AGLI

Recortes de Prensa     Jueves 3 Noviembre 2005
El Foro de Ermua en la Puerta del Sol de Madrid
Blog de Antonio Cabrera Periodistadigital 3 Noviembre 2005

Doblar el cabo
XAVIER PERICAY ESCRITOR ABC 3 Noviembre 2005

Rajoy arrebata de nuevo a Zapatero el discurso de Estado
Editorial ABC 3 Noviembre 2005

Solo ante el peligro, como Gary Cooper, un espléndido Rajoy envió ayer un mensaje de esperanza a los españoles
Jesús Cacho elconfidencial 3 Noviembre 2005

¿La hora de España en un Estatuto de autonomía?
EDITORIAL Libertad Digital 3 Noviembre 2005

Incitación al asesinato y asfixia de la libertad
Pío Moa Libertad Digital 3 Noviembre 2005

Zapatero y sus dudas sobre la "nación"
Editorial Heraldo de Aragón  3 Noviembre 2005

Estatuto catalán para dummies
LUIS IGNACIO PARADA ABC 3 Noviembre 2005

Las buenas intenciones
EDUARDO SAN MARTÍN ABC 3 Noviembre 2005

Debate del Estatut: pim-pam-pum a Rajoy
Antonio Martín Beaumont elsemanaldigital  3 Noviembre 2005

En nombre de la nación, claridad
Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC 3 Noviembre 2005

La soledad de Rajoy
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo 3 Noviembre 2005

El problema de España
ANTONIO PAPELL El Correo 3 Noviembre 2005

Rajoy, en el sillón del presidente
Pablo Sebastián Estrella Digital3 Noviembre 2005

El error «Azorín»
Por JORGE TRIAS SAGNIER ABC 3 Noviembre 2005

Tres-en-Uno
Serafín Fanjul Libertad Digital 3 Noviembre 2005

Debate sobre el futuro del Estado
JAVIER TAJADURA TEJADA  El Correo 3 Noviembre 2005

¿Quién es el enemigo?
GEES Libertad Digital 3 Noviembre 2005

El Senado aprueba el proyecto de Ley para expoliar el Archivo de Salamanca
Europa Press Libertad Digital  3 Noviembre 2005

Un discurso histórico
FRANCISCO UMBRAL El Mundo   3 Noviembre 2005

El Foro de Ermua en la Puerta del Sol de Madrid
Bilbao. Comunicado de Prensa del Foro de Ermua.
Blog de Antonio Cabrera Periodistadigital 3 Noviembre 2005

El próximo sábado día 5 de noviembre tendrá lugar en la Puerta del Sol de Madrid, a las 12:30 h., una concentración para la presentación del Manifiesto “Por la unidad de España, por la igualdad y la solidaridad de todos”, convocada por las organizaciones cívicas enumeradas al final de este Comunicado.

Tras la presentación a cargo de la periodista Carmen Gurruchaga (que hace unos años tuvo que abandonar el País Vasco), Jon Juaristi (Catedrático de Filología y Presidente de Papeles de Ermua) leerá el Manifiesto que será hecho público en ese momento. Tomarán también la palabra las siguientes personas: Gustavo Bueno (Catedrático de Filosofía), Francisco Caja (Presidente de Convivencia Cívica Catalana), Conchita Martín (viuda del teniente coronel Blanco, asesinado por ETA tras la última tregua) y Fernando García de Cortázar (Catedrático de Historia Comtemporánea). Cerrará el acto Mikel Buesa, Presidente del Foro Ermua.

Este acto estará protagonizado por el movimiento cívico y por destacadas personalidades de la sociedad civil, como expresión pública en la actual situación de profunda crisis política.

Centenares de profesores universitarios y profesionales de toda España han suscrito ya el Manifiesto “Por la unidad de España, por la igualdad y la solidaridad de todos”, al que se podrá acceder en www.foroermua.com desde el mismo día 5 de Noviembre. Una representación ocupará el estrado el día 5 en la Puerta del Sol: Gabriel Albiac, Jesús Laínz (catedrático e historiador), Mikel Azurmendi (de las Comisiones de la Diáspora), César Alonso de los Ríos, Iñaki Ezkerra, Hemann Tersch, Francisco Umbral, el ex-párroco de Maruri (Vizcaya) Jaime Larrínaga, entre otros.

El Manifiesto denuncia la ofensiva nacionalista de los últimos años que, teniendo siempre como punta de lanza a la organización terrorista ETA, ha tomado la forma del Pacto de Estella-Lizarra en 1998, el Pacto de Perpignan en diciembre de 2003, el Plan Ibarreche y, en estos momentos, el proyecto de nuevo Estatuto para Cataluña. El Manifiesto se pronuncia por preservar el Pacto constitucional de la Transición, como mejor garantía de la igualdad de todos los ciudadanos y de la solidaridad entre las Comunidades Autónomas. En caso de abrirse expresamente un proceso de reforma de la Constitución, debería servir para zanjar definitivamente la distribución de competencias entre el Estado y las Comunidades Autónomas. Finalmente, el Manifiesto solicita la reforma del sistema electoral español para reducir la excesiva influencia de las fuerzas nacionalistas sobre los asuntos generales de España.

Convocantes de la concentración en Madrid, 5-Noviembre
FORO ERMUA, Convivencia Cívica Catalana, Ciudadanos para la Libertad (Cataluña), Asociación por la Tolerancia (Cataluña), Foro El Salvador, Unidad y Libertad (Cantabria), Fundación Papeles de Ermua, Dignidad y Justicia, Fundación Luis Portero, Círculo de Opinión Pública, Asociación Justicia y Libertad, Gaudeamus (Aragón), Foro por la Libertad (Aragón), ADGC (Asoc. Democrática de Guardias Civiles), Vecinos de Paz de Berriozar (Navarra), Sindicato C.F.P. "Manos Limpias", UDE (Unión Democrática Estudiantil, Universidad Carlos III), Comité Civil Internacional (CIC), Juventudes Unificadas del Foro Ermua, Acción Cultural Miguel de Cervantes, Universitarios Liberal Demócratas (Universidad Pompeu Fabra de Barcelona), Profesores por el Bilingüismo (Barcelona), Asociación Gallega para la Libertad de Idioma (AGLI de La Coruña), Radicales Libres (Galicia), Vigueses por la Libertad (Vigo), PIHM, entre otros.

Doblar el cabo

Por XAVIER PERICAY ESCRITOR ABC 3 Noviembre 2005

... El presidente del Partido Popular, en cambio, realizó tal vez el mejor discurso de su vida política. Justificó la posición de su partido, destacó la importancia de los procedimientos, ofreció alternativas a la situación creada...

A nadie se le escapa que la palabra de Pasqual Maragall no es precisamente palabra de rey. A menudo, y por desgracia, ni siquiera lo es de presidente autonómico, como cabría esperar de su condición. Aún así, hay que reconocer que, entre la maleza de su discurso, uno alcanza a distinguir de vez en cuando algún claro. Ayer al mediodía, por ejemplo, tras la intervención de sus correligionarios en el Congreso de los Diputados, Maragall se dirigió a los medios de comunicación. Y les dijo que Cataluña era tal como se había expresado aquella misma mañana en el hemiciclo. Hasta se atrevió, quién sabe si para ahuyentar cualquier asomo de duda, con la copla futbolística: «Cataluña es así», remató. Pero, a renglón seguido, precisó que lo que ahora nos interesa a todos es el futuro. Que lo de antes, lo que los tres diputados catalanes habían expuesto ante el atento y respetuoso silencio de la Cámara, o sea, aquella Cataluña que a su juicio es así, correspondía al pasado. Y la verdad es que estaba en lo cierto. Porque los tres representantes del Parlamento catalán no habían hecho otra cosa que recurrir al pasado y a sus tópicos más inveterados, mientras denunciaban, eso sí, las puyas con que el centralismo más cerril les había castigado desde todos los frentes a lo largo del último mes.

El problema es que Artur Mas, Manuela de Madre y Josep Lluís Carod Rovira habían acudido a las Cortes a exponer las razones por las que la propuesta de nuevo texto estatutario merecía ser tomada en consideración. Es decir, las razones de su necesidad. O lo que es lo mismo: el porqué de tanto ajetreo. Y he aquí que, llegado el momento, y aparte de alguna alusión a la bolsa y la vida, ninguno de los tres había sido capaz de exhibir sino ropa vieja: la definición de la lengua catalana como un instrumento que moldea la personalidad de sus hablantes, en la más pura tradición romántica; el propio uso simbólico de esta lengua en cada una de las intervenciones; la confusión entre Cataluña, su clase política y sus ciudadanos -con la absorción de los dos últimos colectivos, y de los sujetos en ellos comprendidos, por el ente mayúsculo-; la referencia al antifranquismo y a sus lemas de la Transición, empezando por el famoso «Llibertat, amnistia i Estatut d´Autonomia»; los asideros culturales más sobados -de izquierdas, naturalmente: Serrat, Raimon, Martí i Pol-, y hasta la nítida separación entre los partidos que estuvieron en el combate democrático contra la dictadura, lo que les confiere toda la legitimidad para emprender cuantas reformas decidan emprender, y los que no estuvieron. Pero todo esto, según el presidente de la Generalitat, era agua pasada, cosas que había que dejar claras para poder adentrarse en el futuro.

Ni que decir tiene que el primero en pisar ese futuro fue el presidente del Gobierno. A él le correspondió abrir la tarde parlamentaria. Y el presidente del Gobierno, sorprendentemente, no dijo nada. Lo que no significa que no hablara, por supuesto. Lo hizo durante casi tres cuartos de hora. Pero no dijo nada. Recurrió a ese verbalismo huero, más o menos lustroso, que tanto efecto surte ante determinados auditorios y que hasta la fecha le ha permitido salir airoso de no pocos envites. Sólo que ayer encima de la mesa tenía un tema complejo: el proyecto de reforma del Estatuto de Cataluña. Complejo por su extensión, por su redacción, por su contenido, y también por su génesis, de la que José Luis Rodríguez Zapatero es copartícipe, lo que le ha convertido en garante del proceso y de su desenlace. De ahí que ayer no le bastara con afirmar que el Gobierno que él preside y el grupo parlamentario que le apoya eran partidarios de la toma en consideración del proyecto. De ahí que tuviera que pronunciarse sobre lo que harán el Gobierno y el partido socialista en cuantas cuestiones -y todo indica que son legión- la propuesta estatutaria choca de plano con la Constitución. Y no dijo nada. Nada que permitiera atisbar hasta qué punto estaba dispuesto a meter baza. Su discurso fue un continuo «sí, pero no», surcado de buenas palabras y de llamadas al respeto hacia los demás.

