AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 28 Agosto 2005
El centro abandonado
IGNACIO CAMACHO ABC  28 Agosto 2005

La derrota del Estado
Ignacio Cosidó Libertad Digital 28 Agosto 2005

Pinganillo, puro y niqui
ANTONIO BURGOS ABC  28 Agosto 2005

El entramado etarra se crece
Editorial ABC 28 Agosto 2005

LOS EXPERIMENTOS, CON GASEOSA
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 28 Agosto 2005

En España la ley no es igual en todas partes
Editorial Elsemanaldigital.com  28 Agosto 2005

Un mundo a la medida
JAVIER ZARZALEJOS El Correo 28 Agosto 2005

La España en porciones (del Caserío)
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 28 Agosto 2005

Españoles a ratos
Guillermo Urbizu Elsemanaldigital.com 28 Agosto 2005

Zapatero, furioso con “El Mundo”
Bitácora Libertad Digital 28 Agosto 2005

El centro abandonado
IGNACIO CAMACHO ABC  28 Agosto 2005

EL centro, como concepto ideológico, no existe, no es más que una quimera o una figuración nominal para determinar ciertos objetivos pragmáticos. El centro es tan sólo un espacio abstracto, referencial, en el que se sitúan los votos que sirven para ganar las elecciones y configurar mayorías sociales. Pero no hay ideologías centristas, sino tan sólo vagas aspiraciones transversales destinadas a elaborar nociones programáticas. El centro es un concepto de marketing y de praxis política, no de ideas ni de proyectos.

En España hay alrededor de ocho millones de personas dispuestas a votar al Partido Popular pase lo que pase, y otras tantas posicionadas con idéntica firmeza alrededor del Partido Socialista. En la medida en que uno de los dos consiga aglutinar el apoyo de dos o tres millones más, normalmente oscilantes entre ambos, tiene asegurada la victoria electoral. Esa bolsa de ciudadanos que inclina los resultados tiende a situarse en las encuestas en un espacio que, en la escala del 1 al 10, se agrupa en torno al número 5, y de ahí ha surgido la mitología del centro como referencia aspiracional. Son simplemente, los votos que hay que conquistar con políticas abiertas para obtener la llave que conduce a La Moncloa.

Por alguna razón que probablemente tiene que ver con su origen personal y sus fantasmas familiares -simbolizados en el célebre capitán Lozano-, Rodríguez Zapatero parece haber elegido un camino político diferente al tradicional. El presidente ha cargado a babor el peso de su estrategia, buscando en la izquierda convencional y en los nacionalismos las alianzas que cimenten su hegemonía. La determinación con que se entrega a un claro revisionismo histórico que parece aspirar a la consumación de la ruptura descartada en la Transición apunta a la configuración de un eje «republicano» volcado con toda nitidez en la creación de un bloque asentado en el esquema definido en el tripartito catalán: socialistas, neocomunistas, ecopacifistas y nacionalistas radicales. Se trata de un bloque construido con el propósito específico de aislar al PP, pero que ofrece una debilidad manifiesta: por su composición ideológica, por su línea programática y por su tendencia rupturista ha abandonado con toda claridad el centro político.

Ese espacio está quedando a merced de quien lo quiera ocupar. En él están los ciudadanos preocupados por el proyecto nacional de una España solidaria, las familias inquietas ante la atención privilegiada dedicada a modelos sociales minoritarios, los industriales necesitados de políticas de impulso económico, los agricultores apesadumbrados por el impacto de la ampliación europea, los vecinos de los suburbios congestionados por la creciente inmigración, los funcionarios agobiados por la parálisis administrativa, los docentes desmotivados por el devastador efecto de las leyes educativas, los creyentes asombrados por el énfasis laicista del Gobierno, los profesionales liberales desconcertados ante la ausencia de marcos de desarrollo, los paganos de unos impuestos insuficientes para mantener el abrasivo ritmo de gastos de unas autonomías clientelares. Los ciudadanos, en fin, perplejos ante la evidencia de que el Gobierno parece atento sólo a los gestos retóricos a favor de minorías y proclive como nunca al chantaje de unos nacionalismos que descreen abierta y chulescamente del proyecto común de la España democrática y constitucional del 78.

Para todos, y para muchos más, el Partido Popular tiene que construir una alternativa creíble de gobierno que ofrezca la certidumbre de que el país no está condenado a la deriva del rupturismo. Y lo tiene que hacer desde el sentido de la responsabilidad histórica que le otorga el hecho de ser la sola fuerza que en estos momentos ofrece de manera unívoca un proyecto nacional, y desde la sensatez que implica su condición de único recambio posible. Sin histerismos ni prisas derivadas del comprensible cabreo de los más alarmados, sin desconcertarse ante el siempre evidente desánimo que cunde cuando un partido pierde por sorpresa el poder, sin abismarse ante el espejo de un pasado reciente que pudo y debió haber sido de otra forma, pero que resultó ser como en realidad está siendo.

