AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 23 Octubre 2005
Fracaso educativo
Ernesto Ladrón de Guevara elsemanaldigital  23 Octubre 2005

El mayor espectáculo del mundo
JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO 2002 ABC 23 Octubre 2005

La responsabilidad del PP
Editorial ABC 23 Octubre 2005

CARISMA: LA IDA Y LA VUELTA
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 23 Octubre 2005

Sentido y sensibilidad
IGNACIO CAMACHO ABC 23 Octubre 2005

El consenso constitucional según el PSOE
EDITORIAL Libertad Digital 23 Octubre 2005

La España de la libertad
Ignacio Cosidó Libertad Digital 23 Octubre 2005

Estatut e insolidaridad
Pablo Merino elsemanaldigital 23 Octubre 2005

Sobre el cinismo lingüístico
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 23 Octubre 2005

Carlos Chivite: el PSOE que tiene que elegir
Pascual Tamburri elsemanaldigital 23 Octubre 2005

Fracaso educativo
Ernesto Ladrón de Guevara elsemanaldigital  23 Octubre 2005

Hace un tiempo se publicó el informe PISA, que fue un estudio comparado de los diferentes sistemas educativos. A España se la situaba en lugares de cola. Parece que este país no se caracteriza por tener una situación privilegiada en los estándares de progreso, en lo que a la formación de sus ciudadanos se refiere.

Últimamente fue publicado un nuevo estudio de la OCDE que descalifica la realidad educativa española, afirmando que el 33% de los estudiantes de Bachillerato no lo superan, mientras que la media en Europa es del 21%; y también que el gasto por alumno está por debajo del promedio europeo, y lo mismo en becas universitarias, etc.

Al fracaso del sistema, derivado de una legislación educativa que va contra toda lógica, y de la falta de interés por dignificar tan importante tarea, que tan bien describe Javier Orrico en su libro La enseñanza destruida, en el País Vasco se añade otro dislate: más del 40% del profesorado tiene destino provisional por un solo curso, en los centros públicos. En definitiva: sólo seis de cada diez profesores tiene algún grado de estabilidad, lo que no significa que permanezcan en sus centros.

La explicación al porqué los nacionalistas se resisten a convocar oposiciones podría ser que en un sistema con un alto grado de inestabilidad de las plantillas se puede controlar más al profesorado sometiéndole a dictados ajenos a los fines educacionales, amén de seleccionar con más facilidad a sus acólitos.

Se repite la tendencia, de los diferentes rectores políticos que se han ido sucediendo, de "suprimir" al profesorado castellanohablante, cada vez con más saña; y de convertirlo en provisional, por muchos servicios y méritos profesionales que acapare. Con ello lo que se ha conseguido es un mayor grado de provisionalidad, como jamás ha habido en la historia de los sistemas educativos.

Los efectos de ello resultan evidentes: no puede haber una mínima estabilidad en los proyectos educativos de los centros, ni tampoco una continuidad en los mismos, pues cada curso cambian los actores. En definitiva, un desastre pedagógico. Por no hablar del constante baile del profesorado, consistente en que unos van a los cursos de euskaldunización mientras se les sustituye por otros incorporados ex novo, con lo cual el alumnado sufre un baile constante de estilos pedagógicos y de pautas. Recordemos que una de las bases de la educación es la modelación del comportamiento por identificación con el esquema de valores y comportamiento de sus tutores, lo que requiere una mínima continuidad.

Los sucesivos responsables de la construcción nacional suelen empeñarse en maquillar las cifras, incluso, en ocasiones, estimulando el número de aprobados inmerecidos. Indudablemente así no hay estadística que se resista, aunque la realidad sea otra.

El mayor espectáculo del mundo
POR JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO ESCRITOR. PREMIO CERVANTES 2002 ABC 23 Octubre 2005

... La única España que debe admitirse es la que no es España; y el gran proyecto, hacer de ella cualquier cosa, con tal de que no se parezca a lo que se llamó España durante quinientos años, y fue lo que fue en el mundo...

LO que cualquiera ha podido observar, a poco que haya mirado todos estos años de vigencia de la Constitución de 1978, es, por lo pronto, que, de tanto llamarla Carta Magna, se ha llegado a la conclusión práctica de que la Constitución es una especie de Gran Menú en el que está inscrita como plato fuerte la soberana y real gana de cada quisque -individuo o grupo-, que, cuando no se sale con la suya, e incluso cuando alguien expresa o hace lo que no le gusta, encuentra que se está ante una situación inconstitucional. Se ve que la raza de los que gritaban hace ciento cincuenta años Constitución o muerte, subidos a la mesa de un café, con una escarapela verde en la cabeza, no ha acabado.

Se excedieron un poco, sin duda, los Padres de nuestra primera Constitución de 1812, al recomendar a los párrocos que la explicasen a la vez que pronunciaban sus homilías en las misas de los domingos, porque la Constitución no era el Evangelio ni la iglesia lugar para estos discursos políticos; pero la intención no era mala, porque de lo que se trataba era de que las gentes se tomaran en serio el texto legal, que ya, en cuanto fue promulgado el día de San José de aquel año, se tomó a chirigota y se le llamó enseguida La Pepa; y el ¡Viva la Pepa!, desató el jolgorio de hacer la propia santa voluntad, que se convirtió enseguida en algo así como la interpretación auténtica de la democracia y de la Constitución. Y se invocaba a ésta, exactamente como hoy, cuando alguien va a decir una estupidez o una desvergüenza, y argumenta que para eso tenemos libertad y hay Constitución.

