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Recortes de Prensa     Lunes 13 Junio 2005
El país, en la calle
Por Jaime CAMPMANY ABC  13 Junio 2005

Los españoles, con las "caras desencajadas"
EDITORIAL Libertad Digital 13 Junio 2005

La ministra marciana
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 13 Junio 2005

La soledad del liberal de fondo
FERRAN GALLEGO  ABC 13 Junio 2005

Nación y soberanía
Editorial ABC 13 Junio 2005

Negociación y sexo
IÑAKI EZKERRA El Correo 13 Junio 2005

El país, en la calle
Por Jaime CAMPMANY ABC  13 Junio 2005

EL Gobierno de Zapatero lo ha conseguido. Tiene al gentío en la calle, y mayormente al gentío de la derecha. Lo tradicional, lo acostumbrado, lo de siempre es que sea la izquierda la que salga a la calle con gritos, con pancartas, con insultos también y con los Bardem. En cuanto la izquierda quiere ganar en la calle lo que no ha ganado en las urnas, se juntan todos los Bardem y salen a la calle ejerciendo con entusiasmo admirable el derecho de manifestación.

La derecha, en cambio, no sé si más comedida o más perezosa, difícilmente se echa a la calle para protestar. En todo caso, se manifiesta para celebrar, que es más bonito y de mejores maneras. Pero este Zapatero hace unas cosas tan desmesuradas, tan insensatas y tan sin gracia que logra el milagro de que hablen los mudos, se encalabrinen los mansos y salga a la calle el gentío de derechas. Se ha empeñado en negociar con los etarras, y cada vez que los invita a una conversación, los etarras sacuden un bombazo.

Y él, erre que erre, los invita otra vez, porque otra cosa no será, pero empecinado sí que lo es, este Zapatero de las ocho ministras. Los terroristas ya llevan este año dieciséis bombazos, y continúan las invitaciones. Tanta cortesía con los terroristas terminó por soliviantar a las Víctimas, que organizaron una manifestación gigantesca de casi un millón de personas, a pesar de que faltaron los Bardem. Si llegan a ir los Bardem, la manifestación se sale de Madrid.

Otra terquedad de Zapatero ha provocado esa manifestación de Salamanca que hacía rebosar de gentío la inigualable Plaza Mayor. (Hombre, si se trata de repartir Salamanca entre las demás Comunidades, a Murcia que le den esa Plaza). Yo creo que el único salmantino que no estaba allí es Jesús Caldera, que quizá estuviese entretenido velando su propio cadáver, ese que puso tendido junto al Tormes para detener a los que quieren trocear el Archivo de la Guerra Civil y darle un pedazo al Carod-Rovira o como se llame ese catalán de pacotilla. Lo ratifica constantemente la ministra fraila. Yo lo he puesto en versos de cabo roto. «Dará doña Carmen Cál- la ministra de Incultú-, el Archivo a Catalú-, quiera o no quiera el alcál-. Lo dará, además, de bál-, pues así Carod-Roví- podrá tener un Archí- con recuerdos de la gué- que hubo en un país pequé- cuajado de españolí-».

Y todavía queda por salir la manifestación del «matrimonio gay», que eso es algo así como llamar arroyo a la cordillera, bosque al desierto o alcornoques a los rosales. Esa será una bendición que además de contar con la protesta de las familias productivas, estará bendecida por la Iglesia, y con la Iglesia hemos dado, Sancho. Llamarle matrimonio a la unión legal de las sáficas o los monfloritas, legalización conveniente y hasta en algunos casos necesaria, es como llamarle Penélope Cruz a Rodríguez Ibarra o Mike Tysson a María Teresa Fernández de la Vega. O sea, un contradiós. Ahí, para ser un matrimonio como mandan Dios y la Naturaleza, o falta una matriz o sobran espermatozoides, dos materias precisas para perpetuar el gentío.

