AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 24 Julio 2005
Nación de naciones o la España imposible
Por José Antonio Zarzalejos ABC 24 Julio 2005

¿Seguiremos ignorándolo?
EDITORIAL Libertad Digital 24 Julio 2005

Terrorismo global
Editorial ABC 24 Julio 2005

¿Participó Egipto en la guerra de Irak?
Fernando Díaz Villanueva Libertad Digital 24 Julio 2005

Islam
Por Jon Juaristi ABC 24 Julio 2005

El alto precio de ERC
Editorial ABC 24 Julio 2005

Terror y democracia
IMANOL ZUBERO El Correo 24 Julio 2005

LA RECUPERACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 24 Julio 2005

Los pobres yihadistas y sus opulentos inductores
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 24 Julio 2005

Solo ante el peligro
ROBERTO VELASCO  El Correo 24 Julio 2005

El final del talante
PEDRO ARIAS VEIRA La Voz 24 Julio 2005

La extorsión mafiosa
TEO SANTOS El Correo 24 Julio 2005

El mayor enemigo de las sociedades democráticas
Fernando Savater Clarín 24 Julio 2005

La 'kale borroka' sacude las calles del País Vasco por tercer día consecutivo
BILBAO El Correo 24 Julio 2005

Independentistas radicales hacen estallar un artefacto 48 horas antes del Día de Galicia
ANA MARTÍNEZ ABC 24 Julio 2005

Al Qaeda ha iniciado una nueva ofensiva mundial
Agencias Periodista Digital  24 Julio 2005

Nación de naciones o la España imposible (Con el incendio de guadalajara al fondo)
Por José Antonio Zarzalejos ABC 24 Julio 2005

... Lo más llamativo de lo que ocurre con el revisionismo de la cuestión territorial no es que los nacionalistas sigan en su puja soberanista sino que el Ejecutivo nacional no haya apostado por elementos de cohesión, por esa búsqueda de lo común que hace la nación día a día, y la actualiza y la refrenda...

HA escrito Manuel Ramírez, catedrático de Derecho Político en la Universidad de Zaragoza, que «España no puede estar al albur de trifulcas en pro del independentismo. Seguir por este camino en el que nadie puede fijar el fin porque todo acaba siendo diferente por esto o aquello es negar la historia y el sentido de la búsqueda de lo común, que así han nacido todas las naciones. Lo contrario es la vuelta a la dificultosa unión de las tribus. O al regreso a don Pelayo y el volver a empezar (...)». Es del todo cierto que la nación dispone, para la comprobación de su existencia, de elementos objetivos -territorio, lengua, creencias, economía, cultura-, pero requiere también de factores subjetivos de carácter volitivo para su desarrollo y fortalecimiento: el deseo de estar juntos y perseguir en esa unión un proyecto compartido. La búsqueda de lo común, de aquello que en la diferencia vincula, suele producirse en las mejores épocas históricas de los pueblos. Por el contrario, el afán disgregador, la creación artificiosa de barreras -semánticas y jurídicas-, ha coincidido indefectiblemente con episodios de decadencia y malestar generalizados.

La pretensión de que Cataluña se defina como una nación -sin descartar sustentar tal caracterización con la proclamación del derecho a la autodeterminación- lleva a personajes de talla intelectual y jurídica a un manejo torticero de sus propios conocimientos académicos. Tras quedar en el olvido la expresión de comunidad nacional patrocinada por el presidente del Consejo de Estado para resolver la contradicción entre la naturaleza de nación que la Constitución atribuye a España en su conjunto y el deseo de los nacionalistas de propugnar la misma condición para las comunidades de Cataluña, País Vasco y Galicia, ha surgido con aparente energía el inasible concepto de España como nación de naciones, esta vez de la mano de un historiador de tanto fuste como es José Álvarez Junco, a la sazón director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y autor, entre otras, de una obra muy controvertida sobre el origen nacional de España, titulada «Mater dolorosa». Este autor no es el único que se apunta a este hallazgo semántico, para tratar de franquear la definición nacional de Cataluña sin que ello conlleve, a su muy discutible juicio, una colisión con el artículo segundo de la Constitución, que reserva esa naturaleza nacional para España.

Todo estos esfuerzos por dar cobertura jurídica a las tesis nacionalistas están llamadas a fracasar. La única manera de que Cataluña o Galicia se proclamen naciones en sus Estatutos o de que el País Vasco se constituya en comunidad libre asociada consiste en un proceso constituyente pleno que el Gobierno quiere evitar y que los nacionalistas no desean, lo que conduce a ambos a incurrir -con la balsámica ayuda de los intelectuales que les ofrecen coartadas como esa de la nación de naciones- en un auténtico fraude constitucional.

Lo más llamativo de lo que ocurre con el revisionismo de la cuestión territorial no es que los nacionalistas sigan en su puja soberanista sino que el Ejecutivo nacional no haya apostado por elementos de cohesión, por esa búsqueda de lo común que hace la nación día a día, y la actualiza, y la refrenda. Por el contrario, el Gobierno practica el desistimiento en políticas que debieran incorporar elementos de voluntad nacional afirmativa. En este orden de cosas, es coherente con lo que sucede el aserto de Carod Rovira, según el cual el actual sería el único presidente del Gobierno que no profesaría en el «nacionalista español». Con políticas así (véase la pretendida reforma de la justicia); con afirmaciones que subrayan el carácter «discutido y discutible» de la nación española -según versión de Rodríguez Zapatero-; con silencios clamorosos acerca de determinados contenidos en anteproyectos como el del Estatuto catalán o con menciones secesionistas en discursos de investidura como el del lendakari Ibarretxe, la viabilidad de España, tal y como la hemos entendido desde 1978 -Estado unitario autonómico- y desde hace siglos como nación, resulta inquietantemente problemática.

Alfonso Guerra, que con Felipe González comandó en 1982 lo que la prensa internacional denominó el grupo de «los jóvenes turcos» (es decir, los nuevos nacionalistas democráticos españoles), no se confunde cuando aduce que los que ahora quieren ser una nación mañana pretenderán constituirse en Estado. Esa progresión reivindicativa es compulsiva en todos los nacionalismos que acostumbran a confundir la parte -ellos- con el todo -la sociedad en su conjunto-. Sea porque los partidos nacionalistas garantizan el poder central al PSOE, sea porque el socialismo prefiere demediarse con ellos antes que coincidir con el PP, a la insaciabilidad periférica se responde desde la intelectualidad de izquierdas con una impostada tranquilidad, argumentando que lo que se discute es una cuestión puramente nominalista elevada a asunto sustantivo por la dramatización que sobre estos temas provoca la derecha. Lamentablemente, no es así: la instalación de la insolidaridad, de la compartimentación territorial, de la singularidad financiera, del exclusivismo lingüístico y cultural, se acompaña de un discurso público que incorpora una significación semántica muy precisa.

Los requerimientos de un país como España son exactamente los contrarios a los que se derivan de la febrícula segregacionista que registra la política nacional. El Estado, al que se pretende depredar en sus competencias más básicas, y que ya no tiene en su mano ni la educación que forma en los mismos valores a los ciudadanos ni la sanidad que iguala a unos y otros, comienza a mostrarse en pavesa. El terrible incendio en Guadalajara, con la tragedia de once muertos, ilustra a la perfección sobre la inconveniencia de reducir a la Administración central a mera instancia subsidiaria. El Gobierno actuó en el trágico evento, según la perseverante vicepresidenta primera, «cuando fue requerido, y lo hizo diligentemente». Tremenda descripción del papel secundario que, a empellones, se está reservando al Estado en un sistema autonómico que los nacionalismos pretenden no alterar en su actual formulación constitucional porque su impune transgresión les permite, de hecho, un margen de maniobra que no obtendrían en ningún otro modelo estatal, y mucho menos en el federal.

España, a golpe de ocurrencia -ora con la resucitación de las comunidades nacionales, ora con el fuego de artificio de la nación de naciones-, se conduce, como Estado y como nación, hacia un terreno impracticable para el desenvolvimiento de esas dinámicas que marcan el signo de los tiempos: la unidad de mercado, la ampliación territorial de la vigencia de las normas, el quebrantamiento de los espacios por las nuevas tecnologías, la viabilidad de las grandes infraestructuras mediante las colaboraciones entre territorios, la centralización de determinadas decisiones políticas que garantizan la igualdad y la solidaridad y el fortalecimiento de los grandes vectores culturales que crean riqueza. O sea, vamos mal.

