AGLI

Recortes de Prensa     Miércoles 15 Febrero  2006
ZP y la verdad segada
Cristina Losada Libertad Digital 15 Febrero 2006

Las víctimas, el ojo del huracán
Kiko Rosique Periodista Digital 15 Febrero 2006

NO ESPERES MÁS: ¡LÁRGATE PECES!
Editorial minutodigital 15 Febrero 2006

LA AMBIGÜEDAD DE LA POLÍTICA ANTITERRORISTA
ROGELIO ALONSO  ABC 15 Febrero 2006

Zapatero, en la encrucijada
Editorial ABC 15 Febrero 2006

Las esperanzas que siega y hace crecer ZP
EDITORIAL Libertad Digital 15 Febrero 2006

Emergencia nacional
Fundación para la Defensa de la Nación Española Libertad Digital 15 Febrero 2006

Vigilantes de la dignidad
TONIA ETXARRI El Correo  15 Febrero 2006

La soledad de los muertos
JOSEBA ARREGI El Correo 15 Febrero 2006

Distinciones
KEPA AULESTIA El Correo  15 Febrero 2006

Las trampas de la doctrina Piqué
Ignacio Villa Libertad Digital 15 Febrero 2006

¿BILINGÜISMO? MUNICIPAL
ÁNGELES DEL POZO ABC 15 Febrero 2006

Lonely
IGNACIO CAMACHO ABC 15 Febrero 2006

Un marciano catalán
José García Domínguez Libertad Digital 15 Febrero 2006

Las víctimas dicen que no aceptarán una paz «sin vencedores y vencidos»
Agencias/Vitoria ABC 15 Febrero 2006

Sin manos blancas
D. MARTÍNEZ ABC 15 Febrero 2006

ZP y la verdad segada
Cristina Losada Libertad Digital 15 Febrero 2006

En Madrid, a 8 de diciembre de 2000. Esta, la final, es la única línea del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo que no desentona con el lenguaje de los sesgados tiempos que corren cinco años, dos meses y siete días después. Lo firmó un tal Zapatero, líder de la "oposición tranquila". Entonces, su política para el País Vasco y contra el terrorismo la diseñaba el equipo de Nicolás Redondo Terreros. Fue, a decir verdad, la única ocasión en la que el PSOE tuvo una política antiterrorista digna de tal nombre.

La certeza de la inexistencia de tal política me asalta al oírle a Zapatero que la excarcelación de criminales etarras es resultado del Código Penal de 1973. Lo dice mientras pide respeto por la verdad. Qué ironía. Debe de ser la suya una verdad sesgada. O más bien, segada. Pues fue su partido quien durante trece años largos de gobierno, no quiso cambiar la norma aquella. Remarcan ahora que es franquista, pero entonces no les parecía mal. Y allí estaba Zapatero, el que se ampara en el Código de la dictadura, ocupando un escaño sin voz pero con voto en el Congreso que rechazaba su reforma.

Tampoco quiso oír hablar el PSOE de la ilegalización del brazo político y los demás entramados de la banda. Y estuvo en un tris de negarse cuando lo propuso Aznar. Dirigentes socialistas clamaron que no sería entendida por la sociedad vasca, echaría gasolina en el conflicto y nutriría las filas del terrorismo. Hoy, esas mismas voces, afirman que ETA está derrotada porque ya no goza del apoyo social que, por lo visto, tenía cuatro años atrás.

Puestos a hacer memoria, los gobiernos socialistas anteriores no brillaron por su respaldo a las víctimas, que eran enterradas poco menos que en la clandestinidad. ¿Sería porque a aquellos entierros y funerales asistía, como escribía hace un año el biministro Belloch, "gentuza" y "basura hitleriana"? Y hablando de víctimas y memoria, las únicas que le merecen la mayor consideración al socialismo gobernante, como mártires de la democracia y de la libertad, son las del franquismo. Las únicas a las que no descalifican por su probable falta de objetividad.

Pero regreso al texto aquel, que Zapatero rubricó antes de que dejara la tranquilidad por el ajetreo de las manifestaciones y los decibelios de la confrontación. Allí se dice que la unidad de los demócratas frente al terrorismo debe plasmarse en torno a la Constitución y el Estatuto de Guernica. Hoy, son éstos dos papeles mojados. Allí se subraya que de la violencia terrorista no se extraerá ventaja ni rédito político alguno. Hoy, se habla de negociar, y ya nos contarán qué se pone en la mesa sino ofertas de ventajas y réditos. Allí se afirma que la legislación penitenciaria ha de aplicarse asegurando el más completo y severo castigo a los condenados por actos terroristas. Hoy, Conde-Pumpido y sus fiscales domados velan por lo contrario.

Y sigue el recuento. Se dice allí que nadie mejor que las víctimas para defender los valores de convivencia y respeto mutuo que quieren destruir los que les han infligido tal sufrimiento. Hoy, las víctimas se hallan bajo sospecha y son acusadas de politización partidista. Allí se acuerda movilizar a la sociedad contra los terroristas. Hoy se trata de desmovilizarla. Allí se advierte que ETA debe perder toda esperanza. Hoy, ZP no hace más que pregonar la esperanza. Y es curioso, la paz, ese mantra de ZP y su corifeo, sólo se menciona en aquel documento un par de veces, y siempre acompañado de otra palabra: libertad. Que es aquello que ahora quieren segar.

Las víctimas, el ojo del huracán
Kiko Rosique Periodista Digital 15 Febrero 2006

Si hubiera que hacer política pensando en las víctimas del terrorismo, no bastaría con negarse a hablar con ETA, ni con dejar claro quién es el vencedor y quién el vencido, ni con ignorar sus reivindicaciones o la situación de sus presos. Habría que sacar a todos los etarras de la cárcel, atarlos a una mesa y ponerlos a disposición de los familiares de los muertos para que los hicieran rodajas con una motosierra. Son tan flagrantes la injusticia y el dolor que les ha tocado sufrir a esas personas reales, de carne y hueso, que solivianta oír hablar de la opresión de entes abstractos como las naciones, que ni sienten ni padecen. Pero no se hace política pensando en las víctimas. Primero, porque sería inicuo, infantil, fácil y perezoso ignorar las motivaciones y el sufrimiento que también arrastran las personas no menos reales de la otra parte. Y, sobre todo, porque la obligación de los gobiernos no es velar por los muertos de ayer, sino por que no siga habiéndolos mañana.

Las víctimas, el objeto de la polémica y la discordia en las últimas semanas, son, efectivamente, el ojo del huracán; el foco central pasivo de una vorágine que les rodea y acosa, pero en el que no tienen derecho a intervenir. Esto ha ocurrido siempre y en todo lugar, y bien lo saben los dos grandes partidos de España. Actúan en consecuencia cuando han de llevar el timón del país y adoptan la postura a la que creen que pueden sacar mayor rédito electoral cuando están en la oposición. Ninguno puede dar lecciones al otro en este sentido. Tanto el PSOE como el PP han tratado de negociar con ETA y ambos instrumentalizan por igual a las víctimas, magnificando verbalmente la importancia que no les dan (que no pueden darles) con los hechos y alabándolas hasta límites sonrojantes por los escrúpulos y la mala conciencia que inspira todo aquél que ha sufrido de verdad. En los propios partidos y en la población donde han de echar sus redes de pesca de votos.

Desde todos los rincones del espectro político se califica a las víctimas de ejemplo y referente moral para todos los españoles, ya que han sido heridas o han visto morir a sus familiares por defender la democracia. Cuando, en realidad, salvo las personas que han sido primero amenazadas y luego asesinadas por no plegarse a las exigencias de la banda terrorista, la mayoría de los fallecidos y todos sus parientes no han defendido nada; han sido escogidos como objetivo por lo que representa su gremio para el esquema mental fanático, oligofrénico, deshumanizador de los etarras, o simplemente pasaban por allí. Luego, los que han sobrevivido han tenido que salir adelante con penas o dificultades superiores al común de la gente, y encima sin poder tomarse la revancha porque el entorno o sus propias capacidades no lo permitían. Pero haber sufrido no les confiere un mérito especial, como tampoco nos lo otorga, por mucha condescendencia que le echen los bienpensantes, al resto de personas a quienes nos ha tocado padecer una tragedia de las consideradas traumáticas. Por decirlo claro, a mí me resultaría ofensivo que me colgaran medallas sólo por haber tenido mala suerte y no haber reaccionado pegándome un tiro.

Por supuesto, el haber sufrido una experiencia dramática explica y justifica muchas de las cosas que hacen las víctimas, incluidas su negativa rotunda a consentir el diálogo con ETA y la creciente politización de asociaciones como la AVT. Para empezar, porque todos estamos politizados de algún modo, pero, además, en este caso específico es perfectamente natural que la mayor parte de los familiares de los asesinados por ETA se sientan respaldados por el PP más que por ningún otro partido. Los populares han sido tradicionalmente los menos dispuestos a hacer concesiones a los terroristas o los más partidarios de entender el conflicto como un enfrentamiento entre buenos y malos, según se mire, y éste es el enfoque mejor equipado para calar en personas que han sufrido muchísimo y sienten que se les debe, cuando menos, una reparación que en cualquier caso será siempre insuficiente.

