AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 18 Julio 2005
Maldita Yihad
Por Gustavo de Arístegui, diplomático y diputado del PP  18 Julio 2005

Alianza con la ideología del mal
EDITORIAL Libertad Digital 18 Julio 2005

Al límite de la fe
Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 18 Julio 2005

Entre fanáticos
Por J. J. ARMAS MARCELO ABC 18 Julio 2005

El Estatuto catalán y sus secuelas
Por XAVIER PERICAY ABC 18 Julio 2005

Es su turno
GEES Libertad Digital 18 Julio 2005

Los hijos devoran a Saturno
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 18 Julio 2005

Cataluña y el guirigay territorial del PSOE
Editorial ABC 18 Julio 2005

¿Es posible una alianza de civilizaciones?
Agapito Maestre Libertad Digital 18 Julio 2005

Timorata respuesta de Moncloa a la arrogancia de ERC
Editorial ABC 18 Julio 2005

La madeja del terror
Editorial ABC 18 Julio 2005

Ahora la Justicia
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo 18 Julio 2005

Sobre el Instituto Rosalía
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 18 Julio 2005

"Cada vez son más los indicios, incógnitas y datos que ponen al Gobierno y al PSOE en una situación delicada"
Libertad Digital Libertad Digital 18 Julio 2005

Maldita Yihad
Por Gustavo de Arístegui, diplomático y diputado del PP  18 Julio 2005

... Frente a la complacencia de algunas izquierdas con el crecimiento del islamismo radical, al que algunos despistados consideran una forma de progresía reformista, hay que oponer la cruda realidad de la barbarie que representa esta ideología...

DURANTE décadas el islamismo radical ha ido ganando posiciones en el mundo islámico por diversas causas, unas por el simplismo y atractivo que tiene el mensaje del odio y el fanatismo, y otras también por errores estratégicos, de cálculo y de análisis de Occidente. El primero de esos errores es el de la complacencia que, en algunos momentos, se ha tenido con los movimientos religiosos ultraconservadores, por creer algunos analistas y servicios de inteligencia que podían llegar a ser un eficaz elemento de contrapeso y compensación en su lucha contra la extrema izquierda. Lamentablemente cinco décadas de guerra fría enmascararon a algunos de los peores enemigos que estaban empezando a desarrollarse tras el disfraz de la tensión entre bloques.

El segundo es un cierto grado de imprudente corrección política, que junto a los complejos nos ha anestesiado. Por eso se ha cedido demasiado, casi siempre, con los ideólogos de estos bárbaros. Algunos han querido ver síntomas de humanidad y de progresía en las ideas de alguno de estos «intelectuales». Otros, han querido ir más lejos, hasta intentar redimirlos, abriéndoles nuestras puertas, desde la temeridad y la estupidez que, sin embargo, era incapaz de ocultar el paternalismo progre eurocéntrico. Entre los más repugnantes defensores del horror y del fanatismo, aunque eso sí, con muy buenas maneras, se encuentran Hassan Al Tourabi y Tariq Ramadan, a quien las autoridades británicas acaban de prohibir la entrada en el Reino Unido. El primero ha perdido toda credibilidad y prestigio por su clara vinculación con el establecimiento de Al Qaeda y su líder Bin Laden en Sudán. El segundo sigue siendo, lamentablemente, invitado profusamente a universidades y foros de pensamiento europeos, donde es aplaudido y homenajeado como una «voz moderada». Así nos va.

El tercero es haber dado cobijo a ciertos líderes ultrarradicales del islamismo que han hecho de ciertas ciudades europeas su centro de propaganda y de extensión del fanatismo. Los gobiernos y servicios de inteligencia de algunos de estos países creyeron que tenerlos controlados era mejor que no hacerlo, y que se les controlaba más eficazmente teniéndolos cerca. Sin embargo, resulta ingenuo creer que éstos vayan a ordenar directamente los atentados de forma pública, y mucho menos cometerlos personalmente. La espeluznante realidad es que han estado predicando el odio, la barbarie y el terror desde sus púlpitos y algunos desde sus cátedras, sin que prestáramos la suficiente atención. Así nacieron las expresiones Londonistán o Paristán, entre otras, que han sido tan duramente criticadas y profusamente comentadas con ocasión de los bestiales atentados del 7 de julio.

El cuarto es que no hicimos los deberes cuando aún era posible favorecer e impulsar una evolución política positiva en el mundo islámico. Hace veinte años el islamismo radical era un fenómeno muy minoritario y, en ocasiones, claramente encapsulado en ciertas zonas del mundo islámico, con especial incidencia en unas ciudades y provincias concretas de estos países. Debimos haber trabajado más y más intensamente cuando eran entre el 5 y el 15 por ciento. Hoy los mayores expertos nos recuerdan que más del 30 por ciento de los creyentes se sienten de alguna forma identificados con todas o bastantes de las ideas del islamismo radical. Esto quiere decir que un tercio de los creyentes comparte criterios ideológicos y metodológicos del yihadismo. Esto no quiere decir que todos ellos sean terroristas o terroristas potenciales, sin embargo sí quiere decir que la base de reclutamiento del radicalismo ha crecido espectacularmente. El 30 por ciento que maneja Richard Clarke en su reciente libro «Cómo derrotar a los yihadistas», se queda corto en algunos países. Si en Arabia Saudí, por ejemplo, llegaran a celebrarse mañana elecciones libres por sufragio universal, no ganaría un partido islamista radical, podría llegar a ganar un terrorista como Bin Laden. Por eso, a quienes se empeñan en forzar la máquina de la revolución frente a quienes propician las fórmulas de la evolución paulatina, hay que recordarles que la ruptura política en estas delicadas circunstancias sería desastrosa en primer lugar para esos países, pero también para las democracias más avanzadas del planeta.

