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Recortes de Prensa    Martes 1 Abril 2008

Serio, honesto, aburrido
POR JOSÉ MARÍA CARRASCAL ABC 1 Abril 2008

Tenemos la mala costumbre los periodistas españoles de liarnos a golpes con los políticos que no hacen lo que nosotros creemos conveniente. Una víctima ha sido Rajoy, a quien se le ha criticado tanto su pasividad actual como su hiperactividad anterior, cosa hasta cierto punto lógica, pues dar leña al mono entra en la factura del perdedor. Sospecho que ocurrirá lo mismo con el equipo «ya suyo» que ha elegido para esta segunda travesía del desierto, en el que trata de unir experiencia, García Escudero, con juventud, Soraya Sáenz de Santamaría, la mayor novedad. Pero la clave de todo está, como siempre, en la personalidad del jefe. Rajoy es un tipo serio, trabajador, honesto, un poco aburrido, que aborda las cuestiones con paciencia no exenta del humor de su tierra. Pero esos tipos tranquilos, cuando les engañan, y él lo ha sido unas cuantas veces, o ante las iniquidades, explotan, mostrando sin rodeos su indignación. Mientras el inmoral suele ser suave, pulido; a fin de cuentas, mentiras e iniquidades forman parte de su modo de ser y actuar.

Ha sido la gran desventaja de Rajoy durante la pasada legislatura. Explotó ante las mentiras y desafueros del Gobierno -las concesiones a los nacionalistas, las negociaciones con ETA más allá de los límites establecidos por el Congreso, las humillaciones ante De Juana y Otegui- mientras la calma de Zapatero daba la impresión de que todo eso era normal. Y la gente, que no quiere problemas, bastante tiene con los suyos, se lo recompensó dándole como ganador de cada debate y de las elecciones.

Lo malo es cuando todos esos problemas -nuevos estatutos, terrorismo, economía, agua, justicia- se presentan juntos e inaplazables. Hay que resolverlos porque en otro caso la justicia deja de funcionar -en cierto modo, ya ha dejado-, Cataluña se muere de sed, los terroristas siguen asesinando y los nacionalistas piden más competencias. Zapatero lo ha visto, como ha visto que con sus socios anteriores no puede solucionarlos. Al revés, sus viejos socios sólo agrandan los problemas.

Necesita el apoyo del PP. Y ahí es donde surge Rajoy. ¿Qué va a hacer? Tanto el nombramiento de sus asesores como su anuncio -demasiado largo, este hombre tiene que darnos siempre una conferencia- indican que seguirá defendiendo lo que ha defendido hasta ahora: los intereses generales de España y de los españoles, frente a quienes buscan sólo sus intereses particulares. Si se recaba su ayuda para ello, la prestará desinteresadamente. Pero si se le pide que traicione esos principios, se negará con igual rotundidad. Puede que haya aprendido la lección y ya no alce tanto la voz. Tampoco va a hacerle falta, pues la realidad hablará por él. Bastará la escueta exposición de unos hechos que están dejando a España enfrentada, sus juzgados paralizados, sus comarcas secas o inundadas, los españoles, a dos velas y Zapatero en La Moncloa, que puede ser lo más preocupante de todo.

¿Qué quiere hacer Rajoy?
Luis del Pino Libertad Digital 1 Abril 2008

Rajoy es un buen tipo. Personalmente, me parece que es un hombre honesto y capaz, y que hubiera sido un excelente presidente de gobierno en caso de haber ganado las elecciones en 2004. O ahora, en 2008. Creo también que es uno de los mejores oradores parlamentarios que hemos tenido en estos treinta años de democracia. Pero lo que no parece ser Rajoy es alguien capaz de ganar las elecciones.

Se había creado una gran expectación en torno a su comparecencia de hoy ante la Junta Directiva Nacional del PP, en la que se esperaba que desvelara las claves de lo que va a ser la futura actuación del partido, una vez analizados los resultados electorales. Pero esa comparecencia ha resultado ser, al final, el parto de los montes.

Desde que se celebraron las elecciones, vengo diciendo lo mismo en todos los foros en los que intervengo: me importa relativamente poco si Rajoy sigue o no, igual que me importa relativamente poco quién forme el equipo que ayude a Rajoy a timonear el partido en esta próxima etapa. Lo que me interesa, lo que yo esperaba oír, es otra cosa.

Yo esperaba oír un análisis de por qué se han perdido las elecciones: un análisis de los errores que se han cometido durante el ejercicio de la labor de oposición, junto con una enumeración de las lecciones aprendidas. Y esperaba también oír cuáles eran las propuestas de acción que el PP había decidido poner en marcha para ganar las siguientes elecciones. Y, en lugar de eso, lo que hemos oído en la intervención de Rajoy es una colección de generalidades y una enumeración de propuestas políticas que ya conocemos todos, porque para algo están incluidas en el programa con el que el PP ha concurrido a las últimas elecciones.

Para contarnos que el PP piensa defender las propuestas incluidas en su programa electoral, el señor Rajoy podía haberse ahorrado la intervención, junto con todo el suspense que la ha rodeado. Lo que correspondía era otra cosa: Rajoy debía haber explicado qué cosas se han hecho mal desde el punto de vista de la acción política, cómo piensa el PP derrotar a Zapatero y conquistar el poder y cómo piensa el PP parar los envites a los que vamos a tener que hacer frente en los próximos meses.

