AGLI

Recortes de Prensa    Domingo 11 Septiembre 2005
La diagonal
IGNACIO CAMACHO ABC 11 Septiembre 2005

11-S, el choque de la historia
NICOLÁS BAVEREZ ABC 11 Septiembre 2005

La foto y poco más
Editorial ABC 11 Septiembre 2005

Un mamarracho en la Diada
ANTONIO BURGOS ABC 11 Septiembre 2005

En pura coherencia
CARMELO BARRIO BAROJA El Correo 11 Septiembre 2005

Las costosas transferencias
| AD LIBITUM |M. MARTÍN FERRAND ABC 11 Septiembre 2005

Moncloa se olvida la bandera
Ignacio Villa Libertad Digital 11 Septiembre 2005

El precio de la paz
Ignacio Cosidó Libertad Digital 11 Septiembre 2005

El discurso de Vidal Quadras en Barcelona
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 11 Septiembre 2005

RAYUELA EN CATALÁN
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 11 Septiembre 2005

Zapatero en el Salón de los Pasos Perdidos
Editorial Elsemanaldigital 11 Septiembre 2005

Nacionalismos: Lo nuestro La Vall d'Aran
Ramón González Férriz email 11 Septiembre 2005

El modelo catalán
Por José Cavero El Ideal Gallego 11 Septiembre 2005

Savater y Atxaga se entrecruzan acusaciones por la "persecución de la cultura vasca"
Libertad Digital  11 Septiembre 2005

La diagonal
IGNACIO CAMACHO ABC 11 Septiembre 2005

La ofensiva sobre Endesa, pilotada por la gran caja catalana, ha sido entendida de manera casi unánime como una segunda oleada de esta estrategia destinada a volcar sobre Barcelona la primacía estructural de los grandes parámetros de la economía española

LA más perniciosa consecuencia de la irresponsable deriva emprendida por el Gobierno en la cuestión territorial ha sido el palmario rebrote de la desconfianza ciudadana en el equilibrio del Estado. Hasta que Zapatero comenzó a permitir a Maragall la reapertura del debate de los privilegios zanjado en la Constitución y los Estatutos de ella derivados, los españoles venían aceptando con relativa tranquilidad que la habitual voracidad de los nacionalismos periféricos estaba razonablemente contenida en los moldes de un mecanismo de solidaridad nacional. Pero en cuanto el fantasma federal ha asomado el pico de la sábana bajo la reclamación estatutaria catalana -por no hablar del tirón secesionista de Ibarretxe-, los demonios de la insolidaridad han empezado a golpear la tapa de la caja en que durante un cuarto de siglo los había encerrado el pacto constitucional.

Suele darse en estos casos un mecanismo de acción-reacción que, si se deja al albur de los acontecimientos, acaba inoculando en la médula de la conciencia cívica un virus de enfrentamiento y desconfianza. Conviene decir, a tal respecto, que ese inquietante clima de suspicacia y zozobra lo han resucitado quienes sin recato aprovechan el plan rupturista de Zapatero para proclamar sin ambages su voluntad de exclusión y alejamiento del proyecto común en que nos hemos embarcado en los últimos veinticinco años. A partir de esa manifiesta tensión centrífuga, resulta difícil pensar que el resto del país pueda contemplar de manera sosegada la cada vez más evidente trayectoria de quiebra del equilibrio establecido en el mapa autonómico de España.

En condiciones normales, digamos como las que gobernaban la escena pública antes de que el presidente del Gobierno emprendiese su plan neoconstituyente, un episodio como el de la opa hostil de Gas Natural sobre Endesa no habría pasado de la condición de terremoto económico con serios problemas para encajar en el marco de la libre competencia, o de una de esas batallas por el control de las grandes corporaciones que de vez en cuando sacuden la atmósfera de los despachos de la City madrileña, trasladados en los últimos tiempos a refulgentes edificios de las afueras de la capital. En las actuales circunstancias, sin embargo, es prácticamente imposible aislar el análisis de esta ofensiva financiera de las condiciones políticas en que se viene planteando la estructura del poder en España.

Y ello no sólo porque, desde los tiempos de Duran Farrell, y desde luego desde los de Jordi Pujol, el «establishment» catalán haya pujado con fuerza por el control del sector energético nacional como soporte de su primacía industrial y económica. Sino, sobre todo, porque por primera vez en mucho tiempo, con mucha más fuerza que cuando González y Aznar se vieron obligados a pactar con el pujolismo para apuntalar sus mayorías relativas en los años noventa, la opinión pública tiene perfecta conciencia de que los poderes catalanes se saben ante una oportunidad histórica.

A nadie se le escapa el enorme conglomerado con vocación de liderazgo que la burguesía catalana ha construido en torno a La Caixa, lanzada en los últimos tiempos a un acelerón hegemónico sin tapujos en el mapa industrial y financiero. Pero menos aún es disimulable la comodidad con que esta vocación está tomando cuerpo desde que el «lobby» catalán logró situar al inteligente y eficaz José Montilla al frente del Ministerio de Industria, en paralelo a la influencia que el proyecto de revisión estatutaria de Maragall cobraba en el debate angular de la política española.

El relevo de Alfonso Cortina por Antoni Brufau al frente de Repsol representó en este sentido un primer gambito de apertura en el que la partida de ajedrez por el control de la influencia económica comenzó a decantarse del lado del nuevo «statu quo» propiciado con el visto bueno del Gobierno socialista. La Caixa tomaba posiciones directas en un movimiento de avance sobre la nomenclatura diseñada por Rodrigo Rato -que, por cierto, está que brama en privado desde su lujoso despacho del FMI en Washington DC- en las grandes empresas privatizadas por el Gobierno de Aznar. La ofensiva sobre Endesa, pilotada por la gran caja catalana a través de Gas Natural, ha sido entendida de manera casi unánime como una segunda oleada de esta estrategia destinada a volcar sobre Barcelona la primacía estructural de los grandes parámetros de la economía española.

Tan peligroso o más que este desplazamiento de ejes es el fenómeno que subyace a movimientos como el de la opa sobre la eléctrica líder, y que no es otro que la utilización subterfugial de entes de finalidad bien precisa, como las cajas de ahorros, para reconstruir un sector público desmantelado por Aznar con indudable éxito para la liberalización de nuestra economía. Se trata de una trampa de sumo peligro, pues no sólo viene a renacionalizar los sectores privatizados, sino que encima lo hace bajo la influencia de unas autonomías caracterizadas por su voracidad en el gasto y, en casos muy señalados como Cataluña o el País Vasco, por su declarado desapego al proyecto colectivo de España.

De ahí que la maniobra sobre Endesa no haya podido pasar ante la opinión pública como la simple dentellada de una pujante corporación industrial que -contra la doctrina del Libro Blanco de la Energía auspiciado por José Montilla- abre sus fauces por las bravas sobre una eléctrica gigantesca, lastrada en los últimos años por una palpable falta de dinamismo. Y los primeros en verlo de otro modo han sido ciertos medios de comunicación barceloneses próximos al tripartito de Maragall y Carod, que no han dudado en tildar el envite de «jaque catalán» contra la «caverna mesetaria».

Aunque a partir de este primer asalto es probable que los avatares de la célebre opa se encaucen por una lógica más directamente financiera, y aunque el Gobierno haya procurado con delicadeza no aparecer como muñidor de una maniobra que evidentemente le complace sobremanera, la sensación de estar ante una operación de estrategia política ha calado ya en la sociedad española. Y los demonios de la desconfianza han saltado a sus anchas por la piel de la nación, estimulados por la lluvia de reclamaciones, bravatas, presiones y zarandeos que últimamente proviene del noreste con la reiteración de una tormenta.

