AGLI

Recortes de Prensa    Sábado 12 Abril 2008

Los policías de la lengua
Xoán Xulio Alfaya Periodista Digital 12 Abril 2008

Los gallegos no necesitamos policías lingüísticos que nos vigilen, nos acusen a algunos de malos gallegos y nos señalen con el dedo para que la administración pública (es decir, de todos) nos multe. La "Mesa pola Normalización" está cumpliendo una función parapolicial que, de momento, beneficia al poder establecido. Cuando estaban en la oposición y en minoría, hablaban de las "forzas represivas" del "Estado español". Ahora que al fin han conseguido subirse al carro del poder, las fuerzas represivas son ellos. Lo mejor que pueden hacer es irse a incordiar a otra parte y dejarnos en paz. Bastantes problemas tenemos los gallegos en la vida real como para que ahora nos añadan problemas inventados por los gurús de la Nazón de Breogán.

Lean el artículo de Carlos Luís Rodríguez, verán que no tiene desperdicio.

Mesocracia lingüística
El Correo gallego, 06/11/2006
http://www.elcorreogallego.es/index.php?idMenu=51&idNoticia=101157

Carlos Luís Rodríguez: Hay constancia de que entre los miembros de la Mesa no falta gente amable, simpática, risueña y encantadora. Sin embargo, todas esas virtudes se pierden, cuando el grupo se convierte en centinela del idioma, actúa en público o emite comunicados. Entonces, la afabilidad da paso a un mal genio notable que se empeña en presentar la lengua como una madrastra que riñe, vigila, desconfía y castiga.

Miren si no, el tono habitual de sus declaraciones. Nunca aconsejan ni solicitan; exigen, denuncian, sospechan. Igual que el talibán afgano que iba por las calles de Kabul midiendo los centímetros de la saya femenina, nuestra mesocracia idiomática escudriña cualquier transgresión, como si fuera un tribunal de excepción, una fiscalía especial o una policía de la lengua.

Nadie le ha otorgado a la Mesa pola Normalización ese cometido, pero ella actúa como una institución paralela que reparte credenciales y emite condenas. En su descargo habría que decir que esa autoinvestidura es común a otras asociaciones que, sin saberse muy bien por qué, gozan en Galicia de un privilegio especial.

En realidad, las opiniones idiomáticas de la Mesa tienen la misma legitimidad y solvencia que las que pueda emitir el Casino Aresano, y no obstante, los guardianes del gallego se expresan como si tuvieran un mandato especial, por encima de academias, administraciones y tribunales. Que no lo tiene, es algo que precisamente acaba de recordar el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia en una sentencia que añade otra consideración relevante: que la Mesa no es titular de los derechos lingüísticos.

Cualquiera diría lo contrario repasando sus últimas actuaciones. Dan a entender que, frente a una sociedad empeñada en transgredir la sharia idiomática, sólo ellos se mantienen alerta. ¿Contra quien? Contra los gallegos. Defienden, o creen defender, la lengua contra los mismos gallegos que tienen en la lengua su seña de identidad.

Las víctimas de su celo no son extranjeros llegados aquí con la misión de castellanizar el país, sino organismos, instituciones, direcciones generales, consellerías, consistorios, profesores o inspectores de educación, gallegos. Patente demostración de que es la propia Mesa, y no Galicia, la que necesita ser normalizada. En fin, que lo normal no es el mundo idiomático que se ha construido la asociación para justificar su lucha, sino una calle plural que nunca será ganada para la causa con mala leche.

Eso es algo que entendió siempre el galleguismo histórico. Entre la mesa camilla en la que Piñeiro predicaba una normalización amable, y la Mesa empeñada en reñirnos, hay un enorme retroceso que se refleja en esa especie de hipocresía idiomática que poco a poco se va adueñando del país. Sectores que habían sido ganados por la suave seducción de los históricos, rechazan ahora la galleguización malhumorada y plasta representada por los mesistas.

Los talibán afganos, obsesionados con la ocultación del lascivo cuerpo femenino, tenían en contra el ansia de libertad y a favor la dictadura. En una democracia, no es factible imponer el chadri, ni tampoco una normalización idiomática que retuerce la normalidad, ignora lo que ocurre en la sociedad y considera anómalo el bilingüismo. De ahí que el enojo de la Mesa vaya en aumento, igual que su nómina de enemigos de la lengua. Fernando Tejero, el de Aquí no hay quien viva, tiene una fórmula que debieran aplicar los mesócratas de vez en cuando: un poquito de por favor.

Pacto antiterrorista
Zapatero, el sospechoso
GEES Libertad Digital 12 Abril 2008

Para variar, ZP ha vuelto a emplazar al PP a llegar a un consenso en materia antiterrorista. Decimos "vuelto" porque en la anterior legislatura habló de consenso mientras hablaba con ETA y en la anterior lo fingió mientras negociaba con ella. Menudos antecedentes.

¿Hay razones para sospechar? Esa pregunta parece sarcastica en relacion con ZP y ETA. La cuestión es más bien: ¿hay algún motivo para no hacerlo, para confiar en que ha cambiado de actitud? ¿Cuál exactamente?

Zapatero continúa, y lo ha hecho estos días, hablando de "acabar con el terrorismo", "terminar con la violencia" o"lograr la paz". Palabras que no son casuales; en ellas coincide con todo el mundo nacionalista anticonstitucional, EA, PNV, ERC, NaBai, BNG. Todos dicen que quieren "acabar" y "terminar"con el terrorismo. Pero lo que nunca dicen es que quieren derrotar a ETA, perseguir, detener, encarcelar a sus miembros, que es algo muy distinto. Lo que proponen es negociar con ellos la rendición del Estado, la independencia vasca y de paso la gallega y catalana.