Ésa es la tarea que pesa sobre la responsabilidad de Mariano Rajoy, el hombre al que las bombas de marzo de 2004 birlaron la razonable continuidad de una inflexión tranquila en el posaznarismo. Ese pragmático Rajoy que parece representar en su persona y en su estilo a la sensata clase media que constituye la médula espinal de la España moderna, y que en estos momentos rumia en su descanso gallego la estrategia con que abordar el primer curso sin elecciones desde hace tres años.

Es posible que, de hallarse hoy ante la tesitura de nombrar a un heredero, Aznar hubiese elegido a otro hombre; Rajoy era el perfil para asegurar la continuidad desde el poder. Pero el destino hizo un guiño siniestro y ha colocado al antiguo vicepresidente ante la necesidad de liderar nada menos que la reconstrucción de una mayoría volada en pedazos por los «moritos» de Lavapiés y quienesquiera que fuesen sus cómplices. Una incógnita, por cierto, esencial para ajustar cuentas con nuestro demonios colectivos, pero en absoluto decisiva para la tarea que urge ahora a la derecha española. Que es la de extender sus apoyos hacia la mayoría social abandonada por el proyecto centrífugo de Zapatero y sus aliados.

Para eso, Rajoy necesita en primer lugar creerse su liderazgo. En política eso incluye en ocasiones la necesidad de ejercer la autoridad con cierta firmeza y sin atisbos de duda. Pero también necesita que su partido, primero, y su masa simpatizante, después, le otorguen el respaldo incondicional que libere sus manos de hipotecas, lazos y complicidades. Y que crean en él como la única posibilidad de que el centro (?) derecha pueda levantar un proyecto de gobernancia apto para obtener el respaldo de la ciudadanía.

Ante el curso que va a comenzar este jueves con un cónclave de sus colaboradores más cercanos, Rajoy ha de sentirse con las manos absolutamente libres para tomar las decisiones que considere oportunas. Su prioridad pasa por diseñar la arquitectura de un programa de gobierno que confrontar a la errática política del PSOE y sus aliados. Y para eso no le va a bastar con razones morales: necesita reunir apoyos políticos y ciudadanos. Necesita estrechar la mano de un millón de personas, mirar cara a cara a la sociedad española, escucharla y proponerle soluciones reales, factibles y cercanas.

Quienes, movidos por la ambición personal de la política, se reparten la túnica de su posible derrota deben saber que, si Rajoy falla en 2008 (o, más probablemente, en 2007), el horizonte de la derecha a la que pertenecen se nublará hasta más allá de la primera década del siglo. Y que las elecciones no se ganan únicamente con los votos de los ya convencidos, ni la oposición se ejerce para complacer a los más radicales. El principal objetivo de la oposición no es «dar caña» al Gobierno, sino sustituirlo lo antes posible. Y esos ciudadanos que deciden las elecciones no se conforman con agudas intervenciones parlamentarias ni con demoledoras críticas políticas. Quieren proyectos, medidas, reformas para vivir y trabajar en un país mejor. Reclaman y necesitan un proyecto nuevo. Encabezado por un líder sólido capaz de demostrar que sabe dirigir un país. Sólo hay una manera de hacerlo: mostrando con firmeza, autoridad y criterio que también sabe dirigir un partido.

director@abc.es

Negociación con ETA
La derrota del Estado
Ignacio Cosidó Libertad Digital 28 Agosto 2005

La estrategia antiterrorista impulsada por José María Aznar, que llevó a ETA al borde mismo de su derrota definitiva, se basaba en tres principios fundamentales: la voluntad democrática de victoria, la fortaleza del Estado de Derecho y el consenso político. En poco más de un año, Rodriguez Zapatero ha desmantelado por completo esa estrategia impulsando una política antiterrorista basada en el diálogo con los asesinos, en la inhibición del Estado de Derecho y en el abandono del Pacto por las Libertades. Esta nueva estrategia solo puede conducir, está conduciendo ya, al fortalecimiento de ETA y la debilidad del frente democrático para hacer frente al terrorismo.

En contraposición a la voluntad de victoria frente al terrorismo que lideraron los sucesivos gobiernos del PP, y cuyo liderazgo aún mantiene este partido en la oposición, Zapatero ha abierto una etapa de diálogo y negociación con los terroristas. El actual presidente, movido estrictamente por un interés partidista, pretende así acelerar el final de ETA para cobrar anticipadamente el rédito electoral que supondría erigirse en el pacificador del País Vasco. Rodriguez Zapatero ha sucumbido así a los cantos de sirena que desde ETA se le hicieron llegar tan pronto como se instaló en La Moncloa tras su sorpresiva victoria el 14-M y cuyo último eco hemos escuchado este viernes en la manifestación ilegal convocada por Batasuna en Bilbao. Esos ecos han sido además ampliados e instrumentados por un Partido Socialista en Euskadi que busca reeditar en el País Vasco, una vez superada la violencia, la coalición de independistas de izquierda que ya gobierna en Cataluña y Galicia. El problema es que esta estrategia de diálogo no sólo no conduce, como ya se está viendo, a la desaparición anticipada de ETA, sino a su fortalecimiento y perpetuación.

