AGLI

Recortes de Prensa     Viernes 22 Julio 2005
Ese acoso que no cesa
VALENTÍ PUIG ESCRITOR ABC 22 Julio 2005

Alianza de democracias
Editorial ABC  22 Julio 2005

Todos somos caraduras
Ignacio Villa Libertad Digital 22 Julio 2005

La amenaza persiste
EDITORIAL Libertad Digital 22 Julio 2005

“Ningún Gobierno digno de este nombre va a permitir que los terroristas lo decidan”
Libertad Digital  22 Julio 2005

También tenemos un problema dentro
GEES Libertad Digital 22 Julio 2005

La jauría
Serafín Fanjul Libertad Digital 22 Julio 2005

La solidaridad ayudará a derrotar a los terroristas
ABRAHAM D. SOFAER  ABC 22 Julio 2005

De nuevo Londres
Editorial El Correo 22 Julio 2005

El desafío
José Javaloyes Estrella Digital 22 Julio 2005

El Estado de las Autanarquías
Daniel Martín Estrella Digital 22 Julio 2005

Problemas de España
Cartas al Director ABC 22 Julio 2005

El conflicto vasco
Cartas al Director ABC 22 Julio 2005

Política autonómica
Cartas al Director El Correo  22 Julio 2005

Desconocidos incendian un autobús en San Sebastián tras una manifestación
EUROPA PRESS / BILBAO El Correo 22 Julio 2005

Ese acoso que no cesa
POR VALENTÍ PUIG ESCRITOR ABC 22 Julio 2005

... Que el Islam moderado alienta opciones que no sean el odio contra el quehacer de Occidente está por ahora fuera de toda duda, pero al solaparse el terrorismo islamista y cierta complicidad del Islam europeo emergen incertidumbres hondas y desesperanzadas...

vpuig@abc.es

NO existe en la lucha contra el terrorismo global la posibilidad de una línea Maginot que, a modo de cortafuegos, frene la estrategia de Al Qaida, colapse sus recursos y reduzca la capacidad de movimiento del enemigo. Era constatable ayer en el nuevo atentado en Londres, reincidente en la ciudad que prácticamente no había contabilizado las víctimas del atentado anterior. Ahí hubiera tenido una oportunidad única para el silencio y la continencia responsable el alcalde del Gran Londres, Ken Livingstone el «Rojo», uno de los elementos más alocados de la política británica, en su día destronado como alcalde por Margaret Thatcher y auténtico tábano del blairismo. Entre atentado y atentado, Livingstone había dicho que la culpa del terrorismo islamista es de Occidente. Él es uno de los causantes más conspicuos del mega-multiculturalismo como riesgo, refrendado en mezquitas incentivadas en su terquedad fundamentalista por los métodos de la afirmación positiva. Por eso ha podido afirmarse que Londres era un emporio de la tolerancia y a la vez el mayor refugio para movimientos terroristas. En Londres hallaron cobijo la mayoría de ramificaciones de los Hermanos Musulmanes que, en circunstancias muy distintas, han estado a punto de disolver el Estado egipcio por el uso de la violencia más sangrienta. En Londres estaban ubicadas las cuentas corrientes de la GIA argelina.

No hay línea Maginot, sino prácticamente una lucha cuerpo a cuerpo en las sombras, entre los servicios de inteligencia de Occidente, cada vez más articulados y compenetrados, y las huestes de Bin Laden. No hay quien pueda trazar esa línea pero lo más obvio es que la piadosa argumentación de una Al Qaida motivada por la pobreza es una falacia insostenible. Al Qaida recluta -y no siempre- entre sectores de una juventud musulmana marginada pero su cúpula ha estudiado en Universidades de Occidente, como se vio en el atentado de las Torres Gemelas, y en el caso británico pertenece a una segunda generación de inmigrantes que se ha beneficiado de las prestaciones del Estado de bienestar europeo.

La sinrazón constitutiva del terrorismo islamista es el fanatismo, entre otras cosas porque sólo el fanatismo puede inducir al comportamiento de una bomba-suicida, a veces con la ayuda de subsidios procedentes de Estados-canalla, como Saddam Hussein sufragaba los atentados contra Israel. En su paisaje más radical, el recitado de versículos del Corán en las «madrasas» logra un dominio omnipotente de las mentes y hace ondear los estandartes de la guerra santa. En esta confrontación, la culpa de Occidente no es sino de la del efecto comparativo: largos siglos de inmovilismo en el mundo islámico contrastan con el avance de las sociedades abiertas que en su día hicieron practicable la separación entre Iglesia y Estado, del mismo modo que los derechos de la mujer son un dato cotidiano, por contraste con el oscurantismo impermeable del Islam, incapaz de conceder representación política a la mujer salvo en pequeñas dosis en Kuwait y en los países árabes menos entregados a la fe absolutista en Mahoma.

El Londres de Ken Livingstone y de las políticas de asilo político desmesuradamente complacientes resultaba cómodo para la instalación de las más diversas variantes del fanatismo. Los autores del atentado anterior iban y venían del Paquistán para adoctrinarse y entrenarse en las tácticas de la muerte. El testimonio de sus vecinos ha sido muy ilustrativo: al regresar de una estancia en las «madrasas» pakistaníes aquellos jóvenes estaban como cambiados, más ensimismados, taciturnos. Proseguían cumpliendo con su papel en la sociedad británica y a la vez estaban planeando un atentado que podía acabar con la vida de sus propios vecinos. Había sonado alguna señal de alarma, se habían rectificado algunas leyes, pero el maremágnum fundamentalista estaba allí, hiperactivo, autosuficiente, armado, dispuesto al ataque.

Es un nihilismo muy distinto al generado por las desviaciones intelectuales de Occidente. Atacó a los Estados Unidos, como ha atacado Madrid y Londres. Es lógico que Europa tenga miedo pero la traslación de ese miedo a la concesión política sería la mayor victoria de Bin Laden. Ya se oyen las voces de quienes, sin haberse enfrentado nunca a los poderes del terrorismo, ahora acusan a Europa de primar la seguridad en detrimento de la libertad. Esa es otra falacia aparatosa. Europa, la vieja y la nueva Europa, el conjunto institucional de la Unión Europea, es un tributo cotidiano al Estado de derecho y va a continuar siéndolo, a resguardo de los nuevos populismos. Como configuración mental, esa sería en todo caso la auténtica línea Maginot, consensuada por los ministros de Interior de la Unión Europea, aplicada como cláusula pertinente del Acuerdo de Schengen, a caballo entre la soberanía de los Estados-nación y la transnacionalidad del proceso de convergencia europeo.

