AGLI

Recortes de Prensa    Lunes 12 Septiembre 2005
Las mentiras del topo independentista
Agapito Maestre Libertad Digital 12 Septiembre 2005

Sin entradas para el espectáculo
Isabel Durán Libertad Digital 12 Septiembre 2005

Las confesiones de Maragall
José García Domínguez Libertad Digital 12 Septiembre 2005

Gestos y euros
CHARO ZARZALEJOS ABC 12 Septiembre 2005

Nosotros
XAVIER PERICAY ABC 12 Septiembre 2005

El derecho y la estrategia
GERMÁN YANKE ABC 12 Septiembre 2005

Encerrados con un solo juguete
FELIX OVEJERO  ABC 12 Septiembre 2005

España puede romperse; el PSOE, no
José Javier Esparza elsemanaldigital  12 Septiembre 2005

España, protectorado de Cataluña
Enrique de Diego elsemanaldigital  12 Septiembre 2005

Andaluces por el cambio
Rafael González Rojas elsemanaldigital  12 Septiembre 2005

Salamanca, plaza mayor del idioma
ANTONIO ASTORGA/MADRID ABC 12 Septiembre 2005

Jordi Sevilla
Las mentiras del topo independentista
Agapito Maestre Libertad Digital 12 Septiembre 2005

Las fiestas nacionalistas cada vez me producen más amargura. Incluida la de los catalanes y vascos. Los políticos localistas me parecen saltimbanquis. Pero lo peor de todo es el populismo del Gobierno, empezando por su presidente, dándole cobertura a toda esta tropa que quiere enfrentar a los españoles catalogándolos en ciudadanos de primera y de segunda. Ayer Jordi Sevilla, ministro de Administraciones Públicas, dio un paso más en la estrategia de Zapatero de asaltar al Estado desde su interior. Ayer Sevilla hizo al diario El Mundo unas declaraciones llenas de mentiras. Destacaré sólo tres para no extenderme en el afán demagógico que este hombre desplegó ayer en esta entrevista. En primer lugar, mintió sobre el acuerdo sobre la financiación del sistema sanitario español. No puede haber pacto entre todas las Comunidades Autónomas, si las gobernadas por el PP se niegan a firmarlo. En segundo lugar, mentía, es decir, afirmaba con intención de engañar, cuando declaraba que Zapatero no está negociando con los terroristas, o sus representantes políticos, beneficios penitenciarios para los presos de ETA.

Y sobre todo, en tercer lugar, mentía descaradamente al decir que “España ni se rompe ni está en desguace”, pues que él mismo con esta declaración está contribuyendo a que este proceso sea dilatado en el tiempo y poco doloroso, pero inexorable si siguen gobernando la coalición de socialistas y nacionalistas. Prueba que Sevilla está actuando como un horripilante anestésico de la ciudadanía española es su atrabiliaria opinión, coincidente con la del separatista Bargalló, de que Cataluña es una “nación sin Estado”. Si el ministro de Administraciones Públicas de España confunde una comunidad autónoma, que puede tener unas señas de identidad diferenciales de otras comunidades de España, con una “nación sin Estado”, entonces no estamos al borde de la catástrofe, ni tampoco al punto de la ruptura y el desguace, sino que España como nación ya no existe. La definición de Estado-nación española ha desaparecido. España ha dejado de existir como nación soberana.

Alguien debería cesar inmediatamente a Jordi Sevilla o por mentiroso o por topo del independentismo. ¿Quién lo hará? Desde luego, no será Zapatero quien mueva un dedo, porque fue el primero en propagar la inmundicia independentista de que Cataluña es una nación sin Estado al equiparar nación y nacionalidad. En cualquier caso, las tesis de Sevilla son equivalentes a la de los secesionistas. Pues que si Cataluña fuera una nación sin Estado, entonces tendría derecho a exigir su propia soberanía al margen de España.

Lo peor de todo, lo más trágico, es que mucha gente empieza a dar por bueno las opiniones de Sevilla y Zapatero. Es como si nos estuvieran asaltando nuestra casa, España, pero tragamos, mientras no nos hagan pupita. ¡Imbéciles! El personal no quiere enterarse de que la fuerza, la violencia, está por venir.

Los palanganeros de los independentistas, caritas buenas y aseadas del PSOE, empiezan a dar asco. ¡Dinamitar desde dentro España! He ahí la gran función del PSOE para el desgobierno español.

Conferencia de Presidentes II
Sin entradas para el espectáculo
Isabel Durán Libertad Digital 12 Septiembre 2005

Nada escenifica mejor el Gobierno del fotopresidente José Luis Rodríguez Zapatero que la Conferencia de Presidentes inventada por él mismo. El simulacro de democracia a que acostumbra ZP tiene así su máximo exponente en ese consejo que el fotopresidente se ha sacado de la chistera por segunda vez en su mandato para vender su circo, esta vez con la carpa en el Senado.

Desde antes de su inicio hasta su conclusión, esta segunda gran representación del gobierno zapateril lleva una carga de simbolismo tal que se le vuelve en contra como un bumerán.

Primero faltó la bandera de España, luego fue la delatora intervención de treinta segundos del presunto lehendakari de todos los vascos para anunciar que ha conseguido la “aminoración del cupo”, después, la felicidad de Maragall hablando del “sistema justo para todos” –aquí hay gato encerrado- y, por último, la real espera del Palacio de la Zarzuela.

