AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 31 Julio 2005
¿Qué quieren los terroristas?
Daniel PIPES La Razón 31 Julio 2005

Sin Estatut, de momento
Editorial ABC 31 Julio 2005

Sea usted una nación
ANTONIO BURGOS ABC 31 Julio 2005

Los fantasmas de Stormont
IGNACIO CAMACHO ABC  31 Julio 2005

Italia en el punto de mira
EDITORIAL Libertad Digital  31 Julio 2005

La paradoja del centro
Ignacio Cosidó Libertad Digital 31 Julio 2005

El terror y sus leyes
JAVIER ZARZALEJOS El Correo 31 Julio 2005

TERRORISMOS
LUIS MARTÍ MINGARRO ABC 31 Julio 2005

Nación sólo es la española
PEDRO GONZÁLEZ-TREVIJANO La Voz 31 Julio 2005

Basagoiti cree que el Gobierno ha dado esperanzas a ETA de que puede conseguir algo
Libertad Digital 31 Julio 2005

El miedo regresa a las calles del País Vasco de la mano de la «kale borroka»
M. LUISA G. FRANCO ABC 31 Julio 2005

¿Qué quieren los terroristas?
Un mundo dominado por el Islam
Daniel PIPES La Razón 31 Julio 2005

¿Qué quieren los terroristas? La respuesta debería ser obvia, pero no lo es.

Los terroristas dejaron claro sus deseos hace una generación. Al secuestrar tres aviones de pasajeros en septiembre de 1970, por ejemplo, el Frente Popular para la Liberación de Palestina exigió, con éxito, la liberación de terroristas árabes encarcelados en Gran Bretaña, Suiza y la República Federal de Alemania. Al atacar el cuartel general de la B'nai B'rith y otros dos edificios de Washington D.C. en 1977, un grupo musulmán hanafí exigió la cancelación de una producción cinematográfica, «Mahoma, mensajero de dios», 750 dólares (como reembolso por una multa), la entrega de cinco hombres que habían masacrado a la familia del líder hanafí, más el asesino de Malcolm X. Tales «demandas no negociables» condujeron a dolorosos dramas de rehenes y los dilemas políticos acompañantes. «Nunca negociaremos con los terroristas», declaraban los legisladores, «Entrégueles Hawai, pero traiga a mi marido de vuelta», suplicaban las esposas de los rehenes.

Esos días quedan tan distantes y su terminología tan olvidada que incluso el presidente Bush habla hoy de «demandas no negociables» (en su caso, referentes a la dignidad humana), olvidando los letales orígenes de esta frase.

La mayoría de los atentados terroristas antioccidentales de nuestros días son perpetrados sin que se anuncien demandas. Las bombas explotan, los aviones son secuestrados y estrellados contra edificios, los hoteles se derrumban. Se contabilizan los muertos. Los detectives rastrean las identidades de los autores materiales. Páginas web difusas hacen reivindicaciones post-hoc sin autentificar.

Pero los motivos de la violencia quedan sin explicar. Quedan los analistas, incluyéndome a mí mismo, especulando acerca de los motivos. Éstos pueden relacionarse con agravios personales de los terroristas basados en la pobreza, el prejuicio o la alienación cultural. Alternativamente, la intención de cambiar la política internacional puede verse como motivo: cometer «un Madrid» y hacer que los gobiernos retiren sus tropas de Iraq; convencer a los norteamericanos de abandonar Arabia Saudí; poner fin al apoyo americano a Israel; presionar a Nueva Delhi para que ceda el control de Cachemira entera.

Ninguno de estos motivos habría podido contribuir a la violencia; en palabras del «Daily Telegraph» de Londres, los problemas de Iraq y Afganistán agregaron respectivamente «un guijarro nuevo a la montaña de agravios que los fanáticos militantes han erigido». Pero ni uno ni otro son decisivos a la hora de sacrificar la vida de uno por la causa de matar a otros.
En casi todos los casos, los terroristas yihadistas tienen una ambición patentemente evidente por sí misma: establecer un mundo dominado por los musulmanes, el islam, y la ley islámica, la sharia. O, por citar de nuevo al «Daily Telegraph», «su proyecto real es la expansión del territorio islámico a todo el globo, y el establecimiento de un “califato” mundial fundado sobre la sharia».

Los terroristas declaran abiertamente esta meta. Los islamistas que asesinaron a Anwar el-Sadat en 1981 adornaron sus celdas de detención con banderas proclamando «el califato o la muerte». Una biografía de uno de los pensadores islamistas más influyentes de los últimos tiempos y la influencia sobre Osama Ben Laden, Abdaláh Azzam, afirma que su vida «giró entorno a un único objetivo, de nombre el establecimiento del Mandato de Alá sobre la tierra» y la restauración del califato.
Ben Laden en persona hablaba de garantizar que «el piadoso califato comience desde Afganistán». Su principal representante, Aymán al-Zawahiri, también soñaba con restablecer el califato, dado que entonces, escribió, «la historia dará un nuevo giro, si Alá quiere, en la dirección opuesta al imperio de los Estados Unidos y el gobierno judío del mundo».

Otro líder de Al Qaida, Fazlur Rehmán Khalil, publica una revista que ha afirmado que «a causa de las bondades de la yihad, la cuenta atrás de América ha comenzado. Pronto declarará la derrota», a ser seguida de la creación de un califato.
O, como escribió Mohammed Bouyeri en la nota que adjuntó al cadáver de Theo Van Gogh, el cineasta holandés al que acababa de asesinar, «el islam saldrá victorioso a través de la sangre de los mártires que extienden su luz a cada rincón oscuro de esta tierra».

Llamativamente, el asesino de Van Gogh se vio frustrado por los motivos erróneos que le eran atribuidos, insistiendo en su juicio: «Hice lo que hice debido puramente a mis creencias. Quiero que sepáis que actué por convicción, y que no le quité la vida porque fuera holandés o por que yo sea marroquí y me sintiera insultado».

Aunque los terroristas indican sus motivos yihadistas alta y claramente, occidentales y musulmanes por igual no llegan a escucharlos con demasiada frecuencia. Las organizaciones islámicas, observa el autor canadiense Irshad Manji, fingen que «el islam es un testigo accidental inocente del terrorismo de hoy».

Lo que quieren los terroristas está sobradamente claro. No reconocerlo exige una negación monumental, pero nosotros los occidentales hemos aceptado el desafío.

Sin Estatut, de momento
Editorial ABC 31 Julio 2005

LA votación del proyecto de nuevo estatuto para Cataluña en la sesión de la Comisión parlamentaria ha provocado la anunciada discrepancia entre el PSC y sus socios de Esquerra Republicana. Finalmente, el texto fue aprobado por la mayoría puramente nacionalista, formada por CiU y ERC, quienes impusieron su pacto a favor de incluir una mención expresa de los derechos históricos como fundamento y blindaje de determinadas competencias, especialmente las financieras. Ninguno de los títulos que aparecen en el texto, y mucho menos en capítulos tan fundamentales como las competencias de la Generalitat o la financiación, lograron la mayoría de dos tercios que será necesaria en la votación final en el Pleno prevista para finales de septiembre, por lo que, de continuar la actual relación de fuerzas, el Estatut no sería aprobado. El resultado final, en términos políticos, aparenta una crisis de confianza entre los socios del tripartito, especialmente del PSC hacia ERC, partido al que algunos dirigentes socialistas han calificado de desleal por pactar con CiU. Estas discordias ofrecen muchas posibilidades interpretativas, pero, por el momento, sólo reflejan el interés táctico de cada partido por jugar sus cartas, sabiendo que aún no hay nada irreversible.