Por otra parte, conviene subrayar igualmente que los islamistas, así como también sectores políticos moderados opuestos frontalmente al islamismo, recuerdan a Occidente de manera insistente que a lo largo de estas últimas décadas hemos apoyado a regímenes dictatoriales y/o autoritarios, lo que ha contribuido a fomentar la desconfianza hacia Occidente y, en algunos casos, el odio hacia nosotros. Para los islamistas, todos los gobiernos de esos países son corruptos, antiislámicos, impíos y apóstatas. Todas estas acusaciones son extraordinariamente eficaces para desprestigiar y socavar la autoridad de los regímenes no islamistas, especialmente si son pro occidentales. Frente a la complacencia de algunas izquierdas con el crecimiento del islamismo radical, al que algunos despistados consideran una forma de progresía reformista, hay que oponer la cruda realidad de la barbarie que representa esta ideología y, que de tener oportunidad, instalaría la más feroz de las dictaduras, supuestamente teocráticas, iniciando una violenta represión sin precedentes en esos países. Se convertirían, además, en Estados criminales, que servirían de base, fomento y apoyo del terrorismo yihadista, en contra del resto de los países islámicos y contra las democracias del mundo. Menudo panorama.

El quinto es que en Occidente seguimos hablando ingenua y temerariamente de razones y de causas del terrorismo. Es increíble que alguien pueda creer, en el Siglo XXI, que de verdad hay razones que hayan desencadenado tanto odio. Hablar de teorías como la del mar de injusticia universal, como decía en un reciente artículo el presidente del Gobierno español, basarlo, de manera simplista, en la pobreza y el conflicto árabe israelí, no hace más que llenar el zurrón de los pretextos y de las excusas que esgrimen con maquiavélica habilidad los pensadores del terror. ¿Es que acaso alguien puede creer de verdad que, si desaparecieran todas las causas y todos los problemas que han servido de pretexto a los terrorismos durante tantas décadas, su violencia y su barbarie desaparecerían? Pues no, se apresurarían a inventarse nuevas «causas» y nuevas «razones» para seguir reclutando terroristas a través de la incitación al odio. Francia se opuso a la guerra de Irak, pero fue declarado país objetivo de los islamistas por muchas otras «razones», como la prohibición del uso en las escuelas públicas del hijab (pañuelo islámico) o por su pasado colonial. No podemos seguir alimentando la máquina de justificaciones del terror.

El sexto es que algunos países de Occidente siempre creyeron que «eso», el terrorismo, le ocurría a otros. Muchas sociedades se han mostrado escandalosamente insolidarias, inconscientes o insensibles ante los problemas de terrorismo de otros países durante los años ochenta y noventa. Otros estaban persuadidos de que mirando hacia otro lado, no destacando demasiado o incluso siendo complacientes, los dejarían en paz. A este respecto conviene recordar lo que decía Churchill de los apaciguadores: «El apaciguador es aquel que alimenta al cocodrilo esperando ser el último en ser devorado». El cocodrilo de hoy es el terrorismo fanático, y la ideología que lo alimenta, el islamismo radical, y todos los fanatismos e intolerancias que fomentan la violencia y la opresión. A ese cocodrilo ni se le puede ni se le debe domar, es un disparate alimentarlo y lo que hay que hacer es derrotarlo. La bestia del terror y del fanatismo se alimenta de apaciguamiento y de cobardía, se regocija y se fortalece con la mezquindad, se ríe de las confrontaciones entre demócratas, que nos hacen más débiles, y sólo se sacia con el poder total.

Algunos movimientos antiglobalizadores y ciertas izquierdas han conformado lo que ya hemos denominado la emergente alianza antisistema. Pero lo que es peor es que algunos, supuestamente moderados, no hayan censurado, con suficiente valentía, las acciones de estos grupos. De hecho, los movimientos antiglobalizadores y sus aliados, manifiestan públicamente su simpatía por islamistas radicales e incluso por el yihadismo, pues consideran que tienen enemigos comunes: La democracia, la economía social de mercado, en definitiva, al mundo libre y avanzado.

Hoy, ahora, no mañana, aunque hubiese sido mejor que fuese ayer, tenemos que unirnos frente a un monstruo desalmado que crece a velocidad vertiginosa. Este monstruo es el enemigo común de Oriente y de Occidente; de musulmanes, cristianos, judíos o agnósticos; de europeos, africanos, asiáticos o americanos. Es una lacra abyecta que debe ser extirpada con firmeza, tenacidad y determinación. Y que nadie crea que el brutal rayo del terror no cae dos veces en el mismo lugar. Siempre buscarán el mayor impacto y efecto. Para el terrorismo no existe el non bis in idem.

Alianza con la ideología del mal
EDITORIAL Libertad Digital 18 Julio 2005

El sentido moral del hombre ha ido cristalizando en una serie de consensos sobre aquello que se debe y no se debe hacer, las instituciones que se adaptan mejor a su naturaleza, los derechos que nadie debe violar. Ese camino no ha terminado aún de recorrerse, pero no es difícil discernir donde se ha caminado más lejos. La civilización occidental, con sus problemas y oportunidades para avanzar aún más, representa la cumbre más alta a la que el hombre ha llegado. Es una realidad que, si hiciera falta hacerlo, se demuestra en un hecho sencillo: son los países occidentales los que reciben a los refugiados de las naciones que los oprimen, económica o políticamente.

Zapatero perdió una buena oportunidad para callarse su tercermundismo trasnochado cuando se supo que los autores materiales de los ataques a Londres eran jóvenes musulmanes de posibles, a los que se creía bien integrados en la sociedad y de los que, desde luego, no se puede aducir que pertenezcan a ese “mar de injusticia universal” que es la pobreza. Pero ha preferido insistir en que la solución al terrorismo es una alianza de civilizaciones aún cuando su propio análisis de la génesis del problema se demuestra falsa en cada atentado islamista. La causa del terrorismo islamista es el islamismo, como la causa del terrorismo comunista es el comunismo, como la causa del terrorismo nacionalista es el nacionalismo; ideologías todas que desandan el camino de considerar al hombre como un ser digno de derecho y que consideran que el individuo debe someterse al colectivo. Ideologías del mal.