En ese acoso que no cesa, la conciencia europea está en un trance esencial: tiene en juego toda una semántica o, dicho en otros términos, el lenguaje de la misma libertad. Las definiciones borrosas, los conceptos extraviados contribuyen en circunstancias como esta a confundir a una opinión pública que ya de por sí vemos morosa, reticente, propensa a buscar la ambivalencia acomodaticia. No en vano existe en Europa una población musulmana en expansión, mayoritariamente asidua de la ley y el orden, aunque a veces muestre de forma muy tangible un conflicto de lealtades. Un ejemplo consistente lo tenemos en el Reino Unido. Para sectores radicalizados de esta población musulmana resulta mucho más hacedero invocar la paz y la convivencia que condenar de forma tajante y expresa atentados como el de Madrid o los de Londres. A sus líderes, desde la tolerancia y la libertad, puede exigírseles ahora claridad, más claridad. Que no son -o dejen parecer que son- parte de ese acoso es algo que las sociedades abiertas tienen derecho a saber. Eso no es victimizar: es simplemente, que necesitamos distinguir entre los árboles y el bosque. A menudo decimos que la solución del Islam radical está en el Islam moderado: es en razón de este mismo argumento que el Islam moderado tiene que hacernos saber que Europa no es parte de su acoso sino una casa de todos, sin línea Maginot, sin guetos multiculturalistas, sin desvertebración étnica. Que el Islam moderado alienta opciones que no sean el odio contra el quehacer de Occidente está por ahora fuera de toda duda, pero al solaparse el terrorismo islamista y cierta complicidad del Islam europeo emergen incertidumbres hondas y desesperanzadas. A ese Islam moderado le corresponde para su propio provecho y bien reconocer una vez más que Europa, como gran Estado de derecho, ha logrado condensar los amplios privilegios de la libertad y el Derecho.

Alianza de democracias
Editorial ABC  22 Julio 2005

DOS semanas después de la cadena de atentados que causó la muerte a 56 personas, Londres vivió ayer una repetición a menor escala de aquella jornada terrorista del 7-J. Tres trenes de Metro y un autobús se vieron dañados por deflagraciones de pequeña entidad que se atribuían a detonadores sin carga explosiva. La restricción informativa de las autoridades británicas y la confusa perpetración de estos nuevos ataques terroristas mantienen la incertidumbre sobre las intenciones últimas de sus autores. Ciertamente, en su ánimo estaba extender el miedo y paralizar la red de transportes públicos de Londres, lo que consiguieron plenamente. Pero aún no se sabe si los artefactos que estallaron eran sólo detonadores, si falló la conexión a las cargas explosivas o, como llegó a especularse en los momentos posteriores a los atentados, se trató de un acto de terrorismo químico o bacteriológico.

En todo caso, el terrorismo se ha hecho presente otra vez en una ciudad aún conmocionada por el asesinato masivo del 7-J y fuertemente vigilada por unas fuerzas de seguridad en alerta permanente desde entonces. La reproducción casi milimétrica del plan terrorista del 7-J demuestra que el terrorismo indiscriminado, propio de organizaciones integristas, ejecutado por fanáticos que renuncian a un plan de fuga, porque su propósito es actuar ellos mismos como detonadores de sus bombas, no puede ser combatido como una manifestación del terrorismo tradicional de ETA o del IRA. El terrorismo integrista islámico se está cultivando en las trastiendas de las ciudades europeas, entre jóvenes nacidos y educados no precisamente en un «mar de injusticias», sino en sociedades democráticas, desarrolladas y modernas, con regímenes de libertades y derechos impensables en los países de origen de sus padres y que ellos están dispuestos a negar a los demás. Esta incardinación de los terroristas en las sociedades a las que atacan y su camuflaje en hábitos ciudadanos normales necesariamente debe traducirse en un replanteamiento de la lucha antiterrorista, en la que las medidas policiales y judiciales deben ir acompañadas de una colaboración efectiva de las comunidades musulmanas en la marginación de sus individuos extremistas y de las doctrinas que alientan el terrorismo. No es suficiente que los dirigentes de estas comunidades condenen los atentados, si su compromiso con las sociedades de acogida no les lleva a colaborar con las autoridades políticas y policiales. En España bien sabemos el coste tan alto que tiene un ambiente social compasivo con los terroristas y cuánto esfuerzo ha requerido la deslegitimación política del terror.

Es un contrasentido que el día antes en que se producía la segunda edición -reducida, pero no menos preocupante- del 7-J, se conociera la noticia de que el Tribunal Constitucional alemán denegaba a España una euroorden contra un sospechoso de colaborar con Al Qaida. Estas objeciones legales no afectan sólo a la lucha antiterrorista, sino a la existencia misma de Europa como un espacio común de seguridad, libertad y justicia, donde, al parecer, los terroristas circulan con más libertad que los jueces y los policías.

Las explosiones de ayer deben considerarse como el recordatorio terrorista de que no hay tregua para las democracias y también deberían ser el enésimo llamamiento a establecer una verdadera coalición entre las sociedades amenazadas para establecer una defensa común de sus valores esenciales. Las disquisiciones occidentales sobre las causas del terrorismo -cuando, en todo caso, no pasan de ser simples móviles que todo criminal alega para exculparse-, la obsesiva tendencia de las democracias a asumir parte de la culpa por el terrorismo que sufren y la renuencia a encarar la amenaza integrista como una voluntad de transformar globalmente el orden mundial, seguirán actuando en contra de la seguridad colectiva de las sociedades democráticas y, por eso, la primera alianza que debe consumarse es la de las democracias consigo mismas.

Todos somos caraduras
Ignacio Villa Libertad Digital 22 Julio 2005

De Alfredo Pérez Rubalcaba se pueden esperar muchas cosas. La experiencia política así lo dice, pero entre la maldad y la bajeza hay una frontera que ya ha sido generosamente traspasada.

El que fuera portavoz de los Gobiernos de los GAL, triste promotor de la LOGSE desde el ministerio de Educación y que años más tarde rompiera el día de reflexión en un gesto sin precedentes en la democracia española se ha radiografiado este jueves en el Congreso de los Diputados. Provocar como ha provocado al diputado popular Rafael Hernando no es de recibo. Nada de lo mencionado de su currículo es justificable, aunque siempre podría alegar una cierta "obediencia debida". Pero el reproche de caraduras a Hernando y a otros diputados del Partido Popular por la compañía y apoyo que han prestado a las víctimas del incendio de Guadalajara es un gesto de una profunda miseria personal.

También es cierto que de Rubalcaba nada nos debería de sorprender con su trayectoria en los "bajos fondos de la política", pero entrar en esta dinámica personal y rastrera es llegar muy lejos. Demasiado lejos. El portavoz del Partido Socialista en el Congreso no ha perdido los papeles, simplemente ha quedado inhabilitado. En política se permiten muchas cosas, pero cuando alguien entra en el terreno personal e insulta a otro diputado después de un funeral, lo mejor que puede hacer es dedicarse a sus clases en la universidad y quitarse del medio. Se ha pasado de frenada, con difícil rectificación.
Además en este contexto, no puede pasar desapercibido que el propio Rubalcaba, que no conoce lo que es el juego limpio, haya salido a dar explicaciones sobre lo que pasó o dejó de pasar. Cuando en política, un dirigente tiene que dar explicaciones es que algo ha fallado. Y en este caso, cuando el propio Pérez Rubalcaba ha tenido que salir para justificar la provocación es que es consciente de su gravisima actitud. Con esta provocación el portavoz del PSOE ha dejado en evidencia lo que es. Pero por encima de todo ha demostrado que no conoce lo que es el respeto a los ciudadanos. Con sus gestos, Rubalcaba nos ha llamado a todos caraduras.