Así, mientras Zetapé pretende vender un “consenso básico” ha quedado patente que se trata en realidad de un cónclave amañado de antemano y, en consecuencia, donde no hubo un solo documento sobre la mesa. Sólo la palabra del fotopresidente –palabrería-, alegría y concreción en los datos del bloque anti-PP y confusión y guirigay a la hora de explicar cómo se reparte el supuesto pastel de 1.700 millones para financiar la sanidad entre cada una de las comunidades autónomas.

La segunda pantomima del Estado de las Autonomías zapateril era como el sonajero con el que la madres llaman la atención del niño mientras le meten en la boca la comida que quieren que trague. Una reunión absolutamente intrascendente, sin validez jurídica alguna y sin utilidad real que distrae de lo que de verdad se cuece en la cocina de La Moncloa: las reformas de la desintegración de España y los pactos con los terroristas.

Lo peor es que los ciudadanos nos hemos quedamos de nuevo sin entradas para el espectáculo. ¿Por qué no ha retransmitido en directo tan magno acto la televisión del régimen si resulta tan vital y tanto bienestar aportará al conjunto de los españoles? ¿Quizás porque se haría evidente que todo el pescado estaba vendido de antemano entre el presidente y sus amigotes de Perpiñán y el resto de los miembros del bloque anti-PP?

Diada
Las confesiones de Maragall
José García Domínguez Libertad Digital 12 Septiembre 2005

Rafael de Casanova seguía allí, donde siempre, en la calle Ali-Bey, subido en su pedestal. Como todos los días, miraba con semblante perplejo hacia el logotipo La Caixa que cae justo enfrente de su estatua, esa estrella azul de cinco puntas con las dos salpicaduras en amarillo y rojo, la estilizada deconstrucción de la bandera independentista que diseñara Joan Miró a mayor gloria de las OPAS de Fornesa. Sin embargo, había mucha menos gente que otras veces. Sobre todo, se notaba la ausencia de los convergentes, que madrugaron para tomar las mejores posiciones en el Parque de la Ciudadela, el otro escenario de la liturgia patria.

Y es que tenían prisa por silbar a Maite Martín, la cantaora flamenca que iba a profanar la ceremonia institucional soltando unos quejíos en el idioma del invasor, que sigue siendo –hay cosas que no cambiarán nunca– el de esos obreros de la SEAT que aún recuerdan a José Montilla trabajando a su lado en la cadena de montaje del seiscientos. Luego, tras los pitidos, los dirigentes del tripartito y de CiU se reconciliarían en una ovación unánime. Sería al sonar las letanías indubitadamente catalanas de la plegaria: las letras de la mallorquina Maria del Mar Bonet y los poemas del valenciano Vicent Andrés Estellés.

Lejos del tinglado de la nueva farsa y más solo que Pujol, el pobre Casanova había de conformarse con entretener su heroico aburrimiento observando de reojo el tenderete de catecismos nacionalistas. El que, como es tradición, lucía más que el sol bajo la estrella de Fornesa, en la puerta de la sucursal de delante. Esta vez, los ejemplares de un sólo título ocupaban casi toda la mesa. Se trataba de Cataluña: de la identidad a la independencia, de Xavier Rubert de Ventós, con prólogo, recomendación perentoria de lectura, aplausos entusiastas y loas genuflexas de su íntimo amigo y confidente, Pasqual Maragall i Mira.

Otra paradoja del Oasis: mientras Carod volvía a exigir silencio en la Ciudadela, Pasqual hablaba por los codos ante el atónito Rafael: “Independicémonos y entenderán que somos una nación, por fin. Ironía mortífera. Tremendamente efectiva para conseguir lo que yo quiero conseguir y Xavier Rubert de Ventós ya da por imposible: convencer a España de su miopía”. Y apostillaba su alter ego: “Nosotros no nos tenemos que enredar con las palabras. ¿Método?: poco a poco. ¿Nombre?: cualquiera, aunque fuera Autoridad Catalana (tal como se dice todavía Autoridad Palestina), o quizás invertir el eslogan chino de Hong Kong: un sistema, dos naciones (...) Ganar la lucha es saber absorber la energía del otro. Para pelearse es preciso comenzar por abrazarse”.

¡Absorber la energía del otro! Como si se tratara de un reflejo condicionado, al leerlo, no pude evitar volver la vista hacia el obelisco. Fue en ese instante cuando Casanova y yo nos cruzamos las miradas: los dos habíamos pensado en lo mismo. Por lo demás, fue una lastima que justo entonces tuviera que dejarlo allí, triste, solo y olvidado de todos. Pero necesitaba dinero, y aquel cajero de La Caixa ya no me lo iba a dar: la semana pasada anulé mi cuenta.

Gestos y euros
El presidente Zapatero ha querido visualizar la apuesta de su Gobierno por la Sanidad pública.
POR CHARO ZARZALEJOS ABC 12 Septiembre 2005

MADRID. Si algo caracteriza a los jefes de Gobierno, a todos, es que de cuentas, balances, intereses y demoras saben más bien poco o nada. Por ello, han procurado siempre dejarse de tonterías y fichar a los que más saben para que se ocupen de los dineros públicos. En esta ocasión, los euros, más que las cuentas, han venido rodeados de flores, banderas y un desgraciado protocolo del que una vez más fue víctima el Jefe del Estado. Sin motivos que se hayan explicado, hasta el último momento el presidente del Gobierno no puso sobre papel la oferta, pero ya mucho antes el PP sabía que no podía decir que no. «A caballo regalado no se le mira el diente», dijo Esperanza Aguirre. Y es que aquí tan importante como el dinero total resulta el reparto que se haga del mismo. Por ello, será mañana martes, en el Consejo de Política Fiscal, cuando se llegue al acuerdo. Y las aguas volverán a su cauce, de donde no deberían haber salido.

