AGLI

Recortes de Prensa     Martes 14 Junio 2005
«César o nada»
Editorial ABC  14 Junio 2005

Ocho horas con Jaime Campmany
JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS ABC 14 Junio 2005

La columna
I. SÁNCHEZ CÁMARA ABC 14 Junio 2005

Tinta en las venas
Por Ignacio CAMACHO ABC  14 Junio 2005

Un gozo literario
JORGE TRIAS SAGNIER ABC 14 Junio 2005

Hazme un café, Conchita
JUAN MANUEL DE PRADA ABC 14 Junio 2005

El maestro Campmany
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 14 Junio 2005

Luto en el periodismo
Editorial ABC 14 Junio 2005

El PP en la calle
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo 14 Junio 2005

Periodistas, escritores y políticos rinden homenaje a Jaime Campmany
Agencias Libertad Digital 13 Junio 2005

Déficit democrático
Daniel Sirera Libertad Digital 14 Junio 2005

De Juana Chaos: vuelve el escarnio
FERNANDO ÓNEGA La Voz 14 Junio 2005

¿Y si Fraga tuviera razón?
JUAN JOSÉ R. CALAZA La Voz 14 Junio 2005

Un auto inquietante
Editorial ABC  14 Junio 2005

Los nacionalistas piensan que la historia es de ayer por la mañana.
M.A. email  14 Junio 2005

Palabras, palabras, sólo palabras
Conchita M, Vizcaya email  14 Junio 2005

Yo soy un Mogambo
email  14 junio 2005

«César o nada»
Editorial ABC  14 Junio 2005

Solía decir César, con esa pueril ternura que a veces disfrazaba de cinismo, que a él los muertos se le daban como a nadie. Es verdad. Todos los amigos que le hemos sobrevivido nos hemos perdido la más puntual de las necrológicas, el llanto más urgente y la palabra más desgarradora. «Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace», un plañidero tan rico en lamentos, tan pródigo de elogios como César, que echaba a correr enseguida, a través de la prisa de los periódicos, elásticas y calientes liebres en forma de elegía.

Su pluma -esa pluma de colegial, de recado de escribir, que trazaba letras desenlazadas y casi griegas, desplegadas en hileras de dóciles hormigas- es una herencia intransmisible, ni siquiera «mortis causa». Menos que nadie podría moverla yo, que tengo la mano torpe y desangelada. Pero hoy quisiera tener esa pluma entre los dedos y que él me llevara la mano con su mano, que ya será de hielo, para escribir en el pliego de firmas de su despedida funeral esas cosas que sólo él mismo podría haberse dicho.

Me gustaría decir de César, ahora que ya no puede oírme, las más dulces acusaciones, las más desconsoladas calumnias. Me gustaría apostrofar su cadáver con las injurias más tiernas, con los más lacerantes piropos y con los más divinos improperios. Me hubiese gustado echar sobre su tumba recién abierta un puñado de responsos inicuos y una bodeleriana brazada de flores del mal, hechas con cera y organdí, en un escenario cursi y cordialísimo. Decirle, por ejemplo, apresuradamente, no sé, pávido lirio, araña cristalina, cuervo de espuma, colibrí de barro. Llamarlo con descoyuntadas invocaciones: ¡Oh, momia de rocío! ¡Oh, llagado violín! ¡Oh, manso surtidor de cohetes! ¡Oh, insigne caracol del paraíso! ¡Oh, cometa corrupto! ¡Oh, César, César!

¡Oh, César! ¿Lo estás viendo? Se me va la cabeza detrás de los pájaros negros que acaban de traerme noticia de tu muerte y no acierto sino a decirte imprecaciones sin sangre y sin sentido, muertas como tú estás, inhumanas como tú nunca eres. Tú sabías abrirte el corazón bajo el chaleco a cuadros y derramarlo entero sobre tus muertos entrañables de artículo de urgencia, y quedarte de mármol, inesperadamente, al borde mismo de un epitafio balbuciente de amigo desolado, de esos amigos que llegan al cielo y de pronto, se quedan sin saber qué decir, y cuentan una anécdota inoportuna, trivial, conmovedora. Y entonces todos se ponen a llorar como si hasta ese momento no se hubiesen dado cuenta de nada, y los niños rezan jaculatorias azules sin saber por qué, y el sacristán contempla estupefacto cómo florecen en el hisopo oxidado ternísimas rosas increíbles.

Me han dicho que César se ha muerto rodeado de linotipias, que recogían sus últimos suspiros. Hasta el último aliento de sus pulmones ha servido para alimentar el latido del periódico. Ahora pienso que todos hemos sido siempre exigentes y crueles con él, que le hemos pedido, cada vez con más sed, palabras y palabras y más palabras, casi con la misma perentoriedad con que él pedía más dinero. Nos hemos aprovechado de él, pobre terco vendedor de humo, que se abrasaba vivo, medio muerto, para seguir humeando, hasta que llegó un momento en que el único testimonio de su existencia era esa diaria columna de humo desde la cual nos estaba diciendo, como siempre, que se moría, que se moría, que estaba empezando a acostumbrase a no vivir.

Yo he sorbido desde hace años ese humo que vendía César, y ahora, cuando ya sé que tendré que dejarme el vicio, pienso que nadie, ni siquiera Ramón, que es el padre de todos, ni los vivos ni los muertos, escribió el castellano con una desfachatez tan enternecedora, tan desternillante, tan inocente, tan perversa.

César tenía entrada libre en todos los corazones y en todas las cloacas, se paseaba en zapatillas por los pasillos interiores de las viejas actrices de voz de marfil, se colaba de rondón, con toda naturalidad, en los retretes privados de las Lolitas adolescentes y feroces, se daba una vuelta aburrida por las recámaras de los refinados, era visita íntima de los pecadores encallecidos, de los impuros, de los protectores de animales, de los abrasados, de esos seres celestes que lloran la huida de un canario o la pérdida de una sombrilla, de toda la canalla adorable y maldita. César tenía palco abierto a las alcobas de todos los vicios y había contemplado al través del ojo de la cerradura las mil y una noches de la comedia humana y la sala de los siete pecados capitales y el filme «cochon» de Sodoma y Gomorra, y después se extasiaba ya se embebecía en el claustro prohibido de los cipreses y las palomas. Luego, prorrumpía en primera persona del presente o del pretérito y hablaba de todo eso con desvergüenza misericordiosa de hermanita de la Caridad, y otras veces con los melindres y eufemismos de un tratante de blancas.

Nunca sabremos si César, cuando se confesaba con nosotros, que era siempre que no se le ocurría otra cosa de qué escribir, nos decía la mitad de su verdad o el doble de su mentira. Y nunca sabremos tampoco cuándo escamoteaba adrede el tintero del desdén para trocarlo con el de la maravilla, y ni siquiera podremos nunca adivinar hasta qué punto ejercía, con la máxima seriedad profesional, el oficio servil y sublime de reírse de todos nosotros, obligándonos a tenerle casi más desprecio que admiración.

No, no. No es necesario que toméis ahora sus libros ni que busquéis por los periódicos atrasados sus artículos. Las flores literarias de César, como las de la verdad, están destinadas a nacer con el alba y a morir con la noche. «¡Tanto sucede en término de un día!». Las frescas rosas de César, que el periódico despertaba al albor de cada mañana, vana lástima fueron a la tarde, y habrán muerto ya, con él, en brazos de la noche fría. No las busquéis, no las toquéis ya más; son ya sólo recuerdo, aroma, fuente cegada, callada música, nada, nada. Nada, menos que nada.

César escribió para hoy, sólo para hoy. ¡Qué estúpidos los que dicen escribir para la posteridad! Y escriben las cosas obvias, las cosas que se repiten eternamente, sólo porque cada año nacen nuevos ignorantes que las desconocen. Lo mejor que se puede hacer por César es escribir para hoy, con una fétida rosa niña en el ojal de la solapa, en un papel que mañana estará marchito, y dejarse el alma en cada artículo. Y mañana, Dios dirá. Se compra uno un alma nueva, o se roba, o se alquila o se inventa, o se la pide uno prestada a un amigo. Y se escribe uno otro artículo, o dos, o tres. Y a firmar y a cobrar.