Por la misma razón, es lógico que colectivos como el Foro de Ermua y Basta Ya pasen a defender también otras tesis del PP como la vigencia de la Constitución y la unidad de España, que estrictamente no tienen nada que ver con las reivindicaciones por las que nacieron. Nadie puede abstraerse de su experiencia personal a la hora de construir su ideario, y el que haya brotado de las propias vivencias no deslegitima necesariamente un pensamiento. Pero haberlo pasado mal tampoco proporciona ningún salvoconducto para tener razón; en el debate político sólo corresponde discutir los argumentos de cada parte, fuera de los condicionantes personales que hicieron que una u otra los adoptaran. Ahí nos encontramos con que, en el plano teórico, las víctimas no tienen la misma razón cuando protestan por el desamparo en que les deja esa artificial solidaridad euskalduna entre el Gobierno vasco y el mundo abertzale que cuando pasan a abogar en positivo por una alternativa constitucional igualmente traída por los pelos. Y, en el plano práctico, es evidente que su primera reclamación pierde fuerza ante el electorado nacionalista cuando llega a verse indisolublemente acompañada por la asunción íntegra de las tesis del Partido Popular. Mucho más cuando hay otras organizaciones, como Gesto por la Paz o incluso Elkarri, que son capaces de deslindar su lucha pacifista de las adscripciones partidistas.

Éste es el drama de las víctimas del terrorismo. Su situación es, sin duda, lo más grave (lo único verdaderamente grave) del llamado conflicto vasco, pero esa misma situación les empuja a adoptar posiciones que les resta legitimidad para intervenir en su resolución e influir en la agenda política del Gobierno. Han sido los grandes perdedores del conflicto y lo serán también del proceso de paz. Cuando ETA se disuelva, explícita o implícitamente, la vida seguirá como si nada hubiera pasado para todos menos para ellos. Sin embargo, el clamor de su sufrimiento no puede detener el curso de los acontecimientos ni los intentos de alcanzar el fin de la violencia, del mismo modo que, aunque las vidas que se cobra la carretera sean infinitamente más importantes que nuestros ratos de ocio, a nadie se le ha ocurrido prohibir los automóviles ni las vacaciones.

Enrique Múgica dejó claro que las víctimas sólo pueden aceptar un final con vencedores y vencidos, y los portavoces de las diversas asociaciones de víctimas que intervinieron en el congreso dijeron que hay que "ganar", que el perdón es imposible, que no puede haber medidas de gracia con los presos etarras ni siquiera de reducción de sus penas y que cualquier concesión (política, se entiende) significaría que el terrorismo ha logrado sus objetivos. Vamos por partes.

Respecto a las cesiones políticas, el Gobierno ha reiterado un millón de veces que no va a haberlas. De hecho, es que los españoles no se las permitirían, por mucho que Rajoy, Acebes y la prensa de derechas se empeñen en pintar a Zapatero como un entusiasta de la "claudicación" que mendiga una tregua y está siempre dispuesto a facilitar "cesiones constantes". Ya sostuve en "Batasuna mantiene desactivado el conflicto vasco" que, en las negociaciones entre un Gobierno constituido y un colectivo en el que el brazo armado está virtualmente derrotado y el político fue salvado en el último extremo de perder su voz en las instituciones y la sociedad y ser fagocitado por el PNV, el sentido común sugiere que quien tiene la sartén por el mango es el Ejecutivo y, quien tendrá que ceder, los radicales vascos. De momento, es innegable que el tono de sus reivindicaciones y sus atentados ha bajado varios puntos, mientras que la única cesión del Estado ha sido con la labor política de Batasuna, que no es delictiva y debe ofrecerse como estímulo para que los abertzales abandonen del todo la estrategia criminal. El PP no se cansa de recordar que ETA no aceptará dejar las armas a cambio de nada, pero, ¿a la banda le queda otro remedio, cuando para que Batasuna logre poner en práctica su apuesta de las dos mesas de negociación todos los partidos vascos le exigen la ausencia de violencia? ¿Van a tirar los abertzales piedras contra su única baza para recobrar el protagonismo perdido? Y, en lo que se refiere a la otra parte, ¿por qué hemos de pensar que los negociadores del PSOE (que litigan muy bien, como ya han demostrado en las conversaciones sobre la LOE y el Estatut) van a ceder algo a cambio de que ETA acelere su último estertor, renunciando a aprovechar la situación de total superioridad en la que nos encontramos desde la segunda legislatura del PP?

Menos satisfacciones aguardan al lógico deseo de las víctimas de que la batalla en la que se han dejado tantas lágrimas (sin haber hecho nada por meterse en ella) termine con la rendición absoluta del adversario, con el veredicto rotundo de que había unos buenos que tenían toda la razón y unos malos que no tenían ninguna, y con éstos últimos pagando con el máximo tiempo en prisión siempre algo menos del daño que causaron. ETA no dirá que se rinde sino que es el momento de dejar hablar a los políticos y delegará en Batasuna, el Gobierno procurará que prime la reconciliación sobre la humillación y, tarde o temprano, habrá algún tipo de concesiones a los presos.

Esto no dibuja un panorama tan sombrío como se insinúa. Aunque a muchos les repugne pensarlo, también existe sufrimiento en las familias abertzales que tienen a alguno de sus miembros en la cárcel y están condenados a verle de ciento en viento a costa de recorrer la península de cabo a rabo. Nadie que piense en este asunto con un mínimo de honestidad puede dudar de ello, y se puede ser sensible al sufrimiento de las víctimas de ETA siendo a la vez consciente de que los presos etarras también son víctimas de su propio fanatismo. Sé que muchos lectores me echarán inmediatamente en cara que, si yo hubiera perdido a un ser querido en un atentado, también me conformaría con llamarles "alimañas" o "psicópatas", como se ha hecho en el congreso de las víctimas, y les negaría cualquier motivo o viso de humanidad. Pero, como por fortuna no es así, puedo intuir con la suficiente distancia que, aunque los terroristas cobren un sueldo por serlo y puedan desarrollar todo tipo de acomodaciones psíquicas para adaptarse a su oficio, desde luego han salido perdiendo con la orientación que decidieron dar un día a su existencia. Y, como lo saben, se autosugestionan para no arrepentirse. ¿Quién tiene arrestos para convencerse por sí mismo de que ha tirado toda su vida por tierra?

Los fanáticos son siempre sinceros; se juegan el tipo por la causa en la que creen, aunque ésta sea tan estúpida como una patria, y, por muy comprensible que resulte la protesta de las víctimas del terrorismo contra las condenas demasiado benévolas que les caen a unos tíos que han borrado para siempre de la faz de la tierra a uno de sus familiares, desafío a los lectores a que se pregunten a cambio de qué estarían dispuestos a entregar 20 ó 25 años entre rejas, con todos sus días y todas sus horas, con todas las privaciones vitales, sociales y sexuales que ello conlleva. A lo mejor así se dan cuenta de que las actuales condenas son un castigo suficiente. Quizá no se puedan comparar a la muerte de una persona, pero suponen en toda regla la ruina de una vida, la única que tenemos. Carecen de sentido las propuestas de aumentar las penas para los terroristas, porque el incremento no servirá de elemento disuasor (quien es lo suficientemente idiota para jugarse 20 años a la sombra va a seguir matando aunque le caigan 40 o cadena perpetua) y, por lo que respecta a la protección de la sociedad, que es el único objetivo real y encomiable de las cárceles, es un hecho cierto que, al salir de prisión, los etarras que han sufrido largas condenas nunca se reintegran en los comandos y se limitan a recibir el homenaje de los forofos.

Creo que haber mostrado desde el Estado cierta comprensión hacia el sufrimiento de las familias abertzales, con iniciativas como el acercamiento de presos o la predisposición a detectar el elemento humano que forma parte de ese colectivo habría contribuido a relajar el enconamiento y de paso a desactivar la fuerza de la base social del nacionalismo radical. No digo que fuera sencillo, cuando en Batasuna no ha surgido durante todos estos años nadie con huevos suficientes para saltarse la disciplina del terror y denunciar que, donde los dogmas etarras veían fuerzas de ocupación, cipayos o agentes políticos y judiciales al servicio del imperio, sólo había seres humanos tratando de abrirse un hueco en la vida. Pero sí que habría sido una buena estrategia para neutralizar la búsqueda victimista de la confrontación que da sentido a los nacionalismos irredentos, y que también lo será ahora, cuando, como corresponde a todos los finales de conflicto, habrá que intentar olvidar que un día fuimos enemigos y empezar a hacerle guiños a la reconciliación.

Curiosamente, le ha tocado pilotar el proceso al PSOE, que se empeña en reflotar la Guerra Civil como una contienda que enfrentó a buenos contra malos, y le resulta inaceptable al PP, a quien se le llena la boca ensalzando el pacto para cerrar heridas que supuso nuestra Transición. Con esta incoherencia consigo mismos a la que nos tienen acostumbrados, lo de menos es que los dos grandes partidos estén divididos. El que en la pasada legislatura hubiera un Pacto Antiterrorista y ahora esté roto es una circunstancia del devenir de la lucha partidista, que se debe a que entonces convenía a los dos y ahora a ninguno, pero no tiene la menor importancia. Por mucho que los medios de comunicación se rasguen las vestiduras, es lógico que, en política antiterrorista como en cualquier otro ámbito, cada uno tenga su manera de hacer las cosas y busque rentabilizarla, y ETA no saca ningún beneficio de esta desunión. ¿En qué cosas concretas le favorece que PSOE y PP se tiren los trastos con tanto denuedo? ¿Le proporciona armas, dinero, moral? ETA se enfrenta al Estado, a quien lo dirige en cada legislatura, a sus tribunales y a sus Cuerpos de Seguridad, que no se multiplicarían por dos aunque el PSOE y el PP se pusieran de acuerdo. Lo que haga la oposición le trae al pairo.

