AGLI

Recortes de Prensa     Sábado 16  Junio   2007

Falsarios
Edurne Uriarte, ABC 16 Junio 2007

«Tenéis mucha cara» me acusó un viejo colega del País Vasco al término de un debate sobre el fin de la tregua hace unos días. El plural incluía a todos los que hemos culpado a Zapatero, falsamente, esgrimía, de haber negociado políticamente con ETA y de haber realizado varias cesiones a lo largo de ese proceso. La agresiva y extemporánea reacción me causó la misma perplejidad que la de otro adalid intelectual de la negociación que en un debate de hace un par de meses me espetó muy airado que era una mentirosa por afirmar que la excarcelación de De Juana Chaos era una decisión política y no jurídica.

Me acordaba de ambos ayer, al conocer las nuevas revelaciones etarras sobre las negociaciones con el Gobierno. No sé cómo llamarán mis dos indignados colegas a esa oferta gubernamental de cambios estatutarios en el País Vasco y un órgano común con Navarra, en plena campaña electoral y con el proceso oficialmente cerrado desde el 30-D. ¿Transacción comercial, quizá? ¿Cambio de cromos? ¿Intercambio de ideas? ¿Confidencias de amigos? En esa espiral de negación de la realidad en la que se han sumergido para arropar las catástrofes de Zapatero, encontrarán alguna interpretación alternativa a la indicada por los manuales de Ciencia Política. Que llaman a eso negociación política igual que a ETA grupo terrorista, y a su lucha armada, crimen.

Esta paradoja de que quienes han sostenido la negociación con ETA nos llamen ahora falsarios a quienes la hemos denunciado, muestra que las esperanzas de propósito de enmienda de este Gobierno son mínimas, quizá inexistentes. Y difícilmente puede edificarse una nueva política antiterrorista de derrota de ETA si ni siquiera hay un aprendizaje del fracaso de esta negociación. Ni del presidente ni de sus apoyos mediáticos e intelectuales.

Aún peor, la ausencia de declaraciones de intenciones de Zapatero sobre esa supuesta nueva política de derrota de ETA y, sobre todo, el pacto inminente en Navarra con Na-Bai, hace temer que la situación pueda ser mucho más grave. Que no haya propósito de enmienda, sencillamente, porque Zapatero aún no haya renunciado a la negociación.

El espejo de Lizartza
LOURDES PÉREZ El Correo 16 Junio 2007

El 14 de junio de 2003, un pegajoso bochorno reflejaba la caldera en plena ebullición abertzale en que se había convertido Lizartza ante la toma de posesión de Joseba Egibar como su nuevo alcalde. Los acontecimientos vividos aquel día y el recuerdo de los antecedentes que condujeron a él constituyen un llamativo episodio en el relato metafórico y circular de Euskadi. El apoyo cosechado por las listas autorizadas de ANV en las últimas elecciones ha vuelto a perfilar con nitidez los feudos donde la izquierda radical conserva su histórico predominio; un universo de inequívoca mayoría sociológica, que engloba destacados municipios en los que es posible votar a otras opciones políticas y varios con menos renombre atomizados en su día en torno a agrupaciones vecinales. Muchos de esos pequeños pueblos se transformaron con el paso de los años en terreno vedado para la pluralidad ideológica, hasta el punto de que ni siquiera el primer partido del país, el PNV, se decidía a inmiscuirse en sus urnas. La inédita exclusión en 2003 de las candidaturas herederas de la ilegalizada Batasuna, unida a la inquebrantable voluntad del PP de concurrir en todas y cada una de las localidades vascas, forzó al PNV a reorientar aquella vieja política municipal y dejó 25 corporaciones en un mano a mano entre jeltzales y populares.

Una de ellas fue Lizartza, donde la determinación de Egibar de acceder a la Alcaldía colisionó con el criterio del GBB. La lista del burukide, víctima en el pasado de la violencia callejera, fue la más votada; pero la izquierda abertzale se arrogó el triunfo aplicando su contabilidad paralela, según la cual las 253 papeletas nulas debían permitirle retener el Consistorio al margen de la legalidad. Aquel asfixiante día de junio de hace cuatro años, Egibar asumió la makila municipal acosado por un nutrido grupo de vecinos, que le obligaron a abandonar la localidad a toda prisa mientras uno de ellos -otra singular metáfora- le aporreaba las lunas del coche con el palo de una ikurriña. El coportavoz de Batasuna, Joseba Permach, presenció impasible la sucesión de actos de hostigamiento.

El reflejo concéntrico de esa presión social se ha dejado sentir a lo largo de la legislatura en las antiguas plazas fuertes de HB, dificultando su gobernabilidad sosegada. La aplicación rigurosa de la Ley para restar poder a quienes utilizan la democracia con el objetivo de pervertirla ha colisionado con los obstáculos, a veces insalvables, que impiden restablecer la normalidad institucional en el universo abertzale. Se arguye en privado que la sociología de esos pueblos es la que es, y que forzarla en un sentido diferente a las inclinaciones mayoritarias contraviene los propios principios de la legalidad. Pero en ocasiones se trata de un argumento escapista, que trata de enmascarar la dejación, la incapacidad o la renuencia de las fuerzas democráticas para hacer valer su unidad en torno al Estado de Derecho, allí donde la amenaza de la violencia y el comprensible temor a ser identificado como el divergente resultan tan poderosos que acallan la discrepancia.

Allí donde ha reinado un pesado silencio durante años. Ahora, como en 2003, Lizartza actúa como referente simbólico. Los líderes abertzales asisten impertérritos a la campaña coactiva contra los concejales que son tildados de usurpadores de escaños. El PNV no sólo ha desistido de repetir candidatura en el municipio guipuzcoano, sino que Egibar llegó a pedir a los electores que emitieran papeletas en blanco para tratar de impedir que el PP, única lista presentada, se alzara con la Alcaldía; una actitud que ha contribuido a deslegitimar en territorio hostil a quien aspira a ser la nueva alcaldesa, la popular Regina Otaola. Finalmente, la corporación tampoco se configurará hoy como las demás, al no haberse publicado aún en el Boletín Oficial la renuncia de los integrantes originales de la plancha conservadora, militantes de fuera del País Vasco.