El presidente ha querido que se visualice la apuesta del Gobierno por la Sanidad publica. Ésta es una apuesta compartida, pero se ha renunciado, por ejemplo, a hacer un llamamiento público a la austeridad de las Autonomías, a establecer un listado de prestaciones mínimas y garantizar su aplicación en todos los rincones del país. Se ha hablado mucho de dinero y poco de política. Y no hay que olvidar que entre todas las Autonomías gestionan bastante más de la mitad de todo el dinero público de España. ¿Llegará el día en que, en lugar de pedir, haya alguien dispuesto a dar?

Con ser una buena idea, es probable que haya que replantear el funcionamiento de la Conferencia de Presidentes y convertirla en «Jornada». Cualquier cosa menos intervenciones apresuradas, y menos cuando en la jerga política hay que incluir dos nuevos conceptos: «consenso básico» y «acuerdo político». Ambos son tan necesarios como imprecisos, y esta pasada semana han sido un buen ejemplo.

«Acuerdo político» es lo que existe en torno a la ampliación de la Ertzaintza. El consejero Balza quiere 500 agentes más. La inversión no es pequeña y la necesidad, más que discutible. Para necesidades, las del ministro Alonso, sobre cuyas espaldas recae la seguridad de 38 millones de ciudadanos, el cuidado de fronteras, la lucha contra las mafias, la inmigración ilegal, las mujeres amenazadas, el terrorismo..., y todo ello sin liberar de servicio a un buen número de agentes para que aprendan idiomas, cosa que sí ocurre en el País Vasco con el aprendizaje del euskera. El resultado es que el PNV, con toda probabilidad, apoyará los Presupuestos y nada más, porque con el nacionalismo vasco, en todas sus vertientes, el asunto es de fondo. Muy de fondo.

Veinticuatro horas antes de que el lendakari, con sus desmedidos deseos de discreción -desde el año 2000 le ha gustado la discreción-, llegara a Moncloa, en algún lugar del País Vasco todos los nacionalistas agrupados en el Foro Nacional de Debate celebraban lo que denominan «segunda fase», con una reunión de la llamada «Mesa por el Diálogo». Allí están Eusko Alkartasuna, Aralar, Batasuna, ELA, LAB y hasta unas 40 organizaciones o colectivos abertzales. Entre todos están tejiendo una estratégica malla de coincidencias políticas; es decir de «consensos básicos», de «acuerdos políticos», una vez que incluso el colectivo de presos de ETA haya firmado, el pasado mes de marzo, su declaración de principios para hacer factible la «resolución del conflicto». Y es desde este ambiente desde donde llega la cuasi-convicción de que antes de Navidades habrá «un gesto significativo» de ETA. Un «consenso básico» de todos ellos es preservar en sus conceptos más fundamentales, «aunque se llamen de otra manera», el preámbulo y el título I del fallido Plan Ibarretxe.

En Euskadi el acontecer va a ser lento y secreto. Nadie va a «pillar» al Gobierno hablando con gente de ETA. Los mensajes de unos y otros están en los periódicos. En esta historia, Ibarretxe no es intermediario de nadie, pero sí sabedor de que su posición de poder estriba, en gran medida, en no cruzar la raya que le coloque en una acera distinta y enfrentada a todos los demás nacionalistas que tejen «consensos básicos».

Ayer, Josu Jon Imaz y Anxo Quintana estuvieron en la Diada. Apoyarán lo que llegue de Cataluña como preámbulo de la solidaridad que esperan para sus proyectos. Y es que en este panorama falta la irrupción de Anxo Quintana; está todavía tomando tierra, pero a no tardar se hará notar.

Nosotros
XAVIER PERICAY ABC 12 Septiembre 2005

HACE muchos años, en un día como ayer, la ciudad de Barcelona se habría llenado de banderas. Catalanas, por supuesto. Algunas habrían sido oficiales; otras, particulares. Todas verdaderas. Ayer, en cambio, Barcelona estaba llena de pancartas. Catalanas, por supuesto. Aunque la mayoría fueran escandalosamente anónimas, esas pancartas eran todas oficiales. Incluso lo era la que mandó desplegar Joan Laporta en el Camp Nou, y que reclamaba un nuevo Estatuto. Que nadie se engañe: tras más de veinticinco años de autonomía ya no queda en Cataluña rastro alguno de aquella sociedad emprendedora de otros tiempos.

Todas esas muestras de adhesión al proyecto de reforma estatutaria no obedecen a espontaneidad o libertad ningunas; son inducidas, serviles, falsas en su naturaleza. Como lo era, en el fondo, aquella carta en que los máximos representantes del empresariado catalán le pedían a su presidente un nuevo Estatuto. O como lo es el comunicado reciente de los rectores de las universidades catalanas. Por eso repugna el uso de ese «nosotros», implícito en la pancarta. Hace muchos años casi todos los catalanes querían un Estatuto. Básicamente, porque no tenían ninguno. Ahora que ya tienen uno, uno que funciona, van y se lo cambian. Y, encima, los meten en la pancarta.