Y no es que vayamos a poner a la Constitución en un evangeliario entre dos velas, ni tampoco a identificarla con España, aunque esto es, poco más o menos lo que se ha hecho estos últimos veinticinco años. Pero, de repente, han cambiado los vientos, se han apagado las velas, se ha decidido que es una Constitución fallida, y ya la tenemos ahí, de nuevo, como papel mojado.

Una de las razones que han devaluado el serio y normal aprecio de la Constitución, entre nosotros, es el hecho de que, en nuestra historia, se han puesto y quitado Constituciones con bastante deportividad y sans façon, y que las Constituciones han sido trágalas de un partido frente a otro. En realidad, si se exceptúa la Constitución de Cánovas, sólo la de 1978 pareció ser el acuerdo de todas las opiniones, y no hecha contra nadie. Era demasiado, por lo que se ve; y la extraña y necia paranoia de reinventar España cada dos por tres, y de jugar con la historia y las Constituciones, un asunto de ya muy siniestras consecuencias en el pasado, nos retrotrae a éste de nuevo.

O quizás es que, ahora, preparamos nuevos espectáculos turísticos, que es otra especialidad nuestra. Durante años, dio de sí lo increíble el descubrimiento de la idea de que España es diferente; pero quienes habían producido tal eslogan parecía que estaban al tanto verdaderamente de que esa oferta de la diferencia de las cosas de los españoles, única en el mundo, es nuestro glorioso destino. Es decir, que lo importante de los españoles sería exactamente que se muestren diferentes ofreciendo el mayor espectáculo del mundo, en un gran reality show.

Desde luego, cierto es que, desde la época romántica, los europeos han venido a España a ver lo que no se veía en ninguna parte. Y sería suficiente recordar que poblado, grande o chico en el que había un corregidor avispado, se proveía de su leyenda de bandoleros o gitanos perseguidos por la Guardia Civil; y, desde luego, destinaba a cárcel antigua de la Inquisición una vieja bodega llena de desechos de cadenas, ruedas, trozos de hierro, cepos, sogas, sacos y agujas de hacer punto o alambres retorcidos y oxidados, porque eso atraía clientela. El turista vendría ineluctablemente a experimentar las emociones de ser secuestrado por un bandolero, sin que la cosa tuviera mayores consecuencias, y a sentir igualmente esos otros escalofríos inquisitoriales, sin más riesgo.

Pero quizás es que los españoles, a quienes nada se había puesto por delante en los siglos anteriores y habían sido dueños de medio mundo, llegaron a interiorizar que eran españoles porque no podían ser otra cosa, como luego diría Cánovas medio en broma medio en serio, y que tenían que dedicarse al sector servicios con los cachivaches que habían dejado los abuelos. Aunque luego cambió el sentido de la diferencia o del negocio, y los españoles optaron por dar el espectáculo de un cierto masoquismo, del reniego del pasado, y de la misma noción y consistencia de lo que España es, chequeando su historia como nación mal hecha.

No hubo, entre nosotros, una ilustración filosófica de un nivel entitativo y de alguna sustancia; y, en general, todo el fenómeno ilustrado tuvo un tinte sociológico y costumbrista, y el viejo arbitrista barroco de solana o botillería, convertido al hegelianismo, comenzó a proponer ahora soluciones no sólo contra el malgobierno, sino algo así como una versión libre y casera de la dinámica del Espíritu Universal, para encarrilar la historia. De manera que España tenía que dejar de ser de España y convertirse en otra cosa, hacer otra España que no tuviera que ver nada con España, para lo que habría que liquidar por lo pronto su historia, y el concepto y la consistencia mismos de su haber sido.

El paraíso siempre está en otra parte, dicen los franceses, aludiendo a la perpetua insatisfacción de nuestra condición humana en relación con lo que somos o tenemos; pero el adagio francés debe modificarse, en nuestro caso, explicitando que no es que la perfección y las relucencias del paraíso estén en cualquiera otra parte, sino que sería paraíso cualquier infierno con tal de que no esté en España, ni sea España. La única España que debe admitirse es la que no es España; y el gran proyecto, hacer de ella cualquier cosa, con tal de que no se parezca a lo que se llamó España durante quinientos años, y fue lo que fue en el mundo.

Y claro está que este reniego de España, de la cultura y la historia de los muertos que nos dieron la vida y lo mejor que somos, y nos posibilitaron dar un paso más, no es otra cosa que la más alevosa variante de la impiedad en el antiguo fortísimo sentido griego de la palabra, pero también una oscura fascinación por el suicidio, y trágica, inaudita necedad. Pero ¿acaso no será igualmente el más poderoso reclamo turístico esta disolución de una de las más viejas naciones europeas, y almoneda de su herencia? Nuestra decidida e irreprimible vocación a pertenecer al sector servicios de diferencias y espectáculos, ofrece ahora en exclusiva esta gran ceremonia de derribo. Vengan y vean gentes de todo el mundo lo que nos importa una historia de quinientos años, cómo una Constitución es un trozo de papel, y se arría una bandera para siempre. El mayor espectáculo del mundo.