El peligro de esta clase de climas es que deriven en episodios de visceralidad colectiva, como ocurrió con la campaña contra el cava que golpeó al sector vinícola catalán en las pasadas navidades. De ahí la cautela con que los directivos de La Caixa han empezado a dirigir sus pasos en la última semana, preocupados ante la posibilidad de que la ira «mesetaria» acabe perjudicando a su ejemplar trayectoria financiera en todo el territorio español.

Pero las cosas son como son, y no como uno pretende que sean. Cuando los empresarios catalanes, y hasta la directiva del FC Barcelona, se manifiestan a favor de un nuevo Estatuto que España percibe como claramente lesivo para el equilibrio nacional; cuando Carod y sus «camisas grises» levantan día sí y día también amenazas chulescas sobre la cohesión del Estado; y cuando el Gobierno mismo decanta de manera inequívoca sus prioridades hacia ese conflicto claramente artificial, es casi imposible pedir a la opinión pública que no caiga en reduccionismos ciertamente primarios. Porque lo que esa opinión pública constata es que Zapatero y sus aliados quieren dibujar en el mapa político de España una diagonal de privilegios que baja desde el Cantábrico hasta el Mediterráneo siguiendo el curso del Ebro, y por debajo de la cual puede quedar un amplio territorio claramente condenado a una segunda velocidad política y económica. Una sensación que los brillantes ejecutivos que plantan sus reales en otra Diagonal, la señorial avenida barcelonesa, deberían calibrar para medir el verdadero impacto de sus decisiones estratégicas.

director@abc.es

11-S, el choque de la historia
POR NICOLÁS BAVEREZ HISTORIADOR Y ECONOMISTA ABC 11 Septiembre 2005

... La superioridad de las democracias sobre las tiranías consiste en que disponen de la capacidad de debatir sobre sus errores y, por lo tanto, de corregirlos. El verdadero antídoto contra el terrorismo sigue siendo la globalización y la sociedad abierta...

EL tiempo de la historia no es ni lineal ni continuo. Se organiza alrededor de acontecimientos clave, de nudos -por retomar la expresión utilizada por Soljenitsyn a propósito de la revolución bolchevique de 1917- en torno a los cuales cristalizan fuerzas pesadas para producir aceleraciones brutales y trastocar el destino de los pueblos, de las naciones e incluso del mundo. Así, el asesinato en 1914 del Archiduque Francisco Fernando en Sarajevo puso en movimiento el mecanismo de alianzas que precipitó el primer conflicto mundial, engendrando la guerra total, inventando los totalitarismos y arruinando la civilización liberal y la supremacía de Europa.

Los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 forman parte de estos acontecimientos y constituyen la matriz del siglo XXI. Para empezar, provocaron el estallido de las burbujas en las que se complacían las democracias desde la caída del imperio soviético: burbuja intelectual del fin de la historia, de las guerras, de los ciclos económicos y del trabajo; burbuja política de un mundo puesto en piloto automático porque se suponía que podía autorregularse; burbuja financiera de los mercados; burbuja tecnológica de Internet, al que se consideraba capaz de garantizar el advenimiento de una libertad ilimitada y la liberación de la obligación de escasez. Posteriormente, éstas sacaron a la luz el lado oscuro de la globalización que constituye el principio de nuestra época, revelando el poder de las nuevas pasiones antidemocráticas y liberales que han sucedido a las ideologías que oponen la violencia y el caos a los progresos de la sociedad abierta. Por último, a semejanza de lo que sucedió en octubre de 1917, aunque fracasaron en el intento de desencadenar una revolución islámica mundial, abrieron un nuevo ciclo histórico, situado bajo el signo de una guerra civil mundial radicalmente nueva, que ya no enfrenta a Estados o imperios sino que atraviesa todas las sociedades, sea cual sea su nivel de desarrollo.

De ahí el triple impacto sobre el sistema geopolítico mundial, sobre los Estados y las sociedades. En el plano geopolítico, el terrorismo se impone a la vez como actor autónomo, desconectado de los Estados, y como arma de destrucción masiva contra las democracias en la medida en que tiene como blanco prioritario a los ciudadanos. En el plano de los Estados, la jerarquía y las alianzas se han trastocado: la supremacía absoluta de Estados Unidos se ha visto sacudida por las dificultades encontradas en Afganistán, la derrota anunciada en Irak y el cuestionamiento de la inviolabilidad del territorio; conmocionadas, las democracias y Europa se han dividido, socavando los principios y los marcos del orden internacional. En el plano de las sociedades sobre todo, se desarrolla una guerra de valores, si no de religiones, a través de una espiral de miedo y de odio que vuelve a poner en tela de juicio los fundamentos del convenio social en el seno de las naciones libres: desestabilización del sueño americano, de la tolerancia británica, de la sociedad multicultural holandesa, del laicismo francés y de la movida española.

Cuatro años después, la situación dista de estar bajo control. Primero, la guerra civil mundial se desarrolla en un doble frente exterior -conflictos afgano e iraquí- e interior, y con el fondo de un terrorismo cuya actividad e intensidad van en aumento, como han demostrado siniestramente los atentados en Madrid, Estambul o Casablanca, Londres, Bali o Sharm el Sheik. Segundo, Estados Unidos está a la defensiva en Afganistán -donde los talibanes progresan al mismo tiempo que la legitimidad de Hamid Karzai se erosiona- y se ha estancado en Irak -donde ha originado la alianza del nacionalismo y el fundamentalismo religioso transformando el país en base de entrenamiento terrorista-, lo que deja libre un amplio espacio para las potencias opuestas a la democracia que Irán, por ejemplo, ha aprovechado para dotarse de armas nucleares. Tercero, en el seno de la mayor parte de las democracias, el terrorismo provoca una formidable demanda de seguridad que se ejerce en detrimento de las libertades y los derechos individuales, pero justifica igualmente el regreso con más fuerza de las intervenciones de los Estados y de las tentaciones proteccionistas o nacionalistas. Cuarto, en numerosos países en vías de desarrollo, sobre todo en el mundo árabe-musulmán, pero también en Rusia, esas mismas razones se invocan para legitimar el refuerzo de regímenes de carácter dictatorial.

Sin embargo, los fanáticos están lejos de haber ganado. Primero, en Estados Unidos, bajo la presión del deterioro de la situación en Irak, redoblada por la tragedia interna provocada por el huracán Katrina, por el juego de contra-poderes reactivados desde la campaña presidencial de 2004, el bandazo nacionalista, unilateral y militarista se va corrigiendo, con el redescubrimiento de las virtudes de un acercamiento internacional coordinado, incluido el ámbito de la lucha contra el terrorismo. Segundo, en Europa, bajo la conmoción causada por los atentados en Madrid y Londres, se disipa la ilusión según la cual el continente se beneficiaría de una especie de inmunidad, lo que abre el camino a una cooperación reforzada para garantizar la seguridad de la Unión y la renovación de la alianza transatlántica. Tercero, en las naciones libres, vuelven a aflorar las preocupaciones ligadas a la defensa de las libertades individuales al mismo tiempo que las reflexiones sobre el lugar otorgado a las minorías y a la religión. Cuarto, en el mundo árabe-musulmán se observan progresos en lo que respecta a la libertad, ya se deba a una soberanía redescubierta como en el caso de Líbano, a la evolución desde una lógica de guerra a una lógica de compromiso político en el caso de Oriente Próximo, a la introducción o mejora de los procesos electorales en el caso de Arabia Saudí o de Egipto, o bien a la prevención de focos extremistas, sobre todo en el ámbito de la educación.

