AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 19 Junio 2005
A mi padre
Laura CAMPMANY ABC 19 Junio 2005

Una de camisetas
Cristina Losada Libertad Digital 19 Junio 2005

Lo que está en juego en Galicia
EDITORIAL Libertad Digital 19 Junio 2005

Galicia en manos del embajador político de ZP
Isabel Durán Libertad Digital 19 Junio 2005

Mentiras inconvincentes
Pío Moa Libertad Digital 19 Junio 2005

Galicia y mucho más
Ignacio Camacho ABC 19 Junio 2005

El hombre-orquesta del Titanic
Antonio BURGOS ABC  19 Junio 2005

Pedraz
Jon JUARISTI ABC 19 Junio 2005

«Tregua selectiva»
Editorial ABC 19 Junio 2005

Futuro sin pasado
JOSEBA ARREGI El Correo 19 Junio 2005

 

A mi padre
Por Laura CAMPMANY ABC 19 Junio 2005

¿SABES, padre? Para que todo sea más hermoso y difícil, me han pedido en ABC que te escriba unas letras de homenaje desde tu columna. Ésa a la que tan libre y orgullosamente vivías atado. Ésa columna tuya en la que nunca -decías- te habían tocado una coma, y en la que te habías instalado confortablemente, como quien anda por su casa, con toda tu sabiduría, tu música y tu casta. Con tu razón de hombre justo y tu esgrima jugosa y valiente. Y yo esas letras te las voy a escribir con el corazón todavía ensartado, y con los ojos en lágrima viva, y no sabes con qué miedo, y no sabes con cuánto amor, porque creo (dime algo, papá) que a ti te habría gustado que así fuera. Tenías el alma preciosa, padre, como de luminosa porcelana, y una paciencia infinita, y un orgullo por el que corrían los caballos, y un amor por la vida que se encaramaba a las cumbres del aire para llover sobre las cosas menudas. Ya sabes: lo fugitivo permanece. Me leías a Alberti, ¿recuerdas? Recitábamos a Rubén Darío: «Padre y maestro mágico, liróforo celeste...». Tú mi padre, tú mi maestro. Saboreábamos a Neruda -tan violentas, a veces, las espumas-, desflorábamos a Góngora -sus negras violas, sus blancos alhelíes-, aprendíamos en la pizarra de Mairena, bebíamos hasta el alba en las sagradas copas de la armonía, nos emborrachábamos de belleza y esperanza. Nunca te dijiste poeta, tú que lo eras por encima de todo, tú que conjugaste los racimos del tiempo.

Yo ya sabía que eras un gran hombre, un surtidor de sueños, un pecho entero, un ángel fecundo, un clavel desbocado. Pero ahora que te llevo dentro, y ya no puedo discutir contigo sin herirme, lo sé más que nunca. Ay, padre, si hubieras podido recibir en un vaso profundo el dolor de tus amigos, y oír las palabras con las que te nombramos y te abrigamos en esa soledad tuya tan blanca y tan ardiente, y poblar las horas con que te devolvemos a la vida para que no la pierdas, para que no la pierdas del todo, ya me entiendes. Ay, si hubieras visto el chiste de Mingote, tan tierno y tan mudo, y los artículos de tus hermanos mayores de la cofradía de la columna, tan a punto de resucitarte, y el luto y la orfandad de tus amigos. Este periódico, tu periódico, está derramando ríos de tinta sobre tu recuerdo, ahora que ya diste en el mar, que es el morir. ¡Qué incomprensible que no estés aquí, con lo que a ti te gustaban las necrológicas!

Estamos revolviendo entre tus cosas en busca de tus manos. Estamos invadiendo tus pantallas y desnudando tus etimologías. Te estamos recomponiendo en todos tus gestos, en todas tus caricias, en tu indomable anecdotario, y en tu señorío, y en tu álbum de ofrendas, y en cualquier parte donde podamos sentirte y tocarte, y celebrarte hasta el agotamiento de nuestra sangre partida. Porque de ninguna manera queremos olvidarte, padre. «Hilaré tu memoria en la mañana», como tú hilaste mi vida. Ni mamá, ni tu hijo Emilio, ni tu hija Beatriz, ni yo, ni nadie de ese casi universo de personas que te amaron permitiremos que cese tu rayo. Bendito seas también porque con esta muerte tuya tan urgente y certera, que duró lo que tarda en desplomarse un párpado y encenderse, en algún lado, otro fuego, hasta la ofensa de la agonía nos ahorraste. Como diría tu tata Felisa, «hijico, qué gracia has tenido hasta para morirte».

ELECCIONES GALLEGAS
Una de camisetas
Cristina Losada Libertad Digital 19 Junio 2005

Las crónicas oficiales y oficiosas hablan de normalidad en la jornada electoral gallega. Y tienen razón, pues esa normalidad incluye en este país que algunos se consideren con bula para violar las reglas del juego. Así, en algunas mesas gallegas han aparecido vocales, interventores y hasta un presidente ataviados para la ocasión con camisetas de Nunca máis, Hai que botalos -la consigna lanzada por los sucesores de la plataforma que liderara Manuel Rivas a cuenta del Prestige- o con un Galiza, versión de Galicia preferida por los nacionalistas, con estrella roja incluida.

