AGLI

Recortes de Prensa     Martes 2 Agosto 2005
Socialismo de ida y vuelta
Editorial ABC  2 Agosto 2005

Zapatero debe una explicación a los madrileños
EDITORIAL Libertad Digital 2 Agosto 2005

Maragall o la dislocación política
Valentí Puig ABC 2 Agosto 2005

Extraños en el Paraíso
José García Domínguez Libertad Digital 2 Agosto 2005

Catalanes
Serafín Fanjul Libertad Digital 2 Agosto 2005

¿Qué es España?
M. Martín Ferrand ABC 2 Agosto 2005

La batalla de Madrid
Editorial ABC  2 Agosto 2005

La rumba del Estatut
Carmen Martínez Castro ABC 2 Agosto 2005

¿Una extinción temporal?
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo 2 Agosto 2005

De Adams a Bin Laden
VALENTÍ PUIG El Correo 2 Agosto 2005

Comparaciones peligrosas
EDURNE URIARTE ABC  2 Agosto 2005

Hora de reaccionar
Editorial El Correo 2 Agosto 2005

Con este PNV, no
PILAR CERNUDA ABC 2 Agosto 2005

Lógica irrefutable
JOSEBA ARREGI El Correo  2 Agosto 2005

Los graves incidentes de Algorta disparan la alerta ante las fiestas de las capitales
A. SANTOS / I. SÁNCHEZ DE LUNA/BILBAO / GETXO El Correo 2 Agosto 2005

Socialismo de ida y vuelta
Editorial ABC  2 Agosto 2005

LA habitualidad con la que el PSOE aplica el secreto a sus relaciones con las fuerzas nacionalistas no puede seguir considerándose como un apego a la discreción. Nada extraño hay en celebrar reuniones con otras formaciones políticas, aunque sorprende el hecho de que el socialismo cultive, cada vez con mayor asiduidad, el formato de los encuentros «discretos», salvo que entienda que no procede dar explicaciones difícilmente comprensibles. Si así fuera, entraría en contradicción con la esencia misma del talante, entendido por el presidente del Gobierno como vehículo de expresión y contacto con la sociedad. Esto es lo que ha ocurrido con la reunión que el pasado 21 de julio celebraron dirigentes de máximo nivel del PSOE y del Partido Nacionalista Vasco. La opacidad se justifica como discreción y el silencio sobre lo tratado se encubre en la mera constatación de diferencias. De todas formas, si en dicha reunión se trató la reforma del Estatuto vasco y una mesa de negociación para la normalización política, hay motivos para preocuparse.

El método seguido, además, lleva al fondo del asunto y éste no es otro que el desconcierto que reina en el socialismo español cuando se trata de fijar criterio ante los nacionalismos. Pasado el tiempo de la novedad posterior al 14-M, el mensaje de que lo que importa es el diálogo ya no vende, ni sirve para disipar preocupaciones cuando los resultados se escriben en forma de crisis.

En Cataluña, el fracaso del tripartito empieza a asomar con sombra de elecciones anticipadas y, en todo caso, aunque éstas no se celebren, el prestigio de la «vía catalana» está por los suelos. El diálogo con nacionalistas e independentistas no ha sido especialmente provechoso. Por esto mismo, resulta sorprendente que el PSOE se embarque ahora en aproximaciones al PNV. Según los estrategas socialistas, el acercamiento a los nacionalistas tendría que haberse producido en otras condiciones. El PSOE pensó que el rechazo del Congreso al Plan Ibarretxe amainaría los ímpetus soberanistas y resucitaría el alma autonómica del PNV.

Luego, la concurrencia no impedida de una lista proetarra -el Partido Comunista de las Tierras Vascas- mermaría la representación parlamentaria del PNV hasta obligarle a elegir entre ETA y el PSOE. Finalmente, una reedición de los pactos transversales de 1986 permitiría a Rodríguez Zapatero avanzar en su política de alianzas con el nacionalismo y de aislamiento del Partido Popular. Nada de esto ha sucedido. El PNV ha vuelto a formar gobierno tripartito, con un programa tan soberanista o más que el de la anterior legislatura, con el apoyo del PCTV -que es el apoyo de ETA- y en un Parlamento más radicalizado. En este contexto, el PSOE debería renunciar a la siempre peligrosa «diplomacia privada» y exponer con claridad qué es lo que está en condiciones de pactar con un PNV cuyo presidente, José Jon Imaz, ha pedido sin disimulo un modelo de cosoberanía entre el País Vasco, Francia y España, es decir, un modelo inconstitucional que para el PSOE habría de ser óbice absoluto para entablar relaciones políticas con los nacionalistas vascos.

Da la impresión de que el PSOE está buscando a toda costa una nueva estrategia que le permita mantenerse a flote en el País Vasco y compensar lo que podría ser un fracaso estrepitoso en Cataluña. El problema del PSOE -que es un problema para España- es que no tiene un discurso alternativo a los nacionalismos y sólo puede moverse en los aledaños de las estrategias nacionalistas, buscando hacerse un hueco con versiones «light» de los programas máximos del PNV o de Esquerra Republicana. Su margen de oposición se colma únicamente con cuestiones de procedimiento y de táctica, pero no hay actitudes de fondo que impliquen una defensa inequívoca de la Constitución y del Estado autonómico, plazas fuertes del sistema que el PSOE está dispuesto a negociar. Y si la vista se pone en el terrorismo, la traducción política que ha hecho hasta ahora el Gobierno sobre el ignoto proceso de paz con ETA no alimenta esperanza alguna de que las conversaciones con el PNV estén orientadas a una estrategia de firmeza y derrota de los terroristas, sino a una cotización conjunta del cese de la violencia. El PSOE debe ser autocrítico y comprobar que no puede permitirse la licencia de ser un partido al que todos los radicales y extremistas de este país se acercan porque saben que pueden recibir mucho, sin renunciar a nada y a cambio sólo de un poder precario.

Zapatero debe una explicación a los madrileños
EDITORIAL Libertad Digital 2 Agosto 2005

Desde que José Luis Rodríguez Zapatero llegase al Palacio de la Moncloa en la primavera de 2004, uno de los ejes fundamentales de su política autonómica ha sido marginar a conciencia a la Comunidad de Madrid. A nadie se le escapa que la razón de semejante comportamiento es que la Comunidad que alberga a la capital de España está gobernada por el Partido Popular. Pero no sólo eso, Madrid es el objetivo electoral número uno para el PSOE en los próximos comicios regionales y, a pesar de ser rastrero e intolerable, el Gobierno de la Nación está haciendo todo lo posible para perjudicar a su presidenta con la ilusión de que, en 2007, los madrileños se decanten por el candidato socialista.

Una operación de desgaste tan descarada por parte del Gobierno hacia una autonomía no se había visto en los veinticinco años de Estado Autonómico. Durante las dos legislaturas de Aznar el trato dispensado desde Moncloa a las regiones no gobernadas por el PP no difería en absoluto del que se otorgaba a las autonomías regidas por presidentes populares. Algunas como Cataluña vieron como, incluso, las inversiones del Estado crecieron en esos años. Con el regreso de los socialistas al poder las buenas formas y la simple gestión, que es, a fin de cuentas, lo que los ciudadanos han de exigir a los políticos por encima de banderías de partido, tocaron a su fin. Tras la inesperada victoria del 14-M los estrategas de Zapatero diseñaron una cuidadosa campaña para no dar tregua al PP y, especialmente, para desposeerle de su más preciado capital político: las comunidades de Valencia y Madrid. La derogación del PHN y el recuerdo de los nefastos gobiernos de Joan Lerma han puesto muy cuesta arriba la recuperación de la Comunidad Valenciana. En la capital, sin embargo, los populares gobiernan por un estrecho margen tras la repetición de las elecciones en noviembre de 2003, por lo que para los insaciables hombres de Ferraz Madrid se antoja un bocado relativamente sencillo y muy apetitoso.

