AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 17 Abril  2006
La "nación vasca" y el pacto ETA-ZP
EDITORIAL Libertad Digital 17 Abril 2006

Los nacionalistas vascos celebran el `Aberri Eguna´ aferrados a la misma vieja idea: la independencia
Jesús Cacho El Confidencial 17 Abril 2006

Paz independentista
Por EDURNE URIARTE  ABC 17 Abril 2006

Y dale con los derechos históricos
Por LUIS IGNACIO PARADA ABC 17 Abril 2006

Zapatero y el silencio del PP
Agapito Maestre Libertad Digital 17 Abril 2006

Nación, nacionalismos, terrorismo
Pío Moa Libertad Digital 17 Abril 2006

En el nombre de la República
Pablo Sebastián Estrella Digital 17 Abril 2006

La primera crisis
FLORENCIO DOMÍNGUEZ EL Correo 17 Abril 2006

El rigodón
IGNACIO CAMACHO ABC 17 Abril 2006

Orgullo republicano
JUAN MANUEL DE PRADA ABC 17 Abril 2006

División nacionalista
Editorial ABC 17 Abril 2006

El Aberri Eguna del nacionalismo vasco: un siglo de mentiras
Santiago Abascal elsemanaldigital 17 Abril 2006

Irlanda, ¿un modelo?
ROGELIO ALONSO  El Correo  17 Abril 2006

Arqueología republicana
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 17 Abril 2006

El repliegue del Estado y la promesa rota por el presidente
Esther L. Palomera La Razón 17 Abril 2006

Barrio acusa al PNV de querer "ocultar la realidad de la violencia" para "potenciar el nacionalismo"
Libertad Digital 17 Abril 2006

La "nación vasca" y el pacto ETA-ZP
EDITORIAL Libertad Digital 17 Abril 2006

Un nacionalismo exultante y eufórico ha celebrado este domingo el Aberri Eguna –"Día de la patria vasca"–, con la misma retahíla de proclamas separatistas y anticonstitucionales que de costumbre. Si el lehendakari Ibarretxe no ha reconocido más Constitución que los supuestos "derechos históricos" de los vascos, la presidenta de EA, Begoña Errazti, ha asegurado que "nadie puede parar a nuestro pueblo" en este "choque de soberanías".

Dice Ignacio Astarloa que los "disparates" del nacionalismo "no son nuevos", que la novedad es la "condescendencia" del PSOE "que está asumiendo los proyectos nacionalistas". Ciertamente, sin esta "condescendencia" de los socialistas no se justificaría la euforia de los nacionalistas ni se verían sus "disparates" tan factibles y al alcance de la mano.

Si la reacción de los socialistas ante las delirantes proclamas de los separatistas y ante las supuestas cartas de extorsión de ETA a empresarios navarros, se ha limitado a arremeter contra el PP y sus dirigentes "a los que les gusta más vivir con ETA que sin ETA", habremos de concluir que lo del PSOE es mucho más que una simple "condescendencia".

Vaya por delante que la verdadera extorsión de ETA no es la que tiene forma de carta a los empresarios, sino aquella, en forma de comunicado, en la que los encapuchados terroristas nos anunciaban un "alto el fuego" con el reiterado precio político de la independencia de Euskalherría. Que el síndrome de Estocolmo de unos y los infames cálculos electorales de otros, nos quieran presentar ese "permanente" chantaje como un "proceso de paz", es un espejismo que no creemos que ETA lo vaya a poner en peligro ahora con unas cartas a empresarios fuera de plazo. Lo que hay que señalar no es la fecha del membrete, sino los mil asesinados que acarrea su firma.

En cualquier caso, si Otegi señalaba, hace unos días, que ellos tienen que "verificar" la disposición del Estado francés y español a aceptar "la reunificación del pueblo vasco en un estado independiente", ETA va a tener la oportunidad de constatar, en unos pocos meses, pagos menos ambiciosos, pero no menos significativos, de la "condescendencia" de los socialistas. Eso y no otra cosa sería su alianza con los separatistas de Estella para acabar con el estatuto de Guernica: un maquillado plan Ibarretxe, insuficiente como aquel para ETA, pero lo suficientemente inconstitucional como para cerrar el frente anti-PP, proclamar la "nación vasca" y poner, negro sobre blanco, algunos de los típicos "disparates" de los nacionalistas en el Aberri Eguna; esos "disparates" que los socialistas han dejado de denunciar y que, dentro de poco, suscribirán.

Los nacionalistas vascos celebran el `Aberri Eguna´ aferrados a la misma vieja idea: la independencia
Jesús Cacho El Confidencial 17 Abril 2006

Me llama un amigo en plena Semana Santa para manifestarme su perplejidad, también su enfado, por el tono, en la forma y en el fondo, del debate contemporáneo en torno a la crisis del País Vasco. Se quejaba mi amigo de que el Gobierno, las fuerzas políticas, los medios de comunicación y la sociedad entera hayan aceptado, estén aceptando como bueno el argumento de que el problema vasco consiste en lograr el fin de ETA, se reduce a acabar con la banda terrorista, cuando ésta es una premisa falsa que está ocultando y haciendo desaparecer del debate el problema original, que no es otro que el de la voluntad de ruptura del nacionalismo vasco, la determinación de romper España y hacer realidad una Euskadi independiente. Ése es el verdadero problema, y no ETA.

Y no le falta razón a mi amigo, hasta el punto de que la sociedad anestesiada se siente cada día más inclinada a creer que conseguida la desaparición de ETA, camino larguísimo en el que apenas se han recorrido unos metros, asunto cerrado, historia acabada, y a otra cosa mariposa. Y no es eso, claro está. Porque todos sabemos o deberíamos saber, empezando por el señor presidente del Gobierno, que ETA es sólo una parte, un intento de atajo, caracterizado por el uso de la violencia, en el camino que para los nacionalistas conduce a la independencia del País Vasco de España.

De modo, protestaba mi amigo, que aceptamos que nos den gato por liebre, permitimos que el propio Gobierno se vaya por las ramas, consentimos perder la batalla conceptual en esta guerra de ideas, al transigir con la ocultación de la verdadera raíz de un conflicto que no es otro que el intento de la clase política nacionalista, apoyada en el mejor de los casos por la mitad de la población vasca, de hacer realidad un Estado incrustado entre España y Francia, al que, de grado o por fuerza, habría que añadir Navarra.

Que ETA es apenas ese intento de atajo violento comentado lo demuestra el hecho de que todo el nacionalismo vasco -desde el de raíz burguesa hasta el revolucionario de izquierdas- comparte la misma aspiración: la independencia. De modo que, en el mejor de los casos, lograr el fin de la banda -asunto sobre el que no poca gente de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado se muestran harto desconfiados- sólo supondrá quemar una etapa que nos acercará al borde del precipicio: el deseo del nacionalismo vasco de romper con España.

La ensoñación independentista que preside el ideario del nacionalismo vasco desde Sabino Arana a esta parte quedó ayer meridianamente clara en las distintas celebraciones del Aberri Eguna. Fray Ibarretxe, por ejemplo, aseguró en Bilbao que la única Constitución que reconoce es "la formada por los derechos históricos del pueblo vasco". Pueblo vasco que, como ayer puso de manifiesto Jaime Ignacio del Burgo, no es sujeto de derechos históricos de ninguna clase, porque tales derechos corresponden a Vizcaya, Guipúzcoa y Álava. Josu Jon Imaz fue aún más claro al afirmar sin ambages que la nación vasca "tiene más sentido que nunca" y que "nuestro objetivo es construir la nación vasca".

De modo que ésta es la madre del cordero. Éste es el verdadero desafío de futuro y no la desaparición de ETA, a menos, claro está, que el fin de ETA se quiera utilizar como anestesia capaz de hacer olvidar a una inmensa mayoría de españoles la voluntad de vivir en la España cuyas fronteras nos legaron nuestros mayores. Sabemos que la ensoñación nacionalista apenas conseguirá arrancar una displicente sonrisa de la Francia bonapartista, pero, por el contrario, cada día son más los españoles que desconfían de la determinación de Rodríguez Zapatero para defender a capa y espada esas fronteras. ¿Está dispuesto el presidente del Gobierno de España a hablar de ese derecho de autodeterminación que reclama el nacionalismo vasco?