El segundo principio que ha quebrado el actual Gobierno es la fortaleza del Estado de Derecho. Las reformas legislativas impulsadas por la mayoría del PP, con el respaldo del PSOE en la oposición, habían cercenado toda ventana de oportunidad política, social, mediática o financiera a ETA. Los terroristas habían sido expulsados de todas las instituciones democráticas y sus partidos, organizaciones sociales, medios de comunicación y empresas, ilegalizadas por la Justicia. Esta fuerza del Estado de Derecho estaba asfixiando, lenta pero inexorablemente, todo en entramado terrorista. Todo ello acompañado de una eficacia inusitada en la detención de pistoleros y en el desmantelamiento de sus comandos e infraestructuras, lo que incidía en una falta de liderazgo de los asesinos dentro de la propia organización.

Todo esto ha cambiado de forma radical. Hoy ETA vuelve a estar en el Parlamento vasco sin ni siquiera tomarse la molestia de buscar otras siglas parlamentarias diferentes a las que Batasuna tenía en la anterior legislatura. Pero ETA no sólo está, sino que manda. ETA decide quién es y quién no es el presidente de la Cámara e incluso si Ibarretxe debe seguir o no instalado en el Palacio de Aujuria Enea. ETA chantajea políticamente al PNV y el Gobierno Vasco la acepta como un interlocutor político legítimo, mientras el PSE mantiene encuentros clandestinos con ellos. Batasuna ha vuelto a tomar impunemente las calles mientras el Gobierno vasco y el Gobierno de España hacen la vista gorda con la ilegalidad. Los cachorros de ETA vuelven a practicar cada fin de semana el terrorismo callejero atemorizando a sus vecinos. Cientos de concejales son vejados y amenazados para que abandonen sus puestos a favor de los representantes de los terroristas. En definitiva, frente a una ETA acogotada y acorralada de hace un año, nos encontramos hoy con una ETA resucitada y envalentonada que ha retomado la iniciativa estratégica.

Todo ello es consecuencia en buena medida de la actual debilidad del frente democrático frente al terrorismo. Así, el Gobierno Zapatero ha hecho saltar por los aires, junto a la Ley de Partidos, el Pacto por las Libertades. Ese gran acuerdo reunía en su seno a una inmensa mayoría de los españoles que había gritado basta ya tras muchos años de soportar con estoicismo democrático la barbarie terrorista. Así, la perdida del consenso político, fundamento esencial de toda la estrategia anterior, ha desaparecido como consecuencia de un Gobierno que parece tener mayor interés en enterrar al PP que en salvaguardar la unidad frente al terrorismo.

La estrategia antiterrorista desarrollada por Zapatero sólo conduce a la derrota del Estado. Esto es probablemente lo que desea alguno de los socios del Gobierno, que contempla entre el asombro y el gozo como el Gobierno ha asumido su estrategia de la negociación con los terroristas frente a la posición que el propio PSOE había sostenido en la oposición. En este envite está en riesgo, por tanto, no solo la pervivencia del Estado de Derecho en nuestro país, sino la propia supervivencia de la Nación y del Estado que la da forma.

Ignacio Cosidó es senador del PP.

Pinganillo, puro y niqui
ANTONIO BURGOS ABC  28 Agosto 2005

AUNQUE el agua de Cádiz hace poca espuma con el jabón (para eso están las olas de la Caleta, donde la Cuna de la Libertad nació como una Venus), espero que la plantilla del Real Madrid se escamonde bien las orejas esta tarde, antes de ir al estadio Carranza. Al saltar a la gloria amarilla del debú con picadores del Cádiz C.F. en Primera, el árbitro de la contienda mirará las galácticas orejas como nuestras madres cuando nos veían guarretes. El fantasma del pinganillo recorre los vestuarios. Y el árbitro del Cádiz-Madrid, como los tacos de las botas, inspeccionará a fondo el Oreja Aguirre, para que nadie salte a cada rincón de mi Carranza con pinganillo. Por eso no sé si es mejor que se laven bien las orejas o que no. Veo al árbitro pasando revista de comisario a Raúl y diciéndole:

-No quiero ni pensar que esto que tiene usted en la oreja no sea un tapón de cera y de porquería, so guarro, y que sea el pinganillo de Wanderlei Luxemburgo...

¡Cuánta caverna contra las nuevas tecnologías! El pinganillo en el fútbol no hace daño a nadie. Da una cierta elegancia a los banquillos, donde es de muy mal efecto ver a esos entrenadores desgañitándose como verduleras:

-¡Corra, Rogelio, corra!

-Yo no corro, mister, porque correr es de cobardes.

Donde de verdad hace daño el pinganillo es en la política, y ahí los árbitros deberían poner pie en pared. El pinganillo político existe. En política sí que se dan órdenes y consignas por el pinganillo. A porrillo. Me maravilla el pinganillo de los socialistas. Perfecto. Ya hubiera querido el PP tener un pinganillo como el del PSOE. ¿Qué fueron los grandes avances sobre el área gubernamental, con certeros remates a gol, sino perfectos funcionamientos del pinganillo? Con el chapapote, el Yakolev, la guerra de Irak, los pinganillos funcionaron como un reloj. Del secretario general al último simpatizante, todos decían lo mismo y en el mismo sentido, triangulando, sirviendo balones, ¿no iban a marcarle al PP todos los goles por la escuadra? Pinganillo que tras el 11-M fue ya apoteósico. Cada teléfono móvil de cada votante se convirtió en pinganillo. Rodearon las sedes del PP como el que se va obedeciendo a Luxemburgo al segundo palo en un córner: a base de pinganillo.