A lo largo de cuatro años, somos muchos los que hemos estado poniendo voluntariamente sordina a nuestras críticas en lo que a la labor de oposición se refiere. Y hemos estado atemperando las críticas al modo de ejercer la oposición precisamente para no dañar las expectativas electorales del único partido que considerábamos capaz de enmendar los peligrosos desaguisados que el Gobierno de Zapatero ha cometido.

Porque no estamos hablando de una legislatura cualquiera, sino de una legislatura en la que el Gobierno del PSOE ha dinamitado la Constitución, convirtiéndola en letra muerta por obra y gracia de una serie de estatutos de autonomía que la desbordan y contradicen, consagrando la desigualdad entre los españoles y la conculcación de derechos fundamentales en buena parte del territorio español.

Estamos hablando de una legislatura en la que el Gobierno ha terminado de destruir la poca independencia que le restaba al Tribunal Constitucional, que se ha convertido en una casa de Tócame Roque en la que las palabras Justicia y Constitución han dejado de tener el más mínimo significado.

Estamos hablando de una legislatura en la que se ha impuesto una política netamente antiliberal, con episodios de intervencionismo tan clamorosos como el de Endesa, que han situado a España al nivel de las repúblicas bananeras en términos de credibilidad económica internacional.

Estamos hablando de una legislatura en la que se ha impuesto una política virulentamente anticatólica, y en la que el Gobierno no ha perdido ocasión de atacar a la institución familiar, de criticar a la Iglesia, de ridiculizar las creencias de buena parte de la población española o de intentar imponer su propia moral laica por la vía del adoctrinamiento, gracias a la asignatura de Educación para la Ciudadanía.

Estamos hablando de una legislatura en la que se ha impuesto una política profundamente antinacional, habiéndose llegado al punto de que el Gobierno de la Nación no ha dudado en humillar a las víctimas del terrorismo al mismo tiempo que negociaba el futuro político de nuestro país con la misma banda terrorista que viene asesinando, secuestrando, extorsionando y amenazando a los españoles para tratar de imponer su proyecto de desmembración de España.

Estamos hablando de una legislatura en la que se han firmado pactos para tender "cordones sanitarios" en torno al Partido Popular, en la que se ha detenido ilegalmente a militantes del Partido Popular, en la que la televisión pública ha incluido imágenes subliminales del presidente del Partido Popular en un reportaje sobre torturas a los presos de Abu Ghraib...

Estamos hablando de una legislatura, señor Rajoy, en la que el sistema político surgido de la Constitución de 1978 ha saltado hecho pedazos, junto con todos los mecanismos de control que constituían un freno para el ejercicio del poder gubernamental.

¿Qué más hubiera debido hacer el señor Zapatero para que usted hubiera ganado las elecciones, señor Rajoy?

Si, después de lo que ha llovido, el PP ha sido incapaz de obtener una mayoría, algo se habrá hecho mal, ¿no le parece?. Y será necesario enunciar explícitamente qué es lo que no se ha hecho bien y exponer cuáles son los errores que ya no se van a volver a cometer.

Porque se han cometido muchos errores, señor Rajoy. El Partido Popular debía haber llevado a cabo una oposición mucho más contundente. Y podía haberlo hecho.

Usted no hubiera debido aceptar nunca entrar en la dinámica de reformas estatutarias promoviendo un nuevo estatuto para la Comunidad Valenciana, porque con eso sólo se consiguió legitimar el proceso de demolición de la Constitución encarnado en el nuevo Estatuto de Cataluña.

Usted no hubiera debido desperdiciar la posibilidad de presentar una moción de censura, que le hubiera dado la posibilidad de trasladar su mensaje a los españoles a mitad de legislatura. Especialmente cuando se ha estado usted quejando, con razón, de que las grandes cadenas de televisión ninguneaban el mensaje del PP. Teniendo la posibilidad de aprovechar una moción de censura para conseguir los minutos de televisión que por otro lado le niegan, ¿por qué la ha desperdiciado?

Usted no hubiera debido aceptar nunca que el Gobierno intentara poner obstáculos a las investigaciones sobre la masacre del 11-M, porque la dinámica de superación constitucional que estamos viviendo tiene su origen, precisamente, en aquella masacre. Sin ella, nada de lo que vemos hoy sería posible.

Usted no hubiera debido desperdiciar ninguna oportunidad de sacar a sus bases a la calle, porque esas bases no estaban esperando otra cosa que el que usted las convocara. En Madrid, lugar donde se han celebrado casi todas las grandes manifestaciones contra la política del gobierno Zapatero, la distancia entre el PP y el PSOE era de 0,9 puntos en 2004; ahora es de 9,9 puntos. No parece, por tanto, que las manifestaciones sean contraproducentes. ¿Por qué desperdició usted la oportunidad de sacar a la gente a la calle en Valencia o en Murcia cuando el gobierno derogó el PHN? ¿Por qué no nos convocó a los españoles a ningún tipo de protesta ante la flagrante violación de los derechos de dos militantes de su propio partido? ¿Por qué no se ha dejado usted ver cuando las víctimas del 11-M han salido a manifestarse para pedir que alguien les explique quién mató a sus seres queridos? ¿Por qué no se ha puesto en marcha en Cataluña una auténtica campaña de desobediencia civil ante la continua conculcación de los derechos más elementales?

