AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 10 Julio 2005
¿Cómo nos vamos a defender
JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS ABC  10 Julio 2005

ZP, mucho miedo y poca vergüenza
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 10 Julio 2005

Londres está lleno de ingleses
Editorial ABC 10 Julio 2005

El espíritu de Dunkerke
CARTA DEL DIRECTOR ABC 10 Julio 2005

Camino de libertad
Ignacio Cosidó Libertad Digital 10 Julio 2005

La verdad duele
Jesús Gómez Ruiz Libertad Digital 10 Julio 2005

Un atentado arriesgado
PEDRO ARIAS VEIRA La Voz 10 Julio 2005

Andersen
Editorial ABC  10 Julio 2005

Nuestra civilización y su barbarie
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 10 Julio 2005

Los españoles desconfían
Editorial ABC  10 Julio 2005

EL OTRO EFECTO DEL 7-J
EDURNE URIARTE ABC 10 Julio 2005

Estatuto sin horizonte
Editorial ABC 10 Julio 2005

«España es una nación y punto»
P. de las Heras | madrid La Voz 10 Julio 2005

Más de 10.000 alumnos asistirán el próximo curso a colegios públicos bilingües
M. ASENJO ABC 10 Julio 2005

Ferran Gallego y Edurne Uriarte dicen que la nación española vive una «crisis permanente»
ABC 10 Julio 2005

 

¿Cómo nos vamos a defender?
POR JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS ABC  10 Julio 2005

... No hay más alternativa para mantener lo que Blair ha definido como «nuestro modo de vida» que repensar desde lo concreto y desde lo abstracto el equilibrio actual entre la seguridad y la libertad...

EL pensamiento débil, incrustado en una izquierda intelectual narcisista, ha vuelto a acudir al gimoteo preventivo acerca de los propósitos de castigo que puedan estar albergando Blair o Bush contra los culpables de los atentados de Londres. Sin embargo, no parece que los británicos estén por la labor de adherirse a la Alianza de Civilizaciones de nuestro Rodríguez Zapatero como propugnan horas después de la masacre en la capital del Reino Unido algunos de sus propagandistas mediáticos. Allí, en Gran Bretaña, la evocación de Winston Churchill («No nos rendiremos jamás») es bastante más convincente que el nihilismo que ha denunciado con lucidez André Glucksmann («Occidente contra Occidente»).

En Londres no olvidan que, antes de la guerra de Irak, se produjo un 11 de septiembre de 2001, que causó tres mil muertos y que constituyó, de hecho, más que una acción terrorista, un auténtico acto bélico, un desafío a la civilización occidental y, en consecuencia, un acto de hostilidad que requería una respuesta militar como fue la intervención en Irak. Suprimir la guerra en el lenguaje políticamente correcto no supone que haya desaparecido como una realidad que se ha metamorfoseado mediante acciones que denominamos terroristas. Seguimos siendo tributarios de una comprensión convencional de lo bélico y pretendemos entender como terrorismo -que también lo son- atentados que, en puridad, por su calibre no se distinguen de los de carácter militar.

La guerra que en realidad nos están planteando las excrecencias más fanáticas del islamismo responde a una lógica medieval en la que se unen indisociablemente lo temporal y lo trascendente, lo civil y lo religioso, en los términos explicados hasta la saciedad por Bernard Lewis en su «Lenguaje político del Islam». En ese ensayo de culto, quedan claros los perfiles de unos extremistas crudelísimos que ejercen una violencia bélico-terrorista amparada en una presunta legitimidad moral no tanto política como teocéntrica. Asesinan, y lo hacen masivamente, en nombre de un dios.

Llega su carácter fanático a serlo en grado tal que consideran enemigos acérrimos a los propios estados islámicos que, para defenderse de su agresión, se han convertido en algunos casos en cómplices de colaboración por omisión, quizá también porque saben que un choque interreligioso con los terroristas alcanzaría un coste no aceptable por sus propias sociedades. Como acaba de recordar el maestro Ryszard Kapuscinski, «la fuerza del fundamentalismo o del fanatismo religioso se dirige contra sus propios gobiernos y no contra el mundo de los blancos; estos fanáticos fundamentalistas consideran a sus gobiernos grandes enemigos del Islam, traidores de su fe».

El teocentrismo de este terrorismo bélico y su modus operandi tecnológico procuran una combinación de barbarie y sofisticación que lleva a que todos los gobiernos occidentales se pregunten por la forma de defendernos de sus cruentas agresiones. Como siempre, las respuestas políticas precisan de teorizaciones académicas sensatas. En este punto, «la ética política en una era de terror» que propugna Michael Ignatieff en su magnífica obra «El mal menor» arroja luz sobre cómo hemos de reequilibrar el binomio libertad-seguridad. Asegura el profesor de Harvard que «la democracia liberal ha perdurado porque sus instituciones están diseñadas para manejar formas moralmente arriesgadas de poder coactivo». Esta afirmación podrá indigestar a los biempensantes de la izquierda nihilista, pero es seguro que reconforta, y mucho, a los ciudadanos que toman el metro o el autobús todas las mañanas en las grandes ciudades europeas. Debemos, creo, aplaudir el planteamiento de Ignatieff según el cual «la moral del mal menor está diseñada por escépticos, por personas que aceptan que los líderes tendrán que actuar con firmeza basándose en una información no muy precisa; que creen que puede ser necesario algún sacrificio de la libertad en períodos de peligro; que desean una política que funcione, pero que no están dispuestos a que lo que funciona sea el único criterio para decidir lo que se debe hacer. Semejante ética es un acto de equilibrio: trata de decidir entre las demandas del riesgo, la dignidad y la seguridad de tal modo que afronte realmente los casos concretos de amenaza. La ética del equilibrio no puede privilegiar los derechos por encima de todo, ni la dignidad por encima de todo, ni la seguridad pública por encima de todo».

Nuestro autor lo tiene claro al subrayar que la que él formula es «una ética de la prudencia más que una ética de principios fundamentales, una ética que evalúa lo que hay que hacer en una emergencia manteniendo una predisposición conservadora contra las violaciones de las normas establecidas del debido proceso, la protección igualitaria y la dignidad básica».

Es ya meridianamente claro que los ciudadanos no tienen ninguna necesidad de comulgar con las ruedas de molino del angelismo intelectual. Que la difusión y percusión del discurso del apaciguamiento -cuando estamos recordando los prolegómenos de la II Guerra Mundial, signados por el malhadado Convenio de Múnich en 1938, en el que Chamberlain y Daladier entregaron a Hitler los Sudetes para evitar una guerra que el dirigente nazi acometió con mayor vileza ante la debilidad de sus interlocutores- siga adueñándose de los espacios editoriales de muchos periódicos no significa demasiado. En Estados Unidos los diarios más convenientes apostaron por Kerry y triunfó el republicano Bush, y en Francia y Holanda todos los medios invitaron a votar positivamente en el referéndum de la Constitución de la UE y se impuso la negativa. Y Blair no sólo ha sido reelegido, sino que ha impuesto su ritmo en la Unión Europea, triunfando en el magma del olimpismo internacional y reforzándose ahora por un comportamiento ejemplar del sistema político británico ante la agresión bélico-terrorista.

La respuesta a cómo debemos defendernos nos la están dando los teóricos y la están articulando algunos sistemas políticos occidentales con energía interna, capacidad de regeneración ideológica y dinamismo ético. No hay que temer a la fuerza cuando ésta se ejerce moralmente y, como sigue enseñando Ignatieff, debe estar claro que «el reto al evaluar qué medidas podrían ser aceptables es encontrar una posición que sea viable entre el cinismo y el perfeccionismo». Los cínicos no valen porque la ética es irrelevante para ellos y el fondo moral es el sustrato de cualquier victoria; pero tampoco son útiles los perfeccionistas, porque nos conducirían a la autodestrucción. En definitiva, no hay más alternativa para mantener lo que Blair ha definido como «nuestro modo de vida» que repensar desde lo concreto y desde lo abstracto el equilibrio actual entre la seguridad y la libertad. Porque no hay amenaza más temible, ni más perentoria, ni con más capacidad de generar el germen de futuros totalitarismos que la que constituye el terrorismo bélico.