Los españoles, con las "caras desencajadas"
EDITORIAL Libertad Digital 13 Junio 2005

El 30 de enero de 1998, ETA dejaba huérfanos de padre y madre a tres niños de corta edad, al asesinar de un tiro en la cabeza a sus jóvenes padres en una céntrica calle sevillana. Pocos días después del salvaje asesinato del matrimonio Jiménez Becerril, el terrorista preso, José Ignacio de Juana Chaos, escribía una carta desde la cárcel en la que decía: “Me encanta ver las caras desencajadas de los familiares en los funerales. Aquí, en la cárcel, sus lloros son nuestras sonrisas y acabaremos a carcajada limpia. Esta última acción de Sevilla ha sido perfecta; con ella, ya he comido para todo el mes."

No sólo a los familiares, sino a todos los ciudadanos con un mínimo de sensibilidad se nos “desencaja la cara” cada vez que ETA comete un crimen. Hoy, sin embargo, no es un atentado de ETA, sino la decisión de un juez la que nos conmociona y hiere. Este juez se llama Santiago Pedraz, y su decisión no es otra que la de pretender poner en libertad a ese criminal, responsable de 25 asesinatos y que sólo ha cumplido 18 años de una pena que le condenaba a más de tres mil años de prisión.

Téngase en cuenta, además, que De Juana Chaos, lejos de haberse arrepentido de sus crímenes, ha seguido justificando y reclamando la intensificación del terror en estos últimos años. Junto a la labor propagandística y publicitaria que ha desempeñado a favor de ETA desde la cárcel, De Juana Chaos ha participado en todos los plantes y desobediencias organizadas en los centros penitenciarios por ETA, siendo responsable del "Frente de makos" de su cárcel, desde donde ha transmitido, a través de medios de comunicación, datos sobre los responsables de otros centros penitenciarios, así como del actual presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia, Javier Gómez Bermúdez.

De Juana Chaos ha sido, además, uno de los más firmes defensores de la colaboración de ETA con el terrorismo islamista, tal y como dejó de manifiesto en una carta en la que aseguraba en 1998 a una amiga que "si los integristas quisieran, los españoles echaban a correr de aquí en una semana, igual que echaron a correr del Sahara".

También desencaja los rostros de los ciudadanos el recordar lo que ha tardado la clase política española en introducir cambios legislativos para intentar que España dejara de ser el único país de la Unión Europea en donde a los terroristas no se le aplicaba el cumplimiento íntegro de las penas y donde los justificadores del crimen se beneficiaban de representación política y financiación pública. Si grave es que la democracia española haya tenido que esperar a la segunda legislatura del PP para endurecer el Estado de Derecho, peor aún es que venga ahora a saltárselo el irresponsable de Zapatero de la mano de los independentistas al permitir la continuidad de los proetarras en el parlamento vasco u ofreciendo impunidad a los presos a cambio de lo que hagan o dejen de hacer en el futuro los terroristas que siguen en libertad.

El juez Santiago Pedraz no puede ampararse, sin embargo, en lo tardío de la reacción del Estado de Derecho a la amenaza terrorista. Nadie –incluido el fiscal en su espléndido recurso- le está pidiendo que aplique ningún cambio legislativo con carácter retroactivo. Sólo, que no cierre los ojos a los muchas pruebas que permiten mantener en prisión a ese irredento y sanguinario criminal. Es el propio De Juana Chaos el que ha seguido considerándose “enemigo” de quienes, como las fuerzas policiales francesas o españolas, sólo combaten a los delincuentes. Ha sido él mismo el que se ha seguido sintiendo, en todo, momento parte de ETA bajo las eufemísticas y apologéticas siglas del “Movimiento Nacional de Liberación Vasco”. De las decisiones judiciales, sólo responden quienes las toman. De los atentados, sólo quienes los perpetran. Pero a veces ambas, lamentablemente, nos “desencajan la cara” a muchos ciudadanos.

Carmen Calvo
La ministra marciana
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 13 Junio 2005

Lo de Carmen Calvo empieza ya a ser digno de parque temático. Pero no de esos que se inventa para echar un poco de serrín en los pantanos que ella misma va creando, como ese fantasmal Centro de la Memoria con el que pretende compensar el troceado y descuartizamiento del Archivo de la Guerra Civil en Salamanca. No. Lo que la ministra de Cultura debería poner en marcha cuanto antes es el Parque Temático Virtual Carmen Calvo (PTVCC en este segundo siglo de siglas). Y su lugar natural de emplazamiento, dentro de la irrealidad programada, debería ser la mesa y olla podrida de Javier Sardá, Nunca encontrará una ministra tan marciana. Nunca tendrá menos trabajo Carlos Latre para imitar a esa parodia de la parodia de la parodia de alguien. De sí misma, quizás.