Usted no hubiera debido consentir, señor Rajoy, que el PP adoptara un perfil bajo. Hubiera debido, por ejemplo, sustituir a Piqué mucho antes. Y poner coto a los excesos verbales de un alcalde de Madrid perpetuamente empeñado en poner palos en la rueda de su propio partido. Y poner en marcha en Galicia un proyecto bien planificado de resistencia al nacionalismo. Y poner a gente en su partido a trabajar para coordinar estrategias con las organizaciones cívicas y sindicatos afines.

Ya sé que nada de eso es fácil, señor Rajoy, pero ganar las elecciones no era su derecho, sino su obligación. Porque somos muchos los que en 2004 le votamos y los que pusimos en usted, después de la victoria de Zapatero, las esperanzas de que fuera capaz de detener una deriva que intuíamos peligrosa y hoy sabemos peligrosísima. Y somos muchos los que hemos vuelto a votarle en 2008, confiando en que su victoria permitiría detener el camino hacia el abismo que nuestro país ha tomado.

No ha podido ser, señor Rajoy. Al final, y a pesar de todos nuestros deseos, no es usted el que ha ganado. Pero lo que al menos esperábamos es que nos contara usted hoy, en la reunión de la Junta Directiva Nacional de su partido, por qué cree que ha perdido y qué piensa hacer para ganar las elecciones siguientes. Y no lo ha hecho. Lo único que hemos podido intuir de su intervención ante la Junta es que vamos a asistir a cuatro años de prolongación de la misma estrategia seguida en la legislatura anterior, es decir, ninguna.

Ni sus votantes, señor Rajoy, ni España como país, pueden permitirse cuatro años más de inacción, cuatro años viendo sin hacer nada cómo un gobierno dirigido por un iluminado destroza poco a poco lo poco que queda ya de la Nación y de la Constitución.

Ya sabemos, señor Rajoy, que usted tiene perfectamente claros los principios ideológicos que su partido debe defender. Y tiene también claras cuáles son las ideas que defienden y valoran sus votantes. Pero ¿tiene usted claro qué es lo que hay que hacer para ganar las siguientes elecciones? ¿Tiene usted clara la estrategia de conquista democrática del poder que piensa seguir?

Porque si no tiene usted perfectamente clara esa estrategia, y si esa estrategia no difiere sustancialmente de lo que ha sido la deficiente acción política del PP en la pasada legislatura, entonces tenemos un problema. Lo tenemos sus votantes, lo tienen sus militantes y lo tiene, en especial, esa Nación de hombres libres e iguales llamada España que hoy se enfrenta a uno de los más complicados desafíos de su Historia.

¿Está usted seguro, señor Rajoy, de tener las ganas suficientes de aprovechar esas inmensas ganas que tienen sus votantes de hacer algo para evitar el desastre?

Si es así, cuéntenos lo antes posible cuáles son sus planes, señor Rajoy, porque la situación comienza a ser tremendamente preocupante.

No complejos, sino convicciones, o lo que sean
Pío Moa Libertad Digital 1 Abril 2008

No creo que Rajoy y los suyos tengan complejos, en modo alguno. Así como Zapo, cuando colabora con el terrorismo, lo hace por convicciones fundamentales y no por ingenuidad o por táctica, también Rajoy y los suyos han colaborado y seguirán colaborando con Zapo (ha sido la mejor oposición que este hubiera podido soñar) porque sus objetivos difieren mucho de los que se empeña en suponerles una gran masa de sus votantes. Su objetivo es la nena angloparlante y con el bolsillo lleno, porque la economía lo es todo, y eso le convierte prácticamente en un PSOE bis. Su discurso no ha sido el de un hombre de estado, ni siquiera el de un político de nivel medio, sino el de un farragoso burócrata charlatán (algunos de sus párrafos harían feliz a Perogrullo), ansioso de poltronas y ciego a los verdaderos problemas y desafíos del país. Obsérvese una de sus frases clave: "impedir que los socialistas vuelvan a ser el refugio de los recelos que todavía provoca hoy nuestro partido para algunos ciudadanos y en algunos territorios". Traducido del politiqués al idioma normal: rebajar todavía más el perfil.

En fin, Rajoy ha vuelto a dar su talla política de “perfil bajo”, bajísimo. Por supuesto, eso no excluye una representatividad real, porque hay un votante de derecha que piensa como él, pero esa representatividad está muy inflada con otro tipo de votante a quien repele esa bajeza, pero que le ha apoyado por aquello del voto supuestamente útil. Está empezando a pasar en el conjunto de España lo que en Cataluña: una gran masa de población carece de representación real, un déficit, uno más, de nuestra democracia en proceso involutivo. Las movilizaciones de los años pasados prueban que existen millones de españoles bastante consciente de lo que nos jugamos, pero faltos de organización y de liderazgo. Y dentro del partido, políticos como Mayor Oreja o Vidal Quadras, la misma Esperanza Aguirre, quedan marginados y reducidos a la impotencia, y aceptan su relegación por el bien de la disciplina y unidad del partido, un valor máximo, a su entender, superior a los valores que ellos han representado en algunos momentos. El PP se convierte así en un partido a la búlgara, por su estilo interno y por su “materialismo político”.

Me parece imprescindible un movimiento de regeneración democrática tomando como punto de partida el impulso con que llegó Aznar al poder, el impulso que defendió Mayor Oreja y traicionó en gran medida el propio Aznar. Se trataría de recuperar una actitud resuelta y entusiasta por España y la democracia, que empiece por dos medidas básicas: un debate de ideas y su extensión a la población. Un elemento paralizante en esta labor ha sido la extendida creencia en que solo el PP podría realizarla. O mucho me equivoco o la orientación de Rajoy está definitivamente tomada, y las esperanzas de un cambio se han esfumado.

