AGLI

Recortes de Prensa     Sábado 15 Abril  2006
Toda negociación es política
Enrique de Diego elsemanaldigital 15 Abril 2006

No a la guerra, sí a la lactancia materna
Pablo Molina Libertad Digital 15 Abril 2006

¿Qué memoria?
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 15 Abril 2006

Escuela de terror
Fernando Enebral elsemanaldigital 15 Abril 2006

El lema de la izquierda catalanista
Jesús Laínz elsemanaldigital 15 Abril 2006

Setenta y cinco años después
Editorial ABC 15 Abril 2006

LA IRREGULAR PROCLAMACIÓN DE LA II REPÚBLICA
Editorial minutodigital 15 Abril 2006

Civilizaciones y geoestrategias
Gustavo de Arístegui Periodista Digital 15 Abril 2006

El Foro de Ermua denuncia ante el juez la próxima reunión entre Ibarretxe y Batasuna
Servimedia - Madrid.- La Razón 15 Abril 2006

Toda negociación es política
Enrique de Diego elsemanaldigital 15 Abril 2006

15 de abril de 2006. La euforia nacional por el alto el fuego permanente de ETA, que no se ha desarmado, ni lo pretende hasta que, por ejemplo, controle la Ertzaintza o el ejército del Estado vasco independiente, sorprende por el alto contenido de mentira que entraña y que parece no escandalizar en niveles lógicos. La cuestión es que no se va a pagar precio político, según insiste el Gobierno y se sitúa como garante un PP que se ha sumado al séquito zapateril, a pesar de su ninguneo. Antes de empezar la parte pública no se ha hecho otra cosa que pagar precios políticos.

La negociación en sí con una banda terrorista es política. Esta curiosa exportación del modelo Ulster e IRA –impropia por tantos motivos- entraña precisamente ese carácter político. Negociar ya es ceder, en parte. Pero para que nadie se engañe, los pactos entre ETA y el Gobierno son de largo alcance e incluyen la legalización de Batasuna, la independencia y la excarcelación de los presos. Es cuestión de conseguir que la sociedad vaya asumiendo y haciendo estómago para ir digiriendo tales píldoras nauseabundas. También es preciso, en el trayecto, demoler el Estado de derecho y anatemizar a los focos de resistencia con el dicterio de obstáculos para la paz. Todo esto hace bastante cuestionable la postura del PP. Para no caer en una trampa es mejor no hacerlo desde el principio.

Sobre todo, este proceso de paz –se asume la terminología tradicional de ETA- precisa la degradación de la sociedad. Ahí es donde puede embarrancar, porque frente al uso masivo de la propaganda, la sociedad española ha demostrado más vitalidad de la que algunos le suponen. También, en otros sectores, cobardía, como se evidenció entre el 11 y el 14 de marzo. Es preciso blindarse contra la manipulación, porque quienes resistan, ganarán. La negociación no es otra cosa que precio político, rendición. Para llegar a esta estación de término, se hubiera cedido en 1977 y se hubieran evitado muchos muertos. Aunque esto tampoco es verdad, porque ceder el poder del País Vasco a ETA, que es lo que se pretende, traería muchos más muertos en el futuro.

Quien diga que no va a haber precio político, miente de principio.

Filosofando con ZP
No a la guerra, sí a la lactancia materna
Pablo Molina Libertad Digital 15 Abril 2006

Así como Descartes supuso el punto de inflexión que cambiaría el rumbo de la Filosofía como ciencia milenaria, ZP es el personaje que la Historia tenía reservado a la Humanidad para llevarla de las brumas de lo contemporáneo al esplendor de lo postmoderno. Desde el mundo antiguo hasta la Edad Media, con Aristóteles y Santo Tomás como puntales, la filosofía partía de la base de la existencia de una realidad, una verdad, a la que el ser humano podía acceder a través de los sentidos y la razón. "Es imposible que lo mismo sea y no sea al mismo tiempo", sentenció el preceptor de Alejandro Magno (me refiero a Aristóteles, ministra). "Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensus", sentenció a su vez el santo de Aquino.

Descartes acaba con la era del realismo y da inicio a la del idealismo filosófico, fundando su sistema sobre bases enteramente nuevas tras despreciar toda la sabiduría acumulada por sus antecesores a excepción de las matemáticas. Los sucesores del padre del racionalismo continuaron por esa senda hasta llegar a nuestro ZP y su particular cosmovisión, un nuevo bucle ascendente en la historia del pensamiento.

