AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 3 Octubre 2005
Los Presupuestos Generales del Estado y el futuro de España (1)
Alberto Recarte Libertad Digital 3 Octubre 2005

¿En las urnas o en los tribunales?
EDITORIAL Libertad Digital  3 Octubre 2005

La hora de España
JORGE TRIAS SAGNIER ABC 3 Octubre 2005

Nacionalidades históricas...
MIQUEL PORTA PERALES ABC 3 Octubre 2005

Degeneracionismo
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 3 Octubre 2005

España, la única Nación
aybarra@abc.es ABC 3 Octubre 2005

Lamento de un pasmado
José Vilas Nogueira Libertad Digital 3 Octubre 2005

Peor que un golpe de Estado
Agapito Maestre Libertad Digital 3 Octubre 2005

Torrente 3
José García Domínguez Libertad Digital 3 Octubre 2005

Estrategia de riesgo
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo 3 Octubre 2005

Zapatero y el eclipse
Manuel Martín Ferrand Estrella Digital3 Octubre 2005

Vacío de poder en la Presidencia
Pablo Sebastián Estrella Digital3 Octubre 2005

Nacionalista malo, nacionalista bueno
Luis de Velasco Estrella Digital3 Octubre 2005

«Mucho y espeso, señorita»
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 3 Octubre 2005

España como síndrome de Diógenes
José Javier Esparza elsemanaldigital  3 Octubre 2005

Cuestiones semánticas y políticas
Editorial El Ideal Gallego 3 Octubre 2005

El sueño de nuestros ancestros: La Unidad de España
Santiago Abascal elsemanaldigital 3 Octubre 2005

El PSOE empieza a pagar sus errores
Editorial ABC 3 Octubre 2005

España, la única nación.
Enrique de Diego elsemanaldigital  3 Octubre 2005

TRANQUILO, JOSÉ LUIS
GERMÁN YANKE ABC  3 Octubre 2005

Tempestad pero sin olas
CHARO ZARZALEJOS ABC 3 Octubre 2005

Federico Trillo: «Es el momento más crítico para la convivencia entre los españoles desde 1977»
ÁNGEL COLLADO ABC 3 Octubre 2005

El texto corre el riesgo de ser devuelto si no se traduce al castellano
R. N. La Razón 3 Octubre 2005

Pla, un escritor incómodo todavía para el nacionalismo
Víctor Fernández La Razón 3 Octubre 2005

Cataluña, ¿nación de naciones?: el Valle de Arán pide la palabra
Elsemanaldigital  3 Octubre 2005

Engañabobos
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo   3 Octubre 2005

Financiar el caos
Los Presupuestos Generales del Estado y el futuro de España (1)
Alberto Recarte Libertad Digital 3 Octubre 2005

Mientras el vicepresidente señor Solbes presentaba, solemnemente, los presupuestos más fáciles desde la Transición, su presidente destruía las bases que los han hecho posibles. El éxito de la hacienda española, fruto del ininterrumpido crecimiento económico desde 1994, de las sucesivas reformas fiscales, de la privatización de la mayoría de las empresas publicas y de un esfuerzo de contención del gasto publico que comienza en 1994 —tras la vorágine de dispendios de los gobiernos González-Solchaga— se refleja en unos ingresos tributarios que, por una vez, desbordan a la Hacienda Pública y permiten al señor Solbes hacer lo que quiera. Y lo que quiere es gastar, no reformar. Por más que las reformas en la distribución del gasto, o incluso la decisión de haber tenido un superávit sustancial, que podría haberse logrado si se hubiera querido, apenas habrían hecho mella en los dos principales problemas de la economía española: la alta tasa de inflación y la pérdida de competitividad internacional.

Pero mientras el señor Solbes elaboraba los presupuestos, el señor Rodríguez Zapatero le segaba la hierba bajo los pies; a él y a todos los españoles; en un ejercicio de irresponsabilidad que, si se consuma, minará el auténtico fundamento de nuestra economía: la confianza de los españoles en su futuro, dentro de un mercado único, nacional, competitivo, en el que cada vez viven y trabajan más personas, tanto españoles como extranjeros.

La irresponsable actuación del presidente del Gobierno era quizá la inevitable consecuencia de una formación muy limitada, un carácter muy poco adecuado para gobernar y unos valores sectarios y fundamentalmente negativos sobre la historia de España y el común de los ciudadanos españoles.

Inesperadamente, tras llegar al Poder como consecuencia de un atentado cuidadosamente planificado para que tuviera los resultados políticos que le han permitido formar Gobierno, el señor Rodríguez Zapatero ha dado un paso, quizá decisivo, para forzar la desaparición de nuestro país, de nuestra nación.

El señor Rodríguez Zapatero es, probablemente, el presidente menos culto que ha ocupado ese cargo. ¿Alguien recuerda algún artículo, libro, conferencia, o intervención parlamentaria del señor Rodríguez Zapatero antes de que alcanzara el puesto de secretario general del PSOE? Es el presidente, probablemente, con menos luces de los que han gobernado España. ¿No son evidentes sus dificultades para hablar, exponer, discutir y profundizar en temas medianamente complejos? Es el presidente, probablemente, que ha llegado a ese cargo con mayor rencor político de entre los que yo recuerdo o sobre los que he leído. ¿Existen, acaso, precedentes de un jefe de Gobierno que, tras muchos años de paz y concordia, y tras una transición constitucionalmente impecable, haya comenzado su mandato con un recuerdo a un familiar muerto hace casi setenta años por un bando en una guerra civil, bando que se había reconciliado con el otro hace treinta años, y que uno de sus primeros actos de gobierno fuera animar al desenterramiento de cadáveres de los de su bando?

Es también, probablemente, el presidente del Gobierno más vago del que tenemos referencias. ¿Alguien puede traer a colación a otros que hayan alegado cansancio, falta de sueño u obligaciones paterno-filiales de difícil constatación, para suspender actividades oficiales de importancia o cuya agenda de trabajo sea más liviana? ¿O que se haya organizado, con gran gasto público, unas interminables vacaciones? Es, probablemente, el presidente más insolidario con las víctimas del terrorismo, una lacra que persigue a la sociedad española desde hace casi doscientos años. ¿Alguien es capaz de poner ejemplos de presidentes que hayan tolerado la violencia de grupos radicales, o que hayan permitido la representación política de una banda criminal, como es ETA, en un Parlamento como el vasco, o que se haya propuesto destruir una organización que agrupara a las víctimas de los criminales, como es la Asociación de Víctimas del Terrorismo? ¿ Alguien recuerda algún otro presidente en cuyo mandato se haya decidido no investigar, en todos sus extremos, una matanza política, como el atentado del 11 de marzo de 2004?

Zapatero es también, probablemente, el presidente más “iluminado” que ha gobernado España. A mí me recuerda al gorila venezolano, el presidente Chávez, que dice que se comunica con el espíritu de Bolívar, en el que afirma inspirarse para que eche raíces –y es muy posible que así sea– su revolución castrista. ¿En quién se inspira el señor Rodríguez Zapatero? ¿Hablará, acaso, con algún espíritu que le ilumine por la senda de confrontación que ha elegido? Es, en fin, como dije al principio y como consecuencia de ese carácter débil, esa idea negativa de España y esa falta de formación y dedicación a su puesto, muy probablemente, el presidente del Gobierno más irresponsable que ha gobernado España.

Todo ello, por supuesto, con el consentimiento de su partido, el PSOE, al que ha arrastrado por el camino ya trillado por muchos de sus militantes históricos, de la revolución y de la absoluta falta de respeto al Estado de Derecho. No obstante, por si Alfonso Guerra existiera, representara lo que dice representar, y fuera capaz de tomar las decisiones que dice se deberían tomar y, en consecuencia, se destituyera al secretario general de su partido; por si todo eso ocurriera, no tenemos más remedio que hablar de los Presupuestos Generales del Estado. Pero, lamentablemente, antes resulta también forzoso referirnos al comportamiento del Rey.

El papel de Don Juan Carlos de Borbón
La situación española es de tal gravedad que sobran circunloquios. Y la pregunta que cualquier ciudadano, es decir, cualquier contribuyente, se formula hoy es tan desagradable como inevitable: ¿para qué nos sirve un Jefe del Estado que no interviene públicamente, excepto para decir que la unidad de España es indestructible, en el momento de mayor inestabilidad política por el que ha pasado España desde el intento de golpe de estado de 23 de febrero de 1981? Y este es un momento mucho más grave, porque aquello fue un golpe cuartelario, mezcla de diversos golpes en los que participaron Tejero, Milans, Armada y otros, abocado a la confusión y al fracaso. Esto de ahora es un ataque en toda regla al orden constitucional español y, además, a la propia supervivencia nacional. ¿Es comprensible que el Rey manifestase públicamente, tras su entrevista con un líder separatista de ERC, partido clave en la crisis que vivimos, que “hablando se entiende la gente”, pero que ahora permanezca fundamentalmente callado?

Si, efectivamente, el Rey cree que el papel moderador que la Constitución le asigna consiste básicamente en sonreír y entrevistarse con partidos rupturistas y republicanos para intentar, con campechanería y palabras de ánimo, empujarles a que respeten la Constitución, es evidente que ha fracasado. Si en España se produce, por la vía que ha emprendido el Parlamento catalán y por impulso del PSOE –que es el auténtico responsable, más que el PSC– una voladura descarada de la Constitución; si se acepta con cambios meramente cosméticos lo aprobado por el Parlamento catalán, que supone la ruptura de España; e incluso si la convalida un Tribunal Constitucional totalmente politizado, que nunca se ha distinguido por una lectura limpia de lo que dice nuestro texto constitucional; si todo eso ocurre, lo que es evidente es que el papel de la Corona será papel mojado. Tan respetable como prescindible. Y no estoy diciendo con esto “¡Viva la república!” sino “¡Qué horror, otra vez se nos viene encima la república!” Porque es inaceptable que el poder supuestamente moderador de la Corona pueda transformarse en lo que quiere Zapatero: un anestésico que impida apreciar la trascendencia de lo que ya ha ocurrido en Cataluña y lo que sin duda ocurrirá en el resto de lo que aún seguimos llamando España, vía modificaciones en los Estatutos autonómicos. Cataluña es sólo el comienzo. El País Vasco seguirá. Después, en tropel, todos los demás. Y no hay ni habrá nunca Presupuesto capaz de financiar el caos.

¿En las urnas o en los tribunales?
EDITORIAL Libertad Digital  3 Octubre 2005

El presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, Francisco José Hernando, acaba de mostrar su “preocupación” por el “proyecto de reforma” del Estatuto catalán y la conveniencia de que el Congreso tenga la “deferencia” de consultar al Poder Judicial. Aun con la prudencia y la timidez que le caracterizan como presidente del CGPJ, las palabras de Hernando parecen ser, sin embargo, las únicas que pretenden situar la histórica rebelión institucional perpetrada en el parlamento autonómico catalán contra nuestra Ley de leyes, en el ámbito que le corresponde, que no es otro que el de la Justicia.

Bien está que Rajoy reclame unas elecciones generales anticipadas en el más que previsible caso de que el gobierno del 14-M se limite, en el Parlamento nacional, a un mero maquillaje de un proyecto tan nuclear y radicalmente contrario a nuestro ordenamiento constitucional como el que nos ocupa. Pero, no nos engañemos. El proyecto soberanista, aprobado ya en el parlamento catalán, seguiría siendo después de esas hipotéticas y anticipadas elecciones generales tan radicalmente contrario a nuestra Ley de leyes como lo es en estos momentos.

Tiene toda la razón el líder de la oposición cuando señala que lo que pretende Zapatero y el tripartito catalán no es otra cosa que una reforma constitucional encubierta. Pero ese carácter solapado lo desvelaría, precisamente, un pronunciamiento del Tribunal Constitucional, no la celebración de unas elecciones generales. Lo que se debería someter a criterio de los ciudadanos, –en todo caso y como paso exigible del proceso de reforma– sería la enmienda constitucional que hasta hace poco reclamaba Maragall, y no la genérica representatividad de los partidos políticos.

Maragall siempre fue consciente del carácter ilegal de su “proyecto de reforma estatuaria”. Precisamente por eso reclamaba, hasta hace nada, la erradicación de los artículos de la Constitución que obstaculizaban sus intenciones de proclamar a Cataluña como “nación” y acabar con la igualdad y la solidaridad de todas las autonomías que integran la “nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”.