¿Seguiremos ignorándolo?
EDITORIAL Libertad Digital 24 Julio 2005

Podemos seguir ignorándolo y fingir que no pasa nada, que con buenas intenciones se arregla y que armándose de paciencia y una buena dosis de comprensión los islamistas van a dejar de masacrar a placer. Podemos seguir ingeniando fantasiosos planes de diálogo entre “civilizaciones” en espera de que la otra parte recoja el testigo y se avenga a razones. Podemos incluso rendirnos y entregarnos sin condiciones a la barbarie. Podemos, en definitiva, seguir imitando a los avestruces hasta que sea demasiado tarde. Lo cierto, lo dolorosamente cierto es que mientras nos dedicamos a todo lo anterior el día a día se nos puede envenenar bastante.

La matanza que acaba de perpetrar Al-Qaeda en Egipto no es la primera ni será la última. Va en su naturaleza. Hace menos de un año asesinaron a 34 israelíes que se encontraban de vacaciones en un hotel y volverán a hacerlo en cuanto tengan oportunidad. El terrorismo islámico, como acertadamente apuntaba ayer José García Domínguez, ha inaugurado un nuevo tipo de guerra en el que los enemigos no se encuentran en la trinchera de enfrente obedeciendo las órdenes de un capitán sino en la nuestra, confundidos entre nosotros, observándonos, acumulando odio y esperando pacientemente el momento de propinar un zarpazo a quienes consideran responsables de su desdicha.

Ante semejante reto no vale la buena voluntad, no valen las negociaciones porque el islamista, sencillamente, no tiene nada que negociar. Son claros en sus pretensiones; el mundo al que aspiran es un híbrido entre el Afganistán de los talibanes y el imperio de los Omeyas. Un delirio, una fantasía, una sinrazón de tal calibre que solo puede ser reclamada a través de carnicerías como la de Nueva Cork, como la de Madrid, como la de Londres o como la de la madrugada del sábado. Conocedores de que una buena parte de Occidente, su enemigo, se encuentra acobardado perseveran en un camino que tan buenos resultados les proporciona. Enterados de que, además, cuentan con poderosos aliados entre nuestros políticos, nuestros intelectuales y nuestros artistas tan sólo necesitan seguir subiendo el volumen hasta que la sociedad civil occidental, esa que tanto aborrecen, termine por ceder.

Frente a semejante amenaza no nos queda más que confiar en la firme determinación de los pocos que han entendido bien el problema al que nos enfrentamos. Un problema con dos frentes; el interior, el que nos aflige más directamente; y el exterior, el que cada semana llena de cadáveres las calles de Irak, el que mantiene encendida la llama del conflicto en Palestina, el que mantiene bajo secuestro a la temerosa e incipiente sociedad civil árabe. Occidente necesita garantizar la seguridad de sus ciudades sí, pero no ha de olvidar que la difusión de la democracia en el mundo árabe es primordial para neutralizar la amenaza islamista. Si Irak, Irán, Siria o cualquiera de los países del Magreb consiguen prosperar y conquistar las libertades que les han sido siempre negadas, el fantasma del islamismo será cosa del pasado.

Terrorismo global
Editorial ABC 24 Julio 2005

TRAS el nuevo atentado integrista en la localidad egipcia de Sharm el-Sheij, que se ha saldado con al menos noventa muertos y dos centenares de heridos, Al Qaida vuelve a poner de manifiesto que nadie escapa a su visión apocalíptica del mundo, salvo aquellos que acepten la sumisión a una interpretación fundamentalista del credo musulmán y la eleven a la categoría de ley absoluta, en el orden personal, civil y político. Todos son objetivos de su violencia: monarquías corruptas, regímenes autoritarios, estados árabes aconfesionales, países en transición democrática y, por supuesto, sociedades occidentales.

En 1997, los integristas asesinaron a 58 turistas en Luxor. En octubre pasado, con un atentado muy similar al de ayer, acabaron con la vida de 34 turistas, en su mayoría israelíes que celebraban la fiesta del Sukot, que conmemora el éxodo del pueblo judío. El terrorismo fundamentalista se ha ensañado otra vez con Egipto, país árabe, mayoritariamente musulmán, pero aliado de Occidente, precursor de las relaciones diplomáticas con Israel y uno de los tutores del precario, pero sostenido, proceso de paz en Palestina. Egipto no tiene tropas en Irak -veredicto de condena tan asumido por algunos sectores de las opiniones públicas europeas-, donde el secuaz de Bin Laden, el terrorista jordano Al Zarqaui, secuestró y asesinó a su embajador. En Egipto no tienen sitio las explicaciones diletantes difundidas en Europa sobre la culpa de Occidente, pero sí las que subrayan la aversión del fundamentalismo musulmán a todo proceso de modernización, pues no en vano fue en Egipto donde, en la segunda década del siglo pasado y tras la supresión del califato, surgió la primera organización integrista y germen de la yihad, los Hermanos Musulmanes, quienes en 1981 acabaron con la vida del emblemático presidente Anuar el Sadat.

A la hora de que las civilizaciones dialoguen y se alíen, como volvió a proponer en China el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, será importante tener estos datos históricos en cuenta, sobre todo para saber si hay que dialogar y aliarse con los musulmanes demócratas y pacíficos o con los musulmanes fanáticos y violentos que los matan, como en Sharm el-Sheij o en Bagdad. Si realmente es necesario -que lo es- distinguir entre unos y otros para no demonizar al mundo musulmán en su conjunto por el terrorismo integrista, habrá que optar firmemente por el apoyo a los procesos de paz y apertura que, tímidamente, se están produciendo con esa rúbrica de la «primavera árabe». Y este compromiso exigirá también apoyar a los gobiernos árabes que luchan contra el terrorismo integrista -sin que esto suponga silenciar los abusos que se cometan ni blanquear sus muchas y graves carencias democráticas- y dejar de deslegitimar esos procesos de apertura institucional por el hecho de que hayan tenido como ocasión y, en buena parte, motivo el derrocamiento de Sadam Husein. Entonces, si sucediera así, lo más probable es que en vez de esa ilusoria alianza de civilizaciones se acabara implantando, por necesidad de supervivencia, una alianza de demócratas contra terroristas.

Entre tanto, el balance de muertes causadas por el terrorismo integrista crece imparablemente. Su más reciente mapa de atentados abarca desde Estados Unidos al sudeste asiático, pasando por Europa, África del Norte y central y Oriente Próximo. Londres vive en estado de alerta permanente, y de ahí la psicosis colectiva de temor que invade a sus habitantes (objetivo prioritario de los terroristas), que termina por afectar a los protocolos de seguridad ante la excepcionalidad de la situación. Quizás ése sea el motivo del trágico error que Scotland Yard cometió con el hombre abatido a tiros el viernes en el metro, que, según reconocían ayer fuentes policiales, no estaba relacionado con la réplica del 7-J que se produjo el pasado jueves. Una investigación habrá de determinar las responsabilidades que puedan derivarse de esta fatal equivocación.

Es preciso que la disposición de los gobiernos ante el futuro esté marcada por la responsabilidad que les incumbe en la defensa de sus ciudadanos. El futuro que nos ofrece Al Qaida es una larga guerra terrorista, indiscriminada y sin cuartel, que ningún Estado democrático debe aceptar como inevitable, aunque la lucha contra el fundamentalismo violento va a exigir un nivel creciente de sacrificio que algunos se niegan a asumir.

¿Participó Egipto en la guerra de Irak?
Fernando Díaz Villanueva Libertad Digital 24 Julio 2005

La intervención aliada en Irak ha obrado dos sorprendentes maravillas. La primera fue aventar del poder a un dictador corrupto y sanguinario posibilitando de paso la instauración de la primera democracia que conoce ese país en su historia. La segunda ha sido proporcionar una coartada universal al progrerio de toda Europa, especialmente al progrerio patrio, que tanto debe a la consigna “las bombas de Bagdad estallan en Madrid”. Desde que el combinado angloamericano hiciese su trabajo han pasado más de dos años. Irak no es un paraíso, indudablemente, pero es infinitamente mejor que cuando era una finca particular de Sadam y su familia Adams de asesinos que se rebozaban en su propia inmundicia. La realidad iraquí es esperanzadora, y eso a pesar de las escabechinas que cada mes perpetran los terroristas de Al Zarqaui, que por más que insista El País en presentárnoslos como insurgentes o resistentes no son más que matarifes que asesinan sin piedad a su propia gente.

