AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 7 Noviembre 2005
¡Viva España!
Agapito Maestre Libertad Digital 7 Noviembre 2005

Lo que queda de nosotros
EDUARDO SAN MARTÍN ABC 7 Noviembre 2005

Más allá del Estatut
Eduardo Arroyo elsemanaldigital  7 Noviembre 2005

¿QUÉ SOMOS: LAGARTIJA O RABO DE LAGARTIJA?
Por JUAN VELARDE FUERTES ABC 7 Noviembre 2005

Discursos y proyectos
Por GERMÁN YANKE ABC 7 Noviembre 2005

Anticatalanismo
Por J. J. ARMAS MARCELO ABC 7 Noviembre 2005

Las guerras de Zapatero
Isabel Durán Libertad Digital 7 Noviembre 2005

La homilía de Durán i Lleida
Por JORGE TRÍAS SAGNIER ABC 7 Noviembre 2005

Mercado y solidaridad
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo 7 Noviembre 2005

El capricho de Maragall
Manuel Martín Ferrand Estrella Digital7 Noviembre 2005

Elogio de Gustavo Bueno y su afirmación de la nación española
Santiago Abascal elsemanaldigital 7 Noviembre 2005

La revancha de Zapatero
Ignacio del Río Estrella Digital 7 Noviembre 2005

La responsabilidad histórica del PSOE
Luis de Velasco Estrella Digital 7 Noviembre 2005

Que Zapatero diga claro lo que quiere
Eusebio Cedena Gallardo elsemanaldigital 7 Noviembre 2005

«El Estatuto de Cataluña supone el triunfo de la insolidaridad»
Por Borja Ventura Periodista Digital 7 Noviembre 2005

El Gobierno firma en Bruselas el acuerdo que permite dirigirse a la UE en las lenguas cooficiales
EP - Bruselas El País  7 Noviembre 2005

La imposición del catalán en Andorra
 Libertad Digital 7 Noviembre 2005

«La mayoría de la gente que votó a Maragall está contra el Estatut»
Miguel Ayanz La Razón 7 Noviembre 2005

Por la unidad de España (noticia de héroes)
Por Javier Orrico Periodista Digital 7 Noviembre 2005

 

Gustavo Bueno
¡Viva España!
Agapito Maestre Libertad Digital 7 Noviembre 2005

El sábado estuve en la concentración convocada por el Foro de Ermua a favor de la unidad de España y la Constitución. No dejaré jamás de asistir a estas movilizaciones genuinamente ciudadanas. La convocatoria fue aceptable, 20.000 personas en la Puerta del Sol, si se tiene en cuenta que los medios de esta plataforma ciudadana son limitados y apenas contó con el respaldo de instituciones y partidos. El Manifiesto redactado para la ocasión fue muy justo y, sobre todo, muy ajustado a la defensa de nuestra Carta Magna; pero, desgraciadamente, no consiguió que gentes de Barcelona, pertenecientes y cercanas al “colectivo” de los “intelectuales” por la invención de nuevas formas políticas o como se llamen, firmaran el llamamiento del Foro de Ermua. Me consta que algunos se negaron a firmar el manifiesto, porque no les gustaba su forma y mucho menos el fondo: la unidad de España. ¡Majaderos!

Los discursos fueron medidos, ajustados y políticamente muy correctos en defensa de la unidad de España y la solidaridad entre los españoles. Hubo, no obstante, una intervención magistral. Breve, sencilla y contundente desde el punto de vista filosófico, que me sacó de una cierta frustración porque todo fuera tan “racionalista”. Incluso la presentadora, llamaba al orden cuando los manifestantes pedían la dimisión de Zapatero. En fin, salí de mi sopor de corrección política, cuando apareció en el estrado el genial Gustavo Bueno. Fue el único que me sacó del ambiente frío y, en cierto sentido, distante de la atmósfera creada por los organizadores del acto. Sí, seguramente sin conciencia del problema, las buenas intenciones de los organizadores a la hora de defender el espíritu del patriotismo constitucional derivaron hacia unos discursos excesivamente racionalistas a la hora de defender España, como si ésta sólo estuviera contenida en la Constitución.

El maestro Bueno, el gran filósofo español, dijo grandes verdades: España es la única Nación política. El pueblo español está sometido a la Nación porque ésta contiene a nuestros muertos y a nuestros hijos. La llamada nación catalana es una quimera inventada por la izquierda divina, y la llamada nación vasca el producto de unos dementes. Gustavo Bueno hizo una pregunta retórica para movilizar antes a la voluntad que al intelecto: “¿Vamos a permitir entre todos que las ideas de unos dementes o unos nuevos cursis nos invadan?” No, evidentemente, si todos entonamos sin complejos el grito con el que concluyó su alocución: ¡Viva España!

Sólo por oír ese grito mereció la pena asistir a la concentración del Foro de Ermua. La dignidad de España había sido salvada. El patriotismo constitucional, por fortuna, no agota el genuino sentimiento digno de ser racionalizado: el patriotismo español. La lección de Gustavo Bueno es inolvidable.

Lo que queda de nosotros
POR EDUARDO SAN MARTÍN DIRECTOR ADJUNTO DE ABC 7 Noviembre 2005

... Gran parte de lo que somos es puro accidente. De forma que construir un edificio ideológico sobre cimientos tan movedizos tiene mucho más que ver con los tramposos dominios de la fábula que con la severa arquitectura de las ideas...

QUIEN no tiene en el mundo nada de qué enorgullecerse se refugia en el último recurso de vanagloriarse de la nación a la que pertenece por casualidad; en ello se ceba y está dispuesto incluso a defender con manos y pies todos los defectos y todas las tonterías propias de su nación... Son palabras escritas por Arthur Schopenhauer hace casi doscientos años, y que no cito con toda exactitud por no reproducir los términos, más crueles, que el filósofo alemán utilizaba para descalificar a quien retrataba con esos trazos. Son innecesarios para lo que aquí importa. Aun así, de las muchas recetas sobre el nacionalismo que he ido acaparando durante años como eventuales vacunas contra esa gripe nada aviar de nuestro tiempo, ésta me parece la más eficaz. Cada vez que oigo sonar una voz identitaria a pocos metros a la redonda, la desempolvo del anaquel de fórmulas magistrales en que la conservo, y la releo con toda atención para evitar cualquier contagio.

La cursiva de la cita es mía. Por casualidad. Ya estas dos palabras solas deberían servir de antídoto suficiente para aplacar cualquier ensoñación comunitarista. Y cualquier pretensión de convertir el azar físico de la pertenencia en algo más que en una red de afectos tejida con los nudos reconfortantes de las cercanías personales. La naturaleza aleatoria de nuestra inserción en el mundo, en un lugar determinado y no en otro, dentro de una concreta cultura y no en la de más allá, adornados con los dones de la fortuna o castigados por los dioses desde el momento mismo de nacer, tendría que diluir cualquier orgullo de pertenencia en el mucho menos pretencioso sentimiento de un saludable escepticismo.

Gran parte de lo que somos es puro accidente. De forma que construir un edificio ideológico sobre cimientos tan movedizos tiene mucho más que ver con los tramposos dominios de la fábula que con la severa arquitectura de las ideas. Una suplantación ésta, que se desnuda a sí misma cuando para sostener los arquitrabes de una construcción tan frágil se recurre a los prestidigitadores de la memoria para hacer pasar el gato de la leyenda por la liebre de la historia. «El mecanismo de construcción de la identidad es inherente al desarrollo de las culturas y de las sociedades», escribía hace unos años el profesor Alejandro Miguel («Mi historia es mía», 1998), «pero no puede constituir en sí mismo una especie de heurística ad libitum que busque árboles genealógicos donde tan sólo hay praderas incultas».

Esta alusión al «mecanismo de construcción de la identidad», referido al nacionalismo, me remite a una conclusión que creo compartir con otras personas que han quemado ya unas cuantas etapas de su vida: que, como ocurre en el caso de otras ideologías con pretensiones totalizadoras, la nacionalista constituye una especie de pasión adolescente. Una pulsión que se correspondería, en la vida de los hombres, con ese periodo de inmadurez en el proceso de afirmación de la propia identidad, y que tiende a desaparecer cuando nuestras biografías empiezan a curtirse con la certeza de las propias inseguridades. Cuando aprendemos a dudar. De esa misma manera, aceptando finalmente que deben desconfiar de sí mismos, los pueblos maduros se convierten en inmunes a las fantasías tentadoras con las que les han poblado los albores de su presencia en el mundo.

Hasta hace nada, muchos en España creíamos haber llegado a ese punto. Y esta convicción convierte en más incomprensible, y en más insoportable, esta especie de nueva «primavera de las Naciones» a la que asistimos en un suelo que soñábamos, desde la Constitución de 1978, a resguardo de recaídas pubescentes. Asombra, sobre todo, que personas y grupos que se mantuvieron a prudente distancia del sarampión nacionalista, y a los que imaginábamos de vuelta de un viaje que en algún momento les situó en el mismo compartimento que a los epígonos de la diferencia, se vuelvan a sentir tentados por los cantos de sirena que se ocultan tras ese enunciado nada inocente de la «nación de naciones».

En 1996, como quien dice anteayer, ese estado de madurez en el que creíamos encontrarnos era susceptible de asociar los nombres de dos escritores cuyas trayectorias intelectuales, sin embargo, les situaban en los antípodas en no pocos escenarios; dos talentosos creadores a los que este escriba admira por razones muy parecidas, a pesar de esas diferencias. Por aquellas fechas, el periodista, narrador y poeta gallego Manuel Rivas, en una serie de reportajes sobre el problema vasco publicados en «El País», citaba unos versos, después muy divulgados, del también escritor y poeta, en este caso vasco, Jon Juaristi: «Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes y por qué hemos matado tan estúpidamente. Nuestros padres nos mintieron: eso es todo». Y esa evocación sugería, con mayor plasticidad que cualquier otra fórmula más explícita, un torrente de sentimientos compartidos: la manipulación de la memoria como línea roja más allá de la cual ninguna persona decente debería aventurar sus rumbos. Me gustaría pensar que una complicidad de esa naturaleza sigue siendo posible entre dos conciencias tan dispares, pero mucho me temo que los vientos huracanados que han soplado durante la última temporada de ciclones han hecho varar sus respectivas embarcaciones en playas demasiado distantes.