En algunos de estos casos, intervino la Junta Electoral y los de las camisetas tuvieron que marcharse o cambiar de atuendo. Pero la cuestión es que allí se presentaron, a ver si colaba. El fenómeno se ha dado en pocos lugares en Galicia, pero resulta significativo. Hasta hace poco, el uso de camisetas con lemas propagandísticos por parte de quienes ocupan las mesas electorales se hallaba circunscrito al País Vasco. Allí, los pro-etarras nunca se han cortado ni con las camisetas ni con otras prácticas. Reciente está la violencia con que recibieron a María San Gil cuando fue a votar en las autonómicas vascas. Y, por cierto, que uno de los lemas recurrentes por esos pagos era el de “kampora”, es decir, “fuera”, de resonancias similares al “Hai que botalos”.

Los últimos años de agitación, estimulados por todos los partidos de izquierda, empezando por el PSOE, además de alimentar el resentimiento y el odio, han conducido a una extensión de las prácticas de coacción directas o indirectas, violentas o no, por parte de quienes sólo invocan el respeto a las reglas del juego cuando eso les beneficia. El ejemplo más sangrante de violación de esas normas fue, naturalmente, el que ocurrió el 13 de marzo de 2004, con el asedio a las sedes del PP en toda España, unos hechos que se ha negado repetidamente a condenar el PSOE.

Los miembros de mesas electorales que han querido hacer propaganda política hasta el final, sufren de una patología habitual en la izquierda española: la de dar por supuesto que las reglas del juego democrático no van con ellos, sino con los demás. No es difícil imaginar lo que hubiera sucedido y lo que se hubiera dicho si esas personas se hubieran presentado con camisetas con la foto de Fraga o el lema “Máis” que el PP ha utilizado en esta campaña. La larga y vieja historia de las asimetrías. ¿Aprenderán las gentes de izquierda alguna vez a jugar limpio?

Lo que está en juego en Galicia
EDITORIAL Libertad Digital 19 Junio 2005

Pase lo que pase hoy en las elecciones al parlamento gallego, el resultado de las mismas va a marcar notablemente la vida política nacional de los próximos años. Todo indica que el vencedor será Manuel Fraga, actual e incombustible presidente desde hace tres lustros; sin embargo, el líder popular necesita obtener la mayoría absoluta para poder garantizar su continuidad al frente de la Xunta. Si la consigue, su victoria significará el espaldarazo definitivo que el PP precisa para postularse en las próximas generales como recambio al ya desgastado Gobierno de Zapatero. Si, por el contrario, se queda con la relativa, aunque sea por unos pocos miles de votos, el panorama que se abre para Galicia y, por extensión, para el resto de la Nación, es un tanto desalentador.

A lo largo de los últimos quince años de gobierno popular, la antaño atrasada e inaccesible región galaica ha experimentado un despegue histórico y se ha modernizado y puesto al día en casi todos los ámbitos. Esto no es, naturalmente, atribuible a un Gobierno sino al empuje y la determinación de sus gentes, pero no es menos cierto que la estabilidad política y el buen tino que han acompañado a la era Fraga ha contribuido en mucho a la prosperidad de la que hoy gozan los gallegos. El modelo no está, ni mucho menos, agotado. Galicia es una prometedora región en la que todavía queda mucho por hacer. El cambio que, en comandita, ofrecen los socialistas de Touriño y los nacionalistas de Anxo Quintana –ambos minoritarios- consiste, por lo tanto, en comprometer la gobernabilidad de la región y ponerse al servicio de la estrategia disgregadora que patrocina el Gobierno central.

Con Galicia en manos de un combinado político a la catalana, es decir, socialistas y nacionalistas radicales, las tesis del dúo Carod-Maragall, que es el que marca la agenda política española, tendrían el aval de una región más cuyos intereses quedarían, dicho sea de paso, completamente plegados a los del tripartito catalán. Es posible que Zapatero, con objeto de arrimar algún voto extra a su candidato, haya hecho intención de llevar a Galicia las inversiones que hasta ahora ha negado por motivos políticos. Lo incuestionable, sin embargo, es que prácticamente todo el programa del Ejecutivo está hipotecado por los pactos a tres entre el Ferraz, el PSC y la Esquerra. Con estos mimbres, que se fundamentan en la asimetría de Cataluña sobre el resto de España, es harto difícil que el presidente pueda cumplir lo que ha prometido durante la campaña. Porque aunque desde Moncloa intenten ocultarlo, el proyecto de financiación autonómica de Maragall supone, de facto, que cada autonomía se las arregle como pueda.

Galicia se encuentra pues en la encrucijada y frente a las que quizá sean las elecciones más reñidas de su historia. Los gallegos tienen en la mano consolidar una etapa que, con sus luces y sus sombras, ha sido buena en líneas generales para Galicia; o entregar el Gobierno de la región a dos partidos mal avenidos entre ellos y cuyo denominador común es el oportunismo. Hoy, 19 de junio, en Galicia se despacha mucho más que el Gobierno de una Comunidad Autónoma, está en juego la apuesta suicida que Zapatero echó sobre la mesa el día en que decidió gobernar para una minoría. Pase lo que pase, nada volverá a ser igual.

Elecciones gallegas
Galicia en manos del embajador político de ZP
Isabel Durán Libertad Digital 19 Junio 2005

A sólo un escaño de la mayoría absoluta el vencedor indiscutible es Manuel Fraga. El indudable perdedor es el nacionalista de ultraizquierda Anxo Quintana. El Partido Socialista, aunque venderá un subidón, sigue a una docena de escaños de distancia del Partido Popular. Se pongan como se pongan Producciones Rubalcaba, ha ganado el partido de la calle Génova por séptima vez tras quince años de gobierno en Galicia. Otra cosa será que la UTE "todos contra el PP" le arrebaten el poder a base de pactos, como pretendieron hacer en Madrid hasta que Tamayo salió del armario políticamente hablando y les reventó el festín del reparto de la pasta y de los cargos, que hasta Cajamadrid se tenían adjudicado. Cien papeletas de Pontevedra le han dejado a Fraga a las puertas de una nueva etapa al frente de la Xunta. Los emigrantes tienen la última palabra. Pero no sólo ellos.

