AGLI

Recortes de Prensa     Martes 16 Agosto 2005
Batasuna y la farsa nacional
CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN ABC 16 Agosto 2005

Los españoles y la bomba iraní
Valentí PUIG ABC  16 Agosto 2005

El escamot de la costa mallorquina
EDITORIAL Libertad Digital 16 Agosto 2005

Así habló Al Qaeda
GEES Libertad Digital 16 Agosto 2005

Libertades hirientes
Editorial ABC 16 Agosto 2005

Día de gloria
José cavero El Ideal Gallego 16 Agosto 2005

Tolerancia cero variable
EDURNE URIARTE ABC 16 Agosto 2005

Verano y humo
FERRAN GALLEGO ABC  16 Agosto 2005

Batasuna y la farsa nacional
Por CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN PROFESOR DE FILOSOFÍA DE LA UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO ABC 16 Agosto 2005

ALGUNOS observadores interpretaron la convocatoria de la manifestación de Batasuna en San Sebastián como una toma de temperatura política por la organización terrorista. Pues bien, todo lleva a pensar que la temperatura es bastante confortable para ellos. Aunque no consigan caldear demasiado el ambiente, no padecen la mortífera congelación de la ilegalidad. Sus partidarios se muestran tibios, sus enemigos fríos.

Los medios de comunicación han aportado publicidad gratuita. Alguien ha recordado estos días que la BBC estuvo más de un año sin sacar una sola imagen o declaración de los actos del Sinn Fein o de sus portavoces. Los británicos aplicaron el filtro informativo hasta obtener razonable certeza de que el IRA se veía acabado. En España es al revés: basta el anuncio de una aparición de estos nosferatus para que todos corran a magnificarla. Para entender el porqué oigamos al inefable Odón Elorza: «Necesito pensar que Otegi va a ser capaz de hacer un discurso realmente autónomo y pedir en algún momento a ETA que se ha acabado el tiempo de las armas, como el IRA, y que el único campo de batalla es el de la política. Si Otegi actúa en coherencia, si es capaz de ser coherente con lo que anuncia, debiera concurrir incluso a las próximas elecciones municipales y forales». Y es de este domingo, no de hace un año.

Algunos jueces también se han portado. El presidente del Tribunal Superior de Justicia vasco felicitó a Balza por cumplir la ley (no espere ni en sueños algo semejante cuando cumpla con su obligación, pero así están las cosas). Y el presidente de la Sala de Vacaciones del tribunal afectado, Manuel Díaz de Rábago, emitió en la vista del recurso un voto particular justificando el derecho de los militantes de Batasuna a manifestarse -no el de Batasuna misma, considerada como cuerpo místico- en estos términos: «La disolución del partido traerá consigo, como es lógico, que éstos utilicen directamente cauces de expresión política que hasta entonces se encauzaban por la vía del partido disuelto. No cabe ver en ello fraude alguno», porque «no estamos ante un partido reconstituido que funciona ilegalmente», sino ante un «colectivo de ciudadanos que buscan seguir actuando en la vida política». De aplicarse a los violadores, habría que disculparles por expresar de ese modo irreprimible su bulliciosa líbido.

Respecto al Ejecutivo de Ibarretxe, decidió no dejarse intimidar. El apabullante despliegue de antidisturbios evitó que los manifestantes ilegales ejercieran sus inabrogables derechos a actuar... por el centro de la ciudad. No hizo falta excesiva fuerza, porque los manifestantes, según testigos fidedignos, no pasaban de quinientos. Eso sí, la Ertzaintza les permitió jalear a ETA y zurrar periodistas en uno de sus feudos, las nueve hectáreas de la Parte Vieja. Renovaban así uno de los pactos no escritos más sagrados en el País Vasco, el del reparto territorial: las ciudades medianas y grandes son para los nacionalistas incruentos, los pueblos y cascos viejos para los otros. La Ley de Partidos podría ser ventajosamente sustituida por el Reglamento de Estacionamiento y Circulación Vial.

