograra alcanzar sus objetivos (la Euskal Herria de los 7 territorios como Estado soberano) dejaría de estar presente en la vida de los ciudadanos vascos. Permanecería como el Gran Hermano que vigila el comportamiento correcto de sus súbditos. La única manera de que ETA desaparezca es derrotarla. La única manera de estar seguros de que todos vamos a ser por fin libres es acabar con ella. ¿Alguien cree todavía a estas alturas que ETA se va a dejar convencer de algo? ¿Alguien cree todavía a estas alturas que después de casi mil asesinatos ETA sabe dialogar?

Hasta ahora los únicos que pensaban, por interés partidista, que esto era posible eran los nacionalistas que tenían puestas sus esperanzas en obtener algo para su propio beneficio. Ahora y, visto lo visto, también el Partido Socialista, y lo que es peor el Gobierno de España, creen que pueden sacar algo en claro de una negociación con los terroristas. ETA 'habla' todos los días y confirma su voluntad de cobrar un precio político por dejar de matar. El único que no se quiere enterar es el presidente del Gobierno. Como ya he dicho en alguna otra ocasión, el señor Rodríguez Zapatero parece un recién llegado a la política de nuestro país.

Nosotros nos negamos a que nuestro Gobierno, el Gobierno de todos los españoles, se siente a ninguna mesa con los terroristas. Nos negamos a que las penas de los asesinos se negocien con la banda organizada de delincuentes que tienen detrás. Nos negamos a que los delincuentes organizados disfruten de beneficios que los delincuentes que delinquen por libre no tienen. Todos y cada uno de los etarras decidieron un día libremente coger una pistola para 'hacer política'. No son más que delincuentes condenados por la Justicia por uno de los delitos más vergonzantes que pueda haber. Tendrán que pagar por ello como el resto de los reclusos. Ni más ni menos.

Por eso estuvimos el sábado 4 acompañando a la Asociación de Víctimas del Terrorismo y al Colectivo de Víctimas del Terrorismo del País Vasco. Demostramos en las calles de Madrid que somos muchos los que seguiremos acompañándolas porque compartimos con ellas sus reivindicaciones de memoria, verdad y justicia. Sentarse a una misma mesa con los terroristas de ETA supondría olvidar lo que nos han hecho, mentir sobre nuestra historia más reciente y no hacer justicia a quienes más se la merecen. Y no estamos dispuestos a ello. No estamos dispuestos a retroceder en el tiempo y alimentar de nuevo el mito de la imbatibilidad de ETA.

director teatralAlbert Boadella:
«Maragall está tan contaminado por el nacionalismo que se ha vuelto inútil»

Le importa «un comino» si los papeles de Salamanca vuelven o no a Cataluña. Albert Boadella luchó contra Franco y
después lo hizo contra Pujol. Se siente represaliado por ambos, pero está decidido a mantener su lucha contra el nacionalismo. Ahora abre la veda contra el tripartito
IVA ANGUERA DE SOJO/ MARÍA ANTONIA PRIETO ABC  12 Junio 2005

BARCELONA. En plena celebración del quinto centenario de «El Quijote», el director teatral Albert Boadella (Barcelona, 1943) utiliza al hidalgo caballero para intentar explicar la «esquizofrenia» en la que, cree, vive la sociedad catalana. «El Quijote es un hombre razonable, sensato y culto, salvo cuando le tocan los libros de caballerías, ahí pierde la chaveta y
delira. A Cataluña le pasa lo mismo. Es un territorio de gente sensata, equilibrada, con un alto grado de civismo. Pero cuando se toca la identidad, empieza el delirio». Boadella es uno de los impulsores del manifiesto «Por un nuevo partido político en Cataluña».

—Alguien que menosprecia a la clase política, ¿qué hace firmando un manifiesto que tiene como objetivo la creación de un nuevo partido?
—Lo he hecho por razones casi físicas, por desprenderme de la desagradable sensación de claustrofobia y ahogo que
siento ante este festival permanente de simbología y de nacionalismo. Siento pena hacia mi propio pasado, hacia las esperanzas que de joven tenía depositadas en este territorio, en esta comunidad catalana.

—Tras 23 años de gobiernos de Jordi Pujol ¿por qué han decidido organizarse ahora y no entonces?
—En la época de Pujol yo estuve muy activo, casi fui el único, de hecho fui el malo oficial. Lo que ocurre es que algunos de mis colegas quizá pensaban que un cambio de gobierno permitiría darle la vuelta a la situación y ahora están decepcionados porque se han dado cuenta de que éstos son más nacionalistas que los otros. Cuando te sientes traicionado por los tuyos, la
reacción siempre es más fuerte, porque del adversario ya no esperabas nada.

