AGLI

Recortes de Prensa     Martes 9 Agosto 2005
El juego de los idiotas
EDURNE URIARTE ABC  9 Agosto 2005

IRA enterrada y ETA resucitada
José Javaloyes Estrtella Digital 9 Agosto 2005

La paz de Guecho
Por CARMEN MARTÍNEZ CASTRO ABC 9 Agosto 2005

Sí a la guerra contra el terror
GEES Libertad Digital 9 Agosto 2005

Elogio de la moderación
RAMÓN VARGAS-MACHUCA ABC 9 Agosto 2005

Que vienen los cimbrios
VALENTÍ PUIG ABC  9 Agosto 2005

Una maniobra estéril
EDITORIAL Libertad Digital  9 Agosto 2005

El inquietante silencio de los líderes musulmanes
JAVIER MARTÍNEZ-TORRÓN ABC  9 Agosto 2005

Encuestas desde el infierno islamista
Daniel Pipes Libertad Digital 9 Agosto 2005

Zarraoa en su laberinto
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo 9 Agosto 2005

El sumario del 11-M
Ricardo Coarasa, Roberto L.Vargas y Enrique Fuentes La Razón 9 Agosto 2005

Jorge Urrutia afirma que «en Estados Unidos se juega el futuro del español»
Eva Muñoz La Razón 9 Agosto 2005

La lengua, el petróleo de España
BEATRIZ BENÉITEZ/SANTANDER ABC  9 Agosto 2005

Somos ciudadanos.
Ágora Socialista ABC  9 Agosto 2005

El juego de los idiotas
Por EDURNE URIARTE ABC  9 Agosto 2005

En esto de la tensión nacionalista parece que hemos perdido definitivamente la noción de los límites entre la realidad y la ficción y una parte de este país ha decidido instalarse en la ficción. Porque no hay otra forma de entender la casi nula reacción a lo del derecho de secesión de ERC o a la co-soberanía de Josu Jon Imaz. Si todo eso no suscita escándalo y el Gobierno sigue sin sufrir presión significativa alguna para alejarse de semejantes o potenciales socios, es que muchos han decidido que todo esto es un gran juego, un tira y afloja virtual en el que nunca pasará nada, nada en nuestra vida cotidiana, nada en la estabilidad política y nada en la prosperidad económica. Se trata de mantener entretenidos a los nacionalistas y canalizar la tensión con el ejercicio de la negociación infinita. Hay un detalle que pasa desapercibido y es que hay un equipo que gana todos los asaltos, los nacionalistas, y otro que pierde siempre, los españoles. Pero esto es un juego, aunque sea el juego de los idiotas.

No hay otra democracia avanzada europea en la que el Gobierno dependa de un partido anticonstitucional, radical y secesionista como ERC. Pero aquí representa la normalidad. Por eso se integra todo en la proclamada normalidad, sea el estatuto anticonstitucional o sea esa reforma constitucional que dinamitaría todo nuestro sistema político, empezando por la soberanía y acabando por la Monarquía. El país se subleva por la muerte de un ciudadano en un cuartel de la Guarda Civil, pero dormita tranquilo mientras un socio de Gobierno proclama sus planes de destruir el orden constitucional. Y no sólo porque en un caso haya un ciudadano muerto y en el otro meras palabras, aunque sean escandalosas, sino porque una cosa parece real y la otra un juego, un juego político, desagradable a veces, pero inocuo para nuestras vidas.

Y como esto es un juego, todo se manipula con alegre frivolidad. Y el Gobierno intenta justificar un acercamiento al PNV porque ha desaparecido el Plan Ibarretxe o porque la co-soberanía de Imaz significa moderación. Y da lo mismo que hasta un iletrado en política entienda que la co-soberanía, igual que el Plan Ibarretxe, significa derecho a la independencia.

Mientras seguimos entretenidos, los nacionalistas catalanes, vascos, y, ahora, los gallegos, arrancan parcelas de poder y de privilegios. Incluso una reforma constitucional que no tiene otro sentido que contentarles. Y unas reformas autonómicas que nunca hubieran existido de no ser por sus exigencias. Y una influencia en el Gobierno que ya quisiéramos tener esa mayoría que no deseábamos esas reformas. Algunos jugadores parecen idiotas, pero como a los realistas que se niegan a jugar les caen cada vez más palos, a mí me invaden crecientes deseos de jugar. Es mucho más cómodo hacer de idiota.

IRA enterrada y ETA resucitada
José Javaloyes Estrtella Digital 9 Agosto 2005

Son las condiciones extremas aquellas en que dan su medida los gobernantes, por su capacidad de reacción, y se pone a prueba la forma del Estado: el punto de adecuación de las leyes que pautan y enmarcan su actividad. Ningunas condiciones más extremas en la actualidad europea que las derivadas del zarpazo del terrorismo.

Si el 11-M hizo germinar aquí eso que se ha dado en llamar la “alianza de civilizaciones”, cosa que nadie explica en qué consiste, el 7-J londinense y su réplica fallida del 21-J, han dado paso, en el Gobierno británico, a una reconsideración en regla de los supuestos de legalidad y del sistema de permisividades en los que el yihadismo brotado en Inglaterra prosperó y amenaza.

Posiblemente ha estribado en lo primero, en la capacidad de respuesta de los gobernantes británicos, la decisión del IRA de abandonar la violencia. Visto el nulo impacto del terrorismo islámico en la moral de resistencia social y política del Reino Unido, el terrorismo irlandés ha dicho que no sigue. Aquí, sin embargo, advertida la receptividad política del presidente Rodríguez, y la inducida escisión de la calle y el electorado ante el 11-M, la ETA, se ha recrecido en sus pretensiones y los nacionalismos periféricos revolotean en torno. Lo hacen como las gaviotas: esperando pescar algo, en una tesitura que resultaba impensable antes de los atentados en los trenes con destino Atocha.

Las diferencias en las reacciones del Primer Ministro británico y del presidente del Gobierno español son, obviamente, más que de estilo o de talante. Aquél, desde Los Comunes, enfrenta el problema con ajustes de legislación y de jurisdicción que protejan mejor a los británicos. Como obligado coste, se reduce puntualmente el ancho de las libertades de las que han dispuesto los islamistas.

Desde la Moncloa, sin embargo, se amplían facilidades, apoyos y favores a la base musulmana, en las que germina el yihadismo como lo hace la peste aviar en los gallineros.

Aquello del Reino Unido responde a la preparación de respuestas, por derecho y conforme al derecho. Esto implica una reacción oblicua, que políticamente no da la cara. Las reformas legales que se anuncian en Londres son reactivas y combativas frente al terrorismo. Los cambios legales inducidos por el 11-M– directa o colateralmente, tanto da -, traducen transigencia con quienes, en la Autonomía vasca, está representados por Batasuna y sus herederos.

En el Reino Unido, el ataque terrorista ha desatado una respuesta de ajuste legal, cohesión social y unidad nacional. En España, otra monstruosidad de idéntica naturaleza ha traído la astenia legislativa, la fractura social, el enconamiento político - acompañado de la división entre los constitucionalistas - y la siembra de la fractura nacional, por la vía de las reformas estatutarias desde los nacionalismos.

De todas las consecuencias del 11-M inferidas para España, lo que más se advierte son los preparativos de otra Transición que no puede ser como la primera. Aquella se estableció para el cambio de un régimen a otro. Como puente entre la dictadura de Franco y la democracia instituida en la forma de Monarquía Parlamentaria, dentro de una arquitectura constitucional cimentada en la unidad de España.

Es obligado convenir que si no hubieran mediado los atentados terroristas del islamismo, no estaríamos en la que estamos: instados a movernos, a transitar por imposición de minorías a una revisión de la unidad nacional que lo sostiene todo.

