AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 19 Agosto   2007

El País Vasco avanza con pie firme hacia el pasado
Roberto L. Blanco Valdés La Voz 19 Agosto 2007

Odón Elorza, alcalde socialista de San Sebastián, debe ser ya el único español que cree, o finge creer, que quienes siembran la violencia en las calles del País Vasco y de Navarra son «quince chavales con capuchas», que actúan por su cuenta con la simple intención de causar mal.

Aunque conocemos a Elorza desde hace mucho tiempo, y sabemos de los equilibrios que se ha impuesto para estar entre los que defienden el cumplimiento de la ley sin molestar demasiado a quienes viven de violarla, su teoría de los gamberros con capucha es una forma ominosa de cerrar los ojos ante una evidencia incontestable: que la violencia callejera ha formado siempre parte de la estrategia política de ETA, que la maneja a su antojo al servicio de sus concretos objetivos.

Son esos objetivos los que han llevado a ETA, según hemos sabido en estos días, a ordenar que se intensifique la violencia, como un medio para compensar las dificultades que está encontrando para hacer trágica realidad el atentado que lleva semanas persiguiendo. Pues dicho y hecho: los ataques crecen a ojos vista en cantidad y virulencia. El miércoles resultó herido un ertzaina al intentar impedir que los de la gasolina dieran fuego a un autobús. Ayer una dotación de la policía autónoma fue agredida con cócteles molotov arrojados al paso de un furgón.

Pero no es sólo, en todo caso, la desasosegante certeza de que la violencia callejera ha vuelto con la intención de quedarse mientras a ETA le interese lo que nos coloca de nuevo ante un escenario que los optimistas antropológicos daban ya por desaparecido. Ese escenario lo completan otros datos que no constituyen, por desgracia, ninguna novedad.

La pasividad de la policía vasca es el primero. Siguiendo órdenes superiores, la Ertzaintza da una de cal y ora de arena: detiene a los violentos unas veces y otras no; cumple las órdenes de los jueces en unas ocasiones y las incumple en otras con toda claridad. El resultado de esa especie de política policial del gato y el ratón es conocido: reforzar la sensación de impunidad de los violentos, que actúan a sabiendas de que quien da las órdenes a los que visten uniforme -el Gobierno peneuvista- siente una irrefrenable simpatía por su causa.

Una causa a la que le ha salido un nuevo valedor, Acción Nacionalista Vasca, que hace ya dentro de la ley -porque quien se lo debería impedir se lo permite- lo mismo que hizo durante años Batasuna. Ese es el dato más relevante para definir el nuevo escenario que se ha instalado en el País Vasco tras la ruptura de la tregua: que, como era previsible, ETA tiene ya otra vez, en ANV, el partido legal que dejó de tener el día que se puso fuera de la ley a Batasuna.

La ley y los símbolos nacionales
Editorial ABC 19 Agosto 2007

NO sólo el Gobierno vasco está incumpliendo la sentencia que ordena la colocación de la bandera nacional en sus edificios oficiales. Según la información que hoy publica ABC, diversos Juzgados radicados en el País Vasco no exhiben la enseña, como es preceptivo, sin que en este caso la responsabilidad recaiga en el Ejecutivo de Vitoria o en los ayuntamientos controlados por partidos nacionalistas, pues, como sedes de un poder del Estado, nada tienen que ver con la comunidad autónoma o los consistorios municipales. En concreto, este periódico ha podido constatar este incumplimiento en los Juzgados de Tolosa, Durango, Vergara o Azpeitia. Que la enseña nacional ondee en los edificios oficiales no es una cuestión formalista, ni un pulso entre administraciones públicas o partidos políticos. Es una prueba de que se cumple o no la ley y de que un Estado es o no capaz de hacer respetar sus símbolos nacionales. Resulta todo un ejercicio de cinismo que sean los nacionalistas quienes más intenten relativizar la importancia de colocar la bandera -u oponerse directamente- cuando son ellos, precisamente, los que hacen de su simbología propia el signo identitario y excluyente de todo un pueblo.

La ley ha de cumplirse y es imprescindible tener voluntad de hacerlo y ser coherente. La voluntad se demuestra con hechos y actos inequívocos. Resulta estéril enredarse con los nacionalismos en discusiones retóricas y advertencias rutinarias, porque estos son los pulsos en los que los partidos nacionalistas suelen aprovechar al máximo la manipulación de las palabras y el sentimiento victimista. En cambio, la ejecución de las leyes y de las sentencias judiciales en sus propios términos es un lenguaje que todos entienden y que nunca acarrea las catástrofes que anuncian aquellos que las incumplen y quienes permiten que se incumpla. Si en un ayuntamiento vasco no ondea la bandera nacional, el Gobierno dispone de las Fuerzas de Seguridad del Estado para hacer que ondee, sin condiciones ni prevenciones de ninguna clase. Pero hay que estar dispuesto a soportar el trance de un enfrentamiento con el nacionalismo, sea el que sea, algo a lo que el Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero no sólo no está dispuesto, sino que lo evita en la medida de sus posibilidades.

Tampoco dan muestras el Gobierno ni el PSOE de ser coherentes con el fundamento político más importante de la sentencia del Supremo y que va más allá de la letra de la resolución judicial: la bandera representa a la nación española y debe estar presente en todo edificio o sede oficial del Estado español. Esta significación nacional de la enseña no se corresponde con la doctrina ambigua de un Gobierno cuyo presidente proclamó, en frase celebérrima, que la nación «es un concepto discutido y discutible»; un presidente que siempre se ha caracterizado por diluir el sentimiento del patriotismo en inefables disquisiciones sobre la identidad ciudadana. No deja de ser curioso que ahora el Ejecutivo se afane por presentarse a todas horas y en todos los medios como «Gobierno de España», en un claro giro electoralista para redimirse temporalmente por la actitud complaciente con los nacionalistas.

Pero no basta, porque el abstencionismo por lo nacional ha calado en algunos sectores socialistas más de lo que una campaña urgente de propaganda pueda corregir a corto plazo. Por ejemplo, no han sido pocos los socialistas vascos que han secundado la consigna nacionalista de tratar la sentencia del Supremo como una molesta carga legalista que vendría a complicarle la vida a la sociedad vasca, más preocupada por otros problemas de mayor interés. Cosas parecidas se dicen cada vez que hay que ejercer la autoridad, aunque los beneficios siempre resultan mayores que los perjuicios. No tiene sentido sumir a la sociedad en un polémica sobre una asignatura que, a juicio del Gobierno, pretende educar a los jóvenes en los valores constitucionales de la ciudadanía y, al mismo tiempo, permitir que se incumplan la ley y las sentencias judiciales, precisamente en relación con uno de los primeros principios de la Constitución, que es la definición nacional de España.

El PNV, espejismos y banderas
POR GERMÁN YANKE ABC 19 Agosto 2007

Las cosas pasan a velocidad vertiginosa y es bueno porque los espejismos se disipan enseguida. ¿Quién no recuerda, en medio de los avatares del «proceso», e incluso cuando se vino al traste, los elogios socialistas no sólo a Josu Jon Imaz sino al PNV? Una contribución esencial, un ejemplo de respeto a la legalidad y a los principios democráticos, una muestra evidente de que el Acuerdo de Estella -que propició las críticas al PNV de PP y PSOE en el Pacto Antiterrorista- había quedado atrás. ¿Y quién puede olvidar que, al mismo tiempo, el PNV insistía, incluso más que el Gobierno, en que primero era la paz y luego la política? ¡Qué ejemplo! Y si el presidente del Gobierno vasco hablaba de «convivencia amable» con España, el del PNV regalaba los oídos de sus interlocutores en Madrid diciendo que su estrategia, en contra del enfrentamiento, era «seducir a España». Pero ahora las cosas son de otra manera. Son, de repente, como eran antes. Como son.