Probablemente Carmen Calvo, gran estudiosa de Wittgenstein (cada vez que le preguntan qué libro está leyendo, responde "El movimiento del pensar") en cruel detrimento de Aranguren, pensador oficial de la socialdemocracia posmoderna, no esté de acuerdo conmigo, pero es que la lectura del filósofo vienés suele nublar el juicio de los más atrevidos, dada su peculiar forma de escribir, casi oracular, sólo apta para ser entendida por colosos intelectuales, como la propia ministra. Bien pensado, Wittgenstein es otro excelente mojón para apoyar las líneas maestras del pensamiento zapateril, pues también aquél se enfrentó a los problemas de su tiempo negando por principio cualquier legado de la filosofía tradicional ―"una especie de muerte en vida"― y reinventando todo su sistema desde cero con un lenguaje sólo apto para iniciados, sin que jamás se considerara impelido a justificar ni lo uno ni lo otro. También como ZP.

En el ordenamiento intelectual de ZP no hay lugar tampoco para el sedimento de las experiencias acumuladas por sus antecesores. Pero a diferencia de los cartesianos, el presidente surgido del 11-M funda su sistema, no en la negación expresa de lo conocido, sino a través de una perversión atroz del lenguaje. La guerra de Irak fue la de las cuatro íes (ilegal, inmoral, injusta e ilegítima) hasta que ZP llegó al poder y retiró las tropas para volver a mandarlas de tapadillo; a partir de ahí las cuatro íes de esa guerra se convirtieron en las iniciales de inexistente, invisible, imaginaria e irreal. El Prestige fue una canallada del gobierno del PP aunque sólo murieran unos centollos; el incendio de Guadalajara, con once víctimas humanas, fue en cambio sólo mala suerte ("una racha de viento y ¡plaf!") que ya hay quien duda de que una vez ocurriera. El concepto de nación aguarda ahora expectante a que ZP lo asperje con el rocío de su solvencia. De momento sólo sabemos que en España hay la tira de naciones, aunque la del presidente sea simplemente "la libertad" (toma ya). Y en cuanto a la paz, seguimos esperando los resultados de la tormenta de ideas convocada por ZP con los terroristas de la ETA. Eso sí, todos la mar de contentos.

Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana

Segunda República
¿Qué memoria?
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 15 Abril 2006

Llamazares está haciendo grandes méritos para alzarse con el título de campeón nacional de la mentira, hasta ahora muy reñido entre Rubalcaba y Blanco. Dice el jefe de los criptocomunistas, los neototalitarios y los fundamentalistas verdes que los que hicieron la República son los mismos que hicieron la Transición. No sabía yo que la República la hubieran hecho los franquistas, pues no otros fueron los artífices del actual sistema, al que las izquierdas se sumaron una vez puesto en marcha por Suárez y demostrado el apoyo masivo de los españoles.

Cuando Franco se alzó contra la República en julio del 36, ya lo habían hecho antes casi todos los partidos que apoyaron al Frente Popular. Al crearse la coalición, siguiendo los planes moscovitas, nada parecido quedaba en España a un régimen de libertades. De hecho, los contenidos garantistas de la Constitución del 31 apenas estuvieron vigentes debido a la Ley de Defensa de la República y a la arbitrariedad de los gobiernos de izquierda. Pero Llamazares no va por ahí. Lo que intenta el doctor Habana es trazar un delirante paralelismo con los tiempos actuales tras mistificar, torcer y simplificar el pasado hasta la caricatura.

No se sabe si en su farsa tiene más importancia la anacronía o la falsedad. Su aquelarre ilegal con la bandera tricolor, por ejemplo, constituye, aunque él lo ignore, un homenaje póstumo a Alejandro Lerroux. Podrían nuestros progres limitarse a defender para la España del siglo XXI un régimen republicano, y muchos estaríamos de acuerdo. Pero no. Exigen la institución de una amarga patraña, el establecimiento de una torpe ficción. Ahí está la desmesura de presentar a los comunistas de los años treinta como defensores de la democracia. Puede que el PCE se civilizara a finales de los setenta, pero colgarle una medalla a estas alturas al partido perrunamente estalinista de José Díaz y la Pasionaria por promover la democracia y la libertad es una barbaridad que sólo apoyará quien no hayan abierto jamás un libro de historia contemporánea.