Incluso ETA quiere la paz, ocurre que también quiere la independencia y el poder en el País Vasco, y por eso mata, y por eso los nacionalismos quieren acabar con el terrorismo mediante el diálogo. A este juego de cambiar los estatutos y la Constitución se sumó Zapatero, y a día de hoy no hay prueba alguna de que su actitud sea distinta. Más aún, en 2004 no hablaba menos de consenso antiterrorista que ahora, mientras se dedicaba a lo que se dedicaba.

La voluntad de llegar a un consenso de la que habla Zapatero debe ser verificada. Debe demostrar que se ha arrepentido de trapichear con ETA, de negociar a escondidas, de llegar a tratos inconfesables. Y después debe volver al pacto antiterrorista que firmó pero no cumplió. Y aún así, la sombra de sospecha le será difícil de evitar, dados sus antecedentes.

Aún con un cambio de actitud sería un sospechoso demasiado habituado al timo como para consensuar nada con él. Nada nos hace pensar que si antes mintió y engañó no volverá a hacerlo ahora. Y esto en el caso de que muestre arrepentimiento. Calculemos si, como hasta ahora, sigue en lo de siempre. Es un sospechoso demasiado habitual y habituado al engaño como para no hacerlo una vez más.
GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

Tiempos modernos

Ramón Farré La Opinión 12 Abril 2008

Vivimos los españoles tiempos muy confusos. Tiempos miserables, disparatados y absurdos en los que el fragor de una batalla electoral permanente, su matraca, su trompetería, su esencia mentirosa es además una niebla densa y opaca que va tapando escándalos sin cuento. Como aquel baño de leche que predijo José Saramago.

Sí, vivimos tiempos muy confusos. Tiempos en los que las leyes que la desarrollan, restringen o coartan el ejercicio de derechos que la vigente Constitución -tan maltratada- a todos reconoce. Tiempos en los que, quizás por definir la modernidad, el presidente derivó de la okupación inicial, del antisistema, a una especie de sistemática sandunga populista y, reelegido hoy, aún está por ver el rumbo que toma si interpreta el resultado electoral como un plebiscito.
Vivimos tiempos miserables en los que los ciudadanos no entendemos -o entendemos mal- que si el gallego y el castellano son lenguas nuestras, podamos tener algún impedimento para usarlas libremente. Porque las autoridades han convertido la lengua en un tótem al que adoran para eludir su obligación de aprenderla y pretenden imponer determinados hábitos lingüísticos, contra ley y razón, sectariamente.

Menos dispuestos a morir que a matar por ella si una alta ocasión llegara a exigirlo, asesinos hubo ya en España que por salvar una lengua, liquidaron a quien la hablaba. Y si no ellos, quienes los jaleaban tuvieron los mismos derechos que los ciudadanos. Idénticos derechos nosotros y ellos, los terroristas que nos pagamos. Nuestros terroristas y quienes los jalean, funcionarizados.

Sí, vivimos tiempos miserables en los que los ciudadanos no entendemos que reconocer derechos a las minorías nacionalistas tenga que suponer la desposesión de quienes no se cuentan en ellas.

Al cabo, por ejemplo, no imponen los homosexuales su condición ni despojan de sus derechos a quienes no lo sean sólo porque se casen. Y resultaría abusivo que así se hiciera.

Vivimos tiempos disparatados en los que quienes somos legos en ese arte de birlibirloque en que se ha convertido la política, asistimos, asombrados pero indolentes, al espectáculo de una práctica envilecida por la voluntad menestral de quienes para vivir de ella por los siglos de los siglos han decidido chulearla. Ellos que, dueños ya también de las palabras, no tienen pudor para presentarse como munífices respetables. ¡Tan dispuestos están a creerse los currícula que se fabrican!

Vivimos tiempos absurdos en los que los ciudadanos no entendemos -ni los más cabales siquiera- que la separación de poderes, fundamento de la democracia, esté hoy como está. No entendemos, por ejemplo, que el poder judicial, clave del sistema, esté hoy en manos de delegados de los partidos, que comprometen su independencia y su credibilidad. No entendemos que haya un Tribunal Constitucional por encima, o simplemente diferenciado, del Tribunal Supremo. No entendemos que aquel haya absuelto a quienes éste ya había condenado por estafa archiprobada. No entendemos que por ser aquel coto del Gobierno, en asuntos tales, pudiera ir contra éste, aunque fuera coto de la oposición. No, no lo entendemos.
No entendemos en fin, ni desde esa lógica peligrosamente establecida, la discrepancia, firme y rotunda, del fiscal general -siempre más del Gobierno que del Estado- con el fallo del Tribunal Constitucional.

... A no ser que, más allá del absurdo en que nos han instalado, ambas, la resolución y la crítica, estuvieran al servicio de una operación más amplia e inminente, que, tras la previsible reelección de Zapatero, incluyera un pronunciamiento favorable del alto tribunal sobre la constitucionalidad del Estatuto de Cataluña. Una declaración que Pumpido, en equilibrio equidistante, aceptaría con la misma firmeza y rotundidad con que entonces discrepó...

Para no dar pábulo a la fantasía, para contener simplemente la imaginación maliciada, aquella en la que los monstruos medran y se enseñorean, los ciudadanos necesitamos entender algunas cosas en las que nos va la vida.
Y pese a que Zapatero, animándonos a votarle como si fuéramos estreñidos, nos aseguró que el nacionalismo es progresismo y pese a que también Felipe González nos reveló que el progreso está donde esté Carmen Marón y no donde esté Rosa Díez, los españoles necesitamos aún otras certezas.

Por ejemplo y hablando de cotos como ya son los tribunales de Justicia -los más altos sobre todo- para los partidos que en ellos pescan, no necesitamos distinguir entre efemerópteros y moscas tipo ninfa.