La responsabilidad del PP
Editorial ABC 23 Octubre 2005

ANTE el inminente inicio del debate parlamentario sobre el proyecto de reforma del Estatuto para Cataluña, el Partido Popular va a tener que dotarse de nuevos recursos para su estrategia de defensa de la Constitución de 1978, y todo cuanto ha vinculado a este mensaje, como la estabilidad institucional, la unidad nacional y el respeto a la voluntad de los ciudadanos. La razón de esta necesidad es que el PP es el único partido que en la práctica ejerce oposición al Gobierno, que es la alternativa al PSOE y que representa a casi diez millones de votantes, y por esto mismo tiene que planificarse con altas dosis de astucia y habilidad para consolidar el mensaje y la actitud con las que Rajoy está dando la vuelta a la legislatura. La ventaja del PP es que nadie puede dudar de su posición contraria al proyecto de Estatuto catalán, lo que le permite actuar con márgenes más amplios que los que les fijan, por un lado, quienes reclaman una política de portazo en el trámite parlamentario y, por otro, quienes les sugieren envenenadamente que se sumen a la tarea de remiendo estatutario. Lo que está claro es que resulta una ingenuidad pensar que el PSOE está interesado en mejorar las expectativas de Rajoy cuando le pide que abandone su actual estrategia. Por algo será.

En cambio, si alguna posibilidad existe de que Rodríguez Zapatero introduzca modificaciones en el texto -lo que no quiere decir que lo mejore- se debe a la movilización del PP, al seguimiento social de su llamamiento y a la coincidencia de destacados socialistas con los criterios de Rajoy. Si el PP no hubiera actuado de esta manera, Rodríguez Zapatero no habría planteado tan explícitamente la necesidad de revisar determinados capítulos del proyecto estatutario, ni estaría corriendo los riesgos que se ciernen sobre él.

La toma en consideración de esta propuesta por el Congreso de los Diputados es inevitable y, por tanto, habrá debate parlamentario. Y el PP debe estar en él porque ha sido el Parlamento, sin desmerecer en absoluto las movilizaciones de la pasada primavera sobre otros frentes de la política gubernamental, la base principal de difusión del discurso de Rajoy y allí ha demostrado su superioridad argumental sobre el presidente del Gobierno. Así sucedió en el pleno sobre el Plan Ibarretxe y el debate sobre el estado de la nación. La táctica de la «silla vacía» tendría un impacto informativo alto, pero políticamente sería efímero. Sin embargo, la participación continuada durante los meses de debate y enmiendas es una oportunidad que el PP, como oposición parlamentaria y representante de unos determinados principios políticos y éticos, no debe desperdiciar con gestos aparatosos, pero inconducentes al objetivo final de lograr la retirada del Estatuto y, en todo caso, consolidar a los populares como alternativa a corto plazo.

Este planteamiento -que no implica renunciar a ningún pasado, ni repudiar a Aznar- no es muy distinto del que anima la campaña de concienciación que ayer presentó el secretario general del PP, Ángel Acebes. En este sentido, del mismo modo que con anuncios se llama a respetar la vigencia de la Constitución y a dar a los ciudadanos la posibilidad de ser oídos, es lógico que los primeros que deben seguir siendo oídos son los diputados, senadores y representantes del PP en todas las instituciones. No en vano, Rajoy ha reiterado que está dispuesto a explicar donde haga falta, incluso en Cataluña, la posición de su partido. De la misma forma que los anuncios del PP huyen del tremendismo y de la palabra gruesa, sin perder la claridad del mensaje, una táctica de presencia parlamentaria continuada durante el debate del proyecto es la mejor herramienta para la estrategia de pedagogía que tan buenos resultados le está produciendo al PP. La unidad de España y la defensa de la Constitución son rúbricas que llegan a los ciudadanos, al margen de su ideología. Evidentemente, cuanto menos coincidan las decisiones del PP con la imagen grotesca que de este partido hace el PSOE, más difícil será para los socialistas desprestigiar el discurso de Rajoy, quien, por más que suba el ruido de la polémica, realmente está haciendo una defensa del orden constitucional, en términos muy similares a los que han empezado a utilizar destacados dirigentes socialistas. Por eso es previsible que el PSOE aumente la campaña de descalificación contra el PP, para endosarle lo que ya es un fracaso de la política territorial de Rodríguez Zapatero: la exacerbación de los nacionalismos y la adhesión del socialismo a postulados hasta ahora exclusivamente nacionalistas.

CARISMA: LA IDA Y LA VUELTA
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 23 Octubre 2005

Me ha intrigado siempre el tono exaltado y perentorio, y a la vez práctico, con que las revistas de moda comunican a sus lectores los secretos y maravillas del mundo. El estilo es inconfundible: a la epifanía, a la revelación, sigue un remedio infalible para dificultades concretísimas, bien de naturaleza material, bien espiritual. Queda ello patente en el número de «Marie Claire» correspondiente al mes de noviembre. En la portada aparece una joven descotada y muy seria, en la actitud retadora que de un tiempo acá gastan las modelos cuando lucen el palmito en la pasarela. Arriba y a la izquierda, invadiendo la crencha color caoba de la joven, se ve el anuncio de la exclusiva sobre el presidente del Gobierno. Y luego otros titulares, en blanco y rosa. Uno dice: «Moda mágica. Abrigos, ¡encuentra el tuyo!». Y un segundo reza: «Cómo, cuándo, y dónde romper una relación». Y así de corrido, hasta completar una especie de semióvalo cuyo centro o foco es el escote de la joven.

Sería interesante rastrear el origen de esta elocuencia animosa, reforzada por lo común con puntos exclamativos. Mi conjetura, es que la cosa viene de América. La oratoria sagrada de cuño protestante se transformó al pasar por el filtro del utilitarismo democrático y dio lugar a la mentalidad que Eugene O´ Neil plasmaría memorablemente en «El hombre de hielo». El protagonista es un corredor de mercaderías que cree haber encontrado una fórmula para hacer felices a sus amigos. Es como si trajera un frasco virtual, y dentro, una esencia prodigiosa. Desenrosca uno el frasco, vierte la esencia sobre el cuero cabelludo, y ya es un hombre nuevo. El proceso salvífico opera con una eficacia sobrenatural, y al tiempo, extrañamente mecánica.