Ese abierto y confeso requerimiento de poner fin al consenso constitucional del 78 se silenció, sin embargo, una vez que se fue consciente de que ni siquiera las nuevas mayorías surgidas del 14-M eran suficientes para reformar nuestra Carta Magna. Ahora, simplemente, se trata de presentar esta “reforma estatutaria” como algo fácilmente asumible por nuestro ordenamiento constitucional, como algo perfectamente acorde con lo que la vicepresidenta ha calificado de “normalidad democrática”.

No hace ni un año que Mayor Oreja alertó que en España no hay uno sino “dos planes de ruptura de la Constitución, con dos ritmos y dos velocidades distintas. Uno, el Plan Ibarretxe, en el que el arbitraje de ETA ha sido muy palpable en una votación, pero hay otro plan en el que ETA actúa por vía de intermediario apadrinando el arbitraje que ERC hace en Cataluña y en el conjunto de España”. Días después, Rajoy en Sigüenza, desoía a Acebes y a Mayor Oreja, y se alineaba con el nihilismo acomodaticio de Piqué y de Gallardón, para que la postura del PP ante el proyecto de reforma estatutaria catalana no fuera tan enérgico y beligerante como el manifestado contra el Plan Ibarretxe.

Desde entonces, ¿cuántas veces Piqué ha eludido la “crispación” y la batalla de las ideas con la excusa de que ese plan de ruptura no saldría finalmente adelante en el parlamento catalán?

Bien es cierto que el zigzagueante liderazgo de Rajoy ha sabido con el tiempo enmendar la situación. Pero, precisamente por eso, no está de más recordar ahora que el recurso de inconstitucionalidad –a diferencia de una convocatoria anticipada de elecciones– sí está en sus manos. Presentarlo podrá esperar; dejar clara la voluntad de hacerlo, no se debe retrasar ni un minuto más.

La hora de España
Por JORGE TRIAS SAGNIER ABC 3 Octubre 2005

HAY momentos en la vida de los pueblos en los que todo aquel que tiene alguna responsabilidad debe hacer un ejercicio de mesura y contención, sin abdicar de sus convicciones, para que la paz no salte, hecha añicos, por los aires. Este es uno de ellos. Las diferencias que a lo largo de casi treinta años de vida constitucional han separado a socialistas y populares, que son muchas y variadas, justificadas unas y artificiales otras, deberán quedar aparcadas una vez más pues habrá que ponerse de acuerdo para encauzar el desafío planteado por el nuevo Estatuto de Cataluña y que la próxima semana entrará en la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados presidida por Alfonso Guerra. Habrá nuevo Estatuto, seguro, pero Guerra, los socialistas y los populares tienen en sus manos la oportunidad de que la Constitución de 1978 no naufrague en un mar de confusiones. Coincido con la afirmación de ese editorial de un periódico barcelonés que decía que no estamos ante un drama balcánico. Coincido, sí, añadiéndole un «todavía». De momento estamos ante la hora de España y de los españoles representados por sus diputados que son los únicos depositarios de la soberanía nacional.

«La pantalla de televisión permite observar intensamente los rostros de las personas», escribía el sábado en «La Vanguardia» Francesc de Carreras analizando cada una de las caras del drama catalán: la seriedad preocupada de Maragall (no es para menos, después de la que ha montado a propios y extraños), la satisfacción desbordada del convergente Más (mordiéndose el labio inferior como cuando Conde -Mario- se mordía la lengua). Y el rostro triste de Piqué preguntándose «¿qué estoy haciendo yo aquí, con toda esta gente?» (pues efectivamente, no se sabe qué hacía ahí). Carreras es catedrático de Derecho Político y uno de los politólogos de la izquierda más emblemático de Cataluña. De la izquierda y no de la «esquerra» que es como decir «del socialismo» y no «del nacional-socialismo».

Ahora es la hora de España y, también, del Partido Popular. Si Rajoy fuese capaz de integrar en una sola estrategia a todos los líderes del PP catalán, lo que está por hacer, obtendría grandes réditos electorales en próximas consultas. ¿O acaso los Lara (propietario de «La Razón», por cierto), Brufau, Rodés, Godó (propietario de «La Vanguardia»), Rosell Vilarasau o Fainé, que apoyaron sin reservas este disparatado texto independentista, probablemente por miedo y cobardía, seguirán apostando por ello? En 1640 Cataluña, para no contribuir a la defensa del reino, se alió con Luis XIII de Francia, separándose de España durante 14 años. La experiencia fue desastrosa para los catalanes. La Cataluña de 2005 ya es «rica i plena», como se anhela en el himno. ¿Podría seguir siéndolo enfrentada a España? Desde Cataluña, pues, hay que gritar «¡no!» con la fuerza de la razón y las herramientas de la política, a este pulso que, si prospera, supondrá un cambio de Régimen como vaticinó Aznar.

Nacionalidades históricas...
Por MIQUEL PORTA PERALES ABC 3 Octubre 2005

En Nacionalidades históricas y regiones sin historia, como si de un prontuario se tratara, Roberto L. Blanco Valdés desvela la clave del surgimiento de los nacionalismos catalán y vasco, así como el secreto del contencioso permanente que mantienen con España. O con el Estado español, como gustan decir. La clave del surgimiento: los nacionalismos catalán y vasco, previa invención de rasgos propios, construyen sus respectivas naciones. El secreto del contencioso: resulta indispensable para la supervivencia de ambos nacionalismos. A partir del invento nacional y del contencioso artificial, hay lo que hay. Es decir, se sostiene que España es únicamente un Estado, al tiempo que se cree que Cataluña y el País Vasco -por el hecho de ser nación- tienen derecho a una consideración política y jurídica especial y a un trato privilegiado distinto del que reciben las regiones españolas. Y lo que también hay es un conflicto que nunca se resolverá, porque de él vive el nacionalismo periférico. ¿Quizá el Estado federal que patrocinan algunos solucionará el conflicto? Blanco Valdés argumenta que el Estado Autonómico ya es federal y la reclamación de esos «reinos de papel» que son las naciones periféricos sigue ahí. La «conllevancia», recomendaba Ortega.

Estatuto catalán
Degeneracionismo
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 3 Octubre 2005

El presidente del CGPJ está preocupado. Menos mal que alguien da señales de vida en el entramado institucional sobre el que descansa el primer Estado moderno de la historia, esa complejidad humana, lingüística, artística, sociológica y espiritual que el planeta entero llama España desde hace muchos siglos. Nombre que se ha evitado escrupulosamente en mi tierra desde el ascenso de Pujol al poder y hasta el descenso de Maragall al nadir de la mentira. En el mismísimo instante en que ha lanzado su desafío un parlamento que desconoce y posterga una de las dos lenguas de Cataluña, el profeta de la nada ha rescatado el nombre en plural: las Españas, les Espanyes. Bien. A mí no me desagrada ese plural, que comprende muchas más tierras y hombres y gestas de las que pueda recordar cualquier español, más allá de una docena de eruditos.

Como España es atractiva, abierta y acogedora, no hay ningún problema si el debate se nutre incluso de la aportación rancia de los que niegan la Nación. Del viejo regeneracionismo al nuevo degeneracionismo, negar a España ha sido aquí moneda corriente. Todo lo que se ciña a la confrontación de ideas hay que aceptarlo, lo que no significa dar por buena cualquier reinvención de la historia, sino todo lo contrario: que defienda cada cuál, con toda la pericia y la pasión de que sea capaz, su visión. Pero sin amenazas y sin coacciones, que pueden acobardar a editores, a industriales y a directores de escuelas de negocios, pero que no acobardarán a todo el mundo. No sean insensatos, no abran la caja de Pandora. Pero qué digo, si ya la han abierto.

Porque estamos ante la estrategia de los hechos consumados. Hechos ante los cuales es de esperar que, tras el presidente del CGPJ, se comporten con el mínimo decoro los que viven del presupuesto para defender las libertades de todos, la igualdad en derechos, la Constitución. Hablo de todas las instituciones sobre las que descansa la tranquilidad del pueblo español. La instancia que no esté a la altura, la que se crea que puede mirar hacia otro lado ante un desafío de estas características, obtendrá el efecto contrario al deseado: se hará conspicua.

España, la única Nación
aybarra@abc.es ABC 3 Octubre 2005

HACE ya varios meses que Manuel Chaves se desmarcó del pacto catalán-andaluz con el que algunos políticos catalanes trataban de amarrar apoyos para su proyecto de Estatuto, aduciendo que los intereses de Andalucía y Cataluña no sólo eran compatibles sino coincidentes. Como aquella alianza oportunista y contranatura chirriaba por la misma base, o sea que la intención de Cataluña era negociar la financiación de forma bilateral con el Estado para arrancar un trozo mayor de la tarta en detrimento de las comunidades que ellos llaman con desprecio «subsidiadas», el pacto se abortó. El presidente de la Junta fue muy claro en la defensa del modelo de Estado, de la Constitución y de la denuncia de quienes pretendían acordar un sistema de financiación basado en la insolidaridad. La firme posición de Chaves le valió incluso que algún ministro como Montilla llegase a afirmar que el presidente de la Junta, que también lo es del PSOE, no era una voz autorizada para inmiscuirse en las negociaciones estatutarias de Cataluña. Entonces ya echábamos de menos que el discurso de Chaves y de otros barones socialistas se viera respaldado sin tibiezas por el Gobierno de Rodríguez Zapatero. Ahora, unos meses más tarde, estamos en la misma situación pero con un Estatuto aprobado por el 90 por ciento de los diputados catalanes que pretende, además de perdonarnos la vida al resto de españoles desde sus privilegios heredados de no se sabe qué derechos históricos, cambiar el modelo de Estado. Y lo grave del asunto es que en Moncloa, aunque Gaspar Zarrías pedía ayer públicamente que no se dramatizara la situación, se respira el mismo ambiente de incertidumbre y tibieza, de desconcierto e improvisación.

Como escribía Ignacio Camacho ayer domingo en estas mismas páginas: «la cuestión esencial no reside en discernir si Cataluña es o no una nación, sino en saber si España va a seguir siéndolo». Para ello, para que no se rompa la unidad nacional, proponía José Antonio Zarzalejos como única alternativa la de iniciar un proceso contrario al que pretenden los nacionalistas: el progresivo fortalecimiento del Estado. No creemos que un Gobierno tan débil como el actual sea capaz de abanderar dicha alternativa, aunque si esperamos que, al menos, cumpla su palabra y rechace de plano el Estatuto aprobado por los catalanes, aunque ello nos cueste como ha dicho Piqué «otros veintinco años de victimismo».

Desde Andalucía la posición no puede ser otra que la manifestada el mismo viernes por Manuel Chaves y por Javier Arenas: Las Cortes, depositarias de la soberanía del pueblo español, incluyendo a los catalanes, no pueden tramitar un Estatuto que rebosa la Constitución en diversos aspectos. La propuesta de la plataforma «Andaluces Levantaos» de hacer del futuro Estatuto andaluz una fotocopia del catalán es frívola e irresponsable y, de llevarse a cabo, sólo conseguiría legitimar los privilegios nacionalistas y debilitar aún más lo que queda de Estado. Por eso, el presidente de la Junta, que también lo es del PSOE y que siempre ha mantenido una posición firme y clara en defensa de la Constitución, tiene una especial responsabilidad en estos días cruciales para el futuro de España, la única nación.

La destrucción de España
Lamento de un pasmado
José Vilas Nogueira Libertad Digital 3 Octubre 2005

El hecho carece, sin duda, de importancia. Salvo para mí, pues me gusta hacerlo. El caso es que llevo muchos días sin publicar nada en Libertad Digital. He andado muy ocupado en menesteres profesionales. Pero también me ha aquejado un pasmo. Y como es conocido el pasmo tiene virtud paralizante. Quizá el exteriorizar las razones de mi asombro pueda tener alguna utilidad terapéutica.

Y no es que las causas de mi estupor sean nuevas e imprevistas. Lo verdaderamente imprevisto es la intensidad que súbitamente, y sin motivo aparente, han cobrado aquellas causas y la complacencia con que el drama ha sido acogido por importantes actores que, a primera vista, al menos, serán víctimas de su desenlace. Pues un drama es la destrucción de España o, incluso minimizando todo lo posible su transcendencia, la destrucción del Estado español. Y la descomposición de un Estado con más de cinco siglos de historia, y durante varios de ellos, una de las primeras potencias del mundo no es precisamente suceso trivial ni cotidiano.