—En esta nueva etapa, ¿en qué ha notado el odio hacia lo español que denuncia el manifiesto?
—En el continuismo, en el seguidismo del mensaje pujolista. Desde hace años se nos ha machacado con el mensaje de que nuestro enemigo está más allá del Ebro y se ha vivido con la idea de que un día Cataluña pasará cuentas con el pasado. Me parece demencial que un país esté inmerso en esta paranoia. Yo pensaba que ahora experimentaríamos un cambio importante y, en cambio, todo se ha agravado. Los del tripartito están intentando trasladar a la población la idea de que nos roban el dinero, nuestro dinero. Somos ciudadanos que pagamos impuestos, no un país que paga impuestos, no un territorio que paga impuestos, así que hay que establecer unos mecanismos de solidaridad. Creíamos que el PSC haría una política distinta, pero escorado por ERC, se ve en la necesidad de hacer continuas demostraciones de pedigrí nacionalista.

—¿Ve al PSC como un partido acomplejado?
—Sí, sin duda. Ya lo demostró en sus tiempos de oposición.

—¿El PSOE debería plantearse recuperar la federación en Cataluña?
—No me pareció mal la idea de conseguir una cierta unión entre el PSC y el PSOE. El problema es que los dirigentes del PSC se erigieron en los ideólogos de la cuestión, barrieron para casa y gente que tendría que estar en CiU o en ERC
están en el PSC.

—¿Como por ejemplo?
—Casi todos los dirigentes socialistas que están en el gobierno.

—¿Incluido Pasqual Maragall?
—Sí. Maragall podría haber sido perfectamente un hombre de CiU. No veo las diferencias.

—¿Ha llegado demasiado tarde Maragall a la Generalitat?
—Maragall y el conjunto del PSC. Si hubieran gobernado en los ochenta quizá no se habrían contaminado tanto del nacionalismo, pero esta espera viendo el éxito triunfal de Pujol determinó absolutamente a la oposición. Es como la
historia de «Lorenzzazio», que se coloca al lado del tirano para cargárselo, pero cuando tiene que hacerlo ya está contaminado por él, ya es incapaz. Maragall está tan extraordinariamente contaminado por el nacionalismo que se
ha vuelto inútil. Y el PSC también.

—Pero en el PSC también hay otros dirigentes decididos a mantener la marca PSOE, como José Montilla...
—Todos estos están acomplejados. Se encuentran en la posición del converso, porque existe la idea de que arrimado a los postulados más nacionalistas del PSC se está en la elite intelectual y económica y formas parte de las grandes
familias de Cataluña. Así creen que están con los buenos catalanes.

—¿Hay catalanes de primera y de segunda?
—Sí, el nacionalismo lo primero que hace es fijar la lista de buenos y malos. Yo estoy en la lista de malos y me siento orgulloso, pero en el fondo es un drama.

—¿Cree que en la Cataluña actual alguien como Montilla podría llegar a la presidencia de la Generalitat?
—Lo veo complicado. Quien pudo haber sido un gran candidato fue Josep Borrell. Era el hombre adecuado para dar el giro en Cataluña porque nació en el corazón del Pirineo, así que no hay duda sobre su pureza, y es un hombre de izquierdas y que no comulga para nada con las ideas nacionalistas. Pero por eso mismo se convirtió en un político incómodo y odiado por el régimen pujolista y por el propio PSC.

—¿Sería un error que el PSC volviera a presentar a Maragall como candidato?
—El PSC tiene que cambiar de dirección y escuchar a los ciudadanos, a esa gran masa de votantes que tiene en sus grandes feudos del cinturón de Barcelona. Esos son sus votantes. Es una barbaridad jugar con los sentimientos de la gente y el PSC
se ha convertido en un secuestrador de sentimientos. ¿No ven que la política sólo se puede hacer desde la razón? En Europa, la política de los sentimientos ha llevado a unas guerras espantosas en el último siglo, el más sanguinario de la historia de la humanidad. Y aquí nos hemos inventado una Cataluña soñada que no tiene nada que ver con la Cataluña real y con sus
graves problemas.

