AGLI

Recortes de Prensa    Domingo 25 Mayo 2008

Exiliados por el euskera
La imposición lingüística del Gobierno vasco provoca la marcha a otras comunidades de médicos y padres que no pueden matricular a sus hijos en castellano Otros, incluso se plantean mudarse a Francia
Algunos padres se plantean contratar una ruta escolar para que sus hijos vayan al colegio que quieren.
Iker Moneo La Razón 25 Mayo 2008

BILBAO- «Estoy dispuesta a vender la casa de San Sebastián y trasladar a mi familia a Hendaya». Es la decisión «dura y tajante» que está a punto de adoptar Eva Díaz, madre de tres hijos que ha visto cómo el modelo trilingüe (con inglés) en el que les iba a matricular el próximo curso ha derivado en otro dominado por el euskera, una lengua «muy politizada que sólo se habla aquí». El caso de Eva es uno de tantos, ya que el Gobierno vasco aprobó en octubre un decreto que convierte al euskera en la lengua vehicular de la enseñanza y que es el principio de un recorrido que culminará con la desaparición de los tres modelos vigentes (euskera, castellano y bilingüe), como ocurre a día de hoy -sin esperar a aprobar la ley- en muchos colegios vascos.

Ante la imposibilidad de poder elegir el idioma en el que desea educar a sus pequeños de 7, 4 y 2 años, Eva baraja la idea de ir a vivir a Francia, «como hicieron otros padres hace años cuando vieron que con el euskera sacrificaban mucho en la educación de sus hijos». También se plantea, si reúne el número suficiente de niños, contratar con otras familias una «ruta escolar» hasta Hendaya, a 20 kilómetros. Las alternativas que ha encontrado en esta localidad gala son dos colegios: uno oferta plazas en inglés y francés, otro en francés y euskera.

Para argumentar su decisión esgrime otras experiencias: «El hijo de una amiga matriculado en el modelo bilingüe tiene que aprender con 13 años conceptos como País Vasco continental y peninsular». Lamenta, también, la marcha a una universidad de Madrid de la hija de otra amiga que «no quiere saber nada del euskera».

«Estudiar euskera es como hacer una carrera», dice un médico de Castilla y León que prefiere preservar su identidad y que optó por irse del País Vasco a pesar de ganar menos. Después de trabajar 4 años en un hospital vasco y de aprobar la última OPE de Osakidetza (Sistema Vasco de Salud), no logró plaza por el euskera. «El único mérito válido», denuncia. Y es que acreditar un conocimiento medio de esa lengua vale 16 puntos frente a los 4 de un doctorado, « niveles que no se dan en ninguna comunidad». Su marcha responde al sentimiento de «injusticia» y al hartazgo que le provocó dedicar los meses previos al examen tres horas diarias a estudiar euskera (dos en el euskaltegi y otra en casa), «tras 8 de trepidante trabajo».
Son varias las críticas que le suscita la euskaldunización de la sanidad vasca. La primera se refiere a la gran inversión del Gobierno vasco en clases de euskera, ya que este dinero «se podría destinar a mejorar instalaciones o equipos»; la segunda, al tiempo que requiere su aprendizaje, «horas que restas a actualizar tus conocimientos en una profesión que exige estar al día». Y añade que muchos profesionales que acceden a una liberación total (dejan el trabajo para aprender euskera) «al volver no se acuerdan de nada». «Es cerrarse a otros avances», observa.

Comparte esta opinión María Asunción Guerra, médico guipuzcoana que lleva 25 años trabajando en Osakidetza, sin plaza fija tras dos oposiciones a causa del euskera, y que considera que los pacientes lo que quieren es «un buen médico y no que sea bilingüe». Lo acredita: «En este tiempo, sólo una persona me pidió que le atendiera en euskera». Además de señalar la paradoja de cubrir sin perfil de euskera la sustitución de una plaza que lo exige porque «no hay gente», da cuenta de que «hay tantos pediatras liberados para estudiar euskera que muchos de sus puestos los han cubierto médicos de medicina general».

«Mucha pena»
De «éxodo lingüístico» habla Pablo Gay Pobes, abogado y padre de tres hijos que, ante el panorama educativo al que se enfrentan en Vitoria, busca trabajo fuera del País Vasco. «No es por miedo, pero me gustaría estar preocupado por temas normales y no por la batalla lingüística», dice Gay Pobes, quien es, además, portavoz de Plataforma por la Libertad de Elección Lingüística. Su plan: «Intentaré no irme lejos para que cuando esto cambie poder volver y reconquistar este territorio».

M.ª aSUNCIÓN GUERRA Médico Pablo Gay Pobes Abogado y padre de tres hijos
«En 25 años sólo un paciente me pidió que le hablara en euskera»«La imposición provocaun éxodo lingüístico» Cambiar el tamaño del texto

A pesar de llevar 25 años como médico, el desconocimiento del euskera le impide obtener una plaza fija. Sostiene que lo que los ciudadanos quieren es un buen doctor y no una persona bilingüe, confirmando que durante toda su carrera «sólo una persona me pidió que la atendiera en euskera».

Busca trabajo fuera del País Vasco. Este padre de tres hijos no ha sido capaz de matricularles en un modelo en castellano y por ello ha decidido marcharse. Sabe que no es el único y habla de «éxodo lingüístico». Pero aunque se va, espera que la «situación cambie para poder volver».

La «niña bonita» de las arcas vascas
El Gobierno vasco gastará este año 126 millones de euros en promocionar el euskera. Una inversión importante, que crece más de un 4 por ciento respecto a la de 2007, pero que aún está incompleta. No incluye otras partidas vinculadas a esta lengua, como es el caso de las relativas a EITB, el ente público de radio y televisión que cuenta con una emisora y un canal en euskera -al que se sumará otro a partir de 2009-. Tampoco integra todo el dinero que se destina a sufragar las sustituciones de los funcionarios que son liberados total (un máximo de dos años) o parcialmente (dos horas diarias) para estudiar euskera y acreditar de esta manera el perfil lingüístico que exige su plaza. Para hacerse una idea, el año pasado el tripartito gastó en clases de euskera para el personal de Osakidetza unos 4,5 millones de euros y más de 5 en sustituirlo.

