AGLI

Recortes de Prensa     Sábado 8 Octubre 2005
La estupidez que no cesa
POR GREGORIO SALVADOR ABC 8 Octubre 2005

El dilema del PSOE
Editorial ABC 8 Octubre 2005

Otra forma de guerra civil
LEOPOLDO GONZALO Y GONZÁLEZ ABC 8 Octubre 2005

Economía y «Estatut»
CARLOS RODRIGUEZ BRAUN ABC 8 Octubre 2005

La incógnita Bono
EDITORIAL Libertad Digital  8 Octubre 2005

La brecha emocional
MANUEL ÁNGEL MARTÍN ABC 8 Octubre 2005

Zapatiesta Zapatero
M. MARTÍN FERRAND ABC 8 Octubre 2005

Consenso
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 8 Octubre 2005

¡No al boicot!
Pablo Molina Libertad Digital 8 Octubre 2005

Algo más que decadencia política
Guillermo Urbizu elsemanaldigital 8 Octubre 2005

¿Dónde está Pepe?
Ignacio Villa Libertad Digital 8 Octubre 2005

El frontón de Ibarretxe
TONIA ETXARRI El Correo 8 Octubre 2005

PACTO, PACTO, PACTO.
Xavier Pericay  ABC Cataluña  8 Octubre 2005

"Living in Barcelona"
KIM BRADLEY  8 Octubre 2005

La estupidez que no cesa
POR GREGORIO SALVADOR VICEDIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA ABC 8 Octubre 2005

... Tres golpes terribles ha recibido Occidente: Nueva York, Madrid, Londres; distintos pero semejantes a los que estaba recibiendo Europa allá por los años treinta. No sé yo, naturalmente, lo que se pueda hacer, pero lo que sí entiendo es que no se deben decir tonterías...

ME cae en las manos un artículo de Antonio Muñoz Molina publicado en febrero de 1998, en «El País Semanal», que titula «El siglo de los tontos». Me lo manda un amigo con una carta en la que me dice: «¿Verdad que merece desenterrarse?»

Verdad evidente es que lo merece. No sé si el autor lo habrá recogido en alguna de sus recopilaciones de artículos ni ahora puedo comprobarlo pero, en cualquier caso, es palmario que su texto permanece vivo y actualísimo, porque el siglo XX feneció pero lo cierto es que el flujo de estúpidos no ha cesado e incluso se acrecienta por momentos.

Dice Muñoz Molina en el primer párrafo: «Ya no sabe uno de qué hay que tener más miedo en la vida pública, si del ceño de los malvados o de la sonrisa y la risa de los tontos» y, a continuación, recuerda una frase de Kenneth Galbraight, la de que los historiadores no suelen tener en cuenta «el peso tremendo de la pura y simple tontería humana, la capacidad de provocar estragos catastróficos de la que están dotados algunos imbéciles que ocupan posiciones muy altas de responsabilidad en la política, en la economía o en la guerra». La ocasión del artículo era la del sexagésimo aniversario de la serie de complacientes estupideces pacifistas cometidas por un tonto histórico, el primer ministro británico Chamberlain, que contempló cómo el nazismo y el fascismo se iban tragando Europa y, mientras Hitler y Mussolini se mantenían ceñudos y tomaban decisiones cada vez más atrevidas, él aparecía a su lado, en los noticiarios de aquel tiempo, con «una perfecta sonrisa de imbécil, una definitiva beatitud de tonto consentido, de tonto dichoso que sonríe más cuanto más irreparable es el desastre que está provocando con su sonrisa».

Yo que era niño entonces pero que ya empezaba a sufrir la historia, que estábamos en plena guerra civil y no entro en detalles, pero que cada boba concesión del hombre risueño y con paraguas parecía alejar irremediablemente una solución rápida de nuestras propias tribulaciones y disipaba, por consiguiente, no pocas de nuestras esperanzas, según podía deducir del juicio de los mayores, me hacía su pasividad casi tan odiosa como el ardor bélico y triunfalista de los otros. Pero, en fin, todo eso es ya agua pasada, cerrada y conclusa, aunque en aquella historia tan siniestra, la de la guerra nuestra y la de la guerra mundial y la de la guerra fría, se asienten consecutivamente, de un modo u otro, por vía de contraste, muchas de las realidades excelentes que luego han sido posibles y, por vía mimética, muchos de los resabios, de las malquerencias y de las atrocidades que aún nos toca padecer.

Aunque lo que más me desasosiega del contenido de ese viejo artículo de mi compañero y amigo, tan certero siempre en sus diagnósticos sociales y políticos y tan incómodo, en ocasiones, para muchos, es su planteamiento general, esa denuncia en bloque del enorme porcentaje de imbecilidad humana que puede alcanzar niveles de poder, incluso los más altos niveles de poder, en este mundo que habitamos, y no solo poder político o poder económico o poder militar, diría yo, sino también ahora, sobre todo, poder de comunicación, capacidad para propagarse, para adueñarse de las mentes crédulas e indefensas de las pasivas mayorías, con lo cual la mentecatez se convierte en pandemia. Ha sido frecuente en el siglo XX y no podemos asegurar que haya perdido morbilidad en este que comenzamos sino más bien al contrario. Diversos observadores, desde ángulos muy distantes, coinciden en señalar a escala mundial la escasez cada vez más acentuada de grandes figuras en el campo de la política y la gobernación. Las incomodidades y los riesgos que esa elección conlleva retraen, al parecer, a muchos de los mejores, los más dotados, los más capaces y con mayor discernimiento, los de mayores conocimientos y más clara visión, y los llevan a escoger, en este mundo actual que les ofrece tantos caminos excelentes, alguno que les proporcione una vida sosegada y gratificante, sin los sobresaltos e ingratitudes que la opción política les podría acarrear. Y eso ha aumentado, inevitablemente, el nivel de mediocridad que suelen presentar, en todo el mundo, las clases gobernantes.

Y me inquieta un hecho que tengo comprobado. A lo largo del último año y medio, más o menos, aunque seguramente ya venía de atrás, la cantidad de estupideces solemnes que ha habido que leer o que oír directamente de boca de personajes de relieve, de individuos con poder, ha sido verdaderamente impresionante. E insisto en lo de poder. Porque quien no lo tiene puede despacharse con cualquier imbecilidad sin mayores perjuicios; pero el que se siente respaldado por el poder político puede transformar cualquier memez en decreto ley y casos sonados han existido.

