AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 26 Marzo  2006
Paz con Iva
IGNACIO CAMACHO ABC 26 Marzo 2006

El nacionalismo lingüístico catalán
MIGUEL PORTA PERALES * ABC  26 Marzo 2006

La ETA, señores: es «la» ETA
ANTONIO BURGOS ABC 26 Marzo 2006

Las víctimas de ETA y la justicia
EDITORIAL Libertad Digital 26 Marzo 2006

Desde el escepticismo ante la tregua
Ernesto Ladrón de Guevara elsemanaldigital 26 Marzo 2006

Ganar la guerra, perder la paz
Ignacio Cosidó Libertad Digital 26 Marzo 2006

Cigüeñas
JON JUARISTI ABC 26 Marzo 2006

La paz aparente
PEDRO ARIAS VEIRA La Voz 26 Marzo 2006

El Archivo de la Corona
Editorial HERALDO DE ARAGÓN  26 Marzo 2006

El impuesto revolucionario tripartito
Daniel Sirera Libertad Digital 26 Marzo 2006

"La Iglesia vasca carece de piedad para los no nacionalistas"
Juan Delgado elsemanaldigital 26 Marzo 2006

«La única buena noticia es que el Estado venza finalmente a ETA»
C. MORODO La Razón 26 Marzo 2006

Cauta esperanza de las víctimas del terrorismo ante la nueva situación
Elsemanaldigital.com  26 Marzo 2006

Historia de una aberración
GERMÁN YANKE  ABC 26 Marzo 2006

La mayoría de los españoles quiere que el Gobierno sólo negocie con ETA su rendición
EL MUNDO 26 Marzo 2006

Las cuentas claras
Cartas al Director El Periódico 26 Marzo 2006

Paz con Iva
IGNACIO CAMACHO ABC 26 Marzo 2006

ESTÁBAMOS equivocados: la paz sí tiene precio. Precio político. Si no lo tuviese, no estaríamos ahora mismo discutiendo hasta dónde puede ser lícito pagar. Toda la grandilocuente palabrería oficialista de estas horas no es más que logomaquia circunstancial, cháchara envolvente, verbalismo de ocasión. Si llega la paz, vendrá con una factura.

La política antiterrorista de los últimos años sí se basaba en la idea de no pagar ningún precio, porque partía del concepto de la resistencia. El Estado lucharía sin tregua hasta la rendición del enemigo; si ésta se llegase a producir, podría haber un detalle con los presos menos involucrados en la carnicería. Y punto; era un camino de sangre y lágrimas asentado sobre un criterio de rocosa firmeza moral. Pero en el momento en que el Gobierno cambió de premisa para priorizar la posibilidad de un acuerdo, el concepto dominante pasaba a ser el de la negociación. Y negociar implica ceder. Lo que vamos a presenciar a partir de ahora es un debate sobre los límites de esa cesión.

Desde el punto de vista pragmático, quizá se trate de una estrategia adecuada. Importan las realidades, no los conceptos; la meta, no el camino. Y puede que el presidente Zapatero, en su osadía, conozca bien a nuestros compatriotas y analice con tino la dominancia de las éticas indoloras en una sociedad blanda, acomodada y permeable. Desde el prisma moral las cosas son algo más rígidas: cualquier acuerdo implicará la aceptación de que la violencia ha resultado de algún modo útil.

Porque lo de los brazos en alto que dijo Bono no se lo cree nadie, ni mucho menos Bono. Es cierto que ETA ha podido decidir, bajo un potente síndrome de agotamiento, «bajar la persiana», pero si lo hace es porque ha constatado la posibilidad real de obtener ahora algún beneficio. Si le parece escaso, le quitará el polvo a sus armas y encontrará en su cínico código el modo de echarle a alguien la culpa. Y si resulta generoso constituirá una ominosa humillación, una imborrable vergüenza nacional.

Como el proceso ha de ser necesariamente largo, nadie va a poner sobre la mesa sus bazas claves en un primer momento. Más bien al contrario: estamos en la fase de máxima exigencia. Eso sale en cualquier manual de negociación de los masters más baratos. Por ello los etarras hablan de autodeterminación y el Gobierno de entrega sin condiciones. No habrá ni una cosa ni otra, pero se van a discutir contrapartidas. Marcos legales para los batasunos, mesas de partidos, estatuto, referéndums, alivios penales, reinserciones subvencionadas... Al final dependerá de nosotros, de los ciudadanos. De los límites de exigencia moral que seamos capaces de imponer a la clase política. Y, sobre todo, de los que nos impongamos a nosotros mismos. De la solidez del fondo de nuestra dignidad colectiva.

Porque precio, lo que se dice precio, ya lo hemos pagado en vidas. 851, para ser exactos. Ésa es la verdadera factura. Demasiado cara para añadirle el Iva de una deshonrosa ignominia.

El nacionalismo lingüístico catalán
MIGUEL PORTA PERALES * ABC  26 Marzo 2006

LA cuestión de la lengua en Cataluña vuelve una y otra vez. ¿Qué ocurre este invierno? Sin novedad en el frente: una doble ofensiva -ideológica y política- del nacionalismo lingüístico catalán. La ofensiva ideológica gira alrededor de la idea de lengua propia. En efecto, para el nacionalismo catalán de derecha e izquierda en Cataluña hay una, y sólo una, lengua propia: el catalán. ¿El castellano que usa habitualmente la mitad de los ciudadanos? Hay que suponer que se trata de una lengua impropia. El asunto -más allá de la discusión sobre la extraña idea de lengua propia- resulta preocupante porque el nacionalismo catalán, amparándose en la idea de lengua propia, impulsa el fundamentalismo y el monolingüismo. Impulsa el fundamentalismo, porque afirma que la lengua catalana constituye la esencia del ser catalán -Pasqual Maragall en la Feria del Libro de Guadalajara 2004: «La lengua catalana es el ADN de Cataluña»- al tiempo que identifica lealtad lingüística catalana con lealtad nacional catalana. O lo que es lo mismo, la lengua castellana -que se habla en Cataluña desde hace siglos- es percibida como una lengua ajena, una lengua extraña, una lengua extranjera propia de un país ajeno, extraño y extranjero llamado España. El nacionalismo catalán impulsa el monolingüismo porque, amparándose como decíamos en la idea de lengua propia, planea convertir -para empezar- el catalán en la única lengua de la Administración catalana. Esto es, de la función pública en general y de la escuela, la sanidad, la justicia, los medios de comunicación públicos y la política en particular. Y el objetivo se está consiguiendo: en Cataluña, el castellano está marginado -a veces, excluido- en la escuela, en los medios de comunicación públicos, en las ventanillas de la Administración, y en la actividad política oficial. ¿El uso de la lengua castellana? El signo de una preocupante y peligrosa desnacionalización que se debe corregir. Y con la excusa de que el uso del castellano es sinónimo de uniformidad, con la excusa de que la lengua catalana puede desaparecer, se lleva a cabo una política lingüística que impulsa la uniformidad en lengua catalana y la marginación o exclusión del castellano.

Durante más de veinte años -práctica que se ha acentuado en los últimos meses, con la llegada del tripartito al poder-, la Generalitat de Cataluña lleva promoviendo de forma sistemática una ofensiva política de normalización e inmersión lingüísticas -en catalán, por supuesto- cuyo objetivo no es -como se afirma- la extensión del conocimiento del catalán entre los ciudadanos y los estudiantes, sino la sustitución del uso del castellano por el del catalán. Es así como se aprueba una ley que obliga -bajo sanción económica: señores, ahí tienen el primer impuesto lingüístico del mundo- a que los establecimientos privados de atención al público estén rotulados al menos en catalán. Es así como se ha constituido recientemente una Oficina de Garantías Lingüísticas que por medio de una denominada «Hoja de queja o denuncia» invita a que el ciudadano delate -la «Hoja» pide el objeto de la queja o denuncia, el día y hora de los hechos, el nombre y dirección de la empresa denunciada, los hechos, y la «Petición de la persona que rellena este formulario»- a aquellas empresas que no usan el catalán. Es así como las denuncias por no utilizar el catalán fueron 505 en 2002, 783 en 2003, 797 en 2004, y 920 en el primer semestre de 2005. Es así como la Generalitat de Cataluña incumple una resolución del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña que insta a que en las hojas de inscripción escolar aparezcan dos casillas -una para la enseñanza en catalán y otra para la enseñanza en castellano: actualmente sólo aparece la del catalán- para que los padres puedan marcar la cruz donde deseen. Es así como las nuevas migraciones son sumergidas únicamente en la lengua catalana en las llamadas «Aulas de acogida». Es así como en el pleno del 16 de febrero de este año los miembros del Parlamento de Cataluña -excepción hecha del grupo popular- se ausentan del hemiciclo cuando un diputado se atreve a cuestionar la política lingüística de la Generalitat. Es así como los diputados huidos -menudo nivel de democracia, tolerancia y discusión, el de la Cámara catalana- tildan al interpelante -un tal López, por cierto- de «indigno», «provocador», «mentiroso» y «manipulador». Es así como el Parlamento de Cataluña da otra vuelta de tuerca y refuerza la inmersión lingüística acompañándola de una serie de medidas económicas que aseguren la viabilidad del Consorcio para la Normalización Lingüística. Es así, en fin, como el cuatripartito parece haber conseguido que el Gobierno de Rodríguez Zapatero dé el visto bueno a un proyecto de nuevo Estatuto de Cataluña que exige el conocimiento -adiós a la libertad fundamental de circulación- del catalán para los funcionarios públicos.

¿Qué hacer con la cuestión de la lengua en Cataluña? ¿Qué alternativa al monolingüismo excluyente por decreto del nacionalismo lingüístico catalán? Por ejemplo: deconstruir la dicotomía lengua propia versus lengua impropia, que sólo busca levantar fronteras identitarias o «nacionales», en beneficio del concepto de lengua común; asumir que una parte muy importante de la cultura catalana-española, o española-catalana, se ha construido y desarrollado en Cataluña y en lengua castellana; afirmar la libertad individual de uso lingüístico y reconocer que el ciudadano tiene derecho a utilizar la lengua que le convenga, plazca o interese; modificar la legislación vigente para que sea el hablante quien escoja la lengua y no al revés. En definitiva, en Cataluña no se debe imponer, ni restringir, ni marginar, ni excluir, ni penalizar ningún uso lingüístico. Y eso, en la convicción de que el bilingüismo no es un problema que resolver, sino una riqueza que conservar.

(*) Crítico y escritor

La ETA, señores: es «la» ETA
ANTONIO BURGOS ABC 26 Marzo 2006

VALE, aceptamos Euskadi Ta Askatasuna como animal de compañía...

Porque en caso contrario te acusan de que estás contra el final del terrorismo, y contra la paz, que no quieres que la ETA desaparezca y deje de matar. Y que tú, y tú, y nadie más que tú, como en el bolero, eres causa de mi desencanto, de que todo esto, tan en tenguerengue, se vaya al garete.