Para quejarse, e incumplir, la normativa sobre el uso de las banderas en los edificios públicos que el Gobierno le ¿reclama? ¿recomienda? ¿suplica?, el consejero de Interior vasco, Javier Balza, pretende plantear una contradicción: ahora las banderas y hace quince días, en Loyola, el PSOE hablaba con el PNV y con Batasuna de «las relaciones con Navarra, las modificaciones estatutarias, el derecho de autodeterminación». Una bofetada más al Gobierno socialista, como la que ya antes le había dado Imaz contando los entresijos del final de las reuniones, mientras la vicepresidenta Fernández de la Vega repetía, para salirse por la tangente, aquello de que no se ha pagado «un precio político». Pero, además, ¿qué demonios hacía el PNV hablando de todo eso, que es política -o la degeneración de la política- mientras cacareaba lo de que nada de política ahora, sino primero la paz? Se vino abajo el primer espejismo: ni amigos verdaderos ni coherentes con su retórica.

Aún hay más, porque toda la «convivencia amable» y la «seducción» se topa con las banderas, como otros años, coincidiendo con las fiestas patronales. Es en esta circunstancia cuando el asunto salta a las portadas porque las celebraciones lo hacen más visible y porque la concurrencia en la calle se convierte en ocasión y disculpa para Batasuna. El incumpliendo de la legalidad, como es el caso de la Academia de la Policía autonómica al que alude la reciente sentencia del Tribunal Constitucional, es permanente. Y lo es porque las banderas son un símbolo que, como todos hemos notado con las diatribas acerca de la aparición de las «preconstitucionales», hace referencia a la España constitucional.

El problema del nacionalismo vasco no es con «España» sino con la España constitucional. Si se les conceden privilegios, pretendidos derechos «históricos» (es decir, preconstitucionales, inamovibles, ajenos a la soberanía), si se les deja elaborar e imponer una forma etnicista y no ciudadana de estar «en el Estado», si hacen de su capa un sayo y los no nacionalistas viven «como los alemanes en Mallorca», bienvenida sea la amabilidad y la seducción. Si se trata, en cambio, de que el sistema constitucional sea respetado, la ciudadanía como concepto político y la igualdad de derechos, aparecen los problemas de estos ilustres predemócratas y se niegan a colocar las banderas que representan todo eso. Se niegan, claro, a cumplir la ley que emana de esa realidad política.

Este rechazo al sistema constitucional, que los nacionalistas quieren tapar con la ficción del victimismo, estás presente en el nacimiento mismo del PNV y, desgraciadamente y a pesar de tanto europeísmo de papel, sigue vigente hoy. Desde el sector más claramente proclive a la Gran Euskadi nacionalista «construida» de la mano de Batasuna, se le reprochaba hace poco al alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna que se negara a los «esencialismos anacrónicos». Y, como aviso para navegantes, se añadía que lo malvado son «las tendencias centrípetas que han inspirado la historia política de España desde la Constitución de Cádiz». Es evidente que el nacionalista de marras no se ha leído la Constitución de Cádiz pero intuye que allí está lo que no le gusta, en el comienzo de la historia constitucional de España.

La «capacidad de decidir del Pueblo Vasco» (si tal cosa existe) que esta semana defendía por enésima vez Juan José Ibarretxe es precisamente eso, una fórmula para quedar al margen del sistema constitucional. Así que ya tenemos todo para las celebraciones: se vinieron abajo los espejismos y se izó el modelo del nacionalismo -algo anterior a Cádiz-. Una bandera constitucional estropearía la fiesta.

Sobre los obispos españoles
JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director de ABC 19 Agosto 2007

Los obispos, sea colectivamente, a través de la Conferencia Episcopal, sea individualmente, como ordinarios de sus diócesis, disponen de un gran potencial de impacto con sus opiniones sobre los más diversos asuntos cuando estos afectan al conjunto social. La Iglesia ha sido históricamente, y lo es ahora, un factor constituyente de la convivencia en España, de tal manera que no es posible que ningún sector -ni siquiera el que se manifiesta beligerantemente anticlerical- pueda sustraerse al discurso de los prelados. El setenta y cuatro por ciento de los españoles se declara católico y casi un treinta y seis por ciento, también practicante. Los datos, pues, son concluyentes.

El debate crítico sobre la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía, por ejemplo, ha sido impulsado por la jerarquía eclesiástica, si bien con muchos matices entre los prelados sobre los modos de combatirla y contrarrestarla -respaldo o no a la objeción de conciencia-, y se perfila como una de las controversias sustanciales del próximo curso. Por otra parte, el ingrediente originalmente confesional de los movimientos nacionalistas -más los vascos que los catalanes- que han derivado en radicalismos políticos fuera de los límites del sistema constitucional, o en expresiones terroristas como las de ETA, hace que los obispos y el clero de esas comunidades dispongan de una especial legitimación para adentrarse en el diagnóstico político-social y en el enjuiciamiento moral de comportamientos colectivos que están en la raíz de algunos de los aspectos más perentorios de la realidad española.

No es una casualidad que el abad del Monasterio de Montserrat, por ejemplo, sea toda una autoridad moral cuando se refiere a Cataluña, ni que en aquella Comunidad los ordinarios de sus distintas diócesis -que aspiran a distinguirse de la Iglesia española mediante diferentes propuestas frenadas hasta el momento por la Santa Sede- se caractericen por mantener discursos y decisiones muchas veces divergentes de los aconsejados por la Conferencia Episcopal o seguidos por la mayoría de los obispos de otras Comunidades. Lo mismo ocurre en el País Vasco: los prelados de Bilbao, San Sebastián y Vitoria han discrepado abiertamente con los criterios episcopales más ampliamente aceptados en torno, por ejemplo, al terrorismo.

Todavía esta semana podía practicarse una demoledora compulsa entre dos discursos sobre un mismo asunto: el de ETA. En tanto el obispo donostiarra, Juan María Uriarte, abogaba por un acuerdo o negociación «aunque todas las partes tengan que recortar sus legítimas aspiraciones» -¿qué aspiración sería «legítima» en los terroristas?-, el de Bilbao, Ricardo Blázquez, también presidente de la Conferencia Episcopal, advertía sin sombra de ambigüedad de que «el nacimiento de ETA fue una grave equivocación, ha sido mortífera su existencia durante tantos años y su persistencia obstinada es insoportable», de tal forma que la banda «debe desaparecer inmediata, total y definitivamente» ya que nadie «le ha otorgado ni le reconoce representación alguna».

Al Gobierno socialista le favorece que en el seno de la jerarquía eclesiástica se produzcan fisuras, discursos contradictorios y discrepancias tácticas y estratégicas. Porque, después de haber solventado la financiación eclesial en unos términos razonables, el Ejecutivo se ha afanado en desplegar una política -tanto en lo general (la educación) como en lo sectorial (biomedicina y matrimonio homosexual)- que persigue la privatización de las creencias y la instalación en el ámbito público, no tanto de la aconfesionalidad establecida en el artículo 16 de la Constitución, cuanto de un terminante sistema laico que incurre en el laicismo cuando desconoce -como sucede con determinadas decisiones gubernamentales- factores mayoritarios de la ética social en España fuertemente emparentados con la doctrina moral católica.

Es muy urgente que los obispos reduzcan al máximo sus contradicciones y fortalezcan sus mecanismos internos de cohesión, preferentemente, la Conferencia Episcopal. Es lesivo para la Iglesia, pero también para su enorme entorno social y para los grandes colectivos bajo su influencia ideológica, que se produzcan disensos sobre el modo de afrontar la repulsa a una asignatura curricular de enorme trascendencia en la formación de nuestros escolares, o que, en una situación como la actual, persistan los pronunciamientos divergentes sobre la consideración y tratamiento que merece el terrorismo. Es preciso que se produzca también una muy profunda reflexión en el Episcopado español que vertebre un discurso público coherente con las necesidades de la sociedad española y, singularmente, de un sector social y electoral cercano a la significación de la Iglesia que durante los años de la Transición adquirió una dimensión extraordinaria. Para que aquel episodio histórico no devenga en anécdota excepcional es requisito inexcusable que la Iglesia -o más exactamente, la jerarquía- recupere su carácter institucional, lo que requiere incrementar su capacidad de interlocución internamente -¿cómo es posible que haya obispos enfrentados a la dirección de los colegios católicos concertados?-, y con las instancias públicas -el Gobierno en particular-, obviando tanto cuanto pueda la movilización y la colisión frontal.

