AGLI

Recortes de Prensa     Viernes 8 Julio 2005
Terrorismo contra democracia (III)
Editorial ABC  8 Julio 2005

La guerra contra el terrorismo se decide dentro de Occidente
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 8 Julio 2005

La barbarie no podrá con Londres
VALENTÍ PUIG  ABC 8 Julio 2005

El olímpico desprestigio de la España de ZP
EDITORIAL Libertad Digital 8 Julio 2005

¿Como en Madrid
CARLOS HERRERA ABC 8 Julio 2005

ATAQUE A LONDRES
Libertad Digital 8 Julio 2005

VENUS Y MARTE, MADRID Y LONDRES
RAMÓN PÉREZ-MAURA ABC 8 Julio 2005

La guerra del 11S
EDITORIAL Libertad Digital  8 Julio 2005

Otro 11M
José García Domínguez Libertad Digital 8 Julio 2005

La defensa de Europa
Editorial ABC 8 Julio 2005

La guerra continúa
Agapito Maestre Libertad Digital 8 Julio 2005

Las malas costumbres
Editorial ABC 8 Julio 2005

Los tres de las azores
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 8 Julio 2005

Las amenazas del silencio
KEPA AULESTIA El Correo 8 Julio 2005

El enemigo está dentro
Lorenzo Contreras Estrella Digital  8 Julio 2005

Espacio europeo de inteligencia contraterrorista
ANDRÉS MONTERO GÓMEZ  El Correo 8 Julio 2005

El macabro turno de Londres
Pablo Sebastián Estrella Digital  8 Julio 2005

Causa común
ANTONIO PAPELL El Correo 8 Julio 2005

Nueva York, Madrid, Londres
Editorial Heraldo de Aragón 8 Julio 2005

Firmeza frente al terror
Editorial El Correo 8 Julio 2005

Penúltima guerra mundial
Daniel Martín Estrella Digital  8 Julio 2005

El cóctel terrorista
INOCENCIO ARIAS La Voz 8 Julio 2005

Por la convivencia, contra el fanatismo
Blog de Arcadi Espada 8 Julio 2005

Independencia
M.A. email 8 Julio 2005

Los países más ricos hacen una demostración de fuerza al enfrentarse al «chantaje terrorista»
Joaquín Rábago La Razón 8 Julio 2005

Los intelectuales críticos reprochan en persona a Maragall el acoso nacionalista
MARÍA ANTONIA PRIETO ABC 8 Julio 2005

«El Estatuto valenciano consolida el proyecto común de la España plural»
MARIANO GASPARET ABC 8 Julio 2005

Brasil aprueba la ley que extiende la enseñanza del español a sus veinte mil institutos de Secundaria
ABC 8 Julio 2005

A la orden
JORGE URRUTIA ABC  8 Julio 2005

EL RÉGIMEN Y SUS CRÍTICOS
MIQUEL PORTA PERALES ABC Cataluña  8 Julio 2005

Curioso pin
Cartas al Director ABC 8 Julio 2005


 

Terrorismo contra democracia (III)
Editorial ABC  8 Julio 2005

LOS atentados cometidos ayer en Londres por el terrorismo integrista islámico promovido por Al Qaida son la prueba de que las democracias están amenazadas por un enemigo paciente, implacable y determinado a lograr sus objetivos. Después de Nueva York, Washington y Madrid, Londres ha entrado en la lista de ciudades víctimas de un fanatismo que ya ha dado muestras suficientes de que su propósito es la destrucción de las democracias occidentales, al mismo tiempo que la extirpación de cualquier brote de libertad en el mundo musulmán.

La indiscriminación de las explosiones provocadas en la red de transporte público de Londres, planificadas para causar el mayor número de víctimas y también el mayor terror posible, como en el 11-S y el 11-M, es la mejor descripción de la dimensión criminal de este terrorismo integrista, cuyas hechuras van más allá de la coartada de la intervención militar en Irak y Afganistán, de las relecturas históricas sobre el Occidente cristiano y el islam humillado o de los territorios irredentos como Al-Andalus, tópicos estos habituales en la propaganda islamista. Se trata de un enemigo global de la democracia que emplaza directamente a los gobiernos y a las opiniones públicas de Europa a preguntarse si están dispuestos o no a enfrentarse a él, sin engañarse más y sin seguir confundiéndose sobre la entidad de la amenaza.

El nuevo totalitarismo. Un nuevo totalitarismo presiona a las democracias europeas, y no lo hace en sus fronteras exteriores, con divisiones e infantería, sino desde dentro, en el seno de sus propias sociedades. No es menos grave ni distinta la intención de esta yihad terrorista que la que tenían el nazismo y el estalinismo, aunque sus procedimientos sean diversos. Lo que debe cambiar de una vez para siempre es Europa y su actitud ante las amenazas a su seguridad. Cuando una víctima no identifica correctamente a su agresor, aumenta su vulnerabilidad y se expone a una agresión aún más destructiva. Los que han atacado las Torres Gemelas, las cercanías de Atocha o el metro londinense no eran ni son enemigos particulares de Bush, Aznar o Blair, aunque este falseamiento de la realidad haya servido de consuelo y escondite a quienes en Europa -una vez más- renuncian a señalar claramente a sus enemigos, bien para eludir responsabilidades onerosas, bien para sacar beneficios políticos.

Los terroristas conocen estas debilidades de las sociedades democráticas, porque viven en ellas y circulan por ellas aprovechando sus sistemas de libertades y derechos. Y por esto mismo, las democracias habrán de examinarse a sí mismas para detectar sus carencias, porque no se puede funcionar como si el terrorismo integrista fuera un accidente asociado a una determinada política exterior, o, en el más sofisticado de los casos, una consecuencia de la falta de comunicación entre civilizaciones, que se resuelve con taumatúrgicas proclamas multiculturalistas. Europa vive un problema de seguridad interna, agravada por una actitud política vacilante. Tarde o temprano -mejor esto último- la Europa democrática tendrá que perder la inocencia y asumir que hay quien quiere destruirla y que no basta con preguntarse quién es capaz de atacar a unas democracias pacíficas y ejemplares, cuando lo que importa es que están siendo atacadas desde su interior. Hay un estado de guerra terrorista contra la democracia, una guerra ejecutada con unos métodos no convencionales. Y mientras la alternativa a una acción decidida de persecución de los terroristas sea el psicoanálisis de las motivaciones y las causas del terrorismo, las democracias seguirán equivocando sus prioridades.

Libertad y seguridad. Es seguro que la Unión Europea, bajo la presidencia de Tony Blair, precisamente, se planteará nuevas medidas antiterroristas. Ya lo hizo tras el 11-S y el 11-M, pero sigue faltando una conciencia colectiva de disposición a afrontar una agresión absoluta. La corrección política no debe seguir condicionando los debates sobre la política de inmigración -¿qué opinarán los europeos cuando sepan que en España ha podido legalizarse la situación de inmigrantes gracias a la presentación de órdenes de expulsión?- y sobre la asimilación cultural y política de las comunidades extranjeras, sobre todo las musulmanas. El garantismo legal debe adecuarse a la gravedad de la amenaza terrorista, que no es una delincuencia común, sin que este planteamiento exija el sacrificio de todo principio ético y jurídico en la persecución de los terroristas. La relación entre libertad y seguridad no puede seguir establecida como si la realidad fuera idílica y no estuviera marcada por un agresión terrorista capaz de hacer saltar por los aires la vida de decenas de ciudadanos, junto con sus libertades y derechos.

Combatir el desistimiento. Gran Bretaña ha recibido el apoyo y la solidaridad de sus aliados, empezando por George Bush y el resto de asistentes a la reunión del G-8 en Escocia. También el jefe del Ejecutivo español, José Luis Rodríguez Zapatero, transmitió su respaldo al Gobierno británico y mostró su plena colaboración en la persecución y detención de los terroristas, un mensaje valioso en las actuales circunstancias, dentro y fuera de nuestras fronteras.

En todo caso, en algo han fallado los terroristas del 7-J, como en el 11-S, aunque no en el 11-M. La sociedad británica y su clase política están reaccionando con sentido unitario, sin cambiar de enemigo ni transferir culpas a su Gobierno. Están aceptando una política informativa de hierro, encauzada rígidamente por el Gobierno británico a través de la Policía, en aras de un concepto de la seguridad nacional que incumbe a todo el país y que todos están dispuestos a proteger y a respetar. El Gobierno británico no va a retirar sus tropas de Irak ni va a desconectarse de sus alianzas de seguridad colectiva ni va a buscar nuevos aliados más acomodaticios. En un comunicado radiofónico, Blair no defraudó su responsabilidad ante la Historia y, cogiendo el testigo de Churchill anunció a sus compatriotas que los terroristas «no nos aterrorizarán, no nos dividirán y no nos intimidarán». Éste, sin duda, no será el 11-M de Tony Blair, sino el 11-S de Gran Bretaña.

La guerra contra el terrorismo se decide dentro de Occidente
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 8 Julio 2005

Hay dos formas de enfrentarse al totalitarismo, cuya expresión más genuina es el terrorismo y, de forma especialmente abyecta e implacable, el terrorismo islámico: como los norteamericanos tras el 11S o como los españoles tras el 11M. Es verosímil esperar que los británicos actúen de forma similar a sus hijos políticos, pero no hay que engañarse: el Espíritu de Munich, es decir, la claudicación de los países occidentales ante la amenaza totalitaria –y no lo es menos el Islam criminal que el nazismo alemán– fue un dúo entre franceses y británicos, entre Daladier y Chamberlain. Y no olvidemos que la voz cantante de esa palinodia la llevó Chamberlain. Los ingleses no son menos miedosos que los españoles, los franceses o los marroquíes. Simplemente, tienen una clase política que, por lo general, ha reaccionado más dignamente que otras ante las amenazas y no ha dudado en ir a la guerra contra quien sea para defender su sistema político, su independencia y su libertad. Pero no siempre ha sido igualmente digna y nada garantiza que lo sea en el futuro. En el futuro de Occidente, nada está garantizado. Todo está amenazado. La libertad nos hace extremadamente débiles en lo material, aunque pueda hacernos moralmente más fuertes. Pero no siempre; no en todas partes.

El problema no está en las trincheras de Irak, aunque también está allí, del mismo modo que el problema de la Guerra de Vietnam no estaba en Hanoi sino en Washington. Los países occidentales tienen fuerza militar de sobra para aplastar y, si llega el caso, exterminar a cualquiera que amenace su supervivencia. Pero la amenaza principal está dentro de la propia civilización occidental, en los que, desde la comodidad de sus poltronas universitarias, periodísticas o políticas promueven el derrotismo y culpan al sistema político en que las víctimas vivían libres de la criminal actuación de quienes los asesinan valiéndose de esa libertad con la evidente y nítida intención de aniquilar nuestro sistema democrático-liberal e imponernos una teocracia islamista que nos devuelva a la condición de esclavos gemebundos, de sumisos siervos medievales de los intemporales ayatolás.

Pero si Inglaterra encontró un Churchill para salir de un Chamberlain, España también encontró un Zapatero para salir de un Aznar. Claro que España padece un Polanco y un PSOE, mientras Gran Bretaña tiene un Murdoch y un Partido Laborista. Pero la opinión pública occidental es similar y fácilmente maleable, tanto más cuanto más acostumbrada esté a la democracia y a que sus representantes políticos obedezcan sus órdenes, su voluntad de resistencia y también su pánico. En ese sentido, el eslabón más débil es y seguirá siendo la opinión pública de la nación más poderosa del mundo, la norteamericana, aunque de momento la palma de la ignominia se la disputen la Izquierda española y la Derecha francesa. El problema es esencialmente de valores, de lo que podríamos llamar la autoestima de la civilización occidental y la voluntad de jugarse la vida para defenderse. No de perder la vida, atención, sino de hacérsela perder al que la amenaza aún a riesgo de perder la nuestra, que, de todas formas, en riesgo está. Y más que lo estará si no luchamos. Pero el totalitarismo moderno tiene dos caras: la del verdugo con turbante y la del comisario progre, políticamente correcto, que culpa a Occidente de lo mismo que absuelve a sus enemigos. El Madrid de Zapatero fue el Munich de Chamberlain. El París de Chirac sigue siendo el París de Pétain. Pero Noam Chomsky o Michael Moore serían perfectos embajadores de la Alianza de Civilizaciones.

La barbarie no podrá con Londres
La determinación expresada inmediatamente por el primer ministro Tony Blair no es un eslogan: detrás de la contundencia de su primer ministro, toda la ciudad de Londres y todo el Reino Unido están unidos sin fisuras...
POR VALENTÍ PUIG ESCRITOR ABC 8 Julio 2005

COLAPSAR la inmensa vitalidad de la ciudad de Londres es una siniestra hazaña que sólo puede ser momentánea. Esa es una ciudad que cantó la añoranza de los acantilados de Dover mientras los bombarderos nazis derruían casas, «pubs», templos, y arrimaban sus explosivos al palacio de Buckingham. No han sido pocas las campañas terroristas del IRA, pero en todos los casos, para quien pueda haberlo vivido como espectador cómplice, una suerte de valor colectivo y de estoicismo aprendido en las escuelas de toda clase y categoría sustentaba la supervivencia de una voluntad de ser, tal vez propia de la isla que ha rechazado tantos intentos de invasión. Ayer fue en Londres, un Londres pletórico, satisfecho de la designación olímpica, un microcosmos que se ensancha como una dinastía exponencial, una ciudad siempre cambiante y a la vez fiel a símbolos y ritos, muchos de ellos vigentes en la zona vital encuadrada por las estaciones de metro que han sido objeto del atentado. Regent´s Park, por ejemplo, es el proverbial lugar de encuentro para diálogos crípticos entre servicios de inteligencia. No podía estar más equivocado quien haya pensado que atacando Londres haría temblar las piernas a la pérfida Albión. La misma eficiencia diplomática que Tony Blair desplegó en Singapur, con la misma energía, con gesto imperturbable, va a volcarse en el enfrentamiento con la barbarie. Los británicos son un pueblo de nobles costumbres que pueden ser belicosas cuando se amenaza su soberanía y su gloriosa insularidad. Después de los bombardeos nazis o de los atentados del IRA, en los comercios derruidos del centro de Londres aparecía, entre los cristales rotos del escaparate, un rótulo tradicional: «Business as usual». Esa Gran Bretaña recurrió a la guerra para proteger su comercio, para contener al invasor y para expandir un imperio cuyo balance genérico es todavía la huella del imperio de la ley -un viejo juez con peluca rizada- en el corazón de las tinieblas.