Si bien se mira, el discurso de Rodríguez Zapatero podría calificarse con las propias palabras que Mariano Rajoy, en su turno de intervención, utilizó para calificar la nueva propuesta estatutaria: algo elástico, impreciso, ambiguo. O, si lo prefieren, la viva encarnación del relativismo. Y así como el presidente del Gobierno nada aportó en su parlamento, el presidente del Partido Popular, en cambio, realizó tal vez el mejor discurso de su vida política. Justificó la posición de su partido, destacó la importancia de los procedimientos, ofreció alternativas a la situación creada, separó nítidamente a los ciudadanos de Cataluña de los nacionalistas catalanes, apeló a la razón, se negó a hablar de sensibilidades en lugar de leyes, y, sobre todo, puso el acento en lo que constituye sin duda la mayor aberración del texto sometido ayer a debate: a saber, su olor a rancio, su carácter caduco, retrógrado, premoderno. Un texto que legitima lo que el propio Rajoy llamó «las prebendas del Antiguo Régimen», en la medida en que establece la existencia de unos derechos colectivos superiores a los de cada uno de los ciudadanos que libre y conscientemente integran y conforman la Nación española.

En la rueda de prensa del mediodía, Maragall no sólo había tratado de excusar la deriva histórica de sus compañeros de Parlamento. También había dicho que él era un hombre feliz. Que estaba viviendo un instante de felicidad parecido al del día de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, que entonces como ayer había tenido la sensación de doblar, por fin, el cabo. Los Juegos de Barcelona salieron bien, en efecto. Por desgracia, no parece que este vaya a ser el caso del proceso que ayer se inició en las Cortes. Al contrario. Y ello, con independencia del desenlace final. En realidad, y ya que andamos a vueltas con el pasado, quizá no esté de más recordar ahora, a modo de conclusión, unas palabras de Josep Pla. Las escribió en Madrid, el 18 de mayo de 1932: «Tan importante como la cuestión de la autonomía en sí, es el problema político planteado con motivo del paso del Estatuto por la Cámara. La cuestión de la autonomía ha dividido profundamente a la opinión, en la calle. Las reacciones de la opinión no han hecho ningún bien al Gobierno, pero una cosa es indiscutible y es que las reacciones políticas inmediatas del estado de espíritu de la opinión no serán visibles de una manera inmediata. Se verán quizás en las próximas elecciones. Si el problema catalán continúa en el estado de nerviosidad en que se ha mantenido durante las últimas semanas, las elecciones próximas se realizarán a base de esta plataforma y podría ser que las primeras Cortes ordinarias del nuevo régimen fueran tan constituyentes como las anteriores. El problema es de fondo, y si no se tiene suficiente habilidad para tratarlo podría producir los efectos más insospechados».

Quizá puedan ayudar a doblar el cabo.

Rajoy arrebata de nuevo a Zapatero el discurso de Estado
Editorial ABC 3 Noviembre 2005

LA confrontación dialéctica entre Rodríguez Zapatero y Rajoy demostró que el debate de ayer en el Pleno del Congreso de los Diputados no iba a oponer únicamente dos visiones sobre el proyecto de Estatuto catalán, sino también, y fundamentalmente, sobre el concepto de España y su integridad constitucional. La sesión parlamentaria de ayer fue el reflejo de dos modos antagónicos de entender la realidad nacional. Por un lado, Mariano Rajoy, en el papel de hombre de Estado, convincente y firme en su defensa, en solitario, del actual marco constitucional, sólido y hondo en sus argumentos, frente al etéreo discurso de un presidente del Gobierno que no hizo de tal, sino de valedor, con algunos matices, de las aspiraciones de los proponentes de la reforma estatutaria y que recurrió, una vez más, a la ornamentación formal para evitar entrar en el cuerpo a cuerpo y discutir sobre lo verdaderamente esencial. Revelador intercambio de papeles que sirvió para que Rajoy desgranara, de manera certera, la postura de su partido ante el desafío del Parlamento catalán.

P Papeles cruzados. Pero no ha sido la propuesta de la Cámara autonómica, sino la adhesión del socialismo español a esa iniciativa confederal e inconstitucional la que ha situado a España a un paso de la ruptura con su mejor etapa histórica de desarrollo político y social, basado fundamentalmente en una Constitución que venció definitivamente la tendencia de la sociedad española al continuo fracaso de sus ilusiones democráticas. El Pleno del Congreso de los Diputados fue ayer el escenario de una transferencia de papeles que otorgó a Mariano Rajoy la condición aparente de jefe del Gobierno y a José Luis Rodríguez Zapatero la condición efectiva de cuarto representante del Parlamento catalán.

El discurso de Rajoy acreditó nuevamente, con mayor brillantez si cabe que en el pleno que rechazó el Plan Ibarretxe, su extraordinaria capacidad dialéctica unida a una claridad expositiva que dejó al descubierto la superficialidad y evanescencia de los argumentos del presidente del Gobierno. Rajoy volvió a encontrar el punto de equilibrio entre la firmeza y la serenidad; y sin huir de llamar a las cosas por su nombre -«esto es una chapuza, una reforma de matute y un engaño» o «el Estatuto es el precio para seguir gobernando»- hurtó a Rodríguez Zapatero y a los aliados parlamentarios del PSOE la imagen de la derecha atrabiliaria que tanto desean para legitimar su alianza y sus efectos -entre ellos, la propuesta de Estatuto catalán- a partir de la descalificación de la derecha democrática. Aun así, ayer no se vio otra coalición que la formada por el resentimiento contra el PP y el ansia de evitar a toda costa su vuelta al poder.

Moncloa avisó de que ayer se vería al Zapatero «más genuino». Si este era el genuino Zapatero habrá que convenir que no estuvo a la altura de las circunstancias. En un envite de tanta trascendencia como representa el proyecto de nuevo Estatuto para Cataluña, el presidente del Gobierno, que en algunos momentos dio la sesación de que no creía en la convicción de su discurso socialista (como prueba la reacción de sus diputados) sobrevoló la crisis constitucional que entraña esta propuesta y se quedó muy lejos de las recomendaciones que hicieron los cuatro catedráticos de Derecho Constitucional consultados por el PSOE. Realmente, pasó por encima de todo lo que el dictamen declaraba inconstitucional. De hecho, el término «inconstitucionalidad» no se oyó en boca de Zapatero, lo que demuestra la actitud con la que afronta la enmienda de la propuesta estatutaria. En efecto, el jefe del Ejecutivo volvió a tratar un problema de España con su habitual recurso a la retórica hueca y al republicanismo teórico, perdiéndose en disquisiciones sobre el patriotismo y el concepto ciudadano de España. Sólo fue preciso para reconocerle a Cataluña su «identidad nacional», anticipo de lo que Rajoy llamó «chirigotas polisémicas».

P Eludir el problema. Rodríguez Zapatero se aferró a la técnica del disimulo sobre la realidad del problema, que no es otro que la apertura, en sede parlamentaria, de una segunda transición, bien reflejada en la amnesia colectiva de cuantos apoyaron la toma en consideración del proyecto. Porque la pregunta a la que no fue capaz de responder Zapatero es cómo convertir en constitucional un texto inconstitucional si quienes lo redactaron no están dispuestos a rebajar sus exigencias. Es más, oyendo a los comisionados del Parlamento catalán y a otros portavoces parlamentarios, cabría dudar de si España vive en democracia desde 1977 y tiene un régimen constitucional desde 1978; si Cataluña dispone de autogobierno desde hace más de veinticinco años y si los partidos a los que representan dichos comisionados han tenido algo que ver con la gobernación de esta comunidad. Parecía un viaje al pasado, trufado de proclamas antifranquistas y reproches obsoletos, y no un debate en el Parlamento de una sociedad democrática, europea y constitucionalizada. Triste balance del que, obviamente, sólo pueden tener la culpa España y su Constitución, las comunidades holgazanas que viven del cuento y el nacionalismo español, no los gobiernos nacionalistas y socialista que han tenido en sus manos las mayores capacidades de autogobierno nunca dispuestas por la Generalitat catalana.

P Hacia un nuevo diseño político del Estado. El problema no es sólo un proyecto estatutario inconstitucional, sino el diseño político del Estado y de la sociedad que subyace a la alianza en que se apoya ese proyecto, tendente a la remodelación de España sin contar con la opinión de todos los españoles y aun en contra de, como mínimo, la mitad de ellos. El esfuerzo de la Transición consistió en aunar a los españoles para un propósito común, pero ayer se desvelaron discursos separadores, que manipularon las virtudes de la democracia para ponerlas en el lado de la izquierda y del nacionalismo, despojando a la derecha de toda contribución a su reinstauración y consolidación. Rajoy comprendió correctamente la verdadera trascendencia política del proyecto estatutario y apeló sin complejos a la Constitución, a la Nación española y a la unidad de los españoles.

Solo ante el peligro, como Gary Cooper, un espléndido Rajoy envió ayer un mensaje de esperanza a los españoles
Jesús Cacho elconfidencial 3 Noviembre 2005

Un mensaje de esperanza y una soberana lección a un Rodríguez Zapatero que se comportó como un mal penene de Derecho Administrativo, especialista en leer apuntes en clase ante sus alumnos. Decían en las sentinas del PSOE el martes 1, día de los Santos, que la jornada importante no era la de ayer miércoles, sino la de hoy, jueves, porque era el jueves “cuando iba a quedar en evidencia la terrible soledad del Partido Popular en el Congreso de los Diputados”.

No sé lo que pasará hoy jueves, y tampoco sé si en el arsenal de Moncloa guardan algún misil de largo alcance capaz que invertir la afrentosa situación en que ayer quedó el señor Rodríguez ante millones de españoles, pero, en cualquier caso, la de Mariano Rajoy será una soledad muy bien acompañada, una soledad compartida por millones de españoles, entre ellos muchos votantes del PSOE, que ayer vieron emerger un rayo de esperanza para el futuro entre la zapatiesta causada por nuestro irresponsable presidente.

Apenas iniciado su parlamento, el señor Rodríguez soltó la siguiente perla, que retrata mejor que mil palabras el penoso estado de confusión conceptual en que se debate el personaje: “La posibilidad de reforma del Estatuto de Cataluña existe porque existe la Constitución democrática; esa es la poderosa fuente de su legitimidad”. ¡De modo que la legitimidad del proyecto de nuevo Estatuto descansa sobre una Constitución contra la que mortalmente atenta ese mismo Estatuto...!

Con trabalenguas de esta clase, con frases tan grandilocuentes como vacías de sentido, con toneladas de hojarasca verbal para el cubo de la basura, enjaretó Zapatero un discurso que dejó en el almario de la tropa socialista una sensación de perplejidad y desencanto. Bastaba ver la cara de muchos de ellos. Bastó ver la cara de Alfonso Guerra descendiendo de su escaño, pasando al lado del presidente sin dignarse mirarlo siquiera, los ojos de Rubalcaba como puñales apuntando a su espalda, para saber lo que había ocurrido en el PSOE.

Por el contrario el de Rajoy fue un discurso de Estado, el discurso que estaban esperando oír muchos españoles que llevaban meses reclamando que alguien se mostrara dispuesto a defender la legalidad consagrada en la Constitución del 78. Porque de eso va esta historia. Aquí sólo hablan de enfrentamiento (demasiadas apelaciones desde PSC -Manuela de Madre- y ERC -Carod y Puigcercos- a la guerra civil), de buenos y malos, los que tratan de conseguir ventajas de clase con un discurso victimista que conscientemente elude el fondo del debate: ¿Estamos o no ante un problema legal, un problema de aplicación de la legalidad vigente?