Con el objetivo fijado, al Gobierno no le ha quedado más que afinar la puntería. El programa de acoso y derribo es de manual, y si no fuese porque los medios prefieren mirar hacia otro lado y no informar al respecto los madrileños deberían haber salido hace tiempo a la calle a protestar. En apenas unos meses se han paralizado infraestructuras ya previstas, se han congelado las inversiones del Estado y se han utilizado argucias contables de todo pelaje para engordar el déficit de la Comunidad. Por ejemplo, el Eurostat, reclasificó de improviso a la empresa Mintra para que su deuda computase como déficit público imputable a la Comunidad de Madrid. Esto, que en principio parece una bagatela contable, compromete seriamente la ejecución de obras tan necesarias como la ampliación del metro de la capital, que en esta legislatura debería crecer en unos 50 kilómetros. El mes pasado los técnicos del ministerio de Economía dieron otra vuelta de tuerca. Esta vez por la liquidación de impuestos cedidos al Ejecutivo regional. Pedro Solbes, unilateralmente y por el artículo 33, birló a la Comunidad de Madrid 250 millones de euros, cantidad que acto seguido fue destinada a la Junta de Andalucía. No es casualidad que lo que Solbes se niega a entregar a los madrileños coincida con el último recorte fiscal de Esperanza Aguirre. En Ferraz, en Moncloa y en la calle de Alcalá, que para el caso vienen a ser lo mismo, lo han calculado todo al milímetro.

La presidenta de la Comunidad lleva meses clamando en el desierto y soportando la insufrible petulancia de Zapatero. Aguirre ha tenido que esperar más de dos meses para que el presidente del Gobierno se dignase a recibirla. Entretanto, por Moncloa han desfilado varios presidentes autonómicos y un sinfín de paniaguados con los que ZP gusta de regalarse los oídos. La esperada reunión tuvo lugar ayer y no sirvió de gran cosa. Zapatero se limitó a hacer vagas promesas concebidas para los micrófonos de la SER y eludió la cuestión principal, es decir, que el Gobierno está marginando adrede a seis millones de ciudadanos por cuestiones políticas. Los madrileños deben saberlo y demandárselo en cuanto llegue la ocasión. Será en 2007 y Rubalcaba ya se está frotando las manos.

Maragall o la dislocación política
Valentí Puig ABC 2 Agosto 2005

PASQUAL Maragall ha querido añadir una nueva página del catalanismo político pero quizás resulta que firma un parte de desmoronamiento. Toda la crónica de la redacción del nuevo Estatuto de autonomía de Cataluña, sus ambigüedades y sus irresoluciones, implican una carencia monumental de liderazgo. ERC reclama que el 80 por ciento del texto estatutario es suyo, cuando la representación política de Carod de poco pasa los 600.000 votos, de modo y manera que la hegemonía del PSC-PSOE en Cataluña queda notablemente mermada, por no hablar de CiU. Son impresiones del todo aparatosas. Antes del 11-M, eran tres los objetivos de Maragall: ser un presidente mejor que Jordi Pujol, oponerse a un gobierno del PP con un nuevo Estatuto y ser el espejo institucional y estratégico en el que el País Vasco hallase la solución de sus males. Salga o no salga el nuevo Estatuto catalán, Maragall es un sujeto político que se queda al margen del juego real, especialmente si consideramos la posición de entidades políticas como José Montilla y quienes rigen la vertebración autonómica de España desde el PSOE.

En la personalidad política de Pasqual Maragall hay algo del Silvestre Paradox barojiano, con su avutarda disecada a cuestas, con sus proyectos de salvavidas químico, pan reconstituyente, el cepo langostífero y la melino-piróxulo-paradoxita. El «imbroglio» es notorio. Incluso ha aparecido la vieja cuestión de los «derechos históricos», como si fuese cuestión de remontarse a las proto-históricas Bases de Manresa. Quién sabe en qué lugar recóndito resguardamos la voluntad de modernización política de España que Maragall reclamaba para el catalanismo político. Desde luego, Pasqual Maragall no está solo en este fabuloso viaje: le acompañan todos los partidos políticos de la cámara autonómica catalana, desde los pos-comunistas al PP, empeñados en ser parte del «Establishment» institucional catalán para perderse la sintonía con una calle manifiestamente ajena a la idea de un Estatuto que resuelva los problemas de una sociedad prioritariamente inquieta por el derrumbe del barrio del Carmelo y por la noción suspicaz del tres por ciento de la obra pública como peaje civil. Es un conjunto con visos de patetismo compartido, muy intenso, peculiarmente indicativo de lo que no es un oasis ni de lo que debiera ser una ventaja que «mutatis mutandi» sirviera de ejemplo a otras comunidades autonómicas como vía paradigmática.

Tantas idas y venidas lleva ostentando la redacción del nuevo Estatuto de autonomía catalán que la mano presuntamente seducente de Pasqual Maragall ha quedado reducida a la función foránea de un comportamiento político excéntrico y sin poderes. Todo ha concluido en un «imbroglio» espectacular, amortiguado por las presiones propias del tripartito y por su considerable entorno mediático. Así llegan las cosas a La Moncloa, desvirtuadas, despojadas de la intrínseca virtualidad de una opinión pública catalana que vive del todo ajena a esas pretensiones estatutarias y a la idea de Cataluña como nación. Véase el supuesto clamor popular respecto a la idea de los derechos históricos de Cataluña, una estantigua que invoca en este momento la identidad de una Cataluña que en realidad se rige por los modos cotidianos de una juventud adscrita a la «play station».

La impresión más directa es que la iniciativa de Pasqual Maragall carece de anclajes históricos. Estaríamos en el dominio incontrolable de la volubilidad política. Los problemas para Rodríguez Zapatero son mayores de lo que iban a significar las ventajas de tener un Pasqual Maragall en el poder. Entramos en fase de ajustes y recortes. Quién da más, quién acepta menos. Anticipar o no elecciones. Melancólico instante en el que a Silvestre Paradox le leen un dictamen del «Boletín del Ministerio de Fomento»: «Patente número 34.240. Ratonera-Speculum, de Don Silvestre Paradox. Denegada por no revestir la Memoria suficiente claridad».

vpuig@abc.es

Josu Jon Imaz
Extraños en el Paraíso
José García Domínguez Libertad Digital 2 Agosto 2005

Como el Ayuntamiento de Berlín sigue empeñando en negar permiso a Josu Imaz para honrar al fundador con un desfile nocturno de antorchas en Alexander Platz, el aniversario del PNV hubo de celebrarse el domingo igual que de costumbre, en la Sabin Etxea. No obstante, tan emotiva resultó este año la fiesta de los amigos de la raza que Josu no logró contenerse hasta la feria de San Adolfo, que sería lo suyo, y se lanzó a anunciar la buena nueva ante sus parroquianos. De ahí que sepamos hoy que el PNV tiene ya los planos y todo de una nación que va a reunir a los vascos y a las vascas del norte y del sur de los Pirineos, junto a los vascos y las vascas de Navarra, además de los vascos y las vascas de Francia.