De todos modos, hay tonterías y tonterías. Habría que intentar una clasificación y no es tarea fácil. Las hay de palabra y de obra, naturalmente, porque la vida humana consiste en hablar y en hacer y las palabras pasan pero los hechos quedan. Las tonterías de hecho pueden incluso interpretarse como aciertos, por algunos, pero llevan la idiotez alojada en su seno y, más o menos pronto, florece y fructifica en previstos o insospechados quebrantos y desastres. Las de palabra pueden quedar en pasmo o chirigota, pero son siempre una semilla en el viento, un riesgo ambiental. De ahí mi preocupación por el notable aumento advertido en su índice de frecuencia. Aunque muchas de esas supuestas tonterías no llegan ni siquiera a serlo, son simples vaciedades, son tan solo frases carentes de sentido, y una verdadera tontería debe tenerlo, debe decir algo, negativo si se quiere, absurdo, carente de razón, pero interpretable y calificable desde el buen juicio, desde el razonamiento lógico o el razonamiento sensible. Las vaciedades no son susceptibles de ejecución, lo que podría llevarnos a estimarlas inocuas, pero no dejan de ocasionar peligro, pues son comunicables y expansivas -recuérdese su presencia masiva en todas las dictaduras habidas y por haber- y vacían las cabezas con facilidad.

La especie de tontería acaso más frecuente en altos, medios y hasta bajos niveles de gobierno es la necedad, es decir, la estupidez asentada en la ignorancia, en el desconocimiento. No doy ejemplos porque este artículo lo que pretende es señalar males, no indicar nombres. Pero ni siquiera habrá que ir a buscarlos a las hemerotecas o a los vídeos archivados. Bastará con la prensa del día, con oír la radio, con encender la televisión y algo caerá en la red. Y todavía la necedad presenta un caso extremo, la incapacidad, cuando no malicia, para interpretar lo que se tiene delante. Porque la ignorancia del pasado, más o menos remoto, está a la orden del día, pero alcanza también al presente, pues nunca falta quien se esfuerce en describirnos un presente en presencia, que estamos viendo al tiempo que él, que estamos percibiendo con todos los sentidos y nos lo trasmite absolutamente irreconocible, falso de toda falsedad. Y lo peor es que siempre hay quien se niegue a sí mismo y acepte esa versión, por el prestigio del que la enuncia.

El caso es que a un siglo donde no solo la perversidad sino también la estupidez que la ayudó causaron estragos, sigue este otro que hemos comenzado y en el que la maldad prolifera por allá y por acá. Tres golpes terribles ha recibido Occidente: Nueva York, Madrid, Londres; distintos pero semejantes a los que estaba recibiendo Europa allá por los años treinta. No sé yo, naturalmente, lo que se pueda hacer, pero lo que sí entiendo es que no se deben decir tonterías. Que se están diciendo muchas y de todas clases: expeditas necedades, presuntuosas sandeces, candorosas bobadas, reiteradas simplezas, imbecilidades sin cuento, alegres despropósitos y, por descontado, vaciedades, muchas vaciedades. Y es fácil, desde la historia conocida, recordar tiempos pasados, como el que hemos traído a cuento. Y no esperar a la próxima ocasión para olvidarse de complacientes sonrisas bobaliconas y darse cuenta de que un paraguas no es suficiente para guarecerse de lo que se nos viene encima, como en aquel tiempo ya se vio.

El dilema del PSOE
Editorial ABC 8 Octubre 2005

DESDE que el Parlamento catalán aprobó el proyecto de nuevo Estatuto, el Gobierno de Rodríguez Zapatero se ha visto obligado a ser progresivamente explícito en el reconocimiento de que el texto tiene que ser modificado en el Congreso de los Diputados. A medida que se acreciente el debate político y social y aumente la presión, es probable que vaya reduciéndose la resistencia del PSOE a aceptar que el proyecto precisa más que meros retoques. Sin embargo, el nuevo Estatuto catalán ha provocado una de esas situaciones históricas en la que todos los resortes del Estado y de la sociedad son puestos a prueba de forma absoluta, porque, diga lo que diga el Gobierno, está en juego la continuidad del orden constitucional de 1978. Por esto mismo, las costuras internas del PSOE están sufriendo las consecuencias de un proyecto político que ha desbordado sus límites ideológicos más arraigados, dentro de los cuales la igualdad nunca era menos importante que la diversidad y la solidaridad no constituía una rémora de las «fuertes identidades» locales. Cabría preguntarse por las razones que han llevado a Zapatero a empeñarse en convertir la diversidad territorial en dispersión y desarraigo respecto de la nación y del proyecto nacional que supuso la España constitucional hace más de veinticinco años. Hoy, el PSOE tiene muchas dificultades para reconocerse como un partido de izquierda social e igualitaria desde el momento en que su acción de gobierno está supeditada a una iniciativa, la del tripartito, que desfigura el Estado actual para resucitar una organización retrógrada basada en el privilegio económico, la sociedad estamental -segregando ciudadanos- y las jurisdicciones especiales. En definitiva, una vuelta al modelo superado por las ideas ilustradas de la igualdad, la libertad, la división de poderes y la nación como única fuente de soberanía del poder político.

Uno de los errores más graves de Rodríguez Zapatero está en ignorar la tradición ideológica del socialismo, aunque en el caso español también es cierto que la colaboración con los nacionalismos ha sido una piedra de reiterado tropiezo socialista. Pero la situación actual supera con creces cualquier antecedente histórico de convergencia entre socialismo y nacionalismo. Y el PSOE está empezando a resentirse, bien porque todavía hay quienes tienen convicciones sociales y políticas incompatibles con los objetivos nacionalistas, bien porque algunos temen más perder el escaño que perder la nación. Sea cual sea el motivo, Rodríguez Zapatero también está poniendo en el alero de la historia a su partido, porque son muchos los procesos de alto riesgo que ha puesto en marcha, sin tener claro el resultado final y sin haber hecho un recuento previo de sus posibilidades. Lo mismo sirve este análisis para el nuevo Estatuto de Cataluña, que para la estrategia de final dialogado con ETA o para la política exterior de no alineado que tanto prodiga el jefe del Ejecutivo. No es improbable que, al final, España quede convertida en un Estado fuera de órbita en el plano internacional y sumida internamente en un largo desconcierto político y moral.