Tenemos que hacer algo
Juan R. García www.cordobesesporlalibertad.org  25 Mayo 2008

Los ciudadanos, críticos, variados e independientes, tenemos que compartir ideas, aunar esfuerzos, estrategias y recursos. Tenemos que pasar a la acción, para luchar contra el régimen que la clase política (véase Andalucía y más concretamente, Córdoba) ha instaurado en su único provecho.

Tenemos que defender la libertad individual, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y la igualdad de oportunidades para todos los individuos, sin privilegios ni restricciones; tenemos que promover la implantación de un sistema electoral justo y representativo, que sea verdaderamente representativo del pueblo; tenemos que luchar por la consagración del principio de separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial; etcétera, etcétera, etcétera.

Tenemos que denunciar, cada día, el terrorismo, las afrentas a las víctimas; hemos de clamar contra la corrupción institucional y la desmesura del sector público; contra la burocracia y el despilfarro del dinero de nuestros impuestos; etcétera, etcétera, etcétera.

Tenemos que intentarlo, por el futuro de nuestros hijos y familias; y por la memoria de quienes tanto sufrieron, se sacrificaron o murieron para que nosotros hayamos podido vivir más cómodamente que ellos.

Los políticos nos han abandonado, ha llegado nuestra hora: hemos de pasar a la acción. La pregunta es, ¿cómo hacerlo?. Tenemos que analizar quiénes somos y qué podemos hacer.
Por favor, acepto sugerencias y recomendaciones.

OCHO HOMBRES Y UN CAÑON
Arturo Pérez-Reverte www.xlsemanal.com/perezreverte 25 Mayo 2008

He pensado muchas veces, y algunas lo he escrito, que los españoles no somos los de antes. Para bien y para mal. Casi siempre, más para bien que para mal; aunque en ciertos aspectos la peña haya perdido virtudes que, como en todas partes, son arrastradas por el tiempo, el confort, los cambios en la educación y la maldita tele. A los que nos gusta la gente con su toquecito espartano, la vieja estampa del español sobrio y duro, hecho lo mismo a la sequía y al pedrisco que a los infames gobiernos y desgracias que la vida le echa encima desde los tiempos de Indíbil y Mardonio, nos produce simpatía y una cierta ternura. Sin que por eso nos ciegue la pasión, claro. Algunos opinamos que, en esta vieja y rezurcida piel de toro, el número de hijos de puta por metro cuadrado es superior al de otros países de parecidas latitudes o longitudes. Lo dará la tierra, supongo. El clima, quizás. Un país seco y difícil como éste, con el currículum que tiene en la chepa, es normal que tenga tan mala leche.

Quiero decir con esto que, si en España cada cual tiene su patriotismo –caspa nacionalista paleta, nostalgia imperial, matices intermedios o ausencia absoluta de todo ello–, el mío es una especie de solidaridad vaga y agridulce; un sentimiento melancólico hecho de viajes, de libros, de viejas piedras y de años infantiles escuchando, con paciencia y respeto, la memoria –por suerte amplia y liberal– de mis abuelos. Mi patriotismo, en resumen, es la certeza de que la gente con la que comparto suelo, lengua –cuando me dejan– e Historia, remó junta en la misma galera, sufrió idéntica miseria bajo reyes imbéciles, obispos siniestros y funcionarios corruptos, y se dejó la piel, cuando no hubo más remedio, en hazañas increíbles o empresas infames, según salía el naipe de la baraja. Hazañas y empresas casi todas inútiles, por cierto. Cada vez que abro un libro de Historia habría preferido ser inglés, o francés. A veces, hasta italiano –allí tienen, al menos, sentido del humor–. Pero esto es lo que hay. Cada cual baila con la que le toca.

Debo confesar que hace unas semanas me sentí patriota, a mi manera. O me rozó el puntito. Estaba en la exposición que hemos montado en Madrid sobre el Dos de Mayo, que seguirá abierta hasta septiembre. Unos trabajadores desmontaban y volvían a montar un cañón de artillería que pesa más de media tonelada. Eran chicos duros, obreros madrileños hechos al trabajo manual, serio, de verdad. Tan parecidos a un metrosexual de mantequita suave como un cisne maricón a un pato de infantería. Gente de manos encallecidas y brazos fuertes, jóvenes todos, que arrimaban el hombro con la alegre energía de la gente vigorosa y sana cuando emprende algo por lo que le pagan bien o le interesa mucho. La tarea los divertía, pues no siempre hay oportunidad de que el curro consista en montar una pieza de artillería de 1808. La cureña y el pesado tubo de bronce estaban en el suelo, y había que levantar una y colocar encima el otro. No había otra que hacerlo a pulso, entre los ocho que eran. Hablamos de traer a más gente, pero ellos decidieron que no, que podían hacerlo solos. Y a ello se pusieron.

La faena fue larga y difícil, peligrosa a veces. Le realizaron todos a una, animándose entre sí con el tono que pueden ustedes imaginar entre gente joven y de buen humor, bromeando con el pesado cañón, con Napoleón y con los franceses, mientras acompañaban la operación con comentarios y chulerías castizas propias de los barrios de Madrid. Y viéndolos esforzarse una y otra vez, apretados los dientes, dejándose allí los riñones hasta que lograron su objetivo, algo fanfarrones, tenaces, recios y masculinos como lo fueron siempre los tíos de toda la vida, no pude menos que pensar que si en ese mismo instante, doscientos años atrás, a esos jambos les hubiesen dicho hay franceses en la calle dando por saco y ahí tenéis unas navajas, colegas, era facilísimo imaginarlos saliendo afuera en grupo, alentándose unos a otros, a sacarles las asaduras. Por España o por sus cojones, tanto da. Y es que eran ellos, concluí. Los mismos fulanos, en otro tiempo y en otras circunstancias. Fusilados o sin fusilar. De pronto resultaba tan fácil reconocerlos que me estremecí en los adentros; y a pesar de mis resabios –pesa mucho haber sido lumi antes que monja–, no pude menos que sonreír, conmovido. Se secaban el sudor de la frente y bromeaban entre sí, orgullosos del esfuerzo, mirando satisfechos el cañón puesto sobre la cureña. Esos ocho hombres jóvenes no sabían que en ese momento eran mi patria. Y que el mejor homenaje a la gente que salió a pelear a la calle doscientos años antes, acababan de hacerlo ellos.

