AGLI

Recortes de Prensa     Miércoles 2 Noviembre 2005
Crónica de un fraude de ley anunciado
EDITORIAL Libertad Digital  2 Noviembre 2005

El secuestro de la democracia
Ignacio Villa Libertad Digital 2 Noviembre 2005

La piqueta de Zapatero
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 2 Noviembre 2005

Prueba de fuego para la Constitución
Editorial ABC 2 Noviembre 2005

El Gólgota parlamentario de Carod
Lorenzo Contreras Estrella Digital2 Noviembre 2005

La República y el Estatuto
Pablo Sebastián Estrella Digital2 Noviembre 2005

Basta ya, Durán
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 2 Noviembre 2005

No es una reforma estatutaria
CARLOS RUIZ MIGUEL  ABC 2 Noviembre 2005

Quemar las naves
Por BENIGNO PENDÁS ABC 2 Noviembre 2005

Discusiones bizantinas
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 2 Noviembre 2005

Un día para la Historia, en el que los españoles (y no sólo ZP o Rajoy) nos jugamos mucho
Jesús Cacho elconfidencial 2 Noviembre 2005

La fatalidad del Estatuto
Agapito Maestre Libertad Digital 2 Noviembre 2005

Bono en el banco azul
Las Pesquisas de Marcello Estrella Digital 2 Noviembre 2005

Lo que se espera del PP
TONIA ETXARRI El Correo 2 Noviembre 2005

¿De qué se arrepiente Zapatero?
GEES Libertad Digital 2 Noviembre 2005

Las barbas del iraní
Por ALFONSO ROJO ABC 2 Noviembre 2005

Una aclaración oportuna
GEES Libertad Digital 2 Noviembre 2005

Dimite un concejal socialista de Elorrio por la aparición de pintadas amenazantes en su casa
Agencias Libertad Digital  2 Noviembre 2005

Montilla y la Catalanofobia
Javier Orrico Periodista Digital  2 Noviembre 2005

Crónica de un fraude de ley anunciado
EDITORIAL Libertad Digital  2 Noviembre 2005

El 29 de marzo de 2004, con las Cortes Generales surgidas del 14-M todavía por constituir y la formación del nuevo Gobierno en fase inicial, el presidente de la Generalidad, Pasqual Maragall, hizo un solemne llamamiento a José Luis Rodríguez Zapatero desde el Consejo Nacional del PSC. Maragall instó al recién elegido presidente del gobierno español a que "no se limitara a administrar la continuidad constitucional" y llevara a cabo, por el contrario, "una nueva lectura de los textos fundamentales" y decidir "qué sigue vigente, qué estorba y qué hay que añadir a lo aprobado hace 25 años". Lo "aprobado hace 25 años" no era, ni es otra cosa que nuestra vigente Ley de leyes, la Constitución Española, aprobada en referéndum el 6 de diciembre de 1978, pero que el presidente socialista de la Generalidad, con el apoyo de los separatistas y socios de ETA en Perpiñán, quería y quiere dejar atrás, 25 años después, en pro de una "gran transformación política" que, según dijo entonces, "requiere el Estado español".

En esta línea, Maragall animó aquel día al recién elegido presidente del gobierno a emprender, "libre de las hipotecas del PP", una "construcción política y jurídica de lo que desde el principio de la democracia estaba en la mente del PSC y de la mayoría de los españoles". Así, Maragall no sólo animaba a Zapatero a superar la Constitución del 78 sino también el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo que, según Maragall, el PSOE, en la oposición y "limitado y obligado por la presión del PP", tuvo que firmar "para demostrar su fidelidad a España".

Ese día, el presidente de la Generalidad demostró, o bien una elemental ignorancia sobre el procedimiento y los requisitos legales para modificar nuestra Carta Magna, o bien tal estado de euforia y embriaguez –debido, sin duda, a la satisfacción por los recientes resultados del 14-M– que le llevó a pasar por alto que el consenso con el PP seguía, con todo, siendo necesario para cualquier modificación de nuestra Carta Magna, con independencia de lo que Maragall considerase que "falta" o "estorba" en ella.

Ciertamente "faltan y estorban" muchas, muchísimas cosas para que nuestra Ley de Leyes pueda dar cabida al proyecto soberanista que Maragall y sus socios separatistas tenían entonces en mente y ahora por escrito. De hecho, lo que "estorba" es la propia Constitución española del 78, y lo que "falta" es reconocer que el "estatuto" que el Congreso se dispone hoy a admitir a trámite es, en realidad, una Constitución Catalana.

Y es que hoy, ese proyecto de "gran transformación política" de la que nos hablara Maragall, no nos la presentan ni él, ni Zapatero, ni los separatistas como una propuesta de reforma constitucional sino, arteramente, como una simple reforma estatutaria, que ahora nos quieren hacer creer que no necesita ni "añadir" ni "suprimir" nada en nuestra Carta Magna. A diferencia de la reforma constitucional, la reforma estatutaria no necesita mayorías cualificadas, ni consulta en referéndum a los ciudadanos españoles, ni elecciones anticipadas.

El hecho es que hasta aquí hemos llegado por culpa de un presidente del Gobierno que, ya meses antes de serlo, no censuró a Maragall ni por sus amenazas de "drama", ni por su advertencias de desobedecer al Parlamento nacional, y convocar ilegalmente un referéndum en Cataluña en el caso de que el PP ganara las elecciones generales y las Cortes rechazaran su propuesta soberanista. Haría bien el PP y Rajoy en recordarlo todo hoy y las próximas semanas para ser consciente con que "tropa" se dispone a enmendar –o no– este auténtico engaño en el que él no ha participado.

El secuestro de la democracia
Ignacio Villa Libertad Digital 2 Noviembre 2005

El debate parlamentario sobre el Estatuto de Cataluña celebrado este miércoles en el Congreso de los Diputados ha sido altamente clarificador. Ha dejado a cada uno en su sitio, es más, nadie se ha escapado de la triste realidad de una clase política que está demostrando una gran intransigencia hacia los que no piensan como ellos. Vamos por partes.

El presidente Zapatero ha pronunciado un discurso muy poco consistente. Ha manifestado su crítica hacia el Partido Popular, –única formación constitucional– y se ha mostrado encantado con todos los partidos políticos que apuestan por la ruptura de la Constitución. La confirmación de una realidad. Hasta ahora hemos dicho muchas veces que Zapatero gobernaba con los independentistas por necesidad, después de lo visto hemos de concluir que el presidente ha buscado los socios de Gobierno por pura convicción. Se había dicho que, en el debate del Estatuto, íbamos a ver al Zapatero más genuino. Es verdad, hemos visto al presidente más frívolo, más superficial y más irresponsable posible. Lleva meses dorando la píldora para terminar diciendo que su fórmula mágica a lo Harry Potter para sustituir la palabra nación es "identidad nacional". Menuda solución.

En cuanto a los tres ponentes del Estatuto –Más, De Madre y Carod– no ha habido sorpresas. Constituyen el exponente del nacionalismo más rancio, del independentismo más radical, del odio a España más extremo, de la agresividad más zafia y de la hipocresía más extrema. Han llegado los tres al Congreso como los buenos de la película, pretendiendo que por treinta minutos de parlamentarismo simplista nos vamos a olvidar de la larga lista de ofensas, insultos, provocaciones y ataques de unos políticos que no entienden la crítica. Sólo saben de obediencia militar. No pueden pretender que todos sus chantajes pasen a ser historia. Sólo entienden de democracia dirigida.

Dos especimenes de la política que –aunque parezca mentira– siguen existiendo merecen capítulo propio. Me refiero a Durán i Lléida y a Puigcercós. Dos intervenciones sin desperdicio. La política es pura cloaca. ¿No se acuerdan cuando Durán i Lleida perdía la cabeza por ser ministro en el Gobierno de Aznar? Pues ahí lo tienen, alardeando de católico para arremeter contra la Iglesia y contra la COPE. Resulta que Durán i Lleida ha renunciado a todos sus principios religiosos para dar el sí al Estatuto. Duran ha dicho sí a un texto que deja la puerta abierta al aborto libre y a la eutanasia, dejando la enseñanza de la religión como algo marginal cuando no suprimida. Por su parte, respecto al independentista Puigcercós todo se resume en algo muy fácil: estamos ante el ejemplo más gráfico de como se aplica el totalitarismo a la política.

El debate quedaría incompleto sí no habláramos de Mariano Rajoy. El presidente del Partido Popular ha estado muy brillante en la forma y en el fondo demostrando que es un excelente parlamentario; pero quizá lo más interesante es que el líder popular se ha dedicado a transmitir en el Congreso, simplemente, el sentir de millones de personas que ven con espanto la incapacidad de Rodríguez Zapatero.

Por más que se empeñen Zapatero y sus amigos, aquí no hay crispación. Simplemente existe un sentir general: Zapatero está hundiendo el país. El presidente del Gobierno intenta aislar al Partido Popular, pero aislar a diez millones de ciudadanos es imposible. Al final, la realidad es que nos están secuestrando la democracia.