No resultaría extraño, por tanto, que algunos miembros del PSOE se pusieran en contacto con el PP para frenar conjuntamente una dinámica que, si para Rodríguez Zapatero es de progreso, para otros compañeros de partido es de pura y simple caída libre. Y nadie sale ganando si el PSOE pierde la conciencia de su papel insustituible en la corresponsabilidad, junto con el PP, de defender el sistema constitucional actual, como ayer mismo sugirió Felipe González. Pero, antes que nadie, son los socialistas quienes deben tomar nota de su compromiso para actuar como contrapeso de los impulsos centrífugos que se están produciendo en su ala más izquierdista y federal y en sus aliados nacionalistas. Nadie niega en la actualidad que uno de los factores decisivos del éxito de la Transición ha sido la capacidad de la derecha democrática de neutralizar cualquier manifestación organizada de extremismo en este sector ideológico. El PSOE, hoy, no está respondiendo con la misma lealtad porque ha alimentado iniciativas de fractura, como la del proyecto de nuevo Estatuto catalán, legitimando a formaciones políticas extremistas y secesionistas, hasta ahora excluidas de los consensos básicos. En esto sí se puede decir que la segunda transición ha empezado, pero como la peor imagen antagónica de la primera.

No cabe duda de que el haber permitido que el proyecto estatutario catalán -o si se prefiere, la impugnación del pacto constitucional de 1978- llegara hasta aquí, provoca en el PSOE un dilema complejo: rectificar sustancialmente, aunque esto implique coincidir nuevamente con el PP para encauzar el futuro de este país; o dejar que el rechazo irracional al consenso con la oposición sea más fuerte que la obligación de soportar responsablemente el edificio constitucional. El PSOE decide.

Otra forma de guerra civil
LEOPOLDO GONZALO Y GONZÁLEZ. CATEDRÁTICO DE LA UNED ABC 8 Octubre 2005

«Al buscar el hundimiento de España, ciertos partidos separatistas hunden la economía de todos y, por supuesto, la suya propia». Tan recias palabras del profesor Velarde, publicadas en estas mismas páginas de ABC, confirman algo que cada vez resulta más evidente. El progresivo deterioro de la vida política nacional al que asistimos atónitos, y que acaba de estallar con el último envite a la Constitución desde Cataluña, pero que se inició con la bochornosa comparecencia de Ibarreche en el Congreso de los Diputados el pasado mes de julio -no se pueden separar los procesos catalán y vasco- confirma algo que viene de atrás. La comparación entre la crisis actual y la que España sufrió en los años 30 del pasado siglo, resulta inevitable. Todos la hacemos desde hace tiempo. Muchos de los supervivientes de aquella dramática coyuntura histórica o de sus consecuencias inmediatas piensan que sólo es nueva la más holgada situación social y económica del país. Los que no la vivimos, aunque la llevamos impresa en la memoria familiar, sabemos que esa holgura lograda mediante un gigantesco esfuerzo colectivo (y sobre esto ha insistido reiteradamente el propio Velarde), no es garantía suficiente para que no se vuelva a las andadas. La economía es mucho más vulnerable de lo que parece y ya hay síntomas de su deterioro. ¿Por dónde discurrirían las cosas en una eventual recesión?

Precisamente en los primeros días de octubre de 1934, proclamó el presidente Companys «el Etat Catalá dentro de la República Federal Española». Hoy, el «punch» contra la Constitución, y contra su fundamento, la Nación española, se ha revestido cínicamente de un postizo ropaje representativo -el de un Parlamento, el catalán, que no ostenta la soberanía nacional-, y no se espera, desde luego, que el «Gobierno de Madrid» ni ningún general Batet pongan sitio, como antaño, al palacio de la Generalidad. La guerra -una nueva forma de guerra civil-, la guerra económica entre taifas y cantones, ha comenzado, sin embargo, hace ya tiempo. Los medios de combate se llaman ahora opas hostiles para la toma, por parte de los nacionalistas, de sectores enteros de la economía nacional, como el de la energía (resulta ilustrativo, al tiempo que esperpéntico, el lamento por la parte interesada de que la opa de cierto grupo lanzada sobre Fenosa fracasara, puesto que «de lo que se trataba era de galleguizar la energía»). Las maniobras tendentes a la fusión de Cajas de Ahorros de determinadas Comunidades Autónomas, dada su mediatización política, tienen el mismo carácter combativo; como lo tiene la amenaza de «blindaje» de los ríos por otras Comunidades, en el absurdo marco del parón al Plan Hidrológico Nacional. El vigoroso eje económico Madrid-Levante-Baleares, es atacado de modos diversos: con el retraso o desvío en la construcción de las líneas de alta velocidad; con los intentos de sustracción a Valencia de la Copa América a favor de Barcelona; con el sitio puesto a Madrid regateándole las recaudaciones impositivas que le corresponden. La batalla de las lenguas constituye también un poderoso ariete contra la unidad de mercado y para la reafirmación identitaria de determinadas regiones que aspiran a ser naciones. Dentro de las escaramuzas espontáneas de origen popular, cabe recordar la campaña de las pasadas Navidades contra el cava catalán que, al parecer, vio reducidas sus ventas en un 20 por ciento respecto al año anterior. Puede tratarse de algo más que de una anécdota, pues en el ambiente está el recelo social respecto a los productos del norte y del nordeste peninsular.

Ante el despliegue de las fuerzas fragmentadoras de la economía de todos, un Gobierno de España que lo sea realmente debería aplicar con firmeza el lema de la infantería de Cromwell: «Nulla vestigia restrosum», ni un paso atrás ... en la defensa del mercado nacional.

Economía y «Estatut»
CARLOS RODRIGUEZ BRAUN ABC 8 Octubre 2005

Las objeciones al proyecto de «Estatut» presentado esta semana en el Congreso no han detallado la inquietante dimensión económica de un texto que habla de «justicia social» en su primer párrafo pero en el cual expresiones como «propiedad privada» o «derecho de propiedad» no aparecen ¡nunca!

