AGLI

Recortes de Prensa     Jueves 14 Julio 2005
1- La negociación
JOSÉ VARELA ORTEGA ABC 14 Julio 2005

Shehzad Tanweer o el mar de la injusticia dorada
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 14 Julio 2005

La franquicia de Batasuna
Ignacio Villa Libertad Digital 14 Julio 2005

Ni miedo, ni terror, ni pánico
MANUEL COMA  ABC 14 Julio 2005

¿Es Europa una fábrica de terrorismo islámico
EDITORIAL Libertad Digital 14 Julio 2005

¡Shhhit!
José García Domínguez Libertad Digital 14 Julio 2005

Los límites de la libertad
RAMÓN PÉREZ-MAURA ABC  14 Julio 2005

En manos de terroristas
Jorge Vilches Libertad Digital 14 Julio 2005

La encrucijada europea
Editorial ABC 14 Julio 2005

La seguridad vuelve a los estados
GEES Libertad Digital 14 Julio 2005

Diferencias
IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC 14 Julio 2005

Zancadilla judicial sin probable efecto
Lorenzo Contreras Estrella Digital  14 Julio 2005

El problema es Pujol
LAS PESQUISAS DE MARCELLO Estrella Digital  14 Julio 2005

El contagio terrorista
José Javaloyes Estrella Digital  14 Julio 2005

DESMESURA
JON JUARISTI ABC 14 Julio 2005

Un estudio asegura que ETA ha recibido 24 millones de euros en diez años
Redacción La Razón 14 Julio 2005

Catalanismo y españolismo
FRANCESC DE CARRERAS La Vanguardia 14 Julio 2005

 

1- La negociación
POR JOSÉ VARELA ORTEGA CATEDRÁTICO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA ABC 14 Julio 2005

... Conviene que la opinión pública española tenga el valor de enfrentarse a la dura realidad: de que la concesión de los pretextos (la autodeterminación o, incluso, la secesión) no les hará a los terroristas abandonar el texto (el poder totalitario)...

TRES décadas de tormento nos deberían haber agudizado el entendimiento y disciplinado el razonamiento. No obstante, cuando todavía estábamos convalecientes de esa gran investigación que descubría la causa del terrorismo en el hambre en el mundo (ergo, el País Vasco debe de estar «en otro mundo»), nos amenazan con ese silogismo con arreglo al cual, como pasados intentos de negociar reforzaron -que no desactivaron- a los terroristas, conviene insistir en el fracaso. La repetición del macabro comportamiento nos debería haber enseñado que estas políticas de la violencia, o estrategias de «guerra barata», no son productos reactivos sino pro-activos. No son reacciones de resistencia, sino acciones de revolución. Nos protegeremos mejor si terminamos por entender que la variable fundamental no está en la causa sino en la oportunidad. La pregunta que se formulan los terroristas no es por qué, sino cuándo, cómo y dónde cometer su atentado. Nos conviene utilizar la preposición adecuada para formular una proposición acertada: la amenaza no nos llega del por (qué), tanto como del para (qué). Es un error común, derivado de la peculiar interpretación etnicista de una historia romántica, rebuscar en la mito-genética del conflicto, en la errada presunción de que estos fenómenos de violencia política responden siempre a pesadillas de un remoto y recurrente conflicto histórico, nacional, cultural o religioso. Muchas veces son opciones del presente: técnicas de guerra política -nos advierte un clásico del tema (Walter Laqueur)- al servicio de estrategias de poder que se alimenta, pero no se sacia, de concesiones o sumisiones y que ejercicios de exorcismo «meaculpista» judeocristiano poco ayudan a su comprensión. El objetivo estratégico -por más que utópico- del terrorismo eusko-nazi no es tanta o cuanta soberanía, sino el poder totalitario. Lo demás son pretextos y coartadas, como mucho etapas. No estamos, pues, ante un síndrome de «privación relativa» que se resuelva con un expediente de concesiones. Conviene que la opinión pública española tenga el valor de enfrentarse a la dura realidad: de que la concesión de los pretextos (la autodeterminación o, incluso, la secesión) no les hará a los terroristas abandonar el texto (el poder totalitario). Esa es una de las razones por la cual traficar derechos fundamentales (la vida y la libertad) a cambio de autodeterminaciones o secesiones -que no son más que objetivos tácticos- no resuelve nada aunque lo agrave todo.

De la falacia de que no se les puede derrotar y de que hay que negociar arranca un atajo lóbrego que termina -como se lamentaba Cánovas en su tiempo- fiando la resolución de los problemas políticos al triste recurso de la fuerza. Quienes nos proponen integrar políticamente la violencia en el sistema negociando quieren ignorar la lógica a la que conduce su temible proposición. Porque reanimar a terroristas agonizantes con la oferta de una negociación es peor que contraproducente. Significa introducir la violencia en nuestra economía de la política. La decisión de combatir la violencia hasta desterrarla, en cambio, es el producto de un cálculo educado por una historia que nos ha llevado al convencimiento de que la negociación política produce un efecto didáctico perverso para este y para pleitos futuros. Comprendamos, con ayuda de los antropólogos, que la violencia es una conducta social que se aprende más deprisa cuando está socialmente remunerada. Este simio imitativo tardará muy poco -la causa será lo de menos- en mimetizar un comportamiento que el acuerdo remunerado habrá demostrado rentable. La violencia se perpetuará, reproducirá e imitará. Sila, aunque lo intentó -nos explica Salustio-, ya no pudo abolir su propio ejemplo. Y, así, de la mano de la negociación, violentando la gramática del poder y del derecho, habremos penetrado en el siniestro escenario de la economía de la violencia. Todo nuestro mercado político, todos los actores se reordenarán en función de ese nuevo dato letal. Habremos dado, como decía Maura cuando se golpeó la Constitución en 1923, un maldecido paso atrás, un giro mortal a nuestra democracia parlamentaria: en lugar de expulsar la violencia e integrar problemas, integraremos la violencia para «resolver» problemas -un infierno hobbesiano invivible. Esa película europea de los años treinta ya la hemos visto y termina mal.

Nos van a tener que explicar, despacio y por su orden, por qué habiéndonos resistido en su día al chantaje del nacionalismo golpista español debemos admitir ahora que los terroristas abertzales condicionen una posible reforma estatutaria -que es lo que de verdad está detrás del preacuerdo con ETA. Es preciso destruir las expectativas políticas de la violencia, llevando al enemigo del desaliento al desistimiento y evitando cualquier gesto que alimente la esperanza de que su macabro sistema produce dividendos. A la postre, terminaremos por sentarnos, qué duda cabe. Pero a petición de los terroristas y en una sola mesa. No en dos (una casta, con ETA, y la timba donde se barajará el precio político), como pareciera deducirse de las contorsiones del Gobierno. Un escenario que nos precipitaría en nuestra propia trampa. Porque, sobre la mesa de una oferta gubernamental, deambulará, inevitablemente, la sombra siniestra de la amenaza: de que se conceda esto o aquello -poco importa qué- o se volverá a atentar contra nuestra vida y secuestrar nuestra libertad. Se estará especulando, en definitiva, con derechos fundamentales. Se tratará, en suma, de una proposición filosóficamente obscena, moralmente indecente y políticamente explosiva.