Desde luego, si a alguien se debe que la Segunda República fuera el fiasco que fue, y que acabara como acabó, es a formaciones políticas como el PSOE, ERC o el PCE. Han decidido defender su memoria. Adelante. Pero si se embarcan en la falsificación del ayer con el único fin de reforzar hoy su visión maniquea de la realidad, si se visten de Largo Caballero, de Prieto, de Companys y del Campesino (Carrillo ya vuelve a ir disfrazado de Carrillo), alguien acabará pidiéndoles explicaciones por Paracuellos, las checas, los incendios sacrílegos, las detenciones irregulares, las torturas, los paseos, los golpes socialista y separatista del 34. Con lo tranquilitos que estaban los fantasmas encerrados en los libros, y ellos dale que te pego con el coñazo de la memoria. ¿Qué memoria? ¿Estuvieron ahí? No. Entonces la memoria operará sobre lo leído. Llamazares, Rodríguez, Tardà: empiecen leyendo algo.

Escuela de terror
Fernando Enebral elsemanaldigital 15 Abril 2006

No sé qué habrá oído nuestro flamante presidente de Gobierno sobre la II República a su difunto abuelo; pero lo que se vivió realmente en aquel aciago quinquenio fue un calco -corregido y aumentado- del bienio 1792-4, "El Terror", de la Revolución Francesa bajo Danton, Marat y Robespierre: que proclamó la República en Francia, decapitó a Luis XVI, y asesinó a los miles de personas que la Comuna y los jacobinos convirtieron en presos por la simple delación de los que aspiraban a apoderarse de cuanto tuviesen los guillotinados.

Pues, por si no lo sabe nuestro presidente, eso fue también lo que hicieron los revolucionarios que dieron el golpe de Estado callejero, copia del francés de 1789, el 14 de abril de 1931, con disturbios, asesinatos, incendios, destrucción y caos. ¿Son éstos "valores" que imitar ahora?

Porque quizá le hayan ocultado cuidadosamente a nuestro presidente que las elecciones, de aquel entonces, fueron unas simples "municipales", y que, además, las perdieron claramente "las izquierdas" en España. Pero ya sabemos cómo manejan con mentiras a las masas quienes, como el pasado 13 de marzo de 2004 en Madrid, se autollaman "socialistas" y no pasan de ser meros chorizos que usurpan ese título, para lograr volcar las situaciones electorales para alzarse así con un poder que les estaría vedado sin difamar, agitar, y... bombas o incendios que les ayuden.

La II República fue, pues, en verdad -verdad vivida: auténtica e histórica-, una "escuela de terror", donde se enseñaba a atropellar todos los derechos humanos hoy reconocidos, se apresaba a honrados y funcionarios por el mero hecho de serlo, y luego "se les daba el paseíllo" (el tiro en la nuca en cualquier cuneta) o se les ametrallaba por decenas de miles, como en Paracuellos en tiempos de Santiago Carrillo. A los que tenían "más suerte", se les recluía en "checas" (celdas de tortura) hasta lograr el vecino miliciano arrebatarles casa y esposa deseadas... ¿Es ésta la libertad con que nos "inspiran" aquellos republicanos?

¿Es que merece homenaje aquella "escuela de terror" de la que ETA, por ejemplo, aprendió el "tiro en la nuca", la extorsión, bombas, amenazas y persecución sistemática al más puro estilo nazi de genocidio masivo o "limpieza étnica"? ¡Y luego busca la coartada de una votación a mano alzada (como la impuesta por Robespierre) para "identificar" disidentes de los que "deshacerse" después, planteada, encima, ¿entre quiénes?: ¡entre "los que quedan"!!... (También El Terror proclamó la República con sólo el 10% de votantes...). ¿Cómo pueden venir ahora los estalinistas del 31 (y del 41, 51, 61,...) diciéndonos que defendían las libertades y la democracia?

La II República fue golpista y terrorista. ¿La homenajeamos?

El lema de la izquierda catalanista
Jesús Laínz elsemanaldigital 15 Abril 2006

Una de las diferencias más notables entre el nacionalismo vasco y el catalán, ambos surgidos de fuentes de pensamiento conservadoras, fue la prontitud de este último en admitir vertientes izquierdistas.

El nacionalismo vasco, integrista y teocrático desde su formulación por Sabino Arana, no experimentó una nítida apertura hacia planteamientos propios de la izquierda hasta la década de los cincuenta, salvo la fugaz y minoritaria experiencia de Acción Nacionalista Vasca durante la II República.

Por el contrario, el catalanismo combinó ambas facetas, la izquierdista y la derechista, ya desde las primeras derivaciones hacia lo político de los intelectuales de la Renaixença, como quedó representado en la coexistencia de figuras como Almirall y Torras i Bages o Prat de la Riba.

Según el paso de los años radicalizaba su pensamiento y estrategia, diversos autores del nacionalismo catalán fueron identificando la lucha contra España como una pieza más del engranaje del materialismo histórico. Entendían que la secesión de lo que ellos consideraban nacionalidades oprimidas –como Cataluña– era una manifestación más de la lucha de clases.