Lo cierto es que Galicia y España por lo que le afecta la carambola electoral del 19-J, está en manos de un comisario político, cargo inventado ex profeso por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero para esta importante cita con las urnas. El susodicho, que lleva por nombre Miguel Cortizo, posee el rimbombante título de “Embajador ante las comunidades españolas en Iberoamérica”, es decir, embajador en misión especial para los emigrantes, o sea, comisario de ZP para el control del voto de los residentes ausentes. Y es que Cortizo ni es embajador ni diplomático de carrera. Lo único que tiene acreditado es su condición de socialista. Y lo malo es que recuerda, y de qué manera, al conejo de la chistera que se sacó Zapatero cuando se inventó la figura del Alto Comisionado para la Destrucción de las Víctimas del Terrorismo.

Los anteriores comicios la emigración dio a Fraga dos escaños más. El PP necesita ahora unos siete mil votos emigrantes para dar la vuelta a la situación. ¿Llegarán todas las papeletas a sus sacas de correos? ¿Será limpio el escrutinio? ¿Para qué nombró ZP un embajador especial para los emigrantes? En los próximos días, lo sabremos.

Julián Casanova
Mentiras inconvincentes
Pío Moa Libertad Digital 19 Junio 2005

Hace poco el historiador (pero no buen historiador) Julián Casanova arremetía en El País contra algunos investigadores que, según él, contamos “mentiras convincentes” sobre la guerra civil. De que son convincentes no hay duda, basta ver las tiradas de nuestros libros y su efecto social. Que sean mentiras él tendría que demostrarlo, y, desde luego, ni lo intenta. Quizá más adelante se ponga a ello, y desde aquí quiero animarle, pues termina su artículo llamando a los suyos a emprender de una vez la crítica de nuestras “mentiras”. Ya iba siendo hora, la verdad, pero más vale tarde que nunca. Le sugiero el método siguiente, el más adecuado desde el talante democrático y la honestidad intelectual: un debate en El País, en igualdad de condiciones, que supere de una vez la censura inquisitorial practicada por ese periódico contra investigaciones como las mías, y nos permita creer en la honradez y capacidad de rectificación de sus directores. Pero si lo que pretende el señor Casanova es el abuso de los medios de masas para divulgar sus tesis sin permitir derecho de réplica, me permito señalarle que esa táctica, mantenida durante seis años, ya no funciona: ha desacreditado a sus empleadores y no ha logrado silenciar nuestras “mentiras”.

Casanova se contenta con acusarnos a algunos de mentir, sin demostrarlo. Yo en cambio, creo poder mostrar en su artículo algunas tretas, vaguedades y desvirtuaciones que no le dejan en buen lugar. Dice, por ejemplo: “Durante las dos primeras décadas de la transición, desempolvar ese duro pasado fue tarea casi exclusiva de un variado grupo de historiadores que revelaron nuevas fuentes, discutieron sobre las diferentes formas de interpretarlo y abrieron el debate a la comparación con lo que había ocurrido en otras sociedades”. Un buen historiador concretaría más: el eje de ese “variado trabajo” consistió en la herencia intelectual del estalinista Tuñón de Lara e interpretaciones también en clave marxista como las de Jackson, Preston y otros, muy reverenciados también por la derecha cutre. Hasta hace pocos años los historiadores e intelectuales marxistas marcaban con su estilo todas las universidades y medios de masas españolas. Tras la caída del muro de Berlín se han vuelto más discretos, pero no han sometido a crítica sus ideas. El propio Casanova habla de “El pueblo en armas” para describir la entrega de armamento a los sindicatos y, no pocas veces, a delincuentes comunes.

Debemos recordar que el marxismo español siempre fue un poco de pandereta, de nulo rigor crítico e incapaz de aportar nada a su propia doctrina. Y la historiografía, desde luego, no constituyó una excepción. La interpretación marxista o marxistoide predominante, incluso ahora mismo –al menos en el aparato burocrático de la universidad y en diversos medios de masas– tiene dos rasgos: es radicalmente antidemocrática, y no menos radicalmente falsa. No voy a extenderme ahora en estos puntos, que he examinado en otras ocasiones, porque cualquiera puede verlo aplicando el “criterio de la práctica histórica”. Y por esa razón casi todo ese trabajo ingente de varias décadas encomiado por Casanova, un trabajo más burocrático que científico (el marxismo siempre se presentó como “científico”), con sus miles de publicaciones, congresos, simposios, con su enorme gasto de dinero público y proyección en los medios de masas, sólo puede ser útil hoy como material de desguace.