Alcanzaría sólo con salir del absurdo. Alcanzaría sólo con que se diera por segura y cierta la decencia.

Reacción frente a la derrota
Rajoy, el imprevisible
Emilio Campmany Libertad Digital 12 Abril 2008

Una de las virtudes que se atribuyó Rajoy en la entrevista río que le hizo Pedro Jota la víspera de las elecciones fue la de ser previsible. Sin embargo, el líder del PP ha reaccionado a la derrota de la forma más imprevista, renegando de casi todo lo que dijo durante la campaña electoral.

Con todo, hay que recordar que no ha sido ahora la primera vez en que el presidente del PP se ha demostrado impredecible. También lo fue antes, cuando, contra todo pronóstico, dejó fuera de las listas a Gallardón. Quizá tengan razón los que dicen que el alcalde de Madrid no habría traído un solo voto más al PP, pero Rajoy no se encuentra entre quienes creen tal cosa. Entonces ¿por qué renunció a ese plus de votos que él cree saber que Gallardón habría rebañado por su izquierda?

Pensamos entonces que la respuesta estaba en la firmeza con la que el gallego afrontó la campaña electoral: si iba a recordarle a Zapatero sus muchas mentiras, si iba a denunciar las desigualdades que entre los españoles ha introducido su política, si iba a denunciar sin tapujos su rendición frente a ETA, Gallardón no era el compañero ideal.

Rajoy llevaba toda la legislatura vacilando, ahora denuncio el estatuto de Cataluña, ahora apoyo el de Andalucía; ahora me quejo de las irregularidades de la investigación del 11-M, ahora corro un tupido velo sobre el atentado; ahora denuncio la traición a los muertos, ahora dejo de asistir a una manifestación de las víctimas del terrorismo. Pero, al acercarse las elecciones, pareció que había finalmente decidido dónde quería estar.

Y ahora, tras salir derrotado, nada queda de toda aquella firmeza, de toda aquella sana indignación, de toda aquella grave denuncia. Ahora, un simple gesto, una mera frase amable del que le mintió y traicionó varias veces durante la última legislatura bastan para que se olvide de todo aquello por lo que luchó. Y no sólo, sino que, después de haber expulsado del paraíso a Gallardón, se revela como el más gallardonita de los gallardonitas.

¿Qué ha pasado para que el previsible Rajoy resulte ser más imprevisible que nadie?

Se me ocurre recordar que el número uno del PP no sólo expulsó de las listas a Gallardón, sino que no tuvo interés en que figurara en ellas Esperanza Aguirre, que nada ofreció a Rodrigo Rato y que consintió que Mayor Oreja siguiera disfrutando de su exilio en el Parlamento europeo. Todos ellos, en mayor o menor medida, habrían aportado votos a las alforjas del PP de haber estado en las listas, pero todos ellos habrían podido igualmente, en caso de derrota, desafiar el liderazgo de Rajoy con la facilidad añadida de hacerlo desde un escaño del Congreso, sin el que, como demostró Hernández Mancha, no es posible liderar la oposición. En definitiva, nuestro hombre prefirió no contar con ellos, haciendo más improbable la victoria, a cambio de asegurarse el liderazgo de la oposición hasta 2012.

Es como si alguien le hubiera garantizado que será presidente en 2012 siempre que sea capaz de mantenerse al frente del PP hasta entonces. Pero nadie puede prometer tal cosa. ¿Le habrán contado que Zapatero se ha comprometido en privado, como Aznar hizo en público, a no estar más de ocho años en el poder?

Tanta reacción imprevista en alguien que se tiene por previsible tiene que tener alguna explicación. No estaría de más que la revelara.

El oportunismo hidráulico del tripartito catalán
Por Miquel Porta Perales, crítico y escritor ABC 12 Abril 2008

LA imagen del tripartito catalán nunca ha sido buena. Conviene recordar que el actual Govern presidido por José Montilla no es el resultado de un triunfo electoral, sino la consecuencia de un pacto entre tres partidos perdedores. Mal empezamos.

Para seguir, hay que constatar que el discurso del tripartito gira alrededor del progresismo, el victimismo y el diferencialismo. Discurso que -mal continuamos- tilda de reaccionaria a cualquier persona que tenga una visión del mundo distinta a la de la izquierda, fomenta la llamada cultura del no que sólo ofrece una utopía negativa, atiza sin descanso el miedo a la derecha, habla de una España que no reconoce su carácter plurinacional, exige un trato bilateral con el Estado, reclama un régimen fiscal preferente, impulsa una política lingüística monolingüe, promueve lo considerado propio en detrimento de lo impropio con el objeto de distanciarse de lo español. Y la lista podría alargarse con las ideas, opiniones y actitudes de ciertos personajes -alguno de ellos rayando el chovinismo- cuya profesión parece consistir en cuestionar o ridiculizar lo español en beneficio propio. Así las cosas, no resulta fácil, como adelantábamos, tener una buena imagen en el conjunto de España. Aunque sí es cierto que, en esa tierra de progresistas y nacionalistas que es Cataluña, el discurso del tripartito, aderezado con la estrategia del miedo, ha dado réditos políticos y electorales. Pero, como suele decirse, todo lo que es susceptible de empeorar acaba empeorando. Incluso, en Cataluña. Es lo que, a raíz de la crisis del agua, ha ocurrido con la imagen del Govern. Y la causa de este empeoramiento de imagen hay que buscarla, paradójicamente, en el discurso de un tripartito que está prisionero de sus propias palabras.