La derechista Lliga Regionalista de Cambó y Prat de la Riba mantuvo su hegemonía durante el primer tercio del siglo XX hasta verse adelantada por la izquierda al proclamarse la II República. A la Lliga le tocó abrir el surco a otras tendencias que fueron alejándose paulatinamente de su pensamiento conservador e incluso reaccionario –no se olvide que Prat propugnó el sufragio censitario frente al universal que se había establecido en España durante la Restauración–. De este modo fueron surgiendo diversas formaciones –Unió Federal Nacionalista Republicana, Acció Catalana, Federació Democrática Nacionalista, Estat Català, Bloc Republicà Autonomista, Partit Republicà Català, Esquerra Catalanista, Unió Catalanista– hasta la asunción por parte de la Esquerra Republicana de Macià y Companys del papel hegemónico en la izquierda catalanista en las elecciones de 1931.

Por ejemplo, Domènec Martí i Julià, dirigente de la Unió Catalanista, explicó en una conferencia pronunciada en 1915:

"El socialismo viene a coincidir perfectísimamente con el principio nacionalista. (...) Henos aquí cómo dos corrientes que se creían opuestas, que se afirmaban antagonistas, son perfectamente coherentes, marchan juntas y aunque aparezcan diferenciadas son complementos de una misma cosa. Hemos de afirmar que Nacionalismo y Socialismo no son dos principios opuestos, sino que son dos principios perfectamente coherentes y necesarios el uno para el otro. El Nacionalismo es la forma más perfecta de la libertad política de los pueblos y el Socialismo es la forma más perfecta de la libertad de los pueblos económicamente. (...) El Nacionalismo sin el Socialismo es una aberración inmensísima; inversamente, el Socialismo sin el Nacionalismo, si se concreta sólo a defender el aspecto puramente económico de sus principios, si no sintiese otras aspiraciones que las puramente egoístas de la materialidad de la vida, sería bien poca cosa".

Rafael Campalans escribió en 1923:

"Los socialistas proclamamos los principios de libertad, y el nacionalismo catalán es un problema de libertad colectiva. Los socialistas de Cataluña, por lo tanto, junto a todos los principios sustantivos del programa del partido –lucha de clases, socialización de los medios de producción, distribución y cambio, etc.– hemos de añadir un nuevo principio, también sustantivo para nosotros: el de la libertad total y absoluta de Cataluña".

Gabriel Alomar, dirigente de la Unió Socialista de Catalunya, también escribió que esos "dos grandes impulsos", el nacionalismo y el socialismo, estaban mutuamente relacionados.

El influyente periodista guipuzcoano José María Salaverría opinaba al respecto en un artículo publicado en ABC en junio de 1916:

"Aunque de esencia conservadora o reaccionaria, el catalanismo representa un valor destructivo y nihilizante. Destruye y niega el gobierno de Madrid, la unidad española, la política grande y común. Por eso han secundado a Cambó ciertas voces de la extrema izquierda, los socialistas y anarquizantes. Éstos ven en el catalanismo una fuerza destructiva, negadora del Gobierno nacional y de la idea de la Patria grande, unida y fuerte. Ambos coinciden en el fondo corrosivo y negador, como un ácido disolvente".

Aparte de que la opresión política de Cataluña por Castilla y la explotación de una Cataluña pobre por parte de una Castilla rica y poderosa sería tema para largas discusiones, el hecho es que pasaron la República, la guerra, el régimen franquista, treinta años del actual régimen, y la España de principios del siglo XXI se encuentra con que la izquierda catalana en bloque ha hecho suyos los planteamientos ideológicos del separatismo –aunque, naturalmente, rechace ese apelativo–.

Pero el problema de todo lo expuesto es que en el caso que nos ocupa, el de la España de principios del siglo XXI, el de la España autonómica surgida en 1978, es que no se trata de emancipar al pobre de la dominación del rico, sino de librar al rico de la carga del menos rico. Porque en esto, y no en otra cosa, consiste la izquierda catalanista de hoy, ya se llame ERC o PSC. Y quien lo dude, que reflexione un instante sobre el objetivo perseguido con las reclamaciones sobre la financiación de Cataluña.

¿Que cuál es el lema de la izquierda catalanista, tanto la explícitamente nacionalista como esa que se ha adherido en bloque al nacionalismo aunque nominalmente aún no se exprese en la siglas de su partido?

"Barcelona es bona si la bolsa sona".