Artículo en “The Financial Times”
ZP, mucho miedo y poca vergüenza
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 10 Julio 2005

Es difícil encontrar una mezcla tan acertada de estulticia y obcecación como la del Presidente del Gobierno en su artículo del “Financial Times”. Aparentemente, se trata de un gesto de apoyo incondicional a los británicos, gobierno incluido, tras la masacre del 7J. En la práctica, es una exhibición de reticencias, desautorizaciones, condenas y admoniciones contra Blair; y una defensa bastante explícita de su política de traición a los países aliados de los Estados Unidos, con Gran Bretaña a la cabeza. Todo lo que predica Zapatero es exactamente lo contrario de lo que Blair ha proclamado públicamente que seguirá defendiendo dentro y fuera de Gran Bretaña, incluidos los distintos frentes internacionales de la guerra contra el terrorismo, con Irak en primer lugar. Entonces, si Zapatero no se baja del burro ni Blair apea su bandera ¿a qué viene semejante pestiño?

Aunque es difícil interpretar los vaivenes casi epilépticos del pensamiento zapateril, cabe pensar que después de su olímpico fracaso en Singapur, achacado en España a su radical enemistad con los USA, y tras la consagración de Blair como líder europeo frente a sus admirados Chirac y Schroeder, el devoto servidor del Eje franco-alemán empieza a temer que su estrella palidezca o que su carrera política acabe estrellándose. Todo lo que ha hecho el Gobierno socialista es destruir la política del PP. Y todo lo que sucede en el mundo parece reivindicarla. En los perdidos Juegos Olímpicos, porque se ha demostrado que es mejor ser un aliado fiel que un enemigo incondicional de los USA. En la lucha antiterrorista, porque el político y el país que en Europa mejor representan el vínculo atlántico frente a la defección francesa y alemana, han salido reforzados de la prueba del terrorismo islámico. Sólo en España y gracias a la acción concertada de Zapatero y Polanco culpando de la masacre al Trío de las Azores y cediendo al chantaje terrorista en Irak, consiguieron los islamistas una derrota total de Occidente.

La insistencia de ZP en mantener la legalidad en la lucha contra el terrorismo sugiere nítidamente que todo lo que no sea actuar bajo el paraguas de la ONU es ilegal. Que, como todos sabemos, fue la excusa de Francia, Alemania y Rusia para apuñalar a USA y Gran Bretaña en la Guerra de Irak, una traición a la que sirvió el corrupto Kofi Annan, cuya complicidad con Sadam era no sólo moral sino paternalmente material. A ese argumentario se sumó el PSOE en la oposición y a esa siniestra causa sirvió apenas llegado al poder, cuando ordenó la inmediata retirada de nuestras tropas de Irak como querían los terroristas. No contento con ese uso artero y abusivo de la supuesta legalidad de la ONU, Zapatero cometió la infamia de invitar desde Túnez a la deserción en Irak de todos los países aliados de los USA (empezando, obviamente, por las tropas británicas), pese a que pocos días antes su Gobierno había votado una resolución de la propia ONU para que se mantuvieran allí el tiempo que hiciera falta. Naturalmente, ese gesto es más grave que el de no levantarse al paso de la bandera norteamericana en un desfile oficial, pero ha cosechado en Londres y Washington el mismo desprecio que su actuación en la guerra de Irak o que su indecorosa alianza con los terroristas Chávez y Castro.

Zapatero y sus escribas de la Moncloa no han reparado en lo ridícula que resulta esta reivindicación de la legalidad en la lucha antiterrorista viniendo de alguien que jamás denunció la utilización del GAL contra la ETA, que gobierna en Barcelona y en Madrid con un partido aliado con la ETA y que él mismo está en conversaciones con la ETA. Y que ha utilizado el terrorismo islámico contra el Gobierno del PP para llegar al Poder. Y que se niega a investigar la masacre del 11M porque le permitió llegar al Poder. Y que sigue utilizando la guerra de Irak, donde se siguen batiendo los soldados de Blair, como argumento fundamental para la criminalización del PP. Zapatero, en fin, ha quedado en evidencia en Singapur y en Londres. Y ha escrito este pliego de descargo en Madrid en defensa de su grotesca Alianza de Civilizaciones que demuestra que sigue siendo un aliado de los enemigos de Occidente, pero que tiene tanto miedo como poca vergüenza.

Londres está lleno de ingleses
Editorial ABC 10 Julio 2005

SÍ, Londres está lleno de ingleses. Conviene recordarlo. El ejemplar espectáculo de civismo y madurez que ha dado Londres ante el mundo y especialmente ante España no tiene, pues, el menor mérito. Mérito hubiera sido que todo eso ocurriera en un Londres lleno, ¿qué digo yo?, de diez millones de vengativos votantes del PSOE. Estamos comparando demasiado las explosiones asesinas de Atocha con las de King´s Cross; la oposición socialista del 11-M, con la oposición conservadora del 7-J; el apagón informativo, con Acebes como puta por rastrojo con el «queremos saber». Se nos olvida una perogrullada fundamental: Londres está lleno de ingleses. Es más: salvo alguna posgraduada en un curso intensivo de inglés o algún ejecutivo en la sucursal de un banco, apenas hay españoles. ¡Qué suerte la de estos ingleses, que no tienen ni un Rubalcaba ni un Pepiño Blanco!

¿Se imaginan una sociedad donde ocurre una desgracia y no sale a la calle ningún Bardem diciendo las cosas que en tales casos gritan los Bardem? ¿Se imaginan una sociedad donde ocurre una desgracia y ningún Almodóvar anuncia que él sabe de muy buena tinta que la Reina Isabel va a dar un golpe de Estado? ¿Se imaginan una sociedad donde ocurre una desgracia y no hay pancarta alguna con Ana Belén y Víctor Manuel incorporados, donde Concha Velasco ni está ni se le espera?

No es Blair, no son los laboristas, no es la oposición conservadora, no es Isabel II, no es la BBC; ni el «Times», ni el «Sun»; no es el Scotland Yard: es el pueblo inglés, en su conjunto, el que nos hace sentir envidia ajena... y vergüenza propia. El que nos hace preguntar ahora más insistentemente que nunca que dónde hay que echar los papeles para hacerse inglés, que yo de mayor quiero ser inglés, o que a qué hora sale el primer avión para Londres.

En el verano mandamos a nuestros hijos a Inglaterra, porque tenemos al Reino Unido como un ideal cívico y cultural. ¿Cuántos ingleses mandan a sus hijos cada verano a España? Ni a los cateados con las peores notas los mandan a España como castigo; la estricta disciplina escolar inglesa no es tan cruel. No bastan las inmersiones estivales en la lengua de Los Beatles, las cretonas inglesas en la salita, el «Retorno a Brideshead». Se trata de algo más: ni más ni menos que de un pueblo. Todos los hombres somos iguales, pero todos los pueblos, no. Nos lamentamos de cómo está España por culpa de ZP, sin tener en cuenta que no es una hipótesis de trabajo, sino un señor con la percha dentro de la chaqueta, sonriendo siempre, encantado de haber conocido a un chico como él en un sitio como ése, al que votó la mitad del pueblo español y que gobierna apoyado por los separatistas, los comunistas y los republicanos que quieren destruir el Estado. ¿Apoyarían los ingleses a un partido virtuoso en el arte de convertir las mentiras en verdades para que se las crean diez millones de votantes... que dicen que los otros diez millones que no se las creen son unos fachas? Tras el 11-M dimos el espectáculo que dimos porque el «pásalo» de los SMS no lo ponían espíritus puros, sino españoles. Eran españoles los que llamaban asesino al Gobierno y lo culpaban de las explosiones en los trenes.