Como lo que pasa realmente en Irak no interesa demasiado y las degollinas de inocentes son cada vez más difíciles de defender hasta por la prensa más servil, los capitanes del pensamiento único se han conjurado para congelar el mundo en 2003 y mantener vivo el mantra todo el tiempo que sea necesario. De este modo, los islamistas quedan parcialmente exculpados porque, claro, responden en realidad a una provocación previa, la de la guerra de Irak. Internet está lleno de artículos-soflama a caballo entre el delirio y la maldad en los que se dice comprender las causas por las que los terroristas de Madrid o de Londres matan a mansalva buscando la piedra filosofal de todo el entuerto en la exitosa campaña iraquí.

Los atentados de Atocha se lo pusieron fácil a estos catequistas de la desgracia ajena. La tesis principal, debidamente aliñada por los medios de masas, funcionó a la perfección en los dos días previos a las elecciones de marzo. El resultado de semejante operación de intoxicación masiva lo estamos paladeando ahora, lentamente, hasta que asistamos al segundo acto de la tragicomedia progre dentro de tres largos años. Para lo de Londres tenían ya la escopeta cargada y dispuesta para el tiro de gracia, pero no hicieron diana, al menos no dieron a quien querían dar. Esto no ha supuesto inconveniente alguno para que los de siempre sigan como papagayos repitiendo su repertorio de lugares comunes que, además de ser sandeces en toda regla, no están ni de lejos contrastados con la realidad. El hecho de admitir que los islamistas siembran el terror donde pueden y cuando pueden por la sencilla razón de que odian a Occidente se les indigesta.

Para explicar la matanza que esta madrugada ha llevado a cabo Al-Qaeda en una ciudad balneario de la península del Sinaí tendrán que hilar muy fino, tanto que corren el riesgo de que se les enreden los hilos en la tejedora. ¿Participó Egipto en la guerra de Irak? Parece claro que no, que, más bien al contrario, su Gobierno no fue excesivamente entusiasta con la idea de que los americanos regalasen la bendición de la democracia a un vecino. Mayormente por si el ejemplo cundía. Entonces, ¿por qué han cometido semejante atrocidad? La razón última hay que buscarla en la naturaleza misma del islamismo, la razón primera en que quizá sea fácil atacar un complejo turístico al que los europeos acuden a pasar sus vacaciones. Los portadores de la verdad revelada, los hijos del oráculo progre evitarán un análisis tan sencillo y buscarán la causa en la coartada número dos; la pobreza del tercer mundo. De nada servirá recordarles que los habitantes de Sharm el Sheik serán, desde hoy, más pobres porque pocos van a ser los turistas que se aventuren a viajar a esa ciudad. Dará igual, ellos son así. Sería un crimen dejar que la realidad les estropee un magnífico prejuicio.

Islam
Por Jon Juaristi ABC 24 Julio 2005

¿MODERADO? ¿Qué quiere decir Islam moderado? Muletilla unida al desconcierto y a la angustia de las sociedades democráticas golpeadas por el terrorismo islamista, designa sólo un fantasma de la esperanza. Ante los fanatismos seculares, resulta tranquilizador saber que existen variantes no fanáticas de las mismas ideologías o pasiones que los inspiran: hay nacionalistas radicales y nacionalistas moderados (no me refiero a España sino a Escocia, como ya habrá adivinado el lector); hay hooligans y hay hinchas que se conforman con hacer la ola; hay ecologistas partidarios del retorno a la Edad de Piedra y otros que sólo pretenden salvar el lince ibérico. Pero un musulmán moderado sería una contradicción viviente.

Entiéndaseme: no niego que existan musulmanes pacíficos, enemigos del terrorismo, incluso musulmanes demócratas (pocos, pero los hay). Lo que nunca se ha visto en parte alguna es un musulmán moderado. Islam y moderación son términos antitéticos. Un musulmán moderado no es un musulmán. El Islam no transige con la tibieza (y la moderación implica tibieza, relativismo, debilidad de las propias convicciones, pasteleo). Sobra decir que no recomiendo la moderación en todos los terrenos, y menos que nada ese tipo de moderación que se confunde con la renuncia a defender los propios principios. Hay asuntos en los que uno puede permitirse más flexibilidad que en otros y en los que a veces es necesario llegar a la claudicación. En la vida cotidiana surgen abundantes conflictos en los que no nos jugamos principios sino opiniones: nos será más o menos difícil ceder en éstas, según las circunstancias, pero no imposible. También los musulmanes establecen una distinción parecida, aunque con una diferencia importante. En las sociedades islámicas, el campo de lo opinable es bastante más estrecho que en las nuestras. No siempre ha sido así en el pasado, pero argüir que en la Edad Media la investigación científica o filosófica se hallaba exenta entre los musulmanes de las restricciones religiosas que sufría en los países cristianos no nos ayudará a entender la situación actual. Para un musulmán, es decir, para alguien que se somete a la preceptiva coránica, la moral cristiana es licenciosa; la libertad de costumbres de las sociedades secularizadas, sencillamente intolerable. Es cierto que yihad no significa, en general, «guerra», sino «esfuerzo», pero tal esfuerzo (que incluye también los esfuerzos bélicos) está dirigido a la islamización global y es, junto con la oración y la limosna, una de las tres obligaciones principales de todo creyente.

Los musulmanes más moderados que conozco condenan el terrorismo islamista, el fanatismo de los wahabíes y la corrupción de las casas reinantes en los países árabes, pero propugnan la islamización compulsiva de los sistemas democráticos mediante una doble estrategia: la conquista de derechos comunitarios para la población islámica y el correlativo recorte de las libertades individuales comunes, fuente, según ellos, de ateísmo y disolución moral. Confían en lograrlo mediante la combinación del uso instrumental de la democracia con el acelerado crecimiento demográfico de la umma. El objetivo, que no ocultan, es la incorporación de los países occidentales a la Casa del Islam, bajo un Califato restaurado que garantizaría la aplicación universal de la ley islámica. Cristianos y judíos no serían obligados a convertirse. Podrían disfrutar incluso de ciertos derechos de ciudadanía, pero su estatuto sería el de protegidos, sin acceso alguno al poder político (si hay algo que irrita a los musulmanes, se definan o no como moderados, es la existencia de un Estado judío que contesta abiertamente la dhimmitud o subalternidad política que el Islam reserva para las Gentes del Libro). Invocar ese problemático Islam moderado como aliado principal de las democracias en la lucha contra el terrorismo es un error. Las democracias deben buscar su apoyo en los demócratas, incluidos los escasos demócratas (sean musulmanes o no) de los países islámicos. Cosa muy distinta es que se recabe de los dirigentes comunitarios musulmanes en los países democráticos un compromiso sin ambigüedades en la persecución del terrorismo y en la cooperación con los gobiernos respectivos. Están obligados a prestarla, como cualquier ciudadano o residente. Pero sería estúpido comprarla mediante concesiones excepcionales a una comunidad cuyas protestas de lealtad a la democracia no deberían quedar en pura retórica victimista.

El alto precio de ERC
Editorial ABC 24 Julio 2005

PASQUAL Maragall era un político amortizado, un recuerdo de los mejores tiempos del PSC, cuando, por obra y gracia del desproporcionado poder que nuestro sistema electoral confiere a las minorías, ERC lo convirtió en president. Aritméticamente debió haber sido Artur Mas el sucesor de Jordi Pujol al frente de la Generalitat, pero el partido de Josep Lluís Carod-Rovira rompió el equilibrio establecido y, sin mucho respeto a las propiedades de la suma, juntó peras con ciruelas y dio paso al famoso tripartito que, además de gobernar en Cataluña, sostiene a José Luis Rodríguez Zapatero al frente del Gobierno del Estado. Una cadena límite en la falta de respeto a las mayorías y un caso singular de establecimiento de poderes pactados entre los representantes populares, sin que conste esa misma voluntad por parte de sus electores.

Lo que cabe preguntarse, como ejercicio de refresco para los ocios veraniegos, es si a Maragall le compensará el alto precio que debe pagar, día a día, para seguir viviendo su ensoñación presidencial. Un precio que, en ocasiones, llega a la humillación y anula los muchos méritos pasados de un nacionalista que, en función del ambiente y las compañías, se creyó socialista. Así, por ejemplo, cuando el «primer ministro» de la Generalitat, Josep Bargalló, no cesa de recordar que si la negociación del Estatut no discurre por los cauces que impone su minoría ERC deberá «valorar nuestro acuerdo de Gobierno tripartito». Eso es tanto como amenazar con unas elecciones anticipadas; es decir, el chispazo que puede despertar al líder socialista catalán de su sueño biográfico.