Trayectorias creadoras que se bifurcan y que representan la metáfora más expresiva, por desgracia, de las trincheras que comienzan a levantarse en un espacio que, a pesar de las muchas y grandes diferencias que albergaba, una inmensa mayoría de españoles reconocíamos como común. Para ellos, los nacionalistas, nosotros éramos ellos. Y ese anatema separador tenía la enorme virtud de situarnos a todos los otros, a los que ignorábamos sus fantasías, en la amplísima hermandad de los iguales. Durante décadas, ese saludable sentido de pertenencia a una patria común que tenía menos que ver con los territorios y mucho más con la defensa de un código compartido de libertades, se mantuvo impermeable a legítimas luchas de poder, e incluso a operaciones de acoso y derribo más espurias. Eran tiempos en los que los partidos nacionales se hacían llamar constitucionalistas sin ningún tipo de complejo porque la nación a la que apelaban era aquella que, a través de la Constitución, insuflaba el aliento de la libertad y la democracia a la empresa más prometedora que los españoles habían acometido en muchos siglos.

Con la perspectiva del transcurso de un tiempo suficiente, es posible aventurar una hipótesis sobre el momento preciso en el que el camino de los dos grandes partidos españoles comenzó a separarse; el instante germinal en el que uno de ellos prefirió otear otros horizontes en busca de aventuras que ya no iban a poder ser comunes. En mi opinión, no fueron las elecciones de 2004. Algo muy profundo se desgarró después de los comicios vascos de 2001. Apenas un puñado de votos privó a los partidos constitucionalistas de provocar un vuelco electoral que hubiera trastocado los designios de los nacionalistas, de todos los nacionalistas, tal vez por espacio de varias generaciones. Se cometieron errores, quién lo duda, pero el proceso de culpas que se instó después de una derrota tan estrecha se ensañó especialmente con una parte de los vencidos. Y la otra, que actuó de fiscal principal, prefirió arrojar la toalla. Desde entonces, quienes hoy gobiernan en España prefieren situar los polos de la diferencia sobre un eje distinto, en una asignación de papeles que convierte en ellos a una derecha a quien se hace cargar por siempre jamás con todo el lastre de su pasado, y en nosotros, a todos los que dicen tener alguna cuenta pendiente con esa derecha congelada en el tiempo. Prefieren ignorar que algunos de sus nuevos socios con quienes tienen cuentas pendientes son con todos los demás españoles. De derechas y de izquierdas.

Más allá del Estatut
Eduardo Arroyo elsemanaldigital  7 Noviembre 2005

Ante la inminencia del Estatut que se nos viene encima, solo el PP esta reaccionando como un partido auténticamente nacional. Las razones del PSOE que defienden la presunta constitucionalidad del texto equivalen a decir que el tráfico de estupefacientes esta dentro de la ley: es decir, si este "negocio" cambia de ramo, si en vez de droga vende corbatas y si además paga impuestos, entonces esta dentro de la ley.

Pero evidentemente se trata de otra cosa. Rubalcaba, Blanco y otros por el estilo tergiversan los hechos de una manera que sólo en política, donde no existe ningún criterio de rigor, puede permitirse algo semejante. Pero no es esto lo que nos importa ahora. Lo que queremos abordar es qué pretenden hacer el PP y otras fuerzas antinacionalistas, en calidad de defensores de la unidad nacional. ¿Disponen los mencionados defensores del suficiente armamento ideológico como para contrarrestar la ofensiva nacionalista?

Hasta el Estatut los populares siempre aludieron a la "convivencia" de los últimos treinta años debida, se dice, a la Constitución de 1978. Pero a muchos este tipo de argumentos nos parecen sumamente endebles, una vez vistos el grado de crispación y enfrentamiento al que ha llegado la vida española.

Cuando contemplamos estos intentos nos parece como si se hubieran perdido treinta años en la inactividad, como si los partidarios de esa nación que ahora se pretende defender hubieran estado perdidos en las neblinas oníricas del liberalismo. Una y otra vez se ha suplantado España por la "convivencia", la "prosperidad de los españoles", el "régimen de libertades" y otros sucedáneos que deberían ser consecuencia y nunca razón de la existencia de la patria común.

En multitud de ocasiones se ha tolerado en pie de igualdad, sin recurrir al desenmascaramiento, ideas delirantes sobre el pasado nacional de España. Son pocos los que han denunciado la terrible falsificación de la historia que suponen los nacionalismos periféricos. Gracias a eso –y al intenso aborregamiento y polución intelectual derivados de la LOGSE- varias generaciones de españoles consideran los nacionalismos gallego, catalán y vasco como ideas históricamente fundadas.

Ahora es difícil contrarrestar esa marea que crece y crece sin parar porque existe toda una infraestructura cultural y social que la alimenta en la sombra. Así, mientras España se nutría de "patriotismo constitucional" y de "nación cívica", nuestros enemigos transformaban el legítimo amor a la tierra en una formidable arma de odio contra España. Ni Aznar, ni Vidal-Quadras ni otros "popes" neoliberales hicieron jamás gravitar sobre la falsedad y la mentira el hecho fundacional y la razón de ser de los nacionalismos periféricos.

A fecha de hoy sólo algunos destellos brillan con luz propia en el bagaje conceptual de los intoxicados del liberalismo: Adiós España. Verdad y mentira de los nacionalismos, de Jesús Lainz, constituye un hito en este combate por España, que sitúa en sus verdaderos términos la amenaza a la que nos enfrentamos. Allá por 1990, Marcelo Capdeferro hizo lo propio en su trabajo, hoy desgraciadamente descatalogado, Otra historia de Cataluña. Existe un notable paralelismo entre las obras del autor montañés y del fallecido historiador catalán, ya que ninguna incurre en la enormidad indefendible de prescindir del componente étnico a la hora de estudiar la génesis de las naciones. Además, las dos denuncian el envilecimiento de la historia consustancial a los nacionalismos.

Y es que plantear el combate en otros términos (como la dicotomía "nación cívica-nación identitaria" o "patriotismo constitucional-totalitarismo etnicista") no contribuye sino a alimentar un nacionalismo que ahora embiste con fuerza. Estos enfoques se nutren del mismo veneno que aquello a lo que pretende combatir: el desprecio a la verdad. Por todo esto a muchos nos importa saber qué va a pasar después del Estatut y cómo va a fundamentarse la lucha ideológica contra los nacionalismos. No hay que olvidar que la actual crisis, antes que a la fuerza de los nacionalistas, se debe al desarme ideológico que ha sufrido la idea de España en los últimos treinta años.

De hecho, también muchos de nosotros creemos que la inmigración masiva, esa otra gran amenaza a la identidad nacional española que pretende sustituir a nuestro pueblo por un conglomerado de gentes sin vínculo alguno venidas de todas partes del planeta, es una consecuencia de esa misma intoxicación que ha ido corroyendo la misma idea de España. En definitiva, somos también muchos los que nos preguntamos con preocupación qué camino va a seguirse después del Estatut catalán, porque los que pretenden defender ahora la nación española han estado demasiado tiempo conduciendo a una vía muerta cualquier idea fértil con potencialidad para el rearme ideológico. Y en este sentido ellos también son parte del problema y no su solución.

¿QUÉ SOMOS: LAGARTIJA O RABO DE LAGARTIJA?
Por JUAN VELARDE FUERTES ABC 7 Noviembre 2005


El rabo de una lagartija, separado del animal, antes de, forzosamente, cesar, muerto, en todo movimiento, parece aún vivo con sus retorcimientos. A los cadáveres de los humanos les crecen la barba y las uñas. Pero esas conductas que muestran algunas células vivas que prosiguen su reproducción y sus movimientos, pero que están condenadas, tienen su paralelismo en algunas políticas económicas. Están a su frente altos funcionarios, que incluso son capaces de pronunciar discursos aparentemente enjundiosos y que dictan disposiciones que son impresas en los «Boletines Oficiales»; éstas aluden a proyectos que nunca tendrán realidad; son movimientos de rabo de lagartija que causan que muchos se sientan seducidos por el futuro que creen va a tener aquello que ya está condenado a muerte.

Conviene estudiar, con la mayor serenidad posible, si algo de eso se puede originar en España. Concretamente, me llamó la atención que en la edición de «ABC» del día 27 de octubre de 2005, en la página 86, sus titulares eran nada menos que éstos: «Miguel Sebastián avanza que la economía española crece ya por encima del 3,4%. Por otro lado la EPA del tercer trimestre mostró que la tasa de paro de nuestro país se ha situado en el 8,4%, con una media en la zona del euro del 8,6%. El Estado obtuvo un superávit del 0,9% del PIB hasta septiembre». Magnífico panorama, diría cualquiera. Parece que la vida corre impetuosa por nuestra política económica. Mas he aquí, que el mismo día, en la página inmediata, la 87, el titular rezaba: «El déficit comercial aumenta un 33,6% hasta septiembre y se acerca a 50.000 millones», de euros naturalmente. Un gráfico complementario muestra cómo se aceleran las importaciones y se estancan las exportaciones en el periodo 2002-2005.

Desde 1989, la globalización es un hecho cada vez más arraigado. Por eso conviene contrastar siempre nuestras macromagnitudes con las de otros países. Lo que observamos en el terreno de los precios ha de dejar hondamente preocupado al que los contemple. En el ejemplar de 29 de octubre de 2005 de «The Economist» se observa que nuestro IPC crecía en septiembre un 3,7% en tasa anual, -un año antes, un 3,2%- y en el de la zona del euro, donde se encuentran nuestros principales compradores, el aumento era del 2,6%. Esa última magnitud ponía en acción ya todas las alarmas del Banco Central Europeo. En los precios industriales, directamente relacionados con nuestra competitividad, el incremento, también en tasa anual y en la misma fecha, era del 5,4%, frente a un 4,6% de aumento en septiembre de 2004 y un 4,0% de la zona del euro, en agosto, porque aún no se conoce la cifra de septiembre. Por tanto, España tiene un problema de diferencial inflacionista muy serio y otro de déficit exterior muy notable.

Digamos algo más sobre éste. En un documento tan importante como es el Libro Amarillo titulado «Presentación del proyecto de Presupuestos Generales del Estado. 2006» (Ministerio de Economía y Hacienda, 2005) nos encontramos con que el saldo comercial deficitario («fob-fob») fue en España del 6,3% del PIB en 2004; será del 7,6% en 2005, y nada menos que alcanzará el 8,4% en el año 2006. Sin embargo ¿es ésto lo único que nos debe preocupar?

La deuda del sector privado comienza a crecer de modo preocupante. La de los hogares españoles supera en estos momentos los 650.000 millones de euros, y su crecimiento tiene lugar a una tasa del 18%. Como se señala en «Expansión» de 27 de octubre de 2005, de hecho, esta deuda «supone ya el 100% de su renta bruta disponible, más del doble que a principios de los años noventa». La causa de esa deuda se encuentra en un notable incremento del consumo de los hogares, en un fuerte incremento de los precios de los bienes raíces, y en una subida notable en las cotizaciones bursátiles. El 26 de octubre de 2005, sobre el 31 de diciembre de 2004, en Europa sólo subieron más que la Bolsa de Madrid, los mercados de valores de Viena, de Copenhague y de Suiza. Como resumen, el precio de los activos del país se está incrementando con fuerza.