Sobre la "oposición más fuerte desde 1977"
EDITORIAL Libertad Digital 1 Abril 2008

Aunque ni Sáenz de Santamaría ni García Escudero son precisamente "nuevos" en la arena política, tiempo habrá de valorar el acierto de Rajoy a la hora de elegirlos como nuevos portavoces del PP en el Congreso y en el Senado. No habrá que esperar mucho, en cualquier caso, y, desde luego, lo que sí cabe preguntarse ya es si para unos nombramientos tan previsibles como estos –García Escudero repite como portavoz en el Senado, mientras Sáenz de Santamaría era el nombre más barajado para sustituir a Zaplana en el Congreso– justifican las más de dos semanas de clamoroso mutismo por parte del líder del PP, que ha neutralizado, a su vez, a su partido en unas labores de oposición que no se pueden permitir el menor receso.

Ni siquiera los rasgos claros y positivos del gris discurso de Rajoy justifican semejante periodo de "reflexión" que, ciertamente, casa mal con ese "cien por cien de ilusión, de ganas y de empuje" del que el líder popular nos ha hablado en su esperada reaparición.

En cualquier caso, es tranquilizador, tras recientes ambigüedades, que el líder del PP haya advertido que "Zapatero ya no es nuevo" y que "en esta legislatura ya no valen ni los juegos florales ni las palabrearías". Asimismo cabe destacar la afirmación de Rajoy de que "no hay más pluralidad que la que establecen los españoles" y su consiguiente negativa a ceder a los nacionalistas ninguno de los puestos que le corresponden al PP en las mesas del Congreso y del Senado.

Bien está también que Rajoy destaque algo que el trasvase del voto nacionalista al PSOE ha dejado en un segundo plano, como es el hecho de que el PP ha crecido a costa del electorado socialista. De lo que ya no estamos tan seguros es de que de ese hecho Rajoy haya extraído las conclusiones correctas cuando afirma que "debemos evitar que el PSOE vuelva a ser el refugio de los recelos que provoca el PP en algunos territorios".

¿Y cómo pretende el líder del PP evitarlo, haciendo también guiños al electorado nacionalista? Por el contrario, lo que debe conseguir Rajoy es convertir al PP en el refugio de los recelos que ha provocado –y puede provocar en mayor medida en el futuro– la deriva nacionalista de Zapatero en el electorado socialista. Como el propio Rajoy ha afirmado, "no se ganan adhesiones por la vía de la sustitución, sino por la vía de la afiliación".

Precisamente para seguir creciendo a costa del PSOE, y seguir siendo fiel a los principios, lo que debería hacer el PP es profundizar su perfil de alternancia al nacionalismo, y no pretender tener a mano unas naves nacionalistas que sólo debilitarían y neutralizarían su denuncia y su lucha contra la deriva del PSOE. En este sentido, no es realista la distinción de Rajoy entre nacionalismos. Todos ellos –incluidos los de CiU, y no digamos ya nada los del PNV– siempre preferirán los guiños de Zapatero que los de Rajoy.

Los votantes que ha ganado y que ha perdido el PSOE no se miden ni explican en términos de derecha e izquierda, sino en términos de voto nacionalista y antinacionalista, respectivamente. Aunque los votantes nacionalistas del PSOE hayan sido decisivos en su victoria, no dejan de ser una minoría dentro del electorado socialista. Es esa parte mayoritaria del PSOE la que se tiene que atraer el PP.

Por otra parte, no se explica muy bien que el PP haya decidido celebrar su congreso en una plaza ganada como Valencia, y no hacerlo, precisamente, en cualquiera de esas "zonas de España en las que es necesario reforzar el partido" de las que, sin citarlas, nos ha hablado Rajoy.

En cualquier caso, los votantes del PP ya han hecho su trabajo para conseguir la "oposición más fuerte que haya existido en las Cortes Españolas desde 1977". Veremos si Rajoy, Sáenz de Santamaría, García Escudero y los demás representantes del PP hacen de esa realidad algo más que una cuestión numérica.

Yo hablo en principal
JOSEBA ARREGI El Correo 1 Abril 2008

Es curiosa la capacidad que poseen los políticos de declarar que algo padece estado de debilidad, y a pesar de todo, someter a ese algo a procedimientos capaces de acabar con lo más fuerte y estable que se pueda pensar. Comenzó ya el Estatuto de Gernika, tratando de colocar al euskera en condiciones de ventaja, denominándola lengua propia de Euskadi, de la sociedad vasca. Sin darse cuenta de que lo que estaba haciendo era someter a la lengua minoritaria a la presión de cargar con la pretensión de ser la más importante.

Casi toda la historia de la politica lingüística de estos treinta años ha seguido la misma senda: tratando de mejorar la condición social de la lengua minoritaria, del euskera, someter a ésta a procedimientos que habrían sido capaces de matar a un elefante. Todo era poco para el euskera: ayudas y promoción en la enseñanza, puesta a su disposición de los medios de comunicación públicos, ingentes cantidades de dinero, protección y promoción jurídica, discurso público oficial inatacable si no se quería agenciar la condena de todo el mundo por estar en contra del euskera.

Remedando el eslogan del despotismo ilustrado, se podría afirmar que se ha hecho todo por el euskera, pero sin el euskera. Porque no existe lengua viva sin corpus de hablantes. Pero la mayoría de las políticas se han hecho sin contar con los hablantes reales. Han sido políticas para producir hablantes de retorta, no para impulsar la lengua a partir de los hablantes reales existentes.

