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Recortes de Prensa     Domingo 27 Agosto  2006
País Vasco: la mentira de la paz
Por MIKEL BUESA ABC 27 Agosto 2006

LA vida política del País Vasco ha estado tradicionalmente envuelta en la falsedad, de manera que, como señaló una vez Mario Onaindía, «la realidad parece un espejismo y los espejos se nos antojan reales..., quienes detentan el poder se disfrazan de marginados y les roban su lenguaje, y los marginados deambulan perdidos como si tuvieran todo el peso de las culpas de la historia...; las palabras significan lo contrario de lo que aparece en el diccionario, como si alguien hubiera decidido que las lenguas no son para entenderse, sino sólo para ocultar la realidad». Hasta no hace mucho tiempo, los nacionalistas eran los más virtuosos cultivadores de la ocultación y el eufemismo, pero recientemente han encontrado en las filas del socialismo aventajados discípulos que eclipsan sus antiguos méritos. Tan es así que ya no sabemos qué es verdad y qué es mentira; o más bien hemos perdido la noción de estos conceptos, como si todo dependiera de las conveniencias partidarias de cada acontecimiento.

A finales de marzo, ETA declaró un «alto el fuego». En aquel momento, el Gobierno se apresuró a declarar que, antes de emprender cualquier iniciativa, verificaría la existencia de un cese efectivo de la violencia, pues el paso dado por la organización terrorista abría la oportunidad para desencadenar el proceso de finalización del terrorismo al que se aspiraba desde que, un año antes, una resolución del Congreso de los Diputados diera autorización para conversar con ETA. Tres meses más tarde, el presidente Rodríguez Zapatero consideró que esa verificación satisfacía unos criterios que nunca se habían enunciado ni expresado públicamente, y sin atenerse a los usos parlamentarios anunció en una sala de prensa de la Carrera de San Jerónimo el comienzo de la negociación con ETA. Entretanto, ésta había contribuido a cimentar el diagnóstico gubernamental extorsionando a medio centenar de empresarios, de los que podría haber obtenido la no despreciable suma de 250.000 euros; asimismo, desarrollaba otras actividades recaudatorias vendiendo bonos entre sus simpatizantes con un rendimiento superior a los 70.000 euros, continuaba con sus campañas de desobediencia civil repartiendo el «DNI vasco», no se olvidaba del mantenimiento de la logística del terrorismo en Francia, inspiraba la realización de más de cincuenta acciones de violencia callejera y cerraba su virtuosa aportación insultando a sus víctimas en la sala de vistas de la Audiencia Nacional.

Nada de esto pudo conmover a los estrategas de la Moncloa, quienes vieron en todo ello la confirmación de la derrota de ETA y se apresuraron a dar por finiquitado el terrorismo, declarando a continuación que entrábamos en un proceso de paz. Fue entonces cuando empezó a darse un mayor énfasis a la eventual legalización de Batasuna y se reconoció en los terroristas a unos respetables interlocutores políticos con los que cabía celebrar reuniones para hablar del futuro. Estos, a la vista de tan deferente tratamiento, como al parecer no han considerado conveniente consentir en su derrota, han optado por hacer caso omiso de los formulismos procesales y ocupar la calle como si de verdad fueran legales porque, a todos los efectos -según plasman en sus informes y resoluciones los funcionarios gubernativos, los fiscales y los jueces- quienes convocan sus manifestaciones y algaradas no son ellos sino otros, aunque, para ellos, son como si fueran ellos mismos. Y así la paz se asienta, en el parecer del Gobierno, con la solidez propia de un hecho histórico irreversible, hasta el punto de que los acontecimientos que se han sucedido en los dos últimos meses no parecen haber hecho mella en ella: las oleadas de cartas de extorsión a empresarios han seguido produciéndose con la puntualidad de un reloj suizo, las actividades recaudatorias -para la «paz», sin duda- mediante la venta del merchandising terrorista han crecido exponencialmente, las acciones de violencia callejera -más de treinta- se han diversificado para acabar en una borrachera de fuego y los presos etarras, acompañados de sus familiares, han acabado exigiendo que se reconozca su heroica contribución a la concordia pública mediante una amnistía.

El País Vasco vive así este verano la mentira de la paz. Las cosas, una vez más, no son como parecen, ni parecen ser como son. Nada perturba los oropeles del poder y, mientras tanto, a los empresarios a cuyas manos llegan papeles amenazantes se les exige que oculten su inquietud -o, si no, que paguen para demostrar su patriotismo-; a los viajeros del autobús incendiado se les señala que no tienen derecho a queja alguna, pues su previo y forzoso desalojo no es un riesgo cubierto por el seguro obligatorio de viajeros; a los concejales que ven su rostro enmarcado en una diana se les recrimina su intransigencia; y a los ciudadanos que todos los días abandonan el paisaje de su infancia para buscar destino en otro sitio de España, porque no resisten más la presión de la violencia, se les da de baja en el Padrón Municipal y se les olvida como si nunca hubieran existido. Vivimos en una mentira y la verdad se oculta cada vez más profundamente para que no pueda ser reconocida. Sin embargo, como observó Julio Caro Baroja en su magistral estudio de las vidas por oficio, «la mentira sirve tanto como la verdad para conocer a los hombres»; y por ello sabemos que, como ya ocurrió hace tan sólo seis años, las falacias de la paz pueden acabar desencadenando una orgía de sangre.
(*) Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

El Gobierno no caza ratones
Por JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS ABC  27 Agosto 2006

... El actual es un Gobierno que no está preparado para la gestión pública, sino para la ideológica; es idóneo para la subversión de lo anterior, pero no lo es para la construcción de soluciones...

EL radicalismo izquierdista de Rodríguez Zapatero -que es una opción etérea en cuanto a sus fundamentos ideológicos- podría ser objeto de discusión teórica, pero puesto en contraste con la realidad de las cosas está demostrando una ineficacia gestora alarmante e indiscutible. Los problemas se acumulan ante la mirada -a veces perpleja- del Gobierno socialista y a ellos se enfrentan los ministros y el mismo presidente con un arsenal de bonitas palabras y una notable escasez de soluciones. La inmigración ilegal, consagrada ya como un fenómeno que se le ha ido de las manos al Ejecutivo, es el asunto más perentorio, pero no el único, ni, necesariamente, el más difícil. A la entrada masiva de inmigrantes -sea de forma tan notoria como en Canarias o de modo más silente a través de los aeropuertos de Madrid y Barcelona- se añade la pérdida de las riendas en el denominado «proceso de paz» con la banda terrorista ETA y una pertinaz sequía que alcanza al Gabinete de Rodríguez Zapatero sin trasvase del Ebro y sin más alternativas que unas desaladoras en trance aún de ejecución. Luego, asoma ya el cortejo insolidario propio de la desvencijada política territorial que provoca patologías tan graves como las que se han vivido en Galicia a propósito de los incendios; el primer recurso de inconstitucionalidad que la Generalidad de Cataluña interpone contra el Gobierno al amparo del nuevo Estatuto de autonomía y el gravísimo coste que está pagando España por la inconsistente política exterior gubernamental que colisiona, incluso, con la Unión Europea en aspectos regulatorios sectoriales como el energético.

La gran cuestión, sin embargo, no consiste tanto en constatar la incapacidad gubernamental para ofrecer soluciones a los problemas más o menos habituales de la sociedad española, sino en determinar si esa ineptitud del Gobierno en su conjunto se deriva de sus insuficientes cualidades técnicas o de su perfil ideológico. La persistencia en una verborrea progresista, que preconiza la «extensión de los derechos», que insiste en argumentaciones «buenistas», que se desenvuelve en entelequias y que plantea disensiones sociales para focalizar las discusiones fuera del perímetro de los auténticos conflictos, comienza ya a dar la sensación de ser una coartada. O en otras palabras, empieza a cundir la opinión de que estamos ante un equipo gubernamental desbordado y sin ideas, que trata de alcanzar la costa de un fin de legislatura -adelantado, por supuesto-, procurando no hacer nada para que sean la quietud, la ausencia de decisión, las que, de manera taumatúrgica, solucionen los problemas. Más vale abstenerse que actuar porque hacerlo supone, indefectiblemente, confundirse.