—¿Qué papel le reserva al PP en Cataluña?
—El PP se ha sumido en este pozo, sin duda. Todo el Parlamento catalán está de acuerdo en que Cataluña es una nación. Me parece surrealista que el PP también esté jugando la carta nacionalista. No es que yo esté cercano a los postulados más derechistas de este partido, pero sí les aplaudiría si levantaran la voz y dijeran «nosotros no somos nacionalistas».

—¿Qué es Cataluña? ¿Una nación, una nacionalidad, una comunidad nacional?—Cataluña es una parte más del Estado Español. Es una parte de un acuerdo de hace muchos siglos. Este dilema constante de si somos, no somos, o nos separamos es pesadísimo. Estoy de acuerdo en que hay que reformar la Constitución en un punto: hay que introducir el delito de la pesadez. Llevamos tantos años planteándonos cómo tiene que ser España que se nos están escapando las mejores coyunturas.

—Hay quien les recrimina que nieguen la necesidad de defender la identidad catalana pero, en cambio, insistan en la necesidad de defender la identidad española.—La identidad española no hay que defenderla porque ya existe. Nosotros formamos parte de España, aunque haya gente que no les guste. Yo soy un hombre de este territorio y mis hijos hablan la lengua que escucharon en casa, pero jamás he hecho de la lengua un efectivo militar, jamás. Ni me ha servido para discriminar a nadie.

—¿La lengua no crea identidad?
—En absoluto. La lengua es un vehículo absolutamente práctico y funcional. El catalán acabó con el latín y un día a lo mejor el castellano o el inglés acabarán con el catalán. Natural, eso ha ocurrido a lo largo de la historia. Ponerse a defender una lengua es una muestra de paranoia. Estoy de acuerdo con la esquizofrenia catalana, me parece fantástico el bilingüismo, pero que eso genere paranoia, en el sentido de persecución, es otra cuestión. Tenemos generaciones de gente joven paranoica como los cachorros de ERC, que son muy peligrosos. Esquerra es un partido muy cercano a la extrema derecha; ni es
republicano ni es de izquierdas.

—¿Se refiere a extrema derecha en términos de fascismo?
—Sí, de algo parecido. No hay tanta diferencia entre ERC y Le Pen. Su base es la gran nación. Detrás del nacionalismo siempre hay racismo, hay unos buenos y unos malos. No hay nacionalismo sin enemigo exterior y en el caso de Cataluña el enemigo es España.

—Usted ha recibido amenazas por decir lo que piensa, pero la clase política insiste en que Cataluña es tierra de paz que no tiene nada que ver con el País Vasco.
—Me hace gracia cuando se dice que Cataluña no es ni ha sido nunca un país violento. Pero por favor, si antes de los años 30 aquí había asesinatos a mansalva. Ahora no hay violencia en el sentido que la hay en el País Vasco, pero las situaciones pueden cambiar y yo no me fío de estas cosas. No me hace ninguna gracia que me envíen amenazas. No me parece nada divertido. Y seguramente me las envían chavales que no saben que yo, durante una época, también pensaba ingenuamente que llegaría un día que Cataluña sería esa tierra soñada de libertad.

—¿Quién o qué le hizo cambiar de idea? ¿Pujol, quizá?
—Sí. Jordi Pujol no debiera haber existido como político. Ha sido un hombre absolutamente nefasto para Cataluña. Es una lástima que Tarradellas no fuera más joven, porque él sí sabía exactamente cual era la relación con el resto de España. Sabía qué podíamos tener y a qué no podíamos aspirar.

—¿La situación actual es fruto de todos estos años de pujolismo?
—Evidentemente. Ahora nos están gobernando los hijos naturales de Pujol... Un poco más y nos habrían gobernado los hijos legítimos.

—Sectores de la izquierda le recriminan que sus críticas contra el nacionalismo puedan ser instrumentalizadas por la derecha.
—Me da igual. Fantástico. Si hay gente de derechas que está de acuerdo conmigo, me parece estupendo.

—Perseguido por el franquismo, ¿cómo lleva que ahora le acusen de poner en peligro la convivencia?
—Es delirante. En Cataluña está todo tan envenenado y hay tan poco sentido democrático que te acusan de poner en peligro la convivencia por abrir un debate intelectual. Cataluña es un territorio en el que subsiste todavía el franquismo, la herencia del antifranquismo. Franco está muy presente en la mente y en la forma de actuar de los catalanes. Cuando alguien dice algo que no gusta inmediatamente se comenta que «ese tipo es un franquista». El trauma franquista no se ha digerido bien y eso es algo que me parece grave.