Dentro de la típica manipulación marxistoide, continúa Casanova: “Desde la segunda mitad de los años noventa salieron a la luz hechos y datos novedosos y contundentes sobre las víctimas de la Guerra Civil y de la violencia franquista (…) Descendientes de esas decenas de miles de asesinados se preguntaron qué había pasado, por qué esa historia de muerte y humillación se había ocultado, quiénes habían sido los verdugos…” Aquí Casanova opera como el clásico propagandista que atribuye los crímenes al “pueblo”. No fueron, o no principalmente, los descendientes de las víctimas quienes “se preguntaban”, sino determinados partidos, historiadores y asociaciones, a menudo subvencionados con dinero público, quienes organizaron una incesante campaña, no para restablecer la realidad histórica sino los rencores del pasado, y arrinconar al PP. El mensaje implícito, pero clarísimo, era: “ustedes, derechistas, provienen de los asesinos de la democracia y los demócratas en España. Aunque hayan cambiado algo, su deuda no está del todo pagada, y tenemos derecho a pensar que en cualquier momento pueden volver por sus viejos instintos”. Si le queda alguna duda al mal historiador Casanova, sólo tiene que recordar las recientes campañas electorales con llamamientos al “no pasarán”, a no votar “a los asesinos de García Lorca”, a la reiterada caracterización del PP como “asesinos”, “nazis”, etc., y la violencia correspondiente. Truco de propagandista, no método de historiador, exhibe aquí el señor Casanova.

¡Y la pretensión de que la democracia fue defendida en España por una amalgama de estalinistas, marxistas revolucionarios, anarquistas y jacobinos golpistas…! Todos ellos, además, saboteándose, torturándose y matándose entre sí, como sabemos por sus propios testimonios… Y todos ellos bajo la dirección, no simple ayuda, de Stalin, ese demócrata sin par. Que esta patraña gigantesca haya funcionado durante décadas y siga presente en la universidad, sólo revela lo muy bajo que ésta ha caído bajo la hegemonía de aquel “variado grupo de historiadores”.

Con absoluta cara de cemento nos aclara el señor Casanova: “el registro del desafuero cometido por los militares sublevados y por el franquismo hizo también reaccionar, por otro lado, a conocidos periodistas, propagandistas de la derecha y aficionados a la historia, que han retomado la vieja cantinela de la manipulación franquista (…) Todas las complejas y bien trabadas explicaciones de los historiadores profesionales quedan de esa forma reducidas a dos cuestiones: quién causó la guerra y quién mató más y con mayor alevosía. La propaganda sustituye de nuevo al análisis histórico. (…) con sus habituales tópicos sobre octubre de 1934, el terror rojo, el anticlericalismo, Paracuellos, las Brigadas Internacionales, las checas y el dominio soviético”.

Mire usted, señor Casanovas, llamar “tópicos” o “cantinelas” a esos hechos plenamente demostrados ya le retrata a usted a la perfección, y no precisamente como historiador serio, por decirlo con mucha suavidad. El origen de la guerra no es una cuestión propagandística, sino justamente la cuestión clave para entender lo ocurrido. Y no se exceda usted en hipocresía: dar vueltas a quién mató más y con mayor alevosía es precisamente lo que han venido haciendo ustedes de modo incesante desde hace años. Peor todavía: de creerles a ustedes, la derecha fue casi la única que mató, y en todo caso la verdadera criminal, porque las víctimas derechistas habrían perecido a manos del “pueblo”… Y ya se sabe que ese “pueblo” de ustedes siempre tiene razón.

Y termino, de momento: por mi parte no he recuperado ninguna propaganda franquista, como usted asegura. Mentira comprobable por cualquier lector de mis libros, y no olvide usted que tengo muchos. Contra sus afirmaciones, mis principales fuentes no son secundarias ni franquistas, sino primarias, bastante más que las que suelen utilizar ustedes, y proceden en su abrumadora mayoría de la documentación izquierdista. ¿Por qué insisten ustedes en esas supercherías? ¿No ven que les desacreditan a ustedes, desacreditan a la universidad y sólo convencerán a unos cuantos incautos o fanáticos sin remedio? Tampoco soy nostálgico de la dictadura, como usted vuelve a mentir. En cambio usted sí recupera los tópicos y métodos del Frente Popular, y eso indica que de demócrata tiene usted poco.

En fin, le reitero mi invitación: un debate libre en el periódico El País: ahí, y no en excusas palabreras podría comprobar todo el mundo si tienen ustedes intención de aclarar la realidad histórica o de seguir embarullándola.

Galicia y mucho más
Por Ignacio Camacho ABC 19 Junio 2005

NO existe la más mínima duda de que, a sus renqueantes 82 años, ese peculiar e intenso político llamado Manuel Fraga Iribarne volverá a ganar hoy con amplia ventaja las elecciones autonómicas de Galicia. Sin embargo, existen serias probabilidades de que su indiscutible victoria no le alcance para conservar por quinta vez la presidencia autonómica. La normalidad con que todos hemos acabado aceptando lo que, al fin y al cabo, constituye una discutible perversión democrática merecería una reflexión más profunda e intensa; el sistema electoral español, construido durante la transición para privilegiar a las minorías con el objeto de integrarlas en el naciente proceso de recuperación de las libertades, ha acabado convertido en un mercado negro en el que algunos partidos obtienen réditos de poder en proporción inversa a su representatividad popular.

Como ocurrió en Cataluña con Esquerra Republicana, y ocurre en numerosos municipios de todo el país con otras formaciones minoritarias, el Bloque Nacionalista Galego (BNG) puede convertirse esta noche en el factor decisivo para que un Partido Socialista claramente derrotado en las urnas termine alzado sobre la presidencia de la comunidad autónoma. A cambio, los nacionalistas se verían recompensados con amplias parcelas de poder que les darán una influencia decisiva. Este sencillo mecanismo, respaldado por la legitimidad del sistema de elección indirecta, ha convertido numerosas citas de la política española en un raro desafío del PP contra todos, y está permitiendo que el PSOE construya a su medida una mayoría «republicana» cifrada en la alianza con unos grupos cuya característica común es la descreencia en el concepto de nación española.

