AGLI

Recortes de Prensa    Sábado 17 Noviembre   2007

Demanda contra Alcaraz
La justicia al servicio del delito
Pío Moa Libertad Digital 17 Noviembre 2007

Una de las primeras medidas del felipismo fue la expropiación ilegal de Rumasa, la madre de todas las corrupciones, para consumar la cual tuvo necesidad de corromper también al Tribunal Constitucional: primera y gravísima estocada a la democracia por parte de los enterradores de Montesquieu. Y según la ola de corrupción crecía y salía a la luz gracias al periodismo de investigación –hoy casi inexistente–, el felipismo intentó de nuevo poner la justicia al servicio del delito mediante una ley anti-difamación, que habría blindado a los ladrones, permitiéndoles además acusar ante el juez a quienes los denunciasen. Era un paso crucial para hundir la joven democracia española al nivel del PRI mejicano. Por suerte la resistencia social, promovida por unos cuantos periódicos y periodistas demócratas –no por la mayoría, ni mucho menos, tampoco por el PP, que iba a remolque– impidió la fechoría.

Como es natural, las maniobras de colaboración del Gobierno actual con el terrorismo han requerido el ataque a sus víctimas más directas, representadas mayoritariamente en la AVT. El "diálogo" con los pistoleros exigía de entrada el silenciamiento de sus víctimas, y a ello se aplicó Peces Barba, el turbio intelectual prestigioso de la situación, el amigo del héroe de Paracuellos ("los buenos") y enemigo de la libertad de expresión en la universidad. No lograron domar a la AVT, e intentan ahora otro manejo: una de esas asociaciones liberticidas, terminales del partido de los cien años de honradez, ha puesto al presidente de la AVT una denuncia intimidatoria, absolutamente anticonstitucional y tan proterrorista como todo el llamado "proceso de paz", al que el Gobierno no ha renunciado, desde luego.

Lo grave del caso es que algunos magistrados, cabe suponer que del grupo de jueces contra la democracia o similar, han aceptado la denuncia, asombrosa en un país democrático: mediante hechos consumados, esta gente intenta de nuevo avanzar hacia su modelo PRI, poner la justicia al servicio del delito.

El sentido del desmán salta clamorosamente a la vista, y cualquier demócrata tendría que estar denunciándolo a voces desde el momento en que se produjo. Pero el PP ha expresado por anticipado su "respeto" a una decisión judicial de entrada contraria a los usos más elementales de la democracia.

Cuando, hace unos años, comenzó el proceso de hostigamiento a la AVT, contrapartida natural de la colaboración política y más que política con la ETA (recuérdese el famoso chivatazo), elaboré una pequeña denuncia de la situación, que permanece actual  http://www.libertaddigital.com/index.php/opiniones/opinion_29923.html

Tregua para el TC
Editorial ABC 17 Noviembre 2007

LA presidenta del Tribunal Constitucional, María Emilia Casas, ha reflejado con duras palabras la difícil situación que atraviesa esta institución, denunciando el «intento de desestabilización intolerable» y las voces «poco respetuosas» que se oyen contra el TC. Razones no faltan para este diagnóstico, porque el TC vive la etapa más convulsa de su historia, tanto por presiones de carácter político como por las divisiones que se han producido en su seno. Es evidente que el TC tiene en sus manos el veredicto sobre el contenido legislativo del primer mandato de Zapatero: está pendiente de resolver si son o no inconstitucionales las leyes del matrimonio entre homosexuales y la integral contra la violencia de género, así como el estatuto de Cataluña, leyes que inciden en aspectos fundamentales del discurso gubernamental. Por eso, si hubiera que señalar causas concretas a los procesos de desestabilización que aquejan al TC, deberían citarse el empeño del PSOE en aprobar leyes sin consideración ninguna a la reflexión jurídica y a la técnica legislativa y la intolerancia socialista a la independencia de las instituciones jurisdiccionales.