El discurso del tripartito -progresismo, victimismo, diferencialismo- ha dado lugar a una práctica en la cual la esencia está por encima de la existencia. En un principio, el tripartito dijo «no» al trasvase de agua del río Ebro. En este caso, la esencia del progresismo ecologista impone su ley. ¿La solidaridad con las Autonomías españolas que necesitan agua? «Ni una gota del Ebro para Valencia», se afirmó textualmente en su día. En este caso, la esencia nacional catalana se niega a compartir lo propio -¿quizá el agua tiene propietario?- con el otro. Y más si ese otro -Comunidad Valenciana y Región de Murcia- está gobernado -la esencia del progresismo político entra en acción- por una derecha a la cual hay que acorralar como sea. Al enemigo ni agua, reza el dicho. Pero, en eso que Cataluña, según el consejero de Medio Ambiente del gobierno autonómico, entra en fase de «emergencia nacional» -en Cataluña todo es siempre nacional- por culpa de la pertinaz sequía. Veamos. ¿Qué hace el consejero? Busca agua. Nada que objetar: al fin y al cabo, esa es su obligación. Pero, ¿dónde está el agua? A falta de lluvia, con los embalses bajo mínimos, con las desalinizadoras prometidas sin construir, el agua está en el río. Y el consejero propone sacar agua del Segre, un afluente del Ebro. O lo que es lo mismo, un trasvase en toda regla que el consejero -usos y costumbres del progresismo semántico- encubre y disfraza con la expresión «captación temporal del agua». Un trasvase que recibe el apoyo del Govern de la Generalitat con el President José Montilla a la cabeza.

Pero, ¿acaso no se habían negado al trasvase del Ebro por considerarlo insostenible? ¿Acaso no se habían manifestado en contra movilizando, también, a la ciudadanía y a lo que en Cataluña llaman el «territorio»? Sí, eso habían dicho y hecho -un brillante ejercicio de demagogia, sin duda- en 2003 y 2004 como banderín de enganche electoral contra Convergencia i Unió y el Partido Popular entonces en el poder y partidarios del trasvase. Y ahora, cuando la sequía aprieta, ¿cómo salir de la trampa que, finalmente, el tripartito se ha tendido a sí mismo? No hay escapatoria posible. Quien a discurso mata a discurso muere, podríamos decir. En definitiva, el cazador cazado. Y la farsa prosigue cuando se solicita agua de Carboneras. Noten el detalle: del Ebro no se puede transportar agua a Almería, pero de Carboneras a Barcelona, aunque se trate de una desalinizadora, sí puede transportarse. Una visión muy particular de la solidaridad. De una solidaridad que, por cierto, no existe entre las propias comarcas catalanas enzarzadas en una particular batalla del agua. Y menudo oportunismo el de un socialismo catalán que, después de negar el trasvase del Ebro a otras Comunidades, dice ahora que «Cataluña también es España» y reclama «coordinación y lealtad institucional». Y está la prepotencia de un socialismo catalán que amenaza (¿rebelión a bordo?) con el trasvase del Segre sin el permiso del Gobierno. La guinda: el hermeneuta José Montilla aclarando -así se presiona al Gobierno desde el poder autonómico por la vía de los hechos consumados- que la promesa de José Luis Rodríguez Zapatero de estudiar el trasvase del Ródano obedece a un acto de «cortesía» del Presidente.

La crisis del agua ha puesto al descubierto las miserias y contradicciones de un tripartito catalán que, prisionero de sus propias palabras, se ha quedado sin discurso y sin autoridad moral. Se ha quedado sin discurso, porque resulta muy difícil confiar en quienes dicen una cosa o la contraria en función de sus intereses más inmediatos y prosaicos, porque resulta muy difícil creer en las palabras de quienes ocultan el trasvase del Segre y el Ebro después de haber asegurado que nunca tendría lugar, porque resulta muy difícil fiarse de quienes cuando se descubre el engaño retuercen la semántica, porque resulta muy difícil esperar algo de quienes impulsan un trasvase saltándose la legalidad vigente y al margen del Gobierno. Y el tripartito, decíamos, se ha quedado sin autoridad moral, porque ha supeditado la política del agua al corto plazo electoral vía criminalización del adversario político, porque ha cortado de raíz cualquier debate sobre las ventajas e inconvenientes del trasvase del Ebro, porque ha sido incapaz de tomar soluciones estructurales para enfrentarse a la escasez crónica de agua que padece Cataluña, porque ha impulsado la delación de quienes supuestamente hacen un mal uso del agua, porque ha utilizado la solidaridad a conveniencia propia. En definitiva, por su aldeanismo y oportunismo hidráulicos. El tripartito catalán se ha quedado sin autoridad moral por ineficaz e irresponsable. Y por no responder a lo que cabe esperar de un gobierno en cuestiones de Estado: gobernar de acuerdo al interés general. Y en eso el gobierno catalán de José Montilla tiene en quien inspirarse: el gobierno español de un José Luis Rodríguez Zapatero que, por oportunismo electoralista, se niega a aceptar que el agua es de todos los españoles.