El derecho y la estrategia
GERMÁN YANKE ABC 12 Septiembre 2005

Desde el punto de vista del presidente Zapatero y su equipo, hay una diferencia formal importante entre el caso vasco y el catalán. A pesar de la polémica que suscitó y de la habilidosa tomadura de pelo del lendakari en su visita previa a Moncloa, se podía rechazar en el Congreso el proyecto soberanista del PNV. No es lo mismo en el caso de la reforma del Estatuto de Cataluña porque se trataría de negarle la mayor, no a Ibarretxe y el PNV, sino a Maragall, a una parte del propio PSOE y a sus propios socios parlamentarios. Si el Plan de los nacionalistas vascos se discutió y se rechazó inmediatamente, se pretenderá ahora que la reforma de Cataluña se estrelle en aquella Comunidad o, en todo caso, se demore lo más posible. Pero no es esto lo paradójico sino, como decía, el estado de ánimo gubernamental: esperanzado ante el nacionalismo vasco, preocupado -si no asustado- ante las reivindicaciones catalanistas.

El núcleo de la paradoja es que, en el País Vasco, se ha sustituido el Derecho por la estrategia. No había más remedio que negarse jurídicamente a las pretensiones de Ibarretxe -y lo formulo así, negativa, casi dolorosamente, porque creo que responde a la actitud socialista ante el Plan-, pero se puede buscar ahora el entendimiento político. Y tanto en el territorio de los fondos económicos transferidos de un modo que se inclina más a la conveniencia administrativa que hacia el modelo autonómico vigente, Concierto Económico incluido, como en la nueva actitud ante la lucha antiterrorista ofrecido ya el diálogo e iniciadas las condiciones previas del mismo. Reconozcamos, con espanto, con tristeza, que se impone la tesis de que la paz en el País Vasco no depende tanto, sin negarla, de la persecución de los violentos y la exclusión de los que se sirven de ellos, sino de acuerdos. Lo que el Derecho prohíbe quizá pueda colarse en la más opaca provincia de la estrategia. En Cataluña, sin embargo, después de una acelerada temporada táctica, en la que todo parecía plantearse para dar satisfacción a la nueva coalición gobernante, ésta se ha empeñado a forzar el Derecho, que es precisamente donde el Gobierno español no tiene capacidad de maniobra. Quizá cuando el presidente dijo en Barcelona que aceptaría, tal cual, la propuesta que le llegara de Cataluña pensaba que todo iba a quedarse, a diferencia del Plan Ibarretxe, en el territorio de la estrategia. Pero con el Derecho hemos topado. La paradoja, al fin, es que Zapatero parece sentirse optimista ante la estrategia y pesimista ante el Derecho.

Si la estrategia consigue la paz en el País Vasco, ¿cómo negarse? Precisamente subrayando que es el Derecho, y no la estrategia, lo que fundamenta un sistema de libertad y asienta la confianza de los ciudadanos, que constatan que la violencia no logra cambiar nada. Y, si el Derecho se convierte en una traba, ¿se sustituirá, para confirmar la paradoja, por la estrategia renovada, sinuosa si hace falta, para reconducir el terremoto catalán?

Encerrados con un solo juguete
FELIX OVEJERO PROFESOR DE FILOSOFÍA, UNIVERSIDAD DE BARCELONA ABC 12 Septiembre 2005

EN un reciente artículo, Joan Saura, conseller de la Generalitat y presidente de ICV, expresaba su temor a que los continuos rifirrafes entre los partidos catalanes acerca del nuevo Estatuto acabasen por «frustrar las expectativas y desmovilizar a la ciudadanía». Según las propias encuestas de la Generalitat, el debate en torno al Estatuto no preocupa a los catalanes. Según dicen, Joan Saura es uno de los políticos catalanes con mayor sentido de la realidad.

Se confirma: la clase política catalana escucha tan sólo el eco de su propia voz. A veces, ni siquiera espera el eco. El mismo día que aparecía el artículo de Saura se hizo público un manifiesto a favor del todavía inexistente Estatuto firmado por una veintena de representantes del mundo empresarial catalán. Días después, Duran Lleida denunciaba que ese manifiesto había sido redactado por el propio Gobierno de la Generalitat.

Pero no todo son trampas. Es muy posible que Saura crea honestamente que a los catalanes la suerte del Estatuto nos quita el sueño. Suele pasar. En diverso grado, todos tenemos una natural disposición psicológica a creer que nuestro mundo es el mundo. Las embarazadas no ven más que embarazadas y cada cual está convencido de que no hay más problemas que los suyos. No es grave, incluso tiene sus ventajas. Otra cosa es cuando la fantasía se da entre los políticos. Entonces hay motivos para preocuparse por las alucinaciones. Ellos están para solucionar los problemas de los ciudadanos, no para trasladarles los suyos.

En el caso de los políticos nacionalistas, el irrealismo, además, es un nutriente inevitable. Como han recordado los estudiosos del nacionalismo, los nacionalistas se inventan la nación, en nombre de cuyo reconocimiento justifican su propia existencia. En esa labor, su actividad principal consiste en poner en circulación un lenguaje político cimentado en unos cuantos mitos. Si, además, disponen del poder y de la oposición, el aire del debate político se espesa sin apenas resquicios para la crítica. En Cataluña las múltiples cajas de resonancias, públicas y privadas, convenientemente engrasadas, han contribuido a difundir un motón de palabras que nada dicen o que se dicen mal («reconstrucción nacional», «normalización lingüística», «derechos históricos», «identidad», «discriminación positiva»), pero que todos invocan sin que nadie se atreva a hacer las preguntas inaugurales: ¿qué identidad?, ¿a quién se discrimina?, ¿qué nación? Naturalmente, recocidos en su propio caldo, los políticos creen confirmar sus delirios y siguen reclamando «el reconocimiento de la realidad catalana».