¿Por qué les cuento todo esto? Porque el reportaje de «Marie Claire» sobre el presidente, aún siendo muy malo, resulta, a la vez, imprevistamente iluminador. Descubrimos una concordancia súbita, una como congruencia poética, entre Zapatero y la revista que lo ha acogido en su páginas satinadas. Atiendan a cómo explica Zapatero, al llegar a la sede de la ONU, su hallazgo célebre de la Alianza de Civilizaciones: «Ésta es la casa de todos, sin diferencias, de los ricos y de los pobres, de los países con historia y de los que apenas tienen historia, de los que creen en Dios, o en varios dioses, y de los que no creen. Fue en esta sala donde tuve la certeza de lo necesaria que resulta la Alianza de Civilizaciones, porque, a pesar de las diferencias, aquí todos nos sentimos iguales». Se combinan, lo mismo que en los rótulos de la portada, la revelación súbita y el remedio ejecutivo. Mejor: la revelación depara el remedio, porque es como un fulgor bajo cuya acción desparecen los relieves, las sombras, y el propio problema. Basta de hecho invertir el orden de la exposición, para darse cuenta de que Zapatero ha apreciado un no problema, una no dificultad, allí donde un observador lastrado por la impedimenta de la lógica habría registrado problemas o dificultades.

La lógica obliga a temer que si los hombres son terriblemente distintos, por cuanto unos creen en un Dios providencial y otros no, y unos tienen historia y otros no, y unos son muy ricos y otros muy pobres y no concuerdan sobre la manera de estrechar la diferencia, lo normal, lo predecible, es que se entiendan mal, o no se entiendan en absoluto. Pero Zapatero percibe lo contrario. Percibe que si están hechos para malentenderse, se entenderán. ¿Por qué? La respuesta es un temblor, una intuición, provocada por un escenario solemne. La respuesta es una certeza, elemental e indescomponible en partes, y por lo mismo, refractaria a todo intento de argumentación. Zapatero sonríe, vuelta la mirada hacia dentro. Y tras la sonrisa hay un abismo, o quizá una fusión.

Zapatero es un carismático, en la acepción weberiana del término. Ofrece auras o deslumbramientos, no principios cuya oportunidad sea posible medir por las consecuencias que de ellos se desprenden.

El carisma constituye un don fascinante. Aunque no, por desgracia, exento de riesgos, máxime cuando el carismático preside el gobierno en un país desarrollado, complejo, y sujeto a la disciplina fastidiosa de la ley. El carisma de Zapatero ha facilitado el alumbramiento de un Estatuto confederal. El carisma nos ha dejado sin arrimos en la crisis de Ceuta y Melilla. El carisma, en fin, nos ha llevado inquietantemente lejos. Veremos pronto si el carisma, además de ir, es capaz de volver.

Sentido y sensibilidad
IGNACIO CAMACHO ABC 23 Octubre 2005

APENAS unas horas antes de que Don Felipe de Borbón y Grecia pronunciase en el teatro Campoamor de Oviedo el que ya es histórico discurso en defensa del pacto constitucional del 78, haciendo sonar en el ruidoso debate público español el aldabonazo de su compromiso de Heredero de la Corona, el presidente Rodríguez Zapatero almorzaba en secreto en Moncloa con dos de los individuos que con más ahínco se aplican a la demolición del edificio institucional cuya «arquitectura política» ha elogiado el Príncipe con tan inequívoca determinación como exacto sentido de la oportunidad. Aunque es conveniente suponer que el jefe del Gobierno sentó a su mesa a Carod-Rovira y Puigcercós con el propósito de negociar la adecuación al marco constitucional del disparatado Estatuto de autonomía (?) lanzado por el Parlamento catalán a la escena española con el estrépito de una carga de titadyne, no deja de resultar significativo el contraste de actitudes y estilo de dos de las personas llamadas a ejercer al máximo nivel el sentido de la responsabilidad histórica.

Así, mientras Don Felipe aprovechaba con agudo instinto escenográfico la solemnidad del acto de entrega de los premios Príncipe de Asturias para situarse bajo los focos de la atención colectiva y reclamar desde su privilegiada posición un esfuerzo general en defensa de los principios de solidaridad, convivencia y unidad que consagra la Constitución vigente, Zapatero optaba por los cencerros tapados para muñir con sus poco fiables socios independentistas y republicanos las claves de un itinerario político cuyos aspectos esenciales debería conocer sin tapujos la opinión pública. Las intenciones del presidente no pueden sino merecer el beneficio de la duda, pero la reciente experiencia indica que cada vez que ha recibido en Moncloa a los líderes de la política catalana -en septiembre fueron Mas y Maragall los asistentes a sus reuniones secretas-, los resultados de esos encuentros han distado mucho de resultar tranquilizadores.

Antes al contrario, la intervención presidencial en esos contactos ocultos ha servido de empujón final para el dislate en que se acabó convirtiendo un proyecto que podía y debía haber fracasado en origen, desenlace que habría aliviado sobremanera la tensión que electrocuta actualmente la escena política. En vez de ello, Zapatero se ha configurado como la espoleta esencial que ha activado la bomba de relojería del Estatuto, cuya onda expansiva trata ahora de controlar por el mismo procedimiento con que la puso en marcha. Éste es, precisamente, el aspecto más grave del problema: que su solución está en manos de aquél que lo ha originado, al tiempo bombero y pirómano, con el agravante de que tras haber prendido el incendio solicita para apagarlo la colaboración de quienes más ganancia obtienen con la propagación de las llamas, y desprecia la de aquéllos que desean extinguir el fuego antes de que se propague a los cimientos del edificio nacional.