El PSOE ha demostrado que no tiene reparo alguno en cambiar las reglas del juego cuando teme que el funcionamiento de las instituciones y los tribunales pueda desenvolverse en sentido contrario a sus intereses. Este planteamiento partidista de la potestad legislativa del Parlamento y de la relación del Gobierno con los demás poderes y órganos del Estado ha calado tan perniciosamente que la asignación de posiciones ideológicas en el seno del TC es, para los socialistas, un criterio suficiente para reformar intempestivamente su organización interna: si la derecha recusa a un juez «progresista» -aunque sea legítima y justificadamente-, la izquierda se considera legitimada para prorrogar el mandato de una presidenta «afín» -detonante de la crisis actual- y, a su vez, recusar a otros dos magistrados «conservadores». De esta forma, la apelación del Gobierno a que el PP respete la independencia del TC es una simple impostura, porque sus decisiones están orientadas a conseguir el efecto contrario, es decir, el control sobre la mayoría de sus magistrados, a partir de una supuesta identificación de estos con el PSOE, lo cual es, en sí mismo, una ofensa a estos juristas. También debe reconocerse que, en buena medida, la situación sería distinta si el TC hubiera resuelto ya algunos de los recursos planteados, porque la dilación procesal, en conjunción con la proximidad de las elecciones, aumenta la tensión del Gobierno.

Lo cierto es que el PSOE cambia las reglas cuando cree que va a perder. Lo hizo en el Consejo General del Poder Judicial y lo ha hecho en el TC. Pero por más ilegítima que sea esta forma de proceder del Gobierno, no es tampoco aceptable la cadena de recusaciones que emprendió el PP contra otros tres magistrados de este tribunal. Políticamente puede ser comprensible -porque, en definitiva, se trata de mera táctica- que los populares entiendan que deben replicar cada movimiento del PSOE en el TC y que no fueron ellos los que empezaron esta guerra. Sin embargo, esto no exime al PP de tener que asumir su cuota de responsabilidad en la situación creada en el Constitucional. Nada ha habido, a pesar de todo, tan inadmisible como las reiteradas e intolerables amenazas del Gobierno catalán contra el TC y sobre la permanencia de Cataluña en España, para el caso de que el estatuto catalán fuera declarado inconstitucional.

Lo más sensato en este momento es que el PSOE y el PP retiren las recusaciones que han planteado contra cinco magistrados del TC, lo que ha puesto a este tribunal en la encrucijada diabólica de resolver esas recusaciones con los magistrados afectados -lo que supone una probable vulneración de la ley- o encallar la institución, dejando fuera de la decisión a los cinco recusados, y no alcanzar el número mínimo para que funcione su pleno. PP y PSOE deben hacer un esfuerzo de confianza en los magistrados del TC que tienen decidir sobre la ley de reforma de esta institución, diez juristas que tienen confiada la más alta responsabilidad de velar por la integridad constitucional y que, de una forma más o menos directa -debido al juego de las mayorías necesarias para designarlos, salvo los dos propuestos directamente por el Ejecutivo- contaron con el apoyo de los partidos que ahora los recusan.

ZP y el principio de Peter
Por IGNACIO CAMACHO ABC 17 Noviembre 2007

CUANDO Zapatero repite eso de que «hay cientos de miles de personas que podrían ser presidente» -la última vez, en la entrevista nocturna de Buenafuente en televisión- provoca irrefrenables deseos de preguntarse por qué, entre tanta gente, le ha tenido que tocar precisamente a él. Es como lo de Bogart a Ingrid Bergman, en «Casablanca»: «De todos los cafés de todas las ciudades del mundo, tenías que venir precisamente al mío». Con esa frase que pretende ofrecer una imagen de acercamiento populista, lo único que consigue ZP es reforzar su sospechosa aura de accidentalismo, como si fuese un casual y ordinario Mister Chance, aquel jardinero simplón y vulgarote encarnado por Peter Sellers que se veía encaramado por azar a la Presidencia de los Estados Unidos. Sus solemnes obviedades, a veces, no se diferencian mucho.

Un hombre que alcanzó el poder de forma tan accidental -y tan trágicamente accidentada-, y que lo desempeña de manera tan improvisada y errática, debería poner algo de cuidado a la hora de definirse a sí mismo, y sobre todo a la de valorar el alcance y la importancia de su tarea de dirigencia pública. Ese modo retórico de restar trascendencia a su papel sugiere una profunda banalidad que trivializa algo tan importante como la capacidad para gobernar un Estado. El principio democrático de igualdad lo que garantiza es que cualquier ciudadano pueda en teoría llegar a presidente, no que esté capacitado para ello. De hecho, no sólo no lo está la mayoría, sino ni siquiera algunos de los que pretenden estarlo... ni acaso de los que llegan a serlo.