La ruptura formal de la tregua ha recrudecido el sentimiento de amenaza para quienes ya sobrevivían bajo coacción y lo ha inaugurado para otros muchos ciudadanos, cuya existencia cotidiana en sus pueblos y ciudades se ha transformado en una experiencia inhóspita y desasosegante. Esa legión de vascos bajo la sombra acechante de ETA se engrosa ya con cientos de cargos del PNV. Posiblemente es ahora cuando la militancia jeltzale ha empezado a interiorizar con una dimensión auténticamente personal el llamamiento de Josu Jon Imaz para transformar el partido en un ejército de solidaridad hacia todos los amenazados; una apelación saludada en el pasado más con un aplauso tibio que con una predisposición convencida. Las desarmantes consecuencias del terror evidencian que la pedagogía democrática para combatirlo ha resultado insuficiente. Y ha quedado lejos de lugares tan propios, y tan ajenos al tiempo, como Lizartza.

Colgados del guindo
EDUARDO SAN MARTÍN ABC 16 Junio 2007

TENDRÍAMOS que haber hablado sobre el fin de la inocencia, y nos enganchamos, una vez más, en una aburrida perorata sobre buenos y malos. Como siempre que se discute de política en España. Y eso que se trataba del fin de la tregua de ETA y de sus secuelas de los días siguientes. Es decir, de un acontecimiento en el que toda inocencia, si alguna vez la hubo, quedó pulverizada por la contumacia de los hechos. Y de las voluntades.

La cuestión se planteaba en estos términos: ¿éramos tan cándidos como para creer que, en caso de que el «proceso» hubiera prosperado, el Gobierno de Zapatero no lo habría aprovechado electoralmente? Interpelados sobre el asunto, algunos preferían seguir instalados en el guindo. O en un árbol menos inocente. E invocaban precedentes sobre la traducción electoral de determinados triunfos políticos. ¿No le había advertido Tony Blair (el gran inspirador) a nuestro presidente de que un final feliz de la aventura en la que estaba embarcado no garantizaba un mayor caudal de votos en la elecciones subsecuentes? ¿No habían desalojado del poder a Winston Churchill después de haber conducido a su país, contra todo pronóstico, a la victoria sobre Hitler? No, decían, el final del terrorismo de ETA no tendría influencia en la decisión de los electores; ergo, Zapatero no arriesgó gran parte de su capital político por la obtención de rentas electorales.

Sea, admitámoslo. Pasemos por alto semejantes piruetas en el espacio y en el tiempo, y aceptemos la tesis. Pero, entonces, permitamos que el razonamiento circule en todas las direcciones, y no sólo en aquella que nos conviene. Porque si se traslada el mismo argumento a la áspera oposición del Partido Popular al «proceso», habrá que concluir que, en buena lógica, es imposible que el PP haya podido hacer un uso electoral de un acontecimiento cuya resolución no tiene influencia alguna sobre el ánimo de los votantes. O que pueda hacerlo ahora del fracaso del plan del Gobierno. Un mínimo de rigor exige aplicar a ambas partes las mismas conclusiones de la tesis que se defiende. Si el «proceso» es neutral electoralmente, es insostenible defender al mismo tiempo que el Gobierno actuó sin pensar en los votos, pero que el PP sí intentó debilitar electoralmente a Zapatero. Ni lo uno ni lo otro. O lo uno y lo otro.

Cuando se habla de política en términos de carrera desbocada por los votos, quedan muy pocos guindos de los que colgarse. Es el fin de la inocencia. Si el PP intentó minar la posición -y lo hizo- de un Gobierno empeñado en jugar con las cosas de comer es porque el presidente Zapatero avizoraba un futuro electoral imbatible, en compañía de sus excéntricos (por periféricos) nuevos aliados, con el triunfo de la paz en el bolsillo. Y a ninguno de los dos cabría reprocharles nada. Es el juego.

Porque uno de esos nuevos dogmas de hojalata que me niego a aceptar es aquel según el cual el Gobierno dirige la política antiterrorista y la oposición, a callar. El Gobierno no sólo dirige ese política, sino todas: la económica, la exterior, la educativa, etcétera. Para eso se le elige. Y lo que se reclama de la oposición es que ponga a disposición de los votantes alternativas a esas políticas, incluida la antiterrorista. Pero ambas exigencias son compatibles con una unidad básica contra el terror y con el apoyo de la oposición a una acción consensuada frente a la violencia. Por ejemplo: la oposición puede ofrecer su apoyo al Gobierno para «acabar con ETA» y criticar al mismo tiempo la forma en que se ha resuelto/no resuelto el asunto de ANV. O los pactos con Nafarroa Bai. La unidad básica de los grandes partidos contra el terror se resume en una fórmula extremadamente sencilla: transmitir a los terroristas la certeza de que, cualquiera que sea el Gobierno de turno, el Estado nunca concederá objetivos políticos a quienes los persiguen con las armas. Punto. Lo demás, no sólo es discutible, sino que es saludable que se discuta.

Los socialistas rompen un acuerdo con el PP y entregan Guecho al PNV
Pedro Fernández Barbadillo Periodista Digital 16 Junio 2007

Si a Joseba Egibar le da más miedo España que ETA, muchos socialistas están más a gusto con Arnaldo Otegui o con el mismo Egibar antes que con los peligrosos peperos.