Lo que está en juego en Galicia es una opción entre la mayoría absoluta de un Fraga visiblemente desgastado por la edad y el poder y una coalición de perdedores que no tendrá el más mínimo reparo en celebrar con alborozo su objetiva derrota. Un resultado que, en estos momentos, pende del delicado hilo de los últimos restos en cada provincia, cuyo reparto no alcanzan a definir las más afinadas encuestas y los «trackings» que los estados mayores de los respectivos partidos escrutan estos días con minuciosidad de entomólogos. Resulta incluso probable que esta noche no quede cerrado el balance de la jornada, pendiente del voto de los emigrantes americanos en un escrutinio a cara de perro que puede recordar el de Florida en las cerradas presidenciales americanas del año 2000.

Sea como fuere, Galicia va a ejercer hoy de árbitro en una nueva secuencia del partido que PSOE y PP llevan jugando sobre la cancha nacional desde el 14 de marzo de 2004. Si Fraga pierde la mayoría absoluta, no sólo quedará abocado a precipitar una jubilación que debió pilotar él mismo cuando ganó hace cuatro años; su insuficiente victoria resultará ante la opinión pública una derrota de Mariano Rajoy que puede abrir consecuencias en la solidez de su liderazgo interno y en su credibilidad como aspirante a la alternancia en el Gobierno de España.

Nada sería más pernicioso para el PP que abrir un debate que cuestione ahora el liderazgo de su presidente nacional, pero difícilmente será evitable, en caso de perder la presidencia gallega, la apertura de grietas críticas que incrementen el soterrado movimiento que hace tiempo se atisba en el interior del partido. Impaciencia, imprudencia y ambición se mezclan en este sutil frufrú de codazos discretos, que pueden comprometer la necesaria consolidación de una alternativa que necesita tiempo como primer factor de asentamiento. El hecho es que, desde la inesperada derrota del 14-M, son visibles en la segunda fila del escalafón del PP algunas tomas de posición estratégica con vistas a la hipótesis de que Rajoy no logre superar a Zapatero en 2008 o cuando quiera que sean las próximas generales.

Esos movimientos, que Rajoy es el primero en conocer aunque los solape bajo su impasibilidad galaica, podrían acelerarse en el caso de que Fraga se quede en la orilla de su quinto desembarco. Y tendrán, en todo caso, consecuencias. Quienes conocen el estado de cosas en la planta séptima del cuartel general «pepero» en la calle madrileña de Génova estiman que habrá cambios y retoques cualquiera que sea el resultado de hoy. Pero es evidente que el alcance y calado de esos ajustes no será el mismo si se trata de realizar un enroque defensivo que de organizar la ofensiva que supondría una victoria capaz de dejar a Zapatero tocado por primera vez desde su fulgurante ascensión a la cumbre.

En el otro lado del campo, los socialistas sueñan con el efecto expansivo de un relevo de Fraga. No sólo por la evidente repercusión de la jubilación forzada del viejo león de Perbes, empeñado en morir con las botas puestas arriesgándose a un castigo que su trayectoria no merece y que podría haber evitado con una sucesión ordenada. Si Emilio Pérez Touriño -un político moderado y razonable pero de nulo carisma y escasa proyección popular- accede al sillón del palacio compostelano de Raxoy, Zapatero habrá dado una vuelta de tuerca más al proyecto de triple anillo con que pretende cerrar su «mayoría republicana».

Con un gobierno tripartito en Cataluña y su correlato en el Congreso de los Diputados, la pieza gallega le permitiría contar con una nueva alianza nacionalista, a la espera de que el tiempo y las circunstancias acaben aclarando su progresiva implicación en el Gobierno autonómico del País Vasco junto a un PNV a cuyo candidato Ibarretxe se dispone a abrasar en unas cuantas votaciones de investidura para dejarle después gobernar en precario y sin más salida que avenirse a un acuerdo con el PSE o convocar elecciones anticipadas. Este es el círculo que sueña el presidente: un Gobierno nacional respaldado por fuerzas nacionalistas según el patrón cortado en las tres comunidades históricas del Estado.

Con ese proyecto -secundado por la mortecina Izquierda Unida allá donde su menguada representación se lo permita-, Zapatero pretende construir una alternativa al proyecto nacional del Partido Popular, desde la que desea impulsar un nuevo proceso constituyente de hecho que rediseñe la estructura territorial del Estado. Es esto, y no los 9.000 millones de euros del presupuesto gallego, lo que se juega en la jornada electoral de hoy. Esto y la percepción que los españoles se formen de la dirección del viento político dominante en el conjunto del país: a favor de la coalición socialnacionalista apuntada en noviembre de 2003 en Cataluña y consolidada en marzo de 2004 en España o, por el contrario, inclinado hacia la consolidación de una alternativa liberal-conservadora capaz de superar el desconcierto del posaznarismo. Es decir, que lo que hoy se decide no es si más o menos Fraga, sino si más Zapatero o más Rajoy, y a la inversa. Además del futuro de lo que Maragall suele llamar «una cierta idea de España».

director@abc.es

El hombre-orquesta del Titanic
Por Antonio BURGOS ABC  19 Junio 2005

MAL anda de principios éticos una sociedad cuando la proclamación de lo obvio se convierte en un acto heroico. Esa sociedad es España. Expaña, vamos. Al paso que vamos, para que reconozcan que a las 12 el sol está en su cenit habrá que convocar una manifestación.