Si eran unos maestros en la comunicación, en la repetición de la consigna recibida y en el machaconeo de las mentiras hasta convertirlas en verdades, ahora sabemos que es gracias al pinganillo. Los votantes y simpatizantes del PP, con las orejas limpísimas, no se enteran. Los del PSOE van con su pinganillo, repitiendo lo que les digan en cada momento por el gualqui desde el banquillo, el banquillo azul del Gobierno. Aunque tengo algunas dudas pinganilleras. Verbigracia: en materia de imperios mediáticos, ¿quién lleva el pinganillo? ¿Lo lleva ZP o lo lleva Polanco? ¿Ordena ZP las tácticas de juego a Polanco por el pinganillo o es a la inversa? Y en catalana materia, igual. ¿Quién lleva el pinganillo? ¿Lo lleva Maragall o lo lleva ZP? ¿ZP hace lo que le dice Maragall desde la banda del Principado o a la inversa? Y en las Vascongadas es que me pierdo. Pinganillo haylo, como las meigas de Anxo; pero ¿quién lo lleva? ¿Lleva Ibarreche el pinganillo para que le den órdenes las tías vascas del partido berrendo en etarra? ¿O es Otegui el que lleva el pinganillo para la consigna recibida de Ibarreche?

Ahora, que ningún pinganillo como el de Bono. Ora oye el himno de la Legión, ora el «no nos moverán» de los pacifistas. Por eso unas veces sale Millán Astray sin el ojo tapado y otras, Joan Báez. Lo que no sé es quién le dijo y qué por el pinganillo en el Congreso, para que afirmara eso de vergüenza ajena sobre el helicóptero de Afganistán: «Me impresionó que Zapatero interrumpiese sus vacaciones y dejara el puro y el niqui». Es que ZP estaba harto de puro y niqui en La Mareta y tenía mono de pinganillo. La pregunta del millón es: ¿quién le da las órdenes a ZP por el pinganillo?

El entramado etarra se crece
Editorial ABC 28 Agosto 2005

EL órgano de difusión etarra se vanagloriaba ayer del «rotundo fracaso» de la ilegalización de Batasuna que supuso el que se celebrara la manifestación de Bilbao, consentida por el Gobierno vasco y, de rebote, por el Ejecutivo central, que renunció de antemano a plantear la batalla legal contra esta vulneración del Estado de Derecho. Dar pie a Batasuna lleva aparejado que se envalentone y que, como finalmente ocurrió, uno de sus dirigentes se atreva a retar en ese acto ilegal al presidente del Gobierno. El diario «Gara» celebraba ayer el debate a distancia mantenido entre Pernando Barrena y Rodríguez Zapatero. No es de extrañar esta actitud proetarra, que ayer redobló sus actos de terrorismo callejero contra sedes de partidos constitucionalistas. Cuando la banda y sus satélites advierten que se afloja la presión política, judicial y policial (las tres claves de su asfixia) que se ejerce sobre él, toma aire y se crece. La situación ha empeorado desde que el Gobierno decidió abrir una expectativa de diálogo que se está revelando muy contraproducente.

LOS EXPERIMENTOS, CON GASEOSA
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 28 Agosto 2005

Dentro de unos días tendrá lugar la Conferencia de Presidentes, excogitada por Zapatero durante su primer año de legislatura. La Conferencia ofrece, y a la vez no ofrece, las características de un conciliábulo. El D.R.A.E. adjunta a la palabra «conciliábulo» las dos acepciones siguientes: 1. Concilio no convocado por autoridad legítima. 2. Junta o reunión en que se trata de una cosa que se quiere mantener en secreto.

La expresión fue usada, con intención peyorativa, para designar la asamblea no autorizada con que algunos cardenales se adelantaron al V Concilio de Letrán, en tiempos de León X. Por extensión, cabe entender como «conciliábulos» las tenidas informales en que se negocian acuerdos cuya adopción oficial corresponde a una asamblea pública, por lo común numerosa. Los conciliábulos se hallan afectados por la clandestinidad y todos los peligros que a ésta van anejos. No resultan, no obstante, inútiles, por motivos que ha estudiado bien la Teoría de la Acción Colectiva.

La idea, simplificada al máximo, es que los pactos se saldan con tanta mayor dificultad, cuanto mayor es el número de agentes implicados. En consecuencia, no viene mal arreglarse entre pocos, y fiar luego lo convenido al sufragio de la mayoría.