Rajoy lo dejó ayer claro. La Constitución no es intocable. Se puede reformar, como los propios Estatutos, pero hay que hacerlo desde la legalidad, es decir, desde la propia Constitución. Lo inconcebible es que sea el presidente del Gobierno, que juró guardar y hacer guardar la Constitución, el que aliente el asalto a la legalidad por la puerta de atrás de las diferencias entre españoles.

La de Rajoy fue, además, una lección de democracia liberal, capaz de rescatar las esencias de Jefferson y poner al individuo, a los derechos del individuo, por delante del resto de poderes, porque sólo la soberanía nacional, la soberanía de todos y cada uno de los españoles, puede ser fuente de legitimidad de Gobiernos, Constituciones y Estatutos, de modo que esos derechos colectivos (“derechos históricos”) que algunos reclaman son una trampa saducea tras la que se esconde el miedo a la libertad del individuo.

Ayer Mariano Rajoy conectó con millones de españoles, y puso la primera piedra para la conquista del poder. Tal vez no esté todo perdido.

¿La hora de España en un Estatuto de autonomía?
EDITORIAL Libertad Digital 3 Noviembre 2005

Tiempo habrá para analizar el compromiso de Mariano Rajoy de no "desentenderse del fraude" y de velar en el futuro porque ese compromiso suponga combatirlo sin verse involuntariamente implicado en él. Lo importante hoy es destacar el formidable e histórico discurso pronunciado por el líder del PP para desenmascarar ese no menos histórico engaño con el que el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, trata de satisfacer las demandas de cambio constitucional de sus socios separatistas por la fraudulenta vía de una reforma estatutaria. El líder del PP, además de señalar la responsabilidad directa de Zapatero en "rescatar en Madrid un Estatuto anticonstitucional que en Barcelona zozobraba", ha puesto de relieve la incongruencia de los socialistas al admitir a trámite un "estatuto", en el que los propios socialistas reconocen unos rasgos de inconstitucionalidad equivalentes a los que sirvieron de base al PSOE para rechazar la admisión a trámite del Plan Ibarretxe.

El líder del PP, en esa línea, ha puesto de manifiesto que el "estatuto" no sólo proclama que Cataluña es una "nación", sino que esa rotunda falsedad histórica y anticonstitucional es sobre la que se edifica e impregna todo el articulado y la que hace del proyecto una clara muestra de "independentismo inconstitucional", tan poco enmendable y ajustable a nuestra Carta Magna como "tratar de hacerle la permanente a un puerco espín".

Siendo fiel a los procedimientos que exige el respeto a la ley y a la democracia, Rajoy ha señalado que son los redactores del proyecto los que tienen que cambiarlo, no el Parlamento ni el nada fiable "propósito de enmienda" anunciado por Zapatero.

Porque, ciertamente, si Rajoy ha brillado por su argumentación, Zapatero lo ha hecho por su palabrería hueca, que no ha hecho más que agravar la creciente desconfianza ciudadana en el presidente del Gobierno del 14-M, a la hora de frenar un desafío soberanista que, en realidad, sin él en la presidencia, no se hubiera admitido a trámite. Si el "propósito de enmienda" del presidente se reduce a sustituir el concepto de "nación" por el de "identidad nacional", y sus "fronteras rojas" son las engañosas vaguedades con las que trata de no perder el favor de los separatistas, ya podemos calibrar la credibilidad que puede ofrecer el PSOE a los españoles a la hora de adecuar el texto de marras a nuestra Carta Magna.

De los tres representantes que han acudido a presentar el proyecto soberanista, sólo podemos decir que han ofrecido lo que cabía esperar de ellos. Los tres pertenecen a tres formaciones que demasiadas veces han abogado por cambiar la Constitución como para que ahora nos hagan creer, en contra de lo que expresa el Estatuto escrito, que lo que defienden con tanto ardor es escrupulosamente constitucional y que, por tanto, el pueblo español no necesita pronunciarse sobre ello en unas elecciones anticipadas ni por vía de referéndum.

Mención especial merece la abyecta intervención de Duran i Lleida que, encima, ha tenido la desfachatez de disfrazar con pretenciosa "moderación". Por lo visto, es muy "moderado" arremeter contra la Iglesia y contra la libertad de expresión de los medios de comunicación; como lo es tildar de representantes franquistas a los que se opusieron a introducir en la Constitución la palabra "nación" para referirse a una parte de España como es Cataluña. Muy "moderado" ha sido también lo de reconocer que es la "hora de España" cuando, al tiempo, se niega a admitir que los españoles decidan directamente sobre el asunto por vía de referéndum.

Ya no cabe más autoengaño ante la figura de José Luis Rodríguez Zapatero. Está dispuesto a pactar con todos los nacionalistas. Absolutamente con todos. ETA, incluida. Veremos en qué queda todo esto con tan "constitucionalista" compañía.

Vuelve el espíritu de la checa
Incitación al asesinato y asfixia de la libertad
Pío Moa Libertad Digital 3 Noviembre 2005

Las “acusaciones” de Carrillo a Vidal y a mí son, evidentemente, puras calumnias de una mente formada en el espíritu de la checa. Se trata de calumnias evidentes, no porque yo lo diga, sino porque, como deduce cualquier persona con sentido común, después de trece años en que la izquierda fue dueña del ministerio del Interior, Carrillo debería poder probar documentalmente su “acusación” si la misma tuviera el menor atisbo de realidad. Quien quiera hacerse una idea puede leer las páginas al respecto del socialista Barrionuevo en sus memorias sobre su paso por dicho ministerio.

Pero el asunto tiene mucha mayor gravedad. Se trata de una campaña que también está implicado “Mienmano”, el aspirante a enterrador de Montesquieu, Alfonso Guerra, y otros personajes de esa catadura, como ya indiqué en otra ocasión. Esas calumnias constituyen un auténtica incitación al asesinato, y a esos extremos estamos llegando. En sus buenos tiempos Carrillo hizo asesinar a varios comunistas que le hacían sombra, o así lo creía él, acusándoles de confidentes sin la menor prueba. Cierto, él no parece estar hoy en condiciones de enviar a sus camaradas a cumplir la faena con Vidal y conmigo, pero, lo mismo que Guerra y compañía, saben bien que sigue habiendo terroristas y fanáticos capaces de orientarse por sus canallescas declaraciones para hacer “justicia”. Es más, tales declaraciones contribuyen a fomentar el fanatismo y la violencia. No hay la menor inocencia o error en sus palabras. De vez en cuando navego por la red y me quedo pasmado del odio que rezuman los comentarios de numerosos sujetos, los cuales, por lo general, no han leído los libros de Vidal o los míos, pero alimentan sus débiles mentes con las ideúchas suministradas por los demagogos de turno.

Así, van extendiendo por todo el país el clima de chivateo y provocación que ha llevado a las Vascongadas a la situación en que se hallan. Durante estos días he estado esperando en la prensa o los políticos autodenominados progresistas una condena a las incitaciones carrillescas o al menos una simple aclaración sobre sus implicaciones. Ni una sola palabra. Han difundido masivamente como “acusaciones”, sin más, las palabras del doctor horroris causa, héroe de Paracuellos. También como en las Vascongadas: esa sucia complicidad que alienta el horror.

No son salidas de tono. Tienen estrecha relación con el plan de balcanizar España, expuesto sin el menor disimulo por los terroristas y por los separatistas, y llevado adelante con el amparo y colaboración del Iluminado de la Moncloa. La calumnia (como vemos, es una de sus especialidades) a Aznar de ser un Milosevic contiene un doble error, pues ni Aznar es Milosevic ni mucho menos España es Yugoslavia, pero pone bien al descubierto lo que a veces intentan disimular: su propósito balcanizante.

Ese propósito, no obstante, no podrán llevarlo a cabo si no asfixian la libertad de expresión y el derecho de réplica, si no acallan las voces discrepantes, en primer lugar la COPE y, ante todo, a Federico Jiménez Losantos y a César Vidal. Necesitan extender a toda España el oasis de corrupción y granhermanismo de Cataluña. De ahí las campañas en curso, la siembra del odio acusando cínicamente de hacerlo a quienes protestan. Está en marcha la destrucción premeditada y sistemática de la convivencia democrática conseguida en la Transición; está en marcha una Segunda Transición, desde la democracia a la demagogia y al desmembramiento del país; está en marcha una especie de nuevo Frente Popular, casualmente compuesto por los mismos que encendieron la guerra civil en los años 30: los socialistas y ERC y otros grupos separatistas, más los terroristas y los comunistas. En el libro 1936. El ataque final a la República he expuesto cómo la guerra no provino en realidad, o no principalmente, del proceso revolucionario: un gobierno legítimo, decidido a cumplir y hacer cumplir la ley lo hubiera sofocado sin excesiva dificultad. Provino ante todo de la colaboración en ese proceso y de la vulneración sistemática de las reglas del juego por parte de unos gobiernos tan enloquecidos como el de ahora. Pues es una marcha auténticamente enloquecida la emprendida por estos iluminados, y urge pararla cuando todavía es tiempo. La defensa de la democracia y la unidad de España exige la contribución de todos los ciudadanos sensatos y amantes de la libertad. No es momento de quejas y lamentaciones: esas ya llegarán con excesiva abundancia y remordimiento si no sabemos ahora cumplir ahora nuestro deber. Todos debemos movilizarnos para impedir un nuevo desastre de nuestra convivencia y cerrar el paso a la siniestra alianza de terroristas, separatistas y demagogos.

Zapatero y sus dudas sobre la "nación"
Editorial Heraldo de Aragón  3 Noviembre 2005

SEGÚN Artur Mas (CiU), Manuela De Madre (PSC) y Josep Lluìs Carod-Rovira (ERC), el Estatut ofrece la solidaridad de Cataluña y, si bien reclama la definición legal de Cataluña como nación, no rompe el Estado. Mas y Carod, en cambio, soslayaron ponderar la relevancia de las Cortes Generales en el proceso y evitaron, a diferencia de lo que hizo De Madre, criticar un texto obviamente problemático, que Labordeta (CHA) definió como "comedido" y "conservador". El líder de CiU fue, en el fondo, más exigente que Carod, que exhibió sus modales más suaves. No obstante, representó una vez más a la Cataluña irredentista, a la que mostró vista como una tierra extranjera, egoísta e insolidaria por una España agresiva y dominante . Afirmó, en clara línea populista, que en Cataluña "hay más pobres que población en algunas Comunidades" y aludió a la existencia de un "centralismo rancio". Y, tras identificar el proyecto con la democracia -como si no apoyarlo fuera combatirla-, exigió a Zapatero que cumpliese su palabra.