Después del 11-S y del 11-M madrileño, el ataque contra todo lo que significa Occidente ha sido el significado expreso de la estrategia de Bin Laden. En ese entreacto, algunos analistas propensos a la retórica vana del apaciguamiento casi habían logrado tergiversar la naturaleza del terror y la especificidad del islamismo radical. La dimensión de odio es vastísima, y todo intento de «fair play» por parte de Occidente, toda propuesta de equiparación en el diálogo son sistemáticamente interpretados como flaqueza, como cesión. Quien no responde con claridad, con claridad moral, es alguien que cede. Quien no replica con energía es alguien que se rinde. Lo vivimos en España después del 11-M y ahora vemos cómo las redes islamistas son intricadas y permanentes, nutridas por el tráfico de droga que llega del otro lado del estrecho de Gibraltar y voceadas en mezquitas y centros penitenciarios.

El ataque contra Londres, en coincidencia con la reunión del G-8 en Edimburgo, da la pauta del reto: las sociedades abiertas se reúnen, entre otras cosas, para buscar soluciones para la gran precariedad africana, sociedades abiertas fundamentadas en el derecho y en la tolerancia, al tiempo que las redes de Al Qaida urden la muerte y el exterminio. Aún así, Londres no es un objetivo cualquiera: la capital británica jamás cederá ante la barbarie, sin aspavientos, sin gesticulación. Cualquiera sabe que los Juegos Olímpicos del año 2012 ahora serán un éxito memorable, y no tan sólo porque la fortaleza del imperio británico fuese forjada en los terrenos de juego de Eton. En alguno de sus versos dice Píndaro que un atleta es el que se deleita en el esfuerzo y en el riesgo.

El atentado coincide con una honda crisis europea en la que algunos de los factores han sido precisamente la percepción de inseguridad, el recelo ante la inmigración y el puro y simple miedo. El ataque contra Londres añade sangre y fuego a la crisis. Cierta hipocondría europea habrá de medicarse a base de vitaminas y reconstituyentes. Del 11-M al «bloody Thursday» de ayer, la reflexión europea ha sido nimia, pusilánime, predispuesta a las concesiones. Ahora pueden eclipsarse muchas dubitaciones sobre la intervención militar en Irak y la necesidad de un amplio plan de democratización para el Oriente Medio. Lo que no quiere Al Qaida es que en Irak se haga uso de las urnas, cuando lo que ocurre es que las buenas gentes reclaman elecciones en el Líbano, cambian las cosas en Egipto y la Palestina pos-Arafat está demostrando, a pesar de los pesares, el deseo de vivir en libertad y de convivir con Israel. Esté donde esté Bin Laden, su tenebrosa hazaña de ayer no va a causar regocijo multitudinario en las calles árabes, salvo donde impera la doctrina de las madrasas, el fanatismo y la autocracia árabe o musulmana. La determinación expresada inmediatamente por el primer ministro Tony Blair no es un eslogan: detrás de la contundencia de su primer ministro, toda la ciudad de Londres y todo el Reino Unido están unidos sin fisuras. Son formas de patriotismo que tienen algo de envidiable. Pueden consistir en recitar unos versos de Kipling, cantar una canción de los Beatles o tomarse una pinta de cerveza: lo que cuenta es el espíritu resoluto, la fidelidad a una forma de ser heterogénea y firme. Sea como sea, esta mañana no habrá fallado el «breakfast» sustancioso, aunque las inglesas asténicas ya no desayunen y el consumo de café supere al de té.

«God save the Queen» hoy puede ser un tatuaje en el vientre túrgido de una adolescente con «piercing» en la nariz o el brindis en un «pub» de sindicalistas jubilados o en el club de Saint James frecuentado por los últimos supervivientes del mundo perdido en las novelas de Wodehouse. En ese Londres que es un conglomerado de quioscos pakistaníes y disturbios jamaicanos, la agresión de Al Qaida al final va a ser algo epidérmico, más allá de la muerte y el dolor. Madrid conoce ese aprendizaje del dolor. Rudolph Giuliani se asomó ayer a la CNN para decir que la gente de Londres, la del «blitz» o de los atentados del IRA, había sido un ejemplo para el pueblo de Nueva York cuando cayeron las torres del «World Trade Center». Ese fue también el silencio acongojado de Madrid y de toda España cuando estallaron las bombas del 11-M. La acumulación pavorosa del terror va a rearmar la conciencia moral de Occidente, su convencimiento de que libertad y seguridad actúan como un bimonio infalible. Ese «Bloody Thursday» en Londres ha sido una penúltima encarnación del odio extremo, pero siempre habrá una vieja dama excéntrica repartiendo violetas en Picadilly.

El "olímpico" desprestigio de la España de ZP
EDITORIAL Libertad Digital 8 Julio 2005

Madrid, como ciudad candidata, tenía, por lo demás, todos los deberes hechos Por lo visto, no hay que hacer una lectura política del fracaso de la candidatura madrileña a los juegos olímpicos de 2012. Por lo visto, nada tiene que ver con la política los procesos de selección y las votaciones para la designación de las sedes olímpicas. Por lo visto, ninguna actividad política iban a desempeñar en Singapur presidentes y primeros ministros como Blair, Chirac o Zapatero.

Pues bien. Por nuestra parte, no tenemos empacho en admitir que la nuestra se dispone a ser una “políticamente incorrecta” valoración política de lo ocurrido y que, desde luego, se va a centrar en la, por lo visto, impronunciable pérdida de prestigio internacional de nuestro país desde que lo preside José Luis Rodríguez Zapatero; un desprestigio que, por supuesto, afecta, como a cualquier otro, al mundo del deporte.

Habrá quien tilde de poco “patriótica” nuestra postura, pretendiendo, tal vez, que la bandera de España amordace, en estos momentos de “lamento nacional”, las críticas que bien merece nuestro gobierno en este asunto; un gobierno que no tiene empacho, sin embargo, en tener como socios de legislatura a quienes consideran esa misma bandera como “la del enemigo”, y que han pedido a ETA, hasta por escrito, que, cuando atente, “mire al mapa”, porque “Cataluña no es España”. Estos socios de ZP, que también han dejado sorprendido al mundo del deporte en el ámbito internacional cuando solicitan selecciones deportivas propias al margen de la española, son los mismos que han boicoteado pública e internacionalmente la candidatura madrileña en favor de sus competidoras.

¿Qué ha hecho, por otra parte, ZP en Singapur, salvo el asegurarse de salir en la foto en caso de victoria o, en caso de fracaso, hacer amalgama con dirigentes que, como Gallardón, Aguirre o la propia Reina, no se les puede reprochar nada, pues todos ellos han estado a la altura de sus responsabilidades?

Mientras dirigentes como Chirac o Blair -este último con persuasión y acierto- han tenido una extenuante agenda de reuniones con influyentes y decisivos representantes del mundo del deporte, Zapatero, con imprescindible traductor a cuestas, apenas se ha molestado en encontrar a alguien relevante que estuviera interesado, a su vez, en hablar con él.

Madrid, como ciudad candidata, tenía, por lo demás, todos los deberes hechos. En dotaciones deportivas, infraestructuras, comunicaciones y apoyo popular, Madrid se adelantaba incluso al resto de candidatas. Sólo un barato oportunismo –ese sí- podría reprochar ahora la inversión y la decida apuesta de Gallardón y Aguirre, tras no lograr una designación sin la cual ahora no resultarán tan rentables. Madrid era, además, entre las candidatas, la única ciudad, junto a Nueva York, que nunca ha celebrado unas olimpiadas, con la diferencia que en EE UU ya se han celebrado cuatro, siendo la más reciente, la de Atlanta hace escasos nueve años.

No vamos a negar –todo lo contrario- la influencia de la insidiosa intervención del Príncipe de Monaco, al preguntar por la seguridad que, frente al terrorismo, ofrece Madrid. Sin duda, ha sido una puñalada en forma de pregunta que París ha asestado a la candidatura madrileña utilizando a este príncipe de ópera bufa de intermediario. Y eso que Francia iba a ser la gran aliada de nuestro país, con el giro dado por ZP a nuestra política exterior.

El colmo del surrealismo sería, además, ver ahora a los españoles indignados con Alberto de Mónaco, mientras nos mostramos indulgentes con un presidente que tiene como socio de gobierno a quien pone a Madrid en la diana de ETA al pedir treguas en exclusiva para Cataluña. Gallardón ha estado sobrado de reflejos al endosar, rápidamente, la pregunta a ZP, pues sólo el presidente sabe los tejemanejes que se lleva con los terroristas en su intención, no de derrotarlos, sino de apaciguarlos.

Ciertamente, todas las ciudades que aspiraban al puesto pueden ser sacudidas por el terrorismo islámico. Nueva York, sin ir más lejos, sufrió una matanza todavía mayor que la perpetrada en Madrid el 11-M. Pero lo que diferencia a los gobiernos y a las garantías que ofrecen, es su reacción ante ese zarpazo y ante esa amenaza.

Los españoles no queremos reconocerlo, pero por lo que más se conoce internacionalmente al presidente de nuestro gobierno es por su reprobada actitud ante el terrorismo. Zapatero ha sido públicamente elogiado por todas las organizaciones terroristas islámicas; factor que, por mucho que no se quiera reconocer, posibilitaba a Alberto de Mónaco a hacer esa impropia pregunta, que jamás se habría atrevido a hacer al representante político de Estados Unidos.

Tenemos a un presidente de gobierno –caso único en el mundo- que no tiene claro si el país que gobierna es o no una nación, mientras apoya su legislatura en formaciones políticas que consideran a nuestro país como su enemigo y que han hecho público su boicot a la capital española. Y, sobre todo, tenemos una clase periodística que, con excepciones, se pone la venda en los ojos ante los efectos que todo esto pueda tener en una designación olímpica que Madrid, como ciudad, merecía como ninguna otra.

¿Como en Madrid?
CARLOS HERRERA ABC 8 Julio 2005

COMO en Madrid, mochilas. Como en Madrid, transporte público. Como en Madrid, terrorismo indiscriminado. Como en Madrid, matando a quien no conocen matan un poco a todos. No quieren asesinar a unos apellidos concretos: como en Madrid, quieren asesinar a una civilización, a una forma de vivir, a una manera de creer y sentir. Y, como en Madrid, quieren dividir a la sociedad entre los cómplices que prefieren ignorar la embestida y culparse a sí mismos y los resistentes ciudadanos fieles a su modo de vida, a su política común, a sus convicciones sociales. En España, no obstante, los mismos que cargaron de muerte las mochilas, obtuvieron el regalo preciado de la división; en Gran Bretaña, a estas horas, aún no han conseguido que se movilicen en las calles miles de ciudadanos culpando al Gobierno de haber creado las condiciones básicas para que atenten contra inocentes. Es la diferencia.

Y hay alguna más: el líder de la oposición se ha puesto a las órdenes del Gobierno -al que apoyó en la toma de las duras medidas de movilización militar que desembocaron en la guerra de Irak- y no ha sentido la necesidad inmediata de expandir la reclamación de un gobierno que no mienta. No lo ha hecho por convicción y porque el Gobierno británico está ofreciendo la información con cuentagotas: el conteo de muertos llega ya a los treinta y siete, aunque las cifras son cambiantes, y el de heridos críticos a cuarenta y cinco. Es todo lo que sabemos. Tenemos la certeza imprecisa, eso sí, de que la autoría corresponde a los mismos que en Madrid quisieron cambiar el rumbo de la historia y, en la medida de lo posible, el resultado de las elecciones generales.

Como en Madrid, el primer ministro ha asegurado que los asesinos no conseguirán cambiar una manera de vivir que detestan, que odian, que quieren hacer desaparecer. A diferencia de Madrid, en cambio, ninguna voz ha surgido del bosque ensangrentado para decir que no hay que culpar a una creencia que basa su ejecutoria en castigar con la muerte a los infieles. Cuando los mismos que matan en Madrid y Londres mataron en Nueva York, hubo de escucharse la pastosa voz de los cómplices miserables diciendo que «los americanos se lo tienen merecido» y que «hay mayor número de víctimas en los campos desolados por el imperialismo». Hoy, cuando comprueban que aquellos asesinatos no son flor de una sola fiebre, es aún la hora de que abandonen esa postura intermedia, pretendidamente equilibrada, equidistante, la que prefiere culpar al supuesto instigador antes que al ejecutor. No descarten que la vuelvan a expresar antes de que los cuerpos tengan un abrazo de tierra en la cintura. Sin embargo, es difícil que esas voces que vayan a culpar antes a Tony Blair que a Ben Laden surjan del mismo Reino Unido. Aquél, que es un país por lo general admirable, que es una nación con sentido histórico y con rotunda unidad ante las adversidades, no será el lugar en el que los ciudadanos vayan a llamar «asesino» a los parlamentarios o a los ministros. La culpa, exclusivamente, será de los que hayan puesto las bombas, de los que hayan inspirado a los que hayan puesto las bombas y de los que hayan amparado, financiado o justificado a los que hayan puesto las bombas. Y si mañana se convocaran elecciones generales, la candidatura de Blair sería de nuevo la más votada tal y como ocurrió unos meses atrás.

¿Como en Madrid?: puede ser, pero con sutiles diferencias. Ningún líder político español ha salido todavía a decir que eso es culpa de la decisión de haber ido a la guerra. Y digo español porque es el que previsiblemente lo dirá. Británico ninguno. Ni ningún familiar de víctima está todavía tintando sus manos de rojo para ir a mostrarlas a la puerta de Downing Street. Sutiles diferencias.
www.carlosherrera.com

ATAQUE A LONDRES
DISCURSO ÍNTEGRO DE TONY BLAIR desde Downing Street
Reproducimos a continuación el discurso íntegro del primer ministro británico, Tony Blair, pronunciado desde el número 10 de Downing Street.
Libertad Digital 8 Julio 2005

Esta ha sido una atrocidad terrible y trágica que ha costado muchas vidas inocentes. Acabo de reunirme con el Comité de Emergencia y he recibido un informe completo de los ministros y oficiales responsables. Se publicarán anuncios próximamente en lo que se refiere al funcionamiento de los servicios, y especialmente esperamos que el metro, los trenes y los autobuses puedan volver a operar con normalidad lo antes posible, cuando la situación lo permita.

Me gustaría expresar de nuevo mis más sinceras condolencias a las familias de las víctimas, y a todos aquellos que hayan sufrido este acto terrorista. También me gustaría dar las gracias a los servicios de emergencia, cuya actuación ha sido magnífica en el día de hoy en todos los aspectos. Por supuesto a partir de ahora se desarrollarán las acciones policiales y de seguridad más intensas posibles, para asegurarnos la captura de los responsables. También deseo rendir homenaje al estoicismo y capacidad de resistencia de los londinenses, que han respondido de la forma que les caracteriza.

También agradezco el comunicado del Consejo Musulmán de Gran Bretaña. Sabemos que esa gente actúa en el nombre del Islam, pero también sabemos que la mayoría abrumadora de los musulmanes, tanto aquí como en otros países, es gente decente que aborrece esta acción terrorista tanto como nosotros.