La contundente afirmación tiene su justificación e historia. Y algunos de los socialistas de antes se la saben bien. Si hemos de hacer caso de un suelto de La Vanguardia, a don Gregorio se le conoce en su partido como un gran muñidor de cargos, el nuevo Natalio Rivas de la izquierda española. Pero eso es injusto. Don Gregorio es mucho más que un fiel emulador de Mayor Daley, en un partido que ha producido el spoils system más intenso que ha vivido la política española desde el conde de Romanones. El profesor Peces Barba conoce, como pocos en España, la literatura de los Founding Fathers. Sabe que el meollo del debate fino il setecento entre el gabinete británico y los primeros americanos -y demócratas- estaba centrado sobre la naturaleza individual e indelegable de los derechos fundamentales: en concreto, la libertad religiosa -derecho sobre el cual los americanos rechazaban la interferencia de una potestad parlamentaria que los ingleses consideraban omnímoda, mientras los yanquis se apoyaban en Grocio para defender una noción firme de los límites de todo poder-. Omnipotence cannot do it: ni siquiera Dios -aseguraban- podía convertir lo verdadero en falso. Menos aún debía el Parlamento invadir el ámbito de los derechos fundamentales. Como verdades evidentes, estos eran preconstitucionales, ilegislables -en conmovedora expresión de los republicanos españoles-. Eran -son- derechos individuales cuya procuraduría no hemos transferido por el voto a gobierno o legislativo alguno. Por ende, no son negociables ni están sometidos a votación. Esto no es «paja». Que los derechos fundamentales no puedan votarse -y, en su caso, suprimirse, como acaeció en el Reichstag de 1933- es la clave de la alternancia. Las libertades formales no eran excesivas, como pensaban monseñor Kaas y Pío XII. Eran fundamentales, como creía el canciller Brüning. Porque su derogación en marzo de 1933 se votó democráticamente. Pero precisamente por votarse derechos fundamentales, a partir de entonces quedó suprimida en Alemania la elección. Se demostró en la práctica que, sin libertad, podrá haber votaciones, pero no elecciones, porque no habrá alternativa que elegir.

Lo peor de negociar -derechos fundamentales- no es lo que se concede, ya sea autodeterminación o secesión. Lo peor es lo que se recibe a cambio -la vida y la libertad-, que habrán dejado ya de ser derechos para convertirse en concesiones (de estos u otros especialistas en violencia política). Lo más asombroso no es que los Carod Roviras de este planeta persistan en el error de una negociación con la que confían alumbrar rentas de secesión. Lo que le deja a uno estupefacto de este debate es que otros diputados, en su infinita soberbia, admitan discutir la mayor y no contesten, modestamente, con la verdad esencial de nuestra democracia parlamentaria: que carecen de mandato electoral para negociar unos derechos fundamentales que no van -ni pueden ir- en la papeleta del voto que les ha elegido.

Es un error, empero, afirmar que el Gobierno ha roto el pacto antiterrorista. Se ha limitado a certificar su caducidad. Con toda lógica. Porque el pacto se fundamentaba en la alternancia y se sustanciaba en el compromiso de que, de ella, los terroristas no pudieran albergar esperanzas de alternativa. Pero, si el Gobierno abandonara la cultura de la alternancia, el pacto carecería de sentido porque los terroristas sí tendrían alternativa: la negociación que les ofrece el nuevo Club de socialistas y secesionistas. La solución, en el número siguiente.

Shehzad Tanweer o el mar de la injusticia dorada
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 14 Julio 2005

Todo el artículo publicado por Zapatero en el Financial Times tras la masacre de Londres resultaba penoso. Pero había en especial un párrafo en la mejor tradición de la izquierda criminosa, “explicando” el terrorismo por un supuesto “mar de injusticia universal” que iba más allá de las idioteces habituales de la progresía multiculturalista. Era una forma de insultar a los muertos y, además, a los pobres, porque no todos los que viven bajo la injusticia se dedican a masacrar a la gente que va en Metro o en autobús.

Por otra parte, los terroristas de todo el mundo nunca suelen ser pobres sino pequeños burgueses acomodados y radicalizados, con un desprecio total por los trabajadores, a los que no vacilan en matar para “salvarlos” de la explotación burguesa. Desde Lenin y Trotski hasta Pol Pot y Abimael Guzmán, la historia del comunismo, el más letal de los terrorismos a lo largo de la historia, es una epopeya de universitarios, criminales y vagos. Proletarios, pocos, por no decir ninguno. En cuanto al terrorismo islámico actual, la mejor explicación es la vida del multimillonario Ben Laden, de una de las familias más ricas del régimen saudí cuya brutalidad doctrinal corre pareja con su vida de lujo.

El primer terrorista suicida de Londres cumple a rajatabla el modelo de terrorista occidental: dos mercedes en el garaje de su casa, buena educación, licenciatura superior, todos los caprichos, todo el afecto familiar, nacido en Leeds y ciudadano británico... ¿de qué injusticia había sido objeto Shehzad Tanweer a lo largo de su existencia, de qué humillaciones le habían hecho objeto sus conciudadanos británicos? ¿Qué miserias materiales y morales le llevaron a matar a la gente de esa manera?

La respuesta es bien sencilla: ninguna. Lo hizo porque hay musulmanes infames capaces de convencer a jóvenes de que mueran masacrando inocentes para ganar el Paraíso y porque hay jóvenes infames de esa religión que encuentran en ella excusa para el crimen o argumentos para no suicidarse solos, sino llevándose a muchos por delante y siendo importantes a sus propios ojos. Luego está la responsabilidad, es decir, la irresponsabilidad de los que en vez de perseguir el terrorismo lo justifican por ese mar de injusticia dorada, confortable, acomodadísima. Esa donde prosperan los fanáticos a la sombra de los imbéciles.

La franquicia de Batasuna
Ignacio Villa Libertad Digital 14 Julio 2005

¡Menudo ridículo está haciendo el Gobierno con toda esta historia! No es fácil recordar otra ocasión en que se produjera tanta torpeza y tanta inutilidad. El Gobierno dice e insiste en que no hay pruebas que demuestren la conexión entre los comunistas de las tierras vascas y los terroristas de ETA-Batasuna, logrando con ello poco más que carcajadas. Y es que ya no estamos simplemente ante unas pruebas más o menos convincentes, estamos ante evidencias gráficas y comprensibles por cualquiera.

La información que este miércoles ha adelantado la COPE así lo demuestra. Resulta que en algunas cárceles de la Comunidad de Madrid, los presos de ETA allí recluidos se pasean por el recinto con camisetas con la inscripción EHAK. Y lo que es más grave, se han elaborado informes de los funcionarios dando cuenta de lo ocurrido. Informes que se han archivado convenientemente.

Como se puede ver ya no estamos simplemente en los vericuetos de unas pruebas judiciales más o menos indescifrables. Estamos ante un evidencia fotográfica e irrefutable. Los propios presos etarras alardean de su identidad con los comunistas de las tierras vascas, predicándola a los cuatro vientos mientras el Gobierno sigue empeñado en mirar hacia otra parte.

¿Donde esta escondido el Fiscal General del Estado? Conde Pumpido sigue sin abrir la boca después de la iniciativa de la Audiencia Nacional de abrir una investigación sobre esas conexiones. Nunca nadie como él había estado en ese puesto tan al servicio del Gobierno. No le valen la pruebas, no le valen las evidencias, no le valen las imágenes. Igual un día de éstos los presos etarras le mandan una camiseta con las iniciales de EHAK para que se entere de la verdad. Aunque es dudoso que aún así haga algo.

Y es que aquí no se entera el Fiscal General del Estado, no se quiere enterar el ministro de Justicia y tampoco el presidente del Gobierno. Cada vez más evidencias y cada vez más encerrados en sus cabezonerías. Y mientras, los etarras haciendo propaganda de su franquicia. ¿Qué más pruebas quieren?

Ni miedo, ni terror, ni pánico
Por MANUEL COMA REAL INSTITUTO ELCANO, UNED ABC 14 Julio 2005

La «crisis de civilización» de la cultura árabe está, según el autor, en la raíz de las motivaciones «yihadistas». Su única meta es recuperar la hegemonía que perdieron en el siglo XIV. «Todo -asegura Coma- es acerca de poder»

«GRAN Bretaña se abrasa ahora en el miedo, el terror y el pánico en sus partes septentrionales, meridionales, orientales y occidentales», decía el comunicado reivindicatorio de esa fantasmal Organización Secreta de Al Qaida en Europa, con lenguaje que parece un grotesco remedo de «El Guerrero del Antifaz», el tebeo de mi infancia.