Zapatero defendió la admisión del texto de "un Parlamento nuestro", pero rechazó el modelo de financiación, el "blindaje" de competencias, la nueva planta del Poder Judicial y el modelo de relaciones bilaterales. Tras afirmar que "Cataluña tiene identidad nacional", silenció de intento la primera parte del artículo 1, que define a Cataluña como nación, y elogió la segunda: Cataluña se autogobierna como comunidad autónoma de acuerdo con la Constitución. Acaso fuera una propuesta tácita, pero permite conjeturas sobre si Zapatero cree o no que Cataluña debe seguir como "nacionalidad" constitucional de España. Punto básico para Mariano Rajoy, toda vez que la nación, en la Constitución, es inseparable de la soberanía del pueblo español entendido como un todo.

Acuerdo deseable y DIFÍCIL
El dirigente popular aprovechó la oportunidad para ejercer como líder del primer partido de la oposición, sin apocarse en su contundente discurso por estar en minoría, y ofreció tres opciones a Zapatero: devolver el texto al Parlamento catalán; tramitarlo como reforma constitucional con referéndum; o cumplir el pacto entre PSOE y PP de consensuar las reformas del modelo de Estado, para que, "por primera vez en nuestra democracia" un Estatuto no se apruebe sin ese consenso, "salto al vacío", ya que es "imposible" con retoques parciales acomodar el texto a la Constitución.

Los peores fiscales del Estado autonómico -"modelo imperialista", llegó a decir el orador del BNG-, fueron algunos nacionalistas, en contraste con su abundante presencia en las Cortes, hoy determinante, dadas las alianzas de Zapatero. Parece que la adopción constitucional del término "nacionalidad" no fue satisfacción, reconocimiento y avance, sino agravio, desprecio y freno. Desde tal espíritu no se logrará que el Estatuto nazca con igual apoyo, al menos, que el logrado en 1979 por acuerdo de las fuerzas mayoritarias. Las de hoy están demasiado distanciadas. El texto actual, sin duda, dejaría al Estado con competencias meramente simbólicas en Cataluña. Punto que sólo un brioso Rajoy dejó claro, pues los demás oradores, incluidos los del Parlamento catalán, minimizaron sus innegables inconvenientes.

Estatuto catalán para dummies
Por LUIS IGNACIO PARADA ABC 3 Noviembre 2005

UNO de los mayores éxitos editoriales de los últimos tiempos es la colección For dummies: son libros de divulgación escritos en lenguaje accesible sobre las más diversas materias. Hay títulos para dummies en las modernas tecnologías: informática, internet, fotografia digital. Los hay para estudiantes de idiomas: inglés para dummies, español correcto para dummies. No faltan los dedicados a las ciencias y a la cultura: matemáticas, música clásica, religiones del mundo, diversidad cultural y tolerancia. Algunos se dedican al ocio, las enfermedades, la relajación, la convivencia. Pero tambien los hay políticos: referéndum para dummies, Europa para dummies, Oriente Medio para dummies...

Haríamos mal en traducir dummies por torpes, bobos, inútiles, mudos. Porque en realidad son los maniquíes que se utilizan en las pruebas de choque de automóviles. Sus sensores analizan las fuerzas que soporta cada parte del cuerpo durante el impacto y gracias a ellos han nacido los cinturones de seguridad, el ABS, las armaduras reforzadas que permiten aumentar la seguridad. Alguien tendría que escribir un libro que se titulase «El Estatuto de Cataluña para dummies». Bastaría con que tradujese al lenguaje de la calle los discursos que ayer pronunciaron los líderes políticos en el Congreso y los despojase de hipocresía, ingenuidad, retórica, partidismo, que ocultan la verdadera intención con la que se ha elaborado, se defiende, se va a tramitar o se rechaza. Todos tienen algo de verdad y buena parte de razón. Pero nosotros, los dummies, recibimos ayer la catarata de palabras como los maniquíes acusan el impacto en las pruebas de seguridad de los coches: no somos torpes, bobos, inútiles, mudos. No es que no nos interese el debate político: es que estamos en nuestra dura lucha diaria por la supervivencia. Y como lo que importa es nuestra seguridad y no la de los móviles que llevan a cada cual a defender una postura, alguien debería ayudarnos a evitar que nos estrellen.

Las buenas intenciones
Por EDUARDO SAN MARTÍN ABC 3 Noviembre 2005

ASÍ que de lo que se trata es de «no dar bazas al PP» (conversaciones mantenidas por Rodríguez Zapatero con ERC, IU y CiU). O de «aislar al PP» (eje de la estrategia del Gobierno, según sus portavoces)). Pues bien, nunca se habrá concedido a un outsider un protagonismo tan relevante. Nunca un partido al que el presidente del Gobierno quiso dejar deliberadamente al margen del rediseño territorial en beneficio de las rapaces menores con las que se hace acompañar en ese vuelo; un partido cuya presencia en los trabajos de elaboración del nuevo estatuto catalán siempre se admitió como puramente testimonial, y cuya cooperación no es considerada «necesaria» en La Moncloa para limpiar el texto pasaportado por los parlamentarios catalanes; nunca ese partido habrá sido tan invocado en estos últimos días por quienes proclaman estar tan seguros de lo que hacen y de por qué lo hacen. ¿A qué tanto súbito interés por un convidado de piedra al que no se ha querido reservar durante todo este tiempo más que un papel de simple figurón? ¿O de marchamo de última hora para un producto cuya trazabilidad está marcada por una manipulación poco ortodoxa?

Si no dispusiéramos de antecedentes, y de esas informaciones que trascienden las penumbras de los despachos para aclararnos muchas cosas, podríamos ser tachados de mal pensados por no atribuir unas intenciones inmaculadas a todos esos ofrecimientos de «dialogar para acordar y acordar para avanzar», a todo ese rosario de invocaciones al «sosiego frente al insulto y al diálogo frente al tremendismo». Pero después de lo mucho que ha llovido, sobre todos los tejados, ese recitado monocorde no tiene otro valor que el de las jaculatorias para enardecer a los fieles, a aquellos que, contra toda evidencia y más allá de cualquier sentido crítico, se muestran dispuestos a comulgar con las ruedas del propio molino pero no a ingerir un solo gramo de harina del molino ajeno. Son los propios pregoneros oficiales u oficiosos de los que dirigen la letanía quienes se retratan en privado sobre cuál es el sentido real de tanta pamema.

Siga cada cual con sus proyectos, sométase al juicio de los ciudadanos cuando toque y deje en paz al contrario con sus propios designios. De los que hay sobre el mostrador en esta segunda subasta del estatuto catalán, ninguno es más legítimo que el otro. Si algunos consideran necesario alterar el mapa territorial, los de enfrente están igualmente habilitados para considerarlo una aventura peligrosa. Y si eso es «tremendismo», lo opuesto no lo es menos. Los futuros electores deben disponer de alternativas claras y reconocibles para que su juicio no se vea embarullado por fórmulas cruzadas o híbridos desfigurados. Los revoltijos partidarios son sólo para el verano, para cuando la canícula aprieta. Y no estamos en ésas, a no ser que algunos se empeñen.

Debate del Estatut: pim-pam-pum a Rajoy
Antonio Martín Beaumont elsemanaldigital  3 Noviembre 2005

Cuando se produce un debate de las características del de ayer todos los participantes dicen haber vencido, y presumen de que el rival cometió errores imperdonables. Pero desde el canciller Bismarck sabemos que "nunca se miente tanto como antes de unas elecciones, durante una guerra o después de cazar". Bien, aunque estamos en la temporada ni Mariano Rajoy ni José Luis Rodríguez Zapatero son cazadores -que se sepa-, ni hay guerra, pero ambos eran bien conscientes de que lo que dijeron e hicieron ayer en el pleno del Congreso será tenido en cuenta en las siguientes elecciones.

Lo curioso en este torneo es que el teórico aspirante, el líder de la oposición, se mostró mucho más firme en sus planteamientos, y en cambio Zapatero, que teóricamente defiende su posición, fue belicoso y trató de "romper" el debate. Por cierto, volviendo a Bismarck, faltando a la verdad en algunos puntos importantes. Pero es que antes o después habrá elecciones.

Zapatero llegó al hemiciclo intentando dar una imagen de serenidad y fuerza que realmente no tenía. El jefe del Ejecutivo tuvo que jugar la única carta que podía mantener ayer serenos los ánimos tanto dentro de su PSOE como entre sus socios de Gobierno: la hostilidad contra el PP. Y si uno hubiese escuchado sólo al presidente y a los demás participantes del debate, salvo al PP por supuesto, pensaría que el verdadero problema constitucional de España, para la concordia y también para la vertebración territorial, es la existencia del Partido Popular. Sin los de Mariano Rajoy todo iría mejor: fue probablemente la idea más desarrollada en la tribuna del hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo.

Y para Zapatero es verdad esto que, por lo demás, no es cierto. Para el líder socialista habría sido mejor encontrarse con un Rajoy achicado, pensando a corto plazo y en términos de partido. Y en cambio se vio frente a un líder de la oposición que razonó en términos de estadista, y que en vez de devolver los golpes recibidos en su persona y en su partido explicó por qué el presidente de todos los españoles accede a la liquidación de la "España plural" de la que tanto habla, y cómo el proyecto de Estatuto de nacionalistas y de socialistas implica una verdadera reforma constitucional que afecta a todos los españoles y que termina con el consenso institucional forjado en 1978.

Zapatero no tiene, en realidad, un modelo territorial alternativo al que tenemos hoy. Si algo vimos ayer es que el presidente del Gobierno es un navegante de cabotaje, que no razona más que a corto plazo y que si se ha metido en el "berenjenal" del Estatut ha sido sobre todo porque no puede permitirse la ruptura del Tripartito catalán, como bien señaló el jefe de la oposición mayoritaria. Y no sabe cómo va a terminar la cosa. Con su expresión de rotunda afirmación, en realidad, ayer no mostró nada más que dos cosas: que no tiene nada nuevo que ofrecer y que su objetivo, bien arropado por sus aliados, era y es la marginación del PP.

Rajoy hizo un esfuerzo para evitar ser "profesoral" en un tema que se presta mucho a ello, y más para alguien que sí sabe de Derecho. Creo que lo consiguió y que sus palabras pueden ser entendidas por cualquier español. Yo no voy a decir que el "número uno" popular ganase, si bien a tenor de lo que dicen las encuestas fue el único que expresó en el Congreso lo que piensa la mayoría de los españoles: con lo que objetivamente el duelo ha empezado con ventaja a su favor, porque demostró tener razón, por más que fuese él solo contra quince portavoces –si unimos a los tres llegados desde el Parlamento de Cataluña- que se esforzaron en atacarle. Ahora queda que todos los miembros del PSOE que en público y en privado se la han dado hagan lo posible por cerrar este problema –el de la reforma constitucional disfrazada de Estatuto- antes de que su líder nos lleve a todos donde no queremos ir.