Con los mismos mimbres que hicimos aquel canasto por donde ahora se nos escapan todas las aguas, los ingleses han hecho una civilizada cesta de flores funerales en memoria de las víctimas. Su «queremos saber» es que los culpables no están en el Gobierno, sino en el terrorismo internacional. En estas ocasiones, echo de menos a Pablo de Olavide. En el siglo XVIII, el ilustrado limeño Olavide repobló con colonos alemanes y suizos los desiertos caminos de Sierra Morena y fundó con ellos La Luisiana, La Carolina, La Carlota... porque no se fiaba de los españoles. ¡Qué maravilla si ahora llegara un nuevo Olavide y repoblara España de ingleses!

El espíritu de Dunkerke
CARTA DEL DIRECTOR ABC 10 Julio 2005

NADIE ha roto en Gran Bretaña el silencioso consenso del dolor. Los muertos van surgiendo en un siniestro goteo de los túneles del anticuado metro de King´s Cross sin que se alce voz alguna que recrimine al Gobierno el deliberado timing psicológico con el que ha preparado a la nación para una cifra -¿cien?- de duro impacto moral. La opinión pública rumia la tragedia en medio del apagón informativo que ha ocultado los cadáveres de la vista de una nación sobrecogida. Por supuesto que existen dudas: sobre la prevención antiterrorista, sobre la participación en la guerra de Irak, sobre la férrea gestión gubernamental del atentado. Pero se expresan en voz baja, en el círculo quedo de las amistades y las familias, como si la proverbial educación británica temiese romper la obligación ética de la unidad y el cierre de filas en torno al Estado agredido en las personas de sus ciudadanos.

Son varios siglos de democracia los que subyacen bajo esta demostración ejemplar de civismo político. Los que hacen que Ken «el Rojo», el activísimo alcalde londinense que encabezó las marchas contra la guerra de Irak, se niegue a entrar en el juego demagógico y fácil de las descalificaciones retroactivas. Los que empujan a la oposición conservadora a una alineación sin fisuras con el Gobierno laborista de Tony Blair. Los que, en el asustado y conmovido ambiente moral de la nación inglesa, han rescatado del armario de la memoria un arsenal de firmeza colectiva que allí llaman «el espíritu de Dunkerke».

Entre el 26 de mayo y el 4 de junio de 1940, Gran Bretaña sufrió en las playas francesas de Dunkerke la más dura y peligrosa de sus derrotas militares. Miles de soldados quedaron para siempre tendidos en la costa mientras otros tantos fueron reembarcados de manera ignominiosa dejando en tierra armas y pertrechos para mejor huir del devastador fuego de la Wehrmacht. La retirada dejó a Inglaterra a merced del empuje alemán, y provocó en las islas una sacudida de temor a la inminente invasión hitleriana.

Fue entonces cuando Winston Churchill, elegido primer ministro apenas un mes antes, galvanizó a la nación con su célebre discurso del will never surrender, el mejor monumento dialéctico a la resistencia jamás pronunciado: «Lucharemos en las calles, en las playas, en los campos, en las montañas. Jamás nos rendiremos». No tenían nada con lo que oponerse al poderío devastador del ejército nazi, pero los ciudadanos creyeron ciegamente en el desafío. Ayudados por el heroísmo de los pilotos de la RAF y respaldados moralmente por un Rey que recorrió los túneles del metro -precisamente del atacado metro londinense- en que se apiñaba el vecindario bajo los bombardeos, los ingleses aguantaron la embestida. Y de algún modo marcaron el comienzo de una inflexión en la guerra que el mundo libre perdía a chorros frente al empuje totalitario.

No pocos ciudadanos británicos han creído reconocer ese espíritu de rebeldía en las breves palabras que Blair pronunció el jueves en Gleneagles, horas después del atentado en el tube. «No nos intimidarán, no nos aterrorizarán, no nos vencerán. No cambiaremos nuestra forma de vida». Blair, quizá el único líder carismático que sobrevive en esta triste Europa, no gozó ni siquiera de un día de euforia tras su brillante éxito diplomático en la asamblea olímpica de Singapur, donde -con el concurso del impecable campeón Sebastian Coe, capaz de articular un discurso de nobleza deportiva en la más pura tradición de «Carros de fuego»-, arrolló la arrogancia de un Chirac que se había permitido poco antes despreciar a su rival en el liderazgo europeo con chulescas alusiones a las vacas locas y a la cocina de la campiña inglesa.

Pero los grandes líderes se miden en los grandes momentos, y Blair se ha resucitado a sí mismo en unos meses vertiginosos. Primero ganó a contracorriente las elecciones, a base de dar la cara ante un pueblo convencido de que la intervención en Irak fue un error. Sí, quizá nos equivocamos, vino a decir una y otra vez, pero ahora estamos allí y lo importante es preservar nuestra seguridad y ayudar a nuestros aliados. Luego, cuando en la política londinense circulaba la especie de que iba a abdicar pronto en el más radical Gordon Brown, se alzó como una fiera sobre las ruinas de la Constitución Europea y propuso un liderazgo alternativo al decadente empeño chiraquiano. A continuación se llevó los Juegos de 2012 en una fulminante exhibición de carisma diplomático, y se plantó en la cumbre del G-8 a liderar la ayuda a la cooperación con la hambruna africana. Y entonces, sin darle un respiro, estalló el metro y voló por los aires un rojo autobús en plena calle. Y el premier mandó apagar las luces, ocultar los muertos, evitar declaraciones, y se puso él solo al frente de una crisis pavorosa como la que hace quince meses se llevó por delante a su amigo Aznar con todo su equipo.

Todas las comparaciones son odiosas, pero a veces resultan por completo inevitables. La serenidad con que Gran Bretaña ha afrontado esta crisis hubiera sido imposible sin la colaboración de una ciudadanía asentada sobre un largo sustrato de aprecio por la democracia. Probablemente, Blair aprendió de los días tristes del 11-M en España la conveniencia de no precipitarse en la atribución de responsabilidades y en la excesiva exposición ante la opinión pública. Pero ha contado con la complicidad y la anuencia de un pueblo dispuesto a no dejarse quebrar. A nadie se le ha ocurrido allí exigir que se cuenten los muertos sobre la marcha, ni pedir al Gobierno explicaciones inmediatas sobre la investigación policial. Nadie ha recriminado aún al primer ministro -quizá acaben haciéndolo, pero esperarán a que se remanse el shock para exigir responsabilidades- los errores de la invasión de Irak. Nadie ha acosado las sedes del Partido Laborista. Nadie se atreve a establecer una relación de causa-efecto entre la posición de su Gobierno y el ataque criminal contra los ciudadanos. Nadie se ha confundido de enemigo. Los ciudadanos ingleses saben que, entre su Gobierno y los terroristas, no tienen otra elección que su Gobierno.

El espíritu de Dunkerke consiste en la conciencia de saberse una nación amenazada. Amenazada por los enemigos de la libertad, no por los errores de unos gobernantes elegidos por el procedimiento democrático. Y para eso, lo esencial es identificar al enemigo, y luego combatirlo. La democracia se defiende combatiendo desde los tiempos liminales de la Atenas de Pericles, que hubo de consolidar su libertad frente a la amenaza militar de las vecinas ciudades-estado. Ahora no hay ejércitos a los que enfrentarse, y por ello es menester no confundirse de diagnóstico, una tarea ingrata y difícil en la sociedad abierta. El enemigo de esta hora está fuera del sistema, en el fanatismo teocrático, pero también dentro, en la tentación de la debilidad y en la falta de pedagogía democrática que nubla la conciencia de que la democracia, aunque sea vulnerable, no tiene por qué ser débil.

«Preferisteis el deshonor a la guerra. Pues bien, tenéis el deshonor y tendréis la guerra», censuró Churchill a los paladines de la política de apaciguamiento. En estos días de triste memoria, conviene retener las enseñanzas de quienes ya pasaron por trances esencialmente similares a los que nos toca vivir. Enseñanzas positivas y negativas. Porque hay comparaciones odiosas -¿qué habría ocurrido en España si, tres días después del atentado, no se conociese el número de muertos ni se hubiese producido detención alguna?-, y diferencias más irritantes todavía. Como escribió el filósofo Derrida, la diferencia es la articulación del tiempo y del espacio. El que pueda entender, que entienda. director@abc.es

Ataque a las democracias
Camino de libertad
Ignacio Cosidó Libertad Digital 10 Julio 2005

Las democracias hemos sido atacadas de nuevo. Poco importa el lugar elegido por los asesinos para este nuevo golpe, porque en realidad en Nueva York, en Madrid o en Londres todos los que en el mundo creemos en la libertad y vivimos en democracia fuimos atacados. Entender este principio, que todos somos victimas potenciales del terror y que por tanto todos debemos estar comprometidos en la lucha contra el terrorismo, es la lección más importante que debemos aprender de esta nueva masacre.