Dado que las civilizaciones no son un sujeto de derecho que pueda llevar a cabo acciones como firmar alianzas, la retórica propuesta de Zapatero parece reducirse a llevar a cabo acuerdos entre algunos países occidentales y unos pocos países musulmanes. Lo que pedirían los primeros está claro: no nos maten en nuestros trenes y autobuses, déjennos sestear tranquilos. ¿Pero qué es lo que pedirán los segundos? Como mínimo, abandonar a Israel y que dejemos de intentar que los dictadores que los gobiernan dejen paso a regímenes democráticos y de libertades. Es decir, que abandonemos a los habitantes de las teocracias islámicas en un lugar lo más alejado posible de los derechos y libertades individuales. Esas son las propuestas que el bueno de Zapatero tiene para oponer al malo de Bush.

La alianza de civilizaciones es la sumisión del bien al mal, de los derechos humanos a la ideología denominada islamismo. Exactamente lo mismo que pretende Zapatero para España: pactar nuestros derechos y libertades para trocearlos y servirlos fríos a ETA y aquellos que comparten su ideología de poner al colectivo nacionalista por delante del individuo, desde Carod a Ibarretxe, de Quintana a Maragall. Y España, es decir, el gobierno del PSOE, aportará un millón de euros a la ONU para el desarrollo de esta cursi rendición del bien al mal. Ese millón debería ponerlo Zapatero de su bolsillo. O Kojo Annan del de Sadam.

Al límite de la fe
Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 18 Julio 2005

Los terroristas suicidas que, de acuerdo con los primeros informes policiales, organizaron el 7 de julio la masacre de Londres eran británicos de origen paquistaní, esto es, descendientes de los miembros de una comunidad no árabe, convertida al Islam y terriblemente dominada por el fanatismo y el odio. Con la seducción que ejerce el misterio del mal, Pakistán es un país que reclama el conocimiento por parte de quienes pretendemos estar en las claves del mundo que vivimos/padecemos. Y ¿quién mejor que V. S. Naipaul para introducirnos en la historia y en la formación reciente de este país? En su libro «Al límite de la fe» este escritor -premio Nobel- nos transporta a la sociedad paquistaní con el tino de un sociólogo y la maestría del narrador: siendo verdad que no es un libro de opinión sino de personas, como escribe el autor -nos llegan las categorías, los conceptos y los dogmas de forma muy convincente gracias a la fuerza de las anécdotas. A los fundamentalistas paquistaníes se les conocía entre los anglohablantes como «fundos» en los comienzos del Estado. Estaban siempre en segundo plano aunque siempre presionando. Ahora están en primera línea y sus sucesores en la de fuego, en el odioso frente occidental, concretamente, en Londres, organizando la yihad, esto es, la masacre santa.

Entre fanáticos
Por J. J. ARMAS MARCELO ABC 18 Julio 2005

CADA vez que el islamismo radical provoca un atentado en cualquier capital del mundo regresan a Occidente los demonios del miedo y la guerra de civilizaciones que Huntington convirtió en teoría clásica. La superstición ideológica occidental comete con frecuencia el yerro del maniqueísmo al situar, sin matices, en la derecha recalcitrante y troglodita a quienes sospechan que Huntington tiene una cierta razón, y a los que piensan lo contrario en la izquierda progresista, que parece -lo último- una redundancia aunque no lo sea. ¿Y si se estudiaran más la tesis de la guerra de las civilizaciones, en lugar de hablar de oídas, incluso para llevarle la contraria? ¿Y si el terrorismo radical islámico buscara, entre otras cosas, la destrucción de las raíces de la civilización occidental?

Negar con rotundidad la hipótesis de que el islamismo radical, abusando de la excusa criminal como respuesta fanática a los abusos también criminales de ciertos estados occidentales y pro-occidentales, en el pasado y en el presente, está haciéndole la guerra a Occidente en sus cimientos más sólidos necesita de mayores argumentos que los de marear la perdiz cada vez que un político, Blair incluido, ha de hablar en público evitando, en su rostro y sus palabras, el gesto de perplejidad que asombra su alma ante la barbarie terrorista.

La crueldad del atentado de Londres apunta la idea de un ejército no convencional haciendo una guerra no convencional, una suerte de guerra de guerrillas donde la fe religiosa impregna de fanatismo a los militantes hasta llevárselos, en el abismo de la fe, al suicidio terrorista. ¿Qué se puede hacer contra un ejército de suicidas iluminados que enloquecen con la religión hasta matarse por voluntad propia mientras asesinan a decenas de personas? Menos marear la perdiz y dar gato por liebre por la derecha y por la izquierda, cualquier intento urgente será bienvenido.

Contra la guerra de civilizaciones se sugiere una alianza de los mismos universos, un pacto global que impida la expansión demoníaca del terrorismo entre los islamistas tocados por la locura del crimen con la coartada de Dios. ¿Cómo se hace una alianza de civilizaciones y entre quiénes, cuántas civilizaciones hay, quiénes delante y quiénes detrás, ante qué fe hay que transigir en los Derechos Humanos, y en qué medida la conciencia religiosa puede ser hoy la base racional de unas civilizaciones cuando ya no lo es de otras? Huntington no marea la perdiz, sino que sistematiza en argumentos -muy discutibles y rechazables- su guerra de civilizaciones. La hipotética alianza de civilizaciones, propuesta por Zapatero en la ONU, aún es sólo un deseo político, una hipótesis contra los fanatismos -en el aire, todavía ni punto de encuentro- sobre la que habría que trabajar en todo sin conceder en nada gato por liebre.