Ahí está el Estatuto catalán con una legitimación democrática innecesariamente menor que el ya derogado de Sau; ahí está ETA y su entorno, con su discurso rehecho y exhibición de potencia terrorista -la del chantaje y la callejera-; ahí está el efecto de una regularización de inmigrantes diseñada y ejecutada al margen de la Unión Europea de la que ahora dependen los paliativos a una avalancha humana que tiene enormes adherencias negativas para la convivencia general; ahí está la abrogación fulminante del trasvase del Ebro que hubiese dado perspectivas distintas a la agricultura, a la expansión urbanística y despejado incógnitas en algunas zonas urbanas españolas sobre el ahora cuestionado consumo doméstico.

El actual es un Gobierno que no está preparado para la gestión pública, sino para la ideológica; es idóneo para la subversión de lo anterior, pero no lo es para la construcción de soluciones alternativas a los retos del presente y del futuro inmediato. Se trata de un Ejecutivo transido de un izquierdismo antiquísimo que ha supuesto que su condición progresista -tantas veces proclamada- le libera de sus responsabilidades como tal Gobierno. Cree que constituirse en el Ejecutivo de un «Estado residual» -tal y como afirmó Maragall que lo era el español-, lejos de ser un demérito -que lo es en lo que tiene de abdicación injustificada e injustificable en el ejercicio de la eficacia y la solidaridad- es más bien una credencial de coherencia. Pero, de verdad, ¿ante qué fenómeno estamos? ¿De naturaleza ideológica, es decir, frente al designio ineludible de unas creencias ideológicas no idóneas para una labor de gobierno y que conducirían a la ineficacia o, simplemente, ante una demostración casi impúdica de impericia e incompetencia que nada tendrían que ver con el color político del Ejecutivo?
No me atrevería a responder con rotundidad y, seguramente, la contestación deba introducir variables de una y otra hipótesis.

Felipe González -cocinero antes que fraile-, en un recordado viaje a la República Popular de China, impresionado por aquel capitalismo comunista que se practica con éxito allí, sostuvo que poco importaba el color del gato -blanco o negro, derechas o izquierdas- siendo lo esencial que «cazase ratones». El ex presidente transitaba argumentalmente por donde deben hacerlo los gobernantes con sentido común: propugnando la aplicación de soluciones realistas, justas y razonables a los problemas que acucian a los ciudadanos. Es verdad que las fórmulas de resolución de éstos -no siempre hay soluciones únicas e indefectibles- dependen también de criterios ideológicos. Un Gobierno conservador no habría tomado determinadas decisiones normativas que el nuestro ha impulsado con entusiasmo. Ese margen -el ideológico en el ejercicio del gobierno- es amplio y resulta del todo legítimo. Pero el día a día de una sociedad no se juega en las grandes cuestiones de índole ideológica o ética, sino en otras de naturaleza neutra.

La eficacia no es un concepto que la izquierda radical de Zapatero deba despreciar porque al hacerlo está procurando que se produzca en la Administración Pública una grave descapitalización humana en beneficio del sectarismo partidario benéfico para los incompetentes; no debe disminuir el mérito de planes y criterios de los que le precedieron en el Gobierno porque la experiencia suele ser madre de muchas ciencias; no debe renunciar al ejercicio del poder coactivo que le corresponde al Estado porque si lo hace se desarma de una de sus facultades más esenciales y, en fin, no debe emplearse sólo en los debates ideológicos y en las lucubraciones progresistas descuidando lo cotidiano. Debe, en definitiva, cazar ratones porque el Gobierno está puesto por los ciudadanos y dotado por la ley para que, al igual que los gatos, desarrolle su instinto. Al Gobierno su instinto le llama a buscar soluciones y transformar la realidad para, así, proveer al bien común y continuar en el poder; y al gato se le mantiene en la casa o en el patio para que cace ratones. En esta tarea, en la que cada cual cumple con lo que se espera, el tinte -ideológico del Gobierno o del metafórico gato- es sólo un dato, de relevancia desigual, pero no definitiva. Los Gobiernos que no gobiernan y crean más problemas que soluciones y los gatos que no ahuyentan a los ratones -cazando a los que se pongan en suerte- no sirven, sean de la tonalidad que sean.        Director de ABC

Para ETA la "lucha" es el único camino
EDITORIAL Libertad Digital 27 Agosto 2006

El Gobierno español ha vuelto a salirse con la suya en estos tristes días de agosto. La decisión de la Audiencia Nacional lo ha hecho posible, pero no se puede decir que el Gobierno no haya sido claro en su apoyo político a la decisión de ETA de volver a salir a la calle a lanzar sus lemas de enfrentamiento, división y muerte. Es un paso más en la "normalización" de la banda criminal, que busca que la sociedad se habitúe a verla actuar como si estuviera dentro de la ley. De este modo, cuando el escándalo se haya convertido en norma, cuando la opinión pública esté anestesiada, llegará el momento de cumplir con las exigencias de ETA y se legalice su rama política. Entonces, parecerá menos dura de aceptar para los españoles. O, al menos, en eso confían.

Por el momento, la banda asesina ha vuelto a ocupar la calle valiéndose de un fraude de ley, haciendo uso de la letra del orden jurídico para conseguir objetivos que son expresamente prohibidos por éste. La ley, en este asunto, es un instrumento contra ella misma. Las pruebas de que quien ha convocado políticamente esta manifestación es Batasuna-ETA son evidentes para cualquiera que quiera verlo. Una vez en la calle, no se han escondido: "Los presos en lucha, nosotros también", han dicho, identificando su "lucha" con la de los asesinos encarcelados.

Los de la manifestación son lemas de muerte, porque el acto político en las calles de Bilbao se ha convertido en un acto de adhesión y apoyo a uno de los miembros más conspicuos y destacados del compañero de mesa de negociación del Gobierno: Ignacio de Juana Chaos; uno de los criminales más sanguinarios de la banda ETA. Este llamamiento a su excarcelación no puede ser más significativo, especialmente si miramos a uno de los lemas, ese que declara "la lucha es el único camino". Efectivamente. Es el único que conoce la banda terrorista, es el único que ha contemplado como método efectivo para conseguir sus objetivos políticos, y no se plantea, en realidad, ninguno otro. Y, no cabe duda de que De Juana Chaos, que ha recorrido ese "camino" en numerosas ocasiones, sembrándolo de cadáveres, le resultaría muy útil a la banda.

El mal llamado proceso de paz se presenta como todo lo contrario, pero no es sino una renovación de la amenaza sin fin de ETA. Porque jamás ha dado muestras de renunciar a sus objetivos políticos; es más, los ha recordado una y otra vez desde que se anunció la nueva tregua trampa. Y ETA, hoy como siempre, vincula el temporal cese de su actividad criminal a conseguir sus objetivos políticos. Este sábado lo han advertido en sus pancartas: "sin amnistía paz no". Nada ha cambiado para ellos. Lo dicen incluso en la calle, ocupando el espacio que debiera estar reservado a los ciudadanos de bien, que "la lucha es el único camino".

El Gobierno, en la medida en que ceda a las exigencias de la banda, en lugar de disuadirles por que sigan por el camino del chantaje, lo que hará es alimentarlo, ya que demostrará por la vía de los hechos que el chantaje paga. Que matar, funciona. Que el crimen se legaliza y se retribuye nada menos que desde el Gobierno. Esta manifestación demuestra que el proceso político puesto en marcha por José Luis Rodríguez Zapatero, si bien podría llevarle a él a una renovación en su cargo, en absoluto acerca a España al fin del terrorismo nacionalista.

ETA sale legalmente a la calle para que Zapatero siga la negociación
Pascual Tamburri elsemanaldigital 27 Agosto 2006

Batasuna se manifiesta en Bilbao. Zapatero negoció eso y otras cosas con ETA. Y el peso de la lucha política va a moverse a Navarra, donde todo está en el aire.