La política no es una actividad trivial, o al menos no lo debería ser. Zapatero lo da a entender a menudo, como aquello de que la economía se aprende en «dos tardes», o lo de lograr «como sea» un documento que le saque de un apuro. La política, al menos en su más alto nivel, es un noble e imprescindible ejercicio que requiere preparación, competencia, eficacia, convicción y liderazgo, además de una determinación capaz de transmitir confianza. No basta con el entusiasmo, ni con la ideología, ni con la buena voluntad; eso está muy bien para se concejal, pero para dirigir un país se necesita un proceso de decantación y contraste que garantice cierta solvencia.

El presidente y su Gobierno ofrecen ya demasiados síntomas de estar afectados por el principio de Peter (no Sellers, o tal vez sí), ese adagio pesimista que preconiza la tendencia de toda organización a elevar a sus miembros hasta su máximo nivel de incompetencia, para que encima lo confirme de viva voz en un intento de parecer cercano a la ciudadanía. Aunque acaso podría resultar sugestivo tomarle la palabra: sin duda no hay cientos de miles de españoles capaces de desempeñar la Presidencia, pero desde luego puede existir una docena, o media, o al menos uno o dos. Y ahora que se aproximan las elecciones quizá sea un buen momento de comprobarlo.

Análisis de la sentencia (VIII): El carrete
Luis del Pino Libertad Digital 17 Noviembre 2007

Como denunciábamos en el programa semanal que Libertad Digital dedica al análisis de la sentencia, uno de los razonamientos más escandalosos incluidos en la misma es el que se refiere a las fotografías desaparecidas de la mochila de Vallecas.

Como recordarán los lectores de LD, porque así lo publicamos en su día, dos miembros de la Policía Científica se presentaron en Parque Azorín en la madrugada del 11 al 12 de marzo, antes de que diera comienzo la desactivación de la mochila de Vallecas, para fotografiar aquel artefacto que acababa de ser encontrado en la comisaría de Puente de Vallecas. Al llegar a Parque Azorín, les dijeron que, para evitar riesgos, entregaran la cámara a un tedax, que se encargaría de hacer las fotografías. Así lo hicieron. Al poco tiempo, el tedax les devolvió la cámara. Una vez desactivada la mochila, los fotógrafos de la Policía Cientítifca fueron a acercarse a aquel artefacto, para tomar una serie de instantáneas de la mochila y sus componentes. Sin embargo, el Comisario General de Seguridad Ciudadana les dijo que no hacían falta más fotografías y, a continuación, se incautó del carrete que la cámara contenía. Ese carrete de fotografías nunca volvió a aparecer.

El tribunal reconoce que los hechos son así, tal como los habíamos denunciado. Reconoce que los dos miembros de la Policía Científica fueron a Parque Azorín. Reconoce que tuvieron que entregar la cámara a un tedax, supuestamente para que éste fotografiara la mochila antes de la desactivación. Reconoce que luego les devolvieron la cámara. Reconoce que no les dejaron fotografiar la mochila después de la desactivación. Reconoce que el Comisario General de Seguridad Ciudadana, Santiago Cuadro, se incautó del carrete de fotos. Reconoce que ahora ese carrete de fotos no aparece... Lo reconoce todo.

¿Y cuál es la consecuencia que el tribunal extrae de ese relato de los hechos? Pues ninguna. El tribunal dice que todo eso es cierto... pero que no está constatado que el carrete del que se incautó el Comisario General contuviera ninguna fotografía.

En otras palabras: el tribunal nos está diciendo que el Comisario General se incautó de un carrete... vacío.

¿Me permiten que les haga una pregunta tonta, señores miembros del tribunal? ¿Para qué narices querría incautarse de un carrete vacío el Comisario General de Seguridad Ciudadana?

Lo peor de la sentencia no es que retuerza la lógica y el sentido común. Lo peor es el descaro con el que lo hace.

Descomposición del PP
Pío Moa Libertad Digital 17 Noviembre 2007

Coincidiendo con la bomba del terrorismo separatista contra una inmobiliaria en Cangas, frente a Vigo, "la diputada del PP Beatriz Rodríguez-Salmones considera que la Xunta de Galicia trata de manera privilegiada a los hijos de los militares que son trasladados a esa comunidad desde otra en la que también existe una lengua cooficial. Por eso, ha preguntado al Gobierno central si también va a adoptar esa medida para los hijos de quienes tienen otra profesión.

Hace dos meses, el Ministerio de Defensa firmó un convenio con la Consejería de Educación gallega por el que cedía a la Xunta, durante 75 años, el uso de un colegio de educación infantil y primaria de El Ferrol, que es propiedad del Patronato de Huérfanos de la Armada.