Creo que es bueno que el momento decisivo haya llegado con un Gobierno socialista. No ya porque el PSOE despierte menos recelos en Euskadi, sino porque los abertzales tienen el estímulo de que, cuando se centren en la vía política, serán los aliados naturales de los socialistas para arrebatar Vitoria al PNV, y esto les sacaría del papel secundario que llevan varios años desempeñando en el nacionalismo vasco. Y viceversa. De hecho, me atrevería a apuntar que el PSOE no corteja a Batasuna para conseguir que ETA deje las armas, sino que busca que ETA deje las armas para poder pactar con Batasuna y conjurar el peligro del Plan Ibarretxe.

En un sentido o en otro, socialistas y abertzales son las fuerzas reales que decidirán cómo termina el ciclón político vasco que se anuncia, el que puede rubricar el fin de ETA. El PP no puede aspirar más que a incordiar con algunas inofensivas lluvias tropicales. Mientras tanto, en el ojo del huracán, condenadas a padecer las turbulencias del momento sin poder tomar parte en ellas, se remueven inquietas las víctimas del terrorismo. No sé si es lealtad o deslealtad hacia ellas, pero tendrán que entender que el objetivo cabal de cualquier gobernante es que hayan sido las últimas.     www.kikorosique.com

NO ESPERES MÁS: ¡LÁRGATE PECES!

Editorial minutodigital 15 Febrero 2006

El que comenzara a gozar de notoriedad pública raíz de defender a los asesinos de ETA en el proceso de Burgos paradójicamente va a cerrar su última etapa de protagonismo público también desempañando nuevamente un papel favorable a los presos de ETA. "¿Alguien conoce alguna gestión o propuesta del tal Peces a favor de las víctimas que no estuviese ya prevista legalmente? ¿Entonces a que se ha dedicado este señor? Pues básicamente a intentar que las víctimas tragasen con la paz injusta e indigna que Zapatero
prepara."
El viejo preboste socialista, Peces Barba, ha anunciado que abandonará como muy tarde después del verano sus funciones como Alto Comisionado de Apoyo a las Víctimas del Terrorismo. Un plazo muy largo se nos antoja, teniendo en cuenta que en su transcurso puede caernos encima la tregua-anzuelo que ETA y Zapatero nos van a tender, y que este sujeto hace ya tiempo debió dimitir dado que no goza de la confianza ni el respeto de la mayoría de las víctimas, que ni siquiera soportan su presencia como bien han demostrado en el III Congreso de Víctimas del Terrorismo.

Si hace ya casi 30 años intentó como abogado defensor la absolución de los terroristas juzgados por diversos asesinatos cometidos en el agónico régimen franquista, ahora intenta convencer, o al menos dividir, a las víctimas en la necesidad de ceder ante ETA para conseguir que dejen las armas. Paz por presos fue la concesión que anunció a las víctimas que en su día tendrían que hacer. Durante el III Congreso de Víctimas del Terrorismo que se celebra en Valencia, ha tenido la desfachatez de decir que tanto él como el Gobierno apoyan que las víctimas no se conviertan en "moneda de cambio", para subrayar, en una clara insinuación hacía la AVT, que "alguna distinguidísima víctima, cuando se hizo, por parte del Gobierno del PP, la tregua posible dijo que le parecía muy bien" y "no se puede cambiar" de postura "según sea el color" de quien gobierna. El Congreso también ha hecho un llamamiento para que no se manipule políticamente a la víctimas, petición que Peces ha aprovechado para meter el dedo en el ojo a la asociación de Alcaraz.

Y es que parece que esa ha sido la principal labor como Alto Comisionado de Peces Barba. ¿Alguien conoce alguna gestión o propuesta del tal Peces a favor de las víctimas que no estuviese ya prevista legalmente? ¿Entonces a que se ha dedicado este señor? Pues básicamente a intentar que las víctimas tragasen con la paz injusta e indigna que Zapatero prepara. Una paz que la AVT considera un insulto para los muertos, porque no es más una rendición que salva la cara a todo ese conglomerado de ETA que estaba prácticamente acorralado. Y como las víctimas no tragan, el tal Peces se dedica sembrar la cizaña y a lanzar acusaciones de favoritismo de la AVT hacia el PP.

En realidad no es que las víctimas estén a favor del PP, que por cierto, siempre ha ido por detrás de la AVT, lo que sucede es que están en contra de Zapatero y el PSOE y su sucia y traidora negociación con ETA.

Como bien ha dicho Gotzone Mora, "los muertos" se vuelven "en contra" de quienes les olvidan.

LA AMBIGÜEDAD DE LA POLÍTICA ANTITERRORISTA
ROGELIO ALONSO Profesor de Ciencia Política, Universidad Rey Juan Carlos ABC 15 Febrero 2006

Diversos medios de comunicación han informado de que el Gobierno ha adoptado el referente norirlandés en su política hacia ETA. La experiencia antiterrorista en Irlanda del Norte ofrece importantes lecciones en la lucha contra ETA siempre y cuando el paralelismo se establezca con rigor y no con la mera intención de respaldar decisiones políticas previamente asumidas como necesarias. Es decir, la tergiversación de las enseñanzas que se desprenden de las respuestas gubernamentales frente al IRA puede ser enormemente perjudicial para la desaparición del terrorismo en nuestro país y de la capacidad de coacción de la organización terrorista ETA. Así lo sugiere la ineludible conclusión de que el IRA ha logrado recuperar parcialmente por la vía política lo que perdió cuando su violencia fue contrarrestada con medidas antiterroristas que devinieron en una eficaz presión política, policial, social y judicial, precedente que podría trasladarse al ámbito vasco si se cometiesen errores de los que creíamos haber aprendido en España.

A fecha de hoy, el IRA sigue siendo una organización involucrada en actividades delictivas, recopilación de inteligencia y financiación hasta el punto de haberse convertido en «uno de los más sofisticados grupos criminales del mundo», en palabras de uno de los máximos representantes del ministerio británico para Irlanda del Norte. Cierto es que el IRA no pretende reanudar su campaña de asesinatos sistemáticos consciente de los elevados costes políticos que ello le generaría. Sin embargo, la complacencia por este último punto ha llevado a subestimar lo perjudicial que ha resultado para la democracia y la normalización política aceptar la perpetuación de la organización terrorista mientras su brazo político, el Sinn Fein, se fortalecía a cambio del táctico y selectivo silencio del IRA. Con una cierta similitud, en nuestro ámbito se corre el riesgo de confundir la debilidad operativa de ETA y su cálculo estratégico de no mantener una campaña de asesinatos altamente costosa en términos políticos, particularmente tras los atentados del 11 de marzo, con una supuesta voluntad de la organización terrorista por desaparecer de la escena política.

Esta interpretación se ve favorecida por las expectativas que el presidente del Gobierno viene alimentado sobre el «principio del fin de ETA». Esa confianza se sustenta en la declarada creencia de un hipotético distanciamiento entre ETA y Batasuna: puesto que la organización ilegalizada desea concurrir a las elecciones municipales de 2007, se vería obligada a exigir a su brazo armado un alto el fuego. Esta lógica ha derivado en una indulgencia hacia Batasuna evidenciada en la celebración de su reunión en Anoeta en 2004 y en la permisividad con la que se pretendía tolerar otro acto propagandístico como el del pasado enero en Baracaldo de no haber sido por la presión ejercida por diferentes actores, siendo muy relevante en este sentido la carta que el Alto Comisionado para las Víctimas del Terrorismo, Gregorio Peces-Barba, dirigió al fiscal general del Estado. «Toda tolerancia en relación con lo que pudiera ser una falta de respeto a la legalidad produciría daños irreparables para el funcionamiento del Estado de Derecho», destacaba el Alto Comisionado poniendo de manifiesto el problema que subyace bajo determinadas respuestas frente al terrorismo. Es ese preocupante y peligroso escenario de tolerancia e impunidad el que se vislumbra a pesar de que desde el Gobierno se repite que su estrategia no reportará ningún precio político a favor del terrorismo y en contra del Estado. No obstante, la ambigüedad constituye un pilar fundamental de dicha estrategia favoreciéndose así precisamente la obtención de unos réditos políticos para el terrorismo.

Esta ambigüedad emana de la declaración aprobada en el Congreso en mayo de 2005 pese a que se insiste en que dicha resolución plantea claras y muy duras exigencias a ETA. Sin embargo, contenidos clave de la misma son deliberadamente ambiguos permitiendo muy contradictorias interpretaciones. En ella el diálogo con la organización terrorista se condiciona a que ETA manifieste «una clara voluntad para poner fin a la violencia» mediante «actitudes inequívocas que puedan conducir a esa convicción». Aparentemente esta fórmula establece unos límites al diálogo que favorecieron un amplio respaldo a la proposición aprobada en el congreso, pero al mismo tiempo alienta la confusión al no precisar con absoluta claridad cuáles son las obligaciones que se le exigen a ETA. Es decir, en una hipotética situación de tregua la interpretación de cuáles deben ser las «actitudes inequívocas que puedan conducir a la convicción» de que ETA desea concluir su campaña es susceptible de crear una mayor división entre los principales partidos. En realidad, el doble diálogo con ETA y Batasuna, diferenciado pero simultáneo, que ya se acepta desde el Gobierno, favorecería los intereses del movimiento terrorista rebajando las normales exigencias democráticas.