La estructura de los partidos, en que mandan unos cuantos y los demás son material de relleno, inclina hacia este tipo de prácticas. Sucede otro tanto en las grandes corporaciones. Sin ir más lejos, en los bancos, controlados por los Consejos de Administración y no por los accionistas. En los conciliábulos se avanza deprisa porque las decisiones no se hallan constreñidas por el procedimiento. Se llevan también a cabo trueques y permutas que se estimaría impolítico o imprudente reconocer en público.

En este medio opaco florece, con naturalidad, el espíritu oligárquico. Cuando la oligarquía funciona moderadamente y con dosis suficientes de inteligencia, las cosas discurren como lo hicieron en Roma, la Gran Bretaña Imperial o, acaso, los Estados Unidos de hoy. Las oligarquías corruptas o incompetentes son, por el contrario, un desastre, según se echó de ver en los países comunistas o se aprecia en zonas considerables de América Latina. No existe una fórmula para el éxito. Más bien arte, sabiduría, y sentido de la responsabilidad.

La Conferencia de Presidentes, ¡ay!, pertenece a un género híbrido. Recuerda a un conciliábulo porque no se halla endentada en los mecanismos que de modo automático transforman los resultados de una deliberación en ley. La Conferencia no pasa de ser una reunión de notables, en que se expresan puntos de vista que el voluntarismo de Zapatero desearía mudar en políticas vinculantes para el Estado.

Al tiempo, y al revés de lo que sucede en los conciliábulos de verdad, la Conferencia se convoca a bombo y platillo, y con toda la pompa y el aparato que acompaña a los actos solemnes. El presidente, en el momento de crearla, quiso atestiguar, mediante un gesto, la idea de que diálogo es bueno, y de que si la gente no se entiende, es porque no quiere.

Por desdicha, causas pequeñas, incluso ocurrencias pequeñas, alojan en ocasiones grandes efectos. La Conferencia se ha convertido en un acontecimiento, y para Zapatero serían enormes los costes de que saliera mal, esto es, de que escenificara diferencias entre territorios, y no una felicísima conciliación de intereses. La resulta probable será más gasto, por dos razones. La primera, es que el gasto contenta a todo el mundo. La segunda es que se ha concedido a los jefes autonómicos una capacidad de presión gigantesca. El que no se considere bien tratado, tiene a huevo volver a su feudo y explotar demagógicamente los agravios comparativos.

¿Hemos tocado fondo? No. Amenazan peligros todavía mayores. La Conferencia no reviste sólo el carácter informal de los conciliábulos. De añadidura, no se halla adaptada, ni aun en la sombra, a una institución concreta del Estado. La relación de la Conferencia con los partidos es transversal y confusa. Por motivos obvios, lo es también su relación con el Congreso. De ahí que no se hayan previsto modos de trasladar lo que se determine en un lado, a lo que haya de decidirse en el otro.

Si la Conferencia dispusiera algo importante sobre, por ejemplo, gasto sanitario, el acuerdo se impondría, vía Gobierno, a los diputados, en menoscabo de los procesos parlamentarios regulares. Esto sería intrusismo, no federalismo. En las federaciones, la representación territorial está en el organigrama, y se encuentra funcionalmente ligada al resto del aparato estatal. Aquí, va a plasmarse en una estructura paralela, desprendida, y libre de todo control. En definitiva, un lío. Los experimentos, señores, con gaseosa.

En España la ley no es igual en todas partes
Editorial Elsemanaldigital.com  28 Agosto 2005

La Ley de Partidos Políticos, cuya aplicación ha conducido a la ilegalización de Batasuna como parte del entramado etarra, no se puede aplicar o inaplicar según las conveniencias

28 de agosto de 2005. En la no prohibición por el Gobierno vasco de la manifestación convocada de manera encubierta por Batasuna en Bilbao no se sabe si lo más escandaloso es la complicidad de aquél con una organización ilegalizada por formar parte de ETA, o la pasividad del Gobierno de la Nación al no reaccionar frente a tan patente burla de la ley. Pero el desconcierto que este tipo de actuaciones provocan en los ciudadanos se intensifica cuando, ante situaciones del todo idénticas, los Poderes públicos reaccionan de una manera completamente opuesta.

Ayer Batasuna intentó celebrar en Berriozar (Navarra) otra manifestación convocada con el mismo subterfugio que la de Bilbao, es decir, haciéndolo no como organización, sino a través de un ciudadano particular. Sin embargo, en este caso la concentración no sólo fue prohibida por el Delegado del Gobierno, a quien corresponde esa competencia en la Comunidad Foral, sino que además se impidió su celebración con el necesario despliegue policial, en llamativo contraste con lo ocurrido en la que el Gobierno vasco prohibió en San Sebastián hace días.

Uno de los aspectos más preocupantes de la actual situación política es el deterioro de la información que el Gobierno ofrece a los ciudadanos en general y a la oposición parlamentaria en particular sobre sus actuaciones. Ocurrió en el caso de Roquetas, se ha repetido en relación con el fallecimiento de 17 militares por la caída de un helicóptero en Afganistán, y lleva manteniéndose desde hace meses en una cuestión extremadamente grave: los contactos del Gobierno con el entorno etarra.