Hace cuatro años, el PSOE vasco ya había comenzado su transformación en muleta del PNV, después del paréntesis españolista de Nicolás Redondo. ¡Eran muchos años sin comer de las sobras que les dejaban los Imaz, Ibarretxe y Azkuna! Sin embargo, el PP vasco, dirigido por Jaime Mayor Oreja, dio a sus concejales la orden de votar a los candidatos socialistas. Así, hubo alcaldes socialistas en municipios como Portugalete y Santurce, donde la lista más votada era del PNV.

En Guecho, el alcalde durante ocho años, Iñaki Zarraoa, y su sucesor, Imanol Landa, dieron dinero a los proetarras, contrató a colaboradores de ETA, controló a la policía para que no detuviese a los alevines, propuso la separación de euskoparlantes, etcétera, etcétera, etcétera. Ante estos desmanes, el portavoz socialista, Luis Almansa, se comprometió con los electores y con el PP a impulsar un cambio en el municipio, el segundo más importante de Vizcaya, si los votos lo permitían. Ratificó su decisión al día siguiente de las elecciones, pero no le han dejado cumplirla.

Los dirigentes del PSE, el pegamujeres Jesús Eguiguren, el tertuliano de Otegi Patxi Nadie, el cobarde Ramón Jáuregui (se vino a Madrid en cuanto un parlamentario batasuno arrojó cal viva en su escaño de Vitoria), el chaquetero Rodolfo Ares (¡menudos discursos contra el nacionalismo ha pronunciado!), el rastrero José Antonio Pastor (dijo que el PP era "lo peor" de la sociedad; se olvidó de sus admirados etarras) ordenaron a sus concejales en Guecho que rompieran el acuerdo con el PP.

Cualquier resto del acuerdo entre Nicolás Redondo y Jaime Mayor para formar una alianza que permitiese un principio básico en una democracia como la alternancia y que despojase al PNV de un poder que cree suyo por derecho tiene que desaparecer. Las manos estrechadas de los dos políticos asustaron tanto a los ex franquistas Juan Luis Cebrián y Polanco como al racista Arzallus.

De esta manera, la izquierda, tanto EB-IU (¡hermanos Madrazo, qué pisazos!) como el PSOE, prefiere recibir prebendas de un partido construido sobre el odio y la insolidaridad. ¡Muy coherentes! A cambio, el PP ha votado en Andoain al alcalde socialista. Son dos maneras de entender la política y España: unos se mueven por pincipios y otros por moquetas.

CODA: Jorge Valdano, ese argentino de caricatura, declara que "ETA nunca ataca causas populares". Como ya sabemos que los progres carecen de memoria, hay que recordarle a este futbolista que escribe los atentados etarras contra la Vuelta Ciclista España y el Bernabéu. El colaborador de El País también quiere diálogo. ¿Habría dicho lo mismo cuando se juzgaron a los militares responsables de asesinatos en Argentina?

Zapatero y las termitas
M. MARTÍN FERRAND ABC 16 Junio 2007

ES de celebrar que ayer cumpliéramos treinta años desde las primeras elecciones democráticas; las que, sin ser convocadas para ello, sirvieron para conformar unas Cortes Constituyentes. El balance de estas tres décadas es muy positivo y sería absurdo no valorar y reconocer lo que muchos hicieron por construir un nuevo Estado. ¿A costa de debilitar una vieja Nación? Quiero decir que a la conmemoración, brillante e institucional, le ha faltado autocrítica. La complacencia, en la conformidad con lo que se tiene, impide ir a más; es decir, el progreso con ansias de excelencia que debiera ser el rumbo común y deseado por cuantos aquí somos o estamos.

No es para cohetes y campanillas el que, también ayer, en la portada de ABC, pudieran convivir dos titulares: «El Rey aboga por la unidad de España y la derrota de la lacra del terrorismo» y «Gara desvela que el Gobierno se reunió con ETA en plena campaña electoral». Es una síntesis inquietantemente luminosa de lo que nos pasa. Mientras las termitas periféricas y separatistas carcomen los bordes del árbol del Estado, amparadas en el privilegio que la Constitución concede a las minorías, José Luis Rodríguez Zapatero y su disparatado equipo -no sería del todo justo hablar del PSOE- insisten en roer su médula para, con absurdas concesiones e infundadas esperanzas, deshacer lo que dicen querer salvaguardar.

Parece que Zapatero, víctima de un singular caso de síndrome de Estocolmo, más que pretender acabar con ETA y quienes la amparan, se dedica a engordarles y, para que se sientan más cómodos en el ámbito del Estado y sus instituciones, dejar que los profanen. Al tiempo, con el auspicio de la mal llamada «memoria histórica» y la chapuza de las reformas estatutarias que nadie demandaba y modifican la Constitución, el nieto de su abuelo va proyectando un paisaje imposible para una convivencia deseable.

Las gozosas celebraciones que conmemoran la siembra del árbol nacional que ahora nos cobija están muy bien; pero, sin una contemplación crítica, pueden parecer un manto que tape sus vergüenzas. Un árbol de esa edad, con las raíces ancladas en unos cuantos siglos de Historia, necesita higiene, abono, poda y, sobre todo, respeto. No van por ahí las acciones de Zapatero que, como un Fausto en obsesión de juventud, está dispuesto a vender su alma patriótica, si la tuviere, a cualquier diablo con chapela o barretina. Incluso a los demonios menores, los que gozan con el gofio, las ensaimadas o la chistorra. Gorras y alimentos que sirven de poderoso energético para que a las termitas que Zapatero cree pastorear se les fortalezcan las mandíbulas. Su voracidad, además, viene empujada por la falta de apetito patriótico que solemos demostrar quienes aún somos, y decimos ser, españoles.