Yo cobraré éste que aquí termino. Y hasta es posible que aproveche la ocasión para pedirle al director un aumento de la tarifa de mis colaboraciones con el argumento de que, ido César, a mí los muertos se me dan como a nadie. Luego, mientras cuente las monedas, apretaré los dientes para que no se me salgan las lágrimas.

Ocho horas con Jaime Campmany
POR JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS ABC 14 Junio 2005

CONCHITA, hazme un café que con este artículo acabo de ganar el Cavia.

Y lo ganó. Era un diciembre de 1965 en la ciudad de Roma. Después de ocho horas de amasar en llantos y nostalgias la necrológica de su amigo César González Ruano, Jaime Campmany y Díez de Revenga compuso una joya literaria que con su audacia proverbial tituló «César o nada». Conchita le preparó aquel café con el amor de siempre, que para hacerlo no necesitó nunca que su querido Jaime -«le llamo guapo, y hermoso, y ya sé que no lo es»- le prometiera ni premios ni distinciones, entre otras razones porque obtuvo todos los posibles y supo aceptarlos desde el más sobrio hasta el más adornado con la humildad del que atribuye a Dios un don -el de la palabra escrita- que «sólo se cultiva, leyendo, aprendiendo, pero que te viene dado».

Jaime Campmany murió en la madrugada de ayer. Lo hizo con la rapidez que él preconizaba para el periodismo. «El periodismo es resolver en el acto, sin vacilaciones, es urgencia, es improvisación, es vivir siempre alerta». Así se fue, dejando a Conchita con los volantes del chequeo en la mano, y sin avisar a Laura, su hija poeta, que dormía en Bruselas, colaboradora de su padre y maestro -«aunque como poeta no sé si es mejor la hija que el padre», decía Conchita-, y huérfano al matrimonio filipino que servía en su casa que acogió al hijo que Jaime apadrinó y que lleva ahora su nombre. Y huérfanos, claro, a Emilio y a Laura. Y a muchos más, incluso a sus enemigos, que los tenía «a manta de Dios» -«yo doy si me dan, director, nunca soy el primero»-, aunque prefirió la displicencia al rejonazo de su prosa irónica. En esa suerte, resultaba temible porque entraba a matar recibiendo, a cuerpo limpio.

Sí, la verdad, Jaime se ha ido con rapidez, casi con prisa, apenas con unos síntomas de fatiga pulmonar, pero con el artículo del día enviado y niquelado. Campmany escribía para la gente, no para la posteridad. Ya lo advirtió: «¡Qué estúpidos los que dicen escribir para la posteridad! Y escriben las cosas más obvias, las cosas que se repiten eternamente, sólo porque cada año nacen nuevos ignorantes que las desconocen». Ese fue el secreto de su ya inmortalidad periodística: escribir para la gente, no para un parnaso intelectual, haciéndolo en «un papel que mañana estará marchito» y dejando «el alma en cada artículo». Jaime llegó a afirmar que él era sólo «un invento de mis amigos; mi único mérito es tenerlos a ellos, se inventan que algún artículo me sale bien y me publican en los periódicos».

Y es que dio a la amistad un valor casi idolátrico. Si por despedirse de forma sublime de su amigo González Ruano le dieron el Cavia, por hacerlo, de manera igualmente inimitable, de su también amigo y periodista Pedro Rodríguez le concedieron el González Ruano de periodismo. Entre uno y otro galardón mediaron veinte años. Por la amistad le llegó a Jaime Campmany el aplauso de los jurados y por la autenticidad de lo que escribía le alcanzó el éxito de lectores.

De lealtades supo Jaime lo que no está dicho y debiera quedar, precisamente ahora, para la hemeroteca. Por lealtad mostró su disposición a escribir sin cobrar -y quien recibió la oferta no me hará mentir- y a dejar de hacerlo si al editor nuevo no le cuadraba su presencia en estas páginas. Aquel y este -siempre y todos, menos los pequeños personajes- admiraron así de Campmany su enormidad periodística y le profesaron un permanente respeto y consideración.

Nunca Jaime se desdijo de sus creencias políticas ni contradijo su trayectoria pública. Y la tuvo bien nutrida en hitos de distinta naturaleza porque menudeó en justas con poderosos, desde banqueros a empresarios, sin que nuestro personaje se anduviese con chiquitas, porque a la palabra -él, que era licenciado en derecho y en filosofía- añadió la querella sin arredrarse por encumbrado que estuviese el querellado.

Fue Jaime Campmany valiente, pero nunca pendenciero, y quiso proteger su verdad con uñas y dientes, no consintió la mentira y defendió su razón hasta donde supo y pudo; y de saber y de poder estuvo holgado y en ambos menesteres se condujo con agallas. En tiempos camaleónicos, ni una sola vez se desmintió a sí mismo. Ni cuando en 1979 fue premiado con el Luca de Tena por un texto editorial para ABC -«Un año de democracia»- de impecable factura. Algún moscón, revirado en sus afectos, pretendió zaherirle y siempre Campmany le devolvía el soplamocos corregido y aumentado. Si algo ha manejado bien Jaime, además de la palabra, ha sido su biografía. A la que falta muy injustamente la condición de académico, pese al empeño que para que lo fuera pusieron Elena Quiroga y Camilo José Cela. Otros se interesaron más en lo contrario. Como no pudieron negarle jamás el mérito -novelista, historiador, poeta-, le intentaron descalificar por el palo de la ideología. La verdad sea dicha: Jaime Campmany nunca fue progre, que en determinadas ocasiones es una condición necesaria y suficiente para acceder a algunas complacencias.

El mes pasado, Jaime cumplió ochenta años y en tal ocasión afirmaba en estas páginas de ABC -veintiocho años de fecunda, inolvidable e histórica colaboración- que a esa edad «me lo puedo permitir todo». La realidad es que jamás se permitió nada que desmintiese su profesionalidad, su capacidad, su coherencia y su carácter compasivo. Jaime no quiso permitirse nunca la maldad, ni la traición, ni la venganza. Desde la atalaya octogenaria de su último mayo recordaba el abrazo que dio en una ocasión al más persistente de sus hostigadores; paladeó con anécdotas nostálgicas el ejercicio de libertad diario que practicaba en este periódico y celebró disponer de amistades en la derecha y en la izquierda.

«Tengo sólo lo que he dado», recitó Jaime Campmany cuando en 1966 recibió el premio Mariano de Cavia en la biblioteca de ABC, entonces en la madrileña calle de Serrano. Nuestro autor ha tenido mucho porque ofreció todo. Esta es la grandeza del periodismo, que Campmany entendió como sólo lo hacen los grandes de este oficio: como un compromiso «sin vacilaciones, urgente, alertado y con improvisación». Jaime Campmany ocupó ocho horas en redactar «César o nada», una de las más célebres necrológicas del periodismo español. Ahora he entendido por qué él, un taumaturgo del idioma, empleó tanto tiempo: porque cuesta decir adiós al amigo; porque una necrológica repentina y dolida no es un artículo preñado en el que lo escribe, sino al que hay que atrapar en un oleaje de sentimientos; porque es difícil explicar que un hombre que dice no escribir para la posteridad se instala en ella, como acaba de ocurrir con Jaime Campmany. En esa maldita posteridad que, siempre demasiado pronto, se lleva a los mejores.

La columna
I. SÁNCHEZ CÁMARA ABC 14 Junio 2005

NO escribía una columna, sino la columna. Ayer, la última terrena y mundana. Hoy, quizá la primera desde la más elevada e inmortal de las tribunas. ¿O acaso en el cielo no hay periódicos? Sólo las obras del espíritu permanecen. Cuando la mayoría de las construidas con letras se hayan convertido en polvo y ceniza, o sólo quede de ellas poco más que la ágil voluta de un ruinoso capitel o una idea certera bien expresada, las columnas de Campmany seguirán perfectas y erguidas. Queda aún por saber a qué sabrán los días sin su artículo.