La permisividad de los Poderes públicos hacia una organización ilegalizada como es Batasuna, y otros gestos como la suavización de la situación penitenciaria de los criminales etarras, sólo son comprensibles en ese marco de negociación o pre-negociación con la banda terrorista. Pero esto es algo que en una democracia no se puede hurtar al conocimiento de los ciudadanos y menos cuando esos movimientos conducen a un intolerable deterioro del cumplimiento de las leyes.

El fundamento de todo Estado de Derecho es el respeto a la ley. Y si esto rige para los ciudadanos particulares, con más fuerza debe exigírsele a las autoridades públicas. La Ley de Partidos Políticos, cuya aplicación ha conducido a la ilegalización de Batasuna, no se puede aplicar o inaplicar según las conveniencias de momento, lugar y persona: en Bilbao no, en Berriozar sí y en San Sebastián a medias; si le toca ejecutarla al Estado se cumple y si le corresponde al Gobierno vasco, depende.

El presidente del Gobierno haría bien en abandonar las declaraciones de tono entre triunfal y visionario, y empezar a dar verdaderas explicaciones sobre lo que está ocurriendo en España. A la oposición parlamentaria le toca exigírselo.

Un mundo a la medida
JAVIER ZARZALEJOS El Correo 28 Agosto 2005

No se puede negar que este Gobierno pica alto. En los cuatro años de legislatura se ha comprometido a reformar la Constitución y a rehacer, más que reformar, tantos estatutos de autonomía como se pongan a tiro para cambiar el modelo territorial del Estado. Quiere negociar la paz con ETA, abrazando como prenda de esperanza el juego de mesas -juego de trileros- propuesto por ETA y con el que el ETA lleva décadas intentando robar la cartera a la democracia. El referéndum sobre la Constitución europea nos convirtió en los «primeros en Europa» aunque, tal vez llevado por una íntima modestia, Rodríguez Zapatero no quisiera hacer ostentación de su éxito y optara por el retiro y la meditación en su despacho durante la última cumbre comunitaria. Promueve una alianza de civilizaciones a escala planetaria que el presidente explicó en Londres a Tony Blair, seguramente con el mismo detalle con el que meses atrás, en otro encuentro, le previno del ineluctable triunfo de John Kerry en las elecciones presidenciales norteamericanas. No sólo eso. Remediará el problema del agua con el recurso a las desaladoras que a nadie se le había ocurrido. Va a cambiar el modelo de crecimiento de nuestro país y se dispone a emancipar a todos de la dependencia en una promesa de reparto universal del dividendo de esa España que, según el presidente de su Gobierno, siempre forcejeando con el pasado, «va mejor que bien».

Daría la impresión de que el único adversario real de un Gobierno tan celoso de su imagen y tan ambicioso en sus proyectos es el viento. El viento que envolvió de fuego al retén que luchaba contra el incendio en la sierra de Guadalajara. El viento que habría derribado el helicóptero con diecisiete militares españoles en Afganistán. Esos vientos que, sólo como espasmos ocasionales, perturban la plácida navegación nacional pero que en esta cálida primavera mediática no se tardan en aplacar con insólitas apelaciones a la sensatez de la oposición.

Los debates en que se ocupan los otros parecen producir entre nosotros una sensación de insalvable lejanía que, como vencedores en la comparación, resulta gratificante. La inmigración o el futuro de la energía -ya costosísimo presente-, la viabilidad del Estado o la construcción europea, la definición de la política exterior y de seguridad o el modelo de bienestar son minucias comparadas con la continua elaboración sobre la última astracanada de ERC o la apremiante necesidad de releer a Sabino Arana -que ya son ganas, en agosto- para determinar si el fundador era independentista o cosoberanista, además de seguir el trasiego que se trae Batasuna con su conflicto portátil de la calle a la mesa y de la mesa a la calle.

En un país en el que todos los días hay alguien que declara abierta una nueva etapa histórica, la realidad es que la política resulta asombrosamente, estérilmente circular, salvo un cierto margen para las extravagancias radicales que es a lo que ha quedado reducida la autoidentificación de la izquierda. Y ello es así no sólo por la adicción al debate territorial e identitario en el que idear continuamente fórmulas para hacer inviable el Estado se considera una muestra de superioridad democrática, sino también porque el triunfo del 'buenismo' nos ha traído recetas eficaces e indoloras para cualquier problema. Si los placebos funcionan en medicina, por qué no pueden funcionar en política. De hecho lo hacen y de la misma manera, es decir, compensando su ineficacia terapéutica con sus efectos psicológicos.

Entendida la política como un estado de ánimo, la confrontación y la crítica terminan presentándose como patologías del sistema, a pesar de que tanta querencia a la armonía universal en absoluto cuadre con un Gobierno que ha roto los consensos más importantes fraguados en el ámbito de la justicia y de la lucha antiterrorista y se divierte jugando a la ruleta rusa con el más importante de aquellos, el propio pacto constitucional.