Paz independentista
Por EDURNE URIARTE. Catedrática de Ciencia Política. Universidad Rey Juan Carlos ABC 17 Abril 2006

ETA ha ganado la mitad de la partida antes del comienzo oficial de la negociación. Ha impuesto la palabra paz y ha convertido en verdad oficial el mito del conflicto ancestral entre los vascos y España. Ha conseguido incluso una buena parte del otro 50 por ciento, la legitimación de la exigencia del derecho de autodeterminación. Pero no sólo por la eficacia de la violencia, sino, sobre todo, por la renovada capacidad de presión que el anuncio de su final ha dado a la confluencia de todo el nacionalismo vasco en el mismo objetivo, la soberanía de los vascos para la construcción de la nación vasca. En realidad, más que la negociación de ETA, ésta será la negociación independentista de todo el nacionalismo vasco, la que todos sus partidos han reivindicado en el Aberri Eguna sin diferencias de fondo sustanciales. Porque, violentos o demócratas, todos ellos han compartido y comparten la misma concepción de la patria vasca. Y aunque se abre una nueva fractura nacionalista, la del poder, ahora que la de los métodos parece desaparecer, será secundaria respecto a los efectos del objetivo final común.

Esa división de los dos nuevos bandos nacionalistas por el poder se ha confirmado en los prolegómenos y en los discursos del Aberri Eguna: el radical, con ETA al frente, y EA y Aralar de acompañantes, y el institucional, con el PNV en solitario. No por prefigurada desde hace algún tiempo, la división es menos llamativa. Sobre todo, por la rapidez y facilidad con la que ETA se ha hecho con la sumisión complaciente de EA. Pero, especialmente, por la insolencia con la que ha comenzado a disputar el liderazgo a quien durante tanto tiempo la excusó y alimentó ideológicamente, un PNV en peligro de ser engullido políticamente por sus siniestras criaturas.

Los dos primeros elementos relevantes del Aberri Eguna de este año tuvieron lugar unas horas antes de los mítines oficiales y ambos han sido controlados por ETA. El primero, el acto del sábado en Pamplona en el que EA y Aralar ratificaron su unidad de objetivos y estrategia y, probablemente, de acción futura, con Batasuna. Y el segundo, el número especial de Zutabe en el que ETA pone en solfa al PNV pero, sobre todo, saluda el alejamiento de EA respecto a éste y le transmite en tono paternalista su disposición a acogerlo si ese alejamiento continúa en la buena dirección.

No quedaban muchas dudas, pero, por si alguien las conservara, el Aberri Eguna de EA en Gernika ratificó la apuesta por la alianza con Batasuna. El mensaje principal de su presidenta, Begoña Errazti, fue la unidad abertzale, y el de su secretario general, Unai Ziarreta, el derecho de autodeterminación y la valoración de ETA como una consecuencia del conflicto que hay que superar en la mesa de partidos. Es decir, exactamente lo mismo que lo dicho por Batasuna en su comunicado del jueves, la resolución del conflicto a través del derecho de autodeterminación y las dos mesas, la de ETA y los estados y la otra, la esencial, la de los partidos.

Pero el tercer dato relevante de este Aberri Eguna es que el mensaje del otro bando nacionalista, el del PNV, no ha sido muy diferente. Un buen conocedor del nacionalismo, José Luis Zubizarreta, destacaba ayer en El Correo («El PNV toma posiciones») que en el PNV se ha impuesto la vía Imaz, basada en dos ideas, que la normalización no puede derivarse de la violencia y que el proyecto del PNV debe basarse en el reconocimiento del pluralismo vasco y en la búsqueda de la integración. Añadía Zubizarreta que ése es el nacionalismo pactista que se diferenciará del rupturista de Batasuna. El problema, me temo, es que esa moderación y ese espíritu de integración corresponden, cada vez más, al campo de los sueños o los buenos deseos. A pesar de Imaz. Porque son imposibles para un PNV en el que la normalización significa desde hace tiempo lo mismo que para ETA, el reconocimiento del derecho de autodeterminación. Da lo mismo que el PNV nos diga que la normalización no puede asociarse a la pacificación si la reivindicación y el objetivo son los mismos. Imaz y Egibar parecen hablar lenguajes distintos, pero a estas alturas sus diferencias respecto a los objetivos o al concepto de paz son de meros plazos, no de fondo. La «oportunidad para la paz» a la que se refería ayer Ibarretxe en Bilbao o el «amanecer de la paz y de la libertad» de Imaz significan, lo explicaron ayer, la oportunidad para la independencia, el derecho a decidir.

Póngasele el nombre que se desee, pero el final del «proceso de paz» es para todos los nacionalistas, violentos o demócratas, el derecho a la independencia. La novedad abierta por la tregua de ETA es la posibilidad de cambio de liderazgo dentro del nacionalismo y, sobre todo, el reforzamiento del radicalismo. Si el PNV se inclinó definitivamente por su corriente independentista hace bastante tiempo, ahora que ETA se dispone a disputarle electores e instituciones en las mismas condiciones, el radicalismo será definitivo. Sin la sombra de la violencia, no podrá escapar a la disputa de quién es el mejor nacionalista y el más fiel defensor de la patria.

Y esta radicalización será más imparable si cabe por el empujón del Partido Socialista, desde el Gobierno en la negociación con ETA, y desde el PSE en la contienda política vasca. Desde el Gobierno, y por una mezcla de motivos pragmáticos, el fin de ETA, e ideológicos, la ambivalencia respecto al independentismo, el PSOE ya ha legitimado una buena parte del discurso etarra. Lo ha hecho con la aceptación oficial del concepto etarra de paz. ¡Lamentable su abierta asunción por el presidente del Gobierno y el nuevo ministro de Interior! Y lo ha reforzado con su aceptación de la mesa de partidos, de la idea de que «todo», léase derecho de autodeterminación, será negociable sin violencia. Y desde el PSE, por su tentación de sumarse al nuevo marco político que la mesa de partidos pretende negociar. Por los mismos motivos ideológicos que el Gobierno y por unos pragmáticos algo diferentes, el deseo de subirse al carro del poder, sea cualquiera el bando nacionalista que lo controle.

Sólo caben dos dudas sobre este futuro de radicalización nacionalista apuntalado por las tentaciones «catalanas» de los socialistas. Una, la repugnancia hacia ETA y la consiguiente resistencia ética de una buena parte de los vascos a aceptar su nuevo liderazgo. Y, dos, la existencia de una sociedad no nacionalista muy extensa, muy diferente a la catalana, que también puede resistirse a este futuro independentista bendecido por los socialistas. Los objetivos y la estrategia de los protagonistas políticos de este proceso están definidos. Pero los ciudadanos podrían dar algunas sorpresas.

Y dale con los derechos históricos
Por LUIS IGNACIO PARADA ABC 17 Abril 2006

IBARRETXE, cuyo partido, el PNV, obtuvo 420.980 votos en las elecciones de marzo de 2004 dijo ayer en la celebración del «Día de la patria vasca» que «la única Constitución del pueblo vasco es la Constitución formada por los derechos históricos del pueblo vasco». Debería saber a estas alturas que el pueblo vasco, compuesto por 2,1 millones de ciudadanos no tiene derechos históricos sino que éstos corresponden a Vizcaya, Guipúzcoa y Álava.

Todos los materiales ideológicos del nacionalismo vasco proceden del pasado fuerista. Sabino Arana cambió de nombre a los Fueros y los llamó «lagi-zarrak», leyes viejas. Y no es lo mismo. Porque los fueros no son expresión de independencia ni testimonio de la capacidad de autolegislación, sino concesiones. El propio nombre, de raíz castellana, designa los privilegios otorgados por los reyes desde la Edad Media a la provincia de Guipúzcoa y al Señorío de Vizcaya, recogidos en un pacto solemne para cuya modificación era siempre necesaria la firma real.

Los «derechos históricos» están reconocidos en la Disposición Adicional Primera de la Constitución, aprobada en referéndum, por cierto, pese a la recomendación de abstención que hizo el PNV y que dio lugar no como se dice a que en el País Vasco fuera mayoritario el voto negativo, sino a que la abstención fuese quince puntos más alta. El Tribunal Constitucional ha establecido que, dado su carácter excepcional, esos derechos deben ser interpretados restrictivamente, ceñidos sólo a algunas peculiaridades. No son, pues, fuente de derecho: son una fórmula para establecer las relaciones tributarias y financieras entre el Estado y el País Vasco. Los titulares de los derechos históricos son las antiguas provincias, no la comunidad autónoma. Y la competencia tributaria de Euskadi reside en las Instituciones de sus tres territorios históricos, Álava, Vizcaya y Guipúzcoa, no en el pueblo vasco ni en los ciudadanos vascos. Sostener lo contrario es falsificar la Historia.