Por su parte, los ciudadanos se mostraron inflexiblemente decididos a divertirse. La crónica que firma en El Correo Javier Guillenea describe perfectamente el ambiente: «Una hora antes, nada hacía prever lo que finalmente ocurrió. Numerosas furgonetas de la Ertzaintza se desplegaron por el Boulevard y sus efectivos se apostaron en las bocacalles de la Parte Vieja, donde se habían congregado numerosos manifestantes. La escena no intimidó a los turistas que tomaban consumiciones en las terrazas de la avenida. Muchos de ellos se levantaron y comenzaron a sacar fotos e imágenes de vídeo de los policías y a los grupos que poco a poco iban concentrándose en el lugar establecido por los convocantes. No muy lejos, en la Plaza de la Constitución, se celebraba un alarde de txistularis y entre las mesas de los bares deambulaban músicos ambulantes».

En la zarabanda ulterior resultaron heridos leves tres impávidos turistas que se negaron a abandonar sus mesas. En cambio, salvo algún batasuno, ningún nativo resultó contusionado, porque la experiencia es un grado. Pero los turistas lesionados tenían razones para suponer que el enfrentamiento de energúmenos y policías de negro y rojo era una variedad donostiarra de los Moros y Cristianos levantinos. En algunos países no es habitual tolerar algaradas anunciadas con anticipación por grupos disueltos por terrorismo, imagen inimaginable para mentes sin fantasía. Pero la llamada izquierda abertzale no concibe una fiesta sin apología del terrorismo y persecución del disidente. Y otras personas admiten que oponerse a esa forma de diversión es muestra de intolerancia. Se apoyan en las recientes sentencias judiciales que sustituyen la doctrina Garzón por la Arzalluz: la kale borroka no es terrorismo, sino una variedad vernácula de chiquillada vandálica.

Felizmente, la mayoría ha visto satisfechos sus deseos. La democracia así entendida queda a salvo. Batasuna ha obtenido abundante publicidad con escaso gasto, y de nuevo ha mostrado en la práctica que la Ley de Partidos es un espejismo. La Consejería de Interior ha demostrado que hará respetar el vigente reparto de barrios entre las banderías nacionalistas. Otro juez desconocido ha tenido su momento de gloria. Los turistas tendrán algo emocionante que contar en la oficina.

Los esfuerzos de los últimos años no han sido en vano. Batasuna es parte visible de la gran farsa nacional que brilla en agosto con todo su esplendor. Forma equipo con la cabra arrojada desde el campanario, los toros de fuego y las epidemias de salmonela. Su efímera ilegalización ha ilustrado de nuevo el famoso dicho: España es un país de leyes durísimas moderadas por su sistemático incumplimiento. El termómetro de Batasuna marca unos confortables veintisiete grados al sol, la temperatura del lunes en el Boulevard donostiarra. Queda por ver si el futuro les pertenece.

Los españoles y la bomba iraní
Por Valentí PUIG ABC  16 Agosto 2005

UNA cierta invertebración de la opinión pública española no es invento de un viejo malhumor regeneracionista. Ostentamos una gran volatilidad, una notable capacidad de olvidar hoy lo que pasó ayer y, sobre todas las cosas, una indiferencia monumental ante lo que ocurre en el mundo. Según datos recientes del CIS, un 50.5 por ciento no tiene ningún interés por los acontecimientos que sucedan en otros países y un 46.1 por ciento se declara «poco o nada ligado» a la Unión Europea. Son datos posteriores al «sí» español al Tratado Constitucional Europeo. Es un estado de opinión propio de otras épocas y escasamente idóneo para un mundo en el que la defensa de los intereses nacionales requiere de una inmersión constante en la interdependencia, europea y mundial. Dicho de otro modo: el ciudadano debe estar lo suficientemente informado para hacerse una opinión sobre lo que es mejor para su país. O mejor dicho: tenemos que poder entender qué es lo menos malo para España.

Ahora Irán quiere tener su bomba atómica y su nuevo presidente, el radical Mahmud Ahmadineyad, ha formado un gobierno más o menos ultrafundamentalista. Triunfan el inmovilismo y el empeño de arsenal nuclear. Ganan terreno la censura y el acoso a la disidencia. Las cosas como son, resulta que en conjunto la sociedad iraní -según no pocos analistas- se identifica con la ambición nuclear de los herederos de Jomeini. Quienes en Occidente se alegraron de la caída del sha Reza Pahlevi -en parte autoritario y del todo kemalista- quizás algún día se disculpen por haber aclamado el acceso al poder de un Jomeini totalitario. Si hace meses dábamos por caducado el fundamentalismo en Irán, ahora la revolución de los «ayatollás» reemprende el vuelo, con ganas de disponer de la bomba atómica. Hasta ahora, los Estados Unidos -en términos diplomáticos- estaba haciendo de «policía malo» y la Unión Europea ejercía de «policía bueno». Todo ha sido bastante inútil, como puede serlo llevar las cosas al Consejo de Seguridad de la ONU, donde Teherán contaría con la complicidad de Rusia y China, porque ya sabemos la importancia que tiene el petróleo. De todos modos, China y Rusia han respaldado la resolución de la Agencia Internacional de la Energía Atómica pidiendo a Irán el cese de la conversión de combustible nuclear.