Sabemos donde estamos pero ignoramos – las mayorías y posiblemente la Moncloa – hacia dónde vamos. ¿Hacia otra democracia que la presente? ¿Hacia el cambio de la forma de Estado? ¿Hacia una reforma federal de la Constitución? ¿Hacia un engendro confederal y cantonalista como el de 1871 .

¿Tanta es la potencia demiúrgico del terrorismo, del etarra en Perpiñán y del islamista en los trenes de Atocha, como para forzar una transición intransitiva e intransitable que nos retrotraiga a colectivos fracasos ancestrales?

Por Londres se entierra al IRA y por aquí se resucita a ETA. Es la diferencia.
jose@javaloyes.net

La paz de Guecho
Por CARMEN MARTÍNEZ CASTRO ABC 9 Agosto 2005

LA llamada solución catalana al encaje plurinacional de España se nos ha atascado por un motín interno; los tres padres de la reforma, PSC, ERC y CiU, andan a tortas para dilucidar con qué apellidos va a ser inscrita la criatura y, mientras se resuelve esa cuestión de familia, Pepe Blanco ha puesto sus ojillos astutos y feroces en un nuevo y ambicioso objetivo: conseguir «de una vez por todas la paz» en Euskadi. Apenas siete palabras que suponen toda una declaración de intenciones por parte del número dos socialista.

Para empezar está la cuestión de la paz, el concepto más envilecido de la política vasca, el más manoseado y el más tramposo. De la paz siempre nos han hablado Otegi, Arzalluz e Ibarretxe; incluso ETA no deja de hablar de paz mientras asesina o extorsiona. Para todos ellos paz significa el final pactado de una contienda entre dos partes beligerantes; la paz, en el ideario nacionalista, es el reverso de un imaginario conflicto político que sirve de excusa tanto a los crímenes de ETA como al proyecto soberanista del PNV. Por eso los nacionalistas de todo pelaje -los de la rama criminal y los otros- en cuanto te descuidas te colocan su hipócrita petición de paz acompañada de la no menos falsa apelación al diálogo.

Ahora Pepe Blanco se nos ha puesto a hablar en clave nacionalista. El asunto no pasaría de ser una cuestión de la estricta incumbencia de Pepe Blanco o del nacionalismo si el discurso no se edificara sobre la memoria de muchos socialistas asesinados. A partir de ahí empieza una tragedia moral para el conjunto de la sociedad española porque esos socialistas, los asesinados y los que siguen vivos gracias a una escolta permanente, son, al igual que los populares, el referente moral de una democracia que intentó defender la pluralidad de la sociedad vasca frente al terrorismo y al nacionalismo asfixiante. Las palabras de Blanco confirman que una parte de esa sociedad ha renunciado a seguir en esa batalla. Blanco habla de la paz «de una vez por todas» y resulta inevitable situarse ante la mesa de negociación que va a organizar Ibarreche a la vuelta del verano, con las nekanes del EHAK y sus asesores etarras incluidos. Luego llega Javier Rojo y propone un pacto de convivencia con el PNV. El presidente del Senado confirma así su naturaleza de político entusiasta, fervoroso defensor de la causa que toque en cada momento e indiferente al rigor de la hemeroteca. Ya que ahora toca entenderse con el PNV, Guecho puede ser un buen lugar por donde comenzar; un ejemplo de la convivencia que viene; entre la kale borroka y el «pin» discriminatorio del alcalde Zarraoa. Creímos que era el pasado pero ha resultado ser el futuro.

Terrorismo islámico
Sí a la guerra contra el terror
GEES Libertad Digital 9 Agosto 2005

En España nunca se ha aceptado del todo el concepto “guerra contra el terror” que tan fuerte caló en la primera administración Bush tras el 11-S. Tal vez por nuestra cercanía a un terrorismo local, con fines claramente políticos, la elite política del país siempre prefirió la noción de lucha contra el terror. Incluso los militares veían poco clara la denominación americana porque les parecía que colocaba el uso de las fuerzas armadas por encima de todas las otras opciones. Claro, que los militares españoles son prisioneros de su experiencia predemocrática y la lucha contra ETA de la que salieron políticamente escaldados.

Lo más sorprendente es que ahora mismo personas influyentes de la administración norteamericana también parecen estar abandonando la idea de la guerra contra el terror a favor de nociones como lucha contra el extremismo, combate contra el terror y cosas así. Si se trata de una táctica de marketing político para mejorar la imagen de los EEUU en el mundo árabe, podría comprenderse; pero si en realidad es un cambio de aproximación al terrorismo islámico, se trata de un profundo error.

Es cierto, la guerra contra el terror no especifica quien es el enemigo. Crítica que se escucha a menudo a los militares para quien el terrorismo es una táctica y sólo eso. Pero el terrorismo islámico de Al Qaeda no utiliza únicamente la violencia como un ejercicio táctico, sino que el recurso a la violencia es un elemento estratégico para su existencia. Son sus ataques no sólo un golpe contra los occidentales, sino un reclamo para el reclutamiento y un aliciente para sus militantes. Es más, es la justificación última de lo que hacen. La violencia para la yihad no es una táctica, es un fin en sí misma. No obstante hay que reconocer que la expresión guerra contra el terror encierra algunas ambigüedades. Estamos en guerra contra un enemigo global que se esconde tras el fundamentalismo islámico y, por lo tanto, seria más acertado hablar de guerra contra el islamismo militante, ese que ve su destino en nuestra muerte y derrota. Desgraciadamente, lo políticamente correcto impide llamar al enemigo por su nombre. Y menos cuando, como hace el gobierno español, se pretende establecer una alianza de civilizaciones.

A pesar de todo, la expresión guerra y no lucha o combate no quita los elementos no militares. Al fin y al cabo, como dijo Clausewitz, la guerra es la política solo que por otros medios. Que sea una guerra no quiere decir que no se luche con todos los instrumentos del estado democrático, militares, políticos o ideológicos. Algo, por lo demás, que se ha hecho en todas las guerras mayores conocidas. ¿O no fue la Primera Guerra Mundial la guerra para acabar con todas las guerras y la Segunda la guerra por la democracia?

Es más, el concepto guerra contra el terror describe mejor que cualquier otro la realidad que estamos viviendo. Hay un enemigo dispuesto a acabar con nosotros por muy distinto que se manifieste respecto a nuestros ejércitos. Antonio el tempranillo tampoco tenía nada que ver con la organización militar napoleónica. En segundo lugar, describe muy bien que se trata de una campaña amplia, en la que hay batallas y movimientos menores, pero que el reto es global y sólo desde esta perspectiva cobra sentido todo cuanto pasa en ella; tercero, encierra la idea de que necesitamos movilizar todos los recursos para enfrentarnos y derrotar a nuestro enemigo; por último, da sentido a acciones como las de Irak.

Por todo ello, nos parece que no hay concepto que supere ni analítica ni políticamente al de guerra contra el terror, salvo que se le añada islámico. Todo cuanto signifique rebajar eso, tiende al equivoco más que aclarar la realidad.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

Elogio de la moderación
POR RAMÓN VARGAS-MACHUCA ORTEGA CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA POLÍTICA ABC 9 Agosto 2005

... En unos tiempos en los que escasea el agua fresca procedente de la noria de los idearios, más nos vale explorar horizontes de futuro subidos sobre los hombros de los que nos precedieron, sean o no gigantes...

IMAGINEMOS un conciudadano que, ignorante durante los últimos años del discurrir de nuestra vida pública, se reencuentra de pronto con la realidad política española. Comprobaría, en primer lugar, que persisten los dos problemas más incómodos de nuestra democracia. Se percataría además de que hay un clima político enconado. Por último, llamaría su atención la presencia de unos gobernantes nuevos que no preveía. Pues bien, si me lo preguntara, trataría de explicarle la nueva situación de la manera que sigue.