Un diálogo para ETA
ANTONIO ELORZA /CATEDRÁTICO DE PENSAMIENTO POLÍTICO DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE El Correo 16 Junio 2007

Apenas rota la tregua, el ministro Rubalcaba hizo unas breves declaraciones por televisión acerca del balance de la misma en términos de capacidad operativa de ETA. Frente a la opinión común de que la organización terrorista se había fortalecido, él precisaba que ahora contaba con 95 militantes menos que al declarar el 'alto el fuego permanente'. El espectador ingenuo se debió de quedar asombrado ante tanta precisión. En realidad, se trataba de una media verdad que ocultaba un engaño: 95 eran los etarras detenidos desde entonces, con lo cual era cierto que la banda los había perdido, pero Rubalcaba dejaba fuera de su balance a los que en esos trece meses y medio pudieron ingresar en ETA. Pura propaganda.

Algo parecido sucedió, con mucha mayor gravedad, al afirmar solemnemente el presidente Zapatero, en aquella célebre comparecencia ante los periodistas en los pasillos del Congreso de 29 de junio de 2006, que «la democracia no va a pagar ningún precio por la paz». Hoy que mal que bien está hecha la crónica de la tregua, por lo menos en momentos esenciales, podemos decir que se confirman las sospechas de entonces: a ETA no se iba a pagar nada, cierto; el pago estaba dispuesto, en las líneas y con el contenido trazados por Eguiguren, para Batasuna y en la futura mesa política.

Los relatos publicados en estos últimos días por los medios más prestigiosos arrojan considerable luz sobre el famoso proceso, desarrollado prácticamente en la oscuridad hasta fines del pasado año. Sin duda, seguirán llegando elementos de juicio que compensen el ahora ya perfectamente explicable silencio del Gobierno, y dejen bien claros los perfiles de iniciativas, reuniones y, sobre todo, las causas del endurecimiento de ETA a lo largo del verano de 2006. El único que nada aporta es el presidente, que además se permite proporcionar explicaciones para besugos, tales como la referencia a los «etarras descerebrados».

De momento, conocemos mejor a los protagonistas. El papel de Jesús Eguiguren como interlocutor privilegiado no constituía ningún secreto, pero sí que en la práctica su importancia dentro del drama sea comparable a la de Maragall en la gestación del Estatut, hasta el punto de que la enredadera de propuestas ofrecidas a través de él a Batasuna y a ETA reproduzca en lo esencial lo planteado en su libro de 2003, el que entusiasmaba a Otegi y llevó 'Josu Ternera' bajo el brazo en la primera entrevista entre ambos celebrada en Ginebra. En una versión ampliada de lo que bosquejó Ollora desde el PNV, ahora desde el PSE, con aval de Zapatero, la oferta era completa: aceptación de la existencia del 'conflicto' político entre el Estado español y Euskadi, resolución en los términos de una 'libre decisión' de los vascos, sin interferencias de Madrid, previa incorporación de Navarra para formar el sujeto soñado, Euskal Herria. No es casual que desde entonces el Gobierno y el PSE se movieran dentro del campo léxico de ETA-Batasuna. La novedad, en línea por lo demás con Mikel Antza, residía en que para que la aceptación de tales propuestas fuera indolora, se preveía un calendario de avances escalonados. De cara a la efectividad de la tregua, resultaba evidente que la negociación por presos con ETA a cambio de 'paz' debía preceder a las entregas políticas. En plena euforia por una negociación culminada en el 'Congreso de la Paz', previsto para diciembre, ¿quién iba a resistirse a unas concesiones convenientemente disfrazadas? Los que hablábamos de la distancia entre la demanda de ETA y la muralla de la Constitución nos equivocábamos, por lo menos hasta el otoño de 2006.

No eran, pues, inocentes las palabras pronunciadas por Zapatero el 29 de junio, que gustaron a Batasuna: «El Gobierno respetará las decisiones de los ciudadanos vascos que se adopten libremente», con respeto a «la normativa y los procedimientos legales». En un sentido muy amplio, apuntaban al 'respeto' a una futura autodeterminación. Una vez obtenida el 17 de mayo del Congreso la luz verde para la negociación a la vista de «actitudes inequívocas» que anunciaran el fin de la violencia, Zapatero hablará siempre mirando hacia ETA y Batasuna, destinatarios de sus mensajes, supuesto que menciones como la citada confirmaban los propósitos anunciados, en tanto que evitará toda información institucional o para los ciudadanos, incluso después del atentado de Barajas. Habría sido difícil insistir ante la opinión pública en la bondad del 'proceso de paz' cuando sus perspectivas eran nulas, igual que antes por sus implicaciones respecto del orden constitucional. Más valía potenciarlo simbólicamente, con maniobras fallidas que sólo servían para incrementar el prestigio de sus interlocutores: mediación frustrada del cardenal Etchegaray, concesión inequívoca al marco de Euskal Herria, o surrealista presentación del proyecto en el Parlamento de Bruselas. Batasuna, partido ilegalizado, pasaba a ser tratado de igual a igual, desde un dualismo que reflejaba la idea de 'conflicto'. Pero ETA tiró todo por tierra, con toda probabilidad al rechazar la solución bifásica que aplazaba la obtención de los objetivos a corto plazo de autodeterminación y territorialidad, conforme puso de relieve con otras palabras en su comunicado de agosto. Y Batasuna no era nada ante ETA: lección para el futuro.

A partir de ahí, Zapatero tuvo que ir más allá de la simple ocultación. En vísperas de la explosión de la T4, sabía perfectamente que no había posibilidad de acuerdo y a pesar de ello hizo una exhibición de optimismo. Da la sensación de ser un hombre que a la superficialidad de sus análisis une la inquebrantable determinación, tanto de insistir en el camino elegido como de encubrir luego a toda costa los propios errores. Por eso, aunque el pasado es pasado, y ahora cuente el enfrentamiento con ETA, no cabe olvidar la inseguridad que introducen algunos párrafos de su declaración primera tras la nota etarra. Sigue hablando de «abrir un marco de convivencia» donde quepan todas las opciones, y que sin violencia terrorista «el futuro de los vascos depende y dependerá de ellos mismos en el marco de la ley (no de la Constitución) y de la democracia». Estamos cerca del 29 de junio. Insistirá, no cabe duda. Gracias a ello, ETA es un trapecista que actúa con red.