El 11 de septiembre de 2001 no señala la irrupción de un choque de civilizaciones, sino que caracteriza un choque histórico, en el que está en juego una gran transformación de la democracia, del capitalismo y del sistema geopolítico mundial. Las democracias han cometido tres errores capitales en la respuesta que se le ha dado. El primero consiste en subestimar las transformaciones aportadas por el nuevo orden internacional, también para las naciones libres y sus pueblos, que deben asumir de forma duradera el riesgo terrorista. El segundo se refiere a la noción de guerra contra el terrorismo, reductora e infundada, por ser tan diversas las causas de la violencia y variadas sus manifestaciones, y porque la réplica convenida se desarrolla menos en términos de jefe de guerra que de estrategia política. El tercero reside en la prioridad dada a las decisiones nacionales sobre la indispensable coordinación internacional, al haberse demostrado que ni siquiera la superpotencia estadounidense en situación de monopolio está a la altura de los problemas del mundo del siglo XXI. La superioridad de las democracias sobre las tiranías consiste en que disponen de la capacidad de debatir sobre sus errores y, por lo tanto, de corregirlos. El verdadero antídoto contra el terrorismo, con su cortejo de miedos y odios, sigue siendo la globalización y la sociedad abierta.

La foto y poco más
Editorial ABC 11 Septiembre 2005

EN sentido estricto, la Conferencia de Presidentes es una ocurrencia del Gobierno socialista que funciona al margen de la Constitución y del resto del ordenamiento jurídico. No hay norma alguna que establezca cuál es su composición, funcionamiento o competencias, de manera que se mueve sin remedio en un ambiente de improvisación y oportunismo coyuntural. Aplicando el sentido común, cabe suponer que pretende cumplir dos objetivos: por una parte, dar expresión simbólica al Estado de las Autonomías en el más alto nivel de representación; por otra, alcanzar acuerdos sobre cuestiones que requieren la decisión de los presidentes respectivos. Desde uno y otro punto de vista, la reunión de ayer se sitúa más cerca del fracaso que del éxito. Es verdad que Zapatero ha conseguido una nueva foto de familia, aunque sea con un aire manifiesto de familia mal avenida. Por lo demás, cuando se habla tanto de la reforma del Senado, resulta que la Cámara Alta sale también mal parada: como es notorio, la reunión se celebra en la sede del Senado, pero al margen por completo de la institución, a pesar del esfuerzo de su presidente en aparecer de alguna manera como anfitrión. Todo ello pocas horas después de que el Gobierno anunciara el aplazamiento -ya recurrente- del debate sobre el estado de las Autonomías que otorga a la Cámara territorial un protagonismo fugaz.

La reunión de ayer no aportó ninguna novedad en torno al gran debate sobre el modelo territorial. La opinión pública contempla con preocupación el cuestionamiento del sistema constitucional a través de las reformas estatutarias. Este contexto político no puede ser eludido en la Conferencia de Presidentes, por muy importante que sea -que lo es- el debate sobre la financiación de la sanidad. Incluso en este punto concreto la reunión ofrece resultados inciertos. Ibarretxe y Maragall tienen, al parecer, cosas más importantes de las que ocuparse. En conjunto, el Gobierno presenta una oferta que aparentemente triplica la proyectada inicialmente, aunque se vincula todavía con una discutible subida de determinados impuestos. En todo caso, no tiene sentido pretender que los presidentes autonómicos se pronuncien sobre la marcha, sin tiempo para un estudio riguroso y sin posibilidad de consultar a los técnicos. Por ello, no es de extrañar que frente al «consenso básico» que proclama Zapatero, las comunidades gobernadas por el PP muestren su decepción y aplacen su postura definitiva para un futuro Consejo de Política Fiscal y Financiera, foro mucho más apropiado para alcanzar el acuerdo imprescindible. No obstante, la gráfica expresión de Esperanza Aguirre anticipa la probabilidad de que se alcance ese acuerdo: «A caballo regalado...».

En suma, que el Gobierno de Rodríguez Zapatero pretendió utilizar la reunión de presidentes autonómicos para vender un supuesto consenso que le permitiera poner en valor una conferencia autonómica sin ninguna trascendencia práctica y que, ya para el año que viene, pretende convertirse en foro de referencia para el debate sobre medio ambiente e investigación. No lo será, porque los asuntos concretos, con sus problemas concretos, tienen institucionalmente asignados organismos concretos para el debate y búsqueda de acuerdos. No es así, hurtando información y jugando con ventaja, como se acercan posturas, sino sentándose a discutir en el escenario apropiado sin las cartas marcadas.

En definitiva, el balance resulta más que discreto, sobre todo si se compara con las ambiciosas pretensiones que el Gobierno atribuye a esta Conferencia carente de regulación jurídica. El optimismo antropológico no justifica que el diálogo se presente como la panacea de todos los males. Una política territorial errática no puede enderezarse a golpe de imágenes más o menos atractivas. Mejorar los cauces de cooperación entre el Estado y los entes territoriales es una operación inteligente si, con carácter previo, se reafirma sin titubeos la validez de los principios que sustentan el actual modelo territorial. De lo contrario, es inútil anticipar futuras convocatorias sobre investigación y desarrollo, sobre medio ambiente o sobre cualquier otra materia, porque los problemas sustanciales seguirán estando pendientes de solución.

Un mamarracho en la Diada
ANTONIO BURGOS ABC 11 Septiembre 2005

EN los días de incienso y naranjos en flor, las bandas cofradieras tocan «La Santa Espina» a ritmo de marcha procesional por las cuestas empedradas de los pueblos andaluces, en las calles de cal y rejas de ciudades a la vera de un río o de la ancha mar, sobre cuyas aguas camina de nuevo el reflejo de un Cristo crucificado. A nadie molesta y a todos emociona que suenen cornetas y tambores con la sardana a lo divino.

En justa correspondencia por este homenaje cofradiero andaluz a las músicas catalanas, la Inquisición de ERC ha declarado anatema la participación de la cantaora flamenca Mayte Martín en el programa de la Diada. En el Parque de la Ciudadela, la Generalidad ha organizado un concierto con María del Mar Bonet, Josep Carreras y Mayte Martín. Mayte Martín, como bien saben, es una opresora de la cultura catalana, y prueba de ello es que los españolistas le dieron el premio de la Lámpara Minera en La Unión. Es una traidora al tarro de las esencias de Macià, pues habiendo nacido en el Principado tiene la osadía de cantar flamenco. Sí, flamenco. ¡Y en castellano! Esa música que es la banda sonora de nuestros enemigos, de España. Comprendo que ERC considere intolerable esta provocación de cantar flamenco en un acto oficial. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Demasiado tuvimos ya con que Peret o El Pescaílla le pusieran el dignísimo apellido de «catalana» a una depravación cultural cual la rumbita flamenca. Si por lo menos Mayte Martín cantara letras flamencas en catalán... Pero no, quiere cantar en castellano la «Vidalita», una música opresora del imperialismo español. Inadmisible.

Lo siento mucho, pero al flamenco nunca llegará esta tiranía de la dictadura de la minoría separatista catalana de los gachós de la camisa negra, que parecen todos palmeros de Peret, aunque aborrezcan el cante. Ya aquel genio mundial que fue Benito Rodríguez Rey, El Beni de Cádiz, intentó cantar flamenco en catalán. El genial Beni dijo su «Ya soc aquí» en una entrevista en TVE, que verían en Cataluña, por lo que me extraña que insistan en el error. Beni tomó para interpretarlo en versión catalana sin subtítulos un fandango clásico: «Tengo un canario en mi cuarto/ que canta cuando te nombro./ Mira si te nombraré/ que hasta el canario está ronco,/ serrana, por tu querer». Beni de Cádiz, muy serio, muy profesoral, tras recitar el fandango en castellano, se dispuso a lo que quieren obligar a Mayte Martín: a cantarlo traducido sin subtítulos en catalán. Y con los tres mil años de su cultura gaditana, proclamó solemnemente en una versión libre para la radio de la gramática de Pompeu Fabra:

Chianti quand te nóm,
ting un canari en la alcoba
chianti quand te nóm.