La Iglesia es un patrimonio común de la sociedad española y de su historia, y de una forma u otra su carácter institucional debe traducirse en su capacidad de alzarse como referencia colectiva y transversal. Cómo deba conciliarse la ortodoxia doctrinal -en temas atinentes a la educación, la investigación, la medicina, la gestión editorial de sus medios o el respeto a determinados valores-, y la coexistencia con una sociedad relativista es, precisamente, el meollo de la cuestión que los obispos tienen sobre la mesa. La jerarquía no juega en el estrecho marco de la política, ni en los márgenes temporales de una legislatura, ni en el logro de objetivos a corto plazo. Los obispos -en tanto representantes eclesiásticos directamente vinculados al papado- resultan ser, por sí mismos, y en comunidad con los demás prelados, una instancia escuchada con respeto.

En ningún país europeo -insisto, en ninguno- los medios de comunicación, y especialmente los periódicos, se dedican con la fruición y frecuencia de los españoles a la crítica y la reconvención a las autoridades eclesiásticas. Algo está sucediendo. Por supuesto, existe un propósito, más o menos confeso, de procurar una fortísima transformación ética de la sociedad española que requiere, previamente, la demolición de los valores de la moral católica y, especialmente, de la vocación expansiva que su doctrina tradicionalmente conlleva; pero quedarse sólo en esa explicación sería insuficiente. Existen debilidades eclesiales manifestadas en criterios episcopales diferentes y aun enfrentados -sean o no siempre públicos, pero sí conocidos- que horadan el carácter compacto de las posiciones eclesiásticas y las hacen ininteligibles para las mayorías sociales españolas. La Iglesia jerárquica debe resultar -para ser luego secundada- primero comprendida y, desde ese entendimiento, legitimada como factor social que coadyuva a conformar losgrandes criterios que rigen los comportamientos públicos.

Todo ello implica una labor de liderazgo moral que la sociedad ahora no otorga por apriorismos historicistas o tradicionales, sino como consecuencia de largos y costosos procesos de empatía y comunicación sobre los problemas del presente. Algunos obispos españoles están percibiendo esta nueva demanda a la Iglesia y son sensibles a ella; otros -instalados en discursos endogámicos y distantes- siguen sin entender que cohonestar lo permanente -la fe y la moral- y lo cambiante -las cuestiones contingentes- exige manejarse como un alquimista lo hace con las sustancias de sus pócimas. Faltan químicos entre el Episcopado español; y su ausencia comienza a notarse demasiado.

La desmovilización necesaria
VICENTE CARRIÓN ARREGI El Correo 19 Agosto 2007

En los últimos meses, especialmente al arrimo del décimo aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, se ha opinado mucho sobre la desmovilización de la sociedad vasca contra el terrorismo, así como sobre la cobardía moral y la vileza que supuestamente hemos padecido quienes llevamos casi toda nuestra vida bajo el cretinismo etarra. Celebro la creciente minorización del monotema vasco que empiezan a practicar algunos medios de comunicación y, por ello, pido disculpas anticipadas por contrariar con mis palabras la saludable costumbre de ocuparse de ETA lo menos posible. Y digo de ETA, no se me malentienda, que no de sus víctimas. Y eso que de manera más directa o indirecta, todo el país sigue siendo víctima de ETA, esperemos que no de modo tan irreversible como en tantos miles de muertos, viudos y huérfanos.

Por eso me parecen muy delicadas expresiones del tipo: 'bajezas a que nos haya obligado la lucha por la supervivencia', 'autoengaños', 'complacencias con nosotros mismos', 'elementos profundamente miserables' y tantas otras alusiones a la cobardía moral de la sociedad vasca ante el terrorismo como vienen proliferando últimamente. Es verdad que nos han pasado muchas cosas repugnantes, pero también es verdad que no sé quién está en condiciones de tirar la primera piedra.

Tras la II Guerra Mundial, el mundo civilizado inició un debate sobre la memoria y la responsabilidad histórica que en nuestros pagos se ha reactualizado en torno a la Guerra Civil del 36, como en Chile, como en Argentina, como en Camboya. No pretendo pontificar sobre ello. Me consentirán tan sólo que les transcriba una larga cita de 'La insoportable levedad del ser', de mi admirado Milan Kundera: «No aguantó en la manifestación más que unos cuantos minutos. Les confió su experiencia a sus amigos franceses. Se extrañaron. '¿Es que no quieres luchar contra la ocupación de tu país?'. Tenía ganas de decirles que detrás del comunismo, del fascismo, de todas las ocupaciones y las invasiones, se esconde un mal más básico y general; para ella la imagen de ese mal es una manifestación de personas que marchan, levantan los brazos y gritan al unísono las mismas sílabas. Pero sabía que no sería capaz de explicárselo. Perpleja, cambio de tema de conversación».

Y hablando del comunismo, sospecho que su fracaso no se debió tan sólo a los errores en la aplicación de una buena teoría sino a la propia ingenuidad de muchos de sus postulados teóricos. Suponer que los individuos van a ser más felices compartiendo igualitariamente sus bienes y participando activamente en la organización de la vida común podía ser disculpable en el siglo XIX, pero no lo es tanto después de los avances científicos y los cataclismos morales vividos en el siglo XX. Y qué decir de las teorizaciones marxista-leninistas sobre el papel del partido, las vanguardias y las movilizaciones de masas. Ahí, amén de ingenuidad hay una voluntad explícita de manipulación y suplantación dela voluntad popular que conocemos perfectamente todos los que militábamos en la extrema izquierda en las movilizaciones del 74 al 77, que son las que yo conozco.

Con todo, el movimiento obrero en general tiene un gran activo moral en su capacidad de movilizar a la ciudadanía contra las injusticias a lo largo y ancho del planeta. Han sido momentos mágicos, episódicos, revolucionarios, en donde convergían una serie de circunstancias que ni los politólogos ni los sociólogos saben aún anticipar, y que nunca se prolongan más allá de algunos meses, en el mejor o peor de los casos, porque la vida de todos nosotros es demasiado complicada como para sobrellevar por 'hobby' el peso de la Humanidad a nuestras espaldas. Últimamente, ocurrió en el 68 en Francia, en el 75 contra las ejecuciones de Franco, en julio del 97 contra ETA o en las horas que siguieron al horror del 11-M.

Pero por positiva que pueda considerarse la movilización ciudadana, las secuelas de las convulsiones cívicas del tardofranquismo y de la Transición han sido especialmente dramáticas en Euskadi. ETA y sus apólogos se apoderaron no sólo de la vida ajena sino de las calles, plazas, balcones y fiestas de cada localidad vasca. Y no sólo eso: antinucleares, ¿objetores de conciencia!, organizaciones juveniles, grupos de baile, sociedades de montaña, centros parroquiales, asociaciones de vecinos, organizaciones de estudiantes, iniciativas culturales y lingüísticas de todo tipo, ¿qué se yo!, todo el tejido asociativo vasco fue fagocitado por la voracidad manipuladora del fanatismo abertzale ante la impotencia, indignación o desolación de quienes no podían sino hacer mutis por el foro ante la prepotencia de tanto estalinista vasco que descubrió en la independencia nacional la panacea que la lucha de clases no ofrecía. ¿Fue cobardía? ¿Fue vileza? ¿Fue supervivencia?

No lo sé. No sé si era bueno contener las lágrimas ante el telediario para no asustar a los niños o si era mejor ponerse a llorar con ellos. Sólo sé que no ha sido fácil vivir en Euskadi estas últimas décadas, por lo que me resulta lamentable oír hablar de cobardías colectivas a individuos que no han vivido en sus carnes el día a día de la desvergüenza etarra y batasuna. Más cuando hay constancia de que desde los medios de comunicación, de las empresas de seguridad o de las múltiples partidas presupuestarias amparadas en el antiterrorismo hay demasiada gente haciendo un excelente negocio a cuenta del sufrimiento ajeno.