Es esencial que entendamos el carácter global y la extrema gravedad de la amenaza a la que nos enfrentamos y que teniendo plena conciencia del peligro en el que nos encontramos actuemos en consecuencia. Consideran además que en tanto que infieles no merecemos el derecho a la vida y por eso pueden masacrar impunemente cuantos más inocentes mejor para lograr este objetivo.

Este proyecto de dominación planetaria por parte de un reducido grupo de lunáticos podría resultar ridículo si no fuera por dos hechos. En primer lugar, que para lograr su objetivo no han dudado en asesinar ya a varios miles de ciudadanos inocentes por todo el mundo, muchos de ellos musulmanes a los que consideran apostatas y traidores a su causa. En segundo lugar, porque una tercera parte de los 800 millones de musulmanes que existen en el mundo se sienten atraídos con mayor o menor intensidad por esta delirante causa.

La amenaza es global porque el objetivo de destruir la democracia no es mera retórica, sino algo muy real. Todos los países libres somos por tanto objetivos para ser atacados. Más allá de otras consideraciones tácticas, como la facilidad para cometer un determinado atentado, el impacto mediático o la posibilidad de crear contradicciones entre los aliados con una determinada acción, no hay que perder de vista que su objetivo último es destruir nuestro sistema de valores, acabar con nuestra forma de vida y someter a nuestros países a su voluntad totalitaria. Nadie por tanto que aspire a seguir viviendo en democracia está libre de esta amenaza.

Este grupo de fanáticos, que se ha extendido en forma de red por el mundo islámico, ha encontrado en el terrorismo la forma ideal para alcanzar sus objetivos de dominación. El terrorismo les permite causar una gran destrucción con unos medios limitados, así como generar buenas dosis de conmoción y temor en las sociedades libres. El terrorismo no tiene además ningún tipo de limitación legal o moral, lo que les permite un uso absolutamente indiscriminado de la violencia.

Estos grupos terroristas buscan además de forma desesperada dotarse de armas de destrucción masiva, ya sean nucleares, biológicas o químicas. Consideran que con este tipo de armas las cifras de muertos causados por sus atentados podrían escalar desde unos pocos cientos o miles a unos cuantos millones. Ese grado de destrucción obligaría necesariamente a los gobiernos democráticos a claudicar de su voluntad de defender y expandir la democracia en el mundo y sometería nuestras sociedades libres a los designios de su fanatismo. En el mundo actual, y sino adoptamos medidas enérgicas para impedirlo, es solo cuestión de tiempo que estos grupos puedan llegar a dotarse de este tipo de armas.

Estamos por tanto ante una amenaza global a la que estamos obligados a vencer si queremos asegurar la pervivencia de nuestro sistema democrático. Para ello es fundamental que tengamos una clara percepción de la amenaza a la que nos enfrentamos y que generemos una voluntad de victoria capaz de superar cualquier prueba y encajar cualquier golpe. Tenemos que convertir la indignación y el temor que hoy sienten millones de ciudadanos en todo el mundo en un cauce de acción eficaz en la lucha contra el terror. Debemos adaptar nuestros instrumentos de seguridad y nuestra legislación a una nueva amenaza que no conoce limites en su ánimo de destrucción. Pero sobre todo debemos fortalecer nuestro convencimiento de que nada ni nadie puede apartarnos de nuestro camino de libertad.
Ignacio Cosidó es senador del Partido Popular

La verdad duele
Jesús Gómez Ruiz Libertad Digital 10 Julio 2005

El Gobierno y sus apoyos mediáticos quizá deberían dejar de vociferar nerviosamente su ya desacreditada e infame fábula sobre la foto de las Azores y sobre la culpabilidad del anterior Gobierno Los atentados de Londres, casi iguales, tanto en el fondo y en la forma como en sus objetivos, a los atentados del 11-M, han puesto muy nerviosos a los líderes y responsables del conglomerado Prisa-PSOE. Porque esta vez ni el Gobierno, ni siquiera el grupo Prisa, pueden ocultar o deformar algo evidente: que el pueblo, la clase política y los medios británicos, en circunstancias prácticamente idénticas a las del 11-M, no sólo no han acusado de imprevisión a Tony Blair ni le han culpado de los atentados, sino que han respaldado como un solo hombre su determinación de seguir combatiendo a los terroristas hasta vencerlos definitivamente. Y ha bastado que el líder de la oposición, Mariano Rajoy, pusiera de manifiesto ese agudo contraste para que el nerviosismo aflore en forma de violentos ataques.

Primero abrió la veda el consejero delegado de Prisa, Juan Luis Cebrián, en El País contra los líderes del PP, contra los miembros del anterior Gobierno y contra los escasos periodistas y medios de comunicación que Cebrián y su jefe, Polanco, todavía no controlan. El ilustre académico de la lengua, en un acceso de indisimulada ira, mojó su pluma en el pozo negro de la mentira para reeditar la cochambrosa amalgama de infamias y falsas acusaciones que hace ya tiempo fueron desmentidas incluso por la farsa en que los socialistas convirtieron la Comisión del 11-M. Una Comisión que el PSOE y sus aliados tuvieron que cerrar a martillazos recientemente, no fuera que, por descuido o por casualidad, la Comisión sirviera para que los españoles supiéramos toda la verdad sobre el 11-M. Especialmente la que atañe a la actuación de los socialistas durante esos terribles días.

Después fue María Teresa Fernández de la Vega quien, con un cinismo que haría enrojecer de vergüenza ajena al mismo Maquiavelo, acusó al líder popular de irresponsabilidad y de utilizar políticamente, con “voracidad”, los atentados de Londres. Lo dice ella, que se benefició del acoso y del asalto a las sedes del PP el día de reflexión de las elecciones del 14-M y que promovió y se benefició políticamente de los gritos “Aznar, culpable, eres el responsable”, o “esto nos pasa por un gobierno facha”, proferidos en manifestaciones donde ocupaba lugar de honor en la cabecera.

Y después le ha tocado el turno a José Blanco, que ha calificado de “repugnantes” las declaraciones de Rajoy para decir, a renglón seguido, que la diferencia entre Aznar y Blair es que el primero mintió y el segundo dijo la verdad. Pero quienes mintieron repugnantemente en realidad, y con motivaciones claramente políticas, fueron el Grupo Prisa, con el famoso terrorista suicida de la Ser, borrado para siempre de la fonoteca, y el PSOE, con Rubalcaba a la cabeza, cuando rizó el rizo de la infamia al acusar de mentir al Gobierno en la víspera de las elecciones del 14-M.

La bravura y la envidiable madurez del pueblo británico, liderado por Tony Blair, han puesto de manifiesto abruptamente que existen otras formas, mucho más dignas y eficaces, de luchar contra el terrorismo que la claudicación en forma de “alianza de civilizaciones” que proponen Juan Luis Cebrián y Zapatero. Ha bastado con que el único líder de Europa que merece realmente ese calificativo afirme que la única forma de luchar contra el terrorismo es combatir a los terroristas para que la fábula tejida por Prisa y el PSOE sobre la foto de las Azores y atentados del 11-M comience a hacer agua por todas partes. Para que la infamia de responsabilizar al gobierno del PP de los atentados del 11-M comience a tambalearse peligrosamente sobre el Gobierno socialista.

Los españoles, con la mirada puesta en la claudicación ante la ETA que Cebrián califica como “valeroso esfuerzo del Gobierno y del Parlamento a la hora de buscar una solución duradera a nuestro particular terrorismo doméstico”, y con la mirada puesta también en la derrota de la candidatura olímpica de Madrid —que no recibió ni un solo voto de EEUU ni de los países que apoyaron a Nueva York—, comienzan a preguntarse si el apaciguamiento y la claudicación garantizarán en el futuro la ausencia de atentados terroristas. Si sirven realmente para algo que no sea el aislamiento internacional de España o, lo que es aún más grave, para alentar nuevos atentados terroristas en España o fuera de nuestras fronteras, como el que han padecido los británicos.