En primer lugar, supone reconocer a ETA como interlocutor legítimo asumiéndose como positiva y suficiente una mera declaración de alto el fuego aunque ésta no equivalga a la total desaparición del grupo terrorista. De ese modo la anunciada promesa de legalización de Batasuna deja de ser un incentivo eficaz para el abandono definitivo del terrorismo favoreciendo por el contrario un contexto en el que el Estado puede verse tentado de facilitar la vuelta a la legalidad del brazo político aunque no sea a cambio de la desaparición y del desarme verificable de ETA y de su entramado terrorista. El motivo es que se genera una dinámica mediante la cual la organización terrorista deja de constituir una carga para el brazo político, pues es precisamente la existencia de dicha organización terrorista la que le garantiza a Batasuna concesiones diversas y un injusto fortalecimiento, derivándose de todo ello una lógica legitimación de los argumentos de quienes justifican y legitiman la violencia como la consecuencia de condiciones no democráticas. El paralelismo con Irlanda del Norte es claro. Gerry Adams y Arnaldo Otegi demandan concesiones bajo pretexto de que sólo así lograrán convencer al IRA y a ETA de la necesidad de dejar la violencia. Sin embargo, Adams ha perpetuado deliberadamente la existencia del grupo terrorista mientras reforzaba su perfil político. De ese modo se ha coaccionado a la sociedad al prometerse la desaparición del IRA al tiempo que continuaba infringiendo la ley mediante la extorsión y otros métodos criminales auténticamente mafiosos. La implícita amenaza que supone esta actitud ha colocado una gran presión sobre la sociedad y las víctimas del terrorismo del IRA transformando el «proceso de paz» en un injusto instrumento de coacción.

Se tiende a limitar el precio político que el Estado habría de pagar al ámbito de los presos etarras, argumentándose que las circunstancias políticas habrían cambiado y que el objetivo último de la paz así lo exigiría. Apréciese cómo determinados movimientos tácticos de ETA, entre ellos el anuncio del cese de sus actividades terroristas en un contexto de debilidad en el que resulta poco rentable la reactivación de los asesinatos, podrían facilitar un escenario en el que bajo el pretexto de una modificación de las «circunstancias políticas», principios esenciales de la democracia y de la lucha antiterrorista fueran abandonados, incluida la máxima recogida en la resolución del congreso de que «la violencia no tiene precio político». Así ocurriría si la separación de poderes en la que se sustenta nuestro sistema democrático fuera ignorada con el objeto de favorecer beneficios penitenciarios con la excusa de que políticamente ciertas medidas son imprescindibles para el avance del «proceso de paz». Ciertamente esa parece ser la consideración de los denominados «expertos del Gobierno», tal y como se desprendía de la información publicada por «El País» el 5 de diciembre de 2005 en la que se leía lo siguiente: «El futuro de los presos será el eje de las conversaciones entre el Gobierno y la banda. Será la clave de esa parte de la negociación. Los expertos confían en que la previa declaración del cese de la violencia terrorista cambie el clima de opinión sobre esta cuestión. Las encuestas reflejan hoy una opinión mayoritaria reacia a la adopción de medidas de gracia para presos condenados por terrorismo». El mismo diario informaba el 4 de febrero de 2006 de que una mera declaración de tregua sería suficiente para que Zapatero acudiese «al Congreso para declarar abierto el proceso de paz» con objeto de proponer «la apertura de un diálogo del Gobierno con ETA para buscar una salida a los presos», iniciativa que «desbloquearía el diálogo entre todos los partidos vascos, incluida la ilegalizada Batasuna, para reformar el Estatuto vasco».

En su decadencia, grupos como IRA y ETA buscan perpetuarse coaccionando a actores políticos y sociales mediante la promesa de una desaparición que no llega si la respuesta gubernamental se traduce en concesiones que demuestran la eficacia de mantener a la organización terrorista, pues esta presencia garantiza contraprestaciones que sin ella no se producirían. Dicha dinámica favorece la peligrosa legitimación de quienes han utilizado la violencia obstaculizando una verdadera normalización política y el logro de la paz. Es por ello por lo que un diálogo paralelo entre el Gobierno y ETA, al tiempo que los partidos discuten con Batasuna la reforma del marco estatutario, consolidaría un grave déficit democrático. Las negociaciones políticas se realizarían sin la desaparición de una organización terrorista cuya mera declaración de cese de actividades violentas no constituye una prueba inequívoca de su voluntad de poner fin a su existencia. Como el referente norirlandés demuestra, la mera presencia de una organización terrorista condiciona procesos políticos en los cuales participa el partido que la representa al favorecer una coacción que en absoluto incentiva su definitiva disolución.

Zapatero, en la encrucijada
Editorial ABC 15 Febrero 2006

AUNQUE no fuera su intención, el anuncio hecho por Gregorio Peces-Barba de que abandonará el cargo de Alto Comisionado para las Víctimas del Terrorismo después del verano constituye un serio contratiempo -más de imagen y táctica que de contenidos- para la política de Rodríguez Zapatero en esta materia. Más aún, si a las pocas horas de anunciar su renuncia, ETA respondía al «estamos en el inicio del principio del fin» del jefe del Ejecutivo haciendo estallar un coche-bomba en la localidad navarra de Urdax. La banda terrorista muestra su «disposición al diálogo» metiendo presión al Gobierno y poniendo al servicio de su siniestra estrategia lo manifestado el pasado viernes por el jefe del Ejecutivo tras el Consejo de Ministros. ETA maneja los tiempos y parece marcar los suyos al presidente, situado en una peligrosa encrucijada por su propia imprudencia e ingenuidad. El momento, sin duda, no es el mejor. Y el escepticismo exhibido por Peces-Barba en las últimas semanas en torno al final de ETA resulta ahora especialmente revelador.

El Alto Comisionado no ha ocultado ciertas diferencias de criterio, no menores, con el Ejecutivo, aunque las planteara con suma moderación. En concreto, pidió expresamente al fiscal general que instara la prohibición del Congreso de Batasuna en Baracaldo, cuando tanto Rodríguez Zapatero como Conde-Pumpido se habían limitado a defender el derecho de reunión de los convocantes. Al final, y en el último minuto, el fiscal general se adhirió a la petición de prohibición del acto y de nueva suspensión de las actividades de Batasuna. Es posible, en efecto, que la decisión de Peces-Barba de abandonar el cargo después del verano -lo que también crea una situación de provisionalidad que va a dificultar su interlocución- no sea producto de la discrepancia con Rodríguez Zapatero. Es posible, pero no es probable, tanto por los antecedentes, como por el momento en el que la hace pública, en pleno Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo, marcado por la polémica ausencia del presidente del Gobierno, algo objetivamente incómodo para quien ostenta el mandato de Zapatero para atender a esas víctimas.

El cargo y el nombramiento de Peces-Barba se crearon con un doble vicio de origen, que ahora también ha pasado factura. El Alto Comisionado para las Víctimas del Terrorismo se creó fuera de todo consenso con el Partido Popular, al igual que la designación de Peces-Barba, al margen del comité de seguimiento del acuerdo antiterrorista y como institución privativa del Gobierno para la relación con las víctimas. Por otro lado, este órgano se legitimó sobre las declaraciones de Pilar Manjón en la Comisión del 11-M y desveló la intención del Gobierno de restar protagonismo a las víctimas de ETA ante el inminente cambio de rumbo en la política sobre terrorismo. A estas carencias iniciales se unieron decisiones y manifestaciones muy desafortunadas por parte de Peces-Barba, que le enemistaron con la Asociación de Víctimas de Terrorismo, como ayer quedó patente en el Congreso que se celebra en Valencia, y abrieron un abismo con el Partido Popular. Peces-Barba no tiene la confianza de la mayoría de las víctimas a las que tenía que amparar, y así es imposible ejercer sus funciones.

La renuncia del Alto Comisionado implica necesariamente un fracaso de Rodríguez Zapatero, que apostó personalmente por el cargo y por la persona. Roto el Pacto Antiterrorista, inhibida la Ley de Partidos, alarmadas las víctimas, este adiós de Peces-Barba cierra un balance provisional de la política antiterrorista del Gobierno que debería preocupar seriamente a Zapatero. El fracaso es aún más grave si se aborda la renuncia de Peces-Barba desde la óptica del presidente del Gobierno, pues si es cierto que se acerca un proceso de paz, nunca habría tenido tanta justificación -y utilidad- un cargo como el Alto Comisionado, precisamente por su labor con unas víctimas a las que afectará directamente ese supuesto proceso de negociación. Pero Peces-Barba también dio ayer una clave que puede tener mucho que ver con esta expectativa, al afirmar que comparte las dos reclamaciones básicas de las víctimas, expresadas en el Congreso de Valencia: que no se las manipule políticamente y que no haya «paz por presos». Con este planteamiento, más la probable información de que dispusiera, cabe pensar que Peces-Barba ha considerado que el futuro proceso de paz traerá trances muy duros para unas víctimas a las que será difícil atender en sus demandas de justicia. Sobre todo porque el Alto Comisionado tiene claro, como sugirió ayer, que Rodríguez Zapatero negociará con ETA en cuanto haya una tregua. Una retirada a tiempo.

Las esperanzas que siega y hace crecer ZP
EDITORIAL Libertad Digital 15 Febrero 2006

Horas antes de que ETA mostrara en forma de bomba en Navarra, la clase de "paz" que está dispuesta a pactar con el Gobierno, el Alto Comisionado para las Víctimas, Gregorio Peces-Barba, y el propio Zapatero daban una buena muestra de hasta qué punto está justificado el rechazo y la desconfianza de las víctimas y de la mayoría de los españoles ante la política "antiterrorista" emprendida por el gobierno del 14-M y sus socios separatistas.

El Alto Comisionado para las Víctimas ha tratado ahora de tranquilizarlas asegurando que no habrá "paz por presos" y que, sin un previo cese de "hostilidades" por parte de ETA, "no habrá negociación".