Entre tanto, la realidad en Cataluña sobrevive clandestina. Sólo de vez en cuando asoma la cabeza y ayuda a confirmar la falta de reflejos de una clase política a la que nadie nunca le ha pedido cuentas y siempre le han reído las gracias, que jamás ha respirado el aire de un auténtico control público. En una destilada síntesis, el «caso del Carmelo» mostró lo que da de sí: un presidente que, ante las críticas más tibias, se compara con «una mujer maltratada» reclama un pacto de silencio para salvar «el suflé catalán, porque si no, nos accidentaremos todos».

Ajenos a la maquinaria cortesana de propaganda, que ha funcionado sin tregua durante el último año, los ciudadanos confirman, con su desinterés por el Estatuto, lo que los indicadores empíricos revelan: los políticos catalanes viven en otro mundo y sus juguetes no les interesan a nadie. En realidad, tampoco a ellos les importa mucho el juguete. O por lo menos no les importa a todos. CiU a lo que espira es a que fracase lo más pronto posible y se convoquen unas elecciones que les permitan recuperar, en la compañía de cualquiera, el abrevadero del poder, el único que les garantiza la superviencia. Su estrategia es bastante clara: exigir el cielo a la espera de que «el rechazo de Madrid», esto es, del PSOE, revierta en un problema para los socialistas catalanes. Cuanto peor, mejor. Muy distinta era, en principio, la actitud de ERC, dispuesta a entibiar sus reclamos para que el Estatuto saliera. Necesitaba tiempo para consolidar su propio sistema clientelar, su hegemonía, en su propio léxico, y para que madurasen los frutos que esperaba recoger en el previsible «sálvese quien pueda» de una CiU alejada del poder. El Estatuto era tan sólo una herramienta, interesante pero provisional, para ir fijando las trincheras de su particular guerra de posiciones identitaria. Ahora bien, si sospecha que no ha de salir, cambiará radicalmente el guión y, a la hora de pedir, el cielo le parecerá poco ante el temor de aparecer cómplice y tibia ante su clientela electoral. Vamos, lo de siempre: en misa y repicando. Sólo ICV parece haberse creído desde el principio la mitología del Estatuto «como solución a los problemas de Cataluña» y está dispuesta a salvar como sea el Estatuto y la legislatura. ¿Y el PSC? Pues no se sabe. Convencido de que sería una simple arma política con la que reunir fuerzas frente a un Gobierno del PP, se embarcó en esta empresa dispuesto a cebar todas las fantasías, y ahora se encuentra, sin ningún aliado seguro, con que tiene que ir mitigando los entusiasmos sin que nadie, en Barcelona o Madrid, lo señale como responsable, ni de lo de antes ni de lo de ahora, de lanzar la carrera ni de frenarla.

Si alguien es capaz de encontrar un punto de equilibrio en ese conjunto de estrategias, que levante la mano. Lo que no quiere decir que no se llegue a un acuerdo. Pero será por otras razones, que poco tienen que ver con cómo se acabe de coser el Estatuto. Las más poderosas, las primitivas: la supervivencia, el suflé. Lo dijo Maragall en su día: «Poner vaselina a la situación, porque lo que está pasando no es bueno para nadie». Ahí tienen la explicación del seny, de la falta de crispación de la sociedad catalana, es decir, la protección de los intereses de la clase política, y, consiguientemente, de los estamentos que de ella se benefician.

La pregunta, naturalmente, es: ¿también esta vez sobrevivirá la clase política al espectacular ridículo de haber ocupado su tiempo y el de todos en inventarse un problema para el que no tienen solución? Desde luego, no faltan antecedentes: Banca Catalana, Casinos, Pallerols, Perpiñán. El ecosistema en el que han crecido requiere pocos talentos para sobrevivir.

De todos modos, esta apuesta es más seria. Su juguete no sólo tiene entretenida a la afición local. Esta vez es difícil rematar el número con un «¡Alehop, a otra cosa!». Esta vez no hay modo de acudir al habitual tono quejumbroso y echar la culpa a Madrid. Lo que está en crisis es su propia supervivencia. O al menos debería estarlo. En todo caso, pase lo que pase, lo que se va a medir es la salud democrática de la propia sociedad catalana. Si no es capaz de pedir cuentas, si una vez más la retórica de «anticatalanismo» se muestra eficaz para cancelar la exigencia de cuentas, quedará bien claro hasta qué punto el nacionalismo corrompe a la ciudadanía.

España puede romperse; el PSOE, no
José Javier Esparza elsemanaldigital  12 Septiembre 2005

Vaga esperanza que toma forma en espíritus inquietos: que las cesiones de ZP ante Ibarretxe y Maragall-Carod terminen provocando una ruptura o, al menos, una fisura en el seno del socialismo. Si Maragall estirara demasiado la cuerda, si el "tirón" de la reforma constitucional llegara peligrosamente lejos, ciertas voces cualificadas del PSOE (Guerra, Ibarra, incluso Bono) podrían poner pies en pared y llevar a Zapatero a un conflicto extremo: la ruptura del partido. Quienes alientan tal esperanza (por ejemplo, César Alonso de los Ríos) llaman a eso "el tercer frente de Zapatero".

Algo de eso debe de haber, sin duda. No es casual que Pepiño Blanco acabe de decir que "es imposible" una ruptura entre el PSOE y los socialistas catalanes. Cuando Blanco dice que algo "es imposible", es que ha podido ocurrir. Con todo, no parece realista alimentar el sueño de una "reacción nacional" dentro del socialismo español.