El Gobierno y sus apoyos mediáticos quizá deberían dejar de vociferar nerviosamente su ya desacreditada e infame fábula sobre la foto de las Azores y sobre la culpabilidad del anterior Gobierno para empezar a reflexionar sobre este último punto. Máxime cuando es bien sabido que Londres también era objetivo de Al Qaeda antes del 11 de septiembre de 2001 y, por supuesto, mucho antes de la famosa foto de las Azores. Y cuando también es de sobra conocido que uno de los objetivos máximos de Al Qaeda, expresado tras los atentados del 11-S por el propio Ben Laden, es "recuperar" Al Andalus.

Quizá Zapatero y Cebrián deberían preguntarse en qué medida los atentados de Londres son consecuencia, al menos en parte, de la huída precipitada de Irak y la exhortación de Zapatero en Túnez a desertar de la guerra contra el terrorismo. Si los terroristas desengancharon España de la coalición internacional con los atentados del 11-M, ¿por qué no intentarlo en el Reino Unido? A buen seguro, Tony Blair y los británicos se habrán hecho esa pregunta estos días.

Un atentado arriesgado
PEDRO ARIAS VEIRA La Voz 10 Julio 2005

LOS TERRORISTAS han atentado en Londres a destiempo. Debieron hacerlo antes de las elecciones generales, como en España. Entonces Blair logró repetir mandato, como todos los líderes anglosajones presentes en la coalición de Irak, y se planteó el asumir el liderazgo de una Europa a la deriva. El triunfo olímpico en Singapur reforzó su prestigio; estaba en condiciones de establecer una nueva vía para la Unión Europea. Volvíamos al comienzo del siglo XIX, la vieja Inglaterra era la única con visión de un modelo global. Y esta vez, como a mediados del XX , en asociación con Estados Unidos y los estados anglosajones. La democratización de Oriente Medio era una apuesta esencial; la liberación de Afganistán y de Irak, ya comenzó a generar un efecto dominó en Líbano, así como un empuje a la difícil democratización de los palestinos. El avance de las libertades en países del viejo sistema soviético, como en Ucrania, es otro de los campos en juego. Al igual que el intento de cambiar los modelos autocráticos en África.

Alguien no quiere permitirlo, existen muchos intereses establecidos en los países que se rigen por dictaduras, sean islámicas -con petróleo o sin él-, tribales, neosocialistas o postcomunistas, para desplazar la causa de sus miserias socioeconómicas hacia las naciones occidentales y en particular hacia las más desarrolladas y libres. No se trata de un choque de civilizaciones, sino simplemente de una defensa de los privilegios adquiridos de las élites dictatoriales. Son precisamente estas dictaduras las que financian y controlan las organizaciones terroristas para establecer brazos armados que complementen los frágiles sistemas militares convencionales de sus estados inviables en la era moderna.

Pero con el atentado de Londres han arriesgado demasiado, se puede convertir en un bumerán, al igual que lo fue el del 11 de septiembre de Estados Unidos. En lugar de apaciguamiento y retirada de las tropas de Irak, Afganistán y de los proyectos democratizadores internacionales, podría dar lugar a un refuerzo y mayor determinación en la lucha contra las dictaduras de la tierra. Blair no es Zapatero e Inglaterra no es España, para nuestro pesar, por supuesto. La actual ONU está tocada por la corrupción de sus líderes y la sobrerrepresentación de las autocracias infames. Bush no es el político que pintan nuestras televisiones y su determinación por apoyar los movimientos democratizadores en todo el mundo va en serio. La locura de los sátrapas de la tierra no ha dejado otra opción a los gobernantes responsables de las democracias occidentales. Pronto Alemania cambiará de posición, y no es descartable que Francia también se sume y salga de una vez del pantano chauvinista. Nosotros continuaremos instalados en el tradicional ridículo internacional y los estrategas mediáticos de La Moncloa seguirán echándole la culpa de nuestra marginalidad histórica a la obsesión antiterrorista de la oposición.

Andersen
Editorial ABC  10 Julio 2005

NO han metido excesiva bulla en la Historia. Es el suyo un país pequeño, en una zona de climatología adversa. Sin grandes recursos naturales en su territorio, vivieron volcados al mar, como piratas o mercaderes o ambas cosas a la vez. Escribieron crónicas y epopeyas de saladores de arenques, pero el mundo conoció a sus héroes en obras ajenas. Los juglares franceses cantaron a su único paladín andante. El hijo de un guantero inglés se apropió de un episodio de violencia doméstica acaecido en una de sus cortes bárbaras, donde murió hasta el apuntador, para convertirlo en uno de los dos libros verdaderamente inmortales de la literatura secular (el otro es nuestro). En compensación, les endosó un olor a podrido injustamente proverbial.

No tuvieron mejor suerte en los tiempos modernos. De sus dos escritores más renombrados, ambos de vida desgraciada, uno fue maltratado por Walt Disney; al otro lo difamaron Unamuno y Sartre. Su mejor escritora disgusta a la crítica de izquierda por baronesa y empresaria colonial. Fabrican queso azul y galletas de mantequilla. Cultivaron una raza canina desmesurada e inútil. Su principal monumento es una cursi escultura portuaria. La adicción popular a la monarquía les viene de antiguo, de gloriosas épocas en que la corona autóctona dominó extensas regiones pobladas de pingüinos, pero la actual casa reinante salió en el XIX de un disputado feudo fronterizo de nombre impronunciable, con ya cobrada fama de insolvencia, para regir sólo una leve península y una isla remota donde hasta la hierba tiene color de espada. Una política matrimonial habilísima y profusa le permitió, sin embargo, infiltrar dulces princesas rubias en todas las familias reales del continente europeo e islas adyacentes, cuyos miembros siguen celebrando siglo y medio después las extravagancias de un tatarabuelo que no visitó otros reinos porque no le alcanzaba el presupuesto para el billete del tren.

Su capital no existe, o eso por lo menos se creía en la España del piojo verde. Lo que se contaba de ella era demasiado perfecto y conmovedor para ser cierto: el Oriente al norte, como en las leyendas de los hiperbóreos. Cuando la conocí, me pareció una ciudad ordenada y aburrida y análoga murria había inspirado en Bertolt Brecht, que habló en su exilio de «la quietud del Sund». Nada similar a la mezcla de Andorra y Gomorra que turbaba las siestas de los horteras de playa, junto al botijo rezumante. Potras de Afrodita y otras lindezas de idéntica estofa llamaban los poetas neoclásicos de Zamora a las desprevenidas telefonistas luteranas que venían a pasar sus vacaciones en Almuñécar con un ejemplar del Viaje a España de su autor nacional en la mochila. No es de extrañar que no repitieran ni nos recomendaran y que nos pase de largo el centenario del pobre Hans Christian. Estamos más lejos que nunca.

Los nazis los invadieron en 1940. Cuando el ocupante decretó que todos los judíos del país se cosieran en sus ropas la estrella amarilla, miles de ciudadanos arios en tropel, con su rey al frente, se echaron a la calle llevando el símbolo infamante en la solapa. Y pasearon, desafiantes y tranquilos, por las plazas de sus ciudades ordenadas y aburridas, de sus oscuras ciudades humilladas, machacadas por los Panzer y, no obstante, luminosas y libres.

Tras el masivo asesinato en el metro de Londres, los terroristas islámicos han apuntado al pecho de cada uno de los «estados cruzados», conminándoles a sacar sus tropas de Irak, y toda Dinamarca, como entonces, se ha apresurado a responder a los asesinos con el vozarrón vikingo que reserva para estas ocasiones. Salam alikum, guerreros de Alá, hijos de la Gran Puta Babilónica. No vamos a retirar ni un cabo furriel. Venid cuando queráis. El nuestro es un país pequeño pero acogedor. Os prometemos dos pies perpetuos de tierra danesa por barba. Y es que estos piratas libertarios y monárquicos fabrican un queso azul que da la razón a Shakespeare y exportaron un perro imposible y creen que su Sirenita es la repera y que La Reina de las Nieves vale por el Quijote y hoy, como hace sesenta y cinco años, están salvando el honor de Europa.