La piqueta de Zapatero

Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 2 Noviembre 2005

Hoy Zapatero va a quitar la primera piedra del edificio en el que hemos vivido razonablemente bien los españoles durante estas últimas tres décadas. Va a comenzar hoy, 2 de noviembre, lo que Rubert de Ventós ha dado en llamar en términos tan cursis como cobardes la «deconstrucción del Estado». Él explica que Zapatero tiene que hacer con el sistema de autonomías la misma operación de desmontaje que Suárez hizo con el franquismo. Una segunda transición.

Así que, a partir de hoy, comienza la cuenta atrás de la demolición, que desde hace tanto tiempo vengo denunciando. Doce años desde que publiqué «Si España cae. El asalto nacionalista al Estado» y seis desde que expliqué en «La izquierda y la nación» que los socialistas y los comunistas estaban convencidos de que su misión era la de terminar con la realidad histórica de España. No me sirve de consuelo haberlo dicho a tiempo, pero en estos momentos de balance, a cada uno lo suyo.

Zapatero deberá responder ante la Historia, pero ¿acaso este oscuro diputado podía aspirar a metas más altas que a esta de destruir la nación, que es para lo que fue educado durante años? Recuelo de un partido sin más patrimonio que el que procede de la Leyenda Negra y la Anti-España, de la negación de nuestros mitos, del rechazo de la hegemonía de nuestra lengua común y de la actitud beligerante contra la religión mayoritaria...

Él está siendo apoyado o, en el peor de los casos, tolerado por los otros dirigentes socialistas y por las fuerzas sociales y culturales que se identifican con el partido porque les conviene a todos ellos en cuanto está dispuesto personalmente a ser quizá mañana el chivo expiatorio si todo sale mal... Pero, ¿podría aspirar ZP a alguna empresa mayor que terminar pagando por las culpas de las oscuras fuerzas que le apoyan?

En esta situación, todas mis esperanzas están puestas en los dos millones de votos que podrían y deberían abandonar al partido socialista y la inmensa incertidumbre que supone cambiar el modelo de Estado. Mi análisis político en estos momentos de desolación nacional se basa en una lógica tan elemental como el funcionamiento de unos reflejos de autodefensa.

En esta perspectiva valoro el manifiesto lanzado por el Foro de Ermua en defensa de la unidad de España y la concentración que convoca para el sábado en la Puerta del Sol, en el simbólico kilómetro cero, en la punta del rompeolas de todas las regiones españolas que no de todas las Españas.

El Foro de Ermua trae la autenticidad de la sangre derramada y de la solidaridad. Todo lo contrario de la piqueta destructora de Zapatero movida por el odio.

Prueba de fuego para la Constitución
Editorial ABC 2 Noviembre 2005

LA expectación ante el debate sobre el Estatuto catalán en el Congreso de los Diputados es fiel reflejo de la importancia que otorga la opinión pública al problema de la vertebración territorial. No es exagerado afirmar que la Constitución se somete hoy a una verdadera prueba de fuego. En contraste con la unidad de los dos grandes partidos nacionales a la hora de rechazar el plan Ibarretxe, parece seguro que la Cámara votará a favor de la toma en consideración de la «propuesta de reforma del Estatuto de Cataluña», según la denominación oficial del texto presentado. En rigor, esta misma denominación puede y debe ser puesta en cuestión. No se trata, ciertamente, de una reforma, sino de un estatuto nuevo, notablemente largo y prolijo, que procede a la derogación expresa del estatuto vigente (aprobado por la Ley Orgánica 4/1978, de 18 de diciembre). Voces muy autorizadas han hecho notar que, bajo apariencia de norma estatutaria, se oculta una verdadera «constitución», lo que debería conducir a su tramitación en los términos de máxima rigidez que determina el Título X de la norma fundamental. Sea como fuere, las espadas están en alto ante un debate que tiene su primer aliciente en la intervención de tres representantes de máxima responsabilidad política en nombre del Parlamento proponente y, sobre todo, en el cara a cara entre el presidente del Gobierno y el líder de la oposición. A nadie se oculta que el debate de hoy puede marcar la pauta política de los próximos meses, aunque ya se da por descontado el resultado de la votación.

Rodríguez Zapatero se enfrenta a su responsabilidad ante el conjunto de la nación española y ante buena parte del propio PSOE. Su apuesta por configurar un poder constituyente en sentido material con los nacionalistas y otros aliados radicales con la finalidad de aislar al Partido Popular resulta no sólo sorprendente en una democracia madura, sino también políticamente arriesgada. Buena prueba de ello es que le obliga a hacer frente a un texto cuya inconstitucionalidad es patente, con la pretensión de reconducirlo a través de un complejo proceso de diálogo y negociación. Es de temer que el jefe del Ejecutivo esté intentando lograr la cuadratura del círculo. Como es habitual, le va a resultar más sencillo manejar conceptos generales que resolver problemas específicos que afectan a la igualdad de los españoles, la unidad de mercado, la financiación autonómica o la pretendida bilateralidad en las relaciones entre Cataluña y el resto de España. No puede ni debe eludir, por supuesto, la definición de Cataluña como nación, porque no se trata de una cuestión nominalista ni «teorética», como dicen los expertos socialistas. La nación española es titular única de la soberanía y no la puede compartir con una de sus partes constitutivas, aunque el término nación se sustituya por «comunidad nacional» u otro similar. Prometen desde La Moncloa que hoy se verá al Zapatero «más genuino»: de su habilidad para sortear estos escollos va a depender la percepción de los ciudadanos sobre el éxito o fracaso de su proyecto.

Mariano Rajoy está en presencia de una oportunidad muy favorable para reforzar su ya indiscutido liderazgo y la política de oposición que practica el PP, el único partido que se pronuncia con nitidez en favor del modelo territorial vigente. Además, el líder popular acostumbra a dar lo mejor de sí mismo en este tipo de debates, gracias a la solidez y contundencia de sus argumentos, en contraposición con el tono frecuentemente liviano y las generalizaciones propias de su adversario en la Cámara. Parece que el PP ha superado la tentación de practicar una política de silla vacía durante la tramitación ulterior en el Congreso y el Senado. Una actitud de este tipo sería un grave error, puesto que los ciudadanos esperan claridad y rigor, esto es, eficacia argumental en los planteamientos y no desmesura en los gestos. Resultará así mucho más eficaz la labor de oposición frente a un Gobierno que apuesta fuerte, pero que no consigue eliminar la sensación de que no sabe cuál es el punto de destino. Es la consecuencia natural de su alianza con partidos antisistema, que ahora le tienden también una trampa dialéctica con hipotéticas urgencias sobre la reforma de la Constitución. Si no resulta factible el acuerdo entre los dos grandes partidos acerca de la cuestión territorial, es deseable al menos que prevalezca un mínimo de sentido común para no hacer el juego a las minorías radicales.

El Gólgota parlamentario de Carod
Lorenzo Contreras Estrella Digital2 Noviembre 2005

Hoy puede ser un gran día, como dice la canción de Serrat. Parlamentariamente puede serlo. Incluso, si la discusión del Estatuto se complica, puede ser la primera jornada de un gran debate. Pero, aparte de un gran día o de varios, y de un gran debate, puede también ser políticamente una batalla rica en consecuencias. El horno político está muy caliente y los nacionalistas, sobre todo los catalanes pues de su Estatut se trata, van a tener que sufrir embates no sólo argumentales, sino también resonantes y trepidantes. Es posible que la cosa no sea tan ruidosa luego, pero el comentario previo y el rumor que ha precedido al debate pregona una situación rica en pateos y gritos. Incluso sería prudente no excluir insultos, que es precisamente lo más imprudente que puede darse.

Lo previsible y rumoreado es que a Carod-Rovira le preparan una buena traca cuando suba a la tribuna de oradores, aunque no es parlamentario central, para formular la presentación del proyecto estatutario “reformista”, lo mismo que hiciera en su momento Ibarretxe cuado dio la cara por su Plan en el Congreso de los Diputados. La acogida que entonces se le dispensó al lehendakari fue más bien correcta, entre otras razones porque el propio Ibarretxe es de traza correcta en sus ademanes y palabras. Lo que ya no se está en condiciones de garantizar, sino todo lo contrario, es que a Carod, si no lo sustituye algún adlatere, algo improbable, se le tribute una auténtica bronca con todos los complementos imaginables. Sería un error esa actitud de la oposición o de los detractores parlamentarios del líder de ERC, pues en el fondo y en la forma Carod sacaría provecho del espectáculo. A fin de cuentas, este personaje es experto en victimismo y no dejará pasar la oportunidad de adornarse con la corona del martirio, del mismo modo que se colocó sobre su orondo cráneo la corona de espinas en su visita al Santo Sepulcro en Jerusalén, aquella profanación a guisa de burla que tanto regocijo le causara y tanto escándalo provocó entre creyentes y no creyentes, dado el grotesco número que organizó sin otro propósito que herir sentimientos de muchas personas.

La cuestión, de todas maneras, es que Carod jugaría con ventaja en el incidente parlamentario si llegara a producirse, siempre en función del mencionado victimismo. A fin de cuentas, quienes más ofenden en numerosos casos son los que más eficazmente se quejan, lloran y proclaman las persecuciones que dicen padecer y que en realidad tanto desean para buscar las correspondientes rentas políticas.