Jaime Campmany llevaba décadas, casi toda su vida, las últimas desde estas páginas de ABC, cumpliendo su más profundo imperativo moral, pues la moral no consiste sino en el cumplimiento del deber que cada día trae consigo. Y el suyo tenía la forma de una columna vacía que él llenaba de palabras, humor, crítica política y social, y literatura. Mas se equivocaría quien confundiera el humor con la burla, cuando aquél es la forma más generosa que puede revestir la crítica. La burla es otra cosa. La crítica de Campmany, a veces despiadada y demoledora, se sustentaba siempre en las convicciones, nunca en la arbitrariedad. Ellas salvaban lo que de otro modo hubiera podido ser atribuido a acidez y crueldad. Eran unas convicciones a las que fue siempre fiel, sin el oportunismo de quienes ponen su pluma al servicio de los poderosos o de lo que tienen aún más poder que todos ellos juntos: la corrección política, esa forma perezosa de indigencia intelectual. Y, junto a las convicciones, la literatura. Pues, acaso a algunos lectores, los árboles del comentario político, la sátira y el ingenio, les dificultaran la contemplación del bosque literario, uno de los más frondosos de la Prensa española de estos tiempos. No quiso morir sin antes enviar su artículo al ABC, donde su palabra era adorno y fundamento, ornamento y pilar. No busques, lector, hoy su columna. Es un mal día para leer periódicos. Y lo peor es que esta vez no se trata de una breve ausencia pasajera. Sin embargo, estoy seguro de que ha llegado a tiempo para enviar su primera columna desde la otra orilla, donde la vida no termina, y donde los niños franquistas y los republicanos juegan al mismo juego y en el mismo cielo.

Tinta en las venas
Por Ignacio CAMACHO ABC  14 Junio 2005

CUANDO suena el teléfono a las tres menos cuarto de la madrugada nunca se trata de una buena noticia. Pero ésta era de las peores. Diego Jalón, desde la Mesa de Noche de ABC, la soltó seca y breve, sin ambages ni preámbulos, como enseña la escuela del periodismo de toda vida. «Director, se ha muerto Jaime Campmany. Acaba de llamarnos su hijo».

Luego dio los detalles. Un ataque fulminante, un traslado de emergencia al hospital, un desenlace rápido e inapelable. El primer sueño se me había desvanecido de golpe, pero trocado en una pesadilla real. Apenas unas horas antes, Campmany había bromeado con la jovialidad de siempre con Patricia Pérez Mateos, una de las redactoras de Opinión que miman y pastorean al heterogéneo grupo de columnistas del periódico. «Mis niñas», las llamaba el maestro, que aprovechaba siempre sus visitas a la redacción para ir a saludarlas y llevarles bombones. Y, de golpe, sin aviso previo, el estacazo cruel de su muerte repentina. El periódico con su último artículo -«El país, en la calle»- giraba aún en las rotativas que iban a pararse para incluir la fatal noticia.

Lo escribió Miguel Hernández, al que Campmany gustaba de citar complaciéndose en su común origen de vecindad mediterránea: un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida. Sólo hace un mes que el maestro de periodistas había soplado las velitas de su octogésimo aniversario delante de un animado grupo de amigos en una terraza de Chamartín. Marina Castaño le cantó un bolero impregnado de la memoria de Camilo, y Federico Trillo dirigió con su voz de barítono el coro de la ranchera de «El rey». Don Guillermo Luca de Tena, Catalina, Pedro J., Santiago Castelo, Jesús Cacho, el juez Gómez de Liaño, Isabel Tocino y otros amigos rodearon al maestro y a Conchita, la eterna compañera que ayer paseaba su mirada aún aturdida por el alud de visitantes del tanatorio de San Isidro. Siempre al lado de Jaime, como una sombra de amor y lealtad que se movía pegada al hombre de su vida.

Aquella noche de mayo, Campmany contuvo a duras penas la emoción del homenaje. «Por los próximos ochenta», le dijimos en la euforia del cariño. Nadie pensaba en un desenlace inmediato; el maestro vivía una etapa de fecunda creatividad, y había acometido la segunda parte de su ciclópeo empeño de redactar nada menos que una Historia de España en verso. En sus versos zumbones, bienhumorados, que le brotaban con sorprendente ritmo y métrica, y que en su vertiente más irónica y festiva figuraban, aún ayer, en su último artículo: un socarrón epigrama de cabo roto dedicado a la ministra de Cultura.

Porque Jaime Campmany era, desde luego, un periodista, un periodista de raza al que le circulaba tinta por las venas, pero también un escritor de cuerpo entero. Un novelista excepcional que se asomaba a los abismos morales del amor oscuro, y un poeta de largo recorrido que alumbraba romances guasones y sonetos precisos como crucigramas líricos. Llevaba dentro el veneno ácido del letraherido, y lo sacaba en el molde exacto de un lenguaje acerado y burlón que viene de Quevedo, se proyecta en Larra y corre por la prosa de Cavia o González Ruano. Como ellos, este anciano jovial cuyo cuerpo bajará hoy hasta la Murcia luminosa de su nación deja su nombre inscrito en los anales de la mejor escritura en lengua española. Y, desde luego, en el mejor periodismo de la segunda mitad del siglo XX y de este incipiente siglo XXI cuyos balbuceos alcanzó a relatar desde su óptica de castiza mordacidad y lúcido escepticismo.

Pocos le recuerdan un artículo «congelado». Escribía siempre al día, detrás de los acontecimientos, labrando los artículos a golpe de actualidad inmediata. Como suele decir Manuel Alcántara, otro de su estirpe insobornable, sólo sabía vender pescado fresco. Y es que, detrás de su dominio devastador del idioma y sus recovecos, se escondía en Campmany un periodista puro que pasó por casi todos los géneros y casi todas las facetas del oficio. Cronista, enviado especial, corresponsal en el extranjero, analista político, director de periódico, de revista, de agencia... su trayectoria es tan versátil como completa, aunque en las últimas décadas le consagrara el articulismo en la memoria colectiva de España. Ese género que, según Umbral, es el soneto del periodismo, y en el que él alcanzó rango de magisterio unánime e indiscutido gracias a su formidable destreza con el lenguaje. En un planeta periodístico fuertemente determinado por las adscripciones ideológicas y políticas, Campmany había logrado el respeto de todos por encima de sus marcadas y nunca ocultas tendencias. Leerlo era un placer, casi una obligación, incluso para quienes más se alejaban de sus enfoques o más se aproximaban al blanco de sus dardos dialécticos. Había conseguido hace tiempo saltar ese complicado listón por el que hasta sus adversarios ideológicos tenían que inclinarse ante la excelencia de su prosa y de su ingenio.

Era de derechas, sí. ¿Y qué? Si hubiese sido de izquierdas, hoy estaría encumbrado al olimpo de la progresía. Sería académico de la Española y sus textos saldrían en los exámenes de selectividad. Pero, simplemente, Campmany fue leal a su biografía y fiel a sus principios. No renegó de nada ni de nadie, y se mantuvo independiente e incólume frente a las modas, frente a los oportunismos, frente a los vaivenes, frente a las castas dominantes de antes y de ahora. Nadie podrá decir que se engañó con el significado de un escrito suyo, porque era transparente, auténtico, lineal. Y, eso sí, extraordinario. Fértil, ingenioso, audaz, opulento de recursos, fecundo de ideas, espléndido de adjetivos, suntuoso de sintaxis. Profundo en el manejo del idioma, claro de conceptos, complejo de expresiones, sólido de retranca. Culto, intenso, sabio de libros y de experiencia, anclado siempre en las raíces del pueblo.

Se ha ido Jaime Campmany con las alforjas llenas de palabras, de artículos, de libros, de cariño, de admiración y hasta de envidias, y la muerte le ha sorprendido igual que la inspiración, trabajando, esa muerte con las botas puestas reservada a los abnegados y los fuertes. Nos deja huérfanos de su magisterio y de su ingenio, de su disciplina y de su fortaleza, de su bonhomía y de su vigor. Será una forma de consolarnos de su ausencia, pero me atrevería a jurar que, la última vez que le vi, aquella noche del cumpleaños, su estampa era la de un hombre feliz y con las cuentas claras.

director@abc.es

Un gozo literario
JORGE TRIAS SAGNIER ABC 14 Junio 2005

JAIME escribía gozos literarios, sus artículos eran piezas maestras del español. De inimitable estilo, ha muerto la columna vertebral del ABC, ante cuya escritura nos inclinamos, con reverencia, el resto de las demás. No importaba el tema que eligiera, daba igual la palabra que escogiera, siempre justa, siempre exacta, siempre un dardo, una pieza certera, Jaime era el ABC, el periodismo, el arte, la palabra, Murcia, la libertad republicana y, sobre todo, España milenaria. Y hacia España, esa España que ya vio deshacerse en su niñez, encaminó sus últimas columnas, algunas escritas desde la triste e irónica realidad en que se ha convertido su política. Y a su amada historia le dedicó ese monumental romancero, cuyo destino, como el de España, será el de quedar incompleto por los siglos de los siglos.