Setenta y cinco años después
Editorial ABC 15 Abril 2006

HACE setenta y cinco años que se proclamara en España la II República. Tres cuartos de siglo constituye un tramo temporal suficiente para pasar del recuerdo a la historia y situar en ella aquel acontecimiento que desembocó, trágicamente, en la Guerra Civil. El régimen republicano, con una imprecisa legitimación electoral y una adhesión popular en las grandes ciudades que se superpuso a la victoria cuantitativa de las candidaturas monárquicas en las elecciones municipales del día 13 de abril de 1931, naufragó porque no se asistió de las ayudas de un sistema que nació con una vocación revolucionaria, después del llamado «error Berenguer», con la dictablanda, y tras la dictadura de Primo de Rivera, consentida por Don Alfonso XIII cuando ya la Constitución de 1876 se había agotado.

La II República concitó en su momento todas las ansias de renovación, incluidas las que alentaban los sectores conservadores y liberales liderados por Ortega, Pérez Ayala y Marañón, pero no supo encontrar en ninguno de sus convulsos capítulos el punto de consenso nacional adecuado para su perdurabilidad. La deriva republicana tuvo pronto hitos emblemáticos: desde la declaración independentista de la Generalitat de Cataluña hasta la quema de iglesias y conventos, pasando por una beligerancia antimonárquica injustificada en la realidad sociológica y electoral de la ciudadanía española. El deterioro del régimen se produjo casi en una progresión geométrica y devino en abierto desafío antidemocrático ante la intolerancia izquierdista de la alternancia en 1933 que propició la Revolución de 1934, antesala de una tragedia que se confirmaría el 18 de julio de 1936, inmediatamente después del asesinato del jefe de la oposición, José Calvo Sotelo.

La II República plantea, tres cuartos de siglo después, una cierta ensoñación en determinados sectores sociales en España. Tiene el republicanismo la épica que acompaña los propósitos frustrados que se presentan a la posteridad como oportunidades perdidas. Pero los mitos y leyendas que acompañan ahora al régimen republicano responden a una sectaria idealización de lo que en realidad ocurrió. Hubo desintegración, desgobierno, partidismo y a todo ello concurrieron unos y otros, incapaces de sellar -como sí ocurrió en la Transición de 1978- un pacto de convivencia y de integración nacionales. La Monarquía se retiró discretamente a un segundo plano -el Rey se negó a «lanzar a un compatriota contra otro en fraticida guerra civil»-, mientras los grandes intelectuales del momento, los de la generación de 1914 y de 1927, que habían eclosionado antes de la proclamación republicana y protagonizado unas décadas brillantísimas en la literatura y el pensamiento españoles, volvieron grupas sobre su entusiasmo inicial -«No es esto, no es esto»- y abandonaron la experiencia más traumática de cuantas se han ensayado en nuestra historia política.

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, afirmó el pasado día 5 en el Senado que «la España de hoy mira con orgullo y satisfacción a la II República». No parece, sin embargo, que ésa sea la realidad. La España de hoy no vivió aquel régimen; la inmensa mayoría desconoce su trayectoria y los ciudadanos españoles disfrutan ahora de una democracia en la que la Monarquía parlamentaria que encabeza Don Juan Carlos es una institución que, en la Constitución de 1978, ofrece plena estabilidad, libertad y justicia a un país que no mira al pasado, sino al futuro, que no desea empantanarse en memorias históricas sectarias y vengativas, que ha apostado por la conciliación y la tolerancia. Los españoles no quieren ningún ajuste de cuentas, sino disfrutar del orgullo y la satisfacción de un logro sin precedente: vivir en democracia sin otros riesgos que los de un mundo en permanente transformación en el que el futuro nacional debe ser un proyecto compartido «de vida en común». En 1931, no pudo ser; setenta y cinco años después, es ya posible.

LA IRREGULAR PROCLAMACIÓN DE LA II REPÚBLICA
Editorial minutodigital 15 Abril 2006

El afán de separatistas, radicales y marxistas por imponer sus criterios a toda costa, ignorando, cuando no coaccionando, a media España hizo imposible una convivencia democrática y al final nos arrastró al trágico desenlace de la guerra civil.
Llegaba la hora de la renovación desde afuera.

Sin embargo la II República se proclamó de forma ilegal y fuera de los debidos cauces democráticos, por mucho que se quiera otorgar carácter plebiscitario a los resultados de aquellas elecciones locales. Como bien apuntaba el ABC del 14 de abril de 1931: “Pedimos la legalidad” “Solo unas Cortes elegidas con arreglo a la vigente constitución, por sufragio universal, pueden modificar lo que deba ser modificado. Ahora los periódicos de izquierda gritan como energúmenos que se cumpla la voluntad nacional. Lo mismo hemos pedido y seguimos pidiendo nosotros: pero legalmente, jurídicamente: esto es, en las Cortes. Nos resignaríamos ante una República proclamada en el Parlamento después de unas elecciones garantizadas y seguiríamos defendiendo nuestros ideales de una monarquía constitucional y parlamentaria. Pero rechazamos todo hecho de fuerza, toda imposición irregular y arbitraria de un régimen.”