Por más que ahora todo el Partido Socialista haya decidido señalar al errático Pasqual Maragall como el responsable de la crisis creada, echándolo a los leones para tratar de aplacar la razonable inquietud desencadenada en la sociedad española, la verdadera cuestión reside en la voluntad del presidente de pasar a la Historia como el autor de una nueva transición que trascienda hacia no se sabe dónde el equilibrio que brotó de la Constitución del 78, cuya caducidad ha determinado unilateralmente Zapatero con la ayuda de los nacionalistas que nunca aceptaron de buen grado la solidaridad nacional consagrada en el pacto de la Transición.

Esto es lo que el presidente no ha explicado aún a la sociedad española, identificada de forma abrumadoramente mayoritaria con los principios que el Príncipe defendió de manera brillante en la tarde asturiana del viernes. Zapatero no ha sabido o no ha querido dar cuenta de las razones profundas que animan su empeño político de trazar un nuevo pacto constituyente, en todo caso mucho menos dotado de respaldo popular que el vigente, y ha optado por el subterfugio de dar alas a las fuerzas centrífugas para operar como resortes marginales que empujen la reforma encubierta de una Constitución que no se atreve formalmente a modificar de manera abierta y sin argucias ni disimulos.

Lo que el presidente pretende es un cambio constitucional maquillado, y para ello se ha aliado con expertos aprendices de brujo, sin reparar en que los españoles somos lo bastante maduros para entender que nada de lo que complazca a los Carods y otros adláteres puede resultar satisfactorio para la mayoría, por la sencilla razón de que ellos mismos se han ocupado reiteradamente de aclarar con arrogancia casi ingenua la incompatibilidad entre los intereses de la mayoría y los suyos.

Bien es cierto que Maragall se ha ganado a pulso el destierro político al que ahora pretenden arrojarlo los suyos como si fuera un fusible destinado a saltar ante la crecida de tensión provocada por el Estatuto. Pero no nos engañemos: Maragall no es el problema, aunque pudo ser en gran parte el origen del problema, en la medida en que convenció a Zapatero para emprender un camino que no hubiera sido jamás emprendido si el presidente no se hubiese dejado convencer por su propia conveniencia. Lo que ahora trata de vender, y para lo que solicita nuestra confianza, es su capacidad para rizar el rizo de encajar en la Constitución un Estatuto diseñado, pensado, redactado y concluido para romper con ella, y que además lo va a hacer con la colaboración de sus extraños comensales del viernes, los hechiceros que prepararon a conciencia el bebedizo de la ruptura.

Ya es significativo que, por más que sus ausencias en ocasiones importantes se hayan convertido en moneda común, no estuviese Zapatero presente en el teatro Campoamor, para oír de viva voz el histórico manifiesto del Heredero del Trono. Asuntos más importantes le retendrían, sin duda, en Madrid, pero a muchos españoles les habría gustado verle asentir sin ambages -como hizo, digámoslo en justicia, la vicepresidenta De la Vega- el comprometido discurso constitucionalista del Príncipe en Oviedo. Intermediarios monclovitas se apresuran estos días a asegurar que el día 2 de noviembre, en el Congreso de los Diputados, se oirá de boca del presidente un importante discurso de Estado en el que marcará sin resquicios el camino a seguir por el Estatuto. No cabe esperar menos, por otro lado. Aunque, como han repetido estos días socialistas como Rodríguez Ibarra o José Blanco, la constitucionalidad del proyecto catalán no es la única condición que lo vuelve presentable. La Constitución es un excelente modelo de convivencia, pero se puede perfectamente -de hecho la historia de los últimos veinticinco años está llena de episodios así- cometer una inmoralidad, o una inconveniencia, o un abuso, dentro de los límites de la Carta Magna.

Desprovista de las claves que maneja en secreto la dirigencia política -cuánto descrédito de la actividad pública ha provocado siempre el secretismo y la conspiración-, la sociedad española ha de juzgar a través de signos escenográficos el desarrollo de esta crisis nacional. Y esos signos, en los que tantas veces se refleja el sentido y la sensibilidad de los líderes, resultaron el viernes especialmente contundentes: el Príncipe defendiendo de pie y bajo los focos el Pacto Constitucional y solidario del 78, y el presidente reunido a escondidas con unos socios que pretenden sin disimulo convertir ese acuerdo fundacional en papel mojado. Seguro que no todo es como parece, pero hay ocasiones en política en que conviene que las cosas, además de ser de un modo determinado, lo parezcan.

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Los signos resultaron el viernes especialmente contundentes: el Príncipe defendiendo de pie y bajo los focos el Pacto Constitucional y solidario del 78, y el presidente Zapatero reunido a escondidas con unos socios que pretenden sin disimulo convertir ese acuerdo fundacional en papel mojado

El consenso constitucional según el PSOE
EDITORIAL Libertad Digital 23 Octubre 2005

Pocos discursos del Príncipe de Asturias han tenido tanta relevancia política como el que pronunció el pasado viernes en Oviedo, en la ceremonia de entrega de los premios que llevan su nombre. Tal y como están las cosas, era preciso que la Corona se “mojase” reafirmando a la Constitución como único referente válido. El heredero manifestó su compromiso con la Carta Magna y apeló al genuino consenso que, hace un cuarto de siglo, hizo posible una modélica transición democrática y dio comienzo a las casi tres décadas de paz y prosperidad que hemos disfrutado desde entonces.