Naturaleza y funciones del psicópata bloguero
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 25 Mayo 2008

En la guerra sucia desatada contra la Derecha que no acepta el cambio de régimen, de la que la campaña para entronizar a Gallardón –con Rajoy como menordomo temporero– es prueba obscena y evidente, Internet juega y jugará más en el futuro un papel esencial. La vil liquidación política de María San Gil –que, ojo, no está políticamente muerta, y puede sobrevivir más que sus verdugos– se ha producido mediante filtraciones usando la Red, a través de medios que no llegan a informativos ni alcanzan la condición de creadores de opinión autónomos, pero que pueden pasar por algo más que simples sitios confidenciales y bizcochables. En una campaña de diseño genuinamente pepiñesco, la derecha sorayina ha construido una red de confidentes despistados o serviles –desde los jóvenes inexpertos en papel a los añosos penosos reconvertidos en buzones de Internet– que no dudan en transmitir cualquier frase que parezca noticia y sirva al propósito de Génova 13.

Luego uno puede rastrear la noticia y darse cuenta de su inanidad, falsedad y manipulación, pero ya ha cumplido su objetivo, que era desanimar a una persona muy machacada y que tire la toalla. El mecanismo es, repito, el de la izquierda prisaica: la destrucción personal. Desde el vídeo contra Pedro Jota hasta la campaña contra los resistentes de la COPE en estos últimos años (recrudecida en estas últimas semanas) ya sabemos hasta dónde son capaces de llegar estos delincuentes morales y políticos. Hay que estar, por tanto, acorazados y prevenidos. Porque la guerra para rendir a la Derecha que no acepta el cambio de régimen, que repito es el objetivo final, será larga. Y dura.

En esta guerra va a tener gran importancia una figura criminosa más que criminal: la del psicópata bloguero. Hay quien lo confunde con lo que Pepiño ha recibido en sus cubiles de Ferraz como nuevos "cibermilitantes", es decir, militantes políticos del ciberespacio al servicio del PSOE y de su nuevo régimen antinacional, antiliberal y antidemocrático. Pero esos cibermilitantes no pueden inundar la red con mensajes positivos sobre el PSOE que irían directamente a parar a la basura, sino difundir continuamente consignas de contenido injurioso o descalificatorio contra sus rivales. Y hace falta tener una pasta muy especial, una personalidad muy caracterizada y peculiar, para pasar el día –o las horas libres del día– difundiendo infamias contra los enemigos políticos de hoy, que, ojo, pueden ser los amigos de ayer o los aliados de mañana, según convenga al Prisoe. No hay más que ver lo que decían contra Rajoy los mismos que, tras traicionar a sus votantes y militantes, ahora lo alaban junto a Gallardón. Es la derecha laica que Polanco pedía, la que Cebrián quiere "reconstruir", la que el triunfador Llamazares llama "normalizada", que en un matasanos castrista significa, obviamente, amordazada.

El cibernauta de Pepiño no es un psicópata bloguero, pero debe reclutarlos entre ellos. ¿Y qué clase de psicópata es éste? Pues muy sencillo: el que carece de empatía con los que le rodean o a los que visita, el indiferente a los sentimientos de los que constituyen una determinada comunidad ideológica y política, que aún discrepando en las tácticas y liderazgos, comparte unos mismos valores, una misma sensibilidad hacia las ideas que, a su juicio, deberían informar la acción política. Un psicópata bloguero es el que entra y se aposenta –a veces hasta trata de robar– en un blog para humillar, insultar o aburrir a los que lo ocupan. Le da igual lo que sientan, porque él no siente, salvo una especie de motor de odio destructivo que sólo tras cumplir su propósito se hará autodestructivo. Le da igual pasar horas y horas en una tarea aburrida, sórdida, de asechanzas y trampas, porque extrae su placer precisamente su insensibilidad hacia los que trata. Como todos los psicópatas, es un ser que carece de cualquier empatía con el prójimo, que para él no es sino parte de un paisaje humano con interés meramente instrumental y entomológico. De estos psicópatas salen los cibernautas del nuevo servilismo, los que desprecian los sentimientos y las ideas de quienes las tienen. Porque, y esta es la clave última de su personalidad, el psicópata no tiene ideas ni sentimientos, salvo el de destruir deliberada, minuciosa y morbosamente a quienes los tienen.

El Psicópata Bloguero (PB) es sólo una variante del psicópata común, pero lo vamos a ver mucho, sólo o en compañía de otros, boicoteando los sitios ajenos porque no tiene sitios propios. El PB no busca y hace el mal por necesidad sino por placer. Vive de la negación del otro, por eso se identifica tanto con los terroristas, para los que sus enemigos no son personas, lo que hace mucho más fácil liquidarlas. No se le verá nunca compartiendo un blog de gente que piense como él, porque él no piensa, sólo niega el pensamiento y el derecho a pensar de los demás. De esta clase de gente maligna, que no debemos confundir con los que de buena fe compran su mercancía, tenemos abundante presencia en este blog, en otros como éste y, en general, en las opiniones libres y rápidas que acompañan a las noticias de Libertad Digital. Y como la guerra contra los que creemos en España y en la Libertad se está haciendo ya a través de la Red, tenemos que ir preparando el contraataque. Sin concesiones.

Rajoy no quiere escuchar
No hay duda de que los afiliados seguirán hablando, aunque nos tememos que la sordera de Rajoy sea ya un hecho irreversible.
EDITORIAL Libertad Digital 25 Mayo 2008

La sucesión de acontecimientos motivados por la crisis del Partido Popular indica que el PP es una organización más dinámica de lo que a algunos de sus líderes les gustaría. Las abundantes críticas contra la línea adoptada por Rajoy y las quejas de sus afiliados, que según el caso han optado por alzar su voz o dejar el partido, demuestran que pese a su estructura fuertemente jerárquica, muchos afiliados y militantes no están dispuestos a que sus principios sean olvidados en aras de una extraña táctica que consideran fraudulenta.