La retórica talismán, el arbitrismo, la impostada sobreactuación de buenas intenciones al margen de sus consecuencias cuenta con suficientes complicidades para prolongar esa sensación de ingravidez en la que la realidad deja de contar. Sin embargo, esa realidad asoma en la nada de una política exterior pulverizada en sus apuestas y en su credibilidad, en cuestión de meses, después de la retirada de las tropas de Irak, la reelección de Bush, el naufragio del eje Chirac-Schröder y la nueva pulsión represiva del régimen castrista tras el aval prestado al dictador cubano por nuestro país ante la Unión Europea. Esa realidad asoma en una política territorial que ha convertido el modelo de Estado en rehén de las conveniencias del Partido Socialista, en mercancía negociable para alcanzar gobiernos después de perder elecciones -Maragall, Touriño- y en ingrediente de experimentos de aprendiz de brujo con el terrorismo.

Esa realidad que, más allá del disfrute de la herencia recibida, emite modestas señales de cautela sobre problemas como la inflación, el déficit exterior o la productividad. Bien es cierto que de la noche a la mañana lo que antes era un abominable patrón de crecimiento basado en el ladrillo para beneficio de los especuladores se ha transformado en una positiva aportación al PIB del dinamismo en el sector de la construcción y que la celebración oficial de los datos de empleo no deja espacio para el récord absoluto de precariedad laboral que España ha alcanzado. Hasta una desgraciada coincidencia ha hecho que la sequía pertinaz esté desluciendo la fulminante voladura del Plan Hidrológico con su política de trasvases tanto tiempo patrocinada por los socialistas, uno más de los compromisos negativos cumplidos sin dilación por el Gobierno a la espera de que se materialicen sus alternativas reales a tanto rechazo.

Pero como quien puede lo más puede lo menos, las dudas están fuera de lugar. Se lo dijo Rodríguez Zapatero a los murcianos: «Si he traído las tropas de Irak, cómo no voy a traer el agua a Murcia».Ante este y otros muchos razonamientos del mismo tenor, cómo no creer que ERC es un puntal de la solidaridad y la cohesión nacionales o qué motivo hay para dudar de que en esa futura mesa política la intervención de Batasuna, bajo la marca que en ese momento convenga, será la garantía final de las libertades y el pluralismo en el País Vasco. Cada cual es muy libre de administrar su credulidad, faltaría más. Sin pretender aguar la fiesta, no sobra el contrapunto orteguiano que advertía de la tendencia vengativa de la realidad ignorada. Escapar a esa venganza es precisamente la responsabilidad de la política, que más pronto que tarde reclamará -tendrá que hacerlo- el espacio que ocupa este relato demagógico que ahora se ofrece como sucedáneo.

La España en porciones (del Caserío)
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 28 Agosto 2005

¡QUÉ ATREVIDO José Blanco! Él, que, al fin y al cabo, es sólo el secretario de organización del partido del Gobierno, va y hace unas declaraciones sobre un asunto de tan escasa trascendencia general que sólo es portada en todos los periódicos de España. Encima, no contento con meterse en un entierro (¡y vaya entierro, el del Estatut !) para el que la autoridad competente -por supuesto, catalana- no le ha dado vela alguna, Blanco se lanza a decir cosas ofensivas: que quizá los del tripartito debían pensar no sólo en sus intereses de partido, sino también en los intereses generales; que puede que «estén perdiendo el caudal de ilusión y confianza» del que en su momento disfrutaron; y que es mejor preocuparse de los asuntos que más interesan a la gente.

¡Qué desfachatez! Y es que con estos jacobinos (¡menudos, los de Lugo!) no se puede. Menos mal que, de inmediato, han venido la vicepresidenta del Gobierno y el portavoz de la Generalitat a poner las cosas en su sitio.

Fernández de la Vega ha hecho lo que Bertrand Du Guesclin: decir que ella ni quita ni pone rey, pero ayuda a su señor (y sus señores son, en este caso, quienes tienen los votos por el mango en el Congreso, es decir, los de ERC). Joaquim Nadal, dando muestras, por su parte, de ese discurso democrático impecable que se le ha pegado a las entretelas desde que se vinieron abajo las casas del Carmelo, le ha dicho a Blanco «que se calle». ¡Bien por Nadal! Esa es la España plural que todos admiramos.

Una España que, de tan plural, dejará, sencillamente, de existir en singular. Una España en la que, como debe ser, cada uno estará autorizado a hablar sólo de lo suyo, pues empeñarse en que sigue existiendo lo de todos es ya simplemente una obsesión intolerable propia de fascistas. ¡Sí señor!: aunque algunos se resistan como gato panza arriba, antes o después terminarán por aceptar esa evidencia: que nadie tiene derecho no ya a interferir, sino siquiera a preocuparse, por lo que pasa fuera de su casa , es decir, de su Comunidad. ¿Y con lo de fuera ? Pues, con lo de fuera , a callarse y mascar chicle.

Ya sólo nos falta amoldar la Constitución a esta gran política de taifas, que nos devuelve el maravilloso olor de la Edad Media, tiempo plural donde los haya. Y así, si la ley fundamental fuera finalmente reformada, en ella nuestro Estado debería definirse no sólo como social, de derecho y democrático, sino también como en porciones. Porciones que, ya puestos, y dada esa tendencia irrefrenable a que cada uno se limite a hablar de las cosas de su casa, podrían ser del Caserío. ¿Se imaginan? ¿Quién podría aportar más a la democracia occidental?