27 de agosto de 2006. Se pueden buscar muchos culpables. Podemos cargar contra el mal ejemplo permisivo de Baltasar Garzón o contra la excesiva tolerancia de Santiago Pedraz. Pero políticamente las cosas están bastante claras: José Luis Rodríguez Zapatero no quería que se prohibiese la manifestación batasuna del viernes en Bilbao, y hubo manifestación. Allí estaban los defensores de la democracia, de la libertad, de la justicia y de la vida, los amigos de Zapatero, Joseba Alvarez, Tasio Erkizia, Joseba Permach, Pernando Barrena, Rafael Díez Usabiaga y Jone Goirizelaia. Faltaban sólo los cientos de asesinados por el nacionalismo. Todo sea por el bien del "proceso": "Euskal Herriak, autodeterminazioa".

Íñigo Urkullu, en nombre del PNV, calificó de "ritual de verano" la marcha a favor de la autodeterminación. Y es verdad, los jeltzales han captado perfectamente la idea, porque los "chicos de la gasolina" se limitan a adaptar estrategias movimentistas que en otras latitudes ya se conocían. Ahora, como en el Ulster, vamos a tener nuestra propia "estación de las marchas". Si seguimos el improcedente modelo irlandés aún veremos cosas peores.

No olvidemos, desde luego, que los nacionalistas tienen en común sus objetivos –la independencia, previa la sumisión de Navarra- pero que en el trasfondo de todo esto hay cosas que Zapatero no ha terminado de captar. Por ejemplo, las divisiones y matices dentro del nacionalismo sabiniano. Por ejemplo, también, la rivalidad entre nacionalistas por poderse apuntar las conquistas arrancadas a "España" a través de Zapatero.

La cuestión es que Zapatero ya ha hablado con los independentistas. Nos lo dejó muy claro Arnaldo Otegi, que no tenía razones para mentir, al comienzo de esto que llaman "proceso de paz". ETA no se tiró a la piscina sin saber que había agua, es decir, que los independentistas cuentan con unos "compromisos adquiridos", unos "compromisos de alto el fuego". Es estéril el debate periodístico sobre quién quiere engañar a quien: ETA y su séquito nunca han ocultado qué quieren, y sabemos que están dispuestos a negociar sólo las circunstancias de la rendición del Estado. Importan poco, ahora mismo, las intenciones ocultas de Zapatero. Su deseo público de una mal llamada "paz" ha hecho posible que ETA se manifieste en Bilbao, y aún no hemos visto lo peor.

La hora de Navarra va a llegar
Que nadie se engañe, aunque sea reconfortante cerrar los ojos a la realidad: los nacionalistas vascos no darán un paso político más sin Navarra, o sin que haya una vía reconocible para la incorporación de Navarra a la futura nación vasca. Zapatero lo sabe, sus subordinados también, y todo pasa, sin duda, por lo que suceda en las elecciones del mayo de 2007. Navarra va a vivir un curso político de una importancia y dramatismo sin precedentes en treinta años de democracia. Y las fuerzas políticas se preparan para la batalla. Sin Navarra no hay "proceso", y todo ahora pasa por Navarra y los navarros.

Quien primero supo intuir la gravedad de la cosa fue el presidente Miguel Sanz Sesma. UPN se adelantó a todos sus rivales al designar al presidente saliente como candidato para otro mandato desde 2007, y era una idea excelente. Frente a las dudas de los demás, UPN ofrecía con Sanz seguridad. Frente a la incertidumbre, un rostro conocido. La cosa empezó así.

El PSOE, en cambio, no ha acertado hasta ahora. La larga agonía interna para la designación de un candidato no termina de cuajar, y Pepiño Blanco está ofreciendo a los votantes una imagen de división en la que Carlos Chivite, Fernando Puras, la defensora del pueblo, el delegado del Gobierno de Madrid y quién sabe cuántos más están dispuestos a encabezar la candidatura. De todos modos, todos asumen que llegará sólo segunda, a mucha distancia de la derecha, y que sólo podrá gobernar con el apoyo de la extrema izquierda y de los independentistas, con un proyecto de unión al nacionalismo. No es una papeleta fácil.

¿Todo está hecho? No, todo está en el aire. UPN ofrecía seguridad frente a la inestabilidad y la división de sus alternativas. Pero existe la tentación de dilapidar ese capital, ya que buscar forzadamente una imagen diferente, más policéntrica, podría convertir a UPN más que en la afirmación de unos principios en la mera negación de una amenaza. El resultado podría demostrarse nulo o incluso negativo en votos, porque una campaña basada en las certezas garantiza resultados, pero los experimentos de laboratorio en otras direcciones podrían demostrarse la mejor baza del adversario. Ni la movilización es siempre beneficiosa ni los "votos cautivos" existen; no sé si lo enseñan así en las facultades de económicas pero les aseguro que tanto en las de historia como en las de políticas lo dejan muy claro. Ni siquiera en Navarra, como bien sabe Batasuna.

Apuntes para una crisis (VI): El futuro abierto
Luis del Pino Libertad Digital 27 Agosto 2006

En cualquier sistema complejo, y una sociedad humana lo es, cada acción puntual desencadena dinámicas que terminan modificando el propio sistema. A su vez, el sistema crea las condiciones para que ciertas acciones puntuales sean más probables que otras. Lo que hay, en definitiva, es un mecanismo de realimentación constante en el que acciones aparentemente limitadas pueden tener consecuencias de larguísimo alcance.

Un ejemplo de ese tipo de actuaciones de largo alcance fue la sentencia que el Tribunal Constitucional dictó sobre el caso Rumasa. Aquella sentencia, resuelta por el voto de calidad del presidente del tribunal, significó, a largo plazo, mucho más que la mera convalidación de una expropiación ejecutada al margen de los cauces legales. Lo que aquella sentencia hizo fue poner en marcha una dinámica que acabó, en la práctica, con la separación de poderes en España y, por tanto, con los propios mecanismos de contención que hacen que el sistema democrático sea posible.

"¡Montesquieu ha muerto!", dictaminó Alfonso Guerra por aquella época. Lo que no podía imaginar Alfonso Guerra, al pronunciar esas palabras, es que la dinámica de sistemas le obligaría, veinte años después, a pagar de manera humillante la factura por esa frase, haciéndole respaldar a Zapatero en todos y cada uno de los delirios en que ha sumido al Partido Socialista, desde el Estatuto catalán hasta la claudicación ante ETA.

Porque en el momento en que desaparece la separación de poderes, ya sólo queda el poder. Y la lucha descarnada por conquistarlo sustituye al juego democrático de atracción de los votos, que está basado en el convencimiento y en la persuasión. Desaparecidos los frenos, el sometimiento a la Ley deja de tener importancia: todo está permitido y todo se disculpa, siempre y cuando seas lo suficientemente útil para quien detenta el poder.

De hecho, se produce una inversión total en los criterios de cooptación dentro de los partidos, y el político honesto y eficaz pasa a representar, en la práctica, un peligro. Cuando la conquista del poder es lo único que importa, el que detenta el poder no valora ni la honestidad ni la eficacia, sino sólo la lealtad que le garantice seguir disfrutando de su puesto. Y la única forma de garantizarse la lealtad sin límites de un sicario es disponer de los mecanismos para destruirlo en caso de que traicione la confianza que en él se ha puesto.

Con lo que, al final, el sistema acaba pervirtiéndose de arriba a abajo. el que un político sea corrupto y existan dossieres que prueben su corrupción, lejos de representar un obstáculo para incluirlo en una lista electoral, representa una ventaja, porque quien le pone en la lista tiene su lealtad garantizada. Cualquier movimiento en falso del sicario será abortado sin más que exhibir el dossier. Por el contrario, el político honesto pasa a ser peligroso, porque no existe forma de garantizar que no vaya por libre. Al final, si se deja al sistema evolucionar durante el tiempo suficiente, la honestidad entre la clase política termina por ser incluso de mal gusto, mientras que el forrarse el bolsillo a costa del erario público suscita, como mucho, miradas de envidia.