En ese convenio se indica que los alumnos que lleguen allí procedentes de otras comunidades autónomas en las que existe una lengua cooficial no tendrán que cursar la asignatura de lengua gallega.

La diputada Rodríguez-Salmones ha preguntado al Ministerio de Defensa, para recibir respuesta por escrito, qué motivos ha tenido en cuenta para introducir esa cláusula en el convenio de colaboración".

¿Qué es el PP, realmente?
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Y el PP mirando a las musarañas
Federico Quevedo El Confidencial17 Noviembre 2007

Tengo que reconocerles a ustedes que escribo este artículo con una cierta dosis de mal humor y un nada disimulado disgusto. Me explico: quiero que el PP gane las próximas elecciones generales. Lo digo sin ambages y en pleno uso de mis facultades. Quiero que Mariano Rajoy sea presidente del Gobierno. Primero, porque se lo merece; segundo, porque el país lo necesita. Por mucho que ahora se empeñe Rodríguez Zapatero en volver a presentar esa imagen edulcorada de sí mismo con la que engañó a algunos al principio, la realidad es que detrás de su piel de cordero se esconde un lobo, un radical dispuesto a seguir adelante con su proyecto rupturista para España. Pero como necesita cuatro años más para llevarlo a cabo, ahora nos vuelve a ofrecer trailers de buen rollito a ver si así el personal se descongestiona y vuelve a votarle.

Pero lo peor es que los del PP, viendo cómo Rodríguez levanta el pie del acelerador de su proyecto rupturista, en lugar de ponerse en el cruce para evitar que se salte el semáforo en rojo, se han sentado cómodamente en el asiento de atrás del coche. Y así llevamos un par de semanas en las que no sabemos muy bien a que se dedican los líderes de la oposición, porque con todo lo que ha llovido hasta el universal “¿por qué no te callas?” y granizado después, en el PP, sin embargo, da la sensación de que hubieran corrido un túpido velo sobre la realidad para que no les moleste demasiado.

Fíjense. Me decía el viernes, en la jornada mañanera de la Conferencia Política, un destacado dirigente ‘popular’: “Estamos como hundidos, desfondados... Hemos perdido la tensión...”. Es cierto. Y eso, ténganlo en cuenta señores de Génova 13, se traslada también a los periodistas que habitualmente cubren –cubrimos- la información del Partido Popular: esta semana ha sido como unas cortas vacaciones, aprovechando que el líder, Rajoy, andaba de bolos. Y eso, a cuatro meses de unas elecciones generales, no parece lo más sensato...

Lo más sensato sería tener todos los días un titular que llevarse a la boca, una acción que le permitiera al principal partido de la oposición mantener la iniciativa y la tensión que exige y que requiere que su electorado y su militancia estén con los nervios a flor de piel para no perder ni una décima de segundo en el camino que lleva hasta el próximo 9 de marzo a las ocho de la mañana, que es cuando se abren los colegios electorales. Insisto en lo que les decía al principio: por el bien de España es bueno que el PP gane las elecciones. Por salud democrática es necesario que Rodríguez pierda. Pero no basta, como ya dije una vez, con conformarse con ganar por puntos: hay que ir a por todas, intentar ganar por KO. Y no creo que esté haciendo eso el PP. Mas bien creo que hemos vuelto a caer en la estrategia complaciente del doctor Bacterio-Arriola, es decir, la de no hacer nada para no equivocarse. Ese perfil bajo que tanto daño le hizo a Rajoy en 2004.

Permítanme que les hable de la Conferencia Política del PP que se celebra este fin de semana. Se supone que su objetivo es establecer los principios, el fundamento ideológico sobre el que se va a asentar el programa electoral... Un fundamento ideológico supuestamente radicado en el liberalismo. Digo supuestamente, porque ya de entrada encuentro muy poco liberal la notable ausencia de personalidades de la sociedad civil que aporten color, conocimiento y convicciones al programa electoral. Todos los paneles sobre los que se ha organizado esta Conferencia Política están integrados por personas del partido... Que no digo yo con eso que sean peores, pero un partido que afirma que quiere abrirse a la sociedad, no puede encerrarse detrás de las paredes de Génova 13 cuando en contraposición a la jugada efectista de los expertos extranjeros del PSOE lo que debería haber presentado el PP a la sociedad española es un buen número de compatriotas, los mejores en cada área de actividad, dispuestos a aportar lo mejor de sus conocimientos al programa de un partido abierto y liberal que quiere que la sociedad afronte los grandes retos que depara el futuro con energía y firmes convicciones. Y lo peor de esto es que ya otras veces lo hicieron, y no creo que sea un problema de que no haya nadie dispuesto a colaborar, porque a mi me sobran nombres de notables que, estoy seguro, están deseando que se les llame.