En nombre de la nación, claridad
Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC 3 Noviembre 2005

No es que Rajoy venciera ayer dialécticamente al presidente del Gobierno, que lo venció. No es que tuviera razón, que la tuvo. Es que le propinó un memorable repaso parlamentario. Y dejó una pregunta en el aire: ¿por qué cambiar todo si España marcha tan bien? El líder de la oposición, de la única, utilizó el irrebatible bisturí de la razón para diseccionar y demoler un proyecto fraudulento. Cuando la claridad se alía con la razón resulta imbatible. La línea argumental de Rajoy se resume y bifurca en tres. El proyecto presentado no es un Estatuto de Autonomía, sino la ruptura de la supremacía de la Constitución y del consenso inherente al espíritu de la transición, ya que ha dejado al margen al PP, y, con él, a sus diez millones de votantes. En segundo lugar, y como han reconocido las opiniones más autorizadas, incluidas muchas socialistas e incluso la del presidente del Gobierno, es inconstitucional. Y no lo es de manera accidental o adjetiva, como consecuencia del exceso de algún que otro precepto. Lo es de principio a fin.

El proyecto de Estatuto no contiene errores y excesos; es un error y un exceso. Es originariamente incorregible porque parte de que Cataluña es una nación, por lo tanto soberana, por lo tanto dotada del derecho a establecer unilateralmente sus relaciones con el Estado español y, por lo tanto, dueña de un poder originario y no derivado. Por el contrario, existe un solo poder soberano que reside en el pueblo español, constituido en nación. Y esto no por imperativo constitucional sino por libre elección soberana de los españoles. En tercer lugar, y como consecuencia natural de las dos tesis anteriores, anunció su posición acerca de la cuestión debatida: su negativa a la tramitación parlamentaria de un texto incorregible, y la devolución a sus autores.

Rajoy no desaprovechó la ocasión brindada para exhibir sus condiciones de hombre de Estado y quedarse en solitario en la defensa, sin fraudes, de la Nación y de la Constitución. Por último, se refirió a la motivación del presidente del Gobierno para admitirlo a trámite: el precio político para seguir gobernando. En resumen, ni es un Estatuto de Autonomía ni es constitucional. ¿Por qué habría que admitirlo? En un día triste, el discurso de Rajoy representa el asidero de la razón y la esperanza. Para calificarlo, tomo prestado el título a Ortega y Gasset: «En nombre de la nación, claridad».

La soledad de Rajoy
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo 3 Noviembre 2005

Ayer, en el debate para la toma en consideración del nuevo Estatuto de Cataluña, el Congreso de los Diputados no parecía el mismo que en febrero, cuando se debatió la toma en consideración del plan Ibarretxe, que es como la opinión pública ha conocido siempre lo que sus proponentes llamaban 'Propuesta de Nuevo Estatuto'. Ambas se han admitido en el Congreso como propuestas de reforma de los estatutos de autonomía de las dos comunidades autónomas. Había, sin embargo, algunas diferencias. En aquella ocasión, la estrella fue el lehendakari, que venía a defender su proyecto. Una elemental analogía hubiese requerido que el proyecto de Estatut fuera defendido ayer por Pasqual Maragall, aunque se comprenden perfectamente los temores que llevaron a Artur Mas, Manuela de Madre y Josep Lluís Carod-Rovira a asumir personalmente la tarea. Fue la de los tres una aproximación sentimental al tema, sin entrar al meollo de la cosa.

Lo más notable, sin embargo, fue que el presidente del Gobierno reclamara pista y focos para sí, que insistiera en el inconveniente protagonismo que ya asumió en el tramo final de la negociación para impedir, incomprensiblemente, su descarrilamiento.

La intervención de Zapatero no justificaba tanto alarde, ni tanta reserva de tiempo. Ocupó la tribuna poco más de la media hora que tenían fijada el resto de los oradores, sin que de sus palabras se desprendiera ninguna afirmación tajante. Quienes esperaban que el presidente trazara las anunciadas líneas rojas que iban a delimitar con claridad el campo de juego se toparon con una línea de puntos borrosa. No parece que las rebajas de las pretensiones nacionalistas respecto a la financiación, la bilateralidad o el blindaje de las competencias autonómicas vayan a ser significativas.

No se entiende tampoco que no replicara inmediatamente a Rajoy, aunque sólo fuese para borrar la impresión de que el discurso del dirigente de la oposición fue netamente superior al suyo, aunque sólo en dos aspectos: en el fondo y en la forma.

El presidente del PP se quedó solo, lo cual era inevitable, porque el formato del debate parecía haber sido elaborado por los guionistas de 'Políticamente incorrecto', un programa de ETB en el que siempre ponen a debatir a un constitucionalista frente a cinco nacionalistas a los que de cuando en cuando echa una mano la moderadora. Hubo 16 oradores, quince de los cuales se emplearon contra el líder de la oposición. Los quince representaban el 57,60% de los votos de los españoles. Si el presidente del Gobierno hubiera aceptado la oferta de colaboración que le hizo Rajoy el 14 de enero, los dos partidos habrían tenido un apoyo superior al 80% para la reforma estatutaria y la lucha antiterrorista. La soledad de Rajoy, pactada en el Tinell, era ayer también la soledad de Zapatero, aunque la del primero estaba mejor surtida de argumentos.

El problema de España
ANTONIO PAPELL El Correo 3 Noviembre 2005

El Congreso de los Diputados fue ayer escenario de la más vieja discusión política de este país, que, aunque resuelta provisionalmente por la Constitución vigente, no ha dejado de asomar recurrentemente en este cuarto de siglo transcurrido desde la fundación del régimen. La discusión consiste, obviamente, en el contraste entre las dos almas de España, la unitaria y jacobina, de un lado, la centrífuga y plural, de otro.

Lo grave de este debate es que no tiene desenlace posible. Ya se ha visto que veinticinco años largos no han bastado para conciliar la rivalidad, a menudo larvada e invisible, a veces -como ayer- conscientemente rediviva, entre la idea unívoca de España y la visión magnánima de una España compleja, comprensiva y plural, que no deja de ser patria y nación por el hecho de cargarse de matices. Ayer se echó en falta en el Congreso de los Diputados la voz seca de Ortega repitiendo su doliente dictamen: «Este problema catalán y este dolor común a los unos y a los otros es un factor continuo en la Historia de España.( ) Lo único serio que unos y otros podemos hacer es arrastrarlo noblemente por nuestra Historia, es conllevarlo, dándole en cada instante la mejor solución relativa posible».

A esto habrá que ir, una vez más. A la mejor solución relativa, conscientes todos de la dificultad del problema. Porque, desde el primer momento, quedó ayer claro que el idioma castellano, gozoso vehículo de entendimiento y comunicación, apenas servía para constatar que Rodríguez Zapatero y Rajoy no hablan la misma lengua en este asunto. El discurso de la España plural de aquél no es conciliable con el puritanismo constitucional de éste. El viejo asunto de la organización territorial de este país, que arrastramos de un modo u otro desde el siglo XV, no ha sido digerido todavía por las instituciones españolas, ni por tanto resuelto. Y si algo quedó claro en la confrontación Zapatero-Rajoy de ayer es que el concepto de nación sigue arrastrando su destructiva polisemia. La palabra 'nación' que entroniza la Constitución española no es idéntica a la que propone el proyecto de Estatuto, y la rivalidad entre ambos términos imaginarios, distintos en sus respectivas entonaciones, es la espoleta absurda de la gran discusión.

Si se rebaja la solemnidad del drama y se vuelve a tocar el suelo con los pies, se entenderá que el verdadero problema que ayer quedó planteado no es abstracto -no es 'el problema de España'-, sino pedestre y concreto: consiste en saber si será posible la ardua tarea de podar el proyecto de Estatuto hasta que sea razonablemente constitucional -alguien ha dicho que eso equivale a meter un elefante en una botella; Rajoy ha hablado de hacer la permanente a un puercoespín-. Y en conocer si los nacionalistas catalanes, de CiU y de ERC, van a admitir las rebajas realistas que inevitablemente habrá que imponer a su ambición para acomodar el proyecto a los cánones constitucionales. Si las dos respuestas resultan ser positivas, como ayer pareció anunciarse, el 'problema' se resolverá por sí mismo, sin grandes daños colaterales. Y habremos ganado, como mínimo, otros veinticinco años de estabilidad, que pueden ser los definitivos: en un cuarto de siglo más, probablemente habrán desaparecido las fronteras nacionales en Europa.

Hay asimismo otro debate más sutil en el trasfondo de la tragicomedia: el que hace referencia a la idea de la política, tan diversa entre partidos. Ayer se vio que la derecha, aunque se llame liberal, mantiene una visión dramática, solemne, trascendente de la cosa pública. Y que la izquierda democrática se ha hecho más pragmática, menos protocolaria y rigurosa. Es imposible saber quién tiene la razón en este pleito territorial cargado de irrealidad, pero seguramente la sociedad ha adquirido la pátina civilizada del escepticismo y prefiere no aferrarse a las palabras, ni hacer cuestión de gabinete de los conceptos. Así las cosas, producida tal maduración, es probable que la opinión pública se niegue a implicarse demasiado en los bizantinismos que ayer se rondaron en un debate que, si fue virtuoso en algunos aspectos, debió de asombrar a buena parte de los ciudadanos, demasiado ocupados en cosas importantes para dilapidar su tiempo en tan complejas y vacías abstracciones.

Los catalanes han perdido dos años de su legislatura autonómica en redactar un proyecto polémico -a la vista está- y el Parlamento español podría haber comenzado ayer una deliberación interminable sobre el mismo tema que, si se echase suficiente leña al fuego, podría consumir en este caso la segunda mitad de la legislatura española. En tales circunstancias, resultaría muy satisfactorio que los políticos que ayer mostraron tanto acaloramiento en la gestión de la colosal disputa encontraran un momento para mirar a su alrededor, comprobar el rictus de perplejidad de sus conciudadanos y realizar un ejercicio de realismo. Si así lo hacen, entenderán rápidamente que la obligación de todos quienes están en política del Estado es buscar rápidamente un desenlace a esta inquietante polémica. Hay, ha de haber, un cauce de consenso que resuelva con sencillez la reforma del Estado sin seguir tensando hasta el límite las fibras emocionales de los electores.

Rajoy, en el sillón del presidente
Pablo Sebastián Estrella Digital3 Noviembre 2005

El nuevo Estatuto de Cataluña ha sido admitido a trámite o tomado en consideración en el Congreso de los Diputados por una mayoría absoluta de los votos de la Cámara y con la sola oposición del Partido Popular. Se ha cumplido el rito y la promesa que el presidente Zapatero les hizo a sus compañeros socialistas catalanes y a sus aliados del nacionalismo catalán, aunque en su discurso en el Congreso de los Diputados Zapatero anunció reformas del texto tomado en consideración pero sin entrar en el detalle ni en el alcance de las mismas.

El presidente del Gobierno pareció, en el día de ayer, el cuarto representante del Estatuto catalán, e incluso el líder de la delegación que integraban Josep Lluís Carod-Rovira, Manuela de Madre y Artur Mas para defender en las Cortes españolas el Estatuto catalán. Vacío así el sillón del presidente, que hizo dejación de sus responsabilidades constitucionales y políticas, su lugar fue ocupado por Mariano Rajoy con un brillante e inteligente discurso en el que defendió la legalidad, la unidad de España, los derechos ciudadanos y la igualdad, denunciando los privilegios de las clases poderosas del “antiguo régimen” y poniendo en valor las cualidades y ventajas de la Constitución.