Si los presos y su impunidad no van a ser moneda de cambio, ¿por qué Peces Barba dijo a las víctimas que sí lo serían? ¿Por qué dijo Zapatero a Savater que sí lo serían? ¿Por qué dijeron "fuentes socialistas" a El País que sí lo serían? ¿Por qué dice, entonces, Peces Barba que sí habrá negociación si se produce ese cese de "hostilidades"? Si no se va a negociar medidas penitenciarias, y tampoco se va a negociar otras medidas políticas, ¿de qué se va a negociar, entonces? No contento con ofender la memoria, la dignidad y el derecho a la justicia de las víctimas, Peces Barba pretende ofender, también y hasta última hora, su inteligencia y su más elemental sentido común.

Váyase ya, Peces Barba. No espere a septiembre. Váyase de una vez con su desprestigio a cuestas, y contribuya con él, desde la Carlos III, al de la Universidad española. Pero hágalo ya. Hay rumores infundados que vinculan su marcha con discrepancias con Zapatero, quien no habría tolerado que no compartiese su optimismo ante "el inicio del principio del fin de la violencia". La única verdad que usted ha dicho al reconocer públicamente la actitud envalentonada y desafiante que muestran los terroristas, no le hace, por ello, merecedor de seguir en un cargo en el que no ha hecho más que tratar de neutralizar y dividir a las víctimas.

En cuanto a Zapatero, máximo responsable del envilecimiento y la inmoralidad política que padece nuestro país, baste señalar las patéticas explicaciones de "agenda" que la vicepresidenta ha tenido que improvisar para justificar la ausencia del presidente del Gobierno en el Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo celebrado en Valencia. Eso, por no hablar de las propias declaraciones de Zapatero en el homenaje a la víctima de ETA, el jurista y presidente del Tribunal Constitucional Francisco Tomás y Valiente, donde el presidente también ha vuelto a suprimir de su vocabulario la palabra "justicia" para remplazarla por la palabra "paz".

Errores de dicción aparte, ha dicho Zapatero que "el terror ha segado muchas vidas, pero no podemos segar la esperanza del fin de la violencia". Nadie ha segado más esperanzas de derrotar al terrorismo que Zapatero, una vez que decidió aliarse con los separatistas y romper el pacto antiterrorista y por las libertades que le unía al PP. La "esperanza" que ha segado ZP es el de la mayoría de las víctimas, aquellas que no sufren el síndrome de Estocolmo y que no están dispuestos a envilecer la palabra "paz" confundiéndola con un proceso de negociación con los terroristas incompatible con la observancia del Estado de Derecho.

Las esperanzas que han retomado fuerza con la política de ZP, son las de los terroristas. Y estos no la ocultan sino que cada vez se muestran más envalentonados y confiados, incluso hasta cuando tienen que acercarse a un Tribunal de Justicia.

Destrucción de España
Emergencia nacional
Defensa de la Nación Española
Fundación para la Defensa de la Nación Española Libertad Digital 15 Febrero 2006

Los españoles habíamos comenzado el siglo XXI con un interesante debate sobre nuestra nación, no exento de rasgos reivindicativos; basta recordar los títulos publicados en torno al año 2000. Lamentablemente, muy poco tiempo después la situación ha girado hacia la mayor incertidumbre: hoy nadie sería capaz de decir si España, efectivamente, sigue siendo una nación. No estamos en un debate teórico; estamos ante una cuestión que afecta muy de cerca a todos los ciudadanos. Afecta a nuestra libertad y a nuestra igualdad, tanto en el plano individual como en el plano colectivo. La nación garantiza todo eso. Si la nación desaparece como marco de la vida política, los derechos de los españoles sufrirán menoscabo. Eso es lo que tenemos ahora mismo en el horizonte: un paisaje de emergencia nacional.

No hace falta entrar en profundas disquisiciones sobre el concepto de nación para defender lo esencial. La nación, nuestra nación, tiene puntos de referencia muy concretos que están por encima de ese debate, también por encima de cualquier "dimensión teorética". Hay una ley que nos une a todos y que garantiza la solidaridad entre todos. Hay una historia que nos singulariza, colectivamente hablando, y que nos dice quiénes somos. Hay una cultura que nos describe cómo somos y que nos abre a los otros hombres, a las otras naciones. Hay un territorio, estable durante siglos, que nos dice dónde estamos. Estas realidades construyen un marco conceptual y político que sirven de lugar de encuentro para todos, de izquierda y de derecha. Al menos, así sucede en casi todas las naciones.

Por supuesto, la ley es mejorable, pero sólo si contribuye a aumentar la solidaridad, no si se propone romperla. También la historia se puede y se debe revisar y examinar, pero sólo bajo elementales criterios científicos de verdad, no alimentando historias-ficción con finalidad partidista. Asimismo, la cultura se puede entender de manera más o menos elástica, pero no para desgajarla en culturas locales construidas por la arbitrariedad política. Por su parte, el territorio se puede ordenar y reordenar, pero no para debilitar los lazos que unen al conjunto.

Lo grave es que hoy, en España, estamos viviendo el proceso contrario. Se está reformando la ley de tal manera que la unión se debilita y la solidaridad mengua. Se está rescribiendo la historia en términos ajenos a la realidad de los hechos, con el propósito de condenar sumariamente la trayectoria nacional española. Se está fraccionando la cultura hasta el punto de borrar o atenuar los elementos de identidad común –por ejemplo, el idioma– y subrayar los rasgos que alimentan el particularismo. Se está alentando una reorganización del territorio que aspira, demasiado obviamente, a crear barreras dentro de la nación.

Más allá del debate político cotidiano –aunque siempre presente en él–, esta es la situación creada hoy en España. Sin duda por causas múltiples, el hecho es que hoy estamos en un momento de emergencia nacional. La nación se está evaporando ante nuestros ojos. España se borra.

¿Y esto es malo? Evidentemente, sí. Una nación que levanta barreras en su interior perjudica a todos, tanto individual como colectivamente. Una nación que fracciona su cultura, subraya los particularismos y difumina los elementos comunes, está sembrando el suelo para la división y el conflicto. Una nación que condena su historia camina directamente hacia el suicidio colectivo. Una nación que pone su ley al servicio de los intereses particulares y locales, contra la solidaridad de todos, es un contrasentido monstruoso y, además, un retroceso histórico.

Frente a este estado de cosas es preciso defender una serie de convicciones fundamentales. A muchos podrán parecerles obvias, pero ya no lo son. Para empezar: España es una nación. La libertad de los españoles y la solidaridad entre ellos descansa sobre esa idea. Tenemos una historia y una cultura comunes que conforman nuestra realidad colectiva. Amar eso es el patriotismo, que no es un vicio, sino una virtud. En una nación política no caben otras naciones. El Estado tiene la función de garantizar la libertad y la solidaridad dentro de la nación. En cualquier nación europea, éstas son cosas casi naturales, aceptadas por todos. En España, no. Es razón más que suficiente para instar a la defensa de la nación española.

Vigilantes de la dignidad
TONIA ETXARRI El Correo  15 Febrero 2006

t.etxarri@diario-elcorreo.com/

No están dispuestas a que se les quite la dignidad, en un proceso de negociación con ETA. Ahí están las víctimas del terrorismo. Y tanto les ha costado llegar a ocupar el lugar de reconocimiento del que disfrutan ahora, que no quieren que cuando se escriba la Historia aparezca una gran mancha de olvido en la referencia a los cuarenta años en los que el terrorismo les hizo la vida imposible. Se han ganado a pulso su estatus actual, el de ser la voz de la conciencia de los gobiernos de turno, a pesar de que todavía tienen que aguantar que se les diga de un partido, que el otro les manipula. O que son unos desestabilizadores. O que tienen que «tragar» y ser «generosos».

Quizás, por todo eso, los ex presidentes de este país que están en plenas facultades, quisieron dejar su testimonio personal e intransferible en el Congreso de las Víctimas celebrado en Valencia. Todos menos uno, Zapatero, que se encuentra ante una encrucijada. O no tuvo valor de aguantar el recibimiento presumiblemente nada cálido que le habrían dedicado los asistentes al Congreso. O tuvo el gesto medido de evitar dar un peso político a los colectivos de víctimas , ahora que se están perfilando los escenarios de los futuros diálogos para la paz. Ahí está el quid de la cuestión.

En sintonía con esta percepción (que las víctimas hablen, pero poquito, y que no influyan nada en la política que la hacen los partidos y los parlamentos) está el Gobierno vasco. Su portavoz Azkarate, sí aboga porque se acompañe a las víctimas en su dolor, pero (es decir: por otra parte) hay que seguir trabajando para alcanzar la paz, quiere decir que nos encontramos ante dos caminos. Y el que señalan las víctimas no conduce a la normalización de Euskadi, tal y como la sueñan los nacionalistas.

En ésas estaban todos cuando el socialista López, que había perdido tanto protagonismo mediático como el lehendakari Ibarretxe, reaparece para explicar cómo ve el reglamento de la mesa de partidos que deberá constituirse después de que ETA anuncie el cese de su negociado. No hay nada mejor para distraer la atención en pleno 'guirigay', que salir a la escena con un ataque de 'reglamentitis'. Los vicios adquiridos en los aparatos de los partidos han hecho estragos. El nacionalista Urkullu también baja al ruedo.

Mobiliarios aparte, las víctimas salen reforzadas de este Congreso. Nadie las ha elegido. No son un partido. Ni un lobby. Pero tienen tanta autoridad moral que en este proceso no habrá quien las pare. Y tendrán que tener el protagonismo que se merecen. Mal que les pese a tantos políticos de salón. Su vigilancia es tan necesaria para la dignidad democrática que ayer la propia Maixabel Lasa advertía que, si se paga un precio político al fin de la violencia, supondría un ultraje a la confianza de la sociedad en el Estado de derecho. Con la verdad por delante.