-Pero en esa manifestación han de ser respetados los husos horarios de Canarias, usted. Podrán manifestarse para decir que el sol está arriba a las 12, pero que no haya ni una sola pancarta contra el meridiano de Canarias, ¿eh? No me sea usted canariófobo. El Fiscal Particular del Gobierno vigilará que no haya una sola pancarta que conculque los derechos de la minoría horaria canaria con actitudes vociferantes.

Terrible reloj que marca en España la hora de la dictadura de las minorías. Para que no se enfaden los canarios con su hora menos y apoyen al Gobierno, se ha atrasado una hora el reloj de toda España. No en balde concluyó en la Puerta del Sol la manifestación de la Familia. Lo que han hecho con todo ha sido eso. Y con el matrimonio en el Código Civil: atrasar el reloj una hora para todo el mundo, para que no se enfaden ni en Lesbos, ni en Sodoma, ni en Gomorra. En vez de padres y madres, «progenitores». De esposo y esposa, nada: «cónyuges». De chamba no han redactado ese artículo según la estética del amor oscuro de los versos de Rafael de León: «Porque sin ser tu marío,/ ni tu novio, ni tu amante,/ soy el que más te ha querío,/ ¡con eso tengo bastante!».

No, no tienen bastante. No se hartan. Las mayorías sociológicas han de inclinar su cerviz ante las minorías. Si al inclinarla se aprovecha para pisarles la cabeza, mejor. Manda la minoría homosexual del «lobby gay» sobre la España de madres y padres pasando el quinario para educar a sus hijos con estos planes de enseñanza y esta degradación ética generalizada, con las televisiones borrando las fronteras entre el bien y el mal. Manda la minoría de los separatistas y los asesinos (o de ambas cosas a la vez) sobre una mayoría constitucional que no quiere enfundar las armas del Estado de Derecho ante los criminales. Manda la minoría laicista y agnóstica que se burla de la religión poniéndose una corona de espinas sobre la mayoría sociológica católica, pero que no tiene co...ranes de cachondearse de la chilaba de Mahoma. Manda la coartada nacionalista del apoyo al Gobierno sobre millones de votos que no quieren que el resentimiento y el sectarismo sean la norma. Mandan los Juan Simón, los desenterradores de la memoria, sobre la concordia de reconciliaron que trajo la Monarquía Parlamentaria.

Y como quien manda, manda, y cartucho al cañón, para proclamar la obviedad de esas mayoritarias verdades hay que echarse a la calle. Cada sábado la gente se tiene que echar a la calle y hay un nuevo Dos de Mayo porque los mamelucos están otra vez en la Puerta del Sol: el presidente Rodríguez les ha puesto el caballo de Atila para acabar con España. Los presidentes del Gobierno antes defendían las habichuelas y la felicidad de la mayoría de los españoles y salían en la portada del «Time». Ahora imponen la dictadura de las minorías y salen en la portada de «Zero». Zero Zapatero. Me imagino que Rodríguez saldrá en el BOE Gay como siempre: sonriendo. Sonriendo porque está encantado de haberse conocido como presidente del Gobierno a costa de 192 muertos. Saldrá con su sonrisa de sesión continua, con esos hombros que parece que se ha dejado la percha dentro de la chaqueta. Como en la cumbre de Bruselas: España rompiéndose, Europa hundiéndose, y él allí, de hombre-orquesta del Titanic, tocando el violón, sonriendo, feliz de estar entre los grandes, los que nos van a quitar la cartera. No entiendo cómo se puede gobernar así, contra las mayorías sociológicas, pero mucho menos comprendo de qué se ríe este tío, hombre-orquesta del Titanic, glup, glup, glup...

Pedraz
Por Jon JUARISTI ABC 19 Junio 2005

EL Mal consiste en meter setenta y siete subsaharianos en una balsa neumática para que se ahoguen y, en la confusión, pasar de matute una remesa de magrebíes. El Mal se palpa en el bandido camboyano que asesina a una niña de tres años porque llora. En la mayor parte del planeta, el sentido común de la justicia exige quitar la vida a los autores de crímenes como éstos. Aquí no lo hacemos, porque los europeos decidimos superar el sentido común de la justicia en aras de una sacralización de la vida humana. Que tal decisión estuviera fundamentada en valores evidentes e indiscutibles, eso es otro cantar. En el mundo sin valores del progresismo, ni siquiera la vida humana constituye un valor. Si le conferimos en su día un estatuto sagrado, separándola del ámbito jurídico de las responsabilidades, fue porque la necesitábamos como pretexto para la devaluación de todos los valores, incluido, por supuesto, el de la vida misma, y así se da la aparente paradoja de que se le retire la sonda al abuelo apelando a la dignidad de la vida humana.

En el trasfondo de esta catástrofe moral no está la moral judeocristiana. Es cierto que en el judaísmo y en el cristianismo la vida del prójimo (no la vida humana en general) es sagrada y su preservación nos incumbe hasta el punto de estar obligados a dar la nuestra por la suya, pero como siempre hay un tercero (el prójimo de mi prójimo) para el cual yo soy el prójimo, la única forma de gestionar el conflicto de las incumbencias radicales (estoy obligado a dar mi vida por otro que debe a su vez dar la suya por un tercero que tendría que darla por mí) pasa por establecer una ley para todos. Pese a su mala fama, la del talión era bastante razonable. Retaliar, en contra de lo que se suele suponer, no es lo mismo que vengarse. Por el contrario, el talión establece una equivalencia aritmética entre crimen y castigo (la venganza implica un incremento de violencia en este último) e interrumpe la cadena de represalias privadas. Detrás de la perversión del sentido común de la justicia no está la Biblia, sino Rousseau, un bobo que pensaba que todo el mundo es bueno y que, al que se tuerce, basta con liberarle de las fuerzas sociales que lo oprimen y arrimarle al rodrigón de la pedagogía para que vuelva a su rectitud natural. Los americanos nunca transigieron con estas frivolidades. Como el fascismo que tanto le debe, Rousseau es una especialidad europea.