Y eso no es todo. De las primeras intervenciones del viernes eché en falta un compromiso mucho mayor con esa idea liberal tan necesaria de menos Estado y más sociedad civil. Es más, tengo la sospecha de que algunos discursos, sobre todo en materia económica, se van a parecer más a una socialdemocracia edulcorada que a un verdadero y comprometido liberalismo... ¿Es verdad que se va a proponer un impuesto ecológico? ¿Es verdad que no se quiere actuar de manera decidida sobre los impuestos que gravan las ganancias de capital? ¿Es verdad que se van a favorecer medidas intervencionistas en materia, por ejemplo, de vivienda y que se van a seguir promoviendo políticas de subvención en lugar de medidas de fomento de la actividad?

Tengo la sensación de que se va a caer en una pretendida complacencia hacia algunas de las posiciones que la izquierda ha convertido en banderas de lucha contra el capitalismo, olvidando que el capitalismo bien entendido es el elemento benefactor del desarrollo económico de nuestras sociedades modernas. Y qué quieren que les diga de la tan necesaria regeneración democrática: el único que tuvo palabras dignas en este sentido fue Eduardo Zaplana, y al menos eso hay que agradecérselo al portavoz parlamentario del PP, pero no observo en los responsables del programa una decidida defensa de la independencia judicial, de la reforma constitucional, de un efectivo control al Gobierno, de un mayor respeto a las minorías, de la reforma de los organismos de regulación, etcétera, etcétera.

Desconozco el contenido del discurso de Mariano Rajoy este domingo en la clausura de la Conferencia Política. El líder del PP se ha mostrado durante todo este tiempo como un político serio, con principios, comprometido con la idea de España y con el modelo de una sociedad abierta de ciudadanos libres e iguales. Ese principio, tan profundamente liberal, tan enraizado en los valores que motivaron a los padres de la Constitución de 1812 y, después, a los que sobre la base del consenso y el respeto al pluralismo político, desarrollaron la Constitución de la Concordia, debería ser el que ilumine todo el contenido de esta Conferencia Política y, sobre todo, las palabras del líder del PP en su clausura. Estoy seguro, lo firmaría aquí mismo sin temor a equivocarme, de que si Mariano Rajoy gana las elecciones generales será un gran presidente del Gobierno. De lo que no estoy tan seguro es de que, no por él, sino por muchos de los que le acompañan, el PP esté dispuesto a darlo todo para que eso sea así. O, al menos, eso es lo que se transmite, aunque espero que el domingo Rajoy me convenza de lo contrario.

Ensayo general mediático del gran montaje contra el PP
Antonio Javier Vicente Gil Periodista Digital 17 Noviembre 2007

O como convertir a base de manipulaciones a un partido en fascista radical violento de extrema derecha.

Tarde del viernes día 16, en Antena 3 se emite un programa tipo basura rosa llamado A3 Bandas. Son las 18:35 horas. El presentador coloca un nuevo tema, este de tipo político y no acorde con la filosofía basurera habitual del programa, las previstas manifestaciones violentas del 20N en Madrid. La pantalla se divide en dos, a la izquierda el presentador y sus comentaristas de nómina, a la derecha unas imágenes de menos de un minuto de duración que se repiten una y otra vez, yo conté más de 10 repeticiones.

En las imágenes se ven a tipos con la cara tapada, unos con simples pasamontañas que hacen el papel de gentes de la extrema izquierda pero la mayoría con banderas españolas en actitudes vociferantes haciendo el saludo fascista, otras en reyertas callejeras, en otras se ve a los del SAMUR atendiendo a la persona asesinada en una estación de metro recientemente en Madrid por alguien que dicen de extrema derecha, y se ve la sede del PP en la calle Génova con su gran logotipo en la fachada desde dos ángulos y durante un tiempo de exposición significativo y vuelta a empezar la noria de imágenes.

A la desvergonzada manipulación con las imágenes se unen las palabras del presentador y sus comentaristas que lanzan el mensaje de que en Madrid la violencia política está llegando a extremos inauditos. Califican a unos de extrema izquierda, a otros sin embargo de extrema derecha radical violenta, no se menciona al PP en las informaciones ni una sola vez, pero la imagen de su sede con su gran logotipo no cesa de aparecer una y otra vez.