Lo que ha ocurrido ayer en el Congreso de los Diputados no sólo incluye la apertura del debate constitucional, sino que sobre todo plantea la reforma de la Constitución hacia un modelo federal como una pasión del presidente Zapatero y como el único marco posible para encajar el Estatuto catalán, que posiblemente va incluso más allá del marco general para buscar un modelo confederado. Por eso el presidente, como única noticia de la jornada, anunció que asume la “identidad nacional” de Cataluña. Zapatero, que elogió modelos de descentralización federal como el de Alemania y Estados Unidos, no se atrevió a dar la cara y a enseñar las cartas de su objetivo federal y por eso no tenía discurso, ni supo hacerlo, ni estuvo a la altura de las circunstancias. Y si mala fue su intervención institucional, patético fue su turno de réplica con chismografía del pasado (11M, guerra de Iraq, PP-AP, Aznar, Fernández de la Mora), dando una pobre imagen de un líder político y a la vez presidente del Gobierno. Y si se trataba de defender aquí y ahora un modelo federal para España, eso es claramente inconstitucional y eso es lo que le daba la razón y la oportunidad a Mariano Rajoy a la hora de defender con su discurso la legalidad constitucional y las ventajas que nos ha traído en estos años de la transición.

Tanto el presidente Zapatero como los tres representantes catalanes que defendían la viabilidad del Estatuto en discusión estuvieron a la defensiva, poniéndose vendas antes de la herida, conscientes de la gravedad del desafío y temerosos del impacto que provocará en la sociedad española esta fuga hacia adelante del Estatuto catalán por encima y al margen del marco constitucional.

Zapatero decía una y otra vez que no había que tener miedo a la España plural ni a la España autonómica mientras afirmaba que “pensando en España” había que poner sobre la mesa del debate “la fuerza de la democracia y el valor de la Constitución”. Así, el presidente, disfrazado de príncipe valiente, se decía a sí mismo y a los que le escuchaban eso de: ¿quién dijo miedo? Y eso mismo le coreaban los representantes catalanes llegados a Madrid, Mas reconociendo su valor y Carod pidiéndole que sea valiente, porque entre temores y valentías todos eran conscientes de que aquí hay en juego muchas cosas, y entre ellas la unidad y estabilidad de España, una España de la que no tiene una idea clara Zapatero, quien sí tiene claro que necesita del nacionalismo catalán para seguir en la presidencia del Gobierno, como se lo recordó Rajoy.

Decía Zapatero en el Congreso que el mejor patriota es “el que evita la discordia entre españoles”. De lo que se deduce que no es un buen patriota porque la discordia ya ha empezado sólo con esa admisión a trámite del nuevo Estatuto catalán que divide profundamente a la sociedad española y que ha recibido un apoyo mayoritario del Congreso de los Diputados, a sabiendas de que la gran mayoría de los españoles están en contra de este Estatuto catalán.

Zapatero no tiene clara una idea de España, aunque sabemos que apuesta por la España federal y camina a tientas sobre una reforma a la vez que propone, ahora una vez admitido a trámite el Estatuto, la reforma de la reforma citando los capítulos que ya habían enumerado los expertos constitucionalistas de su partido, lo que ya es un paso porque es la primera vez que el presidente públicamente reconoce la necesidad de ciertas reformas sobre las competencias, el blindaje, la bilateralidad, las leyes orgánicas, la Justicia, la financiación, etcétera, pero sin entrar en detalles. Con eso Zapatero se da por satisfecho, a la vez que nos dice que ha habido excesos de centralismo y que no hay que tenerle miedo a la España plural, poniéndose una vez más del lado de los ponentes del Estatuto en vez de estar en su función de presidente del Gobierno y de guardián constitucional.

Ese papel se lo dejó, se lo brindó, se lo regaló, al líder de la oposición, Mariano Rajoy, quien no ha perdido la oportunidad de reforzar su liderazgo como presidente del PP y como alternativa de gobierno, porque a buen seguro que muchos españoles apreciarán su aparente soledad en el Congreso, que representa ni más ni menos que al 42 por ciento de los electores de España y en el día de ayer a muchos más.

Rajoy actuó ayer como presidente del Gobierno, pidió que no se boicoteen los productos catalanes y pasó a decir que la reforma que se plantea del Estatuto catalán no es una reforma autonómica sino constitucional, y que por eso debe ser rechazada y tramitada como corresponde: como reforma constitucional.

Denunció la pretensión de declarar nación a Cataluña, sobre la que Zapatero había pasado de puntillas hablando de “la identidad nacional catalana”, para decir que si se admite esa definición se abre el camino para una España federal y también para que Cataluña acabe convirtiéndose en un Estado independiente.

En su discurso, el líder de la oposición no se dirigió a los ponentes del Estatuto sino de manera muy especial al presidente Zapatero, señalándole como responsable y coautor del desaguisado político al que estamos asistiendo y cuyas consecuencias nadie conoce ni se imagina, aquí incluido el propio presidente Zapatero, que está apadrinando y dirigiendo la reforma.

Abusando del sentido común, Rajoy recordó a Zapatero y a todos los asistentes que la soberanía nacional, que emana de la España nación, está en el conjunto del pueblo español y no en un Parlamento autonómico que se arroga ese concepto de soberanía compartida dando por hecho que está en el mismo nivel del Estado, cosa que no es verdad. Y siguiendo el hilo de los argumentos de Zapatero sobre el valor de la democracia y la madurez de la sociedad española para aceptar el Estatuto catalán y someterlo a debate y negociación, Rajoy preguntó que por qué no se habían aplicado esos mismos criterios al Plan Ibarretxe, dado que ambos son inconstitucionales y por tanto se podría haber admitido a trámite los dos, si ésa es la nueva línea del Gobierno de Zapatero. La explicación la dio Rajoy al señalar que este Estatuto se admite a trámite porque Zapatero necesita de los votos catalanes para mantenerse en el poder, aprobar los Presupuestos y seguir donde está.

El discurso de Rajoy le hizo sitio al Estado moderno, a las libertades y a la igualdad entre ciudadanos, advirtiendo de los riesgos que en todo ello comporta el nuevo Estatuto de Cataluña, que según su criterio se quiere hacer pasar por el Congreso de los Diputados como una mera reforma autonómica cuando en la realidad es una reforma constitucional que encierra un Estado nuevo y federal.

Y concluyó diciendo que el PP votaría en contra de la admisión del Estatuto porque encierra un cambio constitucional, añadiendo que si hay que reformarlo, quienes tienen que hacerlo son sus autores en Cataluña y no las Cortes españolas. Para recordar finalmente que ésta es la primera vez que un Estatuto de Autonomía se pretende aprobar en España por mayoría simple y de espaldas al consenso constitucional.

Lo que es cierto y es verdad, por más que los comisionados catalanes en el debate de ayer pretendieran, con un discurso moderado, hacernos creer otras cosas mientras ponían el acento en su pretensión de que se reconozca a Cataluña como nación. Es decir, en que se mantenga intacto el primer artículo del Estatuto del que emana todo lo demás, como lo advertía Rajoy mientras que un Zapatero indolente pasaba un mal momento con un débil discurso pero sabedor de que, admitido a trámite el Estatuto, ahora ha ganado tiempo y la garantía de que le aprobarán los Presupuestos y que así podrá agotar la legislatura si de aquí a entonces no ocurre nada más. A pesar de todo ello el presidente no las tiene todas consigo, porque si reforma el Estatuto en profundidad se romperá el Gobierno catalán, y si lo maquilla o le da una mano de pintura, como le dijo Rajoy, se romperá el PSOE o el Partido Socialista empezará a perder pie y contacto con el resto de la sociedad.

El error «Azorín»
Por JORGE TRIAS SAGNIER ABC 3 Noviembre 2005

Cuando Carod-Rovira desempolvó el artículo que José Martínez Ruiz -«Azorín»- había escrito en estas páginas hace casi un siglo, se hizo un silencio profundo, un silencio de «consagración» en el Congreso de los Diputados. Son esos instantes, que se producen tan pocas veces, en los que el orador sobrevuela los escaños del hemiciclo. Fue un momento que enseguida se desvaneció. Un acierto, la cita basada en el error de apreciación que tuvo Azorín -casi diez años de diputado- y en el que caen muchas personas que opinan de política o se dedican a ella.

Yo mismo, y sin ir demasiado lejos, en una ocasión y siendo como Martínez Ruiz diputado (desgraciadamente nunca seré Azorín), también sostuve que Cataluña era una nación. Es la misma equivocación en la que incurre Zapatero y cuantos formulan esa afirmación, sosteniendo que, al fin y al cabo, carece de importancia, pues la Constitución ya habla de «nacionalidad». Se trataría sólo de una escaramuza conceptual. No se tiene en cuenta, como ayer tarde advirtió brillantemente una y otra vez Mariano Rajoy, que de ahí se desgrana toda una serie de errores, el más común consistente en referirse al Parlamento catalán como si fuese el depositario de la soberanía nacional de Cataluña.

Y no es así, al menos de momento, digan lo que digan sus representantes, pues el Parlamento catalán representa al pueblo de Cataluña según se afirma en el todavía vigente Estatuto, pero nada más, aunque nada menos. Sólo el conjunto del pueblo español -representado en las Cortes Generales-, del que emanan los poderes del Estado, es el depositario de la soberanía nacional según la Constitución. Y esto, recordaba Rajoy, no es un problema de creérselo o de no creérselo, sino de acatar la ley o de desobedecerla.

He aquí el nudo del discurso del líder de la oposición que ayer llevaba sobre sus hombros el peso, la honrosa carga, de defender la idea de España que se plasmó en la Constitución del año 1978. Y, también, de denunciar el «fraude descomunal» que supondrá su tramitación, como se pretende hacer finalmente, como reforma estatutaria.

Veremos qué pasa de aquí a unos días en el Senado y, luego, en la Comisión Constitucional. Por cierto, su presidente, Alfonso Guerra, no aplaudió ningún discurso. Zapatero le ha puesto una soga al cuello de su propio partido y el propio PSOE parece empeñado en suicidarse solo.

Río Cabe
Tres-en-Uno
Serafín Fanjul Libertad Digital 3 Noviembre 2005

No es un minipimer, ni un desatascador, ni las tres en raya, ni –muchísimo menos– la Santísima Trinidad. Es, adivínelo el avisado lector, la hipóstasis perfecta de Bertoldo, Bertoldino y Cacáseno, aquella dinastía –saga, dirían nuestro héroe y su gavilla de grandes extrátegas– especializada en asar la manteca, en atesorar agua en zaranda o en proteger del gavilán a los polluelos atando a todos por una pata en la misma cuerda para que, de tal suerte, al tirar de uno saliese volando la ristra completa; y previo encierro de la gallina para evitarle la nefasta idea de defender a sus hijos peleando con el captor asesino. Una familia de listos.