No podemos olvidar que el «plan Ibarreche» por un lado y ahora el proyecto de Estatuto catalán, amén de un rosario de otras cuestiones -choques durísimos con la Iglesia, bastante parecidos a los que tuvo Combes precisamente en 1905, que entonces desequilibraron la vida política gala; tensiones con los Estados Unidos; preocupación por la suerte de Ceuta y Melilla; mantenimiento de actos terroristas; finalmente, actitudes violentísimas de transportistas, de pescadores, de agricultores, para no experimentar las consecuencias del reciente choque petrolífero-, por fuerza crean desazón que se transmite a posibles inversores extranjeros. Es evidente que su cifra disminuye de manera clarísima. Lo contrastamos con el dato en claro descenso de la inversión extranjera directa neta en el primer semestre de 2005. Llegaron 34 millones de euros frente a 2.356 millones en enero-junio de 2004 y 10.501 millones en enero-junio 2003.

El precio de la energía aumenta con fuerza, tanto en las cotizaciones de los hidrocarburos como en las del gas y en las del carbón, un choque especialmente grave en un país como España que necesita importar más del 80% de sus necesidades de energía primaria, y que tiene una economía que es, en la OCDE, la que requiere más aporte energético para crecer una unidad del PIB. La solución nuclear, la única que hubiera podido aliviar la situación, está arrumbada. Naturalmente, esto significa que empeoran nuestra relación real de intercambio y nuestros precios.

El presupuesto se encuentra amenazado, a bastante corto plazo, por la nueva política emprendida en este sentido por la Unión Europea, por la insolidaridad de algunas regiones españolas y por un incremento excesivo de nuestro gasto público, que crece bastante por encima del incremento que se espera en el PIB. Finalmente, no parece que vaya a encontrarse alivio en la flexibilidad laboral, tal como marchan las conversaciones CEOE-Ministerio de Trabajo-sindicatos.

Se dice que no hay agobio importante alguno porque estamos dentro de la zona del euro, y que ésto, una unión monetaria, garantiza la financiación del déficit por cuenta corriente. Pues bien; cuando se dan reunidas las circunstancias que se han recogido en este artículo, «un déficit exterior voluminoso y en aceleración puede acabar siendo mucho más grave dentro de una unión monetaria que fuera de ella», tal como se explica en el excelente artículo de Luis de Guindos, «¿Es grave un déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos?», publicado en «Expansión» el 27 de octubre de 2005.

¿Somos aún lagartija o sólo ya su rabo?

Discursos y proyectos
Por GERMÁN YANKE ABC 7 Noviembre 2005

Se podrá decir que los discursos parlamentarios, además de su forma y su contenido ideológico, deben atender a la eficacia política. Quizá por ello Rajoy podía exponer un modelo, el constitucional, bucear en sus fundamentos democráticos, dibujar la modernidad y criticar con ironía y contundencia los ataques que sufre, aunque se disfracen de progresía. Y quizá por lo mismo Rodríguez Zapatero podía pensar que debía, simplemente, pasar el trámite sin molestar a sus socios, establecer vagamente unos criterios -ya conocidos, vaguedad incluida- para comenzar de inmediato una negociación incierta. Ocurrió lo mismo en el debate de toma en consideración del plan Ibarretxe: Rajoy podía reflexionar políticamente sobre el Estado y el nacionalismo, mientras Rodríguez Zapatero se sentía obligado a anunciar el voto en contra sin casi entrar en el fondo del asunto, para mantener abierta la puerta del diálogo con el PNV.

Pero todo ello, en lo que se refiere al presidente del Gobierno, es más una explicación que una justificación. Revela, en primer lugar, su situación política, aunque él mismo haya contribuido a forjarla. Es decir, no puede, para mantener la ficción de que se entiende con todos (salvo, claro, el PP), ni formular en la tribuna la doctrina tradicional del PSOE: no la que a otros gustaría ni incluso la que teóricamente se podría atribuir al socialismo del siglo XXI, sino, sencillamente, ni la que se puede rastrear en las resoluciones de sus congresos y en las actividades parlamentarias hasta marzo del año pasado.

La sensación de que está atrapado por las sumas parlamentarias es evidente, aunque puede haber algo más: un proyecto de una suerte de Nueva Patria que no encaja en el actual marco constitucional si no es forzándolo y que se puede construir mejor con las minorías nacionalistas (o las necesitadas del sostén gubernamental para tener razón de ser) que con el segundo partido político del país. Pero este pretendido proyecto no soslaya la sensación de que el presidente está atrapado. Es decir, sus hipotéticas pretensiones no se pueden llevar a cabo sin romper el consenso con el PP que ha dado lugar al entramado constitucional vigente, estatutos comprendidos, y sin ceder -una y otra vez hasta límites no señalados- a los nacionalismos. El precio que paga, y que pagaremos con él, no se disimula echando la culpa de todo a los conservadores.

Y atrapado también porque, hasta hoy, el único motivo (ya que no es un argumento) para mantener a su propio partido en el empeño es la conveniencia política de sostenerse a toda costa, y a trompicones, para no dar la gran y definitiva baza al PP. Lo que le dure a Rodríguez Zapatero este inestable equilibrio interno se me escapa, pero queda reflejado simbólicamente en los dos grandes debates parlamentarios citados. A un lado, la cita ingenuamente malévola, de Alfonso Guerra. Al otro, las intervenciones del portavoz socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, que, más brillante y más eficaz, de modo distinto pero sin contradecirle, ha salvado, en medio de la desolación, la cara del PSOE.

Anticatalanismo
Por J. J. ARMAS MARCELO ABC 7 Noviembre 2005

MÁS de las tres cuartas partes de las fobias que sufrimos los seres humanos y las manías negativas que nos maniatan y acucian son inventos irracionales de nuestra propia mente. Antes de que nos llegue la gripe aviar, nos alcanza otro invento en plena frente cotidiana: la última fobia que recorre España con doce cascabeles por las carreteras es la catalanofobia. El palabro aglutinante quiere y busca traducir el rechazo del resto de lo españoles a los catalanes y a Cataluña. Más aceite da un ladrillo. ¿Quién o quiénes son los doctores encargados esta vez de diagnosticar el nuevo invento? ¿Qué se pretende con esta ficción enfermiza al afirmar, poniendo en marcha el mecanismo nefasto del inveterado y rancio victimismo de ciertos complejos periféricos, que determinados agentes tratan, desde Madrid, sus poderes e influencias, activar el virus anticatalanista?

El sentido supersticioso y absolutista que encierra siempre cualquier nacionalismo concede escasísimo margen a los discrepantes, a quienes se condena con el dedo índice como apestados cuyo destino inmediato será la hoguera, el ostracismo o el exilio. Tal obscenidad moral, que más temprano que tarde encuentra su divinidad en el totalitarismo, es en bastante medida la perversión de la semántica democrática más estricta porque, en la práctica, no permite la heterodoxia más que desde el único ojo de Polifemo, que todo lo observa con orejeras de caballo rural camuflado con piel de cordero urbanita: o los discrepantes se arrepienten ante los gritos del Cíclope o son tildados en juicio mediático y público como enemigos, delincuentes y perseguidores de la patria que han de expiar sus culpas con la exclusión social, política, económica y cultural.

Después de leer el párrafo anterior, habrá algún doctor -sin duda, nacionalista- que invente que se me nota a la legua mi anticatalanismo y que yo también estoy enfermo de catalanofobia. Sin embargo, todo este fin de semana pasado, tras el primer debate del Estatuto catalán en el Parlamento español, me lo he pasado indagando entre mis amistades si ellos están afectados del virus anticatalanista que -según sostienen un número mínimo de catalanes (nacionalistas y alrededores)- recorre España como una pandemia mental. En mi estado actual de pesimista moderado, me animó muchísimo no encontrar entre mis amigos ni rastro de anticatalanismo. Tampoco ellos (ni los muchos amigos catalanes con los que he hablado estos días) han encontrado ni una décima de fiebre catalanofóbica en mis actuaciones, palabras y escritos. Por mi parte, me congratulo de no encontrar en toda España una cantidad preocupante de enfermos de esa supuesta manía como lo hacen quienes se inventan el anticatalanismo febril de cientos de miles de españoles. ¿A quién beneficia el invento? Como en tantas leyendas, a la hipotética víctima. Como en otras tantas ocasiones, el destino está en el origen.

El Frente Anticonstitucional
Las guerras de Zapatero
Isabel Durán Libertad Digital 7 Noviembre 2005

En poco más de año y medio José Luis Rodríguez Zapatero y su Gobierno, convertidos en un auténtico semillero de conflictos, han roto de golpe y porrazo la España que definió su actual marco institucional entre diciembre de 1979 y febrero de 1983. Con la aprobación del primer y último estatuto de autonomía, quedaron acomodadas las diecisiete comunidades autónomas que conforman España y la hilatura jurídica basada en la solidaridad interterritorial que, con sus virtudes y defectos, nos ha convertido en la nación que conocemos hoy.

Veintiséis años después, España está sumida de pleno su propia descomposición por mor de un presidente del Gobierno ambicioso, irresponsable, insolvente, intolerante y revanchista. Desde que llegó al poder su principal labor ha sido fomentar la desunión y la confrontación entre la gente. Con él han llegado las guerras del agua, las comerciales, las financieras, las de la lengua, de la religión y las de las izquierdas contra las derechas. En definitiva, su Gobierno se empeña con denodado afán en instaurar la ruptura de una convivencia pacífica, solidaria y democrática que se sabe cómo empieza pero no cómo acaba.

Aprobado el mal llamado proyecto de reforma del Estatuto de Cataluña por el Frente Anticonstitucional encabezado por el jefe del Ejecutivo, no debiera centrarse la atención de lo que en adelante ocurra en lo que haga o deje de hacer el Partido Popular. Eso es precisamente lo que pretenden el PSOE y sus socios, el actual Frente Antidemocrático que blande como bandera un pacto asentado en La Moncloa para dejar fuera de juego a quien representa a más de diez millones de personas. El foco debe permanecer atento al opulento festín nacionalista y en el irreparable daño que han causado ya al conjunto de los españoles.

“Cataluña ha agotado su margen de generosidad con las Españas” sentenció el presidente de la Generalidad como colofón a la aprobación del Estatuto por las fuerzas nacionalsocialistas. Zapatero, su principal valedor, importa así al siglo XXI los valores arcaizantes, insolidarios y antidemocráticos enarbolados por los nacionalismos. Por mucho que los lobos se hayan vestido con piel de cordero para defender la tramitación parlamentaria de su bomba de relojería, el delirante e inconsistente viaje a ninguna parte del jefe de la manada, José Luis Rodríguez Zapatero, no generará sino nuevos y graves conflictos y ya no tiene vuelta atrás.