Como la ruinosa majadería del Forum, es decir, el “Forrum” de las cien mil culturas subvencionadas, étnicas y memoprogres, que tan clamorosamente ha fracasado en Barcelona, no ha escarmentado a este Gobierno del Déficit, Carmen Calvo no tuvo mejor ocurrencia que contraprogramar la manifestación contra el expolio salmantino con uno de esos onerosos guateques que tanto gustan a la izquierda y que, en esta ocasión, ostentaba el pomposo título de “Cumbre de la diversidad cultural”. Como CC (no confundir con Claudia Cardinale ni, según las nuevas normas de la DRAE, hostiles a la Ch, con Carmen Chacón) parece andar feliz, sin posar apenas los pies en el suelo, no dudó en proclamar la necesidad de “pensar en términos planetarios” y, predicando con el ejemplo, instó a que la UNESCO (esa máquina entre totalitaria y corrompida que han pastoreado sujetos tan poco fiables como Mayor Zaragoza y M´Bow) “legisle para todos los planetas”. CC ha puesto el dedo en la llaga cósmica, porque uno de los problemas más acuciantes que amenazan a la Humanidad extragaláctica es que Marte quede fuera de la Ley, sin el amparo del prestigioso bufete Pixi&Dixi. Que no la quite Zapatero, por favor. Es una mina.

La soledad del liberal de fondo
POR FERRAN GALLEGO UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE BARCELONA ABC 13 Junio 2005

EN las elecciones presidenciales de la primavera de 1974, parecía que François Mitterrand iba a devolver a la izquierda francesa al espacio de poder perdido desde la desastrosa gestión de la guerra de Argelia. Cuando esgrimía las reivindicaciones del pueblo ante su oponente en un debate televisado, Valéry Giscard d´Estaign, jefe de filas de los Republicanos Independientes, desarticuló la expresión de la esfinge socialista con una sola frase que desplomaba el edificio de apropiaciones morales construido por la izquierda: «Ustedes no tienen el monopolio de la compasión». Mitterrand quedó estupefacto, tratando de orientarse en el espacio espectacular que las cámaras de televisión distribuían por toda Francia, porque el astuto dirigente del liberalismo francés se había hartado de soportarle al candidato de la Unidad de la Izquierda la corrección política en la que atrincheraba sus axiomas.

En efecto, la izquierda no tiene el monopolio de ninguna de las cosas que cree poseer por un enigmático derecho de herencia. Una herencia que nadie ha parecido dispuesto a discutirle por la vía que ella misma utiliza con tanta eficacia con sus adversarios: es decir, no lamentando algunos excesos o errores cometidos a lo largo de una historia limpia, sino indicando que su misma naturaleza le impide hacer suya una serie de inclinaciones destinadas a mejorar la suerte de los humildes, la libertad de los ciudadanos, el respeto a los derechos, la defensa de la igualdad de oportunidades y de la cohesión social. Que ha caminado junto a tradiciones hincadas en inauditos niveles de explotación e injusticia que ninguna conciencia auténticamente liberal consideraría aceptables. No: la izquierda tiene un proyecto que debe definir ante los ciudadanos, no una patente de corso que le permite navegar por los océanos ideológicos mirando con una risueña superioridad a quien no ha alcanzado su estatura moral, la única desde la que se puede comprobar y solucionar el sufrimiento de los seres humanos en sociedades imperfectas.