Carod y sus correligionarios de ERC no eran nada ni nadie en la práctica antes de crecer parlamentariamente tanto en Cataluña como en Madrid. Las críticas populares previas a las respectivas elecciones, o los escarnios que gozosamente sufrieron, tuvieron una traducción política elocuente. Pasaron, especialmente Carod, del cero al infinito. Ahí los tenemos condicionando y chantajeando al PSOE de Zapatero y al propio líder socialista en ambas Cámaras. Si ahora Carod sale del Congreso de los Diputados coronado de espinas políticas, flagelado y luego crucificado en su Gólgota particular, crecerá probablemente en su cotización electorera para obtener posteriormente su gloria en el gran Día de la Ascensión. Es posible que se siente a la derecha del Padre, y aspire a destronarle incluso. Quiere su sitio en el Olimpo político catalán, para juzgar desde allí a todos los desgraciados, vivos o muertos, que pasen por sus proximidades.

La República y el Estatuto
Pablo Sebastián Estrella Digital2 Noviembre 2005

El nacimiento de la infanta Leonor, en coincidencia con la llegada al Congreso de los Diputados del nuevo Estatuto de Cataluña, ha puesto en franca evidencia las carencias democráticas del Régimen de la Transición, a la vista del miedo explícito del que han hecho gala los más destacados dirigentes políticos y grandes medios de comunicación españoles ante la posibilidad de que se reabra en España el debate de la república, si se somete a referéndum una reforma constitucional sobre la reforma del orden sucesorio de la Corona para homologar, sin excepción, los derechos del hombre y la mujer.

Unos y otros han declarado o escrito con tonos alarmistas y temerosos que existe el riesgo de que esta reforma constitucional, si no va arropada por otras, y su posterior consulta nacional se convierta en un plebiscito sobre la monarquía y la república, dando a entender que los monárquicos perderían el referéndum y que se abriría una crisis política de ingentes e inciertas consecuencias. La que se vería agravada por la crisis institucional y política que se ha instalado en España por causa de la debilidad y los desvaríos del presidente Zapatero, coautor y promotor del nuevo Estatuto catalán que incluye una flagrante reforma de la Constitución y que pretende reescribir el Estado de las Autonomías en beneficio de las Comunidades gobernadas por los nacionalistas.

Asunto que hoy será debatido en el Congreso de los Diputados, donde se espera una clara rectificación del presidente Zapatero, quien pasará de su promesa de “apoyaré en Madrid lo que decida el Parlamento catalán” y de su impulso al Estatuto —tan ilegal como la guerra de Iraq o el plan Ibarretxe, digan lo que digan los 50 constitucionalistas de encargo—, a un anuncio de reforma “para dejarlo como una patena” y adaptarlo a la Constitución.

Lo que difícilmente podrá ser aceptado por los nacionalistas catalanes, de igual manera que el PSOE no permitiría un simple maquillaje que abra la caja de los truenos sobre la unidad de España y el enfrentamiento entre las distintas Comunidades Autónomas como el que se ha iniciado por causa de este desafiante Estatuto nacido de la irracionalidad de la clase política catalana y de la debilidad política y personal del presidente Zapatero, y de sus equipos de Gobierno y de partido.

El presidente, con el candor que le caracteriza, pregunta por qué hay miedo a debatir y pactar el nuevo Estatuto catalán y se apresta a iniciar, con su admisión a trámite en el Congreso de los Diputados, un camino que sólo ha de conducir, además de a una bronca nacional, a la ruptura del Gobierno de Pasqual Maragall —ya desahuciado políticamente por su partido y aliados— o a una crisis dentro del PSOE, el partido que ha obligado a Zapatero a rectificar y que lo tendrá en “libertad vigilada”, como el PSC tiene hoy día a Maragall, si Zapatero no abandona su afición por la aventura sin un previo proyecto político y cálculo de los riesgos.

Prueba de su desconcierto es su apasionado elogio al Rey y a la monarquía con motivo del nacimiento de la infanta Leonor, en un intento desesperado de tranquilizar a todos, y a pocos días de que el Rey y el Príncipe hicieran públicas advertencias sobre los serios peligros de abordar, por la vía del Estatuto catalán, una reforma constitucional como la que pretendía el presidente Zapatero. Olvidando el presidente que la soberanía nacional no reside en el Parlamento de Cataluña sino en el pueblo español. Y, después de reabrir él solito y por su cuenta el debate de la Guerra Civil y de las dos Españas, o de presumir de “republicanista” ideológico y de “rojo”, con un guiño tricolor, Zapatero se ha hecho monárquico mientras sus ministros y altos cargos
—como el titular de Justicia, Juan Fernando López Aguilar— se declaran “juancarlistas”, sumándose al coro de las muchas tonterías y cursiladas que se han dicho y escrito sobre la infanta Leonor.

Aunque entre ellas tenemos que extraer y subrayar la voz de alarma por que se abra en España el debate sobre un referéndum sobre la monarquía y la república. Una consulta que está pendiente desde el inicio de la transición —puesto que fue el dictador Franco el que restauró la monarquía— , y que posiblemente hubieran ganado los monárquicos en los primeros años del cambio político, como a lo mejor la ganarían ahora apoyándose en la figura de Don Juan Carlos. Pero que más tarde perderían o perderán por la lógica de los tiempos y la democracia, que no reside en el Parlamento catalán, ni tampoco en la cúpula de los partidos, como ha ocurrido durante estos últimos años en la partitocracia española, en menoscabo de la verdadera democracia representativa, con clara separación de poderes, sin dominio de minorías nacionalistas, sin golpes de Estado, sin corrupción o autoritarismo.

La infanta Leonor obliga a la reforma de la Constitución que el Régimen imperante quiere hacer sin cambio de Régimen, sumiendo la cuestión sucesoria en otros asuntos, para que todo siga “atado y bien atado” y las cosas se queden, más o menos, como están. No va a ser fácil porque la transición está bastante agotada y necesita caminar hacia la democracia total, lejos de la partitocracia que ya cumplió su papel (y en muchas cosas con acierto y en paz) y que en el caso de los nacionalistas —como los locos de la Esquerra— conduce a un recorte de libertades y derechos. Nada que ver con el ideal republicano, que es el de la democracia plena y que, tarde o temprano y al margen de los temores de los “dueños” del Régimen, se tendrá que debatir y someter a la voluntad popular. Como dijo el Príncipe Felipe, “es la lógica de los tiempos”. ¡Vaya si lo es!

Basta ya, Durán
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 2 Noviembre 2005

De acuerdo con usted, Duran: se impone un sereno “basta ya”. Basta ya de demagogia barata, basta ya de arrogarse la representación de Cataluña cuando a su partido, de concurrir en solitario a las elecciones, no lo votarían ni sus candidatos. Basta ya de invocar sus creencias religiosas, sepulcro blanqueado, basta ya de agitar la bandera de la fe cuando es incapaz de presentar una sola muestra de solidaridad, altruismo o desinterés. Basta ya de hacer ver que representa a la Iglesia cuando la Iglesia ha declarado la unidad de España como un bien a defender. ¿La representa por encima de la Conferencia Episcopal? ¿Con qué títulos?

Basta ya de parasitar a Convergencia Democràtica de Catalunya a cambio de arrendarles el uso de una etiqueta histórica. Basta ya de hacer ver que tras esa etiqueta queda algo más que un puñado de militantes que caben en un cine, amén de un entramado de intereses empresariales. Basta ya de favorecer esos intereses desde el lamentable sentimentalismo, el estomagante victimismo y el expediente identitario. Basta ya de acusar de anticatalanes a cuantos se opongan a los planes del nacionalismo o a los negocietes de su círculo. Basta ya de tildar a catalanes –tanto o más catalanes que usted– de enemigos de Cataluña por opinar libremente.

Basta ya de escabullirse sin asumir las responsabilidades de su partido y de su liderazgo en un sinfín de irregularidades. Basta ya de hacer ver que los diez condenados por sentencia penal por el caso Turisme no tienen nada que ver con usted y con la financiación de Unió. Basta ya de no reconocer que en el departamento de Treball que Pujol les cedió como coto privado organizaron una auténtica merienda de negros. Basta ya de ocultar el modo en que desviaron los fondos que la Unión Europea consagraba a la formación de los parados catalanes. ¡Los parados catalanes, Duran! Basta ya de no reconocer el montaje que urdió la conselleria con empresas de sus amigos. Basta ya de no pedir perdón a todos los jóvenes desempleados defraudados. Basta ya de no publicar la lista entera de cursos que sus empresarios asociados cobraron y no impartieron. Basta ya de no aclarar lo que pasó con Cogul. Basta ya de amenazar, de atemorizar y de estigmatizar a quienes denuncian sus abusos e irregularidades. Basta ya de esconder esos abusos bajo el manto del amor a Cataluña; usted no ama a Cataluña más que los catalanes no nacionalistas. Eso sí, le debe bastante más si atendemos a los escándalos de Turisme y Treball.

Nos llama usted mercenarios, que son quienes por estipendio sirven en la guerra a un poder extranjero. ¿Qué guerra es esa? ¿Estamos en guerra? Insinuarlo ya es una amenaza, y desde luego sus amenazas hay que tomárselas muy en serio, Duran. En cuanto al estipendio, ¿quiere usted que hablemos de dinero? Pues tranquilo, hombre, tiempo habrá. Lo que no se entiende es lo del poder extranjero. O se entiende demasiado bien. Basta ya de amenazas, Duran, basta ya de mentiras, basta ya de chantajes, basta ya de exclusiones, basta ya de atentar contra la libertad de expresión, basta ya de llevárselo crudo en nombre de Cataluña. Un sereno “basta ya”.