Pese a que me preocupa extraordinariamente la herencia moral de tantos años de terrorismo y de monopolio nacionalista, quiero creer y creo en la salud moral del pueblo vasco porque es el mío y no podemos conceder a ETA una victoria postrera. Ese tejido civil que el crimen desintegró se irá reconstruyendo lentamente gracias a iniciativas cívicas que, como Gesto por la Paz o la Fundación Buesa - por citar a las que me son más caras- y tantas otras, nos ayudarán a mirar hacia atrás sin odio y a perseguir los objetivos propios de cada asociación -sean antitaurinas, sofrológicas o dispoflásticas- al margen de la siniestra sombra del extinto MLNV. Toda va bien. Despacio pero seguro. La gente viaja, cambia de aires, cambia de temas, atiende a sus hijos y a sus mayores, intenta vivir dignamente sin conceder a ETA el tutelaje de sus vidas. ¿Qué hay de malo en ello?

No sé cuántos se juntarán estos días en las convocatorias de las semanas grandes, pero no tengo la menor duda de que cada vez son menos y ya no gritan ¿ETA, mátalos! Y no sólo porque no les dejan sino porque ETA murió en las horas inciertas que siguieron al 11-M. Por mucho que lo disimulen, sus movilizaciones tienen un inconfundible aire de funeral. Bastante hace la gente de bien con exteriorizar cada vez con más firmeza su rechazo a los crímenes etarras como para que los esfuerzos que todos vamos haciendo para disponer de nuestras horas con creciente libertad sean tildados de complicidad y cobardía por quienes no tienen la menor idea del enorme valor moral de quienes hemos seguido viviendo en Euskadi pese a tanto hedor.

Educación
Los padres andaluces, los primeros en llevar Educación para la Ciudadanía a los tribunales
Las familias consideran que la polémica materia «vulnera sus derechos de libre elección, enseñanza y religión»
Celia Maza La Razón 19 Agosto 2007

Madrid- Prometieron que iban a llegar hasta el final y lo han cumplido. Un grupo de padres de Sevilla acudirá mañana al Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) para interponer un recurso contra la controvertida asignatura de Educación para la Ciudadanía. El objetivo pretendido es que dicho órgano judicial imponga medidas cautelares para suspender el decreto de la Junta de Andalucía, que desarrolla la implantación de la materia.

Y no van a ser los únicos. Según Carlos Seco Gordillo, uno de los padres objetores, «la idea ha trascendido y serán bastantes los que, haciéndose eco de esta medida, interpongan también el lunes el mismo recurso en las distintas sedes del TSJA, situadas en Sevilla, Granada y Málaga».

Seco Gordillo aclaró que esta iniciativa surgió de «forma individual» por parte de varios padres contrarios a la implantación de la asignatura y dejó claro que «ni políticos ni asociaciones» les han obligado «a nada».

Los recursos contenciosos administrativos que estas familias interpondrán mañana ante los tribunales «están basados en la vulneración de los derechos fundamentales de libre elección y educación, así como en la libertad de religión».

«Ya estaban matriculados»
«La asignatura vulnera nuestros derechos jurídicos, debido a que el Gobierno andaluz ha aprobado el desarrollo de la misma cuando ya habíamos matriculado a nuestros hijos en los colegios», matizó Seco.

Según este padre, que además es abogado, «el gobierno de Chaves ha actuado a escondidas» y ha intentado que las familias no estuvieran atentas a sus movimiento, «cosa que no han conseguido».

Y es que la Junta primero aprobó el decreto que regula los contenidos curriculares y, a posteriori, las órdenes de desarrollo.

Ante estas últimas, Seco Gordillo también presentó alegaciones a la propia Consejería de Educación a mediados de julio, pero, a día de hoy, no ha recibido ningún tipo de respuesta.

«En la asignatura se presenta una ideología de género a las bravas y se educa en total asimetría los dos tipos de sexos. Es algo que no comparto», puntualiza.

Según recalca el letrado, a pesar de estar muy de acuerdo con que erradicar la discriminación en función del sexo o la orientación sexual de cada individuo, no quiere que a sus hijos se les presente, por ejemplo, la homosexualidad como algo «muy natural». «La materia traspasa los contenidos educativos y eso es algo que no vamos a aceptar», matizó.

Seco asegura que no tienen ningún miedo a represiones, ya que confía «en que cualquier político tiene que tener un mínimo de sensatez y espíritu democrático». «Lo que hacemos es totalmente legal. No podemos recurrir una ley, pero sí sus decretos de aplicación», afirma el letrado.

Para estas familias los problemas finalizarían si «el Ministerio de Educación y la Consejería del ramo tomasen la decisión de convertirla en una asignatura optativa, lo que eliminaría los actuales problemas de inconstitucionalidad».

Pero parece que los planes de la ministra Mercedes Cabrera y la Junta de Andalucía son otros. Según apareció publicado el pasado martes en el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía (BOJA), la consejera de Educación, Cándida Martínez, retiraba mediante una orden a las delegaciones provinciales «las competencias para la resolución de las solicitudes de conocimiento del derecho a la objeción de conciencia frente a la asignatura Educación para la Ciudadanía».

En su lugar, el viceconsejero Sebastián Cano asume dichas competencias «en aras de una necesaria uniformidad resolutoria».

Según los últimos datos de la Confederación Andaluza de Asociaciones de Padres de Escuelas Católicas (Confapa) a finales de julio se habían cursado unas 2.000 solicitudes de objeción de conciencia contra la asignatura que se impartirá a partir del próximo curso en 3º de ESO. Según ha averiguado este periódico, las plataformas de padres de Sevilla, Córdoba y Cádiz han estado «muy activas» a lo largo de todo el verano, por lo que en septiembre se espera un «amplio movimiento de rechazo de la asignatura».

Por otra parte, no es casualidad que sea la Junta de Andalucía la primera comunidad autónoma que dicte una disposición legal relativa a la objeción de conciencia frente a la polémica materia. Debe recordarse que esta Administración fue condenada recientemente por el TSJA por negarse al reconocimiento del derecho de los farmacéuticos a objetar en conciencia frente a la obligación legal de dispensar la llamada píldora abortiva.

? El Gobierno ha retrasado la asignatura en Ceuta y Melilla -las ciudades autónomas que dependen del Ministerio de Educación- hasta el curso 2008-2009.
? Más de 13.000 familias españolas ya han presentado la objeción de conciencia para que sus hijos no cursen la materia.
? Los padres de Andalucía han sido los primeros en acudir a los tribunales, pero prometen no ser los únicos.
? Editoriales como Akal aprovechan la asignatura para sacar libros contra el PP. Después de leer el manual, escritores como Martín Prieto, poco sospechoso de ser de derechas, han llamado a la objeción.

Y ahora, el himno gallego
E. P. RODRÍGUEZ-SOMOZA. SANTIAGO ABC 19 Agosto 2007

«Ya es hora de que desaparezca la cultura de que el gallego no vende». Con esta frase el diputado nacionalista Bieito Lobeira, que abandera la defensa más firme dentro de las filas nacionalistas de «un idioma de país», recriminaba no hace mucho que los famosos cómics de Astérix y Obélix, traducidos a más de 20 lenguas, dejasen de ser publicados en gallego. Pero esta no ha sido ni la primera, ni la última, de las iniciativas que el BNG ha propuesto durante sus ya dos años de gobierno.

La última ocurrencia del vicepresidente de la Xunta de Galicia, Anxo Quintana, ha sido popularizar el himno gallego, aprovechando el año del centenario de su primera interpretación oficial, «para que ningún niño de Galicia se quede sin conocer los versos de Eduardo Pondal».

El himno y «el país»
El caso es que Quintana quiere que todos los niños gallegos «conozcan y sepan cantar» el himno, porque «su letra y su melodía es el compás que oficializa los sentimientos de Galicia como país».

Pero el dirigente nacionalista no se queda ahí: «La letra de Pondal expresa la lucha de un pueblo en defensa de su lengua y de su identidad. Es un lenguaje que agita el despertar de Galicia como nación. Por eso, mientras hay himno, habrá país».
A juicio de Quintana, la música es un «espacio de sentidos, pero también de realidad histórica y de memoria», y por ese motivo reivindica el papel de la música «para hacer país, y como elemento de construcción y fortalecimiento de la identidad gallega».