Esquerra tiene que seguir mostrándose frente a su público como una formación independentista no domesticada, con afirmaciones de autonomía como la de anteayer para no ser fagocitada por CiU y PSC. Por su parte, los convergentes han aprovechado una buena ocasión para desestabilizar el tripartito y demostrar que existe una mayoría alternativa de carácter nacionalista. Los socialistas, finalmente, no aceptan que se discuta su liderazgo con pactos extragubernamentales de Esquerra y aprovechan la ocasión para jugar un papel de guardián constitucional, que tampoco se corresponde con aquellas partes del proyecto estatutario que apoyan, como la definición nacional de Cataluña o la segregación de un Poder Judicial propio. El voto particular socialista al proyecto de Estatuto plantea objeciones tácticas a la relación de competencias, que juzga demasiado concreta y, a la larga, perjudicial para la expansión competencia de la Generalitat. En cuanto a los derechos históricos, la discusión es más retórica que legal,

Todos, menos el Partido Popular, tienen demasiado capital político comprometido con esta reforma estatutaria, lo que actúa en contra de una crisis de gobierno o de unas elecciones anticipadas. Ninguno encontrará momento más propicio para justificarse políticamente. El coste de frustrar una reforma estatutaria que, en su versión mínima, supera con creces el modelo autonómico vigente y avanza sin tapujos hacia un modelo confederal, es demasiado elevado y disuasorio para cualquiera de las formaciones nacionalistas y, por supuesto, para el PSC. El tiempo que resta hasta que el Pleno del Parlamento catalán vote definitivamente el texto facilita a los socios del tripartito y a CiU un período de calma para recomponer la situación y alcanzar un pacto de intereses, que conviene a todos. En última instancia, incluso los socialistas catalanes preferirán que sea el Gobierno de Madrid el que asuma la responsabilidad de frenar el proyecto estatutario, algo lógico en ese discurso nacionalista tan habituado a justificar sus incapacidades e impotencias en la existencia de un enemigo exterior.

Transfiriendo al Congreso de los Diputados un proyecto inasumible para los intereses nacionales, siempre será Rodríguez Zapatero el que tenga que cargar con la responsabilidad bien de defraudar a los que prometió apoyar el Estatuto que saliera del Parlamento catalán, bien de allanar el camino a un revisión encubierta del modelo de Estado.

En este escenario, la «soledad» del PP cobra otro sentido, porque, tal y como discurren los acontecimientos, la reforma del Estatuto se ha confirmado como una enmienda global a la Constitución de 1978, socialmente innecesaria y fruto de una pretensión revisionista de la izquierda más radical. Más que solos, los populares pueden ser considerados los únicos que han mantenido en este debate una visión netamente constitucional, defendiendo una postura que coincide con la de algunos históricos del socialismo, expresión de que la «vía catalana» tampoco es plato de gusto para una parte de la izquierda española.

Sea usted una nación
Por ANTONIO BURGOS ABC 31 Julio 2005

HOY en día en España, si no eres una nación, no eres nadie. Estás más perdido que el avión Cuatro Vientos. Farruquito no irá a la cárcel por eso, porque es una nación. ¿Nación andaluza, dice? No, más importante: nación gitana. Nación políticamente correcta, con todos sus avíos: con cuarto y mitad de etnia. Un respeto. Pasaron los tiempos de los gitanos que iban por el monte solos, los sentaban en el banquillo de Morena Clara por mangar un jamón e iban a la cárcel. Si eres de la nación egiptana, puedes llevarte todos los jamones y paletillas de Jabugo, de Guijuelo, de Cumbres y de Trevélez, que habrá una jueza de proximidad que te diga que pista, que va el artista, que cómo va a ir a la cárcel un mito de esa nación, una lumbrera refulgente del arte de la danza.

España es una nación de naciones y aviado vas si no perteneces a una de ellas. Lo de la nación vascongada, la nación catalana, la nación galaica y la nación murciana (que está al caer) es lo de menos. Hay muchas otras naciones aparte de las geográficas. Están las naciones étnicas, como la ilustre de Farruquito. O las naciones sexuales, como la nación de los gays. Los homosexuales sí que son una nación y no Cataluña. Zerolo no tiene que retratarse escoltado por dos mafiosos de camisa negra, como Carod, para conseguir lo que quiera. A esa nación sí que no hay quien le tosa. Y nada digo de la nación musulmana. Como los rojos han ganado la guerra civil según la Memoria Histórica, los moros han ganado la Reconquista. Y la guerra del Rif, ni te cuento. Iremos en peregrinación penitencial a la tumba de Abd El Krim cantando el «perdona a tu pueblo». En Annual los moros no mataron nunca a un solo soldadito español. Arturo Barea nunca escribió «La forja de un rebelde». En 1958, en Ifni, no hubo guerra alguna, ni mataron a Rojas Navarrete, alférez de la IPS universitaria, ni masacraron a una compañía de paracaidistas de Alcalá. Loor y gloria de la Historia de España a la nación musulmana, para que Chaves pregone los boquerones de plata del acuerdo pesquero con la UE.

De la nación progre, ni te cuento. Tiene la exclusiva para expedir carnés de demócratas. Da los carnés de demócrata como los obispos antes la bula de la Santa Cruzada. Con bula de progre te ponen de subvenciones hasta las cejas. La ciudadanía es otra nación, en cuyo nombre se cometen todas las locuras y unas poquitas más, teorema nacional: ciudadanos+ciudadanas=ciudadanía.

Nada, nada, hay que hacerse nación. Los problemas económicos, la inseguridad, la inmigración, el paro, el terrorismo, nada de eso es preocupante. Lo urgente es que te reconozcan como nación. Como a RTVE la han hecho corporación, corporación dermoestética para liposuccionar los mondongos de su deuda y que se noten menos las manipulaciones de los Urdacis del PSOE (que los hay a manojitos), aquí hay que hacerse cuanto antes nación si no quieres que te tomen por el pito de un sereno. ¿Cómo? Voy a llamar a información. Tiene que haber un teléfono 900 para apuntarse, donde te digan: «Si quiere proclamarse nación, pulse 1; si quiere que le paguen la deuda histórica, pulse 2; si quiere que su lengua sea declarada cooficial, pulse 3; si quiere la reforma del Estatuto, pulse 4; si quiere mandar a tomar por saco al tonto entusiasta que está rompiendo España con estas claudicaciones, permanezca en silencio, le atenderá uno de nuestros agentes...». Suena la musiquita de espera y al rato la grabación te dice: «En este momento todos nuestros agentes están tomando por saco en nombre del tonto entusiasta, le rogamos vuelva a llamar pasados unos minutos».

Como el pin con que van a señalar en Guecho a los que hablan vascuence, yo aspiro a que todos los españoles podamos lucir desafiantemente en la solapa el escudito del buen rollito de la verdadera igualdad: «Yo también soy una nación, ¿pasa algo?».