Nacionalistas y socialistas han puesto énfasis sobre todo en «los derechos nacionales de Cataluña y los derechos sociales de los catalanes», olvidando trágicamente sus derechos y libertades individuales. En el Preámbulo se habla de «creación de riqueza», no de su apropiación por quienes la crean, y se rodea esta idea con numerosos llamamientos al intervencionismo. Todo invita a que el poder actúe, y nada a que esté limitado. El peso antiliberal y colectivista es tal que se afirma: «los derechos se ejercen conjuntamente con la responsabilidad individual y el deber cívico de implicarse en el proyecto colectivo, en la construcción compartida de la sociedad que se quiere alcanzar». La única vez que se habla de libertades individuales, el texto aclara: «sólo es libre un país donde cada uno puede vivir y expresar suficientes identidades diversas». La «libertad individual» en singular no asoma jamás. Aparece la empresa en el art. 45.5, pero limitada por «responsabilidad social», «economía social» y, otro camelo: «proteger especialmente la economía productiva».

El art. 4 se refiere a «derechos individuales», la única vez que figura esta frase, aunque inmediatamente se añade «...y colectivos». Hay toda clase de derechos, incluido el de morir dignamente, pero la libertad, en 227 artículos que abarcan hasta el pueblo gitano (42.7), está clamorosamente ausente. El fervor intervencionista es tal que auguran (art. 34) una futura «Carta de los derechos y deberes de los ciudadanos de Cataluña», por si alguno se les ha escapado.

El intervencionismo está presente en todos los sectores, desde las cajas de ahorro (arts. 45.8 y 120), hasta prácticamente cualquier cosa que a usted se le pueda ocurrir, incluidos el paisaje (149), la artesanía (139), la videovigilancia (173) y hasta ¡el tiempo libre! (134).

En cuanto a la financiación, el objetivo es claro: conseguir el cupo vasco (mencionado explícitamente en la adicional octava). No hay referencias a la reducción de impuestos, y varias a que el gasto y la deuda podrán crecer prácticamente sin freno (210.2, 213, final segunda), incluso con empresas públicas (220).

Se me dirá que la Constitución Española también fomenta el gasto, y que otros estatutos autonómicos, o la proyectada Constitución Europea, son análogos en su delirante intervencionismo. Es verdad, pero tampoco encontrará el ciudadano catalán en el «Estatut» nada que represente un «blindaje» para su libertad y su cartera.

La incógnita Bono
EDITORIAL Libertad Digital  8 Octubre 2005

La aprobación del Estatuto catalán ha hecho aflorar las primeras grietas en el aparentemente sólido edificio que sustenta al partido del Gobierno. Era de esperar. La gran mayoría de los votantes del PSOE, incluyendo una buena parte de los que votaron a Maragall en Cataluña, no son nacionalistas. Junto a esta amplia base electoral, un buen puñado de líderes históricos como Alfonso Guerra y de barones regionales como Rodríguez Ibarra han hecho de la crítica al nacionalismo parte inseparable de sus señas de identidad. El hoy ministro de Defensa, José Bono, pertenece a este grupo y no desperdicia la ocasión de hacer gala de su patriotismo español desde los tiempos en que presidía la Junta de Castilla-La Mancha.

En un Gabinete como el de Zapatero, entregado sin remisión a la causa del nacionalismo vasco, gallego y catalán, las expansiones patrióticas del ministro –que en algunos casos rozan lo histriónico- contrastan con la temperatura ambiente y con la línea política que el propio presidente fijó desde el mismo día de su investidura. Es un misterio aún sin desvelar el motivo que condujo a Bono a abandonar su dorada y cuasi vitalicia presidencia regional por una cartera tan desagradecida como Defensa. Y más cuando Bono había sido en el Congreso de 2000 el candidato favorito y principal rival de Zapatero a la Secretaría General del Partido. Se apuntó entonces que el ministro era la cuota “castiza” en un Gabinete esencialmente Zapaterista, es decir, cortado al gusto del tripartito catalán. No es del todo creíble; Bono, que se encuentra en su madurez como político, nunca ha abandonado su pretensión de convertirse en presidente del Gobierno. La fortuna quiso que fuese Zapatero el que gestionase la herencia del 14-M pero eso, al ambicioso manchego, no le ha supuesto inconveniente alguno para seguir manteniendo su candidatura desde una tribuna visible donde los méritos cotizan al día.

El escándalo del Estatuto y la inmediata parálisis que ha sufrido el Ejecutivo ha sido el balcón ideal para que Bono se dejase ver. Sus apelaciones a la unidad de España durante toda la semana y su ausencia del Consejo de Ministros del viernes han sido sus cartas de presentación. De lo primero ya teníamos noticias y era cuando menos previsible que el ministro diese la nota discordante. Lo segundo no estaba en el guión. Ausentarse de un Consejo de Ministros para asistir a la presentación de un libro en Jaca y reaparecer horas después junto a Felipe González, eminencia gris del PSOE desde que fue enviado a la oposición en el 96, abre demasiados interrogantes sobre el mar de fondo que arrecia dentro del partido. Por un lado, parece claro que parte del PSOE no está ni mucho menos de acuerdo con la deriva que ha tomado el Gobierno a cuenta del Estatuto. Por otro, nadie sabe hasta que punto están los disidentes dispuestos a sacrificar para evitar que el Estatuto salga adelante en el Congreso. Porque, al fin y al cabo, ni González ni Bono son diputados. Ninguno de los dos votará en el Parlamento y, a menos que Blanco se decida a cortar por lo sano y arme la de San Quintín para poner a todos en su sitio, es harto improbable que se vean amonestados. González es un outsider de oro, Bono posee finca propia que ha puesto ya en alerta a través de José María Barreda, su sucesor en la Junta. Son dos intocables y quizá, como tales, pueden decir lo que otros siquiera se atreverían a insinuar. Pero, ¿se quedará todo en palabras o, si al final no hay consenso, harán algo para que prevalezca la legalidad constitucional? Esa incógnita sólo la podrá, llegado el momento, despejar el propio Bono.

El PSOE históricamente no se ha caracterizado por su respeto a la Constitución. Conspiró contra la de 1876, contra la de 1931 y está envuelto ahora, en 2005, en un documento que fulmina la de 1978. Poco se puede esperar de sus líderes, más apegados por lo general a las mieles del poder que a las convicciones. Sus bases y sus más de 10 millones de votantes, sin embargo, carecen de estas servidumbres. El PSOE perdió la O durante el felipismo, corre ahora serio riesgo de perder la E. Si los diputados socialistas en el Pleno termina por dar vía libre a una reforma inconstitucional de un Estatuto autonómico deberían demandárselo, porque si España desaparece, el PSOE y sus 127 años de historia lo harán con ella.