La amenaza persiste
EDITORIAL Libertad Digital 22 Julio 2005

Hemos dicho en multitud de ocasiones que los dos únicos móviles del terrorismo islámico son el fanatismo religioso y el odio a Occidente. No existen otros. La realidad, terca como una mula, se empeña en darnos la razón una vez más. A los luctuosos atentados del día 7 que arrojaron 56 muertos le sucedió ayer un renovado calambrazo de terror que volvió a paralizar la ciudad del Támesis. Cuatro explosiones en tres estaciones de metro y en un autobús urbano. La misma estrategia, idéntico planteamiento y, supuestamente, idénticos objetivos. Esta vez, afortunadamente, los terroristas no se salieron con la suya; algunos artefactos no estallaron y los que lo hicieron no causaron víctimas mortales.

La reacción del Gobierno británico con Tony Blair a su cabeza ha sido modélica de nuevo. Con gravedad y la circunspección que preside su rostro desde la matanza del 7-J, el premier aseguró desde su residencia de Downing street que no debía minimizarse lo sucedido, la intención de los terroristas era matar porque, como muy bien apuntó el comisario jefe de Scotland Yard, “esto no se hace con otra intención”. Efectivamente, los terroristas en general -y el islamista en particular- saben bien que los muertos son, aparte de su razón de ser, su mejor capital para conseguir las metas que persiguen. Esta vez, simplemente, no lo han conseguido pero eso no es óbice para bajar la guardia sino que ha de servir de acicate para que el Gobierno de Blair persevere en su firmeza contra el terror.

Establecer una relación causal, tal y como se ha venido haciendo a lo largo de todo el mes, entre los atentados de Londres e Irak no sólo es aventurado sino tremendamente falaz. Los herederos de los que asesinaron hace quince días a medio centenar de personas y de los que ayer colocaron las cargas explosivas del metro no van a cejar un minuto en su empeño de seguir matando en nombre de Alá cuando puedan, donde puedan y como puedan. Ante amenaza de tal magnitud no caben medias tintas; o rendirse o derrotar a los que quieren liquidar nuestras libertades. Blair lo ha entendido, su homólogo australiano, el valiente John Howard, también. Plegarse a los dictados de los terroristas es concederles una gratuita y simbólica victoria. El Reino Unido no se lo puede permitir, Occidente en su conjunto tampoco.

Tan elemental lección ha pasado, sin embargo, desapercibida para el Ejecutivo español de Rodríguez Zapatero. Ayer mismo, Naciones Unidas nombró al paquistaní Iqbal Riza coordinador del proyecto "Alianza de Civilizaciones", delirante propuesta que hizo nuestro presidente ante la Asamblea General hace casi un año y cuyo raquitismo conceptual no hace sino ponerse más y más en evidencia conforme pasa el tiempo. Riza es un burócrata de la ONU que está aún envuelto de lleno en el escándalo “Petróleo por alimentos”, colosal y apestosa trama internacional gracias a la cual muchos funcionarios se hicieron millonarios y enriquecieron aún más a Sadam Hussein a costa del petróleo iraquí. Un personaje con un currículo así será el encargado de impulsar el proyecto estrella de la progresía bienpensante para erradicar el terrorismo islámico. Partiendo del hecho que esa misma progresía considera que las causas del terrorismo hay que buscarlas en Occidente y no en la enferma conciencia de unos asesinos fanatizados por el Corán, lo más que cabe esperar es que los que aplaudieron los atentados de Nueva York, Madrid o Londres se regocijen a sabiendas que Occidente prepara una rendición preventiva.

El mal ejemplo que dimos retirándonos de Irak precipitadamente y a modo de premio para los matarifes del 11-M es, en definitiva, el modelo que persigue la ONU y su proyecto de “Alianza de Civilizaciones”. Frente a ello, a los que aún creen en la libertad y en los valores democráticos occidentales, les queda la determinación de británicos, norteamericanos y australianos cuyos gobiernos han hecho la única lectura posible y realista de la gran amenaza que representa el terrorismo islámico. Esta amenaza persiste. Ayer fue Londres, mañana puede tocarle a cualquier país de Occidente, incluidos, naturalmente, los que no intervinieron en la campaña iraquí.


DECLARACIONES DE JOHN HOWARD Australia no se retirará de Irak:
“Ningún Gobierno digno de este nombre va a permitir que los terroristas lo decidan”

En una sala de prensa repleta de periodistas, Tony Blair ha comparecido junto al primer ministro australiano, Jonh Howard, que se encontraba de visita de Londres cuando se han producido los atentados de este jueves, dos semanas después del 7-J. Durante el turno de preguntas de los periodistas, se le cuestionó a Howard sobre si ante esta situación se planteaba retirar las tropas australianas de Irak. El primer ministro australiano fue nítido en su respuesta: “Ningún gobierno digno de este nombre va a permitir que los terroristas lo designen”.
Libertad Digital  22 Julio 2005

En su residencia oficial de Downing Street, Tony Blair ha insistido en una idea: “Queda muy claro que se ha intentado intimidar a las personas, impedirles que lleven su vida normal por eso es muy importante responder siguiendo con nuestras vidas y no darles la satisfacción a los terroristas, queremos regresar a la normalidad lo antes posible”.

En este sentido, Blair señaló que “el espíritu de Londres una vez más se ha reflejado esta mañana” y explicó que “trasmitiremos toda la información que podamos”, aunque dejó claro que lo importante es responder con normalidad a los incidentes. El primer ministro británico ha explicado que “no estoy minimizando pero creo que debemos reaccionar de manera tranquila, esta es la actitud que está adoptando la población londinense” y ha añadido “el objetivo precisamente radica en asustar a las personas con lo cual se trata de mantener la tranquilidad, el mundo entero ha visto como Gran Bretaña ha reaccionado, con suma tranquilidad, esta es la reacción que debemos tener y no jugar el juego que ellos quieren”.

Blair ha dado paso al primer ministro australiano, John Howard, a quien han sorprendido los ataques de visita oficial en Londres. “Australia ha sido un gran aliado de Gran Bretaña, en Irak hemos trabajado juntos en cuestiones relacionadas con la seguridad, compartimos una serie de valores comunes y agradecemos muchísimo a Australia el apoyo que nos ha dado, la relación con Australia es sumamente valiosa e importante”.