El paisano modesto y ya muy molesto, tal vez se pregunte si nuestro Tres-en-Uno en los ratos en que no lee las obras completas de Suso de Toro (Guía de perplejos para asuntos internos) o Táriq Ramadán (alimento espiritual para el exterior y muy acorde con alguien que se dice rojo, feminista y justiciero) no se estará empapuzando bien de la sagaz filosofía de aquella familia tan bien retratada en el acervo popular italiano. Y en verdad que los actos del personaje no permiten mucho margen para la duda: ¡patarata, perder los pollitos de uno en uno! Si Cataluña, Vascongadas, Ceuta y Melilla y, con un poco de suerte, hasta Canarias pueden salir volando al unísono, ¿por qué conformarse con menos? Si ya cayó el crédito internacional por la fuga de Irak y por la nula defensa de nuestros intereses en Europa, fuerza es proseguir la obra para que llegue a buen término, encerrando a la gallina peleona (el PP) entre aislamientos y bloqueos institucionales e informativos. Bien es cierto que ciudadanos díscolos y rezongones comentan que Tres-en-Uno como rojo es un poco raro, por andar promoviendo el abaratamiento del despido de forma drástica y como feminista tampoco tiene precio, al dar tanta cancha y gastar tantas pesetitas para islamistas que jamás se apearán de exigir el velo a las mujeres (y muchas cosas más), ni nunca dejarán de despreciar a quienes nos ponemos ciegos de chorizos y morcillas. A no ser que el libreto táctico exija otra cosa.

Nimbado de simposios, jornadas y foros encaminados a entonar ditirambos mil a la Alianza de Civilizaciones, el seráfico rostro de Tres-en-Uno, con su eterna sonrisa Netol, quedará transido de pena-de-la-buena por el montaje de Calderón –un precursor de la Alianza de Civilizaciones, aseguran los fautores– que prepara la Compañía Nacional de Teatro Clásico. O por cualquier otra parvada. Y la coba que no falte: en los próximos días volverán a descubrir la exquisita armonía de la convivencia en el al-Andalus de las Tres Culturas, reina siempre tan cachonda como virgen, jugada infalible, jipío seguro en el tablero de ajedrez de la Alianza de Civilizaciones; los pelotas del coro –caso de saberlo y alguno puede que sí- tendrán buen cuidado de no explicar a Tres-en-Uno qué significan en árabe palabras como kitmán o taqiya o, si nos ponemos bordes aunque no exhaustivos, takfír, wáli o kufr, no vaya a ser que hasta la hipóstasis de Cacáseno empiece a recelar y se acabe la función antes de comenzar y cerrar la caja.

Y como el discreto lector tiene derecho a enterarse de lo que lee –a diferencia de Tres-en-Uno– aclaramos que kitmán y taqiya son el derecho moral de todo musulmán a fingir una fe religiosa que no siente cuando está rodeado de infieles, hipocresía suprema, o sea; kufr y takfír describen la acusación máxima de impiedad y herejía con derecho a matar al infractor; y wáli es el tutor masculino que debe supervisar y controlar a toda mujer musulmana a lo largo de su vida entera. Por no empantanarnos con la dichosa xari’a. Como materias de cháchara no estarían mal para iniciar un diálogo de civilizaciones: ¿no les parece?

Debate sobre el futuro del Estado
JAVIER TAJADURA TEJADA /PROFESOR TITULAR DE DERECHO CONSTITUCIONAL EN LA UPV-EHU El Correo 3 Noviembre 2005

El proyecto de nuevo Estatuto de Autonomía para Cataluña ha llegado a las Cortes Generales. La Comisión Constitucional del Congreso iniciará así uno de los más apasionantes e importantes debates que se recuerden en su seno. Hasta ahora el debate político sobre la conveniencia, o no, de reformar el Estatuto, y sobre el eventual contenido de esa reforma, ha sido de una indigencia asombrosa. La pobreza del debate obedecía, en buena medida, a que quien tenía y tiene la responsabilidad de liderar el proceso de reforma de nuestra Constitución territorial había formulado unos criterios políticamente indeterminados e ideológicamente inconsistentes. Criterios que ahora, llegada la hora de la verdad, y recibido el texto en la Comisión Constitucional del Congreso, para nada sirven. Como es bien sabido, dos son los requisitos que el presidente del Gobierno exigió para que el proyecto de Estatuto de Autonomía de Cataluña recibiese el respaldo del Gobierno y del Partido Socialista: que el texto fuese aprobado en Cataluña por un amplio consenso y que se situara dentro del marco de la Constitución.

Lo primero ya se ha verificado puesto que el proyecto cuenta con el respaldo de una mayoría cualificada del Parlamento catalán. En este contexto, una mera apelación al diálogo entre las Cortes Generales y los representantes de Cataluña no basta. Aunque nadie puede negar el valor del diálogo y del consenso, lo que no se puede ni se debe olvidar es que para iniciar cualquier diálogo es preciso partir de unas convicciones previas expresadas con rigor. Convicciones que podrán ser modificadas si las razones que se alegan en contra son más poderosas o plausibles. En este sentido, y por lo que a nuestro tema se refiere, las posiciones del Gobierno tripartito catalán y de CiU están muy claras. De una u otra suerte, todas esas fuerzas políticas aspiran a conseguir el máximo nivel de autogobierno para Cataluña. Su objetivo es asumir el mayor número posible de competencias en detrimento de las de los poderes centrales del Estado. En el texto figura incluso el establecimiento de un sistema de financiación particular. Frente a esas pretensiones, rotundas, contundentes y claras, la posición oficial del Gobierno y del PSOE, que se limitaba a insistir en que el nuevo Estatuto se mantuviera dentro de la Constitución, no basta para afrontar el desafío que Cataluña plantea.

Aquel requisito resultaba completamente superfluo en un Estado constitucional en el que la validez de todas las normas depende de su conformidad con la Constitución. Lo que resultaba imprescindible subrayar es que aunque el contenido del Estatuto resultara plenamente constitucional, ello no quería decir que fuese políticamente oportuno o ideológicamente aceptable. Esto no se advirtió entonces y habrá de ser la Comisión Constitucional del Congreso la que deba plantearlo ahora. Dicho con otras palabras, una cosa es el juicio de constitucionalidad del texto (que puede diferirse a los técnicos y en su caso al Tribunal Constitucional) y otra el juicio de oportunidad política y de coherencia ideológica que, inexcusablemente, corresponde formular a los miembros de las Cortes Generales.

Durante los últimos veinte meses el debate político democrático ha sido sustituido por un pretendido debate técnico-jurídico. Así, la aceptación de la definición de Cataluña como nación, del blindaje de las competencias o de la apelación a los derechos históricos quedaba subordinada a los informes de los expertos. Ello explica la importancia que se dio al dictamen del Consejo Consultivo de la Generalitat. Informe que, además de resultar muy discutible y criticable en términos jurídicos, no podía reemplazar a la decisión política. A título de ejemplo, el Consejo consideró constitucional el artículo 5, que constituye un atentado de singular gravedad contra el principio democrático. Este precepto dispone: «El autogobierno de Cataluña se fundamenta en los derechos históricos del pueblo catalán que este Estatuto incorpora y actualiza». La inconstitucionalidad del precepto reside en que en nuestro Estado constitucional los poderes de todos sus órganos e instituciones (incluidas las instituciones catalanas y sus facultades de autogobierno) se fundamentan en la voluntad del pueblo español, en la voluntad democrática del conjunto de los ciudadanos y ciudadanas de España que, en cuanto titulares del Poder Constituyente, alumbraron la Constitución vigente.

La pretensión de fundamentar la autonomía política de Cataluña (o de cualquier otra comunidad) en unos hipotéticos y fantasmagóricos 'derechos históricos' implica admitir el reconocimiento de una legitimidad histórica predemocrática que no tiene cabida, ni podría tenerla, en nuestro ordenamiento constitucional. Pero, en todo caso, lo que quiero subrayar es que aunque todos los consejos y tribunales dictaminasen que, jurídicamente, esa disposición es constitucional, desde un punto de vista político e ideológico, un socialista o un liberal coherentes no podrían nunca respaldar ese precepto con su voto en las Cortes Generales.

El debate en torno a la reforma de los estatutos de autonomía exige plantear con claridad los límites de la descentralización.Y ello no van a hacerlo las comunidades autónomas. La lógica de los intereses creados lleva a las elites autonómicas a reclamar más poder y más dinero, pero los intereses de las oligarquías regionales no coinciden con el interés general del Estado. Para decirlo con mayor claridad y contundencia, lo que nuestro Estado requiere es lo contrario de lo que sostiene el discurso dominante de 'más autogobierno'. La funcionalidad y la cohesión del Estado exigen recentralizar algunas de las competencias que hoy ostentan las comunidades autónomas. Y esto no por el denostado centralismo, sino por sentido común. Hoy, en España, el Ministerio de Vivienda carece de competencias para resolver uno de los principales problemas de los españoles; el Ministerio de Sanidad no sabe, por poner un ejemplo, cuántos casos de cáncer se diagnostican al año; no existe un auténtico sistema educativo nacional; el futuro de los parques nacionales, advierten con razón los grupos ecologistas, está seriamente amenazado; ante una catástrofe natural, los riesgos de la descoordinación entre administraciones son cada vez mayores...

En definitiva, el debate sobre el Estatuto catalán es un debate sobre el futuro del Estado. Sobre si queremos verlo reducido a la condición de 'Estado anoréxico', en acertada expresión de Alfonso Guerra, o si, por el contrario, pretendemos restituirle su dimensión social y su prestigio histórico. ¿Puede un Estado que, descontando la Seguridad Social, sólo gestiona el 19% del gasto público seguir cumpliendo su función redistributiva? Estos son los interrogantes y los problemas a los que habrá que dar respuesta en los próximos meses durante la discusión del proyecto del nuevo Estatuto catalán. Las Cortes Generales tienen la última palabra.

Terrorismo islámico
¿Quién es el enemigo?
GEES Libertad Digital 3 Noviembre 2005

Una condición esencial para poder vencer una guerra es conocer quién es tu enemigo. Esa es precisamente una de las grandes dificultades que tiene la lucha actual contra el terrorismo, la complejidad que tiene poder definir con precisión a quién nos enfrentamos. El último ejemplo de esta controversia nos lo ha proporcionado ayer el ex presidente del Gobierno, Felipe González, al afirmar que debe hablarse de terrorismo internacional, sin añadir ninguna otra connotación religiosa. Esta prevención muestra un complejo histórico de la izquierda para definir las cosas por su nombre.

En todo caso, el ex líder socialista se encuadra así entre los que consideran que el enemigo actual es un concepto tan abstracto como el de terrorismo, sin que podamos mencionar quién está detrás. Pero para la mayoría de los expertos es el terrorismo es más un medio, un instrumento o una táctica que emplean determinados grupos para imponer su voluntad que un sujeto en si mismo. El verdadero enemigo sería quién lo utiliza, no el arma en si misma.

En esta línea, el presidente Bush, en su último discurso sobre la seguridad global no mencionó ya la guerra contra el terrorismo como eje de su política de seguridad, sino que se refirió a la necesidad de combatir al extremismo islamista. Para la actual administración norteamericana parece que es esa ideología del odio, amparada en una manipulación de los sentimientos religiosos de muchos musulmanes, el enemigo que debe ser destruido. Aunque pudiera parecer que los extremistas podrían ser muchos más que los extremistas, en realidad Bush empleo ese término con un carácter más restrictito.