—¿Existe el riesgo de que se produzca una fractura social similar a la que existe en el País Vasco entre los votantes de CiU y ERC y los ciudadanos que están de acuerdo con el manifiesto que usted suscribe?
— La actitud que han adoptado los políticos frente al manifiesto demuestra que esto puede ocurrir. La seguridad de que existe un grupo importante de ciudadanos que apoyaría una opción no nacionalista no me la ha dado la reacción de la gente, sino la reacción de los políticos, que se han puesto histéricos, se han dedicado a insultar. Existe una profunda separación entre los políticos nacionalistas y los problemas reales de la ciudadanía. Pensar que para los catalanes en este momento lo más importante es el Estatuto es de locos. A la gente le importa un comino el Estatuto. Así que al menos nosotros hemos puesto nuestro grano de arena para encontrar una brecha.

—¿Tiene indicios de que en el PSC se esté produciendo algún movimiento en este sentido?
—Hay gente del PSC que me ha telefoneado dándome ánimos y diciendo que están de acuerdo pero que no quieren abandonar la militancia socialista. No hay duda de que despertamos simpatías y prueba de ello es cómo ha reaccionado el PSC, diciendo que esto es un intento de fractura social. El futuro partido que se cree también puede recoger opciones de
centro. En todo caso, tiene que ser una opción amplia, no hay que ser sectarios en este sentido.

—Toda una generación se ha criado con el discurso nacionalista y puede que no entienda su denuncia. ¿Teme que esta iniciativa llegue tarde?
—Cuando dicen que los catalanes tenemos que estar unidos se me ponen los pelos de punta. Esto lo decía Franco, son teorías dictatoriales. Sin duda alguna, durante la época de Pujol se impuso la sensación de que quien se movía podía ser represaliado. En mi propio terreno, el del teatro, Pujol hizo un escarmiento con «Els Joglars». Lo hizo para demostrar al
conjunto de la profesión que en Cataluña había libertad de opinión, pero si esta opinión no coincidía con las tesis oficiales te quedabas sin TV3, sin Teatro Nacional y sin subvenciones. Nadie se movió.

—¿Por eso, tal vez, representantes del grupo «Comediants» afirmaron, en reacción a su manifiesto, que ellos la política la hacen en la calle?

—Sin duda alguna. «Comediants» es una compañía que vive de la iniciativa pública, porque los grandes eventos sólo los organizan las instituciones públicas. Pujol creó una gran extensión de estómagos agradecidos y fue colocando a la gente en
listas de marginación. Si «Els Joglars» sólo hiciera teatro catalán ya no existiría... o nos hubiéramos tenido que afiliar a Convergència. Nos ha salvado que el 80 por ciento de nuestra actividad se hacía en el resto de España y el extranjero.

—¿No le preocupa convertirse en un antisistema, primero contra Franco, luego contra Pujol y ahora contra Maragall?
—Tengo esta desgracia. Quizá si gobernara Borrell no me vería en esta necesidad. Un día me consultó si debía librar una batalla interna para ser candidato a la Generalitat y yo le dije que él tenía que ser presidente de España. Creo que me equivoqué, lo cual demuestra que no tengo ninguna visión política.

—La decadencia económica que denuncian, ¿puede ser consecuencia de la falta de inversiones?
—No sé cuánto invierte el Estado en Cataluña pero antes de quejarse de los demás uno tiene que analizarse a fondo. Cuando una sociedad es dinámica no es necesario que le den las cosas hechas. Yo construí una compañía que lleva 45 años en acción con poquísimas ayudas. Siempre es fácil echar las culpas a los demás y en Cataluña cuando hay un problema
rápidamente se mira en dirección a Madrid. Seguro que los empresarios tienen algo de razón, porque Madrid tiene todavía el tic de gran capital, pero Cataluña es una comunidad mentalmente enfermiza, con un deseo permanente de pasar cuentas, de apelar a la memoria histórica.

—Si Cataluña aporta lo que aporta al resto de España, ¿a qué vienen las acusaciones de insolidaridad?
—Es culpa de un envenenamiento que hemos provocado nosotros. Cataluña es el familiar cabreante que siempre se quiere largar de la familia porque, como es el pariente rico, el resto le parecen muy cutres. Nuestra obligación era seducir al resto de los españoles para conseguir cosas. Tarradellas no sólo habría conseguido los papeles de Salamanca, sino que se habría traído entero todo el archivo sin herir a nadie.