Que nacionalistas catalanes, vascos y algunos otros imitadores trabajen por este desenlace y celebren su probable éxito no es sorprendente, ni siquiera reprochable. Sólo puede censurárseles su constante y estudiada doblez y deslealtad. El principio de pacta sunt servanda no rige para ellos y haberlo ignorado ha labrado nuestra ruina. Algo sorprendente, pero no mucho, es la complicidad con los nacionalistas de buena parte de las élites políticas, económicas y religiosas no nacionalistas de Cataluña y el País Vasco. No está claro que tal connivencia redunde en su provecho, pero puede explicarse evocando el título de un libro del historiador norteamericano Carlton J.H. Hayes (que, por cierto, fue embajador en España entre 1942 y 1945): el “nacionalismo es una religión”. Y en el caso de muchos curas y obispos católicos su única verdadera religión. Repárese, sino, en el caso del de Barcelona, Martínez Sistach, bendiciendo a una clase política corrupta, mayoritariamente anticatólica, cuyos máximos líderes hacen befa pública de la presunta religión del obispo, y celebrando un texto estatutario anticatólico.

Pero, ¿cómo se explica la posición de las élites políticas y culturales, mayormente de izquierdas, aunque no sólo de izquierdas, no catalanas ni vascas? Mil y una explicaciones se han dado y se siguen dando. Casi siempre contienen elementos plausibles, casi todas mantienen elementos en común, pero ninguna es suficientemente satisfactoria para liberarme del pasmo que me aqueja. Es verdad que el principal responsable parece ser el presidente del Gobierno. Pero qué le mueve a llevarnos a la catástrofe. Por desgracia, ¿será masoquista, como ingeniosamente suponía Girauta hace unos días? ¿abrigará un designio de destruir España, pero por qué, qué ganará con ello? ¿será que su único norte es mantenerse en el poder, cualquiera que sea el precio a pagar? En cualquier caso, por malvado que fuese y por importante que sea su posición institucional, alguna razón ha de haber para que un sujeto tan menguado no encuentre una resistencia eficiente.

Desde el comienzo de la transición las élites políticas y culturales españolas han asumido la interpretación de que los nacionalismos catalán y vasco eran movimientos meramente reactivos a los excesos del centralismo (un análisis histórico más riguroso habría evidenciado que sí eran movimientos reactivos, pero no al centralismo, sino al liberalismo). En consecuencia, si se suprimía el centralismo aquellos nacionalismos disgregadores se irían debilitando hasta extinguirse. Por tanto, se resucitó el sistema republicano de los estatutos de autonomía. Y el edificio institucional y las competencias de las Comunidades Autónomas fueron creciendo sin parar. Aunque cada nuevo paso del proceso suscitaba nuevas demandas, simbólicas, institucionales y competenciales, la persistencia de la errónea interpretación inicial indujo a no oponerse a ellas. La “profundización de la autonomía” hasta el infinito había ingresado en el territorio sagrado de lo “políticamente correcto”. Para la izquierda, pero también para buena parte de la derecha, o del “centro”, como ellos prefieren denominarse.

El sistema y la cultura política española han abandonado toda pulsión centrípeta. De este modo, no ya la situación de la nación, sino también del Estado es siempre “hoy peor que ayer, pero mejor que mañana”. Decía al principio que he estado muy ocupado en menesteres profesionales. Uno de ellos me implicó en la lectura de un trabajo de un colega sobre la evolución del Ejército español. Al tratar del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, el autor reproduce un editorial de El País, que incluye esta frase: “el golpe de Estado (...) es (...) una humillación para la dignidad y la madurez de una de las más antiguas naciones del mundo occidental”. Entonces mandaban en ese periódico Polanco y Cebrián. Siguen mandando ellos, pero nadie se puede imaginar que esa frase u otra similar fuese permitida en un editorial el día de hoy. Ni siquiera le sería admitida a un colaborador de la casa. Pues Carod, Maragall, Zapatero, etc. no se limitan a humillar la dignidad de esa antigua nación; le niegan su ser.

Las élites de la izquierda española actual carecen de cualquier moral. Para engañarse a sí mismas y, sobre todo, para engañar a los demás, llenan ese hueco con el sistemático ataque a la derecha. Carecen, asimismo, de otro proyecto político que no sea el de subir al poder y mantenerse en él todo el tiempo posible, incluidos los puestos dirigentes de las grandes corporaciones económicas, tan dependientes entre nosotros del poder político. Y gran parte de la población no de élite comparte estos “valores”, este vacío de valores. El socialismo español actual apenas designa un servilismo gregario a la retórica de lo “políticamente correcto” y una entrega desaforada a un hedonismo primario. Pero, ¿por qué ha de abocar esto al consentimiento de la destrucción de España? La hipótesis más terrible es que Zapatero y los suyos estuviesen atados por alguna secreta implicación en los nunca aclarados sucesos del once de marzo, que los llevaron al poder.

Sea como fuere, “si la madre España cae -digo, es un decir- salid, niños del mundo; id a buscarla”, amonestó el poeta. Compartamos, mientras se pueda, la esperanza de César Vallejo.

José Vilas Nogueira es catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Santiago de Compostela

Estatuto catalán
Peor que un golpe de Estado
Agapito Maestre Libertad Digital 3 Octubre 2005

Lo grave es que la aprobación del Estatuto de Cataluña no es un golpe de Estado. Aunque las consecuencias son infinitamente peores que un golpe de Estado, denominar así a lo sucedido en Cataluña nos harían perder credibilidad jurídica y, quizá, política a nuestro análisis. Sin duda, el Estatuto aprobado deja a España indefensa. La nación queda bloqueada para décadas. Pero nada de lo que está sucediendo puede calificarse como un golpe de Estado, porque todo está hecho desde la legalidad y las instituciones. Los partidos políticos de Cataluña, que han aprobado el engendro, no funcionan al margen de sus votantes, sino que los están representando. No se diga, pues, que los partidos están al margen de sus votantes. Estarán al margen de la opinión pública, según las encuestas, pero no al margen de la representación política.

Tan dramático sería un Estatuto surgido de un golpe de Estado como un golpe de Estado surgido desde la aprobación de un Estatuto. Pero ambas opciones no parecen plausibles para caracterizar lo que está pasando. Esta es la tragedia de España. Claro que las consecuencias son desastrosas, pero no deberíamos insistir en el golpe de Estado, porque quizá perderíamos del análisis algunos factores capitales para analizar el proceso de destrucción de España. Sin duda alguna, hay paralelismos históricos entre la aprobación del Estatuto de Cataluña del viernes y sucesos golpistas del pasado, pero no creo que podamos despreciar la novedad histórica de la actualidad. Tres factores, en mi opinión, me impiden hablar de algo parecido a un golpe de Estados “legal”. Son tres asuntos de la actualidad, o del pasado reciente, que priman sobre interpretaciones, por lo demás muy respetables, historicistas.

En primer lugar, no podemos despreciar que estamos ante un presidente de Gobierno, casi por primera vez en la historia contemporánea, que puede calificarse de muchos modos, pero, desde luego, no creo errar si decimos que es un indigente mental, naturalmente, desde el punto de vista político. Este hombre no sabe otra cosa que entregarse a Maragall que no es sino una manera de acabar con España. ¡Pronto se hubiera dejado atrapar González por el nacionalista Maragall! Insisto no es que haya corrido detrás del nacionalismo separatista, como ha sido costumbre en el PSOE desde 1978, sino que se ha entregado al nacionalismo separatista de los socialistas catalanes, que, a diferencia de CiU, nunca han tenido idea de los tiempos políticos. Por esta parte, la tragedia del Partido-Estado, que es el PSOE, será inminente. Yo estaré en el tendido del 7 para ver como caen los ibarras, bonos, chaves y otros cuantos, sin duda alguna, por mansos. Todos bajarán la testuz antes de romper el Partido-Estado.

En segundo lugar, el engendro inconstitucional, si se quiere anticonstitucional, del Estatuto es producto de una Constitución abierta, casi un atropello jurídico, que sólo unos cuantos hemos denunciado en los últimos veinte años. Los profesorcitos de derecho Constitucional siempre han hablado mal de ella en privado, pero jamás se han atrevido a opinar en público sobre la necesidad de cerrarla. El Estatuto es inconstitucional, pues, en el fondo, pero los mecanismos para su aprobación son, desgraciadamente, constitucionales. No hay país democrático, como no sea España, que haya dicho que la reforma de Estatutos no dependa del Estado central como podemos hacerle decir nosotros la Constitución del 78. Y, en tercer lugar, hay una injustísima y horrible ley electoral, que privilegia a los nacionalistas, pero que nadie, incluido el PP, ha querido reformar en los últimos veinticinco años…

En fin, la tragedia, por si faltaba algún componente, es que el PP aceptó la posibilidad de reforma de los Estatutos. Terrible trampa. Sí, porque que una vez aceptado el proceso de reforma, resulta casi imposible echarse atrás.

Estauto catalán
Torrente 3
José García Domínguez Libertad Digital 3 Octubre 2005

Indescriptible la euforia de los cuatro charnegos que toleró Maragall en las listas al Parlament cuando supieron refrendada la secesión. Desbordante la algazara de Manuela de Madre al saborear la certeza de que a sus nietos se les prohibirá por ley estudiar en la lengua de la abuela. Incontenible el alborozo del secretario de la UGT doméstica, Pepe Álvarez. Diríase cumplido el gran sueño de su vida. Y tal vez así sea. Pues, tras tantos años de lucha y sacrificios, al fin, roza con los deditos la ansiada utopía: que ni un duro de los impuestos de sus amos vuelva a recalar jamás de los jamases en su Asturias, ex patria querida.

Radiante como pocas la sonrisa postiza del alcalde de Hospitalet, Celestino Corbacho. Tampoco a él le faltan razones: a partir de ahora, todos los extremeños que llegaran a Barcelona amontonados a su lado en aquel vagón de tercera serán perseguibles de oficio, caso de no encomendar un oratorio a Pompeu Fabra tras cada mostrador e izar otro a la senyera en todas las cadenas de montaje. Imprescindible como nunca volver a releer el ensayo sobre la inmigración que redactó Pujol ya en 1958, el que resumía el pensamiento colectivo de la colla “Crist i Catalunya”, antes de que los dirigentes de la secta se escindieran en las dos partidas actuales: CiU y PSC. “Dejando de lado al inmigrante con mentalidad de conquistador que viene a destruir Cataluña, existe otro tipo que llega a incorporarse. Éste es una gran esperanza (…) ya que constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España”.

Elegantísimas esas rúbricas cómplices de los de más allá de la Diagonal, los señores de Barcelona, los alegres aliados de sus sepultureros, los Rosell, los Fainé, los Godó, los Lara; el selecto club de los intocables que quiere ignorar a Schopenhauer –“El destino baraja las cartas, pero somos nosotros quienes las jugamos”– ya que barrunta llegada la hora del orate de Francesc Pujols: “Muchos catalanes se pondrán a llorar de alegría; se les deberán secar las lágrimas con un pañuelo. Porque, siendo catalanes, vayan donde vayan, todos sus gastos les serán pagados (…). Al fin y al cabo, y pensándolo bien, valdrá más la pena ser catalán que multimillonario”.

Enternecedor su olvido fatal de que en una economía de mercado, no existe nada parecido a una cena gratis. Impagable la letra de cambio que acaban de firmar. Obsesiva por su parte la prensa regional, repitiendo sin tregua ni descanso la promesa de Rodríguez: bendecirá sin rechistar cuanto se le ha presentado, tal como prometió. Omnipresente asimismo el eslogan de esa tragicomedia bufa que ha de arrasar en la próxima Gala de los Goya: “Pensaron que sólo era un imbécil… y acertaron”.

Estrategia de riesgo
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo 3 Octubre 2005

Hace unos días el debate sobre el Estatuto catalán se encontraba empantanado y sin visos de prosperar a causa de las diferencias que mantenían los miembros del tripartito que lidera Pasqual Maragall con CiU. Sin embargo, la intervención personal de Rodríguez Zapatero tras sus reuniones con el líder de Convergencia i Unió, Artur Mas, permitió romper el nudo gordiano por el procedimiento de aceptar que los nacionalistas introdujeran en el texto sus posiciones máximas -incluido un modelo financiero basado en el Concierto económico vasco- con el fin declarado de recortarlas cuando el proyecto se discuta en el Congreso.

El acuerdo Zapatero-Mas dejó sorprendidos a muchos miembros del PSOE, incluidos dirigentes del PSC que hasta ese momento se estaban resistiendo a introducir las exigencias de los convergentes por su dudoso encaje constitucional y por su manifiesto desajuste con la ideología de los socialistas españoles.