Nuestra civilización y su barbarie
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 10 Julio 2005

EL ESTADO democrático es el resultado más depurado del humanismo occidental. Con su separación de poderes, su afirmación del pluralismo y su proclamación de que existen derechos inviolables, la democracia culmina una lucha secular: la de la libertad frente a toda forma de barbarie.

Aunque algunos se empeñen todavía en que deberíamos disculparnos por tal éxito, es suficiente con ojear un mapamundi para constatar el contraste espeluznante que hoy existe en el planeta. De un parte, el grupo de sociedades que han sabido construirse sobre la libertad y el respeto hacia los otros; de la otra, la multitud de satrapías religiosas o raciales donde la ausencia de libertad es el medio para eliminar a los que no quieren someterse a los ucases del dictador, el reyezuelo o el clérigo de turno.

¿Es esto la lucha de civilizaciones? No, salvo que llamemos civilización a la barbarie. Es la lucha entre quienes en todo el mundo -y desde luego en África, en Asia o en América Latina- luchan por las libertades democráticas y los que allí, y en el resto del globo, quieren mantener a millones de personas bajo la bota de la tiranía y la miseria. Los terroristas no son más que su brutal avanzadilla.

Lo demostraron en Nueva York el 11 de septiembre, como antes en Yemen o en Tanzania, y después en Turquía o Indonesia. Lo demostraron en Madrid el 11 de marzo, como lo demuestran todos los días en Irak y acaban de hacerlo en Londres nuevamente.

No hay nada heroico en matar a personas indefensas. Ni hay causa alguna que pueda justificar esos crímenes horrendos. Hay sí un inconmensurable fanatismo, que ha decidido que las sociedades abiertas son culpables de que las sociedades cerradas de las que proceden los fanáticos quieran gozar de libertad. Por eso se han declarado en guerra santa contra el occidente democrático. Y por eso matan en Turquía o en Irak. Para aterrorizar a los que aquí y allí creemos que los derechos humanos no pueden depender de la raza, la religión, o el lugar del nacimiento. Porque son humanos han de ser universales.

Frente a ellos no sólo tenemos el derecho, sino también la obligación, de defendernos. Y de hacerlo con todos los instrumentos del Estado democrático. Con todos: ni uno más, pero tampoco ni uno menos. Porque al hacerlo no sólo estaremos salvando esos principios irrenunciable a los que se refería Tony Blair. Estaremos al tiempo salvando la esperanza de los que sufren bajo el yugo de quienes dirigen la barbarie terrorista. Nuestra victoria será también la suya, pues nuestra derrota los dejaría para siempre en manos de unos desalmados que han decidido convertir el planeta en su campo de batalla.

Los españoles desconfían
Editorial ABC  10 Julio 2005

LOS españoles no creen en la política sobre terrorismo emprendida por Rodríguez Zapatero. Según el Barómetro de verano que hoy publica ABC, el 50 por ciento de los consultados no dan su confianza al presidente del Gobierno, frente al 44 por ciento que sí estarían dispuestos a dársela. Los votantes del PP optan mayoritariamente por la desconfianza (el 84 por ciento), pero es significativo que el 29 por ciento de los votantes socialistas también se muestre reacio a dar a Rodríguez Zapatero el cheque en blanco que pide para sus informaciones personales sobre ETA. Las razones de esta falta de apoyo a la política del Gobierno sobre el terrorismo etarra se encuentran en la convicción mayoritaria de los encuestados acerca de que ni los terroristas merecen medida alguna de reinserción aunque dejaran las armas (55 por ciento) ni de que realmente esté cerca la solución del terrorismo (73 por ciento). Ambas opiniones son mayoritarias entre los votantes de los dos partidos (más en el PP que en el PSOE), lo que indica que la percepción sobre ETA es transversal a las ideologías y mucho menos ideologizada que lo que la discordia entre Gobierno y oposición pudiera dar a entender.

Los datos de la encuesta ofrecen, por tanto, un estado de opinión que, por otra parte, es coherente con la continuidad terrorista de ETA. Con tres coches bomba en Madrid en los últimos cuatro meses no hay Gobierno que pueda convencer a sus ciudadanos de que se ha abierto una oportunidad para la paz, y lo que se acaba pensando es que ese Gobierno, o bien está dispuesto a una paz inadmisible, o bien está simplemente confundiendo a los ciudadanos. Para hacer aún menos verosímil el diagnóstico gubernamental, ETA acaba de revocar parcialmente el indulto que concedió a los cargos electos, para volver a situar bajo su punto de mira a autoridades del Estado y miembros del Gobierno. Hasta ahora no se sabe qué pretende exactamente Rodríguez Zapatero, pero en la reunión de la dirección del PSOE con los socialistas vascos éstos fueron advertidos de que el «proceso de paz» es cosa del presidente del Gobierno. Pero de tal «proceso de paz», por el momento, no hay más noticia que su presencia reiterada en los discursos del Gobierno, generalmente para pedir cautela, lo que obliga a un acto de fe colectivo que los españoles no parecen dispuestos a hacer, a tenor del resultado de la encuesta que hoy ofrece ABC.

EL OTRO EFECTO DEL 7-J
EDURNE URIARTE ABC 10 Julio 2005

El Barómetro de verano de Metroscopia ofrece varios datos de gran interés en torno al debate terrorista, el referido al terrorismo islamista y el relativo a ETA. Sobre todo, tenemos las primeras impresiones en torno a la masacre de Londres, en unas entrevistas realizadas pocas horas después del atentado. Y es ahí donde aparece el otro efecto del 7-J, que no es el que se puede producir en torno a la valoración comparativa del comportamiento de nuestro Gobierno y oposición o sobre las características del terrorismo islamista. Se trata del efecto en la larga polémica sobre la autoría del 11-M. Porque nada menos que un 70 por ciento de los entrevistados considera que, tras el 7-J, ha quedado definitivamente claro quién estaba detrás del 11-M. Entre los votantes del PSOE, constituyen el 83 por ciento los que así se manifiestan, pero, ¡atención! entre los votantes del PP llegan nada menos que al 60.

Y eso tiene, inevitablemente, consecuencias sobre todas esas teorías de las responsabilidades misteriosas y las manos negras del 11-M. Porque el 11-M es percibido ya con claridad como una pieza de una cadena que empezó en Nueva York y terminó en Londres, con el añadido, además, de las grandes similitudes entre Londres y Madrid. Nunca hubo datos consistentes que pudieran sostener otra cosa diferente que la acción de células islamistas en guerra contra Occidente, pero la confusión pos- 11-M fue un eficaz caldo de cultivo para las teorías conspirativas. Hasta ahora... porque Londres cierra con toda probabilidad esas especulaciones; al menos, entre la gran mayoría de ciudadanos.

Pero si este dato es un importante toque de atención a un Partido Popular arrastrado en demasiados momentos por las hipótesis imaginativas antes que por los datos conocidos, el mensaje hacia el Gobierno socialista es bastante más duro y preocupante. Porque la estrategia de Rodríguez Zapatero, tanto en torno a ETA como en torno al nacionalismo vasco, se tambalea llamativamente entre la opinión pública. Y es que quienes no confían en sus planes de acercamiento a ETA constituyen ya mayoría, un 50 por ciento frente al 44. Y, además, la falta de credibilidad del presidente es sostenida por un significativo tercio del electorado socialista. Y las cosas aún empeoran para el Gobierno, porque una clara mayoría, un 55 frente a un 35 por ciento, se opone a las medidas de reinserción en caso de abandono de las armas.