Entrevista de Pedro J.
Zapatero y el silencio del PP
Agapito Maestre Libertad Digital 17 Abril 2006

Porque siempre me he tomado en serio a Zapatero, creo que es el momento de preguntarle a la oposición, al PP, que nos explique cómo parará a este hombre que ha situado a España, a la nación democrática, al borde del abismo. Es importante que el PP salga ya a la calle y se enfrente a la dura realidad, que no es otra que el cambio de régimen político sin contar con su consentimiento. Una vez más la cosa quedaba meridianamente clara en la entrevista que Pedro J. Ramírez le hacía a Zapatero Sus respuestas demuestran que no le importa una higa la actitud y la opinión de millones de españoles que han votado al PP. Toda su "política" se reduce a marginar, o peor, a estigmatizar al PP del nuevo régimen político, que pretende imponernos. El talante tosco y bronco, democráticamente hablando, del personaje aparece varias veces en la entrevista, pero destaca un momento que el presidente llama la atención del periodista, en realidad, le perdona la vida al entrevistador a propósito de los agujeros del 11-M: "Durante dos años hemos soportado con paciencia democrática insinuaciones abominables, cábalas sin fundamento y conspiraciones inventadas (...)", sin embargo, viene a decir Zapatero, yo le concedo a usted esta entrevista...

La cosa es dura, pero Zapatero, como todos los políticos sectarios, no cesará en llevar hasta sus últimas consecuencias el pacto de hierro entre el PSOE y los nacionalismos centrífugos, incluido el representado por los terroristas. Zapatero es el último eslabón de una dura cadena, que la izquierda española ha ido componiendo en las últimas décadas. Sí, más que entrelazados, la izquierda española ha aceptado o, simplemente, se ha integrado en las propuestas totalitarias de los nacionalismos. Éste es el acontecimiento "político" más importante de la transición y la democracia y, quizá, de los últimos años del franquismo. Es un novum, que algunos hemos tratado de desligar de otros periodos de nuestra historia, pero que tendrá consecuencias trágicas: el fin de la democracia. Una muerte anunciada repetidas veces con la actuación del Gobierno al margen de la opinión del PP, o sea, de la mitad de la población.

La entrevista del domingo de Zapatero con Pedro J. Ramírez da pruebas de que el presidente del Gobierno nos conduce al disparate. La tragedia está a la vista, pero el pueblo, el gentío, sólo parece estar preocupado por las vacaciones. El panorama político es oscuro, pero las intenciones y los pasos de Zapatero son firmes para terminar con el régimen de la transición. Nadie se llame a engaño. Zapatero quiere un cambio de régimen político de acuerdo con las estrategias terroristas y nacionalistas. La democracia desaparece poco a poco y en el panorama se instala un régimen de violencia verbal, ruptura y negación del otro. Sin esta clave rupturista y republicana es imposible entender la entrevista de Pedro J. Ramírez a Rodríguez Zapatero.

¿Qué cosa hace ante este panorama el PP? Sospecho que bastante menos de lo que desearían sus bases. Fuera del ejercicio de oposición, a veces brillantísimo en el Parlamento, el PP está demasiado encogido, demasiado encerrado en lo políticamente correcto: esperar, ver y actuar de comparsa. He ahí la otra parte de la tragedia que se le viene encima a España.

Nación, nacionalismos, terrorismo
Pío Moa Libertad Digital 17 Abril 2006

Las confusiones y disputas a que han dado lugar los términos nación y nacionalismos son interminables, así que conviene explicar en qué sentido los toma cada cual. Aquí entendemos que las naciones –algunas naciones-- son, desde luego, anteriores a los nacionalismos. Éstos surgen básicamente en el siglo XIX, con la idea de que la nación, el pueblo, asume y ejerce la soberanía, excluyendo a cualquier otro soberano. Doctrina democrática en principio, aunque susceptible de tornarse en lo contrario.

Armados con esa doctrina, numerosas minorías políticas e intelectuales han reconstruido, o incluso inventado, naciones antes inexistentes, a fin de alcanzar un poder que de otro modo no tendrían. Las naciones vasca o catalana son un invento tardío de los nacionalismos de finales del siglo XIX. Fundados ambos, sobre todo el vasco, en sorprendentes exaltaciones racistas, en idealizaciones típicamente románticas del feudalismo medieval, y en la pretensión de que España o no existía o era enemiga de los vascos y los catalanes –que tanto habían ayudado a formar la nación española--. En buena medida constituyen una reacción al éxito creciente del liberalismo en España.

El balance histórico de ambos movimientos en su siglo largo de existencia no puede ser más revelador: contribuyeron, junto a otros grupos mesiánicos, revolucionarios y terroristas, a hundir los sistemas de libertades de la Restauración y la República; y cayeron en una nada honrosa pasividad durante las dos dictaduras. Con una sola excepción real, ya a última hora del franquismo, la ETA: un grupo declaradamente totalitario, con el asesinato por la espalda como marca de fábrica.

Y desde la Transición, la complicidad política entre los secesionismos y el terrorismo ha sido el factor principal de corrosión del sistema de democrático, aniquilando casi las libertades en las Vascongadas y socavándolas en Cataluña. Asombrosamente, a última hora se les ha unido el gobierno del PSOE. O quizá no tan asombrosamente. Se trata del partido más corrupto de la historia reciente de España, adverso a Montesquieu, con su propio historial terrorista nunca autocriticado y sin ningún Besteiro entre sus líderes. Así ha nacido la Alianza contra la Constitución, esto es, contra la unidad y la democracia españolas. Con este toro hemos de lidiar los ciudadanos.

En el nombre de la República
Pablo Sebastián Estrella Digital 17 Abril 2006

Se han cumplido 75 años del advenimiento de la II República Española, intento fallido de conducir la endémica autocracia española por senderos de una democracia formal y representativa que en los albores del siglo XXI aún se nos antoja una quimera porque el régimen nacido de la transición, ahora agotado y en crisis, se revela incapaz de avanzar hacia un modelo de convivencia nacional moderno y democrático. El que nos permitiría salir del vigente régimen partitocrático, que sirvió para garantizar un largo periodo de libertades, estabilidad y progreso en los últimos 30 años, pero que ahora deambula sin rumbo cierto hacia una reforma encubierta y confederal del Estado en la que no faltan guiños y alusiones a una revisión de la Historia y de la Guerra Civil con la III República como un horizonte idílico que empieza a emerger en debates políticos y de actualidad.

El pacto político de la transición está agotado y desfallece falto de ideas y de liderazgo por causa de sus propias carencias: la no ruptura con el régimen anterior, que propició el golpe de Estado del 23F, y un régimen sin separación de los poderes del Estado y con sistema electoral proporcional y no representativo que propició: los abusos (corrupción y crimen de Estado, gobiernos de González); el autoritarismo (gobiernos de Aznar); la presencia desproporcionada de minorías nacionalistas en el Parlamento; el bajo nivel de legisladores y gobernantes; y el establecimiento de nuevos reinos o taifas regionales donde el modelo estatal de acumulación de poderes sin controles facilitó el nacimiento de auténticos reyezuelos que impidieron la alternancia democrática en sus territorios. Y en el caso de las autonomías nacionalistas fomentaron el que hoy es el primer problema de España: la secesión del País Vasco y de Cataluña.

España no se rompe —por más que se empeñen algunos—, la economía va bien, el nivel de vida de los españoles es satisfactorio y las libertades funcionan razonablemente, por más que existen agitadores y consorcios que las condicionan. Pero el régimen está hoy enfermo, debilitado y sin un liderazgo firme, democrático y respetuoso con la identidad y la realidad histórica de España, como es el caso del Gobierno de Zapatero, para el que la nación “es discutida y discutible”.