La homilía de Durán i Lleida
Por JORGE TRÍAS SAGNIER ABC 7 Noviembre 2005

UNA de las intervenciones que más me chocaron la tarde del Estatuto en el Congreso de los Diputados fue la de Durán, el líder democristiano, pareja de hecho del partido de Pujol. Durán es una especie de «okupa» de Convergencia Democrática de Catalunya y ahí sigue, desde hace no sé cuántos años sin que se sepa muy bien cuál es su fuerza electoral, pues la realidad es que nunca ha salido solo a la calle, y cuando lo ha hecho, como el día de marras, fue para oficiar de mamporrero del nacionalismo. Comienzo a creer que la compleja estrategia del PP en Cataluña podría haber dado en la diana. Al fin y al cabo Piqué representaría todo aquello que un Durán, obstinado y torpe, no ha sido capaz de hacerlo. A Jorge Fernández Díaz, el otro tenor del PP catalán, le seguirían los católicos comprometidos, catalanistas o no y, además, como avezado político que es, se entiende bien con Pujol y Mas. Y el tercer tenor, quizás el más querido por las bases populares catalanas, Alejo Vidal Quadras, sería la clave de bóveda de ese edificio político, quien atraería a una buena parte de la intelectualidad, de izquierdas mayormente, profundamente disgustada con Maragall. Una rara combinación, la de estos tres tenores, que podría comenzar a cosechar grandes éxitos ante la deriva excluyente del socialismo catalán.

Ya se vio en el País Vasco la tremenda fractura que el terrorismo había ocasionado en la Iglesia, provocando que desde determinados púlpitos se apoyase abiertamente a ETA y a Batasuna y desde más de una silla episcopal se justificase ese apoyo, «pues tenía una gran aceptación social». La aberración «sociologista» culminó cuando se colocó en un platillo de la balanza a las víctimas y, en el otro, a los verdugos, en su modalidad de «presos» o de familiares de presos, según los gustos. Siempre, eso sí, apelando a la piedad y al perdón, ¡faltaría más! En Cataluña, excepto la docena y pico de asesinatos provocados por los independentistas durante la Transición -hay que ser malo para olvidarse de ellos-, el nacionalismo en su modalidad más radical utilizó otros métodos, afortunadamente, consistentes en la presión social o en brutales descalificaciones. Todo el mundo, ante la perspectiva de que pudiese ocurrir como en el País Vasco, decidió mirar para otro lado. Y el episcopado catalán no ha sido una excepción. Y por eso ahora creen que descalificando al mensajero se atraerán a las «buenas gentes», ésas que parecen salidas del gran cuadro de Millet. Y he aquí que viene Durán, confundiendo los papeles, y pronuncia una homilía en el Parlamento en lugar de un buen discurso.

Pero, ¿han leído los obispos de Cataluña o el abad de Montserrat la concepción de la familia, del matrimonio, de la educación, del origen y el final de la vida, por ejemplo, que se desprende del proyecto de Estatuto? Los católicos les agradeceríamos que se pronuncien en un lenguaje comprensible y claro -no de homilía, si es posible- y sin eludir ningún aspecto, ofreciéndonos una valoración moral del Estatuto en esas cuestiones. A lo mejor podría ser un primer punto de gran coincidencia. ¿O acaso creen los obispos catalanes, igual que Durán, que hablar de aborto libre, de eutanasia o de formas extravagantes del matrimonio, refiriéndose al Estatuto, constituye una «infamia»?

Mercado y solidaridad
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo 7 Noviembre 2005

Ante el debate sobre el modelo autonómico del Senado, el Gobierno ya ha anunciado que está dispuesto a ofrecer más competencias, pero con dos límites: la cohesión y la unidad de mercado. El pleno del Congreso sobre el Estatuto catalán sirvió también para que Rodríguez Zapatero apelara a la unidad de mercado como una de las líneas que no debían ser atravesadas por los promotores del nuevo marco jurídico.

Resulta un poco extraño que sea el presidente del Gobierno central quien insista en el límite de la unidad de mercado, no porque no sea un logro histórico digno de ser conservado, sino porque es precisamente el factor menos amenazado por el nacionalismo. El mercado español es un gran negocio para Cataluña o el País Vasco. Un informe de la Fundación de las Cajas de Ahorros del pasado mes de mayo cifraba en 125.920,2 millones de euros las ventas de Cataluña en el resto de España, y en 107.530,2 millones las compras. Un saldo positivo de 18.389 millones, muy superior a los 9.288 millones en que cifra la Generalitat el supuesto déficit fiscal. En el País Vasco la diferencia fue de 1.022 millones a favor de Euskadi.

No hay nacionalista que quiera poner en peligro este negocio. Al contrario, son los primeros interesados en que se mantenga la unidad de mercado, aquella que se logró en el siglo XIX con la abolición de las aduanas forales. Eso quedó claro en octubre de 2003 en el primer proyecto del plan Ibarretxe, en el que se prohibían al Estado los impuestos que dificultasen la venta de productos vascos al resto de España.

Los riesgos no son para la unidad de mercado, sino, como acertadamente señalaba ayer en estas mismas páginas Ignacio Marco Gardoqui, para la solidaridad entre los territorios. El presidente del Gobierno, en el debate sobre el Estatuto catalán, citó el caso de Extremadura (en un guiño dirigido, seguramente, a Rodríguez Ibarra) para afirmar que la descentralización autonómica había servido para disminuir las diferencias entre regiones.

La pregunta es si esa nivelación económica entre regiones ha sido debida a la autonomía per se, como parece sostener Zapatero, o es consecuencia de los sistemas de redistribución de recursos que se han establecido en el ámbito del Estado para favorecer a los territorios más necesitados con el dinero procedente de los más ricos. La respuesta acertada parece ser lo segundo, los mecanismos de solidaridad: Julio Alcaide, en 'Evolución Económica de las regiones y provincias españolas en el siglo XX' (Fundación BBVA), afirma que «la política fiscal española, consistente en las transferencias públicas interregionales, correctoras de las desigualdades de desarrollo regional, ha permitido que la Renta Familiar Bruta Disponible de los residentes extremeños se haya elevado a un índice por habitante en 2000 del 84,5% de la media española». La solidaridad, por tanto, debería ser la línea no atravesable.

El capricho de Maragall
Manuel Martín Ferrand Estrella Digital7 Noviembre 2005

Según Oscar Wilde, en El retrato de Dorian Gray, la única diferencia que hay entre un capricho y una pasión eterna es que el capricho dura un poco más de tiempo. Algo así le ocurre al capricho nacionalista de Pasqual Maragall. Va para largo y, sin confundirlo con la pasión que anima a sus vecinos de ERC, CiU e, incluso, de la difusa ICV, puede perturbar en forma y fondo el futuro próximo de la convivencia española. El lejano, tan improbable, depende más de la hartura a la que lleguen los ciudadanos que de las proclamas, cada vez menos variadas, de sus líderes políticos.

En el supuesto no desmentido por nadie de que Maragall sea socialista, además de presidente del PSC, hay que hablar de capricho más que de pasión al referirse a su posición nacionalista. Al socialismo, tanto por doctrina como por tradición, le van mejor los horizontes más lejanos. Las cercanías nacionalistas, tan burguesas ellas, son una contradicción; pero, ¿sería algo el hoy presidente de la Generalitat de no ser, como parece, un muestrario ideológico?

El director de ABC se subió hasta Barcelona para, al día siguiente a la admisión a trámite en el Congreso del nou Estatut que pretende, con la única excepción del PP, la totalidad del Parlament, entrevistar al, por el momento, gran triunfador en el empeño. La entrevista de Ignacio Camacho, que ayer vio la luz, no tiene desperdicio y es una pieza valiosa para ayudarnos en la previsión de lo que nos espera.

Maragall se presenta mucho más cercano a sus socios nacionalistas —separatistas— que a su (teórico) origen socialista. Insiste en la perturbadora idea de Cataluña como nación; pero, no satisfecho, añade que “En España hay tres naciones seguras y alguna probable”. No sé cómo hará la cuenta el president; pero, si en traición a la historia y al sentido común, admitimos que Cataluña, Galicia y el País Vasco son tres naciones, que alguien nos explique por qué no lo son, por ejemplo, Aragón o la Comunidad de Valencia. Menos Madrid, que siempre fue cruce de caminos y “crisol de las Españas”, ¿hay, según la infantil demanda catalana, alguna región de España a la que no le cupiera tan innecesario reconocimiento?

El capricho de Maragall fundamenta la posición radical que, según anuncian los tambores de la calle Génova, mantendrá el PP, cuando llegue el momento, en la Comisión que ha de discutir el articulado del delirante nou Estatut. Si se arranca, como lúcidamente hace el PP, de la maldad intrínseca y anticonstitucional del proyecto remitido por el Parlament, no cabe en la coherencia la discusión, pieza a pieza, de cada una de las que integran el puzzle. Afirmada la maldad del todo, queda afirmada la de sus partes.

Pienso que Mariano Rajoy discurriría por los senderos del error, y nos invitaría a los demás a hacer lo mismo, si aceptara la discusión, línea a línea, del texto del Estatut. No estamos ante cuestiones de matiz; sino ante la aceptación o negación de una idea de España que nos viene de los siglos y que, en su solvencia histórica, concuerda con la de las otras naciones del continente al que pertenecemos.

Mal está que Maragall lleve su capricho hasta las últimas consecuencias; pero no es de recibo que pretenda que también quienes no somos nacionalistas aceptemos en la terminología y los conceptos —el Estatut es, acéptese o no, una propuesta fáctica para la enmienda constitucional— la propia renuncia a la idea nacional de España.

En virtud de nuestra pintoresca normativa electoral, reforzada por la debilidad intelectual y política de Rodríguez Zapatero, el capricho de Maragall, el que le ha permitido ser “como Pujol” —su máxima aspiración biográfica—, los nacionalistas, menos del veinte por ciento del censo electoral, están en condiciones de imponer un criterio que anula, de hecho, una rotundamente mayoritaria idea de España. Ha bastado con la inconsciente renuncia del PSOE a una de las letras de su histórica sigla.

Elogio de Gustavo Bueno y su afirmación de la nación española
Santiago Abascal elsemanaldigital 7 Noviembre 2005

En el centro geográfico y espiritual de España, en la Puerta del Sol, sobre el estrado en el que también me hallaba, convocado por el Foro de Ermua, para defender la unidad de nuestra España asediada, un hombre cuyo aspecto no me era familiar -mayor, frágil y pequeño- se acercó decidido al escenario, con seguridad y –al contrario que el resto de oradores- sin papeles, sin guión, con soltura y gestos desinhibidos.