Vale, pues: a barajar y a repartir.

Pero no paguemos también el alto precio de asumir el lenguaje de la ETA. No aceptemos la derrota del lenguaje. No adoptemos como expresión de la democracia el lenguaje que quiere imponer la que hoy por hoy, y mientras no se demuestre lo contrario, es una banda de asesinos protegida por unas siglas y un programa. (Decía la otra noche por la radio, con toda la razón, mi admirado Jaime González: si los violadores, los carteristas, los atracadores o los asaltantes de chalés se constituyen en asociación bajo una siglas y muestran su «voluntad» de no violar más, no robar más carteras, no atracar más bancos y no asaltar más chalés, ¿también se les hace la vista gorda y el Estado de Derecho entrega la cuchara?).

Si aceptamos el «alto el fuego», entendemos que ha habido dos bandos en lucha, cuando solamente uno de ellos ha pegado los tiros y en el otro, Miguel Ángel Blanco se limitó a poner la nuca para que no cediera el Estado ante mucho menos de lo que ahora quieren conseguir.

Si aceptamos el eufemismo de «fin de la violencia» es que reducimos al terrorismo asesino a la condición de «juego violento» en el fútbol o de «violencia» en las gradas de sus estadios. Vamos, cuestión de tarjeta amarilla y de Ultrasur.

Si aceptamos llamar «autodeterminación» al separatismo, y «lucha armada», aunque le pongan fin, al asesinato, a la bomba, a los tiros, a los explosivos, al tristemente famosísimo 9 milímetros Parabellum, es que aceptamos implícitamente el terrorismo como forma de acción política y enseñamos el camino a quienes quieran conseguir lo que quieran: poner mil muertos encima de la mesa de negociación y prometer cumplir el mandamiento de «no matarás».

Si aceptamos llamar «impuesto revolucionario» a la extorsión, aunque cese también su cobro con el «alto el fuego permanente», es que le concedemos a la ETA la condición de Estado, hasta con su agencia tributaria recaudadora.

Si aceptamos la engañifa de llamar «proceso de paz» a lo que haya de venir, es que damos por descontado que aquí ha habido una guerra, cuando, insisto, el constitucional Reino de España no ha estado en guerra con nadie.

Y, sobre todo, el artículo: por favor, no digamos ETA, suprimiendo el inculpatorio artículo determinado. El que aplicábamos a El Lute, El Arropiero, El Tempranillo. Aun arrepentido y saldadas sus cuentas con la justicia, Eleuterio Sánchez sigue siendo El Lute, no «Lute» a secas. Aun disuelta y con todas sus armas entregadas, la ETA debe seguir siendo «la» ETA. ¿No decimos siempre «el» Sinn Fein cuando hablamos de Irlanda? ¿No decimos «la» Mafia y no «Mafia» a secas? ¿A qué entonces el guiño de ese familiar y como cómplice ETA, con elisión del artículo, para referirnos a «la» ETA? Al menos que quede así, la ETA, cuando gracias a Dios hablen ya de ella sólo los libros de Historia. La Historia que ahora, con dignidad, con memoria, sin olvidos, sin mentiras, tenemos la responsabilidad de escribir desde la firmeza del Estado de Derecho.

Las víctimas de ETA y la justicia
EDITORIAL Libertad Digital 26 Marzo 2006

El Gobierno fue insistente y rotundo. Sólo respondería a un comunicado de ETA en el que anunciara el abandono de las armas. El comunicado ha llegado y no sólo no anuncia la renuncia de las armas, sino que afirma que la suspensión de su actividad criminal está condicionada a unos objetivos políticos que suponen la suspensión y la entrega del orden constitucional. Renovar el chantaje al que somete a la sociedad española, recordando qué objetivos exige a cambio de dejar de matar no sólo no significa renunciar a la violencia, sino que es un nuevo uso de las mismas.

ETA no iniciaría esta operación política, en la que no ha renunciado a nada, si no fuera para cumplir mejor sus objetivos. El ha seguido una política que es un fracaso exactamente en la misma medida en que pueda llamarse antiterrorista. Para transformarla en un éxito, vistiendo el reforzamiento de ETA y su entorno de un aparente avance hacia la “paz”, necesitaba urgentemente de este gesto de la banda asesina. Una operación siniestra, porque hace pasar por virtud un proceso de entrega institucional ante los terroristas, del que el Gobierno se ha negado a marcar los límites.

Pero se enfrenta en esta operación a no pocos obstáculos. No es el último de ellos la voz de las víctimas de los terroristas. Su sola presencia recuerda la medida de la maldad de los asesinos, recuerda sus crímenes. Un recuerdo que es incómodo porque pone sobre la mesa de negociación la miseria moral de unos terroristas que no solo no han entregado las armas y a ellos mismos para ponerse a disposición de la justicia, como debían haber hecho, sino que no han mostrado un solo gesto de arrepentimiento. Y es con ellos, que no representan al País Vasco como pretenden y que basan su fuerza en su actividad criminal, con quien se sienta el Gobierno.

Por eso; porque son el contrapunto ético ante el inmoral espectáculo del Gobierno ofreciendo el Estado de Derecho y la unidad de España como pago a ETA por su gesto, José Luis Rodríguez Zapatero lleva desde que alcanzó el poder en una estrategia de acoso y derribo contra las víctimas del terrorismo. Ellas han renovado su justa llamada a la justicia frente a la impunidad de los asesinos. El Gobierno no está en esa onda, y prefiera hablar de paz, de la paz del ciudadano que cede ante el mafioso, de una paz que pasa por la renuncia a las virtudes más preciadas en una sociedad: el derecho frente a la arbitrariedad, la justicia frente al crimen, la libertad frente a la imposición asesina. La sociedad española debe arropar a las víctimas una vez más, porque ellas representan todo lo valioso de nuestra democracia, todo lo que el Gobierno de Rodríguez Zapatero está dispuesto a poner sobre la mesa de negociación.

Desde el escepticismo ante la tregua
Ernesto Ladrón de Guevara elsemanaldigital 26 Marzo 2006

ETA ha anunciado un alto al fuego permanente. No ha anunciado su disolución. ¿Lo hará?

ETA ha puesto precio político a su renuncia a las acciones terroristas: que España y Francia permitan un "proceso" en el que el Pueblo Vasco "decida" su futuro, evidentemente con Navarra y los territorios de más arriba de los Pirineos. Eso es lo que ha dicho en pocas palabras.

¿Y si no se permite la llamada "autodeterminación" de Euskal Herria?

¿Habrá terrorismo de baja intensidad? ¿Seguirán aprovisionándose y reorganizándose mientras dura el "alto el fuego"? ¿Volverán a la práctica del terrorismo cruento? ¿Desarrollarán tácticas de acoso y extorsión? ¿Renunciarán definitivamente a la revolución con métodos que alteren y desborden el Estado de Derecho?

No voy a hacer presunciones de ningún género. Ahora debemos esperar, apoyar a las autoridades para desactivar a ETA si respetan el marco jurídico y constitucional, y dejar un paréntesis para ver el desarrollo de los acontecimientos; lo cual no es óbice para manifestar el escepticismo, que es un estado del ánimo subjetivo basado en experiencias que nutren un conocimiento objetivo.

Parece oportuno hacer referencia a algunas citas de Sánchez Albornoz en El drama de la formación de España y los españoles (1973) como elementos que nos den la pauta de lo que puede ser admisible para no alterar el signo de la historia, y como homenaje a quienes han sufrido persecución o muerte por defender la libertad o la verdad de nuestro pasado colectivo:

"Si no olvidamos la furia enemiga con la que los españoles combatieron entre sí de 1936 a 1939 y la furia homicida con la que se mataron durante muchos meses en las dos retaguardias, podremos añadir una nueva prueba de la renovada resurrección de nuestro primitivo estilo de vida cada vez que se rompían los diques del encantamiento de la fecunda convivencia.

Al forjar la España futura no deben olvidarse otras realidades. Vasconia y Cataluña han ordeñado y siguen ordeñando a su placer la vaca española. Galicia no ha sido oprimida por Castilla sino por sus caciques locales. Y ellos y políticos de todo el cuadrante geográfico hispano: gallegos, asturianos, vascos, catalanes, mallorquines, levantinos, andaluces, extremeños... han gobernado a España y, en primer lugar a Castilla. En un siglo, sólo tres o cuatro castellanos han ejercido muy pasajera acción sobre la vida política nacional española.

Podrán idearse fórmulas de convivencia muy distintas para articular la España del futuro. Pero, que no se sueñe en volver a hacer a Castilla la cenicienta de la Península. Hermandad política sí, pero, con igualdad fiscal para todos los que quieran seguir siendo españoles. Y punto final al ordeñamiento de la vaca española".

"Alto el fuego" de ETA
Ganar la guerra, perder la paz
Ignacio Cosidó Libertad Digital 26 Marzo 2006

El último comunicado de ETA, en el que anuncia la suspensión de sus atentados, tiene un doble significado. Por un lado, es una prueba más de que el Estado de Derecho puede ganar su guerra al terror. Pero el comunicado significa también que la democracia puede terminar perdiendo la paz con los terroristas. No sería justo, ni digno, ni razonable que después de haber vencido a ETA en el campo de batalla, al coste de tanta sangre inocente derramada y de tanto sufrimiento, nos rindiéramos ahora ante ella en una mesa de negociación. Los terroristas pueden y deben ser derrotados y ningún comunicado, ninguna tregua, ni ningún anhelo de paz, por legítimo que sea, debería apartarnos ya del camino de la victoria.

El "alto el fuego permanente" decretado por ETA es en alguna medida una última victoria de Aznar sobre los terroristas. La extrema debilidad que la política antiterrorista de los gobiernos del PP provocó en la banda asesina es la razón principal, como reconoce el propio Gobierno socialista, que ha llevado a los terroristas a intentar arrancarnos en una mesa de negociación lo que ya no podrían lograr a base de bombas y asesinatos. Ahora, la gran responsabilidad de Rodriguez Zapatero, pero también de todos nosotros, es no transformar esa victoria del Estado de Derecho en una derrota de la democracia española.

Ya antes del anuncio de tregua, Rodriguez Zapatero se apropiaba y alardeaba impúdicamente de los tres años sin victimas mortales por parte de ETA. Lo cierto es que la mayor parte de ese éxito se debe al daño que la eficaz política antiterrorista liderada por Aznar infligió a la "estructura operativa" y, aún en mayor medida, al "aparato logístico" de la banda terrorista. Hay evidencias probadas de que en los años 2003 y 2004 ETA intentó matar, pero no pudo. Que en ese periodo no hubiera atentados no es mérito de la predisposición de Zapatero a entablar un diálogo con los asesinos, sino de la eficacia de las fuerzas de seguridad del Estado, de un Poder Judicial implacable en la aplicación de la ley, de una cooperación internacional que se comprometió a fondo en la derrota del terror y, sobre todo, de una determinación política y social para vencer al terrorismo que lideró de forma contundente José María Aznar.