Mira si te nomaré
que hasta el canari está afónic...

Y ahí Beni, con todo su saber de siglos, con su enorme respeto a la cultura catalana, en la que a los sones de «La Santa Espina» su Cristo viñero de la Misericordia se reflejaba en las aguas de la Caleta, en las que ponía su espuma el vaso de agua clara de Pemán; ahí, digo, Beni se rendía y entregaba la cuchara sin diccionario. Cortaba el cante y decía:

-¡Esto ni pega ni llega!

Tras lo cual, abriendo mucho sus ojos, grandes como bolas del mundo de la libertad, exclamaba sobre su propia obra:

-¡Qué mamarracho!

Lo que quieren hacer los inquisidores de camisa negra de ERC con Mayte Martín no es un error de papelería, ni un error de floristería, ni un error de ferretería, ni un error de pastelería, ni un error de flamencología. Digo como mi maestro El Beni: ¡qué mamarracho!

En pura coherencia
CARMELO BARRIO BAROJA /SECRETARIO GENERAL DEL PP DEL PAÍS VASCO Y PARLAMENTARIO El Correo 11 Septiembre 2005

He leído con suma atención el artículo que Emilio Guevara, don Emilio, cabeza de lista del PSE-EE en Álava en las últimas elecciones autonómicas vascas del 17 de abril, publicaba el día 7 de setiembre en las páginas de este diario bajo el título 'Por favor, un poco de coherencia'. Como colega, y también en mi condición de cabeza de lista en esas mismas elecciones por el Partido Popular en la circunscripción alavesa, me gustaría concretar en diez cuestiones mi opinión sobre los importantes conceptos que el ex diputado general ha suscitado en su brillante intervención periodística. Cuestiones que, a partes iguales, se mueven en la anuencia y en la puntualización crítica, pero en cualquier caso en el reconocimiento en don Emilio de una visión global inteligente y acertada. Aunque, efectivamente, y de forma previa, tengo que convenir con él en que el otro cabeza de lista por Álava, el señor Juan José Ibarretxe, se encuentra a años luz del planteamiento a favor de esta tierra que compartimos los dos y que se materializa en la necesidad de la alternativa.

Comparto con el señor Guevara mi alegría por que el PNV haya decidido presentar las mociones de censura. Esto da pie a seguir hablando de Álava y de Vitoria y a seguir reconociendo y demostrando a los nacionalistas que este territorio histórico se mantiene en lo fundamental, en los aspectos económicos, sociales, laborales o financieros, por delante de Vizcaya y de Guipúzcoa, y que las mociones de Gerenabarrena son un puro mandato de Sabin Etxea para desgastar nuestra provincia y nuestras instituciones.

Tiene razón al argumentar acertadamente que no es necesario ningún gobierno de concentración, como el propuesto por el ocurrente señor Javier Rojo. Nuestras instituciones disponen de mayorías suficientes para seguir mejorando la gestión de los recursos públicos, y tanto Ramón Rabanera como Alfonso Alonso han hecho múltiples llamamientos al PSE para hacer gobiernos más fuertes a imagen de los que se han formado en Irún, Santurtzi, Andoain o Barakaldo.

Así es, señor Guevara. En Vitoria y en Álava los servicios públicos funcionan bien, los proyectos se desarrollan, y el Ayuntamiento y la Diputación velan por un progreso dinámico y moderno en el que los socialistas se niegan a participar, entorpeciendo iniciativas más que aunando esfuerzos.

Siempre lo hemos dicho. El hacer distinciones cualitativas entre discursos en el Partido Nacionalista Vasco es no querer ver la realidad. El secretario de los socialistas alaveses se obstina en buscar diferencias de cara a los entendimientos que éste promueve con el nacionalismo, pero como bien apunta es un error, una «equivocación de cabo a rabo» buscar diferencias de fondo entre Egibar, Imaz e Ibarretxe. Emilio Guevara acierta: el PNV, al unísono, sólo juega a la ruptura inminente o diferida.

También es necesario entender, como se traduce de sus referencias, que el socialismo vasco aún debe de interiorizar el hecho de que hay que construir una alternativa al PNV. Y hoy está claro que los socialistas han dejado solo al Partido Popular en ese papel y si a algo aspiran es a acercarse al PNV más que a sustituirle democráticamente.

Y si cinco han sido las concordancias y las impecables reflexiones que yo detecto en el artículo con interés, y que comparto plenamente, algunas referencias también pueden ser matizadas y corregidas. Me dispongo a ello.

Señor Guevara, le corrijo. Al Partido Popular no se le puede acusar de incoherencia de una manera tan ligera como la que emplea. Ha asumido las responsabilidades municipales y foral en Álava mirando a los ciudadanos y haciendo un llamamiento permanente desde 1999 al Partido Socialista alavés para que se integre en los gobiernos. Eso es responsabilidad y coherencia. El problema de construir una alternativa en este país ya lo ha identificado hace tiempo el Partido Popular, con Aznar y Mayor Oreja, con Rajoy y Zaplana, con Alonso y Rabanera, y quién hoy representa la alternativa en exclusiva se llama María San Gil. Ha sido el socialismo de Zapatero, López y Elorza el que ha dejado de representarla y ahí debe de concentrar el parlamentario vasco sus esfuerzos.

Le aseguro al señor Guevara que un cambio drástico y determinante sí se ha producido en este país, contrariamente a lo que él comenta. El cambio ha sido la actitud del PSE, cada día más cercano al PNV, en consideraciones públicas del señor Rojo y su pretensión de futuros acuerdos, en la negación a las negociaciones con los gobiernos foral y municipal en Álava y Vitoria para presupuestos y demás aspectos de la gobernabilidad, en el apoyo a mociones de censura -como la del diputado Aguirrezábal-, concebidas y diseñadas por Sabin Etxea, y otro largo etcétera. Ese ha sido el cambio, el del retroceso en la exigencia al nacionalismo y el de la búsqueda de la distancia con los constitucionalistas en el País Vasco.

También da por hecho que el PSE de Álava tendrá más junteros y concejales que el Partido Popular. No ocurrirá esto porque no está haciendo bien las cosas. Le recuerdo que en las últimas elecciones autonómicas vascas el Partido Socialista creyó que se iba a salir del mapa y quedó por detrás del Partido Popular en Álava. Desde luego la actitud de obstrucción y descalificadora de Rojo, Prieto o Lazcoz no son un buen reclamo electoral para unos comicios que hablan de construir una ciudad, una provincia y unos pueblos en positivo. En cualquier caso, como en esta legislatura y en la anterior, nosotros tenemos claro que queremos seguir construyendo con el PSE una mayoría constitucional, en torno al Estatuto de Gernika y a la foralidad.

Dice finalmente don Emilio que «todavía hay tiempo y lugar para la generosidad recíproca». Yo le contesto que sí, pero reflexione. La generosidad ha sido, es y será la del Partido Popular, el ofrecimiento y la disposición permanente para hacer con los socialistas algo juntos en el conjunto de Euskadi. Y esa generosidad, en particular en Álava, se ha visto respondida con desplantes, insultos, portazos, mociones de censura, obstáculos y amenazas.

En cualquier caso, señor Guevara, le agradezco su artículo. Yo ya he hecho mi reflexión en pura coherencia y espero ansioso la que hagan sobre él el señor Rojo y compañía.