Para empezar, el PSOE no posee una tradición nacional. Los socialismos francés o alemán pudieron en su día enarbolar banderas patrióticas; el socialismo español no lo ha hecho jamás, ni siquiera en la guerra civil (fueron los comunistas quienes se envolvieron en la retórica de la patria). Nuestro socialismo sólo mostró sentido de la nación (española) en la época de Felipe González. Eso, ciertamente, podría bastar como aval. Pero ocurre que el zapaterismo, muy visiblemente, prefiere retrotraerse a épocas anteriores de la trayectoria socialista, épocas en las que la demagogia obrerista identificaba el término "España" con la "clase explotadora".

Por otro lado, el PSOE ha demostrado hasta la saciedad que es, ante todo y sobre todo, un proyecto de poder, lo cual, como es sabido, une mucho más que los proyectos de carácter ideológico. En el socialismo español nunca ha habido otras escisiones que las derivadas de conflictos estrictamente personales. Las filas no se agrietaron ni siquiera en el periodo de los grandes escándalos financieros o criminales. Tan cohesionado está el partido que incluso puede soportar la existencia simultánea de dos o más partidos juntos, como ocurre con el socialismo catalán. Al menos, mientras dure el poder.

Por último, y quizá sobre todo, en España los partidos no están al servicio de la nación, sino que es la nación la que está al servicio de los partidos. Ellos dirán que partidos y nación están "al servicio de la democracia". Lo mismo argüirán instituciones aún más altas. Pero nadie ignora que nuestra democracia es una partitocracia, de modo que volvemos al punto de partida: la nación está al servicio de la supervivencia de los partidos. En tal paisaje, resulta vana la hipótesis de que un aparato de poder vaya a resquebrajarse por defender a una nación en la que, en realidad, no cree.

Una asidua lectora, corresponsal brillantísima, me escribía la semana pasada: "Este gobierno cada día nos vende porque no nos quiere. La izquierda española no quiere a España, ésa es la cuestión". No se puede expresar de manera más gráfica.

España puede romperse; el PSOE no.

España, protectorado de Cataluña
Enrique de Diego elsemanaldigital  12 Septiembre 2005

El mercadeo en que ha devenido el Estado de las autonomías, y que se está escenificando en el agujero de la Seguridad Social, por la mala gestión general, puede ocultar la grave ofensiva secesionista, que si bien se recrudece en el País Vasco -donde Ibarretxe insiste en su referéndum y ETA prepara una nueva generación de pistoleros con la kale borroka- es Cataluña la que ha tomado ahora la cabeza, con un Estatuto indignante, que se trata de vender mediante frases fáciles y hueras.

Estamos ante una secesión en toda regla, pues el nuevo Estatuto contiene más de cincuenta artículos tediosos y paranoicos declarando competencias exclusivas, situándose por encima de la Constitución y reformando todo el entramado estatal de leyes orgánicas.

Del conjunto de ellos se extraen dos conclusiones: la Administración del Estado desaparece literalmente de Cataluña, que pasa a ser "nación", como proclama el artículo 1, con todas sus consecuencias, y deja de haber legislación básica estatal, pues mediante la argucia de que la Generalitat es Estado, en el fondo y en la forma se asume la soberanía plena de los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial.

En este último terreno, se produce una completa segregación, por cuanto jueces y magistrados serán designados en oposiciones convocadas por la Generalitat, con la condición previa del conocimiento del catalán. Lo mismo sucede con notarios y registradores. El Tribunal Superior autonómico se constituye en Tribunal Supremo y lo mismo sucede con el Consejo Judicial catalán. Cataluña participará en las Olimpiadas. Recaudará todos los impuestos. E incluso, con eso de la nación de naciones, el Valle de Arán pasa a ser "realidad nacional" (lo que se niega, constantemente, a España).

El intento alcanza niveles de estafa, porque la separación se acompaña de un inusitado interés por mandar en el resto de España, por situar a España como un protectorado de Cataluña y el tripartito. El Gobierno de la nación deberá ir a la Generalitat para saber qué debe decir en Bruselas, pues la postura de Cataluña será determinante. La Generalitat nombrará representantes en el Tribunal Constitucional, y en todos los organismos públicos, incluidos empresas de titularidad estatal.

Lo enervante de la situación es que el Gobierno de la nación, cuyo titular es Zapatero (un político profesional), lejos de defenderla, se dedica a desarmarla y a preparar a la opinión pública para cesiones que terminarán haciendo imposible la convivencia. Según el presidente Rodríguez, "Cataluña quiere más autogobierno para ir de la mano de España". Sólo sabe hacer frases que no alcanzan el nivel intelectual de la chorrada.

Andaluces por el cambio
Rafael González Rojas elsemanaldigital  12 Septiembre 2005

Sánchez Agesta, el insigne constitucionalista, nos decía a sus alumnos que el trato preferente que el Estado había dispensado siempre a las provincias vascongadas y a Cataluña, se debía, en todas las épocas y con todos los regímenes y gobiernos, a la actitud permanentemente arisca de estas regiones hacia el poder central. Y la docilidad y lealtad de Andalucía con ese mismo poder era la causa, paradójicamente, de su atraso y abandono.

De eso hace ya muchos años y nada ha cambiado, salvo que el ilustre granadino tendría que añadirle a su Historia del Constitucionalismo Español sustanciosos capítulos y que, debido a su apacible carácter e indisposición para la polémica, se cuidaría mucho de denominar provincias vascongadas a las del País Vasco, y región a esta autonomía y a la catalana.