No es una reforma estatutaria
Por CARLOS RUIZ MIGUEL CATEDRÁTICO DE DERECHO CONSTITUCIONAL DE LA UNIVERSIDAD DE SANTIAGO ABC 2 Noviembre 2005

EN el Derecho las formas son muy importantes. Sin respeto a las formas hay despotismo. Sólo hay Estado de Derecho con respeto a las formas. Sin un mínimo de regulaciones formales que ordenen la actividad del poder, los ciudadanos quedarían librados a las veleidades personales de los gobernantes de turno, lo cual atentaría flagrantemente contra los principios más básicos del Estado de Derecho. Y si en el Derecho en general las formas son importantes, tanto más lo serán en el Derecho Constitucional que regula la actividad más política del poder público, la que tiene más efectos para el conjunto de la ciudadanía.

Quiero argumentar que lo que se va a discutir hoy es formalmente inconstitucional. Para ello, empezaré por aclarar que no es lo mismo la «reforma» que la «derogación» de una ley. Expuesto lo anterior, argumentaré que el proyecto que se discutirá no es una «reforma» estatutaria, sino un «nuevo» Estatuto que deroga el anterior. A continuación argumentaré que los parlamentos autonómicos, y el Parlamento catalán en concreto, no pueden hacer un nuevo Estatuto, sino sólo reformarlo. Por eso mismo, sostendré que las Cortes Generales no pueden dar curso a una iniciativa que vulnera la Constitución en cuanto deroga el Estatuto actualmente vigente. Todo ello es así, aunque se quiera falsear la realidad con las palabras.

¿Qué diferencia hay entre la «reforma» y la «derogación» de una ley? Muy sencilla: la misma que hay entre la reparación de una vivienda y el derribo y construcción sobre el solar de una nueva. La reforma es una técnica que se emplea para suprimir, añadir o cambiar partes de una ley, salvaguardando esa ley. Si se quiere suprimir un precepto de la ley reformada, se dirá: «Queda suprimido el artículo n de la ley X». Si, por el contrario, se quiere añadir un nuevo precepto, la ley de reforma rezará». «Se añade un nuevo artículo n bis con el siguiente texto: ...». Cuando se decide cambiar una parte de una ley, la reforma contendrá algo como esto: «El artículo n de la ley X quedará redactado del siguiente modo: ...». Y es que una reforma, por definición, se opera para mejorar la ley existente, no para liquidarla. Por contra, la «derogación» es una operación que presupone que nada de la anterior ley es salvable. Por eso la misma es enteramente eliminada para construir una «nueva» norma que sustituya íntegramente a la «vieja».

La práctica legislativa nos ofrece muchos ejemplos de esto. La Ley de Enjuiciamiento Civil de 1889 experimentó numerosas reformas durante su vigencia, pero, finalmente, el legislador decidió que las reformas no eran suficientes y se aprobó una nueva ley de Enjuiciamiento Civil en 2000 que derogó la anterior.

Sentada la distinción entre «reforma» y «derogación» (que debe estar clara en un alumno de 1º de Derecho), el paso siguiente es determinar si lo que se está tramitando es una «reforma» o una «derogación» del Estatuto de Autonomía de Cataluña de 1979. La cuestión no es difícil de responder. En nuestra reciente historia constitucional existen numerosas leyes orgánicas de reforma de Estatutos. La lectura de las mismas es ilustrativa de lo que es una «reforma» que suprime, añade o cambia partes de un Estatuto para mejorarlo, nunca para derogarlo. Véanse, por ejemplo, las leyes orgánicas 1 a 7 de 1991, reformando los estatutos de Murcia, Madrid, Asturias, Valencia, Extremadura, Castilla-La Mancha y Cantabria..., entre otras reformas estatutarias que se podrían citar. Por tanto, determinar si el proyecto del Parlamento catalán es o no una «reforma» no ofrece dificultades. La respuesta es muy clara. En el texto que se está discutiendo no se encuentra ningún precepto por el que se supriman artículos concretos del Estatuto de 1979; tampoco hay ninguna disposición que añadan nuevos artículos al Estatuto de 1979; y tampoco hay ningún texto que cambie la redacción de los actuales artículos del Estatuto de 1979. No hay, por tanto, ninguna «reforma». Lo que sí hay es una disposición derogatoria que, en catalán, dice textualmente: «Es deroga la Llei orgànica 4/1979, del 18 de desembre, d´Estatut d´autonomia de Catalunya». El proyecto no es de «reforma estatutaria»: es un proyecto para un «nuevo» Estatuto que deroga el anterior. Más claro, agua.

¿Por qué insisto tanto en distinguir entre «reforma» y «derogación» de un Estatuto? Por una razón muy sencilla. Porque la Constitución, por razones varias, sólo permite al Parlamento catalán promover la «reforma», pero no la «derogación» del Estatuto de autonomía. Los artículos 147.3 y 152.2 de la Constitución no dejan resquicio a ninguna duda. El último de los preceptos citados, que es el que afecta a Cataluña, dice que «una vez sancionados y promulgados los respectivos Estatutos, solamente podrán ser modificados...». Se pueden indagar o discutir las razones de política constitucional que llevaron a establecer este precepto, pero el sentido del mismo es inequívoco. La Constitución de 1978 en ocasiones ha favorecido a las Comunidades Autónomas, como cuando, a diferencia de la Constitución de 1931, no contempla la posibilidad de que una provincia renuncie a formar parte de una comunidad autónoma. Pero también les impone límites. Y uno de ellos es, precisamente, impedirles promover un nuevo Estatuto. La razón no es difícil de alcanzar. Se trata de evitar, justamente, lo que ahora estamos viendo: a saber, que una autonomía con veleidades independentistas pueda promover una iniciativa que quiebre la unidad nacional. Cuestión distinta es la de si las normas que prevén el procedimiento para hacer el Estatuto (las del artículo 152.2 de la Constitución), se pueden utilizar para hacer un «nuevo» Estatuto. Sea cual sea la respuesta, lo que está claro es que esas normas no confieren al Parlamento catalán esa posibilidad, por razones de política constitucional que el tiempo hace cada día más evidentes.

Si todo esto es así; si una «reforma» es algo distinto de una «derogación»; si el proyecto del Parlamento catalán no es una «reforma», sino una «derogación» del Estatuto de 1979; y si la Constitución no permite a un parlamento autonómico promover la derogación del Estatuto de autonomía; si todo esto es así, digo, las Cortes Generales no pueden dar curso como «reforma estatutaria» a una iniciativa que es la «derogación» del Estatuto vigente. Y no pueden aunque el texto reciba el nombre de «reforma estatutaria» porque el contenido del texto, inequívocamente, no es de una «reforma».

¿Se están respetando las formas en la tramitación del proyecto de nuevo Estatuto de Cataluña? Hay indicios para pensar que no. Cuanto más importante es el negocio político que tratemos, mayor relevancia tendrá el respeto a las formas. Por eso mismo, cuando el respeto a las formas deja de existir en un asunto de tanta trascendencia, el Estado de Derecho que consagra la Constitución queda herido. De muerte.

Quemar las naves
Por BENIGNO PENDÁS ABC 2 Noviembre 2005

REPASO los periódicos de difusión nacional, incluidos, por supuesto, los de Barcelona. El nacimiento de la Infanta desplaza sin excepción al debate sobre el Estatuto catalán. Todas las portadas, los editoriales más sesudos, múltiples artículos de opinión... También, faltaría más, las anécdotas, las crónicas, las fotografías. En plena disputa sobre derechos históricos imaginarios, ganan audiencia los eruditos que nos ilustran acerca el nombre regio de Doña Leonor en la historia de España. Ya no se abre la Constitución por el confuso Título VIII, sino por el II («De la Corona») y por el X («De la reforma constitucional»). Buenas noticias en mitad del largo puente festivo, mientras se dispone el escenario para el momento culminante de la legislatura. Valga mientras tanto una referencia menor, tal vez significativa. Léase el artículo 67.4 de la propuesta aprobada por el Parlamento catalán. Dice allí que «el presidente o presidenta de la Generalidad es nombrado por el Rey» y que «la propuesta de nombramiento es refrendada por el presidente o presidenta del Parlamento y por el presidente o presidenta del Gobierno del Estado». No voy a discutir sobre la moda que obliga a una reiteración farragosa de los géneros gramaticales. Me limito a constatar que, para ser coherentes, habría que decir también «el Rey o la Reina». ¿Hay algún secreto? Simple descuido, supongo, aunque es muy socorrido acudir en estos casos a la teoría de Freud sobre los actos fallidos. Dicho sea de paso: al atribuir el refrendo de este acto a la presidencia del órgano legislativo autonómico, se pretende -una vez más- equiparar a la Comunidad Autónoma con el Estado, también a efectos simbólicos.