La supresión de la pena de muerte sólo se compadece con el sentido común de la justicia si arraiga en el ánimo de los ciudadanos la convicción de que una pena inferior puede parangonarse, en magnitud de sufrimiento expiatorio, a la del daño criminalmente infligido. Es decir, si la mayoría percibe la pena impuesta como una «muerte en vida». Contra lo que sostiene la sinrazón progresista, la función más importante de un sistema penal no estriba en la reinserción social del delincuente, sino en la punición de la culpa, y ésta debe ser, por lo menos, la mínima necesaria para no ofender el sentido común de la justicia, que no es sólo el de las víctimas y sus allegados. Que, por ejemplo, una mujer queme vivo al violador de su hija mientras éste disfruta de un tercer grado merendando en una cafetería no denota otra cosa que el trastorno de la agresora. Pero el silencio aprobatorio (o incluso la ausencia de reprobación) de la calle resulta un índice fidedigno del disgusto público ante la lenidad judicial. La inminente excarcelación del terrorista José Ignacio de Juana Chaos plantea un problema del mismo tipo, aunque más escandaloso. Dado lo cruento de sus delitos y probada su voluntad de seguir vinculado a ETA, su puesta en libertad resulta sencillamente insoportable para el sentido común de la justicia y constituye una incitación compulsiva a la venganza, que, mucho me temo, levantaría en este caso una ovación clamorosa en toda España. Permítame que no le vea la gracia, Señoría.

«Tregua selectiva»
Editorial ABC 19 Junio 2005

ETA marca los tiempos y anuncia, a conveniencia de parte y en el «Gara», el cese de acciones armadas contra los «electos de partidos políticos de España», en respuesta a la disolución del Pacto Antiterrorista. «Tregua selectiva» que responde a la positiva impresión que a los terroristas les ha producido la defunción, vía Parlamento, del Pacto para las Libertades, el instrumento más eficaz en la lucha contra los que ahora se permiten el lujo de celebrar el «fracaso de la estrategia de ilegalización» de Batasuna. Lástima que los «amigos de la gasolina» no se enteraran de que la decisión etarra tiene efectos desde el 1 de junio, pues Joseba Markaida, concejal electo socialista de la localidad vizcaína de Berango, se hubiera «salvado» del ataque de varios cócteles molotov contra su domicilio.

Futuro sin pasado
JOSEBA ARREGI El Correo 19 Junio 2005

El mundo de la política está constituido por fórmulas que, por las razones que sean, se ponen de moda, parecen obligatorias para todos y forman el eje de lo políticamente correcto. Una de esa fórmulas es la que dice que no hay que mirar al pasado, sino que es preciso mirar al futuro. En el pasado pueden existir cosas, sucesos, posicionamientos, sentimientos que, ciertamente, pueden impedir abordar los pasos necesarios para construir el futuro. Es cierto que una manera determinada de mirar al pasado puede significar pérdida de libertad para afrontar las posibilidades del futuro.

Pero como todas las formulas, también ésta de no mirar al pasado, y mirar sólo al futuro, es ambigua, y puede estar en función de ocultamientos que nada tienen que ver con la libertad y la verdadera construcción del futuro. Hay usos de la fórmula citada que persiguen únicamente que determinadas personas y colectivos sean liberados de sus responsabilidades. Y así lo que se construye no es el futuro, sino la impunidad, cosa muy distinta.

El portavoz de la ilegalizada Batasuna ha afirmado en los últimos tiempos de forma reiterativa que su procesamiento es el pasado, mientras que la propuesta formulada por Batasuna en Anoeta es el futuro. Es una variación de la fórmula política que pide no mirar al pasado, sino construir el futuro. Y obliga a plantear la misma cuestión: ¿Es posible construir el futuro cegando el pasado, obligando al pasado al olvido más total?

La primera respuesta es que a los humanos nos está negado construir el futuro desde la nada, expulsando al olvido total nuestro pasado. Y no sólo por la socorrida referencia a George Santayana, quien dijo que quien no recuerda la historia está condenado a repetirla. Además de ello es preciso subrayar que para que el futuro que construyen los humanos no sea un futuro totalitario necesita del recuerdo del pasado, necesita la conciencia de los condicionamientos y limitaciones que el pasado impone a la libertad del ser humano, para que éste no se crea un dios que puede construir un mundo nuevo desde la nada.

Además de esta primera respuesta, hay que seguir indagando en la fórmula citada. ¿En qué consiste el pasado que hay que olvidar, y cuál es el futuro que merece toda nuestra atención en la frase de Arnaldo Otegi? El pasado de Arnaldo Otegi es la actuación del Estado de Derecho, el pasado es el Pacto antiterrorista, el pasado es el esfuerzo de los poderes del Estado por proteger la libertad y el derecho de los ciudadanos, el pasado es la justicia, el pasado es la persecución del terror, el pasado son los atentados de ETA, sus asesinatos, sus chantajes, su extorsión, sus amenazas, su misma existencia como organización de violencia y terror. Y el pasado es la incapacidad de tantos y tantos, organizados en partidos políticos o no, de condenar a ETA, de condenar la violencia y el terror. El pasado es la voluntad de derivar ventajas políticas de la existencia del terror y la violencia.