Españoles a ratos
Guillermo Urbizu Elsemanaldigital.com 28 Agosto 2005

Así están las cosas por el País Vasco, y también por otras zonas de España, lo sé. Lo de español siempre según y cómo, no vaya a ser que la fiesta se agrie y se te quede la gente mirando. O lo que es peor, te retiren el saludo. O incluso te señalen por ello, o insulten. Y tengamos un disgusto. Que los correveidiles y soplones andan agazapados detrás de cada esquina. No es para tomarlo a broma. Sea socialista, nacionalista o al desgaire de Izquierda Unida. ¿Español yo? Pero ¿qué dice hombre? Ni que no me conociera. El miedo hace estragos. No conviene significarse. Y menos por la palabrita de marras -¿español yo?-, o por una bandera de quita y pon, que para más señas es la enseña del sempiterno opresor español. Roja y gualda. Quita, quita, nadie quiere problemas.

Todo esto es lo que ha debido pensar el alcalde de Bilbao, don Iñaki Azkuna, debidamente inspirado en las obras completas de Sabino Arana. Un rato y ya está. ¿Un segundo, diez, llegará al minuto, al cuarto de hora? Y arriada queda la bandera española. Tengamos la fiesta en paz. Una paz ilusoria, pues están en manos de la coacción batasuna. Una paz negra, lúgubre, espectral. Por eso dice lo que dice. "No merece la pena". ¿El qué no merece la pena, querido edil? ¿Cumplir la ley? ¿Oponerse a los omnipresentes deseos filoetarras? ¿Intentar ser un alcalde cabal con la Constitución que ampara a todos los españoles, vascos incluidos? Las banderas son un símbolo, en efecto. Pero en este caso el símbolo mayor es el del oprobio, el de la vergüenza que carcome a casi todos los políticos vascos -digo casi-, incapaces de levantar bien alto la bandera de la libertad. Una libertad aherrojada hace mucho por el tedio de una política demasiado acostumbrada al miedo, a una ideología fundamentalista.

Pero ¿quién se toma en serio a España en España a comienzos del siglo XXI? Parece ser una cuestión pasada de moda, subcontratada a otros muchos intereses bastardos. Como la vanagloria personal, el disparate nacionalista, la política como mitin o el partidismo mezquino. España, España. Españoles cuando conviene. Por un rato o por unos presupuestos. Y me vienen a la mente unos versos de Cernuda, que pese a ser escritos en otras circunstancias siguen muy vigentes: "La real para ti no es esa España obscena y deprimente / En la que regentea hoy la canalla, / Sino esta España viva y siempre noble / Que Galdós en sus libros ha creado. / De aquella nos consuela y cura ésta."

Zapatero, furioso con “El Mundo”
Bitácora Libertad Digital 28 Agosto 2005

Ha sido de nuevo “El Mundo”, en sus páginas de opinión del domingo, quien se encargó de recordarle a ZP que la transparencia y la coherencia son en un político democrático, y más en el Presidente del Gobierno, virtudes obligatorias. Por mucho que se empeñen ZP y sus voceros, que acaparan las ondas y fatigan las prensas, lo mismo que dijo para Irak debería valer también para Afganistán. O viceversa, lo mismo que dijo el viernes de Afganistán (estamos en Afganistán “por las mismas razones que salimos de Irak, por defender la paz y la legalidad”) también vale, antes y ahora, para Irak. Es obvio, como dice “El Mundo”, que la precipitación con la que salimos de Mesopotamia, justo antes de que la ONU diese exactamente la misma cobertura legal a las dos misiones, tuvo su origen en la proximidad de las Elecciones Europeas de 2004. Como también es evidente, y así lo señala “El Mundo”, que el incremento de nuestros efectivos en Afganistán es una forma de hacerse perdonar ante nuestros aliados la vergonzosa espantada que protagonizamos en Irak.

Sabemos de muy buena tinta que esta llamada a la coherencia de “El Mundo” ha sentado en La Moncloa como una puñalada en el estómago. Pero es que los tiempos de la oposición de pancarta y del acoso a las sedes del PP ya quedaron atrás. Es a ZP a quien le toca ahora dar la cara y decir si nuestros soldados están haciendo en Afganistán algo diferente de lo que hacían en Irak. Y, de paso, explicar con pelos y señales si la tragedia en la que murieron 17 de nuestros compatriotas no es una prueba de que lo que hacen nuestros soldados en Afganistán no es, precisamente, poner tiritas y repartir caramelos. Es, precisamente, defender con las armas la paz y la legalidad de la que él habla, acosadas por los talibanes y por los señores de la guerra afganos. Si se decide a decir la verdad, ZP lo tendrá más fácil que el PP, pues no es probable que se organicen manifestaciones “espontáneas” ante las sedes del PSOE ni que se les llame “asesinos” a los miembros del Gobierno.

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