Al margen de la cuestión de fondo, resulta difícil de entender la estrategia del presidente del Gobierno, que prefiere trasladar a Madrid la parte más dura de la batalla por el Estatut, en lugar de hacer que sean los propios partidos catalanes quienes resuelvan en Barcelona el núcleo del conflicto. La discusión en el Parlament sería un enfrentamiento ideológico y político entre los diferentes partidos catalanes. El debate en el Congreso, en cambio, deja de ser eso para convertirse en un enfrentamiento Estado-autonomía o España-Cataluña.

La solución adoptada es la ideal para alimentar los mecanismos de victimización que tan rentables resultan a todos los nacionalistas, sean vascos o catalanes. Lo que haga el Congreso ahora será siempre un agravio porque habrá recortado las aspiraciones de Cataluña manifestadas en su proyecto. Si las modificaciones son importantes -y tendrán que serlo a la vista de los contenidos del texto del Estatut y del rechazo que ha provocado en importantes sectores del PSOE, amén del PP-, se habrá entregado al nacionalismo catalán munición ideológica para varias décadas.

El debate del Estatuto catalán no podrá realizarse antes de que termine el de Valencia, ya en el Congreso, lo que ofrece un año o año y medio a los partidos nacionalistas para hacer propaganda del texto entre una ciudadanía que hasta ahora se ha mostrado indiferente al debate. Recortar entonces será mucho más difícil que ahora. La estrategia del presidente del Gobierno es, por tanto, una estrategia que ofrece muchos riesgos claros y a la que se adivinan pocas ventajas, ni siquiera para el PSC. Sólo el nacionalismo catalán tiene boletos para ganar.

Zapatero y el eclipse
Manuel Martín Ferrand Estrella Digital3 Octubre 2005

Hoy, lunes —su día—, la Luna cruzará entre la Tierra y el Sol y se producirá un eclipse anular, algo que entusiasma a los astrónomos. No se veía algo parecido en España desde 1764, el año en que, aunque inventada en 1763, comenzó a popularizarse la Lotería, uno de los muchos trucos que a lo largo del tiempo la Hacienda del Estado, sea cual fuere la forma del Estado, ha ido inventando para sacarnos, según toque, los maravedíes o los euros.

En 1764, la situación nacional no era gozosa y ahora, en el 2005, tampoco. Aquí, de eclipse a eclipse no cambia nada y, si lo parece, es sólo en superficie. Los “demonios familiares” siguen revueltos y, a lo peor, no tenemos hoy bajo el manto de la Corona los gobernantes ilustrados y liberales de entonces.

En nuestros días, el mal —es un decir— se llama José Luis Rodríguez Zapatero. Él protagoniza e impulsa una política tan vaporosa en la que —¿cómo decirlo en pocas palabras?— pueden ser ministros los que lo son. Entre Calvo y Espinosa, cualquier cosa.

La situación, dada la costumbre, no pasaría a mayores de no ser porque Zapatero, el almibarado Zapatero, va adquiriendo compromisos que amenazan seriamente con la destrucción del Estado. Por el momento, la patria ha desaparecido y la nación está en peligro. Todo se andará.

La aprobación en el Parlamento de Cataluña de un proyecto de nuevo Estatuto, sucesor del de Sau, sería un acto político más si, sobre su inquietante contenido, no se diera la circunstancia de un compromiso personal de Zapatero, el nimio Zapatero, con las fuerzas del tripartito que le llevaron a la Moncloa para respaldar en el Congreso de los Diputados lo que en Barcelona se aprobara por una clara mayoría. Esa mayoría ha sido del 90 por ciento.

No contento con tan comprometedora circunstancia, Zapatero, el inconsistente Zapatero, dijo el sábado en León que afronta el proceso de reforma del Estatut como “una gran oportunidad y no como un grave riesgo”. ¿Se entera Zapatero, el inconsciente Zapatero, de lo que pasa y tiene conciencia de lo que dice?

Si, como promete Zapatero, el leve Zapatero, trata de “encauzar” el Estatuto dentro de los márgenes de la Constitución, se producirá un efecto en cadena que, además de ponerle punto final a la carrera política de Pasqual Maragall —cosa buena—, le obligará a un adelanto electoral que traerá como inevitable consecuencia, vistos los efectos creadores del victimismo catalán, un fortalecimiento de fuerzas como ERC, el independentismo sin raíz y con garbo.

El momento, con un eclipse de sol y varios de coherencia nacional española, exige serenidad, talento y sentido del Estado. Algo que, a las pruebas me remito, no ha demostrado Zapatero, el escaso Zapatero, entre sus principales virtudes. De ahí que su partido deba actuar sin demora y con resolución. El proyecto de desastre que tenemos entre manos puede y debe tener su solución en las propias filas del PSOE, ganadoras en las últimas elecciones legislativas. Un partido más que centenario y tradicional en la idea de España no puede consentir que, con su rosa en la mano ocasional de uno de sus militantes, se destroce con raros inventos anticonstitucionales y dinamiteros lo que, unas veces peor y otras mejor, viene siendo desde hace siglos —muchos eclipses— un Estado, una nación y una patria.

Vacío de poder en la Presidencia
Pablo Sebastián Estrella Digital3 Octubre 2005

La notoria debilidad parlamentaria e incompetencia política del ahora presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, de la que hace gala con su discurso infantil del diálogo y el talante, ha llevado a España en sólo diecisiete meses a una sorprendente e inesperada crisis democrática e institucional en la que todos aquellos que consideraban tener cuentas pendientes con el Estado no han dudado en aprovechar la ocasión: el vacío de poder y de criterio, la mente en blanco de la Presidencia —apoyada en un Gobierno de escasas luces y nivel político—, y se han lanzado a la caza del poder y las arcas del Estado, a pasar urgentes facturas y a sacar toda clase de ventajas ante la sonrisa boba de quien debiera ser el guardián de los intereses generales de España, y de la propia España como nación, como si todos ellos fueran conscientes de que este desbarajuste de Zapatero no puede durar y hay que aprovechar la ocasión, “ahora o nunca”, como el propio Zapatero le dijo, enloquecido o cómplice, en la Moncloa a Artur Mas.

Ahí está como el ejemplo de este desbarajuste general el pretendido nuevo Estatuto catalán, que es a todas luces inconstitucional y que, entre otras cosas, incluye la semilla de la no descartable ruptura de España y del Partido Socialista. Entre otras muchas cosas porque de su articulado se desprende una nación donde prima el nacionalismo sobre los valores de la democracia, el progreso y la libertad. Y si es inconstitucional, ¿por qué habría de ser admitido a trámite en el pleno del Congreso de los Diputados?

El proyecto del lehendakari Juan José Ibarretxe tenía las mismas prerrogativas legales que el proyecto de Pasqual Maragall, dado que el porcentaje de apoyo en las Cámaras respectivas se ajustaba a la Ley —aunque el catalán fuera más alto—, de la misma manera que ambos son inconstitucionales a simple vista. Pero esta vez el PSOE —e incluso los pocos que en ese partido se atrevieron a denunciar algunos aspectos del Estatut, Bono, Guerra, Ibarra— dirá que sí a su tramitación parlamentaria. Porque en las circunstancias actuales el PSOE se ve en la obligación de salvar muchas cosas a la vez: la unidad y la identidad de una España solidaria, sus apoyos electorales fuera de Cataluña, el poder del Gobierno de la nación y al propio Zapatero de sí mismo (por el momento), y ello muy a pesar de que en círculos privados de la dirección socialista son muchos los que ya ponen en duda su capacidad para gobernar.

Que el diario El País, próximo al Gobierno, aún no se haya pronunciado sobre la inconstitucionalidad del nuevo proyecto de Estatuto catalán es todo un síntoma que coincide con la consigna dada a los barones, ministros y jefes del partido para no hablar de inconstitucionalidad, porque en ese caso no debería ser admitido a trámite como el Plan Ibarretxe. Todos necesitan ahora ganar tiempo para ver si encuentran la fórmula mágica con la que empatar en Madrid un partido de vuelta que en el marcador del Parlament concluyó con un 120 a 15 votos. Por cierto, ¿se exigirá para el nuevo Estatut los dos tercios de las Cortes, sede de la soberanía nacional, que tanto se airearon para aprobar el documento en Cataluña?

La gravedad de la situación política española y la voracidad de los presuntos amigos del presidente van de la mano y nos permiten admirar con estupor cómo, en plena luna de miel de los gobiernos de Madrid y Rabat, el Rey de Marruecos pone en marcha el cerco y asalto de Ceuta y Melilla, la llamada “marcha negra”, mientras no cesa de recibir toda clase de ayudas económicas y políticas del Gobierno español. Marruecos ha sido y es, sin lugar a dudas, un catalizador externo de toda crisis institucional española, y cada vez que ven un vacío de poder, aprietan y suben los niveles de la tensión.

Sin salir de este ámbito de la política exterior, todavía está reciente la flagrante traición de Chirac y de Schroeder a Zapatero, en la última cumbre europea, pactando a sus espaldas el nuevo reparto del presupuesto con la Comisión. ¿Cómo le pudo pasar a Zapatero una cosa así? Y a no olvidar el enfrentamiento con los Estados Unidos, y no sólo por causa de aquella intempestiva retirada de Iraq, sino por las posteriores acciones y gratuitos desafíos al presidente americano de Zapatero y de su inefable Moratinos.

Ahí está el caso de ETA, a la que prometió Zapatero una negociación, después de bajar la guardia judicial y política que mantenía arrinconada a la banda y su entorno, y por ahí siguen los de ETA poniendo bombas y pidiendo más y más, movilidad de presos, fin de los procesos judiciales, etc. Mientras su hombre en el País Vasco, Patxi López, exige un recorte pactado de la libertad de expresión, a la vez que prepara con Ibarretxe un nuevo marco estatutario a la sombra del catalán.

Y como para Zapatero España es una cosa abstracta, el presidente no le da importancia al traspaso del control de las empresas energéticas españolas al sector financiero que hoy controla La Caixa, en nombre del Gobierno tripartito, más CiU, porque considera que así las empresas energéticas estarán en manos de gestores más progresistas (sic). Y convierte todo ello en un nuevo regalo, como el bocado de Pantagruel del 17,5 por ciento de los presupuestos de Fomento sólo para Cataluña a cambio de los votos de ERC en el Congreso, y así hasta mil.

El presidente, que justifica su acción de gobierno y sus errores flagrantes con el truco del discurso progresista —cuando muchas de sus medidas son, como el Estatut, contra la solidaridad—, mantiene un alto nivel de popularidad social, pero esta vez con Marruecos, ETA y Cataluña está abriendo tres frentes que si se desbordan juntos o por separado van a tener un impacto negativo electoral como el que para el PP tuvo la guerra de Iraq. Y todo ello sin olvidar la fractura y tensión que se está creando entre catalanes y el resto del pueblo español.

Estamos en plena sequía, mientras el Ebro sigue vaciándose en el mar. Pero una sequía no sólo meteorológica, sino de Gobierno, de presidente, de ideas, de sentido común y de liderazgo. Y lo que es peor, de esta crisis no se puede salir sin fracturas previas, a no ser que se camine hacia la fractura de la columna vertebral.

Nacionalista malo, nacionalista bueno
Luis de Velasco Estrella Digital3 Octubre 2005

Meses atrás, hasta su batacazo electoral, la pesadilla del proyecto de Estatuto Ibarretxe —que reaparecerá, no hay duda, ligeramente maquillado y con el acompañamiento del PSE— ocupaba el centro de la escena. Ése era el “nacionalista malo” y, se decía, el catalán sería el “bueno” ya que cuando su proyecto se plantease todo se solucionaría fácilmente con “la pela” porque se impondría el tradicional seny catalán.

Lo que hemos presenciado hace un par de días con el abrazo final y demás celebraciones en el Parlamento catalán es la escenificación de una crónica con final sabido: el de un gran acuerdo, vitoreado sobre el terreno por periodistas y medios serviles (secuelas del llamado “oasis pujolista” en virtud del cual allí nunca pasaba nada reprobable) y, desde la banda, por lo que algunos llaman “sociedad civil” y que no son otra cosa que los grandes empresarios y las cúpulas sindicales, ambos en clara simbiosis con las castas políticas locales. La verdadera sociedad civil, antes llamada ciudadanía, asistía, entre distante y asombrada, al espectáculo.