Howard ha transmitido en nombre de Australia “toda nuestra solidaridad hacia Gran Bretaña, Australia se ha identificado y ha sentido mucho los ataques terroristas del 7-J, y ya hemos expresado de manera publica la simpatía de Australia hacia Gran Bretaña y el apoyo de nuestra nación”. Y ha añadido que “ha quedado clara la voluntad de Gran Bretaña expresada por su primer ministro de rechazo de los ataques, es obvio que los terroristas se equivocan”. Howard señaló que en Australia todas las personas están “muy impresionadas de la determinación de la que ha hecho gala todo el pueblo británico”, y también ha alabado la labor “admirable” de los servicios de emergencia de Londres. Cuando un periodista le preguntó a Howard sobre una hipotética retirada de Irak tras los ataques a Londres el primer ministro australiano fue claro: “Ningún gobierno digno de este nombre va a permitir que los terroristas lo designen”.

El primer ministro australiano ha coincidido con Blair a la hora de valorar las relaciones entre ambas naciones, “no cabe la menor duda de que las relaciones entre Australia y Gran Bretaña están atravesando un momento excelente” dijo, y destacó las actuaciones comunes en Irak y Afganistán respecto al terrorismo. Howard insistió: “Compartimos muchísimos valores comunes”. También señaló que están estudiando la aplicación de nuevas medidas antiterroristas, las leyes no contemplaban este peligro, y no podemos aplicar la respuesta del siglo XIX a los retos del XXI

Terrorismo
También tenemos un problema dentro
GEES Libertad Digital 22 Julio 2005

Será todo lo políticamente incorrecto que se quiera, pero los últimos acontecimientos refuerza poder decirlo: en Europa tenemos un problema con el fundamentalismo islámico y el terrorismo yihadista en nuestra propia casa. En Londres, tras el atentado del pasado 7 de julio, se ha hecho mucho hincapié en el carácter de suicida de los cuatro terroristas que perpetraron los ataques, pero también hay que prestarle mucha atención a que los cuatro fueran nacionales británicos o inmigrantes de segunda y tercera generación, integrados bien en su comunidad y con vidas todos aparentemente sencillas. Más o menos como quienes colocaron las bombas en los trenes de Madrid el 11-M del año pasado.

Es importante el hecho por varias razones. En primer lugar porque pone de relieve que los controles de fronteras son necesarios, pero que no son suficientes. Un grupo de amigos, conocidos o correligionarios se puede transformar en una bomba ambulante con una llamada telefónica desde el extranjero, habida cuenta de que sus creencias fundamentalistas hayan sido inculcadas por sus imanes en nuestras mezquitas.

Y esto es importante a su vez porque significa que el descontrol que se ha permitido al amparo del respeto y el multiculturalismo y que ha dejado florecer predicadores del odio y la violencia contra los valores occidentales, los nuestros, debe acabarse cuanto antes. Cualquier política de seguridad interior que se precie de su nombre debe tener como prioridad absoluta la lucha contra el Islam radical en nuestro suelo. Se podrá decir que es discriminación, pero dejar que las enseñanzas en las mezquitas se sigan realizando en una lengua no oficial en España es un suicidio. Recordemos la dificultad de contar con traductores. Por otro lado, también pone de relieve la necesidad de una política de inmigración que no haga agua como la del actual gobierno, que en lugar de establecer controles hace imposible poder discriminar entre los inmigrantes.

Es verdad que no todo el mundo en la comunidad islámica justifica, ampara o defiende a los terroristas. Pero así como un padre o una madre detecta cómo y cuándo uno de sus hijos comienza a descarriarse, una comunidad tan cerrada y volcada sobre sus relaciones internas, como es la islámica, tan concentrada, además, geográficamente, puede y debe poner en práctica todos cuantos mecanismos de control de sus elementos radicales sean necesarios. Los terroristas, en algún punto, se apartan de la mayoría de las indicaciones del Islam moderado y comienzan a escuchar y reunirse con otros líderes espirituales, por poner un ejemplo.

Si la propia comunidad islámica es incapaz de cooperar con nuestra policía y servicios de inteligencia a fin de librarla de sus elementos más distorsionadotes, el gobierno tiene la obligación de ponerla en la necesidad de hacerlo. Y si no, es que no se quiere luchar contra los terroristas del futuro. Y no tan lejano.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

Río Cabe
La jauría
Serafín Fanjul Libertad Digital 22 Julio 2005

Ofende a la razón pensar que no hay socialistas honrados. De hecho, se vienen a la memoria los nombres de algunos bien conocidos con los cuales podemos mantener discrepancias en asuntos puntuales y sin duda secundarios pero que coinciden con una mayoría absoluta de españoles, entre los que nos contamos, en las cuestiones centrales y básicas para nuestro país. Los nombres de Gotzone Mora, Redondo Terreros, Maite Pagazaurtundúa, Rosa Díez o Francisco Vázquez, junto a un número indeterminado de militantes y simpatizantes de base anónimos y desinteresados, salvan el honor de un partido que, en ese terreno, no tiene ya nada que perder. Algunos de ellos fueron vilmente asesinados por los terroristas vascos, aunque –ahora– el jefe de su partido ensaya el escupitajo sobre su sangre con otra de sus rendiciones preventivas pactando con los asesinos lo que sea y como sea; y otros viven acosados y protegidos por la policía, sirviendo de coartada moral a un partido que hace muchos años abandonó cualquier veleidad de ética. Resulta aburrido hablar o escribir sobre el PSOE –también leer –, de tan sabido, rutinario y previsible como es cuanto con él se relaciona, sin embargo no podemos ignorarlos porque están ahí, prestos a emular al PRI en permanencia y mangancia (cosa en verdad difícil) y contando con su cálculo, no tan errado, de que buena parte de los españoles son más pendejos que los mexicanos. Nada nuevo.