Lo que debió ser alfabetización pasó a ser euskaldunización. Lo que tenía que haber sido estandarización de la lengua escrita pasó a ser imposición de una modelo estándar sin entonación ni calidad. Los recién ascendidos a euskaldunberris, nuevos euskaldunes, fueron los encargados, muchas veces, de la producción escolar de nuevos hablantes del euskera.

Lejos quedaban los consejos del primer Consejo Asesor del Euskera (1982): Ante una situación como la descrita el Gobierno vasco no cree que las cosas se puedan cambiar de la noche a la mañana; no cree que la mejora de la situación sea cuestión de mera voluntad; no cree que las soluciones estén tan claras como a veces parece, y por ello no cree que la cuestión radica en poner dinero y los medios necesarios; en opinión del Gobierno vasco existen condiciones que escapan de sus manos y de las de cualquier otra institución, y que determinan el futuro del euskera, tanto para lo bueno como para lo malo; en opinión del Goierno vasco no será el activismo sólo el que salve al euskera; junto a las acciones necesarias serán imprescindibles las reflexiones y los análisis para tener claros la dirección y el porqué de las mismas.

Pero ahora resulta que toda la reflexión llevada a cabo se ciñe a unas estadísticas acerca del rendimiento de los distintos modelos lingüísticos en la enseñanza para alcanzar una competencia adecuada en euskera. Ni el modelo D se salva. Mucho menos, el modelo B. Pero, sobre todo, es el modelo A el que queda condenado, que es de lo que se trataba. Y ahí acaba toda la reflexión. Una reflexión que tiene como consecuencia el invento de una nueva lengua: la lengua principal. Debe ser el euskera. Por nombres que no quede.

Parece que el meollo de la nueva política lingüística radica en la necesidad de que el sistema escolar produzca vascoparlantes con suficiente nivel de competencia. Un nivel de competencia medido en comparaciones con estándares de otras lenguas, por supuesto. Y todo ello adobado con el argumento de que lo exige la Ley de Normalización del Uso del Euskera de 1982. Una lengua en la que se concentra el consenso que debe rodear todo lo relacionado con el euskera. Y con el argumento del consenso conseguido por dicha ley se acaba toda la discusión para el discurso oficial. Porque se supone que dicho consenso implica un consenso en torno a lo que lingüísticamente debe ser la sociedad vasca: una sociedad de bilingüismo perfecto, una sociedad en la que todos y cada uno de los ciudadanos son capaces de manejarse en igualdad de condiciones y en condiciones perfectas en ambas lenguas.

Pero eso no aparece por ninguna de la partes en la Ley del 82. En dicha Ley se dice que todos los ciudadanos vascos tienen derecho a recibir la enseñanza en ambas lenguas oficiales (art. 5º, b). En el art. 15 se dice: Se reconoce a todo alumno el derecho de recibir la enseñanza tanto en euskera como en castellano en los diversos niveles educativos. A tal efecto, el Parlamento y el Gobierno adoptarán las medidas oportunas tendentes a la generalizaciòn progresiva del bilingüismo en el sistema educativo de la Comunidad Autónoma del País Vasco. Y en el art. 17 se puede leer: El Gobierno adoptará aquellas medidas encaminadas a garantizar al alumnado la posibilidad real, en igualdad de condiciones, de poseer un conocimiento práctico suficiente de ambas lenguas oficiales al finalizar los estudios de enseñanza obligatoria...

Nadie dudará que la referencia a un conocimiento práctico suficiente puede ser interpretada de formas distintas y puede tener contenidos distintos. Por eso el primer Consejo Asesor del Euskera llega a decir: Si el concepto de bilingüsimo que se utiliza en el País Vasco de forma principal es el citado aquí en primer término, es decir, el del bilingüismo completo, es preciso decir que ni en Europa ni en el resto del mundo existe una sociedad así (...). Por todo ello se puede decir y se debe decir también lo siguiente: una meta más racional que llegar al blingüismo completo radica en reducir poco a poco la diglosia. Para ello será necesario analizar en qué ámbitos y temas es importante superar en primer lugar la diglosia.

La propuesta de declarar en todo el proceso educativo preuniversitario al euskera como lengua principal no está cubierta ni por la Ley de Normalización del uso del euskera, ni por el consenso que se le supone a dicha ley, ni por las orientaciones básicas dictadas por el Consejo Asesor del Euskera en el inicio de su andadura. Es más: invitan a reflexionar sobre el tipo de bilingüismo alcanzable en una sociedad como la vasca. Pero no obligan a entender que el único bilingüismo admisible por ley sea el bilingüismo completo, aquél en el que todos y cada uno de los ciudadanos vascos fueran igualmente competentes, y competentes a la perfección en ambas lenguas.

Lo más normal será que unos se empleen mejor en euskera, pero puedan entender el español y con ello no obliguen a cortar ninguna conversación iniciada en esta lengua, y que otros se manejen mejor en español pero puedan entender lo suficiente el euskera para no cortar la conversación iniciada en esta lengua. Lo importante debería ser avanzar hacia la posible comunicación sea cual sea la lengua en la que se inicie. No metas inalcanzables que obligan a propuestas de política lingüística para el sistema escolar que quiebran derechos humanos básicos.