Resulta que el “nacionalista bueno” no es tan bueno y que la cosa, que se ha desmadrado absolutamente por el cheque en blanco de Rodríguez Zapatero (“respaldaré lo que apruebe el Parlamento catalán”), no va a ser tan fácilmente reconducible por “Madrit” (como dicen ellos), pues la patata caliente que llega es enorme y va a servir, una vez más, para alimentar el eterno victimismo catalán y su capacidad de chantaje. El siempre pintoresco Maragall, más nacionalista que los nacionalistas una vez arrumbadas sus pretensiones progresistas, obtiene su cuarto de hora de gloria, pero las manos que han mecido la cuna son las de Esquerra y, sobre todo, las de Convergència.

Que el farragoso, larguísimo y, en ocasiones, pintoresco texto aprobado —una verdadera Constitución— incluye muchos artículos que son claramente inconstitucionales es algo admitido por todos, incluso por los mismos autores. Es lógico: si el artículo primero declara nación a Cataluña, el resultado es que esa nación establece relaciones de igualdad, hoy de interdependencia, de asociación con la otra nación, España. Esa calificación es la clave de todo lo que sigue, por más que algunos se empeñen en falsear las palabras. Nación puede ser muchas cosas, pero siempre es un concepto político y jurídico, y de ello se derivan muchas consecuencias que, en el caso de este texto, se concretan en una larga serie de artículos que le atribuyen, se diga o no explícitamente, un verdadero Estado, en pie de igualdad con el otro. Incluso a ese otro, el llamado Estado español, se le vacía de muchas competencias mediante el “blindaje” en Cataluña de una serie de ellas, exclusivas y excluyentes. Eso es más que ese federalismo que admira Maragall, es de suponer que el de Estados Unidos, del que se estima gran conocedor, fruto de unas estancias en ese país.

La táctica es fácilmente deducible. Ahora se pone el acento en un par de artículos clamorosamente inconstitucionales —como es el del Cupo vasco redivivo, llámese como se llame, así como el de la ruptura de la unidad jurisdiccional— y, en la posterior discusión en las Cortes, se sacrifica o maquilla eso y alguna otra cosa y, a cambio, se sale indemne en todo el resto, igualmente importante e igualmente inconstitucional. Al fin y al cabo, hablando de posible inconstitucionalidad, la lectura de la Constitución no es la misma para unos y otros, incluso entre los constitucionalistas, no digamos entre los políticos o los ciudadanos. No es una ciencia exacta.

En los meses que vienen, el PSOE —causante principal de que las cosas hayan llegado a este nivel de destrozos impensable hasta hace poco— encara una responsabilidad histórica, sin exageración. No se trata de juzgar el texto exclusivamente desde el punto de vista de la constitucionalidad. Se trata de juzgarlo además desde el objetivo de si contribuye a la construcción de un Estado español y una nación española más libre y más democrática. Y también, e igualmente importante, si contribuye a una mayor cohesión social, a una mayor solidaridad, a una mayor igualdad entre todos los españoles, principios todos ellos que, aunque olvidados y minusvalorados, figuran todavía en el ideario de ese partido. La gran incógnita es si sus dirigentes, parlamentarios y militantes, con el presidente del Gobierno a la cabeza, entenderán esto. No hay que engañarse: no estamos ante el final de un proceso que puede culminar en el desguace de nuestro país, sino ante el comienzo.

«Mucho y espeso, señorita»
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 3 Octubre 2005

MI MADRE me ha contado una y otra vez varios de sus recuerdos más imborrables, y uno de ellos se refiere a la época en que durante la terrible posguerra prestaba el Servicio Social ayudando a atender el comedor de un colegio de niños huérfanos. «Mucho y espeso, señorita», le pedían casi angustiados los niños a los que repartía el rancho diario. Esta frase sirve bien para ilustrar la fragilidad de la condición humana y de los sistemas de flujos de materiales y energía sobre los que las civilizaciones se asientan. Y cómo el mal acecha tras las ingenuidades políticas y personales. Sin olvidar que la naturaleza y la vida en general se suelen cebar siempre con los más débiles.

Ahora las fuerzas de geometría variable de la catalanidad irredenta han perpetrado un proyecto de Estatuto que pretende poner fin a los siglos de aventura común con España. Sin entrar en el detalle del prolijo y ordenancista articulado, cabe preguntarse si la clase política catalana está valorando bien la gravedad de su intento. ¿Acaso no ha aprendido nada de la aventura sediciosa del presidente Companys sublevándose contra la República desde la presidencia de la Generalidad? Es cierto que ZP se va con cualquiera, goza de amistades muy mejorables, y no es, desde luego, un hombre de criterios firmes como el presidente Lerroux, quien se viera obligado a reprimir la otra sedición. Pero no parece darse cuenta de que se está cargando el invento. Largo Caballero se propuso hacer la revolución, lograr una España roja, con las lisonjas de los comunistas, quienes lo adulaban como el Lenin español. Lo intentó en 1934, dejando dos mil muertos, y una Asturias saqueada y desolada. Ahora otro socialista se está convirtiendo desde su despacho en la Moncloa en el mullidor de este nuevo golpe a la Constitución: en el líder de la España rota. Ojalá que nunca volvamos a oír tan terrible grito acusador: «Mucho y espeso, señorita».

España como síndrome de Diógenes
José Javier Esparza elsemanaldigital  3 Octubre 2005

Unos quieren "blindar" un río. Otros, que sus médicos no atiendan al vecino. Los hay que reclaman su derecho a tener su propio Derecho. O la propiedad sobre el dinero que circula en su territorio. Como los hay, en fin, que reivindican su propio lenguaje, para que nadie más los entienda. Si nos figuráramos España como una casa, su aspecto sería el de un montón de viviendas cerradas a cal y canto, ajeno cada vecino a su prójimo, todos vueltos de espaldas entre sí.

La ciencia médica fijó en 1975 un raro trastorno que aqueja a los ancianos: el "síndrome de Diógenes". Hoy es moneda común en los telediarios: esos ancianos que se encierran en su casa para ya no salir jamás y cuya existencia sólo se delata por las grandes cantidades de basura que acumulan en sus domicilios. Con frecuencia los hallan muertos en soledad, rodeados por sus basuras; ocasionalmente, junto al cadáver aparecen importantes sumas de dinero que los difuntos atesoraban. El anciano aquejado de este mal se comporta de manera extraña. No sale nunca de su casa. No habla con nadie. Con frecuencia se finge sordo o mudo. Acumula todo cuanto quede a su alcance, sea bueno o malo, útil o inútil, insalubre o saludable. El Síndrome de Diógenes es una exacerbación patológica de los rasgos psíquicos de la senectud: tendencia al aislamiento, cansancio vital profundo, desconfianza creciente, pulsión ciega de atesoramiento, como en una expresión desesperada del instinto de conservación.

No hay que entender tales conductas como una forma de aislarse, de suprimirse, sino al revés: son vías para afirmar una identidad precaria, abocada fatalmente a la muerte. Enfrentado a la certidumbre de una muerte inminente, el viejo se encastilla en su propia soledad y se amuralla tras un mundo de objetos cuya finalidad es puramente simbólica: crear su mundo. Esas bolsas de basura que amontona en el salón no son sino vías de afirmación de su ego: los demás no existen, sólo existo yo, no hay más mundo que el mío. Es un trastorno de la identidad. Paul Ricoeur explicó que la identidad tiene dos rostros: hay una identidad ipse que condensa lo que nos singulariza, pero también hay una identidad idem que expresa lo que nos asemeja al prójimo. El enfermo de Diógenes ha suprimido su identidad idem. Sólo le resta su identidad ipse.

"Tendencia al aislamiento, cansancio vital profundo, desconfianza creciente, pulsión ciega de atesoramiento, como en una expresión desesperada del instinto de conservación". O sea, blindar un río, cultivar un lenguaje exclusivo y excluyente, singularizar el Derecho. España, vieja y cansada, vive bajo su particular síndrome de Diógenes. La España de las Autonomías va perdiendo su identidad idem; sólo nos queda la identidad ipse. Como a los viejos del síndrome, encerrados cada uno tras su puerta, ajenos todos a la existencia del prójimo, embriagados por nuestra última, invernal mismidad.

Cuestiones semánticas y políticas
Editorial El Ideal Gallego 3 Octubre 2005

Con demasiada frecuencia, los políticos discurren por un lado y los ciudadanos, en quienes se sustentan, por otro. Eso es más o menos lo que sucedió cuando desde Cataluña se empecinaron en modificar su Estatuto. El interés de las distintas formaciones sirvió para sacar adelante un texto que, hasta el último momento, pareció no interesar a los españoles. Es ahora, cuando se conocen los pormenores de la que quiere ser ley fundamental para los catalanes, en el momento en el que los ciudadanos aparecen y, en la mayoría de los casos, mostrando su indignación. Ya no es que se pretenda que Cataluña sea nación, sino que, además, desde el Parlament pretenden convertir, por su decisión, a España en un Estado federal. También quieren obligar a todos cuantos residan en su comunidad a aprender el catalán o tener su propio sistema judicial. Y mientras los políticos brindaban con cava, por supuesto, buenos son ellos, el país despertaba de su ignorante sueño. Ahora, tal vez por aquello de no ser menos, en Galicia también se plantea la necesidad de modificar el Estatuto. Afortunadamente aquí no tenemos el radicalismo de ERC ­sobre todo mientras desde el Bloque mantengan la moderación que les llevó a cogobernar con los socialistas­. Sin embargo, en esta tierra, más que políticos parece que haya lingüistas. El portavoz del BNG, Carlos Aymerich, asegura que su formación luchará hasta el final por que el texto incluya el término nación, pero no como estado propio. Un matiz difícilmente comprensible. Tanto como el que introdujo Touriño al presentar el galimatías de que España es una nación de naciones, como si la ONU, por ejemplo, fuera la asamblea del mundo mundial. Quintana le pide a Fraga que abandone el tremendismo semántico y el ex presidente ejerce de dueño del scatergoris y se niega a aceptar nación como sinónimo de comunidad autónoma. La solución pasa por nombrar a De la Concha árbitro de la contienda.

El sueño de nuestros ancestros: La Unidad de España
Santiago Abascal elsemanaldigital 3 Octubre 2005

3 de octubre de 2005. Sólo hace unos minutos que he vuelto a tierras vascas, donde trato -con dificultades, tras casi tres décadas de vida- de anclar mis raíces en el lugar en donde los de mi abuela paterna lo han hecho durante siglos.

Unos ancestros que no entenderían y –con total seguridad- ni siquiera imaginaban el dolor que el nacionalismo vasco infringiría a los propios vascos, y el erial moral en que ese mismo separatismo devastador convertiría a la sociedad vasca. Y vuelvo a mi tierra, quede claro que también la siento mía, tras breves días en esa Galicia profunda, entre las escarpaduras del Sil, la tierra de mis ancestros maternos, en un intrincado valle de hombre humildes y mujeres generosas, donde el lamento de los que nos precedieron, en forma de eco, se revuelve y retumba contra esa Galicia nación de Anxo Quintana -que ni entendían ni querían-, contra esa Galicia torva, vindicativa y resentida en que el separatismo de algunos quiere convertir a una tierra magnifica, plagada de hombre magníficos que hicieron gestas magníficas para la Unidad.

Pero vuelvo a tierras vascas desde tierras gallegas con las tierras catalanas en el corazón. Y con el corazón en un puño, con el alma dolorida, por ese triángulo de las Bermudas que lleva décadas tragándose las mejores energías de la nación, de la Patria común, de España. Ese triángulo de deslealtades, traiciones y odios a lo que los ancestros edificaron en siglos, y que algunos quieren derribar en horas. Y tornar en una gran escombrera, pútrida y traidora.

En eso quieren esos desagradecidos; hijos, nietos, biznietos, tataranietos... convertir tres de las mejores tierras de España, echando tierra –y maldiciones- sobre la memoria de sus antepasados. Y con una simple votación , en un pequeño
Parlamento, en el Parlamento de una región española , algunos quieren derribar en un instante lo que llevó siglos levantar a quienes los engendraron. En mala hora.

Con un patético Estatut, una banda de políticos, alejados de las preocupaciones de su pueblo, quieren devastar la Unidad y arrastrar con ella la libertad de los catalanes y los españoles. Con un plebiscito entre cuatro paredes, precedido de conspiraciones y trapicheos, pretenden esos mismos poner en jaque la igualdad de los españoles ante la Ley y, en definitiva, la igualdad misma de los seres humanos.

Y con inaudito descaro ofrecen la mano tendida a España, para demolerla, para apuñalarla, para derrotarla con el beso falso, el abrazo traicionero y el alma criminal. Igual que Ibarretxe, que ofrecía un pacto a España cuando buscaba romperla, cuando acariciaba y soñaba con la secesión unilateral. Ahora Maragall y Carod dicen ofrecer la mano tendida cuando justo pretenden romper amarras, cuando quieren dejarnos caer al vacío, a la división profunda, a la ruptura vertiginosa; con su Historia, con la libertad, con la igualdad.