El historiador Niall Ferguson recordaba en «The Sunday Telegraph» lo que dijo Henry Kissinger cuando estalló la guerra entre Irak e Irán: «Es una lástima que no la pierdan los dos». Pero ahí estaba otra vez, procaz y cínico, el dilema del menor de los males, como estaba en el apoyo a la resistencia islamista a la invasión soviética de Afganistán. Sea como sea, la preponderancia actual de Irán en la zona es enorme, hasta el punto de que -como sugiere Ferguson- pudiera reducir Irak o por lo menos el sur iraquí a la condición de país satélite. Es el largo brazo chiíta.

Es un mundo inhóspito y embrollado que turba la mente del ciudadano que bastante tiene con buscar el sustento para su familia, pero no excusa al conjunto de la opinión pública: su deber es asomarse todos los días al mundo exterior aunque la salpique el barro. Ser un país sin armamento atómico obliga incluso más a analizar los avances y retrocesos del sistema de no proliferación, sus perspectivas y todo lo que anda en juego. Al fin y al cabo, todo está interrelacionado. Aun con fisuras y discrepancias en la estrategia diplomática, Occidente reconoce manifiestamente el riesgo de un régimen iraní reingresado en el fervor ultrafundamentalista y dispuesto a acelerar el proceso de obtención de su bomba atómica. Para la opinión pública española, estos asuntos son de una naturaleza muy remota aunque apenas hayamos salido de la conmemoración acongojada de Hiroshima y Nagasaki.

vpuig@abc.es

El escamot de la costa mallorquina
EDITORIAL Libertad Digital 16 Agosto 2005

El día 22 de enero de este año se celebró una manifestación en Madrid para pedir al Gobierno que no dialogase con la ETA. Al final de la misma, el ministro de Defensa, que se había presentado en ella por sorpresa, denunció que había sido objeto de una agresión por parte de dos individuos no identificados, probablemente ultras de extrema derecha según repetían sin cesar los medios adictos al Gobierno. Al día siguiente, el delegado del Gobierno en la capital tras una rápida investigación dispuso que dos jubilados y militantes del PP de Las Rozas eran los culpables de la agresión y fueron citados en comisaría para declarar. Poco importa ya que más tarde se demostrase que la acusación carecía de fundamento o que la versión ofrecida por José Bono se viniera abajo en cuanto se profundizó en la investigación. El hecho es que el Gobierno actúo de inmediato ante lo que, de primeras, parecía una intolerable agresión a un miembro del Gobierno. Se multiplicaron los editoriales condenatorios y prácticamente no se habló de otra cosa durante aquella semana de invierno.

El sábado pasado la vivienda mallorquina de Pedro J. Ramírez fue asaltada por un grupo de independentistas catalanes y radicales de extrema izquierda -comandados por el diputado de ERC Joan Puig- y no ha pasado nada. Muy al contrario, los Guardias Civiles que presenciaron la agresión se inhibieron de actuar y los que llegaron después saludaron cortésmente a los asaltantes. Cuando el domingo pasado el diario El Mundo editorializaba comparando el suceso con una escena más propia de los años 30 que del siglo XXI dio de pleno en la diana. En este triste acontecimiento protagonizado por un diputado nacional, uno autonómico y dos concejales confluyen, al menos, tres quebrantamientos graves de la Ley, a saber; concentración ilegal, agresión física a los vigilantes y allanamiento de espacio público cuyo uso se encontraba en suspenso.

Siendo de extrema gravedad un asalto de estas características, lo es más si partimos del hecho que la propiedad allanada es la del director de uno de los principales periódicos españoles y, no tan casualmente, el rotativo de papel que más ha hecho por investigar sobre el 11-M. No en vano, los vándalos, antes de entrar en la polémica piscina que Pedro J. Ramírez posee en la zona marítimo-terrestre de la Costa de los Pinos, se encargaron de calentar el ambiente coreando a gritos una consigna que decía, textualmente: “Pedro J., hijo de puta, la Ley está con nosotros”. La intención política del acto queda, pues, fuera de toda duda y tanto Joan Puig como el resto de asaltantes deben lo antes posible dar cuenta de ello ante un juez.