Como mínimo, Zapatero piensa haber acertado, lo que no cierra a largo plazo la repetición de su error estratégico. No cambia de vía y se sitúa siempre en el corto plazo. Es lo que le llevó a silenciar durante meses la muerte de la tregua y a crear el caos jurídico culminado con ANV. De ahí que con toda seguridad, por arañar un poder mal ganado, a la vista de los resultados del PSE, pase por alto lo que significa una acción de gobierno de Nafarroa Bai -guiada por un partido que busca la independencia mediante la autodeterminación- en la construcción del proyecto abertzale y secesionista de Euskal Herria. El hecho de que Aralar rechace el terror no afecta a su inserción en una izquierda abertzale -ahí está la cesión de puestos a ANV-, y por consiguiente a un sector político incompatible con la concepción del Estado democrático español que Zapatero debiera defender. Una cosa es saludar un independentismo ajeno al terror; otro dar un empujón decisivo a la realización de sus fines en Navarra.

Ahora que se cumplen los treinta años de las primeras elecciones democráticas, el pacto navarro constituye la mejor ilustración de cómo una gestión descerebrada puede poner en peligro un edificio político que tanto costó construir.

El secreto mejor guardado
TONIA ETXARRI El Correo 16 Junio 2007

Debería ser una jornada festiva la de hoy por constituirse los ayuntamientos elegidos el pasado 27 de mayo. Pero en Euskadi asistiremos a la anomalía de la configuración de unas corporaciones que confirmarán el regreso de una parte de la ilegalizada Batasuna a las instituciones locales, con una ETA instalada detrás de la amenaza de su ruptura del alto el fuego y con la persistencia, en su entorno, de ir desgranando en los relatos todo lujo de detalles de los encuentros mantenidos con el Gobierno. Se sabía que iba a ocurrir esto. Es lo que suele hacer ETA cuando se rompen las negociaciones con el Gobierno de turno.

Es quizás por eso un juego inútil el que pretendía realizar ayer el portavoz socialista, López Garrido, al decir a todo que no y a preguntarnos a quién vamos a creer: a una organización terrorista o a un gobierno democrático. Se trata de una falsa disyuntiva. Nadie, salvo ellos, se pesan en la misma balanza. El resto de los mortales lo que hacen es aplicar el mismo método en todos los casos. Veamos: si se cree en la publicación de los anuncios cuando comunica un alto el fuego, o la ruptura del mismo, ¿por qué no se le va a creer cuando cuenta los detalles de los contactos mantenidos con el Gobierno?

Resulta ciertamente desestabilizador para el Ejecutivo que ahora vayan saliendo a la luz los pormenores de unos contactos negados oficialmente (algo parecido le ocurrió al PNV al romperse la tregua del 98). Por eso sería más conveniente que el presidente Zapatero fuera corrigiendo los errores con hechos. Porque su error no fue contactar con ETA sino hacerlo creyendo que la organización terrorista estaba ya a punto de cerrar su macabro negociado. Él no lo cuenta. Pero otros sí. Y ahora se conoce que le volvieron a enredar en la dinámica de los «duros» y los «blandos». Como en Suiza. Como en Argel.

Pero lo peor es que después del golpe anunciado, el presidente siga convencido de que la ruptura de la tregua se debe a los «descerebrados» de la banda. Así se lo dijo a todos los interlocutores parlamentarios del Congreso de los Diputados. Y ante semejante planteamiento, los representantes de ERC, por ejemplo, le contestaron: «pues a esperar, hasta que ganen los blandos».

Con este ambiente de injerencia de ETA en el proceso postelectoral, y con ANV reclamando su presencia en las 107 localidades anuladas, se constituyen los Ayuntamientos con la percepción de que, en algunos casos, los pactos sellados entre el PNV y PSE ha obedecido a razones que sobrepasan los límites municipales.

Esa es la impresión del concejal de Getxo, Luis Almansa, que después de haber prometido a sus electores el «cambio» en un municipio gobernado tradicionalmente por el PNV, y en donde este partido ha empatado a concejales con el PP, la disciplina de partido le obliga a facilitar la gobernabilidad a los nacionalistas. Adiós al cambio. Ese es un acuerdo cuyas razones pertenecen también al baúl del secreto mejor guardado.

t.etxarri@diario-elcorreo.com

Libertad sin ira
Laura Campmany ABC 16 Junio 2007

Era una canción pegadiza, con su historia en voz baja de viejos pesimistas y su estribillo alegre, insaciable, impaciente. Era como un clamor que venía del pasado con un paso acolchado de rubor y desgana para pararse en seco, para girar de pronto hacia la libertad y hacia el presente. Se trataba de estar todos de nuevo sentados a una mesa recién aparejada donde cupiera un rey emocionado, Carrillo sin peluca, un Adolfo valiente, un Roca positivo, un Arzallus amargo, los fragores de Fraga, la pana de Felipe, aquellas gay-muchachas de melena encendida, y un color de banderas, y en la calle, la gente.

Yo canté esa canción sabiendo lo que hacía. Primero con dulzura, como haciendo una pausa, y luego ya sin miedo -la letra lo decía-, pero también un poco avergonzada por esa prevención, esa cautela, ese ponerle un «sin» a la esperanza. No sé si es lo que Jarcha pretendía, pero aquella canción fue como el himno del centro reformista y democrático. Teníamos que votar, cada cual a los suyos. Íbamos a aceptar los resultados. Y no había otra salida: teníamos que poder mirarnos a la cara.