De las muñecas a las lápidas
No menos original fue la iniciativa de traducir las grabaciones de la muñecas comerciales al gallego, del tipo «As bonecas de Famosa se dirixen o portal....», frase célebre donde las haya.

Los nacionalistas han pensado en todo. Para que los niños sean capaces de entender lo que dicen los juguetes qué mejor que una formación íntegra en gallego, y para eso están las «Galescolas», auspiciadas desde Vicepresidencia, que depende del líder del BNG.

No menos polémico fue el cambio de huso horario para adaptarlo al de Portugal, que se rige por la hora canaria, y con el que el BNG busca estrechar cada vez más lazos. Pero una de las mayores preocupaciones de las autoridades gallegas durante este verano ha sido el idioma en que están escritas las lápidas de los cementerios. Temen que, en futuras expediciones arqueológicas, si los epitafios no están en gallego se certificaría que Galicia nunca tuvo idioma propio. Suma y sigue.

La mayoría de las sedes judiciales del País Vasco incumple la Ley sobre banderas
J. PAGOLA / S. SANZ. MADRID. ABC 19 Agosto 2007

La práctica totalidad de las sedes judiciales del País Vasco -salvo las que se ubican en las tres capitales, el Palacio de Justicia de Irún y poco más- incumplen, a sabiendas, la legalidad en materia de uso de banderas e incluso han hecho oídos sordos a la última sentencia del Tribunal Supremo que obligaba a izar la enseña de España todos los días en los edificios o establecimientos de las Administraciones Públicas del Estado.

Es tal el clima de impunidad, connivencia, complicidad o miedo impuesto en el País Vasco por la amenaza terrorista de ETA y, también, por la presión agobiante del régimen nacionalista, que ni tan siquiera en amplios sectores de la Judicatura se cumple la legislación. ¿Cómo se puede pretender que un alcalde de Batasuna, o ahora de ANV, ice la bandera constitucional en su ayuntamiento, si muchos de quienes tienen la misión de hacer cumplir la ley, la incumplen sistemáticamente? ¿Cómo desde el Gobierno central se puede instar a Ibarretxe y a Balza a que hagan ondear en Ajuria Enea y en la academia de la Ertzaintza situada en Arcaute la enseña constitucional, si en el propio poder judicial se incumple la legalidad?

Los juzgados dependen del Ministerio de Justicia y del Consejo General del Poder Judicial, por lo que corresponde a ambas instituciones del Estado la responsabilidad de que también en su ámbito se obedezca la normativa en materia de uso de las banderas.

El caso es que los palacios de Justicia de localidades como Durango, Tolosa, Azpeitia o Vergara, que son además cabeza de partido judicial, no exhiben banderas. Son municipios de marcada influencia nacionalista, gobernados bien por el PNV o por la denominada «izquierda abertzale». Así pues, el miedo podría ser el motivo principal por el que los propios organismos encargados de garantizar el cumplimiento de la legalidad, incurren en su incumplimiento. Pero si en estas sedes, cabezas de partido judicial, no se cumple la ley, mucho menos en otros juzgados de menor rango, como Hernani, Guernica... Por el contrario, el palacio de Justicia de Irún sí cumple la legalidad, mientras que el de Eibar alterna momentos en los que ondean las banderas con otros caracterizados por su ausencia. En ambas poblaciones, sobre todo en la fronteriza, la influencia del nacionalismo es menor.

Asignatura pendiente
Con todo, este desprecio hacia la legalidad no es nuevo, sino que viene de lejos, en concreto, desde la propia reinstauración de la Democracia. Los sucesivos Gobiernos de UCD, PSOE y PP no adoptaron medida alguna para corregir estas ilegalidades, a fin de no contrariar en exceso a un nacionalismo que desde la Transición ha controlado el poder en esta Comunidad Autónoma.

Y ocasiones para afrontar esta asignatura pendiente no han faltado, ya que a principios de la década de los ochenta estalló el primer episodio de la «guerra de las banderas». Su epicentro se situó en el Ayuntamiento de Tolosa, cuando su alcalde nacionalista se negó a izar la bandera de España durante las fiestas patronales y el Gobierno central denunció de inmediato el incumplimiento de la Ley.

Por aquellos años se llegaron a dar extrañas paradojas. Por ejemplo, mientras el Ejecutivo de Felipe González enviaba en un helicóptero a los antidisturbios de la Policía Nacional para que colocaran por la fuerza la bandera de España en el Ayuntamiento de San Sebastián, entonces gobernado por EA, con motivo de las fiestas de la Semana Grande, los responsables de la mayoría de las sedes judiciales del País Vasco pasaban de puntillas por aquela primera fase de la «guerra de las banderas» y conseguían que se desinflara la polémica sin haber colocado la enseña de España.

El retrato de Ibarretxe
Con la llegada del PP al Gobierno no se corrigió esta ilegalidad en el propio ámbito judicial. Por ello sorprende que en 2002 el entonces delegado del Gobierno, Enrique Villar, denunciara ante el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco (TSJPV) la ausencia de la bandera nacional de la academia de la Ertzaintza. En octubre de 2003, el TSJPV dio la razón al Gobierno al declarar que es obligatorio colocar la enseña española en todos los edificios oficiales. Y, de nuevo, la mayoría de las sedes judiciales de esta Comunidad pasaron de puntilla. Hasta ahora.

¿Por qué Enrique Villar, o sus antecesores, o sus sucesores, no han denunciado ante el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco la ausencia de la bandera de España en, por ejemplo, las sedes judiciales de Tolosa, Azpeitia, Vergara, Tolosa, Durango...?

Esta última polémica se ha centrado en la academia de Arcaute, pero se da la circunstancia de que en todas las dependencias de la Ertzaintza ondea en solitario la ikurriña. En alguna, como la comisaría central de San Sebastián, junto a la enseña vasca se expone un enorme retrato de Juan José Ibarretxe, como si de un jefe de Estado se tratara.

Una patrulla de ertzainas sale ilesa de un ataque en Motrico
S. E. / J. P. SAN SEBASTIÁN / MADRID. ABC 19 Agosto 2007

La «vendetta» de los proetarras por la implacable actuación de la Ertzaintza al impedir este viernes el homenaje a los tres pistoleros del «comando Donosti» no se ha hecho esperar. Apenas cinco horas después, un grupo de terroristas callejeros atacó con cócteles molotov una patrulla de la Policía autónoma en la localidad guipuzcoana de Motrico, sin que, afortunadamente, hubiera que lamentar desgracias personales.

Fue un ataque en toda regla. Los proetarras aguardaron desde un puente el paso de la dotación, momento en el que lanzaron dos cócteles molotov que no llegaron a impactar en el vehículo. Este tipo de emboscadas ha tenido a veces consecuencias dramáticas. En cierta ocasión, un ertzaina sufrió gravísimas quemaduras en todo el cuerpo, como consecuencia de un ataque perpetrado en Rentería. También en esta localidad, dos agentes salieron envueltos en llamas del vehículo y tuvieron que lanzarse al río Oyarzun para salvar la vida.

Así pues, el sindicato de la Ertzaintza, Erne calificó el fallido ataque de «intento de atentado» que se enmarca en una «escalada más del mundo radical» contra este Cuerpo policial. Asimismo, se mostró convencido de que la Policía Autónoma seguirá siendo objetivo de la «kale borroka», pero dejó claro que trabajará «para poner a disposición judicial a estos delincuentes». Según Erne, si los cócteles molotov hubieran impactado sobre el vehículo de la Ertzaintza las consecuencias podrían haber sido «muy importantes».

Por su parte, otro sindicato de la Ertzaintza, Esan, consideró que este ataque confirma que la Policía Autónoma es «objetivo prioritario» de los terroristas. Así, recordó que «a los últimos comandos se les dio orden de atacar a las patrullas, a miembros de la Ertzaintza». «Somos objetivo prioritario. En los últimos comunicados, en los últimos «Zutabe» marcaban ya como objetivo prioritario a la Ertzaintza». Este sindicato trasladó a los agentes la necesidad de «extremar las medidas de precaución y seguridad porque está claro que, por desgracia, podremos tener algún problema».