Porque lo más preocupante del caso no es el asalto en sí. Episodios similares se dan a lo largo y ancho de nuestra geografía durante todo el año azuzados por el fundamentalismo ecologista tan en boga en nuestros días. Lo más preocupante es que el asalto fue acaudillado por un diputado en Cortes que, además, hizo ostentación de su condición de tal antes, durante y después de pisotear a conciencia la Ley. Por si esto fuera poco, este diputado forma parte del partido que sustenta al Gobierno Zapatero en la Cámara Baja y ha sido, hasta su cierre, portavoz de ERC en la Comisión parlamentaria del 11-M. Con semejante currículo, es decir, con un diputado ejerciendo de violento escamot que castiga al director de un diario, el asalto toma unas dimensiones políticas que, efectivamente, acercan lo sucedido el sábado en la costa mallorquina al enrarecido ambiente de los años previos a la Guerra Civil. Y sólo eso ya es motivo de alarma.

Declaraciones de Al Zawahiri
Así habló Al Qaeda
GEES Libertad Digital 16 Agosto 2005

El 4 de Agosto al-Zawahiri, el médico egipcio número dos de Al Qaeda tuvo a bien dirigirse al mundo por medio de una cinta de video difundida por Al Yazira, para comunicarnos sus pensamientos así como los del “león del Islam, el jeque muyahid Osama Bin Laden”. Jeque guerrillero puede que lo sea, pero león lo es seguro, por cuanto eso es lo que significa “Osama”. El vice y portavoz del islámico león Don León profirió lo que traducido por la BBC resultan ser 328 palabras, que todos los medios del mundo han citado parcialmente entrecomilladas y en el mayor desorden posible, pero que prácticamente ninguno se ha tomado la molestia de reproducir como ha hecho el medio británico.

Ya que Al Qaeda nos mantiene en vilo y es parca en sus comunicados, no estaría de más que la prensa nos diera la oportunidad de que pudiéramos juzgarlos por nuestra cuenta en toda su escasa integridad. Quizás no lo hace para que no le perdamos indebida e insensatamente el respeto a tan encarnizado y carnicero enemigo, porque el lenguaje y el estilo que utiliza es de una tan teatral e infantil prosopopeya que si no supiéramos de quien viene muchos lo desecharían como un broma de adolescente ampuloso y literariamente poco dotado. Pero la alqaidología, ciencia en rápida expansión, se abalanza analíticamente sobre cada imagen y cada palabra dicha y omitida.

Lo segundo primero. Como ya es habitual, al-Zawahiri no reivindica los atentados de Londres aunque decididamente los aprueba y anuncia que, “si Dios quiere”, vendrán más. Quienes los reclamaron fueron unas fantasmagóricas Brigadas Abu Hafs al-Masri, del nombre de guerra del que fue número tres y gran amigo de Osama, Mohamed Atef, que encontró su fin en la invasión americana de Afganistán. Las tales brigadas son de dudosa existencia, más allá de lo virtual, y también se han adjudicado, entre otros, el tétrico tanto de Madrid. Siguiendo con lo que no dijo, es de advertir que el lugarteniente del león no se da por enterado de la masacre de Sharm el Sheik.

Se dirige directamente a los pueblos y naciones, a los británicos, a las naciones de la alianza cruzada y a los americanos, para advertirles de los peligros en que sus gobernantes los ponen, por “derramar ríos de sangre en nuestra tierra”. Se dirige a ellos varias veces en forma interrogativa, preguntándoles por los engaños a que sus dirigentes los someten. Menciona una vez a Palestina y a Afganistán y tres a Irak, pero el énfasis está puesto en la agresión contra los musulmanes en general. “Vuestra salvación llegará sólo con la retirada de nuestra tierra, la detención del robo de nuestro petróleo y recursos y el cese de vuestro apoyo a los líderes corruptos y corruptores.”