Lo que unido a la voracidad de socios nacionalistas que dan estabilidad al Ejecutivo —los que han olido la herida de la presa y saben que ésta es una oportunidad para romper el marco constitucional y el modelo del Estado— nos permite imaginar una procelosa travesía hacia nadie sabe dónde, en la que se habla de Estado federal, confederal, de una nación de naciones e incluso de la III República, embarrando el ideal de la Democracia en este e improvisado berenjenal político español y propiciando una grotesca revisión de la Historia que se remonta hasta la Edad Media y ha facilitado una interesada y aparente connivencia entre los partidos que perdieron la Guerra Civil, y que ahora saborean una victoria virtual. A sabiendas los legalmente confabulados, en el pacto parlamentario que da estabilidad al Gobierno de Zapatero, que la masacre del 11M, ampliada en sus efectos políticos por las desesperadas mentiras del último Gobierno del PP —que todavía agitan algunos de sus propagandistas y dirigentes notables de este partido—, movilizó con indignación a una gran parte de la sociedad española y se convirtió en encrucijada esencial como el golpe de Estado del 23F o el estallido de la corrupción felipista. En un punto y aparte desde el que se ha empezado a construir el nuevo régimen, la que se llama segunda transición, a la que con gran sentido de la oportunidad y consciente de su imparable decadencia y agotamiento ha decidido unirse ETA mediante una negociación política, bajo la que camuflan la que era su irremediable rendición por causa de su aislamiento político, del cerco policial y de la pérdida de todo apoyo internacional tras los atentados terroristas de Nueva York, Londres y Madrid perpetrados por el demencial terrorismo islámico.

La retirada de las tropas de Iraq —la pequeña “división azul” de Aznar—, el referéndum por Europa, el nuevo Estatuto soberanista catalán y el “alto el fuego” permanente de ETA son los cuatro pilares que marcan el ritmo de una reforma en la que se improvisa sobre la marcha. Por ejemplo, ahí están el cambio de parejas en el Estatuto de Cataluña, ERC por CiU, la caída del Gobierno del pomposo ministro españolista José Bono, el destierro al Vaticano del alcalde catolicón del PSOE en La Coruña en plena tensión laica con el Vaticano —que comparte con Washington los desdenes de Zapatero— y la caída en desgracia de Pasqual Maragall. Y a no perder de vista los continuos guiños y gestos izquierdistas y republicanos: los elogios de Zapatero en el Senado a la II República, el traslado del archivo de la Guerra Civil a Cataluña, el envío del Guernica al País Vasco, etc. Ni olvidar el vuelco producido en el campo audiovisual, un asunto esencial, porque se está liquidando RTVE para trasladar su poder político y electoral en favor de grupos editoriales que han de garantizar en las elecciones generales la futura victoria del PSOE. Y todo esto en sólo dos años del Gobierno de Zapatero nacido de las cenizas del 11M de Madrid.

Cuatro pilares de gran alcance e impacto político que el Gobierno del PSOE ha sabido adornar con llamativas iniciativas legislativas de corte social a favor de la mujer de los jubilados, descapacitados, homosexuales y de un sentimiento laico que crece mientras la Iglesia católica permanece inmóvil e incapaz de adaptarse a los tiempos modernos de la ciencia y la tecnología. Abriendo más si cabe la brecha que separa la izquierda de toda una derecha tradicional y confesional.

La derecha del PP que aún no ha asumido la derrota del 14 de marzo del 2004, de la que sólo ellos son responsables —por las mentiras y mala gestión de la crisis de Iraq y del 11M—, y que no ha sido capaz de renovar sus dirigentes marcados por el reciente pasado que les ata y les impide mirar hacia el futuro, como pretendió de manera inútil Rajoy en la fallida Convención del PP. Partido que, por causa de los desvaríos de un Aznar soberbio y exhibicionista del rancio nacionalismo español, fue derrotado, aislado y señalado por los propagandistas de Zapatero como el heredero del franquismo. Y, en consecuencia, una fuerza política que está desprovista de la credibilidad necesaria para denunciar las nuevas reformas que burlan la Constitución de 1978 y esquivan de manera flagrante la soberanía popular. De ahí la importancia de que surgiera en estos momentos un partido de centro y medios de comunicación capaces de competir en el centro izquierda con el gigantesco aparato de propaganda del PSOE.

De loco o de visionario habría silo calificado cualquiera que, tras las elecciones del 2004, se hubiera atrevido a vaticinar que el presidente Zapatero en tan sólo dos años pretendía: retirar las tropas de Iraq tensando las relaciones con Estados Unidos, avanzar en las conquistas del Estado laico (matrimonios gays, divorcio exprés e investigación genética) haciendo frente al Vaticano, regresar al ámbito europeo (abandonado por el PP), recuperar relaciones con el mundo árabe (Alianza de Civilizaciones), reformar los Estatutos de Cataluña y del País Vasco en pos de una España federal o confederal y, con estas reformas como telón de fondo, buscar una urgente tregua de ETA para negociar el final de la banda terrorista.

Pues loco o visionario, todo esto en marcha está y, aunque mantiene la inquietante apariencia de un débil castillo de naipes por los peligros que encierra, cuenta con una sólida base de estabilidad política en la alianza del PSOE con los nacionalistas y en las perspectivas electorales positivas que todas las encuestas le otorgan hoy al liderazgo de Zapatero. Y sobre todo se apoya en la bonanza económica que, aunque da signos de debilidad, mantiene altas las expectativas del crecimiento de la economía española.

Pero aunque todo esto permite al Gobierno y sus aliados nadar en el optimismo y en la euforia del momento —sobre todo por la tregua de ETA, que sirvió de válvula de escape a la indignación nacional por el Estatuto catalán—, los problemas de fondo de la España del siglo XXI siguen ahí porque el modelo de Estado de la Constitución de 1978 se ha puesto en entredicho y nadie está dispuesto en el Gobierno a decir hacia dónde vamos, entre otras cosas porque ni el propio Zapatero lo sabe. De ahí las alusiones y coqueteos republicanos del presidente, en los que los nacionalistas ven, como ocurrió en 1931 y en 1936, la oportunidad del segundo escalón hacia la independencia.

Sin embargo, todos estos que se llenan la boca de Democracia y de República deberían saber que si ambos ideales se pusieran en marcha con todas sus consecuencias sería la unidad nacional el primer objetivo del nuevo régimen, amén de la separación de todos los poderes del Estado, la elección del presidente del Ejecutivo por sufragio universal implicando a todos los españoles en el voto (catalanes, vascos, gallegos, andaluces, etc), el final —por causa de una ley electoral mayoritaria y representativa— de las minorías nacionalistas chantajistas del Estado y el resurgir del reforzamiento de todos los signos de identidad nacional —patria, bandera, himno, lengua, historia, ejército, diplomacia, etc.— por encima del emergente galimatías, en este bamboleante cambio de Régimen y de la Constitución por la puerta trasera de leyes orgánicas camufladas. Esta imaginaria torre de Babel coronada de naciones e idiomas varios con derechos históricos que en su día fueron remplazados por la verdadera Historia de España, como un hecho objetivo y una indiscutible realidad.

Tomar en vano el nombre de la Democracia y de la República para adornar los cambios y reformas actuales hacia nadie sabe dónde es un ultraje y una temeridad. Sólo faltaba esto: disfrazar la partitocracia, el Estado de partidos que está en el origen de los males y carencias democráticas de nuestro tiempo, de regeneración democrática y republicana. Éste no es un objetivo inmediato porque todavía le quedan muchas pruebas por pasar —el Estatuto vasco y la negociación con ETA, entre otras— al vistoso castillo de naipes de Zapatero.

La primera crisis
FLORENCIO DOMÍNGUEZ EL Correo 17 Abril 2006

Todavía no hemos andado un solo metro del camino de la paz y ya hemos tenido la primera crisis. Media docena de cartas amenazadoras de extorsión -una carta con el sello de ETA es siempre un acto de intimidación, aunque se trate de una felicitación navideña- acaban de provocar una inquietante inversión de la lógica democrática.

Al darse a conocer la noticia de la existencia de las cartas, desde ámbitos socialistas y del propio Gobierno se han difundido mensajes exculpatorios de la actuación etarra que relativizan la importancia del hecho. Al margen de la valoración que pueda hacerse sobre el mantenimiento de la extorsión terrorista, lo que sí resulta llamativo es ver al Gobierno dando explicaciones acerca del envío de las misivas, es decir, sobre una actuación cuya responsabilidad corresponde a ETA.