La sociedad vasca, de ser, será una sociedad de bilingüismo asimétrico. Cuanto antes lo interioricemos, mejor para todos. Y para ello puede servir percatarse de que las políticas lingüísticas, en su concreción, no han estado separadas del contexto general político en el que se han formulado. Para no entrar a analizar toda la historia, el reforzamiento de algunas medidas de política lingüística, hasta el extremo de anunciar un plan para la normalización del uso del euskera, es decir, del esfuerzo de la Administración para entrar a regular asuntos de incumbencia totalmente privada, se produjo en los tiempos previos al acuerdo de Estella-Lizarra. Eran momentos en los que había que simbolizar en el mundo del euskera lo que podía significar la unidad de acción nacionalista a alcanzar en aquel nefasto acuerdo. Había que dar paso a AEK minimizando a HABE, había que dar paso a la creación de un periódico en euskera fuera del control público, había que consolidar las estructuras empresariales y societarias que controlaban el mundo de servicios en y para el euskera.

Ahora nos encontramos con otra propuesta de política linguística dirigida al sistema escolar engarzado en el contexto de la propuesta de Ibarretxe, una propuesta que algunos llaman soberanista, una propuesta centrada en el derecho a decidir, fórmula que se empeña en tapar el derecho de autodeterminación. Y por eso, de forma paralela, el euskera debe ser la lengua principal de la enseñanza. Sin analizar realmente lo que realmente está sucediendo con el euskera en el sistema escolar, el riesgo de convertirla en lengua académica, pero no de uso social normal, no de comunicación de la vida diaria, el riesgo de producir un 'euskeranto' plastificado, al que ahora llamaremos lengua principal, sin analizar lo que supone no fiarse de la eficacia de nuestro sistema escolar, ni siquiera del modelo D, pues se exige un examen añadido para reconocer la competencia lingüística, el EGA, único caso en el mundo: una política llena de fórceps que en lugar de ayudar a un buen nacimiento conllevan el peligro de ahogar al recién nacido. Aunque hablemos en principal.

Bipartidismo y dinámica perversa
JORGE URDÁNOZ GANUZA El País 1 Abril 2008

Nuestro peculiar sistema electoral venía arrojando hasta estas elecciones tres divisiones bastante claras: los beneficiados (PP y PSOE), los proporcionalmente representados (nacionalistas periféricos) y los perjudicados (partidos estatales menores). Aunque suele afirmarse que el sistema beneficia a los nacionalismos, tal aseveración es empíricamente falsa. Los nacionalismos se encuentran representados aproximadamente como merecen, y haríamos mal en achacarles a ellos los problemas de nuestro modelo representativo.

A la extendida imagen del nacionalismo bisagra que recibe contraprestaciones desmedidas habría que superponerle otra escena igualmente cierta pero no tan aireada. En ella PP y PSOE primero devoran cualquier alternativa de ámbito español y después se reparten sus escaños. Porque, como ha demostrado el 9-M, es así como se construye la sobrerrepresentación de ambos: a partir de la infrarrepresentación de los ciudadanos que votan IU, UPyD o cualquier otra tentativa de alcance nacional.

Lento pero seguro, el bipartidismo ha acabado por imponerse en todos los rincones no nacionalistas de nuestra geografía. Los partidos estatales que han sobrevivido pagan un precio tan excesivo que carecen de posibilidades de permanencia más allá de lo testimonial y lo meritorio. El grotesco cálculo que permiten los escaños de los seis partidos menores resulta demoledor: de los 17 diputados que suman, los 3 que pertenecen a IU y a UPyD tienen más votos que los otros 14 en su conjunto. ¿Qué expectativas pueden albergar formaciones sometidas a semejante trato?

Hay dos clases de razones para considerar nefasto el panorama que dibuja este nuevo escenario en el que sólo hay ya dos divisiones (PP-PSOE y los nacionalismos). En primer lugar las relativas a la dinámica que arroja sobre nuestro sistema político. Por un lado, los dos grandes únicamente pueden ganar si descalabran al rival.

La recurrente polémica sobre la crispación ha de entenderse en este contexto, porque se trata en buena medida de un comportamiento inducido institucionalmente: PP y PSOE están condenados a enfrentarse. Ambas formaciones luchan en un escenario de tierra quemada en el que cualquier concesión ha de interpretarse siempre como una derrota y un avance del rival. Por otro, sólo el nacionalismo queda en pie para pactar. Se trata de una dinámica intrínsecamente perversa: el país se consume en un enfrentamiento que roza lo cainita y cuyo desenlace va a ser siempre el mismo: el pacto con los nacionalismos.

El segundo tipo de razones se relaciona con la ética democrática y con los valores constitucionales que en teoría nutren nuestro sistema político. La lectura más sencilla de lo que han supuesto las últimas elecciones es esta: para los ciudadanos españoles no nacionalistas el pluralismo ha desaparecido definitivamente de su horizonte de posibilidades. Todos esos millones de ciudadanos son forzados en la práctica a elegir entre un menú a dos, no hay más opciones. Losmecanismos mediante los cua-les se les somete son conocidos: voto desigual y reducción de la libertad de opción merced a la presión del voto útil. El resultado también: injusticias flagrantes en el reparto de escaños.

Treinta años después de que la Constitución viera la luz, los principales valores que sobre el papel la animan -igualdad, libertad, justicia y pluralismo- son para la mayoría de los españoles poco más que retórica barata en lo que a su representación política se refiere.