Del Plan Ibarretxe hemos llegado por obra y gracia del gobierno de la nación –sobre todo por las gracietas de su presidente- al Plan Maragall y Carod, más desafiante aún que el primero –éstos abiertamente se declaran nación y literalmente niegan que España lo sea- y llegaremos al otro Plan nacional –ya han amenazado- de Touriño y Quintana.

Y así, con perplejidad, hemos arribado de las manos de socialistas a unos planes todavía más infames –más descarados- que los del separatista Ibarretxe.
En cambio, ¡caramba!, el Plan Ibarretxe no se podía negociar –nos decían los socialistas-. Había que, directamente, votar en contra por ser anticonstitucional. Y hete aquí que el mayor desafío de Maragall sí es negociable. A pesar de su desvergüenza infinita, éste si es modificable. Ya nos explicará ese gran patriota llamado Rubalcaba por qué entonces no se negoció y ahora sí.

Algunos dicen –y por ello han sido criticados con saña e injusticia- que nos encontramos ante un cambio de régimen. Pues yo digo más; nos encontramos ante un golpe de Estado -a la vez sibilino y desvergonzado- con el que se pretende dinamitar los cimientos de la nación, los fundamentos de la democracia, las reglas del Estado de Derecho, y con el que se pretende burlar la buena fe –demasiada- de los españoles.

Y ante semejante envite, los líderes de la nación, los líderes morales, históricos, políticos o civiles de la Patria, han de responder como se espera de ellos y como la ley les exige. Quiero creer que el Rey, el garante de la Unidad, ya lo ha hecho. Sus palabras, tras la aprobación "democrática" del desafío de la casta corrupta de dirigentes nacionalistas catalanes, es la guía para muchos de nosotros: "Debemos caminar hacia la modernidad sin abandonar ninguna de nuestras conquistas anteriores, y como primera de ellas, la de la unidad profunda, inalterable, fecunda, ilimitada, de nuestra Patria... Diciendo una y otra vez la palabra que significa el sueño de nuestros siglos: España, España".

Así es. No valen ya los discursos melifluos, de apaciguamiento, de disimulo. No es lícito a estas alturas hacer la vista gorda ante el jaque separatista. España es irrevocable y España necesita palabras duras, sinceras, claras, inequívocas; palabras y hechos de lideres fuertes, nobles y generosos -capaces de encabezar una gran movilización nacional- para mantener inalterable el legado de Unidad y Libertad por el que lucharon nuestros ancestros. Porque, lo queramos o no, ellos también son la Nación.

El PSOE empieza a pagar sus errores
Editorial ABC 3 Octubre 2005

EL barómetro de otoño ABC-Metroscopia ofrece resultados muy significativos acerca de la situación actual. Es notorio que la distancia entre PSOE y PP se recorta respecto del trimestre anterior: los socialistas bajan más de cuatro puntos en intención directa de voto, situándose ahora en el 28,9 por ciento; a su vez, los populares suben ligeramente hasta alcanzar un 24,8 por ciento. Con las debidas cautelas que conlleva todo estudio realizado fuera del periodo electoral, los expertos calculan que la distancia se sitúa ahora en 3,5 puntos frente a la diferencia de 4,9 en el 14-M. Esa diferencia hace creíbles las expectativas de un vuelco electoral en la próxima cita con las urnas. En general, los datos son especialmente preocupantes para el partido en el poder, porque estamos en teoría en un momento muy favorable para el Gobierno, apenas un año y medio después de su inesperada victoria.

Sin embargo, los ciudadanos pasan factura a un Ejecutivo que se maneja mejor en el terreno de la retórica y la imagen que en el de los principios sólidos y la eficacia en la gestión. Téngase en cuenta que los meses de julio y agosto han resultado especialmente negativos para Rodríguez Zapatero y sus ministros por razón de los incendios forestales, de los trágicos sucesos de Afganistán y de la avalancha imparable de inmigrantes que la opinión pública conecta con una regularización mal concebida y peor ejecutada. Empeora asimismo la percepción social sobre la situación política y económica. En concreto, crece el número de ciudadanos que piensa que la economía va a ir a peor, a pesar de que las grandes cifras justifican todavía el optimismo oficial (no obstante los datos recientes sobre inflación y el descenso de la inversión extranjera). El estado de ánimo colectivo no llega a ser pesimista, pero refleja una seria preocupación por el devenir de los acontecimientos a medio plazo. De hecho, son ya algo más numerosos quienes emiten un criterio negativo sobre la situación política global.

En combinación con los datos referidos al debate sobre el modelo territorial, es evidente que gran cantidad de ciudadanos (incluidos muchos socialistas) no comparten la estrategia de Zapatero respecto de los nacionalistas. El desgaste del PSOE deriva en buena medida de su actitud complaciente ante los partidos que pretenden ir más allá del sistema actual: el 67 por ciento de los españoles (y nada menos que el 64 por ciento de sus votantes) cree que el Gobierno está demasiado condicionado por sus socios.

Además, el 73 por ciento de los encuestados mantiene serias dudas sobre el buen fin de una eventual negociación con ETA. El presidente del Gobierno arriesga mucho en este terreno tan delicado. Su imagen sigue siendo aceptable ante los electores (baja levemente, pero se mantiene en un 5,5), pero debe ser consciente de que van a pasarle factura si fracasa en el tema territorial. En fin, el 53 por ciento considera que el PSOE improvisa y que carece de una estrategia coherente. En este contexto, todo depende de una variable tan subjetiva y superficial como es la eficacia del talante presidencial para mantener la fidelidad de los votantes.

También el PP debe reflexionar sobre el mensaje que transmite la encuesta. Los datos apuntan hacia una subida moderada, pero persisten ciertos elementos negativos. La imagen de Mariano Rajoy está estancada, con leve tendencia a la baja, y muchos ciudadanos expresan su disgusto con las formas que utiliza el principal partido de la oposición, aunque puedan estar de acuerdo con los contenidos. Paralelamente, Esperanza Aguirre obtiene unos buenos resultados de imagen, superando por una décima a Rajoy (análoga circunstancia ocurre entre el ministro Bono y Zapatero). Se demuestra así que las ideas expresada por Rajoy de mirar al futuro, ampliar la base social e incorporar nuevas figuras al primer plano son una apuesta necesaria para despegar en la valoración pública de la labor de oposición. La gente parece ser consciente de que los populares ofrecen un mensaje sólido -sobre todo en la defensa del orden constitucional vigente- pero necesita complementar esa impresión con un estilo atractivo de hacer política, que resulta imprescindible en las democracias mediáticas de nuestro tiempo.

España, la única nación.
Enrique de Diego elsemanaldigital  3 Octubre 2005

Cuando se hace referencia a que el Estatut es anticonstitucional se dice una gran verdad, porque lo es de la primera a la última letra. Entre otras cosas, porque se trata, en realidad, de una Constitución. Y, por supuesto, no de una reforma sino de una suplantación de la Constitución de 1978, introduciéndola de rondón como reforma estatutaria.

La finalidad es muy obvia. Como reforma constitucional precisaría el respaldo de los dos tercios de los votos, lo cual precisaría la componenda del PP, y no la mayoría simple, como se intenta. En el primer caso –reforma constitucional- implicaría disolución de las cámaras, elecciones y referéndum.

Es preciso, con todo, enfatizar la gravedad del momento histórico. Anticonstitucional suena a positivismo jurídico, incluso a leguleyo. El Estatut es antinacional. Inventa una nación de carácter étnico y cultural -totalitaria, por tanto- destruyendo la sociedad abierta de la única nación real, España. No puede minimizarse la importancia de la cuestión, el riesgo para la libertad personal que entraña. Ni tampoco la deslegitimación profunda y de base que conlleva a todo el aparato institucional español. Por de pronto, a la Monarquía que, de tener éxito este proceso estrictamente golpista, quedaría sin sentido, obligada a la abdicación y a la extinción. Al Parlamento español, detentador de la soberanía de la nación preexistente, que habría de refundarse. Sería la quiebra completa del sistema.

Por si alguien no se ha leído el tedioso Estatut –es una broma, aunque el momento no sea propicio para muchas-, es una secesión en toda regla, con la curiosidad de que se utiliza la marca España, vaciada de contenido, para andar por el mundo y, sobre todo, por Europa, y consagra, para mayor inri, una posición de dominio de Cataluña sobre el resto de los españoles. Los nacionalistas creen que el resto de los humanos son inferiores, aquejados de un decaimiento étnico o cultural. En mi caso, niego la premisa. No tolero que me tomen el pelo. Cataluña no es una nación. España es la única nación. ¡Viva España!

Dios guarde a España.

TRANQUILO, JOSÉ LUIS
Por GERMÁN YANKE ABC  3 Octubre 2005

El Príncipe de Asturias, al inaugurar el pasado viernes un foro parlamentario internacional en Bilbao, se refirió, en presente, a la «vigencia y el respeto a nuestro ordenamiento constitucional». Así que no sólo debemos a esa estabilidad nuestro progreso desde el 78, sino que, al parecer, estamos hoy en esa tranquilizadora situación. La afirmación tiene el tono de la excusa no pedida ya que no es fácil imaginar a Isabel II o al presidente de la República francesa -o a sus hijos, salvando las distancias- saludando a los visitantes extranjeros con el mensaje de que allí se respeta el orden constitucional. Cuando se propuso modificar en la Constitución los derechos hereditarios de la Corona, ésta nos dijo expresamente que no había prisa. Ahora, aunque sea de escorzo, que no pasa nada.

Pero pasar, pasa, porque, constatado el contagio del nacionalismo o sus consecuencias, los poderes autonómicos y los partidos que los detentan se dedican a quebrar, o a pretenderlo, el principio de soberanía (y el de igualdad) recogido en la Constitución. Se quiere que no haya una, sino varias, aunque sean -no se sabe cómo- «compartidas», según la fórmula que ahora vuelve a poner de moda el presidente del PNV, Josu Jon Imaz. José Luis Rodríguez Zapatero, desbordado por los acontecimientos, puede repetir hasta la saciedad que el término «nación» en el nuevo Estatuto catalán es relativo y poco o nada preocupante (razón por la cual podría eliminarse, en vez de ser subrayado), pero la «nación de naciones» de Maragall es dar carta de naturaleza a una compartimentación de la soberanía que, más allá de no tener encaje constitucional, es un torpedo al sistema democrático español. Y qué decir de la igualdad: el vicepresidente nacionalista de la Xunta, con ejemplos menos sutiles, habla ya de comunidades autónomas de primera y segunda división.

Los poderes autonómicos, con el apoyo de pretendidos teóricos o interesados acompañantes, ya sea por presión nacionalista o por mimetismo, se muestran ajenos a un proyecto político español soberano y unitario. Incluso al suyo propio, autonómico, basado en los intereses de los ciudadanos (al menos si son ciudadanos españoles que tienen residencia en las diferentes comunidades). España, lejos de ser una comunidad política soberana, debe ser una permanente construcción por consenso.

Ha sido el que definió España como la suma de comunidades autónomas, el que animó a que se pidiera cuanto se deseara para estar a gusto, el que ha querido inventarse, sin apoyo constitucional, una Conferencia de Presidentes que tome decisiones, real o aparentemente, sobre la política española. El Parlamento, que iba a ser el centro de la política esta legislatura, se ha convertido en una caja de resonancia de los particularismos que se las quieren dar de soberanos. Ahora le preocupa más el mercado que lo «simbólico». Quizá el Príncipe le tranquilice.

Tempestad pero sin olas
En el PSOE se han acabado las declaraciones a título personal. Maragall ha pronosticado que «va a ser que sí». Bono y Gómez Arruche, invisibles en la valla
CHARO ZARZALEJOS ABC 3 Octubre 2005

Cuando pasado mañana, Josu Erkoreka, portavoz del Grupo vasco, pregunte al presidente del Gobierno sobre el estado del debate de la reforma estatutaria, es seguro que en los pasillos del Congreso Cataluña estará de nuevo presente. Lo estuvo hace ocho días, cuando algunos imploraban plegarias para que no llegara lo que ha llegado y lo volverá a estar este miércoles. Dentro de un tiempo, se hablará de Galicia porque Pérez Touriño ya ha apostado por una España nación de naciones y Anxo Quintana ya ha pasado por Moncloa y ha encontrado al presidente «muy receptivo». Más tarde, cuando de nuevo alumbre el verano, será el País Vasco el primero en la fila.