A escasas cuatro semanas de la celebración de su próximo congreso, los actuales dirigentes del partido se las han arreglado para crear en torno a ellos un ambiente de desconfianza, cuando no de rechazo, materializado hace dos días en la manifestación espontánea de cientos de afiliados de base ante la sede del partido en Madrid. Los manifestantes reprendieron duramente al líder y a su entorno y reivindicaron a María San Gil, penúltima víctima de este contraproducente giro a ninguna parte protagonizado en las últimas semanas por los partidarios del presidente del PP. La reacción de Rajoy, que prefirió mirar a otro lado y decir que las protestas no iban dirigidas a él, sorprende por su puerilidad y falta de visión.

Si bien es cierto que el aumento de votos del PP se ha debido a la transferencia de votantes del PSOE y que el espectro ideológico de los populares es más amplio que el socialista, esto no justifica que de la noche a la mañana Mariano Rajoy opte por adentrarse en el espacio político de Rodríguez Zapatero y de los nacionalistas confiando en que la falsa simpatía que este movimiento pueda concitar entre los medios afines a la izquierda le reporte apoyos entre los votantes que se autodefinen como de izquierdas.

Más bien sucede lo contrario. Si a pesar de la campaña de estigmatización que los populares han sufrido en los últimos años, el PP es el partido que más se parece a los españoles y el que más votos recibe de los considerados "centristas", esto se debe a que sus principios son los que más se acercan al sentir de la gran mayoría. Renunciar a ellos apelando a la conveniencia electoral no sólo no les ayudará –el cinismo de los políticos no suele ser muy valorado por los ciudadanos– sino que además le restará la adhesión de millones de personas que confían en que el PP se enfrente con valentía a los envites que a diario sufre la democracia española por parte de quienes han dejado más que claro que no creen en ella.

Por otra parte, ¿acaso piensa Rajoy que su luna de miel con el Grupo Prisa durará eternamente? No es la primera vez que los populares, o algunos de sus dirigentes, han llevado a cabo tácticas de acercamiento a la izquierda. Tras la caricia siempre viene la coz, el ataque por la espalda y el discurso falaz que anatematiza al Partido Popular como formación radical y antidemocrática. Ocurrió el pasado y volverá a pasar en el futuro, tal vez en el momento más inoportuno para los intereses de la actual dirigencia del PP.

Por tanto, nada excusa un comportamiento que algunos de los congregados el viernes en la calle Génova llegaron a calificar de "traición". No hay duda de que los afiliados seguirán hablando, aunque nos tememos que la sordera de Rajoy sea ya un hecho irreversible. Que en este contexto se permita aleccionar sobre la unidad no suena sino a broma de mal gusto. La cosa no está para chistes.

La crisis del PP y los nacionalistas
JAVIER ZARZALEJOS El Correo 25 Mayo 2008

El Partido Popular continúa su convulsa travesía hacia el congreso que en Valencia deberá elegir a la nueva dirección y aprobar lo que se supone que ha de ser la orientación estratégica y organizativa para esta legislatura. Las cuatro semanas que todavía quedan hasta la reunión levantina se presentan al menos tan problemáticas como las vividas hasta ahora por una organización que si algo puede tener por seguro es que le espera una tarea nada fácil de recuperación de la confianza de todos aquellos que hoy contemplan con perplejidad lo que está ocurriendo.

Al inicio de este proceso que debería concluir en Valencia, tres factores llevaban a pensar que el PP podría afrontarlo con suficiente serenidad. En primer lugar, una única candidatura a la presidencia del partido -la de Mariano Rajoy- no desafiada por nadie; en segundo término, unos resultados electorales por encima del 40% frente al PSOE, al que no ha conseguido desbancar pero que no ha obtenido la mayoría absoluta; finalmente, un consenso estable entre las distintas corrientes ideológicas que convergieron en la refundación, y que cuajó sin tensiones durante los ocho años de gestión de gobierno. Y sin embargo, la imagen que ofrece el Partido Popular dista mucho de la de un proceso enmarcado en estos parámetros. La evolución de los acontecimientos sugiere más bien la imagen de una organización que hubiera sufrido un desplome electoral, con sus principales referencias en crisis, e invadida por un debate en varias direcciones sobre la confianza, un debate que puede ser todo lo sujetivo que se quiera pero que en política es fundamental.

La ausencia de una candidatura alternativa a la de Rajoy no puede ser interpretada sólo como mero asentimiento sino también como una invitación al candidato para realizar ese esfuerzo de integración -personal y afectiva- en el que ha residido la clave del éxito político del centro-derecha. Una invitación que se entendió contradicha por las referencias de Rajoy a 'su equipo' cuyo significado, real o presunto, fue debidamente exprimido por tertulias, columnas y editoriales. De la misma manera, el pragmatismo de Rajoy, que teóricamente le sitúa en una cómoda posición ante las corrientes ideológicas que tradicionalmente conviven en su partido, difícilmente encajó con su invitación a que conservadores y liberales cambiaran de aires en vez de reclamar para el Partido Popular la verdadera representación de tales opciones. Apelaciones genéricas a 'girar' al centro, que seguramente sin quererlo olvidan la posición adquirida por el PP bajo el liderazgo de Rajoy en ese segmento electoral, o las referencias de éste a 'moverse' sin más concreciones tampoco han ayudado a transmitir las certezas y la claridad de las apuestas estratégicas que el presidente de PP reclama para sí.

En este contexto es todavía menos comprensible que haya reventado en el PP un debate perfectamente inútil sobre el acercamiento al nacionalismo. Porque por más que se exhiba el texto de la ponencia política, los resultados en el País Vasco y Cataluña han generado en algunos sectores de PP una urgencia por buscar la forma de acomodarse a lo que creen que es un nuevo paradigma político que Zapatero ha hecho irreversible en ambas comunidades autónomas. Sin embargo, es más que dudoso que los afanes de renovación popular deban canalizarse en esa dirección cuando Ibarretxe acaba de certificar en Madrid la eterna derrota de 'los moderados' y vuelven las expectativas de sustitución democrática del nacionalismo vasco, para lo cual los socialistas, que le han cogido gusto a eso del voto útil, se disponen a morder en el electorado del PP al que intentan atraer presentándose como la mejor opción para una alternativa verosímil. Preocuparse en exceso por cómo acercarse a las sensibilidades nacionalistas, además de reclamar una explicación para saber en qué consiste, resulta una tarea mucho menos útil que poner en valor el papel del Partido Popular ante una futura alternativa al nacionalismo que los socialistas no pueden materializar por sí solos ni siquiera en la mejor hipótesis de resultados electorales. Es decir, que sin el Partido Popular no hay alternativa por mucha que sea la progresión electoral de los socialistas.