Jaime fue, sobre todo, un patriota y por eso estuvo al lado de «las gentes de Franco», por la misma razón que el otro día Alonso de los Ríos nos recordaba qué le había contestado D´Ors a Picasso: «Porque esas gentes, como dices tú, eran las únicas capaces de salvar a España y, en efecto, han conseguido salvar todo lo que tú y yo amamos de ella». Todo eso que tanto amaron Picasso y D´Ors, lo mismo que han amado en estos años del cambio, Cela y Campmany, es la España que esa ristra de personajes, sobre los que Jaime ironizó con elegancia pero hasta el desprecio, ahora intentan descuartizar.

Pero Jaime era, sobre todo, un hombre familiar; y el paradigma de la amistad. Compasivo con el débil, fustigó al poderoso hasta la crueldad. Como debe ser. Su última columna la dedicó, entre otros motivos, a la familia y a la manifestación del próximo sábado. Yo sólo le pido, una vez haya abrazado a su suegra, que se acuerde de nosotros y nos exhorte, con el ejemplo de los veintiocho años pasados en ABC, a donde llegó de la mano de Guillermo Luca de Tena, si no a otra cosa, al menos a escribir un poco mejor cada día.

Hazme un café, Conchita
JUAN MANUEL DE PRADA ABC 14 Junio 2005

«HAZME un café, Conchita. César acaba de regalarme el Cavia con su muerte». Con estas palabras saludó Jaime Campmany a su mujer, después de haberse pasado la noche en claro, velando el cadáver de González-Ruano. Escribió aquel artículo donde la mota necrológica alcanzaba temperatura de metáfora y, en efecto, obtuvo con él, como había pronosticado, el premio que concede ABC. Ya no queda nadie a quien se le den los muertos como a Campmany, quizá porque no queda ningún escritor que sepa fundir en su escritura nostalgia e ironía, socarronería y bondad, chanza y elegía. Jaime Campmany era exacto como un metrónomo en la elección del epíteto, lacerante en el sarcasmo, olímpico en la sátira; en sus manos, el lenguaje se convertía en un acordeón dócil, se incendiaba de una alegría lujuriosa, se teñía de una melancolía secretamente doliente, se tornaba lacerante como una daga o se remansaba en la evocación, brindando siempre esa nota temblorosa, mordaz o lírica, que amargaba el desayuno a sus enemigos (¡ay de quien Campmany eligiera como diana de sus dardos!) y hacía levitar de purísimo gozo a la cofradía siempre creciente de sus lectores.

Sin hipérbole, podemos afirmar que fue el último gran escritor satírico de la literatura española. Llevaba en la sangre el latido urgente de las linotipias y el yacimiento recóndito de la mejor poesía, que entreveraba en sus artículos sin alardes, como quien declara llanamente su genealogía irrenunciable. Era un hombre hospitalario, jocundo, epicúreo, que convertía cada sobremesa en una celebración, ensartando anécdotas en las que rememoraba sus años heroicos de corresponsal, alumbrados de bohemia y partidas de naipes que se alargaban hasta el alba. Era también, en contra de lo que pregonaba la jauría de sus detractores, un hombre incapacitado para el rencor, con esa capacidad para compadecer las debilidades ajenas que caracteriza a los espíritus superiores. Nuestra tristeza, en la hora de la despedida, es como un verso de cabo roto que apenas logramos balbucir. Ni siquiera un café bien cargado logra espantar el fantasma de la orfandad que nos atenaza.

El maestro Campmany
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 14 Junio 2005

EL periodismo -lo tiene escrito el maestro Campmany- es el arte cruel de convertir la vida y sus sucesos en hileras de letras minúsculas, en pequeños renglones de lacónicas hormigas sucesivas. En eso estamos hoy: en el dolor de la despedida a un gigantesco amigo en el que cabían, en cuidadoso desorden, la bondad y la mala leche, la memoria cruel y el olvido generoso y, más que nada, todas las palabras del idioma con la indicación expresa de sus dosis oportunas, sus excesos posibles y sus omisiones prudentes.

Jaime Campmany era una síntesis brillante del tiempo que le tocó vivir. Nació en los días en que el «Mein Kampf» apareció en las librerías de Berlín y nos deja ahora, cuando Europa pierde sus metas y España sus principios. Estuvo siempre donde le correspondió y estuvo con talento y con dignidad. Cabalmente. Yo le miraba de reojo todos los días por ver si se me pegaba algo y, gracias a su generosa amistad, algo aprendí de él. Me lo concretó una noche tras cenar en su casa o en la mía, que poco importa. Si alguna vez, me dijo, tienes dudas de lenguaje date un paseo por la Academia y échale una meada larga, impertinente, a la fachada de Felipe IV. Ahora lloro con dolor por no haberle hecho caso antes, cuando todavía me funcionaba el riñón y podía ejecutar, literalmente, sus recetas. Lo hago con el pensamiento.

La Lengua, el periodismo y nosotros nos quedamos solos. Campmany, adornado por la gracia de la pluma, era una rareza que, además, fundaba su arte en una cultura grande y grecolatina, exuberante y mediterránea, prudente y cristiana, generosa y conservadora: periodística y urgente con cimientos de gran profundidad y dándole prioridad a lo fundamental: la familia, los amigos, la lectura y los deportes vistos por la televisión, que cuando los vio en vivo y en directo ya supo hacer, también, magisterio de la crónica deportiva.

En el discurso del día en que recibió el Mariano de Cavia -por una necrológica de César González Ruano- anunció su epitafio: «Aquí yace Jaime Campmany. Consiguió que algunos amigos escribieran correctamente su apellido». Es verdad. Nos ha enseñado a escribir a todos. Incluso su apellido.

Luto en el periodismo
Editorial ABC 14 Junio 2005

LA muerte de Jaime Campmany, maestro de periodistas y escritor excepcional, siembra de luto el mundo del periodismo, y muy especialmente esta Casa de ABC, donde ejerció ejemplarmente su trabajo desde que se incorporó en 1977 como cronista parlamentario, hasta llegar a conformar una de sus más claras señas de identidad. Nuestros lectores son los mejores y más directos testigos de una trayectoria profesional y una dedicación ejemplares, sólo interrumpidas por algún breve episodio de enfermedad. Acudía cada día a su cita con los lectores, erigiéndose a sí mismo en desafío y barrera que diariamente había que superar a base de ingenio, competencia y talento. Quienes se dedican a la tarea de escribir saben del esfuerzo, próximo al heroísmo, a que obliga la columna diaria. Cada día, el imperativo de colmar de palabras el espacio vacío. Bien puede ser calificado como el cofrade mayor, por su talante y por su prolongación en el cargo, de la Cofradía de la Columna, término que él acuñó con socarronería murciana. En ella siguió la magistral estela de su maestro César González-Ruano, cuya muerte en 1966 provocó el artículo que le valió el Premio Mariano de Cavia.

Murciano de 1925, fue un niño de la guerra. Luego vinieron la Universidad (Derecho en Murcia, Filosofía y Letras en Salamanca) y los estudios de Periodismo en Madrid. Y la primera vocación poética y la definitiva -sin olvidar nunca el amor primero- periodística. No en vano, su primera Tercera de ABC glosaba la muerte de Neruda.