Esa izquierda ha solemnizado el destierro de la derecha española a las tierras de penumbra de la soledad parlamentaria -una multitudinaria soledad de casi diez millones de votantes, repetido sea hasta la necesaria saciedad. Esa izquierda ha utilizado un tema tan delicado como el del terrorismo para marcar la línea de diferencia entre unos y otros en el Parlamento, como sólo un año atrás lo hizo en la calle, tras el espanto del 11 M. Esa izquierda planteó la distinción entre belicistas y pacifistas para señalar dónde se encontraban el Bien y el Mal absolutos, sometiendo a los españoles al insoportable dilema plebiscitario que eludía cualquier dosis de complejidad en su formación ciudadana. Esa izquierda desvirtuó sus propias convicciones declaradas al dar por acabado el principio de alternancia. Convirtió su legítima apetencia por llegar al Gobierno y durar en él en algo que ha acabado por deslegitimarla: la creación de una caricatura de sus adversarios, condenados -junto con los diez millones de españoles que continuaban confiando en ellos- en simples expresiones de la monstruosidad, de la carencia de escrúpulos sociales, de la indiferencia ante las víctimas de las guerras, de la insolidaridad ante la miseria, de una compasión diezmada en beneficio de la avaricia y de una arrogancia otorgada por el ejercicio impune del poder.

Los riesgos de esa opción han tenido que llegarle a la izquierda española desde los propios aliados que ha escogido para este viaje: desde un Maragall que no se recató en esgrimir el espíritu de 1936 para afirmar sus tesis soberanistas, hasta un Otegui que le recuerda al presidente un eje de vencedores y un eje de vencidos en la guerra civil, como si ese episodio volviera a situar a los españoles a uno o a otro lado de un paisaje que decidimos considerar ya transitado. Un territorio de despojo ético por el que dijimos que nunca volveríamos a pasar, y que no debería ser mencionado como zona de identificación de grupo. Ni siquiera con el elocuente silencio de quien no habla, pero otorga. De quien se mece en esa repugnante desidia moral que hace de la derecha española una simple resonancia del fascismo, mientras ofrece la categoría de «demócratas» a los colaboradores con el terrorismo, a sus matizadores, a los buceadores en sus «causas objetivas», a quienes se refieren al «conflicto vasco». Cuando se escucha a esta gente oír hablar de paz, mientras el cielo de Madrid o de Vizcaya se desfigura con el humo de las bombas, a uno le viene a la cabeza el título que José María Gironella puso a uno de sus volúmenes sobre la historia de una familia en los años de la guerra civil: Ha estallado la paz.

La pregunta es, desde el puro interés en la defensa de una cultura democrática, que impida la permanente radicalización y condene la exclusión de la mitad de España -por no hablar de su desmantelamiento institucional-, si el liberalismo español no debe formular, de una vez, el guantazo dialéctico que Giscard le propinó a Mitterrand con una sola frase. Una frase tan obvia como las arriesgadas afirmaciones que han ido aflojando la calidad democrática de nuestras neuronas sociales, hasta provocar el riesgo de que el liberalismo se convierta, por pura acumulación de frustraciones, en la caricatura que construyen para denigrarlo quienes deberían ser sus adversarios y respetuosos defensores de la alternancia política. El liberalismo español tiene que salir al paso de la falsificación histórica que supone convertir a los compañeros de viaje del actual presidente y al propio PSOE en una ventanilla que distribuye los impresos de credibilidad democrática en este país. Tiene que poner su propio modelo de sociedad para salir al paso de todas las trampas que se le tienden para que lo abandone, para que se instale en el exilio al que se le quiere conducir, arrastrado por la exasperación de sus propios reflejos defensivos. Tiene que plantear qué tipo de políticas sociales son más solidarias y han creado mayores niveles de bienestar en Europa desde el final de la guerra mundial. Tiene que señalar a qué tronco ideológico pertenece la defensa de un modelo de civilización en la que la libertad no es una opción más o menos estimada, sino el fundamento mismo de su carácter. Tiene que considerar si la izquierda siempre lo ha visto de esta forma y si los actuales compañeros de viaje del presidente Zapatero no proceden de tradiciones que han defendido precisamente todo lo contrario en «la otra Europa»: el atropello de los derechos, la miseria y la desigualdad. Tiene que considerar si los aliados nacionalistas del Gobierno no son quienes han defendido arcaicas propuestas que, en su mismo desarrollo lógico, conducen a un populismo totalitario cuyos parientes más obvios son considerados de extrema derecha en toda Europa.