Esta idea del abandono de Andalucía, la Cenicienta de España, estaba muy viva en aquellos años sesenta, y fueron uno de los gérmenes del MSA, después PSA, cuyo principal error –y de ahí su escasa aceptación popular- fue pretender incardinar en Andalucía las ideas y principios de los partidos nacionalistas catalanes, vascos y gallegos. Hubo quienes incluso quisieron convertir en idioma el dialecto o dialectos fonéticos que es el habla andaluza. Gregorio Salvador, otro granadino ilustre, cuenta episodios graciosísimos sobre estos intentos.

Pues bien, el pasado sábado, en Málaga, un centenar de andaluces de diversas ideologías, algunos ex militantes del PSOE, han constituido una plataforma que intenta, una vez más, despertar a ese monstruo dormido que es Andalucía. Monstruo o dragón. En cualquier caso una gran potencia que podría ser la California de Europa.

Andaluces por el Cambio es una plataforma impulsada por el PP, liderada por Javier Arenas y patrocinada por Mariano Rajoy. Dicen que se trata de aglutinar a todo aquel, sea de la tendencia que sea, que anhela que Andalucía cambie, se libere de las garras del PSOE y experimente los beneficios de la alternancia política.

Me parece estupendo, porque algo hay que hacer para que esa región en la que viven casi un tercio de los españoles, con un territorio que supone la quinta parte del total nacional, una personalidad universal íntimamente ligada a la representatividad internacional de España, y que, además, dispone de grandes recursos, deje de ser el farolillo rojo de todas las regiones españolas y europeas.

Y me parece muy bien porque hay que acabar con ese agravio comparativo que sufre Andalucía, que puede agriar su tradicional docilidad con el poder central, de manera que se torne tan arisca como las "nacionalidades" privilegiadas de hoy, y entonces a ver en quién va a recaer la noble tarea de garantizar la unidad de España.

Salamanca, plaza mayor del idioma
La Real Academia presenta el jueves el Diccionario del Estudiante y, en el otoño literario, el Panhispánico de Dudas, dos grandes proyectos culminados en colaboración con todas las Academias del español, que se reúnen desde hoy en Salamanca
ANTONIO ASTORGA/MADRID ABC 12 Septiembre 2005

El español ya no deja lugar a dudas. La sala de máquinas del idioma apenas ceja y en cuestión de dos meses verán la luz dos joyas de la corona lingüística panhispánica que la RAE ha ido forjando a fuego lento: el Diccionario del Estudiante (que se presenta el próximo jueves en la sede de la Fundación Rafael del Pino, gran e imprescindible mecenas de este proyecto, en un acto presidido por los Príncipes de Asturias) y el Diccionario Panhispánico de Dudas (el conocido popularmente como «Depedé»), que llegará a las librerías a final de octubre o principios de noviembre. En lengua, como sostenía el poeta Horacio, el uso es más poderoso que los Césares. Y ese uso se podrá auscultar en formato impreso o a través de internet.

Estos dos grandes proyectos sabiamente terminados y otros que se están amasando serán examinados a partir de hoy y hasta el miércoles en Salamanca, con motivo de una reunión plenaria de directores de las 22 Academias de la Lengua Española. Con este encuentro, la Real Academia Española que dirige Víctor García de la Concha pone su granito de arena a los actos de celebración del 250 aniversario de la barroca Plaza Mayor salmantina. La unamuniana ciudad universitaria, decíamos ayer, se convierte pues en la gran plaza de la unidad del idioma.

De 12 a 18 años
El Diccionario del Estudiante reúne 40.000 términos y ha sido preparado para jóvenes de 12 a 18 años de todo el ámbito hispánico. Esta herramienta incorpora no sólo el léxico de España, sino el de Hispanoamérica porque está dirigido a los estudiantes de «allá» y de «acá», de las dos orillas del español. Se trata de «tender puentes» con el léxico de los países de habla española ya que la lengua es un «patrimonio compartido».

El Diccionario Panhispánico de Dudas es el proyecto más panhispánico de la RAE. Desde la propia idea original, todo se ha construido ex aequo por todas las Academias de la Lengua Española. Responde a 7.000 dudas. Se han manejado 1.600 textos de creación y 160 medios de comunicación para resolverlas.

Entre esas dudas, el «Depedé», por ejemplo remite «diabetis» a diabetes y sentencia: «Enfermedad metabólica caracterizada por la excesiva secreción de orina». Es voz llana (diabétes), aunque en algunos países de América se oye a menudo con acentuación esdrújula: diábetes. Y recomienda: debe evitarse el vulgarismo «diabetis», frecuente en el habla popular.

Hace un lustro, los ordenadores de la Real Academia no daban abasto. La institución abría en su página de internet (www.rae.es) una sección de consultas lingüísticas denominada «Español al día». Al instante, sus discos duros fueron asaeteados con un centenar de consultas diarias, que fue creciendo poco a poco hasta rozar el medio millar. Por correos electrónicos y por correos de carne y hueso corrían dudas y más dudas que asaltaban el edificio de la calle de Felipe IV. La Real Academia Española y las 21 Academias correspondientes se pusieron manos a la obra para elaborar un instrumento «de vanguardia y de combate». Ese es el «Depedé».

Lo espurio y la libido
Así, se enmienda la plana a los amantes del cultismo. Por ejemplo, con el término espúreo/a, que nos lleva a la correcta espurio/a y que significa falso o ilegítimo. Procede del latín «spurius» y es, pues, errónea la forma espúreo, «que escriben por ultracorrección incluso personas cultas», se dice.