Es a través del terrorismo como los que ha cometido esta horrible acción expresan sus valores, y es en este momento cuando nosotros expresamos los nuestros. Creo que todos sabemos lo que están intentando hacer: están tratando de utilizar la masacre de inocentes para asustarnos, atemorizarnos para que no hagamos lo que queramos hacer, para que no sigamos con nuestras vidas con normalidad, como es nuestro derecho, y no deberían, y no deben, triunfar.

Cuando ellos intenten intimidarnos, nosotros no seremos intimidados. Cuando ellos intenten cambiar nuestro país o nuestro modo de vida a través de estos métodos, nosotros no cambiaremos. Cuando intenten dividir nuestra gente y debilitar nuestra decisión, nosotros no nos dividiremos y nuestro resolución se mantendrá firme. Mostraremos, a través de nuestro espíritu y nuestra dignidad, y a través de la fuerza, silenciosa pero cierta, que hay en los británicos, que nuestros valores perdurarán sobre los suyos. El propósito del terrorismo es precisamente ése, aterrorizar a la gente, y nosotros no seremos aterrorizados.

Quiero expresar de nuevo mi simpatía y mis condolencias a las familias que están sufriendo, tan inesperada y trágicamente, esta noche. Este es un día muy triste para los británicos, pero nos mantendremos fieles al modo de vida británico.
Gracias.

VENUS Y MARTE, MADRID Y LONDRES
RAMÓN PÉREZ-MAURA ABC 8 Julio 2005

Los terroristas de Al Qaida atacaron ayer Madrid. Y París, Berlín, Buenos Aires, Johannesburgo y me atrevería a decir que incluso Hong-Kong además de Londres. Al Qaida prosiguió con la estrategia terrorista inaugurada en la noche del 29 de diciembre de 1992 en Aden, la capital de Yemen. Entonces estallaron bombas en dos hoteles de esa ciudad: el Aden y el Goldmore, ambos frecuentados por turistas y hombres de negocios occidentales. Mas como quiera que en esa velada acogían un centenar de marines norteamericanos, se asumió que era contra ellos contra quienes se estaba perpetrando el atentado. No fue así; uno de los autores, detenido poco después, dejó claro que los ataques eran contra edificios que acogían en medio de la Península Arábiga claros ejemplos de cultura occidental: alcohol, adornos navideños, música pop y mujeres en traje de baño al borde de la piscina. Decadencia inaceptable. Atacaban un modo de vida y Occidente no reaccionó al ataque. No tengamos la más mínima duda: a ojos de esos islamistas que creen en el uso del terrorismo para alcanzar sus objetivos, no somos más que infieles. Y como dijera Osama bin Laden hace un lustro, su ventaja sobre nosotros se resume en la frase «ustedes aman la vida, nosotros amamos la muerte».

El 7 de agosto de 1998, Al Qaida atacó las embajadas americanas de Nairobi y Dar es Salam. La reacción de Estados Unidos siguió siendo tibia: bombardeó unos campos guerrilleros en Afganistán -estaban abandonados- y una fábrica de armas químicas en Jartum -que resultó producir aspirinas-. Sólo tras el 11-S las bravatas terroristas de Bin Laden fueron contestadas en toda regla. Hasta que llegó el 11-M. Hace 16 meses, el 11 de marzo de 2004, la sucursal local de Al Qaida perpetró unos letales atentados en Madrid que dejaron 192 muertos sobre los andenes y las vías férreas de Madrid. El pueblo español decidió desalojar el Gobierno existente e instalar uno nuevo que había prometido abandonar Irak. No se trata ahora de demostrar si hubo una reacción causa/efecto. Pero sí de reflexionar sobre si ésa es la conclusión a la que pudieron llegar los terroristas: un atentado trae un cambio de Gobierno y la retirada de las tropas, tal y como nosotros queríamos.

El atentado de ayer fue en Londres, mas no contra el pueblo británico -que puso los muertos-, sino contra lo que representan los miembros del G-8: nos representan a todos. Como el 11-M no era contra España, sino contra Occidente. Ya sabemos cuál fue la reacción de España -la que puso los muertos de todos-. Veremos cómo reacciona ahora el Reino Unido. Y quizá descubramos que por mucho que algunos gusten despreciar el símil de Venus y Marte para hablar de Europa y Estados Unidos, ahora vamos a ver que el 11-M se atacó Venus, y el 7-J Marte.

La guerra del 11S
EDITORIAL Libertad Digital  8 Julio 2005

Para algunos existen causas para el terrorismo. Autores encumbrados por la cultura oficial claman que la pobreza provoca el terrorismo islámico –olvidando que Bin Laden es multimillonario–, que la “insurgencia” iraquí lucha contra la ocupación –pese a que la mayoría de sus objetivos sean los propios iraquíes– o que la cerrazón del Gobierno español es la razón de la persistencia de ETA. Pero la única causa del terrorismo es una ideología fanática, una ideología –islamismo, nacionalismo, marxismo– que permita diferenciar entre nosotros –la umma, los vascos, el proletariado– y ellos –los infieles, los españoles, los burgueses–, de modo que aquellos que nos son ajenos sean algo menos que humanos, seres perfecta y justamente sacrificables.

Por eso, cuando uno de esos fanatismos pasa a la lucha armada, a la guerra, la única opción es derrotarlo o ser derrotado. El 11 de septiembre de 2001, el totalitarismo islámico declaró la guerra, no a Estados Unidos, sino a toda una civilización; la nuestra. Hoy no ha sido Gran Bretaña ni la política de Blair la atacada, sino Occidente. En la mente del terrorista islámico, no hay diferencia entre Zapatero y Bush, entre alianza de civilizaciones y eje del mal; son ambos infieles y deben morir. Como todos y cada uno de nosotros.

Muchos en nuestra civilización pretenden simular que no estamos en guerra; unos lo hacen por miedo a las consecuencias inevitables que derivan de esa certeza pero otros porque, en realidad, no aprecian el mundo en el que viven y lo quieren ver destruido. Su horizonte era el gulag y su método para alcanzarlo minar nuestras convicciones y nuestra resolución. En Vietnam lograron su mayor éxito y gracias a Reagan cosecharon la mayor de las derrotas. Hoy, desaparecida su utopía, tan sólo les une su deseo de que Occidente siga el mismo camino que Lenin. La derrota del terrorismo islámico depende de la de su quinta columna, pero también de que los pueblos de Occidente cobren conciencia, al fin, de que ésta no es una lucha que podamos evitar, porque no somos nosotros los agresores.

Ante una situación como ésta, cobran su verdadero significado propuestas como la pomposa alianza de civilizaciones, que no suponen más que una burla a las víctimas de Nueva York, Bali, Madrid y Londres y un intento bastante patético de convencernos de que el blanco es negro y, el negro, blanco. “Cuando ellos intenten cambiar nuestro país o nuestro modo de vida a través de estos métodos, nosotros no cambiaremos”, ha declarado Blair ante la carnicería ejecutada en Londres. Ese es el único mensaje que los tiranos de Oriente Medio deben recibir de la única civilización con la que debemos aliarnos. La civilización de la democracia y la libertad. La de Bush, Howard y Blair.

Otro 11M
José García Domínguez Libertad Digital 8 Julio 2005

En el momento en que comienzo a teclear este artículo, todavía no han aparecido en los kioscos las ediciones impresas de los periódicos. Así que aún ignoro si el viernes alguna portada gubernamental ocupará cinco columnas con un título que rece “El mundo en vilo, pendiente de las represalias de Blair”, o algo por el estilo. En cualquier caso, la carnicería que el terrorismo islamista acaba de cometer en Londres volverá a poner en evidencia a Zapatero y su factoría propagandística a raíz de la traición a nuestros aliados en Irak.

Y es que el Once de Septiembre, la Edad Media declaró una guerra total de exterminio contra el mundo libre y civilizado. Desde entonces, todos estamos amenazados de muerte por un ejército nihilista cuyo único objetivo es destruir nuestra cultura para someternos a una delirante teocracia sanguinaria. También desde entonces, los Estados Unidos e Inglaterra han asumido el liderazgo de la iniciativa política y militar para evitar que seamos aniquilados por esas fuerzas de la barbarie. Porque aquel día, el Once de Septiembre, empezó un combate sin cuartel que, como todos los que en la Historia han sido, únicamente podemos ganar o perder; no caben términos medios. Y cuando los gobernantes son probados en envites así, a vida o muerte, sólo los muy necios creen moral que quepa optar entre las disyuntivas éticas que ofrecía Juan de Mairena a toda existencia humana: cobijarse au dessus de la mêlé o estar a la altura de las circunstancias.

Pero ya escribió Oriana Fallaci que aún existe una enfermedad infinitamente más letal que el cáncer: el miedo, esa patología contagiosa que se alimenta de oportunismo e irresponsabilidad en dosis iguales. Así, el único precepto cristiano que parece estar dispuesto a conservar el Gobierno español ante esta contienda mundial, es el piadoso mandato bíblico que ordena poner la otra mejilla. Por eso, mientras el “gilipollas” de Blair (Bono dixit) combatía a los genocidas, Zetapé, no satisfecho con legitimar intelectualmente la causa de nuestros sepultureros del Once de Marzo, no saciado tras invitar a la deserción de los países serios en el frente iraquí contra Al Qaeda, no realizado vitalmente tras ofender la bandera de los únicos que defienden nuestros valores, ponía en marcha esa ocurrencia de la Alianza de Civilizaciones. He ahí la gran aportación española frente el mayor desafío que ha sufrido el mundo libre tras el final de la Guerra Fría. He ahí la coartada moral del presidente para ocultar tras una sonrisa la impúdica evidencia de los síntomas de su enfermedad.

Acertó la Fallaci con el diagnóstico de esa epidemia que recorre el continente. Igual que lo hizo al sentenciar que el Corán es el nuevo Das Kapital, Mahoma el nuevo Karl Marx, Ben Laden el nuevo Lenin y el Once de Septiembre la nueva toma de la Bastilla. Sólo erró por omisión al olvidar que nuestro Zetapé es el nuevo Dalai Lama.

La defensa de Europa
Editorial ABC 8 Julio 2005

MUCHO me temo que en las próximas semanas asistiremos a la reproducción más o menos abierta del discurso de las culpas de Occidente, de Blair, o de Aznar, que ya tergiversó el 11-M. Al menos desde una parte de la izquierda. Poco después de las lágrimas y de las palabras de solidaridad, llegará aquello de Irak, del imperialismo, la globalización, la pobreza, Azores y Bush. Y es que nuestra capacidad para perseverar en el error en el tratamiento del terrorismo es inmensa. Probablemente, porque el miedo nubla la percepción intelectual. Pero ocurre que, en este caso, el error en el diagnóstico de la naturaleza de Al Qaeda y de su estrategia respecto a los países occidentales es imperdonable. Porque existen los textos de la propia Al Qaeda sobre sus ideas, sus objetivos y su estrategia. Y, lamentablemente, se han vuelto a materializar en Londres, como antes en Madrid, y antes en Estados Unidos.

El más inteligente analista del terrorismo, Walter Laqueur, escribía en 2003 que la principal base de los islamistas en Europa era Inglaterra, y citaba algunas de las declaraciones de uno de sus principales líderes, Omar Bakri, quien, por supuesto, vivía en Inglaterra, ante una ceguera institucional que recuerda mucho a la que sufrimos por aquí con Batasuna. Bakri declaró en 1998 a Le Monde que él y sus hombres no descansarían hasta que la bandera del Islam ondeara en el Elíseo y en Downing Street. Y el mismo año hizo un llamamiento a la yihad contra Gran Bretaña, y aseguró que todos los objetivos judíos y cristianos eran legítimos. Y podemos ir mucho más atrás en el tiempo. Porque el principal ideólogo de los Hermanos Musulmanes, Sayed Qutb, inspirador del fundamentalismo islámico, ya propugnaba la guerra contra Occidente en las primeras décadas del siglo pasado.

Si no entendemos esto, es decir, el fanatismo de base religiosa, y no económica o política, que asesina en Londres, en Madrid, o en Irak, no habrá manera de luchar eficazmente contra este terrorismo. Empeñarse en negar los objetivos de Al Qaeda es tan estúpido como ignorar que el objetivo de ETA es el derecho de autodeterminación. Pero es también una coartada, una coartada que sirve para no asumir los costes de la lucha antiterrorista que ese diagnóstico requiere. Porque si uno se refugia en Bush, en la pobreza o en Irak, se puede permitir divagar en esa fantasía escapista de la alianza de las civilizaciones. Al menos, mientras la realidad de los atentados no golpee excesivamente. Pero ha golpeado de nuevo y ha vuelto a poner en evidencia la necesidad de una estrategia mucho más valiente de defensa de Europa. Y ésa se hace dentro de Europa, pero también fuera, allí donde operan el resto de las células islamistas, y allí donde algunos se niegan a estar.

Ataque a Londres
La guerra continúa
Agapito Maestre Libertad Digital 8 Julio 2005

Inevitablemente tendemos a comparar el atentado de Londres y el del 11-M de Madrid. Por desgracia, España salió muy mal parada. Aparte de morir cientos de personas, el terror de origen musulmán logró cambiar a un Gobierno y, por supuesto, consiguió que Rodríguez Zapatero defendiese las mismas tesis del terrorismo islamista en Irak. Sospecho que Blair no reaccionará con esa pusilanimidad. De momento, el tono y modo de responder es bien distinto. En esta guerra mundial entre el islamismo y Occidente, el mundo británico está actuando con más prudencia. Han esperado más de seis horas para dar información oficial sobre lo sucedido. Han mostrado las imágenes imprescindibles del atentado. Han actuado con diligencia pero sin histerias y premuras. Son ejemplares la sensibilidad e inteligencia con que han reaccionado las autoridades británicas frente al atentado terrorista.

Rueda de prensa ejemplar dieron los responsables de la seguridad y mantenimiento de Londres. No faltaba nadie. Contestaron con prudencia sobre el número de víctimas y la autoría de la masacre. El jefe de policía de Londres llegó a decir con tonos suaves que estaba, sin duda alguna, impresionado, pero no sorprendido. Es como si este hombre estuviera repitiendo el abecedario del enfrentamiento, de dos culturas radicalmente diferentes. Es como si supiera, más de modo intuitivo que racional, que estaba enfrentándose a otra cosa que nada tenía que ver con Occidente. Sí, en sus palabras estaba contenida una crítica certera a la tradición de la muerte; sí, el jefe de la policía de Londres estaba diciendo que la tradición islamista ha vuelto a golpear el mundo occidental. La civilización cristiana, sí, la civilización que ha hecho de un único mandamiento, del “no matarás”, la base de su existencia ha vuelto a ser derrotada por el terrorismo islamista.