Las costosas transferencias
| AD LIBITUM |M. MARTÍN FERRAND ABC 11 Septiembre 2005

PRECEDIDA de un enmendado «error de papelería» que suprimió la bandera de España del frontis del Senado, se celebró ayer en tan solemne lugar la segunda Conferencia de Presidentes, uno de esos inventos de José Luis Rodríguez Zapatero que, al modo de los del profesor Franz de Copenhague en el TBO, resultan tan entretenidos como inútiles. Aún siendo mejor hablar y verse que permanecer distantes y en silencio, conviene que las palabras tengan sustancia y contenido. Es difícil que así sea si a una reunión entre el presidente del Gobierno, los diecisiete de las comunidades y los dos de las ciudades autónomas no se acude con programa, documentación previa y proyectos ya estudiados por todos. Más todavía cuando de lo que se trata es de tapar los agujeros originados, precisamente, por los asistentes a la reunión.

Si partimos de la base de que, por ejemplo, el nuevo Estatut, el asunto que polariza la actividad política catalana, sólo es «importante» para el 12 por ciento de los encuestados para La Vanguardia -únicamente el 0,4 se mostraba interesado por él-, cabe preguntarse qué sentido tienen estos juegos malabares que, de estatutos a transferencias, organizan un constante baile de millones -nuestros millones- ante el que los ciudadanos no muestran interés y que, por contra, centra la obsesión operativa de una política que, especialmente cuando es nacionalista, se despega de la realidad cívica y social de España.

No nos engañemos con sus aspectos de grandeza. La Conferencia de Presidentes, tan rimbombante, no tiene más enjundia que ponerle medias suelas a los agujeros que le han salido a los zapatos del gasto sanitario. Los presidentes reunidos, unos más y otros menos, han gastado más de lo que les autorizaba el capítulo presupuestario. Mientras por obrar así no se incurra en responsabilidad alguna, incluso con afección a sus patrimonios personales, todas las cuentas públicas, no sólo las de la Sanidad, serán deficitarias y estarán hechas sobre el agua con un lápiz de humo.

El Título VIII de la Constitución, al que tantas disfunciones debemos ya, no debió servir para descentralizar lo que, desde el sentido común, conviene que esté centralizado, y la Sanidad es el mejor ejemplo de ello. El paciente, de Tarrasa o de Betanzos, de Alcoy o de Motril, lo que demanda es una correcta atención médica -que ya tenía- y le importa poco que los gastos que ésta genere se administren en Madrid o en Cataluña, Galicia, Valencia o Andalucía. Los demás, el conjunto de la sociedad, aspiran a que esas prestaciones se hagan con criterios de igualdad y ajustadas al Presupuesto. Sin más. Lo peor es que, de tanto jugar con el sistema -el mejor sistema sanitario de Europa- éste salga deteriorado porque, ¿podemos aspirar a tener los diecisiete mejores sistemas sanitarios del continente?

Moncloa se olvida la bandera
Ignacio Villa Libertad Digital 11 Septiembre 2005

Nueva foto de ZP para su álbum familiar. Este sábado el presidente del Gobierno ha convocado una nueva Conferencia de presidentes autonómicos que nadie ha conseguido explicar para qué sirve y que objetivos se marcan. Zapatero convoca a los dirigentes autonómicos a un encuentro que no tiene capacidad decisoria y en el que no existe un orden del día previsto. Es cierto que sabemos que se va a abordar la financiación del déficit sanitario, pero es que la presidencia del Gobierno a estas alturas no ha movido un dedo para que se conozca la propuesta real y final del Ejecutivo.

La realidad es que en estos últimos días han rozado el ridículo. Primero anunciando una subida de impuestos como la gran aportación de la izquierda, luego admitiendo que podría ser retirado si no gustaba, más tarde añadiendo que la propuesta era provisional para terminar diciendo que habrá una nueva oferta final.

Todo esto huele a "montaje Zapatero". Todo indica que el presidente estará preparando un golpe de efecto que pretenderá sacar en la Conferencia para provocar el desconcierto general; aunque esta vez esas maniobras efectistas no deberían ser suficientes. Nos estamos jugando algo muy importante como es el Servicio Nacional de Salud y por lo tanto las "jugadas de pillo" no tienen lugar en un terreno como este. Zapatero esconde sus cartas. Y lo hace no por su contenido; la única razón es por estrategia política.
En este contexto, no deja de ser paranoico que a menos de 24 horas para la Conferencia la polémica venga marcada por la "desaparición" de la bandera de España de las acreditaciones y de toda la cartelería. En Moncloa algún "ínclito" cerebrito se ha "olvidado" de la bandera nacional; eso sí no se ha "olvidado" de ninguna bandera autonómica. La duda que surge –y no es por maldad– es saber sí ese "olvido" ha sido intencionado o es que realmente de tanto jugar con lo básico la enseña nacional ha pasado al baúl de los recuerdos. Desde Moncloa se ha vuelto a rehacer todo el aparato escénico de la Conferencia, en esta ocasión con la bandera de España. Y es que la se les venía encima era de aúpa. Cualquier día se olvidan de la cabeza.

Arrancar una tregua
El precio de la paz
Ignacio Cosidó Libertad Digital 11 Septiembre 2005

El oscurantismo con el que Rodriguez Zapatero conduce su pretendido proceso de paz en el País Vasco es en realidad un secreto a voces. El objetivo del Gobierno es arrancar a ETA una tregua, aunque sea sumamente frágil y limitada, a cambio de permitir a Batasuna concurrir a las elecciones municipales de 2007. Una vez alcanzado ese pacto se iniciaría un doble proceso de negociación. Con ETA para lograr su plena disolución a cambio de la libertad de todos sus presos y generosidad extrema con todos sus militantes. Con el conjunto del nacionalismo vasco, para dar satisfacción a las demandas políticas de ETA. Se trata de un negocio en el que supuestamente todos sus protagonistas ganan y en el que el único precio a pagar es España, nuestras convicciones democráticas y nuestra dignidad.

Presentarse a las próximas elecciones generales con un acuerdo de paz que alumbre el final de cuatro décadas de terrorismo en España es probablemente la mejor baza electoral que podría haber soñado Rodriguez Zapatero. Ese acuerdo, convenientemente vendido, podría tapar buena parte de los errores y las incompetencias de las que casi cotidianamente da muestras el actual Gobierno. La audacia y la inasequible fe en el dialogo de nuestro presidente sería así premiada con un paso decisivo hacia la anhelada paz a la que aspiran la inmensa mayoría de los españoles. Zapatero podría no solo revalidar su mandato con una amplia mayoría, sino incluso culminar el humano sueño de pasar, tras un largo y obligado paréntesis en La Moncloa, a la Historia.

Para el PNV el beneficio no es menor. Con su disolución ETA prestaría un último y gran servicio al nacionalismo gobernante en el País Vasco. El PNV ha sabido siempre instrumentalizar políticamente la violencia terrorista en beneficio propio. En la Transición se creyó que otorgar al País Vasco la mayor autonomía política de Europa constituía el mejor antídoto para frenar la sangría del terrorismo. Los nacionalistas vascos han utilizado sin embargo cada nueva concesión del Estado como un peldaño más para subir una escalera cuyo único fin es la plena independencia del País Vasco. El final de ETA, a través de la mesa de negociación que Ibarretxe se dispone a poner en marcha anticipadamente, puede permitir al nacionalismo vasco dar un salto casi definitivo hacia su añorada secesión de España, constituyendo así un feudo de poder perpetuo y absoluto.