Esa idea que se le acaba de ocurrir a Josu, además de novedosa, es de lo más sensata. Sin duda, así se lo reconocerá Chirac cuando se plante en París a explicarle que él y la Eta piensan trocear Francia por la vía de un diálogo amable. Aunque para mí tengo que este chico, Imaz, se deja arrastrar en exceso por la timidez; vaya, que nos ha salido un pelín apocado. Porque habiendo vascos y vascas en todas las ciudades y pueblos del planeta, no se entiende que excluya a la inmensa mayoría del magno proyecto. Y es que la cuestión de quién es vasco y vasca no admite controversia alguna. Telesforo de Aranzadi, el mentor intelectual de la Causa, lo dejó muy clarito en su día:

“El tipo vasco es entre todas las razas humanas el más diferente de los cuadrúpedos. Es decir, la postura de la cabeza y la forma general de la quijada es en el vasco la menos animal de las existentes”.

Pero habría de ser un bilbaíno de la misma época, Aranaz Castellanos, novelista y liberal por más señas, quien fijase el corolario definitivo al descubrimiento del sabio abertzale. Y tal que así postuló una contrastación empírica para el primer enunciado:

“Quitéis las boinas y tocarvos un poco por la parte de arriba. Aplastao tenemos el cerebro igual que un plato, de la costumbre que nuestros antepasados tenían de llevarse piedras grandes de un lao pa otro cuando vivían en las cavernas (…) Toquéisvos también el cocote. Como salido pa fuera tenemos y más desarrollao que los españoles (…) Las narices, también, mucho más largas nos tenemos”.

A la luz de lo que dicta la Ciencia, es evidente, pues, que vascos por los cuatro costados, de pura cepa, como Farruquito, Pepiño Blanco, Los Del Río, Joan Tardà, Moratinos, Samuel Etoo, Carmen Calvo, Puigcercós o el mismo Zetapé, entre varios miles más sólo en España, quedarán fatalmente marginados de la Nueva Icaria de Imaz. Sin embargo, falsos vascos, falaces impostores, como toda la gente que uno se cruza al pasear por San Sebastián cuando el alcalde está de viaje, podrían adherirse impunemente al Edén de las Boinas. En la verbena del año que viene, Josu deberá aclarar ese agravio inadmisible. Si le deja el alcalde de Berlín, claro.

Río Cabe
Catalanes
Serafín Fanjul Libertad Digital 2 Agosto 2005

No comenzaremos pidiendo perdón mediante el subterfugio de recordar las glorias y méritos de Cataluña y sus habitantes, cálidos elogios a la virtud de sus vinos y ditirambos a la lengua de Maragall. Todo eso es bien conocido, como lo es –o más bien, era– el aprecio a la seriedad y el trabajo de los catalanes en épocas pasadas, y por tanto no merece la pena entretenerse en tales ejercicios de coba a una región para, de seguida, poder encajarle alguna crítica. Es decir, para ser, o fingirse, equilibrados y objetivos. Como no partimos de complejo ni deuda ninguna hacia esa parte de España, podemos hablar claro desde los inicios: hay muchos españoles que se sienten –nos sentimos– estafados. Tal vez la culpa fue nuestra, por ingenuos y bien intencionados, por desear, a través de las experiencias personales y el recuerdo de malos tiempos ya idos, que entre los distintos territorios y poblaciones de España hubiera equilibrio, simpatía y hermandad, no porque creamos en aquello tan bonito de “los españoles serán justos y benéficos”, sino por utilidad y lógica y porque nuestra moral de cristianos viejos –seamos o no creyentes– nos impele a buscar la justicia en las relaciones humanas. Parecía justa la recuperación cultural de Cataluña, la descentralización administrativa (ahora en entredicho y con razón: véase el caso de los incendios forestales, la gestión del agua o la sanidad) y el mantenimiento de las ventajas económicas de que venía gozando el principado desde hacía un siglo y medio por ser de interés general. Todo razonable. A veces, las luces de alarma lanzaban destellos preocupantes a la vista del victimismo exhibido a propósito de la represión franquista en Cataluña o Vascongadas, cuando cualquiera medianamente informado sabe que Galicia, Asturias, Cuenca o Granada se llevaron el triste galardón de haber sido las más castigadas. Y sin tanto cuento. Pero se trataba de historias viejas que había que superar.

Hubo sabios en las mayores alturas de la nación que creyeron en la solución de los problemas territoriales mediante concesiones a los separatistas, persuadidos de que así los integrarían, a través del bandullo. Se equivocaron y su error no puede contemplarse con la misma benevolencia aplicable a tanta gente de infantería que, de buena fe, cayó en la misma trampa. La actuación de aquellos sabios –algunos ya fallecidos, otros sin apearse del coche oficial– , la Constitución que alumbraron y los resultados obtenidos en los últimos veintiocho años no son como para tirar cohetes: el separatismo ha crecido de manera dramática en sus dos principales focos y en algún otro donde se reducía a cambiar los topónimos de los indicadores de carretera (¿Recuerdan Rianjo por Rianxo? Aunque ahora los independentistas pata negra vuelven al Rianjo de antes por ser ortografía lusista y, por tanto, menos española, ¡qué maravilla!) ya empieza a constituir una fuerza temible. Hasta los gatos quieren zapatos y si andaluces, catalanes o manchegos esgrimen “derechos históricos” o “deudas históricas”, ¿por qué se van a privar los de Rianxo- Rianjo? Y ahí sale Ángel Quintana reclamando veintiún mil millones de euros : ¿pagaderos a quién? ¿A las cuadrillas con que sueña repoblar los montes gallegos? ¿Por qué no se los dan a mi tía Pura que, amén de monfortina, es muy buena persona y vive en Villagarcía? Ya ven que les doy pistas. ¿Y quiénes los pagarán? ¿Los torvos colonialistas de Cádiz, Badajoz o Teruel? ¿Los explotadores desalmados de Almería y León que mancillan y asoballan nuestra tierra con su sola presencia?

Los unos quieren comerse Navarra, los otros Baleares, Valencia y parte de Aragón. Y quien piense que con tales banquetes territoriales se saciarían, se equivoca de nuevo: con eso satisfarían la barriga pero no el odio. No quieren ni oír hablar de la descapitalización de casi todo el país para fomentar la inversión en sus regiones (sobre todo en el franquismo), el proteccionismo arancelario que sostuvo el avance de catalanes y vascos no les suena de nada, eso es propaganda fascista y nada más . Porque el odio se nutre de mitos, exacerba los factores más bajos del psiquismo humano y no se para ante nada que no sea la aniquilación del odiado, el pisoteo de sus restos y el borrado de su memoria y de cualquier vestigio que permita columbrar su paso por la vida. Las oligarquías locales de Cataluña y Vascongadas han unido al viejo resentimiento contra “Madrid” y a su no menos vetusto egoísmo de no repartir el superávit de su prosperidad, la perspectiva de no necesitar nada de España, sustituyéndola por la Unión Europea. Pero no todo es cuestión de dinero, al menos entre las bases sociales –dicen que hasta un tercio de las poblaciones respectivas– que sustentan la aventura secesionista en las clases medias y medias altas. Y de ahí proclamar el 12 de octubre Día de la Butifarra, alegrarse por el fracaso de la candidatura de Madrid para las Olimpíadas o de cualquier otro batacazo exterior de España, o –ahora, colmo del exotismo– andar enredando con la exigencia de peticiones de perdón e indemnizaciones a los moros por una guerra acaecida hace ochenta años.