En definitiva, el liberalismo tiene que defender su propio modelo contrastado, no supuesto, no caricaturizado por el adversario, sino edificado en la experiencia de muchos años de historia en Europa y unos cuantos en nuestro propio país. Debe hacerlo desde una serenidad que no le permita despeñarse por los abismos demagógicos a los que la izquierda le convoca todos los días. Lo que caracteriza todo proceso de exclusión es que la víctima del exilio acaba aceptando y adaptándose a las condiciones de su marginación. El liberalismo español puede estar orgulloso de una larga trayectoria que en el siglo XX nada tuvo que ver con dictaduras fascistas ni con la del proletariado, sino con Ortega, con Azaña, con Sánchez Román, con Martínez de Velasco o con los hombres del 98. Y es en esa tradición actualizada -pues si no se actualizase sólo sería nostalgia- donde el liberal español, que cree en una nación de ciudadanos y repudia cualquier mística de esencialismo orgánico en el que se la quiere recluir, debe escapar de un territorio que no es el suyo.

Por ahí debe pasar la constitución de un espacio cultural que no atañe sólo a los intereses de un partido, sino a la vigencia de la cultura democrática en nuestro país, al derecho de los ciudadanos a escoger entre opciones igualmente legítimas, que deben ofrecer proyectos de sociedad a los españoles para que éstos elijan en libertad. Y la libertad poco tiene que ver con el escenario de ficciones que se ha ido configurando por el oficiante de esta liturgia de despropósitos. Algunos creemos que ese derecho de cada uno de nosotros es el derecho de todos. Por esa España plural luchamos en el invierno de nuestro descontento. Por esa España tenemos que pedir, de nuevo, la paz y la palabra.

Nación y soberanía
Editorial ABC 13 Junio 2005

LA reunión de líderes políticos celebrada el sábado en el Parlamento de Cataluña terminó sin acuerdos firmes acerca de aspectos tan relevantes como la financiación o las competencias autonómicas. Da la impresión de que el proyecto de Estatuto está muy verde todavía, de manera que -casi con seguridad- no se podrán cumplir los plazos previstos por quienes lo impulsan por razones que conciernen mucho más a los intereses de partido que a las necesidades reales de la sociedad. Sin embargo, con excepción del PP, todos los grupos se han mostrado de acuerdo en definir a Cataluña como nación, incorporando así al texto una materia que suscita graves discrepancias por su naturaleza simbólica e identitaria. Desde los primeros tiempos del pujolismo, el nacionalismo catalán reclama dicha condición y juega con el equívoco en el nombre de múltiples instituciones: Museo Nacional de Arte de Cataluña, Teatro Nacional, Diada Nacional y muchos otros. El PSC ha actuado siempre con ambigüedad hasta que, tal vez atado por dificultades insuperables en el tema de la financiación, prefiere apostar fuerte en el terreno emocional, menos costoso en términos de poder, pero no por ello menos significativo. Ha durado muy poco la extraña maniobra doctrinal, encargada al presidente del Consejo de Estado, para poner en circulación un concepto intermedio entre nación y nacionalidad: en definitiva, la idea de «comunidad nacional» ha sido descalificada por sus propios inspiradores. A pesar de que se haya reprochado a Piqué su criterio inequívoco en favor de participar en el proceso, el PP ha sabido, ahora, mantenerse firme en defensa de la Constitución y del modelo autonómico vigente, que resulta seriamente cuestionado por una apuesta radical en el plano semántico e inconstitucional desde el punto de vista jurídico.

Aunque Zapatero ha demostrado con frecuencia su incapacidad para distinguir unos de otros, nación, comunidad nacional y nacionalidad no son conceptos intercambiables en el contexto político actual. Es notorio que, según la Constitución, la única nación es España, «patria común e indivisible de los españoles», como dice el artículo 2. Es España quien se constituye en Estado social y democrático de Derecho, según el artículo 1.1. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado (incluidas, no se olvide, las Comunidades Autónomas), de acuerdo con el artículo 1.2. La nación española, titular del poder originario, está integrada por «nacionalidades y regiones», que son, por tanto, partes constitutivas de una realidad histórica que cuenta ya con muchos siglos. La idea de comunidad nacional, tal vez con buena intención, pretendía ser una combinación imposible entre nación y nacionalidad en el sentido constitucional de ambos términos. Los conceptos políticos no viven aislados de la realidad social y, por ello, es preocupante aquí y ahora el acuerdo mayoritario alcanzado por los partidos catalanes y sería muy grave -si se confirma- que el Gobierno socialista aceptará una fórmula que lleva consigo la ruptura del modelo vigente.