El Estatuto catalán y sus secuelas
Por XAVIER PERICAY ABC 18 Julio 2005

Aunque el nacionalismo vasco es el que más ruido hace -afirma el autor- «es el catalán el que marca la pauta y contamina». Los pactos alcanzados por el PSOE para aupar al poder a Maragall están condicionando la petición de nuevos estatutos para otras comunidades

ES probable que tanto las declaraciones de Alfonso Guerra, actual presidente de la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados, como las de Manuel Jiménez de Parga, ex presidente del Tribunal Constitucional, acerca de la inconstitucionalidad del proyecto de reforma del Estatuto valenciano hayan sorprendido a más de uno. En efecto, no deja de resultar cuando menos sorprendente que un proyecto avalado por el PP y el PSOE, los dos grandes partidos españoles, esté fuera de los límites de la Carta Magna, y que esta vulneración de los límites afecte a ámbitos tan relevantes como la justicia o los derechos fundamentales. Pero la sorpresa desaparece en cuanto uno atiende a lo que antecede a dicha propuesta de modificación estatutaria. Es decir, en cuanto uno comprueba que el proyecto de reforma valenciano no es sino el último episodio de un proceso que empezó con el llamado plan Ibarretxe, siguió con la promesa electoral -por parte de todas las fuerzas políticas catalanas, excepto el PP- de elaborar un nuevo Estatuto para Cataluña y, ya con el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, tomó carta de naturaleza en el conjunto del Estado, con sucesivas escaramuzas de mayor o menor intensidad.

Y es que, en el fondo, el acuerdo alcanzado en la Comunidad Valenciana no obedece a ningún estado de necesidad, a ninguna demanda social, a ninguna lógica interna; sólo al mero interés coyuntural. Los populares y los socialistas valencianos han llegado a donde han llegado no por méritos propios, sino porque así lo ha querido el nacionalismo. No el suyo, por supuesto. Ni siquiera el que a menudo se invoca como un fantasma y del que serían partícipes los propios partidos nacionales de los que dependen, respectivamente, populares y socialistas valencianos.

No, aquí el único nacionalismo que fija el guión -con la aquiescencia, complacida o resignada, del Gobierno del Estado-, el único que desborda el cauce constitucional y arrastra o amenaza con arrastrar a los partidos políticos de las demás autonomías, es el periférico. Y en la periferia, aunque el nacionalismo vasco sea el que arme más ruido y aparezca, pues, como el más beligerante, es el catalán el que marca la pauta y contamina, con su ejemplo, al resto del Estado -del nacionalismo gallego, recién llegado a la fiesta, poco cabe decir por ahora-. Porque sólo en Cataluña el conjunto de la clase política se ha plegado a las reglas del juego nacionalista. Incluso el Partido Popular catalán, que el pasado 8 de julio votó en contra de la proposición de ley de reforma del Estatuto aprobada por la ponencia parlamentaria, decidió hace un año formar parte de dicha ponencia e intervenir en sus trabajos, con lo que, además de legitimar el supuesto carácter unitario de la reforma estatutaria, reconocía con su decisión que no puede existir en Cataluña vida política al margen del guión establecido por el nacionalismo.

Huelga decir que lo afirmado anteriormente para la Comunidad Valenciana -a saber: que el proyecto de reforma no obedece a ninguna demanda social- vale lo mismo para el noreste peninsular. Una encuesta reciente encargada por el propio Gobierno autonómico situaba el nuevo Estatuto como una de las últimas preocupaciones de los ciudadanos del Principado. Y, aun así, entre la clase política catalana no parece existir demasiado empeño en tratar de reconducir la situación. Al revés: todo son prisas. En especial, entre quienes comparten gobierno. Y, en especial aún, entre los socialistas, conscientes sin duda del desgaste que una política atenta casi exclusivamente a lo simbólico está ocasionando en una parte considerable de su electorado. De ahí que la ponencia parlamentaria aprobara la proposición de ley con los votos de las tres formaciones que integran el Gobierno tripartito y renunciara, en consecuencia, a lograr un apoyo mayor. De ahí también que CiU, sabedora de que su concurso es necesario para que el proyecto alcance en el pleno la necesaria mayoría de dos tercios, se haga de rogar y haya optado por la abstención. De momento. Porque el bloqueo de las huestes de Artur Mas tanto puede ser circunstancial y terminar tarde o temprano en un acuerdo, como convertirse en definitivo y dar al traste con el Estatuto si no se incluyen en el proyecto sus exigencias.

Bien mirado, lo que está pasando en Cataluña y que tan penosas secuelas puede llegar a tener en el resto de España -suponiendo que no las tenga ya- no es sino el corolario inevitable del pacto de gobierno alcanzado por los socialistas a mediados de diciembre de 2003 con independentistas y ex comunistas. El afán de Pasqual Maragall por hacerse con la Presidencia de la Generalitat y el cálculo interesado de Josep Lluís Carod-Rovira apearon entonces a CiU del poder tras casi un cuarto de siglo de monopolio, con lo que se impuso el espejismo de un ejecutivo de izquierdas allí donde no había otro ejecutor que el nacionalismo. Los propios socialistas quedaron presos de su ambición: gobernaban con y desde el nacionalismo y tenían enfrente, en la oposición, a otro nacionalismo, más moderado en teoría, pero cuyo comportamiento político era -y sigue siendo- incluso mucho más radical que el de ERC. Por lo demás, el vuelco electoral del 14 de marzo de 2004 y los pactos que el PSOE tuvo que establecer con ERC en el Congreso de los Diputados -unidos a los que el nuevo presidente del Gobierno había establecido ya con Maragall- acabaron de allanar el camino. Desde entonces España ha vivido un proceso constituyente encubierto, en el que la nave del Estado, sin timonel que la lleve, se ha ido moviendo a golpe de Estatuto. Y lo peor es que la mar está cada vez más encrespada.

Islamismo y terror
Es su turno
GEES Libertad Digital 18 Julio 2005

Alto y claro. Les toca a ellos decir kifiya, basta. Rotundamente. Sin peros, fintas ni escamoteos. Nada de que condenan el terrorismo pero en el fondo somos los culpables por el colonialismo, Palestina o el sursum corda. Todo lo que consideran el corazón de las tierras del Islam se lo arrebataron a la cristiandad a punta de espada. Como con los comunistas, nadie ha matado a más islámicos que los musulmanes. Nadie más iraquíes que Sadam. Nadie más argelinos que el GIA y el ejército. Y Darfur. Y las cacerías de negros en África. Y otras muchas abominaciones. Dejémonos de tonterías. No están como para tirar ni la quinta ni la décima piedra y en todo caso no es esa ahora la cuestión.