Por fortuna, la reacción del Gobierno británico, a diferencia del Gobierno de Rodríguez Zapatero, no será de allanamiento ante el terrorismo islamista. Las declaraciones contundentes, serías y meditadas de Blair así lo confirman. Ni una sola indecisión. Pero ha sido la declaración del jefe de la policía de Londres quien ha marcado la pauta del resto de autoridades. Su tono era suave, insisto, pero el contenido era durísimo, como corresponde a alguien que no es la primera vez que se enfrenta a la acción terrorista. El atentado me ha impresionado, dijo el jefe de la policía, pero no me ha sorprendido. Este hombre, su Gobierno y, seguramente, la mayoría de la población británica son conscientes de que Occidente, el mundo libre, está librando una guerra dura contra el fundamentalismo islamista. No se trata de culpar de todos los males a la civilización islámica sino de destacar uno de sus peligros menores: la “cultura” islamista es antes una cultura de la muerte que de vida. Pocas suras hay, seguramente ninguna, en El Corán que afirme de modo claro y distinto algo parecido al “no mataras” occidental.

He ahí, pues, la primera, y quizá última, prueba de la radical diferencia de una cultura sobre otra. He ahí el mejor argumento para mantener que el mundo occidental y el islámico pueden llegar a conllevarse, a soportarse, pero nunca alcanzarán algo parecido a la plena integración. He ahí la base para desmontar los irenismos cínicos de quienes pretenden engañarnos con la viabilidad de una Europa musulmana o un islam europeo. Puede que haya gente dispuesta a jugar a la ruleta rusa con este tipo de terminología, especialmente los horribles grupos antiglobalizadores, casi siempre lobotomizados por el populismo comunista, pero aún hoy los ciudadanos más preparados del mundo, y de Gran Bretaña en particular, no sólo no rechazan estos juegos de palabras pseudointelectuales, sino que se toman muy en serio que el musulmán es muy diferente al hombre occidental. Precisamente por eso no lo rechaza sino que lo conlleva, lo soporta, en fin, lo tolera.

Las malas costumbres
Editorial ABC 8 Julio 2005

HASTA los clásicos del anarquismo reconocen la autoridad como ingrediente indispensable para la convivencia, pero los hechos cotidianos nos demuestran que la formulación se queda en una vaporosa propuesta. La autoridad, tanto su reconocimiento como su ejercicio, está en crisis y pocos son quienes la añoran como gran rodrigón en el que se sujetan los principios y garantías de la democracia. En el fondo, y forzando la argumentación, su ausencia sirve lo mismo para explicar los papeles y basuras que ensucian las calles de nuestras ciudades, el irresponsable incremento de los accidentes de la carretera que el creciente brote de terrorismo que nos sacude y que, muy en serio, amenaza nuestra civilización y nuestra cultura.

El 11-S de Nueva York marcó un punto de inflexión en la historia del terrorismo. La espectacular gravedad del caso permitió sospechar que el mundo, al unísono, iba a ser capaz de reaccionar contra las minorías asesinas que, vestidas con todos los ropajes propios del fanatismo, sacuden nuestro tiempo. Poco duró la urgencia de la lección y, llegados al 11-M madrileño, tras los llantos unánimes de las primeras horas, ni las víctimas de la catástrofe son capaces de entenderse y asociarse bajo un mismo nombre.

Ya podemos hablar, también con dolor, del 7-J londinense. El terrorismo sacudió ayer la capital del Reino Unido en el preciso momento en que sus vecinos paladeaban el gozo de su victoria al conseguir, para 2012, la sede de los Juegos Olímpicos. Golpearon en el mismo instante en que la cumbre del G-8 estaba reunida en Gleneagles para buscarle nuevos remedios al hambre universal. Como de costumbre, los cobardes autores del crimen indiscriminado supieron escoger un momento oportuno para añadirle drama al horror y no es casual ni accesoria la circunstancia del alboroto antiglobalización que había concentrado en Escocia a los profesionales -¿quién les financia?- de esa contumaz expresión del desorden. Porque el desorden es la guarnición necesaria con la que se sirve el funesto plato terrorista.

El mundo democrático, antes llamado occidental, ha ido relajando el sentido de la autoridad. Lo ha diluido en un caldo de condescendencias que amenaza la supervivencia de los supuestos morales, políticos y jurídicos sobre los que nos asentamos. Es urgente y necesario recuperar esa autoridad para que no falte la energía en el combate contra el terrorismo que se desparrama por un universo sin fronteras e incapaz de entender como propio y común lo que ocurre unos cuantos kilómetros más allá, especialmente si alguna coloración política facilita la coartada del desinterés y propicia el disimulo de la acción. Estamos en una «tercera guerra mundial», sin frentes y sin límites y, se requiere para sobrevivir, un ánimo fuerte y una voluntad común: sacudir las malas costumbres.

Los tres de las azores
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 8 Julio 2005

Si Singapur había sido un castigo para la política internacional de Zapatero, el comportamiento de la oposición británica ante el atentado de Londres ha sido una desaprobación radical del que tuvo el PSOE el trágico 11-M y las jornadas siguientes.

Es inevitable la comparación entre los dos atentados, y no sólo porque se nos recuerde que estamos en la guerra de las civilizaciones desatada por el fundamentalismo islamista sino por la distinta forma de reaccionar de las sociedades española y británica.

Ya Estados Unidos había sido una lección para los españoles. El partido demócrata había demostrado la solidaridad que debe tener un partido en la oposición cuando una nación es castigada por la barbarie. En Madrid, en cambio, el señor Rubalcaba se empeñó en asediar al Gobierno -provisional- de Aznar cuando aún no se conocía el número de muertos. En una colaboración real con los terroristas, en un solapamiento infernal, haciendo una verdadera pinza, los socialistas se dedicaron a acorralar al Gobierno del PP sobre los más mínimos detalles, e incluso le tendieron trampas en aquellos momentos trágicos. Al terrorismo de las bombas se sumó el terror de la fiscalización montado por una oposición que vio en los 192 muertos el gran argumento para ganar las elecciones. La tragedia del 11-M dejó muy claro que el PSOE es capaz de utilizar todos los métodos para llegar al poder. ¿Acaso no utiliza la misma estrategia cuando se alía a ERC y cuando negocia con ETA?

Londres es la esperanza. Un país unido. Una oposición patriótica. Tony Blair habló a la una del mediodía (hora española) y fue todo lo escueto que hay que ser en tales circunstancias. Nadie le exigió más. Ya los conservadores habían demostrado su capacidad para estar a la altura cuando, con motivo de los debates sobre la guerra de Irak, votaron a favor de la política del Gobierno. Aún más: Blair ganó las elecciones a pesar de haber sido el jefe de gobierno más incondicional a Estados Unidos.

Todo aquello por lo que Blair se ha convertido en el líder de Europa es lo que ha convertido a Chirac y Schroeder en los últimos de la fila. Hoy podemos ver con nitidez las alianzas de Aznar y de Zapatero. Aquel se entendió desde el principio con Blair en la definición de la tercera vía, en la lucha contra el terrorismo y en el atlantismo. Zapatero, por su parte, se alió a Chirac que estuvo comprometido con Sadan Hussein durante treinta años y que se niega a traer a Europa el compromiso a favor de la causa de Israel. La foto de las Azores fue un sueño. Nunca España llegó tan alto en los últimos siglos y nunca la sociedad española tuvo un subidón tan fuerte en su autoestima. Tampoco estuvo tan clara la misión de Europa como la que se expresaba en esa foto. Los tres países han sido castigados por el terrorismo. Es el destino de los países y de los líderes que merecen ser coronados con el olivo.

Las amenazas del silencio
KEPA AULESTIA El Correo 8 Julio 2005

Los atentados de Londres sumieron al mundo occidental en un silencio extraño, reflejo de la reacción contenida con la que autoridades y medios de comunicación británicos quisieron mantener la situación bajo control. La práctica invisibilidad decretada para víctimas y destrozos trataría de preservar la calma más que la dignidad de los asesinados y heridos. El gesto de normalidad con el que Blair quiso permanecer reunido en el G-8 trataba de replicar al terrorismo haciendo ver que éste no había conseguido perturbar la agenda mundial. Todo indicaba que la actitud oficial obedecía a las pautas establecidas en un manual de crisis. Sólo la Bolsa de Londres parecía dispuesta a hacer patente el drama.

La duda estriba en si la invisibilidad y el silencio constituyen la respuesta que las democracias han de dar al terrorismo global. Sobre todo si se tiene en cuenta que la invisibilidad y el silencio forman parte de las características que lo distinguen de otras violencias. El terrorismo islamista persigue comunicar al planeta su incontenible 'fatwa'. Pero emite su mensaje en dos longitudes de onda. La aséptica gestión de la cifra de víctimas mortales, el embargo o la autocensura en la difusión de imágenes y el verbo sereno de los gobernantes occidentales permite interceptar el mensaje más aterrador dirigido al hemisferio norte. Sin embargo, es la otra longitud de onda, la que penetra en las comunidades del Islam, la que opera a pesar de la invisibilidad y el silencio. Incluso cabe pensar que opera gracias a la invisibilidad y al silencio. Y es que la comunicación del terrorismo global no se rige por las convenciones que orientan habitualmente los esfuerzos informativos. Su fuerza no reside en las palabras, sino en el enigma que ha labrado al tiempo que mostraba un Occidente vulnerable.

Eso que hemos dado en llamar Al-Qaida -y que en sus orígenes invitaba a imaginar una trama organizada en forma de pirámide- ha acabado siendo la primera internacional terrorista de la Historia, capaz de optimizar recursos humanos y materiales a escala global mediante la colaboración entre diversos grupos inspirados por un discurso general que en buena medida se ha gestado precisamente en la acogedora Londres. Se trata de una amenaza tan presente como invisible, que no necesita reivindicar cada atentado con una autoría precisa. Ni siquiera los grupos que la constituyen precisan de identidad propia y diferenciada de otros. Saben que su sombra puede proyectarse perfectamente en medio del silencio. Sobre todo porque no tienen prisa: su sentido del tiempo no corresponde a este mundo.

Mientras las democracias se contienen y las instituciones adivinan de qué manera prevenir eficazmente tan letal amenaza hay una incógnita que nadie se atreve a despejar: la incógnita de qué efectos estará causando el ejercicio del terrorismo en nombre del Islam en el propio Islam. Como ante cualquier manifestación extrema, las visiones más tremendistas se contrarrestan con las observaciones más tranquilizadoras. Pero la incógnita persiste. Todo empleo sistemático y prolongado de violencia en nombre de una determinada causa provoca la mutación de ésta y, en muchas ocasiones, su sometimiento a la diabólica del terror. Por esa misma razón es lógico pensar que el terrorismo islamista continuará existiendo como tal mientras el propio Islam no se libre de una fuerza tan poderosamente alienante. Entre el 'choque' y la 'alianza' de civilizaciones ha de caber la posibilidad de que las comunidades del Islam se sientan emplazadas a depurar de su seno la visible/invisible amenaza. El silencio -el de las democracias y el del Islam- contiene más amenazas que el estruendo.

El enemigo está dentro
Lorenzo Contreras Estrella Digital  8 Julio 2005

Era difícil creer que el Reino Unido sería atacado por el terrorismo islamista tratándose, como es el caso, de un territorio tan especial. La condición insular de la Gran Bretaña parecía hacerla menos vulnerable a un atentado de la índole del que ha sufrido. Será muy problemático para los terroristas escapar del acoso de las fuerzas de seguridad de su elegido objetivo, empezando por una Scotland Yard que debe sentirse humillada como pocas veces en su historia, por no decir más que nunca durante su transcurso. No hace falta especular demasiado para llegar a la conclusión de que las islas británicas constituyen ahora un auténtico cordón policial y militar del que los terroristas no tienen escapatoria razonable. Una cosa es un espacio geográfico abierto y otra muy diferente una ratonera territorial en la que, por mucho que busquen salida, no la hallarán si es que existe en el mundo algo de verosimilitud estratégica.

Todos pensábamos que el objetivo elegido por Al Qaeda, que parece ser el agresor hasta que los hechos se confirmen, o dejen de serlo, jamás estaría localizado donde los terroristas han preferido que se encuentre. Todo tiende a indicar que el parecido con el atentado del 11M de Madrid va a resultar más exacto de lo que cualquier observador habría imaginado. Leganés puede ser una burda imitación de lo que en la Gran Bretaña se prepara en los próximos tiempos. Ahora, por ejemplo, ya se habla de la posibilidad de que los terroristas de los trenes del Metro londinense y de los autobuses del trasnporte de superficie sean suicidas. Es probable. De todos modos, el terrorismo islamista, si su autoría se confirmara, habría escogido un tremendo enemigo. Lo que en Londres, como antes en Madrid se ventila, es el corazón de Occidente. No ya el núcleo del mundo de los negocios, la City londinense, siguiendo la ruta marcada por el caso de Nueva York, sino la médula de lo que la civilización occidental representa.

Se trata de defenderse. Quien piense que estamos en alguna medida en la tercera guerra mundial y que la Gran Bretaña, como en 1939, ha experimentado un reencuentro con su destino bajo la forma menos esperada, posiblemente no andará muy equivocado en su análisis. Había que oír y ver, a través de la televisión, la imagen de Tony Blair para deducir que el recuerdo de Winston Churchill no estaba demasiado alejado de aquellas patéticas escenas. Otra cosa es que Blair tenga la categoría de su predecesor. Pero las circunstancias son casi tan graves como entonces. Por una razón esencial: desde los tiempos de Guillermo el Conquistador, las islas británicas no habían sido invadidas y ahora lo están. El enemigo se ha infiltrado, como ocurre también en España, a través del fenómeno inmigratorio agresivo. La porosidad del enemigo terrorista está ahí para quien quiera verlo y comprobarlo.

Al Qaeda ha atacado no por el aire, como fue la elección de la Luftwafe alemana, sino preferentemente por el subsuelo. La famosa batalla de la Gran Bretaña adquiere hoy o puede llegar a adquirir otra dimensión. Refiriéndose a Alberto de Mónaco y su advertencia sobre el peligro del terrorismo en Madrid, el periodista Octavi Martí ha expresado en El País, antes de los trágicos hechos de Londres, esta premonición: “Desde los menos de dos kilómetros cuadrados de Mónaco, esa pasión por el transporte subterráneo no dejó de relacionarse con los problemas que tiene Londres con un Metro escaso, caro, peligroso y lento”. Ni que se lo hubieran soplado al oído.