Conviene pues desmontar ciertos mitos. En primer lugar el carácter plebiscitario de los resultados de las elecciones municipales. Naturalmente que el triunfo de las candidaturas republicanas en la mayoría de los grandes núcleos urbanos – en Madrid los republicanos obtuvieron 90.630 votos, frente a los 31.636 de los monárquicos- ponía a la monarquía en serios aprietos. Sin embrago, igual de rotundo que fue el resultado en las zonas urbanas favorable a los republicanos, lo fue en las rurales para los monárquicos. De hecho el número total de concejales electos fue favorable para la monarquía, con un número de votos muy parejo. Por tanto no se puede otorgar carácter plebiscitario a unas elecciones cuyos resultados simplemente certificaron la división de opinión entre la población española.

La realidad es que la proclamación de la II República debe más a la propia desmoralización de los monárquicos, que no se esperaban un avance tan importante de los republicanos y a la propia postura del rey, Alfonso XIII, que abandonó la idea de toda defensa de la legalidad vigente ante las continuas desafecciones de políticos conservadores y liberales así como autoridades. El propio general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, al declarar que no asacaría sus fuerzas a la calle para defender a la tambaleante monarquía puso la puntilla al régimen, ante la sorpresa del autoproclamado gobierno provisional republicano.

Sin embargo conviene también aclarar otro mito en torno a la proclamación de la II República: su pacífica y tranquila instauración. Entre el 13 y el 14 de abril se suceden manifestaciones en Madrid, la más grave a las una de la madrugada, procedente de la c/ Alcalá avanza por Recoletos para llegar al edificio de la Presidencia del Gobierno, chocan con la guardia civil, hay una veintena de heridos y dos muertos. Se asaltó la sede del Centro Nacionalista del Albiñana, se derribó la estatua de Felipe III en la Plaza Mayor, la de Isabel II y las estatuas de los reyes godos de la Plaza de Oriente también fueron derribadas. En Tetuán las oficinas del Alto Comisariado fueron asaltadas, interviniendo la guardia mora, con 5 muertos y una veintena de heridos.

No obstante hay que resaltar, al contrario de lo afirmado por cierta memoria histórica fabricada a la medida de un bando, que la derecha española aceptó, sin mayores traumas el cambio de régimen. Tampoco lo que desde la izquierda se ha dado en llamar poderes fácticos se opuso o conspiró contra una república, con la que no simpatizaban en principio, pero de la que esperaban respetase las reglas del juego político parlamentario. Ya hemos visto como los militares no movieron un dedo por sostener la monarquía y la Iglesia se mostró especialmente acomodaticia a través del secretario de estado vaticano, cardenal Pacelli. El Debate, diario que hacía de portavoz de los católicos en España el día 15 de abril de 1931 afirmaba que: “reconocía la república como la forma de gobierno establecido en nuestro país. En consecuencia nuestro deber es acatarla. La acataremos de un modo leal, activo, poniendo cuanto podamos para ayudarla en su cometido. Hombres de la monarquía, hombres de la república han de juntarse en un ideal común, que es España”.

Más significativa es aún la postura del protofascismo español. Ramiro Ledesma Ramos en La Conquista del Estado del 18 de abril de 1931, afirmaba: “No necesitamos violentar en lo más mínimo nuestra ideas ni rectificar el programa político y social que defendemos para dedicar un elogio y un aplauso al régimen republicano. La voluntad del pueblo español se ha decidido de un modo magnífico y vigoroso por la República, y nosotros, férvidos exaltados de energía nacional, hispánica, celebramos su disciplinado triunfo. ¡Viva la República¡ Nunca hemos creído subversivo ese grito, que hoy es, y representa el clamor entusiasta de los españoles. Todos cuantos estiman que la emoción primera de las luchas políticas es la voluntad del pueblo, deben hoy acatar sin reservas a la República. Así lo hacemos nosotros, con la indicación, incluso de que en esta hora la defensa de la República es la defensa nacional.”

Fue el sectarismo y la deriva revolucionaria de las nuevas autoridades lo que rápidamente deterioró el nuevo régimen. El afán de separatistas, radicales y marxistas por imponer sus criterios a toda costa, ignorando, cuando no coaccionando, a media España hizo imposible una convivencia democrática y al final nos arrastró al trágico desenlace de la guerra civil.