Gozan entre nosotros de muchos más derechos y viven mucho mejor que en sus países de origen, especialmente si no se confinan en ghettos que perpetúen sus taras culturales, y utilizan la seguridad social, sobrecargándola en nuestro detrimento, desde el día en que llegan. Lo que ahora esperamos de ellos es condenas públicas, sonoras, visibles, multitudinarias. Aquí y allí. Y de nuestros líderes que se lo exijan de gobierno a gobierno. Si algún sentido tiene la Alianza de Civilizaciones ha de ser ese. Queremos ver manifiestos y manifestaciones. Los primeros con muchas firmas conocidas de clérigos, intelectuales, periodistas, artistas, políticos. Las segundas nutridas y partiendo de las mezquitas. Nos lo deben. Lo demás son cuentos.

No ha habido xenofobia y no estamos dispuestos a consentirla. Nuestra virtud está demostrada. Que nos demuestren la suya. Seguro que muchos se sienten horrorizados y asqueados, pero no hay duda de que otros se alegran. Queremos saber cuantos hay de los primeros y ver como arrinconan a los segundos. No se echaron nunca a la calle por Osama. Ya es hora de que lo hagan en su contra. Primero los de aquí para dar ejemplo, pues eso de manifestarse no se lleva en sus madres patrias. Por el desplome del comunismo sabemos y saben sus jerarcas lo peligroso que es eso. Si muchos se juntan descubren su fuerza y pueden volverse contra sus amos aquejados de urnatropismo negativo. No es nuestro problema. A los que nos gobiernan les exigimos que lo exijan.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

Cataluña
Los hijos devoran a Saturno
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 18 Julio 2005

Si volviera Goya con sus pinturas negras, o volviera Rubens, encontrarían en el nacionalismo catalán inspiración y motivo para invertir el mito de Saturno. Ha trascendido la pinza del Tripartito con Piqué para dejar a CiU fuera de juego. Ya habíamos advertido algunos (en La Linterna de la COPE) que quien iba a acabar votando contra el estatut sería Mas. Los belicosos hijos del pujolismo se creen con fuerzas suficientes para acometer a un tiempo tareas con las que la imprudencia no podía soñar hasta que llegaron los castellers, los filólogos, los guionistas de Bigas Luna, los camisas negras.

Tareas como la de tutelar a un pobre presidente del gobierno español, encarnizar el lenguaje político, borrarle los lemas al ejército, conceder certificados de catalanidad, enseñarles el mapa de España a los etarras, negarles la condición de intelectuales a los pocos intelectuales que van quedando, culminar la diglosia o sentar la equivalencia entre centrífugo y democrático, de donde se infiere que Francia debe ser el país menos democrático de Europa.

Pero la tarea cumbre, desempeñada en silencio desde el día en que prefirieron Maragall a Mas, es la de devorar al padre, desgarrar a dentelladas el cuerpo del Saturno local, del Cronos barcelonés nacido en 1930, del dios de un tiempo lento –fotograma a fotograma– de construcción nacional. Pujol y su cuarto de siglo: la lobotomización de una sociedad que era indómita y libre, creativa, rompedora, pueblo que fruncía el ceño ante cualquier poder. Fotograma a fotograma, la película del pujolismo, aun a cámara lenta, siempre iba hacia delante. Cuando venían mal dadas, el dueño del tiempo nacional se convertía en estatua, se hacía inamovible hasta que el entorno volvía a sonreírle. Y entonces, pasito a pasito como una muñeca de Famosa, reanudaba su marcha.

Pero la habilidad con que ciertos hombres construyen una nación donde no la hay es un raro atributo que, como era de prever, sus hijos políticos, los que iban produciendo sus escuelas y universidades y burocracias y medios de masas, no han heredado. Aludo a los hijos ilegítimos. En cuanto a los legítimos, los que le relevaron en el partido, giran y giran como derviches sin objetivo, se agotan en el absurdo empeño de ser más nacionalistas que los nuevos señores del presupuesto. Serán despedazados, destrizados y engullidos por voraces hermanos putativos.

CDC salió de la nada, de un hombre que no ocultaba sus intenciones: fer país. Nace el partido el 28 de marzo de 1976 para solapar en poco tiempo a las parcas formaciones que tenían derecho a llamarse antifranquistas. Cuatro años más tarde ganó las elecciones autonómicas con tres cuartos de millón de votos, un 17 % del censo catalán. Y las fue ganando todas, incluidas las últimas (46 escaños). Pero entonces Carod le dio la presidencia a Maragall (42 escaños) y empezó a despedazar al padre, a precipitar sus planes. Derriban su obra por amor, porque creyeron sus cuentos de hadas y caballeros y castillos, porque son su sombra inhábil.

Cataluña y el guirigay territorial del PSOE
Editorial ABC 18 Julio 2005

LA displicencia de ERC en su relación con el Gobierno habrá hecho recordar a más de uno aquel aforismo que a cada cual le hace dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. El presidente del Gobierno se comprometió a apoyar el estatuto que saliera aprobado del Parlamento catalán. No puso más condiciones. La constitucionalidad del texto fue una matización posterior, en absoluto implícita en aquel exceso de confianza presidencial, porque ya entonces, en plena campaña electoral catalana, se daba por sentado que la reforma estatutaria estaría promovida por una mayoría nacionalista y socialista partidaria más de un nuevo modelo constitucional que del desarrollo del autogobierno.

Pese a los sucesivos desmentidos emitidos por el PSOE y el Gobierno, lo cierto es que en el Boletín del Parlamento catalán está publicado desde el pasado día 11 un proyecto de reforma estatutaria cuyo artículo 1º dice: «Catalunya és una nació». Esta declaración no es la imposición de una minoría, sino la voluntad política del socialismo catalán, con el respaldo del Gobierno central, cuya estabilidad parlamentaria depende en ambos casos de ERC. Por eso, los independentistas catalanes se sienten fuertes y con autoridad suficiente para exigirle a Zapatero que «ponga orden en el gallinero» de su partido, es decir, que calle a las voces críticas del PSOE que están alertando sobre las consecuencias de esa reforma. La timorata respuesta de Ferraz y La Moncloa abona la arrogancia de ERC y acelera el proceso de parcelación de los intereses que hasta ahora se consideraban nacionales. Cuando un Gobierno autonómico decide llamar nación a su comunidad, pretende un poder judicial casi soberano, instaura un régimen de derechos ciudadanos y de financiación al margen de la Constitución y aspira a una relación confederal con el Estado, lo propio no es mandar callar a todo el mundo, como ha hecho Pérez Rubalcaba, sino ponerse al frente de la preocupación de millones de españoles, socialistas y no socialistas, por el futuro de España.