Se ha dicho con frecuente razón que la mejor literatura española contemporánea se ha escrito en los periódicos. La nómina no es escasa. Hoy bien podría citarse un solo nombre: Jaime Campmany. Sin escritores como él, no habría tenido razón y sentido semejante afirmación. Así lo han reconocido reputados críticos y lectores que, en muchos casos, no compartían sus ideas. Pero el talento carece de ideología, y la literatura se clasifica a sí misma en buena, mala o regular, y no en de derechas o de izquierdas. Mas cuando tanto se abusa de la palabra «compromiso» para aplicarla siempre, rindiéndose a la dictadura de la corrección política, a los escritores de izquierda, cabe hoy atribuir el calificativo a nuestro admirado columnista. Jaime Campmany fue un escritor comprometido con unas ideas y unos principios a los que jamás traicionó y de los que nunca renunció. Pero esta circunstancia no le ha negado la virtud de la generosidad para reconocer el mérito de aquellos grandes colegas con los que exhibía radicales discrepancias ideológicas. Pues si en sus páginas no falta la crítica mordaz, casi siempre tenía como destinatarios a la falsedad, la indigencia intelectual y moral, el servilismo hacia los poderosos y el extravío y la corrupción de los políticos. Y siempre fue fiel a los principios que no dejó de defender, como tantos otros, cuando cambiaron los vientos de las modas o de las vigencias políticas. Su literatura demuestra que no es posible ejercer el periodismo de opinión si no se realiza desde una visión del mundo y con la adhesión a unos principios y convicciones. Para opinar hay que pensar y tener ideas.

Mas, con ser su principal actividad literaria el periodismo de opinión, cultivó con talento otros géneros periodísticos (fue corresponsal, director de «Arriba», cronista deportivo y todo lo que un periodista puede ser) y literarios, como la poesía (anegada de su infinita vocación para la ternura), la novela, el ensayo, la poesía satírica e incluso la historia bajo la forma del romance. Sobre todos ellos proyectó su talento literario y su ingenio. Y el humor, que vierte siempre sobre la crítica sus gotas de humanismo y comprensión. Reírse del vicio es también reconocer los límites de la condición humana y así comprenderla y salvarla. Puede haber maledicencia en la burla, pero no en el humor. Y también una inmensa cultura derivada de una intensa y frecuente relación con los clásicos, sobre todo españoles. Detrás de un gran escritor hay siempre un gran lector.

Ayer nos dijo adiós un gran maestro que ha honrado estas páginas y la historia toda del periodismo español. Era mucho más de lo que confesaba ser: un invento de sus amigos. Era en realidad, más que un columnista, un género literario. Ha muerto -mejor dicho, ha pasado a vivir otra vida inacabable- con el artículo puesto y enviado, encadenado a las rotativas. Puede decirse de él lo que dejó escrito de González-Ruano: hasta el último aliento de sus pulmones ha servido para alimentar el latido del periódico.

El PP en la calle
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo 14 Junio 2005

Jaime Campany ha hecho mutis vital con su última columna, en plan general Custer. Murió con las botas puestas, por decirlo con el título que Raoul Walsh dedicó a la improbable epopeya de Little Big Horn. Comenzaba su último artículo con «El Gobierno de Zapatero lo ha conseguido. Tiene al gentío en la calle, y mayormente al gentío de la derecha».

Es verdad. La manifestación de la AVT fue un éxito de convocatoria, el PP ha debido de gustarse en el baño de masas y se ha apuntado a la consigna de Celaya: «A la calle que ya es hora». Es natural. Aunque sólo sea por razones prácticas, es preferible que los manifestantes te vitoreen a que te llamen asesino y asalten tus sedes, como al partido de la oposición. O que pongan tu nombre en una pancarta con el dibujo de un sarcófago.

La semana pasada fue por el archivo de Salamanca y ésta les toca a los obispos. Si el público no se cansa podríamos salir a manifestación por cada proyecto de Ley, pero lo de los obispos es de nota. Arzalluz lo explicaba como un acontecimiento verdaderamente excepcional para afear a ETA su proceder: «Hasta los obispos han salido a la calle. ¿Cuándo habéis visto vosotros a los obispos en la calle si no es en una procesión?» La calle es un terreno más propicio para el agit-prop de la izquierda que para la derecha, una cosa más de obreros que de obispos, notarios o registradores de la propiedad, qué quieren que les diga.

Un servidor no acaba de verse detrás de los obispos contra el matrimonio homosexual. No está bien que el Gobierno fuerce el diccionario; la democracia es un tejido de palabras precisas. Pero es de lamentar que no se haya buscado consenso, una resolución inspirada en Suecia, un suponer, con el apoyo unánime del Congreso. No parece que podamos dar lecciones de liberalidad sexual a los suecos, pero el exceso terminológico tampoco justifica por sí mismo una manifestación, si el PP estaba por la equiparación de derechos. El PP se echa a la calle a la menor para romper el pacto de exclusión que se va extendiendo por España a partir del pacto de Gobierno para Cataluña: «Los partidos firmantes del presente acuerdo se comprometen a no establecer ningún acuerdo de gobernabilidad (acuerdo de investidura y acuerdo parlamentario estable) con el PP en (sic) el Govern de la Generalitat. Igualmente estas fuerzas se comprometen a impedir la presencia del PP en el Gobierno del Estado y renuncian a establecer (con dicho partido) pactos de Gobierno y pactos parlamentarios estables en las cámaras estatales». «La sintaxis es un valor moral», escribió justamente Paul Valery, lo que viene a explicar la redacción de este párrafo, una vergüenza democrática. Se vuelven a perfilar las dos Españas mientras participamos en el homenaje a Suárez y hacemos saltar por los aires el espíritu de la transición.

"ESCRIBIÓ SU ÚLTIMA COLUMNA Y MURIÓ"
Periodistas, escritores y políticos rinden homenaje a Jaime Campmany
Este martes a las 10.30 se celebró una misa por el escritor y periodista Jaime Campmany en el tanatorio madrileño de San Isidro. Después, los restos mortales del genio de la columna partieron hacia su Murcia natal donde será enterrado. Campmany murió este lunes de madrugada, horas después de enviar al diario ABC su colaboración diaria –"escribió su última columna y murió", ha recordado su hijo Emilio–. Por la capilla ardiente han pasado periodistas, escritores y políticos que han destacado su valía y lamentado la pérdida.
Agencias Libertad Digital 14 Junio 2005

Políticos y periodistas han destacado la valía del periodista y escritor Jaime Campmany, que falleció la madrugada de este lunes en Madrid. Al tanatorio de San Isidro, donde a primera hora se abrió la capilla ardiente, han acudido, entre otros políticos, Esperanza Aguirre, Gabriel Cisneros, Isabel Tocino y Rodolfo Martín Villa. Periodistas como Federico Jiménez Losantos, Pedro J. Ramírez, Alfonso Ussía, Amilibia o José Oneto también se han desplazado hasta el tanatorio así como Rafael Ansón, Antonio Mingote, Alfonso Escámez o Luis Ángel Rojo, entre otros.

En La Mañana de COPE, Federico Jiménez Losantos rindió un emotivo homenaje a Jaime Campmany, que fue durante muchos años colaborador de la emisora de la Conferencia Episcopal. Además, Losantos desveló que estaba trabajando para que en la temporada que viene Campany se incorporara como colaborador en su programa.

Diferentes directivos del Grupo Vocento y de ABC, donde Jaime Campmany escribía una columna diaria, visitaron la capilla ardiente, entre ellos, José Antonio Zarzalejos. Pedro J. Ramírez dijo que, a pesar de sus 80 años, Campmany seguía con la misma ilusión "de siempre; su columna diaria era su concepción del periodismo". "Firmo poder morirme como él, con las botas puestas; nadie como él dominaba la prosa, era un excepcional amigo de sus amigos, y se va de forma elegante", añadió Pedro J. Ramírez.

Emilio Campmany señaló que su padre había tenido una "muerte estupenda ya que no se enteró de nada. Escribió su última columna y murió". "Para nosotros ha sido un golpe terrorífico de estar bien pasó a morirse en un plazo de seis horas. Al principio pensamos que era un pequeño infarto", dijo Emilio, quien también señaló que su madre, Conchita, "está ahora un poco aturdida". Respecto a la figura de su padre señaló que era un "periodista que lo ha hecho todo" y que mezclaba en sus artículos y sus escritos "la diversión y la reflexión".

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, elogió la "inteligencia y sentido común" de Campmany, y dijo que "se ha perdido un extraordinario escritor que ha muerto sin sufrir, con una cabeza magnífica". El diputado del PP Gabriel Cisneros remarcó que "era un trozo de la historia reciente de España y de la Literatura con mayúsculas; los cainismos de la vida española no le han dado en vida el reconocimiento que se merecía; ese reconocimiento lo tendrá ahora en el panteón de las letras; los lectores van a echar de menos su sarcasmo".