Pero también es conocida la inoperancia de todas esas buenas gentes: en su partido no cuentan nada y, con frecuencia, los aperrean y machacan con tanto o mayor gustito que a sus oponentes del PP. Sólo por respeto a la afectada, que me lo refirió, no cuento aquí unas cuantas humillaciones e indignidades de las padecidas por estas víctimas internas del Partido por antonomasia. No se conforman con hacer honor al chiste, de humor negro, sobre los famosos cien años de honradez y ni un minuto más, aunque lo de ese siglo de limpieza a quienes sabemos algo de Historia nos provoque una sonrisa de coña. De los ochenta miembros que tenía la pandilla basurilla que comía tortilla en Sevilla pasaron –vía Willi Brandt, otro decepcionado de su engendro– a muchos miles, en especial cuando ya hubo buenos bocadillos para repartir; y un aluvión de postulantes, procedentes del PCE o de la nada extendió los manteles y aprestó los cuchillos para comer. Y no tortilla precisamente. La tropa se amplió pero mantuvo el espíritu picaresco fundacional , con un estilo arrastrado y zafio, a salvo de escrúpulos de ningún género, con lances dignos de sainetes bufos o crudas novelas negras. Y vinieron los cafelitos de Guerra, Roldán trincando los billetes de la caja en un portafolios, el Eligio saliendo de una casa escondido en el maletero de un coche, Tierno bloqueado en un ascensor para que no pudiese intervenir en una reunión de la panda, Peces lanzándose a por una cátedra desde la presidencia del Congreso…¡Qué categoría! Debió de ser un choque tremendo pasar de triste penene en Ciudad Real a ministro –para defender los Gal, claro–, o de especialista en enchufes (es decir, electricista) también a ministro, o, igualmente de penene en Barcelona o Madrid a embajador, o a más ministerios, o…a donde usted quiera y guste. Se sintieron fuertes y empezó el saqueo. ¿Para qué recordar lamentables acontecimientos de los catorce años gloriosos? Tal vez, para refrescar la memoria de muchos españoles jóvenes que no lo vivieron o no lo recuerdan, pero son tantas las golferías habidas que aquí no podemos enumerarlas ni de pasada. Baste con evocar su aroma, el efluvio de la pasta envuelta en cara dura, en impunidad de mayoría absoluta frente a una oposición de derecha desorientada y una de izquierda –aun el PCE e IU existían– que significaba algún referente de diferenciación política. Pero tardamos varios años en percatarnos de la dimensión del fraude: fue necesaria una acumulación horrible de pufos para que Aznar pudiese ganar, por los pelos, en el 96.

Por el contrario, ahora han tejido veloces la malla de la impunidad (desde el farsante de la mochila al negociante de Perpiñán) y prescinden de tapujo ni formalismo ninguno, no hay por qué disimular si se ganan todas las votaciones con independencia de lo justo o injusto de lo votado. Y , además, con insulto y escarnio de los aplastados. Es cómodo ejercer de profeta de tiempos pasados y recriminar ahora al gobierno del PP por no haber puesto orden durante sus años de mandato en los terrenos judicial e informativo, los que más utilizan y manipulan contra ellos, pero no cabe duda de que la blandura y generosidad con que trataron a la oposición de entonces se les ha vuelto en contra. O la pusilanimidad demostrada cuando empezaron las agresiones. Quizá si los asesinos de Atocha hubieran sido detenidos antes de la matanza no estaríamos ahora diciendo estas cosas. Pero no lo fueron, otro interrogante: ¿por qué?

Ya en el verano de 2002 se podía oír por Andalucía, a raíz de la huelga general, una frase digna de la mejor antología del pensamiento totalitario (“Los del PP no son andaluces”), pero después vino lo del petrolero y se lanzaron al asalto, acicateados por la debilidad de la respuesta. Se envalentonaron y comenzaron la campaña de agresiones y repudios a la cubana [Para quienes no lo sepan: una chusma de valientes se planta ante la casa o el trabajo de un disidente y le acosa e insulta durante horas, o le persiguen por las calles], sin siquiera recatarse en las bromitas que suscitaban entre ellos los divertidos sucesos del momento (“Si con el Prestige no basta, hundimos otro barco”, sentenció un gracioso dirigente socialista). Y después, Irak. Y el 13 de marzo y Rubalcaba y sus producciones –cada vez más boyantes– y el pulpo de Polanco lavando sesos (lo de “cerebros” parece desmesurado). Subieron la parada, elevaron el tono y crisparon a la sociedad sin pudor ninguno: todo valía y todo vale. Si no se detuvieron en incitar a la violencia el 13 de marzo (con dirigentes socialistas localizados haciéndolo a través de sus móviles), ¿por qué Marín no va a proteger a sus compadres en el Congreso? ¿Es que alguien se creyó alguna vez que es el presidente de todos los diputados? ¿Por qué iban a sancionar a la que organizó y pastoreó el asalto contra Trillo? ¿Y por orden de quién? ¿Por qué Rubalcaba va a renunciar a recrearse en la suerte regodeándose con la ofensa a un diputado del PP que acaba de enterrar a un amigo? Y si, por ende, sirve para distraer la atención de la monumental incompetencia, probada, de sus gobiernos regional y nacional (con perdón, por usar este término andando ellos por medio), miel sobre hojuelas. ¿Por qué no van a competir con Bono en el capítulo de las provocaciones?

Más que nadie saben que llegaron a la Moncloa, al BOE y a la pitanza de los presupuestos gracias a su estilo de sirleros y que sólo con él se mantendrán en el machito, porque la cultura de la Anglicana, la inteligencia de Caldera o el moratinglish del otro no dan para mucho. Y no hablemos de Rodríguez, la luminaria. Pobre país en el que, a falta de otra cosa, hay gentes que miran desesperadas hacia Chaves, Guerra, Bono o Rodríguez Ibarra, porque outro millore non hai. Pobre, despedazado por la jauría.

La solidaridad ayudará a derrotar a los terroristas
Por ABRAHAM D. SOFAER EX ASESOR LEGAL DEL DEPARTAMENTO DE ESTADO DE EE.UU. ABC 22 Julio 2005

Para el autor, las bombas de Londres o Madrid no son consecuencias «de lo que hemos hecho en Afganistán e Irak, sino de no haber conseguido acabar con el gobierno de Sadam en 1991, y de permitir que Al Qaida avanzara en sus objetivos ocho años después de que dejara claras sus intenciones»

LOS atentados del 7-J en Londres suscitaron promesas de solidaridad por parte de todos los líderes del G-8, que permanecieron solemnemente detrás de Tony Blair mientras describía el asesinato y la mutilación de su pueblo. Pero unas declaraciones valientes («no nos intimidarán», «nuestra determinación sólo se ve fortalecida») no pueden empañar la realidad de que los ataques terroristas han socavado deliberada y triunfalmente la determinación de demasiados Estados. La estrategia de dividir la alianza posterior al 11-S mediante atentados contra Estados individuales se basa en una suposición albergada tanto por Bin Laden como por Sadam Husein: que Estados Unidos y sus aliados carecen de capacidad para aceptar las pérdidas.

Por desgracia, la historia corrobora esa suposición. Estados Unidos y otros países occidentales son con frecuencia incapaces de acometer o cumplir objetivos de seguridad colectivos ante emergencias relativamente insignificantes. La larga demora en responder con eficacia a la serie de atentados de Al Qaida perpetrados entre 1993 y 2000 confirmó la idea de Bin Laden de que, causando víctimas de forma constante, podía expulsarse a las tropas de países occidentales de las naciones islámicas. Sadam sabía que perdería una guerra convencional, pero contaba con un desenlace triunfal gracias a una insurgencia que provocara suficientes víctimas como para minar la determinación internacional.