Si en La Moncloa hubiera un presidente de gobierno, la última de estos esquerrosrepublicanos sería para soltar la carcajada y a otra cosa, mariposa. Pero hay lo que hay. Y en tal estado la dirección política de la nación, no podemos correr el riesgo de constiparnos, porque la más mínima brizna de aire nos acarrea auténticas pulmonías, neumonías, pleuresías. Añadan lo que gusten y aun se quedan cortos. Así surgen personas bien intencionadas que se esfuerzan recordando la piratería catalana medieval en el Mediterráneo (digo “piratería”, exactamente, y ofrezco bibliografía a interesados), las barrabasadas de los almogávares “contra turcos y griegos” (la famosa y jaleada Venganza Catalana, en los años de mi niñez, por el nacionalismo español), la trata de esclavos practicada por negreros catalanes en el XIX (la culpa, claro, era del gobierno español que lo permitía, no de quienes lo hacían), los pistoleros anarquistas del Noi del Sucre o los de Martínez Anido, los miles de asesinados bajo la inmaculada égida del tan llorado Companys… Traen a colación esas historias no para incomodar a los catalanes, sino para introducir en el ambiente un poco de cordura, de recordatorio de que el pasado es una fuente de disgustos para todos si nos regodeamos arrojándonos historias para no dormir. Y lo mismo se puede responder a los moros que pretenden rebañar unos milloncejos acusándonos de las actuales enfermedades de su gente (al parecer, el calamitoso estado sanitario de Marruecos no tiene nada que ver en el asunto): recuerden los miles de prisioneros asesinados por los rifeños en Monte Arruit de forma espeluznante; no olviden al alférez Herraiz martirizado hasta la muerte por negarse a bombardear las líneas españolas tras ser capturado con su avión; y no pierdan de vista las compensaciones materiales y morales que nos deben por los muchos siglos de piratería en los cuales asolaron las costas de España. ¿De veras nos van a pagar lo que nos deben unos y otros? Yo quiero saber cuál es la cuota-parte –que diría González– que me toca como indemnización por los sufrimientos lejanos de otros españoles.

Obviamente, son ganas de chinchar, de incordiar cuanto más mejor, de reverdecernos la desagradable exhibición de antipatía que hemos vivido alguna vez fuera de España –seguro que no somos los únicos– al oír a alguien hablar más o menos como uno (“¿Es usted español?”, preguntamos con una cierta complicidad amistosa y nos contestan : “No, soy catalán”, con lo cual acabamos maldiciendo a todos los mosenes y todas las sardanas, por injusta que sea la salida). También es obvio que en este pueblo no sobra nadie y todos nos necesitamos y coincidimos mucho más de cuanto placería a los separatistas de cualquier campanario. A los catalanes de paz que –según aseguran quienes conocen bien Cataluña– son mayoría sustancial, corresponde aislar a los otros, neutralizarlos y, sobre todo, dejar de avalar con su silencio la irracionalidad y el odio, porque hay algunos catalanes –demasiados– que se obstinan en conseguir que dejemos de comprar cava. Y muchas cosas más.

¿Qué es España?
M. Martín Ferrand ABC 2 Agosto 2005

ESTÁ prevista, tras las vacaciones, la celebración de la Conferencia de Presidentes de la que tanto nos habló José Luis Rodríguez Zapatero y en la que algunos, los más optimistas, confían para aliviar los escozores que el prurito nacionalista ha implantado en el cuerpo nacional. Antes de la Revolución francesa era común, y hasta frecuente, que dos o más naciones compartieran un mismo territorio. El «vínculo» estatal venía dado por razones idiomáticas, de sangre, o de cultura; pero la gracia revolucionaria, gran impulsora de la modernidad en los dos últimos siglos y pedestal de la dignidad del individuo, fusionó las ideas hasta entonces separadas de Estado y Nación. Los ciudadanos se comprometen entre sí y otorgan su representación, según la voluntad común, a un poder con plazos tasados y con posibilidades de alternancia.

El problema surge cuando algunos pretenden unilateralmente romper el compromiso que les une al grupo nacional y ese es -a falta de otros mayores- nuestro problema del momento; algo que, con distintos y débiles antecedentes históricos, toma cuerpo en los nacionalismos que se sustentan en la Constitución del 78. Zapatero espera atenuar esas tensiones con la Conferencia de Presidentes y, desde luego, mejor es que se celebre. No está probado que hablando se entienda la gente, pero sí está claro que en el silencio no surgen los acuerdos y los pactos.

Juan Carlos Rodríguez Ibarra, el presidente de la Junta de Extremadura, es un político a quien nadie puede negar su espíritu pragmático. Está en los asuntos que inquietan a los ciudadanos y, sin enmascararlos, se enfrenta a ellos por derecho, sin miedo a que terminen revolcándole. Quizás sea esa elemental sinceridad la que le mantiene como presidente «perpetuo» de su tierra, con escasas esperanzas para quienes se suponen su alternativa. Ahora, ante lo que bien puede ser el gran fasto político para el prólogo del otoño, quiere Ibarra que se debata sobre «qué es España». Lo demás, la financiación autonómica y otros asuntos concretos, puede quedar para el trabajo sectorial de los especialistas.

El extremeño, que tiene claro que «sólo hay una Nación», confía en el debate para establecer los límites entre el Estado y las Autonomías de modo que el primero, como tiende a suceder, no se convierta únicamente en las escurriduras de las segundas como pretenden, en el mejor de los casos, los feroces del nacionalismo. «Primero -dice Ibarra- hay que ver qué es España y lo que puede ser Autonomía». No es un mal proyecto de trabajo si no se arranca de la descarada necesidad de resquebrajar las bases del Estado, como ocurre con los partidos del nacionalismo monocorde obligados, para poder afianzar su naturaleza y proyectar su máxima ambición, a decir y hacer como los caciques de hace un siglo.

La batalla de Madrid
Editorial ABC  2 Agosto 2005

LA reunión que ayer mantuvieron en el Palacio de la Moncloa el presidente del Gobierno y la presidenta de la Comunidad de Madrid permitió visualizar el desencuentro que existe entre el Ejecutivo socialista y autonómico, consecuencia, en buena parte, de una encarnizada batalla política en la que Madrid, joya de la corona del PP y codiciado objeto de deseo del PSOE, se ha convertido en escenario de una agria pugna de intereses cruzados. A nadie se le oculta que uno de los objetivos preferentes del Gobierno de Rodríguez Zapatero es la conquista de Madrid, lo que le permitiría liberarse de la presión política que ejerce una Comunidad que se ha convertido en estandarte y ariete del Partido Popular en su estrategia de oposición. Madrid, hoy por hoy, no sólo es para el PP un símbolo de resistencia, sino el instrumento clave para intentar recuperar el Gobierno de la nación. Pero en esta guerra, el Ejecutivo socialista se está excediendo en los medios y procedimientos empleados, porque, con las cifras en la mano, está cargando sobre los hombros de los madrileños los costes del enfrentamiento. Dicho de otro modo, las armas políticas que el Ejecutivo emplea contra el Gobierno regional de Esperanza Aguirre las sufren, a título individual, todos y cada uno de los contribuyentes de Madrid. No sólo se han reducido un 25 por ciento las inversiones del Estado en la Comunidad (825 millones de euros menos que en 2004), sino que casos como el de la reclasificación de Mintra -el Gobierno socialista adujo, sin muchos argumentos, motivos económicos para tratar de justificar una decisión política- han rebajado la capacidad financiera de la región en 6.500 millones de euros. Otras decisiones, como la reciente reducción de 236 millones de euros en la liquidación de impuestos, o el traslado de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones a Barcelona, son reveladoras del agravio comparativo que está sufriendo Madrid, víctima de un ajuste de cuentas que no se explica con los argumentos ofrecidos por el Ejecutivo.