El tripartito catalán, incapaz de superar sus contradicciones, incapaz de romper la relación entre política, demagogia e interés, empieza a hacer aguas por méritos propios. El agua -que José Montilla no ha querido ni sabido gestionar- comienza a penetrar en ese barco sin otro rumbo que el mantenimiento del poder que es el Govern de la Generalitat de Cataluña. La imagen del tripartito catalán continúa siendo mala. Necesita mejorar.
MIQUEL PORTA PERALES
Crítico y escritor

Tibias mociones contra ANV
Editorial ABC 12 Abril 2008

LA distancia más corta entre dos puntos es la línea recta, salvo que se trate de la condena del terrorismo en el País Vasco. Antes de la investidura de Rodríguez Zapatero se presentó una moción de censura contra la alcaldesa de Mondragón por su infame actitud ante el asesinato de Isaías Carrasco, pero los concejales del PNV impidieron que saliera adelante. Después de algunas disensiones internas, ahora los nacionalistas alcanzan un tibio pacto con el PSE para presentar mociones en los ayuntamientos gobernados por ANV, en las cuales se pide la condena de la violencia de ETA, siempre con ese tono habitual plagado de ambigüedades: se trata, en concreto, del «rechazo del uso de la violencia para alterar procesos políticos». El paso siguiente consistiría en pedir la dimisión de los cargos públicos que no condenen los atentados terroristas. Sólo en último término se llegaría a presentar la correspondiente moción de censura en los municipios vascos en los que ANV gobierna en minoría. Todo ello, claro está, si no surgen en el camino nuevas desavenencias entre los grupos promotores de un acuerdo cuya fragilidad salta a la vista, por mucho que los socialistas se muestren satisfechos de la aparente rectificación del PNV. Mientras tanto, los secuaces de ETA seguirán al frente de las corporaciones locales correspondientes a las que accedieron gracias a la debilidad de Rodríguez Zapatero a la hora de impedir las candidaturas para las elecciones municipales de individuos y grupos que en democracia no deben ocupar responsabilidades reservadas a las personas honorables.

La opinión pública contempla una vez más estas maniobras dilatorias entre la indignación y la desesperanza. Arrancar de los nacionalistas una condena al brazo política de ETA exige tal cantidad de matices y circunloquios que -en la práctica- los textos consensuados no sirven para nada. Si existe voluntad política de expulsar a los alcaldes de ANV, la moción de censura es un procedimiento rápido y eficaz que se sustancia en unos pocos días y tiene efectos inmediatos. Cualquier otra vía es una manera de marear la perdiz, y a estas alturas ya no engaña a nadie. Está muy equivocado Patxi López si cree que es un éxito haber sacado adelante este pacto de mínimos en medio de los conflictos internos del PNV. Por desgracia, es fácil pronosticar que el procedimiento va a quedar atascado en alguno de los muchos trámites intermedios que han impuesto los nacionalistas. Los errores de origen siempre se pagan. Si el PSOE no hubiera facilitado con su tibieza la presencia de ANV en las instituciones democráticas, no tendría ahora que plegarse a unas exigencias inaceptables para intentar desalojar a estos alcaldes indignos.

La soledad del presidente
POR JOSÉ MARÍA CARRASCAL ABC 12 Abril 2008

Aquella foto de Bucarest no fue una casualidad. Ni una excepción. Fue el vivo retrato del presidente del Gobierno español. José Luis Rodríguez Zapatero está solo en los consejos de la OTAN, donde los demás charlan animadamente a sus espaldas, y en el Congreso español, donde sólo los suyos le apoyan. El hombre de la Alianza de Civilizaciones que quería aislar al PP se encuentra aislado dentro y fuera de casa, sin que valga el «más vale solo que mal acompañado» de sus cortesanos, interesados en conservar sus canonjías. Él está solo y mal acompañado. Zapatero buscaba la amistad de quienes no creen en España, dándoles a entender que les daría lo que le pidiesen. Pero cuando vieron que no se lo daba, no porque no quisiera sino porque no podía, han roto su matrimonio de conveniencia. Claro que no todo era ingenuidad por su parte. Maragall, Mas, el PNV, ETA sabían que ni siquiera un presidente de Gobierno puede dar todo lo que le piden y que la Constitución española establece estrictos límites que nadie puede saltarse, por muchas palabras susurradas al oído. Pero a nadie se engaña mejor que al que quiere ser engañado. Hoy lo sufren todos ellos, desde Maragall a los terroristas, pasando por una lista interminable de amigos y aliados circunstanciales.

Esta es la situación en que nos encontramos al iniciarse la nueva legislatura. Al presidente del Gobierno se le ha agotado el crédito. Sus socios ya no le fían y, en adelante, van a exigirle pago al contado por un apoyo cuyo precio es tan alto que difícilmente podrá pagarse. Pues ya sabemos lo que pide ETA, la independencia, y los nacionalistas, la soberanía, que es un mero eufemismo de aquélla.

En esta coyuntura, la gran pregunta es qué va a hacer el PP. El cuerpo seguro que le pide tomarse el desquite por los engaños, trampas, insultos y calumnias que el presidente le infligió durante la pasada legislatura. A muchos de sus seguidores les parecería bien, dulce, justo. Pero la revancha no es la mejor consejera en política, la interior sobre todo, ya que el fuego en una casa se extiende fácilmente a las vecinas. Algo que Zapatero olvidó por completo en su primer mandato.

Pero no es él quien importa. Él es alguien que pasaba por allí cuando ocurrió el mayor atentado de nuestra historia. Quien importa es el país, cuyos problemas, la economía, la justicia, el terrorismo, la ordenación territorial, el agua, etcétera, se acumulan. El precio que los nacionalistas van a pedir para ayudarle a resolverlos, o agravarlos, va a ser exorbitante. El PP puede prestárselo gratis..., siempre que Zapatero olvide sus peligrosos experimentos y su política sectaria, y se ponga a hacer política auténticamente nacional. Es decir, que su segundo mandato nada tenga que ver con el primero. Eso sí, demostrándolo con hechos, no con palabras, pues tampoco puede olvidarse que estamos ante alguien cuya palabra vale lo que sus promesas. O sea, nada.

Supermujeres vascas
Manuel Molares do Val Periodista Digital 12 Abril 2008

Analice usted a quienes se enfrentan públicamente a ETA con mayor coherencia y peligro para sus vidas y verá a muchas más mujeres vascas, que hombres.