No es menos cierto que a partir del verano de 2004 ETA empieza a hacer de esa debilidad virtud, gracias a la aparente predisposición de Rodriguez Zapatero de hacer concesiones a los terroristas. A partir de esa fecha se han producido, es cada vez más evidente, conversaciones entre miembros de Batasuna, en nombre de ETA, y miembros del Partido Socialista en el País Vasco, en nombre de Zapatero, que han desembocado en el comunicado de "alto el fuego permanente" anunciado por ETA el pasado miércoles. Ha sido un diálogo no sólo secreto, sino sistemáticamente ocultado a la opinión pública y a la oposición política.

Pero ha habido algo más que diálogo en todo este tiempo. Han existido "gestos" por parte del Gobierno que en realidad no son más que concesiones evidentes para lograr arrancar una tregua que diera cobertura al proceso ya en marcha. La lista es larga, pero estos pagos anticipados han ido desde una invitación formal a los terroristas por parte del Congreso de los Diputados para iniciar el diálogo, hasta diversas actuaciones del fiscal general del Estado tendentes a moderar los efectos penales de sus crímenes, pasando por una política de tolerancia respecto a la creciente presencia de una organización terrorista como Batasuna en la vida pública. Frente a ello, ETA respondió intensificando su campaña de atentados, de extorsión y de terrorismo callejero para tratar de demostrar una fortaleza en parte reconstruida, pero que tiene en realidad mucho de apariencia.

El "alto el fuego permanente" declarado ahora por ETA, en un comunicado que manipula el lenguaje hasta límites que deberían resultar repugnantes para cualquier demócrata, resulta no sólo insuficiente, sino muy poco creíble a la luz de las tristes experiencias del pasado. Es insuficiente porque lo único que los demócratas podemos esperar de ETA es el anuncio de su disolución y una petición de perdón a sus victimas por todo el daño causado. Por mucho voluntarismo que se ponga en la lectura del último comunicado es difícil encontrar un mínimo reconocimiento de su derrota o un átomo de arrepentimiento. Es además poco creíble porque hasta un optimista antropológico como Rodriguez Zapatero no cesa de pedir cautela, calma y prudencia.
A pesar de que el presidente del Gobierno enfatiza que no pagará precio político por la paz, mi percepción es que se ha pagado ya un precio excesivo por arrancar una declaración que no supone el fin de ETA, sino tan sólo compromete un cese de los atentados. Hacer de esa declaración la justificación para iniciar una negociación formal con los terroristas constituiría un grave error y una enorme irresponsabilidad.

La reacción del Gobierno tras el comunicado no ha sido además nada alentadora. El presidente ha mostrado ya una total predisposición a negociar no se sabe muy bien qué con los terroristas. Lo ha anunciado sin esperar siquiera a informar y reunirse con el líder de la oposición. Por su parte, el fiscal general del Estado ha hecho unas inaceptables declaraciones comprometiendo la independencia del Poder Judicial. Mientras, desde medios próximos al Gobierno se ha urdido una burda maniobra para tratar de involucrar a la Casa Real en el proceso. Sinceramente, no son buenos augurios.

Pero lo más preocupante sería la aceptación por el Gobierno del método de las dos mesas sugerido en Anoeta por Otegui. Aunque el pago político a los terroristas se transfiera a una mesa en la que ETA se limite a estar representada por Batasuna, y aunque se difiera algo ese pago en el tiempo, la aceptación por el Estado de las demandas formuladas por los terroristas a través de esa segunda mesa no dejaría de ser pagar un precio político por la paz. En ese supuesto, Rodriguez Zapatero habría transformado la victoria del Estado de Derecho sobre ETA, a la que él mismo contribuyó con el Pacto por las Libertades, en una derrota de España y de la democracia ante el terror. Mariano Rajoy, el Partido Popular y el conjunto de la sociedad española tenemos ahora la inmensa responsabilidad histórica de que eso no ocurra.

Ignacio Cosidó es senador del Partido Popular por Palencia.

Cigüeñas
JON JUARISTI ABC 26 Marzo 2006

ME llama un amigo desde Bilbao. Nacionalista sui generis, no simpatiza con el PNV y detesta a ETA/Batasuna. «Ojalá este alto el fuego sea definitivo -me dice-, porque así podríamos verte más a menudo por aquí». Miro el hermoso cielo de Alcalá de Henares y recuerdo la canción eusquérica de Iparraguirre: «Es verdad que hay en todas partes lugares buenos, / pero el corazón dice: vuelve al País Vasco». ¿Qué te dice el corazón? No vuelvas ni para heredar, en el dudoso caso de que te esperase allí alguna herencia. Olvida a Iparraguirre y acuérdate de Cernuda. A sus paisanos: «No me queréis, lo sé, y que os molesta / cuanto escribo. ¿Os molesta? Os ofende. / ¿Culpa mía tal vez o es de vosotros?». Como las cigüeñas complutenses, hace tiempo que decidí prescindir de retornos estacionales. Algunos riesgos han desaparecido, es cierto, de modo permanente aunque no definitivo (y agárrenme esa mosca por el rabo), pero subsiste el de la gripe aviar.

La gripe aviar, en su versión nacionalista, convierte los países en granjas avícolas. Inmensos gallineros donde hay que cloquear al unísono. ¿Qué prefieres ser, pingüino en Finlandia o gallina en Azcoitia? Ni esto ni aquello: cigüeña en Alcalá de Henares. Crotoraré en las torres solitarias. Cazaré ratas en los vertederos. Veré pasar las nieves rigurosas, los mezquinos chubascos y los soles candentes. Pero, por Tutatis, no pondré un huevo más en tus montañas, ay tierra vasca, rincón querido (sería, además, un huevo no apto para el paladar cromañoide). Porque no dejaré de escribir lo que escribo y os molesta y os ofende y no hay sitio para gente como yo en la paz acorralada que vais a disfrutar en adelante.

No era cuestión de paz, queridos míos. Era de libertad de lo que se trataba. Os habéis vuelto a equivocar. A ETA no se le pedía que no matase. Se le exigía que desapareciera. ETA era la zorra que masacraba a las gallinas díscolas y ahora la habéis puesto a guardar el corral, en la confianza de que todas las gallinitas serán felices. Lo dice la zorra, zorrunamente: todas las gallinas vascas, raza homologada, contribuirán al proceso. Llenas de dicha, decidirán sobre las condiciones y el destino de la puesta mientras la zorra dormita, con un ojo abierto. Arquíloco ha tirado el escudo y, ¿qué había detrás? Un erizo. El erizo de Arquíloco sólo sabe una cosa. La zorra sabe muchas más. Por ejemplo, desplumar gallinas. Por ejemplo, hacerse la dormida. Por ejemplo, voltear erizos y desventrarlos. Eviscerar erizos incompetentes. No era cuestión de paz. Ni siquiera de que la zorra se suicidase. Bastaba con que huyera, con que se desparramara. Puente de plata a la zorra fugitiva (instrucciones: en cuanto cruce el río, volar el puente). Pero la zorra se queda. Vigilante. Al acecho, no vaya a ser que erizos o cigüeñas pretendan colarse en su corral propio, o sea, en corral ajeno. Ya decidirán democráticamente las gallinas qué tipo de relaciones desean mantener con erizos, cigüeñas y canguros.

«Qué gris está, qué hostil el Pirineo...». Recuerda los versos de Gabriel Aresti, compuestos sobre la Fábula de las cigüeñas, del socialista bilbaíno Tomás Meabe («Cierra los ojos y duerme, / Meabe, / pestaña contra pestaña. / No es español quien no sabe, / Meabe, / las cuatro lenguas de España», escribió Aresti). Para ambos eran las cigüeñas símbolo de la libertad. Anidad en esta tierra. «Permaneced en ella», les rogaban. O daos una vuelta por aquí, de vez en cuando. Pero ya las cigüeñas no sobrevuelan mi tierra vasca, rincón querido. Se quedan en los campanarios de Soria, de Segovia, en las torres cervantinas de la antigua Compluto, bajo las que espera el Cisne de Castilla la última trompeta. Carroñean, cómo no. Cazan ratas en los vertederos. Mi mundo es de este reino. Aquí escribo. Trompeurs, c´est pour vous que j´écris (La Fontaine). Traducción al vasco de don Félix María de Samaniego: «También hay para pícaros engaño» (fábula de La Zorra y la Cigüeña).

La paz aparente
PEDRO ARIAS VEIRA La Voz 26 Marzo 2006

EL GOBIERNO sólo cumplió una parte del acuerdo con ETA en las conversaciones de Oslo y Ginebra. ETA había exigido mucho: presos fuera, un estatuto fáctico de independencia y buena posición de Batasuna en la parrilla electoral. El Gobierno parecía ir cumpliendo. De hecho aprobó un extenso y detallado Estatuto de Cataluña, primera prueba de credibilidad, cuya línea soberanista sería el modelo y cobertura para aprobar sin trabas el del País Vasco. Todas las competencias cruciales, intervencionismo a tope, poder económico y soberanía judicial. Cataluña, como después Euskadi, blindadas de cualquier influencia exterior española. Juntas, estas nuevas naciones tendrán además 66 diputados en el Parlamento de Madrid, por lo que podrán inmiscuirse y decidir en los asuntos que les interesen en lo que quede de España. La suculenta opa de Endesa es una muestra representativa.

Los problemas imprevistos aparecieron vía encuestas; esos privilegios no gustan en el resto de España y Zapatero acusa un serio desgaste electoral. Alarmados, los estrategas socialistas escenificaron la aprobación del estatuto catalán con Artur Mas, el intruso líder de CiU; afeando a Carod-Rovira, socio en el Gobierno catalán e interlocutor de ETA. Pero éstos tomaron buena nota y mandaron el aviso. No hicieron el trabajo más duro y sucio para que lo capitalizasen unos advenedizos de salón. Aunque ajustarían las respuestas, no podrían desgastar frontalmente a Zapatero; lo necesitan débil, pero no hundido. Incluso apunta indicios correctos; su fiscal general evidencia sensibilidad en el tema de los presos. Y aunque hay dificultades con jueces y víctimas del terrorismo, todo se andará. Habrá medidas de gracia para unos y gestos para los otros. Después, con la independencia judicial del futuro Estatuto vasco, se cerrará el tema. Le dan aire con la tregua pero adjuntan un mensaje: ETA no tolerará maniobras gubernamentales para la marginación política de los suyos. Batasuna debe estar legalizada y figurar en primer plano televisado. Quieren ser reconocidos como los verdaderos artífices, la vanguardia histórica de la emancipación nacional. De ahí los comunicados de ETA, maximalistas, por la anexión de Navarra, la total Euskal Herria, exigiendo a Francia y a España, alertando para la movilización.