- ¿Quién es? ¿Quién es?- pregunté.

- Es Gustavo Bueno- me susurró alguien.

-¡Compatriotas!- clamó entonces, enérgico, el orador.

La respuesta de los miles de congregados a la primera palabra del filósofo fue ensordecedora. Y éste inició su breve arenga con brío de adolescente: "Nos hemos reunido en función de la unidad de España. La unidad de España se funda en la Nación española y no caben dos naciones en la Península, del mismo modo que en el Cielo no caben dos soles, ni las figuras de Darío y Alejandro en la Tierra". Los aplausos se tornaron en trueno, y el trueno, de inmediato, en silencio.

Tras la contundente afirmación, Gustavo Bueno prosiguió con la descarnada e inevitable opinión que le merecían algunos de los enemigos de la idea de España: "Tampoco caben en España dos naciones políticas, sino más que una. La llamada nación catalana es una entelequia, es una invención de la izquierda divina de hace unos cuantos años. Y la llamada nación vasca es el producto de unos dementes. ¿Vamos a permitir que las ideas de unos dementes o de unos cursis nos invadan?".

Sin embargo, entre las breves, pero permanentes, palabras de Bueno hubo algo que captó de verás mi atención, que la atrapó y la cautivó: "Y digo la Nación española; no el pueblo. El pueblo no puede disponer de la Nación, el pueblo está sometido a la Nación. El pueblo es el viviente pero la Nación contiene a nuestros muertos y a nuestros hijos".

Esas palabras, ellas solas, justificaron de por sí un gran acto de afirmación nacional. Es difícil leer algo así. Pero pensaba que resultaba imposible poder escucharlo. Ya era hora de que alguien dijera, alto y claro, que la democracia no puede poner en cuestión ni someter a plebiscito sus propias bases, en las que se funda la Constitución, y sobre las que descansa la libertad individual y la igualdad de los integrantes del pueblo, de los individuos vivientes. Sostener lo contrario es un acto de traición a nuestros muertos y un gesto de egoísmo delictivo hacia nuestros hijos.

La Nación no nos pertenece. Es nuestra, sí, pero no en exclusiva. La compartimos, la integramos, de manera irremediable con nuestros antepasados y con quienes serán nuestros descendientes.

He de reconocerlo. No sabía casi nada de Gustavo Bueno. Pero la sola afirmación -tan valiente y auténtica, tan desprovista de adornos- de creencias tan esenciales, de verdades tan necesarias, me obligan –sin importarme cualquiera otra cosa que Bueno pueda sostener- a mostrarle mi agradecimiento público y a dedicarle estas líneas, modestas pero sinceras, de un todavía veinteañero comedido al octogenario revolucionario que Bueno lleva dentro... y fuera.

La revancha de Zapatero
Ignacio del Río Estrella Digital 7 Noviembre 2005

El debate en el Congreso de los Diputados sobre la toma en consideración del Proyecto de modificación del Estatuto de Cataluña deja un amargo sabor en los ciudadanos, espectadores inertes de la sesión parlamentaria. Más allá del compromiso de Rajoy con el sentido común y coprotagonista burlado por Zapatero, que ha cambiado la norma no escrita que sustentaba el pacto entre los dos grandes partidos, las intervenciones parlamentarias transmitían la inevitabilidad de la situación.

Cataluña, el noventa por ciento de los catalanes, han manifestado una voluntad política inalterable. Todos ya son nacionalistas. Si en los veinticinco años de vida constitucional, CIU ha representado un nacionalismo moderado, la aparición en la escena política de ERC, ha disparado los limites del nacionalismo que hoy embadurna al PSC, apoyado en el aliento de Zapatero, hacedor de la nueva estrategia política.

El nacionalismo catalán todo lo cura. Olvidadas las afrentas y los navajeos, el hijo de Pujol, el hermano de Maragall, el Carmel, el tres por ciento, el bloque catalán se presento en Madrid vestido con sus mejores galas. Seny, tranquilidad discursiva: venimos a pactar, porque somos unas víctimas del centralismo y con la mano en el corazón el cursi de Artur Mas le dice a Zapatero que siempre le llevara en la cartera. Una cartera que pide lo de siempre: proteccionismo interior, para producir en Cataluña hay que ser nacionalista, y libertad de mercado exterior:vendemos en toda España, territorio en el que no nos sentimos cómodos pero que nos sirve para aportar mano de obra y consumidores. Un victimismo que centra la modificación del Estatuto en la financiación. Al poder político catalán no le sientan bien los crecimientos mediterráneos de Valencia, de los mesetarios de Aragón y Navarra, ni, por supuesto, los de Madrid, que ponen de manifiesto los mas de veinte años de gobernación nacionalista, en los que Cataluña no ha mantenido la distancia económica con el resto de regiones. Así se ha dicho: los demás, andaluces, castellanos, extremeños se han acercado demasiado. Ya no son tan pobres.

Por eso no hay confrontación política entre partidos tan dispares como los que ayer se sentaron en el pupitre del Congreso. El republicanismo de ERC compartía proyecto con la democracia cristiana de Unio y con el socialismo inmigrante de los charnegos del PSC. El reparto del poder para los politicos, más poder, más "negosi",mas hermanos, disuelve afrentas y diferencias. Los catalanes han demostrado una vez mas que su espíritu fenicio y comercial es mas practico que la cerrazón de los vascos, dedicados al deporte de mover la piedra mas pesada de un sitio a otro sin ninguna utilidad.

Y Zapatero feliz en su papel de protagonista de la segunda o real transición a la democracia, que es la que saca del armario de los trastos viejos de nuestro pasado la "vindicatio" de la peor izquierda republicana que convive en el PSOE. Lejos de personajes como LLorente o De la Rocha, con peso intelectual o del propio Guerra, convencido de que el Estado es el mejor garante de la solidaridad, Zapatero se ha despojado de su papel de Bambi, que nunca lo ha sido, y suple su insolvencia intelectual con la frialdad de la hiena, tras las cejas enmarcadas, esperando como los demás grupos mordisquean a los populares en un debate donde ,al final, aparece " El crepúsculo de las ideologías" de Fernández de la Mora, probable fuente de la alianza de las civilizaciones.

La pelota esta rodando por la pendiente y aquí no la para nadie, salvo los ciudadanos, que son los actores de la democracia, en unas elecciones. Cataluña ha presentado un modelo en que el territorio esta por encima del individuo y el pueblo por delante de la libertad. Los vicios de la política de partidos defensores de sus privilegios, nadie conoce sus cuentas y las nomenclaturas controlan a los diputados convertidos en funcionarios , nos presenta un panorama desolador. Con listas cerradas, reparto de radios y televisiones y Cajas de Ahorro controladas políticamente, el que quiera seguir pagando la hipoteca o se pliega o a la dura estepa. Rajoy va a necesitar algo mas que discursos parlamentarios para movilizar a los ciudadanos, porque Zapatero va a hacer con el Estatuto como con el cava: meterlo en una cubeta con hielo y servirlo al final de la legislatura y mientras contarnos a todos el cuento de las civilizaciones.

La responsabilidad histórica del PSOE
Luis de Velasco Estrella Digital 7 Noviembre 2005

A estas alturas está perfectamente claro que la propuesta de reforma del Estatuto de Cataluña tiene aspectos claramente inconstitucionales, y eso a pesar de su admisión en el reciente pleno del Congreso. Los días transcurridos desde su aparatosa aprobación —acompañada de manifestaciones de júbilo de sus autores, convencidos de que iniciaban una nueva etapa y de que la Historia (con mayúscula) les abría un hueco— permitieron conocer desde manifestaciones casi de arrepentimiento por errores cometidos por alguno de esos autores hasta informes, opiniones y estudios que denuncian tanto inconstucionalidades de esa pretendida Constitución como, y esto es igualmente importante, atentados en esa norma a lo que se entiende como un Estado autonómico, moderno, eficaz, justo y equitativo. No es un tema sólo de constitucionalidad. Se trata, por tanto, de una auténtica ruptura, esa que no hubo en la transición.

Parece también haber acuerdo en que el concepto de nación es un tema clave. Es lógico. Se trata de un concepto de enorme trascendencia y con el que no se puede frivolizar salvo en charlas de café, nunca desde la primera magistratura de un país. Más allá de sus múltiples definiciones, dicho concepto tiene siempre consecuencias políticas y jurídicas. Por eso mismo, este proyecto lo sitúa como arranque del texto, como luz y guía de todo lo que viene después. Plenamente coherente además con un Preámbulo —harto curioso y con algunas afirmaciones realmente pintorescas fruto de ensoñaciones y fantasías de sus autores, situados en un mundo que inventan— que, si bien no tiene fuerza jurídica, es meridianamente claro acerca de las intenciones y objetivos del legislador. Incidentalmente, es en ese preámbulo donde aparecen las únicas menciones a España, ausentes en todo el larguísimo articulado. Contrasta esto con las repetidas menciones a España de los representantes catalanes en el citado pleno del Congreso. Nada es casualidad, todo está muy bien estudiado.

Consecuente con esa atribución de nación, el texto la dota a continuación de atributos propios de un Estado y lo sitúa en plano de igualdad, de relación bilateral, con el otro Estado, el innombrable, en una clara perspectiva no sólo federal sino, en muchas ocasiones, confederal. Para que se entienda mejor: se configura un espacio propio en el que “nosotros” nos fijamos las reglas y “ellos” no pueden intervenir.

Cómo ha sido posible llegar a esta desastrosa situación? Los principales responsables son el PSOE y el PSC y, a la cabeza, sus dos líderes. El Sr. Rodríguez Zapatero ha posibilitado (“Respaldaré lo que apruebe el Parlamento catalán”) y animado (“Más, ahora o nunca”) el proceso. El Sr. Maragall lo ha hecho carne al ponerse al frente de la manifestación nacionalista. En ambos casos ha sido por puro oportunismo político.

No es éste el lugar para analizar esto a fondo pero, en síntesis, cabe afirmar que la desideologización y el oportunismo del PSOE (y esto engloba al PSC) desde hace un par de décadas culmina en el más burdo pragmatismo con el único objetivo de ocupar, como sea, parcelas de poder. Hay que ganar unas elecciones y, luego, mantenerse. La política que se haga, la que sea, busca ese principal, casi único, fin. Si hay que hacerse más nacionalista que los nacionalistas, sea. Si hay que ser más centrista o de derecha que los auténticos, sea. Todo por ese supremo objetivo.