La estrategia puede provocar un peligroso efecto bumerán para el PSOE, en la medida que los madrileños perciban que se han convertido en rehenes de una batalla política; los efectos colaterales de la refriega son impredecibles, porque el fuego graneado y sus derivadas transversales contribuyen también a reforzar o diluir liderazgos, en el PP y en el PSOE, en un escenario político abierto y complejo. Pero más allá de la lucha partidista, Madrid y los madrileños merecen un trato distinto al que están recibiendo del Gobierno.

La rumba del Estatut
Carmen Martínez Castro ABC 2 Agosto 2005

CON los políticos catalanes me pasa lo mismo que con el aprendizaje de idiomas: me pillan muy mayor. Con los años se pierden cintura, neuronas y entusiasmo, elementos tan imprescindibles para explorar los vericuetos de una lengua ajena como para entender la política catalana desde el advenimiento del Honorable Maragall. Con Pujol se podía estar de acuerdo o no -la mayoría de las veces no-, pero era inteligible; manejaba su indiscutible nacionalismo como se pueden manejar las cuentas de un colmado: tanto ingreso por aquí, tanto gasto por allá; en épocas de escasez parlamentaria en Madrid subía los precios y remozaba un negocio que nunca dejó de prosperar. Pero los herederos de Pujol no están en la cuenta de la vieja, sino en la pura ingeniería financiera, y seguirles en esa deriva autista resulta extenuante.

La prueba del endemoniado «sudoku» en el que han convertido la política catalana, Maragall, Carod, Mas y Zapatero, son las últimas declaraciones de Manuela de Madre a este periódico. Comprobar como la proverbial llaneza de la ex alcaldesa de Santa Coloma ha sucumbido víctima de la palabrería estatutaria resulta tan desalentador como fatigoso sortear sus acrobacias conceptuales destinadas al batacazo lógico: los derechos históricos que reclaman ERC y CiU serían inconstitucionales, pero no así el concepto de nación catalana que propone el PSC a pesar de que «no es un partido nacionalista». ¡Triple mortal con tirabuzón! Así está la política en Cataluña y, por extensión en España: girando en el aire y reñida con cualquier atisbo de racionalidad.

Los más optimistas creen que el fracaso del Estatuto es definitivo, que Maragall ha perdido su personalísima apuesta política y que la disolución del Parlament es inevitable ante la deslealtad de ERC. Unas nuevas elecciones vendrían a poner las cosas en su sitio. La previsión es lógica, pero hemos de convenir que los optimistas no se caracterizan últimamente por el éxito en sus pronósticos: son los mismos que hace meses decretaron el final de la carrera política de Carod-Rovira, curiosamente desde entonces el personaje, supuestamente amortizado y prescindible, no ha dejado de crecer, tanto que hasta se ha permitido el lujo de hacerle una sonora pedorreta a la oferta de Maragall para volver al Gobierno.

Puesto que la lógica no resulta de mucha utilidad, tal vez sea aconsejable recurrir a la experiencia y ésta nos dice que difícilmente el nacionalismo pierde terreno conquistado. ERC, CIU y buena parte del PSC no dejarán pasar esta oportunidad de pegar un nuevo tirón soberanista. Así que, por más que lo diga Iceta, no acabo de ver al Estatut en la UCI; serán las consecuencias del verano, pero no se me va de la cabeza la rumba de Peret: «Y no estaba muerto, no, no, que estaba tomando cañas».

¿Una extinción temporal?
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo 2 Agosto 2005

El PSOE y el PSE mantuvieron el pasado 21 de julio con el PNV una reunión en la cumbre, dicho sea sin exagerar. El resultado de la misma, según se desprende de las palabras del secretario de los socialistas vizcaínos y portavoz parlamentario del PSE, produce la impresión de que las dos partes acudieron a la mesa con agendas distintas: los socialistas, para tratar de que los nacionalistas se apeen del plan Ibarretxe y éstos, con la intención de convencer a sus interlocutores de que acepten la mesa de partidos con la inclusión de Batasuna propuesta por Ibarretxe.

Ninguno de los dos consiguió completamente sus propósitos, aunque sentaron las bases para un nuevo encuentro en septiembre y eso siempre está bien en sí mismo. El portavoz socialista ha explicado en términos aparentemente tajantes su rechazo a la mesa del lehendakari: «con Batasuna no se ha mantenido ningún contacto ni se va a mantener porque tendría que condenar la violencia. Los contactos se establecerán cuando corresponda y ellos hagan sus deberes».

Hay un problema. Batasuna, al igual que sus heterónimas Herri Batasuna y Euskal Herritarrok, fue declarada ilegal y disuelta mediante sentencia del Tribunal Supremo del 27 de marzo de 2003, por haber definido una estrategia «conforme a los mandatos de la banda terrorista ETA». El alto tribunal ordenó en el mismo auto la cancelación de sus respectivas inscripciones en el Registro de Partidos Políticos, el cese inmediato de sus actividades a partir de la notificación de la sentencia y la apertura de un proceso de liquidación patrimonial de dichos partidos. Es decir, que Batasuna es una persona jurídica inexistente según el Tribunal Supremo, con el que coincidió la opinión del presidente del Gobierno al referirse a dicha organización como «la extinta Batasuna» , en un alarde de infrecuente precisión terminológica ('El País', 24 de abril de 2005).

No se puede confundir la sentencia del Supremo con la suspensión cautelar de actividades que había establecido el juez Garzón el 26 de agosto de 2002, que sí era temporal, ni con el carné por puntos, que una vez perdido, nos será devuelto si volvemos a examinarnos. Batasuna es definitivamente ilegal y si bien sus dirigentes y militantes que no tengan suspendidos sus derechos podrían volver a la actividad política, no sería en Batasuna, ni en Herri Batasuna, ni en Euskal Herritarrok, sino en otro partido que no fuera su heredero, ni tuviera con ETA la misma relación que el Tribunal Supremo encuentra en los tres citados.

Hay una paradoja insalvable en la afirmación del portavoz socialista: no se podrán establecer contactos con la extinta Batasuna, salvo que al Gobierno le esté permitido ignorar las sentencias del Tribunal Supremo. O a través de la 'ouija', naturalmente.

De Adams a Bin Laden
VALENTÍ PUIG El Correo 2 Agosto 2005

La beatificación de Gerry Adams se ha consumado y más todavía en gran parte del mundo mediático español que siempre le ha agasajado como si fuera el gran pacificador. Es una exótica prima para un partido -Sinn Fein- que ha sido el brazo político de la banda terrorista IRA. Adams es un terrorista metido a político, aunque siempre se le hayan visto los colmillos, como ocurre con los carnívoros que pretenden pasar por vegetarianos. Es tan hondo nuestro deseo de que haya paz en el País Vasco que cualquier símil exterior nos induce a una forma siempre truncada de esperanza. En esta ocasión, aplaudimos el anuncio de asunción de modos democráticos y no violentos por parte del IRA como si no fueran esos los modos de la mayoría de quienes cayeron asesinados por sus pistoleros: el propio Gerry Adams empuñó la pistola en más de una ocasión. Es el síndrome de Estocolmo. Sea Herri Batasuna o el Partido Comunista de las Tierras Vascas, proponerse solucionar los conflictos con la urna en una mano y la metralleta en la otra es todo lo contrario de lo que significa ser libre entre gentes libres.