La gente prefiere hablar sobre la Infanta, pero resulta inevitable atender al duelo dialéctico del año. Zapatero menciona alguna vez a Kavafis, el poeta de Alejandría. He aquí una cita muy apropiada para la ocasión: «A todo hombre le llega el momento en que tiene que pronunciar el Gran Sí o el Gran No». Ha decidido quemar las naves. Se consuma una estrategia política que sitúa a la Constitución al borde del precipicio. Ojalá pueda detenerse en la frontera. No depende del maquillaje jurídidico-formal, sino de los principios. Nación, más o menos disfrazada, equivale a soberanía: éste es el núcleo del problema. ¿Pronósticos? La mayoría piensa que Rajoy ganará el debate, aunque el PP se quede solo a la hora de votar. El día después, las cosas se complican... Aguardan largos meses de tramitación, escaramuzas aquí y allá, transacciones que todavía nadie imagina. Pero, consumado el Gran Sí, ya no habrá manera de encauzar el asunto con criterios de prudencia y sentido común. ¿Quién prefiere jugar con fuego antes que procurar el acuerdo razonable entre socialistas y populares? Una respuesta correcta resuelve casi todos los enigmas sobre el futuro de España.

Discusiones bizantinas
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 2 Noviembre 2005

MANUELA de Madre, la vicepresidenta y directora espiritual del PSC en el que manda José Montilla y figura Pasqual Maragall, es una de los tres comandos del Parlament de Cataluña que tratarán hoy de que el proyecto de nou Estatut allí alumbrado sea admitido a trámite en las Cortes españolas. No estará sola en el intento y colaborarán con ella Artur Mas, el hereu que no supo, o no pudo, aprovechar el legado de Jordi Pujol, y Josep Lluís Carod-Rovira, que, revestido de moderación, pronunciará, en voz muy baja y bien podada de agudos, palabras muy aparentes para avalar el disparate separatista en el que ha conseguido involucrar a sus socios de Govern y de proyecto.

Es tan bizantina la discusión que promueven que, para que lo fuera del todo, sólo nos faltarían un montón de otomanos sitiando nuestra particular Constantinopla. Es, por decirlo con la exageración que marcan nuestras costumbres políticas, el fin del imperio constitucional español y nosotros permanecemos entregados, de espaldas a la población y sin atención alguna a la demanda social, a buscar el sexo del Título VIII o a contar el número de ángeles que caben en las cabecitas de ERC.

¿Que no es para tanto? Podría ser y ojalá sea. Ya veremos en el largo proceso que hoy se inicia las intenciones finales y, si los hubiere, los pactos alcanzados, de espaldas el PP, por todos los pobladores del Parlament; pero, en el mejor de los casos, no deja de ser un gran despilfarro nacional la dedicación de tanta fuerza y energía a un asunto que, emocionante para los inventores de la Historia, le cae muy lejos a la mayoría de la población española, catalana o de cualquier otra circunscripción.

Como en aquellas discusiones de Constantinopla, con sesenta mil turcos vociferantes a las puertas de la ciudad, dispuestos a entrar en ella y cambiar el color de Santa Sofía, el argumento del debate sólo les interesa a quienes lo mantienen. Quizá porque han hecho de él, en sus distintos grados separatistas, el único posible para unas tallas políticas determinadas y, por ello, condenadas a hablar de lo mínimo cuando la exigencia, dadas las circunstancias y vistas las posibilidades, exigiría la contemplación de horizontes más amplios y menos domésticos.

Gastaremos mucha de la poca inteligencia política disponible para, en los próximos meses, conseguir que las aguas del Estatut no lleguen a dañar los cimientos de la Nación. El instinto de la supervivencia, que también asiste a los pueblos, se encargará de ello; pero, como de costumbre, habremos perdido el tiempo de una generación y la oportunidad de un momento en el que serían posibles empresas nacionales de mayor enjundia. El número de ángeles que caben en la cabeza de un alfiler es algo tan irrelevante como el número de alfileres que caben en la cabeza de un Carod.

Un día para la Historia, en el que los españoles (y no sólo ZP o Rajoy) nos jugamos mucho
Jesús Cacho elconfidencial 2 Noviembre 2005

En los días de hierro del felipismo, con la oposición encabezada por el eterno aspirante que parecía ser José María Aznar, un tipo por el que nadie daba un duro como eventual presidente del Gobierno, un amigo del líder popular se empeñó en sentarle un día con Francisco Fernández Ordóñez, entonces ministro del Gobierno González. No resultó fácil, porque el ex UCD no parecía tener el menor interés en conocer a Aznar, aunque finalmente accedió, no sin antes advertir que naturalmente González estaba al corriente del encuentro.

Al final de la sentada, Fernández Ordóñez se descolgó con una recomendación premonitoria para cualquier eventual presidente del Gobierno de España. En su opinión, tres eran las cuestiones espinosas que podían torcer el pacífico rumbo del Estado español en el futuro: el problema catalán, la cuestión vasca y las plazas de Ceuta y Melilla. Aznar tomó entonces la palabra para corregirle:

-Querrás decir la cuestión vasca, el problema catalán y Ceuta y Melilla, por este orden...
-No, no. Insisto: el problema catalán, la cuestión vasca y Ceuta y Melilla.

Pues bien, el problema catalán llega hoy al Parlamento de la nación en forma de un proyecto de Estatuto que estudiosos del más diverso signo, salvo, claro está, los de estricta obediencia nacionalista, han calificado de claramente anticonstitucional. Ese toro, que en una democracia madura nunca debiera haber llegado a chiqueros, está ya en el ruedo y hay que lidiarlo, y hacerlo con el capote del bien común y el sentido de la responsabilidad histórica por delante, sin refugiarse en burladeros partidistas. Está en juego la prosperidad de las nuevas generaciones de españoles y, seguramente, esa paz que tan a menudo nos ha sido negada a lo largo de nuestra historia.

Dicen que el presidente Rodríguez se ha encerrado para redactar personalmente el discurso con que hoy obsequiará a una nación preocupada como pocas veces lo ha estado desde la muerte de Franco. ¡Los Dioses nos asistan! La verdad es que, a estas alturas, millones de españoles no sectarios se conformarían con un sencillo ejercicio de responsabilidad y sentido común por parte del presidente. Sólo eso. Por desgracia, nos tememos más de lo mismo: hojarasca verbal ampulosa y huera, sopa de letras, discurso inane, y manos lavadas cual Pilatos en la pila entreguista del “sírvanse ustedes mismos, señores nacionalistas”.

Para esos cientos de miles de españoles, quizá millones, de centro y centro-derecha, capaces de votar PP pero también PSOE en un momento determinado, las esperanzas están puestas en un Mariano Rajoy obligado a hacer un ejercicio extra de racionalidad y concordia, lejos de las trincheras que durante su segunda y penosa legislatura cavó con denuedo el señor Aznar. Un ejercicio de pedagogía hasta la extenuación. Y de ese sentido común del que suele hacer gala el ciudadano de a pie. Durante estos días hemos asistido al discurso desvergonzado de ciertos predicadores mediáticos empeñados en decirle al presidente del Gobierno, sea del PP o del PSOE, lo que tiene que hacer simplemente para darles gusto.

Aquí no vamos a dar consejos a nadie, que ya somos todos mayorcitos y Mariano Rajoy tiene edad para saber que echado al monte de los dogmas y las verdades absolutas podría repetir, en el mejor de los casos, los resultados de Alianza Popular, pero jamás volver a ocupar la presidencia del Gobierno. Seamos realistas: es muy difícil que, dada la correlación de fuerzas imperante en la Cámara, el Partido Popular logre parar ese dislate de Estatuto, pero es muy importante que el líder popular se cargue hoy de razón, porque días vendrán y oportunidades habrá de amortiguar al menos el impacto del proyecto que hoy empieza a discutirse. Más que nunca, no se trata de vencer, sino de convencer.

En el mundo interactivo en el que vivimos, donde todo evoluciona tan deprisa, el inmovilismo y la intransigencia se pagan caro. Firmeza, sí, la que sea menester, pero mucho más cercana al ideal de concordia que persigue una mayoría de españoles que al catastrofismo que sigue predicando desde su trinchera el peripatético Aznar.

jcacho@elconfidencial.com

Debate
La fatalidad del Estatuto
Agapito Maestre Libertad Digital 2 Noviembre 2005

Todo puede suceder en el pleno del miércoles. La posición de Rajoy será decisiva para el futuro de la nación. Pero que tengamos que estar pendiente sólo y exclusivamente de la oportunidad y el acierto de un solo líder político, Rajoy, dice ya mucho de la crisis política por la que pasa España. La situación política de España es, en efecto, muy grave, porque el mayor irresponsable de la situación a la que hemos llegado, Zapatero, puede irse de rositas, si Rajoy no es contundente y claro respecto a la defensa de la nación española. Zapatero nos ha llevado a una situación casi sin salida, pero es aún más grave que sólo nos fijemos en Rajoy para que nos saque del abismo. Es claro que estamos en la hora de los grandes políticos, pero, por favor, no carguemos las tintas sobre un solo hombre. Las responsabilidades de Rajoy son más que limitadas ante el abismo en que Zapatero ha situado a España. El juego sucio, el secretismo y la falta de reglas democráticas por parte del Gobierno de la nación, por desgracia para el PP, ha llegado a tal extremo que quién no contemple con realismo esta fatalidad quizá no se esté enterando de la tragedia de España.