Los líderes islamo-fascistas tienen que hacer difíciles equilibrios entre sus tres audiencias cada vez que emiten un comunicado público. Van a ser contemplados, con la misma apasionada atención que los alqaidólogos, por los guerreros santos que los siguen hasta la muerte. Han de tener cuidado para no desconcertarlos o desilusionarlos. Tienen además que contar con sus admiradores en el mundo islámico, que deberían movilizarse para derribar a los corruptos que los mandan y de entre los que ha de reclutarse los que lleguen a pertenecer a la primera categoría. Finalmente los enemigos pueden ser, como en este caso, la audiencia privilegiada. Por eso no se mencionan los objetivos finales de todo el movimiento, el califato y la conquista del mundo para la verdadera religión, sino sólo una modesta petición de retirada. Entre todas sus sangrientas amenazas Al Qaeda exhibe unas guedejas de cordero. Tras Madrid llegó a la conclusión de que dividir a Occidente es su mejor estrategia. Entonces Bin Laden asomó la cara y propuso una tregua. Siguen en ello.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

Libertades hirientes
Editorial ABC 16 Agosto 2005

AUNQUE esperado, resulta preocupante y hasta ominoso el dato de que en los próximos cuatro años 118 presos etarras van a quedar en libertad tras haber cumplido una parte -pequeña, en la mayoría de los casos- de las condenas que les habían sido impuestas. La lista de los futuros excarcelados ha sido elaborada por la Dirección General de Prisiones y remitida a los fiscales de la Audiencia Nacional, quienes, por buena que sea su intención -que, sin duda, lo es- poco podrán hacer para evitar que queden libres. El caso del etarra De Juana Chaos es un ejemplo de la absurda lenidad de las leyes penales con criminales contumaces, a los que se bonifica por dudosas actividades académicas o laborales en el interior de las cárceles y se ignora su reafirmación terrorista. El mantenimiento in extremis de De Juana en prisión fue un alivio pero no es la solución para un problema que afecta gravemente a la confianza en el sistema penal y a la perduración de los éxitos en la lucha antiterrorista. Hay pocas alternativas a esta puesta masiva en libertad de terroristas. La mitad de los nuevos casos fueron condenados al amparo del Código Penal de 1973, que preveía generosas reducciones de condena por actividades de «reinserción» y buen comportamiento. La otra mitad han sido condenados con el Código de 1995, que suprimió las redenciones de condena, pero eludió implantar el cumplimiento íntegro de las penas, tomando como referencia para conceder la libertad condicional no la condena impuesta en sentencia, sino el tiempo máximo de cumplimiento -30 años- salvo que el tribunal sentenciador acordara otra cosa. Esto es lo que permite que etarras condenados a centenares de años, salgan de prisión tras haber cumplido quince o veinte años.

La reforma de 2003 estableció el cumplimiento íntegro de la duración máxima de la prisión, que podía llegar hasta los cuarenta años, limitando la libertad condicional al cumplimiento de las cuatro quintas partes y siempre que el preso hubiera mostrado un arrepentimiento verificable, con condena de la violencia, colaboración con la Justicia y petición de perdón. La posibilidad de aplicar esta norma a las excarcelaciones futuras es discutible, aunque hay tantos argumentos a favor como en contra. En todo caso, la obligación de la Fiscalía es revisar cada supuesto, auditar al día cada redención concedida a los etarras y estudiar la constitucionalidad de aplicarles la reforma penal de 2003.

Día de gloria
Por José cavero El Ideal Gallego 16 Agosto 2005

De nuevo ha funcionado el doble rasero, la doble singularidad de Batasuna: por una parte, la fuerza política que somete sus decisiones a los tribunales de justicia, y que dice que acata la decisión de que no podrá efectuar la movilización. Y de otro lado, el brazo armado de la banda etarra que rompe ese compromiso y se convierte en violencia callejera, y rechaza las normas de una sociedad organizada. De nuevo, nos hemos hallado ante la esquizofrenia que es característica principalísima de esta fuerza política y, al mismo tiempo, parte de la banda terrorista, todo en una sola pieza, conforme han determinado y descrito los tribunales de justicia y los estudiosos del fenómeno etarra.

Era evidente, desde el primer momento, que lo que determinaran los jueces les traía sin cuidado a los dirigentes batasunos. El tono de la convocatoria de Mario Onaindía y de Joseba Alvarez tenía la chulería habitual. Lo que determinaran los magistrados iba a tener nula influencia sobre lo que ya estaba predeterminado, por mucho que a Jone Goiricelaya le correspondiera el papelón de anunciar que, naturalmente, acatamos la decisión judicial y se desconvocará la manifestación .