Se pasa a las entrevistas en la calle a la gente, un policía habla de la gran violencia que se avecina, otro ciudadano habla del miedo atroz que siente, otro de que la cosa está tan mal que lo mejor será no salir de casa, y la imagen del logotipo del PP en su sede de la calle Génova en la media pantalla de al lado.

El resumen del mensaje queda así:
1.- El PP está metido de hoz y coz en todo lo que pasa con la extrema derecha fascista violenta radical.

2.- A los chicos de izquierdas los etiquetan unas veces de extrema izquierda y otras de antifascistas, sin más apellidos de radicales, ni violentos, ni rojos.

3.- El PP está presente y algo tiene que ver con la muerte del antifascista que apuñalaron en el metro, ya que las imágenes así lo asocian al poner el logo del PP a continuación de las imágenes de los sanitarios atendiendo al fallecido y las violencias callejeras aunque no lo mencionen.

4.- En principio la violencia la provocan los de la extrema derecha fascista violenta radical, fíjense que los otros son solo extrema izquierda a secas o simplemente antifascistas, pues bien estos últimos, poco menos que salen a la calle a responder y contener a los violentos fascistas.

5.- La bandera española se asocia en todo momento con la violencia radical de extrema derecha ya que siempre en las imágenes los violentos salen luciendo, ondeando o portando la bandera nacional que queda así como símbolo de los violentos, luego todo el que luzca, ondee o porte la bandera nacional por las calles se asimila a esos energúmenos que nos muestran las imágenes.

Las técnicas soy muy burdas, tipo doberman, pero efectivas, se les ve el plumero pero solo si el que mira lo quiere ver y no son muchos los que quieren ver plumeros aunque se los planten delante de sus narices, el tufo a gran montaje apesta de lejos, pero no se huele normalmente porque la gente no quiere oler. La gran representación mediática da la sensación y tengo la convicción de que está manejada por una sola mano que controla ambos bandos y se encarga de la coreografía violenta.

La técnica de El Tomate hace que sea palmaria la intención de manipulación, es la técnica de repetir un minuto de imágenes muchas veces seguidas con lo que la cosa de lo subliminal se hace innecesaria y van a degüello.

Y el PP evidentemente es para más gentes cada vez un partido de extrema derecha en una deriva clara hacia el fascismo violento porque así se ve en la tele cuando salen las noticias.

Lo del asesinato del antifascista, por parte de alguien del otro extremo es solo un ensayo para el momento de la actuación estelar de nuestro gran Marinus van der Lubbe, el tipo marioneta comunista que usó la policía de Goering para achacarle el incendio del Reichstag en 1933 y estigmatizar a toda la izquierda alemana pasando después a masacrarla y meterla en campos de concentración. El montaje aún deja huella, pues si miran por ejemplo en Wikipedia aun dicen que el tal incendio lo hizo el tal Marinus, cuando hace mucho quedó demostrado que fue cosa de la policía y el hombre solo un cabeza de turco que pusieron en un pasillo desnudo y borracho.

¿Saben porqué jamás ha intentado derogar Zapatero la Ley de Partidos tal y como le exigía ETA Batasuna como señal de buena voluntad en sus negociaciones cuando ha derogado todas las leyes que le ha venido en gana?, la respuesta es simple, porque es una Ley que le viene que ni pintada para ilegalizar a cualquier partido de extrema derecha fascista radical y violento que surja y quieran quitarse de en medio. De momento ya le han asignado al PP los dos primeros atributos necesarios para su ilegalización, todos los socialistas de pro, empezando por el mismo Zapatero califican cuando toca hacerlo al PP de partido de extrema derecha, ahora se está en las fases iniciales de asignación de los dos siguientes atributos, el de fascista radical y la traca final será ya cuando le cuelguen el sambenito de violento. Ese día será el posterior a la actuación de nuestro Marinus van der Lubbe nacional.

En ese momento será carne de ilegalización pues no se puede consentir en democracia la actividad de un partido de extrema derecha fascista radical y violento.

Terrible lo que está pasando, horrible lo que nos espera, y el PP viéndolas venir silbando para otra parte. Y esto no ha hecho más que casi empezar, imaginen todas las teles de la nación con el mismo mensaje y montaje.