Pero es que, además, al interiorizar como un problema esencial el de los pactos con los nacionalistas, el PP -que, a mayor abundamiento, gobierna sin problema con Coalición Canaria- se atribuye en exclusiva una limitación que hoy recorre todo el espectro político. Hoy todos tienen dificultades para pactar. Los nacionalistas se sienten, con razón, vampirizados por sus acuerdos con el PSOE, para el que han estado trabajando toda a legislatura anterior formando un cordón sanitario frente al PP que les ha terminado por ahogar electoralmente a ellos. El Partido Socialista parece ser consciente de sus excesos pasados y de los costes en los que incurriría con una reedición de sus acuerdos con los nacionalistas, como ha querido dejar claro Rodríguez Zapatero al renunciar a la investidura en primera vuelta para alardear de una precaria libertad de acción frente a las presiones nacionalistas.

Los pactos con los nacionalistas que han sido una parte muy sustancial de la práctica política de nuestro sistema democrático obedecían a un modelo que se ha roto en la pasada legislatura, al romperse el consenso PSOE-PP que mantenía las exigencias de aquéllos dentro de límites asumibles. Al abrir la estructura constitucional del Estado a la negociación con los nacionalistas vascos y catalanes con exclusión del PP, el PSOE ha convertido los acuerdos con los nacionalistas en una aventura de coste impredecible, tanto que el propio Zapatero quiere tomar distancias frente a sus alegrías pasadas. El entendimiento con los nacionalistas vascos y catalanes no es un problema exclusivo del PP, es un grave problema del propio sistema democrático en la medida en que aquéllos reclaman como contrapartida la capacidad para disponer de la estructura constitucional del Estado. Y es un problema, desde luego, para los propios nacionalistas. En ese sentido, el Partido Popular, por ejemplo, en vez de darse siempre por aludido cuando surge este tema, debería recordar la suerte que ha corrido CiU desde que le ha dado por ir al notario para certificar que no pactará con la formación de Rajoy.

El PP no debería plantearse más problemas que los que ya tiene, ni hacer análisis superficiales de sus resultados, en unos casos demasiado triunfalistas, en otros demasiado derrotistas, ni mucho menos confiar en el arbitrismo de las soluciones aparentemente fáciles. Puede y debe reclamar su papel central en el sistema político, su fuerza electoral contrastada y un bagaje político y de gobierno que en vez de ser fuente de perplejidad debería ser un activo de futuro.

Hasta que no haya más jóvenes
VICENTE CARRIÓN ARREGUI El Correo 25 Mayo 2008

PROFESOR DE FILOSOFÍA

Hasta que no haya más jóvenes en cada una de las concentraciones, homenajes y otras manifestaciones de la repulsa cívica a ETA, estamos perdidos. Llevo años repitiéndome esta monserga, doblemente entristecido en cada gesto de protesta: por la afrenta misma del fanatismo etarra, sí, pero también por la indiferencia que las nuevas generaciones parecen mostrar hacia la cosa pública, hacia la política.

No sé qué dirán los sociólogos pero tengo por una de las herencias principales del Mayo francés -símbolo del movimiento estudiantil que en 1968 brotó en buena parte del mundo- ese idealismo juvenil que hizo trizas las teorías que atribuían a la clase obrera el protagonismo de todo cambio social. La frescura, la alegría, la libertad y la audacia para rebelarse contra el viejo corsé de la moralidad burguesa, así como esa arrogante confianza en que cambiar el mundo era cuestión de proponérselo, han quedado asociadas al aroma florido de ese Mayo del 68 en París, expresión de la contracultura por entonces y punto de partida del creciente protagonismo de los valores juveniles en nuestra sociedad de consumo actual.

Escribo desde la ingenuidad y desde la nostalgia, por supuesto - no saben los esfuerzos que he de hacer para dejar en el tintero los términos más pletóricos, 'divina insolencia' o 'bendita osadía', con los que me tienta aludir a ese aroma de eternidad que despide el compromiso político de los jóvenes-, pero también desde una certeza, la de que sólo la energía de las nuevas generaciones marca el calado de los cambios sociales más profundos. De ahí que la desidia de los jóvenes frente al terrorismo no invite al optimismo. Quizás, por el momento, debamos conformarnos con comprobar cuán radicalmente está cesando la fascinación adolescente por la 'kale borroka', las movidas callejeras y la estética batasuna.

Mentada la parte más lírica del 68 -ya saben, la parejita besándose ante las barricadas- queda por escarbar su parte sórdida, léase, hasta qué punto la mitología revolucionaria del Mayo francés influyó en las organizaciones de extrema izquierda y en la propia ETA. Se ha dicho que las revueltas del 68 marcaron el fin de las grandes ideologías, especialmente el marxismo, y así debió de ser en los países más avanzados, que no en nuestros lares, donde la experiencia movilizadora francesa -de cómo los mensajes revolucionarios de un grupúsculo inteligente podían transformarse en una llamarada arrasadora en cuestión de horas- posibilitó la gran influencia que maoístas, trostkistas, anarquistas e iluminados de todo pelaje tuvieron en los últimos años del franquismo y en los primeros de la Transición.

Y es que siempre que se habla del surgimiento de ETA se mira de reojo al nacionalismo y a las siniestras complicidades que, por activa y por pasiva, alimenta el mundo abertzale. También se da por supuesta la responsabilidad que la represión franquista tuvo a la hora de que amplios sectores de la población legitimaran la violencia antirrepresiva, pero parece que ahí se acaba todo: entre nacionalistas y franquistas se explica al monstruo, como si los marxismos, anticapitalismos y guerrillerismos no hubieran tenido una influencia decisiva en la permanencia del terrorismo etarra.