La soledad de los muertos
JOSEBA ARREGI El Correo 15 Febrero 2006

A causa de la verdad que manifestó aquella empresaria vasca con su pregunta de por qué ser vasco era tan asfixiante, la posibilidad y la necesidad de hablar de los valores que la cultura occidental tiene que defender ante los ataques que sufre, como se ve con claridad en el debate provocado por las viñetas describiendo a Mahoma, tienen que quedar relegadas, al igual que la asociación provocada por el hundimiento del ferry en el mar Rojo con la novela Lord Jim de Joseph Conrad, o la oportunidad de escribir sobre el aniversario de Heinrich Heine o del menos conocido Dietrich Bonhoeffer, ajusticiado por los nazis poco antes de su definitiva derrota: la asfixiante realidad vasca urge de nuevo.

Todavía no ha llegado. No sólo la desaparición de ETA. No sólo la derrota politica definitiva de ETA. Todavía sigue existiendo y amenazando -no otra cosa es el terror: utilizar la violencia en un acto discriminado e incluso sin consecuencias mortales para seguir atenazando a parte de la ciudadanía con el miedo a ser objeto de atentado; algo que se olvida cuando se dice que los últimos atentados de ETA no causan daños personales: !vaya si los causan!, que se pregunte, si no, a muchos empresarios-. Y casi nadie, por no decir nadie, tiene la seguridad de que haya interiorizado la necesidad de su propia desaparición. No tenemos, pues, paz todavía, porque ETA no ha desaparecido derrotada policial, judicial y políticamente.

Tampoco ha llegado la palabra que se dice que todos esperamos escuchar de Batasuna: que condenan la violencia, o en su defecto -tremenda e injustificada concesión- que exija a ETA que deje de usar la violencia terrorista y ésta haga caso. No, en lugar de ello escuchamos cosas como que vamos ganando, el Estado ha entrado en crisis, el Estado, los jueces, la policía, la ley, los demás partidos políticos son los que ponen obstáculos a la paz que proponemos. Pero seguimos como seducidos mirando la boca de su portavoz para escuchar por fin la buena nueva que nos libere de nuestros sufrimientos. Y lo haremos durante tanto tiempo como sea necesario para convencernos de que esos sufrimientos son tan autoimpuestos como la esclavitud de la que Kant quería liberar a los humanos por medio del uso de la razón.

Nada, todavía no hay nada de todo eso. Y sin embargo ya estamos hablando del día después, ya estamos hablando de coaliciones 'post pacem', estamos imaginándonos escenarios políticos y resultados electorales con todo el mundo nacionalista radical participando tranquilamente en el juego democrático. Y lo que es mucho más grave: estamos hablando, o algunos están hablando incesantemente, de reconciliación: no ha desaparecido ETA, Batasuna no condena la violencia, no hay reinserción que merezca ese nombre, no existe por parte de quienes han ejecutado el mal del asesinato, ni individualmente ni como organización, conciencia alguna del mal. Tampoco hay conciencia del mal que ha supuesto el asesinato por parte de quienes han sido acompañantes necesarios de ese terrible viaje. No hay ni asomo de una posible petición de perdón. ¿Y se habla de reconcialiación!

Dejando de lado que se trata de una obscenidad, de pornografía pura, de una inversión total de los valores, de un desvarío completo de las conciencias, es necesario preguntarse por la razón de que se empiece a hablar de reconcialiación ahora; es preciso preguntarse por la función que desde determinadas posiciones políticas nacionalistas, y desde determinadas posiciones eclesiásticas, se atribuye a la reconciliación en el debate político de estos momentos. Porque nada es casual. Porque bien analizada la cuestión igual descubrimos que el recurso al discurso de la reconciliación esconde peores intenciones de las que se puedan sospechar a primera vista.

No es una simple torpeza. Claro que implica falta de piedad. Por supuesto que pone de manifiesto el deseo de dejar atrás una mala historia y comenzar un nuevo futuro. Pero hay más. Mucho más. Y lo que hay es bastante terrible. Lo que hay es la voluntad de algunos muchos de que el futuro se construya sobre el olvido del pasado. Lo que hay es la voluntad de algunos muchos de que los muertos se queden bien muertos, bien asesinados, y solos, y no tengan presencia alguna en la definición del futuro. Lo que hay es que algunos muchos que quieren construir el futuro con las manos libres, sin condicionantes de ninguna clase, sin límites de ninguna clase -el diálogo sin límites ni condiciones de Ibarretxe-. Lo que hay es no sólo el deseo de que desaparezca ETA, sino de poder pensar y actuar como si ETA no hubiera existido nunca. Y los muertos son memoria, son significación política, son condición, son límite. Y deben desaparecer. ¿Cómo?

Por medio de la reconciliación. Si se plantea la necesidad de la reconciliación en estos momentos en los que ETA sigue usando violencia y terror y no hay nada de lo citado anteriormente, es porque quienes hablan de reconciliación, especialmente Ibarretxe y el nacionalismo -bien secundados por algunos obispos-, creen llegado el momento de materializar su proyecto político: una sociedad vasca definida exclusivamente desde la mayoría nacionalista -el derecho a decidir no significa otra cosa-, la puesta en marcha, pues, del derecho de autodeterminación. Y si puede ser, la territorialidad. Es decir: el proyecto de ETA, pero sin violencia. Ése debe ser el resultado de la mesa de partidos. Ésa la normalización: el derecho a decidir -Ibarretxe-.

¿Pero no mataron a más de 800 ciudadanos por representar de una forma u otra la Euskadi del pacto y del compromiso, la Euskadi que huye de definirse desde las mayorías, la Euskadi diferenciada -Estatuto- e integrada -Constitución-? Claro. Por eso hay que neutralizar esa memoria sin decir directamente que se va a construir el futuro de Euskadi sobre el olvido de los muertos. Por eso es preciso encontrar mecanismos de discurso para esterilizar la memoria del significado político de los asesinados.

Una de las formas de desarrollar ese mecanismo es hablar del necesario arrope y cariño que la sociedad debe ofrecer a los familiares y amigos de las víctimas. Hasta Batasuna habla del reconocimiento social de las víctimas. Social, que no político: faltaría más. Es el mecanismo de la privatización de la memoria de las víctimas: los asesinatos tuvieron intencionalidad política -Egibar dixit-, pero no pueden ni deben tener significado político. Y se trata de una privatización peor que el uso partidista que se ha hecho y se sigue haciendo de las víctimas.

Pero no basta ese mecanismo de privatización de la memoria, no basta ese mecanismo que hurta el significado público, en el sentido de político -con consecuencias en lo que es posible y en lo que no es posible en la definición jurídico-institucional de la sociedad vasca-. Hace falta algo más. Y ese más lo ofrece la introducción, radicalmente a destiempo, del discurso de la reconciliación. Para que los nacionalistas en su conjunto puedan hacer lo que quieren hacer, definir la sociedad vasca desde el nacionalismo exclusivamente, a partir del derecho de autodeterminación, del derecho a decidir, hacen falta dos cosas: que ETA desaparezca, porque se convence de que su contribución ahora no es necesaria para alcanzar los objetivos que persigue -¿como si no hubiera alguna otra razón para que desaparezca!-. Y que los muertos no estorben con su memoria de significado político. Y para que los muertos no estorben, nada mejor que exigir ya a las víctimas que perviven, a los familiares y amigos, la reconciliación: si éstas dan el paso de reconciliarse -da igual con quién, da igual que no haya petición de perdón, da igual que ETA siga ejerciendo el terror-, los muertos quedan anulados, su significado político esterilizado, su soledad consagrada para siempre.

El discurso de la reconciliación tiene una función muy concreta en el debate político actual: derribar el obstáculo que supone la memoria de la significación política de los asesinados en la definición del futuro de la sociedad vasca. Los muertos y su memoria, las víctimas, son un estorbo. Y la forma de eliminar ese estorbo sin que se note es pedirles la reconciliación a las víctimas: enterrar el significado político de sus asesinados -porque son antes, mucho antes, sus muertos que los de toda la sociedad- para que se pueda cumplir el sueño de quienes los asesinaron.

Pretenden, los nacionalistas, hacer lo que quieren, pero con buena conciencia, con la bendición de las víctimas. Por eso hablan tanto de reconciliación. Es más que probable que consigan hacer lo que quieren. Pero los asesinados nunca les darán la bendición.

Distinciones
KEPA AULESTIA El Correo  15 Febrero 2006

La propuesta de los socialistas vascos para una política de paz no será la primera ni la última de esto que parece el enésimo concurso de ideas para el día después de la violencia. Su lectura invita a pensar que si tuviésemos que catalogar los peligros que acechan, la desmemoria sería la fuente principal de muchos de ellos. Pongamos tres ejemplos. El primero, la famosa propuesta de las dos mesas. Conviene señalar que no se trata de una fórmula novedosa. Fue avanzada allá por 1984, hace más de veinte años, cuando la negativa a la negociación política con ETA demandaba algún cauce de relación entre la organización terrorista y el gobierno para propiciar el final de la violencia. Claro que ni siquiera se intentó. Desde aquello han sido asesinadas más de cuatrocientas personas. Es cierto que, a diferencia de entonces, el declive de ETA parece irreversible; y que pueden existir razones para pensar que nos encontramos cerca de su final. Pero lo característico de la fórmula es que resulta equívoca porque quienes la proponen -Batasuna, PNV, PSE-EE, EB o Aralar- difieren en las condiciones. Y sobre todo porque un hipotético diálogo institucionalizado con ETA encierra el enorme riesgo de que ésta se sienta legitimada para fiscalizar y enjuiciar los resultados de la otra mesa. La distinción formal entre ambas no significa gran cosa en la cultura política de la izquierda abertzale.