1.- No faltan en la opinión pública calificativos con que subrayar la gravedad de problemas como la cuestión nacional y la violencia terrorista. A mi parecer, del primero de ellos sobresale ante todo su natural endémico y enrevesado. Llevamos siglos dando vueltas a los temas de identidad como si fuera un destino. Casi siempre cualquier propuesta de solución a ese rompecabezas, por razonable que puede parecer, se entrecruza con otros asuntos y se vuelve a la postre un arreglo coyuntural, tornadizo e inestable. Pero lo más fastidioso es que el problema del terrorismo etnicista, la más dolorosa e incivil de nuestras circunstancias adversas, está emparentado con el embrollo nacional/nacionalista en su vertiente vasca, lo cual acaba corrompiendo cualquier salida a una y otra cuestión. Para mi sorpresa, pocas veces se señala que ambos problemas son intratables desde una perspectiva democrática. Y por la sencilla razón de que un régimen democrático los suele dar por resueltos. De una parte, el funcionamiento normal y estable de éste presupone la existencia de una comunidad política de referencia, es decir, necesita la base de un territorio fijo y un demos previamente definidos. De otra, no se conciben ni estado de derecho ni democracia allí donde la violencia interviene como recurso ventajista en la competencia política. He ahí el talón de Aquiles de la democracia en España.

Por eso, problemas tan primordiales, prepolíticos hasta cierto punto pero no por ello menos enquistados, requieren un tratamiento que cultive la moderación y huya de los extremos, evitando así un desenlace que empeore la situación de partida. Corresponde, sobre todo, a los partidos estatales con vocación de gobierno afrontar conjuntamente retos de esta naturaleza. Lamentablemente la unanimidad en torno a estas cuestiones resulta hoy alarde retórico o quimera. Tampoco ninguna mayoría alternativa puede reemplazar de modo sólido los acuerdos básicos entre los partidos mayoritarios. Pero si los agravios del presente o bien los del pasado agotan un elemental depósito de confianza mutua y los hábitos mínimos de cooperación entre esos agentes principales del sistema, es entonces cuando peligra la estabilidad de los consensos constituyentes. He ahí para los actuales dirigentes del PSOE y el PP una oportunidad de acrisolar su compromiso con el Estado y el régimen que han heredado. Como corrobora la experiencia, cualquiera de ellos que en estas cuestiones ceda a la tentación del oportunismo, el rédito a corto plazo o los atajos indebidos, terminará pagándolo.

2.- En relación con el tan mentado clima de tensión, lo preocupante no es la bronca sino el rencor que denota. Estimulado y amplificado por una opinión pública cada vez más dividida y en peligro de convertirse en fanática, el rencor no se circunscribe al ámbito de la contienda estrictamente política sino que amenaza con contagiar otras esferas de la sociedad. Ahora bien, la actual crispación no se explica simplemente por las circunstancias trágicas y singulares que rodearon las últimas elecciones generales. Sus raíces hay que rastrearlas en las condiciones que contribuyeron en su día a producir la alternancia de González por Aznar. El gobierno de entonces experimentó su vulnerabilidad como el resultado de una interferencia externa que se proponía alterar los procesos de decisión en el ámbito de la contienda política. El concierto de distintos poderes y la eficacia de sus terminales mediáticas lograron, a juicio de los dirigentes socialistas de la época, neutralizarles como competidores frente al PP y ante una opinión pública martilleada a diario con la imagen de unos gobernantes desacreditados moralmente y sospechosos desde el punto de vista penal.

Ahí se resquebrajó ya muy seriamente esa confianza elemental entre los agentes del juego político, en virtud de la cual el contendiente es considerado adversario a ganar y no enemigo a destruir por cualquier medio. Lo curioso es que, mutatis mutandis, los ganadores de entonces han achacado su derrota electoral del año pasado también a una suma de interferencias externas y sobrecarga mediática destinadas a la postre a conseguir su aislamiento. Cada cual puede calibrar tales juicios como pertinentes en un caso y delirantes en otro. Pero lo cierto es que la crispación no se desactivará mientras los protagonistas de la vida política y creadores de opinión afines interioricen y se representen de este modo las causas de su infortunio.

Poco ayuda a moderar este clima la sobreactuación mediática a la que casi de modo insuperable la democracia de hoy está abocada. Los conglomerados mediáticos se han convertido en componentes cruciales, cuando no incluso en parte, de la propia competición política. Gozan de influencia decisiva en la conformación de la agenda. Constituyen el vehículo más eficaz para transformar en ley intereses corporativos y, claro está, en primer lugar los suyos. De otro lado, el lenguaje y hechuras de ese universo mediático se apoderan de tal modo de la comunicación política que ésta parece pura publicidad, tornándose por ello efectista y simplona. En este contexto, quien no se sienta ni forofo ni moralista de lo obvio se encuentra descolocado. Malos tiempos, pues, para la celebrada democracia deliberativa que se distingue precisamente por la imparcialidad y las buenas razones.

3.- Sorprendía, por último, a nuestro imaginario conciudadano el que la responsabilidad de gobernar esta situación hubiera correspondido a unos protagonistas imprevistos e inéditos. Imprevistos porque los atentados precipitaron una alternancia; aunque también es verdad que ésta se decantó por los factores de siempre, a saber, errores del gobernante y aciertos del aspirante. Inéditos porque su triunfo en el seno del PSOE no resultaba de una ejecutoria determinante en la catarsis interna, sino que, más bien, se debió a que el partido había decidido salir, al fin, del atasco de la circulación de sus élites por la vía de la renovación generacional. Por supuesto, el corte generacional ni es un criterio de relevancia ético-política ni hace por sí mismo razonables las expectativas creadas. Pero, por lo que ya se ha visto, los nuevos gobernantes están dispuestos a convertir su explicable optimismo en una oportunidad de afrontar a su manera los problemas de siempre. Por lo pronto ya han sorteado un obstáculo que parecía engorroso: ¿qué hacer con dos generaciones de políticos cesantes -los de la era de Felipe y la de Aznar- expuestos al «virus de la nostalgia», cuando no al resentimiento? Básicamente ningunearlos, tal como sentenciaba castizamente uno de los afectados. Nada nuevo, por otra parte, entre nosotros. Desde los tiempos de la transición todo cambio ha conllevado la jubilación anticipada de los que lo precedieron o lo anticiparon. Así pues, a los veteranos de nuestra democracia, amortizados ya como competidores, les queda, y no es poco, administrar el patrimonio de su memoria y, sin duda, el orgullo de haber contribuido a consolidar un régimen valioso en derechos y libertades, en reconocimiento internacional y en progreso social.

En cualquier caso, bueno será que los gobernantes de ahora en su inequívoca disposición a innovar tomen ciertas cautelas y no echen en saco rato algunas de las lecciones de siempre. Porque ¿cómo se innova? Desde luego, no rondando en torno a truismos y lugares comunes. Tampoco atendiendo la sugerencia de quienes de modo insensato jalean «soluciones imaginativas», como si en política el deseo o la ensoñación pudiera anticipar lo que las condiciones reales no permiten o prohíben expresamente. La estación término de la «imaginación al poder» suele ser el autocumplimiento de esa visión sombría de la política según la cual ésta resuelve poco pero puede empeorar muchas cosas. En unos tiempos en los que escasea el agua fresca procedente de la noria de los idearios, más nos vale explorar horizontes de futuro subidos sobre los hombros de los que nos precedieron, sean o no gigantes. Asimismo, la voluntad de progreso logra cumplirse corrigiendo errores de los anteriores, evaluando con rigor sus políticas y calibrando seriamente los rendimientos de su acción. Avanzamos por lo que alcanzamos a remediar y por lo que rectificamos. Pero para ello hay que atreverse a saber y a indagar el pasado con solvencia y sin intención de manipularlo.