Al PSOE tácticamente le ha venido bien durante un tiempo generar desde sus filas una cierta oposición al Gobierno. Esta polifonía interna ha arrebatado en ocasiones al PP su protagonismo opositor en este debate. Pero cuando de las palabras se pasa a los hechos, las apariencias no bastan para salir del paso. Las advertencias de Guerra, Bono o Rodríguez Ibarra sobre la ruptura de principios constitucionales básicos (entre ellos el de la solidaridad) si se aprueba el texto estatutario del tripartito empiezan a no ser asimilables por la versatilidad del propio PSOE. Ayer mismo fue Chaves, presidente de los socialistas y de la comunidad que más diputados aporta al Congreso, quien se unió a esta corriente discrepante al considerar inaceptable el texto que se está cocinando en Cataluña. Si los acontecimientos siguen por este rumbo, lo que la opinión pública empezará a percibir es que las posiciones exigentes del PP -tachadas de inmovilismo- eran más acertadas que las expectativas alegres y confiadas que dibujó el presidente del Gobierno para la «tensión territorial» heredada de la etapa del PP.

Sin duda, en parte de las críticas de los barones socialistas hay un cálculo de los perjuicios electorales que sufrirán en sus feudos si el Gobierno franquea el paso al estatuto que propone el tripartito. El mismo Chaves, ayer quejumbroso, ha dado en este último año varios bandazos al respecto y aportado cierta comprensión a las aspiraciones de Maragall y Carod. Pero aunque ese sector «nacional» del PSOE no ha demostrado tener una influencia decisiva en la toma de decisiones del Ejecutivo y de la dirección del partido, resulta imprescindible que se escuche la voz autorizada de esa corriente jacobina que siempre ha defendido la tradición nacional del partido. Y que entendía que la cuestión pasa por la alternancia en el poder de dos proyectos nacionales (uno de centro-derecha y otro de centro-izquierda) con los que se identifican la inmensa mayoría de los españoles. Por eso es normal que haya inquietud en el PSOE ante esta oscilación hacia un proyecto nuevo que coaligue a su partido, de histórica vocación nacional, con formaciones nacionalista muy interesadas en jibarizar a España.

¿Es posible una alianza de civilizaciones?
Agapito Maestre Libertad Digital 18 Julio 2005

Aconsejaba Kant no discutir con estultos, porque fácilmente pueden confundirnos con ellos. Supongo que quien discute frases absurdas corre los mismos riesgos que el que discute con estúpidos, pero yo estoy dispuesto a discutir la expresión “alianza de civilizaciones” no tanto porque la considere inútil, que lo es, sino porque el gobierno de España ha donado un millón de euros para que la ONU debata sobre el particular. Un millón, queridos amigos, es suficiente cantidad para que pidamos un poco de rigor y seriedad al presidente del Gobierno, aunque sólo sea porque algo de ese dinero tendremos que pagarlo los ciudadanos de una nación, no de una civilización, llamada España.

La “alianza de civilizaciones” es un absurdo en los términos, un imposible, porque sólo pueden llevar a cabo pactos, contratos y alianzas sujetos con responsabilidades, con derechos y deberes, pero no las “civilizaciones”, que es un termino que, en sentido estricto, sólo puede utilizarse en singular. Sí, no hay civilizaciones, sino civilización, que es, al menos etimológicamente, lo que nos hace civilizados, civiles. La civilización tiene como principal objetivo civilizar, es decir, sacar a los individuos de un estado salvaje hasta hacerlos sujetos, individuos autónomos, capaces de problematizar todo, incluida nuestra propia existencia privada. Quizá la civilización no tiene soluciones, pero, al menos, hemos conseguido orientarnos.

El resultado final, pues, de la civilización es la ciudadanía, que es algo, dicho sea de paso, que sólo ha realizado nuestra civilización. La civilización, paradójicamente llamada occidental, es genuina civilización, o sea, universal, porque tiene el don de la ubicuidad. Está en todas partes. Hablamos de civilización occidental, incluso utilizamos un adjetivo geográfico donde otros usan un adjetivo religioso, pero, de hecho, nuestra civilización está en cualquier parte y lugar. Es verdadera civilización porque no se restringe a un territorio determinado. Es universal. Tienen razón, pues, quienes al utilizar con rigor el término “civilización” mantienen que no habría civilizaciones sino una única civilización. Kant en esto es preciso, pues, al final, la civilización o tiende a agruparse en un gobierno universal, algo parecido a una ONU tomada en serio, o desaparece.

En otras palabras, si la ONU consiguiera alcanzar algo parecido a un “pacto” de civilizaciones, correría el serio peligro de desaparecer. La nación que es una manera ejemplar de civilización desaparecería por algo tan “nebuloso” como las “civilizaciones”. Una especie de etnología salvaje haría desaparecer la política ciudadana. Las naciones, en efecto, son sujetos jurídicos y por ello pueden unirse, eso es la ONU, pero las “civilizaciones” no existen nada más que como Civilización. Esto sería un argumento suficiente para desechar la expresión “alianza de civilizaciones”, pero, como la expresión tiene tan buena receptividad en públicos analfabetos, otro día les comentaré la perversidad “buenista”, de “buena voluntad” y peor mala fe, que soporta la expresión: “alianza de civilizaciones”. La propuesta es tan cruel y obtusa como el “buenismo” que la soporta.