Misión incumplida. Justo ése era el objetivo primario, como el de cualquier otro ataque terrorista. No lo han logrado. Quizá sí de rebote, a lo peor en Italia, que en la citada joya literaria aparece expresamente amenazada junto con Dinamarca, lo cual sería un éxito no desdeñable, pero no en el corazón londinense, donde gente y Gobierno han asestado al terrorismo el más eficaz de los contragolpes, no hincar la rodilla, no plegarse, escupirle desprecio e indiferencia, continuar como si nada.

Se dice que lo que caracteriza al terrorismo de hombres bomba es que no puede ser disuadido, porque la máxima amenaza no significa nada para ellos. Y los yihadistas están simpre dispuestos al suicidio. En Madrid tampoco los hubo, pero cuando el momento llegó se volaron por lo aires.

Pues falso. Pueden ser disuadidos por denegación. Suicidarse y suicidar a otros muchos no es un fin en sí mismo. Las 72 huríes de su zafio paraíso son la recompensa, no el objetivo. Si éste fracasa una vez tras otra la autovoladura pierde gracia. Si al final nada se consigue, el atractivo de la autoinmolación se desvanece. Las huríes no corren prisa, no se van. La clave: no hacer lo que pretenden que hagamos, hacer lo que pretenden que no hagamos. Quedarnos en el sitio de donde nos quieren echar, ir a donde no nos quieren recibir. No provocar, pero sí cortarles la hierba en sus pies. Miedo, terror y pánico son instrumentales. No tenerlos es magnífico; comportarnos como si no los tuviéramos, todavía mejor.

Paciencia vamos a necesitar y en cantidad, porque lo suyo va para largo. Ideas claras también. Si no entiendes al enemigo no tienes nada que hacer. De lo que se trata es de una profunda crisis de civilización. Tuvieron un arranque espléndido cuando las culturas que los rodeaban estaban sumidas en decadencia o dando sus primeros vagidos. Pero no pasaron del XIV. No es que sean puramente medievales. Aunque se lo proponga, nadie es ajeno al mundo en que nace. Son un híbrido entre edades que sabe muy bien parasitar las tecnologías del XXI para sus propósitos arcaicos.

Pero la añoranza de la arcadia no te hace arcadiano y soñar con el Califato ni te lleva a él ni te lo trae, pero nos llena a todos de sus monstruos, como con la razón dormida en la pintura de Goya. La globalización los saca del cuadro y los esparce por todas partes. Esos extraviados de la Edad Media no acaban de encontrarse en el mundo que los deslumbra, aquél que viven sin haberlo hecho, que repugnan porque, yendo contra su ser, apetecen.

El daño que les hemos hecho es mostrar su inviabilidad. El problema está en su interior. No se reconcilian consigo mismos. Lo quieren todo. Las mieles de la tentación moderna y la pureza de la imaginaria pristinidad de antaño. Y poder, ante todo poder. Eso es lo que no nos perdonan. Fueron fuertes y ahora no. No pueden admitir que han perdido su fuerza ellos solitos. Se la hemos robado. De eso se queja -y ¡con qué amargura!- el guerrero de las luengas barbas. ¿Alguien ha visto, en la copiosa literatura binladeniana, algún programa económico, una idea para sacarlos de la pobreza? Todo es acerca de poder.

Ni que decir tiene, así que digámoslo enfáticamente, que estamos hablando de una exigua minoría, mucho más diminuta que la que Franco continuamente le atribuía a sus opositores. Ciertísimo que los árabes e islámicos son las primeras y más abundantes víctimas de esos sanguinarios fanáticos salidos de su seno. Que se lo pregunten si no a iraquíes y afganos y otros muchos. Pero la crisis de civilización no atañe sólo a cuatro gatos salvajes y rabiosos. Muchos de sus síntomas son ampliamente compartidos por todos los correligionarios. El conspirativismo parece como si se hubiera convertido en una parte de su religión o una segunda naturaleza. Demasiados, demasiadas veces, demasiado sistemáticamente, nos echan la culpa de todos sus males. Y eso no es una fuente de cariño hacia nosotros, sino de torvo resentimiento. Una de sus grandes derrotas es que la calle árabe no se ha levantado por Bin Laden. Pero los que se alegran de sus hazañas son muchísimos más que el puñado de reclutas debidamente enrolados en su ejército santo. ¿Cuántos bailaron en Rabat y Casablanca el 11-M? Parece que algo más que unos pocos.

Cualquier muestra de xenofobia por nuestra parte, cualquier acusación indiscriminada es abominable, conculca nuestros principios, lleva el agua a su molino. Esas reacciones se las dejamos, en todo caso, para ellos. A nosotros no nos las permitimos. Somos ellos o nosotros sólo en una pequeña medida. Como seres humanos somos la misma cosa. Creemos que el ansia de libertad y el valor de la democracia son universales porque consideramos a todos los hombres iguales por encima y debajo de su costra civilizacional. Pero ésta no es intocable si sofoca aquellas ansias y oculta aquellos valores.

Lo único que verdaderamente importa es que se proclaman nuestros implacables enemigos. Por su libérrima voluntad. De nada vale que les imploremos las tiernas miradas a las que nuestro desleído multiculturalismo nos hace acreedores. Que les digamos que de cruzados nada. A quien elegimos es a nuestros amigos, pero a los enemigos no nos los dejan escoger. Sólo nos resta saber qué se hace con los enemigos implacables.

¿Es Europa una fábrica de terrorismo islámico?
EDITORIAL Libertad Digital 14 Julio 2005

La matanza islamista de 32 niños iraquíes en Bagdad; los datos de que muchos terroristas en Irak proceden de países europeos; la noticia de que los terroristas suicidas del 7-J nacieron también en suelo europeo o la escalofriante ausencia de control sobre las mezquitas europeas o sobre la inmigración islamista en la UE, debería llevar a buena parte de la prensa europea a reprimir totalmente su apología del terrorismo islámico. Porque, no nos engañemos. De la mano de su antiamericanismo y antisemitismo, buena parte de los medios de comunicación se han dedicado a hacer apología del terrorismo islámico; sobre todo, desde la intervención aliada en Irak, pero también después del 11-M.

No otra cosa, sino apología del terrorismo, es servir editorialmente de “plataforma a quienes practican la lucha armada” para referirse a unos terroristas, a los que también se califica de “combatientes” o “resistentes” y a los que se compara con quienes heroicamente combatieron la invasión nazi de Europa o la invasión napoleónica de España. Y a eso se ha dedicado y se sigue dedicando buena parte de la prensa española cuando hablan de EEUU y de Irak, como también ahora se atreven a volver a hacer los minoritarios apologistas mediáticos del terrorismo etarra, cada vez que hablan de los “combatientes que luchan contra la ocupación española de Euskalherria”.

Con estos mimbres forjadores de la opinión pública en torno al terrorismo islamista no hay que extrañarse de que la reacción popular tras una matanza sea un motivo de satisfacción para quienes las han perpetrado, tal y como pasó en España tras el 11-M. Se dirá que a ETA, a diferencia de los islamistas, también en España el tiro le hubiera salido por la culata. Pero ya les hubiera gustado a los etarras disponer de una opinión pública forjada por unos medios tan proclives a hacer de sus enemigos, los suyos.

En cualquier caso, valga al menos el compromiso –que esperemos no quede en palabras– de Blair de fortalecer el control sobre la inmigración o las reflexiones de Sarkozy referentes a la necesidad de intensificar el control sobre los imanes y los centros de culto islámicos. La libertad religiosa no puede amparar al fanatismo religioso. Algunos terroristas muertos en Irak eran musulmanes reclutados y nacidos en Francia. Y ¿qué decir de los autores conocidos de la matanza londinense? Jóvenes nacidos en Gran Bretaña, de familias inmigrantes acomodadas, que, de repente, se convierten en fanáticos religiosos capaces de asesinar a cuanta más gente mejor. ¿Qué se les había predicado en las mezquitas y también en los medios de comunicación?

Si la matanza de niños iraquíes –como la de adultos iraquíes o soldados aliados– a manos de los terroristas, debería suponer un aldabonazo y una reflexión sobre nuestra huida de ese decisivo campo de batalla contra el terrorismo y a favor de la democracia en Irak, no menos reflexiones deberían suscitar los rasgos socioeconómicos de los asesinos del 7-J y el intento de justificarlos por el “mar de injusticias” en el que viven.