Los asesinatos y los secuestros terroristas han hecho salir a varios Estados de la alianza de Irak y provocado que otros moderen su compromiso. Los atentados en España el 11 de marzo de 2004, similares en diseño y objetivo a los de Londres, ayudaron a que saliera elegido un gobierno comprometido con la retirada de las tropas de Irak. Filipinas evacuó a sus tropas cuando los terroristas atraparon y amenazaron con matar a uno de sus ciudadanos. De los 48 estados que integraban la coalición original quedan 25, y cinco de ellos tienen intención de recortar o finalizar su apoyo en 2005. EE.UU. y Gran Bretaña se han mantenido firmes, pero unas importantes bajas y los elevados costes han erosionado el apoyo político en ambos países. Blair eludió el destino de Aznar porque su rival conservador apoyaba a la alianza. Berlusconi no jugará con esa ventaja en las próximas elecciones y, a menos que se haga algo para alterar los cálculos de los terroristas, éstos intentarán socavarle infligiendo daños en el momento adecuado.

Las bombas de Londres provocaron repugnancia y determinación. Pero a menos que se pueda convencer a los países amenazados por el terrorismo de que respondan con hechos que demuestren una verdadera determinación, los terroristas se harán más fuertes. Es hora de que la comunidad internacional acepte que la acción colectiva en Irak ya no se puede considerar ilegal o ilegítima; que, por marginal que haya parecido Irak para la guerra contra el terrorismo en 2002, ahora es esencial para esa batalla; y que la verdadera solidaridad en Irak garantizaría un resultado aceptable, ayudaría a restablecer la credibilidad de la seguridad colectiva, y desalentaría al terrorismo, en lugar de recompensarlo.

Francia, Alemania y otros veían la guerra de Irak como algo ilegítimo, ya que no contaba con el visto bueno del Consejo de Seguridad de la ONU. La presente actividad en Irak goza del apoyo inequívoco del Consejo. Ha alentado la transición con un Gobierno provisional, unas elecciones directas y la formación de un ejecutivo de transición responsable de redactar una Constitución y celebrar unas elecciones que conduzcan a un Gobierno elegido constitucionalmente. En su Resolución 1.546, el Consejo aprobó este proceso, reafirmó «el derecho del pueblo iraquí a decidir libremente su futuro político y a controlar sus recursos naturales», y aprobó el papel en la seguridad de las fuerzas internacionales a petición del Gobierno provisional. Ya es hora de dejar de utilizar la acusación de ilegitimidad para evitar secundar lo que se está haciendo actualmente en Irak. Según la Carta de la ONU, ahora es legal y legítimo aportar recursos militares o de otro tipo para potenciar la seguridad en el país.

Independientemente de si derrocar a Sadam formaba parte de la guerra contra el terrorismo o no, el desafío actual en Irak es impedir que los terroristas nieguen a los ciudadanos un gobierno democrático. La insurgencia es una minoría ilegítima, que utiliza métodos que violan los principios más básicos de la ley humanitaria. Su líder, Abu Musab Al-Zarqawi, es miembro de Al Qaida y seguidor de Bin Laden. Ya es hora de dejar de fingir que Irak no forma parte de la guerra contra el terrorismo. Combatirlo es la respuesta más eficaz a los atentados que pretenden dividir a los Estados amenazados por el terror. La comunidad internacional debe reconocer que es de interés nacional el apoyar la seguridad de Irak, al igual que la de Afganistán. Si cada Estado amenazado o atacado aumenta su compromiso con la lucha, mejorará la seguridad de todos los países.

La idea de que la guerra en Irak ha hecho que el mundo esté más a merced del terrorismo es un razonamiento infundado para abandonar un objetivo esencial. Cada nuevo acto de terrorismo puede usarse de forma conveniente y falaz para demostrar esa idea, como si no se hubiera producido en otras circunstancias. Hoy no nos enfrentamos a las consecuencias de lo que hemos hecho en Afganistán e Irak, sino con los efectos de no haber conseguido acabar con el gobierno de Sadam en 1991, y de haber permitido que Al Qaida avanzara en sus objetivos ocho años después de haber dejado claras sus intenciones. Un esfuerzo colectivo en Irak sería de enorme ayuda para alcanzar un nivel adecuado de seguridad en el país. Ese mayor compromiso no tiene por qué ser militar; el control fronterizo y la preparación en seguridad son requisitos cruciales. Los Estados musulmanes podrían aportar una fuerza multilateral capaz de proteger a diplomáticos y misiones. Lo importante es que la cooperación sea firme, generalizada y abiertamente reconocida.

© The Wall Street Journal, 2005

De nuevo Londres
Editorial El Correo 22 Julio 2005

Dos semanas después de sufrir el peor ataque terrorista de su historia, Londres ha vuelto a revivir el horror. Aunque en esta ocasión no ha habido víctimas, la intención de los terroristas era destruir y atemorizar, como hace quince días. Tony Blair ha definido perfectamente a qué se enfrenta su país desde el brutal ataque del 7-J: las explosiones buscaban amedrentar a la población londinense. Y la capital del Reino Unido reaccionó entonces con valentía y continuó con su pulso cotidiano consciente de que la mejor victoria frente al terrorismo es no dejarse llevar por el pánico que pretende imbuir en el corazón de sus víctimas. Ayer, el primer ministro británico repitió que vivir con normalidad es la respuesta que deben volver a dar los londinenses. Algo muy difícil frente a un enemigo que no tiene reparos en causar el mayor daño posible a la sociedad en la que se ha enquistado. Los servicios de seguridad están sufriendo una prueba tan dura como la que soportan estos días los ciudadanos a los que deben proteger; y también la numerosa comunidad musulmana, que ve como miembros fanatizados intentan acabar con años de integración. La ruptura de esa convivencia es uno de los objetivos de los radicales y la erradicación de quienes incitan a la destrucción de los valores compartidos debe ser una prioridad absoluta.

El terrorismo islamista de Al-Qaida ha conseguido clavar en las naciones democráticas un sentimiento de vulnerabilidad que desde el 11-S es cada día más evidente. Y cuando no se trata de los miembros de la organización de Bin Laden, son los 'franquiciados' los que se encargan de sembrar el terror. Occidente es todo lo vulnerable que una sociedad abierta y democrática puede serlo y en ello, más que su debilidad, debe encontrar su fuerza. Lograr el equilibrio entre seguridad y libertad, saber protegerse sin reunciar a los valores de un Estado de Derecho, es el gran desafío. Porque el verdadero triunfo del terror, lo que pretende con cada masacre o intento, es romper con un sistema de convivencia que cuestiona su ideología totalitaria y que pone en evidencia a quienes han hecho de la muerte su razón de ser. Ahora bien, la gravedad de la amenaza, por su reiteración y su extensión, exige romper de una manera definitiva las barreras territoriales, burocráticas, jurídicas y políticas que impiden la confluencia de todas las informaciones y todos los medios técnicos y policiales. Sólo así se logrará una unidad social, política y, sobre todo, de acción, imprescindible para enfrentarse a un enemigo tan complejo como global e inhumano.