La responsabilidad que hoy enfrenta el PSOE es enorme. Lo ocurrido hasta ahora no invita al optimismo, aunque estamos al comienzo de un largo proceso en el que pasarán muchas cosas. Hoy por hoy, la clara opción de sus dirigentes es a un maquillaje del texto, modificando o eliminando algunos puntos para mantener la mayoría del mismo. Salvar los muebles y salvarse. Mientras tanto, la capacidad de presión y el victimismo de los nacionalistas catalanes aumenta y no es descartable una ruptura, especialmente por parte de Convergència y Unió. En este caso, el problema no estaría resuelto sino simplemente aplazado pues reaparecería, seguramente con mayor gravedad.

No es exagerado insistir en esa responsabilidad, sin duda, histórica de ese partido. A todos sus niveles: dirigentes, ministros, parlamentarios, militantes, incluso sus votantes y simpatizantes. La natural tendencia de sus dirigentes será a la chapuza, al arreglín, ello acompañado de gran campaña mediática para confundir a la ciudadanía que, conforme siga el tema, se irá cansando del mismo. En eso, el PSOE ha demostrado ampliamente su excelencia. Saben que lo importante no son tanto los contenidos de un texto que casi nadie ha leído sino los mensajes clave que se lancen, a través de sus medios propios y de los afines, y las percepciones que se creen en la ciudadanía. A estas alturas, el malo de la película no es ya un Estatuto indigerible, sino quienes se oponen al mismo, y especialmente el PP.

El objetivo central de mantenerse será la guía de su actuación; eso sí, con un ojo muy atento en las encuestas de opinión. Una “rebelión” interna es muy improbable, por no decir imposible, al menos aquí y ahora. Los intereses a preservar son muchos e importantes, afuera hace mucho frío y los mecanismos de democracia interna hace mucho, mucho tiempo que se cegaron. Las declaraciones iniciales de algunos ministros y destacados dirigentes se han ido suavizando y los mismos se irán sumando a la corriente mayoritaria de conformidad y apoyo. Nada nos gustaría más que equivocarnos.

Un análisis como éste, basando las decisiones políticas casi exclusivamente en aspectos de intereses personales, puede parecer excesivamente simplista y no válido. Sin embargo, en los últimos veinte años, el accionar político del PSOE ha demostrado la enorme fuerza de esos intereses personales. A lo largo de esos años, los dirigentes y militantes han tragado carros y carretas y nadie se ha movido. Los escasos que no estaban (estábamos) de acuerdo con lo que pasaba, se fueron (nos fuimos) a casa sin ruido y sin ningún efecto en la cerrada organización. Esta vez, previsiblemente, pasará lo mismo y esa única y limitada crítica interna que, al parecer, existe y que se identifica con el guerrismo se irá apagando. Otra vez, nada nos gustaría más que equivocarnos.

Una reflexión final: ésta habría sido una magnífica oportunidad para un acuerdo entre los dos partidos nacionales mayoritarios para llevar adelante una imprescindible reforma electoral que dote a los partidos nacionalistas de un número de escaños acorde con su fuerza electoral y no lo que hay ahora. No se trata de ahogar a las minorías. Se trata de situarlas donde les corresponde, pues lo que no es posible es que esas minorías definan o condicionen la agenda política del país. Pero pedir esto son ganas de perder el tiempo y un esfuerzo inútil y, ya se sabe, los esfuerzos inútiles producen melancolía.

Que Zapatero diga claro lo que quiere
Eusebio Cedena Gallardo elsemanaldigital 7 Noviembre 2005

Ventilado ya el trámite del Estatuto de Cataluña y constatada la pasmosa superioridad de Rajoy sobre Zapatero, yo creo que ahora el presidente del Gobierno tendrá que decirnos claramente a los españoles lo que quiere hacer con España, ponerlo por escrito en un programa electoral y convocar elecciones generales de inmediato para darle o no legitimidad a su proyecto.

No es que quiera yo entrar ahora a cuestionar los planes de Zapatero, que también, sino que me parece que la operación política que ha puesto en marcha es de tal magnitud y gravedad, y conlleva tales consecuencias, que no se puede abordar a la ligera y sin consulta previa a la Nación.

Y ello por dos razones. Una: que hasta ahora, que se sepa, nadie ha autorizado a Zapatero, ni al Gobierno, ni al PSOE, y mucho menos a sus socios radicales, a emprender una reforma tan a fondo de la Constitución y del Estado como la que hay tras la propuesta catalana. Y dos: que el momento político actual se ha producido como consecuencia, no de un programa de Gobierno ratificado por los españoles y, por tanto, con todas las bendiciones democráticas, sino de la única aritmética parlamentaria que, después de arrinconar al PP, le resultaba posible a Zapatero para llegar a La Moncloa.

Por tanto, el proyecto zapateril en marcha, todavía lleno de zonas oscuras, ambigüedades, medias verdades y mentiras completas, ni ha sido incluido en programa electoral alguno del partido gobernante, ni ratificado en unas elecciones, ni mucho menos meditado a fondo y planteado de acuerdo con la legalidad, los métodos y los procedimientos. Y eso los españoles no lo merecemos.

Aunque a estas alturas a Zapatero se le ve venir de lejos y sus impulsos políticos son fáciles de adivinar, lo mejor es que los socialistas se aclaren las ideas, pongan blanco sobre negro y con letra bien clarita qué modelo quieren para España y lo confronten en unas elecciones con el programa del PP de Rajoy. Que los españoles decidan qué propuesta le gusta más y, después, a gobernar que son dos días. El que gane, claro, y el otro a la oposición. Eso es la democracia.

Esto me parece a mí lo más leal y honesto con los españoles. Porque lo contrario, es decir, ponerse a enredar tan a fondo como lo ha hecho Zapatero con cuestiones esenciales y pretender un cambio radical de nuestro sistema sin haber preguntado primero es un engaño y una trampa. Y así no, claro. Lo que haya que hacer, que se haga, pero a las claras, por la directa y sin trampantojos. Y por supuesto, previa autorización del pueblo soberano, que somos todos, amén.

Jerónimo Páez, Abogado, Presidente de Legado Andalusí
«El Estatuto de Cataluña supone el triunfo de la insolidaridad»
Por Borja Ventura Periodista Digital 7 Noviembre 2005

Jerónimo Páez lo ha dicho de modo claro a La Vanguardia. A pesar del momento que vive España, "parece que hay que revisar absolutamente todo, nada es válido y se magnifican problemas ficticios". En la opinión de Páez, presidente de Legado Andalusí, "el problema no es el debate del Estatuto sino la ambición desmedida de una serie de políticos, dispuestos a todo con tal de acaparar más poder a cualquier precio, lo que, dada la estructura política de nuestro país, sólo se consigue destruyendo o minando el poder estatal".

Sus declaraciones son contundentes:
"No creo que el Estatuto perjudique especialmente a Andalucía, me parece que perjudica a todo el país, incluido a Cataluña, porque es el triunfo de la insolidaridad. Abre una caja de Pandora que nadie sabe cómo se va a cerrar y en el fondo responde a planteamientos que, a mi juicio, cualquier persona de izquierdas debe rechazar, tanto si los plantea Cataluña, el País Vasco o Andalucía. Cualquiera que sea el resultado final que salga del Parlamento, hay que blindar de una vez por todas la Constitución y que no estemos diariamente cuestionándonos el modelo de Estado".

Jerónimo Páez citó al filósofo francés Ernest Renan para definir la palabra "nación": "un grupo de gente unida por una visión equivocada del pasado y el odio a sus vecinos". En opinión de Páez, además, estas "identidades culturales o naciones" que, en su opinión, no son sino "un invento de última hora". En sus palabras, "cuesta de creer que en un mundo en el que nos enfrentamos a grandes retos, pobreza, explosición demografica, terrorismo o emigración, a uno le cuesta creer que nosotros estemos enfrascados en estos problemas".

El Gobierno firma en Bruselas el acuerdo que permite dirigirse a la UE en las lenguas cooficiales
España deberá solicitar su uso en las sesiones del Consejo con siete semanas de antelación, y correrá con todos los costes
EP - Bruselas El País  7 Noviembre 2005

España firma hoy un acuerdo con la presidencia de turno británica para introducir las lenguas cooficiales españolas en la UE. Este acuerdo, que hoy rubrican el ministro de exteriores español, Miguel Angel Moratinos y su homólogo británico, Jack Straw, permitirá que los ciudadanos puedan dirgirse a las instituciones en catalán, valenciano, gallego o vasco.

Para ello, el ciudadano que quiera dirigirse al Consejo en una lengua cooficial española deberá remitir su comunicación al organismo competente designado por el Gobierno español a tal efecto, que la transmitirá a su vez a la Secretaría General del Consejo, junto con una traducción al castellano. El Consejo remitirá luego su respuesta en castellano a dicho organismo, encargado por el Gobierno español de facilitar al ciudadano una traducción de la respuesta.

Para poder intervenir en alguna de esas lenguas en una sesión del Consejo, la Representación Permanente de España ante las insticiones europeas (Reper) deberá advertir, al comienzo de cada semestre, a la Secretaría General del Consejo de en qué sesiones del Consejo es posible que se presente una solicitud de uso de esas lenguas.

Además, como mínimo siete semanas antes de la sesión del Consejo, se tendrá que comunicar la solicitud del representante de España que quiera usar una de esas lenguas para sus intervenciones orales, y se deberá comunicar definitivamente esa solicitud a más tardar 14 días naturales antes de la sesión del Consejo.

Sólo el castellano produce efectos jurídicos
El acuerdo prevé también que España podrá realizar traducciones juradas, a las lenguas mencionadas, de los actos de la Unión Europea que sean adoptados por codecisión, desde su versión publicada en el Diario Oficial de la Unión Europea (DOCE), y remitirlas por vía electrónica a la Secretaría General del Consejo.

Dichas traducciones juradas no tendrían, sin embargo, validez jurídica, ya que sólo la versión en castellano de la que proceda producirá efectos con su publicación en el DOCE. El acuerdo contempla que los costes directos e indirectos de la aplicación del acuerdo correrán a cuenta de España.

La imposición del catalán en Andorra
 Libertad Digital 7 Noviembre 2005

Este lunes comenzamos con lo que, quizás, podría ser una actitud más común en el futuro. La prohibición de una actividad por no incluir el catalán como idioma de difusión. Resulta que Nos cuentan de El Mundo informa de que el autobús promocional de la Comunidad de Madrid no pudo realizar las labores de promoción en Andorra porque no tenía folletos en catalán. Al parecer "el día en que tenían previsto empezar la campaña, reciben un comunicado de las autoridades andorranas con la prohibición de hacerlo, alegando como motivos que los folletos promocionales no estaban en catalán y que ninguno de los empleados que habían viajado desde Madrid para emprender la iniciativa hablaban dicha lengua". Curioso, porque en un primer momento las autoridades sí les habían concedido la licencia oportuna. Las autoridades madrileñas estudian la presentación de una queja oficial.