El bipartidismo y su dinámica se han impuesto de un modo tan arrollador en estas elecciones que, sin modificar el modelo representativo que nos dimos en la Transición, no parece posible otro horizonte. El ideal de la representación proporcional podría solucionar tanto las carencias democráticas básicas como los problemas que arrastra hoy la configuración del poder. No sólo garantizaría la justicia en la representación, motivo ya de por sí suficiente si de verdad se asumen los valores constitucionales; es que, además, la dinámica institucional que previsiblemente desplegaría abundaría en un inmediato beneficio para el funcionamiento de nuestro sistema político.

En cuanto a los valores, sólo hemos de imaginar lo que de modo inmediato supondría la proporcionalidad. Cada ciudadano podría votar por su opción preferida, sin cortapisas de ningún tipo (libertad). Cada voto contaría exactamente lo mismo (igualdad). Cada partido recibiría la proporción de escaños que los ciudadanos, y no las artimañas del sistema electoral, le concedieran (justicia). ¿Hay que decir algo más si de principios se trata? Lo inaudito aquí y ahora es que tales valores se vean todavía en el trance de ser defendidos, porque ni su fundamento ni su idoneidad deberían encontrarse sometidos a discusión ni lesionados en la práctica. No son opciones, son derechos.

Las objeciones que suelen lanzarse contra la proporcionalidad provienen normalmente del lado de la dinámica institucional. Durante la Transición se estimó necesario "corregir" la proporcionalidad para promover la gobernabilidad del frágil sistema constitucional que, tras cuarenta años de oscuridad franquista, iniciaba su andadura. Tal razonamiento carece ya de vigencia. No sólo porque el sistema se ha asentado, sino porque además el tiempo ha invalidado el argumento: con excepción de la de 2000, no hay mayorías absolutas desde 1989. No es que se esté de acuerdo o no, es que no hay caso. Aunque los correctivos a la proporcionalidad se mantienen, los alegados beneficios de tal sacrificio no hacen acto de presencia. En libertad, en igualdad, en justicia y en pluralismo (se dice pronto) los ciudadanos seguimos pagando el precio, pero la recompensa no aparece. En lugar de gobernabilidad recibimos polarización y dependencia periférica.

Si el 90% de españoles no nacionalistas disfrutaran de un sistema proporcional no habría que esperar ninguna explosión de nuevas formaciones, tal y como el ejemplo de Madrid viene a demostrar. Los madrileños votan desde 1977 en un sistema totalmente proporcional con una barrera del 3%, y no se ha producido una debacle a la italiana ni nada parecido. Los cuatro partidos de ámbito nacional que ya hay serían probablemente más que suficientes. Pero el reparto de escaños entre ellos sería justo y los votos emitidos para ellos serían libres. Libres e iguales. Y los pactos posteriores lo serían bien entre ellos, lo que hasta ahora es imposible; bien con los nacionalistas, como hasta ahora. No parece un horizonte demasiado inquietante sino todo lo contrario. En este país ni tenemos sólo dos voces ni los ciudadanos nos merecemos estar condenados a un eterno enfrentamiento entre ellas.

El ideal de la proporcionalidad electoral podría así solucionar tanto los problemas de ética democrática como los de dinámica política. Garantizaría la justicia en la representación y promovería una mayor eficacia institucional. Pero quienes han de tomar nota de ello son el PP y el PSOE, precisamente los más beneficiados por el actual estado de cosas. Aunque sin duda la reforma del sistema representativo es una exigencia de Estado, está por ver si ambas formaciones se encuentran a la altura. Después de todo, los perjudicados somos el país y sus ciudadanos, no ellos ni sus dirigentes.

Jorge Urdánoz Ganuza es doctor en Filosofía, Visiting Scholar en la Universidad de Columbia, Nueva York.

Galicia Bilingüe
David contra Goliat
Cristina Losada Libertad Digital 1 Abril 2008

En la Galicia de pacíficas gentes que cantan sus políticos, haciendo de malos poetas, se libra, no una guerra de lenguas, sino una batalla política desigual en la que muchos, con el beneplácito y los medios del poder, atacan a unos pocos. Entre los pocos se encuentra Galicia Bilingüe, una asociación que no debe de tener un año de vida, pero que ya cuenta con un nutrido frente de enemigos. Surgió, la asociación, del rechazo a un decreto de la Xunta para la enseñanza; mejor dicho, para lo único que le interesa de la enseñanza a la autoridad autonómica: el idioma en que se imparten las clases. Es un decreto que se presentó como un fifty-fifty entre las dos lenguas cooficiales, pero que cualquiera que lo consulte apreciará que no garantiza ni prevé tal equilibrio. Lo que hace es abrir la puerta a la expulsión del otro idioma de los gallegos, el español, de las aulas.

Por oponerse a esa y otras órdenes impositivas y excluyentes, la asociación recibe, día sí, día no, los ataques de la tropa nacionalista, que es un ejército organizado en cuya retaguardia forman los socialistas. En la calle, las huestes asilvestradas, aleccionadas en ocasiones por profesores "respetables" que viven del erario, intentan boicotear sus actos, los insultan y amenazan, sabotean el autobús con el que hacen campaña informativa y si no los agreden es porque la policía llega a tiempo. Se comportan, en fin, como corresponde a unas camisas pardas, aunque ahora llevan uniforme batasuno.