Cataluña, que no Valencia, ha abierto en canal el debate territorial. Dado los términos en que se produce PSOE y PP se disponen a definir sus estrategias. En el PSOE el vértigo está instalado. Tan instalado que se han acabado las declaraciones a título personal. Rodríguez Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba han llamado al orden y será en una próxima reunión de la Ejecutiva «en donde fijemos posiciones». En realidad, hace muy pocas semanas hicieron lo mismo cuando se acordó que España era un conjunto de nacionalidades y regiones. Esta afirmación, en palabras de Rodríguez Ibarra, «reconcilió» a los socialistas. Pero poco dura la calma cuando hay tempestades. En la tempestad socialista las olas no se verán y estamos en vísperas de que el problema no sea el Estatuto sino el «tremendismo» del PP, que «una vez más se ha quedado solo». Una forma muy manida de autocomplacencia, máxime cuando en la estrategia profunda de la presente legislatura ha estado y está, precisamente, el visualizar la «soledad» del PP.

«Hacer alternativa»
Pero ya ni el PP en su conjunto ni Mariano Rajoy se dejan impresionar por el eslogan de su soledad. Hoy los populares profundizarán en su rechazo a este Estatuto, que capitaneará el propio Rajoy. Frente al «ni sí, ni no» del presidente del Gobierno, el PP marcará posición «porque eso es ir haciendo alternativa y lo vamos a hacer sin complejo alguno». Eduardo Zaplana, muy reforzado en los últimos tiempos, va a tener trabajo y ello con la ayuda «técnica» de Soraya Sáenz de Santamaría.

Lejos de Madrid, en la localidad gaditana de San Fernando, José Pedro Pérez Llorca, uno de los padres de la Constitución, ha pronunciado un interesante discurso en el que «expresada queda la inquietud profunda y con ello descargada la conciencia» ante el hecho de que en España «se ha vuelto a abrir un gran debate territorial. A algunos de nosotros, y al menos a mí personalmente, nos embarga una gran inquietud a la que sería deshonesto no hacer alusión». Sostiene Pérez Llorca que en «las cuestiones esenciales» la Constitución se expresa «en términos inequívocos». Inequívoco es, a su juicio, que no hay más nación que la española «y mientras no se cambie su texto, no puede decir lo contrario, aunque un determinado papel admita todo lo que se le eche». El mismo argumento sostiene para rechazar que de manera unilateral se hable de competencias «excluyentes», ya que las competencias del Estado «son y serán» las que marca la Constitución, para añadir que «un pacto constitucional no se puede alterar sólo por decisión unilateral de una pequeña fracción de los pactantes».

Pérez Llorca descarga su conciencia en Cádiz y en donde se le quiera oír, mientras Maragall ha apostado que «va a ser que sí». Que el Estatuto sale y que el término «nación» también porque sólo desde esa percha se entiende el Estatuto en los términos aprobados por el Parlamento catalán. Y ello aderezado con «la mano tendida a España» que es una nueva versión de la famosa «convivencia amable con España» de Ibarretxe.

Mientras, el ministro de Interior hace lo que Dios le da a entender para defender el buen hacer de las FSE destacadas en Melilla sin que Marruecos se enfade pese a que los muertos lo hayan sido por balas de nuestro vecino. Sobre Alonso recae la responsabilidad de la valla porque, aunque allí está la Guardia Civil y el Ejército, curiosamente Bono y Gómez Arruche se han convertido en invisibles. Cuando Bono quiere tomar distancia dice eso de que «el presidente me ha ordenado». Y no miente, pero lo dice con «retintín» porque no estaba en la agenda de Defensa que sus gentes tuvieran que emplearse en las muy castigadas Ceuta y Melilla.

Federico Trillo: «Es el momento más crítico para la convivencia entre los españoles desde 1977»
El portavoz popular en la Comisión Constitucional del Congreso cree que el Estatuto catalán y el plan Ibarretxe «llevan a las mismas consecuencias graves para la Constitución»
ÁNGEL COLLADO ABC 3 Octubre 2005

MADRID. Federico Trillo (Cartagena, 1952), ex presidente del Congreso, ex ministro de Defensa y ahora portavoz del Grupo Popular en la Comisión Constitucional del Congreso, está en proceso de transición de los asuntos militares y la alta política a la reapertura de su despacho de abogado con la ayuda de su hija. Ha querido saldar las cuentas con el pasado -el accidente del Yak- en un libro que le sirve de defensa y reivindicación de su paso por el departamento. Ortodoxo en todo, elude entrar en la autocrítica y desde la experiencia adquirida en sus cargos y el acoso sufrido desde que dejó el ministerio, acusa a Zapatero de haber instado a la Fiscalía en su persecución, advierte que cuanta más debilidad perciba Marruecos en España más presionará Mohamed VI para alcanzar su objetivos expansionistas, y califica el Estatuto catalán como el mayor desafío a la convivencia de los españoles desde 1977.

-¿En qué se parecen el plan Ibarretxe y el de Maragall?
-Parten de la misma premisa errónea y llevan a las mismas consecuencias también erróneas y graves para la Constitución y el régimen democrático que nos dimos hace 27 años: que Cataluña y el País Vasco son naciones diferentes y separadas de la nación española. Ese no es un debate académico, porque tiene unas consecuencias que explican todo el Estatuto que ahora aprueba el Parlamento de Cataluña. Si se considera que son naciones diferentes se está haciendo una autoafirmación de que son pueblos que tienen derecho a autodeterminarse, y de ahí que tengan derechos y libertades diferentes al resto de los españoles, que se otorguen derechos fundamentales como los que recoge el Estatuto catalán, el derecho a una muerte digna, o el aborto, que marca diferencias con los derechos fundamentales y básicos reconocidos por la Constitución. Como tal, desde ese concepto de nación, también se contemplan instituciones propias de carácter histórico que se quieren aflorar como propias y distintas de las del Estado español. Y por eso también asumen competencias originarias y claramente del Estado, porque consideran que, por consecuencia de ser una nación, tienen a su vez que ser competencias estatales. Y por eso reclaman una Hacienda propia y solo contemplan una colaboración convenida con el Estado español como superestructura al cual hay que pagarle determinados servicios. Es simplemente un proyecto constitucional al margen por completo de la Constitución.

-¿Se quedará el PP solo en defensa de la Constitución?
-Lo que quiero saber es si el PSOE va a permitir que se conculque de una manera tan evidente la Constitución española. Porque el PSOE y muchos de sus diputados contribuyeron grandemente a forjar este marco de convivencia que ha permitido gobiernos socialistas que han tenido su legitimidad en la propia norma que ahora se conculca.

-De ese tipo de diputados algunos dicen que deben de quedar tres o cuatro en el grupo socialista.
-Créame que esa es mi mayor preocupación. No sólo que no haya un número suficiente de diputados que sean conscientes de lo que significa lo que se está haciendo, sino, más allá, que entre todos no seamos capaces de transmitir al pueblo español que aún vive, afortunadamente, de los buenos resultados económicos y sociales de la gestión del Gobierno de Aznar, que estamos ante el momento más crítico que se le ha planteado a la convivencia española desde el año 77. Maragall plantea un proceso constituyente confederal.

-¿Estamos ante un intento de cambio de régimen?
-Creo que, una vez más, Aznar ha sido muy exacto en su diagnóstico.

-¿En qué posición queda el Estatuto valenciano?
-Queda reforzado, como el mejor exponente de que pueden potenciarse la autonomía, el autogobierno, la mejor eficacia en la prestación de los servicios públicos, e incluso en la protección de los signos de identidad, dentro de la Constitución que legitima a la propia autonomía.

-¿El Ejército está para controlar los problemas de inmigración?
-El Ejército puede ayudar a controlar situaciones civiles; es decir, crisis no militares. Este es un caso típico de una cooperación de las Fuerzas Armadas en caso de crisis, y espero que así se entienda. Pero el problema de Melilla y Ceuta tiene más fondo. La necesidad de contar con el Ejército viene determinada por la incapacidad previa del Gobierno de ejercer sus competencias. En primer lugar, de política exterior. Resulta vergonzoso que hayamos tenido en España a una delegación del Gobierno marroquí, que es el mismo que está consintiendo la entrada de subsaharianos por sus fronteras, tolerando, fomentando o al menos facilitando el que crucen todo el territorio de Marruecos para llegar a la frontera norte con Ceuta y Melilla. Y el que ha visto, como mínimo impasiblemente, si no auspiciado, los distintos asaltos. La presencia del Ejército es una consecuencia de la incompetencia del Gobierno.

-Ese desplante hubiera llevado a una nueva crisis en las relaciones con Marruecos.
-El Gobierno de Marruecos ha demostrado en los últimos años, bajo el reinado de Mohamed VI, que entiende las relaciones con España como una política de avance cuando creen que hay un momento de debilidad. Como el Gobierno de Zapatero no reacciona más que con complacencia ante los avances de la política marroquí, especialmente en materia de inmigración, ha pensado que conviene producir un nuevo agobio a Ceuta y Melilla.

-¿Quiere decir que permitir estos problemas en las fronteras beneficia su objetivo último de hacerse con Ceuta y Melilla?
-No es que yo lo diga, la pretensión sobre Ceuta y Melilla está presente en todos los discursos de Mohamed VI.

-¿Se le ha pasado alguna vez por la cabeza que sin la respuesta al desafío de la invasión de Perejil el régimen marroquí hubiera vigilado mejor a los terroristas islamistas marroquíes?
-Creo que esa tendencia del Gobierno de Marruecos a abusar de la confianza de su vecino y aliado natural sólo puede tener una respuesta de firmeza en la legalidad nacional e internacional. En Perejil quebrantó la legalidad internacional. El Gobierno español agotó la vía diplomática y ejerció nuestra competencia constitucional en defensa legítima de nuestros intereses. La actitud que tuviera luego el Gobierno de Marruecos con el terrorismo islámico la ignoro. Sólo sé que, efectivamente, muchos de los ejecutores de los atentados eran de origen marroquí.

-¿Da por cerrado el capítulo judicial por el accidente del Yak en lo que le concierne a usted?
-En el mes de mayo se cumplirán tres años del accidente, y desde entonces no ha variado la conclusión principal de la Comisión Internacional de Investigación: fue un error humano de los pilotos. Pero también desde entonces hay quien se ha empeñado en negar esa evidencia y en imputar una responsabilidad directa de ese accidente al ministro y a sus colaboradores políticos. Yo asumí mi responsabilidad en primer lugar ante el presidente del Gobierno. Mi obligación era investigar y dar cobertura, la máxima cobertura a las familias, dar explicaciones al Parlamento, que lo hice en varias ocasiones, y, finalmente, dar cuenta ante el electorado. Gané las elecciones y, en consecuencia, encuentro saldada mi responsabilidad política. Las responsabilidades judiciales en lo que a mí respecta quedaron dilucidadas por el Tribunal Supremo al decretar el archivo de dos querellas que se presentaron contra mí, la de mis colaboradores y en otros dos autos de archivo de la Audiencia Nacional, que fueron enervados por el fiscal general del Estado de orden expresa del Gobierno del señor Zapatero. En esos procedimientos ni yo ni mis colaboradores hemos sido llamados como testigos, porque la conclusión no ha variado: fue un error humano.

-¿Qué le parece que un ministro de Defensa no deje de marcar distancias con su jefe, Zapatero, en asuntos fundamentales como las reformas institucionales?
-Es otra diferencia con los gobiernos del PP: nosotros siempre tuvimos unidad de actuación. Pero es que no tuvimos motivos para excusarnos en temas tan serios como la unidad de España.

-Usted cuenta en su libro que Rodrigo Rato discrepaba de las decisiones de Aznar sobre la guerra de Irak. ¿Ha pensado alguna vez que, de haberle hecho caso, podrían seguir ahora en el poder?
-Todo el mundo sabe que nuestra salida del Gobierno está motivada por el brutal atentado del 11-M. Rato mantuvo una posición más escéptica respecto a nuestra participación, pero es que nuestra participación finalmente no fue en calidad de combatientes, sino para ayuda humanitaria a la población. Todos estuvimos de acuerdo.

-Algo debieron de hacer mal, porque ahora predomina en la opinión pública que el gobierno de Aznar «nos metió en la guerra».
-Esa es la mentira oficializada como verdad, pero nuestros ejércitos estuvieron en Um-Kasar con una misión humanitaria y no dispararon un solo tiro contra ningún ciudadano. Entre otras cosas, porque llegamos cuando ya la invasión había acabado. Y posteriormente estuvimos en Diwaniya y Nayaf con la Brigada Plus Ultra, en una fuerza multinacional de paz y seguridad, aseguramiento de la paz, avalada por dos resoluciones de las Naciones Unidas entonces, y, poco más tarde, por tres.