La brecha emocional
MANUEL ÁNGEL MARTÍN ABC 8 Octubre 2005

LLAMAN los oyentes, hablan los tertulianos, comenta la gente que los catalanes menosprecian a los españoles y que quieren separarse. Contestan algunos catalanes que los españoles les rechazan y que tan malo es un nacionalismo como otro, que no es cierta su insolidaridad, que reclaman justicia. Ahí está la brecha. El mal ya está hecho por quien haya removido el fondo de cieno y enturbiado las aguas de la convivencia. La confrontación es entre ideas y grandes nociones, y eso es lo más peligroso porque la gente se deja la vida y la sensatez en su defensa. La raza, la nacionalidad, la religión son las grandes excusas para un odio colectivo que, sin embargo, ante el ser humano individual se atempera y casi disuelve como un azucarillo. En la proximidad, cara a cara, uno a uno, todos somos iguales y conciliables. Camuflados en la masa es obligado enfrentarse a otras masas. Lo pienso cuando escucho que algunos apostillan, como excusa, que no tienen nada contra los denostados catalanes, o contra los españoles o los vascos tomados individualmente, en la distancia corta y en la vida cotidiana: «No me gustan como colectivo, pero luego son muy majos cuando se trata a alguno de ellos, o sea, que no hay nada personal». Pero se ha ido limitando la movilidad personal, el mestizaje y la comunicación. Han ganado las divisiones administrativas, las grandes palabras, los ideales aldeanos y los estatutos maximalistas. Las instituciones disgregadoras han vencido a las personas, los derechos colectivos a los individuales, y así, ¿cómo es posible que alguien piense que sea viable la solidaridad interpersonal? Cuando el individuo pierde la cara y es sustituido por un concepto abstracto o por un contenido emocional, cualquier tragedia es posible. Es más fácil torturar, matar, humillar o despreciar a una imagen colectiva, que a un ser que llora y ríe, que tiene hijos, que es mortal, como uno mismo. Para odiar a gusto hace falta que Isaac no sea Isaac, sino un judío, y Juan no sea Juan, sino un español, y Albert un catalán. A la inversa, los subsaharianos -negros- lo son mientras permanecen en el anonimato, pero traspasadas las vallas de Ceuta y Melilla, maltrechos ante las cámaras de televisión, ya son individuos con rostro propio, heridas propias, sufrimiento propio. Entonces ya no son «negros», y por tanto es difícil rechazarlos. Ellos lo saben, y por eso se la juegan.

Pero ¿cómo los españoles hemos ido hacia atrás y suplantado a las personas por construcciones sociales siempre sospechosas de artificialidad? Sin conocer los resultados de las pretensiones soberanistas de vascos y catalanes, ya podemos lamentar que se ha abierto una brecha de recelo y enemistad que no se cerrará con enmiendas parlamentarias. Alguna responsabilidad tiene la inconsciencia de Rodríguez Zapatero.

Zapatiesta Zapatero
M. MARTÍN FERRAND ABC 8 Octubre 2005

LE tomo prestado al maestro Jaime Campmany el título que encabeza esta columnilla y que, además de retratar con sólo dos palabras la que tiene armada el presidente del Gobierno, es el que encabeza un libro suyo, póstumo, que acaba de aparecer con una bien ordenada antología de sus artículos dedicados al tan inexplicable como sorprendente José Luis Rodríguez Zapatero. Viaja la obra con un prólogo de Alfonso Ussía, se cierra con un epílogo, filial, de Emilio Campmany y contiene ciento cincuenta y tantos artículos que, releídos, además de subrayar el talento del autor, cima máxima de tan difícil género periodístico, supone una inyección de humor y sonrisas que, tal y como vienen los tiempos, nos hacen mucha falta. Campmany siempre supo ponerle buena cara al mal tiempo y, políticamente hablando, atravesarnos una gran galerna que exige el salvavidas redondo del humor.

Zapatiesta Zapatero, sí. El líder que no deja de sonreír es un manantial inagotable de dichos que, escuchados desde la proximidad afectiva, resultan huecos y, atendidos desde la distancia crítica, empujan a la indignación. Todo cuanto afecta al distócico parto del nuevo Estatut, con el que Carod-Rovira le ha dado a Maragall el timo del nazareno y Maragall a Zapatero, el de la estampita, tiene muy alterado al presidente. Un poco, quizás, porque se siente atrapado por su propia palabrería hueca y un mucho, seguro, porque le van en el asunto la continuidad del PSC en el machito catalán y la suya propia en La Moncloa, que aquí quienes aplauden en la función de tarde patean en la de noche.

Para la buena alimentación de su incesante zapatiesta, en una de esas intervenciones suyas tan ñoñas como pausadas, ha dicho de sí mismo que no es ni «nacionalista» ni «españolista». Vista la radical definición en el contexto de su discurso, se alcanza la paradoja de que quien, con todo su poder, alienta, comprende y defiende el nacionalismo catalán -la única sustancia verdadera del Estatut- es incapaz de sentir el mínimo orgullo que para muchos merece la condición de ser español. Vestir el sentimiento con un despectivo «españolismo» para mandarle a la buhardilla de los trastos viejos de la Historia es, a elegir, un complejo que merece tratamiento o una postura que exige repulsa.

La zapatiesta que, cada día, engrandece Zapatero no se limita al destrozo de la Nación, que hasta puede perder la exclusiva que le tiene concedida al adjetivo española; sino que alcanza al mismísimo PSOE que le llevó a la presidencia del Gobierno. Visto lo que se ve, el partido que desde Pablo Iglesias a nuestros días ha superado dictaduras, repúblicas, monarquías y guerras, cabe temer que no podrá sobrevivir a las contradicciones de Zapatero. La Constitución, la grapa que encuaderna la España actual, no admite toqueteos deshonestos.

Felipe González y el Estatuto
Consenso
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 8 Octubre 2005

Que se alcen algunas voces en las filas socialistas –y entre ellas nada menos que la de Felipe González– pidiendo el máximo consenso en lo concerniente al Estatuto catalán es algo que nos devuelve por unos momentos a la lógica virtuosa sobre la que se construyó nuestra democracia. Parece evidente que las opiniones del ex presidente del gobierno, de Bono o de Ibarra reflejan, en este punto, las de buena parte de su partido. Ellos simplemente pueden hablar porque nadie va a dejarlos fuera de ninguna foto, que es lo que sin duda le ocurriría al diputado de a pie que osara discrepar de la línea gubernamental.