Supermujeres vascas. Ancianas como Pilar Ruíz, madre del asesinado ertziana socialista Joseba Pagazaurtundua, jóvenes como Mari Mar Blanco, hermana de Miguel Ángel Blanco, concejal del PP, paseado y liquidado con crueldad infinita.

De mediana edad como la viuda de Gregorio Ordóñez, Ana Iribar, una personalidad interesante: ahora que el Parlamento vasco reconoce la figura de los asesinados por ETA, ella ha acusado en un solemne acto político al PNV, al Gobierno vasco y al lehendakari Ibarretxe de cobardía y miseria moral por haberse beneficiado del terrorismo.

Y qué decir de su cuñada Consuelo Ordóñez, hermana de Gregorio, asesinado delante de otra heroína, María San Gil.

Pilar Elías, viuda del hombre que salvó a un bebé de un camión que iba a atropellarlo, y que de adulto mató a su salvador y montó su negocio bajo la casa de la viuda.

Regina Otaola, alcaldesa de Lizarza, valiente como una María Pita, Manuela Malasaña, Agustina de Aragón, sin cañón y con una sola arma: una bandera española, símbolo de una Constitución que promete hacernos libres e iguales a todos.

Mujeres que luchan por conservar el recuerdo de los asesinados, socialistas, populares, sin filiación, simples peatones. Son muchas más: Edurne Uriarte, Itziar Lamarraín, Gotzone Mora, María José Usandizaga…

Mujeres que tienen que vivir protegidas por escoltas, muchas también sin escolta, todas en peligro permanente de muerte: son como un árbol frondoso que produce frutos heroicos.

Observemos ahora a la nueva diputada, Rosa Díez: si volviera un Tejero al Parlamento, prácticamente todos los hombres se tirarían al suelo, como en 1981, pero ella, y quizás alguna otra mujer vasca, quedaría en pie retando a los asaltantes.

Inmersión, inmersión! (o el bilingüismo según Zapatero)
Carlos Martínez Gorriarán www.bastaya.org 12 Abril 2008

La defensa de la política identitaria que tanto gusta a Zapatero trata de hacer pie –o de poner pie en pared- en la defensa de las lenguas. Curiosa defensa: ¿alguien hablaría de la defensa política del genoma, de las ecuaciones de segundo grado o de la química orgánica? Quizás, pero le trataríamos de chalado o de algo peor. Sin embargo, esas cosas forman parte de ese mismo universo, a caballo entre la naturaleza y la cultura, al que también pertenecen las lenguas. Demasiado quizás para la tropa que guarnece mayoritariamente el Congreso, pero es así: una lengua no tiene derechos por las mismas razones en que no los tiene la mecánica cuántica, la música dodecafónica o la filosofía taoísta. Sí los tienen, en cambio, los físicos, los músicos y los taoístas. No por sus profesiones o creencias, sino porque son seres humanos. Espero que Rosa tenga ocasiones de explicarlo alto y claro.

El zapaterismo –no tiene sentido llamarlo “socialismo”, que es otra cosa- está particularmente orgulloso del modo en que, dice Zapatero, se ha resuelto el asunto de las lenguas en la España plural. El paradigma es, claro, Cataluña. Según el flamante presidente del Gobierno, la política lingüística seguida allí por la totalidad de los partidos que han tocado poder (el PUC: Partido Único Catalanista), caracterizada por una figura bautismal, la “inmersión” nada menos, ha sido la mejor para impedir la división de Cataluña en dos comunidades. Se refiera a su entrega a una, por supuesto, la comunidad nacionalista. Zapatero se refiere a comunidades lingüísticas, se sobreentiende, pero también y sobre todo comunidades políticas, porque en el modelo nacionalista adoptado por el zapaterismo, no hay diferencia entre una y otra: la comunidad política es una comunidad de lengua, y viceversa. Y eso a pesar de todos los desmentidos apabullantes de la realidad. Hay comunidades políticas surgidas de un odio cordial facilitado por la lengua común, que permite estupendamente entender los agravios, insultos y ofensas de los otros. Es el caso de Estados Unidos y también de Irlanda, violentamente escindidas de Inglaterra a pesar de la lengua común o precisamente gracias a ella. Idem del frasco: España y sus exs: México, Cuba, Perú y todo el etcétera surgido de las revoluciones y guerras decimonónicas. Violencia fraticida y lengua común: he aquí un interesante tema para un ensayo antibabélico. Aunque para consolarnos están las comunidas políticas políglotas, que haberlas haylas y prósperas, como Suiza o India. Antes también España, aunque no sabemos por cuánto tiempo aún.

Pero a lo que íbamos: a Zapatero le gusta la inmersión lingüística, práctica que consiste en coger a una criatura (tomar, por si nos lee algún argentino), llevarla a una escuela y hablarle sólo en ese idioma que desconocen sus padres y muchos vecinos, sea por pecado venial de emigración o mortal de desafecto a lo supuestamente propio. La inmersión de este tipo siempre significa cierta violencia de persecución: las criaturas sumergidas en la lengua “propia” son acosadas en el recreo para que no se pasen a la parla propia impropia, los adultos que rotulan en algo impropio son multados, etcétera. En Cataluña hay a diario emotivos testimonios de todo esto y de más, como también en el País Vasco y Galicia en menor medida –aunque sólo en Euskalherria se ha asesinado a gente por el delito de ser “enemigos del euskera”, mucho peor que multar (¿pensará en esta diferencia ventajosa Zapatero?: lo que sea, para que no haya violencia…)

La “inmersión lingüística” tiene una lógica de por sí interesante: es una política de avestruz que sumerge la testa en la tierra para no ver la realidad -algo que chifla al zapaterismo, abierto enemigo de hechos y evidencias. Sumergirse es una manera de huir del peligro inmediato o presentido. Cuando muchos seguidores de este blog éramos críos y sólo había dos cadenas de TVE en blanco y negro –existió ese tiempo monocromático, criaturas-, había una serie de ficción entre bélica y científica de mucho éxito: Viaje al fondo del mar. Me encantaba. El protagonista era un submarino nuclear portentoso, y americano por supuesto, el “Sibiu” le decían en el doblaje. Cada vez que el trasto aquel tropezaba con alguno de los incontables enemigos que le salían al paso en su eterna singladura, del puente de mando surgía imperativa la orden de inmersión: “¡¡¡inmersión, inmersión, inmersión!!!” Parece que los peligros eran mucho menores en las profundidades abisales, pese a lo que pueda sugerirnos la intuición (esto daría para una hermoda divagación kantiana que dejaremos para otro día).