Desde aquellas primeras elecciones, desde esa tempestad de papeletas, han transcurrido vidas, proyectos, golpes, trenes, treinta años de debate más o menos caliente y un pacto rubricado de concordia. Así que pasen miles, seguirá siendo cierto que donde sopla el odio, la libertad se apaga. ETA ya está de nuevo cargando sus fusiles, haciéndose preguntas que el viento no responde. Tienen varios comandos pisándonos el cuello. Son el último yugo, la última cadena, los últimos zarpazos de la ira. Y aquella libertad será mentira hasta que no volvamos a cantarla sin ellos.

La cara dura de la izquierda
Por MIQUEL PORTA PERALES, Crítico y escritor ABC 16 Junio 2007

DESDE hace meses, tenía curiosidad por saber qué significa ser hoy de izquierdas en España. Después de leer algunos libros, después de analizar una gran cantidad de artículos y opiniones de gente de izquierdas, después de conversar con algún amigo, conocido o saludado que pertenece al gremio de la izquierda española, he llegado a la siguiente conclusión: ser hoy de izquierdas en España es quejarse de todo y culpar de todo a una derecha previamente criminalizada. Al respecto, la izquierda española padece un par de síndromes: el de Jeremías y el de Jezabel. Dos patologías que se complementan.

La patológica del síndrome de Jeremías -en recuerdo de aquel personaje bíblico que nunca se cansaba de anunciar las desgracias que amenazaban al género humano- que padece la izquierda española se caracteriza por su maniqueísmo: el bien contra el mal. El bien es la izquierda. El mal es la derecha. Veamos. ¿Por qué la izquierda es el bien y la derecha es el mal? Por definición. La izquierda monopoliza el conocimiento de la realidad. La izquierda se erige en la administradora única de la verdad única. El discurso de la izquierda se autolegitima y autolegaliza: dentro del mismo todo vale, fuera del mismo nada vale. Un discurso que, como señalábamos antes, asegura que el mal está en la derecha.

Y para muestra, una breve antología de textos recientes -escritos por insignes intelectuales de izquierdas convertidos en la voz de su amo- en donde se percibe la maldad de la derecha según la izquierda. Parafraseando un conocido western de los años setenta, nos encontramos con el bueno, el farsante, el demagogo y el necio. El bueno: «La derecha utiliza políticamente a las víctimas del terrorismo confirmando la sospecha de que en la política no hay sitio para la piedad». El embaucador: «La agresiva beligerancia de una ola reaccionaria de la derecha extrema para la descalificación y desmontaje de lo que los seres humanos tenemos en común». El demagogo: «Un golpe de Estado necesita, o bien unos generales con galones, o bien una vanguardia dispuesta a todo para conseguir su fin último: la toma del poder al precio que sea. Pues bien, parece que en esto estamos.

Los dirigentes del Partido Popular han instalado en España un eficiente bolchevismo neoconservador que está librando una descomunal batalla contra la democracia y el espíritu de la Transición». El necio: «Es preciso que el integrismo retire sus manos arteras del cuello de esa ciudad -Madrid- y la deje respirar, la deje ser. Nos deje ser. El cuerpo español necesita que la derecha no reviente el corazón del Estado». ¿Quizá este ramillete de intelectuales de cuyo nombre no quiero acordarme se muestra igualmente duro con la izquierda? Pues, no. A ninguno de ellos se le conoce crítica alguna sobre la falta de piedad de la izquierda con las víctimas del terrorismo, o sobre la agresiva beligerancia de un retroprogresismo de la izquierda extrema que está desmontando lo que los españoles tenemos en común, o sobre el vanguardismo neobolchevique de una izquierda que está dispuesta a todo -desvertebración del Estado de las autonomías o negociación con una banda terrorista que no ha depuesto las armas- con el fin de mantenerse en el poder, o sobre el integrismo y la fatal arrogancia de una izquierda intervencionista que condiciona incluso la autonomía de los ciudadanos. Estos intelectuales de izquierda -buenismo, engaño, demagogia y necedad- son el reflejo de una izquierda política gobernante que, desvergonzadamente e impunemente -arteramente, como decía el necio-, practica el arte de la doble medida a mayor gloria de sus particulares e intransferibles intereses.

¿Por qué la izquierda intelectual y política dice lo que dice? Aquí aparece -en recuerdo de aquel personaje del Antiguo Testamento, paradigma del cinismo, la ambición y la seducción con fines perversos- el síndrome de Jezabel al que nos referíamos al inicio de estas líneas. La patológica de dicho síndrome, que sufre la izquierda española, se manifiesta cuando se inventa un presunto enemigo -no un adversario- al cual se le atribuyen todos los vicios e iniquidades propios de la maligna Jezabel. ¿Cuál es el objetivo que se persigue? La obtención de legitimación política y social. ¿Cómo se consigue esa doble legitimación? Criminalizando y demonizando una supuesta amenaza -«un imaginario absoluto», que diría Jean Baudrillard- que, al ser denunciada y combatida, provoca -debe provocar- la cohesión de la sociedad alrededor de quien se erige en su único protector. Se trata, por decirlo coloquialmente, de buscar la cabeza de turco o chivo expiatorio -la derecha, en nuestro caso- en quien descargar los propios fracasos y la propia impotencia. Pero, todavía hay algo más importante: la criminalización de la derecha con la consiguiente victimización de la izquierda -la izquierda se considera a sí misma inocente por definición y víctima por vocación- responde al intento de conquistar o conservar el poder. Y para satisfacer la codicia del poder, todo vale. Por ejemplo, la apelación a la ética.

Sacando a colación una expresión del escritor checo nacionalizado francés Milan Kundera, la izquierda practica el «yudo moral». En pocas palabras, la izquierda lanza su desafío, lanza su órdago contra la derecha, esgrimiendo la ética contra el adversario transformado en enemigo. Y, ¿cómo competir con quien se presenta avalado por la ética? ¿Cómo competir con quien se autoadjudica el monopolio de la ética? ¿Cómo competir -en palabras de Kundera- con «quien quiere emocionar y deslumbrar a la gente con la belleza de su vida»? ¿Cómo competir -concluye Kundera- con «quien es capaz de mostrarse más moral, más valiente, más honesto, más sincero, más dispuesto al sacrificio, más verídico que nadie»? Así las cosas, quienes piensan de otra manera son tildados de amorales, cínicos, deshonestos y embusteros. En definitiva, el triunfo de la impostura.