Los fantasmas de Stormont
Por IGNACIO CAMACHO ABC  31 Julio 2005

CUANDO estalló en el aparcamiento del estadio de La Peineta la bomba que le sirvió en bandeja a Alberto de Mónaco el descarrilamiento de la candidatura de Madrid 2012, el presidente Zapatero comentó en Singapur a sus allegados que «ésta ha sido la última acción de ETA en España». A veces no es posible discernir si la determinación del jefe del Gobierno español es fruto de una ingenuidad suicida o de un empeño desquiciado. Este fin de semana, justo después de que el IRA irlandés anunciase el abandono de las armas, los terroristas vascos trataron de reventar la Operación Salida de las vacaciones con dos explosivos de baja potencia destinados a testimoniar que su capacidad de hacer daño sigue vigente por muchos comandos que el Ministerio del Interior continúe deteniendo con elogiable eficacia.

El Gobierno está plenamente confiado en que la «violencia contenida» de ETA -eufemismo brillante para encubrir la capacidad terrorista de hacerse presente- viene a ser únicamente un modo de elevar su cotización en una inevitable cuesta abajo que debe conducirle a la rendición negociada, pero a estas alturas quizá sólo el presidente piense que tiene la sartén cogida por el mango. Fiado en esa célebre información confidencial de la que dice disponer -¿tendrá algo que ver Carod-Rovira en esta extraña convicción, como apuntan algunos observadores?-, Zapatero maneja los tiempos con un optimismo que la mayoría de los ciudadanos no comprende, a la espera de un gesto que no se acaba de producir pese al evidente estado de debilidad de una banda infiltrada, controlada y cada vez más exánime, pero dotada aún de armas y capacidad operativa para cometer cualquier desafuero. «No va a haber más muertos», aseguran los arúspices de Moncloa con un optimismo que a duras penas contienen, y que sobrevive a la manifiesta evidencia de que la estrategia gubernamental ha dejado en manos de ETA la clave de las decisiones finales.

«Si seguimos así, cuando se produzca la negociación se van a sentar a un lado de la mesa dos enviados del Gobierno, y al otro dos policías», me aseguraba esta semana un alto cargo del Estado, aludiendo a la progresiva infiltración y vigilancia de unos comandos a los que «el satélite les lee hasta los artículos del Gara». Pero, si esto es así -y probablemente lo es-, la pregunta que muchos españoles se plantean es por qué el Gobierno no continúa apretando las tuercas hasta ese próximo final, en vez de ofrecerle a la banda la salida honrosa de una vía política.

La respuesta quizá esté en la foto de Stormont, el acuerdo de Viernes Santo de 1998 con que el ahora admirado y antes vilipendiado Tony Blair puso las bases de la paz en el Ulster, y que ahora ha cuajado en el abandono de la violencia por parte de los terroristas. Zapatero quiere un final oficial, un acuerdo, una firma, una imagen que ponga fecha y hora a un proceso que de otro modo carecería de epílogo políticamente rentable. Y para ello parece dispuesto a dar marcha atrás a la estrategia que condujo al mismo tiempo al arrinconamiento de Batasuna y a la asfixia de la banda. Y ha decidido -¿otra vez la influencia de Carod?- cambiar la rendición completa, aunque silenciosa, por la devolución de un campo de juego político para el independentismo radical.

Entre la experiencia irlandesa, tan ampliamente jaleada estos días por los partidarios de la negociación, y la vasca existen, sin embargo, engorrosas diferencias. La principal, que Stormont es ante todo el tratado de paz de una guerra civil entre irlandeses, que en Euskadi no se ha producido gracias a la infinita generosidad moral del bando agredido, el de los constitucionalistas. En Irlanda del Norte lo que había es una guerra entre facciones terroristas y entre grupos religiosos, amén de que el IRA busca la integración en Irlanda, no la segregación del Ulster como territorio independiente. Por eso el Tratado del Viernes Santo lo firmaron los gobiernos de Dublín y Londres, y se adhirieron los paramilitares unionistas y el propio IRA. Pero la potestad esencial de su cumplimiento radicaba en el Gobierno británico, que se reservó el derecho de meter y sacar a los presos de la cárcel a conveniencia y de interrumpir incluso la menguada autonomía norirlandesa si, como en efecto ocurrió, los firmantes no respetaban lo acordado. Esos elementos de presión, que Blair ha utilizado sin ambages, no los tiene el Gobierno español, y los que tenía -el Pacto Antiterrorista y la Ley de Partidos- los ha abdicado de un modo tan gratuito como incomprensible.

Por ende, el proceso de paz irlandés se ha efectuado con manifiesto desprecio de las víctimas, a las que nadie ha tenido la deferencia siquiera retórica de pedir perdón, ni de reconocer culpas, ni de ofrecer reparaciones materiales, y ése es un aspecto que en España nadie podría entender, como demostró la manifestación masiva de junio en Madrid. Y el IRA, que acaba de anunciar el abandono de las armas, no manifiesta intenciones de disolverse, ni siquiera para potenciar a ese Sinn Fein en el que los optimistas quieren ver el trasunto de Batasuna olvidando que al menos Gerry Adams, que desde luego no es Otegi, manejaba con soltura los hilos de la lucha armada desde su liderazgo de cuello blanco.

En el modelo irlandés lo que sí existe es una coartada para que ETA pueda encontrar esperanzas de supervivencia: mientras se negocia no hay derrota, y puede administrarse la violencia a través de humillantes treguas selectivas. Un Stormont a la española podría ser un regalo para el presidente Zapatero, pero desde luego lo sería aún más para una ETA referenciada claramente en las mesas de negociación que ella misma ha propuesto crear. Y ni siquiera le haría falta tener que matar; simplemente podría limitarse a esperar y, en la espera, incrementar, como ya lo está haciendo, la estrategia de extorsión callejera y coacción mafiosa -impuesto revolucionario- sobre la sociedad vasca.

ETA no tenía futuro, como admitían sus propios presos en las cartas ampliamente conocidas que acaso hayan servido de base a la estrategia de Zapatero, y ahora puede tenerlo si logra abrir un tragaluz por el que asomarse a la respetabilidad política. Zapatero ha fijado, de algún modo, un precio por la paz, que antes no existía, en la convicción de que será un precio asumible a cambio de su propio éxito. Pero minimiza la importancia del protagonismo que ese precio devolverá a una Batasuna en vías de liquidación por arrinconamiento, y por ende ha situado el poder de decisión en manos de unos terroristas a los que tiene, objetivamente, agarrados por el cuello. En vez de acabar con ellos, pretende relajar la presa para sentarlos a una respetable mesa de negociación, con la obvia condición de que dejen unas armas que, según la ingenua benevolencia oficial, ya no desean usar más que de un modo «contenido» o simbólico. La respuesta la estamos viendo: bombas de intimidación para tratar de hacerse valer, con el riesgo evidente de que en cualquier momento se produzca una tragedia. Es verdad que el Estado aún va ganando esta guerra, pero muchos no acabamos de comprender por qué el Gobierno quiere trocar de hecho una victoria en un armisticio. Y el presidente, tan acostumbrado al autismo de su propia determinación, ha de saber que ya va siendo hora de que lo explique con franqueza. Él debe elegir el momento, pero no puede ignorar por más tiempo la necesidad de esta exigencia política y moral.