No hay que engañarse, toda esta crisis, de principio a fin, es resultado directo de la irresponsabilidad de Zapatero, de su falta de compromiso con las premisas de nuestra democracia, de su manía de entroncar con la Segunda República, de su incurable sectarismo y de una dinámica política que se remonta a la segunda legislatura de Aznar y que se traduce en fatídica ley: cuanto más maniqueo, simple, demagógico y cainita es el discurso socialista, más medra Zapatero.

Los ponentes catalanes del estatuto, incluyendo a los separatistas, no hubieran introducido el término “nación” en el articulado (hasta ellos comprendían que era flagrantemente inconstitucional) si no les hubiera animado el presidente del gobierno al exponer sus extemporáneas dudas sobre el concepto. Los convergentes no habrían apoyado el proyecto si él no hubiera convocado secretamente a Artur Mas el 19 de septiembre para darle carta blanca a un régimen financiero que exasperó al mismísimo conseller Castells. La prensa catalana y varios importantes empresarios no habrían apostado por la desmesura si él no se hubiera comprometido pública y reiteradamente a aceptar el Estatuto que llegara del Parlament. No se habría formado el tetrapartito de hecho, con sus embajadas y su concertada pedagogía capitalina, si él no hubiera dado tan sobradas muestras de inanidad, de falta de apego a la Constitución y a la propia idea de España.

Como resultado de todo esto, los insensatos de siempre y los que acaban de perder la sensatez se han llegado a creer que es posible modificar sustancialmente el modelo político español en contra del partido que representa a más del cuarenta por ciento de los ciudadanos. Y cuando ese partido invoca la Constitución y denuncia los peligros que la acechan, los zapateros y zapateras, lejos de comprender la gravedad de la fractura, pretenden aprovechar la circunstancia para seguir explotando la demagogia de la derechona y de la caverna.

Como decíamos, sólo algunos socialistas que no temen por sus futuros emolumentos expresan la evidencia: nada debe hacerse sin el máximo consenso. No albergo esperanza alguna de que al incendiario de la Moncloa le entre en la cabeza.

Blogoscopio
¡No al boicot!
Pablo Molina Libertad Digital 8 Octubre 2005

Lo más fascinante del nuevo estatuto pergeñado por la coalición nacional-socialista que gobierna Cataluña, es el esfuerzo pedagógico realizado por el tripartit en su redacción. Con un artículo primero que afirma, tajante, «Cataluña es una nación», lo lógico es que el documento finalizara con un artículo segundo del tenor «Y no se hable más», pues, en efecto, la decisión política constituyente, que diría Carl Schmitt, reside en ese precepto. Que los padres de la mini-carta magna nonata no hayan escatimado talento ni esfuerzo en el desarrollo didáctico de esta realidad elemental (más de doscientos preceptos consecutivos) es muy secundario.

Quizás es que las preces elevadas por el Arzobispo de Barcelona en favor de los padres del Estatut han surtido su efecto, pero lo cierto es que Monseñor Martínez Sistach ha adquirido con esta impetración estatutaria su derecho a formar parte de la historia catalana, pues los beneficios espirituales, e incluso terrenales, que la exclusión de la religión en la enseñanza pública, la ampliación del aborto o la legalización de la eutanasia van a proporcionar a la Iglesia Católica Apostólica Romana en Cataluña se antojan inmensos.

Con estos mimbres, bendición episcopal incluida, el producto final ha concitado necesariamente el entusiasmo de los sectores más dinámicos de la sociedad catalana. Las firmas comerciales punteras, conscientes de la responsabilidad que les corresponde en este momento histórico, han puesto su contribución a la «construcción nacional» por delante de sus objetivos empresariales. No importa que la existencia de diferentes modelos fiscales en un mismo mercado suponga la creación de nuevas barreras comerciales o que se otorgue al gobierno catalán una serie de prerrogativas intervencionistas, en algunos casos rayando en el totalitarismo. Para estos líderes empresariales, el Nou Estatut es lo primero, aunque la antipatía que pueda provocar en el resto de España acabe reflejándose en su cuenta de resultados, y eso es algo que hay que reconocerles como un gran mérito.

Precisamente por eso nosotros, ajenos por completo a la catalanofobia que denuncia Pérez Carod, jamás pediremos que se boicotee a las empresas que han impulsado la redacción de esta norma saludablemente separatista, a saber: La Caixa (Gas Natural, Caprabo, Aguas de Barcelona, Abertis, Banco Sabadell, Inmobiliaria Colonial, Occidental Hoteles, Port Aventura), Agrolimen (Gallina Blanca, El Pavo, Avecrem, Pans & Company, Bocatta, Dodot, Affinity), Caixa Catalunya, Casademont, Freixenet, Grupo Godó (La Vanguardia, Mundo Deportivo, Avui), Corporación Puig (Agua Brava) y Grupo Planeta.

Es la Pax Catalana. Disfrútenla y no lo fastidien.

Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana

Algo más que decadencia política
Guillermo Urbizu elsemanaldigital 8 Octubre 2005

La situación política en España es de franca decadencia, cuando no de trapisonda y desafío. Esto es un hecho. A partir de ahí podemos hablar y matizar todo lo que queramos. Pero lo interesante, lo realmente imprescindible, es que de una vez nos decidamos a conocer y a analizar los motivos que nos están llevando a esta devastadora inopia intelectual y moral, en una pendiente donde lo inconcebible ha pasado a formar parte de la agenda de cada día. Como si tal cosa. No podemos acostumbrarnos a la molicie institucional, a la malversación del alma pública, al embrutecimiento de la ley. No por más tiempo. La ineptitud de algunos no deben pagarla todos.

Ser conscientes de esto que digo es fundamental para que España salga del marasmo político en el que se encuentra, y recupere su proverbial orgullo. Es el primer paso, pero tal vez sea el fundamental. Porque la política, señores míos, no se basa, como nos quieren hacer creer, en la química de cuatro palabras bien dispuestas, o en una pose apoteósica. Eso es la superficie de la nada, consigna, mitin, bluf, mofa. Holgazanería y desprecio hacia la inteligencia de los ciudadanos. ¿Cómo nos puede extrañar que una gran parte de la población tenga una pésima imagen de los políticos?