ERC es un partido que suma su escasez representativa a su naturaleza secesionista, y eso exige mucha impertinencia amplificadora de su propia voz. No es un asunto de fe, sino de liturgia. Cuando John Ford rodaba Pasión de los fuertes hacía que un sacerdote recorriera cerca de doscientos kilómetros por caminos polvorientos para que los católicos -él lo era como buen irlandés- no perdieran la misa dominical. Lo malo es que, de paso, obligaba a los judíos, protestantes de todas las confesiones y agnósticos en general que trabajaban en su equipo a asistir piadosamente a la ceremonia. Era una forma de afianzamiento de poder equivalente a la que ahora utilizan Carod-Rovira y, por delegación, su número dos y principal ideólogo. Si no le obligan cotidianamente al president a desayunarse con un sapo, ¿cómo sabrá Maragall quién y con qué voluntad le sostiene en el sillón? La «ideología» de los grupos como ERC no es otra que la de hacerse notar y tratar de marcar «su» diferencia, algo muy difícil de explicar, salvo en términos de poder. Podría ser que a Maragall, cercano ya su mutis político, le compense el precio para jubilarse en la Generalitat; pero ¿también al debutante Zapatero?

Terror y democracia
IMANOL ZUBERO El Correo 24 Julio 2005

En teoría, libertad y seguridad se refuerzan mutuamente. Pero si bien es cierto que sin un mínimo de seguridad es imposible, en la práctica, la libertad, la seguridad es, al menos durante un tiempo, compatible con la ausencia de libertad. Pensemos en los regímenes autoritarios y en cómo todos ellos hacen ostentación de la situación de orden público característica de sus sociedades. Además, la libertad supone enfrentarse a determinados riesgos, asumir importantes niveles de incertidumbre. De ahí que, en determinadas coyunturas históricas, las sociedades manifiesten un incontrolable miedo a la libertad, mostrándose dispuestas a reducir los niveles de libertad de sus vidas a cambio de ver incrementados sus niveles de seguridad.

El mundo global, «un mundo sin alrededores, sin márgenes, sin afueras, sin extrarradios» (Innerarity), empieza a experimentarse cada vez más, paradójicamente, como una sociedad sitiada. Como si de defendernos frente a una invasión extraterrestre se tratara, toda la humanidad está hoy convocada para combatir la amenaza del terrorismo global, al que Ulrich Beck llama provocadoramente nuestro «Marte interior». En esta nueva 'guerra de los mundos', el miedo es el mensaje. Y de la mano del miedo las sociedades abiertas se vuelven, de manera acelerada, sociedades blindadas.

En esta tesitura debemos recordar, como hace Michael Ignatieff, que si bien el terrorismo puede hacer daño, en ocasiones mucho daño, a las democracias liberales, nunca ha logrado derrotarlas. Lo que en una situación de amenaza terrorista puede parecer una debilidad (la separación de poderes, la libertad de expresión, el ejercicio de los derechos) es, en realidad, el punto fuerte de las democracias.

El Estado de derecho no corre peligro por las emergencias en sí, sino por la utilización politizada del riesgo para justificar medidas de emergencia que no son realmente necesarias para enfrentarse a las amenazas, advierte Ignatieff; y concluye: «En la lucha contra el terror, el único enemigo que puede derrotar a una democracia es ella misma». Esta debería ser la primera lección a extraer de la experiencia terrorista que han sufrido ciudades como Nueva York, Madrid o, ahora mismo, Londres.

En cualquier caso, ¿cabe pensar en seguridades locales en un mundo global? El 11-S fue el más espectacular ejemplo de que la suerte de la humanidad no se dirime ya en los estrechos márgenes de los estados nación. Sin una visión integral, sin una conciencia de responsabilidad universal, cada vez más viviremos en una situación de riesgo global. Pensar que nuestra seguridad puede construirse al margen del destino del resto de la humanidad no es más que una falacia. La libertad, nuestro bien político más preciado, depende de que todos gocen de seguridad suficiente. En un mundo global, la libertad y seguridad de unos resultan inviables sin las de todos los demás. Esta es la segunda lección que deberíamos aprender.

LA RECUPERACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 24 Julio 2005

Joan Tardá i Coma, portavoz del grupo parlamentario de ERC en el Congreso, lamenta profundamente que nuestra democracia no haya sido alumbrada por una revolución. Tal se desprende al menos de un artículo que ha publicado el miércoles pasado en «La Vanguardia» -«ERC y la memoria histórica»-. Fue preciso pactar en condiciones no democráticas los fundamentos del régimen actual, y eso, según Tardá, ha traído servidumbres intolerables. Pero conviene empezar por el principio: ¿por qué es nefasto que una democracia surja del pacto entre agentes no atenidos aún a las reglas formales del juego democrático?

La pregunta resulta tanto más pertinente cuanto que las reservas del señor Tardá rozan lo ininteligible. En efecto, resulta imposible instaurar una democracia por procedimientos democráticos. Si los procedimientos fueran democráticos, tendríamos ya una democracia, y entonces no sería menester instaurarla. Estaría instaurada «ante factum». Suárez no gozaba de un pasado democrático; ni disfrutaba de él Carrillo; los jóvenes socialistas mantenían con el PSOE histórico una relación accidentada y más simbólica que cuajada en ejecuciones concretas; y por supuesto, la autodisolución voluntaria de las Cortes franquistas no fue acordada por diputados salidos de unas elecciones libres. ¿Qué alternativa quedaba?

La revolución, por ejemplo, era una alternativa. Pero no era una alternativa democrática. Ni siquiera las revoluciones que generan democracias son democráticas, si hemos de entender por «democráticas» las acciones políticas impulsadas por partidos regulares o expuestas al escrutinio de magistrados expertos en derecho constitucional. Antes de que se instale la democracia, no hay democracia. El problema que atormenta a Tardá carece de solución. Está mal planteado, o si se prefiere, no es un problema sino una tontería.

¿Cómo pretende remediar el señor Tardá su no problema? El señor Tardá propugna un gigantesco auto de fe, en cuyo transcurso se quemara a la derecha en efigie. No se llegaría al punto de fusilar a los falangistas provectos que aún siguen con vida, pero sí de ponerlos en su sitio, encasquetándoles el capirote penitencial con que antes se paseaba sobre un burro a los reos de la Inquisición. Lo que vale para los falangistas, vale igualmente, por elevación, para los conservadores, máxime si han incurrido en el pecado horrendo de españolismo.

En el fondo, y hasta en la forma, Tardá estima que ser de derechas es una tara hereditaria. La reflexión es desdichada, precisamente porque toca una fibra sensible. La derecha, ya lo sabemos, fue predemocrática o no democrática antes de ser democrática. Pero se dio la suerte de que se considerara representada por quienes, provenientes o no de las filas franquistas, negociaron la democracia, e inmediatamente después, la Constitución del 78. Afirmar, como hace el señor Tardá, que todo esto fue una estafa, y que es urgente inventarse otra cosa, supone deslegitimar a las muchedumbres que entonces determinaron sumarse al proceso constituyente. E implica, de rebote, deslegitimar al sistema. Un sistema dejará de ser legítimo si la mitad de la población descubre que su inserción en él no es válida o ha tenido lugar por vías que sólo merecen el desprecio de los demás españoles. Vale más no meneallo.

El demócrata Tardá, por cierto, no acepta la Constitución, o si la acepta, no se le nota. No aceptar la Constitución no es lo mismo que considerarla mala. Usted puede pensar que una mala Constitución exige ser reformada, en proporciones tales que la Constitución resultante terminaría pareciéndose poco a la de partida. Pero si usted acepta la Constitución, no hará nada que no esté previsto constitucionalmente, entiéndase bien, que no esté sujeto a normas que para los adversarios son garantías y que aseguran que también ellos tendrán voz y voto en los cambios venideros. Y Tardá se niega a entrar en este juego de caridades recíprocas. Lo que el cuerpo le pide al diputado republicano, es la aniquilación del adversario. El señor Tardá no se siente comprometido por el acuerdo de no agresión que inspiró la redacción de la Carta Magna. Reclama una restitución del pasado, anterior al desenlace de la Guerra Civil. E intima que es necesario invertir de algún modo el desenlace de esa guerra, la cual, al no haber sido ganada por los que deberían haberla ganado, merece ser escenificada de nuevo, aunque alterando el reparto. Tardá llama a esto «la recuperación de la memoria histórica», lema que ha hecho fortuna y al que no siempre se apela con la cautela debida. La memoria, apresurémonos a señalarlo, no se ha perdido nunca. Lo que se había perdido, y bien perdido estaba, es la injerencia oportunista de la memoria en el debate político actual.