director@abc.es

Italia en el punto de mira
EDITORIAL Libertad Digital  31 Julio 2005

Muchos son los motivos que llevan a pensar que el próximo objetivo de los terroristas islámicos puede ser Italia. El pasado día 14, una semana después de los atentados londinenses, el diario Corriere della Sera se hacía eco de la preocupación existente entre los políticos italianos por un atentado a gran escala. La ciudad de Turín albergará, en enero de 2006, las olimpiadas de invierno y, unos meses después, se celebrarán elecciones al parlamento. Dos acontecimientos de semejante calado tan cercanos cronológicamente son un poderoso cebo para Al Qaeda y sus satélites. Y más cuando en España un simple golpe bastó para cambiar el Gobierno y poner a su frente a un político débil, muy del gusto de los radicales islámicos. Ya sea en la capital del Piamonte durante la cita olímpica o en cualquiera de las principales ciudades de Italia durante la campaña electoral, el hecho es que un atentado de grandes proporciones, al estilo de los perpetrados en Madrid y Londres, desestabilizaría seriamente a una de las naciones más importantes de Europa.

Por si los juegos programados para el invierno y los comicios de primavera no fuesen suficientes, Italia se ha alineado sin fisuras con la política antiterrorista auspiciada desde Washington. Desde el 11-S el Gobierno de Silvio Berlusconi no ha escatimado apoyos a George Bush; ni políticos, ni diplomáticos, ni militares. A pesar de que los italianos no se involucraron en Irak tanto como los británicos o los australianos, el Gobierno de Roma apostó fuerte por la democratización de Irak contribuyendo desde el principio en tareas de pacificación, labores humanitarias y servicios de Inteligencia militar. Ha pagado el precio de ver como muchos de sus ciudadanos se ha dejado la vida en Irak. A pesar de ello, el compromiso se ha mantenido. Tanto el presidente Ciampi como el primer ministro Berlusconi no se han dejado intimidar en momento alguno por los matarifes islámicos que llegaron a hacer saltar por los aires un cuartel italiano en Nasiriya en noviembre de 2003.

Con estos antecedentes es lógico que los grupos islamistas hayan situado a Italia como “objetivo primordial” de sus ataques. Un golpe certero sobre Italia que hiciese, además, cambiar el Gobierno, sería un triunfo considerable y un poderoso acicate para que los yihadistas siguiesen adelante y a tumba abierta sembrando el terror por todo Occidente. Los informes del SISMI –agencia de Inteligencia italiana- no presentan lugar a dudas: Italia es el objetivo y los terroristas no van a ahorrar medios para hacérselo saber al mundo entero.

Ante amenaza del tal calibre, el Parlamento italiano ha tomado una serie de medidas preventivas para evitar que lo peor llegue a suceder. Un paquete completo que faculta a policía y Fuerzas Armadas a detener a sospechosos por un periodo de hasta 24 horas, a arrestar a los poseedores de documentos falsos y a expulsar extranjeros por motivos de "orden público”. Como en el caso de la Patriot Act norteamericana, se corre el riesgo de que, en cierto modo, se resientan las libertades civiles, pero antes de verse expuestos a carnicerías como las que ya han padecido Nueva York, Madrid y Londres, los diputados han preferido curarse en salud. Quizá no sirvan de gran cosa y el atentado previsto terminé por cometerse. La guerra que el Islam radical ha declarado a Occidente es tan letal como cobarde. No es, sin embargo, este extremo justificación para que las autoridades se crucen de brazos y dejen que unos terroristas que, no lo olvidemos, viven entre nosotros, actúen con absoluta impunidad. Por de pronto, ya ha sido detenido en Roma uno de los responsables de la matanza de Londres; Osmán Hussain, un británico de origen eritreo que ya había comenzado a reclutar yihadistas en Milán y Brescia. Sirva de ejemplo la desarticulación de esta incipiente célula para convencer a los incrédulos que la labor policial es imprescindible en esta extraña guerra que han declarado en nuestro salón de estar.

Zapatero y sus socios
La paradoja del centro
Ignacio Cosidó Libertad Digital 31 Julio 2005

Rodríguez Zapatero ganó el 14-M por la mínima y en unas condiciones absolutamente excepcionales. Esto demuestra que si había demanda de cambio, esta era muy tenue en la sociedad española. Lo lógico es que Zapatero hubiera asumido esos resultados con humildad y ejerciera una acción de Gobierno pensando no sólo en sus once millones de votantes, sino en los diez que aún en aquellas circunstancias votaron al PP. Un Gobierno dedicado a restañar las heridas que abrió el 11-M y a unir a toda la sociedad en el objetivo común de derrotar al terror.

La realidad ha sido justo la contraria. La aritmética parlamentaria y la propia estrategia del presidente hacen que esté gobernando pensando más en los poco más de medio millón de votos de ERC, que le mantienen en el poder, que en los 21 millones de españoles que suman juntos el PSOE y el PP. La coalición que el presidente ha tejido con los independentistas catalanes y con los radicales de izquierda, a imagen del tripartito en Cataluña, ha desplazado el centro de gravedad de la mayoría parlamentaria hacia la izquierda y hacia el nacionalismo, alejándose del centro político en el que se encuentran la gran mayoría de los españoles. Lejos de pretender cohesionar a la sociedad, el Gobierno sigue haciendo uso del 11-M para tratar de desacreditar y desgastar a la oposición.

El PSOE se ha alejado así del centro en una doble dirección. Por un lado, su dependencia parlamentaria de los independentistas catalanes le obliga a estar permanentemente instalado en los bordes mismos de la Constitución, cuando no a sobrepasarlos, en lo que se refiere a la reforma en curso del modelo de Estado. El Gobierno está asumiendo así postulados ultranacionalsitas, como la negación de la propia Nación española, que están muy lejos del sentir mayoritario de los españoles.

Pero los socialistas han asumido también un discurso radical en muchas de sus reformas sociales, como el matrimonio entre homosexuales, el aborto o la eutanasia. Rodriguez Zapatero es consciente de que en las últimas elecciones recibió el apoyo de un voto marginal de izquierda que es necesario mantener movilizado con este tipo de debates. A falta de un modelo económico alternativo, la izquierda parece empeñada en imponer un modelo de sociedad distinto y enfrentado a los valores tradicionales.

Este alejamiento del centro por parte del Gobierno está provocando necesariamente una creciente crispación y división en la sociedad española. La crispación social se ha puesto de manifiesto el pasado mes de junio en el que millones de españoles se echaron a la calle para protestar contra el dialogo con los terroristas, los ataques a la familia o la destrucción de nuestro patrimonio histórico común. Los medios de comunicación se han polarizado a su vez entre aquellos que critican de forma inmisericorde los errores del Gobierno y aquellos que lo defienden hasta en sus equivocaciones. Los ciudadanos se encuentran así cada vez más divididos entre aquellos que consideramos que este Gobierno nos conduce necesariamente al precipicio y aquellos que consideran que nos elevará al cielo.