En segundo lugar, cuando el Pacto de Ajuria-Enea de 1988 se refirió -como recuerda el documento socialista- a un «diálogo entre los poderes competentes del Estado y quienes decidan abandonar la violencia» no utilizó esas palabras por casualidad. Lo hizo porque, por un lado, entendía que el Gobierno de turno no podía representar en exclusiva al Estado de derecho ante tan sensible asunto; que se requeriría la anuencia de las fuerzas que conformaran el Legislativo así como respetar las decisiones de los tribunales. Y mencionó a «quienes decidan abandonar la violencia» y no a ETA porque entonces -como ahora- tampoco resultaba fácil imaginar en qué podía quedar la cosa si prosperaba el cese del terror organizado. Para subrayar la importancia de estos matices basta recordar que el reconocimiento de las víctimas no estuvo presente en el Pacto de Ajuria-Enea.

Por último, la propuesta socialista aboga por la búsqueda de un denominador común entre las fuerzas vascas que procure el consenso político orillando las diferencias doctrinales. Pero estos últimos años de confrontación extrema han evidenciado que el problema estriba en la distinta visión que tienen el nacionalismo y el no-nacionalismo respecto al alcance de lo político y los límites de lo doctrinal. Lo que los socialistas conciben como política invade el terreno de la doctrina nacionalista y viceversa. La cuestión es tan crucial que si el PSE-EE logra consensuar con los demás partidos las lindes que deberían distinguir la política de la doctrina habrá dado con la solución de todo el problema. Una quimera hoy por hoy.

k.aulestia@diario-elcorreo.com

Cataluña
Las trampas de la doctrina Piqué
Ignacio Villa Libertad Digital 15 Febrero 2006

Las dos polémicas provocadas por Piqué estos últimos meses en el Partido Popular son algo más que dos faltas graves de lealtad de un dirigente político con su propio partido. No estamos ante un encontronazo personal ni disciplinario; estamos ante una situación de crisis entre los populares catalanes que está llevando a la descomposición interna de su formación política en Cataluña.

La actitud de Josep Piqué está diluyendo el mensaje político del Partido Popular en Cataluña. La ambigüedad, el miedo, los complejos y la indefinición de la dirección regional ha dejado la puerta abierta a la estampida, a la reyerta interna y al ajuste de cuentas. Piqué, por encima de todo, ha conseguido algo difícil: desaparecer en Cataluña y no contar en el resto de España. Algo complicado pero que está alcanzando día a día.

Dicen desde la dirección del PP catalán que su situación es difícil y complicada y que tienen que modular su posición en Cataluña para buscar nuevos votos. ¿Qué habría hecho el Partido Popular en el País Vasco si hubieran aplicado la doctrina Piqué? ¿Qué habría ocurrido si los populares se hubieran dejado confundir en el paisaje político vasco contaminado desde el nacionalismo y desde todo el entorno de ETA? Si esa "teoría" de los populares catalanes se hubiera aplicado en el País Vasco, el PP ya no tendría representación parlamentaria en Vitoria.

Es cierto que Josep Piqué, como responsable de los populares en Cataluña, tiene un margen para la estrategia política en su comunidad autónoma. Pero esa capacidad de decisión no puede llevar a un partido a perder sus señas de identidad; esa estrategia de la blandura es la puerta de la desaparición real del panorama político. Camuflarse en una posición aguada, además de cobarde, es un error que van a pagar en las urnas. Josep Piqué y todo su equipo está edulcorando intencionadamente el mensaje del PP en Cataluña para los paladares nacionalistas, consiguiendo hacer desaparecer a un partido que se había convertido en un referente para todos aquellos catalanes que no querían caer en las redes del separatismo. Con complejos y con componendas el PP está llamado a desaparecer.

Este miércoles hemos asistido a dos nuevos "encontronazos". Primero un concejal ha pedido la dimisión de Acebes y de Zaplana. Luego ha salido el número dos de Piqué, un tal Vendrell, diciendo que Rajoy no ha estado afortunado al hablar de la situación del castellano en Cataluña. Ambos son problemas importantes por sí mismos pero, sobre todo, son la muestra de una grave situación interna que no se solucionó con el amago de dimisión.

Con este panorama, en la calle Génova no se puede dar por cerrada la crisis Piqué. Este conflicto es de largo recorrido y sólo tiene un arreglo: el cambio en el liderazgo del PP en Cataluña. Alargar esta agonía sólo conseguirá agravarla.

¿BILINGÜISMO? MUNICIPAL

Por ÁNGELES DEL POZO ABC 15 Febrero 2006

«El alcalde de esta Villa hace saber»... La fórmula del pregón municipal ha recorrido la historia de nuestros pueblos y villas desde el siglo XVI con desigual fortuna. Los pregones podían ser de dos clases: particulares, donde todo el mundo podía anunciarse de esa guisa, pagando la correspondiente gratificación, y los oficiales, que estaban patrocinados por el Ayuntamiento.

El imparable fenómeno de la inmigración ha introducido variables sustanciales en la vieja fórmula del pregón. Si antiguamente el silencio se imponía a sones de tambor, a los que acudía el vecindario para enterarse del acontecimiento anunciado, ahora se recurre al urdu. No se trata de ningún instrumento medieval para reclamar la atención del vecindario, sino de una de las 24 lenguas oficiales de la India y además, la que hablan el 8 por ciento de los paquistaníes.

No es que ambos países hayan adoptado la vieja fórmula de anunciar por escrito o a viva voz los acontecimientos de sus pueblos, por mucha alianza de civilizaciones que reclame Zapatero. Su compañero de filas en Barcelona, Joan Clos, ha patrocinado con el dinero de todos los barceloneses una campaña informativa de recogida de muebles viejos a través de folletos y carteles, para lo que ha echado mano de varios idiomas: inglés, francés, árabe, catalán y urdu. O sea, que el castellano parlante, que supera exponencialmente a la población paquistaní e india de la Ciudad Condal, que no conozca cualquiera de esas lenguas se va a quedar tan pancho, compuesto y con los muebles viejos en su casa. Y es ese mismo castellano parlante el que ha pagado la campaña de Clos con sus impuestos y, por lo tanto, reclama los mismos derechos que la minoría paquistaní que vive en Barcelona.

La moda de los bandos municipales en lenguas foráneas se extiende casi a la misma velocidad que la inmigración y la localidad valenciana de Puzol también ha recurrido al árabe para elaborar los suyos. Aunque en este caso, los inconvenientes han sido logísticos. Los ordenadores murcianos carecen, como es natural, de la grafía propia del Corán, por lo que se ha recurrido al puño y letra de un inmigrante.

A diferencia de Barcelona y para fortuna de los valencianos, el bando también ha sido redactado en castellano y valenciano. Por el momento, mucho éxito no ha tenido entre la población árabe, aunque con el tiempo... incha´allah.

Lonely
Por IGNACIO CAMACHO ABC 15 Febrero 2006

EN una guía turística de Barcelona, Lonely Planet, se propone a los visitantes el siguiente tema de conversación para amenizar sus charlas con los nativos del lugar: «¿Cómo pudo ser Carod tan tonto para negociar en secreto con ETA?». La pregunta supone de antemano dos premisas. La primera, que el viajero en cuestión tiene ganas de gresca, porque a los catalanes no les pone demasiado hablar de Carod-Rovira con el primero que llega. La segunda es más peliaguda: da por sentado que negociar con ETA es cosa de tontos. Escrito está.

Tirando del segundo hilo se puede llegar a especulaciones muy sugestivas, que desde luego ofrecen luminosas perspectivas de conversación. Por ejemplo, la de si la condición de tonto la otorga el hecho de negociar con ETA o depende de quién lo haga y de cómo. También se puede preguntar el perplejo visitante de la Ciudad Condal qué hace un tonto con tanto poder, convertido en eje de la política autonómica y hasta de la nacional en virtud de sus alianzas parlamentarias. Ampliando el campo discursivo, cabe analizar el curioso porvenir de algunos tontos en política, asunto sobre el que el cine norteamericano ha propuesto en los últimos años algunas reflexiones enriquecedoras.

La más aguda se llamaba «Bienvenido míster Chance», y trataba de un tonto -un simple, más bien; un vulgar jardinero- que llegaba nada menos que a presidente de la nación. El simple, encarnado por Peter Sellers, decía frases muy huecas que, dotadas de la solemnidad conveniente, se convertían en asertos de gran éxito. Incluso, en su simpleza, cuajaba en un aceptable gobernante, desarrollo que envenenaba el mensaje aparentemente edulcorado, y venía a sugerir por un lado que los presidentes de verdad no son mucho mejores -¿hace falta poner ejemplos?-, y por el otro, que lo verdaderamente simple no era el sobrevenido líder, sino la sociedad que lo elegía.

Otro tonto cinematográfico que adelantaba con provecho en la escala social era Forrest Gump. Su filosofía consistía en pensar que la vida es como una caja de bombones, en la que nunca sabes lo que se va uno a encontrar, y así prosperaba en una sociedad tan abierta que presume de que cualquiera puede llegar a cualquier sitio. Es cuestión de suerte y de estar en el sitio adecuado en el momento oportuno. En ocasiones, uno llega sin darse cuenta, que es lo que le pasaba a Forrest Gump, quien algunas veces se veía en la tesitura de hablar en público y, como míster Chance, soltaba alguna banalidad que era inmediatamente aplaudida como una ocurrencia muy profunda. El fondo del mensaje era muy shakespeareano: la vida no es más que un cuento contado por un idiota, llena de ruido y de furia.