Tardá ocupa un cargo de responsabilidad en el partido que cogobierna Cataluña y sostiene a Zapatero en Madrid. No es el mejor de los mundos posibles.

Los pobres yihadistas y sus opulentos inductores
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 24 Julio 2005

BAJO EL titular «Los que han culpado al Reino Unido», el Daily Telegraph publicaba el miércoles pasado una foto del alcalde londinense, Ken Livingstone, al que situaba entre dos clérigos islamistas que el día anterior habían responsabilizado a los ingleses de los atentados londinenses. El dudoso honor de figurar en tan salvaje compañía se lo había ganado Ken el Rojo afirmando que el responsable del islamismo es Occidente. ¡No está mal para el alcalde de una ciudad que ha tenido que enterrar los restos irreconocibles de 56 de sus vecinos!

En realidad, la teoría que hace a las víctimas del terrorismo parcialmente culpables de sufrirlos no es tan nueva como ahora se pretende. Según su última versión, las carnicerías de Nueva York, Londres, Madrid o Sharm El Sheij no serían más que el resultado final de las injusticias que sufren los pobres de este mundo a manos del opulento capitalismo occidental.

Pero ya con anterioridad habíamos tenido que escuchar argumentos similares: por ejemplo, que el terrorismo etarra, aunque brutal, era la expresión última de un conflicto político que debería ser resuelto para acabar con la violencia. Hasta tal punto circuló por doquier esa basura hace quince o veinte años, que incluso las familias de las víctimas llegaron a asumir que alguna culpa debían tener sus muertos en ser asesinados: fue la época ignominiosa en que las viudas de Guardias Civiles y Policías Nacionales lloraban a sus maridos en secreto.

Recuperando ese alucinante pensamiento se nos dice ahora que el islamismo radical es una excrecencia de la injusticia universal y no, como sostienen todos los especialistas que saben del asunto, la manifestación sanguinaria de un fanatismo que nace en realidad en los pozos negros de una lectura dogmática y exaltada del Corán.

Si el nuevo terrorismo que ahora pone en riesgo nuestras vidas fuera consecuencia de la miseria y no del fanatismo religioso, su foco principal no sería el pujante Oriente Próximo sino esa Africa que se desangra víctima de la desnutrición, el sida y la desertización. Y si los yihadistas quisieran castigar a los ricos de este mundo no asesinarían con sus bombas a los niños iraquíes que se arremolinan pidiendo un lapicero o un caramelo.

Aunque todo esto nos parece a muchos evidente, es posible que entender que no somos culpables sino víctimas de esta enloquecida guerra santa les lleve a los partidarios de las responsabilidades compartidas tanto tiempo como les llevó a otros entender que ETA no era el efecto de ningún tipo de injusticia, sino una manifestación de ese fanatismo que, según ya apuntaba hace dos siglos Diderot, acaba casi siempre en la barbarie.

Solo ante el peligro
ROBERTO VELASCO /CATEDRÁTICO DE ECONOMÍA APLICADA EN LA UPV-EHU El Correo 24 Julio 2005

Así es como está, solo ante el peligro, el ministro de Hacienda y vicepresidente económico del Gobierno, Pedro Solbes. Seguro que muchas personas, incluidos los demás ministros y él mismo, negarán su soledad política, pero en este caso las apariencias no engañan porque, como suele decirse coloquialmente, el ministro está más solo que la una en la defensa del rigor financiero y presupuestario. Afortunadamente, los rumores de dimisión parecen haberse disipado hace meses, pero nunca hay que descartarla en un profesional nada dispuesto a hacer ajustes en sus puntos de vista económicos para adaptarse a la línea política basada en el gasto no productivo de algunos compañeros de Gobierno o en las reclamaciones financieras de ciertas comunidades autónomas, capaces por sí solas de provocar la desaparición práctica del Estado, esa vieja aspiración anarquista.

Véanse, por ejemplo, las propuestas financieras del tripartito catalán, apoyadas en cálculos muy discutibles del saldo fiscal que se deriva de las relaciones de esa comunidad autónoma con el Estado, del que se deduce la errónea conclusión de que existe 'un expolio a Cataluña'. La Generalitat no ignora, pero olvida, que no son los territorios sino las personas físicas y jurídicas quienes pagan los impuestos que nutren los esquemas financieros y redistributivos de cualquier Estado moderno; no paga Cataluña, por tanto, sino los catalanes, y pagan al fisco exactamente lo mismo que los andaluces, murcianos o madrileños de iguales ingresos. Para dotar a la Generalitat de los recursos públicos que dice necesitar la economía catalana, el tripartito no ha contemplado hasta ahora utilizar su capacidad de incrementar algunos impuestos, que en este caso sí se recaudarían y quedarían íntegramente en Cataluña; antes bien, proponen un modelo estilo Concierto Económico que saben perfectamente inasumible por una Hacienda central que, descontada la Seguridad Social, sólo administra ya la cuarta parte de los recursos totales del Estado.

La propuesta del Gobierno tripartito, en definitiva, pretende poner límites a la solidaridad de Cataluña con el resto de España y, además, hacerlo de forma bilateral, como si fuera una negociación de Estado a Estado, de igual a igual. Y produce sospecha comprobar que todas las fuerzas vivas catalanas, ¿incluyendo las sindicales! se hayan puesto sin pestañear detrás de la pancarta de un Gobierno que continúa declarándose de izquierdas tras haber llegado a la maravillosa conclusión de que la pérdida relativa de empuje de la economía catalana (especialmente dolorosa, ¿ay!, si se compara con la de una Comunidad de Madrid que, pese a ser mucho más solidaria que Cataluña en materia fiscal y en aportaciones a la caja común de la Seguridad Social, marcha viento en popa) se debe a que son excesivamente solidarios con otras regiones, cuyos habitantes 'sestean porque viven subsidiados' por la diligente Cataluña. Si esta es la explicación que todos comparten ¿para qué van a analizar otras posibles causas del deterioro relativo o preguntarse si lo vienen haciendo maravillosamente bien o sólo muy bien!

Ahora se abrirá, previsiblemente, otro frente de acoso a las arcas públicas que controla el ministro Solbes, el neblinoso frente gallego. El nuevo líder del BNG, que sabe mucho menos de economía que su antecesor, acaba de descubrir a todos los españoles que 'Madrid' tiene una deuda histórica (vivimos en un país curiosamente repleto de derechos históricos, territorios históricos, déficit históricos y agravios históricos, en el que se tergiversa la Historia y se odia a los verdaderos historiadores, es decir, a los historiadores) con Galicia que asciende a la módica cantidad de 21.000 millones de euros. No ha explicado cómo ha llegado a esa cifra, pero que nadie se preocupe porque sesudos calculistas de agravios comparativos aportarán números exactos capaces de excitar la indignación popular contra agresiones reales o supuestas, eso es lo de menos. Keynes escribió que muchos políticos «oyen voces en el aire que destilan su frenesí, inspirados en algún mal escritor académico de años atrás», pero hoy les basta extender la mano para encontrar un rutilante soporte técnico, aunque, como ha señalado el profesor Sevilla Segura, «sigamos ignorando los niveles de prestación de servicios realmente existentes en las distintas comunidades y los costes que comporta su suministro en cada caso».

Otros gobiernos regionales están aparentemente más tranquilos, pero esperan ojo avizor a las 'conquistas' que catalanes y gallegos puedan lograr para añadirse inmediatamente a las listas del 'qué hay de lo mío' y del 'cuánto me toca', sea por la Sanidad, el ferrocarril, el agua o la sequía, que siempre hay donde elegir en una deuda autonómica que alcanzó en marzo de este año su máximo histórico de 54.000 millones de euros, con Cataluña, Madrid y Comunidad Valenciana (por este orden) en los lugares de honor. Muchos son los críticos del 'café para todos' de la transición, pero a ver quien establece ahora, en esta España de las autonomías, medidas discriminatorias para saciar reclamaciones históricas, satisfacer aspiraciones que se pierden en el medievo y lindezas por el estilo.