Si Zapatero lee esta encuesta, seguramente se estará preguntando qué es lo que puede ofrecer a los terroristas sin que se le eche encima la opinión pública. E incluso es posible que se pregunte por qué ha cambiado una estrategia antiterrorista que no sólo era eficaz sino que encontraba un amplio respaldo entre los ciudadanos. Y ni siquiera le queda el consuelo de algún avance en el problema nacionalista. Nada menos que un 73 por ciento de los encuestados cree que la política vasca es más de lo mismo tras las elecciones. La lectura optimista, o fantasiosa, de este Gobierno, tampoco convence a casi nadie.

Estatuto sin horizonte
Editorial ABC 10 Julio 2005

TODO está por hacer en materia de reforma del Estatuto catalán. El texto presentado por la ponencia encargada de su redacción ha salido adelante gracias al acuerdo precario del tripartito y a pesar de la abstención de CiU y el rechazo del PP. Se trata, en definitiva, de un resultado insuficiente para obtener la mayoría de dos tercios que permita en su día la aprobación por el Parlamento de Cataluña y su posterior remisión al Congreso de los Diputados. Por lo demás, podrían plantearse serios problemas en las Cortes Generales si atendemos no sólo a la conocida postura de los populares, sino también a las reiteradas declaraciones de Alfonso Guerra, que representan el criterio de un importante sector del PSOE. Sea como fuere, Maragall y sus socios siguen empujando a trompicones una reforma que, según las encuestas, no logra despertar el interés de los ciudadanos. En rigor, el presidente de la Generalitat se ha colocado a sí mismo y ha colocado a Zapatero en una situación kafkiana. Por una parte, tiene que resistir la presión secesionista de Esquerra, a la vez que debe satisfacer a CiU, renuente por razones obvias ante la aprobación de un proyecto que podría favorecer las expectativas electorales de sus adversarios. Por otra parte, el PSOE tiene que tranquilizar a ese sector interno receloso ante la fragmentación de la soberanía y demostrar a la opinión pública que sigue siendo «guardián» de la Constitución (ahora bajo el manto retórico de la llamada «España plural») para no dejar la exclusiva de esa función a la oposición popular. Son demasiados frentes abiertos al mismo tiempo, lo que obliga al PSOE y al PSC a buscar una imposible cuadratura del círculo.

Pero lo importante no es el interés de los partidos, sino la defensa de la Constitución de 1978 como modelo eficaz de convivencia. Desde este punto de vista, el texto de la reforma estatutaria choca frontalmente con la letra y con el espíritu de nuestra norma fundamental. Para empezar, la definición de Cataluña como «nación» obligaría a una reforma del artículo segundo de la Constitución, a pesar de los argumentos falaces sobre la idea de «nación de naciones» o la absurda equiparación de las «nacionalidades» a naciones sin Estado. En política, las palabras significan mucho y no es admisible que los españoles paguemos un peaje inaceptable por la falta de rigor conceptual del presidente del Gobierno o por el deseo de compensar en el plano retórico la negativa a atender otras reivindicaciones. A su vez, la regulación de las competencias -en su redacción actual- incurre en manifiesta contradicción con el sistema constitucional vigente, incluso en la generosa interpretación del mismo por algunas sentencias del Tribunal Constitucional. Es cierto que el PSC ha eliminado a última hora excesos tan notorios como el uso sistemático del artículo 150.2 para vaciar de competencias al Estado, el concepto inaceptable de competencias «excluyentes» o la atribución exclusiva a la Generalitat del desarrollo reglamentario de las competencias compartidas. Aun así, el proyecto va más allá de la lógica jurídica y política del Estado de las autonomías, como han advertido los expertos desde posiciones ideológicas muy diferentes. La exigencia de una batería de reformas en leyes orgánicas demuestra también, aunque algunas quedan pendientes de momento, que los planes de Maragall conducen a la quiebra del modelo; en efecto, debe tenerse presente que las leyes orgánicas forman parte -igual que los estatutos- del llamado «bloque de la constitucionalidad», que se vería así forzado y alterado de manera unilateral. Queda pendiente, por fin, el espinoso tema de la financiación. El proyecto incluye un modelo sólo aceptable para el tripartito, ya que produce el rechazo incluso de sectores muy cualificados del Gobierno socialista, lo que augura serias dificultades para que salga adelante.

Aunque Maragall y los suyos pretenden que el Parlamento trabaje a un ritmo frenético, un análisis realista de las circunstancias debe llevar a la máxima prudencia y moderación. Ni la sociedad tiene entre sus prioridades el nuevo Estatuto ni existe el consenso político imprescindible. Sólo el interés particular del tripartito explica el empecinamiento en una reforma contraria a la Constitución, al sentido común y a la apuesta de la inmensa mayoría por la estabilidad institucional.

«España es una nación y punto»
Entrevista | Carmen Iglesias
La académica afirma que no hay argumentos históricos que avalen las pretensiones de Cataluña para cambiar su definición y estatus como comunidad autónoma
P. de las Heras | madrid La Voz 10 Julio 2005

Carmen Iglesias es una de las más prestigiosas historiadoras de España. Preceptora del Príncipe, abandonó con el cambio de Gobierno el cargo de directora del Centro de Estudios Constitucionales al que accedió como intelectual independiente. Desde hace un año está inmersa en las tareas propias de su cátedra de Historia de las Ideas Políticas. Es además una de las dos académicas de la Real Academia de la Historia y desde el 2002 ocupa uno de los sillones de la Real Academia Española. Esta semana ofreció en el Campus FAES una conferencia dentro del curso Nación, Estado y Constitución.

-Me preocupan más bien los nacionalismos excluyentes y la banalidad y superficialidad con que se hace alusión a determinados factores de nuestra convivencia nacional. Pero espero, de nuevo, conociendo la Historia, que las cosas se encauzarán debidamente en su momento. -¿Qué es una nación? -La respuesta que más me gusta es la que dieron ya los ilustrados, que son los constructores de la idea de nación en el siglo XVIII, y que es «vivir en libertad bajo las leyes». Nación es la construcción de una comunidad política donde hay igualdad ante la ley y seguridad y están protegidos los derechos individuales. En definitiva, nuestras naciones democráticas se caracterizarían por eso: por la protección de derechos individuales y por la separación de poderes que permite limitar los abusos del poder. Porque todo poder tiende al abuso. -¿Es posible entonces decir que España es una nación de naciones? -No. Yo creo que España, como dice la Constitución, es una nación. Punto. Luego hay espacios territoriales, hay regiones, que tienen una historia singular y que tienen perfectamente cabida en un régimen tan descentralizado como ha sido en estos 25 años el Estado de las autonomías.

-¿Dispone Cataluña de argumentos históricos suficientes como para proclamarse nación? -La Historia es muchas veces tergiversada y cambiada. A veces oímos que la guerra de sucesión (1707) fue una guerra civil entre españoles y eso es falso. Los austracistas están identificados con la Corona de Aragón y los Borbón con la de Castilla. Igual que en la guerra civil del 36 y el posterior franquismo tampoco se pueden separar Madrid y Barcelona. Hubo de todo en todos los bandos. Por tanto, la Historia no da argumentos más que cuando se quieren manipular de una manera determinada.

-¿Qué implicaciones tendría que una comunidad autónoma como Cataluña o el País Vasco asumiera la condición de nación?
-Para eso tendría que reformarse la Constitución y para la reforma de la Constitución tenemos unas cautelas y una estructuración jurídica que habría que seguir. Por lo tanto, no me lo planteo como futuro.

-¿Qué opinión le merecen las reformas constitucionales planteadas por el Gobierno?
-Alguna, como la de la sucesión de la mujer a la Corona, responde a una sociedad que ha evolucionado de forma clara y es algo que se ha hecho también en otros países. El resto (la reforma del Senado parece que es una reivindicación común) depende de cómo se haga. Las constituciones no son inflexibles y no tienen por qué ser perennes, pero la articulación entre la rigidez que tiene la española y la flexibilidad que se ha visto en estos 25 años debe hacerse con arreglo a las propias cautelas que la Constitución se da. Si se siguen esos procedimientos y hay un consenso suficientemente amplio, como ocurrió con la propia Constitución, serán reformas perfectamente viables.