El desafío
José Javaloyes Estrella Digital 22 Julio 2005

La explosión de cuatro detonadores en tres vagones de Metro y en un autobús londinenses, y la establecida probabilidad de que tales detonadores pudieran haber acompañado a respectivas cargas, componen un cuadro de desafío por parte de los terroristas islámicos. Además, evidencia la disponibilidad de otros equipos de terroristas por parte de la organización —presumiblemente Al Qaeda— a la que pertenecían los suicidas del pasado 7 de julio.

De ser así, estaríamos en presencia de algo más serio y más grave todavía que un hecho puntual como el que segó la vida de 56 personas hace dos semanas. Trascendería entonces de lo ocurrido la existencia de un dispositivo terrorista de ataque, capaz de reproducir en cualquier momento los últimos atentados londinenses. Al menos es lo que parece que han querido demostrar los yihadistas mediante la traca montada ayer con el fulminato de mercurio, espacialmente distribuida en la red de transporte colectivo.

En cualquier caso, el Gobierno británico parece haberlo entendido así al convocar el gabinete de crisis para analizar los hechos. La gravedad de la situación a que han aludido las fuentes oficiales debe referirse, por tanto, a ese nivel de operatividad demostrado por los terroristas. Lo han hecho sin bombas, pero los fulminantes detonados podrían haber ido acompañados de éstas. Cabe decir que han probado el nivel o grado de vulnerabilidad en que se encuentra la red de transporte londinense. Y, claro es, no sólo lo han probado frente al Gobierno, sino también ante la opinión pública, a la que insisten en amedrentar.

Asimismo, en cierta manera, el mensaje terrorista de ayer va dirigido también a los dirigentes islamistas con los que el Gobierno británico se dispone a mantener un contacto tan fluido como suficiente para atajar el yihadismo en el seno de la comunidad musulmana establecida en el Reino Unido, que engloba a un 3 por ciento de la población. Tanto a los imanes como a toda la grey de predicadores y glosadores de los textos islámicos, moderados en su inmensa mayoría, se les envía con este desafío el mensaje de que ellos, los yihadistas, ya son una referencia obligada en la percepción de lo musulmán dentro de las comunidades islámicas de Occidente, no sólo en la británica.

Posiblemente, se trata más de una consolidación de la presencia del radicalismo en la vida del Reino Unido —y por extensión en el resto de Europa— que de sólo una rúbrica de los atentados del día 7, como rúbrica fueron en Madrid los atentados fallidos en las vías férreas poco después del 11M del 2004.

Un capítulo nuevo, de guerra psicológica, puede también haber comenzado con el despliegue de explosiones efectuado ayer por terroristas que, presumiblemente, son tan británicos como los que perpetraron la última masacre. Aunque para guerra de nervios pueden haber errado en el escenario. La resistencia británica a la agresión es algo que los británicos en general y los londinenses en particular tienen instalado en el corazón del imaginario colectivo después de los bombardeos alemanes en la II Guerra Mundial.

jose@javaloyes.net

El Estado de las Autanarquías
Daniel Martín Estrella Digital 22 Julio 2005

El incendio que ha asolado la zona del Alto Tajo ha puesto de manifiesto otra vez el absurdo fáctico y la completa ingobernabilidad de un país (des)estructurado a partir de la incoherencia y los miedos propios de la Transición y desarrollado a través de la elefantiasis de 17 pequeños estados feudales donde pequeños nobles quieren ser reyezuelos. El sentido común dicta que algo imprevisible y urgente como los incendios que, naturalmente, no saben de fronteras políticas —un mero invento muchas veces incongruente con la geografía, que Guadalajara queda más cerca de Segovia que de Toledo—, deberían ser controlados por una sola autoridad que dispusiese de todos los medios de prevención y extinción. Pero aquí todos quieren su parte del pastel del poder y la fama aun a costa de la seguridad, igualdad y libertad de los ciudadanos.

Mientras en Francia, Alemania y el Reino Unido
—donde ayer se recordó, en forma de macabra pantomima, el 7J— se han puesto manos a la obra para combatir y prevenir el terrorismo islámico, en España el gran asunto político que nos ocupa y obceca es la reforma de los distintos Estatutos de Autonomía. Los catalanes se llevan la gloria, lo que sin duda les satisfará, pero no olvidemos que pronto llegará al Congreso el proyecto del nuevo Estatuto valenciano y que a Andalucía, Galicia y demás autonomías les han entrado unas enormes prisas para consolidar las innumerables competencias de las que disponen y aumentarlas en número, un caso de transferencia, en calidad y cantidad, del poder del Estado a las administraciones regionales como no se conoce en ningún otro lugar del globo.

Prescindo del análisis de las nacionalidades históricas y sus pretensiones independentistas, que ya me agota el asunto y me hastía el disfraz semántico con el que juegan. El que quiera, que sea español; el que no, que juegue a las “nacioncitas” en su propia casa. Porque lo que es esperpéntico es que mientras en Europa se legisla para regular, administrar y proteger, en España continuamos con la pertinaz lucha por entender y organizar el Estado no según una ideología, sino según unos intereses partidistas o personales, en general más económicos que de otra clase. La gran mayoría de nuestra clase política afirma que la Constitución es intocable. Pero los Estatutos —que no son más que la mostrenca ramificación de una Constitución extraña, torpe y con un Título VIII ininteligible y favorecedor del renacimiento del decimonónico caciquismo regional— son perfecta y, según parece, necesariamente reformables para aumentar todavía más las competencias con las que armar al “señor feudal” y con las que desproteger al “rey nacional”.

Este sistema, unánimemente aceptado —lo más triste de todo—, está desintegrando un país que quiere ser europeo, entrar en el G8 y tener algo que decir en la ONU. Pero ni siquiera conseguimos mantener un mínimo de uniformidad en las políticas internacional y antiterrorista, en la mismísima concepción del Estado. Hasta tal punto estamos llegando, que el artículo 14 de la Constitución es sistemáticamente ignorado. Con esa alegría que tanto caracteriza a esta “nación de naciones”, tenemos 17 sistemas educativos y pico, las mismas sanidades públicas, varias policías como si fuésemos tan grandes y heterogéneos como Estados Unidos e infinitas pequeñas oficinas y consejerías para hablar de la juventud, la mujer, los bosques, los puertos, el empleo, la vivienda, etc. Por no hablar del número de funcionarios que algo así, a la francesa, representa.

Por si esto fuera poco, ahora ya van a funcionar los Consejos Judiciales de las Comunidades Autónomas, lo que privará al Estado de la penúltima de las potestades que doctrinalmente se han entendido como irrenunciables. Y no me vale que digan que la culpa la tiene este Gobierno y no el anterior, porque esta desmembración paulatina y sangrante es —con pequeños matices diferenciadores— aceptada por todos.