Pues bien. ¿Ven ustedes a algún otro miembro del Gobierno que salga a frenar públicamente tanto disparate? ¿Y al presidente? Apenas algunas frases con sentido común del ministro para las Administraciones Públicas, las siempre delicadas opiniones del líder socialista extremeño, ciertas tímidas alusiones a la conveniencia de 'decidir juntos' y nada más. Menos mal que está ahí el ministro Solbes, un personaje que, además de aplomo político, capacidad negociadora y cuajo personal puestos de manifiesto en una larga trayectoria, ha demostrado que conoce la enorme trascendencia económica y social del control de las cuentas públicas, que sabe poco nítidos los flujos fiscales internos en una economía abierta como la española y conoce la existencia de otros flujos (comerciales, financieros, poblacionales) que pueden contrarrestar con creces en términos económicos las consecuencias aparentemente negativas de un déficit fiscal. De algunos de estos conocimientos y propósitos pueden dar fe algunos compañeros de Consejo de Ministros que, si me permiten una broma de tipo técnico, se han visto obligados a olvidar que su propensión marginal al gasto es superior a la unidad. Es más, da la impresión de que la credibilidad del Gobierno aumenta cuando Pedro Solbes reprende o reconviene (que va más con su carácter) a algún colega demasiado influido por la idea, desgraciadamente muy extendida, de que 'gobernar es gastar' y muy poco más.

Naturalmente, los descritos no son los únicos problemas a los que este ministro tranquilo se enfrenta. La hasta ahora aceptable marcha de la economía española tiene débiles fundamentos, el sector exterior muestra la galopante pérdida de competitividad de nuestro modelo productivo, la inflación registra tasas poco recomendables y nuestros principales clientes europeos no levantan cabeza. Muchos desafíos y demasiados flancos abiertos a 'tiradores' dispuestos a doblegar a un hombre que está solo ante el peligro... y no es Gary Cooper.

El final del talante
PEDRO ARIAS VEIRA La Voz 24 Julio 2005

EN LUGAR de asumir responsabilidades y dar la cara ante los familiares de las víctimas de Guadalajara, el presidente del gobierno se fue al quinto pino, a China, para romper el bloqueo de la venta de armas a China. La dictadura más perfecta de la tierra se consolidó en 1.989 con la matanza de la plaza de Tiananmen. Den, el referente camaleónico de Felipe González, aplastó entonces la contestación juvenil que soñaba hacer de China una democracia libre a la altura de la lucidez posible en los albores del Siglo XXI. En aquel año caía el Muro de Berlín y arrastraba las dictaduras del Este europeo. Los jóvenes ilustrados de oriente pensaron que su gigantesco país no podía perder, una vez más, el tren de la historia. Que tenían que salir a la calle para anunciar algo nuevo, la democracia real para su pueblo. Pero los tanques aplastaron corazones y cabezas; China se ha hundido en la mentira política, en la explotación semiesclavista de la gran mayoría de sus trabajadores, convirtiéndose en una gigantesca caja negra de blanqueo y negocios inconfesables para los pragmáticos de la tierra.

Zapatero ha ido a vender armas a China, a romper el bloqueo armamentístico occidental acordado por su violación sistemática de los derechos humanos. Curiosa interpretación de la alianza de civilizaciones. Nos estamos convirtiendo en exportadores de armamento a los países más violadores de los derechos humanos. Luego les damos consejos, -previamente pactados- de democratización y talante, en típico ritual para propaganda interna. Estamos asistiendo al ejercicio más hipócrita de la política gubernamental de este país, en una era de inevitable globalización que requeriría una especial voluntad de compromiso y veracidad, interno y externo. Necesitamos estadistas valientes con visión histórica y perspectiva internacional, y en su lugar nos encontramos farsa y esperpento como en los tiempos más tristes de nuestra vieja picaresca. Y según el CIS funciona, porque detrás del talante están los chicos de las alcantarillas con el palo y, cerrando la pinza, los encubridores mediáticos de las cimas, helando las conciencias de un pueblo atemorizado. Además seguimos en prosperidad material, lo que junto a la mediocridad educativa, inyecta analgésicos adicionales al temor a enfrentarse con la verdad.

Lo que está pasando es todo un desafío a la posibilidad de inteligencia libre y eficaz de la ciudadanía. Las bombas que no cesan alimentan el miedo cegador; la inculpación a las democracias más comprometidas con la libertad genera esquizofrenia política y moral; el alineamiento con los fanáticos y dictadores del universo un extraño desasosiego por la deformación de la conciencia. El malestar español seguirá mientras no pongamos punto final al talante, a la política de apariencias que legitiman la cara oculta de la mentira. Hay que vencer el miedo y buscar la verdad. Aunque nos obligue a la dolorosa tarea de tener que defenderla.

La extorsión mafiosa
TEO SANTOS/ERTZAINA El Correo 24 Julio 2005

La extorsión mafiosa es una vieja forma de acumular dinero por parte del crimen organizado. Dinamitar las propiedades de los reacios al pago requerido por la Mafia era habitual en la Sicilia de los sesenta, del siglo anterior. Como antes fue quemar sus posesiones y apalear a las víctimas recalcitrantes. En caso necesario llegaban al asesinato del reacio, que pasaba a ser una 'contingencia' más para la economía del país; sólo relevante para sus familiares y amistades. El Estado no les protegía suficientemente.

Algunos empresarios se enfrentaron a la Mafia mediante el compromiso cívico, cuando anteriormente nadie osaba oponerse públicamente al 'pizzu' (pico del ave, que 'picotea' sus diezmos del trabajo ajeno) El temor a las represalias hacia que los empresarios 'emigrasen', sobre todo a partir de la Mafia 'moderna', organizada por el respetable Don Vito Cascio Ferro, que desde 1915-1918 amplió los 'beneficios' de este tipo de recaudación. Algo que también heredó la Cosa Nostra norteamericana, con sus implacables ajustes para quienes se negaban a la nómina del 'racket'.

El empresario Libero Gras siguió en solitario la lucha contra el chantaje, hasta que fue asesinado el 29 de agosto de 1991, en Palermo, en las cercanías de su casa. Antes sufrió el desprecio de sus 'colegas', que le negaron el saludo, le rehuían y le criticaban cuanto podían su 'afán de notoriedad' y las 'complicaciones' que les originaba. Mejor ceder a la extorsión del clan corleonés de los Madonia y no romper la regla de 'pagar lo debido'. Algo bien distinto ocurrió en la provincia de Mesina, donde el valiente Tano Grasso consiguió un relevante éxito al enfrenarse en Capo d'Orlando, contando con el apoyo mayoritario de los comerciantes locales.

¿Y si cambiamos Grasso por Alcorta, o Gras por Usabiaga?¿Podría Don Vito transformarse en Peixoto? El gabellotti y el jauntxo tienen mucho en común, pero ¿acaso Euskal Herria puede ser una forma de Sicilia continental? Comparaciones desgraciadas, malévolas y exageradas, dirán. Sin embargo el análisis criminológico riguroso no deja lugar a dudas, como una revisión histórica de la estrategia etarra demuestra, contrastada también en la documentación intervenida a la banda. La organización terrorista necesita mucho dinero para sus liberados, adquisición de armamento, movimientos, presos, etcétera. Los gastos se sufragan de diversas formas y la demanda del 'impuesto revolucionario' no es la menor de ellas.

Claro que la Mafia tuvo otras formas de 'recaudación', como el cobro 'a cannila', por el que los enamorados de Palermo tenían que pagar el precio simbólico de una vela, que teóricamente un mafioso sostenía para iluminarlos. También vendió falsas reliquias, como cincuenta rosarios de Bernadette, veinte cotas de malla de Juana de Arco y la vara en la que Moisés se apoyó camino de la Tierra Prometida. Makilas de Sabino todavía no han salido al mercado, pero hablaríamos de rifas jamás sorteadas en algunas herrikos, o curiosísimas campañas de publicidad en los medios del 'sector', realizadas por empresas que nada tienen que esperar de tales 'mercados'. Imaginación para recaudar, siempre el consuelo del mísero: peor son las bombas. ¿o son parte de lo mismo?