No sé si he logrado satisfacer del todo la curiosidad de nuestro imaginario conciudadano. Y aunque tampoco he pretendido salvar mi alma explicándome, al menos ha quedado algo más sosegada.

Que vienen los cimbrios
Por VALENTÍ PUIG ABC  9 Agosto 2005

DIVISAR un nuevo orden constitucional al final del túnel tiene que hacerle sentir al PSOE la presión de todo un sistema de montañas. Cada vez que vislumbramos otra faceta del cambio constitucional la presión hace saltar una plancha, asas o remaches, de la vieja armazón del PSOE como pilar institucional que sostuvo una determinada forma de entender y equilibrar el Estado. De una parte, existe el atractivo de Zapatero como aventura electoral de duración todavía indefinida, el halago de su talante a capas recientes del electorado; por otro lado, no es desdeñable la vieja conexión entre el PSOE de siempre y franjas de votantes que recelarán de la mutación constitucional cuando -por ejemplo- oigan una advertencia explícita de Alfonso Guerra. Más en concreto, la fidelidad de los votos socialistas del cinturón industrial de Barcelona no razona de acuerdo con los arranques del maragallismo.

Las negociaciones alegres de Presupuestos del Estado, modelo territorial o Constitución no tan sólo pueden enajenarle al PSOE los votos que convencionalmente se consideran de «centro»: a la larga también implica una desfiguración del PSOE en algo distinto, algo que va mucho más allá de lo que valgan los ocho escaños de ERC o de lo que pueda Zapatero pactar con la versión del PNV según Imaz. Casi toda esta estrategia pivota sobre la pretensión de aislar al PP, llevarle a la pira funeraria y aventar sus cenizas sobre las cabezas triunfantes de una nueva coalición de poder que aclamaría pasajeramente la gesta del nuevo césar. El paso previo habría sido ir deshilachando la Constitución, ir tirando del hilo, perder hilachas por uno y otro lado.

La tentación es enorme, aún pensando que las pilas del zapaterismo pueden quedarse descargadas a mitad de camino. De todos modos, el resultante es otro PSOE: es otra la naturaleza de lo que va del 11-M a ese mapa político de España en el que Cataluña está en manos del tripartito, el PSOE anda con el BNG en Galicia o flirtea con Imaz en el País Vasco. El resultado final no se alcanza sin alterar antiguas normas y comportamientos que hasta ahora se inspiraban en el espíritu de 1978. En términos orteguianos, ese horizonte conduce al particularismo en progresión sistemática: en términos más inmediatos, obturar al máximo el ejercicio de la alternancia como hasta ahora la entendíamos genera inestabilidad, aunque parezca paradójico.

Situados ante el envite que Zapatero en días alternos plantea a la Constitución, ahí tienen las gentes del PSOE un dilema moral a semejanza de aquellos monárquicos que, estando en mayoría, votaron la Primera República. Aludiendo a la actuación de la tribu cimbria en un episodio romano, dijeron que votaban así por preferir una república posible, después de acatar la monarquía cuando fuese necesaria. Por eso se les llamó los «cimbrios». Cabe un paralelismo entre aquellos «cimbrios» -de caducidad bastante breve- y el comportamiento de los socialistas que, al aceptar lealmente el bien del poder más permanente, echen por la borda no poca parte de la mejor historia del PSOE. Dilema «cimbrio»: tangible en todo caso si no se extingue la fe en la gracia y suerte de Rodríguez Zapatero. Beneficio «cimbrio»: el poder, pero tan solo hasta que la propia sociedad ensaye nuevas variables, soplen nuevos vientos, flaquee el euro o ERC, BNG o Imaz reivindiquen otra cosa.

Ha sido tanto el barullo de estos meses que olvidamos el rechazo mayoritario al plan Ibarretxe. Lo que fuera un hito quedaba enterrado bajo los cascotes de las tensiones epidérmicas y las fagocitaciones instintivas de la partitocracia. En su lugar, aparece ese tótem engañoso y zalamero que está convocando a los «cimbrios» socialistas en potencia para que busquen lo posible y pierdan la memoria de lo necesario.

vpuig@abc.es

Una maniobra estéril
EDITORIAL Libertad Digital  9 Agosto 2005

Era previsible que el siguiente movimiento del Gobierno tras el revés catalán en la reforma del Estatuto fuese la búsqueda inmediata de otro aliado que le ayudase a aprobar los presupuestos de 2006. No es que la alianza Zapatero-Carod se haya roto, es que, vista la postura maximalista del líder independentista, lo más probable es que se rompa antes de fin de año si los de ERC no bajan el listón reivindicativo. Carod sabe bien que no va a tener otra oportunidad como esta en mucho tiempo; con la Generalidad y la Moncloa entregadas en cuerpo y alma y, sobre todo, con un momento político ideal para los golpes en el pecho y las expansiones demagógicas, ambiente en el que el de Perpiñán se mueve como pez en el agua.

Podría ser Izquierda Unida pero carece de la fuerza suficiente, aún le cuelga el pesado baldón de ser un partido comunista y, además, el objetivo no declarado de los socialistas es hacer desaparecer esa formación del mapa. Ya en el pasado Felipe González procuró guardar las distancias con los comunistas y, muy en su línea de aparentar moderación de cara a su electorado, pactó sin remilgos con la derecha vasca y catalana. Es posible que la maniobra que, en estos días de retiro vacacional, estén tramando los estrategas de Ferraz vaya en esa dirección. Con los antaño todopoderosos convergentes ya no tiene sentido llegar a acuerdos, Maragall ha ocupado su lugar y la coalición nacionalista no pasa, precisamente, por su momento más dulce. En el País Vasco, sin embargo, el panorama es diferente. El PNV acaba de revalidar la mayoría en la cámara de Vitoria y se postula como el compañero perfecto para terminar la legislatura sin demasiados contratiempos.

Eso, claro está, no es más que una ensoñación carente de todo fundamento y una demostración más del inmarchitable hábito que los socialistas tienen de hacer de la necesidad virtud. Hace quince años, momento en el que PSOE y PNV estaban a partir un piñón tanto en Vitoria como en Madrid, el partido de Arzallus era todavía una formación nacionalista templada y cuyo soberanismo se encontraba aún incubándose en los batzokis de los pueblos. Ni el Pacto de Estella ni el Plan Ibarretxe habían tomado carta de naturaleza y, lo que es más importante, el Gobierno poseía todavía en aquellos años jugosas transferencias para el mercadeo político. La situación ha cambiado radicalmente. El PNV es hoy un partido tan independentista como ERC, un partido que ha formado gobierno gracias a los votos de los proetarras y que no parece dispuesto a ceder un solo milímetro, es decir, que no tiene la más mínima intención de revisar a la baja su plan de secesión. De todos es sabido que el célebre diálogo que reclaman los nacionalistas consiste, esencialmente, en aceptar sus postulados sin mover una sola coma. Por otro lado, al Gobierno apenas le queda nada que ofrecer al Ejecutivo de Ibarretxe. Con contadísimas excepciones todo está transferido al Gobierno Vasco o a las Diputaciones provinciales; desde la policía hasta la gestión de las carreteras del Estado. No hay más que viajar por el País Vasco para advertir que esa Comunidad Autónoma cada vez se parece menos al resto de España.

Así las cosas, un acuerdo entre el Gobierno y el PNV para sacar adelante los presupuestos del año próximo no promete sino problemas en el corto plazo. Al igual que Carod, Ibarretxe sabe que pasará mucho tiempo hasta que se encuentre con una coyuntura igual. Con un gobierno central débil, necesitado de apoyos parlamentarios y más preocupado por laminar a su antecesor que por mantener el país en orden. Un pacto de esa naturaleza sería una maniobra estéril, un experimento que podría salir caro a su valedor y que, a la larga, no serviría de nada. Porque el PNV no desea en modo alguno contribuir a la gobernabilidad de España, el PNV desea ver un País Vasco independiente y para ello no escatimará los acuerdos que crea necesarios. Los nacionalistas tienen clara la meta, el Gobierno no, y así nos va.