Sin embargo, nadie va a ganar más en este proceso de paz que la propia ETA. Una organización terrorista que hace un año estaba abocada a su derrota definitiva y que puede ahora, tras asesinar a casi mil inocentes, lograr su definitiva victoria. ETA puede obtener de Rodriguez Zapatero, en primer lugar, una justificación histórica a sus cuatro décadas de actividad criminal. ETA podrá decirse a sí misma que valió la pena tanta muerte y tanto dolor infligido porque al final todo tenía un sentido. Ningún disparo, ninguna bomba fue inútil, ninguna victima fue del todo inocente, porque la razón está siempre de los que vencen, que incluso pueden tener la magnanimidad de pedir un perdón recíproco para justificar aún más el horror.

ETA piensa obtener además la extrema generosidad del Gobierno. No se trata sólo de sacar a la calle a los asesinos para que sean convenientemente homenajeados como héroes, sino que todos aquellos que participaron de alguna forma en la masacre sean debidamente recompensados. El estado social que ETA ha mantenido durante décadas sobre la base de la extorsión a la sociedad vasca será sufragado ahora por el conjunto de los ciudadanos españoles a través de nuestros impuestos.

Pero sobre todo, ETA estará en condiciones de imponer su programa político. Los terroristas habrán logrado a través del terror lo que jamás hubieran soñado conseguir en las urnas: imponer al conjunto de la sociedad española buena parte de sus ideas excluyentes y totalitarias. Les otorgaremos, por el mero hecho de perdonarnos la vida, muchas más concesiones de las que les daríamos si no hubieran asesinado a nadie.

El único escollo en todo este proceso es si existe aún una mayoría de españoles que está dispuesta a obviar el Estado de Derecho, claudicar de sus principios democráticos, pisotear la dignidad de las victimas y desgarrar España en pedazos, todo ello por la sola compensación de permitirnos una vida más tranquila. Yo confieso que no.

Ignacio Cosidó es senador del Partido Popular

El discurso de Vidal Quadras en Barcelona
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 11 Septiembre 2005

EL VICEPRESIDENTE del Parlamento Europeo, Alejo Vidal Quadras, ha pronunciado ante un nutrido auditorio un importante discurso, por lo clarificador. Y aunque ya Aristóteles decía que malos tiempos corren si es preciso demostrar lo evidente, se agradece que con tantas medias tintas, tantas timorateces, de si subo o bajo o me camuflo en el paisaje, un político lúcido y bien informado tenga la valentía de decirnos lo que piensa. Es bien sabido que tras la deriva nacionalista en Cataluña de los dos grandes partidos españoles, el PSOE ya ha encallado como el Serpent en la playa del Trece con el impresentable PSC maragalliano, y el PP del inefable Piqué, más disimulado, más nacionalista de tapadillo, está navegando también hacia el desastre final.

Vidal Quadras ha contado las verdades del barquero, las que cualquiera ve, aunque en estos tiempos de cobarde complicidad con la mentira y la destrucción, resulte heroico decir: «Si no acabamos con el estatuto nacionalista, el estatuto nacionalista acabará con nosotros... Si sale adelante lo de que Cataluña es una nación se iniciará una nueva etapa en la historia de España: la de su destrucción».

El PP de Piqué, ¿va a dar la batalla constitucional, es decir, por el mantenimiento de España como país único, en progreso pacífico y solidario, o también va a querer salir en la foto de la firma del engendro? Probablemente, con los partidos actuales, Cataluña y al final España están perdidas. El Partido Socialista debería recuperar sus siglas y atender los legítimos derechos de su electorado tradicional. Y el Popular, el suyo. O de lo contrario, habrá que innovar con nuevas agrupaciones que, como el partido radical de Lerroux, el único partido republicano importante el 14 de abril del 31, tengan voluntad de hacer frente a los abusos nacionalistas. Buena parte del electorado en Cataluña y el resto de España está esperando que alguien se atreva a defenderlo.

RAYUELA EN CATALÁN
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 11 Septiembre 2005

Cortázar escribió una novela, «Rayuela», que se podía leer de dos maneras. Si se colocaban los capítulos en el orden fijado por la numeración tradicional, salía un historia. Y salía otra si se seguía un itinerario alternativo. Sucede algo parecido con la opa de Gas Natural sobre Endesa. La opa se ha sujetado a dos lecturas distintas. Según unos, se trata de una operación transparente desde el punto de vista empresarial. Gas Natural, una distribuidora, necesitaba agregar a su estructura centrales de generación de energía. Lo intentó en tiempos con Iberdrola. No prosperó la maniobra y ahora quiere probar suerte con Endesa, vulnerable por causa de su situación financiera. En contra de lo que se ha dicho, el surgimiento del monstruo energético no afectaría al bolsillo del consumidor, puesto que es el Gobierno el que regula los precios. Y sería exagerado hablar de monopolio. Quedan Iberdrola, Unión Fenosa, y otras compañías. Fin de la historia. La otra lectura discurre por caminos más tortuosos. Figuran ahora, en el guión, Montilla, La Caixa, y el tripartito. Figura Montilla porque la opa no podrá llevarse a efecto sin el plácet del Gobierno; La Caixa, por ser accionista mayoritario de Gas Natural; y el tripartito desempeña un papel estelar por dos conceptos. Primero, porque los gobiernos autónomos tienen, de oficio, vara alta en las cajas de ahorro. Y segundo, porque Maragall necesitaría compensaciones si, como no es impensable, se frustra el Estatuto y ha de procederse a nuevas elecciones en Cataluña. La segunda lectura, en fin, antepone motivaciones políticas a las económicas.

Un precepto venerable recomienda que, cada vez que la evidencia puede explicarse a través de dos teorías, una sencilla, la otra torcida y complicada, lo mejor es quedarse con la sencilla. Ello debería llevarnos a preferir la lectura económica sobre la política. Pero surge un problema: y es que las dos lecturas no cubren o reflejan, exactamente, la misma evidencia. Existen hechos objetivos que la lectura política toma en consideración, y desatiende sin embargo la económica. Destacan, en esencia, dos circunstancias. Sucede, para empezar, que una de las personas claves en la operación, el señor Montilla, es a la vez el representante en el Gobierno de Madrid de los intereses corporativos catalanes. Y tenemos también que ERC y Maragall pactaron «potenciar operadores catalanes estratégicos». Repsol está ya en el zurrón de La Caixa. Endesa, a punto de caramelo. Ignorar todo esto sería arbitrario.

Y es abusivo liquidar la cuestión calificando de anticatalanes paranoicos a los recelosos. Quienquiera que haya seguido de cerca las intervenciones de Maragall, ya como colaborador en los diarios, ya en intervenciones públicas, sabe que para el president existe una urgencia mayor todavía que el engrandecimiento de Cataluña: y es la disminución de Madrid, identificado por él con el Estado español. Maragall, no contrario a una España suya muy personal y de naturaleza por el momento hipotética, antagoniza, innegablemente, con la España constituida. Estos fantasmas, de estirpe criptonacionalista, atormentan sicológicamente al president, y le proyectan hacia una síntesis que concilia en una sola fórmula sus anhelos y sus fobias: cuanto más Cataluña, menos Madrid, y al revés. No se desprende de aquí que Maragall haya impuesto criterios o tiempos a La Caixa. Ahora bien, suponer que una caja de ahorros es tan independiente del poder autonómico o local como lo sería, qué sé yo, la Ford o IBM, resulta un punto idílico.

Sea como fuere, ninguna de las teorías en circulación arroja una luz definitiva sobre el magma catalán. El sorprendente acuerdo Maragall-Mas del miércoles, el que blinda la financiación catalana, desencadena un proceso que va en contra de la idea de que se habría asegurado la contención de Maragall a cambio de concesiones económicas. Si el acuerdo se consolida en los términos que se han hecho públicos, se verificará para el Gobierno el peor de los escenarios. El Estatuto no naufragaría en el Parlament por un maximalismo imputable a CiU, sino que podría zozobrar en Madrid, de manos del propio PSOE, o de una facción dentro de éste. Parece, en fin, que nos hubiéramos vuelto locos. En un país viable, no habría importado, ni la opa sobre Endesa, ni la prosapia regional de la entidad de crédito que la apoya. Tampoco habría importado de dónde viene el ministro de Industria. Aquí oiremos decir, sin poder evitar una sensación molesta en la base del píloro, que la región que aspira al control económico del país está dando los pasos necesarios para que éste se salga de madre.