Alfonso Ussía lo calificó de "sumo sacerdote de los columnistas" y añadió que el ABC "ha quedado huérfano", mientras que José Oneto dijo que su artículo de este lunes lo entregó el domingo a las siete de la tarde, al tiempo que le calificó de "gran periodista, novelista y poeta". El escritor Juan Manuel de Prada resaltó que era una "gran escritor satírico" y un "gran epicúreo".

Por otra parte, el alcalde de Murcia, Miguel Ángel Cámara, ha expresado “su profundo dolor y tristeza” por el fallecimiento de Jaime Campmany. Tras conocer la noticia, el alcalde se ha dirigido a los familiares del periodista, a quienes ha transmitido su pesar "por esta lamentable pérdida", y a quienes ha remitido un telegrama de condolencia en nombre de la ciudad. También destaca en él su "sensibilidad exquisita y conciencia social, y su permanente disposición a apoyar las causas de Murcia y de los murcianos".

El secretario general del PP, Angel Acebes, resaltó que se había ido "un grande de la historia del periodismo de España" que va ser "un referente permanente en la historia de España que deja su conocimiento no solo en la literatura sino también en la poesía. Ha muerto un genio".

Pedro J. Ramírez dijo que, a pesar de sus 80 años, Campmany seguía con la misma ilusión "de siempre; su columna diaria era su concepción del periodismo". "Firmo poder morirme como él, con las botas puestas; nadie como él dominaba la prosa, era un excepcional amigo de sus amigos, y se va de forma elegante", añadió el director del diario El Mundo.

Cataluña
Déficit democrático
Daniel Sirera Libertad Digital 14 Junio 2005

Son muchos los jóvenes independentistas que llevan ya algunos años intentando convertirse en héroes por manifestarse de forma violenta contra el PP, contra la Guardia Civil y la Policía Nacional, contra la policía local de Sabadell o contra los Mossos d’Esquadra en Berga. También se atreven a amenazar de muerte a los intelectuales que, como Albert Boadella, Francesc de Carreras o los miembros de la Asociación por la Tolerancia, se atreven a denunciar los intentos de imponer, desde el poder político y mediático, el pensamiento único en Cataluña. Estos son sólo algunos desgraciados ejemplos que ponen de manifiesto la falta de cultura democrática y de capacidad de diálogo que aún existe en algunos sectores de la sociedad catalana. Son, afortunadamente, una minoría de individuos que tienen la absurda e indignante pretensión de convertirse en los abanderados y defensores de unas libertades y derechos que ni ellos mismos son capaces de respetar.

Alguien debería explicarles —si acaso alguna vez son capaces de escuchar los razonamientos ajenos a sus consignas y abucheos— que no tienen derecho a manifestarse de forma violenta contra aquellos que, de forma pacífica y democrática, se reúnen para diseñar en común un proyecto político para Cataluña o contra aquellos que tienen asignada constitucionalmente la función de garantizar la seguridad y la libertad de los ciudadanos. Es legítimo en democracia manifestarse públicamente para reivindicar cambios en la orientación política de los Gobiernos. Lo que no parece razonable es que no se utilicen los mecanismos de los que la sociedad se ha dotado para hacerlo. Por ello, a los miembros del Partido Popular nos asiste el derecho constitucional de poder pronunciar con normalidad democrática una conferencia en Girona, participar en un acto sobre políticas de igualdad en Cornellà o presentar, sin coacciones ni amenazas, una candidatura municipal en Ripoll. De igual modo, no podemos tolerar que alguien pueda decir que la simple presencia de los agentes de la autoridad en un concierto en Berga supone una provocación. Aquellos que tratan de impedir el ejercicio normal de la democracia mediante la violencia, el insulto y la coacción sólo pueden ser considerados como enemigos de la democracia. Y es contra ellos contra los que los demócratas debemos unirnos. Aquellos partidos que desde la oposición consideraban una provocación que, por ejemplo, Aznar visitase Cataluña, y hoy tienen la responsabilidad de gobernar, deberían reflexionar profundamente sobre lo que viene sucediendo en Cataluña en los últimos años.

Cataluña ha registrado más de trescientos ataques con explosivos en los últimos diez años. Entidades bancarias, empresas, partidos políticos, edificios oficiales y empresas de trabajo temporal son algunos de los objetivos elegidos por quienes actúan de igual modo que los que protagonizan la kale borroka en el País Vasco. En Cataluña es políticamente incorrecto decir que la situación empieza a asemejarse a la que se vive en las calles del País Vasco, pero debería ser motivo de preocupación para los partidos que alientan o que callan ante este tipo de acciones radicales, que en la Cataluña del siglo XXI, en el contexto de una sociedad plural, tolerante y abierta, existan grupos radicales que, bajo el pretexto de una pretendida reivindicación nacional, puedan atentar y limitar la normalidad democrática que tanto nos ha costado alcanzar.

De Juana Chaos: vuelve el escarnio
FERNANDO ÓNEGA La Voz 14 Junio 2005

LA LEY, señores. Y dentro de la Ley, la interpretación de los jueces. Un juez entendió en el pasado mes de febrero que el terrorista De Juana Chaos debía permanecer en prisión por nuevos delitos. Otro juez, cuatro meses después, entiende que el mismo terrorista no ha cometido esos delitos; que los artículos que publicó son fruto de su libertad de expresión. ¡Viva la libertad!, podemos gritar. Pero los datos de hoy son los mismos que escandalizaron a este país en febrero: De Juana Chaos es uno de los más sanguinarios terroristas. Participó en 25 asesinatos. Fue condenado a casi tres mil años de prisión. Pero la redención de penas hará que sólo cumpla 18. Este país, que aplaudió que los terroristas cumplieran íntegras sus condenas, vuelve a estar desolado: si nada lo impide, un juez, Santiago Pedraz, permitirá que salga de prisión. Lo que era delito hace 120 días es ahora un ejercicio de libertad. Por actuaciones legales parecidas a ésta, un ministro del franquismo exclamó escandalosamente: «Me cago en la ley».

Como todo parece irracional, dejadme a mí también que me desahogue. El imperio de la ley es grandioso. Es la base del estado de derecho. Nos libera de los caprichos del poder. Es la garantía del ciudadano. Pero en días como hoy es motivo de escándalo. De Juana nunca se arrepintió de sus fechorías. Que sepamos, no mostró voluntad de reinserción social. Celebró los tiros en la nuca con una bofetada a cuarenta millones de españoles: «Las lágrimas de sus familias son mis alegrías». Pero en el mes de agosto lo veremos en libertad. Y quizá contemplemos cómo le rinden homenajes en fiestas populares del País Vasco, como el luchador que vuelve a la familia.

¿No se puede hacer nada?, preguntamos los legos en cuestiones judiciales. Sí, se puede hacer: el fiscal recurre el auto del juez; pero, si el juez sigue siendo el mismo, seguirá adoptando la misma decisión. Y el Gobierno, seguimos preguntando, ¿no puede hacer nada? Se nos dirá que no, por aquello de la independencia judicial; pero estos últimos días, cuando hubo que decir que se mantenía la dureza contra ETA, la permanencia de esta alimaña en la cárcel fue una de las pruebas aducidas como testimonio de autoridad.

Y así, una sombra de decepción se va a apoderar de este país. Un tipo que ha participado en 25 asesinatos se dispone a saldar sus cuentas con la Justicia con 18 años de prisión. Un tipo de justificó la sangre desde su celda puede estar celebrando ahora mismo su próxima liberación. Un tipo que ha celebrado muertes violentas como una fiesta en la cárcel se dispone a hacer un corte de magas a todos cuantos hemos llorado las víctimas. Esto será muy legal; absolutamente legal; pero es un escarnio.