La Corona no posee, en nuestro ordenamiento político, atribuciones ejecutivas, pero cuenta con una responsabilidad moderadora que es en estos momentos de crisis cuando ha de hacer efectiva. Para el Príncipe de Asturias el “pacto constitucional”, es decir, el prodigioso acuerdo que posibilitó el paso de la dictadura a la democracia, es la base sobre la que ha de construirse la España del futuro. Celebramos tal compromiso porque, descendiendo a la arena política, sólo hay un partido –el Popular- que lo tenga tan claro. La otra pata de la estabilidad institucional, el PSOE, se encuentra preso de la esquizofrenia afirmando una cosa en Barcelona y otra en Madrid, una en Bilbao y otra en Sevilla. Y lo que es peor, el presidente del Gobierno aún no se ha resuelto a manifestarse al respecto, y eso de por sí ya es motivo de preocupación.

Para nadie es un secreto que la clave de la crisis actual es que sólo una parte del arco parlamentario se ha mostrado abiertamente dispuesta a defender la Constitución. La otra, la formada por el PSOE y la pléyade de partidos nacionalistas que le apoyan en el Congreso, vacila en la indecisión o se muestra partidaria de dinamitar la Carta Magna sin más dilación. Los partidarios de lo segundo disfrutan, además, de un trato preferencial en Moncloa y ven como todas sus demandas, por delirantes y revanchistas que éstas sean, son atendidas sin pestañear. Este es nuestro verdadero problema. Por lo tanto, no deja de ser curioso contemplar a destacados miembros del PSOE asegurar que coinciden plenamente con las palabras de Felipe de Borbón, cuando en su propio partido se tiran los trastos a la cabeza con la cuestión nacional y cuando hacen lo posible por evitar a toda costa un acuerdo de mínimos con el Partido Popular.

Si el PSOE fuese, tal y como manifiesta serlo, leal a la Constitución, debería expedientar a todos los que han contribuido a parir una “reforma” estatutaria que vulnera abiertamente nuestra Ley de Leyes. Acto seguido, y con la casa debidamente barrida, debería buscar el espíritu de consenso del que anteayer hablaba el Príncipe de Asturias. La realidad, sin embargo, es muy otra. El partido del Gobierno ha elevado a categoría política gobernar contra la oposición y favor de los nacionalismos más recalcitrantes. ¿Es esa la visión del pacto constitucional que tiene el PSOE?, ¿pretende respetar la Constitución renegando de los constitucionalistas y dando cancha a los que quieren reventarla?

La responsabilidad a la que aludió el Príncipe de Asturias hace dos días incumbe a los que creen que la Constitución del 78 es un instrumento con vigencia plena para regular la vida nacional. Los que no creen en ella ya nos lo recuerdan a diario agitando el espantajo del conflicto. El PSOE ha de situarse a un lado o a otro de la línea. Las medias tintas y los dobles discursos quizá queden bien para rebañar algún voto y dárselas de “partido total”, pero flaco favor le hacen a la estabilidad y gobernabilidad de la nación. Si lo hace del lado de los constitucionalistas, su aliado natural en este brete es el Partido Popular, aunque le pese a su más conspicuo líder. Si se decide por seguir abanderando la causa de aquellos cuyo principal objetivo es acabar con el pacto del 78, que lo haga abiertamente y deje de fingir lealtades de las que se halla muy distanciado.

El Estatuto en el Congreso
La España de la libertad
Ignacio Cosidó Libertad Digital 23 Octubre 2005

Parece que el instinto de supervivencia de la nación se hubiera despertado. El debate sobre el Estatuto de Cataluña ha hecho sonar las alarmas de una sociedad a la que desesperadamente se trata de anestesiar desde el poder. La gente tiene la percepción de que vivimos un momento crítico para el futuro de nuestro país, que está en juego algo más importante que la alternancia del poder, algo más serio que una política con más acento social o más énfasis en el crecimiento económico, algo aún más grave que las bodas gay, los desatinos de nuestra política exterior u otras muchas frivolidades de un Gobierno accidental. Los españoles perciben que lo que se está poniendo hoy en riesgo es nada menos que la España de la libertad.

El presidente Rodríguez Zapatero, preso de las hipotecas ya contraídas con los independentistas catalanes y sin más proyecto político que la mera permanencia en el poder, parece dispuesto a vender España por unos pocos años más en La Moncloa. Pero por primera vez desde 14 de marzo de 2004 hay una mayoría social que considera que ya se ha ido demasiado lejos y que es necesario parar esta alocada carrera hacia el precipicio. Es en el propio seno del Partido Socialista donde más enconadamente se vive esta lucha entre los que quieren conservar el poder a toda costa y quienes consideran que el precio a pagar es demasiado alto para el conjunto de los españoles y del propio PSOE.

El problema es cómo transformar esa mayoría social en una mayoría política que se articule eficazmente para salvaguardar nuestro proyecto común de España y en defensa de nuestra democracia. El liderazgo en este ámbito corresponde sin duda al Partido Popular, un partido que con diez millones de votos constituye no sólo la única oposición al frente que han articulado nacionalistas y socialistas para el desmantelamiento del Estado, sino que es además la única alternativa de Gobierno que hoy existe en nuestro país.