Civilizaciones y geoestrategias
Gustavo de Arístegui Periodista Digital 15 Abril 2006

Como muchos lectores, me he sentido conmovido por algunos de los desgarradores y brillantes artículos de Oriana Fallaci, admirada y polémica periodista. Como ella muchos de nosotros; todo aquel que haya sentido como propia la causa y los principios de la democracia y la libertad, se siente igualmente indignado y rabioso por los ataques terroristas sufrido por la Humanidad desde el pasado 11 de septiembre.

No hay causa, idea o justificación posible para el asesinato colectivo y alevoso de miles de inocentes. Es intolerable el argumento de quien «siembra vientos recoge tempestades».

Sin embargo, siempre hay un pero, incluso a las tesis más brillantes. No podemos aceptar como inevitable la lucha entre religiones o el choque de civilizaciones. Las batallas más importantes libradas por la humanidad, solo se han ganado con la cabeza fría, guiada por un espíritu claro, por la serenidad y el buen juicio. En los momentos más delicados debemos aparcar los sentimientos, la rabia, la ira y la emotividad, en aras de lograr construir una estrategia eficaz en la defensa de la libertad y de los principios democráticos, que han de movernos a no dar un paso atrás ante la barbarie del terrorismo.

Por ello, debemos entrar en el debate de choque de las civilizaciones, por dos motivos: primero para demostrar que, hoy por hoy, no es cierto; y en segundo lugar, porque estaríamos engordando el argumentario de quienes son los enemigos comunes, no de la nuestra, sino de todas las civilizaciones, es decir los fanáticos.

Hablar de superioridad de civilizaciones es tanto como suponer que hay seres humanos mejores que otros, de primera y de segunda y ulteriores clases, lo que equivale tanto a reconocer que los inferiores son prescindibles o indignos de ser considerados humanos. Éste es, sin duda, el primer paso hacia los genocidios y los exterminios.

No puedo estar de acuerdo que el Islam sea considerado, genéricamente, como una regresión, como una cultura y civilización inferior. En la España musulmana se produjeron hitos históricos que conviene recordar de vez en cuando: conocimos Aristóteles y a Platón gracias a las traducciones hechas del griego al árabe en plena Edad Media, se avanzó en matemáticas, astronomía, física o medicina tanto que durante muchos años el tratado de cirugía de Ibn Sahraui, fue manual de referencia en buena parte del mundo conocido y traducido prácticamente a todas las lenguas importantes de la época. El dinar cordobés fue durante mas de 300 años la moneda referente en el comercio internacional de la época, habilidad desconocida en aquellos momentos por los reinos cristianos de la Península.

No se puede generalizar, y no se puede tomar la parte por el todo. Los fanáticos, iluminados, violentos, inflexibles, asesinos del terrorismo islamista, que no islámico, son hoy por hoy una minoría en el islám y es obligación de todos evitar que su numero se expanda y crezca.

La lucha contra el terrorismo es vieja, sin embargo, algunos han despertado de su dulce letargo el 11 de septiembre, creyendo que éste es un enemigo nuevo, cuando, en realidad, ya existía aunque se haya hecho aún más violento.

Por todo ello es preciso comprender que uno de los ejes centrales de la estrategia mundial contra el terror ha de ser, necesariamente, asegurar la estabilidad y viabilidad de los gobiernos árabes e islámicos moderados y aliados de occidente, que son, además, las primeras víctimas actuales o potenciales, del terrorismo islamista. El mundo libre no se puede permitir el lujo de cometer ciertos errores de bulto de consecuencias, hoy todavía, inimaginables, que podrían desembocar en un período de inestabilidad sin precedentes en la reciente historia humana.

Occidente ha de ser capaz de presentar nuestra lucha contra el terror como un movimiento defensivo, cargado de razón y legitimidad. Las pruebas presentadas por el secretario general de la OTAN, los Estados Unidos, y otros aliados son, al parecer, irrefutables, y eso unido a la cobertura jurídica que occidente ha buscado, y encontrado, en las Resoluciones de Naciones Unidas han acallado críticas que por bien intencionadas no dejaban de ser inoportunas. Conviene leer detenidamente las resoluciones 1368 y 1373 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Hay que cuidar el lenguaje, y no perder la guerra semántica que tantas veces nos gana el terrorismo como muy bien sabemos en España. Debemos desterrar de nuestras declaraciones palabras como cruzada, terrorismo islámico o la lucha de Occidente contra el Islam. Ello además de ofender a propios y a extraños, coloca en una situación delicada a nuestros aliados árabes y musulmanes frente a sus opiniones públicas y además les da argumentos y excusas a nuestros enemigos los terroristas.