Puestos a identificar la figura de la izquierda española de hoy con un prototipo, podríamos hablar del predicador medieval que, desde el púlpito, censuraba y exorcizaba todo aquello que no entendía ni controlaba, ponía en cuestión su crédito e ideología, y hasta se jugaba la vida en el intento. Sin embargo -quede dicho-, entre el predicador medieval y el izquierdista español de hoy existe una notable diferencia que conviene remarcar: mientras al primero le movía el sincero afán de conducir a los fieles al cielo librándoles de las tentaciones terrenales; al segundo, que siempre juega sobre seguro, le mueve el torticero deseo de perpetuarse en el poder librándose de un adversario político al que considera un enemigo que acorralar, derrotar y marginar. La buena fe religiosa del primero, frente a la cara dura ideológica del segundo.

SE ACENTUA EL CAOS POLITICO
Lázaro Conde Monge minutodigital 16 Junio 2007

La benevolencia con la que se juzgaba por una parte de la opinión pública la actuación del Gobierno de España desde su sorprendente acceso al poder, tras la victoria del partido socialista en las últimas elecciones generales, se ha trocado, después de celebradas las municipales y autonómicas en un perceptible rechazo de la mayoría a su disparatada gestión.

En democracia de nada sirve lamentarse de los errores cometidos, si no se aceptan con humildad a todos los niveles y se adoptan las medidas adecuadas para corregirlos. Cuando no se han extinguido los ecos del resultado de las elecciones del 27 de mayo, es imprescindible, o al menos eso piensan muchos españoles, aproximarse a la realidad.

Lo primero que llama la atención es que el tremendo varapalo sufrido por el Presidente del Gobierno en la persona de quien había sido designado por él como candidato a la presidencia de la comunidad de Madrid parece no haberle afectado lo más mínimo. Ni una palabra de excusa, ni ante sus correligionarios, ni ante sus votantes. Que este comportamiento es sólo una muestra del talante que caracteriza su peculiar gestión política, se ha puesto una vez más en evidencia cuando el pueblo soberano ha comprobado el rotundo fracaso del plan de paz que iba a terminar definitivamente con la lacra del terrorismo que padece nuestra Patria desde hace cuarenta años. Ni el menor asomo de autocrítica. Ni la menor excusa. Fiel a sus principios culpa a la Oposición por no someterse incondicionalmente a su singular plan. No caben calificativos. ¿Estupor? ¿Pasmo? ¿Vergüenza? ¿Asco? Cada ciudadano sacará sus propias conclusiones y en un plazo cada vez más corto todos los demócratas podremos ejercer nuestro principal derecho democrático: votar libremente.

En la tesitura actual, conviene reflexionar y meditar profundamente sobre lo sucedido en España entre el 11 de marzo del año 2004, la fecha más triste y siniestra de nuestra historia contemporánea, y el preocupante momento presente. Es imprescindible tener muy en cuenta esa maldita fecha, tan sólo tres días antes de la celebración de las últimas elecciones generales, ya que el atentado tenía la finalidad política de forzar un cambio de Gobierno. La mente diabólica que lo concibió y quienes lo ejecutaron sabían el daño irreparable que iban a causar Lógicamente la más elemental discreción aconseja conocer la sentencia del Tribunal que está juzgando los hechos, con la esperanza de que se despejen las incógnitas relacionadas con la concepción y autoría del terrible suceso.

En cualquier caso, es oportuno recordar que el brutal trauma sufrido por una sociedad horrorizada ante las consecuencias del atentado y ocupada fundamentalmente, con el Gobierno en primer plano, en atender a las víctimas, recibió el mismo día 11 la noticia, difundida por diversos medios de comunicación, de la existencia de terroristas suicidas que debidamente pertrechados habían sido protagonistas destacados de la masacre. Esta noticia fue inmediatamente utilizada por la oposición con clara intención electoral, al acusar al Gobierno de mentir sobre la identidad de sus autores. La bochornosa jornada de reflexión del día 13 permanece en la memoria colectiva ya que, entre las escasas certezas referidas al atentado, destaca la de que en el mismo no hubo terroristas suicidas. De ahí el asombro de los ciudadanos normales cuanto el presidente afirma sin rubor que ahora es el partido popular el que utiliza el terrorismo con fines electorales.

La coincidencia del análisis político, con la celebración del 30 aniversario de las primeras elecciones democráticas, permite a cualquier demócrata de buena fe extraer conclusiones de indudable interés. Es precisamente en momentos como estos, cuando se aviva la memoria de todos, pero no para reescribir la historia a su capricho, como trata de hacer la izquierda progresista que lamentablemente ejerce sectariamente el poder, sino para exponer paladinamente la verdad sobre los motivos que hicieron posible lo que certeramente se ha denominado como milagro español: La transición de un sistema político autoritario a una democracia plena que ha situado a nuestra Patria en el nivel de prestigio y reconocimiento universal más alto de su historia contemporánea.

El gran Antonio Machado en uno de sus lúcidos proverbios afirma contundentemente que “la verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. Los injustificables errores cometidos por un Gobierno desquiciado desde que inició su andadura, hacen imprescindible poner el mayor énfasis en las más trascendentales verdades en que se fundamentó nuestra admirable transición.

La primera verdad es la innegable evidencia de que el Régimen del General Franco se mantuvo durante cerca de cuarenta años. Los denodados esfuerzos del nutrido censo de políticos progresistas que militan en el partido que ganó las últimas elecciones, no fueron suficientes para acabar con el Régimen y hubo que esperar la inevitable hora, que a todos nos ha de llegar, para certificar la muerte del General en su propia cama.