Timorata respuesta de Moncloa a la arrogancia de ERC
Editorial ABC 18 Julio 2005

LA displicencia de ERC en su relación con el Gobierno habrá hecho recordar a más de uno aquel aforismo que a cada cual le hace dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. El presidente del Gobierno se comprometió a apoyar el estatuto que saliera aprobado del Parlamento catalán. No puso más condiciones. La constitucionalidad del texto fue una matización posterior, en absoluto implícita en aquel exceso de confianza presidencial, porque ya entonces, en plena campaña electoral catalana, se daba por sentado que la reforma estatutaria estaría promovida por una mayoría nacionalista y socialista partidaria más de un nuevo modelo constitucional que del desarrollo del autogobierno.

Pese a los sucesivos desmentidos emitidos por el PSOE y el Gobierno, lo cierto es que en el Boletín del Parlamento catalán está publicado desde el pasado día 11 un proyecto de reforma estatutaria cuyo artículo 1º dice: «Catalunya és una nació». Esta declaración no es la imposición de una minoría, sino la voluntad política del socialismo catalán, con el respaldo del Gobierno central, cuya estabilidad parlamentaria depende en ambos casos de ERC. Por eso, los independentistas catalanes se sienten fuertes y con autoridad suficiente para exigirle a Zapatero que «ponga orden en el gallinero» de su partido, es decir, que calle a las voces críticas del PSOE que están alertando sobre las consecuencias de esa reforma. La timorata respuesta de Ferraz y La Moncloa abona la arrogancia de ERC y acelera el proceso de parcelación de los intereses que hasta ahora se consideraban nacionales. Cuando un Gobierno autonómico decide llamar nación a su comunidad, pretende un poder judicial casi soberano, instaura un régimen de derechos ciudadanos y de financiación al margen de la Constitución y aspira a una relación confederal con el Estado, lo propio no es mandar callar a todo el mundo, como ha hecho Pérez Rubalcaba, sino ponerse al frente de la preocupación de millones de españoles, socialistas y no socialistas, por el futuro de España.

Al PSOE tácticamente le ha venido bien durante un tiempo generar desde sus filas una cierta oposición al Gobierno. Esta polifonía interna ha arrebatado en ocasiones al PP su protagonismo opositor en este debate. Pero cuando de las palabras se pasa a los hechos, las apariencias no bastan para salir del paso. Las advertencias de Guerra, Bono o Rodríguez Ibarra sobre la ruptura de principios constitucionales básicos (entre ellos el de la solidaridad) si se aprueba el texto estatutario del tripartito empiezan a no ser asimilables por la versatilidad del propio PSOE. Ayer mismo fue Chaves, presidente de los socialistas y de la comunidad que más diputados aporta al Congreso, quien se unió a esta corriente discrepante al considerar inaceptable el texto que se está cocinando en Cataluña. Si los acontecimientos siguen por este rumbo, lo que la opinión pública empezará a percibir es que las posiciones exigentes del PP -tachadas de inmovilismo- eran más acertadas que las expectativas alegres y confiadas que dibujó el presidente del Gobierno para la «tensión territorial» heredada de la etapa del PP.

Sin duda, en parte de las críticas de los barones socialistas hay un cálculo de los perjuicios electorales que sufrirán en sus feudos si el Gobierno franquea el paso al estatuto que propone el tripartito. El mismo Chaves, ayer quejumbroso, ha dado en este último año varios bandazos al respecto y aportado cierta comprensión a las aspiraciones de Maragall y Carod. Pero aunque ese sector «nacional» del PSOE no ha demostrado tener una influencia decisiva en la toma de decisiones del Ejecutivo y de la dirección del partido, resulta imprescindible que se escuche la voz autorizada de esa corriente jacobina que siempre ha defendido la tradición nacional del partido. Y que entendía que la cuestión pasa por la alternancia en el poder de dos proyectos nacionales (uno de centro-derecha y otro de centro-izquierda) con los que se identifican la inmensa mayoría de los españoles. Por eso es normal que haya inquietud en el PSOE ante esta oscilación hacia un proyecto nuevo que coaligue a su partido, de histórica vocación nacional, con formaciones nacionalista muy interesadas en jibarizar a España.

La madeja del terror
Editorial ABC 18 Julio 2005

A un ritmo sensiblemente inferior al que los cuerpos policiales desmantelaron en España la célula islámica del 11-M, los servicios de inteligencia británicos van completando el puzle de la matanza del 7 de junio, cuyas piezas encajan entre sorpresas tan desafortunadas como la revelación de que uno de los terroristas implicados fue investigado el año pasado por el MI5. Pese a sus vínculos «indirectos» con el terrorismo, los agentes británicos no lo consideraron «una amenaza» y rechazaron la posibilidad de vigilarlo. La incapacidad del MI5 para controlar los movimientos de los sospechosos habituales de la trama islámica pone de manifiesto la dificultad -global, también registrada en España- de despejar la laberíntica madeja del fundamentalismo islámico, una red por la que, de Londres a Madrid, pasando por Pakistán, circulan miles de sospechas e individuos.

Ahora la Justicia
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo 18 Julio 2005

El Gobierno ha puesto en marcha un ambicioso proyecto de reforma de la Justicia que tiene como base un argumento falaz: la necesidad de aplicar a este poder del Estado los mismos criterios de descentralización que se han aplicado a los otros dos poderes, el legislativo y el ejecutivo. Es falaz porque no hay ningún poder público que haya tenido tradicionalmente un funcionamiento tan descentralizado como la Justicia.

La estructura de base de este poder, el Partido Judicial, presta sus servicios en un ámbito tan cercano al ciudadano como es la comarca. Ni siquiera las instituciones autonómicas cuentan con estructuras tan próximas al administrado. Únicamente los ayuntamientos se encuentran a ese nivel, pero, desde luego, nadie tiene tanta autonomía e independencia en sus decisiones como un juez, que no está sujeto más que a las leyes aunque, como es lógico, sus decisiones puedan ser revisadas por los órganos superiores, que actúan con igual margen de independencia.