Espacio europeo de inteligencia contraterrorista
ANDRÉS MONTERO GÓMEZ /EXPERTO EN TERRORISMO INTERNACIONAL El Correo 8 Julio 2005

La responsabilidad de los atentados terroristas es de los asesinos. La responsabilidad de hacer todo lo posible por evitarlos, nuestra. A veces sobreestimamos la capacidad terrorista y otras veces no la tomamos suficientemente en cuenta. Es natural, tampoco existe una concertación mundial contraterrorista de Estados libres que sea capaz de analizar, en tiempo real, toda la información que podemos obtener y la que poseemos sobre la actividad terrorista. La inteligencia contraterrorista está fragmentada en intereses nacionales, vicios corporativos de agencias, culturas institucionales de aversión al riesgo y tremendas dosis de politización.

Observen los esquemas nacionales individualmente, con estructuras burocratizadas y descoordinadas, y entenderán por qué a escala internacional estamos en la probeta de un embrión de un futuro muy lejano. En cambio, la acción de grupos terroristas de vocación internacional, como aquellos adscritos al conglomerado Al-Qaida, están coordinados, motivados por ideas y directrices globales, orientados a la cooperación sectorial, puntual y compartimentada sobre necesidades 'ad hoc', tremendamente fanatizados y, lo que es peor, dotados de la convicción de que están haciendo un bien sancionado, nada menos, que por Dios.

Con todo, reconozcamos que los atentados en Londres eran complejos de predecir. También, siendo honestos y pensando racional aunque utópicamente, que si la inteligencia británica (de las más eficientes del mundo) hubiera participado de una red global de inteligencia o, tal vez y como mínimo, de una agencia transatlántica de inteligencia que incluyera un espacio europeo de inteligencia, al menos las probabilidades de contar con más información que sirviera para un tentativo juicio anticipatorio habrían aumentado. No sabemos si con carácter resolutivo, pero con mejor inteligencia.

Los atentados en Londres dibujan el mismo perfil que el 11-S pero, sobre todo, un espejo invertido del 11-M. Portavoces oficiales lo están vinculando, dentro de lo que habría sido una estrategia terrorista de concatenación de elementos para trasladar un mensaje al mundo, a la cumbre del G-8 en Escocia. Es muy probable. Sin embargo, imaginen células durmientes de terroristas de Al-Qaida activadas en París y Londres. A Madrid ya la golpearon, de manera que el impacto psicológico de una nueva acción sería menor por habituación parcial del receptor ante el mensaje.

Únicamente quedaría poner en prealerta células terroristas en dos ciudades, ciudades además con un magma islamista de los más densos de la Unión Europea. Imaginen una programación de atentados en secuencia tácticamente sencilla de planificar, de coordinar y de ejecutar como bombas en transportes públicos. Imaginen a los terroristas siguiendo las deliberaciones del COI por los canales internacionales de noticias, igual que hacía cualquier ciudadano entre los días 5 y 6 de julio. Imaginen al coordinador de las células terroristas conociendo el resultado y activando al grupo asesino de Londres, que ya tendría perfectamente ensayada la secuencia de muerte a ejecutar en la mañana del día 7.

Estamos especulando, algo por otra parte que debería ser trabajo diario de departamentos de análisis prospectivo en las agencias e instituciones de inteligencia contraterrorista, departamentos en la actualidad anémicos. Alternativamente, podemos considerar la reunión del G-8. Es cierto que el atentado contra las Torres Gemelas tenía un simbolismo económico de primera magnitud. Y también que parte de la fanática doctrina terroristas de Al-Qaida está relacionada con culpabilizar al gran satán de Occidente de arruinar con su progreso la pureza moral de la comunidad islámica de creyentes. Pudiera ser.

Sin embargo, fuera un escenario o el otro, la conclusión que emerge saturando nuestras percepciones de algo próximo a la decepción es que Al-Qaida tiene una especial predilección por aprovecharse de nuestras debilidades, de nuestro simplismo, de nuestra incapacidad para ser imaginativos y trabajar cooperativamente frente al terrorismo. Ahora multiplicaremos los controles en los transportes públicos como se ha hecho, hasta el ridículo más absoluto, en los aeropuertos. Y mañana nos encontraremos con una secuencia coordinada de atentados en centros comerciales y después tendremos que ir a la compra con vaselina porque nos someterán a una exploración rectal antes de elegir el pescado del día. Y paulatinamente iremos cediendo libertades ante la sacrosanta seguridad, una seguridad reactiva, lenta, egocéntrica y lineal.

Nuestra filosofía de seguridad está caduca ante amenazas complejas, muldimensionales, globales y motivadas como Al-Qaida. Esa filosofía incluye, por supuesto, tanto los mecanismos, procedimientos y sistemas de seguridad instaurados por las agencias públicas, como nuestros propios umbrales de riesgo, los de la ciudadanía, demasiado rígidos, demasiado acomodados, demasiado des-involucrados de nuestra propia seguridad.

Si ustedes consideran, en pleno siglo XXI, que es natural que no exista la concepción de un espacio europeo de inteligencia contraterrorista en donde, al menos, los Estados miembros de la Unión Europea vuelquen toda la información y el conocimiento, con todas las reservas y habilitaciones de seguridad que sean necesarias, que poseemos sobre el terrorismo real -no la visión académica que podamos tener de él-, entonces es que quizás el desactualizado sea éste que propone semejante idealismo.

El macabro turno de Londres
Pablo Sebastián Estrella Digital  8 Julio 2005

Primero fue Nueva York, el 11 de septiembre, luego fue Madrid un 11 de marzo, ahora ha sido Londres, un 7 de julio, en plena celebración de la Cumbre de los líderes mundiales del G8 en la ciudad de Gleneagles y a las pocas horas de que el Comité Olímpico Internacional nominara la capital inglesa como sede de los Juegos del 2012.

El terrorismo internacional, seguramente de origen islámico, ha vuelto a golpear cuando en España aún están vivas y en la memoria de muchos las imágenes y los crímenes del 11M, recordados no hace mucho en Madrid en una manifestación de cientos de miles de personas, que se oponían a toda fórmula de negociación o pacto con los terroristas de ETA. Un debate tenso en España sobre el que el Gobierno del presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, debería reflexionar a la vista de lo ocurrido en Londres, dando en Madrid una clara imagen de firmeza frente a ETA y dejando de lado las variadas y arriesgadas insinuaciones en favor de una negociación con los terroristas formuladas por este Gobierno y sus aliados, cuando ETA no ha dado más respuesta que la práctica del terror.

Volviendo al caso de Londres, tenemos que señalar que, como en los casos anteriores, Al Qaeda o su entorno o lo que representan de locura y muerte en el mundo islámico está detrás de esta nueva catástrofe que pone en jaque a las democracias de Occidente, que luchan contra un enemigo que es, a la vez, ciego e invisible. Ciego de terror y de muerte de inocentes e invisible porque quienes matan a traición en el Metro de Londres o en los trenes de cercanías de Madrid, o con los aviones de Estados Unidos, difícilmente pueden ser localizados y detectados, como ahora se acaba de demostrar una vez más.

Cabe imaginar, muchos lo dirán, que Londres figuraba en la lista macabra del terrorismo de Al Qaeda por su firme política exterior, por su más que destacada presencia en la guerra de Iraq y el protagonismo que el primer ministro británico ha asumido en los últimos días como presidente de la Unión Europea, el G8 y en los Juegos del 2012. Circunstancias que no van a ser empañadas por esta crisis terrorista, sino que más bien van a reforzar su posición y también su firme determinación en la lucha contra el terrorismo y sus regímenes aliados, contando para ello con el decidido apoyo de los ciudadanos de Londres, de todo el Reino Unido y de las democracias de Occidente, entre otros muchos países del mundo.

El problema terrorista está ahí, sigue ahí, y obliga a no bajar la guardia y a prevenir toda acción por inverosímil que sea. Aunque ésta del Metro de Londres y de los transportes en general era un objetivo ya anunciado por el precedente brutal del 11M madrileño, a su vez precedido por el ataque terrorista en Casablanca y Nueva York.

Qué hacer? Ésa es la cuestión, para la que no hay fáciles respuestas de consecuencias rápidas y eficaces en la lucha contra un sector radical del mundo islámico que plantea el terror como la avanzadilla de una “guerra santa” clandestina frente al mundo occidental que, según los nuevos bárbaros de nuestro tiempo, ocupa sus países y expolia sus fuentes de riqueza (el petróleo).

Para empezar, las democracias occidentales se han de concertar en la unidad y no en la división que vivimos, y aún colea, de la guerra de Iraq. Y lo han de hacer en el marco de la ONU y de la legalidad internacional para no dar pie ni alas a los jefes del terror que propician la ausencia de todo orden internacional y que sólo destacan, para así justificar sus crímenes, ciertos errores o abusos localizados (como las torturas en Abu Ghraib o en Guantánamo) como modelo de lo que significa y es la civilización occidental y el modelo global de libertades y Derechos Humanos, que, sobre todo, brillan por su ausencia en los países sometidos a las leyes del islam.

Se han dado pasos importantes en Occidente en esta lucha sin cuartel contra el terrorismo, pero aún queda mucho que hacer, como ahora se acaba de demostrar. Como ha dicho Blair, el ataque a la ciudad de Londres no es el ataque contra una nación sino contra la democracia occidental y la vida de los ciudadanos de todo el mundo, por ello el primer ministro británico pidió una clara y firme respuesta global, asegurando que habrá una clara victoria contra el terror. Contra el terror de toda índole, ETA aquí incluida, que debe entender una vez más que no hay justificación política alguna para sus andanzas criminales y que tienen en contra no sólo al Gobierno de España sino a los de todo el mundo occidental. Algo que es muy importante que así lo entiendan tanto los etarras como el Gobierno y los aliados de Zapatero, que no deben emitir señales equívocas o de debilidad.

Causa común
ANTONIO PAPELL El Correo 8 Julio 2005

La brutal cadena de atentados contra el transporte público de Londres, con docenas de muertos y centenares de heridos, que tras el 11-S y el 11-M cierra con macabra precisión el círculo de las Azores, y que evidentemente se ha hecho coincidir con la jornada inaugural de la cumbre del G-8 en el Reino Unido, contiene, además del drama en sí, otros elementos particularmente inquietantes. En efecto, los terroristas ya no han podido esta vez explotar el 'factor sorpresa' que fue decisivo en Nueva York y Washington y muy considerable en Madrid: Londres era un objetivo obvio -el Reino Unido es el más fiel aliado de Estados Unidos y la segunda potencia actuante en Irak- y ello ha mantenido sin duda en alerta permanente a las fuerzas de seguridad británicas, que tienen además acreditada reputación. Y si a esta vigilancia genérica se une el despliegue policial que sin duda se habrá establecido con ocasión de la mencionada cumbre, se llegará a la conclusión de que los terroristas han superado obstáculos aparentemente insalvables. El arrojo suicida de los fanáticos islamistas los convierte en un arma de extraordinaria peligrosidad.

La experiencia acumulada por nosotros, los españoles, en encajar tragedias provocadas por organizaciones terroristas nos ha convencido ya de la inutilidad de los análisis causales. Porque, en realidad, aunque Londres haya suscitado particularmente el repudio de los islamistas radicales en la actual coyuntura, el odio acumulado por los sayones es mucho más genérico, aunque se condense de vez en vez en esta clase de asesinatos masivos que, como es natural, se concretan en una expresión mortal determinada. El fanatismo musulmán, personificado en Al-Qaida, nunca ha ocultado que el enemigo que pretende destruir es, sencillamente, la civilización occidental, nuestro modelo de vida, nuestro sistema de valores, nuestro régimen de libertades. En consecuencia, cuando se produce una nueva acción, todos quienes tenemos desarrollado el sentido de pertenencia a esta civilización y a esta cultura nos sentimos heridos, violados, perturbados. Y los pequeños disensos ocasionales que puedan suscitarse en la gran familia occidental, y europea en particular, desaparecen súbitamente de la memoria para dar paso a la más profunda solidaridad de las creencias y de los principios, que es la que realmente vincula indisolublemente a los pueblos entre sí.

Como es natural, el Reino Unido ha recibido, está recibiendo, raudales de comprensión, condolencia y simpatía ante tan inicua agresión; sentimientos que brotan todavía más acentuados, si cabe, de los países que ya hemos padecido un zarpazo semejante (y que no por ello nos hemos librado, ni mucho menos, de la amenaza de que se reitere). Pero al margen de toda esta bien intencionada retórica y del sincero dolor paralizante que nos produce la contemplación de la tragedia -unas imágenes que evocan otras bien cercanas-, ya es llegada la hora de que nuestros países se armen definitivamente contra esta caterva de locos que quiere exterminarnos y que utiliza contra nosotros el arma más cruel, el terrorismo indiscriminado.

Desde los anteriores atentados, nuestros países han depurado las técnicas de autoprotección frente al terrorismo islamista, han invertido ingentes cantidades de recursos en este objetivo y se han coordinado estrechamente entre sí. Pero el atentado de Londres, cometido por añadidura en un Estado insular -de control más sencillo por tanto-, demuestra que no se ha hecho lo suficiente. Aquí ya hemos advertido lo fácil que les resulta a los terroristas emboscarse entre la muchedumbre de compatriotas inmigrantes, y lo difícil que resulta detectarlos. Por supuesto, no deben pagar justos por pecadores, pero ya es incuestionable que urge establecer un control estricto sobre la inmigración -no necesariamente más estricto que el que ya está establecido sobre los propios nacionales, por cierto-, de forma que los extremistas no encuentren resquicios ni ocultaderos en nuestra compleja realidad social.

En un mundo globalizado en el que ha emergido esta oscura potencia del mal que es el fundamentalismo islamista, es también preciso revisar todo el sistema de relaciones políticas. Porque, aunque puedan surgir diferencias en el tratamiento de los problemas, resultaría suicida que Occidente no hiciera causa común frente a esta hidra criminal, que se extiende como un líquido viscoso por los intersticios de nuestras sociedades. No debemos dar, en fin, ocasión a los verdugos de aprovechar las ocasionales discrepancias para golpear en nuestras fibras más sensibles. Y el disenso provocado por la guerra de Irak debería ser, en lo sucesivo, el paradigma de cómo no actuar ante el terror: la gran potencia y sus aliados han de buscar siempre respuestas comunes, acuerdos plenos, consensos generales. Porque nos va en ello la paz, la salud de nuestra sociedad civil y quién sabe si la propia supervivencia.

Nueva York, Madrid, Londres
Editorial Heraldo de Aragón 8 Julio 2005

Todo invita a pensar en una estrategia preparada y en una cuidadosa elección de la fecha, como sucedió en Madrid el 11 de marzo de 2004. No puede saberse si las redes del terrorismo islamista disponían ayer de planes semejantes para París o Madrid, si hubieran resultado designadas por el Comité Olímpico Internacional. Pero, en todo caso, han logrado que ambas metrópolis estén en máxima alerta. Como en el caso de España, el protagonismo del Reino Unido en la guerra y la ocupación de Iraq no puede separarse de este sangriento ataque con el que los adeptos de Bin Laden quieren demostrar su capacidad ofensiva universal, capaz de atacar lo mismo en Bagdad que en Madrid, en Casablanca que en Londres. Pero no debe olvidarse que la horrenda matanza perpetrada en Nueva York fue anterior a la guerra iraquí.