De manera que todo se cumplió y desarrolló según lo previsto: hubo manifestación, hubo intercambio de golpes con la policía autónoma vasca y hubo los destrozos habituales, con violencia y quema de bienes municipales, de todo final de fiesta etarra que se precie, de acuerdo con la estrategia determinada por la dirección de la banda para cada una de sus formaciones integradas: los políticos, los jurídicos, los militantes de base, los chicos de la gasolina y los expertos en violencias callejeras.

Cada cual tuvo su correspondiente papel como una pieza que son de la misma fuerza revolucionaria que en modo alguno está dispuesta a cambiar su razón de ser y sus particulares modos de actuar en la vida pública vasca. ¿Cómo se podrá prescindir de ellos en alguna decisión sobre lo que pretende ser Euskadi en el futuro?

Es impensable que alguien se esfuerce en dar por buenos los eventuales propósitos de enmienda de la dirección de la banda. Ni saben, ni quieren hacer otra cosa que organizar Euskadi enteramente a su modo, piensen lo que piensen los restantes ciudadanos y por encima de cualquier legalidad o norma que pudiera comprometerles. El gobierno de Euskadi, y el Parlamento vasco, y el orden en Euskadi lo determina ETA y lo ejerce cada una de sus ramas o brazos de actividad. Como viene sucediendo desde hace años.

Tolerancia cero variable
Por EDURNE URIARTE ABC 16 Agosto 2005

Chirría la tolerancia cero que Zapatero ha atribuido al Gobierno en relación con el caso Roquetas. Y lo hace por lo caprichoso que es el concepto en su boca. Nos encantaría que fuera verdad eso de la tolerancia cero ante la posibilidad de vulneración de cualquier derecho fundamental, pero no es el caso en otros asuntos. Las comparaciones son obvias y odiosas; tan fulminantes con los guardias civiles, y tan exquisitos, por ejemplo, con los del PCTV, no vaya a ser que sea pura casualidad que su asesor, Joseba Álvarez, sea también el líder de los disturbios de Batasuna del pasado domingo. Pero otros derechos fundamentales vulnerados necesitan certificaciones, más que pruebas.

Este desequilibrio tiene mucho de explicación ideológica, pero aún más de populismo de coyuntura. La tolerancia cero de este Gobierno depende, bastante más que en otros anteriores, de la presión de la opinión pública. Los guardias civiles de Roquetas han sido suspendidos una vez que había estallado el escándalo en la calle y en los medios de comunicación, y no cuando el Gobierno conoció los hechos. Y la inflexibilidad y la dureza se han aplicado de aquella manera. Aquello pinta muy mal para los guardias civiles, pero aún faltan las conclusiones definitivas de la autopsia. Dos expertos han señalado a este periódico que, con ese nivel de cocaína en la sangre, se suele concluir que la causa de la muerte es la droga. Pero aquí, como en otros asuntos, la prioridad era la salud de la imagen presidencial, más que la rigurosidad de las pruebas.

Felipe González escribió hace algunos años un breve libro sobre socialismo en el que decía de su fama de pragmático que «jugando con el poema de Machado, voy muy ligero de equipaje cuando se trata de principios». Se refería a la conveniencia de flexibilizar la rigidez ideológica del socialismo clásico. Pero aún pensaba en términos ideológicos mientras que su heredero lo hace en términos de marketing. Lleva varias maletas de marketing, y los principios y la ideología le caben en una bolsa de mano. Y cuando los necesita, para orientarse, por ejemplo, en esto de la represión y la tolerancia, la verdad es que no tiene mucho de donde tirar. Porque la izquierda tiene un gran lío con esos conceptos. Sus teóricos apenas les han dedicado reflexión porque aún beben de los simplismos clásicos de la derecha represora y la izquierda tolerante o del estado y las fuerzas del orden peligrosas y sospechosas.

Cada vez que escribo que es necesaria la fuerza militar para acabar con Al Qaeda o que lo más eficaz contra ETA es la represión policial, los de izquierdas me miran con cara de horror. Pero cuando se ponen igual de represores con los asesinos de mujeres o con policías violentos, lo que me parece muy bien, se quedan tan tranquilos. En un caso lo llaman violencia estatal y en el otro defensa de los ciudadanos. Necesitan un teórico que les ordene un poco los conceptos.