Se inculca el odio a occidente en el seno de occidente. Y eso sí que debe tener responsabilidades políticas, jurídicas y mediáticas.

Cataluña
¡Shhhit!
José García Domínguez Libertad Digital 14 Julio 2005

Tras ese “¡quieto todo el mundo!” que acaba de gritar Pérez Rubalcaba mirando al Guerra, a uno le viene a la memoria aquello que musitaban los esclavos cubanos antes de la excursión del Maine a los fondos del puerto de La Habana : ¡Quién fuese blanco, aunque fuera catalán! Porque, hoy, ser catalán, incluso mal catalán, de ésos de la cáscara amarga que piensa fusilar el biógrafo autorizado de Puigcercós, resulta casi un chollo. Y es que, según Pérez, hasta que en el Congreso se presente un elefante blanco – catalán, por supuesto– a dictar el “esto es lo que hay” a los tribunos de la plebe, del nuevo Estatut sólo pueden opinar los catalanes. O sea, únicamente unos cuantos privilegiados, entre los que me cuento yo mismo. Pues nada, muchas gracias Alfredo, que ahí sí que te has portado.

Aunque la dádiva del Rasputín de Zetapé plantea un problema nuevo en el que nadie había pensado. Porque bien está que a los de Restoespaña se les prohíba piar sobre el contenido de una ley orgánica que habrá de discutir y aprobar el Parlamento de la Nación; pero resulta que a los demás, a los de Casa Nostra, simplemente, nos resbala ese asunto. Lo acaba de certificar por enésima vez un estudio demoscópico del propio Tripartito: el noventa y cinco por ciento de los catalanes se muestra indiferente ante a la reforma estatutaria. Y si a los de allí no les dejan hablar y los de aquí callamos por desidia, al finar, entre todos, acabaremos patentando una fórmula jurídica muy original para deshacer países: la vía del silencio administrativo.

Por lo demás, contra lo que el lector pudiera barruntar, nada hay de paradójico en ese escapismo indiferente que demostramos los aborígenes al ser consultados sobre la obsesión crónica del mando local. Téngase en cuenta que ya al entrar en el parvulario, todos nosotros fuimos informados de que Cataluña es una unidad de destino en lo comarcal. Así, sabemos desde la más tierna infancia lo que usted ignora por completo, amigo: que Casa Nostra es una deidad provista de voluntad de ser, ese karma que se manifiesta a los mortales en el carácter del pueblo. Y que el pueblo catalán, frente a lo que imaginan los forasteros no avisados, no lo conformamos los siete millones de vulgares mortales que compartimos este rincón del Mediterráneo. ¡Qué va! Por el contrario, nuestro poble es una abstracción metafísica portadora de valores eternos, cuya arcana voluntad únicamente compete descifrar a los monjes de la orden del Tres Por Ciento, y a esos tipos de las camisas negras. Por tanto, nosotros a lo nuestro: oír, ver y callar.

De ahí que, más allá del Ebro, sólo Pérez haya comprendido la naturaleza genuina del problema catalán. Porque ha sido el primero en descubrir que Casa Nostra no es ni una región, ni una nacionalidad, ni una comunidad nacional, ni una nación. Él averiguó que, en realidad, esto es un convento cartujo y que, por tanto, se impone exigir el voto de silencio a todo el mundo mientras no esté cerrado el penúltimo negoci. Chitón, pues. ¡Shhhit!

Los límites de la libertad
RAMÓN PÉREZ-MAURA ABC  14 Julio 2005

Los «cutres calzoncillos slip de punto gris» de un preboste deportivo, pertinentemente descritos el pasado lunes en ABC por José María García-Hoz, son especialmente relevantes en el contexto internacional del momento y no precisamente por aquello de que el «señor» Laporta presida «más que un club». El 11-S puso de manifiesto que libramos una guerra desigual. A corto plazo, la democracia y la libertad de movimientos son mucho más débiles que cualquier tiranía. Especialmente que la tiranía de aquellos que se creen tocados por la mano de Dios para segar la vida de los infieles -que es exactamente el punto en el que nos encontramos. Los totalitarios siempre se sirven de las armas que les dan sus enemigos. Desde Lenin, cuando proponía comprar al capitalista la soga con la que le ahorcaría después, hasta el brazo político de ETA cuando se ampara en la Constitución española para defender para sí los derechos que quiere negar al resto de los españoles.

El primer signo diferenciador de la democracia Occidental frente a la inmensa mayoría de la umma islámica es el grado de libertad que caracteriza a nuestra sociedad. Es una libertad no sólo de creencias, sino también de movimientos que incluyen un elevado nivel de privacidad en todo momento. Es lo que Churchill llamaba la seguridad en que si sonaba el timbre de casa a las siete de la mañana era el lechero el que había llegado y no la brigada política de la Policía. Pues bien, tendremos que darnos cuenta de que para defender esa libertad futura deberemos renunciar a una cuota de nuestra libertad presente. Y no son nuestras autoridades quienes quieren mitigarlas, sino que no nos queda más remedio que aceptar el recorte como un mal menor para poder salvaguardar el bien mayor. Podemos y debemos aspirar a que sea un proceso temporal durante el cual hemos de lograr propagar esa misma democracia en los países que generan la destructiva ideología que se está extendiendo en Occidente. La que abrazan musulmanes nacidos y crecidos en Londres, Munich o Boston -y muy pronto también algunos nacidos en Madrid.

Como ha recordado Walter Laqueur (ver WSJE 12-07-05) «Los gobiernos son responsables de la seguridad de sus ciudadanos. Pero no pueden ir por delante de la opinión pública [ni de Joan Laporta, añado yo]. Mientras no sea ampliamente comprendido que las restricciones y los controles serán inevitables en el futuro para salvaguardar a la sociedad de desastres mucho peores, los terroristas tendrán (relativamente) barra libre. En el caso de que se den otros grandes ataques, la presión pública para que se adopten esas medidas será incontenible. Si no llegaran esos ataques podremos dormir en paz y disfrutar de nuestra seguridad y todas nuestras libertades. Pero las posibilidades de este escenario son escasas».

11-M y ETA
En manos de terroristas
Jorge Vilches Libertad Digital 14 Julio 2005

La mal entendida “paz perpétua” que ansía el presidente Zapatero ha puesto a la sociedad española en un riesgo evidente. Y no me refiero únicamente a que dio la razón al terrorismo retirando antes de tiempo nuestras tropas desplegadas en Irak, que, por cierto, poco le importa al mundo islámico que coincidiera con el programa electoral del PSOE. Hablo de una combinación inquietante: la mano tendida a ETA y los efectos electorales del 11-M.

El PP de Aznar apoyó el ataque a Sadam Husein, lo que aumentó la movilización contra el gobierno popular, separándose de él un grupo significativo de sus tradicionales votantes. Los terroristas islámicos del 11-M deseaban que su matanza tuviera un resultado electoral: la caída de Aznar. El efecto de los atentados sobre la opinión pública benefició al PSOE, que ganó, contra pronóstico, las elecciones. El mecanismo para subvertir una democracia quedó evidenciado.

Un año después, los socialistas de Zapatero están empeñados en tender la mano a ETA; y hasta han hecho que el Congreso vote una resolución a favor de la negociación si la banda deja la violencia. La declaración ha conseguido resucitar a ETA, ponerla a la altura de un gobierno democrático, darle protagonismo en el futuro del País Vasco y, en consecuencia, en el de España. Hablar con ETA, Batasuna o el PCTV supone reconocer la justificación del terrorismo: la utilidad del recurso a la violencia cuando por la vía democrática no se consiguen los objetivos políticos.

La estrategia del PSE para llegar al poder en el País Vasco, además, ha fracasado. Con la negativa a ver que el PCTV era la nueva sucursal batasuna, los socialistas pretendían dividir el voto nacionalista, debilitar al PNV y llegar a un acuerdo de gobierno de coalición. No ha sido así, y la opinión pública se ha echado encima de Zapatero y de su fiscal Conde Pumpido.