No obstante estas innovaciones, el término de terrorismo islamista sigue siendo el más utilizado para definir lo que todos sabemos que es, porque lo vimos con absoluta nitidez en los atentados de Nueva York, de Madrid o más recientemente de Londres, pero que no resulta tan fácil describir. La diferencia entre islamista e islámico trata de diferenciar a los practicantes del Islam, muchos de ellos ajenos al terrorismo, de los radicales islamistas que convierten la religión en un arma.

Desde un punto de vista estrictamente académico, probablemente sería más correcto hablar del terrorismo yihadista, es decir aquellos islamistas que no son solo radicales, sino que han optado por declarar la “guerra santa” tanto a los regímenes que consideran apostatas por no seguir con fidelidad el Islam, como a los infieles, es decir las democracias occidentales, que se alían con estos regímenes corruptos para oprimir a la comunidad musulmana en todo el mundo.

Finalmente, hay quien prefiere hablar únicamente de Al Queda. Es cierto que Ben Laden ha logrado imponer su marca en todo el entramado terrorista yihadista, pero también es cierto que hay grupos y movimientos que no se han integrado en la internacional terrorista fundada por el saudí. Limitar por tanto el fenómeno a una sola organización es en realidad reducir en buena medida la naturaleza de la amenaza.

En sentido totalmente inverso hay quine piensa que el enemigo es el Islam en su conjunto, al tratarse de una religión que lleva impresa en su origen el germen del odio y de la guerra a nuestra civilización cristiana. Es posible que haya un fondo de razón en esta teoría de la incompatibilidad entre Islam y modernidad, pero declarar enemigos a más de 400 millones de musulmanes por el mero hecho de serlos no parece un acierto estratégico.

Como puede verse hay múltiples discrepancias en el mundo occidental entre académicos y políticos sobre la definición del enemigo al que todos nos enfrentamos. En todo caso, lo más importante es entender que estamos ante una amenaza existencial, porque amenaza nuestra propia supervivencia, y ante una amenaza global. Mientras no comprendamos que al yihadismo, como en el caso español a ETA, se le debe combatir en todos sus frentes: en el político, social, económico, ideológico y mediático, y no sólo en el frente de sus células armadas, será muy difícil, sino imposible, que podamos vencerlo.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

NO SE APRUEBA NINGUNA ENMIENDA DE LAS PROPUESTAS
El Senado aprueba el proyecto de Ley para expoliar el Archivo de Salamanca
El proyecto de Ley de restitución a la Generalidad de Cataluña de los documentos del Archivo de Salamanca ha sido ratificada este jueves por el Senado. Los documentos custodiados en la ciudad salmantina, que fueron incautados durante la Guerra Civil serán llevados a Cataluña, tras el rechazo del PP, el PNV, y el Grupo Mixto (IU), por lo que el texto se mantiene en los mismos términos en los que fue aprobado por el Congreso de los Diputados. Los vascos han pedido "trato de igualdad" para sus documentos, y el PNV ha dicho que si no se hace lo mismo, "nosotros iremos a buscarlos".
Europa Press Libertad Digital  3 Noviembre 2005

Según la ley, se devolverá a la Generalidad "los documentos, fondos documentales y otros efectos incautados en Cataluña a personas naturales o jurídicas de carácter privado, con residencia, domicilio, delegación o secciones en Cataluña, por la Delegación del Estado para la recuperación de Documentos, creada en virtud del Decreto de 26 de abril de 1938".El siguiente paso será la publicación de esta Ley en el BOE y el retorno de los legajos a Cataluña.

Una vez entre en vigor la ley, se creará en le plazo de dos meses una Comisión Mixta entre el Gobierno y la Generalidad para la identificación de los documentos que serán devueltos y una vez realizada esta labor, el Estado entregará los legajos a Cataluña en el plazo máximo de tres meses. La entrega de los mismos deberá formalizarse mediante la correspondiente acta de entrega y recepción, suscrita por los representantes de ambas administraciones. En todo caso, en el archivo de Salamanca se depositará un copia o duplicado de todos los documentos restituidos cuyo coste económico será asumido por la Generalidad de Cataluña.

Asimismo, este texto también regula la creación del Centro Documental de la Memoria en Salamanca, que contará en principio para el próximo año con una suma total que alcanza los 4,8 millones de euros, según se especifica en los presupuestos presentados por la Ministra de Cultura, Carmen Calvo.

Ninguna enmienda aprobada
Durante la votación, el Senado rechazó tanto la propuesta de veto presentada por el PP así como las 15 enmiendas que presentó el PNV, las 19 enmiendas presentadas por el Partido Popular y las 10 enmiendas presentadas por IU (Mixto). Para defender su propuesta de veto, el PP dijo que el Proyecto de Ley no "custodia el patrimonio común" que tiene el Gobierno; que es "parcial" porque no sirve para todos los archivos, instituciones y particulares que se encuentren en una situación similar; por la "incuria técnica" del Gobierno que ha actuado en fase "prelegislativa" y porque el articulado crea "inseguridad jurídica".

El senador popular Juan Van Halen volvió a recordar que esta Ley atenta contra el patrimonio común cultural de los españoles, y alegó que el Gobierno no ha consultado ni a la junta Superior de Archivos ni al patronato del archivo de Salamanca. En palabras de Van Halen, con este proyecto de ley, "se abre el melón" para que todas las Comunidades Autónomas empiecen a "pedir sus papeles". "Al igual que ocurrió ayer (durante el debate sobre el Estatuto) en el Congreso, esto es una escenificación de todos contra uno pero el tiempo nos dará la razón", advirtió Van Halen.

La senadora socialista María José Navarro dijo que el Gobierno sí consultó al Patronato de la Guerra Civil, órgano que nombró al Comité de Expertos que dictaminó la recomendación de devolver a Cataluña los documentos incautados.

Respecto a la "parcialidad" de esta ley que alega el grupo popular, la senadora socialista señaló que el texto aprobado por el Congreso "acota al máximo" la documentación que se devolverá a Cataluña y argumentó que el procedimiento es "muy restrictivo" para todos aquellos que quieran reclamar sus legajos. Igualmente señaló que es un "acto de justicia" que repara un "agravio" y "cicatriza heridas históricas". "No se trata de devolver a todas las comunidades autónomas lo que piden sino de restituir a una institución los documentos expoliados", aclaró.

En el turno de defensa de las distintas enmiendas, el senador del PP, José Muñoz Martín repitió que esta ley es "injusta" y "discriminatoria". Reconoció que el Archivo de la Guerra Civil de Salamanca está formado por fichas a partir de "lo confiscado", pero matizó que antes de la "restitución" está "el servicio público" a los ciudadanos. Muñoz Martín terminó su intervención recordando las palabras que pronunció Miguel de Unamuno cuando llegaron los nacionales a Salamanca: "Venceréis pero no convenceréis", afirmó.

"¿Por qué se los devuelven sólo a Cataluña?"
Por su parte, el senador Francisco Javier Maqueda del PNV recordó que ya en el año 1978 el senador vasco Irujo reivindicaba estos archivos para Euskadi. En su opinión, las enmiendas presentadas por el grupo vasco justifican un "trato de igualdad" respecto a Cataluña. "Por qué se los devuelven sólo a Cataluña" se preguntó abiertamente el senador. "Nos vuelven a castigar y a tratar como ciudadanos de tercera". "Si se restituye a Cataluña los documentos y no se hace lo mismo con los documentos vascos. Nosotros iremos a buscarlos", advirtió.

Finalmente, el senador Eduardo Cuenca Cañizares de IU presentó una decena de enmiendas para que también que se les devolviera los documentos incautados a las personas jurídicas de otras comunidades autónomas, que tienen una situación similar como ocurre con el País Vasco, la Comunidad Valenciana y Asturias.

Un discurso histórico
FRANCISCO UMBRAL El Mundo   3 Noviembre 2005

El arranque violento, la voz arrojada, la palabra candente y lúcida. Rajoy, super-Rajoy hizo ayer por la tarde un discurso histórico, violento y elegante en el que las razones cobraban velocidad y la velocidad engendraba nuevas razones y encendía nuevas luminarias de sentido común y de sentido moral. Escribo la crónica de ese discurso con jadeo espiritual y con el gozo interior de haber sido uno de los primeros cronistas que se atrevió a apostar por este enorme político que ayer derribó a Rodríguez Zapatero, le borró la sonrisa entredudosa y le dejó pecho arriba, con unas cuantas lanzas clavadas en su corazón frío o frívolo o frígido o como se diga.
Rajoy le hace al presidente la pregunta fundamental: «Si todo está tan bien como usted ha dicho, para qué nos reunimos aquí».Sin recurrir al sepia de la Historia, como Zapatero, Mariano Rajoy dibuja enérgicamente una verdad que tiene la fuerza de los paisajes goyescos del natural inventado, pero eterno. Sin duda, Rajoy tenía en el bolso un discurso valioso, verdadero y audaz, pero el solemne cinismo con que ZP defendió el sinsentido de la tríada catalana le prendió fuego en cada palabra y salió llevado por su velocidad, que jamás atropelló sus ideas sino que las hizo más claras, más sinceras y más nobles, mientras el auditorio era un tornado de aplausos que se encadenaron durante todo el parlamento.

Nunca había dicho el señor Rajoy cosas tan últimas, tan enteradas, tan valientes, tan suyas y tan españolas al mismo tiempo. Después de haber escuchado ese discurso no se puede seguir mintiendo en el Parlamento, en la prensa, en el coliseo, no se puede seguir mintiendo a los catalanes ni a los españoles ni a nadie, porque la mentira perdió aquí todo sentido, hasta el sentido común, y Mariano se prolongó más de lo que pensaba, sin duda, porque aquel aula pedía más, exigía más, y a todo el mundo se le despertó un hambre de verdad que iba malogrando pálidamente la sonrisa inicial y cortesana del ZP y la vicepresidenta.

El popular no hizo retórica, sólo se permitió una graciosa imagen con el puerco espín al que quieren hacer la permanente. Eso es lo que quiere hacer ZP con los españoles, y las consecuencias, que Rajoy también enumeró, son las que ahora se vuelven como pinchos contra el talante del presi. Temimos en algún momento por nuestra precaria lucidez, pero temimos sobre todo por el futuro político de un hombre como el registrador de la propiedad, que se ha quedado solo en un vergel de aplausos, pero luego verá venir de frente a sus enemigos. No se pueden decir tantas verdades calladas, todas de un golpe y después de comer. No se pueden decir impunemente cuando tiene uno enfrente el paganismo de los dioses de la iglesia liberal socialista, que no es ninguna de las dos cosas, pero sabe aplaudir a muerte.

Tarde emocionante, tarde histórica donde se enfrentaron dos de las múltiples Españas: la modernidad mentida y sinuosa con la rusticidad de un registrador dispuesto a salvar una propiedad que no es la suya sino que se llama España. Ni siquiera sus mayores admiradores sabíamos que llevaba tantas verdades dentro. Gracias, Mariano, tío.

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