El inquietante silencio de los líderes musulmanes
Por JAVIER MARTÍNEZ-TORRÓN CATEDRÁTICO DE LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE ABC  9 Agosto 2005

A cuenta de los últimos atentados perpetrados en Gran Bretaña y Egipto, el autor analiza la tibieza de los líderes musulmanes en exigir la extirpación de los elementos terroristas y su colaboración decidida para mitigar la brutal expansión de este fenómeno

LOS atentados de las últimas semanas en Inglaterra y en Egipto han vuelto a poner en primera plana la importancia de adoptar una estrategia adecuada y eficaz contra el terrorismo islamista. La dimensión religiosa del problema es innegable. Afirmar que el terrorismo vinculado a Al Qaida nada tiene que ver con el Islam -como a veces se hace desde fuentes musulmanas- es a todas luces irreal. Se podrá decir, con razón, que el concepto de religión que se encuentra en la base de este tipo de terrorismo es deforme; tan inhumano que resulta aberrante. Pero, como afirmaba hace poco un prestigioso editorialista del New York Times, Thomas L. Friedman, se trata de un problema islámico que reclama una solución islámica.

En ese mismo artículo, cuyas tesis me parecen bastante acertadas, Friedman afirmaba que no ha habido hasta el momento ninguna fatwa de líderes musulmanes contra Al Qaida. Esto no es exacto. Hay una excepción, que hemos conocido precisamente en España. Con ocasión del primer aniversario de los atentados del 11-M, uno de los secretarios generales de la Comisión Islámica de España, Mansur Escudero, pronunciaba una fatwa declarando fuera del Islam a Bin Laden, a Al-Qaida, y a todo aquel que pretenda justificar actividades terroristas en la ley o la doctrina del Islam.

Una fatwa es, por explicarlo en breve, un dictamen u opinión jurídica en materia religiosa, emitida por una autoridad islámica. Su función es la de clarificación de asuntos controvertidos, aunque, como en el Islam no existe una autoridad religiosa central unificada, puede haber -y de hecho hay- fatwas contradictorias. Algunas se han hecho tristemente célebres; de ahí su mala reputación entre amplios sectores de la población occidental. Una de las más conocidas es la del imán Jomeini, en 1989, declarando que Salman Rushdie, autor de «Versos satánicos», había sido condenado a muerte, e invitando a todos los «musulmanes devotos» a ejecutarlo rápidamente, para ejemplo de quienes se atrevan a insultar al Islam. No menos famosa es en la que Bin Laden declaraba, en 1996, la guerra a los EE.UU. O la pronunciada por fundamentalistas islámicos en Bangla Desh, en 1993, contra la escritora Taslima Nasreen, por sus escritos criticando la posición de la mujer en el Islam. Rushdie y Nasreen tuvieron que exiliarse para salvar sus vidas. Las consecuencias de la fatwa de Bin Laden son también bien conocidas.

La fatwa de Escudero es muy diferente de éstas, pues pretende hacer frente a los excesos del radicalismo islámico. Su fundamento consiste en que los musulmanes no pueden cometer crímenes contra personas inocentes. Es más, son «responsables ante Dios» de detener a quienes tengan intención de hacerlo. Existe una prohibición clara del Profeta de matar a mujeres y niños, y en general a civiles, en caso de conflicto bélico. El Islam «es una religión de paz, que repudia todo acto de terrorismo y muerte indiscriminada». Además, se afirma que el propio Islam es víctima de los atentados terroristas: no sólo porque a veces -como sucedió el 11-M- se cobran la vida de musulmanes, sino también porque propician la expansión de sentimientos de islamofobia.

La consecuencia de lo anterior es clara: «la comisión de actos terroristas supone una ruptura de tal magnitud con las enseñanzas islámicas que permite afirmar que las personas o grupos que los han realizado han dejado de ser musulmanes y se han situado fuera de la esfera del Islam». Pero lo importante es que a esta afirmación general se añade una precisión específica: se declara, con mención expresa de sus nombres, que Bin Laden y Al Qaida están fuera del Islam.

Por lo que me consta, una fatwa de estas características no tiene precedente, ni tampoco ha tenido secuelas, en el mundo islámico. Hay, sí, condenas de actos terroristas, pero no expresiones solemnes mediante las que, nominalmente, se consideren a sus responsables como «apóstatas que han abandonado el Islam». Es significativo también que, de las dos federaciones musulmanas que componen la Comisión Islámica de España, la fatwa fuera apoyada sólo por la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas (FEERI). La otra federación, UCIDE, declinó adherirse.

La fatwa de Escudero envía un mensaje positivo al mundo occidental, no sólo al español. Un mensaje según el cual una parte del Islam afirma que su identidad religiosa es compatible con un rechazo radical de la violencia terrorista, aunque ésta sea ejercida por musulmanes y en nombre del Islam. Un mensaje radicalmente opuesto a la idea que Al Qaida trata de difundir entre las comunidades musulmanas y entre los países occidentales: que entre Islam y Occidente no cabe conciliación posible.

Típicamente, la mayoría de los líderes musulmanes adopta una actitud de fácil condena general al terrorismo, pero de resistencia a materializarla en nombres y grupos concretos. Respecto a esto último, casi siempre se guarda silencio. Como si el terrorismo no tuviera brazos, o nombres y apellidos. Muchos hemos echado de menos en estos últimos años, en especial desde el 11-S, una colaboración decidida en materia antiterrorista por parte de los líderes islámicos. Incluida una condena clara y nominal de los grupos terroristas, que contrarreste la sorprendente simpatía que esos grupos continúan despertando en un amplio porcentaje de las comunidades musulmanas asentadas en suelo europeo.

La mentalidad occidental tiene en los derechos humanos un punto de referencia fundamental, y se resiste a comprender y a aceptar una religión que pone la afinidad religiosa por delante de lo más esencial en el hombre: el respeto del derecho a la vida. La actitud de un sector del Islam español muestra que nuestra civilización no es necesariamente incompatible con la religión islámica, sino sólo con aquellas de sus interpretaciones que intentan edificar su pretendida espiritualidad sobre la negación de los valores más netamente humanos. Si a los países occidentales se les exige que no rechacen en bloque una cultura diferente por culpa de algunas interpretaciones extremistas, parece razonable que a los líderes islámicos se les exija una actitud decidida de extirpación de esos elementos radicales, como requisito para que los musulmanes puedan, sin pérdida de su identidad religiosa y cultural, integrarse en el mundo occidental.

Reino Unido
Encuestas desde el infierno islamista
Daniel Pipes Libertad Digital 9 Agosto 2005

Estimar cuántos terroristas potenciales residen en el país de uno es un tema altamente impreciso, pero existe una llamativa correlación entre un informe del gobierno británico filtrado recientemente al Times de Londres y una nueva encuesta de opinión encargada por el Daily Telegraph.

Basándose en “inteligencia” sin identificar, el informe de gobierno (analizado por mí en “El próximo atentado en Londres“) descubre hasta 16.000 “musulmanes británicos implicados activamente en actividades terroristas”.

Después, utilizando métodos de investigación estándar de cuestación, la prestigiosa firma demoscópica YouGov entrevistó online a 526 adultos musulmanes por toda Gran Bretaña entre el 15 y el 22 de julio, evaluando los datos según la edad de la población musulmana británica, el género y los países de origen. La encuesta descubre que un uno por ciento de ellos, o “cerca de 16.000 individuos, se declaran dispuestos, posiblemente hasta deseosos, por abrazar la violencia” en el esfuerzo por llevar a su fin a la “decadente e inmoral” sociedad occidental.