¿Y si Fraga tuviera razón?
JUAN JOSÉ R. CALAZA La Voz 14 Junio 2005

ROBERTO L. Blanco Valdés, mi buen amigo y mejor articulista, se lamentaba recientemente en estas páginas («Entre la gaviota y la rosa, la sociedad es coja», 12-06) de lo que consideraba algo más que un exceso verbal de Manuel Fraga, esto es, que «una eventual coalición entre el PSdeG y el BNG podría favorecer de algún modo el nacimiento en Galicia de un movimiento terrorista». Sin embargo, formas aparte, no creo yo que falte tanto a la verdad Fraga ni que sea tan descabellado suponer que si hoy día ya se percibe muy engallada la plaga nacionalitarista en ámbitos en los que ha logrado imponer sus códigos de comportamiento -verbigracia, la lengua- y su estética -por ejemplo, la bandera gallega estrellada, o los siniestros crespones de Nunca Mais-, más lo estarán, esos mismos nacionalitaristas, digo, en llegando al poder. Que usarán, que duda cabe, con la arrogancia, desprecio y sectarismo que Roberto Blanco tan bien conoce por haberlas sufrido en su propia carne. Porque lo que él vivió, mírese como se mire, es una forma de terrorismo. Incruento, si se quiere, pero terrorismo al fin y al cabo habida cuenta que el método es conseguir los objetivos (concretamente, tapiarle la puerta del despacho presionando al profesor Valdés para que diera sus clases en gallego) mediante el sutil terror de la violencia gestual. No quiero ser agorero pero, remitiéndome a la experiencia que se decanta en Cataluña o País Vasco, temo que si la coalición de marras llega a cristalizar, violencias de ese caletre veremos cada dos por tres.

El gueto sicológico rebosante de odio hacia todo lo español en el que ha sido encerrada buena parte de la juventud gallega por los nacionalitaristas ha generado una violencia latente que no por remansada dejará de desbordar. De momento se encuentra relativamente contenida toda vez que los nacionalistas son intrínsecamente cobardes y sólo actúan cuando creen que van ganando. Y porque Fraga impone. Pero si se sienten fuertes, arropados por el mando en plaza y con gestión directa sobre ciertas competencias, como la educación, ejercerán su influencia extremista favoreciendo un entorno cainita, amparador de comportamientos guerracivilistas.

Al ojo de águila de Blanco Valdés no se le escapa que si educación y cultura, es un decir, caen en manos de quienes él y yo sabemos habremos pasado, en un quítame allá esos textos, del nacionalismo al nazionalismo. La deformación moral, la justificación ideológica y doctrinal, la ignorancia calculada con que se ahormará a nuestra juventud sólo podrá conducir, en pocos años, a un arquetípico perfil humano espiritualmente degenerado, presto a ensañarse con todo aquello que de cerca o de lejos recuerde a España. No exagero, han bastado algunos años de educación nacionalitarista en la muy civilizada Cataluña para que el fascismo universitario sea una repugnante realidad.

Por ello, si bien en el corto plazo las proclamas de Fraga podrían parecen exabruptos, las veo cargadas de razón al tomar en cuenta un horizonte temporal más amplio. Si actualmente los padres más prudentes tienen que enviar a estudiar fuera de Galicia a sus hijos, en previsión de la deformación intelectual y violentas presiones condicionantes a las que se exponen en la universidad, imagínense ustedes lo que sucederá cuando empiece el lavado de cerebro planificado desde la propia escuela, continúe en la televisión y, so capa de concienciación nacional, se expanda en subvenciones a obras y actividades racistas y neofascistas claramente antiespañolas. En fin, todos « celtarras ».

Un auto inquietante
Editorial ABC  14 Junio 2005

EL Estado de Derecho se basa en el deber de los ciudadanos de respetar y acatar las resoluciones judiciales, como acuerdo básico que hace posible la convivencia. Pero en un Estado que además es democrático, los ciudadanos tienen el derecho a preguntar -y a que alguien les responda- a qué se atienen determinadas decisiones que rompen el sentido común, el conocimiento de la experiencia e incluso la recta interpretación de la ley. Y la pregunta es muy sencilla: ¿funciona bien el sistema legal y judicial de un país comprometido contra el terrorismo cuando un asesino en serie como Ignacio de Juana Chaos, con 25 asesinados en sus manos y 3.000 años de condena, estará en libertad el próximo mes de agosto, después de permanecer sólo 18 años en prisión? De hecho, en octubre pasado, el ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, comprometió su palabra en hacer lo posible para evitar esta puesta en libertad. Cabría aceptar que el Código penal que se le aplicó establecía la reducción de condena por trabajos en la cárcel, pero lo que no tiene tan fácil explicación es que un juez de la Audiencia Nacional haya rematado el desafuero que representa esta hiriente libertad con un auto que pudo evitarlo y que, como se refleja en el duro recurso del fiscal, es inadmisible tanto en lo que afecta al etarra De Juana Chaos como en la visión pueril que muestra sobre ETA.

El juez Santiago Pedraz, quien también forma parte del Tribunal que debe dictar sentencia en el proceso contra Jarrai-Segi-Haika (las juventudes de ETA/Batasuna), ha rechazado el procesamiento de Ignacio de Juana Chaos por integración en ETA, al considerar que los artículos que publicó en «Gara» no acreditan su pertenencia a la banda. En enero de este año, otro juez de la Audiencia Nacional, Grande Marlaska, pensó lo contrario y ordenó la prisión provisional del etarra porque aquellos escritos probaban la integración actual de su autor en ETA. Nada mejor que leer nuevamente aquellos artículos para reconocer en ellos a un terrorista que lo sigue siendo, que no muestra ningún arrepentimiento y que anima a los suyos a seguir con la violencia. Y basta leer el auto del juez Pedraz para empezar a preocuparse por el efecto devastador que puede llegar a tener un error judicial en la lucha contra ETA.

Los nacionalistas piensan que la historia es de ayer por la mañana.
M.A. email  14 Junio 2005

Pues no es así, la historia que puede leerse tiene al menos 10.000 años. Y la especie que nos ha traído hasta hoy ha podido aprender en ese tiempo muchas cosas, algunas de las cuales se repiten constantemente.

Hace escasos siglos se impuso el capitalismo, modo productivo avanzado e imperante y todas las sociedades que lo adoptaron han procurado alfabetizar masivamente a sus poblaciones. Esto es una ley en la Historia. Pero España es diferente y por razones de su propia historia nuestro país no emprendió de forma decidida y eficaz esa alfabetización hasta la transición.

Y justamente por razones históricas universales, en las cuales para el capitalismo ya no es interesante ni importante la alfabetización social sino más bien impedirla, es por lo que se produce un deterioro escolar de dimensiones dramáticas. Dejando aparte las influencias internacionales, en España se han concitado rasgos evidentes que traducen el desinterés de los que mandan para educar efectivamente a la sociedad.

Por un lado están las lenguas locales que en la mayoría de los casos han sido reinventadas, es decir, ya no tenían utilidad social. Pero aún así, nada hubiera importado arbitrar medidas para la educación en ellas sin obligar a quién no lo quisiera y poder ejercer libre y no obligadamente, el derecho a la educación en lengua materna. Este problema está siendo sin duda un factor de analfabetismo funcional y un obstáculo para la buena utilización de los conocimientos.

Otro factor ha sido y está siendo la falta de rigor en la elección de materias a impartir, no sólo se elimina el estudio de lenguas clásicas y de otras disciplinas, es que se imparte el menor número de horas de ciencias de toda Europa, siendo una materia de primera necesidad, a todo ello se añade el permanente cambio de planes a tenor del aire político. Por si todo ello no fuera suficiente, en España toma cuerpo uno de los más nefastos inventos de las sociedades modernas y desarrolladas: se deja en manos de los políticos autonómicos el papel de maestros infantiles.

Todas las sociedades desarrolladas antes que nosotros, han sustraído de la escuela la influencia de la religión y de los políticos y han procurado someter la educación al criterio de maestros y pedagogos, es decir, de especialistas. Pero nosotros, presentando un claro retroceso como supermoderno, permitimos que nuestros hijos aprendan sólo los arroyos del terruño o las gestas épicas de los abuelos lugareños, impidiendo a los infantes construirse una visión general y profunda del mundo físico y de la historia humana, sometiéndolos además no al juicio crítico de la vida, sino instruyéndolos con letanías doctrinarias donde el evangelio es la parcela autonómica, la discriminación, el odio al otro inyectando elementos separadores y diferenciadores, y todo ello con la funesta intención de fabricar docilidad autonómica, carne de cañon consumidora y munición contra ciudadanos de comunidades no propias.