-Insinúa que es una misión bastante diferente a la que están desempeñando ahora mismo las tropas españolas en Afganistán...
-Están desempeñando una misión semejante, pero con la diferencia de que en nuestra etapa nunca aceptamos desarrollar misiones fuera de Kabul en aquellos territorios controlados por los antiguos señores de la guerra, y que son misiones de mayor riesgo. Hemos pasado de 130 efectivos a más de mil con el Gobierno de Zapatero, que sin duda tomó esa decisión para compensar ante los americanos su intempestiva salida de Irak.

El texto corre el riesgo de ser devuelto si no se traduce al castellano
R. N. La Razón 3 Octubre 2005

Madrid- El Parlamento de Cataluña tendrá que traducir al castellano la propuesta de Estatuto si no quiere arriesgarse a que sea devuelta por el Registro del Congreso de los Diputados, que sólo admite los escritos y documentos presentados en la lengua común del Estado.

La propuesta estatutaria no dispone aún de una versión oficial en castellano. En su página web, la Cámara catalana ofrece el texto íntegro en catalán, pero la traducción de la página al castellano no incluye ningún enlace con esta proposición de ley orgánica, aprobada el pasado día 30.

En este sentido, los servicios de prensa del Parlamento catalán facilitan desde el viernes a los medios de comunicación que así lo solicitan una traducción al castellano, aunque advierten de que está pendiente de revisión lingüística y de los servicios jurídicos. Los documentos y escritos de los diputados, grupos parlamentarios e instituciones españolas o extranjeras que se registran en el Congreso de los Diputados deben estar escritos en castellano o llevar adjunta una traducción a esta lengua, porque de lo contrario son devueltas a su remitente, según informaron a Servimedia fuentes parlamentarias.

De hecho, la Cámara Baja no dispone de servicios de traducción, y en ocasiones anteriores se han remitido escritos de queja al Congreso de los Diputados por no aceptar documentos enviados exclusivamente en alguna de las lenguas cooficiales en su comunidad.

Pla, un escritor incómodo todavía para el nacionalismo
La institución catalanista Òmnium Cultural intenta hacer las paces con el que se considera autor más molesto de las letras de Cataluña del siglo XX
El ciclo de conferencias puesto en marcha por Òmnium Cultural trata de evitar la polémica. La institución no contesta a la pregunta: por qué le negaron el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes.
Víctor Fernández La Razón 3 Octubre 2005

Barcelona- Òmnium Cultural inicia, de la mano de Baltasar Porcel, un ciclo de conferencias dedicado a Josep Pla. Si esta iniciativa es noticia es porque tras este hecho late un intento por parte de esta institución catalanista de reconciliarse con Pla, autor al que en su momento le negaron la gloria del Premi d’Honor de les Lletres Catalanes, un galardón que se entrega anualmente desde 1969. La actuación de la institución con Pla mientras aún vivía sirvió para condenarlo por alternar la redacción de textos en catalán y en castellano, así como por no haber querido casarse con el nacionalismo, un caso que recuerda al de su camarada ampurdanés, Salvador Dalí. Los dos amigos lo sabían, por lo que el propio escritor le diría al pintor en una carta, en agosto de 1977, que «usted, sr. Dalí, no ha sido nunca atacado en este país por razones pictóricas, a pesar de ser tan desconocido. Ha sido atacado por razones políticas grotescas». También reconocería, ante la reiterada negativa del jurado del Premi ,que «he sido uno de los escritores más atacados de este país».

«Capacidad rectilínea». Si hubiera que buscar un origen de esos ataques podría remontarse hacia 17 de julio de 1928, fecha en la que ve la luz el primer volumen de su gran biografía sobre el líder de la Lliga Regionalista, Francesc Cambó. Las críticas de la prensa de la época, como señaló en su momento la historiadora Cristina Badosa, derivaron en «una revisión de la política catalanista de derechas y de izquierdas». En este sentido la reseña de «L’Opinió», llegaba a exponer que «este libro de Josep Pla sobre Cambó nos da una muestra exacta de la total capacidad rectilínea de su autor, que nos enseña hasta qué grado de bajeza y adulación puede llegar un hombre seducido por un mecanismo activo». Pla trabajó durante los años de la guerra para la agencia de información creada por Cambó, de la que surgió la leyenda de un Pla espía profranquista.
El nacionalismo tampoco vio con buenos ojos que el 26 de enero de 1939, Pla, acompañado de su amigo Manuel Aznar, entrarán tras las tropas de Franco en Barcelona para hacerse cargo de la dirección de «La Vanguardia». Sin embargo las autoridades franquistas no quisieron contar con Pla y pronto el diario tuvo como director al olvidable Luis de Galinsoga.

Poco después, de la mano de quien sería su más fiel editor, Josep Vergés, inició Pla la que sería su colaboración con la revista «Destino». Pero también incomodaba. Buena prueba de ello lo demostró el propio autor cuando decidió marcharse de «Destino», al pasar ésta a ser adquirida en los setenta por Jordi Pujol y dirigida por Baltasar Porcel. «En un momento determinado, Vergés, en uso de su perfecto derecho vendió “Destino” a un milhombres, de gran ambición política, llamado Jordi Pujol, de la Banca Catalana. Este señor, riquísimo, que primero propugnó en este país la implantación del socialismo sueco –en este país los suecos son escasos– y después ha demostrado tener una ambición desmesurada y pública propia del típico político ignorante, prohibió la publicación de un artículo mío sobre Portugal (…). Ante este hecho, tengo el gusto de comunicarles que abandoné la revista con la máxima satisfacción –la satisfacción que proviene, en este caso, de la exactitud de mis artículos sobre este pobre y hoy arruinado país de Portugal, ruina producida por los grandes admiradores que Jordi Pujol tenía en Portugal, o sea los socialistas y los comunistas».

A pesar de la negativa de Òmnium al Premi, Pla se mostraría a favor del Estatut catalán de 1979. Pese a los esfuerzos de Vergés por reclamar el galardón para Pla en diversas portadas de «Destino», sería reiteradamente negado el galardón. Tal vez por eso, Pla acabaría burlándose del jurado afirmando que «el nacionalismo es como un pedo, sólo le gusta al que se lo tira».

A Pla le preocupó lo que pasaría con Cataluña tras la guerra, como se puede leer en una entrevista realizada a Ramón Serrano Súñer, el primer día de 1939, bajo el seudónimo X.X. y para «El Diario Vasco». En «El problema de Cataluña ante el grande y universal problema de la unidad de España», Pla consiguió que Serrano reconociera la «identidad» catalana, aunque «integrada» en el Estado y rechazando toda idea de «secesionismo». Mucho después, en mayo de 1939, tras el fracasado intento de dirigir «La Vanguardia», Pla se «autoexilió» en su Palafrugell natal, al darse cuenta de que no podía influir en la vida cultural y social catalana y española, en parte por la censura y por ser un rebelde incapaz de ser comprado por nadie. Ni por la derecha, ni por la izquierda.

NO QUIEREN SER CATALANES
Cataluña, ¿nación de naciones?: el Valle de Arán pide la palabra
Elsemanaldigital  3 Octubre 2005

El Estatuto catalán ha provocado una marejada en España y también en Cataluña. Los araneses no quieren ser catalanes y se acogen a la reforma para reclamar para sí idéntica independencia.

El nuevo Estatuto catalán aprobado por el Parlamento autonómico reconoce la "realidad nacional" del Valle de Arán, así como su carácter "singular" y su capacidad de autogobierno como entidad territorial propia "dentro" de Cataluña, pero se trata, sin duda, de derechos insuficientes para los habitantes de esta pequeña comarca leridana, que anhelan directamente la independencia y buscan un "tratado de libre unión" con Cataluña.

El Valle de Arán, una comarca de 6.000 habitantes con lengua y cultura propias y una gran renta pér cápita gracias al esquí, lanza así un desafío a la clase política catalana y, de forma especial, al creciente radicalismo de los nacionalistas, que buscan un reconocimiento de supuestos derechos históricos que ellos mismos niegan ahora a los araneses, poco o nada interesados, al parecer, en ser catalanes.

O sea, un Estatuto dentro del Estatuto o una "nación" dentro de la "nación". Tal vez sea demasiado para una España inmersa en plena controversia territorial y con un durísimo debate político abierto en canal en todo el país, pero así están las cosas. Los araneses han aprovechado la reforma catalana para reclamar sus propios derechos y poner en marcha la independencia de la que disfrutaban hasta 1834, cuando se integraron en la provincia de Lérida.

El nuevo Estatuto de Cataluña, por tanto, se les queda corto a los araneses. De hecho, el Conselh Generau d´Aran, una especia de parlamento autonómico del Valle, aprobó en marzo un documento por unanimidad en el que reclamaban un tratado "de libre unión" con Cataluña, como ha recordado en varias ocasiones el Síndic de Arán, Carlos Barrera, máxima autoridad local o comarcal en la zona. Este periódico se hizo eco en su momento de estas reivindicaciones.

El Valle de Arán no quiere ser una comarca de Cataluña: sus habitantes quieren ser autónomos, independientes, gobernar sus propios destinos y reclaman sus "derechos históricos", negados, de momento, por el tripartito que preside Pasqual Maragall. Así están las cosas.

Engañabobos
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo   3 Octubre 2005

«¡ Gracias, Polanco, separatista unidor, protector al contado de las Expañas, por guiar maestras torpes entendederas por el. camino de la verdad!»

Ni siquiera en e1 13-M y en la demolición de Aznar desarrolló Polanco una campaña opiácea para la plebe adicta tan absolutamente desvergonzada, tan descaradamente totalitaria como la que está desplegando para convencemos, al mismo tiempo, de dos cosas rigurosamente contradictorias: está bien que todo cambie pero no ha cambiado nada, está bien que Maragall fuerce un cambio en la Constitución pero Zapatero velará, para que el Estatuto mal llamado catalán (el pueblo de Cataluña lo soporta como la dictadura franquista ayer y la nacionalista hoy: fingiendo que no le afecta) no se aparte de la Constitución. ¿Pero cómo va a apartarse de la Constitución si según el Pravdaís en su editorial del sábado los nacionalistas han tenido un cuidado exquisito en no rozarla? Claro. Por eso el artículo I de este Estatuto, que nunca hubiera visto la luz sin el decisivo empuje polanquista y zapaterino y la anuencia zarzuelera, proclama que «Cataluña es una nación». Para no rozar el artículo 2 de la Constitución, que proclama que la nación española «es única e indivisible»: ¡Pero si están diciendo lo mismo con otras palabras! ¿Cómo no nos habíamos dado cuenta? ¡Gracias, Polanco, dictador de las almas, separatista unidor, protector al contado de las Expañas, por guiar nuestras torpes entendederas por el camino de la verdad! ¡Qué haríamos sin ti, oh, Amo!

El intelectual colectivo del régimen orwelliano oficiaba ayer como lo que es, el legitimador de la liquidación de España, con una entrevista-masaje a Maragall que era un prodigio de melaza y de trapacería. Pero a la vez que nos doran la píldora separatista, insolidaria, injuriosa de Maragall («Cataluña ha agotado su capacidad de generosidad con las Españas») tranquilizan a la tribu progre asegurándole que Zapatero y, en última instancia, el Rey, garantizan que esa Constitución disfrazada de Estatuto no es, qué va, una dec1aración de soberanía contra España, sino un mero proyecto de ley orgánica que debe tramitarse en las Cortes (ojo, Rajoy, que suelto a Gallardón) como cualquier otro, de lo más democrático y normal. Lo dice Polanco, verdad será. ¡y ay del que lo niegue! Los escamots de Radio Tripartito (Francino, Nierga, Barceló), lo reducirán a cenizas. Pero, tan importante como que Polanco amodorre a la izquierda. e impida cualquier rebelión en el PSOE, es que el Rey se encargue de que la Derecha sociológica, que tiene por la Nación española devoción irrenunciable, siga sesteando; que confíe en el faro del Bribón como ayer en la lucecita del Pardo. La tarea dinástica es llegar adonde no llega Polanco: sedar mílites, amordazar a la Cope y prodigar fervorines engañabobos como el de la­ Academia Militar de Zaragoza. Eso, antes del Estatuto y en Talarn. O en Melilla. ¡A otro perro con ese hueso! Este pobre perro español ya no tiene dientes. Así lo tratan.

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