La situación política es aún peor, con la destrucción de varios consensos básicos sobre la lucha antiterrorista, la política exterior, la reforma de la Justicia o el propio modelo de Estado, acuerdos sobre los que se había sustentado nuestra convivencia en nuestra reciente historia democrática. Hemos asistido a una estrategia de la destrucción con un Gobierno más empeñado en destruir la herencia de Aznar que en desarrollar sus propios proyectos. El tono del debate político se ha elevado hasta el punto de vivir situaciones de tensión inéditas en nuestras Cámaras.

La radicalización del Gobierno ha tenido a su vez dos efectos sobre la oposición. En primer lugar, ha situado al Partido Popular más a la derecha de lo que realmente está. El problema es que si el centro de gravedad político se mueve hacia la izquierda, el PP parecerá más a la derecha aunque no se mueva. En segundo lugar, las descalificaciones y los insultos permanentes están haciendo mella en parte de su electorado, cansado de tener que aguantar las agresiones, incluyendo el apedreamiento de sus sedes, sin poder dar ningún tipo de respuesta para no ser tildado de radical o antidemócrata.

La paradoja es que situándose los españoles sociológicamente de forma muy mayoritaria en el centro, la dinámica política actual, impulsada por un Gobierno sumamente irresponsable, tienda cada vez más hacia la polarización y una creciente e inquietante radicalidad en nuestra sociedad.

Ignacio Cosidó es senador del PP.

El terror y sus leyes
JAVIER ZARZALEJOS El Correo 31 Julio 2005

Los atentados del 7 de julio en Londres y su reiteración frustrada dos semanas después han vuelto a abrir las compuertas a un flujo grasiento de interpretaciones sobre el sentido y las causas del terrorismo islámico. Ejercicios previsibles de aparente rigor crítico, simulaciones de racionalidad, exhibiciones de esa pretendida superioridad moral con que se adorna la clerecía progresista para guiarnos hacia el conocimiento auténtico de lo que se esconde tras la barbarie en un trayecto que, sin embargo, concluye en un terreno sospechosamente familiar. El de la necesaria distinción entre fines y medios, entre el legítimo grito de protesta y su rechazable expresión violenta, entre el síntoma agresivo y condenable -sobre todo por ser indiscriminado, es decir por no ser debidamente selectivo- y el mal que subyace, un mal del que los terroristas son agentes, sí, pero sólo en la medida en que son también sus víctimas.

El cuadro conceptual -por llamarlo de alguna manera- en el que toda matanza presente o futura queda contextualizada parece haber cuajado de tal manera que los terroristas sólo tienen que poner las bombas. Cualquier comunicado de las Brigadas Abu Hafs al-Masri resulta torpemente redundante comparado con algunas de las soflamas de respetable apariencia académica que menudean en periódicos y tertulias después de cada barbaridad islamista.

Cada nuevo atentado es recibido con la misma distancia con que se observa la verificación de una ley física. Que alguien decida poner fin a su vida tirándose desde una azotea es muy lamentable, pero el resultado letal no es más que el efecto necesario de la ley de la gravedad. Basta con no desafiarla para que cosas tan desagradables no ocurran.

El terrorismo, todos los terrorismos, han buscado siempre imponer su propia ley de la gravedad. Al encuadrar sus crímenes en una relación causa-efecto, el asesinato deja de ser una opción y se convierte en la consecuencia necesaria de una situación dada. Los asesinos no son tales, sino instrumentos del destino cuya única decisión consiste en aceptar la misión que les ha sido encomendada por la patria o por Alá. El terrorismo se examina desde esta aparente objetivación como un fenómeno esterilizado, cuya dinámica supera a sus responsables a los que no es pertinente aplicar categorías de culpabilidad o responsabilidad porque sólo se puede explicar si previamente se despersonaliza. El camino queda convenientemente desbrozado para aislar la causa de la que todo lo demás es consecuencia necesaria. Una causa que invariablemente se presenta como una interpelación moral exculpatoria de la que el terrorismo se convierte en portavoz. Puede ser la pobreza, la injusticia, la agresión, pero también 'la negación de nuestros derechos como pueblo' o ese 'conflicto histórico de naturaleza política' que sigue sin resolverse. Si el conflicto se desarrolla según leyes tan claras y previsibles, la responsabilidad no es de quien se somete a ellas sino de quien las desafía. Por eso se le preguntó a Blair si se sentía responsable de los atentados por la intervención británica en Irak. Con infame naturalidad se liga el razonamiento: si los terroristas han marcado las reglas, el que no se atenga a ellas que cargue con las consecuencias. Si el islam castiga la blasfemia con la muerte, el asesinato de Teo Van Gogh tiene no poco de riesgo personal asumido por la víctima. De la misma manera que ETA responsabilizó a los padres de las niñas asesinadas en las casas-cuartel de la Guardia Civil por empeñarse aquellos en vivir con sus familias en un objetivo declarado de la banda o recuerda con bombas a lo que se expone quien no pague su chantaje.

La fuerza del terrorismo islámico al que hay que enfrentarse no radica sólo en su capacidad destructiva sino en su poder normativo. Su verdadero éxito no son las matanzas que ha causado, sino el código interpretativo que ha establecido. El 11 de septiembre de 2001, no sabemos cuántos - en todo caso demasiados- notaron una satisfacción íntima y obscena al contemplar a la gran potencia herida y aterrorizada. Desde entonces el islamismo terrorista viene suministrando una materia prima de la que se ha destilado el elixir de la nueva juventud para el discurso del antiimperialismo y de la ingeniería social a escala planetaria, para la recuperación tramposa del no alineamiento, para la épica de la rebelión de 'los pobres de la tierra', todo ello, naturalmente, basado en la denuncia de la democracia occidental como una falacia.

Después de los atentados de Londres, Tony Blair cometió la temeridad de apelar a la defensa de «nuestros valores y de nuestro modo de vida». Inmediatamente el coro de guardia de las sensibilidades heridas empezó a recitar su censura al primer ministro británico por apartarse del guión que establece lo que hay que decir en estos casos. El paradigma orwelliano que pretenden imponer prohíbe vincular de ninguna manera el terrorismo con la religión islámica. De hecho, calificarlo de islámico no es apropiado. Es terrorismo 'internacional', sin apellidos. Que maten en nombre de Alá o que se suiciden para alcanzar la condición de mártires no es más que la forma cultural en la que vacían su reacción violenta contra la injusticia y la frustración que sufren. Las referencias a una confrontación de valores son equivocadas y contraproducentes porque ninguna cultura es superior a otra, ninguna civilización puede cometer la arrogancia de querer salir ganando con la comparación. Como nada puede imponerse, ya que se correría el riesgo de incurrir en un peligroso fundamentalismo democrático, la solución es un escrupuloso multiculturalismo basado en el derecho a la diferencia. Si falla lo anterior y se empieza a comprobar el efecto de 'balcanización social' (Gilles Kepel) a la que conduce el culto a la diferencia, entonces el fracaso de la ingeniería multicultural se debe a que las sociedades occidentales la han convertido en un artificio para esconder su racismo, frustrando así las ansias de integración de los musulmanes. Y, por supuesto, Irak y sólo Irak es el acontecimiento fundacional del terrorismo islámico justiciero, de modo que no es pertinente preguntar por el 11-S y sus miles de víctimas en Nueva York, cuando Bush llevaba apenas nueve meses de mandato, los talibanes gobernaban Afganistán y Sadam seguía tomándose a beneficio de inventario la inspecciones de la ONU.