La reacción de una parte de la sociedad a los deseos de “paz perpétua” de Zapatero con los etarras ha sido negativa, especialmente la de las víctimas del terrorismo. El conflicto y el debate han mostrado, por primera vez, una sociedad española dividida en la lucha contra el terror. En su empeño, el gobierno socialista se ha vinculado claramente ante la opinión pública con la pretensión del fin dialogado de ETA.

Mientras, los etarras expulsan de la banda, sea una pantomima o no, a los que apuestan por el final de la violencia. Y siguen explosionando bombas, ya sea en el estadio de La Peineta, para influir en el COI, o en la central térmica de Amorebieta, como advertencia de hasta dónde pueden llegar. La kale borroka, que estaba prácticamente desaparecida, se ha intensificado. Esto perjudica la imagen del gobierno socialista, y refuerza el discurso del PP de ahogar a ETA hasta su extinción.

El éxito de la estrategia negociadora está condicionado a que el gobierno socialista ofrezca un acuerdo penal para los presos etarras, y a que haga ciertas concesiones independentistas. Aquí está el riesgo. De haber acuerdo, el coste político para el PSOE sería importante: quiebra interna y castigo electoral. Si no hay acuerdo, los socialistas volverían a la posición del Pacto Antiterrorista, y una ETA crecida y vengativa querría la caída de Zapatero. En esta situación, ¿utilizarán los etarras el mecanismo patentado por los terroristas islámicos el 11-M, en las vísperas de unas elecciones, para influir en los resultados y que pierda el PSOE de Zapatero? La disminución de riesgos de este tipo explica la unión de los partidos británicos ante el terrorismo, así como la petición de Blair de endurecimiento de las leyes que lo combaten. Se trata de no dejar la democracia en manos de terroristas.

La encrucijada europea
Editorial ABC 14 Julio 2005

EL ministro británico del Interior, Charles Clarke, planteó ayer a Europa un debate fundamental sobre su seguridad. Clarke defendió ante el Parlamento europeo el establecimiento de «una jerarquía de las libertades», como condición previa para combatir el terrorismo internacional islámico con medidas de control y persecución más eficaces. Con esta frase, sencilla en su formulación pero cargada de contenido político, el Gobierno británico ha puesto sobre la mesa la necesidad de abandonar definitivamente la supuesta disyuntiva entre libertad y seguridad, muy arraigada en sectores diletantes de la opinión pública europea, para dar paso a un concepto de libertad adaptada a las situaciones de crisis como la actual. Clarke fue más allá de la mera enunciación de su propuesta y para ser bien entendido puso un ejemplo significativo: «La libertad de no ser filmado por una cámara no es tan grande como la libertad de tener un juicio justo».

El debate es urgente y no debe dar lugar a meras reflexiones inoperantes. Europa tiene la responsabilidad de asumir que está amenazada por un terrorismo obsesivamente decidido a causar el mayor daño posible. Los gobiernos europeos tienen la obligación de proteger a sus ciudadanos. Y es en el cumplimiento de esta obligación cuando el sistema democrático ha de funcionar para establecer las compensaciones justas entre las limitaciones necesarias a determinadas libertades y el objetivo de consolidar mayores niveles de seguridad. La legítima preocupación por la integridad de las garantías individuales no debe confundirse con las coartadas morales en las que algunos transforman su debilidad frente al terrorismo. No es más garantista ni escrupuloso con las libertades quien teme más a la respuesta, firme pero proporcionada, de un Estado democrático que al daño que causan los terroristas. Ni es más fiable el que se escuda en los derechos humanos y en la legislación internacional para justificar una pasividad que nada tiene que ver con ésta y aquéllos. Pero sí es cierto que las restricciones a determinadas libertades deben ir precedidas de la implicación de las opiniones públicas en la percepción del riesgo, y esto dependerá, como señaló Clarke, de que «se les asegure transparencia para entender el porqué».

Quienes claman contra cualquier planteamiento realista de la amenaza que pesa sobre las democracias europeas parecen olvidar que éstas no se hallan gobernadas por dictaduras, sino por gobiernos sometidos al control del Parlamento, a la fiscalización de las opiniones públicas y a la supervisión judicial. Gobiernos emplazados a reparar constantemente las carencias de la seguridad colectiva. Así lo ha entendido el Ejecutivo francés, que ayer mismo decidió suspender la libre circulación transfronteriza prevista por el Acuerdo de Schengen. Nicolas Sarkozy, ministro galo del Interior, utilizó un argumento de autoridad inapelable por su lógica: «Si no se hace cuando existen cincuenta muertos, cuándo lo vamos a hacer».

La gran ventaja de las democracias frente a las dictaduras es que pueden administrar sus medidas extraordinarias de protección policial con plena legitimidad, porque son limitadas, están adoptadas por instituciones representativas y se encuentran sometidas a controles externos. No suplantan la libertad individual, sino que la protegen, como también velan por su calidad como sistema político persiguiendo los actos de violencia racista y separando a los terroristas islamistas de la inmensa mayoría de los musulmanes.

Gran Bretaña, que ostenta la presidencia por turno de los Veinticinco, quiere promover reformas antiterroristas urgentes en la Unión Europea. En particular, pretende que las empresas de telecomunicaciones conserven datos de mensajes por teléfonos móviles y correos electrónicos. También aboga, entre otras propuestas, por mejorar el intercambio de información y de pruebas para reforzar el trabajo de los servicios de inteligencia. Es decir, propuestas que se ajustan a la naturaleza de la agresión terrorista islámica, causada por yihadistas que aprovechan óptimamente internet, la permeabilidad de fronteras y las oportunidades de nuestros regímenes de libertad y democracia. Sin embargo, ya ha pasado anteriormente que, superado el impacto social y político de los atentados, se diluyen la sensación de la amenaza y la necesidad de aumentar los medios de control policial. Esta vez nadie duda de que habrá más atentados, así que tampoco nadie podrá llamarse a engaño. La vanidad y la autocomplacencia europeas no son suficientes para desarmar a los terroristas. Creer lo contrario sería perpetuar el gran error de Europa.

Unión Europea
La seguridad vuelve a los estados
GEES Libertad Digital 14 Julio 2005

Tras cada nuevo gran atentado terrorista, los ministros del interior de los países miembros de la Unión Europea se reúnen para hacer ostentosas condenas del terrorismo, expresar su solidaridad con el país agredido y prometer que van a hacer lo que previamente se habían comprometido y aún no habían hecho para mejorar la eficacia de la lucha contra el terror. Así fue tras el 11-S, tras el 11-M y así ha sido tras el 7-J.

El problema es que en esta ocasión, junto a las expresiones de solidaridad ha habido algunos reproches importantes, espacialmente entre el ministro del interior francés, Nicolas Sarkozy y su homologo británico, Charles Clarke. En las declaraciones del ministro galo, preguntándose como es posible que los terroristas hubieran quedado en libertad tras su presunta detención en la primavera de 2004, parece que hay una crítica más profunda sobre la tolerancia que Londres ha mostrado históricamente con los radicales islámicos y los riesgos que de esa tolerancia se derivan para la seguridad de los británicos y de todos los europeos. Consecuente con ese discurso, Sarkozy ha anunciado además la aplicación del punto segundo del Tratado de Schengen que prevé la suspensión de la libertad de movimientos en las fronteras interiores en casos excepcionales.

La respuesta a los atentados de Londres está siendo así una mayor nacionalización de la seguridad, en vez de una apuesta por profundizar en una seguridad común y compartida como suponían algunos. La supresión de las fronteras interiores, una de las principales conquistas de la Unión en toda su historia, es percibida a la luz de la nueva amenaza terrorista como una vulnerabilidad que es necesario repensar.