Se equivocan quienes ven en el PP un partido que alienta la crispación y la división en este debate para obtener una rentabilidad política. Mi percepción es que hay una mayoría social que está probablemente aún más movilizada e inquieta que el propio aparato del partido. Su líder, Mariano Rajoy, está empeñado en platear la batalla sin más armas políticas que la defensa de la Constitución y la fuerza del sentido común y la responsabilidad. Es más, Rajoy está haciendo un inmenso esfuerzo pedagógico, a pesar de que eso pueda suponerle un cierto coste entre los sectores más radicalizados, para explicar que este no es un enfrentamiento entre Cataluña y el resto de España, sino que el proyecto de Estatuto, aún en mayor medida que una amenaza para la cohesión de España, es un atentado contra la libertad de los propios ciudadanos de Cataluña. El PP es hoy más un factor de moderación que de radicalidad en esta España crispada de Zapatero.

Es imprescindible que el Partido Popular mantenga la firmeza y la contundencia con la que se está oponiendo a este proyecto de disgregación de España, de secuestro de la libertad y de claudicación preventiva frente a los terroristas. Es esencial, antes que nada, porque se trata de defender los principios básicos sobre los que se asienta nuestra convivencia, nuestra democracia y la propia continuidad histórica de nuestro país. Estos principios deben estar por encima de cualquier cálculo electoral o táctica política.

Es necesario mantener la negativa a sumarse a este proceso porque esta posición representa hoy a una mayoría social que necesita un liderazgo claro y firme para articularse políticamente. El PP traicionaría la voluntad de la inmensa mayoría de sus diez millones de votantes si por erróneos cálculos de conveniencia política, por un acomplejado y falso sentido de Estado o simplemente por miedo a sentirse solo, se prestara a servir de cómplice involuntario al presidente Rodriguez Zapatero en este proceso de despiece progresivo de nuestro país.

La oposición firme del PP a este proyecto es fundamental, por último, porque aunque una mayoría de nacionalistas y socialistas logre sacar adelante el proyecto en el Congreso de los Diputados, aunque Rodriguez Zapatero consiga embaucar a su propio partido para que trague con las imposiciones de los independentistas, todos deben saber que todo eso, a pesar del daño producido, será meramente provisional hasta el momento en que el conjunto de los españoles tenga la oportunidad de volver a expresar su voluntad en las urnas. Por el bien de España, esperemos que esto sea cuanto antes.

Ignacio Cosidó es senador del PP por Palencia.

Estatut e insolidaridad
Pablo Merino elsemanaldigital 23 Octubre 2005

Enterrado por segunda vez el Carmel por la amplia cobertura desinformativa de los medios de prensa públicos, los parapúblicos y ciertamente los privados, olvidado el 3% comisionista sin esclarecer ante tan grave acusación su veracidad o su calumnia, sellado y cumplido escrupulosamente el pacto entre caballeros de exclusión geográfica de atentados por apoyo político al terrorismo, pagada la mastodóntica deuda sanitaria catalana con la caja general española (aquí no hay independentismo), la clase política catalana lanza un doble órdago: la OPA bastante hostil contra Endesa, y un Estatut nacional constituyente, desafíos íntimamente ligados.

La constitución catalana, graciosamente autootorgada e inviable sin la alegre cobertura socialista, desborda el marco del Estado, pero como todo fogón necesita leña, paralelamente surge una OPA que trata especialmente de garantizar la dependencia energética del resto de España. Es la verdadera apuesta del nacionalismo catalán, asegurar la independencia de hecho y el control de la energía.

El nacionalismo catalán (el oficial CiU-ERC, y el de facto del PSC, aún más virulento por tardía conversión) pretende la independencia de hecho, con normativa constitucional, Hacienda propia, Supremo catalán y diplomacia exterior expansionista (ojo Aragón-Valencia), con la guinda pastelera de la soberanía energética.

El resto de España dependería de las decisiones catalanas: suministro, tarifas, y la extensión del control bancario-industrial mediante el poder del dinero.

En contraste, otras regiones españolas menos favorecidas nunca han tenido burguesía industrial, y naturalmente sin acento nacionalista o regionalista. Desde luego se agradece la ausencia de nacionalismo excluyente por otros pagos, véase Galicia, pero en trances así se deja notar el enorme desequilibrio territorial, y se echa en falta que otras regiones tengan tejido empresarial y sociedad civil capaces de al menos defender sus sectores estratégicos frente a estos ataques.

De paso, el Gobierno renuncia a re-equilibrar modestamente el país, rindiéndose de antemano ante las principales amenazas exteriores e interiores que acechan a España.

De la Vega a la verja, cientos de sub-saharianos abandonados a su suerte en pleno desierto con la bendición apostólica del sumo y único sacerdote de la Alianza de Civilizaciones para la Justificación de Violaciones de Derechos Humanos, Merkel fracasada en su intento de ser vice-canciller, España que no accederá al escenario de la diplomacia internacional ni con repesca, el Gobierno que se niega en redondo a condenar las bombas terroristas (hasta que el asunto le estalle en las manos), y en medio, el desventurado Solbes anunciando que el Estado gastará más donde la riqueza es mayor, es decir, más en Cataluña y el País Vasco, naturalmente.

Los vientos que soplan desde Cataluña y que se huracanizan en Madrid pregonan la buena nueva: se ha acabado la solidaridad inter-territorial y la lucha aunque desigual va a ser feroz.

Sobre el cinismo lingüístico
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 23 Octubre 2005

A ESTE PUNTO hemos llegado: a que el presidente de la Xunta tenga que disculparse, mediante persona interpuesta, por utilizar en público uno de los dos idiomas oficiales de Galicia.