El mayor enemigo de las sociedades democráticas
Los atentados en Nueva York, Madrid y Londres dividen aguas. Pero no, como se suele decir, entre civilizaciones o etnias sino entre los valores que hacen que un pueblo viva o no en pleno ejercicio de la libertad y la seguridad.
Fernando Savater. Profesor de filosofía. Universidad Complutense de Madrid. Clarín 24 Julio 2005

En cuanto vuelve a producirse otra matanza terrorista, suena la acostumbrada y retórica cantinela: ¿libertad o seguridad? Como si fueran incompatibles, incluso contradictorias.

Lo cierto es que la dialéctica entre libertad y seguridad proviene de mucho antes que el terrorismo contemporáneo. En realidad, ha solido llamarse "progreso social" al recorte de ciertas libertades particulares a fin de conseguir mayor seguridad de bienes para la mayoría. La enseñanza general obligatoria, por ejemplo, o la no menos obligatoria cotización para la seguridad social, la velocidad máxima permitida en las carreteras, los impuestos y qué sé yo cuántas cosas más que limitan la libertad de elección de bastantes en nombre de lo que se supone mejor para todos, ante la indignación de neoliberales y de libertarios de derechas.

Según el planteamiento digamos "progresista", la seguridad así conseguida permite un uso más eficaz y auténtico de la libertad a quienes de otro modo verían la suya coartada por la incertidumbre o la necesidad.

La seguridad es un ingrediente fundamental de las libertades públicas, lo mismo que sin éstas nadie está realmente seguro frente a las autoridades o entre los demás. Lo importante es que si desaparecen privilegios o se imponen incomodidades, sea de modo proporcionado y sin afectar nunca a las garantías fundamentales sobre las que se asienta la democracia.

Hasta ahora, la amenaza comprobada del terrorismo internacional no ha supuesto en las democracias europeas mutilaciones insoportables de libertades fundamentales, aunque es casi seguro que aumentará restricciones y fastidios de nuestra existencia colectiva en el futuro. Pero debería quedar claro en momentos como los que vivimos que los que ponen en jaque nuestra seguridad y nuestra libertad son los terroristas y no las autoridades que pretenden impedir sus fechorías. Tanto lo ocurrido en Madrid como en Londres indica claramente que ha sido una consideración generosa hasta la negligencia de las libertades de expresión y reunión de ciertos grupúsculos lo que ha facilitado los crímenes que ahora deploramos.

En España, las medidas de Garzón y otros contra radicales islamistas fueron denunciadas antes del 11-M como abusos autoritarios para agradar a Bush; en Inglaterra, desde hace más de diez años se permite que líderes radicales lleven a cabo actividades de proselitismo y exhorten al exterminio de los adversarios.

En su primer discurso tras los crímenes de Londres del 7-J, flanqueado por todos los líderes del G-8, Blair pronunció una frase cuya aparente redundancia me resultó especialmente expresiva: "Nosotros ganaremos; y ellos, no". Algunos habituales de este tipo de alharacas han reprochado al premier británico reincidir en el enfrentamiento entre civilizaciones, monopolizar etnocéntricamente valores universales, etc. Pero a mi juicio dijo algo a la vez obvio, sensato e importante. El "ellos" que utilizó no se refería a los miembros de una etnia o a los fieles de una religión, sino a los terroristas islamistas.

Pero lo que quiso subrayar es que "nosotros", es decir, los ciudadanos de sociedades democráticas, debemos ganar, y que para ello los terroristas no pueden ser ignorados o considerados un fenómeno antropológico, sino que han de ser derrotados. Por supuesto, el terrorismo islamista tendrá sus causas, como todos los aconteceres de este mundo. Algunos pensadores nos han brindado las más profundas: el capitalismo salvaje, la arrogancia de Occidente, la injusticia universal, etc. Me extraña que nadie haya mencionado el Pecado Original, que también tuvo mucho vicio. Por cierto, el nazismo y el estalinismo tampoco carecieron de causas, quizás a fin de cuentas compartieran alguna con el terrorismo actual. En cualquier caso, lo urgente ahora es defendernos de sus ataques y proteger los mejores logros de nuestras sociedades frente a ellos.

Algunos recomiendan que hagamos examen de conciencia, ejercicio siempre beneficioso; pero, en las trágicas circunstancias actuales, se diría que quienes más urgentemente deben practicarlo son los miembros de comunidades islámicas que desean vivir compartiendo esos valores democráticos que por fin deben ser recocidos como universales y no eurocéntricos. Son ellos los más interesados en preguntarse por qué parece que su mayor aportación contemporánea a la modernidad política es Al Qaeda y cómo modificar la mala fama que tal parentesco puede propiciarles.

Sin duda, nuestros países pueden y deben modificar muchos aspectos de su política exterior, luchar contra la miseria y la ignorancia en cualquier parte de nuestro globalizado horizonte, etc. Pero no precisamente para convencer a fanáticos ávidos de poder y venganza, a los que nunca faltarán justificaciones mientras les sobren armas, sino por razones políticamente más nobles.

Porque es precisamente con la política democrática con lo que quiere acabar el terrorismo. Y es tal exterminio el que debemos evitar, desde la cordura de nuestras convicciones pero también desde la firmeza en mantenerlas. Lo más importante intelectualmente hoy no es tanto comprender los motivos de los terroristas, sino los nuestros para resistirlos sin emplear sus propias armas. Tengamos claro por qué es imprescindible que en todo el mundo se abran paso los valores democráticos, y ellos, no.

Copyright Clarín y Fernando Savater, 2005.

Violencia callejera
La 'kale borroka' sacude las calles del País Vasco por tercer día consecutivo
Colocan un artefacto, que fue desactivado, en la sede del PSE de Derio y una bomba simulada en un batzoki de Bilbao
Sabotajes en Amorebieta, Ondarroa y San Sebastián
BILBAO El Correo 24 Julio 2005

La violencia callejera volvió a sacudir las calles de Euskadi por tercera jornada consecutiva tras la muerte en accidente de tráfico en el sur de Francia del presunto etarra Imanol Gómez, que estrelló su coche contra un árbol cuando huía de los gendarmes. La 'kale borroka' se desató el mismo miércoles. Los radicales se cebaron especialmente en territorio vízcaíno durante la noche del jueves al viernes, aunque los sabotajes se extendieron también a Guipúzcoa y continuaron durante la jornada de ayer.

Los violentos atacaron con 'cócteles molotov' cinco sucursales bancarias y el juzgado de paz en Amorebieta, colocaron un artefacto en la sede socialista de Derio que obligó a desalojar a varios vecinos de sus viviendas de madrugada, arrasaron mobiliario urbano en Ondarroa, abandonaron una bomba simulada junto a un batzoki en Bilbao -donde también cruzaron contenedores a plena luz del día- y calcinaron un cajero en San Sebastián.

Los incidentes comenzaron a las 23.15 horas en la localidad vizcaína de Ondarroa, donde desconocidos cortaron varias calles al cruzar e incendiar contenedores de basura. Mientras, otro grupo atacó con artefactos incendiarios una sucursal bancaria del BBVA, situada en la zona de la Alameda. Este episodio causó daños en las persianas de la entidad bancaria y en un cajero automático. Una dotación de bomberos sofocó el incendio, por lo que no fue necesario desalojar a los vecinos del inmueble.

La violencia se reprodujo a la una de la madrugada en Amorebieta, también con acciones perfectamente coordinadas. Radicales atacaron con artefactos incendiarios el juzgado de paz de la localidad, que sufrió daños en los cristales y en la fachada. Después, quemaron contenedores en el casco urbano y arrojaron varios 'cócteles' contra las sucursales de BBK, Banco Guipuzcoano, SCH y Banco Pastor, provocando daños en los cajeros y el ennegrecimiento de fachadas.

Media hora más tarde, un particular alertó a la Ertzaintza de la existencia de un bulto sospechoso junto a la entrada de la Casa del Pueblo de Derio, situada en la calle Gernikako Arbola. Tras acordonar la zona, desalojar las calles adyacentes y evacuar el edificio en cuyos bajos está la sede, los agentes neutralizaron el artefacto. A las 2:45 de la madrugada, los vecinos volvían a sus casas, tras dos horas en la calle.

Desalojo en San Ignacio
Ya por la mañana, en Bilbao, la Policía autónoma tuvo que intervenir para detonar un paquete sospechoso que había sido colocado junto al batzoki del PNV que se encuentra en la calle Islas Canarias, del barrio de San Ignacio. Tras desalojar a los vecinos y clientes de un supermercado cercano y acordonar la zona, los artificieros de la Ertzaintza detonaron la supuesta bomba, comprobando que se trataba de un artefacto simulado consistente en una caja de caudales metida dentro de una caja de cartón.