Mientras, la presidenta del PP en Guipúzcoa, María José Usandizaga, expresó su «solidaridad con los agentes agredidos», a los que animó a «seguir defendiendo a los ciudadanos de la amenaza terrorista» porque «la Ertzaintza sabe que tiene el apoyo y el respaldo de toda la sociedad democrática vasca». El secretario general del PSE en Guipúzcoa, Miguel Buen, reiteró la exigencia a los dirigentes de «izquierda abertzale» para que «condenen el terrorismo» porque en caso contrario «tendremos que negarles el pan y la sal desde el punto de vista político».

Sin tregua
Mientras, ayer les tocó a los ciudadanos de Bilbao, que disfrutan ya de las primeras horas de su Semana Grande, sufrir los desmanes de los amigos de los terroristas, que enaltecieron a ETA por las calles.

Quevedo y el basilisco o Cataluña ante el espejo
pedroj.ramirez@el-mundo.es EL MUNDO 19 Agosto 2007

«No quiero que sea difícil acabarme de leer, sino empezar a responderme», (Francisco de Quevedo y Villegas, circa 1641)

Quién hubiera dicho hace treinta años que la vida pública de la cosmopolita Cataluña quedaría encerrada en un celtibérico callejón del Gato, con forma de hilera de sardana, del que todas las tragedias, grandes, medianas y pequeñas, saldrían indefectiblemente reflejadas en forma de farsa. Basta seguir la actualidad para entender el proceso. La extravagante sesión que enmarcó la comparecencia del presidente de Endesa en el Parlament, la catarata de panegíricos de índole religiosa que han amortajado el suicidio del fanático Xirinacs y el reciente viaje a Lisboa del presidente de la Generalitat -el ex andaluz Pepe Montilla- para firmar un convenio con la Televisión Portuguesa, a fin de coproducir documentales y películas sobre la simultánea rebelión de ambos territorios en 1640 contra la opresora monarquía hispánica, son, desde luego, episodios que imprimen carácter.

I.- INTERPELANDO EN CATALAN A UNO DE TERUEL
Los reiterados fallos en los servicios públicos, y muy especialmente el tremendo apagón eléctrico del mes pasado, han supuesto, claro está, un sinfín de triviales tragedias -ansiedad, temor, calor, frío, indignación, ruido, gasto- de la vida cotidiana. La suma de todas ellas habría formado una montaña más alta que Montjuïc.Pero la democracia bien podía haberse tomado el lunes la revancha.No es, desde luego, habitual tener la oportunidad de someter a un público tercer grado y, eventualmente, cantarle las cuarenta al presidente de la compañía privada a la que se achaca un colapso de esa naturaleza. Cuando se cae un avión, el capo de la aerolínea no aparece por ningún sitio. Cuando se contamina un parque natural, échale un galgo al presunto responsable de los vertidos tóxicos que tal vez lo pilles en Suecia. Sin embargo, esta vez -ahí lo tienen, es todo suyo, señores diputats- Manolo Pizarro comparecía, a petición propia, en la primera fecha disponible.

Lo único más inaudito que el que los portavoces de todos los grupos -menos el PP y Ciutadans- desaprovecharan gran parte de su capacidad indagatoria y fuerza dialéctica, empeñándose en hablar durante horas en catalán a un turolense afincado en Madrid, cuando todos los oradores, todos los presentes en la cámara y todos los telespectadores y radioyentes que siguieran el debate dominaban perfectamente el español; lo único más inaudito, digo, es que los periódicos locales que al día siguiente constataban, en una mezcla de estupor y masoquismo, la corrida en pelo a la que «la Tizona» castellano-aragonesa había sometido al «florete catalán», no relacionaran -en sus editoriales escritos en el idioma preferido por sus lectores- una circunstancia con la otra.

El problema de los caracterizados por el director adjunto de La Vanguardia Alfredo Abián como «espadachines inexpertos» no era de bisoñez -pues anda que no llevan mili a sus espaldas Nadal, Ridao o el propio Oriol Pujol, que lo ha mamado desde pequeño-, sino de falta de discurso. A Pizarro no le cantaron ni las cuarenta, ni las treinta, ni las veinte, ni las diez porque ni sabían demasiado de lo que se hablaba, ni estaban allí para aprendérselo. Se limitaron a dejar patente su mala educación no dándole ni las buenas tardes, dirigiéndose a él en la «lengua propia» -es decir la que excluye a los que no forman parte del pueblo elegido- y ofreciéndole el pinganillo de la traducción simultánea y los subtítulos, como a partir de ahora va a hacer siempre TV3, a la que por supuesto, cuando nos inviten, algunos contestaremos que vaya la «seva tieta».

No, los diputados nacionalistas -patético PSC incluido- no estaban allí para esmerarse en una actividad de control parlamentario al servicio de una ciudadanía tan ideológica, cultural y lingüísticamente plural como uniformemente cabreada, sino para representar una vez más el tedioso rigodón identitario. Para preservar un espacio simbólico de la intrusión foránea. Si le hubieran hablado a Pizarro en castellano seguro que el debate habría sido más vivo, el interrogatorio más preciso, las réplicas y contrarréplicas más eficaces...

¿Eficacia? ¿Quién ha dicho que se tratara de eso? Haber empleado el idioma común de todos los españoles hubiera significado pasar por el aro del utilitarismo, rendirse a la evidencia de la nivelación con el simple turolense de amenazante apellido. Algo así como si los regidores de Barcelona que formaban parte del Consejo de Ciento hubieran renunciado a su pretendido derecho a permanecer cubiertos ante los príncipes de sangre real y se hubieran destocado, cual murcianos o extremeños, ante el cardenal-infante Fernando, hermano de Felipe IV, cuando éste acudió a las Cortes catalanas en 1632.

II.- O EL LENGUADO, O LA GUERRA
Esa escaramuza fue el prólogo de la inmensa tragedia que se desencadenó en Barcelona el día del Corpus de 1640. Para los hombres del siglo XVII, tan ayunos de conocimiento y razón como prisioneros de reputaciones, la soberanía se resumía en ese código tan simple: quién se quita o no el sombrero, quién es el que rinde tributo y quién es el que lo recibe. Por eso, cuando la crisis del Principado ya había estallado en toda su sangrienta virulencia, lo que a finales de aquel annus horribilis -acababa de quemarse el Palacio del Buen Retiro- desató la consternación en la corte madrileña fue comprobar cómo no llegaba el protocolario lenguado que desde Lisboa enviaban al Rey para celebrar la Vigilia de la Inmaculada.O el lenguado, o la guerra. La rebelión de Portugal era un hecho y el penúltimo de los Austrias y su ciclotímico Conde-Duque debían afrontar esa consuntiva guerra en dos frentes que a ellos les partió el espinazo y tanta ilusión le hace ahora a Montilla rememorar cinematográficamente.

De haber perdurado la costumbre, y siendo intercambiables lenguados y merluzos, es al propio president jienense, con sus ojos de pez disecado, sus cocochas al pil pil y su perpetuo balbuceo de piscifactoría, al que deberían mandar este año los portugueses en una bandeja adornada con limones a La Moncloa. Zapatero se lo cenaría a gusto -si eso le sirviera de alternativa a la decisión del Tribunal Constitucional sobre el Estatut-, y la inteligencia política de la península Ibérica no sufriría merma alguna.

La idolatría nacionalista no deja de ser la última mutación de esa enfermedad totalitaria -o totalizadora al menos- que, apelando al vacío dejado por las convicciones religiosas, Steiner bautizó como «nostalgia del absoluto», pero al menos Pujol o Maragall eran sinceros en su fanatismo. La obsesión de que todo parezca como si siguiera mandando uno de ellos -y no la de demostrar que se puede presidir la Generalitat siendo socialista, obrero y español- recuerda en el caso del mediocre arribista Montilla todo el celo con que los esclavos libertos cumplían con el obsequium que debían a sus antiguos amos, realizando «voluntariamente» las mismas tareas que tenían encomendadas antes de la manumisión.