Muerto Montesquieu, ese mismo mecanismo perverso se instala en todos y cada uno de los poderes del Estado, porque todo depende, al final, de si formas parte del club. A la hora de promocionar a un juez, representa una ventaja que sea bizcochable; un juez honesto, por el contrario, podría complicar en el futuro algún asunto. En cuanto al cuarto poder, no se requiere mucho esfuerzo para que los periodistas entiendan que hace mucho frío fuera del castillo: un paso en falso, y te sales del circuito donde el poderoso reparte los fondos con la alegría de quien maneja un dinero que no es suyo.

Establecidas esas bases, es sólo cuestión de tiempo que tiren la toalla aquéllos que pretendan ejercer, desde la judicatura o desde los medios, un papel de contrapeso al poder de la casta. El caso catalán es, en ese sentido, paradigmático. En el resto de España, la situación no es aún como la catalana; podríamos decir, con Groucho Marx, aquello de que "la situación es desesperada, pero no mala", ya que todavía queda un residuo de cuarto poder, encarnado en un puñado de medios. Pero el riesgo de catalanización es evidente.

¿Y qué pasa con la ciudadanía? Pervertidos los mecanismos de cooptación de los partidos, pervertidos los sistemas de control por parte de la judicatura, pervertido el papel de contrapeso de los medios, ¿queda alguna esperanza de una reacción ciudadana que, sobreponiéndose al agobio mediático y al férreo control de quienes detentan un poder sin límites, permita vencer el miedo y enderezar el rumbo de una democracia herida de muerte? Decía Salustio (86 - 36 aC) que "sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos". Estoy completamente de acuerdo con esas palabras, pero en realidad sí que existe esperanza, precisamente porque vivimos en un sistema complejo, en el que cada acción individual puede tener esas consecuencias de largo alcance a las que hacíamos referencia al principio del artículo.

En la actitud que adopte esa minoría que sí quiere ser libre está la diferencia. No hay nada que hacer si esa minoría se refugia en la resignación y el desánimo, pero el futuro está abierto cuando cada miembro de esa minoría es consciente de que cada pequeña acción que realiza tiene consecuencias, y contribuye a conformar un futuro que aún está por escribir.

Donde lo dejó Pericles
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 27 Agosto 2006

EL Partenón está ahí, en el pasado y en el presente, porque lo soñó Pericles y, además, el pueblo de Atenas lo admitió y respaldó con su entusiasmo y su dinero. ¿Tiene algún sueño José Luis Rodríguez Zapatero? En el caso de tenerlo, lo que a estas alturas de su Gobierno ya resulta improbable, ¿conseguiría la adhesión nacional para su realización? Los optimistas, para no equivocarnos en mucho, podemos ir pensando que la legislatura en curso ya tiene poco que ordeñar y que, con la única emoción del trámite de las próximas elecciones locales y autonómicas, no le queda más contenido que el que se evidencia cada día que pasa: su propio desgaste. Mal asunto cuando ya relumbran los rayos de la próxima tormenta económica mundial y aquí, entregados a la vaciedad, ni tan siquiera tenemos chubasquero.

Dice el PP que el Gobierno del PSOE evidencia «incapacidad» ante las situaciones de crisis. Se queda corto. Este Gobierno es incapaz sea cual fuere la circunstancia; pero -y lo pregunto para nuestro pánico-, ¿cuáles son las propuestas alternativas que defiende el grupo monopolista de la oposición? Mientras la carcoma separatista continúa su incansable tarea desmembradora del Estado, que es lo suyo, el PP y el PSOE pierden la fuerza por la boca y los socialistas, además, juegan a posicionarse -cuestión de talante- junto a los grupos centrífugos por si, en una de esas, les sigue haciendo falta su apoyo para mantenerse en el machito.

Asegura Baura que el mal presente sólo se compensa con el bien futuro. Suponiendo que así sea, ¿la vaciedad del Gobierno de Zapatero será enmendada por la no probada eficacia de la alternativa que representa Mariano Rajoy? Cualquiera puede decir, por ejemplo, que la política migratoria en curso es de catastróficos resultados. ¿Fue mejor en tiempos aznaríes? ¿Hay alguna propuesta clara y alternativa que nos permita confiar en un hipotético relevo de poder? A los ciudadanos, con sólo algunas apasionadas excepciones, nos importa poco el color dominante de las causas de los males que los afligen. Lo que nos interesa, en un marco de libertad, es el bienestar presente y, más todavía, la proyección futura de ese bienestar.

Antes, entre las dos Grandes Guerras, los americanos desesperados se venían a Europa y, aun siendo una «generación perdida», ahí están sus frutos. Ahora, los europeos desesperanzados se van a los EE.UU. y allí se convierten en ciudadanos eficaces y se sacuden el polvo de la sobredosis burocrática del Continente; pero, ¿qué destino nos queda a los demás? Mientras vemos llegar africanos, más hambrientos de pan que de futuro, no nos conviene pensar en África como destino personal. Los grandes males han dejado de ser viajeros no por su transformación en sedentarios, sino por su radical universalización. Ya no tienen itinerarios posibles. Hay que volver a empezar, más o menos, donde lo dejó Pericles.

Jartum
Por JON JUARISTI ABC 27 Agosto 2006

LA Semana Grande bilbaína ha tenido un colofón al viejo estilo, con Batasuna ocupando las calles en un simulacro de manifestación pacífica sin otros incidentes que las consignas independentistas de siempre y vivas a Hamás y Hezbolá. Bienvenidos a la memoria histórica, camaradas. Quién nos iba a decir que el destino era esto, que el futuro sería 1984 (y 1985, y 1986, etc.). Vuelta a empezar y vuelta al cole, donde no aprenderemos nada, como de costumbre. Otoño, otoño, tienes nombre de boa constrictor abertzale, de Otegui devorando a Pepiño el incauto antes de merendarse a su jefe, el incautador de serpientes, hachas y goma dos. Me acuso, antes de que otros me lo echen en cara, de haber afirmado en Santander, esta semana, que Arnaldo es el político más serio de España. No es tan grave la cosa, teniendo en cuenta las chorradas que se oían en el aula de al lado, palacio de la Magdalena, donde no sé cuántos ex presidentes europeos e hispanoamericanos acusaban a Occidente del choque de civilizaciones ante la estupefacción del biznieto del Mahdí, aquel profeta islámico e islamista que se cepilló al general Gordon en Jartum. Nadie me lo va a creer, pero en el avión que me llevó a la capital cántabra me senté justo detrás de Sadiq al-Mahdí, el político sudanés más serio del planeta, que, hace unos meses, tuvo que reprochar a los líderes occidentales reunidos en Barcelona haberse pasado de la raya en sus críticas a la civilización cristiano-democrática. Sadiq al-Mahdí no lo sabía, pero, antes de entrar en la Magdalena, cruzó por delante de la estatua de José del Río Sáinz, el poeta santanderino que cantó la gesta de Lord Herbert Kitchener, o sea, del general británico que le sacudió la badana a su bisabuelo (al de Sadiq), tomándose la revancha por lo de Gordon y ocupando Jartum y Fachoda el mismo año en que España perdía Cuba y Filipinas.

Otegui, en definitiva, ha hecho un planteamiento político impecable desde la más absoluta ortodoxia etarra: ¿para esto ha tenido ETA que matar a un millar de españoles? ¿Para que ahora nos vengan cicateando la autodeterminación, la anexión de Navarra y la amnistía para Txapote y De Juana Chaos? Pero, ¿es que alguien creía que nos íbamos a conformar con menos? Esta retórica será repugnante, pero no hay duda de que resulta tan seria como los golpes de un ataúd en tierra. Frente a ella, las discusiones sobre si los convocantes de la manifestación son galgos o podencos parecen ridículamente frívolas y, lógicamente, los batasunos se columpian, encartelando Bilbao con llamadas a copar la calle, que no pase nadie, en su nombre, o sea, en el de ETA.