No es lo que esperaban Zapatero y Rubalcaba. Ahora llaman al PP y le piden que se sume y sonría, que se suicide con talante. Las televisiones entonan aleluyas de la paz y los tertulianos oficiales glosan el angelismo político. La realidad es que ETA exige además protagonismo político para Batasuna; de lo contrario no se cierra el pacto. ETA no es ERC, que no se confunda Zapatero. El asunto está duro, cumplir el trato requiere mucha propaganda y que el pueblo español trague lo que le echen, se resigne y confunda la derrota de la inteligencia, la voluntad y la dignidad con la apariencia de paz y fraternidad. Y eso es muy difícil, incluso en esta baqueteada España.

El Archivo de la Corona
Editorial HERALDO DE ARAGÓN  26 Marzo 2006

NADA se oponía, en principio, a mantener y mejorar la situación de uno de los más importantes archivos históricos europeos y, con el de Indias, el más singular de los españoles. El Archivo de la Corona de Aragón, como habrá de seguir recordándose, fue creado por la dinastía de ese nombre, cuyo soberano era común a aragoneses, catalanes, valencianos y baleares, por citar sólo a los habitantes de los territorios hispanos de una Corona que abarcó buena parte de la cuenca del Mediterráneo. A ese conjunto, emplazado en Barcelona desde el siglo XIV y denominado Archivo Real de Aragón en el siglo XVIII, se añadieron luego documentos y colecciones de otras procedencias que no forman parte del mismo. Desagregar, en cualquier manera y modo, la unidad de un conjunto cuyas piezas más antiguas son milenarias y cuyo sentido reside, precisa e insustituiblemente, en su unidad -que permite contemplar el todo y seguir su evolución y complejidad de forma ininterrumpida-, sería un verdadero atentado a valores superiores no ya sólo de cultura, como es obvio, sino de concepción profunda de cuáles han de ser los valores compartidos en la España y en la Europa del siglo XXI. Que ello no haya quedado diáfanamente expresado en la tortuosa redacción del "Estatut" genera una justa preocupación, que durará mientras no se establezca con nitidez algo tan sencillo como que se mantenga unida la colección documental que siempre fue una y que esté administrada con participación igual de las partes afectadas.

Pagos a ERC
El impuesto revolucionario tripartito
Daniel Sirera Libertad Digital 26 Marzo 2006

La amenaza epistolar del secretario general del Departamento del consejero primero de la Generalitat y secretario de Organización y Finanzas de ERC, Xavier Vendrell, a empleados del Gobierno para que hagan aportaciones al partido pone de manifiesto el talante y la catadura moral de quienes hoy gobiernan en Cataluña. Se trata de un auténtico escándalo impropio de democracias occidentales. El consejero primero —el mismo que encargó tres estudios a su propia esposa— ha justificado esta actuación diciendo que todos los partidos exigen a sus militantes una cuota o aportación de su sueldo. Una cosa es que el personal de confianza política realice aportaciones al partido en el que milita y otra muy distinta es que el personal interino de la administración tenga que pagar un impuesto revolucionario a ERC por el simple hecho de trabajar para la Generalidad de Cataluña.

Estamos frente a un nuevo caso de corrupción y de chantaje intolerable del Gobierno tripartito sobre el que el fiscal debería ponerse a trabajar de manera inmediata. Bargalló también ha declarado que estas denuncias no van a forzar a ERC a votar sí al Estatuto de Autonomía de Cataluña. Desde mi punto de vista, ERC y los miembros del tripartito pueden votar lo que les venga en gana en el referéndum del Estatuto. Por mí como si se lo confitan. Pero por favor, no metan la mano en la caja. No se gasten el dinero de los catalanes en redecorar sus despachos o en encargar informes fantasma a familiares, amigos y conocidos. No extorsionen a trabajadores de la Generalitat con amenazas sobre su continuidad en los puestos de trabajo. Al tripartito le resulta muy difícil actuar de forma democrática pero si tuvieran un ápice de vergüenza deberían irse a su casa.

Los catalanes no merecemos un Gobierno así. Y el resto de españoles, tampoco. José Montilla ha reaccionado ante esta noticia diciendo que la exigencia de este impuesto revolucionario al personal interino de la Generalitat es algo que “sólo afecta a ERC y que es este partido el que debe dar respuesta a estas cuestiones”. Montilla y los socialistas justifican todo y se inhiben de todo. Miran hacia otro lado ante los continuos casos de corrupción que aparecen en su gobierno y han renunciado a defender la libertad y el estado de derecho. Son, sencillamente, colaboradores necesarios en esta extorsión. Corren malos tiempos para la libertad en Cataluña y en el conjunto de España.

Daniel Sirera es Portavoz adjunto PP en el Parlamento de Cataluña

GARCÍA DE CORTÁZAR
"La Iglesia vasca carece de piedad para los no nacionalistas"
Juan Delgado elsemanaldigital 26 Marzo 2006

El historiador y jesuita vasco Fernando García de Cortázar se ve forzado a circular por el País Vasco con escolta.

"Zapatero está consiguiendo la desmovilización ciudadana en el País Vasco", dice el historiador, quien considera que "la situación de los no nacionalistas es de mayor soledad en Cataluña".

26 de marzo de 2006. Su curriculum vitae oficial le presenta como un impulsor de la modernización de la historia. Desde luego, los hechos lo ratifican. Este bilbaíno, miembro de la Compañía Jesús, es, ante todo, un humanista. Un profesor universitario, catedrático de la mítica Deusto, que ha acercado la historia al gran público. Fernando García de Cortázar, director de más de medio centenar de tesis doctorales, director de la Fundación Vocento y de la revista de pensamiento de este grupo, ha convertido en best sellers libros como Breve Historia de España, traducido a distintos idiomas. Las claves de su éxito: su sensibilidad literaria, su formación multidisciplinar y su concepción beligerante de la ciencia.

Su última obra, Los perdedores de la historia de España (Planeta), que lleva también el camino de convertirse en otro éxito de ventas, es un libro curioso y atractivo, con una narración cuidada y rica que repasa la historia de una nación a través de una galería variopinta de personajes derrotados.

Feranando García de Cortázar, con un estilo de seda y un mensaje de hierro, sigue luchando contra la exclusión nacionalista. Esa ideología totalitaria que no le permite vivir tranquilamente y que ha trufado en el País Vasco una institución como la Iglesia.

¿Cuál es el concepto de perdedor que utiliza en este libro?
No utilizo sólo uno. Hay perdedores de batallas, perdedores decapitados por ser herejes, perdedores olvidados, perdedores exiliados... Y también hablo de perdedores que se anticipan a su tiempo. Su mensaje es rescatado años o siglos después. Normalmente, los perdedores atraen el sentimiento de mucha gente, pero hay otros que no merecen una lágrima ni una reivindicación porque fueron corruptos o porque se aferraron a un tiempo pasado.

¿Qué perdedores no merecen ni una lágrima?
Los comunistas que se trasladaron a la URSS después de la Guerra Civil. Participaron de una ideología utópica que incluye la represión y que no ha sido denunciada con la suficiente fortaleza. Otros, los carlistas, tienen mejor prensa, ya que muchos de ellos fueron aventureros, pero fue muy positivo que no triunfaran, pues en caso contrario a España le hubiera costado mucho más salir de su subdesarrollo. También hay algunos reyes de taifas que tampoco merecen ni una línea.

¿Qué nombres destacaría de la cantera de los olvidados?
Hay determinadas muertes históricas que se utilizan como arietes en la pelea política, mientras otros no tienen quien les escriba. Lluís Companys se hace muy presente en la vida política actual gracias a ERC y al independentismo político catalán. Él fue el responsable del desorden de la Barcelona revolucionaria, de la que huye George Orwell aduciendo que no aguanta la Barcelona de las partidas nocturnas y las cuadrillas asesinas. También se escapa un demócrata-cristiano, Manuel Carrasco i Formiguera, que después es detenido por los nacionales y ejecutado. Companys se exilia en Francia y tras la invasión nazi es pasaportado a España y ejecutado en Motjuich y se convierte en un gran mito del independentismo catalán. Suelo decir que hay crucificados que no son redentores, y ése es el caso de Companys. Por el contrario, Juan Peiró, un anarquista del sector más moderado de la CNT, que fue ministro en el Gobierno de Francisco Largo Caballero, que también se exilió a Francia y devuelto a nuestro país igualmente tras la ocupación alemana. Es sometido a un juicio sumarísimo en Valencia, en el cual se manifiestan a su favor empresarios, falangistas o curas que dicen que gracias a sus gestiones ellos siguen vivos. Pero hay algo aún más impresionante: parece que le ofrecieron salvarle la vida si se hacía del sindicalismo franquista. Pero él prefiere ser ejecutado fiel a su credo anarquista que traicionarlo. Me parece un personaje admirable.

¿Qué idea encierra en el fondo esta obra, que va camino de convertirse en otro éxito de ventas?
La historia es la gran disciplina que muestra el cambio individual y colectivo de una sociedad. En su metodología y en sus objetivos, no ha cambiado tanto. Y, en este sentido, estoy convencido de que por su importancia como instrumento de conciencia cívica, los historiadores debemos hacer que la historia responda a las preguntas y a las necesidades de cada momento y de cada sociedad. Este libro pretende recordar que existe en España una historia liberal que se trata de ocultar desde el nacionalismo y la izquierda. Esa marginación me parece gravísima, pues, ¿cómo se forma una conciencia nacional? Se fomenta identificándote con un objeto, en este caso España, que tiene una gran historia y no sólo una historia de centralismos y dictaduras. Este libro quiere ser también una manifestación de la historia liberal y de la historia cultural de España.

¿La derrota de alguno de estos personajes ha supuesto un daño moral importante para la nación que les acogía?
Pienso que sí. España podría haber acelerado su pulso en la línea definitiva de la conquista de los derechos y las libertades individuales si hubiera escuchado más a alguno de estos perdedores. Frente a esa imagen de España como problema, una imagen muy noventaochista, yo hablo de España como solución. La historia de España nos presenta cómo se han ido resolviendo distintos problemas que se han ido planteando a lo largo de los siglos y que cualquier tiempo pasado fue peor. Jamás España ofreció una faz más igualitaria, lo cual parece estar en entredicho desde planteamientos nacionalistas y estatutarios que están introduciendo un elemento de discordia entre los españoles.