Es en ese comportamiento en el que se produce la inversión de la lógica democrática: el Gobierno no está para dar explicaciones sobre lo que hace ETA, sino para pedir responsabilidades a la banda. Las cartas no las ha enviado José Luis Rodríguez Zapatero sino los miembros de ETA y, por tanto, es al Ejecutivo al que le corresponde reclamar aclaraciones y son los terroristas los que tienen que rendir cuentas ante sus interlocutores oficiales y ante la sociedad. No seguir esta pauta supone conceder una gran ventaja a los terroristas y poner en un aprieto al Gobierno. No hay más que ver cómo en la polémica suscitada tanto ETA como su brazo político han estado al margen, como si la cosa no fuera con ellos, mientras socialistas y populares se intercambiaban acusaciones y reproches.

El papel del Gobierno no es presentarse como avalista ante la sociedad de los movimientos de ETA, dar por supuestos los buenos propósitos de la banda, pedir comprensión hacia los incumplimientos de la tregua en que pueda incurrir el grupo terrorista o tolerar la vulneración de las decisiones judiciales por parte de su brazo político. La mejor garantía para la paz es un Estado vigilante, no un Estado que haga suya la frase aquella de que 'por la paz, un avemaría', porque, al final, siempre se acaba rezando el rosario entero.

El tan invocado proceso de paz irlandés es la mejor demostración de a dónde conducen este tipo de errores, como ha puesto de manifiesto Rogelio Alonso al denunciar la «impunidad e indulgencia» aplicadas al Sinn Fein para que hiciera «la transición desde el terrorismo a la democracia» y los efectos contraproducentes que ello había generado, tal y como reconocieron los primeros ministros irlandés y británico. Bertie Ahern admitió que para atraer al Sinn Fein al ámbito democrático había «ignorado todo tipo de cosas» sobre actividades del IRA. En España estamos a tiempo de no repetir errores ajenos.       f.dominguez@diario-elcorreo.com

El rigodón
Por IGNACIO CAMACHO ABC 17 Abril 2006

PODRÍA ser un «pas à deux», o una «country danse», que por falsa etimología traducimos en español como contradanza. Tratándose de españoles sería un rigodón, o un zortziko si hablamos de vascos. Pero no es un baile: es una negociación. Aunque una negociación cuyos ritmos y compases parecen responder a una pauta marcada.

Todo el mundo lo niega, pero cada vez hay más gente convencida de que el diálogo con ETA tiene una hoja de ruta bastante más definida de lo que aparenta. Hay variantes sobre los tiempos, que dependen de la manera en que los bailarines interpreten su papel en la pista. Por supuesto que pueden producirse resbalones, gestos desacompasados o disonancias en la partitura. Pero los que saben, o creen saber, intuyen que esa partitura tiene principio y fin, y que está completa aunque no haya sido escrita. La van a tocar de oído, pero las partes conocen la melodía y de algún modo la han pactado.

Los pasos del ballet están siguiendo ya su compás. Primero, el alto el fuego; después, el presidente reunido con los líderes parlamentarios; a continuación, el boletín de ETA elevando el listón de exigencias. Ayer le tocaba zapatear a Otegi, mientras Ibarretxe hacía ruido en la calle con un bombo para no quedarse fuera. Un movimiento por cada lado, aunque no todos vayan en la misma dirección; no van a faltar pasos atrás, e incluso hay quienes están dispuestos a improvisar por su cuenta un peligroso zapateado. En un momento dado, Batasuna hará un guiño y el Gobierno moverá a algunos presos. De momento vamos a base de ritmos sincopados, pero la velocidad del baile depende de la firmeza con que los bailarines ejecuten ciertas suertes cruciales. Para las elecciones locales de 2007, la música va a sonar fuerte, y los danzantes habrán de estar a la altura de la percusión. Sobre todo los batasunos, que se juegan mucho en el envite. Tienen premio asegurado si les sale la cabriola.

La partitura general incluye un nuevo Estatuto, para el que el modelo catalán constituye una suerte de programa de mínimos. El rango de nación, la Seguridad Social, la bilateralidad completa. Navarra será un son imposible de bailar, aunque habrá molinetes de adorno en torno a un referéndum de amejoramientos, o similar. Y en esos rondós de cara a la galería se incluirán compases con sones de autodeterminación. Pura alharaca; ese número no forma parte de la coreografía, al menos en esta fase.

El baile debe terminar con una apoteosis, pero aún no han salido a la venta las entradas para esa parte del espectáculo. Sobre todo porque los músicos desconocen la duración del concierto, y porque se reservan la posibilidad de interrumpirlo. Pero partitura hay. Y al menos media docena de personas la conocen. Rubalcaba la va a incorporar a ese célebre móvil glosado por Pilar Cernuda, politono «Paz», y Otegi al suyo, que debe de estar intervenido. Cuando suene en el de Zapatero, estará lista la escenografía. Lo que nos van a vender mientras, a base de declaraciones y hojarasca retórica, es musiquilla para la carta de ajuste. Ésa no la bailarían más que los ingenuos.

Orgullo republicano
Por JUAN MANUEL DE PRADA ABC 17 Abril 2006

SE trata de una norma que no admite excepciones: toda estrategia mistificadora usa como coartada la tergiversación histórica. La invención del pasado, el acuñamiento de mitologías falsorras, la suplantación de la escueta verdad por la pacotilla ideológica, la sustitución de las pruebas irrefutables que nos brinda la historia por un conglomerado de quimeras más o menos emotivas son coartadas que han amparado las tiranías más sórdidas y animado los intentos de desestabilización política, desde que el mundo es mundo. El fascismo y el comunismo no habrían triunfado sin estas coartadas; tampoco las formas más perversas de nacionalismo, urdidoras de paraísos que nunca existieron. En la exaltación de la Segunda República que en estos días alcanza su paroxismo (¿o se trata tan sólo de un anticipo de lo que nos aguarda?) detectamos idéntica tentación tergiversadora.

Es cierto que durante aquellos años florecieron las artes, que la expresión literaria alcanzó cúspides difícilmente igualables. Pero esta constatación no hace sino confirmar la verdad de aquel cínico aserto de Orson Welles en «El tercer hombre»: «En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras, matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco».

Hiela el corazón reconocerlo, pero la historia nos demuestra que suelen ser las épocas más feroces y convulsas las que deparan una más fecunda cosecha artística, quizá porque el genio se desenvuelve mejor en circunstancias adversas. Y adversos fueron, sin duda, aquellos años en que cuatro de cada cinco españoles padecían penuria; una situación que se arrastraba secularmente, pero que, desde luego, la Segunda República contribuyó a agravar. Años en que unos gobernantes ineptos se dedicaron a azuzar rencores atávicos y a instaurar rencores nuevos, hasta hacer irrespirable cualquier sueño de concordia.

Convendría, en esta hora de celebraciones mentecatas, recordar algunas expresiones de conspicuos republicanos, hoy encaramados a los altares de la beatería laica. Como aquella de Azaña, quien profirió sin empacho, ante el espectáculo dantesco de los conventos entregados a las llamas, una frase que merecería estudiarse como epítome de la demagogia más burda e irresponsable: «Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un solo republicano». O aquella otra, terrible y premonitoria, de Indalecio Prieto, ilustre dirigente socialista, quien tras el triunfo de la CEDA en las elecciones de 1933, advirtió: «En caso de que las derechas sean llamadas al poder, el partido socialista contrae el compromiso de desencadenar la revolución». A esto se le llama respeto a las reglas de juego democráticas. Cuando finalmente el radical Lerroux formó gabinete con tan sólo tres ministros de la CEDA, el partido socialista cumpliría el compromiso contraído, promoviendo junto a los sindicatos y a los separatistas catalanes una huelga general, eufemismo con el que designaron una sublevación en toda regla, ante la cual el Gobierno hubo de responder proclamando el estado de guerra. Convendría recordar también que, a partir de entonces, el partido socialista no cejó en su estrategia de acoso y derribo de la «podrida democracia liberal» que sustentaba la Segunda República; y que sus líderes más autorizados no vacilaron en vilipendiar el Parlamento y en preconizar la instauración de una dictadura del proletariado.

¿Son éstos los motivos de «orgullo y satisfacción» que nos brinda aquella etapa siniestra? Estas celebraciones mentecatas que hoy nos mantienen entretenidos, ¿no prefigurarán algo mucho más grave, cuya magnitud aún no logramos, o no nos atrevemos a atisbar?