Es grave, ante todo, desde el punto de vista jurídico. Si la definición se incluye en el texto del Estatuto (lo que quizá se pretenda evitar con una referencia en el preámbulo) resultaría obligado promover la reforma del artículo 2 de la Constitución, auténtica pieza clave del sistema. Esta reforma exige acudir al procedimiento más complejo, que lleva consigo la disolución de las Cámaras y la aprobación por referéndum nacional. Desde una perspectiva política, esto significa que salta por los aires la «reforma limitada» de la norma fundamental que Zapatero propuso en su discurso de investidura y que el Gobierno mantiene formalmente a día de hoy. Se trata, como es evidente, de un significativo paso del PSOE hacia la formación de una nueva mayoría constituyente con los nacionalistas, dejando fuera del acuerdo al PP (y, por tanto, a casi diez millones de ciudadanos), además de acrecentar las discrepancias internas que el asunto suscita en las filas del socialismo. Viene a ser una ruptura material de la Constitución, aunque sin duda será presentada como una simple proclamación retórica, al amparo de esas teorías de España como «nación de naciones» o de Cataluña como «nación sin Estado».

Negociación y sexo
IÑAKI EZKERRA El Correo 13 Junio 2005

El eufemismo nace infaliblemente con el tabú, con aquello que deseamos volver invisible y que, como se sigue viendo a nuestro pesar, nos tenemos que conformar simplemente con volver innombrable. El franquismo deseaba que fuera invisible el sexo. Y por eso, porque lo convirtió en un tabú, lo revistió de eufemismos. Desfiguró el lenguaje del sexo y de todo lo que tuviera que ver lejanamente con él. Y así había hasta quien a mear lo llamaba 'cambiar el agua al canario'. Y así nunca se acababa de saber de qué se estaba hablando en realidad. Había desde quien no entendía por qué razón al canario había que cambiarle el agua a escondidas en un retrete hasta quien cargaba a la palabra 'canario' de una intencionalidad picante que resultaba excesiva para cualquier pájaro y ofensiva para los habitantes de esas islas donde prolifera la fauna picuda y fringílida.

Con los eufemismos que rodean al terrorismo de ETA pasa algo bastante parecido. Se usa la expresión 'diálogo' junto a la de 'proceso de paz' de una manera eufemística pues, de asumir con todas las consecuencias el significado de la segunda de ellas, tendríamos que estar hablando en estos momentos de 'armisticio' lisa y llanamente. Sin embargo, esa palabra es demasiado clara y humillante, demasiado explícita y poco delicada para el Estado, por lo cual el propio mundo nacionalista, que tácticamente es muy pragmático, renuncia de antemano a hacérsela tragar al Gobierno y se conforma con que se lleve la alegoría bélica hasta una orilla discreta que tolere vocablos como 'rendición' o 'tregua' en todas sus imposibles y contradictorias modalidades: 'definitiva', 'indefinida', etcétera. En realidad el término 'diálogo' es un eufemismo del término 'negociación', que es a su vez otro eufemismo del término 'chantaje', o sea que nos hallamos ante el 'eufemismo del eufemismo' y ante un galimatías para el cual hay que empezar a confeccionar unos manuales, diccionarios y enciclopedias semejantes a aquellas que se editaron en la transición democrática sobre los secretos de la sexualidad, sobre 'todo lo que usted quería saber sobre el sexo y no se atrevía a preguntar'.

Cuando se habla de la negociación con ETA -como cuando se hablaba antes de sexo- hay desde el listillo que se las sabe todas hasta el que pregunta unas cosas increíbles. Es un tema que está necesitando a gritos de una Lorena Verdún que empiece a llamar a las cosas por su nombre. Ya me imagino al típico espectador telefoneando al programa y preguntando si puede llamarse 'diálogo' a acostarse con alguien y pagarle o hay que hablar en ese caso de 'negociación' más exactamente.
 

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