Y no fue así. No hace falta ser un erudito para recordar los 'apellidos' de ETA. Si fue fatalmente famoso el de 'V Asamblea' fue porque antes hubo una cuarta de donde se desgajó el maoísmo vasco que representaron el MCE y la ORT, y luego hubo una sexta que abrazó el internacionalismo trostkista revitalizado por la LCR francesa. Ese furor marxista que prendió entre los universitarios españoles de los setenta parecía ajeno al etnicismo etarra pero contribuyó enormemente a dar soporte teórico a su violencia política; palabrería de comunicados que nadie lee ahora pero que, en su momento, generalizaron una lógica totalitaria, la del marxismo, por la que el guardia civil asesinado dejaba de ser un ser humano para convertirse en mero miembro de un cuerpo represivo víctima de la lucha de clases. Ustedes me entienden.

Es verdad que ni en sus mejores tiempos tuvo ETA gran altura intelectual ni especulativa. Nos lo recordaba hace unos días Valentín Solagaistua en una impagable entrevista ('El País', 18-5-08) cuando hablaba del 'cojonímetro' como mecanismo determinante de las decisiones etarras, más basado en la potencia testicular del que zanja el debate poniendo el pistolón sobre la mesa que en otro tipo de argumentos. Pero, aún así, no hay duda de que cuando, tras los tristes resultados que obtuvo la izquierda revolucionaria en las primeras elecciones democráticas del 77, se produjo un cierto 'desencanto' que dejó en chasis a las organizaciones marxistas, hubo un respetable número de militantes que prefirió abrazar la causa abertzale antes de resignarse a languidecer en aquellos grupúsculos desprovistos de la aureola heroica de la clandestinidad antifranquista. Las propias organizaciones supervivientes, con sus siglas ya euskaldunizadas (EMK, LKI, etcétera), optaron por hacer del 'problema nacional' el eje del conflicto, visto que el descarnado lenguaje de la lucha de clases no despertaba tanto entusiasmo entre una población razonablemente orgullosa de su nivel de vida.

Supongo que la cuestión de fondo era ésa: abrazar a alguien, encontrar una causa que explicara los sinsabores de la existencia de un modo gratificante. Recuerden los más jóvenes que alguna conexión había entre la nueva fe marxista y la vieja fe religiosa de la que toda una generación parecía haber quedado de pronto huérfana. El caso es que no era difícil desplazar la filiación del pueblo de Dios a la clase obrera y de ésta al pueblo vasco. La cosa era percibir el abrazo de las grandes causas, por perdidas que estuvieran. Lo que fuera. Todo con tal de ignorar la responsabilidad personal, encantados de sentirnos partes de algo que nos explique y nos dé sentido, felices de encontrar en la burguesía o en el Estado español al diablo en el que ya no estaba bien visto creer pero que tan necesario seguía siendo para explicar el Mal, la naturaleza siempre ajena del Mal.

Se diría que hablamos del Pleistoceno, ¿verdad? Y sin embargo en el Bachillerato se sigue estudiando a Marx y cuando algún alumno aventajado pregunta por la influencia que tuvo el marxismo o el 68 francés en el terrorismo etarra no me queda otra que decir que sí, que hubo un tiempo en que los jóvenes estábamos tan entusiasmados por combatir las injusticias sociales que revitalizamos una ideología en declive, el marxismo, que a su vez hizo un cóctel delirante con lo peor del nacionalismo para cuajar en forma de una organización, ETA, que ya lleva cuarenta años amargándonos la vida. Si lo pienso bien, igual es mejor que a los jóvenes siga sin interesarles la política.

Qué cúpula militar ni militar
POR ANTONIO BURGOS ABC 25 Mayo 2008

NO es que la ETA haya caído como el Imperio Romano o como se derrumbó el cimborrio de la catedral de Sevilla, pero por lo menos la Guardia Civil ha trincado en Francia a los cabecillas de la banda. Y para que no haya problemas de celebración en un brindis por la libertad y la ley, la caída de ese cupulín ha sido en una ciudad con nombre de vino incorporado: Burdeos. Levanto, pues, por Burdeos mi copa de Jerez, y digo: «Viva España y Jerez y la Guardia Civil».

Los problemas empiezan cuando te dicen cómo se llama el jefe que mandaba a la gentuza que han trincado. ¡Qué nombre más vasco, Dios mío de mi alma! Un nombre tan vasco, tan vasco, tan vasco, que deja en pañales a aquel Telmo Zarraonaindía de nuestra admiración por el Atlético de Bilbao en los álbumes de cromos de futbolistas del colegio. ¿Saben ustedes cómo se llama el vasquísimo jefe de la banda que han trincado los civiles? Pues Francisco Javier López Peña, ¡toma ya!

-Eso no es nombre de baranda de los etarras. Eso es nombre de candidato a presidente del Consejo de Cofradías de Sevilla.
Por eso le dicen de mote Thierry, mi alma, por eso mismo: para no tener que hocicar reconociendo que la «liberación» del pueblo vascongado y su «independentzia» (palabra tan vascuence que no se entiende) están en manos de un tal López. Un López quiere separar a las Vascongadas de España porque en Madrid manda un Rodríguez y a eso no hay derecho, que los López de Ondabirria, perdón, de Ondarribia, sean mandados por los Rodríguez de La Moncloa.

Pero siguen mis perplejidades, a pesar de la alegría de que hayan trincado a los barandas de la partida, por lo que hay que felicitar en tiempo y forma, como lo hago en este mismo instante, al Gobierno del Reino de España. Cuando el ministro del Interior anunciaba el éxito de la operación de los guardias civiles que se juegan la vida por España en Francia, dijo, refiriéndose al tal López, alias Thierry: «Se ha detenido a la persona con más peso político y militar de ETA».