La inmersión lingüística es, como la del metálico “Sibiu” con sus marinos en lata, una manioba de huida del peligro: la realidad lingüística tal y como es. Peligro para un nacionalista lingüístico, claro está: el peligro de que cada cual hable y emplee la lengua que prefiera. Esto es lo que trata de erradicar la inmersión lingüística: la libre elección. Y lo hace eliminando alternativas que elegir. Por eso, y no por otra cosa, es un ataque a la libertad personal, pura capacidad de elegir. Capacidad práctica de elección, no teórica o metafísica. Con la inmersión, el nacionalismo huye de la superficie iluminada de la realidad para sumergirse en ensueños mitográficos de comunidades políticas únicas porque tienen una sola lengua propia -eso que encandila a Zapatero-, ya que el resto de lenguas, pero sobre todo la lengua común que impide romper la comunidad existente para crear otras, descienden a lenguas impropias, un oscuro estatus repleto de amenazas.

Obsérvese que promover la inmersión lingüística es una opción liberticida que no tiene nada que ver con la defensa, legítima y necesaria, de los derechos de los hablantes de todas las lenguas oficiales en sociedades bi o plurilingües. En las sociedades democráticas, este objetivo necesario se consigue mediante la cooficialidad de todas las lenguas arraigadas en la comunidad: el castellano junto al catalán, gallego o vasco, por ejemplo. La cooficialidad es la medida constitucional que permite a continuación desarrollar una administración y una enseñanza bilingües, entre otras medidas prácticas conducentes a la proteccion efectiva del único derecho real en este contexto: el de cada ciudadano a emplear la lengua que prefiera en sus relaciones con la administración o en la enseñanza obligatoria, por ejemplo. Ese derecho no mejora cuando se obliga a otro ciudadanos a sumergirse en una lengua pretendidamente propia, en realidad impuesta. Por el contrario, el liberticidio perpetrado por la fantasmal inmersión también ataca la libertad del ciudadano que libremente opta por el catalán o el euskera en lugar del castellano. Porque nadie, nunca, ha visto mejorar su libertad personal cuando la libertad de sus conciudadanos queda mutilada. ¿Qué gana un catalanohablante cuando un castellanohablante que se empeña en seguir siéndolo se ve rebajado a la condición de ciudadano de segunda, usuario de una parla sospechosa, expulsada de los espacios públicos?: nada, absolutamente nada que no sea indigno e indecente, como todo lo obtenido mediante el abuso y la coerción ilegítima. Claro que, para indignarse con esto, hace falta tener algún genuino aprecio por la libertad, algo raro en el zapaterismo.

Contra los diptongos
FERNANDO SAVATER, EL PAÍS 12 Abril 2008

Quizá algunos de ustedes se acuerden de aquello que en El Criticón (3ª parte) de Baltasar Gracián revela el llamado Descifrador del Mundo a Andrenio: "Advierte que los más que parecen hombres no lo son, sino diptongos". Gracián llama "diptongos" (que según el diccionario de la RAE es el conjunto de dos vocales diferentes que se pronuncian en una misma sílaba) a esas raras mezclas que sin embargo tanto abundan: compuestos de fieras y hombres, es decir, "lobos y avaros, políticos y raposos, hombres y gallinas", pero también de hombres y estatuas, así como "caricompuestos de virtud y vicio". Nada nos salva de los diptongos, puesto que los hay entre las mismas frutas, "que compraréis peras, comeréis manzanas, y os dirán que son peras".

A menudo me da la impresión de que hoy en la política de este país abundan alarmantemente los diptongos. Sobre todo en lo referente a la cuestión de los nacionalismos, que parecen tema clave a la hora de recabar votos en algunas autonomías: quizá por contagio o imitación ya en todas. Son diptongos electorales, los más irresistibles por lo visto para nuestros descifradores políticos. Por ejemplo destacado, los buenos resultados electorales del Partido Socialista en Cataluña y el País Vasco se deben, según parece, a su capacidad de ofrecerse en esas comunidades como diptongo de nacionalismo y no nacionalismo o -dirán los peor pensados- de dar a comer manzanas y decir que son peras. Hasta tal punto que allí el PP local empieza cierta autocrítica y ya hay voces que piden a partir de ahora más diptongo en sus representantes, es decir, más catalanismo o vasquismo, puesto que resultan útiles.

No seré yo quien discuta la conveniencia de ciertas reformas progresistas en los planteamientos del PP (por ejemplo, respecto a la Educación para la Ciudadanía, la inmigración, la financiación de la Iglesia, etcétera), pero no creo que hacerse vasquista o catalanista aporte progreso alguno a su discurso, sean cuales fueren sus efectos electorales. Josep Pla decía que él no era catalanista porque le bastaba con ser catalán: el catalanismo se lo dejaba a los de fuera que querían hacerse los simpáticos. Y yo, francamente, no veo por qué si soy vasco debo además ser vasquista, puesto que a pesar de ser macho detesto el machismo y por ser feo no soporto el feísmo, ni en arte ni en nada.