—¿Tienen que volver los legajos a Cataluña?
—Me importa un comino si los archivos vuelven o no vuelven, con toda sinceridad. Es un debate absurdo.

—El envenenamiento del que habla, ¿no se agrava si alguien como Rodríguez Ibarra dice que «los catalanes se metan el dinero por donde les quepa»?
—Sin duda, pero el problema es que Ibarra aprovecha la brecha que nosotros hemos abierto. Estúpidos los hay en todas partes, pero no perdamos de vista que hemos sido los provocadores. Tras la muerte de Franco, los catalanes tuvimos una
oportunidad extraordinaria. Recuerdo las giras con «Els Joglars». Éramos como los embajadores catalanes y nos llevaban en bandeja. Cataluña tenía un prestigio enorme como la adelantada de la democracia y esto se ha hecho añicos estúpidamente por falta de auténtico sentido político de nuestros dirigentes.

—¿El actual poder político de los nacionalismos pone en cuestión la unidad de España?
—Creo que existe un firme deseo de secesión entre los dirigentes políticos del País Vasco y de Cataluña, que desean un sistema en el que la intervención del Estado sea mínima, por no decir nula. Pero cuando un Estado no tiene disposición ni fuerza moral para, en el momento en el que hay un acto de desobediencia constitucional, poner los tanques en el territorio que comete este acto de desobediencia, la situación se puede volver muy complicada.

—¿Está diciendo que en alguna ocasión debieron salir los tanques?
—No sé, pero sería importante que quienes plantean estos desafíos fueran conscientes de que los otros pueden sacar los tanques.

—Es decir, que la reacción al Plan Ibarretxe tendría que haber sido más tajante.
—Yo creo que sí. Hasta el momento sólo ha habido conatos, pero estaría bien que algunos supieran que hay maneras de responder ciertas provocaciones.

Blog de Arcadi Espada
 12 Junio 2005

Dice el periódico: “Sólo el PP no admite que Cataluña es una nación”. Admitámoslo (y sobre todo fijémonos en el verbo admitir, un imperativo en todos sus modos): se trata de un titular algo inexacto. El Pp y el 72 por ciento de los ciudadanos de Cataluña, según una pregunta (con sus respuestas) que publicó hace pocos meses el diario La Vanguardia.

Pero es preciso oxigenarse. En el mundo no hay demasiados precedentes de la decisión que acaba de tomar el parlamento regional de Cataluña. Estados, comunidades, cantones, regiones, provincias, éste es el léxico al uso. Un léxico encajado
jurídica y políticamente.

En el año 2003 el parlamento del Quebec aprobó la siguiente moción: “La Asamblea Nacional de Quebec reafirma que el pueblo de Quebec constituye una Nación”. El modelo de Quebec guió gran parte de la actividad política de Cataluña durante los años del pujolismo y ahora lo sigue haciendo con sus continuadores.

La rectificación del Pp ha frustrado en parte la emulación catalana. Hace un año, y en el trámite de la ponencia parlamentaria, el PP aceptó que Cataluña se definiera como nación. Eran los tiempos en que Montilla declaraba: “Si hasta Piqué reconoce que Cataluña es una nación”. O cuando el propio Piqué se mostraba favorable a que la Constitución definiera a España como nación de naciones. Esa unanimidad era calcada a la de Quebec y muy alentadora, y de su frustración vino en parte el aire precario que tuvo la reunión de ayer de los redactores del Estatuto.

En la emulación de Quebec se olvida, sin embargo, algo sustancial. Un día antes de la decisión de su parlamento, el Parlamento federal había rechazado la idea por 168 votos frente a 38 de que Quebec se constituyera como nación.
Lo más interesante era el argumento que subyacía en ese rechazo. Se le vino a preguntar a los nacionalistas para qué querían, en realidad, que se admitiera el estatuto de nación. Qué iban a hacer con él. Y qué consecuencias tendría en la organización política. No contestaron. En realidad, no contestaron. A los partidos catalanes ni siquiera se les ha hecho la pregunta. Sólo podrían contestarla de dos maneras. Una: no sirve para nada. En palabras del constitucionalista Thomas Fleiner, hablando de
Cataluña, pero también de Ibuprofenia: "Toda comunidad que reivindica algún idioma, cultura, religión u otras raíces históricas comunes podría considerarse a sí misma un pueblo o una nación". Para nada o para la independencia
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