Y si ése es el pasado que hay que olvidar según Otegi, ¿cuál es el futuro que debiera merecer toda nuestra atención? La resolución del Conflicto, así, con mayúsculas, buscar una acomodación a la territorialidad y al derecho de autodeterminación, reconocer que Euskadi es Euskal Herria, y como tal es una nación en el sentido político del Estado nacional, un sujeto que debe ser reconocido por España, y Francia por supuesto, en ese su derecho, aunque la mayoría de sus habitantes sean ciudadanos de complejo y mezclado sentimiento de pertenencia.

Vistas así las cosas, nos topamos con que la separación que hace Otegi entre pasado y futuro es una separación fingida, es una separación engañosa. Porque el futuro que nos ofrece es la continuación de un determinado pasado, es la continuación del proyecto de ETA, es la realización de la voluntad de ETA, la negación del Estado de Derecho, la negación de la compleja identidad de la mayoría de los vascos, es la realización del sueño de ETA de una Euskadi o Euskal Herria sin pluralismos que desdibujen o hagan imposible su derecho de ser sujeto político en igualdad de condiciones con España y Francia. El futuro de Otegi, el que quiere que merezca toda nuestra atención, es el pasado de ETA.

Lo que le permite ofrecer la sensación de que existe una separación entre pasado y futuro es el argumento de que ya que PNV, EA, Aralar, y quién sabe si IU-EB, también quieren ese futuro que es continuación del pasado que es ETA, pero sin violencia, todo lo que implica ese pasado de ETA, incluidos todos los asesinados, forman un pasado que hay que olvidar, que hay que extirpar, que hay que enterrar, para así tener la libertad de construir ese pasado-futuro sin trabas morales, sin problemas de conciencia, sin remordimientos, sin cargar con las responsabilidades contraídas, sin memoria de las víctimas, sin enfrentarse al primer paso de la reconciliación: pedir perdón, con la implicación de arrepentimiento.

La separación entre pasado y futuro corresponde a la separación nítida que la gran mayoría de nacionalistas ha querido trazar siempre entre métodos y fines, entre el método de la violencia y los fines políticos de ETA. La afirmación del lehendakari Ardanza de que de ETA separaban a los nacionalistas no sólo el método de la violencia, sino también los fines, fue flor de un día en el nacionalismo, nunca pasó a ser elemento estructural del corpus doctrinal del nacionalismo. Pero la afirmación de Ardanza poseía un contenido de gran calado: es imposible una separación nítida entre métodos y fines, especialmente cuando el método implicado es el de la violencia y el terror. Los fines quedan mediatizados, dañados, condicionados, desvirtuados por los métodos empleados para su consecución.

Otegi y muchos nacionalistas no pueden vivir sin la separación clara entre método y fines políticos. Necesitan esa separación para no enfrentarse a sus responsabilidades históricas. Quieren hacer política no sólo 'etsi ETA non daretur', como si no existiera ETA, sino como si ETA nunca hubiera existido. Pero ETA ha existido y nada podrá borrar su huella, porque ETA misma la ha inscrito en sus casi mil asesinados. Y desde el momento en que ETA ha matado en nombre de lo que está recogido en su acrónimo, en nombre de Euskadi y su libertad, que me imagino que ahora se leerá Euskal Herria y su libertad, el contenido de esa leyenda ha quedado contaminado por la forma en que ETA ha cargado sobre ella la razón de sus asesinatos.

Que Otegi quiera separar pasado y futuro porque así consolida la separación entre el método de la violencia y el terror de ETA, se libera de sus responsabilidades históricas, y le permite apostar por la política en el futuro sin haber tenido que condenar nunca la violencia de ETA, no es aceptable, pero se entiende. Lo que ya es mucho más difícil de entender es que el resto del nacionalismo, especialmente el nacionalismo tradicional del PNV, nacionalista mucho antes de la existencia de ETA, haya caído en las redes del nacionaismo de ETA y no sea capaz de librarse de ellas, no sea capaz de decir nacionalismo sabiendo el uso que de él ha hecho ETA y lo que ese uso de violencia y terror le ha hecho al nacionalismo. Lo que es incomprensible es que el nacionalismo tradicional no haya sido capaz de formular su nacionalismo trazando un línea radical de separación no sólo con respecto a los métodos de ETA, sino también respecto de los fines de ETA. No haya sido capaz de formular su nacionalismo sabiendo que ETA ha existido, que ETA existe, y lo que ETA supone para el nacionalismo. Que no haya hecho ningún esfuerzo por rescatar el nacionalismo, reformularlo, reescribirlo para liberarlo de la derrota que le ha inflingido ETA, y se haya limitado a decir que sin violencia todo es posible: como si ETA no hubiera existido.

Algunas manifestaciones de los nuevos líderes del nacionalismo tradicional no ofrecen mucha esperanza en que vayan a ser capaces de desarrollar un discurso alternativo al nacionalismo que, aunque no lo quieran, ha quedado hipotecado por ETA. Si el PNV no escribe nación y construcción nacional de una forma distinta a como lo ha escrito ETA, y no sólo en el método, sino también en el proyecto, el pasado que es ETA seguirá pesando como una losa sobre todos nosotros.

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