Pocos consideran ya la posibilidad de que el proyecto de Estatuto sea rechazado por el Congreso de los Diputados tal y como sucedió con el plan Ibarreche. Pero cabría suponer, si fuéramos optimistas, que quizá las críticas surgidas en el seno del PSOE por un lado, y el rechazo de este Estatuto de más del 70% de los españoles por otro, pudieran sustanciarse a la hora de la votación en un rechazo del proyecto. Devuelto por anticonstitucional se abriría, naturalmente, una nueva etapa política de la que quizá el PSOE podría salir muy favorecido. Si ese supuesto se convirtiera en realidad, eso significaría que algunos miembros del PSOE habrían conseguido que Zapatero entrara en razón. Pero no soñemos. Eso es imposible en un partido que ha reducido la política a mero oportunismo y supervivencia en el poder a cualquier precio.

Además, aunque hubiera algún valiente en el PSOE, sospecho que ya es demasiado tarde para frenar la lógica infernal e irresponsable impuesta por Zapatero al proceso de aprobación del Estatuto. Hay demasiados pactos secretos entre nacionalistas, incluidos los terroristas, y el Gobierno de España para dar marcha atrás. El nacionalismo ha conseguido determinar todas las políticas socialistas. Por lo tanto, Zapatero conseguirá, a pesar de todas las reticencias y críticas privadas por parte de sus compañeros socialistas, que el partido entero cierre filas a la hora de defender que el Estatuto tiene que ser discutido en la Comisión correspondiente como una simple reforma estatutaria y no por el procedimiento de una reforma constitucional, que es en realidad lo que es.

Aceptada, pues, la trampa, Rajoy se enfrenta a una fatalidad. Negar la existencia de lo fatal del proyecto de Estatuto de Cataluña sería tan pueril como creer que a Rajoy se le ha abierto un camino fácil, una magnífica posibilidad, de ganar las próximas elecciones por este desvarío de los socialistas. Bastaría para esta gente con que Rajoy fuera firme en la defensa sus posiciones constitucionalistas para que todo le venga dado. La cosa, sin embargo, es bastante más complicada, porque para empezar la propaganda de nacionalistas y socialistas ya está acusando al PP de lo que ellos son responsables: el enfrentamiento entre comunidades autónomas. Podríamos considerar que esta “política” descalificadora y cruel del PSOE es fruto de su nula incapacidad argumentativa. Sí, sin duda así es, pero eso no resta un ápice de eficacia en los objetivos socialistas: estigmatizar al adversario hasta sacarlo del juego político. Por fortuna, y por la propia inteligencia de Rajoy, estoy convencido de que el aparato de agitación y propaganda del PSOE no lo conseguirá.

Sin embargo, y aquí expreso mi desazón, el PSOE por ese perverso camino de la agitación y propaganda totalitaria, de la mentira al fin, –contexto en el que debe contemplarse el ataque a la COPE–, habrá logrado lo que pretendía: garantizar, en primer lugar, el éxito del proceso para aprobar el Estatuto y, en segundo lugar, parar el golpe más fuerte que pudiera llevarse Zapatero, que es el gobernante más irresponsable que ha dado España en la democracia.

Bono en el banco azul
Las Pesquisas de Marcello Estrella Digital 2 Noviembre 2005

El Congreso se va a tragar —trágalo, trágalo— la admisión a trámite del Estatuto catalán para que el PSOE no tenga que destituir a Zapatero e iniciar la investidura del nuevo presidente del Gobierno y candidato a las elecciones generales del 2008, la oportunidad que esperaba el ministro Bono para su entronización en el palacio de la Moncloa y en la dirección del PSOE, el anhelo que le birló el muchacho de León.

Decía un ministro, no sé si Bono, que hacía falta “un capitán que se inmole” para que cincuenta rebeldes diputados bloquearan la entrada del Estatuto en Madrid. Pero al día de hoy nadie sabe dónde está ese capitán, porque Bono, el elefante blanco de este golpe de mano, anda sentado, escondido y transparente en el banco azul del Congreso, dando con su presencia —aunque no vote— el visto bueno, santo y seña a la llegada a Madrid del Estatuto inventado por Maragall, revolucionado por Carod y bendecido por Zapatero, que es el verdadero padre de la criatura, y a quien políticamente hablando más de uno de los suyos querría estrangular con sus propias manos (habría cola: “¡dejadme a mí un poquito!”, dirían los de la fila). Y no lo hacen porque quieren sorber y soplar, es decir, controlar o sustituir a Zapatero y no perder el poder.

Un difícil empeño en el que Bono se presenta como la solución cantando banderita como Marujita Díaz, y paseando el palmito por los cuarteles, donde presumía que le había parado los pies a Maragall en presencia del Rey. Y es verdad que en caso de una crisis mayor en el PSOE Bono sería la solución, por más que el felipismo y también el guerrismo —las familias— no le tienen afición, como tampoco se la tiene Prisa, que es el poder fáctico crucial en la posible sucesión de Zapatero.

En Moncloa saben que Bono es un “traidor” a Zapatero y después de darle carrete lo han llevado ahora a participar en la campaña contra el PP, que es un feo y viejo truco del felipismo —lo hicieron con los GAL y la corrupción— que consiste en decir eso de ¡a lo hecho, pecho! Y caña al mono del PP hasta que Mariano hable inglés. Y en vez de pedir responsabilidad a Zapatero sobre el Estatuto, Rubalcaba ha montado el coro de la bronca al PP por el enfrentamiento con Cataluña, y Bono tiene que sumarse al cántico general, a sabiendas de que eso y su presencia en el banco azul daña su imagen de españolista y español, porque los ciudadanos no son tontos y saben que este lio lo han montado entre Zapatero, Carod y Maragall.

Por eso el hombre de La Mancha estará pálido en el banco azul del Congreso queriendo explicar lo que no tiene arreglo, la admisión a trámite para su posterior reforma. Con esta decisión, la vote o no y su presencia vestido de azul banco del Gobierno, Bono se ha contaminado con la situación, que era lo que querían los monclovitas. Es verdad que tuvo su oportunidad y que todavía le puede quedar otra si estalla el Estatuto en los meses que vienen y Zapatero entra en crisis total. Pero ahora era el momento de decir que no, y Bono se calló. El capitán que se inmole ni está ni se le espera, y los últimos de Filipinas al final se rendirán porque el elefante blanco de la unidad de España no aparecerá.

Lo que se espera del PP
TONIA ETXARRI El Correo 2 Noviembre 2005

Seguramente ni el PNV ni el Partido Socialista esperan gran cosa del PP en el debate que hoy se celebrará en el Congreso en torno al proyecto del nuevo Estatuto catalán. Y no esperan gran cosa porque todos los demás partidos -los nacionalistas primero y los acomodados después - han hecho de la exclusión del PP la estrategia de los nuevos tiempos. Una vez fumada la pipa de la paz entre el partido de Imaz y el de López (que si los socialistas están ya en otra actitud, afirma el primero, que si el PNV ya se ha moderado, asegura el segundo) Urkullu asegura que quiere 'rondar' también al PP de María San Gil para que abandone sus actitudes cerradas.

No se conoce bien todavía la capacidad de persuasión del presidente del PNV en Vizcaya, pero lo que permanece en el decálogo de principios del Partido Popular es que no van «ni a heredar» con un partido ilegalizado por ser la tapadera política de ETA. Y como no piensan compartir escenario con Otegi, así se lo repite una y otra vez la presidenta de los populares en Euskadi al lehendakari Ibarretxe y lo mismo le dirá al PNV cuando se tercie. «Eso no tiene nada que ver con mantener posturas cerradas sino con la exigencia de que se cumpla la ley».

Pero qué duda cabe, que además de los partidos minoritarios que apoyan al presidente Zapatero, no sólo existe vida sino que se da la circunstancia de que detrás de unas siglas hay diez millones de votantes que esperan de la oposición, la única en el Congreso por cierto, que no se aleje del epicentro de un debate fundamental como el de las transformaciones constitucionales que acarrearán las exigencias nacionalistas. Y a partir de ahí, se plantea la incógnita.

Quien se la juega hoy es el presidente Zapatero porque deberá tranquilizar las inquietudes que su propia actitud ha generado, pero ¿qué hará el PP? Rajoy advertirá al presidente que no será su partido quien le saque del lío que él mismo ha organizado. Y votará en contra de la admisión a trámite del Estatuto catalán porque no le gusta que no se le llame a las cosas por su nombre. Y de la misma forma que el socialista Rubalcaba vio en el plan Ibarretxe una reforma encubierta de la Constitución, le pasa lo mismo al PP con el Estatuto catalán. Y procederá en consecuencia.

Será el propio Rajoy quien decida pero el 'quid' de la cuestión está en el tiempo posterior a que el Estatuto sea admitido a trámite. A muchos populares les parece que enmendar, artículo por artículo, sería hacerle un favor gratis al Gobierno. Pero existe otra fórmula: la del PP vasco, que participó en la ponencia de autogobierno donde se debatía el plan Ibarretxe sin que fueran remendando el tejido de ruptura con España que tan cuidadosamente había hilvanado el PNV con la inestimable ayuda del grupo de Otegi.