Verano y humo
POR FERRAN GALLEGO PROFESOR DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE BARCELONA ABC  16 Agosto 2005

... El problema ha llegado en cuanto el Estatuto ha dejado de ser una ironía espiritual para convertirse en un texto de carne y hueso, sometido a las tensiones orgánicas de las normativas vigentes y de los proyectos de reforma constitucional que el PSOE puede asumir...

«EN 1913, cuando Anthony Match cumplió los veinticinco, habían transcurrido ya dos años desde que la ironía -el Espíritu Santo de estos últimos tiempos- descendiera, al menos teóricamente, sobre él». ¿Cómo resistirse a copiar el inicio de Hermosos y malditos cuando las palabras de Scott Fitzgerald parecen reiterarse en la conducta de esta serpiente veraniega que repta por el oasis catalán, como una sonrisa altiva que contempla la perplejidad de los ciudadanos ante la conducta de sus representantes?

Y es que hasta las cifras coinciden: tras veintitrés años de gobierno pujolista, hace ahora dos, descendió sobre Cataluña la inspiración de un gesto vacío cuya solemnidad era la forma pomposa de que se dotaban las apariencias. En un país en el que el cinismo inteligente se contempla como el reprobable carácter de los desesperados, ni siquiera quiso ponerse algo de sentido del humor en lo que se estaba haciendo tras las elecciones del 16 de noviembre. De manera que la ternura de un espectáculo ligero, con cierto sentido de la oportunidad táctico y dosis importantes de olfato para las cuotas de poder, fue representado con la dignidad arrogante de una tragedia, en la que el nuevo gobierno asumía el destino auténtico del pueblo.

Cuando suenan las pulsaciones de las llamas sobre un horizonte político que despertó tanto entusiasmo hace dos años, puede recordarse lo que sólo algunos parecían apreciar en el escenario político en el que se representaba ese destino colectivo teatralizado. Detalles como esa abstención de medio país, tras una campaña que se planteaba la restauración de nuestra soberanía, una indiferencia difícilmente explicable si quienes gobiernan y quienes opositan se empeñan en mantener que la inmensa mayoría de los catalanes vivía en perpetuo estado de desagrado por las instituciones. Y que no sólo querían la adaptación del Estatuto vigente, sino comenzar un nuevo ciclo constitucional en el que Cataluña llegara a ser en sus leyes lo que ya era en su realidad y en su deseo.

Puede recordarse el esperpento de una coalición de debilidades realizado al margen de la voluntad explícita de los ciudadanos, pues uno de los partidos que resultaría determinante en el proceso, Esquerra Republicana, realizó toda su campaña sin indicar con quién formaría gobierno en caso de que dispusiera de la famosa llave para abrir la puerta de la Generalitat. Cuando la política debería premiar la franqueza -en el sentido literal del término- el ascenso de Esquerra pareció recompensar la ambigüedad o, para decirlo en el lenguaje que a los independentistas les gustaba usar entonces, y que ha podido expresarse con rotunda significación durante la crisis de finales de julio, la «equidistancia».