Si le pregunto por los perdedores en los últimos ocho años de historia de España, ¿qué diría?
Un perdedor, que sin embargo ha sido un gran ganador y ejemplo de la España que cambia y se abraza a las libertades, es Adolfo Suárez. Después de su retirada en 1981, intentó volver, pero no lo consiguió. Esa condición de perdedor se refuerza por el "castigo" biológico que ha recibido. Otro es Joaquín Ruiz Jiménez, que nos hace pensar asimismo en una ideología perdedora, la Democracia Cristiana. Probablemente debería haber sido el gran hombre de la Transición porque abandona su condición de franquista y hace un esfuerzo por introducir las libertades democráticas en España. No hay nadie en los finales de los sesenta y en los setenta que se dedique más que él a sembrar la semilla democrática en España. Y cuando llega 1977, las urnas le dan la espalda y no le votan ni a él ni a otro gran perdedor como José María Gil Robles. Un hombre que ganó las elecciones en 1933 y, en cambio, consiguió acceder al poder.

Usted siempre se ha caracterizado por su critica al nacionalismo y a sus diversas ofensivas. ¿Corre España el riesgo de disgregación?
Efectivamente, desde muy temprano, he abordado los aspectos más criticables del nacionalismo -totalismo, asfixia de las libertades...- y de su credo, ultraconservador y anacrónico a la altura de 2006. Es un credo que fanatiza y con gran capacidad de destrucción de la conciencia ciudadana y de la conciencia crítica. Debemos hacer un esfuerzo por acabar con esa especie de moralismo romántico, impulsado a veces desde la propia Iglesia, que potencia a quienes se entregan apasionadamente a la idea de patria vasca aunque sea con las armas. Entiendo que nos hemos metido en una dinámica gravísima. Se trata de acabar con el espíritu de consenso de la Transición y torpedear la Constitución porque, en definitiva, los que impulsan esa política no creen en España. La situación es gravísima porque hay un partido que está cabalgando sobre esa idea y aceptando las imposiciones de los nacionalistas catalanes que, además, son una pequeña minoría.

¿A usted como católico y miembro de la Compañía de Jesús le duele la actitud de la Iglesia vasca?
Enormemente. Es una gran contradicción su falta de piedad y su continua mirada al nacionalismo. Realmente a los que no somos nacionalistas nos hacen vivir en una soledad que, aunque pueda escandalizar, es bastante normal en las congregaciones religiosas. Pero en mi caso -vivo en Bilbao y debo llevar escolta- no se ha producido esa atención normal que requiere una situación de este tipo. Sólo excepcionalmente se ha producido desde la Compañía de Jesús ese interés. Las jerarquías eclesiales están tan inmersa en el imaginario nacionalista que los no nacionalistas resultamos incómodos y unos aguafiestas para su afirmación de la nación vasca. Se trata de un proceso que se ha ido acentuando con el paso de los años. En 1975, no era tan nacionalista como ahora. Es mucho más nacionalista que su propia clientela. El papel de la Iglesia es bastante triste.

¿Es optimista como el presidente del Gobierno respecto al fin de ETA?
Nada. Me parece gravísimo que haga esas declaraciones sobre el comienzo del principio del fin de la banda. Es peligrosísimo porque le da más fuerza y alas a ETA con vistas a lo que ellos llaman negociación. Durante estos meses se está desbaratando una importantísima labor antiterrorista realizada bajo el liderazgo del PP pero con la colaboración sin fisuras del PSOE. Ahora, sin embargo, se ha introducido la división en los movimientos de resistencia al nacionalismo y a ETA y también están proliferando imágenes sobre el mundo de ETA mucho más amables que las que se están proyectando del PP desde determinadas instancias. Tiendo a pensar que ETA también engañará al actual jefe del Gobierno.

¿Es cierta esa afirmación de que "ahora no nos matan, pero desde luego no nos dejan vivir"?
No nos dejan vivir y hay casos dramáticos como el conocido de la concejala Pilar Elías. La política de José Luis Rodríguez Zapatero está llevando a la desmovilización ciudadana en el País Vasco, pues una buena parte de ella está siendo víctima del mensaje de que hay que negociar con la barbarie.

¿Qué diferencias encuentra usted entre el nacionalismo vasco y el catalán?
Ninguna. En estos momentos, lo estamos comprobando nítidamente, pues vemos las familiaridades que tienen y cómo se apoyan. El desarrollo ha sido distinto. Se podría calificar de más democrático el nacionalismo catalán, ya que impidió y cortó expresiones terroristas. A principios de los ochenta, pusieron todos los medios a su alcance para evitar que la democracia estuviera viciada como en el País Vasco. Ésa es la única diferencia. En lo demás -sus objetivos, sus medios, su carácter excluyente, su patrimonialización del territorio- son idénticos. Los catalanes han ido construyendo implacablemente la nación catalana con más intensidad que los vascos. La situación de los no nacionalistas es de mayor soledad en Cataluña que en el País Vasco. Resulta más difícil hablar de España en la primera que en la segunda.

¿Cómo ve a la sociedad española?
Crispada. Y el responsable es el poder. Me parece absurdo el permanente discurso socialista contra el PP. Después del 11-M, el gobierno salido de las urnas debería haberse dedicado a restañar heridas y a unir a la población española. Y, en cambio, se ha dedicado a presentar como no democrático ante la opinión pública al principal partido de la oposición. Esta estrategia es muy peligrosa porque aparte de esconder la pretensión de perpetuarse en el poder a toda costa, hay gente en nuestro país en la que puede calar ese mensaje, y, para colmo, los únicos beneficiados realmente son los nacionalistas. Ésos sí que tienen una ideología y unas actitudes muy poco democráticas.

Un humanista como usted, con una profunda formación teológica, ¿considera que la sociedad española padece algún tipo de dolencia moral?
Me preocupa una enormidad la facilidad con que prenden frecuentemente en nuestra sociedad determinados mensajes demagógicos. Hemos de hacer, por tanto, un gran esfuerzo para fomentar la cultura ciudadana y el pensamiento crítico. Por otro lado, es evidente la ausencia de una conciencia de España en muchos sectores, lo cual se debe a la agresividad de los nacionalistas en el pasado y en el presente.

¿Están actuando acertadamente los obispos españoles frente a lo que se ha dado en llamar ofensiva laicista del Gobierno del PSOE?
A la Iglesia le cuesta vivir en democracia, dada su raíz nada democrática y su acusada jerarquización. Su propensión a ponderar el verdadero pluralismo en su seno es escaso. Le cuesta pensar que es una voz más que, en muchas ocasiones, se debe hacer oír sólo en el ámbito de sus fieles. Determinadas actuaciones del Gobierno español no deberían escandalizar a la Iglesia. Tendría que sacar de su interior otros resortes y responder con su mensaje. No puede sacar adelante su credo en connivencia con el poder político. Además, la Iglesia no se sabe defender en muchas ocasiones; necesita de grandes asesores de imagen. No transmite bien los aspectos más maravillosos de entrega a la humanidad. Me parece también que, tanto fuera como dentro, debe convertirse en una gran valedora de la libertad, la libertad de los hijos de Dios, y creer mucho más en su propio carisma que en el Código de Derecho Canónico o en el Boletín Oficial del Estado.

¿Conocen los españoles su historia?
Tienen ideas fraccionadas de la historia, muchos nombres en su cabeza o conocen relativamente bien periodos concretos. Sí que les falta una idea de la historia de España como proceso.

¿Cuál es la clave de esa forma tan suya de divulgar la historia?
La clave es una cierta interdisciplinariedad, gracias a los estudios que he hecho y a la formación que he recibido en la Compañía de Jesús. Tengo también una concepción beligerante o misionera de la historia; ésta ha de ser eficaz y debe servir para provocar algo. Aplico a la narración los géneros literarios, transmito mi emoción y la escribo desde el presente. La historia ha de hacer un balance de malhechores y de bienhechores. Ese compromiso con el presente y con una España concreta lo agradecen los lectores. Pretendo entretener e instruir, pero también deleitar al público para lo cual procuro hacer en todos mis libros un gran esfuerzo literario.

María San Gil, presidenta del PP del País Vasco:
«La única buena noticia es que el Estado venza finalmente a ETA»

«¿Por qué hay que hacer gestos? Hablamos de una banda de asesinos y no puede haber precio por dejar de matar»
María –así la llaman todos– alude siempre a las víctimas en primera persona del plural, como si fuera una más. Y lo es. Su motivación política nace de la figura de Gregorio Ordóñez, de quien era secretaria y con quien compartía almuerzo cuando fue asesinado por ETA. Aquello fue el principio de una vocación por la «causa de la libertad» y de una fulgurante carrera hasta llegar a la Presidencia del partido. Acostumbrada a ejercer de rebelde, se irrita con la «falsedad semántica» interiorizada «por todos». «¿Qué es la paz? Aquí ya vivimos en paz si nos callamos, y yo lo que quiero es ser libre. ¿Qué es eso de la tregua? Una tregua es entre dos que se están matando, entre dos bandos iguales...». María ha conseguido brillar al margen de la figura del «padre» con gestos como «no olvidar nunca reconocer el trabajo ajeno» o ser siempre «la primera en dar ejemplo de esfuerzo». Eso dicen sus colaboradores. En casa no llevan de buena gana su trabajo, pero es un sacrificio más que exige esa «causa de la libertad».
C. MORODO La Razón 26 Marzo 2006

Madrid- La presidenta del Partido Popular vasco no duda, no se pierde en ambigüedades ni en retóricas, ni coloca acentos en función del interés del momento. En su análisis no entran cálculos electorales ni debates sobre cuestiones de formas o de talante. Para ella, el «alto el fuego» de ETA es una nueva «tregua-trampa» como la de 1998 y al PP no le queda más que «resistir», con un discurso inteligente, a la campaña de quienes van a intentar colgarle la etiqueta de que está en contra de la «supuesta paz». «Hay que tirar para adelante», afirma dentro de un mensaje en el que las víctimas siempre, de una manera o de otra, están presentes.

–¿Le parece una buena noticia el anuncio del alto el fuego de ETA?
–Como tal no es una buena noticia. No creo que pueda ni deba ser considerada como un motivo para la euforia una frase en un comunicado de ETA en el que los terroristas no anuncian su disolución ni la entrega de las armas.

–Bueno, hay quienes lo han interpretado como un paso para la esperanza. Incluso dirigentes de su partido, como Ruiz-Gallardón o Jaume Matas hicieron un primer pronunciamiento calificándolo de «buena noticia».
–La buena noticia será que el Estado de Derecho venza finalmente a ETA.

–Se la ve muy escéptica. ¿Acaso Zapatero no tiene derecho a que se le conceda la misma oportunidad que a Aznar o a González para que intente acabar con el terrorismo etarra?
–Es que esto no es una cuestión de oportunidades, y plantearlo en esos términos es una perversión porque hay que leer la historia como fue, no como nos interesa decir que fue. El caso de la tregua del 98 no tiene nada que ver con la situación actual. Entonces hubo transparencia, el Gobierno informó minuto a minuto de lo que estaba pasando; se sentó para comprobar si ETA tenía realmente voluntad de abandonar las armas, vio que no era así y cerró la puerta a ningún otro contacto. Ahora nos estamos enterando por los medios de comunicación de que lo que venimos diciendo desde hace mucho tiempo es cierto: que el Gobierno socialista lleva ya más de un año de negociación en un proceso subterráneo que ha estado negando, una y otra vez, cuando le preguntábamos por él.