División nacionalista
Editorial ABC 17 Abril 2006

LAS diversas familias del nacionalismo vasco celebraron ayer por separado el Aberri Eguna o «Día de la Patria Vasca», con el alto el fuego anunciado por ETA como telón de fondo de los discursos de sus líderes. La situación no es novedosa, porque entre los nacionalistas vascos siempre ha existido una pugna continua por la hegemonía interna y el liderazgo en el País Vasco, que les ha llevado a fuertes tensiones entre ellos, aunque con capacidad contrastada para reagruparse en tantos frentes como requiriera en cada momento la coyuntura. De hecho, en el Parlamento de Vitoria están presentes cuatro formaciones nacionalistas, dos de las cuales, Eusko Alkartasuna y Aralar, son fruto de escisiones, respectivamente, del PNV y de lo que en su día se denominara Herri Batasuna.

El alto el fuego anunciado por ETA no ha aproximado posiciones en el mundo nacionalista, sino que ha remarcado las diferencias tácticas y estratégicas entre el PNV y las demás formaciones que lo integran. La situación actual del PNV es, en este sentido, especialmente significativa. Apartado de los movimientos abertzales impulsados por el entramado batasuno -como el Foro de Debate Nacional-, pero anclado en proclamas soberanistas caducadas -«los derechos históricos son la Constitución de los vascos», dijo ayer un impenitente Ibarretxe- y empeñado en auparse a la cresta de la ola anunciando antes que nadie una mesa de partidos, los primeros pasos del llamado proceso de paz confirman que se le acerca al PNV la factura de más de veinte años de esa doble moral ante el terrorismo que le permitía rechazarlo formalmente pero acumular réditos políticos por su continuidad. En un reciente «zutabe» especial -boletín interno de ETA-, los terroristas diagnosticaban que el PNV «vive uno de sus peores momentos» y que «no puede esconder sus contradicciones internas». No es para menos que los líderes del PNV sospechen que entre los resultados últimos de la posible pacificación del País Vasco se encuentre su reducción a una formación no hegemónica, como lo era hasta ahora, privada del cínico argumento de postularse como solución ineludible para un problema -el terrorismo etarra- que nunca quiso resolver. La descolocación del PNV no viene dada por el estancamiento del Plan Ibarretxe -cuyos principios han acrisolado un denominador común de todo el nacionalismo, desde el democrático al terrorista, plenamente vigente-, sino por el fracaso de su estrategia de absorber a Batasuna/ETA aprovechándose de la sistemática labor de desmantelamiento por el Estado llevada a cabo en los últimos años. Ahora, el riesgo se ha invertido, porque es la izquierda abertzale la que abre la expectativa contraria y porque, en el punto de partida del proceso de diálogo entre ETA y el Gobierno, el PNV no cuenta de manera imprescindible para el buen fin de la empresa. Cuestión distinta es que tanto socialistas como batasunos caigan en el error de menospreciar la capacidad de maniobra de un partido acostumbrado a carecer de escrúpulos y a cambiar de montura a mitad de carrera tantas veces como fuera preciso. Lo demostró, por ejemplo, en 1997, cuando gobernaba con el PSOE en Vitoria, apoyaba al PP en Madrid y empezaba a negociar en secreto con ETA.

El terrorismo nunca ha sido un problema ético para las direcciones del PNV, sino una cuestión meramente política. Si realmente su actual presidente, Josu Jon Imaz, cree que «mezclar la autodeterminación con el proceso de paz sería justificar la violencia», como declaró a un medio de comunicación, tendrá que obrar en consecuencia y armar un discurso nítido e inequívoco ante las numerosas disyuntivas -morales, políticas y legales- que va a plantear el proceso de negociación con ETA. Entre tanto, la diferencia con experiencias similares anteriores es que el PNV es consciente de que no tiene la iniciativa y de que, por el momento, sus más de dos décadas gobernando omnímodamente el País Vasco no sólo no están condicionando el curso de los acontecimientos, sino que éstos se están fraguando al margen de un partido que, con todo el poder político, social, cultural y económico en sus manos, nunca se implicó en lograr la paz para los vascos.

El Aberri Eguna del nacionalismo vasco: un siglo de mentiras
Santiago Abascal elsemanaldigital 17 Abril 2006

Por más que, año tras año, se celebre, se erige sobre una gran falsedad. Ibarretxe considera los fueros como la "constitución histórica" de su Euskadi, pero los fueristas no pensaban así.

17 de abril de 2006. Hace más de un siglo se inventaron una patria, la edificaron sobre la mentira, la creyeron cierta, y la han intentado imponer a sangre y fuego durante las últimas cuatro décadas. La tozudez de la sociedad a la que quiere tornar en patria el nacionalismo vasco ha hecho necesario el terrorismo para que el propósito sea posible.

Ayer celebraban, por "nosecuanta" vez, el Día de la Patria Vasca. Y una vez más, pocos balcones lucían ikurriñas, poco fervor despertó la efeméride entre los vascos. Y esta vez, tras 100 años de mentiras, se conmemoraba el Aberri Eguna, como en otras ocasiones, en medio de un aparente cese del terrorismo nacionalista.

Y ocurrió lo predecible cuando la verdadera vanguardia nacionalista, la terrorista, se toma un respiro: otros –nerviosos- les sustituyen en la cabecera. Eso sí, con la palabra. Y eso también: con la palabra falsa.

En este festejo anual acaba de decir el lendakari otra gran mentira, que después de ser repetida un siglo va camino de convertirse en verdad. De hecho ya es un dogma de fe para miles de vascos. Ha gritado Ibarretxe en Bilbao que los fueros son la "única constitución de los vascos". Y Juan José Ibarretxe ha querido hacer partícipes a los presentes de la penetración de la mentira según los datos de una encuesta encargada por el gobierno que él preside. Según tal sondeo 8 de cada 10 vascos dicen que "corresponde a la sociedad vasca decidir su futuro". Con esos datos en el zurrón nacionalista Ibarretxe ha considerado que "nunca hemos tenido tan claro la conciencia de que el futuro nos pertenece. Esto es imparable".

Cierto. La extensión de la mentira nacionalista como una mancha de aceite es un hecho que hoy parece imparable. Hoy se oye hablar de fueros históricos a Ibarretxe y nadie recuerda que el nacionalismo vasco es el hijo no deseado del fuerismo o, si quieren, el hijo traidor y desagradecido que ha negado y pisoteado la única patria de sus padres.

Las canciones y las frases de algunos de los más insignes vascos atestiguan la virulencia de la mentira que cada año se conmemora con el Día de la Patria Vasca. Basten algunos ejemplos; el de José María Iparraguirre, autor del Gernikako Arbola y luchador fuerista de la última guerra carlista que compuso, al regresar el exilio en Sudamérica y ya viendo tierras guipuzcoanas, esta magnífica canción a la que hoy han mutilado el nombre de España y le han implantado el de Euskal Herria: "He ahí los campos y montes queridos, los hermosos y blancos caseríos, las fuentes y los ríos. Estoy loco de contento en Hendaya, con los ojos muy abiertos. ¡Ahí está España! ¡La tierra que no tiene igual en Europa entera!".

Y sirva también el ejemplo del destacado fuerista alavés, Benigno Mateo de Moraza, diputado a Cortes que protestó amargamente en 1876 contra la abolición foral desde el más profundo españolismo: "¿Necesitaba, por ventura, el país vascongado la consagración de la unidad, cuando siglos hacía que espontáneamente y bajo pactos solemnes se había unido a la grande, a la heroica Nación española?".

Así ha sido siempre. La única patria de los vascos es España. Y el Aberri Eguna, una vez más, es tan sólo la conmemoración de la mentira deliberada o del olvido imperdonable.

Irlanda, ¿un modelo?
ROGELIO ALONSO /PROFESOR DE CIENCIA POLÍTICA EN LA UNIVERSIDAD REY JUAN CARLOS El Correo  17 Abril 2006

Tony Blair y Bertie Ahern, primeros ministros del Reino Unido e Irlanda, han vuelto a imponer otro ultimátum en el denominado 'proceso de paz' norirlandés. Desde la firma del Acuerdo de Viernes Santo en abril de 1998 el proceso de normalización política que debía inaugurarse se ha visto constantemente alterado por el incumplimiento de numerosos plazos. Hoy, el paso del tiempo aporta una útil perspectiva para evaluar las consecuencias de dicha actitud y sus posibles efectos en nuestro propio ámbito ante los frecuentes paralelismos que se establecen entre el final del terrorismo del IRA y ETA.