No deja de ser una aleccionadora pirueta de la evolución a la inversa del homo sapiens que muchos de quienes en su día abrazaron el marxismo o sus destilaciones socialdemócratas porque, según Steiner, «como hace la gran teología, ofrece una explicación completa de la función del hombre y un contrato de promesa mesiánica respecto al futuro», encuentren ahora en el nacionalismo una especie de sucedáneo del sucedáneo. Cuando en aquel malhadado 1640 supo de una reyerta entre el virrey de Cataluña -el pronto asesinado conde de Santa Coloma- y uno de sus aliados napolitanos, Olivares exclamó: «¡Malditas sean las naciones y malditos los hombres nacionales!... Amo a todos los vasallos del Rey nuestro señor y no soy yo nacional, que es cosa de muchachos».

III.- "TU HAS ESTAT VALENT I JO HE ESTAT COVARD"
¡Cosa de muchachos! Si la interpretación del mundo y de la Historia a través de la lucha de clases no dejaba de tener algo de inmadura ligereza, la disposición a filtrarlo todo a través de la dimensión nacional -catalana, vasca o, si fuera el caso, genéricamente española- debería quedar directamente encuadrada en una especie de adolescencia crónica, por no hablar de infantilismo patológico.Sería lo menos malo que en justicia podríamos decir de Xirinacs, ese ofensivo, cruel y repelente niñato de 75 años, empeñado en joder con la pelota de la provocación, capaz de frotar con sal y vinagre las heridas de las víctimas del terrorismo y elogiar, desafiante, a sus verdugos. Menudo hijo de su madre.

«Avui la meva nació esdevé sobirana absoluta en mi», dejó escrito en su calculada nota de suicida. Lástima que algunos de los etarras a los que elogió y otros tantos batasunos que le han embalsamado ahora con sus loas no le sigan por la misma torrentera. Sería la única forma de obtener algún beneficio colateral de ese ejercicio de autodeterminación, de esa «soberanía absoluta», exaltada de acuerdo con el diagnóstico de Steiner. Para Xirinacs lo «absoluto» era la lucha contra la ocupación de los Paisos Catalans por España, Francia e Italia, «desde hace varios siglos». Lo relativo, en cambio, el sufrimiento de quienes perdieron a un familiar en la masacre de Hipercor o cualquier otro atentado de esos «amigos» de las libertades catalanas que renuncian a la novia y al cine para seguir sembrando de bombas su camino de perfección.

Trastornados así, encabronantemente instalados en el limbo de la puerilidad patriótica, los hay en todas partes. De Sabino Arana desciende toda una remesa y el fascismo español también ha dado unos cuantos buenos especímenes, incluido algún que otro cuervo ensotanado como éste. La diferencia es que cuando la espiche el protonotario o cualquier otro de sus émulos, no habrá nadie respetable que desde el periodismo o la política se preste a amplificar su delírium trémens.

A Xirinacs, en cambio, le ha seguido el juego místico-macabro todo quisque como si en lugar de quitarse la vida, hubiera ascendido en carne mortal al Paraíso. Mientras en Madrid un cronista algo herrumbroso se aferraba a la glosa de sus constructivas enmiendas constitucionales en el bienio 77-78 -diantre, Robespierre también se opuso a la pena de muerte en la Asamblea Constituyente, pero su biografía no concluyó ahí-, en Barcelona su cortejo fúnebre ha sido el de la comunión de las almas.

Cuando Pujol le denominó «profeta bíblico» no se sabe muy bien si fue asumiendo el papel de Yahvé al contemplar como hasta a él -perdón, hasta a El- se le desmanda el rebelde Isaías o sintiendo la morbosa deleitación en la pronosticada decadencia que, naturalmente, debe suceder una vez que el brío del gran Nabucodonosor ha dado paso a la insípida molicie del pobre Balthasar tras el interregno del errático Nabónidus. Cuando, hablando en nombre de Montilla y su gobierno tripartito, Joaquim Nadal exaltó su dimensión «apostólica», no está claro si se refería a sus viajes misioneros hasta los últimos confines de los Paisos Catalans, a su judicialmente certificada apología del terrorismo o al carácter ejemplar de ese su postrer «acto de soberanía». ¿Propondrá este Govern que el suicidio de Xirinacs forme parte de su Educació per la Ciutadania?

El más sincero ha sido el novelista Alfred Bosch en el Avui, poniendo el dedo en la llaga del problema de la insuficiencia de los esfuerzos emancipadores de la Cataluña esclava: «Mentre jo buscava la supervivencia, tu abraçaves el calvari I proclamo, admirat Xirinacs, que tu has estat valent i jo he estat covard, i em temo que ho continuaré sent». Este es el gran drama: que el pueblo elegido -ni siquiera individuos tan concienciados como el compareciente- no ha estado a la altura de su Mesías. Y lo que es peor: tampoco dará la talla en el futuro porque aunque el espíritu está fuerte, la carne es débil y se conforma, acomodaticia, con las glorias del Barça y el apartamento en la playa. Por eso ya que el martirio del redentor también esta vez será en vano, descendámosle con mimo de la cruz de ese «calvario» y amortajémosle con nuestro mejor mohín de exaltación patriótica. «Xirinacs buscaba, a su manera, esta grieta del que se hace trampas en el solitario», ha escrito con meritoria lucidez nuestro antiguo columnista Francesc-Marc Alvaro. Solo cabe añadir que, visto lo visto, esa búsqueda fue lo único fructífero de tan destartalada vida.

IV.- "NI POR EL GÜEVO, NI POR EL FUERO"
De ahí que lo más irritante de sus exequias haya sido verlas impregnadas «por la decadencia -de nuevo Steiner- de la antigua y magnífica arquitectura de la certeza religiosa». Al margen de la particularidad contemporánea de que, quien como suicida hubiera tenido vedada la inhumación en campo santo, haya sido encumbrado a los altares del edén nacionalista con tanto incienso y liturgia canónica, fue esa misma manipulación de lo sagrado la que sacó de sus casillas a Quevedo cuando leyó en su prisión leonesa del hoy Hostal de San Marcos un panfleto llamado Proclamación Católica en el que los rebeldes catalanes no sólo justificaban su conducta, sino que se jactaban de tener a Dios de su parte.Concretamente alegaban que cuando, tras el Corpus de la Sangre en el que los Segadors de la «Catalunya triomfant» persiguieron al virrey como a un conejo hasta darle matarile en la playa, la celebración religiosa se trasladó a otro día posterior, «en él se paró el sol», mientras algunas de las imágenes más veneradas comenzaban a «sudar y llorar».

Sacando fuerzas de flaqueza en defensa de la Monarquía felipista que tan ingratamente le pagaba, Quevedo recordaba la severa reprimenda a San Pedro, cuando desenvainó la espada e hirió a uno de los sayones en Getsemaní, para preguntarse si ese mismo Cristo «¿alargará la vida al día por autorizar con tan esclarecido milagro un homicidio alevoso de los segadores de Barcelona?». Y aun añadía un argumento de mayor autoridad: «No se paró el sol cuando el catalán Benito Ferrer -un célebre sacrílego quemado por la Inquisición- pisó la hostia consagrada, ¿y quieren los catalanes que se pare en aprobación de la muerte que ellos dieron a su gobernador y capitán general? Hasta el sol quieren sacar de su curso, sin advertir que el privilegio de pararle lo da Dios y no el Libro Verde».

El Libro Verde o Llibre Verd era el códice del siglo XIV que contenía los fueros de la ciudad de Barcelona y, naturalmente -ay del que crea que los problemas del Estatut se zanjarán con una «sentencia interpretativa» por parte del TC- los levantados en armas contra la Corona hacían su propia lectura unilateral.En su fogosa réplica, digna por su vigor y brillantez de cualquier antología del periodismo de opinión, titulada La rebelión de Barcelona ni es por el güevo ni es por el fuero, Quevedo denuncia una falsificación que hoy resulta muy familiar: «Muchos fueros y privilegios leí tan diferentes de cómo los alegan, que los desconocí y, siendo los mismos, los tuve por otros. No los alegan como los tienen, sino como los quieren No hay fuero que diga: "Los catalanes sean vasallos sin señor, de quien quisieren, hasta cuando quisieren, como quisieren"».