Sucedió el miércoles pasado, cuando el diputado del BNG Bieito Lobeira criticó a Touriño por hablar esporádicamente en castellano en actos oficiales. Lobeira, que había insultado previamente de un modo intolerable al alcalde coruñés, al que calificó de «delincuente» en dos ocasiones por no cumplir según su gusto la normativa sobre el uso de topónimos, obtuvo, sin embargo, la satisfacción moral que probablemente perseguía cuando un diputado socialista excusó la heterodoxa práctica lingüística del presidente de la Xunta con un insólito argumento: Pérez Touriño -explicó convencido el diputado- habla en castellano en ocasiones «por unha cuestión práctica», cuando hay castellanohablantes entre sus interlocutores.

Uno oye tal explicación, amparada sin duda en las mejores intenciones, y se queda estupefacto. Estupefacto, sí, pues entre los interlocutores de Touriño hay siempre, por definición -salvo que hable, pongamos por caso, en Dinamarca o en el Congo-, montones de castellanohablantes. Empezando, claro está, por el propio Parlamento de Galicia, donde muchos gallegohablantes rituales hablan en castellano nada más dejar el hemiciclo.

Y es que en Galicia hay cientos de miles de castellanohablantes, muchos de los cuales hablamos también, además, en gallego desde niños. Y cientos de miles de gallegohablantes, muchos de los cuales hablan, además, en castellano desde niños. Es lo que pasa en los territorios con dos lenguas que tienen el parecido extraordinario del castellano y el gallego: que la inmensa mayoría las habla y entiende sin problemas.

Que Lobeira, y el grupo al que pertenece, consideren tal situación una patología a extirpar por métodos quirúrgicos resulta muy preocupante, pero fácil de explicar: al fin y al cabo el Bloque es lo que es. Que lo acepte sin más el Partido Socialista pone, sin embargo, la carne de gallina. Que, en fin, nuestros diputados actúen como si desconocieran la realidad de este país constituye una ofensa gratuita. A esa realidad se refería, hace no mucho, un informe de la Real Academia Galega sobre Usos lingüísticos en Galicia , que señalaba, entre otras cosas, que «en la evolución del uso destaca una notable disminución del monolingüismo en gallego a medida que descendemos en la escala intergeneracional (de abuelos a padres y de padres a entrevistados)». Si el señor Lobeira saliese a la calle y escuchara, podría comprobarlo. Aunque escuchar, ya se sabe, exige a algunos gran esfuerzo.

Carlos Chivite: el PSOE que tiene que elegir
Pascual Tamburri elsemanaldigital 23 Octubre 2005

Vivimos una semana de encuestas apasionantes para el socialismo navarro. Por primera vez desde los escándalos de corrupción de Gabriel Urralburu y de Javier Otano, que por dos veces hicieron perder al PSOE el poder, el partido de Zapatero repunta en Navarra.

Repunta, en el sentido más preciso. Es decir, recupera algo de su espacio electoral, pero sigue siendo casi doblado por el centro derecha regionalista de UPN. Sin embargo, hay esperanza en la sede socialista del paseo de Sarasate. Tanta esperanza, de hecho, que surgen insistentes los rumores de desavenencias entre el senador Carlos Chivite, secretario general y teórico cabeza de lista en 2007, el delegado del Gobierno y ex diputado Vicente Ripa, el portavoz parlamentario y hombre dicen que cabal, Fernando Puras. Con el ex secretario general, el depuesto Juan José Lizarbe, no son desavenencias: ha sido y parece seguir siendo una pelea de patio de colegio.

Pero en fin, repunta. Un par de escaños más en el Parlamento Foral. Y para algunos es más una mala noticia que una ilusión. Porque el PSOE, si es derrotado, puede limitarse a ser la oposición, como durante los últimos diez años, que es cosa cómoda y no obliga a elegir. Y Chivite puede tener que elegir en un momento decisivo.

Navarra es la clave de eso que Zapatero llama "el proceso de paz" con ETA. Los terroristas, como nacionalistas, quieren la anexión de Navarra al País Vasco. Y naturalmente sin Navarra no hay "paz"; Zapatero tiene una buena excusa ahora mismo, y es que en Pamplona gobierna Miguel Sanz, con el apoyo inesperadamente feliz de Juan Cruz Alli y su CDN. Hoy, Zapatero puede alegar que el Gobierno de Navarra es impermeable a las peticiones "progresistas". Mañana, si Chivite estuviese en condiciones de participar en un Gobierno navarro alternativo, el PSOE dejaría de tener excusas.

Todo eso depende de Chivite. Todos los analistas coinciden en prever una amplísima victoria del centro derecha; pero detrás podría haber dos fuerzas en condiciones de formar tal vez juntas una mayoría alternativa. La buena noticia para Chivite es que una de esas fuerzas es el PSOE; la mala es que la otra es Nafarroa Bai, con el ex batasuno Patxi Zabaleta al frente. Y no sería extraño que Nafarroa Bai, uniendo todo el voto nacionalista, superase al PSOE y se situase como segunda fuerza electoral de Navarra, en torno al 18% de los votos. Chivite podría ser presidente de Navarra, o no; pero lo sería al precio que Zabaleta marcase en Pamplona y al que los negociadores de ETA como Rafael Díez Usabiaga impusiesen en la "negociación".

El PSOE afronta en Navarra ahora un dilema de difícil solución. Conseguir poder en Pamplona y conquistarlo en Madrid pasa por pactar con los nacionalistas. Pero el 80% por ciento de los navarros, entre ellos una muy amplia mayoría de los votantes socialistas, desean conservar las instituciones navarras como son, sin concesiones al nacionalismo. El de Cintruénigo tendrá que elegir entre sus bases y el poder, sin olvidar además las presiones que van a venir de Zapatero y las que ya están viniendo de Patxi López. Si es un hombre de convicciones creo que Chivite está pasando por un mal momento.

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