En defensa propia
"La Educación para la Ciudadanía no debería centrarse en fomentar conductas, sino en explicar principios."
FERNANDO SAVATER. Catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.EL PAÍS 13 Agosto 2006
www.upyd.es 17 Noviembre 2007

Aunque el trazo grueso y la exageración truculenta son el pan nuestro de cada día en los comentarios políticos de los medios de comunicación españoles, las descalificaciones que ha recibido la proyectada asignatura de Educación para la Ciudadanía superan ampliamente el nivel de estridencia habitual. Los más amables la comparan con la Formación del Espíritu Nacional franquista y otros la proclaman una "asignatura para el adoctrinamiento", mientras que los feroces sin complejos hablan de "educación para la esclavitud", "catecismo tercermundista" y lindezas del mismo calibre. Muchos convienen en que si entra en vigor esta materia, el totalitarismo está a la vuelta de la esquina: como una imagen vale más que mil palabras -en especial, para los analfabetos, claro-, el suplemento piadoso Alfa y Omega del diario Abc ilustraba su denuncia de la Educación para la Ciudadanía con una fotografía de un guardia rojo enarbolando el librito también bermejo del camarada Mao. En fin, para qué seguir.

Con tales planteamientos, no puede extrañar que algunos clérigos y otros entusiastas recomienden nada menos que la "objeción de conciencia" docente contra semejante formación tiránica (desde que no hay leones en la arena, los voluntarios para el martirio se van multiplicando). Quienes abogamos desde hace años profesionalmente -es decir, con cierto conocimiento del tema- por la inclusión en el bachillerato de esta asignatura que figura en los programas de relevantes países democráticos europeos podríamos sentirnos ofendidos por esta retahíla de dicterios que nos pone quieras que no al nivel abyecto de los sicarios propagandistas de Ceaucescu y compañía. Pero lo cochambroso y raído de la argumentación empleada en estas censuras tremendistas demuestra que su objetivo no es el debate teórico, sino el más modesto de fastidiar al Gobierno y halagar a los curas integristas, por lo que haríamos mal tomándolas demasiado a pecho.

La objeción más inteligible contra esta materia viene a ser que el Estado no debe pretender educar a los neófitos en cuestiones morales porque ésta es una atribución exclusiva de las familias. Como ha dicho monseñor Rouco, la asignatura culpable no formaría a los estudiantes, sino que les transmitiría "una forma de ver la vida", que abarcaría "no sólo el ámbito social, sino también el personal". Francamente, no me resulta fácil imaginar una formación educativa que no incluya una forma de ver la vida, ni una educación de personas que omita mencionar la relación entre la conciencia de cada cual y las normas sociales que comparte con su comunidad. Pero de lo que estoy convencido es de que la enseñanza institucional tiene no sólo el derecho sino la clarísima obligación de instruir en valores morales compartidos, no para acogotar el pluralismo moral, sino precisamente para permitir que éste exista en un marco de convivencia. Los testigos de Jehová tienen derecho a explicar a sus hijos que las transfusiones de sangre son pecado; la escuela pública debe enseñar que son una práctica médica para salvar vidas y que muchas personas escrupulosamente éticas no se sienten mancilladas por someterse a ellas. Los padres de cierta ortodoxia pueden enseñar a sus hijos que la homosexualidad es una perversión y que no hay otra familia que la heterosexual; la escuela debe informar alternativamente de que tal "perversión" es perfectamente legal y una opción moral asumible por muchos, con la que deben acostumbrarse a convivir sin hostilidad incluso quienes peor la aceptan.

Los alumnos deben saber que una cosa son los pecados y otra los delitos: los primeros dependen de la conciencia de cada cual; los segundos, de las leyes que compartimos. Y sólo los fanáticos creen que no considerar delito lo que ellos tienen por pecado es corromper moralmente a la juventud. Por otro lado, es rotundamente falso que la moral sea un asunto estrictamente familiar: no puede serlo, porque nadie vive solamente dentro de su familia, sino en la amplia interacción social, y no serán sólo sus parientes quienes tengan que soportar su comportamiento. Hace tiempo escribí que las democracias deben educar en defensa propia, para evitar convertirse en semillero de intransigencias contrapuestas y de ghettos incomunicados de dogmas tribales. Nada veo hoy en España ni en Europa que me incline a cambiar de opinión.