Pero, además de la falta de base jurídica, Quevedo alegaba, como algunos hemos hecho con relación al nuevo Estatut, que Cataluña hacía un mal negocio intentando romper amarras con España: «Hoy nada es suyo sino la rebelión. Las haciendas son de las armas auxiliares; las vidas, del peligro; las honras, de los huéspedes, y el sagrado santuario, sueldo de calvinistas». Esta última alusión se refería a la situación del monasterio de Montserrat de cuyos tesoros trataba de apoderarse el ejército francés -plagado de hugonotes- que había acudido en ayuda de la Diputación sublevada por Pau Claris.

«Luego no es ni ha sido por el güevo», concluía Quevedo antes de apelar al famoso apólogo aristotélico del caballo que recabó el concurso de un hombre para ajustar cuentas con otros animales y se encontró muy pronto sometido a su vara y sus espuelas: «Vengado, pero sujeto al que lo vengó». La fábula servía entonces para los aliados gabachos, pero resume igual de bien el contrato que la sociedad catalana viene renovando desde el inicio de la Transición con la clase política nacionalista.

Por mucho que se calienten los ánimos en los futuros debates sobre financiación autonómica -Zapatero ya ha comentado que serán la verdadera piedra de toque que hará viable o no la aplicación del Estatut- y por mucho que la garantía de un determinado nivel de inversiones públicas, con la que los demás no cuentan, recuerde algunos de los trucos del Buscón o el Lazarillo, no creo, sin embargo, que nadie llegue a la exagerada descalificación quevedesca, propia de quien no tiene nada que perder cuando compara a los habitantes del Principado con «el ladrón de tres manos que, para robar en las iglesias, hincado de rodillas, juntaba con la izquierda otra de palo y en tanto que, viéndole puestas las dos manos, le juzgaban devoto, robaba con la derecha».

A pesar de que los nacionalistas den a menudo la sensación de estar al mismo tiempo al plato del reparto y a las tajadas de la separación, esta metáfora no es hoy en día de recibo y menos en forma de generalización. Pero cuando Quevedo acierta de pleno y se convierte en premonitoriamente actual es al volver sobre sus pasos y describir a la criatura que está rompiendo el cascarón de ese «güevo» que, ahora en su acepción más literal, ha sido empollado por la fronda de la rebelión antiespañola. «Es güevo de gallo -eso va por los franceses- y produce un basilisco».

V.- NACIDO DE GALLO, DE SERPIENTE Y DE SAPO
Aunque la palabra ya sólo se utiliza por analogía para referirse a una persona tan «furiosa y dañina» como suelen serlo muchos de estos obcecados nacionalistas radicales, la leyenda del basilisco subyugó durante siglos la imaginación popular. Se trataba de un animal mitológico, engendrado por la unión de un gallo y una serpiente e incubado por un sapo, que, al cabo de un largo periodo de gestación, nacía con una corona en la cabeza -etimológicamente basilisco procede del griego y quiere decir «regulo» o «reyezuelo»-, poseía la apariencia de sus tres progenitores y nada menos que la capacidad letal de matar con la mirada. Precisamente por eso no había método más eficaz de combatirlo que llenar las habitaciones de espejos para que su amenaza se convirtiera en autodestructiva.

El basilisco al que se estaba refiriendo Quevedo era la efímera República catalana, parida y proclamada por el concurso de voluntades entre los distintos estamentos de los rebeldes, Luis XIII y su valido Richelieu. Según explica Elliott, aquel engendro «sólo duró una semana y no sirvió más que de fachada para traspasar la propiedad de España a Francia fue una mala jugada del Gobierno republicano de la que los mismos catalanes fueron responsables».El monarca francés se convirtió en el nuevo Conde de Barcelona.Como advertía Quevedo, «mudar de señor no es ser libres». Portugal nunca volvió a la corona española, pero Cataluña fue reconquistada pronto por la fuerza, para gran alivio de la mayoría de sus habitantes.

Si aquella pretensión de entonces de ser «libres con señor» era, según Quevedo, «aborto monstruoso de la política», ¿qué otra cosa puede diagnosticarse ahora respecto a este nuevo basilisco estatutario que establece que la «nación catalana» se constituye en «comunidad autónoma» española, mientras se arroga hasta la «competencia exclusiva en materia de tiempo libre», como si pudiera ser «libre» algo -nada menos que el territorio de Eros y de Cronos- cuando se afirma que «compete exclusivamente» al arbitrio del poder?

Concebido inicialmente a resultas de la tórrida entrega de Zapatero a la fuerza seminal de sus aliados de Esquerra e Iniciativa, durante el calentón de una noche de farra con Maragall y otros amigos; incubado luego, entre varias tentativas de aborto, durante las seductoras visitas de Artur Mas a La Moncloa, pitillo en ristre; y podado al fin, al buen tun tun, de algunas de sus extremidades más aparatosas justo antes del parto, el deforme monstruito lleva ya más de un año correteando entre las palomitas de la Plaza de Cataluña -perdón, de Catalunya- sin que el Tribunal Constitucional se haya dignado aún bendecirlo en su pila bautismal. Como hijo de tantos padres arrastra las taras de todos ellos, sin que la jungla dispositiva de sus tropecientos artículos deje margen para que puedan brillar con limpieza las virtudes de ninguno.Y, al igual que en las leyendas medievales, el basilisco no es solamente una criatura, sino también una atmósfera de ansiedad, inestabilidad y amenaza.

VI.- LA TEMPERATURA DEL AGUA EN EL OASIS
Que nadie espere por parte de Zapatero un impulso clarificador a este respecto. Si por él fuera Maria Emilia Casas se habría olvidado este verano, haciendo submarinismo en un arrecife de coral, la llave del cajón en el que tiene bien guardados los recursos del PP y el Defensor del Pueblo. «Parece que, por temperamento -diagnostica Elliott-, al Conde-Duque le costaba trabajo tomar decisiones claras y netas, sin acompañarlas de fórmulas restrictivas y proposiciones subsidiarias que debilitaban o subvertían la línea de actuación que proponía seguir. Fuera como fuera, daba muestras de tener una persistencia a vacilar hasta que en vez de elegir él su política, la política lo elegía a él». ¿Se acuerdan de aquello de «apoyaré el Estatuto que venga de Cataluña»? ¿Y de aquello otro de «Nación, ese concepto discutido y discutible»? Háganlo en marzo a la hora de votar.

Hasta entonces la única terapia que nos queda es la de los espejos.Cuanto más minuciosamente contemple la sociedad catalana al reyezuelo que se le ha instalado dentro, más posibilidades tendrá de desembarazarse algún día de su yugo porque uno de los atributos de todo basilisco es que «si mira lo que hace, deshace lo que mira». Por eso la participación en el referéndum no llegó al 50%, por eso el índice de insatisfacción política -según el Centre d'Estudis d'Opinió de la Generalitat- acaba de subir cinco puntos y aúna ya al 60% de los catalanes, por eso en este verano del descontento la crítica política adquiere ya el tono de las increpaciones de la grada del Camp Nou:

«Geli, menys propaganda i més fets», le espetaba el otro día Sergi Fidalgo desde su muy seguida columna de e-noticies a la consejera de Sanidad Marina Geli. «Menys discursos i més metges.Menys demagógia O es que tens accions de les mútues privades i ja et va bé el deteriorament de aquest servei públic? No ets consellera de Salut, ets consellera de la Sanitat Pública de Merda».

Esta es la verdadera temperatura del agua en el oasis. En ningún colegio de la ciudad que fue capital mundial de la edición en castellano se puede estudiar hoy en la lengua de Quevedo. Muy pronto tampoco en sus universidades. En la otrora Atenas de la modernidad se vigilan los rótulos de los escaparates como en Teherán el largo de las faldas. Los únicos records que bate ya la Barcelona olímpica son los del ensimismamiento. Entre tanto el ateo Carod rinde homenaje institucional al suicida Xirinacs en una basílica católica -al que no le guste «que se aguante»- y a Montilla se le sigue poniendo cara de lenguado embandejable.Pero a base de oficializar sus casi cuatro siglos de enemistad y antagonismo con cuanto significaba Olivares, a la Cataluña real parece habérsele contagiado aquella característica tan singular que el nuncio pontificio veía en el valido de Felipe IV: «Siempre quiere hacer ver que en realidad no quiere lo que está queriendo».
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