Otros elementos del guión pueden ser ilustrativos de la tensión entre legalidad y legitimidad que iba a producirse desde el inicio mismo de la etapa saludada en Cataluña como una nueva época, radiante y emancipadora. Con menos escaños que Convergència i Unió -aunque con algunos miles de votos más, en un sistema electoral que en su momento fue aceptado por todos, antes de que los resultados adversos empezaran a crear opiniones contrarias a su mantenimiento-, Pasqual Maragall alcanzó la presidencia de la Generalitat, al costo de algunos rasguños políticos que no han tardado en infectar la vida política más allá de la propia dinámica catalana. El Partido de los Socialistas de Cataluña llegaba a su ansiada meta aupado por un partido independentista e Iniciativa per Catalunya. Tal alianza convertía en garantía del gobierno a dos fuerzas a las que consuela ideológicamente presentarse como alternativas al sistema. Para alcanzar la Tierra Prometida, tras el peregrinaje penitencial de veintitrés años, los socialistas catalanes no sólo proporcionaban una visibilidad desmesurada a sus socios indispensables de gobierno, tan poco acorde con el apoyo electoral del que éstos disponían. Además de eso, el tripartito catalán encabezaba un «modelo» que se presentaba a sí mismo como el inicio de algo que debía afectar al conjunto de la política española, pues sólo en el marco de la reforma de su marco constitucional y de los principios de soberanía nacional que lo inspiraban podían llevarse a cabo algunos de los objetivos marcados en el Pacto de diciembre del 2003. El «modelo catalán» vertebraba, así, dos elementos que iban a diseñar el recinto espectacular de la política española tras las elecciones del 14 de marzo, marcando el rumbo del proyecto político de Rodríguez Zapatero: por un lado, el pacto con el nacionalismo más radical y con Izquierda Unida; por otro, el exilio de la democracia del Partido Popular, en un proceso de deslegitimación del centro-derecha español realizado a costa del propio esquema constitucional. La afirmación realizada en el Pacto del Tinell de que nunca se llegaría a acuerdo alguno con el Partido Popular, en una insensata proclama de marginación, anunciaba lo que habría de producirse en el conjunto del país. Y lo hacía de acuerdo con el principal de los criterios de exclusión que se ha utilizado en Cataluña: el Partido Popular no era denunciado, desde la izquierda, por su carácter de partido conservador, sino por una actitud antinacionalista que deseaba identificarse con una posición antidemocrática. Seguramente, eso es lo que quería indicarse cuando se celebraba el acceso de una nueva etapa política donde la tolerancia, la libertad y la participación iban a ser las bases culturales de un país renovado. Divinas palabras.

El problema ha llegado cuando, agotado el impacto de los efectos especiales, se ha buscado consistencia en el guión. Ha llegado cuando la propia militancia socialista señala que puede estar dispuesta a quebrar una alternativa de gobierno en España, pero que no desea hacerlo a costa de la propia idea de España -ni probablemente, a costa del propio Partido Socialista-. El problema ha llegado cuando un proyecto estratégico de gobierno, que quiere contemplarse como un compromiso a largo plazo, se establece entre un partido de tradición nacional y una serie de fuerzas que creen con todo su derecho, que España no es una nación, sino sólo una corteza institucional, un Estado obligado a dar a los pueblos auténticos con derechos históricos acaudalados, el adecuado marco de decisión y el certificado de su identidad soberana. El problema ha llegado en cuanto el Estatuto ha dejado de ser una ironía espiritual para convertirse en un texto de carne y hueso, sometido a las tensiones orgánicas de las normativas vigentes y de los proyectos de reforma constitucional que el PSOE puede asumir.

Ese es el momento en que todos han empezado a recordarse mutuamente la fragilidad de su poder y de su gloria. A Maragall le han repetido sus socios que pueden cambiar de pareja según convenga a los intereses del pueblo de Cataluña e incluso a sus propios recursos estéticos como partido. A los seguidores de Carod y de Llamazares se les ha recordado que Zapatero también puede elegir, porque la aritmética, en esta desdichada democracia nuestra, tiene el mismo valor que los programas y, desde luego, bastante más que las lealtades de los noviazgos adolescentes. Cuando salí de vacaciones, la portavoz de Esquerra Republicana indicaba que su partido propondría un Estatuto dentro de los límites de la Constitución. Antes de que pudiera regresar, la misma portavoz ya anunciaba la propuesta de una nueva Constitución, y ahora amenaza al PSC con apearle del gobierno de Cataluña si es incapaz de llevar a las Cortes un Estatuto en el que la sombra de Carod es alargada.

Verano y humo. Poca visibilidad en el tiempo de las amenazas que ha sustituido al de las ingenuas esperanzas. Aunque los amenazados de verdad no son los políticos, sino los ciudadanos de Cataluña, de España entera, cuando contemplan este paisaje previo a una batalla, que les indica la torpe alegría con que se ha agitado el desgobierno catalán durante dos años. Cómo se ha permitido que, invirtiendo el sentido que diera Winston Churchill a sus palabras, nunca tantos debieran tan poco a tan escaso número de votos. Quizás, después del tiempo de la ironía, Maragall pueda decir lo mismo que expresaba el mismo Scott Fitzgerald poco antes de su muerte, cuando decía, recordando los efectos secundarios de su «éxito prematuro»: «Nunca ha vuelto a ser como durante aquel periodo tan breve en el que él y yo fuimos la misma persona, en el que el futuro realizado y el pasado anhelante se fundían en un solo momento esplendoroso: en que la vida era literalmente un sueño».
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