Este asunto autonómico conduce a una inseguridad jurídica que sólo se ve superada por la inseguridad física y fáctica que de un tiempo a esta parte vamos sufriendo los ciudadanos. En España ya no sabes a qué ley atenerte, a que ventanilla dirigirte, en qué administración buscar los amigos, en qué cueva refugiarte o a qué país emigrar. Esto es un disparate rayano en la anarquía, donde una barbacoa mal encendida puede ser el mayor de los desastres por la multiplicidad de organismos y las rivalidades entre próximos. Algo así como una corrala donde los vecinos se odian y disparan insultos, donde sólo importa el bienestar de uno y su familia, y donde es motivo de regocijo saber más que la del 4ºA, estar más sano que el del 1ºC y tener un portero más guapo y barato que el portal de enfrente. Sólo que en los patios vecinales son capaces de hacer una tregua y montar una sola fila para llevar cubos de agua con los que sofocar el incendio que, al fin y al cabo, afecta a la estructura de todo el bloque.

En España queríamos descentralizarnos. Originales como somos, hemos conseguido quedarnos sin centro. Ya se sabe que Averroes, el que nos trajo Aristóteles, fue proscrito por, entre otras cosas, abogar por el término medio.

dmago2003@yahoo.es

Problemas de España
Cartas al Director ABC 22 Julio 2005

No creo que alguien con inteligencia normal sea capaz de entender el estado en el que se encuentra España. Parece razonable afirmar que, si bien no estamos todavía en crisis, poco nos falta. Hay varios factores preocupantes.

El primero es si en un futuro no muy lejano seremos una o diecisiete naciones. El debate actual, además de artificial, es deshonesto. No es un problema de más o menos competencias o de «acercar la Administración al ciudadano» ni de «unir a todos con más derechos». El problema, tal cual lo veo, es el lenguaje. Es la traición de la palabra. Desfiguración de la realidad; el absurdo de crear castillos en el aire. El tema no es nuevo, pero si se logra crear otra «realidad», las consecuencias serán nefastas. La Constitución «relativa». Falacias de un monólogo carente de sentido. Es la política como instrumento de manipulación, tergiversación y transformación de valores. «Voluntad de poder» de Nietzsche. El segundo es la utilización de la masa. Sí, de la masa. Ambos partidos nacionales han decidido utilizar a la multitud y a sus pancartas cada vez más agresivas. Esto impide que la base de la democracia (el ciudadano) tome una decisión informada.Por último, la situación económica. Los gobiernos no cambian las bases de la economía. La nanotecnología y la biotecnología son el futuro de España, y ésta, curioso, exporta «cerebros».

La economía del futuro es una economía de servicios basados en ideas, conocimiento e inteligencia. ¿Están los colegios, universidades y empresas preparados para este giro? Si a EE.UU. le está costando más de una década adaptarse, ¿cómo lo va a hacer España en dos o tres años? Otros países dan prioridad a las Matemáticas, ¿lo hacemos en España? Mi respuesta es no.

Alejandro Gutiérrez. Madrid.

El conflicto vasco
Carlos Llorente Muñoz/Vitoria-Gasteiz Cartas al Director ABC 22 Julio 2005

Emilio Guevara tiene esa gratificante virtud de decir verdades como puños. Su último artículo debería ser de lectura obligatoria para el nacionalismo. Si alguien quiere discutir el texto que lo haga, pero sin descalificaciones personales, como acostumbran algunos cuando otros discrepan. Me quedo con su primer párrafo, que me permito transcribir íntegramente y que refleja la situación del País Vasco: «Se ha escrito y dicho tanto sobre el manido 'conflicto vasco' que al final hemos acabado por creer que la culpa de su existencia la tienen España y los españoles, que no han sabido ofrecer una estancia cómoda y suficiente a esos vascos oprimidos por Madrid y París».

Para muchos ciudadanos, el único 'conflicto vasco' es la persistencia de ETA, que no asume una vida en democracia y libertad en la que todos participen sin miedo a ser abatidos por las balas. Para mí, el actual 'conflicto vasco' es la falta de libertad para expresar las ideas, porque un grupo terrorista no admite que se discrepe de su 'doctrina' y en el caso de hacerlo se les elimina físicamente. Algunos de los casos a título de ejemplo serían : Gregorio Ordóñez, Miguel Ángel Blanco, Fernando Buesa o Joseba Pagazaur- tundua; a ellos hay que sumar cientos de ciudadanos que han sufrido el azote terrorista. El otro frente al que se refiere el mundo nacionalista puede y debe tener todo el debate y tratamiento democrático que sea necesario. Nadie se lo niega. Pero sin la tutela ni la vigilancia del grupo terrorista que tiene todavía armas para intervenir si no se ajustan las decisiones a su 'programa'. Chantaje se llama esta figura.

Política autonómica
María Perez/Albacete Cartas al Director El Correo  22 Julio 2005

Las competencias medioambientales fueron transferidas hace años a las autonomías. Ello ha conducido a que en el incendio de Guadalajara se haya rechazado la ayuda de bomberos de pueblos próximos porque «eran de otra autonomía». Hasta se ha llegado a solicitar ayuda a Francia antes que a autonomías vecinas de otro color político. Si los medios de extinción hubiesen estado bajo el único mando del Estado se hubiesen evitado problemas, ganado en coordinación y rapidez, y probablemente no hablaríamos de víctimas mortales. El estado autonómico se ha convertido en un gigante burocrático de ineficacia, descoordinación y egoísmos. El incendio de Guadalajara ha sido un desgraciado ejemplo de ello.

incidentes por la muerte de un etarra
Desconocidos incendian un autobús en San Sebastián tras una manifestación
Los radicales lanzaron botellas y piedras contra agentes de la Ertzaintza tras una concentración de protesta por la muerte de Imanol Gómez en accidente de tráfico
EUROPA PRESS / BILBAO El Correo 22 Julio 2005

Desconocidos han incendiado esta noche un autobús en San Sebastián tras lanzar piedras y botellas contra agentes de la Ertzaintza. A estos incidentes, desarrollados tras un manifestación de protesta por la muerte en accidente de tráfico del presunto miembro de ETA Imanol Gómez, se suman los acaecidos en Bilbao, donde se han cruzado varios contenedores, según ha informado la Ertzaintza.

Los incidentes en San Sebastián se iniciaron tras la manifestación que se desarrolló a partir de las 20.00 horas cuando algunos de los asistentes lanzaron piedras y botellas contra agentes de la Ertzaintza, que tuvieron que realizar varias cargas.
Posteriormente, en la zona del Boulevard interceptaron un autobús que circulaba con viajeros y empezaron a lanzar piedras contra el vehículo. Una vez que el autocar fue desalojado por los usuarios, radicales lanzaron varios cócteles molotov y lo incendiaron. En Bilbao, también se produjeron diversos incidentes cuando desconocidos cruzaron

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