Resulta verdaderamente chocante que la oposición considere la Educación para la Ciudadanía un instrumento doctrinal que sólo puede beneficiar al Gobierno. Deberían ser los más interesados en preparar futuros votantes bien formados e informados que no cedan a seducciones demagógicas. En un artículo que analiza muy críticamente la situación política actual en nuestro país ("Cómo se estropean las cosas", Abc, 18/7/06), Álvaro Delgado-Gal se pregunta: "¿Estamos los españoles educados democráticamente? La pregunta es pertinente, ya que la buena educación democrática no se adquiere así como así, ni florece, como las malvas, en terrenos poco trabajados". No parece por tanto que tronar contra la asignatura que pretende remediar estas carencias sea demasiado lógico.

Al menos los críticos deberían distinguir entre la necesidad de este estudio, que es evidente, y la orientación temática que finalmente reciba, sobre la que puede haber mayores recelos y objeciones. En cualquier caso, la menos válida de éstas es sostener que cada familia tiene el monopolio de la formación en valores de sus vástagos... mientras se expresa preocupación por la posible apertura de escuelas de orientación islámica en nuestro país. O nos preocupa el silencio de Dios o nos alarma el guirigay de los dioses, pero todo a la vez, no. Los mismos que reclaman homogeneidad entre los planes de estudio de las diferentes autonomías no pueden negar al ministerio su derecho a proponer un común denominador ético y político en que se base nuestra convivencia. También por coherencia, quienes exigen a Ibarretxe que sea lehendakari de todos los vascos y no sólo de los nacionalistas no deberían censurar que Gallardón se comporte como alcalde de todos los madrileños y no sólo de los heterosexuales. Por lo tanto, produce cierta irritada melancolía que el líder de la oposición, tras una conferencia en unos cursos de verano dirigidos por el cardenal Cañizares, afirmase (según la prensa) que "la laicidad y la Educación para la Ciudadanía llevan al totalitarismo". Vaya, hombre: y seguro que la electricidad y el bidé son causantes de la decadencia de Occidente.

Sin duda, hay muchos malentendidos en torno a la asignatura polémica que deberán ser cuidadosamente discutidos. Como vivimos en una época enemiga de las teorías, cuyo santo patrono es Campoamor ("nada es verdad ni mentira, todo es según el color..., etc."), es de temer que predomine ante todo el afán práctico de lograr comportamientos recomendables. Pero a mi juicio, la Educación para la Ciudadanía no debería centrarse en fomentar conductas, sino en explicar principios.

Para empezar, en qué consiste la ciudadanía misma. Podríamos preguntárselo a los inmigrantes, por ejemplo, pues lo que vienen a buscar en nuestros países -sean más o menos conscientes de ello- no es simplemente trabajo ni aún menos caridad o amparo, sino precisamente ciudadanía; es decir, garantía de derechos no ligados a la etnia ni al territorio sobre los que poder edificar su vida como actores sociales. Los neófitos oyen hablar a todas horas de las carencias de nuestro sistema, pero no de sus razones ni de la razón de sus límites. La ciudadanía exige constituir un "nosotros" efectivo que no sea "no a otros", por utilizar el término propuesto antaño por Rubert de Ventós. Ser ciudadano es estar ligado con personas e instituciones que pueden desagradarnos: obliga a luchar por desconocidos, a sacrificar nuestros intereses inmediatos por otros de gente extraña pero que pertenece a nuestra comunidad, y a asumir como propias leyes que no nos gustan (por eso es imprescindible intervenir en política, ya que luego el "no en mi nombre" es un subterfugio retórico y equívoco). Vivir en democracia es aprender a pensar en común, hasta para disentir: algo que con la moda actual de idolatrar la diferencia no resulta precisamente fácil ni obvio.

No soy de los que dan por hecho el despedazamiento de España a corto plazo, pero la verdad es que también veo apagarse más luces de las que se encienden. Con una izquierda cautiva de los nacionalistas y una derecha cautivada por los obispos, la imbecilización política del país es más que probable. Afortunadamente, gran parte de la ciudadanía no se siente obligada al cien por cien a alinearse con unos o con otros. Hay votantes del PSOE que consideran injustificable la mesa de partidos que nadie se molesta en justificar y votantes del PP que prefieren el teléfono móvil a las palomas mensajeras, a pesar del comprobado parentesco de éstas con el Espíritu Santo. A los hijos de todos estos relapsos les vendrá muy bien aprender Educación para la Ciudadanía, aunque no sea la panacea mágica de nuestros males. Para tantos otros, ay, llega la asignatura demasiado tarde.

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