Encuentro Atman
¿De qué se arrepiente Zapatero?
GEES Libertad Digital 2 Noviembre 2005

Al principio iba a ser Rodríguez Zapatero; luego su flamante ministro de Exteriores, Moratinos; pero, al final, Tarik Ramadán, invitado especial –guest star– del encuentro organizado por la fundación que dirige la mujer de Juan Luis Cebrián, se quedó sin sentarse al lado de miembro alguno del actual gobierno español. Extraño, porque desde hacia días se morboseaba con dicho encuentro, auténtico calentamiento de motores para la cumbre de expertos que Rodríguez Zapatero está preparando para este otoño en España sobre su Alianza de Civilizaciones.

¿Cuál puede ser haber sido el motivo de tan sonada espantada gubernamental? Parece poco probable que se haya debido a un sincero arrepentimiento por parte de los dirigentes socialistas españoles, a tenor de que éstos no han moderado su retórica sobre el Islam y el mundo árabe; ni tampoco su práctica. Ahí está la resolución conjunta con Irán pocas horas de que el presidente de esa república islámica amenazase con borrar del mapa a Israel y se ensañase también con América. Tampoco el principal asesor de Rodríguez Zapatero para la alianza de civilizaciones, Máximo Cajal, ha cambiado de ideas.

Por lo tanto, si no hay una motivación interna –que es difícil, como decimos, apreciar– sólo cabe buscar una explicación en factores externos. ¿Le daba miedo al gobierno la foto con Tarik Ramadán? ¿Per se o porque se encuentra en un momento de declive popular gracias a su Estatuto catalán? Muy preocupados tendrían que estar en Moncloa para que comenzasen a ser menos radicales en sus apariciones públicas.

¿Puede, entonces, que se deba a una fuerza externa? ¿Quién podría protestar ante el gobierno por la cobertura gubernamental al radical islamista Ramadán? Israel podría ser un candidato, pero no parece que ejerza tamaña influencia sobre los socialistas españoles. Por lo tanto, en el ámbito exterior sólo queda un posible actor: los Estados Unidos de George Bush. ¿Habrá dejado caer el Departamento de Estado un diplomático mensaje de malestar por la actitud de Zapatero? Los diplomáticos, incluidos quienes están por debajo de Condoleezza Rice, siempre tienden a buscar un entendimiento incluso con el diablo, y de seguro estarían encantados si pudiesen culminar la obra de acercar al gobierno español a una cierta normalidad que les abriese el campo para una relación normal, exenta de sobresaltos. Pero como dicen en Washington, “es que el gobierno español no se deja”. Y es que todos los días hay una metedura de pata o algo peor. La foto de zapatero o Moratinos al lado de Ramadán, quien tiene prohibida la entrada en los Estados Unidos, hubiera sido otra gota en un vaso a punto de rebosar.

Ahora bien, si hubiera sido así, que el gobierno radical e izquierdista de Rodríguez Zapatero, hubiera cancelado su participación en el foro de la Fundación Atman debido a presiones y/o sugerencias norteamericanas, ¿qué deberíamos pensar? Que su lacayismo no tiene límites. Porque ¿quién es más lacayo, quien hace las cosas a gusto, porque así lo quiere, o quien se tiene que tragar sus palabras, ideas y orgullo y hacer lo que no le queda más remedio que hacer?

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

Las barbas del iraní
Por ALFONSO ROJO ABC 2 Noviembre 2005

La prensa española es visceralmente antisemita. O antijudía, para ser más exacto y evitar que salga hoy algún enterado puntualizando que los árabes también son semitas. Y esa irracional fiebre afecta también a profesores universitarios, políticos y supuestos expertos.

Imagine que cada mañana, cuando sus hijos se encaraman al autobús escolar, tuviera que ir contando minutos y lo que sentiría si sonase el teléfono, porque en su memoria están grabadas a fuego el centenar de ocasiones en que un terrorista suicida se ha hecho saltar en pedazos en medio de los chicos que acudían a clase. O si tuviera que ir al mercado, mirando con recelo de cualquier extraño. Y en la categoría de «extraño» cabe todo, porque en la lista de asesinos suicidas hay niños, viejos y hasta mujeres embarazadas.

Aquí sólo hemos tenido algo parecido el fatídico 11-M y no hemos sido capaces de sacar conclusiones.

Si los israelíes levantan un muro para evitar que crucen a sus ciudades sujetos con cinturones explosivos, se les denigra. Si sus comandos penetran en Cisjordania y detienen a 23 miembros del Yihad Islámico, como ayer, se publica que reprimen sin piedad.

Si eliminan a un jefecillo siniestro, atizando un misilazo a su coche, se les condena. Pues yo me niego. Cuando mataron al jeque Yasin, se limitaron a ejercer la legítima defensa, porque el viejo líder de Hamás llevaba 12 años predicando el crimen desde su silla de ruedas y en su negra conciencia, ofuscada por el velo religioso, pesaban decenas de vidas inocentes.

No habrá una operación similar para darle lo suyo a Mahmud Ahmadineyad, el presidente de Irán y bien que lo siento. Sólo horas antes de que un palestino perpetrara una masacre en el mercado de Hadera, como si las palabras se hubiesen coordinado con los hechos, el barbudo Ahmadineyad lanzó desde Teherán un tenebroso ataque contra Israel en el que abogaba sin tapujos por borrarlo del mapa.

Habrá quien argumente que se trata sólo de un parloteo brutal, aunque irrelevante, pero viniendo del líder de un país que fabrica la bomba atómica, se pone la comunidad internacional por montera y financia el terrorismo, las cosas no son para tomarlas a broma.

El Estado de los ayatolás tiene un largo pedigrí de atrocidad. Ahmadineyad ha repetido lo que ya dijo Jomeini y Rafsanyani también pidió que algún Estado musulmán arrojara la bomba atómica sobre Israel, lo que entonces sólo podía hacer Pakistán, afortunadamente ajeno a esa locura.

No serán el mundo, ni la ONU quienes acudan en auxilio de Israel si llega el caso. No ocurrió cuando los malvados eran nazis y no islamistas. Que los israelíes se agiten cada vez que ven asomar las barbas del malvado tiene su lógica, aunque aquí cueste entenderlo.

Jamenei
Una aclaración oportuna
GEES Libertad Digital 2 Noviembre 2005

El líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Jamenei, consideró oportuno intervenir en el debate surgido a raíz de las declaraciones del Presidente Ajmadinejad sobre el estado de Israel y la cartografía contemporánea. Sus palabras son esclarecedoras, aunque no aporten nada significativo a lo ya sabido para aquellos que se acerquen sin prejuicios a los fundamentos de la estrategia persa.

En su fundada opinión las acusaciones hechas desde Occidente son intolerables y demuestran el grado de influencia que los sionistas tienen sobre los gobiernos europeos y norteamericanos. Preocupado por el efecto del debate sobre el tratamiento del programa nuclear iraní en Naciones Unidas, manifestó la independencia de ambos temas. Irán no piensa utilizar la energía nuclear para atacar y hacer desaparecer Israel, ese cometido, subraya la más alta autoridad, corresponde al pueblo palestino.

Las armas tienen siempre un aspecto defensivo y otro ofensivo. Son, al mismo tiempo, espada y escudo. Un misil con cabeza nuclear sirve para atacar y destruir, pero también proyecta un mensaje disuasor sobre su entorno. En el caso iraní el principal objetivo es el de dotar al régimen de los ayatolás de un escudo protector, evitando que las grandes potencias o estados vencidos traten de impedir sus actuales políticas. Quieren disponer de capacidad nuclear para poder seguir extendiendo la revolución islamista por todo el planeta, financiando y ayudando a grupos terroristas como Hezbolá o Hamás.

Alí Jamenei no dice toda la verdad cuando desvincula la energía nuclear de la destrucción de Israel. Los palestinos podrán acabar con este estado sólo si se imponen los más radicales, para lo que resulta fundamental que continúen recibiendo ayuda de Irán, algo que podría ocurrir si gracias al paraguas nuclear el régimen de los ayatolás sortea las presiones internacionales para que ponga fin a su actual política.

La sociedad internacional tiene que comprender que el programa nuclear iraní no es sólo una gravísima violación del régimen de no proliferación, con consecuencias devastadoras para su pervivencia. También es la punta de lanza para la desestabilización de Oriente Medio.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

"GARCÍA, ASESINO, FASCISTA, CRIMINAL"
Dimite un concejal socialista de Elorrio por la aparición de pintadas amenazantes en su casa
El secretario general del PSE-EE de Vizcaya, José Antonio Pastor, afirmó que "comprende" la dimisión del concejal socialista en Elorrio Adolfo García Herrero por las amenazas que ha sufrido y le agradeció que continúe como presidente de la agrupación local del PSE-EE. García Herrero, de 70 años, dimitió tras las pintadas amenazantes que unos desconocidos realizaron el pasado lunes en la fachada de su vivienda que decía "García, asesino, fascista, criminal" y le advertían de que iba a "pagar por lo que has hecho".
Agencias Libertad Digital  2 Noviembre 2005

El secretario general del PSE-EE de Vizcaya, José Antonio Pastor, expresó su "más enérgica condena" a las coacciones que ha sufrido Adolfo García Herrero y mostró su afecto y apoyo al edil dimisionario, así como a su familia y amigos, informa Efe.

Pastor consideró que este caso es un "ejemplo palpable de la coacción que el entorno de Batasuna y los violentos realizan a diario contra los cargos públicos". Destacó además que "con la extorsión y la barbarie" los violentos no van a impedir que "sigamos representando a los ciudadanos que nos han elegido para ello, sigamos luchando por la libertad de este pueblo y defendamos los intereses de los vascos bajo las herramientas que el Estado de Derechos nos ha dotado".