Semejante coro seguirá escoltando cada matanza y se enriquecerá con nuevos argumentos como el que ahora explica lo ocurrido en Londres por la frustración añadida que han sufrido los musulmanes al ver cómo Bush, primero, y Blair, después, han sido reelegidos (Sami Näir) en una nueva demostración de la falsedad de la democracia occidental porque, salvo excepciones, los votos no han coincidido con los deseos de los terroristas.

Habrá que esperar a que nos revelen cuáles eran la frustraciones concretas de los suicidas de Londres y por cuál de los muchos pecados cometidos por Occidente han castigado a los que un jueves de julio viajaban en el metro o en el autobús reventado cerca del Museo Británico. En todo caso -se dice- el problema lo tenemos dentro. Tienen razón. Y no sabemos hasta qué punto.

TERRORISMOS
LUIS MARTÍ MINGARRO DECANO DEL ILUSTRE COLEGIO DE ABOGADOS DE MADRID ABC 31 Julio 2005

11-S; 11-M; 7-J; ahora 21-J; Casablanca; Moscú; Bali, Srbenica, han sido aldabonazos cuya tragedia embarga a las sociedades modernas. El miedo se instala en la conciencia del hombre actual; el fenómeno tiene aires mitológicos monstruosos, indomables, de «fatum».

Terrorismo islamista. En principio, terrorismo. Es decir: violencia, asesinato. Indiscriminación de objetivos y víctimas. Selección cuidadísima del impacto social, de tsunami mediático que hay que crear. Indefensión de las víctimas.

El adjetivo islamista no es otra cosa que el calificativo para una estirpe de autores, un haz de pistas para buscar a los responsables. Pero el crimen es el terrorismo. La prueba es que si uno dice sólo «islamista» no está poniendo por delante ninguna forma nueva de delito, sino una legión de autores, con un soporte teocrático y difuso amalgamado por el fanatismo y manejado desde la oscuridad que proporciona el progreso tecnológico. Terrorismo, con todas sus notas de crimen, victimismo y clandestinidad.

Caemos frecuentemente en pensamientos egoístas, utópicos, lejanos. Pongamos por caso la gastada tentación europea, claudicante, de «dar alguna razón» a los terroristas lejanos. Eso antes, y también ahora, cuando vemos como se «avizoran» razones para matar en fenómenos más cercanos. Y es muy de nuestro tiempo hacer ver que aunque no se deba ser violento, es posible adivinar o compartir, más o menos explícitamente, razones para la violencia terrorista. Hemos visto justificar a los montoneros, a los cheguevaristas, a los rebeldes chechenos o indonesios. Y seguiremos viendo sacar contenedores de cadáveres de niños de las escuelas, de espectadores de los teatros, de viajeros de los trenes ...

Así pues, tenemos que tener claro que no hay lugar en nuestro mundo para la justificación del terrorismo. Ha pasado la hora del «terror revolucionario», en el que Saint-Just dijera que «no hay lugar para la libertad de los enemigos de la libertad». Y también el derecho ha arrumbado las coartadas de lo que fueron el terror blanco, los progroms, los milicos, los gulags, los balcanes, los tiranos, los represores, el holocausto, tantos holocaustos que martillean la dignidad de la vida humana sobre la faz de la tierra.

Las arritmias o asintonías de crecimiento, cultura o bienestar; las exclusiones racistas, sexistas, de religión o de clase; las situaciones dictatoriales y los poderes fácticos y ocultos crean, sí, las condiciones para la violencia, las fronteras de la ira, los puntos de fricción en los que la intolerancia, la incivilidad y la ley del talión terminan por triunfar sobre el derecho.

La mayor derrota del derecho es la que se produce cuando alguien cree que tiene «derecho» a quitar la vida a otro; cuando alguien cree que tiene razón para matar; cuando alguien mata para aterrorizar, cuando la muerte se utiliza como anuncio de otras muertes.

Enfrentémonos al terrorismo como lo que es: un crimen cobarde que hace, que fabrica, cobardes. Un crimen que calla las voces de aquellos a los que mata. Y calla también las voces de los que, aterrorizados, sobreviven.

Pero si queremos de verdad sobrevivir como ciudadanos y como pueblo, ni podemos callar, ni debemos tragarnos las mentiras de los que sin apretar los gatillos ni pulsar los detonadores a distancia, aprovechan sus ensangrentadas ondas explosivas para imponernos el silencio.

Nación sólo es la española
PEDRO GONZÁLEZ-TREVIJANO La Voz 31 Julio 2005

LA CONSTITUCIÓN española de 1978 es, a mi juicio, bien clara respecto a la cuestión de que entidad o entidades políticas son susceptibles de considerarse naciones. Nación sólo es la Nación española. Aquélla que de forma explícita proclama, en el mismísimo Preámbulo de la Constitución, su voluntad de «garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo». Y, sobre ella, precisamente, es desde donde se justifica, política y constitucionalmente, la misma Constitución, al decirse, también de manera expresa y categórica, que «la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española». Ésta, y no otra, u otras, es la que hay que habría que entender pues como la interpretación auténtica de nuestra Carta Magna, al tiempo que se manifiesta asimismo como la hermenéutica lógica y finalista de ambos preceptos constitucionales.

Por el contrario, las denominadas nacionalidades y regiones, de las que también se ocupa el mentado artículo 2 del texto de la Constitución, disfrutan de un generoso reconocimiento, pero se trata de entidades no sólo cuantitativa, que también, sino cualitativamente diferentes a la nación. Sólo la Nación española disfruta de soberanía -asignada, por lo demás, a la totalidad del pueblo español (artículo 1.2 CE)- y se encuentra conformada como un Estado, toda vez que las reseñadas nacionalidades y regiones gozan de autonomía, pero no de soberanía. Por todo ello no creo acertado extender tal denominación -dada la fuerza y el simbolismo de las palabras- a dichas entidades. Y es que, satisfecha tal pretensión, falsamente sólo nominativa, el siguiente paso, será la inexorable reclamación de un derecho de autodeterminación y posterior solicitud de un derecho a transformarse, da su condición de naciones, en Estado propio.

CRITICA LAS ÚLTIMAS DECLARACIONES DEL DIRECTOR DEL CNI
Basagoiti cree que el Gobierno ha dado esperanzas a ETA de que puede conseguir algo
El presidente del PP de Vizcaya, Antonio Basagoiti, ha declarado este domingo en la Cadena COPE que las bombas colocadas por ETA el pasado viernes son una clara señal de que a la banda terrorista se le está dando aire. Además dijo que el Gobierno de Zapatero les ha hecho recuperar la esperanza de que puede conseguir algo. También ha criticado las declaraciones al diario El País del director del Centro Nacional de Inteligencia, Alberto Saiz, en las que anima al diálogo con los terroristas de ETA.
Libertad Digital 31 Julio 2005

En la "La Mañana del domingo", Antonio Basagoiti se ha pronunciado sobre las últimas bombas que ETA colocó el viernes. Para el presidente del PP de Vizcaya, los atentados demuestran de que a los etarras les gusta de que quieran negociar con ellos y eso fue una señal de que había que darles cosas y de que alguien les está dando aire.