Desde las covachuelas subvencionadas no hay hora en que no se viertan infamias y denuestos contra Galicia Bilingüe, y tampoco en las páginas de los periódicos conoce la ofensiva tregua. Menudean, como si fueran de encargo, los artículos dedicado a atizarles, a tergiversar, a acusarles de ser correa de transmisión del PP. ¡Del PP!, que contribuyó a echar los cimientos de esta obra de ingeniería socialque es la "normalización lingüística". Escritores y columnistas rivalizan en la cacería del disidente, empuñando entre otras armas la lamentación victimista, la cual justifica el atropello de derechos humanos y constitucionales en nombre de los derechos de un idioma que se ha convertido en sus manos en mero instrumento. Lágrimas de cocodrilo para nublar de sentimentalismo las solas razones que aquí cuentan: el poder y el poder, nada más.

Todos esos cachimanes se abalanzan contra una asociación independiente, que no recibe ni una gota de dinero público y está formada por ciudadanos de a pie, porque ha cometido "el delito" de canalizar el descontento de la gente frente a la coacción lingüística. Ante tanto ataque, parece que Galicia Bilingüe no va a dar abasto, pero ya se puede hacer colección de sus réplicas y aquí está la última. La suya es la lucha entre el David de un sector de la sociedad civil que no renuncia a defender su libertad y sólo cuenta con su propio esfuerzo, y el Goliat de un establishment político, cultural y académico que dispone de todos los medios y cifra su supervivencia en el acatamiento absoluto de las barreras que erige y los dogmas y odios que difunde. Para esa casta, una pequeña asociación es hoy el peligroso enemigo a abatir. David le ha metido el miedo en el cuerpo a Goliat.
Cristina Losada es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

Educación obliga a una prueba escrita y otra oral en gallego a los opositores
Los candidatos presentarán su proyecto para la asignatura en 60 folios y hablarán 20 minutos ante el tribunal, todo en gallego lE Están exentos los profesores de Lengua Castellana y de idiomas.
IRENE BASCOY. SANTIAGO. La Opinión 1 Abril 2008

Por primera vez los aspirantes a maestros y profesores en la educación pública gallega deberán realizar una prueba escrita y otra oral en gallego. Así lo recogen los borradores de las dos órdenes con que la Consellería de Educación quiere regular las oposiciones de este año, y que ofertan un total de 2.008 plazas. Estarán exentos los candidatos que opten a un puesto de profesor de Lengua y Literatura castellana o a una plaza de Idiomas Modernos.

El departamento que dirige Laura Sánchez Piñón obliga a escribir y hablar en gallego a sus futuros docentes, en cumplimiento de la reforma de la ley de función pública, aprobada el pasado mes de julio, y que establece que al menos una de las pruebas de las oposiciones para acceder a la Administración autonómica se debe realizar exclusivamente en gallego. Hasta ahora, el opositor podía elegir entre el gallego y el castellano y su nivel de conocimiento del gallego se acreditaba con su formación previa o con un examen, donde si se le declaraba no apto ya no podía presentarse a la oposición. Esta prueba se mantiene, pero a mayores en el propio proceso selectivo debe emplear el gallego.

Educación, que desde este curso obliga a que al menos la mitad de las asignaturas se imparta en gallego, ha decidido que los candidatos a maestros y profesores en los colegios e institutos públicos deben hacer en gallego concretamente la presentación escrita de la programación didáctica. Deben presentar sesenta folios como máximo explicando cuál será su enfoque de la asignatura a lo largo del curso (objetivos, contenidos, criterios de evaluación y metodología, así como la atención que prestarían al alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo). Después deben exponer este proyecto "exclusivamente en lengua gallega" y durante un máximo de veinte minutos ante el tribunal.

Educación ha elegido para la prueba en gallego la parte más fácil de la oposición, valorada en 3 puntos, pues la programación la elige el propio candidato, la lleva escrita y la entrega al tribunal después de la exposición oral, que además se puede llevar preparada y aprendida de memoria.

El resto de la fase oposición (el tema a desarrollar por escrito, la exposición oral de una unidad didáctica, que se elige por sorteo en el momento del examen, y el ejercicio práctico de algunas especialidades), se podrá hacer en gallego o en castellano.

Campaña por la objeción en la Comunidad de Madrid
ABC 1 Abril 2008

La organización Profesionales por la Ética, una de las promotoras de la objeción de conciencia, ha realizado una intensa campaña en la Comunidad de Madrid —la primera en apoyar esta medida— para «extender» la oposición a Educación para la Ciudadanía. «Se están constituyendo grupos, asociaciones y plataformas de padres en diversos puntos de la Comunidad de Madrid para informar sobre la asignatura Educación para la Ciudadanía y su derecho a objetar a la misma», declaró a Ep María Angeles Eyries, miembro de la mencionada organización.

Los padres que han participado en las reuniones han decidido continuar con estas reivindicaciones mediante carteles, vídeos, charlas e, incluso, mesas situadas a las puertas de los centros educativos. Eyries asegura también que van a dirigirse a la Consejería de Educación del Gobierno autonómico para que ésta solicite información a los centros educativos de la región sobre el número de objeciones que han recibido, pues, según sus palabras, le «consta que numerosos centros han guardado los escritos de objeción y no han comunicado nada a la Administración». Eyries cifra en 6.000 el número de objeciones presentadas en la Comunidad. Por otra parte, la Asociación Educación y Persona va a proponer a los profesores de Castilla-La Mancha que, apelando a la libertad de cátedra, declaren por escrito, en un documento elaborado al efecto, su oposición a la asignatura. Consideran que deben hacerlo así para no confundir a la opinión pública.
 

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