–Pero si Aznar lo intentó...
–Insisto en que los precedentes hay que tenerlos en cuenta. Volviendo al caso de Aznar, con él nos dimos cuenta de que a ETA se la puede derrotar con el Estado de Derecho, ¿y por qué ahora vamos a despreciar las lecciones de la historia y a dar marcha atrás en lo que se había avanzado? En el 98, el Gobierno no dejó de aplicar la ley y siguió además impulsando medidas que ha quedado demostrado que eran muy eficaces para conseguir acabar con el terrorismo.

–El presidente del Gobierno se ha comprometido a actuar con prudencia, en el ámbito de la democracia y la legalidad, y con el máximo concurso de fuerzas políticas, con un guiño explícito al PP.
–Bien, ¿pero por qué ha hecho en estos dos años todo lo contrario de lo que exige el objetivo de derrotar al terrorismo? Llevamos dos años en los que la situación en el País Vasco ha empeorado de manera considerable: tenemos al Partido Comunista de las Tierras Vascas sentado en el Parlamento, la «kale borroka» ha resurgido, Batasuna está más crecida que nunca..., ¡si hasta la estética de la calle es bien distinta de la que había al final de la pasada legislatura!

–¿Cree que Zapatero está diciendo una cosa y va a hacer otra? ¿Tiene esa intuición?
–Mis intuiciones son demasiado subjetivas y prefiero dejarlas a un lado. Mi única certeza es la posición de mi partido, que ya ha cerrado la puerta a colaborar en cualquier proceso que suponga pagar un precio político a ETA.

–Vamos, que no se fía...
–Hay que esperar a ver qué pasa el martes en la reunión que mantendrá con Rodríguez Zapatero el presidente de mi partido. Confío en que el jefe del Ejecutivo se haya dado cuenta de que es un error renunciar a la apuesta por acorralar a ETA, porque eso sólo servirá para alentar un régimen en el que estaremos bajo la tutela de los terroristas.

–¿Pero qué tendría que decirle Zapatero a Rajoy para que no recelasen del proceso de paz?
–En el año 2003 conseguimos que la banda terrorista estuviese muy debilitada. En el País Vasco se percibía con claridad que se había cambiado de escenario, que los violentos estaban perdiendo terreno y que eran los demócratas quienes recuperábamos espacios de libertad. Pero todo lo que conseguimos avanzar con mucho esfuerzo y con muchas lágrimas se ha perdido. Ésa es la realidad desde la que partimos.

–Sí, pero yo le preguntaba sobre lo que debe hacer ahora Zapatero para que ustedes le brinden su apoyo.
–Ya, pero es que hay que mirar al futuro desde la experiencia del pasado. Zapatero debe comprometerse a no avalar la creación de mesas extraparlamentarias para negociar el nuevo marco jurídico del País Vasco, debe afirmar que los jueces y los fiscales seguirán actuando como lo hicieron con la tregua del 98, debe dar su palabra de que Batasuna no va a regresar a los ayuntamientos... Conviene tener siempre presente una pregunta: ¿queremos que esto avance desde el convencimiento de que gana la democracia o bajo la sensación de que quien está cediendo es la democracia para que gane ETA?

–Vienen tiempos en los que quizás convenga no ser demasiado cicatero en la oferta de apoyo al Gobierno para que a uno no le acusen de no querer la paz.
–Yo no estoy en esto para seguir el dictado de lo que en cada momento se considera políticamente correcto. Los hechos son los que son. El alto el fuego de ETA llega después de que el Gobierno ha estado mintiendo al principal partido de la oposición al negar que estuviese negociando, y con todo un repertorio de cesiones detrás: la Ley de Partidos ya no está operativa, el fiscal Fungairiño no está donde debía estar, Batasuna habría celebrado un congreso si no hubiese sido por mi partido y por el juez Grande-Marlaska...

–En una situación de ausencia de violencia, ¿el Gobierno no tiene ni siquiera derecho a intentar jugar la carta de la normalización política de Batasuna?
–Pero, ¿por qué hay que hacer ningún gesto con ETA?

–Ni presos.
–Tampoco. Estamos hablando de una banda de asesinos y una sociedad democrática no se puede plegar a los terroristas. Ya sabemos que podemos acabar con ETA con la ley en la mano y no puede haber precio por dejar de matar.

–¿Qué le pedirá el PP vasco a Rajoy mañana ante su entrevista con Zapatero?
–Nada. Él sabe lo que tiene que hacer. Me alegro de que el presidente del Gobierno haya decidido reunirse con el jefe de la oposición porque estoy convencida de que la unidad de los demócratas es el mejor instrumento para derrotar a ETA.

–Cargar con el cartel de que ustedes no quieren la paz, o incluso de que ustedes son los responsables de que la paz no llegue, asusta a algunos dirigentes de su partido.
–Nosotros tenemos un papel fundamental que cumplir del que no nos podemos apartar ni un milímetro: intentar que no se pague un precio político. Todo lo demás es accesorio. Porque si se paga un precio político, por pequeño que sea, ETA nunca desaparecerá, sino que nos seguirá tutelando: mientras le vaya bien, no hará nada; y cuando crea que no le va tan bien, entonces volverá a lo suyo.

–¿Por qué ese rechazo tan absoluto a la posibilidad de que ETA haya entrado en un proceso tan grande de degeneración que haga que esté dispuesta a aceptar cualquier salida? Igual que el IRA, como dice el Gobierno.
–ETA lleva 30 años matando y no va a dejar de hacerlo a cambio de nada, salvo que sea derrotada. Quien piense lo contrario es que no entiende de qué va esto. El terrorismo etarra no tiene nada que ver con el caso irlandés. Allí se mataban unos a los otros, había dos partes enfrentadas, mientras que esto no es una guerra ni hay muertos por los dos bandos, sino que unos han sido siempre los verdugos y otros, las víctimas. De ahí que sea inaceptable escuchar cosas como que «no tiene que haber vencedores ni vencidos»... ¡Claro que tiene que haberlos! Debe aplicarse la ley y quien la ha vulnerado tiene que pagar por ello. Cuando los asesinos se arrepientan y entreguen las armas, entonces podremos brindar.

–Después de tantos avisos de que «venía el lobo», al final ha llegado y les ha pillado un poco fuera de juego, ¿no?
–A nosotros no. Es lógico que ETA diese un paso más pronto que tarde porque las «mesas» se tienen que poner en funcionamiento para avanzar en ese camino que abra la puerta a la nación vasca y, luego, a la autodeterminación.

–¿Nada de lo que les explique Zapatero puede servir para que reconduzcan su decisión de no participar en la llamada «mesa de partidos»?
–Vamos a ver, hay cosas con las que no se puede jugar a distraer la atención o a amagar con que sí para que luego sea que no. A mí ya me ha llamado el lendakari Ibarretxe para convocarme a la ronda de contactos sobre su mesa multilateral, y yo ya le he dicho que no estoy para perder el tiempo. Mi postura se la he adelantado por teléfono. ¿Para qué voy a ir a hablar con él? ¿Para dar la sensación de que es que «sí» cuando es que «no»? ¿O para decirle que la mesa, en lugar de roble, prefiero que sea de haya? Entrar en el juego de las «mesas» es seguir el dictado de ETA.

–Desde Moncloa se está diciendo que hasta que no se verifique que el cese de la violencia es definitivo no se va a mover ninguna ficha.
–No tengo ninguna duda de que las «mesas» estarán en funcionamiento en unos cuantos meses. El PSE ya las legitimó en el documento que aprobó en febrero y todo se ha ido preparando para que el escenario estuviese listo para cuando llegase el momento.

–¿No le da un poco de vértigo la soledad frente a una paz que la sociedad quiere «comprar»?
–Claro que la sociedad es receptiva, pero a los políticos nos corresponde hacer un frío análisis sobre en qué consiste la paz... Mi partido, por responsabilidad, tiene que hacer un papel muy complicado, que es el de poner el punto de realidad a la ensoñación en la que muchos quieren seguir estando. Cuando la gente nos venga diciendo que «ETA ha dejado de matar», nosotros tenemos que explicar a cambio de qué, tenemos que preguntar que si quieren que la contrapartida sea una Euskadi por fin independiente... Con mil muertos detrás no podemos ahora ceder.

–¿Cree que hay una relación directa entre el alto el fuego de ETA y la definición de «nación» que recoge el Estatuto de Cataluña?
–No tengo ninguna duda. En Cataluña se ha impulsado un proceso de reforma estatutaria que es mucho más que eso. Y ahora que ya han conseguido ser una nación, ¿alguien cree que el País Vasco va a aceptar ser menos? Aquí llevan treinta años reivindicando ser nación y esto se presenta como la gran oportunidad.

–Sin embargo, no parece que entre los ciudadanos esté calando el mensaje de que España se rompe. Si ya parece que ni se lo cree la dirección de su partido cuando habla del Estatut.
–España no se rompe de la noche a la mañana. Si pudiésemos ver el futuro en una bola de cristal, la gente estaría mucho más preocupada. Seguro.

–¿ETA volverá a matar?
–Espero que no. Pero para lograrlo hay que hacer muy bien los deberes, ser muy responsables y tener siempre presente que enfrente hay unos asesinos.

–¿Se ha planteado si la paz puede tener un coste electoral para su partido?
–Éste es un asunto demasiado importante como para que hagamos ese tipo de cálculos. Es la hora de la política de Estado, de vigilar el cumplimiento de la ley y de velar por la democracia.

–¿Qué le dicen las víctimas?
–Las que yo conozco aquí en el País Vasco son escépticas. Las realidades no se olvidan y está por ver qué va a pasar. Ojalá que, al menos, el presidente Rodríguez Zapatero nos confirme el próximo martes que se ha dado cuenta de que con quien tiene que compartir la política antiterrorista es con el principal partido de la oposición, y no con los nacionalistas.

«Aquí no estamos para debates del centro»
–¿Cómo se ve desde el PP vasco el debate que alientan algunos dirigentes de su partido sobre el centro?
–No hay que hacer ni caso a ese debate del centro y de la moderación. Nosotros tenemos que seguir diciendo lo que estamos diciendo. No estamos aquí para dar gusto al PSOE o a los nacionalistas, sino para responder a las necesidades de los españoles.

–Pero al final la atención se la acaban llevando los que hacen ruido con esas cosas.
–Cada uno responde a las dificultades que tiene en sus respectivos feudos, pero sin olvidar que las discrepancias benefician a los socialistas. En las reuniones con los presidentes regionales no he visto nunca diferencias de calado.