Si sus filas fueran realmente así de densas, una cifra tan grande de terroristas potenciales podría causar una crisis de seguridad sin precedentes para Gran Bretaña, con todas las ramificaciones acompañantes, económicas, sociales, políticas y culturales que uno pueda imaginar.

La encuesta de YouGov contiene muchas otras estadísticas que deberían interesar, por no decir impactar, a los británicos y a otros occidentales.

- Musulmanes que ven los atentados del 7/7 en Londres como justificados en retribución: 6 por ciento.
- Que sienten simpatía hacia “los sentimientos y motivaciones” de los que perpetraron los atentados del 7/7: 24 por ciento.
- Comprenden “porqué algunas personas se comportan de ese modo”: 56 por ciento.
- Discrepan con la descripción de Tony Blair de la ideología de los terroristas de Londres como “pervertida y venenosa”: 26 por ciento.

- No se sienten leales a Gran Bretaña: 16 por ciento.
- Están de acuerdo en que “la sociedad occidental es decadente e inmoral, y los musulmanes deberían buscar ponerle fin”: 32 por ciento dispuestos a utilizar métodos no violentos y (como se observa arriba) el uno por ciento está dispuesto a utilizar la violencia “en caso necesario”. Sólo el 56% de los musulmanes está deacuerdo con la afirmación “puede que la sociedad occidental no sea perfecta, pero los musulmanes deberían vivir con ella y no intentar provocar su final”.
- Están de acuerdo en que “los líderes políticos británicos no son sinceros cuando hablan de igualdad. Se refieren a las vidas del pueblo británico blanco como más valiosas que las vidas de los musulmanes británicos”: 52 por ciento.

- Desprecian a los líderes de los partidos políticos como poco sinceros cuando dicen “respetar el islam y querer cooperar con las comunidades musulmanas de Gran Bretaña”: 50 por ciento.
- Dudan de que alguien acusado y juzgado por los atentados del 7/7 reciba un juicio justo: 44 por ciento.
- No informaría de un líder religioso musulmán “que intentase 'radicalizar' a jóvenes musulmanes predicando odio contra Occidente”: 10 por ciento.

- No cree que la gente tenga el deber de acudir a la policía si ve “algo en la comunidad que les hace sospechar”: 14 por ciento.
- Creen que otros musulmanes serían reticentes a acudir a la policía “por algo que vieran que les hiciera sospechar”: 41 por ciento.
- Informaría a la policía si creyera tener noticias de la posible planificación de un atentado terrorista: 73 por ciento. (En este caso, el Daily Telegraph no ofrece el porcentaje negativo).

Otro sondeo de opinión, éste encargado por Sky News y realizado por Communicate Research (que entrevistó telefónicamente a 462 musulmanes residentes en el Reino Unido) descubre resultados similares:

- Musulmanes que están de acuerdo con lo que hicieron los terroristas suicida de Londres: 2 por ciento.
- Que creen que existe justificación coránica para los atentados: 5 por ciento.
- Discrepan con la afirmación “los clérigos musulmanes que predican la violencia contra Occidente son ajenos a la opinión musulmana común”: 46 por ciento.
- Piensan en sí mismos primero como musulmanes y como británicos en segundo lugar: 46 por ciento. Otro 42 por ciento no distingue entre las identidades. Un mísero 12 por ciento se considera a sí mismo primero como británico y como musulmana en segundo lugar.

Comentarios
(1) Es difícil decir cuál de estas estadísticas bastante preocupantes es la más alarmante, pero destacan dos. Que menos de tres cuartas partes de los musulmanes de Gran Bretaña indiquen que informarían a la policía de un atentado terrorista inminente plantea dudas graves a propósito de la táctica del gobierno de Blair de hacer que los musulmanes patrullen su propia comunidad. Que un tercio de los musulmanes no acepte a la sociedad británica y desee ponerle fin, presumiblemente para abrir el camino a un orden islámico, plantea dudas comparables acerca del tan vanagloriado ideal multicultural de Gran Bretaña.

(2) Incluso el intérprete de su propia estadística en el Telegraph, el profesor Anthony King, de la Universidad de Essex, se siente obligado a endulzar los resultados, llamándolos “tranquilizadores y perturbadores a la vez, en algunos sentidos incluso alarmantes”, sea lo que sea lo que signifique eso. En varios casos específicos, convierte estadísticas que ponen los pelos de punta en estadísticas alegres (que el 73 por ciento alertase de un atentado terrorista inminente lo juzga “impresionante”). La actitud inocentemente optimista del periódico y del profesor hace a uno preguntarse qué despertaría a los británicos ante el infierno islamista que crece en su medio.

Zarraoa en su laberinto
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo 9 Agosto 2005

El alcalde de Getxo comparecía ayer ante los medios para responsabilizar a la Policía Municipal de la barbarie que hace nueve días asoló su pueblo en un espectacular repunte de esa forma de terrorismo que conocemos como 'kale borroka'.

Es un hecho notable que el responsable máximo de la guardia urbana culpabilice a sus subordinados. Es verdad que tiene un precedente en una lamentable actuación de Trillo, pero Zarraoa, según los cinco sindicatos con representación en la Policía local, tiene el inconveniente de haber «recluido» a los agentes «en la jefatura y en puntos absurdos del municipio». El alcalde dice que mienten y que sólo uno de 14 agentes se presentó al trabajo. No explica, sin embargo, por qué no ha incoado un expediente para sancionar a los trabajadores ausentes y la culpabilización de los agentes es ligeramente incongruente con su aseveración de que «los ciudadanos no quieren una gran presencia policial en fiestas».

Dice el señor Zarraoa que «he condenado sin paliativos esas acciones, me he solidarizado con todas las víctimas». Veamos algunos paliativos: el 25 de junio de 2000, tras la explosión de un coche bomba de ETA en la calle Manuel María Smith de Las Arenas, dijo: «El problema para alcanzar la paz es que unos se quieren mover, mientras otros permanecen en el inmovilismo», para añadir al día siguiente: «Si esto no funciona, es porque ni ETA quiere hablar, ni el PP quiere moverse».

Veamos alguna excepción: El 9 de febrero de 2003 explicó la negativa del consistorio que preside a condenar el asesinato del jefe de la Policía Municipal de Andoain porque no se había producido en Getxo. No quiere esto decir que su corazón municipal no sea grande y acogedor: El 12 de diciembre de 2001 felicitó las navidades a sus vecinos con un bando en el que recordaba a las víctimas de ETA y a los familiares de sus asesinos.

Zarraoa se ha mostrado siempre como un virtuoso de la equidistancia y partidario de repartir las culpas del terrorismo a cazos, como un rancho cuartelario. Puestos a repartir, también es partidario de clasificar a sus vecinos, separar el grano de la paja, los euskaldunes de los que no lo son. Esta lumbrera municipal ha anunciado su intención de imponerles un distintivo para que el personal sepa a simple vista a qué atenerse. Él no ve nada de malo en clasificar a los ciudadanos en función de su lengua, raza, credo político o religioso, pero todos los genocidios que ha conocido la humanidad han requerido esa tarea previa. Paul Rusesabagina, el protagonista de 'Hotel Rwanda', contaba cómo se gestó lo que en 1994 se convirtió en un genocidio que superó en productividad a los campos de exterminio nazis, con 800.000 tutsis asesinados a machetazos por sus vecinos hutus en sólo 94 días: «Un día pasaron los belgas midiéndonos el ancho de la nariz. Así empezó todo».