Dijo que era "una pena porque habíamos conseguido en los últimos años hacer casi desaparecer a la banda terrorista, no estaban en las calles del País Vasco, no actuaban en las fiestas del verano, no tenía actos de violencia callejera, tenía dos años sin quemar autobuses y todo esto que está pasando, unido a las dos bombas de hace un par de días, tiene mucho que ver con que el Gobierno del partido socialista les ha dado ánimo, les ha dado posibilidades y sobre todo les ha hecho recuperar esperanza de que puede conseguir algo y ese es un gran error".

Sobre las conversaciones del Gobierno con ETA, Basagoiti indicó que "las conexiones entre el PSE con Batasuna son evidentes y creo que es un secreto a voces el que están tratando de una cosa. El resultado de eso también se ve que son las bombas que ponen en las carreteras o las actividad de la violencia callejera los fines de semana. Siempre que se habla con ETA, ETA contesta demostrando su fuerza o queriéndonos decir que está y que puede matar".

También quiso pronunciarse sobre las declaraciones en el diario El País del director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), Alberto Saiz, en las que alienta un diálogo con la banda terrorista. Para Basagoiti, son "unas declaraciones realmente lamentables". Opinó que "es el responsable de inteligencia más desinformado porque debería saber que con ETA se ha intentado dialogar y negociar desde hace más de 25 años. El resultado es que ETA siempre ha puesto encima de la mesa más bombas y más muertos. En España se ha probado lo del IRA, se probó hace tiempo. Incluso en el País Vasco tenemos mucho más competencias, mucho más autonomía que la que tiene en Irlanda. El resultado es que eso no ha servido". Defendió otro tipo de estrategia para acabar con los terroristas:"lo que ha servido contra ETA es la firmeza, la Policía, la Justicia, la ley de partidos. Lo que ha servido ha sido ser duros con la banda terrorista. Que tengamos un responsable del CNI que no sepa cuál ha sido la historia real de ETA, a mi me da verdadera pena. Creo que estamos en manos de gente que no conoce nada lo que es el País Vasco y no conoce lo que es el terrorismo etarra.

Sobre las relaciones de Batasuna con el PCTV
Saiz también dice en la entrevista del diario El País que no cree realmente que haya relación entre PCTV y toda la organización de ETA y Batasuna ya que si la hubiera, no sería legal. Para Basagoiti, "esto desdice no sólo informes de la Guardia Civil que son muy importantes sino también la absoluta evidencia de que son los mismos Batasuna que el PCTV. Hacen la misma política, siguen sin condenar a ETA, ocupan su espacio, dan protagonismo a sus miembros, es decir, el PCTV es lo mismo que Batasuna, es el mismo perro con distinto collar".

Sobre la inactividad del Gobierno y el Fiscal general del Estado sobre dicha conexión, Basagoiti dijo que "este Gobierno está empeñado en darle alas al mundo de Batasuna porque cree que es lo que le va a ayudar en la supuesta negociación. Lo que no se dan cuenta es que siempre Batasuna y ETA se les da la mano y te cogen el brazo entero. Eso les servirá para volver a las instituciones, volver a tener dinero y ayudar en la estrategia terrorista". Para el dirigente popular, todo esto ayudará a que Batasuna se presente en las próximas elecciones municipales de 2007 con total normalidad "porque el Gobierno les va a dejar". Y se pregunta: "A mi me gustaría que el partido socialista contestase si está negociando esas cosas. Todo parece indicar que es así, que van a volver a sentarse en los ayuntamiento del País Vasco. Van a volver a sentarse aquellos que han defendido que maten a concejales del País Vasco".

El máximo responsable popular en Vizcaya cree "es un gran error el de Zapatero querer abrir un diálogo con una banda terrorista que estaba casi acabada, tanto así " que todos sus cargos nombrados por él tienen que salir a su ayuda". Continuó argumentando que "es una pena porque la vida de muchos españoles está en mano de la información que pueda conseguir el CNI. Y si su máximo responsable está en la dinámica de creer todavía que ETA es capaz de negociar y con ETA se puede intentar de que dejan las armas, es absolutamente absurdo. ETA ha demostrado en la historia reciente que cuando se le da una esperanza, sigue matando. La historia ha demostrado que cuando se le cierran las puertas a ETA, al final acaba disminuyendo el terrorismo y es lo que había conseguido el Gobierno de Aznar. Parece que en estos últimos meses hemos retrocedido varios años. En muy poco tiempo hemos dado un gran paso atrás en la lucha contra ETA".

La discriminación en Getxo
Sobre el pin que quiere imponer el ayuntamiento de Getxo a los vascoparlantes, Basagoiti dijo que el PP no se va a quedar en una sola denuncia política. Anunció recursos judiciales y destacó que "no vamos a parar hasta que eso no se lleve adelante porque sería como volver a la época nazi en la que señalaban a los judíos. Creo que estas cosas son las que deberían preocupar al gobierno de Zapatero también. No hemos conocido ni una sola declaración, ni una sola actuación del Gobierno ni del Fiscal con estas decisiones. Yo no sé si esto entra en todo el paquete de la negociación que está haciendo con ETA o con Batasuna pero de estas cosas deberían ocuparse el responsable del CNI y muchas otras personas en vez de estar pensando qué favor le pueden hacer a ETA que seguramente está encantada con estos pins".

El miedo regresa a las calles del País Vasco de la mano de la «kale borroka»
Un concejal socialista y una militante del PP relatan la dura experiencia de ser objetivo de la violencia callejera. La persecución y el acoso tejen en torno a sus vidas una maraña de miedo más cruel, en ocasiones, que una herida de bala
M. LUISA G. FRANCO ABC 31 Julio 2005

BILBAO. La «kale borroka» ha vuelto a extender el miedo en la sociedad vasca que no comparte el ideario nacionalista. Se ceba en quienes tienen la osadía de expresar en público con libertad sus ideas. La presión incluye a las familias y teje en torno a sus vidas una maraña de pavor más cruel, en ocasiones, que una herida de bala.

El concejal socialista de Berango (Vizcaya) Joseba Markaida y una militante del PP convertida en objetivo de la violencia callejera por su relación familiar con cargos públicos de su partido son dos de las cientos de personas que sufren persecución y acoso. El País Vasco es el único rincón de la Europa del siglo XXI en el personas como ellas están condenadas por el entorno etarra a vivir pendientes de que el ruido que provocan los cócteles molotov al chocar contra la fachada de su casa les despierten en mitad de la noche y de que el penetrante olor de sus componentes químicos les rodee durante meses, recordándoles así que quienes les acosan siguen al acecho.

Al hablar con estas dos víctimas de la «kale borroka», que pertenecen a dos entornos sociales completamente diferentes, lo que más llama la atención es la total indefensión en la que se encuentran y la extensión familiar del acoso. La militante del PP que no es cargo público -ni lo ha sido nunca- explica indignada que tras el ataque con siete cócteles molotov a su casa la única respuesta del Estado de Derecho a su situación fue, tanto por parte de la Ertzaintza como de la Policía Nacional, entregar sendas tarjetas con un teléfono para que avisen si vuelve a pasar algo y la indicación de que cerrara siempre las persianas por la noche y no dejara nunca su vehículo en la calle.