¿Militar, de qué? ¿Qué «peso militar» ni «peso militar»? Y luego, «cúpula militar» para arriba y «cúpula militar» para abajo. Y No Passsa Nada. Salvo Mingote, que lo cuadraba en un dibujo, ¡ar!, nadie le ha dado la menor importancia al adjetivo. Estaremos venciendo a la ETA por la única vía posible, que es la policial y judicial y la cooperación internacional, pero estamos cada día siendo derrotados por el lenguaje de sus asesinos. No es normal que todo un ministro del Interior hable como el «Gara», y que al referirse a los jefes de la banda diga «la cúpula militar», No, mire usted: aquí no hay ni debe haber más cúpula militar por boca de España que la que está formada conforme a la Constitución por unos señores tenientes generales de Tierra y de Aire y por unos almirantes de la Armada, y dirigida políticamente por una señora que acaba de tener un niño y a la que vuelvo a desear salud para criarlo. Esa es la única cúpula militar que conozco. Salvo que queramos seguir siendo vencidos por la ETA en la cotidiana batalla del lenguaje, en el que nos derrotan cada vez que llamamos «liberados» a los asesinos a sueldo de la banda, «comando» a sus cuadrillas de pistoleros o «legales» a sus delincuentes aún no fichados por la Policía.

No se puede manchar una palabra tan noble como «militar» aplicándola a la ETA. Sobre todo cuando tantos militares servidores de la Patria y de la Constitución han dado su vida por España, asesinados por la banda terrorista. Llamar «cúpula militar» al chiringuito que tenían montado en Burdeos el López y sus criminales colegas de la ETA es poco menos que igualar a la Junta de Jefes de Estado Mayor con la partida de bandoleros de José María el Tempranillo; y a las Fuerzas Armadas, con el ejército de Pancho Villa. «Militar» es el que profesa la milicia, la «religión de hombres honrados» de Calderón. No existen más militares que los caballeros (y damas) de las Fuerzas Armadas que sirven a España con la Constitución y las armas en la mano. Armas de nobleza, no armas asesinas de los criminales que cada día nos derrotan en la batalla del lenguaje.

El callejón del lendakari
El callejón del lendakari
POR GERMÁN YANKE ABC 25 Mayo 2008

Las dos salidas que le quedan a Juan José Ibarretxe del callejón en el que se ha metido son, en realidad, dos ficciones. En la entrevista que mantuvo el día 20 con el presidente del Gobierno insistió en que, aunque el documento que había elaborado para la misma fuese enmendado de la cruz a la raya, ambos interlocutores dijeran -Rodríguez Zapatero de algún modo- que se mantenía una negociación, un diálogo constructivo, a pesar de las discrepancias fundamentales, sobre el citado texto. Se trataba de mantener una ficción, la de que el plan Ibarretxe tiene, a pesar de las dificultades, alguna posibilidad futura. En ella, el lendakari quedaría, en su propio partido y de cara a los próximos comicios, como un reivindicador radical que puede seguir avanzando.

Si esta primera ficción no pudo ponerse en acto, ya que el presidente no aceptó la propuesta y, como el propio lendakari señaló como una crítica a Rodríguez Zapatero, insistió en las próximas elecciones vascas como punto de partida para el futuro, a Ibarretxe le queda la segunda: presentarse como una víctima, convertir tanto al PSOE como al PP en un «frente» como el que se fraguó en 2001, y apelar, en esas circunstancias, al voto del Partido Comunista de las Tierras Vascas, la careta de Batasuna que aún está en el Parlamento de Vitoria, para aprobar -como la «voluntad de los vascos»- el proyecto generado por esta deriva.

La ficción no es conseguir esos apoyos puesto que ya contó con Batasuna para sacar adelante el plan que fue rechazado en el Congreso de los Diputados, sino la insistencia en el victimismo, en que toda propuesta planteada como la búsqueda de una «relación amable» con España es rechazada sin diálogo alguno.

Es evidente que, en el seno del PNV, Ibarretxe ha tenido dificultades crecientes. Un sector del mismo no ve con buenos ojos ni el objetivo de un soberanismo acelerado ni una estrategia, para llevarlo a cabo, de entendimiento con Batasuna o sus alias, que es el único modo de dar la impresión, como ocurrió con la votación del Plan en Vitoria, de que cuenta con una mayoría en aquella comunidad autónoma.

El hito más paradigmático de ese punto de vista, que llevaría a pactos «transversales» y a una modulación en el tiempo de las reivindicaciones máximas del nacionalismo, fue la dimisión de Josu Jon Imaz como presidente del PNV.

La salida de Imaz
Imaz no es menos nacionalista que otros, pero no quería presidir un partido que convirtiera los planteamientos de Ibarretxe en el núcleo central de la actividad política. Es, por eso, un hito doblemente significativo: no quería ese programa pero, en vez de oponerse a él en los órganos del PNV y batallar política e ideológicamente con Ibarretxe, optó por marcharse.

Contaba con la mayoría de los afiliados (los de Vizcaya, que ya la constituyen en el seno del partido y otros grupos en las demás organizaciones territoriales), pero dos condicionantes sugerían, a pesar de eso, el fracaso en el empeño: la estructura interna de la organización, que sobrevalora las organizaciones minoritarias, y el fantasma de la división interna hasta el peligro de la escisión. Así que el mayoritario Imaz se fue a Estados Unidos de viaje de estudios y el minoritario Joseba Egibar, a cambio de aceptar a Íñigo Urkullu como presidente de compromiso, consiguió que el PNV siguiera apoyando la estrategia de Juan José Ibarretxe y su Gobierno.

Ibarretxe cuenta con ello, con la dificultad de que una mayoría de críticos, concentrados fundamentalmente en Vizcaya, le nieguen abiertamente la mayor y, para garantizar aún mejor esta suerte de seguro, insistirá en la ficción del victimismo. Una bochornosa ficción. Ni se puede esbozar ahora un «frente» entre PSOE y PP en el País Vasco ni dar por buena una estrategia común entre esos dos partidos más allá de la coincidencia básica en el respeto a la ley y la batalla contra ETA en la que se ha vuelto a escenificar una unidad elemental.

Burdeos
Los intentos de presentar las últimas detenciones de terroristas en Burdeos como una cortina de humo para restar impacto al encuentro entre Zapatero y el lendakari, que los ha habido incluso procedentes de nacionalistas considerados «moderados», han fracasado rotundamente en la opinión pública (incluso en la vasca). Al hartazgo ante el terrorismo, y ante cualquier complacencia y debilidad con él, se añade el hecho indudable de que el éxito de las actuaciones policiales contra la banda debilitan la trampa de Ibarretxe de querer presentar, como siempre termina haciendo, sus proyectos de autodeterminación como una solución a la violencia. El argumento de que ETA no puede condicionar la agenda política no cala, porque no hay una demanda de cambio institucional en una comunidad con poderes y competencias autonómicas incomparables en el mundo occidental, y el PNV vuelve, como ocurría en el plan Ibarretxe, como ocurre en el documento que el lendakari llevó a La Moncloa, a presentar sus fórmulas, incluso anticonstitucionales, como la pócima mágica que terminaría con el terrorismo.