El gobierno de Blair sufre el golpe de Al Qaeda, llegado cuando el primer ministro británico está en un gran momento político, vencedor en las urnas, presidente por turno de la UE -a la que desea facilitar nuevos rumbos- y flamante ganador en la reñida elección olímpica de Singapur. Enemigo declarado del terrorismo islamista y aliado preferente de Washington, ha recibido un ataque frontal que, por encima de cualquier discrepancia, exige una solidaridad cerrada de la comunidad civilizada.

La prepotencia de los fanáticos, ayudada por la vulnerabilidad de las grandes urbes occidentales, obliga a extremar los resortes defensivos y disuasorios y coloca a los Gobiernos y a las sociedades en el difícil dilema entre libertad y seguridad. Hay, en efecto, un peligro real para las democracias occidentales y sus aliados que exige contundencia y, sobre todo, estrecha cooperación: Al Qaeda ha anunciado, a la vez que las bombas estallaban en Londres, el asesinato del embajador de Egipto en Iraq, episodio coherente con los atentados anteriores en el propio suelo saudí en que nació la secta extremista que encabeza Bin Laden, que no exime tampoco de culpas a los gobiernos islámicos prooccidentales.

Firmeza frente al terror
Editorial El Correo 8 Julio 2005

Las decenas de muertos ayer en Londres, ciudadanos sin más culpa que la de intentar desarrollar su vida con normalidad, demuestran hasta qué extremo puede llegar el afán destructor de quienes han hecho de la violencia su única razón de ser. La capital del Reino Unido, que se despertaba con la alegría de haber sido designada la víspera sede de los Juegos Olímpicos de 2012, se sumó a golpe de bombas a la secuencia sangrienta de un terrorismo que antes decidió que los habitantes de Nueva Yok, primero, y Madrid, después, no tienen derecho a existir o son simples seres prescindibles en aras de una causa fanática. El 11-S, el 11-M y, desde ayer, el 7-J son fechas que demuestran hasta qué punto se pueden desbordar los límites de la inhumanidad. Porque si toda muerte a manos de un semejante es injusta, la masacre de ayer alcanza un grado extremo por la condición de sus víctimas.

Es cierto que el múltiple atentado ha coincidido en el tiempo con la reunión en Gleneagles de la conferencia anual del G-8 y que el propio primer ministro británico, Tony Blair, mostró su convicción de que ambos hechos están íntimamente relacionados. Incluso alguien podrá reducir lo sucedido a una brutal operación de castigo contra quienes lideraron la guerra de Irak, apoyada en la sed de venganza que alimenta a sus ejecutores. Pero, sin descartar estos argumentos, sería una fatal equivocación dotar de lógica, aunque sea una lógica homicida, a unos comportamientos fuera de cualquier racionalidad y que han hecho del asesinato en masa, indiscriminado, su principal arma para doblegar años de evolución democrática. La matanza de ayer, como antes las de Madrid y Nueva York y muchas otras a lo largo de las últimas décadas, demuestran ese diabólico nexo que une a todos los terrorismos: la necesidad de fomentar la inseguridad, de transmitir la posibilidad brutal de la muerte a toda la sociedad y sembrar de peligros y angustia cada instante de su cotidianidad. Una presión que persigue en última instancia la rendición o la radicalización, la culpabilidad o la guerra abierta, y, en definitiva, la descomposición del Estado de Derecho.

Jack Straw, ministro británico de Asuntos Exteriores, reconoció anoche que la masacre de Londres tiene el sello de Al-Qaida, de un terrorismo islamista que ha extendido de tal manera su sombra criminal hasta contaminar a esa amplia parte de la Humanidad que profesa un credo en cuyo nombre dicen actuar. Un terrorismo nutrido de un doble fanatismo, religioso y político, tan arcaico como destructor, que ha encontrado su caldo de cultivo en las costuras más ásperas del desarrollo y que ha sabido aprovechar la mundialización para irradiar su terror. No hay duda de que las comunidades musulmanas no son responsables de la acción de estos grupos fanatizados, pero sí que es exigible que sumen activamente sus esfuerzos con las sociedades castigadas por su violencia, desactivando desde dentro los fundamentos que justifican que sus miembros más enloquecidos lleguen hasta el suicidio con tal de matar.

Pocas capitales hay en el mundo tan abiertas como Londres, donde casi un 3% de su población es de confesión musulmana, y, aún así, su multiculturalismo y tolerancia no han podido evitar la tragedia. Pero sería un grave error hacer de la religión un factor de identificación, de diferenciación y de enfrentamiento. El diálogo con el Islam no puede ser cuestionado, porque el Islam ya forma parte de nuestras sociedades y sus miembros, como lo de cualquier otra creencia, integran nuestra ciudadanía. En estos instantes de sensaciones confusas es donde los asesinos tratan siempre de sacar partido, de exacerbar los odios y de buscar en la merma de las libertades una justificación a su barbarie.

El G-8 ha decidido continuar en Escocia con su agenda y no puede haber mejor respuesta a la locura que la doliente normalidad. Es precisamente ahora cuando las sociedades democráticas deben demostrar que nada las arrastrará por una senda de decadencia en la que se confundirían con sus verdugos. Desde las bases que ellos tanto aborrecen, las del total respeto al Estado de Derecho y a la Justicia, es desde donde hay que combatir al terrorismo. Con convicción, cooperación y coordinación se terminará derrotando a esta abominable lacra universal, aunque no será ni pronto ni fácil. Y por eso parece de todo punto inaplazable una confluencia eficaz de Estados, organismos e instituciones en la lucha contra un terrorismo que ha desbordado las fronteras y cualquier cordura. Las víctimas inocentes de Londres, como todas las que el sinsentido va dejando en el camino, se merecen el respeto y el compromiso de los supervivientes de no traicionar los valores que las distinguen de sus asesinos.

Penúltima guerra mundial
Daniel Martín Estrella Digital  8 Julio 2005

Tuvimos el 11S, luego el 11M. ¿Podremos hablar del 7J? Hemos entrado en una dinámica trágica y pronto, si no ya, viviremos en el terror, en el miedo, donde comienzan todas las posturas radicales. Porque las manos blancas, las manifestaciones, nos conmueven a los que amamos la paz, pero no a los que nos hacen la guerra. ¿Se ríen de nosotros? Yo creo que sí.

Ayer un nuevo atentado masivo asoló una ciudad. Esta vez le tocó turno a Londres, pero pudo ser Nueva York, Bali, Madrid, Nairobi... Lo de menos es donde caigan las bombas. Lo importante es que muera gente y el resto nos acobardemos. Y lo consiguen. Porque ayer comenzó una nueva cuenta atrás hacia la siguiente masacre, que la habrá. Los terroristas juegan con la ventaja de no aceptar ninguna regla. Nosotros nos movemos en el Estado de Derecho, bajo el Imperio de la Ley. Eso nos honra, y a ellos les protege.

Sí, estamos en guerra, aunque ahora el enemigo es invisible. Se esconde en el mismo bloque de vecinos donde vive algún compañero de trabajo, algún amigo, algún familiar. Vive en nuestra misma ciudad, disfrutando de nuestros mismos derechos y protegido por nuestras mismas leyes. Hasta que se despoja de su disfraz y ataca con toda la saña de la que un hombre es capaz. Y lo peor es que apenas le importa lo que pueda sucederle. Vive una guerra santa, como los europeos hace mil años. Sólo que ahora estamos en el siglo XXI, y somos incapaces de comprender sus razones, de entender el grado de fanatismo al que puede llegar un hombre desesperado.

No sé qué hará Occidente ante este último atentado. Y me aterra descubrirlo, porque hemos entrado en una nueva era. Lo que veníamos haciendo hasta ahora no sirve. Y todas las soluciones —que tienen que ser drásticas porque está en juego la vida de muchos seres humanos— que se me ocurren son extremas, brutales, quizás injustas. Pero, ¿qué se puede hacer ante la sinrazón asesina? Me doy miedo al escribir estas líneas. Porque de las grandes masacres nacen las grandes exterminaciones. Con su magnicidio, Gavrilo Princip nos llevó a la Primera Guerra Mundial. El 11S llevó a Iraq y nació un engendro medieval en Guantánamo. Porque cuando la cosa consiste en defenderse, se suelen ignorar cuáles son los límites del Estado de necesidad, entendido en el sentido jurídico.

Hemos entrado en una dinámica de explosiones y muertes de inocentes. Y no existe una solución fácil. Seguramente no haya ninguna. Porque ésta es una guerra como nunca se había visto anteriormente. El terrorismo siempre ha existido. En tiempos de Viriato o El Empecinado se ejercía siempre contra el invasor y en el propio territorio que se quería defender. Luego el terrorismo se sofisticó, a costa de unas causas más difuminadas, pero generalmente se circunscribía a un territorio y un “enemigo” concreto de la “causa”. Ahora los asesinos se esconden en el mismo territorio, forman parte de la misma sociedad, atacan en y desde el corazón del presunto invasor, no siempre identificable, quizás hasta inocente desde el punto de vista del asesino.

Y siempre, hasta ahora, había una causa con un mínimo sentido. Aunque fuese inventada, como en el País Vasco, o utópica, como en las peores facetas del anarquismo. Siempre han existido fanatismos religiosos, y siempre se ha asesinado por religión, porque se odiaba al que no creía en lo mismo que nosotros, porque era hugonote, católico, judío, musulmán o protestante. Pero ahora, con otros medios, no les importa qué sea o en qué cree la víctima. En el 11M murieron muchos musulmanes. En Londres, ciudad cosmopolita como ninguna, habrá muchos, tantos como cristianos, hindúes, judíos, ateos, agnósticos, etc. Lo que quieren es matar, aunque no podamos entender por qué ni adivinar a quién.

En 1923 Italo Svevo publicó su obra maestra, La conciencia de Zeno, donde el protagonista narra en primera persona su patética vida, que rezuma odio hacia los hombres, el “peor parásito, la peor enfermedad”. La novela termina así: “El hombre, tan inteligente, inventa artefactos que están fuera de su cuerpo, y si puede haber habido salud y nobleza en quien inventó esos aparatos, lo más seguro es que quien los use carezca de esas cualidades. Esos aparatos se compran, se venden y se roban y el hombre se vuelve cada vez más astuto y más débil. [...] Tal vez, por medio de una catástrofe inaudita que lleguen a producir esos aparatos, volvamos a la salud. Cuando los gases venenosos no basten ya, un hombre como los demás, en el secreto de una habitación de este mundo, inventará un explosivo incomparable frente al que los explosivos que actualmente existen podrán considerarse inocuos juguetes. Otro hombre, en nada diferente tampoco él de los demás, sólo que un poco más enfermo que ellos, robará ese explosivo y alcanzará el centro de la Tierra para ponerlo en el punto donde su efecto alcance la máxima magnitud. Habrá una enorme explosión y la Tierra, tras volver a convertirse en nebulosa, errará por los cielos libre de parásitos y de enfermedades”.
dmago2003@yahoo.es

El cóctel terrorista
INOCENCIO ARIAS La Voz 8 Julio 2005

HAN QUERIDO aguarle la fiesta a Tony Blair, el líder europeo al que todo le salía bien ultimamente, y lo han hecho de forma inhumana y atroz. Calcando la barbarie de Madrid. No hay que pensar que el atentado de Londres estaba conectado con la concesión de la Olimpiada. La programación ha de ser muy anterior y está casi forzosamente relacionada con la celebración de la cumbre del G- 8 en Escocia. Los líderes de las naciones más ricas del mundo se reúnen estos días allí para tratar de temas capitales y los terroristas sabían que habría un enjambre de periodistas y televisiones en Gran Bretaña. El efecto mediático está conseguido. Es creencia generalizada que si la prensa no se hiciera eco de los atentados, éstos disminuirían. Los terroristas lo saben. La presencia de Bush, Blair, Chirac, Schröder, etcétera, en Escocia ayer, daba un jugoso plus informativo a cualquier incidente que ocurriese en estas fechas. Los terroristas perturban la reunión de los dirigentes mundiales y su acto criminal obtiene un eco multiplicado. El terror, lamentablemente, es una vez más, rentable.

El atentado muestra de nuevo, como ocurrió en Atocha, que impedir por completo el flagelo terrorista es harto difícil. Se pueden abortar un número considerable de actos, reducir el impacto de otros, pero es problemático que en el futuro próximo se les pueda eliminar del todo. Veremos más. Hay un cóctel fatídico de circunstancias que lo dificulta. La primera es el avance de la tecnología que los terroristas manejan, claro. La utilización de Internet, el uso mortífero de los teléfonos móviles como en Atocha... Esto facilita la labor asesina. El segundo es la permeabilidad de las fronteras y la emigración. Sabemos, por ejemplo, que la inmensa mayoría de la población islámica asentada en Europa es pacífica y que ha emigrado, como nuestros compatriotas en el pasado, por la necesidad de ganarse la vida. Pero, durmiendo en ella, hay una minoría fanatizada, ínfima sin duda, pero suficiente para montar una operación como la de ayer. En un Londres que, paradójicamente, había sido más permisivo con los refugiados que otras naciones europeas. La tercera es la figura del suicida. El fanatismo logra encontrar un número abundante de personas, varones y jóvenes en su mayoría, con frecuencia con cultura, dispuestas a inmolarse. Les han inculcado erróneamente que Allah lo quiere y que les espera el paraíso. El granero de suicidas lamentablemente no decrece.

La conjunción de las tres circunstancias es fatídica. Políticamente no hay ciertamente que ceder al chantaje terrorista. Un día golpearán por la guerra de Irak, otro por el velo en las escuelas en Francia y otro porque los occidentales somos unos arrogantes que pretendemos lograr la igualdad de las mujeres en todas las sociedades del mundo. Policialmente se imponen dos cosas, una cooperación mayor en cuestiones de seguridad entre los diversos países y un reforzamiento espectacular de los servicios de inteligencia. Sin buena información, sin una inflitración en los grupos sospechosos, no habrá suficientes detectores en las estaciones y autobuses para aguar el funesto cóctel mencionado

Por la convivencia, contra el fanatismo
Blog de Arcadi Espada 8 Julio 2005
 
El pasado 30 de junio el diario Avui publicaba un artículo titulado
"Falangistes taxidermistes", en el que su autor, Oriol Malló, arremetía
contra los intelectuales firmantes del manifiesto "Por un nuevo partido en
Cataluña".