Lo cierto es que los Acuerdos de Viernes Santo y el reparto del poder autonómico en Ulster han beneficiado políticamente a Sinn Fein: no en vano es ahora mismo el partido nacionalista con más apoyo electoral, habiendo logrado el hundimiento del SDLP -nacionalista moderado- de John Hume, el descalabro de los unionistas más centrados y el auge del unionismo radical que encabeza el reverendo Ian Paisley. Los unionistas continúan queriendo que Irlanda del Norte sea -como es- parte de Reino Unido y los nacionalistas pretenden la reunificación de la isla. La demografía va favoreciendo a la comunidad católica para el caso de un futuro referéndum, pero los estados de opinión pueden ir cambiando y las formas de cooperación norte-sur quizás logren un 'estatus quo' que el terrorismo nunca pudo imponer. Sea siempre bienvenida la paz, pero en Irlanda del Norte cabe la sospecha de que Sinn Fein salió absurdamente ventajoso precisamente por el afán de todos -menos ellos, IRA y Sinn Fein- de lograr la mejor convivencia posible.

Para Londres ésa es una buena noticia, por anunciada que estuviera. Ahora la guerra está en otro frente: resulta que un 6% de los musulmanes británicos -es decir, unas 100.000 personas- consideran que el atentado terrorista del 7 de julio en Londres está justificado. Donde antes atacaba el IRA, ahora mata el terrorismo islamista. Mientras tanto, Bin Laden sigue siendo el anciano de la cueva, el símbolo de una impugnación radical de Occidente. Según Ahmed Rashid, Pakistán continúa siendo el centro global del terrorismo y de Al-Qaida. No pocos lectores recordarán los libros de Ahmed Rashid sobre la 'yihad' y los talibanes, muy vendidos en España con posterioridad al 11-S. En su mayor parte, los autores del atentado de Londres tienen ciudadanía británica pero todos pasaron temporadas en las madrasas de Pakistán. Ése es un país siempre a punto de estallar, minado por conexiones subterráneas entre el fundamentalismo islamista y el poder militar. Para Ahmed Rashid, es del todo probable que Bin Laden esté en Pakistán, moviéndose por toda la zona por huir de los servicios de inteligencia norteamericanos, en el intento de hurtar el cuerpo a un espionaje por satélite que puede identificar un libro sobre una mesa. Bin Laden -según esta versión- está en Pakistán porque allí existe la mejor infraestructura para Al-Qaida, aunque carece de la capacidad de dirigir operaciones al detalle. Se sospecha que el Ejército paquistaní no está esforzándose excesivamente en buscarle porque, de capturar a Bin Laden, la ayuda norteamericana cesaría. Ése es un dato poco favorable a los apóstoles de una alianza de civilizaciones.

Por su parte, los norteamericanos -según 'Fox News'- han detectado comunicaciones entre Bin Laden y su lugarteniente, Musab Al-Zarqawi. Bin Laden pretende intensificar los ataques de Al- Qaida contra Estados Unidos. Siendo el terrorismo el método en común, los objetivos del IRA y de Al-Qaida ahí difieren. Gerry Adams puso la pistola en el pecho del Reino Unido para solventar por el terror el irresoluble irredentismo irlandés; Bin Laden ahora ni tan siquiera enuncia reivindicaciones, no tiene objetivos concretos, salvo la aniquilación de Occidente. Comparten, eso sí, las insondables energías del odio.

Comparaciones peligrosas
EDURNE URIARTE ABC  2 Agosto 2005

Los datos indican que es falsa la equivalencia entre el IRA y ETA y que el modelo irlandés tiene escasa utilidad para la lucha antiterrorista española. Pero conviene añadir algo casi tan importante como la realidad que es el notable éxito de la equiparación manipulada que han hecho los nacionalistas vascos y la propia ETA. Porque esa equiparación ha sido implícitamente aceptada por los que alientan el posible proceso de negociación Gobierno-ETA, sin entender que nuestro Stormont particular sólo podría basarse en unos logros de ETA mucho mayores que los del IRA y probablemente insostenibles para nuestra democracia.

La principal similitud inventada es la de los dos terrorismos y las dos comunidades enfrentadas. En Irlanda del Norte, ambas cosas son ciertas. El IRA ha sido el más sanguinario de los grupos terroristas, pero sus asesinatos no llegan al 60 por cien del total. Y esto es clave, porque la ilegitimidad de la negociación en el caso vasco se sustenta precisamente en la inexistencia de dos grupos enfrentados, de una guerra o de un conflicto entre partes como sí ha existido allí. Pero he aquí que ETA y los nacionalistas vascos han conseguido su más perverso éxito propagandístico en la extensión de la idea de esos dos terrorismos y comunidades; de un lado, ETA-IRA y los nacionalistas-católicos discriminados, y, de otro, el constitucionalismo pacífico-terrorismo unionista y los españoles-protestantes privilegiados. La equiparación de los factores históricos es menos grave moralmente pero igual de grosera intelectualmente y útil para la legitimación del terrorismo etarra. Hay muchos europeos, vascos incluidos, convencidos de la existencia de una vieja nación vasca que se enfrentó históricamente a la española como si de Irlanda e Inglaterra se hubiera tratado.

Pero, además, algunos animan al gobierno español con el supuesto reto de los Acuerdos de Viernes Santo, una comparación falsa y peligrosa, al mismo tiempo. Falsa, porque la descentralización otorgada a Irlanda del Norte ni siquiera es equiparable al sistema autonómico español desarrollado hace 25. Y peligrosa, porque el gobierno británico ha reconocido un principio de autodeterminación que, aunque de difícil aplicación y muy alejado del exigido por el IRA, es un principio de autodeterminación, posible en el marco histórico anglo-irlandés, imposible en la única realidad histórica de la nación española.

El éxito propagandístico de ETA se completa con su eficacia, en este caso parecida a la del IRA, en el control del concepto de paz. Rogelio Alonso, experto en terrorismo irlandés, citaba hace tiempo la demoledora descripción del concepto de paz del Sinn Fein que hiciera Garret FitzGerald, antiguo primer ministro irlandés: «Su sistema de propaganda está bien enfocado. Se presentan como el partido de la paz. Si asesinas a bastante gente y luego paras, te conviertes en el partido de la paz». En eso sí nos parecemos.

Hora de reaccionar
Editorial El Correo 2 Agosto 2005

El ataque organizado que un numeroso grupo de vándalos llevó a cabo la madrugada de ayer contra una decena de establecimientos comerciales en el barrio de Algorta, en la localidad vizcaína de Getxo, devuelve a los ciudadanos vascos imágenes que creían felizmente desterradas: las de locales en llamas y vecinos aterrorizados forzados a abandonar precipitadamente sus casas en medio de la noche. Y les lleva a preguntarse si el rebrote de la violencia callejera registrado en las últimas semanas en municipios de los tres territorios no hacía previsible un suceso de este tipo en un lugar como Getxo, con un desgraciado historial de 'kale borroka' ligado, en varias ocasiones anteriores, a la celebración de las fiestas populares.