La segunda verdad es que el mismo General designó a su sucesor en la persona del Rey Juan Carlos I. El acierto de este nombramiento, cuya actuación es abrumadoramente aprobada por el pueblo soberano, no necesita ningún comentario, La tercera gran verdad es que la ausencia de rencor, el patriotismo y el sincero propósito de todos los políticos en ejercicio para establecer la democracia, predominó entonces sobre cualquier otra consideración.

Como colofón a tales verdades es obligado destacar el trascendental papel de Adolfo Suarez como protagonista destacado de aquellos memorables acuerdos. Su patriotismo, su honradez, su coherencia y su lealtad, se contraponen llamativamente con el oportunismo y la falta de escrúpulos de quienes circunstancialmente detentan el poder. Como político de raza, entendió perfectamente que el posibilismo se impone en todos los casos a la ambición personal y que la acción política requiere el respaldo de unos principios, entre los que sobresale el amor a la Patria y el orgullo de pertenecer a una estirpe gloriosa, que fueron en definitiva los que le llevaron a renunciar a todo para dedicarse en cuerpo y alma a la ingente tarea de superar las terribles secuelas de una guerra entre hermanos.

Por paradójico que parezca los muchos españoles que se identifican con reflexiones semejantes tienen fundadas esperanzas en el inmediato futuro. El callejón sin salida al que ha conducido el inapelable fracaso del mitificado plan de paz del presidente del Gobierno, convencido de su éxito, ha encontrado la respuesta adecuada, escrupulosamente democrática, del lider del único partido nacional que se mantiene fiel a la Constitución vigente Ha bastado que un auténtico demócrata, como han podido comprobar todos los españoles al ver la impecable actuación del señor Rajoy tras su última entrevista con el presidente del Gobierno, haya ratificado una vez más su apoyo para terminar definitivamente con el terrorismo, para que hasta el más ingenuo de los votantes pueda hacer su adecuada composición de lugar con vistas a las que se prevén muy próximas elecciones generales. Por el momento el señor Rajoy ha dado toda clase de explicaciones públicas, como ocurre en las auténticas democracias en situaciones de similar gravedad. El presidente del Gobierno no considera necesario dar ninguna explicación. Le basta con la comparecencia pública de su elegante vicepresidenta para evitar decir lo que piensa hacer en el inmediato futuro. Está claro que en las próximas elecciones los ciudadanos estarán debidamente informados.

Casandra
Eduardo García serrano minutodigital 16 Junio 2007

En su negociación con ETAsuna ZP desperdició la victoria cuando parecía posible porque Aznar se la dejó con la soga al cuello, a falta sólo de apretar el nudo corredizo, aceptó la derrota del Estado cuando no había necesidad y, finalmente, hizo un pacto suicida con el terrorismo separatista cuyas consecuencias no están en lo que ahora dice, sino en lo que calla desde el principio.

Hay una notable diferencia entre no ser muy valiente y ser un cobarde y un traidor. Esa diferencia se llama ZP, un títere político sostenido en el Poder por comunistas y separatistas que, no tardando mucho, volverá a “negociar” con ETAsuna como el perro que lame su vómito.

Cualquiera con un mínimo de inteligencia e independencia de criterio sabía lo que iba a suceder con ese espejismo de “tregua” al que ZP y sus cómplices llamaron “proceso de paz”. Cualquiera con la elemental intuición para valorar sucesos venideros podía avizorar lo que finalmente ha ocurrido. No se trataba más que de poner palabras a lo obvio, pues es evidente que cuando el enemigo quiere hablar significa que no puede seguir luchando y que, en esas circunstancias, un enemigo que ofrece ayuda es doblemente peligroso.

Hoy, ahora, ETAsuna ha triunfado gracias a la paz y a la impunidad que ZP le ha regalado a la organización terrorista durante más de tres años, y la suciedad del fracaso de ZP y su gobierno acabará salpicándonos a todos de sangre y metralla en la armonía implacable de la causa y el efecto, porque con la harina no se puede hacer trigo, sólo pan. Lo hecho, hecho está: ETAsuna fortalecida, rearmada, refinanciada y reabastecida. Su intendencia y su logística, aseguradas y garantizadas a través de sus comandos políticos en las candidaturas de ANV. La anexión de Navarra a un paso de sustanciarse gracias a los socialistas y a NB. El Poder Judicial sumido en el más absoluto descrédito y en el más patético ridículo por el sainete De Juana/Otegui y el mete/saca de la justicia circunstacial.......... ¿hay quién dé más?. ¿Hay quién le haya dado a ETA más en menos tiempo?.

No, pero sí hay, todavía, un hombre débil que no conoce el honor que no es que esté fuera de sí, es que está ebrio de sí, un hombrecillo pequeño de discurso insignificante, podrido de miedo y de mentiras, que se alimenta de la propaganda propia y de la adulación ajena, que sí está dispuesto a darle a ETAsuna mucho más porque carece del sentido de la responsabilidad ante la Nación, ante el pueblo y ante su propia conciencia.

Ese hombrecillo se llama ZP, y lo que nunca nos dijo que iba a hacer lo ha venido haciendo incluso después del atentado de la T4 en el aeropuerto de Barajas.

Casandra, hija de Príamo, fue bendecida por Apolo con el don de la profecía. A cambio, el dios quiso hacer el amor con ella. Como Casandra se negó a yacer con él Apolo, tomando la cabeza de Casandra entre sus manos, la escupió en la boca para que nadie creyese nunca sus profecías.

Yo no soy Casandra, aunque los socialistas llevan tres años escupiéndome en la boca y en las orejas, pero sí tengo un mínimo de inteligencia y de independencia de criterio. Por eso, desgraciadamente, no me equivoqué en mis augurios sobre lo que iba a suceder con la claudicación de ZP ante ETAsuna.
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