–¿Conviene ahora aplicar la norma de la moderación al discurso antiterrorista?
–En política no todo va a ser versallesco. A veces, en algunas cuestiones, es necesario decir algunas cosas más altas que otras. Aquí en el País Vasco nos estamos jugando mucho como para que se nos diga que nos callemos.

–¿Ya se le ha pasado el enfado por la reunión de Rajoy con Imaz?
–Eso está zanjado.

COMUNICADO CONJUNTO, AVT INCLUIDA
Cauta esperanza de las víctimas del terrorismo ante la nueva situación
Elsemanaldigital.com  26 Marzo 2006

Dos asociaciones de víctimas dicen "no" a la excarcelación de etarras

Entienden que el "alto el fuego permanente" establecido por ETA puede significar el abandono definitivo de las armas, pero dejan claro que no se fían ni aceptarán que se frustre la justicia.

25 de marzo de 2006. Muchas de las asociaciones en las que se integran los afectados por los crímenes de ETA, entre las que se encuentra la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), han hecho público un comunicado en el que hablan de que esta tregua puede significar el alto el fuego permanente de la banda.

Destacan, además que es necesaria la unidad de los partidos políticos para lograr que esto sea "el punto inicial de un proceso que conduzca al final del terrorismo".

Siendo los "mayores interesados en que el terrorismo acabe definitivamente", los colectivos piden en su comunicado firmeza para "evitar la impunidad de los terroristas."

Todo dependerá, según dicen en su comunicado, "del acierto del Gobierno en el desarrollo de una política que conduzca a la victoria de la sociedad democrática sobre el terrorismo".

Las declaraciones emitidas vienen a puntualizar las reacciones que tuvieron el día del anuncio de la tregua. Ese miércoles reaccionaron con cautela y lamentaron que ETA no anunciase también el abandono de las armas.

El comunicado, cuyo texto íntegro ofrecemos a continuación, está firmado por la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), el Colectivo de Víctimas del Terrorismo (COVITE), la Asociación de Víctimas del Terrorismo Verde Esperanza, la Fundación Miguel Ángel Blanco, la Fundación Coronel Médico Doctor Muñoz Cariñanos, la Fundación Tomás Caballero, la Fundación Gregorio Ordóñez, la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M, el Foro de Ermua, y Pablo Broseta y Francisco y Teresa Jiménez Becerril.

Texto íntegro del comunicado de prensa
Las víctimas del terrorismo, que conocemos el sufrimiento que provoca el empleo de la violencia con fines políticos, somos las mayores interesadas en que el terrorismo acabe definitivamente en España.

El "alto el fuego permanente" anunciado por ETA no constituye el final del terrorismo. Puede ser, sin embargo, el punto inicial de un proceso que conduzca al final del terrorismo. Ello dependerá del acierto del Gobierno en el desarrollo de una política que conduzca a la victoria de la sociedad democrática sobre el terrorismo.

Una política de final del terrorismo requerirá el acuerdo de los partidos firmantes del Pacto por las Libertades y contra El Terrorismo para afrontar con unidad la situación creada con el anuncio de ETA.

El Estado de Derecho debe actuar con firmeza para evitar la impunidad de los terroristas. El final del terrorismo no puede conducir a la frustración de las aspiraciones de justicia de las víctimas del terrorismo y de la sociedad española.

Los abajo firmantes adquirimos el compromiso de velar por los principios que nos unen: Memoria, Dignidad y Justicia.

Historia de una aberración
Desde que ETA nació en la década de los 50 hasta este «alto el fuego permanente», la historia de la banda es la de la «enfermedad moral» que ha producido en el País Vasco y fuera de él
POR GERMÁN YANKE PERIODISTA Y ESCRITOR ABC 26 Marzo 2006

La década de los 50 no fue fácil para el PNV y sus dos «almas» —en el PNV todo tiene ese pretendido carácter «espiritual» y lo que en otros partidos son sectores, en él se presentan como almas»— disputan sobre la estrategia. Para algunos, sobre todo jóvenes estudiantes, la dirección estaba paralizada y acomodada. En 1952 nace en su seno el colectivo EKIN y a finales de 1958 (oficialmente el 31 de julio de 1959, día de San Ignacio de Loyola) nace Euskadi Ta Askatasuna y el acróstico ETA de tan larga y desgraciada memoria.

Sus fundadores eran jóvenes, burgueses y dominados por una concepción étnica y lingüística. El euskera es uno de los pilares de su ideología y el etnicismo les parece una versión moderna de las raíces racistas de sus antecesores en el nacionalismo vasco. La formulación antiespañola impregna todos sus fundamentos aunque el principio de territorialidad es desde el comienzo un recurso retórico para incluir en la futura Euskadi independiente a las regiones vascas del sur de Francia.

La primera diferencia con el PNV es la acción, que es lo que sus fundadores echan en falta: «rama de acción» se denomina (hasta 1962, año en que se convierte en «rama militar») uno de los elementos de su organización. Y la acción política y estudiantil, las pintadas, los panfletos y la colocación de ikurriñas se complementa pronto con la violencia. Ya a finales de 1959 aparecen las primeras bombas, pequeños artefactos colocados en sedes de organismos públicos, y en 1961 pretende infructuosamente descarrilar un tren que llevaba a San Sebastián a un grupo de franquistas que querían celebrar el aniversario del 18 de julio. Entre una cosa y otra se discute si la bomba que estalló en 1960 en la estación donostiarra de Amara, que causó la muerte de la niña Begoña Arroz, es o no el primer atentado mortal de la banda.

De «rama de acción» a «rama militar»
El cambio de «rama de acción» por «rama militar» se lleva a cabo en la I Asamblea de ETA en un monasterio del País Vasco francés. ETA no quiere colaborar con otras organizaciones del nacionalismo vasco y se define como una «organización clandestina revolucionaria» que acepta, para conseguir la independencia, la «lucha armada». Pero todavía mantiene los rasgos paradójicos de su procedencia. Algunos de sus primeros presos en la cárcel de Martutene cuentan, por ejemplo, las preocupaciones de aquellos militantes de ETA acerca de si la decisión de permanecer en las celdas permitía no ir a la misa del domingo o si la huelga de hambre quedaba o no rota si se comulgaba.

La historia de ETA es, en definitiva, la de los vaivenes del totalitarismo étnico y la de la paulatina inclusión —y ratificación— de la violencia terrorista en la propia ideología de la banda, para la que no ha sido un instrumento, sino un elemento fundamental de su razón de ser. Entraba dentro de la lógica, por tanto, que, de una parte, se deglutieran las doctrinas de los movimientos revolucionarios más antidemocráticos de la época y que, en menos de un decenio desde su fundación, llegaran los asesinatos terroristas. A mediados de los 60, la V Asamblea de ETA teoriza sobre el «nacionalismo revolucionario» y concibe al País Vasco como una «nación ocupada» que debe ser «descolonizada» mediante la violencia. Era un paso más el recorrido de las asambleas que ya había pasado, en 1963 con motivo de la tercera, por el concepto de la «insurrección» y por la influencia de la independencia argelina y la revolución cubana. El terror y la muerte se asentaban en el entramado doctrinario de la banda.

La leyenda de Etxebarrieta
Y poco después, en junio de 1968, Txabi Etxebarrieta dispara por la espalda al guardia civil José Jardines y es abatido durante la persecución policial en Tolosa (Guipúzcoa). Etxebarrieta se ha convertido desde entonces en un icono de la banda, presentado como el más intelectual de sus terroristas y como un buen poeta. Esto último es una exageración sin fundamento; lo primero responde a una mera comparación con sus compañeros. Pero la leyenda de que, tras asesinar, no hizo quizá todo lo posible para salvar la vida en la persecución, vale de símbolo para otro punto de inflexión en la historia de la banda: se irán abandonando —al menos como organización— los prejuicios sobre el terrorismo y sus causas hasta convertirlas en terreno abonado para la ya teorizada estrategia «acción-represión-acción».

Dos meses después, ETA asesinaba al policía Melitón Manzanas, un objetivo elegido —ante los sectores más concienciados del nacionalismo— por la crueldad de su trayectoria y —ante la situación política que les interesaba propiciar— por la reacción previsible del Gobierno. No fue otra que el estado de excepción, la represión creciente y el aumento de detenciones. Dieciséis miembros de la banda serán juzgados en Burgos en diciembre de 1970 en un ambiente de elevada tensión: el secuestro del cónsul alemán Beihl en San Sebastián, manifestaciones, actos de protesta y solidaridad con los detenidos y juzgados, represión indiscriminada y, como se vio entonces y se ha demostrado después, un proceso en el que —aunque varios de ellos reconocieron su pertenencia a ETA— no se respetaron las mínimas garantías. La dictadura se iba descomponiendo, pero seguía siendo una dictadura.

Resulta tan plausible como asombroso que todo ello condujera a la solidaridad con la banda terrorista de muchos sectores de la oposición política al franquismo más allá de las exigencias de justicia y garantías procesales, o de la oposición a la pena de muerte que se impuso a seis de los condenados. Mario Onaindía, uno de ellos, reconoció después, con sinceridad y arrepentimiento que le honran, que él, en ETA, estuvo contra el franquismo pero nunca a favor de la libertad. Pero en aquel tiempo muchos de los demócratas de los que se podía esperar que distinguieran entre antifranquismo y defensa de la libertad, no lo hicieron. Y en ese caldo de cultivo la banda obtuvo apoyos y pudo reorganizarse con un aluvión de nuevas incorporaciones juveniles.

La aceleración de la actividad violenta, el aumento de bombas y atracos debe entenderse, como ha explicado Florencio Domínguez —uno de los periodistas que mejor y más extensamente conoce la historia y la intrahistoria de ETA—, por la constatación de la eficacia del fenómeno como elemento desestabilizador, sobre todo ante la ceguera del franquismo. La teorización sobre el nacionalismo y la revolución, el cálculo en los medios como desideratum de esa reflexión, quedan al margen de esa nueva generación de dirigentes encabezada entonces por Eustaquio Mendizábal, alias Txikia. ETA se escinde en dos grupos que, tras las siglas, llevarán la mención a la V y a la VI Asamblea de la banda.

Mendizábal dirigió e impulsó el incremento de la violencia. Lo dirigió —bombas, comienzo de los secuestros para obtener rescates...— hasta morir en un tiroteo con la Policía en 1973 y lo impulsó más allá de su muerte. Ese mismo año, en diciembre, ETA asesina al presidente del Gobierno español, el almirante Carrero, en un atentado espectacular que parecía imposible para una organización como ella. Y llegaría la masacre de la madrileña cafetería Rolando, en 1974, con doce muertos y ochenta heridos. Y el aumento de los asesinatos en esos años finales del franquismo y en los primeros de la Transición.