La portavoz del PSE-EE de Elorrio, Mari Carmen Muñoz, explicó que sobre la una y media de la madrugada del pasado lunes varios desconocidos marcaron el domicilio del concejal con insultos y amenazas como "García, asesino, fascista, criminal". Tras realizar estas pintadas, los radicales tocaran el timbre de su vivienda, situada en el centro de esta localidad vizcaína de más de 7.000 habitantes. El edil pudo comprobar desde la ventana cómo un grupo de individuos huía a la carrera.

La portavoz del PSE-EE de Elorrio explicó que, tras estas amenazas, García Herrero comunicó al partido su dimisión en respuesta al deseo de sus familiares más próximos, dado que este militante socialista, que es concejal desde el inicio de esta legislatura, había manifestado su intención de continuar a pesar de las presiones.

Anteriormente, grupos de radicales le habían increpado con gritos de "fascista" cuando paseaba por las calles de Elorrio, municipio en el que es "un hombre muy conocido". La dimisión de este edil será oficial este miércoles en un pleno en el que la Corporación ha consensuado un texto de apoyo al concejal y de condena a las amenazas recibidas.

Montilla y la Catalanofobia
Javier Orrico Periodista Digital  2 Noviembre 2005

Hace unos días, al despertarme, se me apareció Montilla. Embutido en un traje mao, la visión de su rostro de comisario político, la impasibilidad de esos rasgos achinados, fríos y despóticos, la conversión operada en quien ha pasado de cordobés de tierra de vino fino a la mejor encarnación posible de un Fouché silencioso, me produjo un extraño calor cerca de las orejas. Fui al cuarto de baño y unas familiares rayas rojas y amarillas habían empezado a cubrirme la cara. No podía saber, aún, si las cuatro barras eran las catalanas o las aragonesas, sobre todo teniendo en cuenta que las catalanas como tales no existen, o sea, que se trata de una nación que usa la bandera de otra de la que sostiene que no lo es. (Lógico. Si lo reconocieran, tendrían que admitir la existencia de dos naciones a la vez y no estar loco, lo que nos llevaría a las naciones de Machín, y más vale no proponer ocurrencias dado que ZP une, a sus reconocidas cualidades y escasas luces –como le atribuía días atrás el genial Manuel Alcántara-, la condición de plagiario sin mala conciencia: nadie puede tener malo lo que que no tiene.) Acaso por eso, recientemente la policía lingüística del tripartito había obligado al bar de la Casa de Aragón a escribir Aragó bajo amenaza de fuertes sanciones. Ya no sólo les quitaban la bandera, sino hasta el nombre, con el aplauso de ese inefable colaborador acuático de Maragall que es Marcelino.

Lo único cierto es que algo me pasaba, una extraña rubeola cuatribarrada, puede que derivada del conocimiento de las teorías del dr. Robert, el magno científico que sostenía que los cráneos catalanes –supongo que sólo los nacionalistas- eran de mayor tamaño que los españoles. Y si no era una ‘roberola’ tenía que ser una fobia, sin duda, tal y como acababa de advertir el buen Montilla, una catalanofobia coloreada que se había hecho dueña de mí. Pero aquello no tenía sentido: hablo, leo y hasta escribo en catalán; diferencio perfectamente la variante oriental de la occidental, y, en ésta, al valenciano; adoro su poesía, de March a Martí i Pol, las canciones de la Marina Rosell, de la Bonet, del Quico, del Sisa, sobre todo del Sisa; y hasta siento una especial predilección por la música de un xenófobo antiespañol como Llach; en pocos sitios del mundo me encuentro tan cómodo como en Barcelona, a la que amo y en la que amé, y donde viven gentes extraordinarias y amigos inolvidables, viejos y nuevos. Tenía que hacérmelo mirar, tú.

Me puse a guisar unas habas a la catalana, con su butifarra negra, su tocino y su menta, mientras tomaba un aperitivo de anchoas sobre pan con tomate y unas gotas de arbequino, y comencé a rememorar cómo habíamos llegado hasta aquí, cómo se había producido en nuestras mentes indefensas esa ola de ‘robeola’ fóbica y anticulé. No por casualidad, hace unos días surgía otra vez, desde el túnel del tiempo, Mosén Xirinachs, cura separatista que, siendo senador durante la Transición, había sido uno de los máximos defensores de la teoría guerracivilista de las cuatro naciones (el Galeusca –tres- más otra para el resto, a la que llamaremos Siervopaña o país de los siervos), la concepción de España que nuestro señor Zapazero asume hoy como propia.

Después de aguantar a Xirinachs, de que miles de profesionales, sobre todo docentes, tuvieran que abandonar Cataluña, de que sus jóvenes nazis, al parecer hoy apesebrados en la Esquerra, le pegaran un tiro en la pierna a Jiménez Losantos, empezó la era de los chantajes con los que Pujol fue extorsionando a los distintos gobiernos españoles cada vez que no obtenían la mayoría absoluta. Y vimos cómo se marchaban presupuestos y prebendas hacia la zona más rica de España, la que se había hecho con los ahorros, la sangre, el sudor y la emigración de los nuestros, la que se había industrializado gracias a la protección de sus productos y a nuestra conversión en territorio cautivo: el mercado natural de Cataluña que decía el presidente de la Caixa el otro día, revelando, sin darse cuenta, lo único que somos para ellos: un mercado para explotar. Y dio comienzo el aplastamiento y la expulsión de la lengua española de la vida oficial catalana, la inmersión lingüística del cinturón rojo de los pijoapartes para su conversión al catalanismo, para su despojamiento, con la inestimable colaboración del PSOE catalán de Montilla y Moriles, de Maragall y los señoritos de la ‘gauche divine’.

Luego tuvimos que soportar el “Freedom for Catalonia”, como si se tratara de una colonia sometida, y los anuncios en la prensa de todo el mundo (“Catalonia is a country...”) con que nos pagaron las ingentes inversiones de unos Juegos Olímpicos de Barcelona que, además, usaron para abuchear al Rey y, en el Rey, a todos los españoles. Más tarde asistimos a los discursos íntimos de Aznar, las decapitaciones de Vidal Quadras –“¡qué error, qué inmenso error”!- y Esperanza Aguirre, para desembocar en la llegada de Carod y su desprecio permanente hacia España –el odio al padre-, la canallesca, la vil tregua de ETA sólo para ellos, la campaña contra los Juegos de Madrid, la creación de Gas Natural, la compra de Repsol y la OPA sobre Endesa para tenernos a sus pies. Y además, ahora nos enteramos de que ellos sí vienen haciendo boicot desde hace muchos años a los productos españoles por no ir etiquetados en catalán, asunto promocionado por el separatista Omnium Cultural al que acaba de adherirse el Barça triomfant del camarada Laporta.

Y en la cumbre, el Estatuto, la nación, la pasta, el fin de España. Un proyecto que ha venido acompañado de expresiones tan socialistas como la de don Pasqualet de que “ya no era posible la solidaridad con las Españas”. Ahora ellos, sus voceros y sus empresarios pretenden ocultar la realidad, metérnosla sin que nos enteremos, especialidad de Casa Rubalcaba. Encubrir cosas como las apelaciones de uno de los ‘consellers’ de Esquerra a que ya era hora de que los españoles andáramos sólos, porque hasta este instante habíamos sido como menores de edad que sólo habían podido marchar gracias a la tutela catalana.

Pero es que si leemos la prensa catalanista, y allí ya no hay otra, tenemos que empezar el día flagelándonos y pidiéndoles perdón porque ¡vivimos de ellos! ¡Somos un pueblo de parásitos extremeños y madridoides catalanófobos que podemos comer gracias a la generosidad del trabajador pueblo catalán! En fin, que nos tratan como un país de tontos e inútiles que se lo debemos todo, y a los que, generosamente por su parte, ahora nos dejan solos para que emprendamos nuestro destino. Eso sí, sin Endesa e invadidos de caixas y caprabos. No se entiende, en verdad, que haya españoles que puedan sentirse algo molestos.

Encima, resulta que hicimos esta sandez de las autonomías sólo para satisfacerlos a ellos y a sus primos del coche-bomba, que cambiamos el modelo que más nos gusta a la mayoría de los españoles –el de vivir juntos- para que alguna vez se acabaran el chantaje y el permanente por saco de “soy más diferente que tú, tengo más hecho diferencial que tú, tengo más lenguas que tú, soy más europeo que tú, y hasta mi club de fútbol es más que un club”, y que no hemos conseguido otra cosa que poner a sus regiones en manos de estos gilinazis. Nos escupen y, si nos limpiamos, nos acusan de crispar y dividir. El copón. No sé si voy a saber expresar, con los matices que el caso requiere, lo que al parecer empezamos a sentir los piojos y liendres españoles. Es un asunto que exige talante, buena disposición y capacidad para la sfumatura. Por mi parte, sólo puedo decir que ¡estoy hasta los cojones de nacionalistas! Pero si dicho así no se pueden captar todas las aristas del problema, lo expresaré con más detalle: ¡Estoy hasta las pelotas de nacionalistas de los cojones! También se lo puedo decir en morse, Montilla. A ver si así me descatalanofobio.


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