Debemos saber seleccionar adecuadamente los objetivos, identificar con precisión a los enemigos y evitar la muerte de víctimas inocentes.

Existe, además, la obligación moral de ayudar a los países víctima a luchar contra el terrorismo y la involución, ya que son éstos, más que ningún otro, los objetivos más inmediatos y odiados del terrorismo islamista internacional. ¿Podemos imaginar escenarios tan terribles como la caída de Pakistán en manos islamistas nación con más de 140 millones de habitantes y armas nucleares; o la de Egipto, país central y esencial en el mundo árabe por su peso demográfico, su historia, además de ser el único país del mundo árabe, geográficamente central con respecto a los tres ejes que lo forman, es decir, el Magreb, el Próximo Oriente y el Medio Oriente y el Golfo; o la de Jordania, país amortiguador por excelencia o la de Túnez, Marruecos o Argelia? Si esto ocurriese estaríamos ante la confirmación de la peor de nuestras pesadillas. Es nuestro deber evitarlo por interés propio.

Tenemos que evitar que el islamismo se expanda en detrimento del Islam. Tenemos que apoyar a éste en su lucha contra el primero, para evitar que buenos creyentes se conviertan, por la manipulación retorcida y sanguinaria del islam, en violentos islamistas.

Hoy no podemos resignarnos a que el choque de civilizaciones y/o de religiones se haga realidad aunque muchos se empeñen en empujarnos hacia su abismo. Tenemos que ser capaces de desmentir una premonición, que de seguir por ciertos caminos, podría acabar confirmándose. Está en nuestras manos.

El Foro de Ermua denuncia ante el juez la próxima reunión entre Ibarretxe y Batasuna
Servimedia - Madrid.- La Razón 15 Abril 2006

El Foro Ermua ha presentado una denuncia ante el juez de la Audiencia Nacional Fernando Grande-Marlaska solicitando que tome las medidas oportunas para evitar la quiebra de la medida cautelar de suspensión de Batasuna que supondría la celebración de la anunciada reunión del lehendakari, Juán José Ibarretxe, con la ilegalizada Batasuna, el próximo día 19 de abril.
 
La organización vasca requirió también a Ibarretxe que anule la citada reunión con Batasuna, porque se trata, señala en una nota de prensa, de una asociación declarada terrorista por la Audiencia Nacional, la UE y los EEUU y considerada instrumento de ETA por el Tribunal Supremo, mediante sentencia firme. Se encuentra ilegalizada y suspendidas sus actividades por el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional, respectivamente.

El Foro Ermua acusa al lehendakari de «promover la quiebra de la medida cautelar dictada y la desobediencia a la sentencia de ilegalización dictada por el Tribunal Supremo» y, añade que esta actitud, «no sólo nos aporta un claro ejemplo del tipo de compromiso con el Estado de Derecho y la democracia que tiene el Gobierno vasco, sino que puede incurrir en una actuación delictiva». Y añade que trabajará todo lo necesario para que se cumpla la Ley y para perseguir los delitos que se cometan al obviar las prohibiciones de actuación de Batasuna.

Asimismo, denuncia la pasividad de la Fiscalía General del Estado y de la Delegación de Gobierno, ante el anuncio público de la reunión de una organización terrorista, y califica el hecho de un «elemento más para quebrar la confianza que inicialmente depositamos en el Gobierno ante la tregua de ETA».

Esta pasividad hay que sumarla a la misma pasividad en estas recientes semanas frente a las anteriores actuaciones públicas de Batasuna, señala el comunicado del citado foro ciudadano, «al ensalzamiento o justificación de la figura de Otegi por parte del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero y del secretario de Organización del PSOE, José Blanco, y a la calificación de ‘accidentes’ de los asesinatos por parte del propio Zapatero, entre otras».

A juicio de la organización, todas estas actitudes «permisivas y claudicantes» generan una profunda preocupación en el Foro Ermua y «nos hacen perder la confianza en la determinación que pudiera tener el Gobierno de España para aprovechar la situación actual para perseguir la derrota final del terrorismo». Por último, advierte de que «no se nos puede pedir que confiemos en las declaraciones del Gobierno afirmando que no pagará un precio político a ETA por dejar de matar, cuando vemos como no hace nada porque se aplique la Ley a una organización declarada terrorista e instrumento de ETA, como es Batasuna. Tal actitud es ya el pago de un nuevo precio político», concluye.

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