La firmeza democrática de la sociedad, en forma de actuaciones policiales y judiciales, había conseguido reducir a lo anecdótico el peligro para la vida y los daños económicos que representa la violencia callejera organizada. Ahora, la sucesión cada vez más frecuente de ataques contra sedes de partidos, vehículos, oficinas de Correos o entidades bancarias recuerda la necesidad de mantener la unidad de las fuerzas democráticas en la condena de estos actos, pero sobre todo apela a los poderes públicos a actuar con el máximo de diligencia en la persecución de estos hechos y en la puesta a disposición de la Justicia de sus autores. Y, en la medida de lo posible, exige a los responsables políticos y policiales reaccionar, abandonar la retórica y prever situaciones de riesgo, anticiparse con los medios necesarios ante circunstancias coyunturales -se acercan ya las fiestas de las tres capitales- que suelen servir de 'excusa' para que los saboteadores callejeros se entreguen a una orgía de terror y destrozos.

Con este PNV, no
PILAR CERNUDA ABC 2 Agosto 2005

¿ACERCARSE al PNV, pactar con ellos, significa claudicar en cosas sobre las que no debe claudicarse? Eso es lo que se tendrían que preguntar Zapatero, Blanco, Rubalcaba y demás antes de sentarse a ver qué cromos pueden intercambiar con Imaz y, en el fondo, con Ibarretxe y Arzalluz. Este PNV no quiere negociar, sino imponer. Imponer sus puntos de vista, su «Plan Ibarretxe», inconstitucional y secesionista, y hasta su manera a veces racista de enfocar la sociedad. ¿Qué tenemos que pactar con ellos, si nuestros modelos de sociedad son diferentes? A menos, claro, que Zapatero también quiera hacer dejación de «ese» modelo de sociedad que venía defendiendo el PSOE y entregarse en manos de un PNV crecido por haber ganado, aun apuradamente, las elecciones autonómicas. Es este PNV el que quiere arrasar a media sociedad vasca que no piensa como ellos, el que quiere marcharse de España por vías inconstitucionales. Hablar con el PNV, sí. Pero hablar para convencerles de que han de aceptar la Constitución, el Estatuto, respetar a esa mitad de los vascos que no piensa en nacionalista. Todo lo demás serán concesiones que, hoy por hoy, no vienen a cuento. ¿No tenemos bastante ya con Cataluña, o con Galicia? Y, si es un primer paso hacia la negociación con ETA, ya mejor ni hablamos...

Lógica irrefutable
JOSEBA ARREGI El Correo  2 Agosto 2005

No pocos dicen que la ventaja de ETA es que siempre dice lo que piensa, y siempre hace lo que dice. Parece que esa virtud de la verdad subjetiva no es propia sólo de ETA, sino que se puede predicar de todo el nacionalismo. La celebración de la fundación del PNV ha brindado una nueva ocasión de comprobar que así es: el PNV ha hablado con claridad meridiana y ha dicho lo que quiere, tanto en la versión simple de Joseba Egibar como en la versión complicada de Josu Jon Imaz.

Se trata de pueblo y de soberanía. Y es envidiable la lógica desplegada por Egibar al aplicar al pueblo vasco el concepto de soberanía: si alguien pretende hablar de cosoberanía, como lo hace su compañero de partido y su presidente, tendrá que aceptar que la condición indispensable para ello es ser soberano primero. Si no se es soberano primero, si el pueblo vasco no es soberano, difícilmente podrá compartir lo que tiene con alguien que sí es soberano. Irrebatible.

El presidente del PNV también ha hablado con la misma ocasión de soberanía, pero de soberanía compartida, de cosoberanía. Este concepto, en sí mismo una contradicción de libro, pues si algo caracteriza a la soberanía es su indivisibilidad, significa en boca del presidente del PNV tanto como la capacidad de poder decidir libremente, sin que nada ni nadie de fuera se inmiscuya en esa decisión -'ser para decidir' que se recogió en la ya famosa ponencia política del PNV-, es decir, soberanía, y la obligación de pactar, es decir, decidir libremente, pero menos, porque esa libertad está limitada por la obligación de pactar. Soberanía sí, pero con el acuerdo previo de renunciar a parte de esa soberanía, que no otra cosa es la obligación de pactar.

Es probable que Egibar no esté en total desacuerdo con la proclamación de su presidente, pero le recuerda que en buena lógica, y no puede haber otra, sólo se puede renunciar a lo que se tiene. Y si lo que se tiene es el derecho a decidir libremente, es decir, la soberanía, la obligación de pactar, la obligación de renunciar a parte de la soberanía sólo puede ser considerada como dependiente de la libre voluntad soberana, que es la afirmación primera, lógica y temporalmente. Y en eso lleva toda la razón.

La lógica irrefutable del planteamiento de Egibar pone de manifiesto la debilidad del planteamiento de Imaz, o por lo menos su ambigüedad: si lo que prima es la soberanía, colocando la renuncia parcial a ella como dependiente de la libertad soberana inicial, la obligación de pactar es condicionada, no significa renuncia alguna a la soberanía, puede ser retirada a voluntad -nunca mejor dicho-. Si ambos términos de la afirmación, la soberanía y la obligación de pactar, se colocan al mismo nivel de significación y validez lógicas, estamos no sólo ante una ambigüedad, sino ante una contradicción, ante una anulación mutua de los términos afirmados, ante la cuadratura del círculo.

Muchas de las manifestaciones del nacionalismo vasco de los últimos años han compartido esa característica de no decir nada, porque han afirmado lo uno y su contrario al mismo tiempo, porque han sido proclamas lógicamente imposibles por afirmar al mismo tiempo dos cosas radicalmente contrapuestas: la voluntad supuestamente homogénea de la sociedad vasca por un lado, y la afirmación de que los vascos son plurales precisamente en el sentimiento de pertenencia.

Pero en una cosa la lógica de Josu Jon Imaz es superior a la irrefutable lógica de Egibar: no aceptar la pluralidad de la sociedad vasca, no reconocer la pluralidad y complejidad de los sentimientos de pertenencia de los vascos y de sus identidades significa tanto como renunciar a la nación vasca. Y aquí toca el nervio débil de la lógica de Egibar: según el planteamiento de este último Euskadi, o Euskal Herria si lo prefiere, es nación sólo a condición de contar para ello exclusivamente con los que se sienten unívocamente pertenenecientes a una Euskadi o una Euskal Herria así definidos. Todos los demás sobran. La condición del cumplimiento de la lógica nacionalista de Egibar, como lo venimos diciendo más de uno, es la amputación de la nación vasca.

Pero si se quiere la nación sin amputaciones, la nación con cohesión social, con respeto de la pluralidad de sentimientos de pertenencia y la complejidad de identidades realmente existentes, entonces es preciso dar el paso que intenta dar Imaz, aunque sea un paso ya iniciado hace bastante tiempo, por no decir mucho tiempo, y que se vuelve necesario porque el PNV de los últimos diez años se había desdicho de muchos de los pasos que ya había dado, porque había renunciado a elementos importantes de su propia historia y de su propia tradición.

Pero el problema sigue radicando en que este tímido paso sigue siendo una contradicción, encierra un dilema que no tiene solución si se mantiene el discurso de la soberanía, aunque sea en la forma de cosoberanía. Si hay soberanía no puede haber obligación de pactar. Si hay obligación de pactar, la soberanía no es tal. Y el problema viene de que el presidente del PNV, Josu Jon Imaz, no termina de extraer las consecuencias debidas de algo que sí reconoce: que no hay nación vasca si no se reconoce la pluralidad de sentimientos de pertenencia nacionales en la sociedad vasca. De este reconocimiento debiera extraer la consecuencia de que la obligación de pacto no se refiere a un pacto hacia fuera de la sociedad vasca, con España, con el Estado o como le quieran llamar, sino una obligación de pactar dentro de la sociedad vasca.