Algunos motivos de esta decadencia política de la que hablo me parecen evidentes. Cuando afloran las grandes palabras es cuando uno comienza a desconfiar. Pero la corrupción del lenguaje (tolerancia, solidaridad, progreso, diálogo, talante, etc.) es siempre posterior a la corrupción del espíritu, al desprecio por la verdad. Dice Chateaubriand, en sus Memorias de ultratumba, que "hay entre los modernos sectarios algunos que, intuyendo lo inviable de sus doctrinas, incluyen en ellas, para hacerlas más tolerables, las palabras moral y religión". O libertad, o ética. En un afán redentor, demagogo y absolutista. Y la democracia pasa a convertirse en un pin, pan, pun de feria de la que todo el mundo se sirve a capricho, pero a la que muy pocos respetan como lo que en realidad es: convivencia y respeto. Y honradez.

No se puede esperar una política digna de tal nombre cuando prima la idolatría del poder por el poder, cuando la mediocridad se quiere camuflar en la artimaña, cuando el partido prima sobre la patria, cuando se consiente la dictadura de las minorías (verdaderos perdonavidas), o cuando la mentira se apropia con pasmosa naturalidad de los discursos y actitudes.

Pudiera ser que algunos ilustres políticos y analistas no perciban esta decadencia, inmersos como están en el oropel de la adulación, entre jactancias, sinecuras y ambigüedades. Ciegos de ofuscación, ahítos de impunidad, cómplices de la felonía. Mientras se trapichea con España como con un trapo viejo.

¿Dónde está Pepe?
Ignacio Villa Libertad Digital 8 Octubre 2005

"¿Dónde está Pepe?", se preguntaban los ministros del Gobierno durante el café previo al Consejo de cada viernes. "¿Dónde está Pepe?", preguntaban sobresaltados algunos al ver que el ministro de Defensa había cambiado la "obligada" reunión semanal por la presentación de un libro sobre las unidades de "Alta Montaña" en Jaca. "¡Cómo!, ¿Pepe no ha venido?", volvía a preguntar algún ministro despistado al percibir que el titular de Defensa se quitaba del medio en un Consejo de ministros en el que no iban a faltar comentarios sobre la reforma del Estatuto de Cataluña y la situación en Ceuta y Melilla.

Y es que, efectivamente, José Bono ha desaparecido en un momento en el que no hay excusa. Cualquiera que sepa como funciona el Consejo de Ministros sabe perfectamente que los ministros sólo excusan una ausencia cuando hay una cita internacional inaplazable; pero desde luego ni un libro, ni una conferencia son motivos para dejar de lado una cita semanal obligada. Con ese tipo de excusas, el viernes menos pensado se encuentra sólo Zapatero en la mesa del Consejo.

Es evidente que Bono no está de acuerdo con lo que está pasando. No le gusta como lo está haciendo Zapatero con la reforma del Estatuto catalán. El presidente del Gobierno ha cedido y además lo ha impulsado sin ninguna responsabilidad institucional. El ministro de Defensa está incómodo. Ya veremos sí al final sacrifica lo que piensa a cambio de mantener el coche oficial, pero por el momento ha lanzado por delante a su "ariete", al presidente de Castilla-La Mancha. Barreda ha impulsado un manifiesto en su Comunidad Autónoma contra las reformas del Estatuto catalán. Y con esa iniciativa ha abierto una grieta en la estructura territorial del Partido Socialista.

La ausencia de Bono ya de por sí llamativa ha venido acompañada de dos peticiones. La del propio ministro y la del ex presidente del Gobierno. Tanto Bono como González –en esa curiosa conferencia de Jaca– han pedido un consenso "general" para cualquier reforma estatutaria. Una petición que nada tiene que ver con la política de cesión y de miedos del actual Gobierno.

"¿Dónde está Pepe?", se preguntaban sus colegas del Gobierno. Una pregunta con respuesta: "Pepe está muy lejos de las estrategias de Zapatero". Ahora falta por saber si esa actitud va a acompañada con algo más que un gesto. Ya veremos.

El frontón de Ibarretxe
TONIA ETXARRI El Correo 8 Octubre 2005

Quizás el reino del lehendakari no sea de este mundo, pero sorprende oírle decir que espera que el Estado acepte la voluntad de los Parlamentos catalán y vasco porque, si no, no sería un «Estado democrático». O quizás se trate de una confusión conceptual y esté mezclando la figura del Estado con la del Parlamento español porque, si se trata de eso, dan ganas de preguntarle: ¿dónde estaba usted el día en que el Congreso de los Diputados rechazó su plan soberanista? Porque las calabazas ya se las dieron en su momento, con toda solemnidad parlamentaria, luz y taquígrafos, cámaras y telediarios.

Ahora bien, si aprovechando que los catalanes están ahora en plena efervescencia de su negociación estatutaria -siguiendo la estela, y eso hay que reconocerlo, del rumbo del lehendakari- él se apunta al grupo de los nacionalistas insatisfechos, no hay mal que por bien no le venga. Pero la historia de su plan rechazado ya está escrita. Claro que a Ibarretxe no parece importarle. El frontón le devuelve el plan y el sigue tirando la pelotita. Como si la sesión plenaria en la que sus señorías se tomaron la molestia de debatir el nuevo estatuto apoyado por la mitad de Batasuna, no hubiera servido para nada.

Otra cosa es que él actúe como si el nuevo estatuto estuviera en vigor. Porque al negar la capacidad del Congreso para decidir sobre los vascos, «unos sobre otros», está ya aplicando su idea de la soberanía vasca al mismo nivel que la soberanía del Parlamento español. De igual a igual, de Estado a Estado. Ocurre a veces que los acuerdos quedan escritos en papel mojado. O que las instituciones como el Parlamento vasco, a la que tanto se recurre cuando soplan vientos desfavorables, van perdiendo peso por obra y gracia de nuestros gobernantes.

La sesión de ayer no tuvo desperdicio. Fue tal la presión que soportó el Gobierno vasco en la pasada legislatura, al permitir que la ilegalizada Batasuna campara por sus respetos en el hemiciclo, que la nueva presidenta de la Cámara tuvo que llamarle al orden al representante popular, Carlos Urquijo, después de que éste dijera que las comunistas de las Tierras Vascas son «sucesoras de Batasuna». Estas son legales; por obra e inhibición del Fiscal General, pero legales al fin y al cabo.