La distinción entre militantes formales de Batasuna y ciudadanos particulares, pertinente si se mira desde la ley de partidos, no tiene sentido alguno desde el punto de vista político. Todo movimiento totalitario acosado por la legalidad democrática ha recurrido a testaferros y simpatizantes para sortear los obstáculos y, en esto, Batasuna no se ha inventado nada (basta recordar cómo actuaban la extrema derecha y la extrema izquierda bajo aquella República que se acabaron cargando).

Probablemente, ni en el reducido contexto del País Vasco sea fácil desmontar dicha táctica por vía policial o judicial, pero se le habría podido oponer una resistencia política eficaz, como se hizo en tiempos no tan lejanos. Si Batasuna/ETA se propone conquistar el espacio público mediante trampas legales y hasta legalistas, no habrá otra forma de pararle que disputárselo, movilizando a los demócratas. Algo imposible, hoy por hoy, en el País Vasco, donde la unidad de los constitucionalistas es materia tan arqueológica como las ruinas romanas de Veleya. El estropicio ya se ha consumado. El «proceso de paz» avanza como un cangrejo cronológico hacia los infelices años ochenta. Quién nos iba a decir que el destino era esto, o sea, Otegui al-Mahdí ocupando Bilbao con banderas de Hamas y Hizbolá.

Después de agosto
POR ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 27 Agosto 2006

«Sic transit gloria mundi»: así pasa la gloria del mundo. A finales de junio, el tono vital del PSOE había alcanzado un punto máximo. Se había iniciado el llamado «proceso de paz» y cerrado el proceso catalán, y la derecha aparecía desconcertada e inquieta. En cuarteles próximos al PP cundió la sensación de que se había perdido la batalla. Evitaré explicarles por qué este pronóstico se basaba en un análisis poco meditado del frangente nacional. Pero las sensaciones, en política, pueden más que los hechos, y el caso es que a la derecha no le llegaba la camisa al cuerpo y que el Gobierno se las prometía felices. Tanto, que se hablaba ya de apuntillar al PP con un adelanto de la convocatoria a urnas.

Las alegrías socialistas y las concomitantes tristezas populares han quedado lejos después de dos meses aciagos para el equipo que ocupa el poder. Más importante aún que el fracaso gestor del Gobierno aquí o allá -El Prat, Galicia, la inmigración incontrolada, el País Vasco- ha sido la imagen integral de inconsistencia, de labilidad que el Ejecutivo ha proyectado. Centrémonos, por ejemplo, en el escándalo incesante de los cayucos. Produce desazón saber que los inmigrantes son evacuados a la península y desparramados por ella como niños expósitos. Y causa alarma, y cierto sentimiento de violencia, comprobar que las apelaciones urgentes a la cooperación internacional caen en terreno yermo, un terreno devastado por la inoperancia y errático comportamiento del Ejecutivo en todo lo que se refiere a los intereses españoles fuera de nuestras fronteras. Esto, sin embargo, no es lo peor.

No existen remedios mágicos contra la presión migratoria, y quizá fuera aconsejable cargarse de comprensión y paciencia y esperar un rato antes de emitir un fallo condenatorio contra el Gobierno. Lo peor es que los responsables frente a la opinión no han realizado ningún gesto que permita suponer una toma de conciencia moralmente seria de la situación y de los errores que hayan podido cometerse en el pasado. Nos habría gustado oír alguna reflexión sobre las carencias del proceso regularizador que Caldera impulsó hace año y pico a contrapelo de voces expertas y de las recomendaciones de la UE.

Habríamos interpretado esas reflexiones, no como una señal de debilidad, sino de inteligencia. En lugar de ello, nos llegan teorías sobre los méritos integradores del derecho al voto para el inmigrante. Puede que sea bueno que los inmigrantes voten en las municipales. No se trata, no obstante, de una cuestión urgente. Y sobre todo, se trata de una cuestión que no parece pertinente plantearse cuando está aún por resolver el problema previo de cómo evitar que España se convierta en el rebosadero de medio mundo. Le viene a uno a las mientes la observación famosa de T.S.Eliot: «La naturaleza humana no está diseñada para soportar dosis excesivas de realidad». En lo más espeso de la tormenta, se sacan a relucir ideas de salón y estupendas munificencias. Ha batido marcas, por cierto, nuestro representante en la benemérita Alianza de Civilizaciones. Máximo Cajal ha defendido que Irán tiene también derecho, pobrecita, a la bomba atómica y a medirse en igualdad de condiciones con Israel. Cajal ha exagerado la nota, pero no ha inventado la melodía.

Resumiendo: dentro de unas semanas, una vez que la gente se haya sacudido la arena de la playa, el Gobierno descubrirá que la oposición no está tan muerta como esperaba ni él tan vivo como creía. Es de prever que Zapatero, desaparecido durante un mes, intente recuperar la iniciativa. Ojalá haya suerte y saque al hombre de Estado que algunos aseguran que lleva dentro. Puestos -de modo puramente hipotético- a esperar lo peor, estimo que son dos los escenarios delicados:

1) Un invento extraordinario en el País Vasco, tanto más extraordinario cuanto que ETA no da muestras en absoluto de mansedumbre democrática. No me pregunten por los detalles de la pesadilla virtual. Sólo sé que no le falta audacia al presidente y que éste ha tendido a sacar los pies del tiesto y hacer una hombrada siempre que se le complicaban las cosas. Recuérdese no más su portentosa y reciente pirueta en el episodio catalán.

2) Una acentuación de la guerra santa contra el PP. Nos constaba que el Gobierno era capaz de llegar harto lejos en la satanización de la derecha. Pero la tragedia gallega ha introducido matices nuevos e ingratos. De forma a mi entender escandalosa, no sólo se ha eludido hacer frente a responsabilidades políticas elementales, sino que se ha querido sugerir que la derecha, de nuevo, era culpable. A las especulaciones en voz alta de Narbona y a las insinuaciones de Rubalcaba ha seguido la movilización de los chicos de «Nunca Máis». La conminación «nunca más», con el PP fuera de juego, ha tenido un efecto extraño. Ha sonado como un veto a los populares, estén en el poder o en la oposición. El que declina toda responsabilidad ha de averiguar alguien alternativo en quien colgarla, y el candidato obvio es la derecha. Podría volver a serlo si revienta el proceso vasco.

Pero no me tomen en serio. Esto no ha sido un análisis, sino un exorcismo.

En son de paz
Por RAMÓN PÉREZ-MAURA ABC 27 Agosto 2006

Si el Consejo de Seguridad de la ONU aprueba resoluciones que después se niega a aplicar, el propio Consejo se convierte en una amenaza para la seguridad global. Y eso es lo que está ocurriendo en el Líbano con la aplicación de la resolución 1.701. Ésta prevé desarmar a Hizbolá, pero Kofi Annan ya se apresuró el viernes a aclarar que el desarme del agresor de Israel no lo realizarán las tropas internacionales, sino el Ejército del Líbano. Una vez más, todo queda muy claro: los occidentales demostramos a los islamistas que no tenemos valor para plantarles cara. Vamos al Líbano a proteger a no se sabe quién, porque las normas de enfrentamiento dejan claro que el uso de la fuerza letal sólo será permitido en defensa propia. De ahí que Kofi Annan nos cuente que el desarme de la milicia deberá realizarlo el emasculado Ejército libanés. Para eso, se lo podía haber encargado a la policía municipal de Chiclana de la Frontera.

Lo que se está haciendo es consolidar la posición de Hizbolá sobre la comunidad chií libanesa. Hasán Nasralah ha empezado a repartir miles de dólares provenientes de Teherán para acallar las voces de descontento entre los suyos. Cada vez son más los que cuestionan la jefatura de corte estalinista que aplica a un partido cuya Shura (consejo ejecutivo) se reunió por última vez hace un lustro. Cuestionan el monopolio que mantiene Nasralah sobre el diálogo con Irán, lo que llevó a que cuando recibió la luz verde de Teherán para que provocara a Israel el mes pasado, los hechos se desencadenasen sin que Nasralah informara ni a los dos ministros de su partido que forman parte del Gobierno libanés de Fuad Siniora.