Pero si se trata de pactar dentro de la sociedad vasca, o es que existen dos soberanías distintas dentro de ella, con lo cual estaríamos ante una sociedad dividida, o el recurso al concepto de soberanía no ayuda nada en la tarea de definir la sociedad vasca como sujeto político, sino que conduce indefectiblemente o a la lógica irrefutable de Egibar o a la cuadratura imposible del círculo.

Y de ese dilema no se sale ni por vía de método, ni por vía de cocina previa, ni por la vía de definir previamente los procedimientos, ni por la vía de reuniones secretas, creyendo que de alguna de estas vías, en alguna de sus curvas y giros, aparecerá milagrosamente la espada alejandrina capaz de cortar el nudo gordiano. Nada de eso. Las proclamas de los líderes nacionalistas con ocasión de la celebración de la fundación del PNV han puesto con claridad de manifiesto que los términos del problema son conocidos, que no hace falta marear la perdiz, ni dar más vueltas al asunto, ni mirarnos en espejos extraños.

Lo que hace falta es que el PNV dé definitivamente el paso que todos los demás partidos democráticos han tenido que dar para adquirir precisamente ese calificativo a lo largo de su historia: la renuncia a la exclusividad de sus pretensiones a la hora de definir la sociedad vasca; la renuncia a la pretensión de absoluto de los parámetros de su proyecto político. Lo que hace falta es precisamente aquello que el lehendakari Ibarretxe ha dicho repetidamente que no se puede pedir al nacionalismo: renunciar a algo. Sí: para ser democrático, para participar en el espacio público que es el espacio democrático todos tienen que renunciar al absolutismo y a la exclusividad de su proyecto. No hay espacio público, no hay democracia sin renunciar al absolutismo de los intereses económicos, a la normatividad de las identidades, a la exclusividad de las creencias, religiosas o no.

Y no vale comparar el proyecto político del nacionalismo en su radicalidad con la defensa del marco constitucional, pues éste está, en primer lugar, legitimado democráticamente -y quien diga lo contrario debe concluir que Euskadi vive y ha vivido los últimos veinticinco años sometido a una opresión colonial-, y en segundo lugar es la condición de que en España, Euskadi incluida, exista un espacio público en el que pueden competir distintos intereses económicos, distintas identidades, distintas creencias siempre que cada uno de ellos renuncien a la pretensión de exclusividad.

Llevamos en Euskadi demasiado tiempo esperando el Bad Godesberg del PNV, ese momento por el que han tenido que pasar todos los partidos tradicionales, especialmente los de inspiración marxista en el camino a la democracia, renunciando a sus dogmas fundacionales.

Los graves incidentes de Algorta disparan la alerta ante las fiestas de las capitales
Los responsables policiales temen que los violentos puedan aprovechar los festejos patronales para recrudecer la 'kale borroka' «Hay cierta preocupación por lo que pueda pasar», reconocen en Vitoria
A. SANTOS / I. SÁNCHEZ DE LUNA/BILBAO / GETXO El Correo 2 Agosto 2005

Los graves ataques de la pasada madrugada en Algorta, donde una treintena de encapuchados lanzaron 'cócteles molotov' contra una decena de sucursales y comercios y obligaron a desalojar dos bloques de viviendas, ha desatado la alarma entre las fuerzas policiales ante el inminente inicio de las fiestas en las tres capitales vascas. Los encargados de seguridad ciudadana temen que los altercados se puedan repetir en Vitoria, San Sebastián y Bilbao y condicionen unos festejos atestados de visitantes.

La preocupación por evitar cualquier acto de 'kale borroka' lleva presente en las agendas de los responsables policiales desde hace semanas. La oleada de ataques en municipios como Amorebieta, Ondarroa, Durango o la propia capital guipuzcoana ha llevado a que algunas capitales hayan preguntado ya al Departamento de Interior si existe algún dispositivo especial previsto. Las voces de alerta han elevado el tono tras lo ocurrido en la última madrugada, después de que el Gobierno vasco haya reconocido que los altercados se desarrollaron por el centro de Algorta de manera «coordinada» e «indiscriminada».

La incertidumbre se extiende, sobre todo, entre los responsables municipales de Vitoria, a apenas dos días del comienzo de La Blanca. Fuentes del Ayuntamiento reconocen haber tratado el tema con dirigentes de la Ertzaintza en las últimas semanas, aunque el último ataque en Vizcaya les ha dejado un tanto descolocados. «Interior hasta ahora estaba favorablemente sorprendida por la falta de incidentes en fiestas como las de Pamplona e Irún. Con esto último no sabemos qué pensar. Hay cierta preocupación», aseguran desde el consistorio alavés.

Dudas similares se repiten en Bilbao, donde aguardan a mantener «en los próximos días» una reunión con mandos de la Policía autónoma. En el caso de la capital vizcaína, las fechas de la Semana Grande juegan a su favor -son las últimas- y esperan a ver qué sucede en Vitoria y San Sebastián para plantear alternativas. Portavoces de Interior eluden realizar valoraciones sobre los operativos durante las fiestas y se limitan a decir que «ese tipo de detalles» no se revelan a través de los medios de comunicación.

La 'kale borroka' recuperó en la madrugada de ayer una casi olvidada virulencia en uno de los municipios vizcaínos más castigados por estos episodios. El propio alcalde de Getxo, el peneuvista Iñaki Zarraoa, reconoció que los ataques fueron «premeditados, bien organizados y muy rápidos en su ejecución». Los violentos sembraron el «pánico» y «mucho destrozo» al arremeter contra sucursales bancarias, agencias de viajes, una oficina de seguros y un estanco en las céntricas calles de Telletxe, Torrene, Amezti, Algortako Etorbidea y María Andresena. Encapuchados y vestidos de blanco, según algunos testigos, arrojaron 'cócteles molotov' y rompieron cristaleras y persianas metálicas. En la entrada de algunos establecimientos llegaron incluso a dejar bidones de gasolina junto a bombonas de 'camping-gas' con la intención de hacerlos explosionar. Algunos de estos artilugios que no llegaron a estallar fueron incautados por la Ertzaintza, que ha abierto una investigación.

Repulsa unánime
Las enérgicas reacciones de condena no se hicieron esperar desde la mayoría de partidos e instituciones. La junta de portavoces del Ayuntamiento de Getxo expresó en un comunicado su «repudio a actos que sólo quieren amedrentar a la población». En un documento de cuatro puntos, insta a «los responsables del terrorismo callejero» a acabar con estos ataques «que se oponen frontalmente a los llamamientos al diálogo».

Al margen de la declaración institucional, el alcalde efectuó un llamamiento a la ilegalizada Batasuna para que recupere «lo manifestado en Anoeta» y pida utilizar sólo «las armas democráticas y políticas como vías para una solución definitiva». Los grupos municipales socialista y popular criticaron, por su parte, la actuación de la Ertzaintza y acusaron a Interior de «falta de previsión». «Sabemos que no se pueden poner patrullas en todas las calles, pero sí podía haber habido un dispositivo en las zonas más sensibles», aseguró el portavoz del PSE-EE, Luis Almansa. Más duras fueron las palabras del parlamentario del PP Carlos Urquijo, quien reclamó la comparecencia «urgente» del consejero de Interior Javier Balza. «¿Dónde está él mientras arde el País Vasco?», se interrogó.

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