En esta misma línea, resulta ilustrativo que mientras los ministros del interior de la Unión se tiraban los trastos a la cabeza, el Primer Ministro Tony Blair anunciara al Parlamento británico la puesta en marcha de un plan de lucha contra el terrorismo para el Reino Unido de una ambición y trascendencia política mucho mayor que las propuestas de los ministros. El plan presentado por Blair incluye medidas para luchar contra aquellos que incitan al terrorismo o están en el origen de actos terroristas, el refuerzo de los controles para impedir su entrada en Reino Unido, la agilización de las deportaciones, la colaboración con los líderes musulmanes para luchar contra la “perversa y venenosa interpretación del Islam” que promueven los terroristas y una movilización internacional para promover la “visión moderada y verdadera del Islam”.

Será difícil que la Unión Europea pueda ofrecer una respuesta eficaz y común a la amenaza terrorista mientras carezca de una verdadera voluntad de enfrentarse al problema y la determinación común de derrotar al terror, mientras no entienda la necesidad de sacrificar parte de su bienestar para dotar de más recursos a sus sistemas de seguridad y mientras no esté dispuesta a revisar determinados derechos individuales en función de las nuevas demandas de la seguridad colectiva. Mientras, habrá que seguir confiando en iniciativas nacionales de aquellos líderes que tienen al menos una correcta compresión de la amenaza a la que se enfrentan y la gallardía política de enfrentarse a ella. Lamentablemente, no es nuestro caso.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

Diferencias
Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC 14 Julio 2005

Han sido tantas y tan clamorosas las diferencias entre España y Gran Bretaña en sus reacciones ante los atentados terroristas padecidos, que el Gobierno español se ha visto obligado a expresar la que, a su juicio, es la fundamental o la única: el Gobierno de Aznar mintió. El problema es que semejante acusación no ha sido probada, ya que existían indicios de que podía haber sido ETA y hubo maniobras para engañar al Gobierno. Pero, aunque el Ejecutivo hubiera dosificado la información según sus intereses, lo que no es exactamente lo mismo que mentir, o gestionara mal la crisis, las diferencias importantes ni empiezan ni acaban ahí. En Gran Bretaña, la matanza provocó la unión entre Gobierno y oposición; aquí, la más profunda división. Allí, no se cambió el Ejecutivo como consecuencia de la participación efectiva en la guerra de Irak; en España, que no participó en la guerra, los atentados provocaron un cambio de Gobierno. En el Reino Unido, nadie ha acusado de imprevisión a Blair; en España, la Comisión de Investigación ha incluido en sus conclusiones que Aznar y su Ejecutivo no previeron la amenaza islamista (a pesar de que la oposición socialista ridiculizó en una ocasión y en el Parlamento las advertencias del Gobierno). En España, además, se vulneró la ley electoral al violar la jornada de reflexión y se insultó a los políticos y militantes del PP y se asediaron con violencia sus sedes. Nada de esto ha sucedido en el Reino Unido.

Pero todas estas diferencias, y otras que podrían añadirse, no son acaso tan graves como las dos siguientes. Nadie en Gran Bretaña ha acusado a Blair de ser el responsable de los atentados por su participación en la guerra de Irak. Lo que aquí sucedió lo sabemos todos, incluso los que se esfuerzan por ocultarlo. No todo el PSOE, y desde luego tampoco todos ni la mayoría de sus militantes y votantes, pero sí una parte muy significativa de sus dirigentes actuales, alentaron la falacia de que el responsable del 11-M fue Aznar. Y la segunda diferencia, tal vez políticamente la peor: España cambió su política exterior y su estrategia antiterrorista como consecuencia de los atentados. Y esto constituye un grave error, aunque la decisión de Aznar sobre Irak hubiera sido errónea. Lo único que una nación no puede hacer ante una agresión terrorista es ceder en el sentido deseado por los terroristas. Pues, aparte de otras consideraciones políticas y morales, esa actitud puede, a corto plazo, alejarnos del punto de mira, pero, a la larga, nos hace mucho más vulnerables, pues nada anima tanto al terror como la debilidad y la claudicación. En fin, no es poca la hipocresía que exhiben quienes ahora muestran su condolencia y apoyo a los británicos sin mencionar, como hicieron cuando el problema era doméstico y el poder una pieza posible y codiciada, la responsabilidad de Blair por su actitud en la guerra de Irak, ni exigen la retirada de sus tropas. Ésta es otra diferencia, más bien propia de la «historia universal de la infamia».

Zancadilla judicial sin probable efecto
Lorenzo Contreras Estrella Digital  14 Julio 2005

La aceptación a trámite de la querella de la Asociación Víctimas del Terrorismo (AVT) contra el Partido Comunista de las Tierras Vascas (para muchos observadores y también juristas una máscara de Batasuna y un nuevo brazo político de ETA) tiene lecturas jurídicas variadas, y en esa polémica se está. Pero se trata de una polémica que de momento oculta la gran cuestión de fondo, no otra que la circunstancia de haberle intentado cambiar el paso a José Luis Rodríquez Zapatero y a cuantos desde dentro de la Administración le vienen asesorando y estimulando en el día a día de sus decisiones.

El Rey, al cumplirse los primeros veinticinco años del Tribunal Constitucional, ha mostrado preocupación por la marcha institucional del país, si bien ha procurado enaltecer el papel que ha venido cumpliendo el TC. Ese lenguaje forma parte de una estética del mensaje político, siempre sobre la base de que a buen entendedor pocas palabras. El instrumento para que “España siga progresando unida” admite, naturalmente, variedad de actitudes receptivas, pero si en el fondo de esa regia frase no late inquietud es que el Constitucional queda por encima de toda crítica seria. Y probablemente el monarca ha formulado sin embargo menos un elogio que una exhortación.

El juez Grande-Marlaska, que por cierto ha vasquizado su segundo apellido con la "K" euskérica, no se ha ido por las ramas al oponerse a los criterios permisivos del fiscal general del Estado, señor Conde-Pumpido, que ya transitó ampliamente en su día por el territorio vasco. Ahora bien, sería superficial entender que el fiscal acumula toda la responsabilidad de la decisión de incorporar al Partido Comunista de las Tierras Vascas a la plena legalidad en sustitución de la ilegalizada Batasuna. Aquí no hay más autor directo de la línea política imperante que un señor apellidado Rodríquez Zapatero. Que esa línea es audaz parece que no admite mucha discusión. En un reciente foro sobre la situación jurídica de la familia en España se llegó hace días a la conclusión de que lo que sobre ella se legisla y se proyecta supera el nivel de lo que países avanzados como Dinamarca y Holanda se han atrevido a establecer. Cualquiera diría que se han equiparado todos ellos entre sí, pero lo que vino a deducirse fue una mayor radicalización de la postura española. De todos modos, cuestión de matices.

Es improbable que la querella aceptada a trámite por el juez Grande-Marlaska vaya a prosperar en sus últimos pasos procesales. Ya la frenarán porque la “cuestión de Estado” va involucrada en el llamado “cambio” impuesto o propulsado por la Administración Zapatero. Cuando un gobernante, caso de ZP, se mete entre ceja y ceja la idea de pasar a la historia como pacificador, no hay quien lo pare. Y tiene por delante más de tres años para llevar a término su programa. Demasiado tiempo como para frenar la fuerza y la ambición de un impulso de transformación que cuenta con el apoyo de comunidades tan influyentes, por no decir imparables, como Cataluña y Euskadi.

Quienes se sienten españoles tendrán que consolarse con las críticas de Alfonso Guerra al Estatuto catalán y a la conversión de las reformas estatutarias en método para alterar y desnaturalizar los contenidos de la Constitución vigente. No cabe duda de que también se alegrarán de que los saludos intercambiados por los socialistas Rodríguez Ibarra y Maragall en el aniversario del TC hayan sido gélidos. Pero todo eso no pasa de ser mero accidente políticamente termométrico de una situación difícilmente reversible. Al final esto no lo arregla ni el mismísimo José Bono.