Los niveles de violencia han descendido considerablemente en la región, si bien las estadísticas de la Policía norirlandesa revelan que a lo largo del pasado año seis fueron las personas que perdieron la vida al ser asesinadas por alguna de las organizaciones terroristas que todavía siguen activas. Cuatro fueron los asesinatos cometidos entre 2004 y 2005. Se observa pues que las organizaciones terroristas, entre ellas el IRA, han transformado sus campañas tradicionales de violencia sin desaparecer de la escena política. Este es uno de los motivos que explica la negativa del reverendo unionista Ian Paisley, dirigente del partido más votado en Irlanda del Norte, el DUP (Democratic Unionist Party), a formar gobierno con el Sinn Fein de Gerry Adams, brazo político del IRA. Los últimos acontecimientos políticos han servido para responsabilizar a Paisley del bloqueo institucional ignorándose la decisiva responsabilidad del Sinn Fein y del IRA en esta cuestión y la incoherencia de la política británica e irlandesa al respecto. Así lo ponen de manifiesto varias fuentes; por un lado sucesivos pronunciamientos públicos de los primeros ministros del Reino Unido e Irlanda y, por otro, los informes que periódicamente emite la comisión encargada de supervisar el estado del alto el fuego de los grupos terroristas norirlandeses.

En enero de 2005 Ahern reconocía en el Parlamento irlandés que al intentar integrar al Sinn Fein en el sistema había ignorado las actividades delictivas en las que el IRA estaba involucrado. Meses antes Blair afirmaba que no debía tolerarse una situación en la que representantes de la voluntad popular se vieran obligados a compartir el Gobierno de Irlanda del Norte con un partido como el Sinn Fein asociado a un grupo terrorista todavía activo, esto es, el IRA. El aparente ultimátum del primer ministro británico había sido planteado ya varios años atrás, como se refleja en un discurso pronunciado en octubre de 2002 en el que también exigió «el final de la tolerancia de actividades paramilitares», así como una «misma ley para todos que se aplique a todos por igual». Aunque seguidamente aseguró que a partir de ese momento «un crimen es un crimen», el paso del tiempo demostró que los crímenes del IRA recibían diferente consideración. Especialmente significativo resultaba que Blair admitiera entonces que los unionistas no formaran gobierno con una formación con la que los principales partidos en la República de Irlanda tampoco gobernarían mientras el IRA siguiera activo, como revelaba la siguiente declaración del premier británico: «Ante una pregunta tan clara como la siguiente: ¿por qué el Gobierno irlandés no aceptará al Sinn Fein en el gobierno del sur [de la República de Irlanda] hasta que el IRA detenga sus actividades mientras que los unionistas sí deben aceptar al Sinn Fein en el Gobierno de Irlanda del Norte?, hay respuestas muy sofisticadas. Sin embargo no hay respuesta más sencilla, reveladora y directa que la propia pregunta». Así articulaba Blair la incoherencia de una política que ha favorecido a un partido como el Sinn Fein a pesar de las actividades de una organización terrorista como el IRA directamente vinculada al mismo.

La actual presión sobre los unionistas para formar gobierno se justifica con un supuesto cambio del contexto, indicándose que el IRA ha declarado el final de su 'lucha armada' y que se ha desarmado. Cierto es que el IRA ha renunciado a su campaña de asesinatos sistemáticos como consecuencia de los elevados costes políticos y humanos que los mismos generan. Sin embargo, y tal y como ha destacado la comisión encargada de supervisar el estado del alto el fuego de los grupos terroristas, el IRA no ha desaparecido, sino que «se ha adaptado a los nuevos tiempos», pues continúa financiándose y recopilando inteligencia mediante actividades ilegales que pone al servicio de la estrategia política del Sinn Fein, todo ello con la autorización de líderes que dirigen simultáneamente una y otra formación. Por esta razón la declaración del pasado mes de julio en la que el IRA anunciaba el final de su 'lucha armada' era en gran medida redundante a pesar de que todavía hoy es utilizada en nuestro país para respaldar la conclusión de un supuesto 'final feliz' del proceso norirlandés que no se corresponde con la realidad. El anuncio del IRA fue ensalzado casi unánimemente ignorándose que la organización terrorista había abandonado años antes su denominada 'lucha armada' consciente de la ineficacia de la misma después de treinta años de asesinar sin conseguir sus objetivos. En cambio, los responsables del IRA no renunciaron, ni antes ni después, a mantener presente al grupo terrorista como elemento de presión y coacción sobre sociedad y políticos prometiendo por un lado su desaparición, pero condicionándola a que el Sinn Fein recibiera concesiones políticas.

La valoración que el ministro británico para Irlanda del Norte hizo de uno de los últimos informes elaborados por la comisión que supervisa el alto el fuego del IRA revela los peligros que entraña para nuestra democracia replicar un modelo como éste, tan atractivo para ETA y Batasuna. En opinión de Peter Hain, el informe demostraba «que el IRA se está moviendo en la buena dirección» al no haber «asesinatos» ni «robos de bancos». Esa sustancial mejora debe ser cuestionada si se enmarca correctamente, estimándose la influencia que sobre el sistema político y la democracia tienen actos criminales como los descritos. Más de diez años después del alto el fuego del IRA el Gobierno británico ha acomodado su sistema democrático con objeto de que las actividades ilegales de una organización terrorista sean valoradas como aceptables siempre y cuando no rebasen un umbral, el asesinato, que de todos modos los terroristas no consideran oportuno traspasar en un nuevo contexto nacional e internacional desfavorable para ello. Véase asimismo cómo de manera totalmente contradictoria con los principios fijados por la propia comisión como guía de su actuación, su informe apoyaba además la finalización de las sanciones económicas sobre el Sinn Fein impuestas tras diversos incidentes que demostraban la estrecha implicación del partido político con la organización terrorista. Así pues, tras una suerte de periodo de descontaminación, y aún a sabiendas de la existencia de semejantes vínculos, se aceptaba renunciar a la referida penalización. De ese modo se desincentivaba al brazo político a separarse de la organización terrorista manteniéndose una dinámica ya habitual a lo largo de los últimos años. Esta comisión sustenta su trabajo en unos principios democráticos básicos, entre ellos el que destaca como inaceptable que un partido político, y particularmente sus líderes, expresen su compromiso con la democracia y la ley mientras su actitud demuestra lo contrario. Considera además que los partidos políticos no deben beneficiarse de su asociación con actividades ilegales. Sin embargo, la comisión reconocía que el IRA seguía activo realizando actividades criminales que, autorizadas por sus líderes, servían a la estrategia política del Sinn Fein, exponiendo por tanto la contraproducente incoherencia que se deriva de ignorar los efectos de la asociación entre el grupo terrorista y sus representantes políticos.

Siguiendo el modelo norirlandés, algunos sectores apuestan por interpretar como muestras inequívocas de la voluntad de ETA de poner fin a la violencia gestos aparentemente esperanzadores, aunque estos no equivalgan a la desaparición de la banda. Se tiende así a liberar a la banda de la presión que debería recaer sobre ella trasfiriéndose la responsabilidad por el mantenimiento del alto el fuego a políticos y ciudadanos que pueden verse coaccionados para aceptar condiciones que no son plenamente democráticas. En absoluto puede serlo tolerar que una organización ilegal continúe existiendo, manteniéndose inextricablemente unida a una formación política, a pesar de las declaraciones formales de sus dirigentes en las que respaldan procesos democráticos que se ven en contradicción con sus comportamientos antidemocráticos al beneficiarse de su asociación con dicha presencia.

Arqueología republicana
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 17 Abril 2006

SE CELEBRÓ un nuevo aniversario del 14 de abril, fecha en que un grupo de osados proclamó la República tras ganar en las grandes ciudades unas elecciones municipales. Claro que la Monarquía era casi un fantasma, una legalidad sin legitimidad de ejercicio, aunque ni Berenguer ni el almirante Aznar eran republicanos como ZP. Y buena parte de la gente estaba tan harta de Alfonso XIII que suspiró con alivio cuando el Rey se embarcó en Cartagena hacia un bien merecido exilio. Pero la República nació de matute y creció torcida desde el sectarismo de sus inicios hasta el desastre final. Todo esto ya debería ser parte de la historia, de una etapa lamentable del pasado de España, que si no se debe olvidar para evitar repetir los errores, no debería ya mover más pasiones que el desastroso reinado de Isabel II o las peripecias de Castelar gobernando por decreto. Pero, desgraciadamente, no es así. La situación política se ha degradado tanto en estos dos años que otra vez puede pasar de todo, y un cambio de régimen por muerte fulminante del actual y dirigido hacia la aventura es una hipótesis posible.