En dicho artículo, Oriol Malló invitaba, en primer término, al acoso social
contra los que él califica de "intelectuales antinacionalistas" y, en última
instancia, a su exterminio:

"Boicoteémoslos, marquémosles a fuego ardiente, hagámosles la vida imposible
para que sufran en campo propio aquello que ellos dieron cuando mandaban
realmente. Y mataban. (...) Haberlo dicho durante la Segunda República y
haberos expuesto a que gente como yo, gente mejor que yo, perdón, os metiera
el tiro de gracia antes que vosotros, sin cojones para disparar, delegaseis
en la chusma las órdenes de asesinarnos. No deleguéis más ni deis lecciones
de democracia y respeto. No exijáis lo que vuestros mentores nos negaron.
Decidlo claro, amigos de afables conversaciones y visiones magistrales, nos
queréis exterminar, ahora que sabéis, además, que somos pocos, cobardes y
frágiles, y que todos os escuchan con temor reverencial. Pues nosotros
también queremos exterminaros. Qué caray. Divirtámonos hasta morir que la
guerra, a cara descubierta, tal vez ya ha empezado."

Las ideas son delirantes, pero no inocuas. Tampoco el lenguaje, que es el de
la exclusión y la muerte. Con demasiada frecuencia llegan de Cataluña
noticias alarmantes sobre episodios de quiebra de la convivencia democrática
que hace unos años podrían parecer patrimonio del País Vasco. Las agresiones
y el boicot que se han producido en la Universidad de Barcelona contra
Fernando Savater, Francisco Caja, Jon Juaristi, Gotzone Mora y Aleix Vidal
Quadras, a quienes se ha negado el ejercicio de sus derechos y libertades
constitucionales, así como los intentos de agresión que padecieron los
dirigentes del PP, Rodrigo Rato y Josep Piqué durante la manifestación
contra los atentados del 11-M en Barcelona, son la expresión real de las
metáforas descabelladas de Malló, que encuentran en la crispación ambiental
campo abonado para fructificar.

Un artículo como el de Oriol Malló no se había publicado nunca en la prensa
española en democracia, ni siquiera en los medios cuyo cierre han ordenado
los tribunales por ser instrumentos de una organización terrorista.

El diario Avui es propiedad, en un 40%, del grupo La Vanguardia, en otro
40%, de Editorial Planeta y en el 20% restante, de la Generalitat de
Cataluña, mediante un acuerdo que rescató este diario de la quiebra a
comienzos del presente año. Ni la dirección del periódico ni los grupos de
prensa y la institución que soportan las cuantiosas pérdidas del diario se
han creído obligados a reaccionar de manera inequívoca, rotunda e inmediata
contra esta intolerable agresión a la convivencia. La falta de reacción del
Gobierno de la Generalitat es especialmente preocupante, porque si bien el
exterminio de los adversarios requiere una organización criminal que
materialice los sueños de Malló, para la exclusión basta con que los
fanáticos cuenten con la complicidad, expresa o tácita, de las
instituciones.

Por todo ello, los abajo firmantes queremos dirigirnos a las instituciones
democráticas, a los medios de comunicación y a la opinión pública con el fin
de:

Solidarizarnos con las acciones legales que los firmantes del manifiesto han
emprendido por la posible concurrencia en el artículo citado de delitos de
incitación al odio y a la violencia y amenazas de muerte contra las personas
hechas con publicidad.

Instar a la opinión pública a armarse de coraje democrático para rechazar
con energía las actitudes guerracivilistas y a defender el espíritu de
entendimiento que trajo consigo la transición y ha hecho posible el periodo
más largo de convivencia en libertad que se ha registrado en la historia de
España.

Requerir a los medios de comunicación que hagan uso de la libertad de
expresión que recoge y garantiza el artículo 20º de la Constitución, con
respeto a los derechos fundamentales y a las libertades públicas, en los
términos que expresa el propio artículo 20º-4 del texto constitucional.

Exigir a los poderes públicos en general, y a la Generalitat de Cataluña en
lo que atañe a este caso, que extremen su vigilancia y su celo contra los
atentados a la convivencia, que sustituyan la ética de la convicción por la
de la responsabilidad y que no permitan, que bajo ninguna circunstancia,
hechos como el que aquí denunciamos vuelvan a producirse ante la
indiferencia y la pasividad de las instituciones. En definitiva, que cumplan
y hagan cumplir la ley, que constituyen sus dos primeras obligaciones.

En Bilbao, a 6 de julio de 2005
FUNDACIÓN PARA LA LIBERTAD
Santiago González, Fernando Savater, Agustín Ibarrola, Nicolás Redondo
Terreros, Rosa Díez, Emilio Guevara, Nicolás Redondo Urbieta, Fernando
García de Cortázar, Javier Corcuera, Eduardo Vírgala, Teo Uriarte, Maite
Pagaza, Chelo Aparicio, Ana Aizpiri, Lucía Martínez Odriozola, Herman
Terstch, José María Calleja y ochenta firmas más.

Independencia
M.A. email 8 Julio 2005

¿Porqué el nacionalismo catalán no celebra la promulgación del Estatuto vigente?. ¿Porqué siempre ese complejo, ese llanto, esa queja, ese lamento, ese “dejadnos tranquilos”, etc.?. Al margen de los intereses actuales de la casta nacionalista a los que se añade, existe una hipótesis histórica para eso. En la medida en que Cataluña fue una de las zonas primeramente industrializadas de España, hubieron movimientos e ideas tendentes a prescindir del Estado español, a tirar por sí mismos de su región, a independizarse en suma, cosa que ya no están en condiciones de conseguir y en consecuencia nunca lo harán.

Pero aunque esas ideas e intentos no fueron mayoritarios ni firmes ya que siempre dudaron, existieron con más intensidad que en otras partes. Su poca importancia política y la insignificante aunque real huella histórica del hecho, tiene correspondencia con la simbología que han esgrimido y que aún se conserva. Pura miseria simbólica, ideológica y política, ecos de batallitas de abuelo, épica de andar por casa, leyendas de masías, sombras de una grandeza que pudo haber sido y jamás fue, esperanza en un futuro inexistente y realidades escasas, incomprendidas y despreciadas socialmente.

Por eso la consecución del Estatuto, no fue una conquista, sino una parte devuelta de lo que les “robaron”, por eso nunca están satisfechos porque “ellos son unos países” pero que nunca fueron y nunca “les dejaron ser” y hoy tampoco son, aunque persistan: “som i serem”. En el fondo son unos fantasmas que creen haber sido algo y conservan ese orgullo mezclado con el complejo de inferioridad, de falsificación y mentiras. En casi todo el resto de España sabemos que no hemos sido nada de nada, siempre han mandado los que tenían que hacerlo, pero en Cataluña algunos restos de aquel sueño piensan que fue realidad y quieren obligar a otra gente a tragárselo. Vano y desenmascarado intento. Pena histórica.

El G-8 anuncia que no se rinde
Los países más ricos hacen una demostración de fuerza al enfrentarse al «chantaje terrorista»
Joaquín Rábago La Razón 8 Julio 2005

Gleneagles (R. Unido)- Los sangrientos atentados en la capital británica la mañana de ayer han caído como un mazazo en la cumbre del G-8, pero los dirigentes de los países más ricos del mundo reunidos en esta localidad escocesa han condenado con firmeza los atentados perpetrados y han instado a unirse para combatir el terrorismo. El júbilo del día anterior, cuando el anfitrión de la cumbre, el primer ministro británico, Tony Blair, recibió la noticia de la elección de Londres para acoger los Juegos Olímpicos de 2012, dejó paso ayer al estupor y la rabia mientras llegaban noticias sobre el número creciente de muertos y heridos. Los jefes de Estado y de Gobierno de los Ocho condenaron ayer en una declaración leída por Blair los «salvajes» atentados al tiempo que confirmaron la decisión de continuar la agenda programada, insistiendo en que el terrorismo no puede marcar la pauta de la cumbre.

Tras condenar los ataques y recordar que todos sus países han sufrido los zarpazos del terrorismo, los dirigentes afirmaron que no permitirán que la violencia cambie «nuestras sociedades ni nuestros valores» ni interrumpir «los trabajos de la cumbre».«Los terroristas no triunfarán: las bombas no debilitarán en ningún caso nuestra determinación de apoyar los principios más profundamente sentidos de nuestras sociedades». El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, declaró que hay que seguir la guerra contra el terrorismo hasta que se venza a «esa ideología del odio» . Durante la cumbre que se desarrolla en Gleneagles (Escocia), el presidente francés, Jacques Chirac, por su parte, transmitió al primer ministro británico su «horror» por lo ocurrido y «toda la solidaridad» de Francia. El presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, recordó que España ha sufrido décadas la lacra del terrorismo y que el 11 de marzo de 2004 fue víctima del «más espantoso atentado en Europa»

Tras esta masacer, se extendió el convencimiento entre los miembros del G-8 que el convencimiento, más que nunca, de que el encuentro tiene que finalizar con acuerdos, especialmente en lo que se refiere al restablecimiento de la confianza en la economía y las posibilidades de desarrollo de los más pobres, según dijo a la prensa el presidente de México, Vicente Fox. Fox participó en los trabajos en calidad de invitado, como presidente de una economía emergente, lo mismo que los presidentes de China, Hu Jintao; Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva; Suráfrica, Thabo Mbeki; y el primer ministro de India, Manmohan Singh.

Fue el surafricano Mbeki quien propuso a Blair que los trece líderes comparecieran junto a él ante las cámaras de televisión para expresar la condena colectiva de los atentados y la solidaridad del G-8 con las víctimas. «Todos hemos visto hoy [por ayer] en Blair la otra cara del liderazgo; una cosa es el liderazgo para entusiasmar a una nación y otra cosa es el liderazgo para la compasión y para la solidaridad», dijo. El presidente mexicano expresó su deseo de que la «tristeza» de ayer pueda traducirse hoy al menos en un impulso por parte del G-8 hacia un nuevo mundo sin terrorismo, mayor progreso y mejores condiciones para todos, especialmente los más pobres.

Las cinco economías emergentes unieron ayer sus voces para reclamar a los más ricos el cumplimiento de las promesas hechas en materia de ayuda al desarrollo y comercio. En palabras de Fox, el mundo necesita el liderazgo del G-8, y «el liderazgo tiene que ver con visión, con pasión y con mostrar el camino», pero, «más importante» que todo, «el liderazgo tiene que ver con hacer que las cosas ocurran».

Negociaciones comerciales.
El director general de la Organización Mundial de Comercio (OMC), Supachai Panitchpakdi, presente también en la cumbre, coincidió en el llamamiento de los Cinco a que se supere la situación de bloqueo en la que se encuentran las negociaciones comerciales de la Ronda de Doha. Chirac se refirió, por su parte, a la necesidad de trabajar de forma coordinada para la gestión del mercado del petróleo y los tipos de cambio, que son «motivo de preocupación», admitió. Su homólogo ruso, Vladimir Putin, confirmó que la próxima cumbre del G-8, en San Petersburgo, estará dedicada a la seguridad energética. Efe

Los intelectuales críticos reprochan en persona a Maragall el acoso nacionalista
El encuentro, celebrado a instancias de Maragall, fue «muy cordial y franco», según «Ciutadans per Catalunya». No hubo foto oficial, pero se rompió el hielo
MARÍA ANTONIA PRIETO ABC 8 Julio 2005

BARCELONA. El mismo día en que se ponía de manifiesto que el nuevo Estatuto catalán difícilmente llegará a ver la luz, al menos en su redacción actual, el presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, recibía discretamente a una delegación de los intelectuales críticos con el nacionalismo. A las cinco en punto de la tarde, el catedrático de Derecho Constitucional, Francesc de Carreras y los escritores Félix de Azúa, Xavier Pericay y Ferran Toutain -en representación de los 15 impulsores del manifiesto «Por un nuevo partido político en Cataluña»- atravesaban la puerta principal del Palau de la Generalitat convocados por su inquilino para analizar los porqués de su iniciativa. La conversación duró más de una hora y, según pudo saber ABC, se desenvolvió en un clima «muy cordial y franco».

No hubo foto oficial ni voluntad de darle dimensión pública al encuentro, pero Maragall cumplía así -en contra de la opinión de un sector importante de ERC y de ICV, sus socios de gobierno- la promesa que realizó cuando este grupo de intelectuales, entre los que también se encuentran Albert Boadella y Arcadi Espada, sacudieron los cimientos de la clase política catalana al presentar un manifiesto en el que acusaban a todos los partidos por igual de practicar un nacionalismo que habría tenido efectos perversos en la política, la cultura y la economía catalana. Esta plataforma, que pretende provocar un debate que desemboque en la creación de un partido no nacionalista, denuncia también «el odio contra todo lo español» que fomenta el tripartito.

«La situación ha empeorado»
Durante su entre vista con Maragall, los delegados de «Ciutadans per Catalunya» insistieron en que «la situación ha empeorado desde que gobierna el tripartito» ya que el debate en torno al Estatuto o las políticas que aplica el Gobierno catalán «han propiciado un nuevo resurgir del nacionalismo que recuerda a los peores tiempos del régimen pujolista». Aunque dejó claro que su análisis de la situación es radicalmente distinto, Maragall se mostró receptivo con los puntos de vista que le trasladaron «y en algunos aspectos hasta fue comprensivo con nuestras denuncias», según explicaron fuentes de «Ciutadans per Catalunya». «Si queríais trasladarme vuestra inquietud, lo habéis conseguido plenamente», admitió en el momento de la despedida.

La delegación de «Ciutadans per Catalunya» salió satisfecha. «Ojalá -afirmó un portavoz- que la receptividad que hemos encontrado se traduzca en una mayor sensibilidad, por parte del Govern, hacia la realidad social».

«El Estatuto valenciano consolida el proyecto común de la España plural»
El líder de los socialistas valencianos cree que el Estatuto de su Comunidad ha ayudado a «desdramatizar» el proceso de reformas auspiciado por Zapatero. Aunque no cree que sea un modelo aplicable a todas las Autonomías de una España «cada vez más federal»
MARIANO GASPARET ABC 8 Julio 2005

JOAN IGNASI PLA Secretario General del PSPV-PSOE

VALENCIA.
-El Estatuto valenciano avanza en autogobierno, parte de un amplio consenso y se ciñe a la Constitución. ¿Deben tomar nota catalanes y andaluces?
-El Estatuto valenciano cumple el esquema marcado por Zapatero. Otra cosa son los contenidos, donde cada Autonomía ha de hacer valer sus anhelos, necesidades, ambiciones y situación política y social. No hay un modelo para todos. Ése es un error que cometió el PP cuando planteó que el proceso de reformas estatutarias lo pactasen por arriba los dos grandes partidos. No puede pretenderse que el Estatuto valenciano sea el guión para todos.