Cambiando de rumbo. Si el otro día Expansión hablaba de que el Estatut comenzaba a pasar factura al tejido empresarial catalán y ABC en una pequeña columna hablaba de que los productores de cava extremeños estaban saturados, El Semanal Digital recogía otra pieza este domingo acerca de esta cuestión. Explicaba elsemanaldigital que "cuando aún faltan dos meses para la Navidad, las bodegas que elaboran espumosos con la contraetiqueta de la Denominación de Origen Rueda ya tienen prácticamente vendidas todas las botellas y reconocen estar desbordados por los numerosos pedidos de otras comunidades autónomas. Los bodegueros de esta localidad vallisoletana admiten que no pueden servir todo el vino espumoso que se les reclama".

Precisamente este domingo el editor de Libertad Digital, Federico Jiménez Losantos, hacía doblete en El Mundo y en El Semanal Digital con sendas entrevistas. Si en su entrevista con el diario impreso explicaba que la finalidad de la campaña contra la COPE era que no haya "testigos incómodos cuando se quiere perpetrar un crimen como liquidar el régimen constitucional", elsemanaldigital destacaba de su encuentro con FJL la opinión de que "Zapatero nos ha metido en un estado de revolución a la venezolana".

Cataluña, el País Vasco y León
Los nacionalistas vascos quieren que el debate catalán acabe cuanto antes. En Euskadi todo está pendiente de ETA. Los mineros llaman al presidente José Luis. Con naturalidad, asume el PP su manida soledad y con naturalidad el PSOE elige relación cualificada con los nacionalismos.

Albert Boadella, director de Els Joglars:
«La mayoría de la gente que votó a Maragall está contra el Estatut»

El «juglar» catalán, que estrena «En un lugar de Manhattan», cree que «el Estatut es un bodrio, hay que suspenderlo hasta en gramática»
Miguel Ayanz La Razón 7 Noviembre 2005

Madrid- «¡Boadella!», le grita/saluda un tipo en mitad de la acera con los pulgares en alto, como si le dijera: «Tú si que eres grande». No es el único, otro repite su nombre más tarde desde el otro lado de la calle. Está claro que Albert Boadella es popular. Querido, me atrevería a decir. Y estamos en Alcalá de Henares, no en Barcelona. Aquí, en el Teatro Salón Cervantes, estrena Els Joglars este fin de semana «En un lugar de Manhattan», la revisión que la incisiva compañía catalana ha acometido del clásico cervantino a instancias de la Comunidad de Madrid. Pedimos un café en el ambigú del teatro. Él lo toma solo. Ataco de frente: «Voy a preguntarle por el Estatut y muchas otras cosas». Boadella sonríe y pone en funcionamiento esa máquina de hacer «amigos» que tiene bajo la nariz. Y eso sin preguntarle nada. Pero es un tema que le preocupa. No en vano, fue uno de los intelectuales catalanes firmantes de un «manifest» que criticaba la reforma del Estatut y denunciaba los intereses del nacionalismo.

-Desde el año 80, no se ha hecho otra cosa que el ridículo. Es un asunto que no fue tomado en serio por el resto del España. De Pujol se decía que era un gran estadista, tanto la derecha como la izquierda. Yo me ponía histérico. Creó un caldo de cultivo para lo que ocurre ahora. Estos son los hijos naturales de Pujol. Maleducados como lo era él. Y no es cuestión de izquierda o derecha. Felipe González no permitió ciertas cosas tampoco.

-No parece gustarle la reforma del Estatut.
-Soy pesimista. No se puede discutir un asunto territorial de esta envergadura y que el PP, un partido de diez millones de votantes, esté fuera de juego. Me parecería muy grave que salga el estatuto sin el acuerdo del PP. En la Transición, los catalanes tuvimos una oportunidad para acabar con el falso problema catalán, ése del que Ortega y Gasset decía que no tenía solución.
Me van a perdonar que haga un inciso en las palabras de Boadella, pero el camarero le suelta un «benvingut, Albert» y charlan en catalán unos segundos. Lo gracioso -lo digo por todos aquellos que le han llamado «anticatalanista», «traidor» y otras lindezas- es que cada vez que coge el móvil es para hablar en catalán. Juguetea con el sobre vacío del azúcar y sigue con su visión del «status quo».

-No podemos volver atrás otra vez, al año 1714, a pensar en Felipe V. A eso se le llama paranoia. Ciertos sectores catalanes, del mundo de la cultura y la política, han tenido un gran interés en no eliminar este problema, sino en aumentarlo a medida que pasaba el tiempo. En vez de extinguir el fuego, se lo ha ido avivando. Los gobiernos de Pujol ya se encargaron de las escuelas, de la enseñanza. Daba la sensación de que todo lo que venía del resto de España era nocivo. Siempre se hablaba de Castilla, de los castellanos, con cierto retintín. Eso va haciendo su efecto en la ciudadanía. Y además descubrieron que es de una enorme rentabilidad política. Pujol gobernó así 23 años. Hacer política de los sentimientos es muy fácil. Y cuando ha llegado el momento, cuando los políticos catalanes han descubierto que Madrid, me refiero al Gobierno central, podía jugar su parte en el juego, no veas tú: entonces ya somos Nación, Imperio o lo que convenga.

-Pero, ¿qué opina de la reforma del Estaut?
-Lo primero, habría que darle un suspenso en gramática. Rajoy hubiera tenido que decir: «Presénteme usted un texto que se entienda». Hay partes que son una tontería, como cuando dice que todo catalán tiene derecho a disfrutar del paisaje. Se meten hasta en lo que nos tiene que gustar, como si fuera un manual de urbanidad. Es un auténtico bodrio. Y un problema, porque ya no hay marcha atrás. ¿Qué hacer ahora? Si se corta, entonces volvemos al victimismo. Si se acepta, a esperar al siguiente paso, porque el nacionalismo está instalado en la reivindicación permanente.

-No sé si siguió la sesión del Congreso. A mí me pareció que nadie utilizó este argumento: ¿cuál será el siguiente paso y cuándo?
-Las reivindicaciones no se acaban, porque entonces todos esos políticos se irían al paro. Seguí más o menos el debate, sí. Y creo que en España también tenemos el problema en la derecha. Tiene que tener otro ánimo. Esto es un hecho que contamina a la propia izquierda. En el caso del Estatuto, me parece que habría que utilizar una «artillería» más ingeniosa. Hay que posicionarse, aunque te pueden llamar, con mucha facilidad, anticatalán. ¡Si me lo llaman a mí! ¡Y traidor! Imagínate a alguien que no haya nacido allí. Es difícil. No olvidemos que la derecha, en Cataluña, secundó a Pujol totalmente. Y cuando hubo un señor inteligente, un magnífico político como era Vidal-Quadras, fue defenestrado por orden de Pujol, por aquel acuerdo que tenía con Aznar.

-Usted mismo, y otras voces, han dicho que el problema es anterior: la reforma del Estatuto nunca tendría que haber llegado al Congreso.
-Era muy difícil, porque en el momento en que en Cataluña el Partido Socialista tomó la decisión, ya era irreversible. Si el PSE hubiera ganado las elecciones en Cataluña en los años 80 y 90, seguramente no hubiera tenido que jugar la carta nacionalista para ganar y la contaminación nacionalista hubiera sido mucho menor. Pero ahora el Partido Socialista tiene que demostrar que es más catalán que Esquerra Republicana. Y tiene que defender una posición dudosamente solidaria, endogámica. Esto es la contradicción total con un planteamiento de izquierdas.

-Es curioso: en el debate del congreso «solidaridad» fue una de las palabras más escuchadas por la parte del Tripartito. A mí me parece que nada tiene de solidaria esta reforma.
-Ellos saben perfectamente lo que están haciendo: en el fondo quieren una posición de privilegio. Quieren hacer lo que les dé la gana, sin ningún control. Pero sin tener que mantener un ejército, que eso desprestigia mucho. Eso que lo hagan los «malos», los españoles.

-Acláreme una cosa: el 90 por ciento del Parlamento Catalán votó a favor de la reforma. Sin embargo hay encuestas que dicen que este porcentaje no coincide con el de los ciudadanos que apoyan la reforma del Estatut.
-La gente que votó ERC sabía perfectamente lo que votaba y está de acuerdo con esto. La gente que votó Convergencia, yo diría que no todos, pero bueno, quizá una mayoría. Los que votaron al Partido Socialista, me atrevería a decir que más de la mitad, están en desacuerdo con la reforma del Estatut. Hay un cierto secuestro del voto. Pero, si a través de la fantasía política se les dice que con el Estatut tendrán cien hospitales más, que las escuelas serán de diez alumnos por clase, la gente tampoco es masoquista. Si hiciéramos una profunda encuesta neutral, nos daríamos cuenta de que hay cientos de miles de ciudadanos en Cataluña que no apoyan esto. Cuando estos usurpadores hablan de Cataluña, a mí me parece una actitud de secuestro de la voluntad popular. Es evidente que un Parlamento, en una democracia, representa a sus votantes. Pero hay ciertas cosas que un Parlamento tiene que decidir de forma distinta. En una cuestión tan delicada como es una nueva relación territorial con el conjunto de España, habría que decidirla por referéndum.

-Hace unos meses, firmó junto a un grupo de intelectuales catalanes no nacionalistas un manifiesto que les ha valido numerosas críticas. Allí decían que el nacionalismo se preocupa únicamente por el Estatut, que política de verdad, la sanidad, la educación, poca.
-Es difícil hacer una política de la razón, que es la auténtica. El Gobierno catalán ha empleado la mayor parte de su tiempo en esta cuestión. Es algo que se hace por la pura supervivencia de este Gobierno.

-Aquel manifiesto le ha costado amenazas de muerte.
-Bueno, hay algún sector talibán que cree que todo el que no piensa según la estricta ortodoxia del catalanismo es un traidor.

-¿Para cuando ese partido político que había anunciado en el Manifiesto?
-Ahora vamos por las localidades, de momento en ciudades importantes, creando adhesiones. Para dentro de unos meses veremos qué «quorum» tenemos y quién toma las riendas de este partido. Creemos que Cataluña necesita un partido auténticamente no nacionalista.

-¿Entrará usted a fondo en la vida política?
-No. Haré lo que he hecho hasta ahora, pero nunca dentro de una administración.

-Pues no estaría mal verle de President. Y que luego alguien hiciera teatro sobre usted.
-Lo que he hecho hasta ahora ha sido únicamente por un deber cívico, nunca por una vocación especial. Y sería una lástima. Creo que hago mucho mejor teatro que política. En las circunstancias actuales, es más digno el trabajo en el teatro que en el «teatro político».