El sumario del 11-M
«Dentro de nueve minutos me iré con Dios»
- «El chino», uno de los suicidas de Leganés, llamó a Marruecos poco antes de la explosión para despedirse de su familia. Le dijo a su madre que no llorase, porque era su destino. Cuando la hermana intentó disuadirle le cortó en seco: «No hay marcha atrás»
Una información elaborada por Ricardo Coarasa, Roberto L.Vargas y Enrique Fuentes La Razón 9 Agosto 2005

«El chino», cercado por la Policía, dijo a su madre que estaba «haciendo su trabajo»

Madrid- No había escapatoria. Conscientes de que consumían sus últimos minutos de vida, los terroristas del 11-M quisieron despedirse de sus familias. Algunos, como Abdennabi Kounja, lo habían hecho ya mediante una carta. Otros, como Jamal Ahmidan, «El chino», optaron por una llamada de móvil. Al otro lado de la angustiosa comunicación, su madre y su hermana, que intentaron disuadirle sin éxito durante los tres o cuatro minutos que duró la conversación. Pero «El chino» estaba decidido a suicidarse junto a sus seis compañeros haciendo saltar por los aires el edificio de la calle Carmen Martín Gaite de Leganés ese 3 de abril de 2004. Era, eso creía él, su destino. Por eso, cuando colgó el teléfono y su hermana marcó el número para localizarle de nuevo, su reacción fue airada. «No hay marcha atrás», le espetó.

Youssef Ahmidan, hermano de «El chino», relató el pasado 9 de enero al juez de la Audiencia Nacional Juan del Olmo –que instruye el sumario de los atentados– la llamada de despedida del que la Policía considera uno de los autores materiales del 11-M. Y contó cómo el 3 de abril, Jamal llamó a Marruecos y habló con su madre y con su hermana Latifa. Después de esa conversación, ellas telefonearon a Youssef para decirle que Jamal «estaba en un edificio y que estaba la Policía y que había dicho que iban a hacer una explosión y nada más».

La madre «se puso muy mala».
«El chino» –según consta en la declaración– «quería hablar con su madre para despedirse de ella, que se puso muy mala y se emocionó y no pudo seguir hablando con él y le pasó el teléfono a su hermana y le comentó lo mismo». Jamal pretendía saludar también a su padre. «Su familia intentó convencerlo para que no hiciese eso, pero Jamal les dijo que lo iba a hacer. No les dijo con quién estaba, sólo que estaba con otros, pero no cómo se llamaban». Pese a que no les explicó los motivos de su decisión, su hermano cree que «haría la explosión para que no los detuvieran, pero no sabe si realmente lo hizo por eso». Youssef aseguró al juez Del Olmo que, nada más hablar con su familia, avisó a la Policía para comunicarle que se iba a producir la explosión.

El hermano del terrorista suicida manifestó que no sabía si en la conversación con su madre (que según él duró tres o cuatro minutos) Jamal hizo referencia al 11-M. «No le dio tiempo a su madre para que le preguntase por qué iba a hacer eso. Se despidió de su familia y nada más». Youssef añadió que cuando su hermano colgó, su madre y Latifa trataron de llamarlo, pero no cogía el teléfono. Al final, gracias a su insistencia, alguien lo descolgó (según Youssef, fue otra persona, que se lo pasó a «El chino») y su hermano les dijo «que no llamasen más, que estaba haciendo su trabajo».

La declaración ante el juez de Youssef Ahmidan se interrumpió para que éste se pusiera en contacto telefónico con su madre para precisar la versión de los hechos. Tras hablar con ella, la declaración recoge la versión de Rahma, la madre de «El chino», quien ratificó que el 3 de abril del pasado año, estando en Marruecos, recibió una llamada de Jamal. «Jamal le dijo que faltaban nueve minutos para irse con Dios y que está en un sitio con unos cuantos más y que es su destino. Su madre le preguntó por qué y le dijo que no llorase, que era su destino».

La última llamada.
Después se puso su hermana, quien «le preguntó por qué hacía esto y Jamal le dijo no llores y ya está, no le dijo nada más». En ese momento se interrumpió la conversación. La madre, comida por los nervios, instó a su hija a que llamase por teléfono al número desde el que había contactado con ellos Jamal. Así lo hizo. Pero la voz que escuchó no era la de su hermano, sino la de otra persona de quien «no sabe su nombre», que le preguntó «si quería hablar con Redouan, a lo que ella le contestó que no, que quería hablar con Jamal». En esta segunda conversación Latifa le insistió de nuevo para que no lo hiciera, pero Jamal «le volvió a decir lo mismo y que dejase de llamar porque ya no había marcha atrás».

Otro de los siete terroristas que se suicidaron en el piso de Leganés, Abdennabi Kounjaa «Abdullah», prefirió despedirse de sus familiares con una carta, que fue entregada al juez Del Olmo por la empresa de enconfrados para la que trabajaba otro de los imputados del 11-M, Saeed El Harrak (en prisión desde mayo de 2004). En la misiva, «Abdullah» se ratificaba en su ideario extremista y animaba a sus hijos a convertirse algún día en «muyahidines»: «Os pido que tengáis fe en Dios y que sigáis a los hermanos “muyahidines” en todo el mundo y quizá seréis uno de ellos, ya que eso es lo que espero de vosotros».

Jorge Urrutia afirma que «en Estados Unidos se juega el futuro del español»
Eva Muñoz La Razón 9 Agosto 2005

Santander- Cuatrocientos millones de personas compartimos hoy en el mundo el español como lengua materna, es el cuarto idioma por número de hablantes y la lengua oficial en veinte países distintos. Sin embargo, considera el catedrático de literatura española, director académico del Instituto Cervantes y colaborador de LA RAZÓN, Jorge Urrutia que hacer un panegírico de la lengua española carecería de interés académico. De lo que se trata es de ver cuál es la realidad y potencial del español como lengua de cultura, y su correspondiente valor económico. Así lo expuso ayer en su conferencia «Extensión y profundidad del español», con la que se inauguraba el curso «Valor y poder económico de la lengua: una empresa española», que acoge esta semana la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

«La importancia de una lengua no depende sólo de su número de hablantes, sino de su capacidad de trascendencia fuera de su ámbito geográfico». Es decir, de su relevancia como lengua de creación literaria, artística, científica y de comunicación e intercambio entre distintos países. De ahí, también, sus evidentes consecuencias económicas, así como su afirmación de que «es en Estados Unidos donde se juega el futuro del idioma» que, «junto con Brasil –añadió– son los campos de actuación prioritarios (del Instituto) para el futuro».

Economía.
Hoy, a diferencia de lo que sucedía anteriormente, «en Estados Unidos, el 76’6 % de los ciudadanos de origen hispano mantiene su lengua materna». Y es que, parejo al incremento de graduados universitarios, empresarios y profesionales liberales que hablan español, decrece en ese país la asociación de nuestra lengua con la precariedad económica.

Pese a ello, advirtió Urrutia, «no será un camino de rosas». Pues la inquietud, «más racial que política», expresada por Samuel Huntington y compartida por un buen número de norteamericanos de la expansión del español, puede conducir a que la consigna del «English only» sea habitual. En ese sentido, comentaba el profesor, resulta preocupante la sentencia de un juez del estado de Tennessee que obligaba a una madre a aprender inglés para educar a su hijo, puesto que, rezaba textualmente la sentencia, «en español no puede hablarse de cuestiones sustantivas».

La lengua, el petróleo de España
Patrocinado por Vocento, y dirigido por José Luis García Delgado, el curso analizará hasta el viernes la proyección no sólo cultural, sino económica, de nuestra lengua
BEATRIZ BENÉITEZ/SANTANDER ABC  9 Agosto 2005

«Hoy no cabe hablar de cultura española, sino de cultura en español». Así lo cree Fernando R. Lafuente, director de ABCD las Artes y las Letras, para quien «la lengua es el petróleo de España». Ayer pronunció una conferencia en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander bajo el título «El español, lengua americana». Esta ponencia se enmarca en un curso patrocinado por la Fundación Vocento, que lleva por título «Valor y poder económico de la lengua: Una empresa española».