Claro que los propagandistas del régimen tildan de "ataques a Cataluña o al País Vasco" a la oposición al nacionalismo obligatorio en esas comunidades, por ejemplo en el terreno de la inmersión lingüística educativa que excluye de facto la enseñanza en lengua castellana. ¡Como si quienes quieren educar a sus hijos en castellano en esas comunidades no fueran también catalanes o vascos, por cuyos derechos hay que luchar! De ahí la gran importancia de la Plataforma de Padres por la Libertad Lingüística, nacida en el País Vasco pero que conecta con movimientos similares en Cataluña o Galicia. Es cierto que la Constitución reconoce una protección especial para las otras lenguas oficiales en esas autonomías, pero ese artículo fue redactado cuando los hablantes en ellas tenían recortados sus derechos y es un uso perverso utilizarlo ahora -una vez corregido el abuso anterior- para privar a su vez de derechos a los que se comunican en castellano. Quizá por tanto convenga una clarificación constitucional al respecto, en lugar de clamar contra el "uso de la lengua como arma de enfrentamiento político" como suelen hacer quienes tienen vocación de diptongos.

También en el terreno del enfrentamiento contra el terrorismo la actitud diptonga ha tenido efectos peores que dudosos. Es fácil comprobarlo leyendo la entrevista a Jesús Egiguren publicada en este mismo diario el 6 de abril. Dejemos de lado el papel de mentor que se le reconoce a Tony Blair, el mismo político que, si no me equivoco, sostuvo frente a la guerra de Irak o el recorte de las garantías sociales de la Constitución Europea posturas que no resultan precisamente inapelables por lo convincentes. Egiguren reconoce sin rodeos que hubo mesa de partidos con Batasuna para llegar a acuerdos políticos, fracasados por la voracidad implacable de los etarras. Para él esas negociaciones no fueron inútiles, porque mostraron al mundo abertzale que el proceso iba en serio, es decir, "que si ETA dejaba las armas, los partidos decidirían el futuro vasco". Noticia que me parece bastante asombrosa. ¿Acaso no lo sabían ya desde antes, a pesar de que lo que estamos defendiendo desde hace tanto contra ellos es precisamente eso? ¿Acaso hoy mismo, aunque persiste el terrorismo, el presente y el futuro vasco no lo deciden los partidos democráticos, conjuntamente con el resto del Estado de que formamos parte? ¿O es que se les prometía con más o menos claridad un futuro especial, con especiales concesiones políticas a la conveniencia de los nacionalistas y para ampliar aún más si cabe su hegemonía espúrea en Euskadi, cuyo diseño recompensaría el doloroso abandono de la violencia? Esta última sospecha parece más que fundada, porque es difícil de tragar que hasta este supuesto "proceso de paz" los distraídos abertzales no se habían dado cuenta de que viven en un Estado de derecho en el que lo único radicalmente antidemocrático son los métodos etarras que precisamente ellos abonan con su complicidad activa o con su silencio.

Hace ya mucho que Maquiavelo nos informó de que "gobernar es hacer creer", de modo que a nuestros gobernantes y sus diptongos se les va un poco la mano en el maquiavelismo de vía estrecha. Y que no nos vengan a contar que el resultado electoral demuestra el aprecio de los vascos por ese tipo de enjuague transaccional frustrado: para que ello fuese cierto, tendrían que haber votado también en Euskadi las decenas de miles que han tenido que irse de allí para no soportar apaños semejantes.

Lo opuesto a ser diptongo no es un enfrentamiento irreconciliable y virulento contra los nacionalistas (ni mucho menos pasarse la vida deplorando como plañideras que los nacionalistas sigan siéndolo, en lugar de convertirse a nuestra conveniencia en diptongos también). Basta sólo -pero nada menos- con tener un discurso político claro, explícita e inequívocamente argumentado a favor de la unidad ciudadana del Estado de derecho, de sus instituciones, de su lengua común y de sus lenguas cooficiales, de que son los ciudadanos quienes tributan al Estado y no las comunidades territoriales, del contenido de progreso que supone esta unidad, de la ventaja política que representa frente a la disgregación etnicista del separatismo. Y se precisa una práctica coherente -y sobre todo educativa- que reivindique y afirme estos valores en nuestra convivencia. Si luego hay que hacer algún tipo de acomodo o pacto y buscar el entendimiento dentro de lo constitucionalmente posible con quienes tienen otras ideologías, que se haga en buena hora pero sin disimular ni hacer vergonzante la forma de pensar que quienes no somos diptongos tenemos por mejor para el país. Porque las elecciones se pierden a veces y se ganan en otras ocasiones, pero hay cosas que se están perdiendo y que puede que no se recobren nunca ya. Y las monsergas sobre el "españolismo" se las podemos dejar a quienes, pobrecillos, no dan para más.

A veces, la ambigüedad de los diptongos es derrotada por la cruda realidad. No hablaré de los conflictos hidrográficos, para que se vea que a veces puedo ser piadoso. Pero mencionaré un caso curioso y emocionante. Como saben, la negativa a exhibir permanentemente la enseña nacional en los ayuntamientos ha sido uno de los rasgos distintivos de los alcaldes diptongos y ha generado cierta polémica. Pues bien, con la trágica ocasión del asesinato de Isaías Carrasco, en el balcón del Ayuntamiento de Arrasate, donde se veían tres mástiles vacíos, algunos compañeros pusieron una gran pancarta llena de fotografías del asesinado en que se leía: "Todos somos Isaías". Y yo pensé entonces que, a pesar y en contra de los vicios diptongos, habían reinventado la bandera española.

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

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