-Cataluña y Andalucía amagan propuestas que afectan a leyes orgánicas. ¿Se pueden modificar leyes orgánicas desde las Comunidades?
-Para que las Autonomías estén en plano de igualdad con el Estado hay que modificar algunas leyes orgánicas. Nosotros hemos optado por señalar hacia dónde queremos ir en materia de financiación y justicia, pero postergando a una negociación multilateral la concreción de esos aspectos. Hay que modificar leyes orgánicas, pero no desde la bilateralidad con el Estado sino desde la multilateralidad.

-¿Cuáles son los principales valores del Estatuto valenciano?
-El principal valor es la apuesta por el consenso y por el diálogo. Levantar la mirada, dejar fuera cuestiones partidistas y pensar en la Comunidad y también en España. El PP era reticente a las reformas y este Estatuto ha abierto las puertas y ha desdramatizado el proceso. Las reformas son un valor para consolidar el proyecto común que es España desde la pluralidad.

-¿Coincide con el PP en que no se debe de marginar a la segunda fuerza política en las reformas?
-El PP puede y debe jugar un papel importante, pero en cada territorio su fuerza es distinta. Es el propio PP el que debe dejar espacios para que sus representantes territoriales se sumen. Me cuesta mucho entender que Piqué, que tiene una visión moderna de España claramente conciliable con la visión plural del PSOE, se quede fuera de la reforma catalana porque así lo decidan Rajoy y quienes mandan en el PP en Madrid.

-El Estatuto valenciano reconoce el derecho de los ciudadanos a expresarse en castellano y valenciano, pero no convierte en obligación el tema lingüístico.
-Los castellanohablantes han de convivir en igualdad de derechos con los «valencianoparlantes». Sí se tiene que intentar que la lengua minoritaria, que es el valenciano, tenga apoyo en todos los ámbitos. Este Estatuto da una respuesta moderna al bilingüismo.

-¿Es un exceso el deseo de los catalanes de convertir en obligatorio el conocimiento del catalán?
-Es contraproducente defender la lengua minoritaria imponiéndola.

-¿Por qué han retirado la referencia a la «indisoluble» unidad de España que sí aparecía en el Estatuto del 82?
-Lo de «indisoluble» guardaba demasiadas connotaciones y hoy nadie pone en cuestión la unidad del proyecto común de España dentro de la pluralidad.

-¿Este punto fue duro?
-No. Se aceptó sin más.

-Entonces, el PP no es tan centralista como dicen ustedes.
-El PP valenciano ha sabido entender también esa realidad de España y ha estado a la altura.

-Se hablaba mucho del Estatuto catalán, un poco del andaluz, y de pronto irrumpe el Estatuto valenciano ya pactado. Hay quien asegura que Zapatero y Rajoy impulsaron el pacto para centrar su imagen tras el debate sobre el Estado de la Nación.
-En el caso del PSOE no es así. Zapatero es muy respetuoso con las posiciones de cada federación.

-El Estatuto valenciano incluye una Carta de Derechos (al agua, a una renta básica de ciudadanía...). ¿Pueden tener los ciudadanos de unas Comunidades derechos diferentes a los de otras?
-No es que unos tengan más o menos derechos que otros, sino que se les reconoce en la máxima norma de su Comunidad los derechos que pueden invocar.

-Ustedes dicen que el Servicio Tributario es una agencia consorciada, pero el PP insiste en que es apenas una delegación de hacienda elevada al Estatuto.
-Cada uno hace la interpretación que puede, pero el texto es muy claro. El Servicio Tributario tiene personalidad jurídica propia y autonomía, igual que la estatal, y se crea en régimen de descentralización funcional para gestionar tributos propios y cedidos. Es decir, es una agencia consorciada, lo que pasa es que el PP obligó a cambiarle el nombre para evitar quedar mal, porque se habían opuesto a crear diecisiete agencias.

-¿El Consejo Valenciano de la Justicia es un órgano asesor o anticipa la descentralización del CGPJ?
-El Estatuto marca la senda para las modificaciones de las leyes orgánicas. Decimos que pensamos que se tiene que hacer, pero dejamos la concreción de las modificaciones a una negociación multilateral. En el Consejo de Justicia abrimos la puerta para que ése sea el espacio de recepción de una futura descentralización del CGPJ.

-La «cláusula Camps» de máxima garantía competencial prevé la asunción de cuantos avances competenciales asuman otras Autonomías. ¿Es una garantía contra las asimetrías?
-Esa fórmula está porque la exigió el PP para que Camps no quedase mal, ya que anunció que cerraba el acuerdo cuando aún no había pacto, y luego no se podía echar atrás.

-¿Vamos ya hacia un modelo federal?
-Es clarísimo. Cada vez más.

Brasil aprueba la ley que extiende la enseñanza del español a sus veinte mil institutos de Secundaria
La norma, que ha permanecido paralizada un lustro en el Parlamento, exige la inmediata contratación de doscientos mil profesores de lengua española
ABC 8 Julio 2005

BRASILIA. La Ley que establece la obligatoriedad de ofrecer clases de español en los Institutos de Secundaria de Brasil, tanto privados como públicos, fue finalmente desbloqueada ayer, al ser aprobada por unanimidad por la Comisión de Educación y Cultura del Congreso brasileño.

Después de un largo proceso iniciado en 1993, la Ley llega ahora a puerto; falta apenas ser ratificada por el plenario del Congreso. El presidente de la Comisión, Carlos Abicalil, del Partido de los Trabajadores (PT, de Lula), afirmó que la norma será aprobada sin problemas por el Parlamento este año. El Gobierno prevé que la nueva ley comience a ser aplicada en el próximo curso escolar, este mismo año.

Tras los ocho años de Educación Primaria, los alumnos de Secundaria -periodo que dura tres años, cursado entre los 14 y los 17 años, y que da acceso a la Universidad-podrán escoger el estudio del español, que todas las escuelas públicas y privadas deberán ofrecer. El proyecto de ley aprobado también introduce el estudio del español entre el quinto y el octavo curso de Primaria, aunque será optativo para las escuelas ofrecerlo.

De máxima importancia para Brasil
El presidente de la Comisión de Educación del Congreso, Carlos Abicalil, afirmó el lunes pasado: «La lengua española es de máxima importancia para Brasil y la enseñanza de la misma fortalecerá, además de los asuntos económicos, las relaciones culturales de Brasil con todos los países próximos, ya que somos el único de América que habla portugués».

Por otra parte, el ministro de Educación, Tarso Genro -también del Partido de los Trabajadores-declaró el pasado lunes que el Ministerio de Educación está a la vez desarrollando estudios para la implantación de la enseñanza obligatoria del español en las escuelas, «dada la importancia que tiene el idioma, no solamente en el Mercosur, sino también en todo el mundo».

Después de pasar por la mesa de tres presidentes de la República, será definitivamente Luiz Inácio Lula da Silva quien en los próximos meses firmará por fin una ley que, además de tener indiscutibles efectos prácticos para los alumnos brasileños por sí misma, proyectará, según los analistas, un gran valor político por ser el primer paso para un Brasil «bilingüe» en un futuro próximo.

Para evitar que pudiese ser impugnada por inconstitucionalidad (como sucedió hace algunos años) el texto aprobado definitivamente por la Comisión impone la obligatoriedad de impartir la asignatura, dejando a los alumnos la libertad de optar a su matriculación. El organismo también rechazó una enmienda del Senado que pedía que las clases fuesen cursadas fuera del horario escolar. Este rechazo ha sido crucial para el desbloqueo de la ley que finalmente establece su introducción «dentro del horario escolar» y como parte del currículo de oferta obligatoria.

El agregado de Educación de la Embajada de España en Brasil, Jesús Cordero, ha señalado la importancia del visto bueno recibido por la norma. «La aprobación de la ley supone un triunfo político para España y para los países iberoamericanos », concluyó el representante español poco después de conocerse la noticia.

A la orden
JORGE URRUTIA. Director académico del I. Cervantes ABC  8 Julio 2005

La aprobación de la ley que hace obligatoria la enseñanza del español en Brasil es una gran noticia para el mundo hispánico. No porque ello signifique preponderancia alguna de los hablantes de español en Brasil, sino porque significa un reconocimiento de nuestra lengua en el país que parece tener mayor futuro económico y cultural en el continente suramericano.

Ello tampoco significa que de la noche a la mañana todos los brasileños vayan a hablar español. El proceso va a ser complejo con toda probabilidad. Brasil es una república federal en la que cada uno de los Estados tiene competencias propias en Educación. Habrá que leer la ley y los textos de aplicación en cada uno de los Gobiernos estatales para hacer el cálculo de la aparición del español de forma obligatoria en su sistema educativo. Sabemos ya que los jóvenes brasileños prefieren en muchos lugares el español a otras lenguas extranjeras; así, en el Estado de Río de Janeiro ya es el idioma del que más estudiantes se examinan en la prueba equivalente a nuestra Selectividad.

Probablemente, Brasil necesitará alguna ayuda para la generalización de la enseñanza de nuestro idioma. Con todo espíritu de colaboración, y siempre en virtud de sus deseos, España y los demás países de lengua española tendrían que ofrecer su experiencia para el perfeccionamiento del profesorado a todos los niveles, empezando, a lo mejor, por la enseñanza del tercer ciclo.

Me atrevo a sugerir que los países hispanohablantes con mayor capacidad y experiencia en la enseñanza del español a extranjeros estudien con Brasil la creación de un consorcio para dichos fines.

Dicho todo esto, ahora es el momento de congratularse por esta medida del Gobierno brasileño y, como los centroamericanos, decir simplemente: «A la orden».

EL RÉGIMEN Y SUS CRÍTICOS
MIQUEL PORTA PERALES ABC Cataluña  8 Julio 2005
«¿Cómo puede decirse que Cataluña y España constituyen naciones distintas? ¿Existe una identidad catalana distinta a la española? ¿Quizá los ciudadanos de cultura, historia, manera de ser, etc, españolas no están dotados de identidad catalana pese a ser catalanes y vivir en Cataluña?»

Tras más de un cuarto de siglo de democracia, algo se mueve en Cataluña. Como ustedes conocen sobradamente, en las últimas semanas han aparecido un par de colectivos que, por así decirlo, cuestionan el orden nacionalista realmente existente -mejor, el desorden nacionalista realmente existente- en Cataluña. Uno de esos colectivos está formado por un grupo de prestigiosos intelectuales -ellos y las tres mil firmas que han secundado el manifiesto- que reclaman la creación de un nuevo partido político en Cataluña que, en lugar de preocuparse por la identidad, se preocupe por la ciudadanía y demás cuestiones prosaicas como por ejemplo la economía, la corrupción, o la educación. El otro colectivo -quizá sería mejor hablar de dos colectivos con intereses convergentes- está compuesto por militantes socialistas críticos con una dirección que ha cedido al discurso nacionalista hoy dominante en Cataluña con todo lo que ello implica. Este par de movimientos han sido recibidos de manera distinta: a los intelectuales -con las excepciones de rigor- se les ha tildado de izquierda caviar, de lerrouxistas, de falangistas a los que había que exterminar, o de perturbadores de la convivencia.

Dejando a un lado lo de la izquierda caviar, lo de falangistas, y lo de lerrouxistas -en Cataluña, esas cosas siempre se dicen a/contra quien piensa distinto a lo oficialmente establecido-, ¡menudo país el que considera que el disidente perturba la convivencia! Los colectivos socialistas críticos han sido recibidos de una forma distinta: esto es, no han sido recibidos -que se sepa- de ninguna manera. Tengo la impresión que el socialismo oficial los considera como un grano con el cual hay que convivir: ya se sabe, de vez en cuando una pequeña bronca en la agrupación correspondiente y aquí paz y después gloria. Otro gallo cantaría si algún dirigente socialista catalán se decidiera a refundar -lo dice Alfonso Guerra en sus memorias: la absorción que dio lugar al PSC fue una tomadura de pelo- la Federación Catalana del PSOE. Pero, ¿quién se arriesga a perder trabajo y sueldo después de tantos años en el poder? Nadie.

En cualquier caso, los intelectuales y los socialistas críticos con el desorden realmente existente en Cataluña tienen el mérito de poner al descubierto lo que en alguna ocasión he denominado el Régimen nacionalista catalán. Régimen que se vertebra alrededor de una concepción excluyente de la nación, la identidad y la lengua. Según el Régimen, en Cataluña, de nación sólo hay una: la catalana. Una nación que estaría constituida por una serie de elementos entre los cuales destacan la identidad propia y la lengua propia. ¿La identidad propia? Según el Régimen, estaría formada aquellos elementos -cultura, historia, tradición, mitos, símbolos, arte, manera de ser, gastronomía, lengua- que definirían la nación catalana y la distinguirían de las demás, esto es, de España. ¿La lengua propia? La catalana, sin duda. Con estos mimbres, se persigue la llamada construcción -o reconstrucción, según la versión arqueológica del asunto- nacional de Cataluña. ¿De qué va el asunto? Según parece -la cosa no resulta fácil de entender-, se trataría de construir una Cataluña propia en que todo -perdonen la redundancia, pero es que ahí radica la esencia del asunto- fuera propio. Es decir, catalán. O sea, catalán catalán (?!).

A buen seguro que cualquier individuo dotado de una cierta capacidad de argumentar y razonar no entenderá nada de nada. ¿Cómo puede decirse que Cataluña y España constituyen naciones distintas? ¿Existe una identidad catalana distinta a la española? ¿Quizá los ciudadanos de cultura, historia, manera de ser, etc, españolas no están dotados de identidad catalana pese a ser catalanes y vivir en Cataluña? ¿Por qué a la lengua castellana se le niega el estatuto de lengua de Cataluña pese a ser la propia de la mitad de los catalanes? Y, ¿qué decir de la construcción de una Cataluña ya construida? Absurdo. Pero, el Régimen es así.

Curioso pin
Cartas al Director ABC 8 Julio 2005

He pagado mis impuestos. Ahora resulta que el alcalde de Guecho, Zarraoa, se va a gastar alegremente 26.000 euros de vellón, y míos, para promover unos pines que lleven los euskaldunes que quieran comunicarse en euskera. La verdad, me arrepiento de haber pagado, pero por si acaso voy a ser práctica y hacerme con un pin, y como no hablo euskera, ni pienso aprenderlo a tiros, si me hablan haré como que soy sordomuda. Cualquier cosa antes de ponerme en la lista negra de los que no hablan euskera. Que ya sabemos que aquí hay muchos dispuestos a pasar lista. Sería interesante, Zarraoa, tener preparada una buena explicación sobre los pines para dar a los turistas que nos visiten. Edurne Zarraoa. Guecho (Vizcaya).

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