Zapatero en el Salón de los Pasos Perdidos
Editorial Elsemanaldigital 11 Septiembre 2005

La Conferencia de Presidentes Autonómicos celebrada ayer en el Senado fue, como otros actos que organiza el Gobierno socialista, un bonito brindis al sol.

11 de septiembre de 2005. La Conferencia de Presidentes Autonómicos celebrada ayer en el Senado fue, como otros actos que organiza el Gobierno socialista, un bonito brindis al sol que, a falta de acuerdos políticos de envergadura, trata de dar a la opinión pública una cuidada imagen publicitaria a mayor gloria de un alicaído José Luis Rodríguez Zapatero. Y es que no es posible pretender vender un acuerdo de financiación sanitaria con una inconcreta propuesta verbal de última hora y que además deberá ser refrendada en el Consejo de Política Fiscal y Financiera.

España –a pesar de las intenciones de Juan José Ibarretxe y Pasqual Maragall y de las divagaciones del propio presidente– es una nación, de las primeras que fraguó Europa. Por ello, la Conferencia de Presidentes Autonómicos podrá ser algún día un esfuerzo adecuado para coordinar y cohesionar un poder estatal descentralizado en 17 poderes autonómicos, más Ceuta y Melilla. Hoy, sin embargo, esto no ocurre y no ocurrirá si antes las reglas de juego no están claras, previamente definidas y mientras el Gobierno se reserve la potestad de sacar conejos de la chistera en el último momento. Es necesario (y la responsabilidad también incumbe a la oposición política) reglamentar parlamentariamente el funcionamiento futuro tanto de la Conferencia de Presidentes como del aplazado Debate sobre el Estado de las Autonomías en el Senado.

En el fondo, parece que a Zapatero le bastase la complacencia de las fuerzas políticas nacionalistas que pueden aprobarle los Presupuestos Generales del Estado. Por eso da trato preferente a los presidentes del País Vasco y Cataluña mientras que a las demás Comunidades Autónomas españolas, especialmente a las presididas por el PP, se las ningunea o se les da inferior trato o se las culpa directamente de cualquier falta de acuerdo: en materia sanitaria, en la reforma de los estatutos, etcétera. Es el engaño del diálogo-trampa permanente escenificado ya en la pasada reunión con Rajoy.

Todo lo cual demuestra –como denunció el Partido Popular al exigir el conocimiento previo de las propuestas para analizarlas adecuadamente– que el Gobierno improvisa y no hace sus deberes a tiempo. O lo que es peor, que necesita golpes de efecto y fuegos de artificio para mejorar su deteriorada imagen pública tras los descalabros del pasado verano.

Sin embargo, esta vez la sinrazón política ha ido más allá. No sólo por la propuesta filtrada a la prensa afín, no sólo por el chusco episodio del olvido de la bandera nacional en los paneles (enmendado al final), no sólo por el trato diferencial dispensado en la foto de familia por Rodríguez Zapatero y Javier Rojo a las llamadas "comunidades históricas" escudándose en el protocolo, sino que además toda la precipitación e improvisación de la Conferencia ha conducido –como el pasado año– a la descortesía de hacer esperar más de una hora al Jefe del Estado a la hora del almuerzo.

En el Salón de los Pasos Perdidos del Senado, por enésima vez, Zapatero ha perdido el paso y ha terminado algo trastabillado. Ojalá lo recupere pronto.

Nacionalismos: Lo nuestro La Vall d'Aran
Ramón González Férriz email 11 Septiembre 2005

Una de las obsesiones más recurrentes y enternecedoras del nacionalismo catalán ha sido, desde siempre, hacer de Cataluña un país normal. Un país con su lengua, sus embajadas por el mundo, Ministerio de Hacienda y representante en Eurovisión.

El modelo de Pujol empezó siendo la Suecia socialdemócrata, pero más tarde a algún iluminado se le ocurrió que lo mejor era girar la vista hacia los Balcanes; hasta del Kurdistán hablaron.

Ahora, sin embargo, Cataluña ya no tiene necesidad de fijarse en nadie. Los catalanes somos gente industriosa y en estos momentos disponemos de un argumento de normalidad patriótica que para sí quisiera el Quebec: tenemos una región secesionista. Nada menos. ¿Qué otro protoestado puede vanagloriarse de contar, antes de su proclamación, con un pedazo de suelo independentista? Definitivamente, somos un país normal. Por lo pronto, tan normal como España. En Madrid deberían echarse a temblar. Y es que en febrero de este mismo año, el Conselh Generau d'Aran aprobó por unanimidad un documento en el que reclamaba que el nuevo estatuto catalán reconociera la libre adhesión de la Vall d'Aran no ya al Estado Español, sino a la Comunidad Autónoma catalana.

Obviamente, el documento no se quedaba en eso, porque es sabido que a todos los patriotas, incluidos los araneses, les pierden los símbolos. El texto exigía también que el aranés fuera lengua cooficial en toda Cataluña, derechos históricos "similares o equiparables a los territorios forales" y la no inclusión de Aran en ninguna división territorial que no fuera -y aquí más de un pecho debió estallar de gozo- "ella misma". Pero no se crean que estamos ante un caso de lo que Freud llamaba el narcisismo de las pequeñas diferencias. La Vall d'Aran, con sus cincuenta mil habitantes repartidos en un puñado de municipios, dedicados principalmente a la industria turística y circunscritos administrativamente a la provincia de Lérida, no es que sea ligeramente diferente, es que es una nación. Una nación que exige tener su lengua, sus embajadas por el mundo, su Ministerio de Hacienda, etcétera. La cara que los nacionalistas catalanes pusieron ante semejante iniciativa fue, literalmente, un poema: lo de tener una nación oprimida les gustó -¡ahí está, al fin nos ha salido un País Vasco!-, pero les provocó la misma inquietud que sentiría Drácula al descubrir una mañana que su imagen sí se refleja en el espejo. Las arrugas, las patas de gallo y las carnes flácidas eran tantas y tan ostentosas que pasaron la propuesta al limbo de una comisión. Y ahí sigue.

Sin embargo, nada de esto asombró a nadie. Pese a tener sus orígenes en los seminarios y los consejos de administración, el nacionalismo catalán es un fenómeno de naturaleza básicamente poética -es decir, léxica-, y no hay un solo catalán que no esté tan familiarizado con las palabras "nación", "lengua" e "identidad" como el más aplicado aspirante a cátedra de Heidelberg. Son éstos conceptos que aquí se manejan con pasmosa facilidad. Si una carretera tiene baches, por ejemplo, se dice que "se maltrata nuestra identidad como pueblo". Si los estudiantes de primaria salen más botarates que en Albania, se dice que "el catalán como lengua vehicular está amenazado". Y así sucesivamente. Gracias a ello, el movimiento secesionista aranés ha sonado aquí a canción conocida.

Bien es cierto que ahora la canta otro, y que nos la canta a nosotros -a los catalanes en su conjunto, se entiende-, pero en el fondo no importa: las palabras son las mismas y se establece una cierta continuidad. "El pueblo catalán comprende y respeta los derechos del pueblo aranés...", puede decir algún capítulo del nuevo estatuto para sortear tan espinosa cuestión. Y así todos sabremos que, en lo más íntimo de su ensimismamiento, no hay patria oprimida que no albergue la coqueta ambición de ser también opresora.