Como republicano, no voy a defender a los Borbones, pero si afirmaba Azaña que el museo del Prado valía más que la Monarquía y la República juntas, ¿qué habría que decir del bienestar moral y material de España y los españoles? La República del futuro sólo debería venir si resulta una forma de gobierno mejor que la actual, cosa que no parece posible dado sus impulsores conocidos. Pero si la Monarquía cayera, es preciso definir muy bien qué República querríamos. La República, como sistema democrático del pueblo y para el pueblo, como decían los ejemplares fundadores de EE.??UU., no puede ser secuestrada por la sectaria izquierda española y sus cómplices históricos nacionalistas. Debe ser un régimen integrador, de libertades, de respeto a los derechos humanos y disciplina moral y social. Todo lo contrario de lo que ZP, el tripartito y el PNV significan.

El repliegue del Estado y la promesa rota por el presidente
El MODELO AUTONÓMICO
Esther L. Palomera La Razón 17 Abril 2006

Madrid- «Las reformas estatutarias sólo tienen sentido si incrementan la adhesión social; nunca si son un elemento de fractura, confrontación, división o enfrentamiento en el seno de una Comunidad». Son palabras de Zapatero pronunciadas el 15 de abril de 2004, en un discurso de investidura en el que impuso como condiciones inexorables para cualquier reforma de Estatuto el respeto a la Constitución y la aprobación «mediante mayorías que supongan un amplio consenso político».

Cuando el plan Ibarretxe llegó al Congreso, PSOE y PP no tuvieron duda de que no cumplía con ninguna de las dos premisas: ni era constitucional, ni era fruto del consenso. Pasó por Madrid con más pena que gloria. La brecha entre los dos partidos mayoritarios surgiría en los prolegómenos del Estatut. Zapatero se empeñó en sacarlo adelante y así ha sido.

El texto de Cataluña no es el texto del Parlament, ni del tripartito catalán, ni siquiera del acuerdo entre el Govern multicolor y el principal partido de la oposición. Es sólo una apuesta personal de Zapatero forjada sobre maniobras cortoplacistas y luchas por el poder en Madrid y en Barcelona. Al final, todo se fraguó en la nocturnidad de un 21 de enero en el ya célebre pacto Zapatero-Mas en La Moncloa. En términos de consenso político, aquel acuerdo que Zapatero selló con el líder del principal partido de la oposición catalana estrechó el frente de apoyo al Estatut, y tuvo consecuencias políticas de calado, como las tensiones entre PSOE y PSC, la desmotivación personal de Maragall, el desenganche de Carod como «costalero» de Zapatero y la desestabilización del tripartito, que desde entonces vive en la esquizofrenia.

Menos consenso. El resultado es que el Estatut sale del Congreso con menos consenso del que tenía cuando entró, con una pírrica mayoría (54%). Y aquí se quiebra, pues, la segunda de las condiciones -la primera, sólo el TC podrá certificarlo- del presidente: la del amplio consenso político. Es la primera vez que una reforma estatutaria se hace sin el concurso de los dos principales partidos en 25 años. ¿Qué gana Zapatero? La apuesta, desde luego, es de las más arriesgadas. Aun así, el jefe de Gobierno no ve asomo de que la reforma estatutaria vaya a alterar el modelo de Estado fijado por la Constitución, ni siquiera que, como defiende el PP, se trate de una reforma encubierta de la Constitución.

Pero ésa es sólo su opinión y la de sus más allegados, porque dudas hay muchas y motivos para la preocupación en los próximos años, aún más. Al menos así lo creen los detractores de este Gobierno, para quienes el simple hecho de reconocer el carácter de Cataluña como nación y la reescritura del artículo 2 de la Constitución para dar cabida a ese reconocimiento traerá, más pronto que tarde, consecuencias.

¿Cuáles? Están por ver, pero ya hay quien augura el debilitamiento del Estado y dificultades para conservar la homogeneidad de la sociedad española. Eso por no hablar de que las componendas de Zapatero con Cataluña no zanjarán las reivindicaciones nacionalistas, porque este Estatuto ya ha sido interpretado por los más radicales como el repliegue del Estado, y no un acuerdo definitivo. Luego, llegarán las presiones de otros nacionalistas, los vascos y los gallegos... Conclusión: el Estatuto de Cataluña no resuelve ningún problema, más bien agrava los que ya existían y abre las puertas, sin duda, a nuevos procesos políticos todavía más invasivos para el Estado y la Constitución. Tiempo al tiempo.
>La promesa: «Las reformas estatutarias deberán aumentar la adhesión social, nunca ser elemento de fractura, confrontación o división en una Comunidad». (Zapatero, en su discurso de investidura).

>El resultado: el Congreso aprobó el Estatuto de Cataluña con sólo el 54% de los apoyos políticos, menos de lo que tuvo el texto inicial.
>El precio: se satisfacen las demandas de los nacionalistas y se abre la puerta a las reivindicaciones en otras comunidades autónomas.

AFIRMA QUE "ETA SE ESTÁ REORGANIZANDO"
Barrio acusa al PNV de querer "ocultar la realidad de la violencia" para "potenciar el nacionalismo"
El secretario general del PP vasco ha calificado de "caduco" y "viejo" el discurso de Ibarretxe en el llamado "Día de la patria vasca". Carmelo Barrio recordó al lehendakari que "la Constitución que quiere derribar" ha sido lo que "más ha preservado los derechos históricos" que invoca e indicó que los nacionalistas "no quieren ver" que "ETA se está reorganizando". A juicio del dirigente popular, es "obscena" la foto de la socialista Zabaleta con la abogada de etarras Jone Goirizelaia, una imagen que Zapatero ha calificado de "adelantada a su tiempo" en contraposición a la "pasada" de Rosa Díez y Pilar Elías.
Libertad Digital 17 Abril 2006

En una entrevista en La Mañana de la COPE, Carmelo Barrio consideró que el discurso de Ibarretxe de este domingo supuso una "reedición" del nacionalismo "caduco", que gira en torno a Sabino Arana y en el que cobra protagonismo la "ruptura", la "división". "Volvimos a ver los tics y las obsesiones de siempre", lamentó el dirigente popular.

A juicio de Barrio, los nacionalistas "vuelven a no querer mirar la realidad de verdad", una realidad según la cual "ETA esta ahí" y "se está reorganizando". La banda terrorista "sigue teniendo en su punto de mira la sociedad democrática", recordó Barrio, y "los nacionalistas no lo quieren ver". El secretario general del PP vasco denunció que Ibartetxe "piensa sólo en converger" con el entorno proetarra "con políticas que le gusten a Batasuna. "El PNV", continuó, "quiere ocultar la realidad de la violencia para potenciar la realidad del nacionalismo". Y recordó que "esta sociedad" sigue sufriendo "falta de libertad".

El político vasco se refirió también a la fotografía de la socialista Gemma Zabaleta junto a la abogada de los proetarras Jone Goirizelaia, hecho que calificó como "una de las peores noticias" de los últimos tiempos. Una imagen de la que Zapatero que se "ha adelantado a su tiempo". "Quizás la próxima foto sea la del presidente junto a Otegi", indicó Barrio, quien calificó de "lamentable" que Zapatero "haga esas valoraciones". "Es una foto obscena", afirmó Barrio al recordar que Goirizelaia "nunca ha condenado los asesinatos contra compañeros de Zabaleta, ni los va a condenar".

Respecto a los derechos históricos que Ibarretxe invocó como única Carta magna de los vascos, Barrio recordó que "la realidad foral ha sido consolidada por la Constitución y el Estatuto" y que "ahí adquieren relevancia". Eso, subrayó, es "lo que mas ha preservado la Constitución que ellos quieren derribar junto con Batasuna".

Sevilla dice que Ibarretxe "expresó un deseo" cuando afirmó que la violencia de ETA ha cesado Astarloa lamenta que Ibarretxe persista en la "locura histórica" de imponer su proyecto nacionalista de "secesión" PNV y EA, unidos en la búsqueda de lo que llaman la "patria vasca" ahora que el terrorismo "se ha acabado".

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