Y esto con mayor o menor éxito está generalizado en nuestro país, pero tan extendido y evidente que ya va siendo hora de elaborar un catálogo con los textos que se imparten para denuncia ciudadana que permita cortarlo de raíz.

¿Nos llamarán españolistas por querer cambiar estas cosas los nacionalistas? Que nos llamen lo que quieran esos egoístas, nuestro trabajo es fomentar el progreso y la inteligencia, el conocimiento social y la ciencia, única garantía de la supervivencia de nuestra especie. ¿Qué es lo que persiguen ellos? Vivir a nuestra costa contándonos mentiras. Muy miserables son y muy pocos para todos nosotros. ¡A por ellos de una vez y muchos a la vez!.

Palabras, palabras, sólo palabras
Conchita M, Vizcaya email  14 Junio 2005

Estamos empezando a estar hartos de tanta palabra vacías, sin valor, utilizadas para encubrir lo que la mano izquierda hace para que no se entere la mano derecha. El etarra De la Juana Chaos va a salir a la calle tras ser un asesino de 25 personas porque un Juez apellidado Pedraz lo ha decidido y se le ha ocurrido que este "muchaho", como decía Arzalluz, no es de ETA. Y el PSOE calla, los partidos nacionalistas callan o salen en defensa de la decisión de Pedraz cuando normalmente asesinan a jueces, o los tienen amenazados. ¿Será que Perdraz lo está o es que su simpatía hacia "estos muchachos" no le deja ver más allá de lo que ve el Sr. Pumpido que sólo ve lo que quiere ver?

No nos consuelan las palabras, no nos engañan más. Nos da igual que luego salga Bono o Ibarra o Alonso diciendo que liberar a De la Juana Chao es una barbaridad, simplemente porque son sólo eso, palabras vacias ya que están pactando y dialogando con ETA y el PNV. Queremos hechos, no palabras vacias de contenido, que son sólo dichas para disimular lo que ocurre en la trastienda del PSOE del Sr. Rodríguez Zapatero, pactos y diálogos con los nacionalistas y terroristas de ETA o con el Sr. Rovira que al fin y al cabo es tanto de lo mismo y encima va de victima.

Palabras, palabras, sólo palabras eso es lo que nos dan. Las victimas y el resto de los españoles de bien, muchos de ellos socialistas, comunistas, del PP, a esos ni agua para regar sus tierras para cultivar sus productos agrícolas ni una sanidad buena, ni una educación buena, ni unas infraestructuras buenas. Teruel existe, España también y queremos que siga existiendo "manque" les pese a los del PSOE de ZetaP.

Yo soy un Mogambo
email  14 junio 2005

¿Cómo surgió la idea de crear un nuevo partido político no nacionalista? ¿Quiénes fueron sus primeros impulsores? ¿Cuáles fueron los planteamientos iniciales?

Mientras Maragall y Montilla invitan a los discrepantes a dialogar, los documentos, testimonios y entrevistas que aparecen estos días relacionados con la puesta en marcha de un nuevo partido no nacionalista están levantando la espesa capa de silencio, la omerta, que hasta este momento ha cubierto la vida colectiva de los ciudadanos de Cataluña.

Transcribimos hoy un testimonio más de esa resistencia frente al nacionalismo que se ha desarrollado en Cataluña en los últimos años de manera sorda e ignorada en el resto de España.

La idea de crear un partido no nacionalista surge por primera vez en los años 90. Y uno de los precedentes más significativos de la voluntad de enfrentarse al nacionalismo desde Cataluña fue el protagonizado por un grupo de personas conocido como los mogambos.

El texto que se reproduce pertenece a un mogambo, Alfons Huguet Segura, y explica la actividad de aquel núcleo inicial y su evolución posterior:

“Durante el tiempo que asistí a las reuniones de Mogambo, más de un año, jamás planeó sobre nosotros la posibilidad de montar un partido político.

“Nuestros objetivos y preocupaciones eran de otra índole, tratábamos de entender lo que ocurría intercambiando información y buscando explicaciones al rumbo de los acontecimientos, esa fue nuestra principal actividad.

“Y jamás se nos ocurrió a ninguno de nosotros luchar contra la ‘normalización del catalán como lengua’, justo al contrario, pensábamos que la lengua catalana se estaba empleando como útil para unos fines no filológicos ni filantrópicos, como hoy felizmente comprende todo el mundo. Allí además, se hablaban las dos lenguas indistintamente.

“En los albores de esta dictadura seudodemocrática que nos oprime, se oponía ya mucha gente de diversa procedencia incluida la derecha, pero nosotros, los Mogambos, no teníamos esa ideología. Jamás nos entrevistaron el ABC ni la COPE, ni tuvimos nada que ver con esos medios.

“A mediados de los 90 un periodista de Sabadell creo, Santamaría, escribió un libro cuyo nombre no retengo. En él se aludía a un grupo de ‘profesores que al caer la tarde llegaban con sus maletines y las miradas esquivas a un bar de Premiá de Mar llamado Mogambo’.

“A esas cenas, una vez al mes durante muchos meses, acudíamos los opositores a los rasgos más insoportables del nacionalismo de la época. El ambiente se neutralizaba con la cena que Benito nos preparaba: platos de nouvelle cuisine regados con decentes caldos y pagados a escote.

“Pero es cierta la descripción que hace el autor del libro, íbamos asustados, teníamos miedo por lo que ocurría, un fobos similar al del franquismo.

“Era una época de estigmatización si decías algo contra el rumbo político, la paliza a la asociada de Cadeca, las amenazas telefónicas, los golpes en el Liceu, en el Palau o en Las Ramblas, los casos ocultados por las agresiones lingüísticas en las escuelas; era la época de un temor social inexplicable e inexplicado.

“El núcleo inicial invitábamos a personajes relevantes e influyentes de la vida política catalana y también a los nacionalistas sensatos para tender puentes. Por allí pasaron Victoria Camps, Sala, el hombre de Guerra en el asunto Filesa -si te ponías a su lado no comías-, los Trías, Carreras, Ramoneda, Tubau, Botell, Riera, etc. etc.

“Los promotores de esos encuentros éramos gente que provenía de la Asociación por la Tolerancia: Villacorta del Consejo del PSC, Marita Rodríguez, su presidenta, Pepe Domingo, Ginés, los escritores Andrés Nuñez y Jesús Royo, Pérez Romera, Mengíbar, Robles, Angela, Paloma, etc. todos con historiales de izquierda.

“Fue en Mogambo donde descubrimos el trabajo de ingeniería social y semántica que llevaba a cabo el nacionalismo con el nombre de ‘normalización lingüística’, que fue pagado con miles de millones y que abarcaba varias esferas de la vida social.

“La mano de obra fue del PSC e IC, ni siquiera nacionalista nominal a la sazón bastante contenida en CIU. Ese propósito en la escuela, consistió en obligar, con comisarios políticos durante 10 años, a que uno a uno cada Consejo Escolar eligiera la inmersión lingüística como método pedagógico.

“Su creador, el profesor V. Aracil, declaró a El País cuando se enteró de su utilización generalizada: ‘Esto es aberrante’, y se fue a Valencia.

“Lo que era un principio pedagógico para aplicar con mesura y proporción, se convirtió por su total extensión en una herramienta de autentico arrase en algunos casos peor al utilizado por el franquismo en sus años más duros. (¿Tiene que ver todo esto con las democracias o con dictaduras?)

“A través de Mogambo aquel proceso desembocó en la fundación del Foro Babel, bombazo espectacular en el ‘oasis’ catalán de la época.

"Babel inició el declive ideológico del nacionalismo catalán; por fin existía un grupo social que se oponía abiertamente a sus designios.

“Pase lo que pase Mogambo seguirá su curso: un laboratorio donde se cultiven y desarrollen ideas a partir de la información que la realidad proporcione.

“Así pues, Babel, Mogambo, Tolerancia y tuti cuanti, son hitos en la historia del movimiento democrático de la Cataluña contemporánea que nadie podrá ocultar ni denostar y nadie impedir su curso hacia el triunfo y desalojo de una casta nacionalista inútil y opresora.”
Recortes de Prensa   Página Inicial