Acabe como acabe este magnífico lío identitario, servirá para poner de manifiesto, por enésima vez, una cansina obviedad: que tras cada reivindicación patriótica, tras cada demanda de traspaso de competencias en federaciones deportivas, centros de salud y relaciones exteriores, se oculta un tipo bronco, un alcalde choricero que tiene las manos gastadas de tanto frotárselas ante la perspectiva de encargarle a su cuñado la gestión de un presupuesto que nunca es tan abultado como debiera.

No sé yo qué dirán la ONU, la Unión Europea y La Caixa ante la perspectiva de una Vall d'Aran libremente asociada, pero por lo que a mí respecta, el tránsito de colonia a metrópoli me tiene en un sin vivir. Con el tiempo, me había hecho a la idea de ser un ciudadano vagamente expoliado, pero había logrado sobrellevar tan desdichada condición razonablemente bien; hasta envidiablemente bien, visto el indecible sufrimiento que provoca entre algunos de mis amigos, sobre todo entre los más ricos. Pero que después de tantos años de opresión me salgan los araneses diciendo que no son un "país catalán" y que nosotros -los catalanes en su conjunto- les tenemos colonizados... Ustedes verán, pero a mí me parece que esto no hay quien lo aguante.

El modelo catalán
Por José Cavero El Ideal Gallego 11 Septiembre 2005

El debate previo sobre financiación de la sanidad y el desarrollo de la conferencia de presidentes han puesto de relieve la necesidad de que los gobiernos autonómicos empiecen a disponer de unos controles que hasta ahora parecen haber evitado. Nacidas como invento constitucional, las CCAA tienen sobrada parte en la responsabilidad del gasto del Estado y merecen que se conozca mejor la distribución de ingresos y gastos de cada una de ellas, a menudo ignorada. De repente nos cuentan que acumulan una deuda por servicios sanitarios que supera los 7.000 millones de euros, el billón de las antiguas pesetas. Y todo se atribuye a que en los dos o tres últimos años la población creció en cuatro millones de inmigrantes. ¿Nadie lo previó? Y sobre todo: ¿ese gasto era el adecuado, o hubo derroches, falta de criterio sobre lo que puede atenderse y lo que va más allá de una atención sanitaria de un país que no es el primero en posibilidades económicas?

Sucede, por ejemplo, que a la vista de pacientes nacionales suele añadirse, en unos cuantos hospitales, otra lista de espera de pacientes de otros países europeos a los que se atiende gratis. Sucede que unas autonomías son más generosas que otras al establecer su catálogo de atenciones: servicios bucodentales, por ejemplo, reparto de marcapasos, derroche en la dispensación de fármacos... No hay una relación de tareas mínimas a las que tengan derecho y puedan aspirar cada uno de los habitantes de España, residan en El Priorato, en La Rioja, en El Bierzo o por debajo de Despeñaperros. Cada cual gasta esa pólvora del Rey del modo que mejor le parece, y si falta, el Estado proveerá, que es lo que ha ocurrido ahora. ¿Y dentro de un par de años, superado el déficit, volverá a plantearse la misma cuestión?

Y lo que sabemos, o ignoramos, de las cuentas de los servicios sanitarios se repite con las cuentas de las televisiones: hasta tres en algunas comunidades y ninguna en otras. Es otro chocolate del loro de dimensiones abrumadoras, y otra materia en la que cada Gobierno autonómico ha hecho de su capa un sayo, a la mayor gloria del gobernante de turno. ¿Cuándo empezarán a debatirse estos agujeros negros que paga el contribuyente sin el mínimo control de un conocimiento exhaustivo y estricto?

EN LA SECCIÓN DE CARTAS AL DIRECTOR DE EL PAÍS
Savater y Atxaga se entrecruzan acusaciones por la "persecución de la cultura vasca"
El filósofo y escritor Fernando Savater contesta este sábado, en una "carta al director" del diario El País, al también escritor vasco Bernardo Atxaga. Es la última de las escritas hasta ahora, en las que ambos protagonizan un cruce de acusaciones. La polémica se desató con un artículo de Savater, El arte de desagradar, publicado en el diario de Polanco el siete de septiembre, donde reprochaba a Atxaga "repetir esa vieja bribonada de la persecución de la cultura vasca".
Libertad Digital  11 Septiembre 2005

Los dos escritores vascos, Fernando Savater y Bernardo Atxaga, mantienen desde el pasado viernes un cruce de acusaciones en El País. La contienda se inició con un artículo de Savater titulado El arte de desagradar. El filósofo vasco, comprometido con las víctimas del terrorismo, terminaba su escrito poniendo de manifiesto la situación de comodidad y seguridad en la que se encuentran las personas que no se oponen a la situación que se vive en el País Vasco, y mencionaba a Bernardo Atxaga entre ellas.

Savater definía de esta forma al escritor vasco: "cortejado por nacionalistas y no nacionalistas, así como por periódicos habitualmente opuestos en todo lo demás, ha conseguido ser uno de los escritores que no tienen nada que temer en un país en el que tantos temen". Asimismo le atribuía haber "repetido", en una mesa redonda celebrada en un hotel donostiarra, la "vieja bribonada de la persecución a la cultura vasca", que en opinión de Savater, "para nada se refiere a lo ocurrido a Agustín Ibarrola y Raúl Guerra Garrido, junto a tantos periodistas y profesores exiliados o eliminados".

Bernardo Atxaga ya protagonizó una polémica el pasado año. En esa ocasión con el crítico literario de El País, Ignacio Echevarría. El que fuera colaborador del periódico durante más de catorce años, dejó de aparecer en sus páginas al escribir una mala crítica sobre una novela de Atxaga que estaba publicada por Alfaguara, editorial del Grupo Prisa.

En esta ocasión el escritor vasco se ha sentido molesto por el comentario de Savater, por lo que no ha dudado en responderle con una "carta al director" del diario de Polanco: "(...) Usted es muy dueño de situarse en esa frontera política que hasta hace poco recorrieron el señor Redondo Terreros, o la señora Rosa Díez, así como de acudir a San Sebastián para reivindicar la bandera española; déjeme a mí protestar por el cierre del diario Egunkaria o manifestarme a favor del diálogo político. No creo estar alejado de las posiciones (...) que ahora mismo defienden Pasqual Maragall o el grupo que apoyo abiertamente, Izquierda Unida".

A continuación, Bernardo Atxaga desmiente haber "repetido, en la mesa redonda, esa vieja bribonada de la persecución a la cultura vasca", y termina diciendo: "Es evidente que usted no asistió a la mesa redonda y que la persona que oyó por usted tenía los oídos –y los odios– muy duros".

La respuesta de Savater aparece este sábado en el diario del grupo Prisa. En ella puntualiza que no acude "a San Sebastián ni a reivindicar banderas ni nada. Acudí hace 58 años y todavía no me he marchado. El que viene por aquí a veces, como el otro día al María Cristina, es usted: sea bienvenido, siempre que no aproveche la visita para despedirnos a los demás como forasteros; qué distracción más tonta". Asimismo, vuelve a poner de manifiesto la situación de "persecución y amenazas" constantes en la que viven "artistas, escritores y periodistas que se han opuesto a los violentos antidemócratas". "Y usted, señor Atxaga, sigue tan campante; Dios le guarde así muchos años".

Asimismo, Fernando Savater reconoce no haber asistido al acto "pero si en esa ocasión no dijo usted lo que en otras le hemos oído ("persecución a la cultura vasca"), no tenía más que enviar una rectificación al periódico para desengañarnos. Que yo sepa, no lo ha hecho usted, y quien calla, otorga. De modo que menos cuentos", finaliza.
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