-¿Para cuando una obra sobre el Estatut?
-Eso nunca. Ni pensarlo. Estoy cansado de trabajar directamente sobre estas cuestiones, me han saturado. Estoy un poco asqueado. No hay que olvidar que yo fui uno de ellos. En 1975, a la muerte de Franco, pensaba que Cataluña necesitaba una reivindicación cultural, cierto respeto por su etnia, ese tipo de cosas. Cuando he visto en lo que se ha convertido, he pensado que me equivoqué al pensar que nosotros éramos los únicos de España que tuviéramos eso que llaman hechos diferenciales. Como si Murcia, La Rioja, Almería, no tuvieran sus peculiaridades. Nosotros también las tenemos. Tenemos nuestra lengua materna, que yo hablo habitualmente con mis hijos, con mi mujer. Pero tampoco es un hecho tan importante. Todo el mundo tiene sus rasgos diferenciales. Si bien fuimos víctimas de Franco en el aspecto más cultural, en otros territorios, el problema era comer: Andalucía, Extremadura... Eso sí que eran víctimas. Luego estaba el otro engaño: que nosotros no habíamos sido una región franquista: totalmente falso. El señor Cambó era pagano de la Guerra Civil. Como el señor Mateo, de Peralada. Cataluña, en el año 75, a través del catolicismo «monserratil», ya había fabricado toda una trama de tergiversación histórica. Y yo pertenecí a eso. Cuando vi de qué iba el asunto empecé a desconfiar. Ahora, si tuviera que volver a empezar, no lo haría igual.

-¡Qué pena, no habríamos tenido maravillas como el «Ubú President»! Esperemos que no lo deje. ¿No le inspiran, teatralmente, Maragall o Carod-Rovira?
-A Maragall ya lo puse en el último «Ubú».

-Pero tenía un papelito menor.
-Hombre, era muy importante, se subía más alto que Pujol, y decía peores locuras. Fue premonitorio, porque todavía no era presidente de la Generalitat. Ya se llevó lo suyo. Además, me inspira poco: para hacer una obra sobre alguien, lo primero tiene que ser un personaje.

-Parece desencantado, en general, por todo lo que me cuenta.
-No, tengo muchas ganas de hacer buen teatro. No me quedan tantos años de energía, de libido intelectual, y los tengo que aprovechar.

-¿Qué opina del teatro que se hace actualemente en los escenarios españoles?
-Veo de todo. España tiene un problema de rigor profesional. El arte es un trabajo minucioso, de mucha entrega, horas y concentración. Y todos quieren un éxito fácil. Además, las administraciones no han sido positivas en este sentido. No porque se invierta dinero, que está bien. Pero se ha hecho bajo control, y el mundo del teatro se siente ahora como un un funcionariado. Pero hay muy poco compromiso, muy poca transgresión. La gente tiene miedo de herir a alguien. Las cosas a veces tienen que molestar, tener una cierta violencia.
-Crearse enemigos, vamos...
-Sí, fomentar enemigos. Ése es uno de los mandamientos de Els Joglars.
-Hace unos meses un libro recogía el decálogo de la compañía. ¿Cuáles son sus otros mandamientos?
-Somos antidogmáticos. Somos agropecuarios. Despreciamos la fantasía: la realidad es lo más importante. Vamos siempre contra la moda si es posible. Creemos que el único creador es Dios: los demás somos constructores. Ahora a cualquier mindundis que hace una tortilla de color violeta lo llaman creador...
-Ahora estrenan una versión propia de «Don Quijote», titulada «En un lugar de Manhattan». ¿Respetará ese decálogo?
-Está dentro del decálogo. Trata de enfrentar esos dos mundos: el de la frivolidad posmoderna, la huida hacia delante a costa de Cervantes, del «Quijote», de Shakespeare o de quien sea, frente a un mundo arcaico como el de la moral quijotesca, desgraciadamente ya en recesión, por no decir desaparecido. Ya no quedan Quijotes.

En primera persona
Palabras cruzadas En 1977 cató la cárcel por atreverse a llevar la historia de un anarquista a la escena. «La Torna» se convirtió en un clásico. Casi 30 años después, sigue cabreando a tirios y troyanos. «La Torna de la Torna», a mediados de este año, le valió un conflicto con los ex Joglars que le reclamaban su co-autoría. En 2004, se negó a aceptar la Gran Cruz de San Jordi de la Generalitat y pidió, indignado, que el Ayuntamiento de Calafell le mantuviera el título de «persona non grata», que pensaba retirarle. Contestario, provocador, lúcido como pocos, Albert Boadella (Barcelona, 1943) fundó en 1962 Els Joglars. Tiene alma de juglar y de bufón y una máxima: «Que no pase un día sin hacer un nuevo enemigo». Se ha reído de la Iglesia («Teledeum», 1983) y del nacionalismo («Operación Ubú», 1981, y «Ubú President», 1995). Entre otros éxitos, se recuerda la trilogía dedicada a Dalí, Plá y el «Ubú» Pujol. Acaba de estrenar en el Teatro Cervantes de Alcalá de Henares «En un lugar de Manhattan» (allí puede verse hoy y mañana). El día 17 llega al Teatro Albéniz, donde estará hasta enero.

Por la unidad de España (noticia de héroes)
Por Javier Orrico Periodista Digital 7 Noviembre 2005

Han bajado desde los caseríos y los valles verdes de sidra y ovejas, desde las orillas de los ríos antaño sucios por los vertidos de las papeleras, desde los paseos de lujo de las nuevas rías desherrumbradas donde la modernidad del Guggenheim esconde la misma miseria reaccionaria de los carlistas de boina y leyes viejas, hoy disfrazada de autodeterminación y democracia batasuna. Muchos de ellos viven con escoltas, amenazados, señalados, apestados. Son vascos de ocho apellidos, euskaldunes recios de mejillas coloradas y manos firmes, alaveses de mil años, bilbaínos de hierro o maquetos de Zamora, de Palencia, de Cáceres, hijos de campesinos de todos los orígenes que fueron a buscar en las fábricas el pan y la decencia. Han llegado también desde las conurbaciones emigrantes de la Barcelona industrial, desde sus centros de enseñanza, desde la prosperidad que disimula el vacío creativo y la tiranía catalanista que está acabando con Cataluña. Son disidentes castigados con la muerte civil, con el odio, con el aplastamiento de una de sus lenguas. Pueden ser descendientes de un conde carolingio, funcionarios nacidos en Málaga o charnegos de Hospitalet, hijos del mestizaje que fue siempre la mejor Cataluña, la mejor España. Eso da igual.

Lo que a todos les une, lo que ayer les reunió en Madrid es la asfixia democrática en la que viven, la reclamación de la ciudadanía, de los derechos individuales por encima de las ‘construcciones nacionales’ -¿habrá disparate más reaccionario, señores ‘progresistas’, que andar construyendo naciones en esta Europa que se tambalea por su causa?- con que los gilinazis pretenden rendirlos cada día, forzarlos a asumir un modo de vivir y pensar que no desentone con el manual patriótico con el que se levantan barreras y privilegios. Madrid fue ayer, como cada vez que se la necesita, el territorio de la libertad, la ciudad de los españoles, el lugar al que siempre se acudió a pedir protección frente a las castas locales, los caciques, los feudos, los mojones fronterizos, las lenguas sin horizonte. En Madrid estaban ayer los más valientes, los que se la juegan, los que nunca bajan la cabeza, los últimos resistentes de esta España ‘zarapatera’ y triste.

Tras el bochornoso espectáculo zapateril de un debate amañado por esta democracia sirlera, que revela toda su impostura en ese catorce a uno (todos contra Rajoy), metáfora trucada con la que pretenden que creamos que de cada quince españoles sólo uno aspira a seguir viviendo en igualdad con los demás, además de imagen de la dictadura de apariencia legal –la ley electoral que pone el poder en manos nacionalistas- sobre la que Zapatero quiere levantar su reich; tras ello, si algún acontecimiento ha puesto de relieve la verdadera naturaleza de lo que nos trae el zapaterismo ha sido la concentración de este sábado en la Puerta del Sol “por la unidad de España”. Porque estos vascos y catalanes, que son los que mayoritariamente han acudido a la concentración de ayer promovida por el Foro de Ermua –tan vascos y tan catalanes como quienes se reclaman intérpretes únicos de la voluntad de sus gentes-, lo han hecho para pedirnos que no los dejemos solos, que no desistamos, que no cedamos al deseo de retirarnos de las nuevas patrias nazional-socialistas de los tripartitos zapatoideos. Saben mejor que nadie lo que hoy significa España: la libertad, la democracia, la igualdad, los ideales por los que los liberales progresistas lucharon siempre, frente al Antiguo Régimen que Fernando ‘ZP’ VII utilizaba arteramente para sostener su poder absoluto. Saben que “si España cae” -título de un magnífico libro de César Alonso de los Ríos, que ya advertía hace años sobre lo que nos iba a pasar-, si los nuevos estatutos de independencia de hecho salen adelante (y el catalán sólo es el Caballo de Troya del vasco: ¿por qué creen que están los nazis con boina tan moderaditos, tragándose los sapos de la discriminación que ha supuesto aceptar el plan catalán tras el rechazo del suyo?), lo que caerá son sus derechos, su cultura, la lengua común, la verdad histórica, la justicia. Saben también que estamos hartos, que nos encantaría perder de vista para siempre a carodes y duranes, oteguis, elorzas y cascabeches. Y que si nos dejamos llevar por el calentón y nos autodeterminamos (¿o nosotros no tenemos derecho a decidir con quién queremos vivir si se abre la espita?), serán ellos los que tendrán que comenzar a pensar en abandonar sus casas, sus ciudades, sus vidas.

No sé si son héroes, pero a mí me lo parecen. Ellos y todos los que como ellos nos dignifican y sostienen esa idea de España tan lejana de lo que la progresía colaboracionista con el Régimen publicita. Porque España no es hoy una agrupación de nostálgicos cantando “mi jaca galopa y corta el viento...” sobre un tablao flamenco de sainete. Es la igualdad ante la ley que garantiza ese Tribunal Supremo que Zapagallcarod quiere cargarse. Es el reparto de la riqueza entre todos los ciudadanos, en tanto que contribuyentes y no como miembros de ninguna tribu. Es la libertad de movimientos, de empresa, de comercio, de expresión, de lengua que en algunas regiones ya no existe. Es la fraternidad hoy rota no por quienes nos negamos a romper España, sino por los que pretenden imponernos esa ruptura, la desigualdad, el expolio comercial, fiscal, financiero o de la energía de todos. Eso es hoy la unidad de España: una elemental decencia, la condición de los hombres libres.



 

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