El Líbano tiene hoy ante sí dos opciones. O intentar retomar el camino del desarrollo económico y la estabilidad política, bajo la bandera del «Proyecto para la Paz» que propugna Siniora, o el «Proyecto de Rebeldía» de Nasralah, que quiere hacer del Líbano la cabeza de puente de una «guerra de civilizaciones» entre el Islam, dirigido por Irán, y los infieles, comandados por Bush. En palabras del prestigioso analista libanés Nadim Shahadeh, «la elección está entre la playa y el búnker». ¿Puede alguien creer que la mayoría de los libaneses no prefiera la playa?

Con todo esto en juego, aparecemos una vez más los europeos procurando no molestar a nadie. ¿Cuántas veces habrá que repetir que lo importante no es sólo que tú no cedas ante tu enemigo, sino que tu enemigo no crea que estás cediendo? Chirac, Prodi y Zapatero pueden creer que ganamos posiciones acudiendo al Líbano en son de paz para no hacer cumplir la resolución del Consejo de Seguridad que trajo el alto el fuego. Porque lo cierto es que ante los ojos de nuestros soldados Hizbolá podrá rearmarse. Y las reglas de enfrentamiento no permiten hacer uso de la fuerza para impedirlo. Y, así, vamos construyendo la Alianza de Civilizaciones. Apoyando el búnker.

Ordenar las ideas
JAVIER ZARZALEJOS EL Correo 27 Agosto 2006

En su último comunicado, ETA amenaza porque, según la banda, el proceso de paz está estancado. Sin embargo la preocupación dominante en los demócratas no debería radicar en que el sedicente proceso de paz vaya muy lento sino en lo contrario, en que las cosas han ido demasiado rápido.

Con demasiada premura se han creído las expresiones pactistas de ETA. Con demasiada prisa, como si al Gobierno le quemara en las manos, Rodríguez Zapatero canceló el Pacto Antiterrorista una vez que ya no parecía rentable recordar una y otra vez que fue él quien lo propuso, entre otras razones porque recordarlo tanto ponía en evidencia su propio sectarismo frente a la disposición de su antecesor a recibir, negociar sin trampas y mejorar las propuestas del principal partido de la oposición, entonces el Partido Socialista. Pero no menos rápidas han sido las sucesivas verificaciones que transmitían una evaluación del 'alto el fuego' como una realidad pétrea e inamovible cuya consolidación final era sólo cuestión de puro teatro.

Ha habido precipitación -digámoslo suavemente- al dejar caer la libertad como el bien supremo a recuperar para la sociedad vasca en favor de la 'paz', sin más, al margen del contenido que esa palabra podría adquirir al convertirla en un imaginario punto de encuentro de ciudadanos honrados y terroristas. Con demasiada facilidad se ha concedido a Batasuna y sus portavoces el beneficio de una duda que no merecen, hasta el punto de que en vísperas de que ETA hiciera público su comunicado, precedido por la rueda de prensa de Otegi para fijar la interpretación auténtica de la amenaza etarra, columnistas estivales y tertulianos de ocasión se deshacían en glosas laudatorias al comportamiento de los dirigentes abertzales en la manifestación de San Sebastián, finalmente autorizada con condiciones por el magistrado Baltasar Garzón.

Un mitin en Anoeta -aquel acto ilegal de un partido ilegal, como recordaba Otegi desde el atril, recreándose ante la audiencia- seguido de una carta de la misma organización ilegal al presidente del Gobierno bastó para que se aceptara como gran novedad la oferta etarra de las dos mesas que, se reconozca o no, anuda el final del terrorismo a la negociación política. Y para que las partes en el proceso disfrutaran de mayor holgura en sus tratos, hace poco más de un mes el secretario de organización del PSOE, José Blanco, sentenciaba en la escuela de verano de este partido que «si el proceso triunfa será a pesar del PP y si fracasa será por el boicot del PP». La secuencia lógica de una actitud tan cínica y sectaria como la exhibida por Blanco -pero no sólo por él- sería exculpar a ETA de que ahora amenace. A semejante perversión conduce el delirio sectario y la doblez de un grupo de dirigentes políticos decididos a tomarse a beneficio de inventario la lucha de muchos durante muchos años, poseídos por la convicción de que tienen derecho -por la paz, siempre por la paz, faltaría más- a dilapidar los activos cívicos, políticos y jurídicos de la democracia. Esa misma democracia que ETA y su servidumbre batasuna combatirán con los medios de que dispongan en cada momento, si no son derrotados pura y simplemente por el Estado de Derecho.

No pocos medios y personalidades han confundido irremisiblemente el ser progresistas con ser simplemente gubernamentales y como apenas tienen nada serio que decir sobre las cuestiones realmente medulares de esta situación, dirigen sus esfuerzos a la confrontación con el PP. Tan sensibles a la recuperación de la memoria, deciden la amnesia voluntaria para recrear a los nacionalistas como socios preferentes y fiables frente a ETA en vez de la representación de casi diez millones de ciudadanos, olvidando los planes que el nacionalismo vasco tenía reservados para socialistas y populares mediante el pacto con la banda terrorista en 1998 y la sistemática oposición de aquéllos a todas y cada una de las iniciativas gracias a la cuales ahora tanto se habla de paz.

Tan concluyentes en sus juicios, tan profesionales e independientes en su indesmayable servicio a la verdad, nada tienen que decir cuando se sigue hablando de contactos y diálogos con ETA y Batasuna negados por el Gobierno y el Partido Socialista en sede parlamentaria. Para ellos no merece la pena preguntar por qué los terroristas y los portavoces de su brazo político insisten en el recordatorio de compromisos que el Ejecutivo habría adquirido para engrasar el 'alto el fuego'. Tan aprensivos siempre ante el riesgo de crispación en la vida pública, alimentan el discurso de ciénaga que busca dividir al país entre angelicales defensores de la paz y malévolos amantes de la violencia.

Ahora, en su continua pirueta, exhiben el último comunicado de ETA como prueba de que el Gobierno no ha cedido, ya que si lo hubiera hecho, ETA estaría satisfecha y no amenazaría con 'responder'. Pero no. En términos históricos y políticos el argumento funciona exactamente al revés. Si ETA exige, si pone a prueba la resistencia, si se plantea nuevos pasos es precisamente porque para llegar hasta aquí sólo ha tenido que rentabilizar su debilidad. Lo que está ocurriendo es precisamente una confirmación, punto por punto, de los efectos perversos de las políticas de apaciguamiento mediante concesiones aquí y allá que ni ahora ni nunca han desactivado las ambiciones totalitarias sino que, por el contrario, las han alimentado.

Hágase recapitulación y se verá que, sólo con administrar su propia debilidad, ETA ha cosechado un protagonismo que resultaba inimaginable hace no mucho tiempo. Ha conseguido quebrar el eje de la lucha antiterrorista y la cancelación del pacto de Estado que la situó al borde del precipicio. Ha visto cómo su brazo político, disuelto y todo, era reconocido por el partido del Gobierno como interlocutor político necesario con pública escenificación de ese reconocimiento. Gracias a todo ello, ETA ha expulsado a los que dentro de sus propias filas habían interiorizado ya la derrota en forma de largos años de prisión irremisible, desmantelamiento de sus apoyos y rechazo -o a lo sumo indiferencia ante su suerte- de la inmensa mayoría de la sociedad vasca. No ha sido necesario rehacer la conjura nacionalista de Estella para vincular la paz retórica a las contrapartidas políticas porque eso ya está conseguido con el juego de las dos mesas al que ETA podrá asistir sin disolverse.

El Estatuto de Gernika es ya un trasto viejo que espera sin ruido ser sustituido por el nuevo marco que salga de esas mesas, porque han conseguido que cuaje la idea de que casi el 90% de la sociedad vasca y todo el resto de la sociedad española tienen que plegarse a lo que exija para su comodidad ese poco más del 10% que defiende o ha defendido la violencia terrorista. Dicho lo anterior, es verdad que todo esto ha ocurrido sin que ETA pegue un tiro. Éste, que es el argumento que habitualmente se esgrime para comprender lo que ha ocurrido, es precisamente lo que lo hace inexplicable.