El problema es Pujol
LAS PESQUISAS DE MARCELLO Estrella Digital  14 Julio 2005

Ha dicho Jordi Pujol que las relaciones de Cataluña con España nunca han estado tan mal y que el problema es España, o está en España, o es culpa de España. Es al revés, el problema está en Cataluña, en un Pujol que después de muchos años de Gobierno ha dejado el poder con una estela de oportunismo, de continuo chantaje o presión al Estado, cobrando por todo lo que no debía cobrar y rodeado de una colección de casos de corrupción como no se han dado en ninguna otra comunidad autónoma. Corrupción que Pujol ha sorteado con el victimismo del nacionalismo catalán como si cualquier responsabilidad que se le exigiera a él o a su Gobierno fuese un ataque a Cataluña.

El final político de Pujol ha sido malo (recuerda el de Aznar, su ex compañero de Gobierno en la legislatura 1996-2000), perdió las elecciones catalanas en la figura de su hereu, Artur Mas, después de haber quemado a no pocos dirigentes de CiU para acabar escogiendo a un jefe de partido que carece de carisma, de carácter político y que, como dicen los expertos, en imagen no traspasa el cristal.

Además, a Pujol le ha salido en su despedida un grano con el resurgir de la Esquerra Republicana, que le está comiendo el terreno a CiU y obligándola a radicalizarse en posiciones extremas, como las que se están viendo ahora en las negociaciones del Estatuto catalán.

Y no es España la que se radicaliza o la que tiene culpa alguna, sino ciertos políticos catalanes que quieren poner patas arriba la Constitución, romper la solidaridad con España e iniciar un camino de secesión.

Y para todo esto están utilizando la debilidad política y personal de Zapatero, como en su día Pujol se aprovechó de la debilidad de Felipe González (en la legislatura de 1993-1996) o en el primer mandato de Aznar. Ahora el que le imita en lo de cobrar por todos los servicios prestados es Carod-Rovira, apretándole los tornillos a Zapatero y a Maragall y erigiéndose como el abanderado de la pretendida nación catalana sobre todo lo demás, incluida la CiU de Pujol.

Y esto es posible porque Zapatero ha antepuesto su permanencia en el poder a cualquier pacto con el Partido Popular de estabilidad y unidad nacional. Porque si Zapatero dice no a la Esquerra no pasaría nada grave, sino simplemente que el PSOE recibiría más apoyos en toda España aunque eso le costara en Cataluña un problema en el PSC o con el PSC que a la larga acabaría favoreciendo a la actual dirección nacional del PSOE.

El problema de Cataluña no es España, sino unos políticos visionarios que se han inventado un Estado idílico y un nuevo Estatuto que no está en la preocupación primera de los catalanes y que constituye una provocación al resto de los españoles, además de una pretensión de ruptura de la solidaridad económica y social, después de las muchas ventajas que Cataluña ha obtenido del resto del Estado. Pujol habla por la herida de su mal final político y de los errores y abusos cometidos en su mandato, pero no está en condiciones de culpar de todo ello a los demás, y mucho menos a los españoles que defienden la unidad del Estado y la solidaridad.

El contagio terrorista
José Javaloyes Estrella Digital  14 Julio 2005

Iraq no era la causa de los atentados terroristas del día de San Fermín, sino Afganistán. Pero lo más significativo de las informaciones ahora reveladas es la identidad de los autores de los atentados londinenses del 7J. El terrorismo islamista no es cuestión de pasaporte. Bitánicos de nacimiento, como tantos indostánicos, estos asesinos de masas actuaron desde el trastorno expansivo que se advierte en el integrismo musulmán, conformador de su identidad y de su cultura. Su acción terrorista deriva de un proceso de escisión interna en la propia comunidad mahometana del Reino Unido; escisión, fractura, idéntica a la que se opera en las sociedades islámicas del Oriente Próximo.

El análisis de T.S. Huntington en su Choque de Civilizaciones se queda corto o, cuando menos, necesitado de ajustes. Son ahora las sociedades islámicas de Occidente, como la radicada en Gran Bretaña, las que se incorporan y reproducen ese mismo síndrome analizado en el famoso ensayo, enmarcado en Asia Menor. Ésa es la trágica novedad. Tal cultura islámica, con sus trastornos metabólicos y su entera patología nueva, se encuentra instalada en el seno de la vida occidental por dos tipos de causas: la más próxima y patente de la emigración laboral, y la colonial, anterior y menos advertida. Ésta resulta especialmente perceptible en el Reino Unido y en Francia.

El pavoroso problema resulta de que ahora el enemigo terrorista está dentro. El virus yihadista puede contagiar en cualquier momento a los integrantes de las comunidades islámicas, igual las de reciente enraizamiento que a las históricamente consolidadas, como es, en esta ocasión, el caso de los indostánicos del Reino Unido. Y resulta de la mayor preocupación que el control del virus terrorista sólo puede ser operado de modo eficaz, a la postre, por medio de los filtros propios de cada comunidad islámica: desde las propias familias a las mezquitas y las escuelas coránicas. En ellas que parece localizarse el reservorio de esa monstruosa enfermedad de la fe de Mahoma.

Es una situación nueva frente a la que apenas hay recursos, habiéndose de disponer sobre la marcha terapéuticas policiales de las que posiblemente no se tenga todavía una idea clara ni aproximada. El grueso del esfuerzo habrá de centrarse en la información, especialmente en lo que concierne a los viajes. Ése que hizo a Pakistán y Afganistán uno de los suicidas británicos es del todo ilustrador. Si señala, entre otras cosas, que la “razón” del 7J no ha sido Iraq sino Afganistán, se significa también que el conflicto iraquí nunca ha estado en el origen primordial de los otros grandes atentados terroristas.

El país de los talibanes, con sus Madrasas o escuelas coránicas, y sus combatientes, ha transferido a Pakistán la sede del problema, la patata caliente. Y en las montañas paquistaníes permanece escondido Ben Laden con su plana mayor, tenaz en el desarrollo de una estrategia de actuación multifocal que incluye desde la explotación táctica de la violencia en Iraq hasta el relanzamiento de la actividad terrorista en Palestina, con el atentado de Netania que interrumpe el proceso de paz. Los escenarios son muchos, pero es único el guionista de la pandemia yihadista que acaba de golpear en Londres.

Concluyendo, lo novedoso y alarmante después del 7J es que en el cuerpo de Occidente se ha instalado el conflicto interno de la sociedad musulmana y que lo mismo bate en la City londinense que en Riad o que en Jedda. Ese choque de civilizaciones es una guerra sin fronteras. Buscar la alianza entre ellas es tanto como escribir un auto sacramental, puesto que se trata de una enfermedad del alma misma del credo islámico, resuelta ahora en sangre dentro del cuerpo del mundo occidental.

jose@javaloyes.net

DESMESURA
Por JON JUARISTI ABC 14 Julio 2005

La versión al eusquera de los evangelios canónicos, realizada hace cuarenta y tantos años por el presbítero vizcaíno Jaime Querejeta, vendió seis mil ejemplares en pocos días. Todo un récord en el microcosmos de la edición vasca. Otro meritorio truchimán de la época, el también clérigo secular Pedro Berrondo, perpetró la ruinosa traducción casi completa del Quijote a un vascuence prenormativo. El Ministerio de Cultura y la SECC auspician un facsímil de aquel On Kixote Mantxa´ko que no leyó vasco alguno y lo presentan en la Biblioteca Nacional. A esto se llama perspicacia y sentido de la oportunidad.

Trasladar el Quijote al vasco es llevar hierro a Vizcaya. Los euscaldunes lo leemos mejor y le sacamos más deleite y provecho en su lengua original, como es obvio. Lo de los evangelios es otra cosa: Privados durante siglos de las Escrituras en vernáculo por el recelo eclesial hacia el libre examen, los católicos vascos posconciliares querían disponer en sus casas de los mismos textos que oían en misa. Maldita la falta que nos ha hecho nunca a los vascohablantes un Quijote eusquérico. A las generaciones formadas en el eusquera unificado, la propia lengua de Berrondo les resultaría tan próxima como el tagalo. Sólo entenderían el título tras arduas deducciones (para ellos, sería Mantxako Kijote jauna). En resumen, la hazaña de don Pedro sólo entusiasma a los cervantómanos que no pararán hasta ver traducido el Quijote a todas las lenguas del mundo, incluso a las extintas. Qué plaga.