Leer el «Depedé» le subirá la libido (no la líbido, con acento) a más de una. Libido -deseo sexual- es un sustantivo femenino llano, como corresponde a su etimología. Es, por tanto, errónea la forma esdrújula líbido, debida al influjo del adjetivo lívido (amoratado o pálido) con el que nunca debe confundirse. Una de las voces que más consultas ha convocado es la que se refiere al clásico pantalón vaquero. ¿Se debe escribir blue jean o jean? El Diccionario Panhispánico de Dudas limpia, fija y aclara: «El pantalón de tela recia, generalmente azul, usado originariamente por los vaqueros de Texas, recibe en español los nombres de (pantalón) vaquero o (pantalón) tejano. La denominación tejano sólo se utiliza en España, junto a la de vaquero, voz usada también en varios países americanos. Aunque en muchos países, especialmente en América, se utilizan los términos ingleses jean(s) o blue jean(s), es preferible utilizar los términos propios del español o, en todo caso, las voces inglesas en las formas bluyín (plural: bluyines) o yin (plural: yins o yines)».

Rocanroleando
Aclarado, pues: bluyín para designar a estos vaqueros que también se aclaran cuando se lavan con lejía. ¿Se puede rocanrolear enfundado en un bluyín? Por supuesto, sostiene el «Depedé»: «Aunque es voz asentada en el uso internacional con su grafía originaria, se documenta ya a ambos lados del Atlántico la adaptación rocanrol, cuyo empleo es preferible al del anglicismo crudo. De esta adaptación derivan voces como rocanrolero («intéprete de rocanrol o aficionado al rocanrol») y rocanrolear («tocar o bailar rocanrol»). Deben evitarse grafías híbridas como «rockanrolero», «rockanrollero» o «rockanrolear». El «Depedé» no es un depósito cerrado sino un observatorio atento a la evolución del español. Se preocupará de los extranjerismos que cada día irrumpen en el mundo hispanohablante y, de manera consensuada, se tratará de ofrecer una respuesta inmediata. Se procurarán normalizar los aspectos gráficos de la Lengua Española. El Panhispánico de Dudas se nutrirá de las propuestas de todas las Academias de la Lengua Española, de infinidad de obras literarias y de publicaciones de todo tipo... Y por supuesto, de las 83.500 voces del Diccionario de la Lengua Española. Todas las entradas se ordenarán alfabéticamente para facilitar su consulta. El objetivo final es construir un gran Diccionario de «certezas que diagnostique las tensiones del idioma, que no son sino las dudas». Será una obra de «vanguardia de combate». Este Diccionario es una radiografía del idioma vivo, edificado desde un observatorio privilegiado como es el español, esa lengua de andariegos e inmigrantes que creó la novela moderna. Y se puede degustar mientras uno se zambulle en un «cruasán» elaborado en una cruasantería (nunca en una croissantería) o al tiempo que se degusta un carpacho (adaptación gráfica propuesta para la voz italiana carpaccio: plato de lonchas finas de carne o pescado crudos).

Americanismos
En la apretada agenda salmantina se repasarán otras grandes labores de los señores del idioma. Por ejemplo, el Diccionario Académico de Americanismos, que dirige Humberto López Morales. Se trata de un proyecto muy antiguo de la Real Academia, que fue empuñado por don Ramón Menéndez-Pidal, edificador de los pilares de la lengua desde 1901. Ficha a ficha, papeleta a papeleta, de modo estajanovista, fue acariciando datos, léxico, sintaxis, notabilísima información, durante más de tres décadas. Cuando estalló la Guerra Civil ya tenía preparados más de treinta ficheros. Pero aplazó su publicación porque se apasionó en otros grandes proyectos, como la «Gramática Histórica del Español» y los «Orígenes del Español». Hace unos meses, precisamente en la RAE, se cumplía el sueño del gran hispanista con la presentación de su «Historia de la Lengua Española», esencial para todos los hablantes.

El Diccionario de Americanismo, cuyo cauce está muy encauzado, aporta de manera importantísima y notabilísima el léxico histórico hispanoamericano.

Otra encomiable empresa académica es la Nueva Gramática, que se culminará a finales de 2006. Si tenemos en cuenta que la última gramática oficial se publicó en 1931 y era en realidad una reedición de la de 1917, la importancia de su publicación es incuestionable. Por vez primera se va a describir y a fijar la norma no sólo del español de España, sino del español de América. La Nueva Gramática tendrá dos versiones: una muy extensa (de referencia) y un compendio que aparecerá al mismo tiempo y que será el que se maneje habitualmente. En esta reu-nión plenaria de las Academias del español, que se prolonga hasta el miércoles, se analizarán los últimos retoques del Diccionario de la Real Academia Española, que afectan a cuestiones hispanoamericanas y se examinará, asimismo, la actualización y renovación total del Diccionario.

Diccionarios esenciales
Además de terminar de ajustar la red de colaboradores de la Academia, se revisarán dos obras esenciales para el idioma, como el Diccionario esencial de la Lengua Española, herramienta muy ágil que se ceñirá al léxico verdaderamente usado en la contemporaneidad. O el Diccionario Histórico, considerado por el Gobierno de Zapatero como un «proyecto de Estado» y al que arrimarán las 22 Academias, que ya laboran en él con el impulso que Su Majestad el Rey le ha dado a la política lingüística panhispánica. Salamanca se convierte estos días en la verdadera plaza mayor de la comunidad hispánica de la lengua española.

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