En el Parlamento, por cierto, el peso de la oposición lo llevaba el PP. Presentó catorce iniciativas de los dieciséis puntos del orden del día. Si no hubiera sido por Mertxe Agúndez, la aportación socialista habría resultado más bien plana. Pero los allegados piden calma. Que esta legislatura va a ser larga y complicada. El lehendakari cree que va a ser «clave» para el acuerdo entre «Euskadi y España». Sigue la partida en el frontón. Batasuna dice que el Concierto es un obstáculo y hay que proyectar la «soberanía nacional». Pero al presidente Zapatero le parece que es el PP quien «mete miedo».

PACTO, PACTO, PACTO.
Xavier Pericay  ABC Cataluña  8 Octubre 2005

Leo en la prensa que José Luis Rodríguez Zapatero y Pasqual Maragall proclamaron el pasado miércoles, tras su entrevista en La Moncloa, que habría Estatuto. Y que hasta indicaron cuál iba a ser, en adelante, la consigna para alcanzar dicho objetivo. «Pacto, pacto, pacto», dicen que dijeron. Pues bien, o mucho me equivoco o la idea de la consigna y de su posterior difusión no fue del presidente del Gobierno, sino del otro. Lo cual, si bien se mira, no es malo.

Me explico. Tal vez ustedes se acuerden del lema con que el laborista Tony Blair ganó en 1997 sus primeras elecciones legislativas. Era este: «Educación, educación, educación», lo que significaba, en palabras del entonces candidato, que sus tres principales prioridades como primer ministro iban a ser ni más ni menos que educación, educación y educación. Más claro el agua. Y Blair cumplió. Convirtió la educación en la principal preocupación de su Gobierno, pero no lo hizo según los deseos de muchos de sus votantes, es decir, eliminando las medidas impulsadas en los lustros anteriores por los gobiernos de Margaret Thatcher, sino manteniendo estas medidas y empezando a plantearse, con vistas al futuro, si no habría que acabar de una vez con lo mucho que quedaba de la «comprensividad», o sea, con el método de enseñanza basado en un falso igualitarismo que llevaba décadas en vigor, que los gobiernos conservadores habían tratado de paliar y que nuestros socialistas, por cierto, habían implantado en España a bombo y platillo a comienzos de aquellos años noventa gracias a la LOGSE. Y el caso es que en las siguientes elecciones, las de 2001, Blair ya no tuvo dudas y decidió que había llegado el momento de acabar con la famosa «comprensividad», verdadera causante del fracaso de tantos escolares ingleses.

Por entonces -es decir, en 1997- Maragall dejaba el Ayuntamiento barcelonés y se largaba a Roma. Su amigo Francesco Rutelli, alcalde de la ciudad, le había organizado una especie de año sabático, con unas cuantas clases en la Universidad -se entiende que el año sabático era en lo político-, y Maragall iba a aprovecharlo para meditar. A estas alturas, todavía no está muy claro si Maragall meditó o no meditó durante su estancia en la ciudad donde confluyen todos los caminos. Pero es muy posible que hasta allí llegara el eco de las palabras programáticas de Blair. Y que al ex alcalde y aún no candidato a la Presidencia de la Generalitat esas palabras le parecieran dignas de ser recordadas. Tampoco era tan difícil: educación, educación, educación. Otra cosa es qué sentido les dio. Porque en 1999, en su primer intento de conquistar la Generalitat, fue repitiendo la tríada como un chamán deseoso de alejar los malos espíritus. Y en la campaña de las elecciones del 2003, aunque con menos énfasis -los eslóganes también se gastan-, volvió a insistir en la importancia de la educación. Por supuesto, desde que es presidente, y al contrario que Blair, Maragall no ha hecho absolutamente nada. No sólo ha dejado que el modelo comprensivo siguiera generando zoquetes y fracasados por doquier, sino que, encima, ha permitido que el departamento encargado del asunto se convirtiera, ya de forma declarada, en una empresa de derribos cuyo único fin, aparte del monolingüista, es liquidar todo vestigio del sistema educativo tradicional.

Así las cosas, mucho me temo que ese «pacto, pacto, pacto» del otro día no sean más que palabras -«words, words, words»- y que de pacto, nada. Algo así como cuando en el antiguo régimen la gente levantaba el brazo y soltaba: «¡Franco, Franco, Franco!». O como cuando, en el antiguo y en el actual, la gente levanta ambos brazos y se pone a gritar: «¡Barça, Barça, Barça!». Sólo palabras. Lo cual, como decía al principio, no es malo. Porque supone que las transacciones entre el Estado y la Generalitat en relación con el nuevo Estatuto catalán van a ser mínimas. Figúrense cómo estará el asunto que incluso el propio Maragall reconocía el miércoles en sede parlamentaria que tal vez se hayan equivocado. ¡No es posible! ¡El 88 por ciento de la Cámara autonómica equivocándose! No, si a este paso, hasta puede que nos acaben devolviendo el Estatuto del 79.

"Living in Barcelona"
KIM BRADLEY  8 Octubre 2005

Soy una norteamericana que tiene la suerte de vivir en Barcelona. Algunas de mis primeras experiencias se ven reflejadas en mi libro, Confesiones de una norteamericana en apuros, una historia delirante de una estadounidense que, como yo, llega a España con tan pobre nivel de castellano que se mete en líos sin querer. Tras años de situaciones absurdas, por fin domino el castellano, pero parece que mis apuros jamás acabarán...

El pasado 28 de septiembre me llamaron de BTV para ser entrevistada (como extranjera) en el programa Doc´s,presentado por Olga València. No pude contener mi ilusión: ¡hablar sobre Barcelona en su propio canal! Aún saboreaba la oportunidad cuando me volvieron a llamar y me preguntaron si entendía catalán. Estúpidamente (y honestamente) le dije que no muy bien y que los temas muy abstractos me resultarían difíciles.

Me dijeron que buscarían otro candidato, ya que "la presentadora no quiere soportar el rollo de que alguien le diga: "Disculpa, no te he entendido bien". Intenté convencerles de que podrían explicarme antes de qué se trataba y así yo estaría preparada. Pero me cerraron la puerta en la cara. Me pregunto si ser rechazado por no dominar perfectamente el catalán
refleja la Barcelona bilingüe, abierta, plural, multicultural y tolerante de que tanto se habla.
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