Se puede confiar en que las dotes para el regate de Rodríguez Zapatero unidas a la complicidad de la audiencia salven la situación e incluso que las inquietudes que ésta genera le permitan al presidente emerger de nuevo como el gran demiurgo del proceso. Probablemente son muchos los que esperan nuevos golpes de efecto que mantengan a flote un proceso que ya parece que interesa mantener por sí mismo, al margen de a dónde conduzca, si es que conduce al alguna parte. Algunos pensarán que un éxito electoral cercano, o el propio paso del tiempo que haga impracticable el retorno de la violencia terrorista por simple oxidación de las pistolas, pueden sacar al Gobierno del cualquier atolladero. Es posible, pero también cabría pensar que ha llegado el momento de que el Ejecutivo ordene sus ideas para que se restablezca el tejido social y político que asfixió a ETA.

Sería ésta la ocasión para que el Gobierno haga de la discreción una virtud pero no un burladero y, por tanto, deje de cultivar equívocos si es que tiene las ideas tan claras como afirma. Sería el momento para pedirle que no confunda la política con la improvisación moral, por más que se quiera justificar en el nombre de la paz. En suma, que de manera creíble, sin caer en la tentación de tratos por debajo de la mesa, ponga a ETA y a Batasuna ante su verdadera encrucijada. Y eso no se reduce a endurecer la retórica. El Gobierno haría bien en contar con un 'plan b' que no se limitara a intentar culpabilizar al PP de lo que pueda ocurrir. Ese plan sería conveniente para la suerte del Ejecutivo pero, sobre todo, empieza a ser dramáticamente necesario para la salud de la democracia y el Estado de Derecho.

Primavera adelantada
IMANOL ZUBERO El Correo

ETA sabe que su tiempo ha pasado. Definitivamente. No sólo el tiempo de la violencia, sino el de la propia organización terrorista. La idea misma de que una ETA sin violencia, o con la violencia hibernada, sea algo más que una anomalía histórica a extinguir es una aberración de tal calado que, en caso de mantenerse, sólo merecería como respuesta un «apaga y vámonos». La ETA de los comunicados no puede ser la heredera de la ETA de las bombas. Su único horizonte viable es la disolución negociada en los estrictos términos de la resolución aprobada por el Congreso de los Diputados.

Batasuna sabe que toda la estructura legal que en la actualidad dificulta o impide su actividad política es ya un dato de realidad irreversible: simplemente, ya no puede 'desinventarse'. Está ahí, y está ahí para quedarse. Una estructura legal que, por cierto, no se reduce a la Ley de Partidos, ni se subsume en ella, ni tiene su origen en esta ley, sino que incluye un amplio cuerpo de medidas previstas en el Código Penal, de resoluciones judiciales, etc. Su único horizonte viable es proceder de inmediato a dar los pasos que permitan su inserción en este marco legal.

El PNV sabe que el límite fundamental a sus posibilidades de recorrido electoral se encuentra en la estrategia frentista de acumulación de fuerzas. Cuando el nacionalismo vasco ha desfigurado su rostro cívico para presentarse con las ropas de la etnicidad (aunque se vista de decisionismo soberanista) ha visto como su particular 'nosotros' se endurecía, sí, pero a costa de debilitar su capacidad de penetración en el nosotros general vasco. Es lo que ocurrió con Lizarra, pero también con las últimas elecciones vascas. Su único horizonte viable es desoír los cantos de sirena del unionismo abertzale y fortalecer la cultura y las prácticas de transversalidad.

El Partido Popular sabe que algún día le tocará gestionar desde el Gobierno la situación política española y vasca, y que las condiciones para esta gestión se están construyendo desde ahora. 'Esto', y lo que a partir de 'esto' vaya saliendo, será lo que tenga que gobernar. Introduciendo todos los matices que quiera y pueda, pero sin enmiendas a la totalidad. En realidades políticas complejas, el margen de maniobra de los gobernantes democráticos se estrecha enormemente.

Tampoco puede desinventarse el impulso hacia la federalización del Estado, nacido no de ninguna torpeza (mucho menos traición) de Rodríguez Zapatero, sino de la realidad profunda de una España estructuralmente plurinacional y pluricultural, en la que se expresan diversas demandas de configurar ámbitos específicos de co-decisión. Su único horizonte viable es la desradicalización de su oposición.

Todo esto se sabe: ¿por qué no se actúa ya en consecuencia? Ayer conocíamos la noticia de que, como uno de los efectos del cambio climático, la llegada de la primavera en España se está adelantando en dos semanas. Ahórrennos, ustedes que pueden, dos semanas de invierno.

i.zubero@diario-elcorreo.com

El órdago de Irán
IGNACIO ÁLVAREZ-OSSORIO /PROFESOR DE ESTUDIOS ÁRABES E ISLÁMICOS DE LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE Y COLABORADOR DE BAKEAZ El Correo 27 Agosto 2006

A medida que se acerca la fecha tope fijada por la resolución 1.696 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para que Irán interrumpa el enriquecimiento de uranio, parece cada vez más claro que este país no tiene la menor intención de detener su programa nuclear y que, en consecuencia, la única opción que le resta a la comunidad internacional es la imposición de sanciones políticas y diplomáticas. Dichas medidas podrían desencadenar un nuevo ciclo de violencia en la región, puesto que el Irán de los ayatolás no es ni el Irak de Sadam Hussein, ni el Afganistán de los talibanes, ni tampoco el débil Líbano donde las milicias de Hezbolá campean a sus anchas.

Como recientemente recordara el periodista Abdel Bari Atwan, director del diario 'Al-Quds Al-Arabi' y uno de los analistas árabes más perspicaces, Irán guarda varias cartas en la manga para hacer frente a cualquier eventual acción norteamericana: la movilización de las milicias chiíes de Irak, Afganistán y Líbano para torpedear los proyectos americanos (algo que sólo ha hecho hasta ahora con Hezbolá); la desestabilización del golfo Pérsico (que también cuenta con importantes comunidades chiíes), donde se concentran un tercio de las reservas mundiales de petróleo; el ataque contra los más de 140.000 soldados americanos desplegados en Irak o los 40.000 destacados en Afganistán, dos países vecinos de Irán; la interrupción del alto el fuego alcanzado en Líbano, que podría convertirse en un nuevo 'Estado fallido' y, por último, la activación de «diversos grupos terroristas distribuidos por todas las partes del mundo que tan sólo esperan una señal para actuar». Quizás lo más peligroso para Washington sea, como recuerda Atwan, que «Irán también cuenta con misiles capaces de golpear las bases americanas en el Golfo y puede cerrar el estrecho de Ormuz, por donde cada día se exportan a Occidente 18 millones de barriles de petróleo, o bombardear los propios pozos de petróleo, lo que llevaría el precio a los 150 dólares».

Es más que probable que los dirigentes iraníes, con el líder espiritual Alí Jamenei y el presidente Mahmud Ahmadineyad a la cabeza, consideren que actualmente se dan las condiciones necesarias para lanzar un órdago a la mayor a la comunidad internacional en general y a Estados Unidos en particular. En los últimos años, la influencia de Irán no ha dejado de crecer en la zona, al contrario de lo pronosticado por los intelectuales neoconservadores cercanos a la Administración Bush. En 2002, en plenos preparativos de la invasión de Irak, Michael A. Ledeen, uno de sus puntales, publicó su libro 'La guerra contra los señores del terror', en el que señalaba, entre otras cosas, que «detrás de todo el veneno antiamericano de los seculares radicales de Bagdad, de los fanáticos religiosos de Teherán, del régimen minoritario de Damasco y de los cleptómanos de la Autoridad Palestina está la certeza de que son odiados por sus propios pueblos. Su poder reside en el terror, recientemente dirigido contra nosotros mismos, pero con anterioridad ejercido siempre contra sus propios ciudadanos. En el caso de que se les otorgara la oportunidad de expresarse libremente, iraquíes, iraníes, sirios, libaneses y palestinos desalojarían del poder a sus actuales opresores». Según estos planteamientos, las masas árabes e islámicas se lanzarían a las calles para recibir a sus libertadores con flores y, llegado el caso, darían un respaldo masivo en las urnas a los dirigentes más cercanos a Washington. Exactamente lo contrario de lo que ha ocurrido desde entonces.