-¿Cree usted que los españoles sabemos poco de Historia?
-Sí, sabemos poco. María Zambrano se queja de que los españoles no asumimos nuestra Historia. No sólo eso, sino que efectivamente no la sabemos y se tergiversa. Mientras franceses e ingleses, dice Zambrano, son dóciles a la Historia, en el sentido de que se encuentran maravillados con ella, con las cosas buenas y las cosas malas. Recomendaría volver a los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, a ese intento de integración de la Historia.

-¿El desconocimiento del pasado determina el auge de los nacionalismos?
-Desde luego. Porque cuando no se conoce la Historia es muy fácil dejarse manipular por historias fraccionadas que no responden a la realidad pero que, sin embargo, tienen un poder emocional y un valor de grupo que además resulta rentable.

-Como historiadora, ¿cree que vivimos una etapa de profundos cambios o hay más ruido que nueces?
-Soy historiadora y no futuróloga, nunca me atrevo a decir hacia dónde conducirá lo que estamos viviendo. Yo no me atrevería a hablar de cambios fundamentales hasta verlo con otra perspectiva.

Más de 10.000 alumnos asistirán el próximo curso a colegios públicos bilingües
En 2007, habrá en la Comunidad 110 centros bilingües, de los que se beneficiarán más de 15.000 escolares que cursarán sus estudios en castellano e inglés
M. ASENJO ABC 10 Julio 2005

MADRID. La Comunidad de Madrid contará el próximo curso (2005-2006) con 80 colegios públicos bilingües, 54 de los cuales serán de nueva implantación, que impartirán enseñanza a un total de 5.300 alumnos de Primaria (4.000 de Primero y 1.300 de Segundo). A ellos hay que añadir otros 5.000 estudiantes que iniciaron el programa bilingüe con carácter experimental hace casi 10 años y que ya han comenzado a incorporarse a institutos de Secundaria para cursar la ESO.

Los 80 colegios que se han integrado en el programa bilingüe (inglés-español) forman parte de los 110 prometidos por la presidenta regional, Esperanza Aguirre, hasta el final de la actual legislatura. Esto significa que en 2007 habrá un colegio bilingüe por cada 50.000 habitantes, es decir, 110 centros que escolarizarán a 15.250 alumnos. Según estimaciones del Gobierno regional, en 2011 estará implantada la enseñanza bilingüe en los tres ciclos de Primaria, lo que beneficiará a unos 33.000 niños.

Incremento de la demanda
De los 80 colegios, 29 están ubicados en la capital, 21 en el sur de la región; 14 en la zona este; 8 en el área oeste, y los 8 restantes pertenecen a localidades del norte de la Comunidad.

Los colegios bilingües han incrementado su demanda hasta en un 40 por ciento. El proceso de selección de los alumnos se rige por los mismos criterios que el del resto de los centros de la Comunidad sostenidos con fondos públicos (públicos y concertados).

En la selección de los centros que solicitan impartir enseñanza bilingüe se siguen «rigurosos criterios» de objetividad y, entre otros factores, se tiene en cuenta su distribución equilibrada en las cinco áreas educativas de la Comunidad y el número de alumnos de entre 3 y 12 años con que cuenta cada una de ellas. Además, la implantación del bilingüismo en una escuela debe contar al menos con el apoyo del 85 por ciento del Claustro, con un mínimo de dos maestros con especialidad de inglés y otros dos dispuestos a realizar el curso de formación, pero en algún caso se suavizan las exigencias.

En cualquier caso, no se trata de colegios creados «ex novo». La novedad consiste en implantar el bilingüismo para que el inglés conviva con la enseñanza tradicional en castellano.

¿Y en qué consiste? Estos centros ofrecen 25 horas semanales de clase, de las que un tercio se imparte en inglés. Cada colegio tiene capacidad, en uso de su autonomía, de elegir las materias que quiere impartir en este idioma. Sólo es preceptivo que se enseñen en castellano Lengua y Matemáticas. El objetivo es que las áreas de Ciencias, Geografía e Historia se impartan en inglés, que los alumnos se inicien en la lectura y la escritura y logren un buen nivel de conversación.

Docentes bien preparados
El gran reto para la Consejería de Educación es contar con profesores que garanticen una enseñanza bilingüe de calidad. Los docentes son seleccionados de entre los que han cursado la especialidad de Lengua inglesa, aunque también tienen posibilidades aquellos maestros que sin ser especialistas demuestren «cierto dominio» de la lengua de William Shakespeare.

La formación de estos profesores se refuerza con los cursos que imparte la Comunidad y que se dividen en dos fases. En la primera y a lo largo de dos meses, los profesores reciben seis horas diarias de clase y al final realizan un examen -reconocido en el catálogo nacional de cualificaciones del Reino Unido- en el que deben acreditar sus conocimientos. La segunda fase dura un mes y tiene lugar en el Reino Unido gracias a un acuerdo con el British Council y el Trinity College.

Además, cada colegio dispone de un auxiliar de control de la lengua inglesa que debe ser nativo, así como de material didáctico adecuado. Cada centro tiene una «escuela gemela» en Gran Bretaña con la finalidad de facilitar las relaciones entre padres, profesores y alumnos y promover el intercambio entre escolares españoles e ingleses.

En relación con el profesorado, la Comunidad ha puesto en marcha una nueva iniciativa. A partir del próximo curso, se incorporarán a los centros bilingües 15 becarios «Fulbright» estadounidenses que reforzarán y apoyarán la doble enseñanza.

El convenio de colaboración suscrito entre la Comunidad de Madrid y la Comisión Fulbright permitirá fortalecer el modelo tanto en los centros de Primaria como en los institutos de Secundaria.

Estos becarios asesorarán a cinco de los colegios bilingües de Primaria, ya que todos ellos son licenciados brillantes, expertos en la enseñanza del inglés como lengua extranjera y han sido rigurosamente seleccionados.

Ferran Gallego y Edurne Uriarte dicen que la nación española vive una «crisis permanente»
Ambos intelectuales advirtieron ayer en sendas intervenciones en los cursos de verano de FAES del peligro que entrañan los pactos del PSOE con los nacionalistas
ABC 10 Julio 2005

NAVACERRADA. La catedrática de Ciencias Políticas y colaboradora de ABC, Edurne Uriarte, y el profesor de Historia Contemporánea Ferran Gallego coincidieron ayer en señalar que el actual momento político que vive España «permite hablar de una crisis permanente de la nación española». Ambos intelectuales realizaron ayer sendas intervenciones dentro de los cursos de verano que organiza la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) y que a lo largo de este fin de semana abordan la temática de «La Nación, el Estado y la Constitución».

La profesora Edurne Uriarte aseguró en su discurso que con la llegada del PSOE al poder «estamos asistiendo a un grave proceso de debilitamiento del Estado» y señaló que la «segunda transición» abierta José Luis Rodríguez Zapatero no tiene unos «límites claros y precisos en la Constitución, tal y como se quiere hacer ver», y que la mejor prueba de ello «está representada por la aceptación de sentarse en una mesa de negociación con ETA». Para Uriarte, el proyecto de Zapatero pivota sobre dos ejes fundamentales: los «guiños al PSOE más antiguo» con constantes referencias a «la guerra civil», y el «arrinconamiento político del PP a través de su relación con los nacionalismos».

Ferran Gallego, del grupo de intelectuales catalanes que denuncia la opresión nacionalista, advirtió que «se está viviendo un momento de peligro de voladura del sistema constitucional español». Para apoyar sus tesis, Gallego radiografió la Cataluña actual, de la que dijo que «cualquier cosa es discutible menos el nacionalismo, convertido en dogma de fe». El historiador catalán dejó claro que el tripartito no constituye un gobierno de alternancia, ya que «ERC ha sustituido a CiU en un proyecto idéntico». Por último, también criticó a los intelectuales por «aceptar la exclusión de la lengua y la cultura españolas».

Además, la FAES contó con la participación de Roberto Blanco, catedrático de Derecho Constitucional; César Alonso de los Ríos, periodista y columnista de ABC, y Javier Corcuera, catedrático de Derecho Constitucional, en la mesa redonda «Izquierda y nacionalismo». Para hoy está prevista la intervención de Josep Piqué.

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