En opinión de Rodríguez Lafuente, el español es una lengua americana y prueba de ello es que «en Estados Unidos ya hay más hablantes de español que en la propia España y, por lo tanto, la proyección atlántica de la lengua es la verdadera proyección cultural española», que no tiene semejanza en la Unión Europea, salvo en los casos de Reino Unido y Portugal.

A pesar del gran valor de la lengua española, asegura que tanto la sociedad española como las americanas, especialmente México y Argentina, manifiestan «cierto miedo escénico, como si se sintieran desbordadas por tal éxito». El español es la segunda lengua del mundo occidental, y eso requiere el desarrollo de iniciativas «ambiciosas y cautelosas» desde los ámbitos público y privado, porque «hay que dar los pasos justos y medidos, pero hay que darlos».

Auge del español en Brasil
Para Rodríguez Lafuente, un papel determinante lo representan las industrias culturales; tanto la editorial como el cine y la música. Si hablamos de cine, dijo, un buen ejemplo es «El coronel no tiene quien le escriba», y si nos referimos a la música, se puede hablar de «Lágrimas Negras», Buena Vista Social Club o Jorge Drexler, merecedor del primer Oscar a una canción en español. «A lo que me refiero, es a la creación de la lengua como marca de la cultura en español», apostilla.

No quiso pasar por alto en su intervención la decisión del Gobierno de Brasil de considerar el español como lengua obligatoria en Secundaria. «Es la decisión más relevante para la cultura española de los últimos cincuenta años», manifestó.

«El español como lengua de relación en el mundo» es el título de la ponencia que Fernando García de Cortázar ofreció ayer durante una mesa redonda, en la que también participaron Rodríguez Lafuente, el catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Complutense, José Luis García Delgado, y Jaime Otero Roth, investigador principal del Área de Lengua y Cultura del Real Instituto Elcano. Esta mesa redonda se realizó en homenaje al lingüista José Ramón Lodares, alumno de Gregorio Salvador, que falleció el pasado 4 de abril en accidente de tráfico.

García de Cortázar habló sobre la comunidad lingüística en español, de la que dijo que «no fue obra ni de los clérigos, ni de los conquistadores, sino de los propios americanos, quienes acabarían haciendo suya la vieja lengua imperial al declinar el siglo XIX». El director de la Fundación Vocento explicó que «los conquistadores y nativos, los desheredados de la España de finales del XIX y los exiliados políticos del XX han tejido, a uno y otro lado del Atlántico, un tapiz mestizo», que se completa en la presente centuria con «los americanos que hacen el camino de España».

Excepción cultural
Para el historiador, la cultura en español no se crea solamente en España, a diferencia de otras como la francesa, que surge principalmente en Francia, sino que «toda Hispanoamérica y, cada vez más los hispanos de Estados Unidos, están generando literatura, cine, pintura y escultura de gran calidad». Por eso, en su opinión, «sería un suicidio que España aplicase políticas de excepción cultural, de ámbito europeo, que le harían perder la otra mitad de su esencia: la americana». Asegura que el elemento de exclusión «ha estado presente en toda la historia, no pertenece sólo a nuestra sociedad moderna» y que solamente los que no tienen «ninguna confianza en el dinamismo y las posibilidades de los españoles y europeos para destacar en el mundo de la creación» abogan por la excepción cultural.

Somos ciudadanos.
Ágora Socialista ABC  9 Agosto 2005

También; y aunque nuestra sensibilidad es la del vulgo, no podemos callar frente a normas que nos acabarán afectando. Aprovechemos esta oportunidad para redefinir Cataluña. Hemos tratado acerca de la legitimidad social, de la lengua y de la catalanidad; de las consecuencias que de ellas se derivan. Estamos en la antípoda del discurso único del poder. Más desacuerdos, representación democrática; al menos dos realidades claman en el desierto: participación y proporcionalidad.

La participación en las elecciones autonómicas es pobre, particularmente pobre frente a las generales y las municipales. Más mísera todavía es la preocupación que ello despierta en los partidos catalanes. La atención puesta sobre la abstención suele durar unas horas; el tiempo que transcurre entre contar los votos obtenidos y los escaños correspondientes. La abstención evidencia el fracaso de los partidos, pero les inquieta poco. Gran número de votantes, a falta de una opción atractiva, elige, por responsabilidad, la menos mala. A otros ni siquiera eso les conforma, se abstienen. Cuando la abstención es alta todos suspenden ante unos ciudadanos que han renunciado, incluso, a expresar su rechazo mediante voto de castigo. Pero estos sedicentes demócratas, además de perder, exhiben su falta de compromiso real, ya que, cuando alguien cree en la democracia, y además vive de ella, se pregunta por las razones de su fracaso y se desvive por enmendar la situación. Al menos no se conforma.

Al trocar votos por escaños los representantes se sienten legitimados. Pero, pese a su inconsciencia, se convierten parcialmente en impostores. Habría fórmulas para evitar esta impostura, al menos para reducirla. Imaginemos un parlamento en el que la abstención estuviera representada por carteles blancos en vez de personas. La crudeza del mensaje llenaría de vergüenza, o al menos de humildad, a representantes y a abstencionistas. Tampoco es desechable la obligatoriedad del voto, asignando los mismos asientos vacíos al voto en blanco. Quizá algunos sonrían con suficiencia al leer estas ideas "disparatadas"; quizá crean más consistente para la democracia que un partido como CiU haya gobernado con mayoría absoluta ¡respaldado con un 26 % del total de los votos del censo!

Vemos, por tanto, que hay vías no exploradas para analizar y combatir la abstención. Sin embargo a nuestros representantes no les inquieta esta respuesta social. Unos porque la abstención castiga más a otros partidos que al propio, y ello les beneficia. Otros porque reconocerla como fruto de su asintonía con su electorado natural les obligaría a dimitir o a cambiar de discurso. No debe rechazarse otra interpretación de reflexión más reciente: ni unos ni otros tienen el menor interés en que en las autonómicas aparezca un discurso político motivador para los que tradicionalmente se abstienen, ya que dicho discurso chocaría de lleno con la causa común, con el pacto inefable, con el santo grial, con "la realització plena de Catalunya"
.
Otro asunto es la proporcionalidad. ¿Alguien puede argumentar con autoridad que no es bueno el aforismo elemental de la democracia "un hombre, un voto"?. Pues no, para nuestros contumaces representantes, nombrar lo elemental es mentar al diablo. Esta negativa choca contra la ética; toda desvirtuación de este principio comporta la proporcional estafa a la ciudadanía. Pero donde la ética es débil la épica la suple, derivando en la justificación de favorecer la representación del territorio, "el modelo de país". Gran sofisma, ya que el Parlament es la representación política de los ciudadanos (la representación del territorio la realiza l'Institut Cartogràfic) La historia muestra que la generosidad de las ideas y la ilustración de las sociedades está más ligada a la urbe que al ruralísmo. En todo caso, quien defiende la libertad, la educación pública, la cultura, la laicidad, la independencia de poderes, el control de las instituciones, incluso el uso y las finalidades del territorio, es la democracia sin trampas, fuerte y transparente.

El propio Estatuto, en su disposición cuarta, consagra la injusticia y la desproporción en la representación. Y qué decir de la lengua que se emplea en el Parlament. Si alguien se atreve a usar el castellano, que también es catalán, será arrojado a las tinieblas. Comparen este monolingüismo con la expresión natural de los representados. La disfunción no cesa. Es el miedo a la realidad propia, a la Cataluña real. Es jugar a ser demócratas sin atreverse a serlo, cultivando el discurso onírico de Camelot, aunque el resultado sea un "camelo", cuando no un Carmelo. Seguiremos...
Recortes de Prensa   Página Inicial