Un estudio asegura que ETA ha recibido 24 millones de euros en diez años
Redacción La Razón 14 Julio 2005

Madrid- La organización terrorista ETA obtuvo de varias fuentes de financiación 23,9 millones de euros anuales en la década que va de 1993 a 2002, de los cuales, 12,8 millones de euros procedieron de subvenciones públicas otorgadas a Batasuna y otras asociaciones, ya fuera por parte del Gobierno vasco, la Cámara de Vitoria o la Unión Europea, según el cálculo realizado por el catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Complutense y presidente del Foro de Ermua, Mikel Buesa, al que ha tenido acceso Ep. Para realizar este cálculo, Buesa se ha servido de informaciones ya publicadas y, en el caso de las subvenciones, tomó como entidades beneficiarias a Batasuna, la coordinadora de alfabetización del euskera AEK, el diario «Euskaldunon Egunkaria», la Fundación Elkargintza Elkarlanean y Udalbiltza Kursaal, todas ellas inmersas en sumarios abiertos en la Audiencia Nacional por su presunta vinculación con el entramado etarra. En total, las subvenciones suponen el 53,5 por ciento de lo ingresado por ETA en esos años.

Subvenciones a ETA. En el capítulo de instituciones subvencionadoras, el primer puesto lo ocupa el Gobierno vasco, con el 66,6 por ciento, seguido de la UE, que otorgó el 17 por ciento del dinero recibido anualmente por el entramado de ETA en subvenciones, sobre todo a Udalbiltza-Kursaal. Las corporaciones locales, principalmente los ayuntamientos, otorgaron un 10,7 por ciento, las empresas públicas un 2,9 por ciento, el Parlamento vasco un 2,5, y el Parlamento español, un 0,3 por ciento, hasta que los diputados electos de Herri Batasuna dejaron de percibir su sueldos y otras asignaciones.
Buesa ha realizado este estudio para el Campus de la Fundación de Análisis y Estudios Sociológicos (FAES), que preside Aznar, y que celebra en Navacerrada (Madrid) en estos días varios cursos. Dentro del que lleva por título «Ideas para una España próspera», Buesa presentará «La economía del terrorismo» hoy. Se trata de cálculos deflactados, es decir, realizado en euros, pero «a precios» de 2002. El catedrático recordó que todas las entidades vinculadas a ETA recibieron estas subvenciones cuando todavía no se habían visto inmersas en sumarios de la Audiencia Nacional.

Catalanismo y españolismo
FRANCESC DE CARRERAS La Vanguardia 14 Julio 2005

¿POR QUÉ UN ciudadano de este país no puede considerarse en la misma medida catalanista, españolista y europeísta?

El abuso de ciertas palabras pervierte el lenguaje. Ello sucede con las palabras finalizadas en ista, en relación con el sentido de pertenencia a un país determinado. En la Catalunya oficial, por ejemplo, declararse catalanista es imprescindible para hacer política y ser europeísta también. Es más, parece una ofensa que a alguien se le considere anticatalanista o antieuropeísta. En cambio, el término españolista sólo se usa en tono de desprecio, para atacar y descalificar a alguien. Nadie quiere ser considerado españolista. ¿Por qué?

En realidad, si acudimos, con las prevenciones que se quieran, a la verdad sociológica que nos suministran las encuestas de opinión, la mitad de los ciudadanos de Catalunya se sienten tan catalanes como españoles y, otra buena parte, se sienten más catalanes que españoles o a la inversa, pero, a la postre, también españoles. ¿Qué pasa entonces? ¿Cuál es la razón por la cual uno puede tener un natural sentido de pertenencia a España y a Catalunya y, en cambio, debe manifestarse siempre como catalanista y nunca como españolista? No me negarán que suena raro, bastante raro. Tampoco me negarán, sin embargo, que ello es así y que lo aceptamos, sin discutirlo, como algo lógico y normal. ¿Por qué?

Decía al principio que el abuso de ciertas palabras pervierte el lenguaje. Nos encontramos ante un supuesto en el que ello se ve claro: ¿por qué un ciudadano de este país que se considere catalán, español y europeo a la vez, no puede considerarse, en la misma medida, catalanista, españolista y europeísta? No veo razón para esta aparente inconsecuencia, a menos que el ista de españolista connote a esta palabra de un modo distinto a como lo hace con las otras dos, convierta ese término, el término españolista, en algo de naturaleza distinta, respecto a los sentimientos de pertenencia, que el de catalanista y europeísta.

Efectivamente, ahí está la cuestión. Mientras ser catalanista se tiene como algo natural y, por tanto, obligado, y ser europeísta significa algo tan evidente como que uno no es asiático, australiano, americano o africano, ser españolista significa que eres enemigo de tu propio país, de Catalunya o, por lo menos, que no eres ni te comportas como buen catalán. Naturalmente, para ello se fuerza el lenguaje, se le utiliza desde una determinada ideología, la ideología nacionalista, según la cual ser españolista excluye ser catalanista.

Así, el sentido de las palabras se transforma. Desde esta ideología, ser ista de un determinado país es incompatible con serlo de otro, aunque en su acepción más natural y primera de la palabra, ello no sea así. En efecto, desde esta acepción, ser catalanista, por ejemplo, es tener una natural tendencia a estimar Catalunya, el país en el que vives, a sentirtem iembro de él y considerar que está definido por algunos rasgos propios pero también por otros muchos comunes a España, a Europa y, más allá, a la especie humana misma. De idéntica forma, ello puede decirse también de términos como españolista, europeísta o cualquier otro semejante.

Sin embargo, en la apropiación que el nacionalismo ha hecho de estas palabras, españolista y catalanista son incompatibles porque pretenden representar identidades colectivas y concepciones del mundo distintas y opuestas. Desde este punto de vista, ser catalanista es, ante todo, no sentirte español y hacer una política catalanista significa hacer una política diferente a la española. Ser españolista, por su parte, es lo mismo contemplado desde la otra parte. El fomento de la diferencia, la acentuación de las diferencias, es el objetivo principal de las políticas nacionalistas.

Lo expresó muy gráficamente Juan Benet en su obra Madrid hacia 1950 cuando contaba que haciendo el servicio militar comprendió el significado de la palabra patria. "¿Qué es la patria?", preguntaba el sargento a un Benet desconcertado y balbuceante. "La patria es tu madre", le aclaraba el sargento que, al ver la cara de incredulidad del soldado, precisó el concepto con las siguientes palabras: "¿Verdad que cuando ves a un francés te da rabia? Pues bien, eso es la patria".

Así sucede también con el buen catalanista en la concepción nacionalista: "¿Verdad que cuando ves a un español te da rabia? Pues bien, eso es ser catalán, eso es tener sentimiento de país, de Catalunya". Así se explica, por ejemplo, la alegría de algunos por el hecho de que Madrid no haya sido elegida como ciudad olímpica o, en sentido inverso, eso explica el boicot al cava por parte de españolistas, en el sentido nacionalista del término, que confunden la rabia contra Carod-Rovira con la rabia a los catalanes en su conjunto. Desgraciadamente, estamos en una fase de rabia, ese sentimiento que debe evitarse a toda costa en las relaciones entre las personas y entre los pueblos.

Debemos retornar a la sensatez, a utilizar estas peligrosas palabras en el sentido primigenio y no conflictivo. Les confieso que me siento catalán, español, europeo y, ante todo, me siento ser humano. Pero también ampurdanés, barcelonés, mediterráneo y quizás algunas cosas más. En realidad, estos sentimientos no son algo muy importante en mi vida aunque forman parte de ella y, desde luego, no definen mi identidad, aunque también son parte de ella. Más la definen, y más importantes son, mi familia, mi profesión, mis amigos, mis ideas y mis valores.

Y no tengo ningún problema en decir que, entre otras cosas para mí de mayor interés, soy catalanista, españolista y europeísta. Todo a la vez. Precisamente porque no soy nacionalista.

FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB

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