En San Sebastián se registró otro ataque contra una oficina de la Kutxa situada en el barrio de Gros. Sobre las once de la mañana, personas desconocidas vertieron líquido inflamable sobre el cajero automático y le prendieron fuego. Las llamas lo calcinaron por completo.

A las cinco de la tarde, los encapuchados cortaron el tráfico en la bilbaína calle Juan de Garay, donde cruzaron contenedores y les prendieron fuego. Los bomberos lograron apagar las llamas en pocos minutos y el tráfico rodado se restableció poco después.

Independentistas radicales hacen estallar un artefacto 48 horas antes del Día de Galicia
ANA MARTÍNEZ ABC 24 Julio 2005

SANTIAGO. Un pequeño artefacto explosivo estalló en las inmediaciones de la oficina principal de Caixa Galicia, en la calle Doctor Teixeiro de Santiago, a las 14.45 de ayer. El despliegue de control preventivo permitió acordonar la zona, evitar daños personales y detener casi de inmediato a los presuntos autores materiales, un hombre y una mujer que ya estaban siendo vigilados. La Policía relaciona a los dos sospechosos con grupos radicales que, tradicionalmente, intentan hacer notar su presencia de esta manera en torno al 25 de julio, Día de Galicia. Según las fuerzas de seguridad, se trata de sectores independentistas que apuestan por la violencia política como método de lucha en el marco de un movimiento que se autodenomina «nueva resistencia gallega», con la liberación nacional y social como objetivo.

El sobre bomba que le explotó hace apenas dos semanas a José Manuel Vázquez Pereiro, ex militante de la Asamblea da Mocidade Independentista (AMI), en La Coruña, podría estar relacionado con este proceso. El modo de organización de este heterogéneo grupo es novedoso, al estar alejado tanto de la militancia tradicional como de las estructuras organizativas rígidas. El organigrama está conformado por colectivos o individuos que actúan por cuenta propia compartiendo únicamente los fines de estas acciones, exactamente igual que ocurre, aunque a mayor escala, con Al Qaida.

Pero esta forma de intervención no es nueva, ya que comenzó a articularse en 1995 -con la colocación esporádica de «petardos» en cajeros bancarios, empresas «expoliadoras de recursos energéticos», obras públicas «agresivas», inmobiliarias, sedes de partidos políticos «españolistas» - y resurgió en la catástrofe del «Prestige», con el saboteo de los camiones del Ejército.

Son herederos del Exército Guerrilleiro do Povo Galego Ceibe, grupo terrorista que reclamaba la autodeterminación y que en 1989 asesinó a un guardia civil, entre otros atentados. Sin valorar a sus antecesores, en su web: www.midiaindependente.org/pt/blue/2005/07/323584.shtml, exigen «fustigar a los enemigos».

Los partidos cierran filas
El PSOE restó importancia a esta amenaza e hizo un llamamiento a la «normalidad democrática» y una apelación al diálogo como la única vía legítima para la defensa de ideas y la participación en el debate.

El BNG consideró que «estas expresiones están en las antípodas de la forma de ser de un pueblo gallego pacífico que repugna cualquier clase de agresión contra los derechos humanos». El secretario general del PP, Jesús Palmou, calificó de «descerebrados» a los que intentan «sembrar la inquietud y el malestar en la sociedad, pese a que no tengan significación ni apoyo social». El delegado del Gobierno en Galicia, Manuel Ameijeiras, admitió que «esto no nos ha pillado por sorpresa».

TERRORISMO / Después de Londres, el objetivo ha sido Egipto, un país aárbe y musulmán
Al Qaeda ha iniciado una nueva ofensiva mundial
Agencias Periodista Digital  24 Julio 2005

Sharm el Sheij fue en las primeras horas de la madrugada del sábado escenario de otra matanza terrorista. Es el atentado más sangriento que sufre Egipto desde el de Luxor en 1997 y representa un cañonazo del islamismo más radical contra el presidente Mubarak, aliado de Estados Unidos pero musulmán y árabe. La acción de Al Qaeda hay que inscribirla en el clima de terrorismo y pánico sin fronteras que los islamistas intentan imponer en todo el planeta.

Los atentados de la península del Sinaí han dejado al menos 88 muertos (más de 90 según algunas fuentes) y más de 150 heridos, según fuentes médicas y policiales. Entre las víctimas mortales hay ocho turistas extranjeros, entre los cuales hay dos británicos, dos alemanes, un italiano y un checo, aunque varios cadáveres siguen sin identificar.

Hay tres españoles heridos, dos hombres y una mujer que trabajan en una planta de gas del norte de Egipto propiedad de la empresa Segas (participada por Unión Fenosa). Uno de ellos, Tomás Fraga, fue trasladado a un hospital militar de El Cairo en helicóptero después de las explosiones, aunque fue dado de alta poco después con un fractura en un brazo y diferentes golpes en varias partes del cuerpo. Los otros dos aún permanecen en el hospital de la ciudad turística.

Uno de ellos, el hombre, tenía contusiones en la cabeza y sufrió quemaduras, mientras que la mujer padeció una hemorragia interna y tuvo que ser intervenida quirúrgicamente. La embajada española informó de que la situación de los tres heridos no reviste peligro. Se ha dispuesto una unidad de emergencia consular y varios teléfonos para atender a los familiares (91-379-98-39, 91-379-94-66, 91-379-94-65 y 91-379-94-71).

En dos de los tres atentados, que coincidieron con la fiesta nacional de Egipto, se utilizaron dos camionetas cargadas con explosivos. El primero de ellos ocurrió poco después de la una de la madrugada, hora local, en el mercado antiguo de Sharm. El segundo fue dirigido, pocos minutos más tarde, contra el hotel Ghazala Gardens. Ayer mismo por la tarde, una vez retirados los cadáveres, se inició la demolición del inmueble. Una tercera explosión se produjo unos diez minutos después en un aparcamiento junto al hotel Moevenpickz, en el barrio moderno de la bahía Naama.

En este tercer atentado un hombre arrojó una maleta cargada con explosivos al verse rodeado por un grupo de policías, lo que causó la muerte de 21 de ellos. Según las fuentes, el terrorista no tenía como blanco el aparcamiento, sino varios casinos ubicados a unos 400 metros de éste y frecuentados por turistas.

Fuentes policiales revelaron que desde hace cuatro días tenían informaciones de que "algo iba a ocurrir", por lo que reforzaron la seguridad en Sharm El Sheij y establecieron puestos de control adicionales.

Las autoridades adoptaron medidas de seguridad sin precedentes, especialmente en aeropuertos y puestos fronterizos. Unas 35 personas fueron detenidas.

Los atentados sucedieron un día antes de que se reanude el juicio contra tres egipcios en relación con los ataques de octubre pasado en Taba, en los que murieron 34 personas y que fueron reivindicados por las Brigadas del Mártir Abdula Azam, organización de la red Al Qaeda en Siria y Egipto que también reivindicó el atentado de ayer. Sin embargo, otro grupo, el desconocido Mujahedi Masr (guerreros sagrados) de Egipto, reclamó para sí la autoría e indicó que cinco de sus militantes habían muerto al llevar a cabo siete explosiones en la localidad egipcia. No se ha podido verificar la autenticidad de ninguno de los dos comunicados.

El ministro de Interior egipcio, Habib Al Adely, no excluyó una posible relación entre los atentados de ayer y los de Taba, al tiempo que descartó cualquier relación con los recientes ataques de Londres.

El presidente egipcio, Hosni Mubarak, aseguró ayer que los atentados no llevarán a su país a cambiar su política en favor del desarrollo de Egipto y la estabilidad y la paz de la región de Oriente Medio. "Estamos decididos a luchar para perseguir a los terroristas y eliminar el terrorismo", dijo Mubarak tras visitar los lugares atacados en Sharm El Sheij. No cederemos ante el chantaje de los terroristas y actuaremos con toda nuestra fuerza para erradicarlos y proteger la estabilidad de nuestro país y garantizar un buen futuro para nuestros hijos", añadió.

La organización de los Hermanos Musulmanes, principal fuerza opositora de Egipto, condenó ayer los atentados, "que van contra los valores del islam", pero afirmó que estos actos son "en provecho de los norteamericanos y los sionistas".

Ayer mismo varias compañías de turoperadores f letaron aviones para repatriar a los turistas extranjeros que lo demandaban.

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