Volverán entonces las escisiones que, más que un carácter ideológico o moral sobre el uso de la violencia, respondían a cuestiones estratégicas sobre el modo de acomodarse más eficazmente a las condiciones cambiantes en España. La historia de ETA está plagada de una indignante falta de reflexión sobre la inmoralidad del terrorismo, hasta el punto de que son muchos los ex miembros de la banda que, a diferencia de lo ya señalado en el caso de Mario Onaindía, han sostenido, por resumir, la existencia de una «ETA buena» (pretérita, en la que ellos militaban) y una «ETA mala» (actual, es decir, la del momento en que se formula el juicio). Y también de escisiones estratégicas que han ido dejando fuera, e impidiendo una evolución hacia la disolución, a quienes consideraban que los objetivos de la banda devenían a la postre imposibles.
La primera escisión, en el tardofranquismo, la de ETA militar y ETA político-militar, en la que el rasgo distintivo más importante era la separación entre las acciones armadas y las acciones de masas que defendían los primeros (siempre, naturalmente, bajo el control de los que detentaban las pistolas) y la unión de todas ellas en una misma organización. Después, la aparición, en 1978, de los Comandos Autónomos Anticapitalistas. Un año antes, los comandos especiales, los «bereziak» de ETA-pm que se pasaron a la ETA-m que dirigía José Miguel Beñarán, alias Argala. Esta última, para oponerse a la intención de crear un partido, opción que defendía Eduardo Moreno, alias Pertur, y quien, como se sabe, le costó la vida.

Adolfo Suárez, y con él tantos otros, tuvieron la esperanza de que los cambios que querían propiciar para el advenimiento de un sistema democrático podrían hacer desistir a ETA. En 1976, el jefe de los servicios de información en el País Vasco, Ángel Ugarte, se reunió en Ginebra con dirigentes, primero de una rama y luego de las dos. No dio resultado. Coincidiendo con las elecciones de 1977 se decretó una amnistía y se terminó por expulsar de España a los pocos presos que quedaban, con la prohibición de volver a España, que se incumplió de inmediato. Lo que ocurrió, sin embargo, es que los ataques terroristas se multiplicaron y se intensificaron. Nunca estuvo entre sus objetivos ni la democracia, que se iba consolidando en España, ni las libertades, sino que siempre actuó para lograr la instauración de sus propósitos totalitarios en un País Vasco independiente. Si era imposible la rebelión de los ciudadanos vascos, se pretendía desde entonces —y con qué formas de barbarie— la consecución de la negociación con el Estado de la llamada «Alternativa KAS».

Los GAL «refuerzan» a ETA
Se trataba, en definitiva, que a base de un terrorismo siempre en aumento la sociedad y las instituciones se inclinaran hacia el convencimiento de que había que terminar con aquello «como sea». Algunos datos en un ambiente de atentados constantes e indiscriminados: 12 guardias civiles asesinados en Madrid en 1986, 21 muertos y 45 heridos en el centro Hipercor de Barcelona en 1987, 11 muertos más y 40 heridos ese mismo año en la casa cuartel de Zaragoza. Ya no son sólo los miembros del Ejército y de las Fuerzas de Seguridad los objetivos, que se amplían a los políticos, los empresarios, los periodistas, etcétera. Si aumentaba la presión de la lucha antiterrorista se trataba de responder con una violencia más intensa. Y ya antes de los hitos del terrorismo de ETA en la década de los ochenta citados, no puede olvidarse que la tensión creada por la banda estuvo presente en el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Y para que a los «desertores» (a los arrepentidos que trataban de reinsertarse) se enteraran del precio de su desistimiento, en septiembre de 1986 es asesinada Dolores Catarain, Yoyes, mientras paseaba con su hija.

Al final de esa década los partidos políticos comienzan a reaccionar buscando acuerdos para la unidad contra el terrorismo de ETA (Pactos de Madrid primero, de Ajuria Enea después y de Navarra más tarde, todos ellos suscritos entre1987 y 1988. Pero antes se habían vuelto a dar muestras de garrafales errores —gravemente delictivos además— en la batalla con la banda con la aparición de los GAL que no hicieron sino reforzar a ETA además de vulnerar el Estado de Derecho.
Se volvió a la negociación en 1989 con las conversaciones de Argel, que duraron tres meses acompañadas de una tregua de la banda. Otro fracaso y vuelta a las andadas, con el riesgo añadido de que ETA planeara llevar a cabo ante uno de los acontecimientos de mayor dimensión internacional en la vida española: los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. Tiene razón el ex presidente González al señalar, como acaba de hacer, que el golpe dado a la banda inmediatamente antes en Bidart, en marzo de ese mismo año, fue de una eficacia más que considerable. Tras una larga investigación de la Guardia Civil, la policía francesa detiene en esa localidad vascofrancesa a la cúpula de ETA. La banda quedó descabezada y desarbolada y, al mismo tiempo, se reveló que empezaba a ser falso el mito tantos años repetido de que, en la lucha policial, no se podía ir más allá de un desanimante «empate infinito». ETA ensaya una nueva tregua pretendiendo iniciar conversaciones con el Gobierno en Sato Domingo, en donde estaba Eugenio Etxebeste, que no se materializan.

Aparece la «lucha callejera»
Aparece entonces la lucha callejera y la estrategia de asesinar a los militantes de los dos grandes partidos españoles, PSOE y PP. Pero el daño que el terrorismo causaba no ocultaba el que había sufrido la propia ETA que, en su Alternativa Democrática de 1995, propiciaba, más que la negociación con el Estado, la unión de los nacionalistas para conseguir los objetivos que decían tener en común, ya que discrepaban en los «medios». Ese mismo año se lleva a cabo en Vallecas otro de los más sangrientos atentados en el que muren seis personas que trabajaban para la Armada.

Pero al final de esa década, en 1998, se alcanza ese buscado acuerdo con los partidos nacionalistas que dará lugar al Acuerdo de Estella y la tregua que duró hasta diciembre del siguiente año. La tregua y las exigencias se ofrecían a los partidos nacionalistas y se formulaban contra los que no lo eran, a los que se pretendía excluir de un futuro espacio político vasco. Pero fueron esas exigencias las que hicieron imposible el acuerdo después de otro fracaso negociador concretado en la reunión en Suiza de dirigentes de ETA con representantes del Gobierno español. Se quiso apartar a los «constitucionalistas» mediante el Acuerdo y se intentó después hacerlo mediante los asesinatos.

El Gobierno de Aznar se convenció de que, ajustando la firmeza al Estado de Derecho y a la aceptación de que la batalla era tan dura como duradera, inició una enérgica política antiterrorista convencido de que se podía acabar con ETA. Implicaba además la idea práctica de que la banda no eran solo los pistoleros, sino también el entramado que ETA había construido y en el que se enraizaba sus apoyos políticos y económicos, la capacidad de chantaje y la protección institucional. Se añadió a ello el eficacísimo Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, que añadía la permanencia de una política independientemente de que gobernaran populares o socialistas y el aislamiento de la banda y de quienes, de una u otra manera, colaboraran o se aprovecharan de ella. La debilidad de ETA, fruto de esta política, es el «dato objetivo» con el que el actual Gobierno confiaba en el fin de la violencia. Al parecer, ha habido también contactos directos e indirectos hasta el «alto el fuego permanente» del pasado día 24.

Pero la historia de ETA, aquí resumida hasta el extremo, puede escribirse también de otro modo: reproduciendo los nombres de las 840 víctimas mortales, de los secuestrados, amenazados, dañados en su vida y en su hacienda, aterrados. Y subrayando la enfermedad moral que en el País Vasco y fuera de él ha producido.

ENCUESTA DE SIGMA DOS-EL MUNDO
La mayoría de los españoles quiere que el Gobierno sólo negocie con ETA su rendición
EL MUNDO 26 Marzo 2006

MADRID.- La mayoría de los ciudadanos españoles declara su disposición a que el Gobierno emprenda una negociación con ETA (68,4%), pero sólo sobre el abandono y la entrega de las armas (75,5%) y, en todo caso, sobre el regreso a España de los etarras exiliados (55,3%), según una encuesta de Sigma Dos para EL MUNDO.

Los principales resultados del sondeo son los siguientes:

Los españoles rechazan que en las negociaciones se trate de la autodeterminación (62,9%), del futuro de Navarra (61,8%) o incluso de la legalización de Batasuna (55,2%) y del régimen carcelario de los presos (52,3%).

Casi la mitad de los encuestados (47%) cree que ETA volverá a cometer atentados. Un 73,2% considera que la banda terrorista conservará las armas hasta lograr sus objetivos.

Un 63% de los ciudadanos opina que el alto el fuego decretado por ETA es fruto de contactos y acuerdos secretos entre el Ejecutivo y la banda. Entre los votantes del PSOE, la proporción es del 58,3%.

El 71,7% ve necesario el apoyo del líder del PP, Mariano Rajoy, para que se inicie la negociación. Un 46,7% cree que este respaldo debe ser "incondicional", un 39,3%, "con condiciones", y un 7,7% defiende que dicho apoyo no debe darse.

También se rechaza mayoritariamente el acercamiento de presos al País Vasco (57,3%), la modificación de la aplicación de la ley (59,7%) o la pasividad policial ante los miembros de ETA (78,9%).

Las cuentas claras
Cartas al Director El Periódico 26 Marzo 2006
Marita Rodríguez, Presidenta de la Asociación por la Tolerancia. Barcelona

En referencia a la información sobre subvenciones del Ministerio del Interior publicada el día 20:

1) Rechazamos que el autor adjudique a la Asociación por la Tolerancia el término de "antinacionalista", aunque antepongamos los derechos del ciudadano a los de las colectividades y repudiemos las manifestaciones exacerbadas de los nacionalismos, como es la exclusión de quien no se adapta al perfil lingüístico o ideológico por ellos dictaminado.

2) Algún lector ha podido entender que parte de las subvenciones reservadas para las víctimas del terrorismo se ha desviado hacia la AT, y no es así. Los conceptos por los que la asociación ha recibido estas ayudas en las dos últimas ediciones han sido como apoyo al movimiento asociativo y como información sobre terrorismo y concienciación social, y responde a nuestra intensa labor en este campo.

3) Iván Tubau, Francesc de Carreras, Albert Boadella y Arcadi Espada son ciudadanos a los que la asociación admira profundamente por su compromiso en la defensa de las libertades cívicas, razón por la que les ha concedido el Premio a la Tolerancia en distintas ediciones. En ningún caso han sido sus fundadores. Como tampoco lo han sido los otros premiados: Fernando Savater; Gregorio Peces-Barba; Iniciativa Ciudadana Basta Ya, en la persona de Agustín Ibarrola; Félix de Azúa; Baltasar Garzón, y Antonio Muñoz Molina.


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