En medio de esa alharaca furiosa, a veces resulta difícil distinguir a los tontos, quizá porque en el fondo la mayoría no seamos más listos. Los redactores de Lonely Planet han planteado bajo su inocente propuesta una cuestión vitriólica. Y precisamente en días como éstos, en los que negociar con ETA parece cualquier cosa menos una tontería. O no, que diría el otro.

Francesc Vicensc
Un marciano catalán
José García Domínguez Libertad Digital 15 Febrero 2006

El único independentista que en toda la historia del catalanismo demostrara no ser ontológicamente español fue el diputado de la Esquerra durante la transición, Francesc Vicensc. Lo que realmente fuese ese hombre siempre será un misterio insondable para mí; pero, desde luego, compatriota nuestro seguro que no era. Porque de castellano no tenía nada, pero de catalán menos. Bien es cierto algo había en el porte distinguido de aquel sutil crítico de arte que llamaba a tomarlo por británico, aunque la hipótesis más verosímil sea que se tratara de un marciano. Pues la prueba del nueve de la genuina españolidad son los libros de memorias de la tropa. De ahí que jamás se hubiese dado el caso de un íbero auténtico confesando en las suyas ni la mitad de la verdad, una vez llegado a ese instante postrero de la vida en el que ya sólo cabe estafar a los que aún no han nacido. Nunca, hasta que al alienígena Vicencs le dio por narrar su peripecia en este valle de lágrimas.

Viene a cuento hoy el insólito enigma Vicensc porque, mientras el paisa Puigcercós anda clamando contra la represión de la cultura y la ciencia bereber en Melilla, descubro por don Francesc los pormenores del "genocidio cultural" en la Barcelona de 1946. "Yo era uno de los pocos estudiantes –recuerda– que hablaba catalán. No es que la gente estuviera reprimida; es que se hablaba en español, que era la lengua de las personas cultas. Los catalanoparlantes o bien eran gente vieja o payeses, pero los universitarios hablaban en castellano. Todo eso de la resistencia cultural es pura invención". De paso, soy informado en el mismo volumen de que, desde un año antes, es decir a partir de 1945, ya era obligatorio para los alumnos cursar la materia de catalán en toda Facultad con estudios de Filología Románica. Y además, gracias a un nada sospechoso entrevistador de Vicensc –el plumilla y terrorista Oriol Malló– tomo nota con agrado de que, tan pronto como en 1944, se podía, a petición de los interesados, obtener versiones en catalán, valenciano, gallego o euskera en notarías y registros de cualquier documento de fe pública, según decreto del ministro Eduardo Aunós.

Seguro que Puigcercós, que por las patillas debe ser de ciencias, nunca se ha parado a pensar en esto. Pero ocurre que casi todos los que ya berreábamos por aquí, por la península, en cualquier jerigonza del sermo vulgaris distinta del castellano durante el siglo XIV, continuamos haciéndolo igual, ahora. Casi todos, pues falta un grupo: los que lo hacían en árabe. Y si no están es porque cuando un Estado tiene la voluntad de acabar con una lengua, simplemente, lo consigue. Así de simple, aunque ya sé que Puigcercós no lo admitirá jamás. Es demasiado español para eso.

«sin humillaciones, sin crueldad»
Las víctimas dicen que no aceptarán una paz «sin vencedores y vencidos»

Agencias/Vitoria ABC 15 Febrero 2006

La presidenta de la Fundación de Víctimas del Terrorismo, Maite Pagazaurtundúa, trasladó hoy al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, su percepción ante la posibilidad de un posible fin de ETA y le dijo que la mayoría de las víctimas no aceptarán una paz "sin vencedores y vencidos".

Así lo aseguró Pagazaurtundúa en una comparecencia ante los periodistas, en la que no admitió preguntas, celebrada en el Palacio de la Moncloa, donde mantuvo una reunión de casi dos horas con el presidente y el Alto Comisionado de Apoyo a las Víctimas del Terrorismo.

A la reunión asistieron también el director del III Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo celebrado esta semana en Valencia, Cayetano González; la directiva de la Fundación de Víctimas del Terrorismo María Jesús González -madre de la joven Irene Villa-, y dos representantes de la Fundación San Pablo-CEU, que participó en la organización del congreso.
En su declaración a la prensa, Pagazaurtundúa insistió en que "tiene que haber vencedores y vencidos; sin humillaciones, sin crueldad, pero tiene que haber vencedores y vencidos", y añadió que una paz construida de otro modo "nos convertirá en una sociedad que vulnerará los principios superiores de nuestro ordenamiento jurídico y que, por tanto, será una sociedad decadente".


La presidenta de la Fundación de Víctimas dijo también que los terroristas no pueden ser interlocutores sociales, que su voz no puede ser situada por encima de las de sus víctimas y que "cualquier tentación de impunidad social, política o judicial debe ser rechazada". Por su parte, Cayetano González señaló que durante la reunión trasladaron al presidente del Gobierno su "profundo malestar" por su no asistencia al III Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo de Valencia y añadió que "su ausencia ha hecho daño a España porque España es un país modélico para las víctimas".

González aseguró que Zapatero les dijo que lamenta no haber acudido al congreso, que reconoce que cometió un error y que acepta las críticas recibidas por este motivo.

Zapatero se disculpa por no haber viajado a Valencia
El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se disculpó hoy por no haber acudido al III Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo, celebrado esta semana en Valencia, ante los organizadores del mismo y la presidenta de la Fundación, patrocinadora del evento, Mayte Pagazaurtundua.

Según explicó el Alto Comisionado, Gregorio Peces-Barba, tras la reunión celebrada en Moncloa, Zapatero atribuyó su inasistencia a un error de percepción sobre la importancia de su presencia, una vez que al Congreso acudieron el Príncipe de Asturias y el ministro del Interior, José Antonio Alonso.

"Ha dicho que lo sentía mucho", dijo Peces-Barba sobre lo expresado por Zapatero, mientras que la organización del Congreso, por boca de su director, Cayetano González, elevó el tono de disculpa del jefe del Ejecutivo al asegurar que éste les había pedido "perdón".

Sin manos blancas
La Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid, donde ETA asesinó hace diez años a Francisco Tomás y Valiente, rindió ayer un homenaje al «profesor»
D. MARTÍNEZ ABC 15 Febrero 2006

A las 10:48, en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid se guardó un minuto de silencio. Previamente, profesores como Pedro Cruz Villalón o Antonio Cidoncha Martín habían explicado a sus alumnos «la figura» de Francisco Tomás y Valiente en el mundo del Derecho y la Docencia.

Y el silencio se oyó a esa hora porque a las 10:48 del 14 de febrero de 1996 el ruido de tres disparos retumbó por los pasillos de la cuarta planta de la Facultad llevándose la vida del profesor y ex presidente del Tribunal Constitucional. El etarra asesino vive ahora encarcelado en Francia en espera de defenderse en un juicio mientras su víctima sólo pudo recibir ayer un homenaje. Fue un acto en el que se mostró cariño y admiración por el profesor asesinado, pero no se vieron las «manos blancas», el símbolo que precisamente creó esta Universidad en protesta por la muerte de Francisco Tomás y Valiente y que luego acompañó a las víctimas que le siguieron.

No obstante, ayer, como todos los días, estuvieron presentes las palabras del ex presidente del Tribunal Constitucional y fue al lado de ellas donde recibió el homenaje. Y es que en la puerta principal de la Facultad de Derecho hay una lápida que recuerda el atentado con una frase del fallecido: «Cada vez que matan a un hombre... nos matan un poco a cada uno de nosotros». La escribió en un artículo que dedicó a la víctima que le precede en el listado de ETA: el socialista Fernando Múgica, acribillado también a tiros en una calle de San Sebastián ocho días antes.

Debajo de la lápida que, con letras doradas, recoge esa especie de epitafio, el rector de la Universidad Autónoma, Ángel Gabilondo, depositó un ramo de dieciocho rosas rojas. Mientras, en la calle se fue formando la concentración: unas trescientas personas -alumnos y profesores- y una bandera española suspendida entre dos árboles en la que se había escrito: «Con las víctimas». No se exhibieron pancartas; sólo algunos alumnos a iniciativa propia portaban carteles del tamaño de sus carpetas, en los que, junto a la firma de la Asociación Víctimas del Terrorismo, se leía «¡Negociación! en mi nombre ¡no!»

Tras un minuto de silencio, el rector tomó la palabra para recordar que el «movimiento» de «manos blancas» y el grito «Basta ya» nació a propuesta de los estudiantes de la Universidad Autónoma. Gabilondo destacó de Tomás y Valiente la defensa que hizo de los valores democráticos y «su firme posición a favor de los cauces constitucionales para una sociedad más libre y más justa». El nombre del profesor lo extendió a «tantas y tantas víctimas del terror» a las que quiso hacer llegar «una vez más nuestra solidaridad».

A continuación, el discurso del rector tomó una dirección más política. En este sentido, dijo que la «palabra» de Tomás y Valiente «sigue resultándonos aún más indispensable. En un contexto en el que la necesaria controversia se confunde con la confrontación verbal, donde la expresión de las diferencias se lee en demasiadas ocasiones como la negación de los argumentos del otro» o cuando «las buenas razones constitucionales se utilizan como arma arrojadiza». Más adelante, Gabilondo pidió que la «palabra que el amó libere los espíritus y confirme nuestras convicciones, lejos del vocerío interesado de los quieren patrimonializar los valores y cerca de quienes luchan por la defensa y difusión de las libertades». El discurso y el homenaje terminó en aplauso y con prisas de muchos de los asistentes para llegar a tiempo al acto que en memoria del asesinado se celebró en el Tribunal Constitucional.

De regreso a las aulas, algunos alumnos polemizaban sobre la negociación con ETA.
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