El derrocamiento del déspota iraquí Sadam Hussein por las tropas americanas no ha motivado una primavera democrática en Mesopotamia, donde la sangre no deja de manar de la incurable herida de Irak y donde ya son legión, incluidos los mandos militares norteamericanos, quienes reconocen que el país está inmerso en una guerra civil de impredecibles consecuencias. Por otra parte, los palestinos bajo la ocupación dieron su respaldo masivo a Hamás no tanto por comulgar con su ideario islamista sino como forma de protesta contra un proceso de paz hecho a medida de Israel que, en lugar de allanar el camino para la construcción de un Estado independiente y soberano, permitió a Tel Aviv imponer nuevos 'hechos consumados' como la construcción del muro, la multiplicación de sus asentamientos y la intensificación de la colonización.

En los últimos cinco años, Irán ha emprendido el camino de la radicalización. La presencia de tropas americanas en Afganistán e Irak fue considerada como una amenaza potencial contra la república islámica, lo que llevó a los ayatolás a frenar, de la noche a la mañana, las reformas emprendidas por el presidente Jatamí y a blindar el régimen teocrático con la elección de Ahmadineyad, un halcón entre los halcones. Desde entonces Irán ha iniciado una huida hacia adelante que la ha llevado a radicalizar su discurso y a lanzar un órdago contra la comunidad internacional: su programa nuclear.

Según desvela un reciente informe publicado por 'The Royal Institute of Foreign Affairs' de Londres con el esclarecedor título 'Irán, sus vecinos y las crisis regionales', «no cabe ninguna duda de que Irán ha sido el principal beneficiado de la guerra contra el terror en Oriente Próximo. Estados Unidos ha eliminado dos de los rivales regionales de Irán -los talibanes de Afganistán en noviembre de 2001 y el régimen de Sadam Hussein en abril de 2003-, pero ha fracasado a la hora de reemplazarlos con estructuras políticas coherentes y estables. El estallido de conflictos en dos nuevos frentes en junio y julio de 2006 entre Israel y los palestinos en Gaza de una parte, e Israel y Hezbolá en Líbano de otra, ha dado dimensiones regionales a esta inestabilidad. Irán ha logrado llenar el vacío con una aparente facilidad que ha sorprendido tanto a los actores regionales como a EE UU y a sus aliados europeos.

Irán es hoy en día uno de los más significativos y poderosos Estados en la región y su influencia se extiende por Oriente Medio, Turquía, el Cáucaso, Asia Central y Asia del Sur». Como ha demostrado la crisis libanesa, una intervención militar en Irán podría tener los efectos contrarios a los deseados al radicalizar aún más al régimen y debilitar, como de hecho ya ha ocurrido, a los sectores reformistas partidarios de pasar página y llevar a cabo la revolución de la revolución islámica. ialvarez@bakeaz.org

Foro de Ermua reclama una ley de manifestaciones porque la Justicia «no está preparada»
ABC 27 Agosto 2006

MADRID. El nuevo desafío batasuno al Estado y a la Justicia volvió a provocar duras críticas tanto por parte de distintas asociaciones como por parte del PP, cuyo secretario general en el País Vasco, Carmelo Barrio, había solicitado que se prohibiera «cualquier expresión antidemocrática» y de apología de ETA.

El presidente del Foro de Ermua, Mikel Buesa, propuso al Gobierno que, a la vista de que «el sistema jurídico español no está preparado ante estas prácticas de los terroristas», promueva una «ley de manifestaciones».

Por su parte, el portavoz de la Federación de Asociaciones Autonómicas de Víctimas del Terrorismo, Roberto Manrique, consideró «vergonzoso» que se haya convocado una manifestación para pedir la excarcelación de un terrorista «porque esté en huelga de hambre, ya que solo se está cumpliendo la ley».

Dignidad y Justicia anuncia acciones legales contra el juez Pedraz por la marcha de Bilbao
Denunciará por prevaricación al magistrado si no llama a declarar a Álvarez y Permach por su apoyo al acto
SOFÍA RUIZ DE VELASCO/BILBAO El Correo

La asociación Dignidad y Justicia anunció ayer su intención de emprender acciones legales por la vía penal contra el juez de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz. El portavoz de la asociación, Daniel Portero, advirtió en Bilbao de que, en función de cómo resuelva el magistrado el recurso de reforma que este mismo colectivo presentó el pasado jueves -y cuya resolución debería hacerse pública pasado mañana-, la asociación denunciará al juez por prevaricación y omisión del deber de perseguir acciones delictivas.

DyJ elevó el jueves un recurso contra el auto que permitió la manifestación del viernes en Bilbao. El texto insta a que Joseba Álvarez y Joseba Permach sean obligados a declarar en la Audiencia tras haber llamado a participar en el acto de la capital vizcaína, convocado por 38 ciudadanos «de izquierda y abertzales». El portavoz de esta plataforma criticó a Pedraz por no haber atendido las denuncias de Dignidad y Justicia, haber respetado de forma escrupulosa los plazos legales para revisar sus impugnaciones y haber contribuido a que se celebrara la marcha.

Por todo ello, Portero entiende que «es el momento de subir un peldaño» en las acusaciones contra el juez, que sustituye por vacaciones a Baltasar Garzón, al entender que «se está obstruyendo nuestro derecho como acusación particular». A su juicio las últimas resoluciones de Pedraz benefician «sólo» a la formación de Arnaldo Otegi. «Estamos hartos de que se favorezca sólo a una parte», apostilló Portero.

La asociación considera que el magistrado permitió la manifestación sin tener en cuenta todos los elementos. En este sentido, recordó los carteles del partido ilegalizado llamando a la marcha que aparecieron en Barakaldo y se emitieron por televisión en varios informativos. Además, reprobó la actuación de la Fiscalía y censuró los informes de la Policía, que calificó de «muy subjetivos». Portero anunció que pedirá que los agentes que elaboraron ese documento se personen en la Audiencia Nacional y aclaren «si ése es el contenido real del documento que mandaron al juzgado central».

Apoyo de los jueces
La interpretación legal que realizó Dignidad y Justicia chocó con la visión que ayer también ofrecieron colectivos de jueces como la Asociación Profesional de la Magistratura (APM) y Francisco de Vitoria. Ambas organizaciones mostraron su apoyo a la decisión del juez Pedraz por permitir la manifestación. El portavoz de la APM, Antonio García, reconoció que «las meras sospechas, más o menos fundadas», de que Batasuna estaba detrás de la marcha por Bilbao «no pueden sustentar decisiones de restricción de los derechos fundamentales».

«Si alguien pretende que los jueces adopten medidas de esa envergadura -subrayó García- lo que tienen que hacer es poner a su disposición pruebas convincentes y suficientemente sólidas». Por su parte, Juan Pedro Quintana, portavoz de la asociación Francisco de Vitoria, reconoció «no tener nada que objetar» a la decisión del magistrado y recalcó que «los ciudadanos vascos, todos ellos, tienen derecho a manifestar sus ideas».

Mucho más lejos fue el análisis del coordinador general de IU, Gaspar Llamazares, al advertir que la manifestación de Bilbao y la actuación judicial es un episodio más del «tira y aflora» entre el Gobierno y la izquierda abertzale por la «complejidad» del proceso de paz. En este sentido, dio la «bienvenida» a Batasuna a este tipo de comportamientos del «ámbito de lo civil y no del de la violencia». «Cada cosa tiene su dimensión -argumentó Llamazares- y una cosa es condenar la kale borroka y otra, la llamada por la izquierda abertzale al ejercicio de derechos civiles».

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