«Los chicos de la gasolina»
Esa fue toda la protección y el apoyo que recibió esta mujer, mientras quienes atacaron su casa pasean tranquila e impunemente por el pueblo en el que prácticamente sólo pernocta, ya que, desde el ataque con cócteles molotov a su domicilio, dejó de hacer la compra, de pasear e, incluso, de ir a misa en la localidad. Sale cada día de su casa en coche, a hacer la vida cotidiana en otros pueblos y en la ciudad más cercana y regresa por la noche a dormir al lugar donde cualquier día puede volver a recibir la visita de «los chicos de la gasolina», como les llamaba Xabier Arzalluz.

Esta militante del PP cuenta con bastante sangre fría como el día que sufrió el ataque estaba sola en la casa, sentada en un sofá del salón, y como uno de los siete cócteles molotov prendió en un colchón del dormitorio. Lo que se le ocurrió entonces fue salir corriendo de la casa y vio a los atacantes, cubiertos con pasamontañas.

Cuando ABC contactó con ella, la mujer estaba decidida a que publicáramos su nombre y su fotografía, pero la familia la presionó para que expusiera su situación de forma más discreta, por miedo a que se incrementara el acoso. Aunque esta militante del PP rehuye la vida en su localidad, tiene hijos que tienen que salir a la calle cada día y soportar que les griten «facha» a la cara quienes imponen la ley de la calle «hasta a quienes tienen la obligación de proteger a las víctimas». El hijo de esta militante del PP nos comenta que él ha visto a esa gente amenazar a los ertzainas y policías locales, advirtiéndoles que saben donde viven.

Los cócteles molotov son sólo una parte del acoso, que sigue en todos los casos unas pautas de actuación similares, con dianas pintadas cerca del domicilio familiar con el nombre de la víctima, con insultos, con gente que se cruza de acera para no comprometerse con un saludo.

La vida cotidiana de estas personas incluye la búsqueda de medidas de protección tan rudimentarias como obstáculos cerca de la ventana donde duermen los niños, para que si lanzan cócteles molotov no les alcancen, porque aunque teóricamente los autores de la «kale borroka» tienen como misión intimidar más que causar daños personales, en su historial tienen el asesinato de personas como Maite Torrano, la militante socialista que murió quemada en el ataque a la casa del pueblo de Portugalete, o la desfiguración de la cara del ertzaina que recibió de lleno el impacto de otro de esos artefactos en Algorta.

Familias marcadas
Asunta, la mujer de Joseba Markaida, recuerda especialmente la mañana en la que se montó en su coche y, al arrancar, las ruedas se engancharon en un madero rojo con un clavo que había sido colocado debajo de su vehículo. Su marido tiene claro que el objetivo de esa macabra simulación de bomba era mantener a las víctimas bajo la presión del miedo, ya que lo mismo que forzaron la verja de su jardín y colocaron un madero bajo su coche, podrían haber colocado un artefacto explosivo.

El portavoz del PSE en el municipio de Berango comenta al hilo del recuerdo de su mujer que quienes pusieron aquel tronco eran conscientes de que ese coche sólo lo utilizaba ella y lo que pretendían era intimidar a quien puede que no tuviera miedo por sí mismo, pero sí por su familia.

Asunta guarda también el calcetín deshecho por el ácido de uno de los cuatro ataques con cócteles molotov que ha sufrido su casa. Lo llevaba puesto su hijo y piensa -como quieren los que les acosan- que tal vez algún día los daños no sean sólo materiales.

La intención para la que estos «comandos Y» de ETA -como los describen sentencias judiciales- han sido creados es para intimidar y, por eso, lanzan una y otra vez cócteles molotov contra las mismas casas, para que quienes ven a su vecino acosado sepan lo que les espera si discuten en público el ideario nacionalista.

En ese ambiente hostil, Joseba Markaida sufrió el último ataque al caserío donde vive y que ha reconstruido con sus propias manos el mismo día en el que ETA anunciaba una tregua selectiva que excluía de sus objetivos a los cargos públicos de PSE y PP.

«Presentía que antes de que acabara la «guerra« a mí me tenían que quemar el caserío», nos dice asumiendo su posición en la compleja sociedad vasca, que conoce bien por su familia, ya que cuando se reúne con sus padres, sus hermanos y sus tíos está con gente del PSE, del PP, del PNV y de Batasuna. Es su madre, afín al PNV, la que pone orden en las sobremesas familiares, dejando claro que se puede hablar de todo sin levantar la voz y sin ofender a los demás.

No se encuentra incómodo Joseba Markaida entre quienes comparten ideario con sus acosadores y habla mucho de personas, de amigos de distinta ideología que le apoyan e intentan protegerle.

«Mi familia vive todo esto como algo normal. Ha asumido el riesgo. Nosotros conocemos a las familias de los que nos lanzan los cócteles molotov», nos comenta Markaida tras explicar que antes de presentarae a la reelección como concejal -con los cargos públicos no nacionalistas en la diana de ETA- celebró una «reunión familiar preparativa» en la que entre todos tomaron la decisión de que continuase en la arena política.

Las consecuencias de esa decisión no les pillaron por sorpresa. En cada uno de los ataques lo que le pasó por la cabeza a Markaida fue: «Ya están aquí». «Salí con mi escopeta y disparé al aire. Luego comprobé que hubo suerte y que sólo se había quemado una parte del tejado, la antena y la buganvilla. Podía haber sido peor», comenta resignado.

Compromiso para los amigos
Lo que «quema» a este concejal socialista -que proviene de Euskadiko Eskerra- es «la injusticia y la equidistancia» y relata con resignación la libertad que ha perdido, su baño mañanero en la playa de Azkorri, el paseo al atardecer, las visitas a los amigos -a los que ya no quiere comprometer-, los partidos de frontón.... «Pero aquí no hay nadie que no esté voluntariamente», señala quitando victimismo a su situación, porque también podía haberse «marchado o callado».

Dos grandes perros, un boxer de nombre «Chindor» -que significa «petirrojo en la lengua del Txorrieri», explica Markaida- y un mastín que se llama «Jai» -alegre, en euskera- protegen el caserío con sus ladridos, aunque no pudieran evitar que Asunta viera un día como pasaba por encima de su cabeza una gran piedra mientras tomaba tranquilamente café en el jardín. «Cambio el miedo por dignidad y por justicia», nos dice Joseba Markaida, quien, al contrario que su mujer, no parece tener nada que objetar al hecho de vivir ideando medidas de autoprotección contra quienes él llama «los malos».

Las rutinas de autoprotección
La diana con su nombre que durante años estuvo pintada en el depósito de agua próximo a su domicilio parece que le resultó más molesta que los cócteles molotov, porque antes el acoso iba acompañado de insultos, que ahora no son frecuentes.

Antes de ser concejal, hace siete años, Markaida era un marino al que le gustaba hablar en euskera «por placer». Ahora en su casa se siguen unas rutinas, como que sus hijos tienen prohibido acercarse al buzón de las cartas, o coger el coche que utiliza su padre, por si acaso.

Su tiempo libre también lo tienen marcado. Tienen miedo a poner en evidencia a sus amigos, entre los que hay gente del Partido Popular «con los que compartimos» muchas cosas, según comentan. Pase lo que pase en el futuro, el concejal socialista quiere dejar claro que «las víctimas van a quedar marcadas, porque los sufrimientos no prescriben».

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