No es por tanto de descentralización de la Justicia de lo que se está hablando, sino de su control político, que es cuestión distinta. El proyecto del Gobierno contempla la presencia de los poderes regionales en las Salas de Gobierno autonómicas, mimetizando de esta forma al Consejo General del Poder Judicial. Hace escasas fechas, en Cantabria, se defendía una tesis doctoral que llegaba a la conclusión de que el CGPJ había resultado una institución fallida, al igual que el Senado. Clonar a este órgano en 17 autonomías puede conducir a que en el futuro tengamos 18 instituciones fallidas que no hayan aportado nada para mejorar el funcionamiento de la Justicia.

Si al incremento del control político sobre la Justicia se añade el mecanismo de elección previsto para los jueces de proximidad, no es de extrañar que algunos juristas vean en esta combinación de medidas el embrión de futuros poderes judiciales autonómicos. Nada de esto se contempla en el proyecto de reforma, pero, cuando se abren algunas puertas, nunca se sabe qué se encontrará uno al otro lado.

La impresión que dejan estos aspectos de la nueva reforma es que se lleva a cabo para intentar contentar a quienes jamás estarán contentos, los nacionalistas, que quieren un poder judicial propio. Ibarretxe fue el primero en reclamarlo y ahora otros se han subido al carro de esta petición. Se piensa que quedarán satisfechos si se les da algún tipo de participación en el gobierno de la Administración de Justicia, pero eso es no conocer a los nacionalistas, que tomarán lo que ahora se les ofrece y seguirán reclamando sus objetivos máximos al día siguiente como si no hubieran recibido nada.

Sobre el Instituto Rosalía
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 18 Julio 2005

EL DIRECTOR de Instituto Cervantes ha explicado que va a habilitar La Casa de las Lenguas Ibéricas, en la que estarán representados los demás idiomas ibéricos y no sólo el español. César Antonio Molina ha ofrecido el apoyo del Instituto que dirige para ayudar al Rosalía de Castro, cuya creación ha sido anunciada por Touriño en el pazo de Mariñán, lo que debe ser aplaudido, pues representa importantes sinergias y ahorros desde el punto de vista logístico. Los ahorros burocráticos y de representación política así logrados permitirían dedicarse a lo verdaderamente importante: su objeto institucional, la promoción de la lengua y la cultura, más que a la propaganda política, el electoralismo y clientelismo o la colocación de afines.

No obstante, cabe hacer un comentario sobre el nombre a dar a tal institución. Es difícil elegir dentro del bosque animado de los grandes escritores gallegos: Valle, Cela, Torrente, Fernández Flórez, Cunqueiro, Madariaga, Pardo de Andrade, etcétera.

Vicente Risco fue todo un personaje, pero es una pena que en su teoría del nacionalismo mostrara la patita racista y xenófoba al estilo de Arana o Prat de la Riba.

Rosalía fue una mujer sensible y excelente poeta, pero ni su pensamiento ni su testamento deberían ser tergiversados o traicionados. Cerca del final de su vida, en junio de 1881, escribía a Murguía: «Me extraña que insistas todavía en que escriba un nuevo tomo de versos en dialecto gallego¿ ni por tres, ni por seis ni por nueve mil reales volveré a escribir nada en nuestro dialecto¿».

Y es que Rosalía quedó más que harta del sectarismo fanático de los regionalistas de su época y de la manipulación que con fines políticos quería hacerse de su persona y su obra.


ZAPLANA PIDE EXPLICACIONES SOBRE EL DOCUMENTO DEL 11-M
"Cada vez son más los indicios, incógnitas y datos que ponen al Gobierno y al PSOE en una situación delicada"
El portavoz parlamentario del PP ha confirmado que su partido va a seguir trabajando para esclarecer quién está detrás del 11-M y quién puso fecha a la masacre. Por eso ya se ha dirigido al ministro Alonso para que dé explicaciones sobre el documento de la reivindicación del 11-M desvelado por la Cope. Eduardo Zaplana sigue preguntándose por qué el Gobierno y el PSOE están poniendo "tanto impedimento" para avanzar en el conocimiento de la verdad. "Si efectivamente no tuvieran nada que ocultar, no entiendo por qué mantienen esta posición".
Libertad Digital Libertad Digital 18 Julio 2005

En La Mañana de la COPE, el portavoz de los populares en el Congreso explicó que "es fundamental" que el ministro Alonso aporte todos los detalles sobre el documento hallado en el ordenador de "El Chino", primera prueba escrita del objetivo político de la masacre. Con esta intención, el PP ya ha pedido al responsable de Interior que dé explicaciones en la Diputación Permanente convocada para esta semana.

Eduardo Zaplana señaló que en caso de que el ministro se niegue a aportar esos datos, "cada vez va a quedar más en entredicho". A su juicio, "está calando y es evidente en función de la actuación del Gobierno y el PSOE, que no quieren saber la verdad y están entorpeciendo que los ciudadanos sepan quién estuvo detrás de la masacre y por qué se escogió esa fecha, así como todos los pormenores de la tragedia".

El PP quiere aclarar desde cuándo la Policía tenía conocimiento de ese documento del ordenador de "El Chino". "Imagínense que supiéramos que el documento lo conocía Zapatero antes de su comparecencia en la comisión, sería un escándalo de una gran magnitud, o que se conociera antes incluso de que se cerrara la comisión y se ocultó. Son datos que desde el punto de vista político tienen una importantísima trascendencia y desde luego los vamos a exigir".

El documento y el sumario
Sobre la confusión entorno a si el documento ya ha sido puesto a disposición del juez Del Olmo y si este lo ha incluido en el sumario, Zaplana dijo que la reunión de la Diputación Permanente del miércoles sería una buena oportunidad para aclarar este extremo. "¿Por qué el PSOE y el Gobierno están poniendo tanto empeño, por qué están permanentemente poniendo toda la arenilla en el engranaje para que no podamos avanzar en el conocimiento de la verdad?", se peguntó el dirigente popular.

Frente a esa actitud del Ejecutivo y de los socialistas, Zaplana contrapuso la del PP: "Vamos a seguir insistiendo porque cada vez son más los indicios, incógnitas y datos que ponen al Gobierno y al PSOE en una situación más delicada. Si efectivamente no tuvieran nada que ocultar, no entiendo por qué mantienen esta posición", concluyó.
 

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