No parece que vaya a tener éxito por ese lado y menos en la medida que el cerco policial y judicial a ETA se acreciente.
Sólo le queda el recurso al victimismo político, insistir, como ya hizo tras el rechazo al Plan Ibarretxe en el Congreso, en que se le niega cualquier posibilidad de diálogo a sus propuestas, a pesar de que las reformula una y otra vez. Con este esquema, pretenderá que el Parlamento vasco apruebe su proyecto de consultas y negociación con el voto del PCTV. Ya han reconocido algunos nacionalistas, antes de la entrevista del día 20, que el documento, aunque buscaba el compromiso de Zapatero, era, por la imposibilidad de ser tomado en consideración, un guiño a los restos parlamentarios de Batasuna.

Fuerzas nacionalistas
Y, a continuación, de nuevo convertido en víctima ficticia, convocará elecciones en el momento que considere más oportuno, para tratar de captar el voto de Batasuna y sus diferentes marcas que no podrán presentarse ya por decisión de los tribunales en base a su vinculación directa con ETA. Querrá ser el representante de esa unión de fuerzas nacionalistas, aunque unos no le discutan por miedo a la escisión y otros no puedan legalmente presentar otra alternativa.

Es improbable que el PNV, en ese momento, presente otro candidato en las actuales circunstancias. Sería, después de apoyarle a regañadientes, como sí el partido se desdijera a si mismo. La paradoja es que Ibarretxe, después de decir que Zapatero quería elecciones en el País Vasco porque no tenía «soluciones», se va a encontrar con que su única salida, fracasados sus intentos, son precisamente las elecciones. Salida y no solución para sus pretensiones porque el PNV viene recibiendo continuos varapalos electorales y los socialistas vascos, como se ha visto en las elecciones de marzo, pueden arrebatar al PNV el primer lugar. Pueden pero no es fácil, desde luego. Pero incluso siendo la fuerza más votada, quizá no le sea posible sostener en el futuro un Gobierno de coalición que, como ocurre ahora con EA e IU, siga defendiendo sus proyectos anticonstitucionales.

Canarias: una horita menos y un nacionalismo más
POR BERNARDO SAGASTUME. SANTA CRUZ ABC 25 Mayo 2008

Un diputado de Coalición Canaria (CC) recordaba no hace mucho, como dejando fluir un monólogo interior, aquella vez en que un buen amigo que tiene en CiU le dijo: «Si nosotros tuviésemos todas las particularidades que tienen ustedes por ser islas... ¡con eso sí que haríamos un Estatut basado en nuestro hecho diferencial!».

No ha pasado mucho tiempo -aunque en el medio ha quedado la truncada reforma del Estatuto canario, malograda en la legislatura pasada-, y cada vez son más, más notables y más sonoras las voces dentro de CC que llaman, sin ambages, a replantear la relación con el Estado, bien alcanzando mayores cotas de autogobierno, bien aspirando lisa y llanamente a la independencia o a un estrambótico «Estado libre asociado» a España.

Entre estos últimos, destaca por propia voluntad Miguel Zerolo, alcalde de Santa Cruz de Tenerife, cuyo nombre ha estado asociado en los últimos tiempos a notorios casos de presunta corrupción que todavía investiga la Justicia. Tanto en la televisión autonómica como en columnas publicadas en un periódico local a las que pone su firma, ha mostrado su predisposición a que Canarias se incline por «un camino similar a la situación de Estado Libre Asociado de Puerto Rico». Este asunto se abordó, incluso, en presencia del presidente regional, Paulino Rivero, hace dos semanas en una reunión a puertas cerradas en el Consistorio, en el que fue recibido por su anfitrión como «el presidente de la nación canaria».

Rivero, según algunos de los asistentes, dijo que el debate soberanista «está en la sociedad canaria» y que no debería sentirse «miedo» de plantear la posibilidad de que Canarias se transforme en un estado libre asociado a España. Es cierto que lo dijo sin micrófonos cerca, pero también es cierto que hace sólo tres años, y bajo su presidencia, CC adoptó como suya la bandera canaria que popularizaron los independentistas del Mpaiac, una agrupación que en los años setenta fue responsable de varios actos terroristas en las Islas y en la Península. Al Mpaiac se le vinculó a los 583 muertos que produjo el peor accidente de la historia de la aviación, el de Los Rodeos en marzo de 1977, ya que un aviso de bomba en el vecino Aeropuerto de Gando obligó a desviar a Tenerife al jumbo de PanAm que horas más tarde sería embestido por otro, de KLM, en pleno despegue.

La guerra de las banderas
Esa bandera, que sustituye el escudo oficial de Canarias por siete estrellas verdes -una por cada isla, verdes por el verde de África-, fue centro hace pocos días de una curiosa y sorda disputa con motivo de las Fiestas de Mayo de Santa Cruz de Tenerife. Los partidarios de CC hacían flamear la enseña independentista, mientras que los del PP -necesario socio de gobierno en el municipio- trataban por todos los medios de imponer la rojigualda. Pocos días después, en el paseo romero por las calles santacruceras, el alcalde se fotografió cuantas veces pudo con su atuendo típico, que coronaba con un sombrero en el que sobresalía la bandera de las siete estrellas verdes.

«La experiencia aconseja no tomar todo esto muy en serio... sabemos que es la habitual forma de romper la baraja del juego político cuando les va mal», apunta Blas Trujillo, diputado socialista, aludiendo al notorio retroceso de CC en las últimas elecciones. «Zerolo se aferra ahora a esto del independentismo para distraer la atención de sus propios problemas con la Justicia», cree Ángel Isidro Guimerá, concejal de Ciudadanos de Santa Cruz.

Fue Guimerá quien hace diez días impulsó en el Ayuntamiento santacrucero una moción en la que se instaba a remarcar el respeto a la Constitución de 1978 y la españolidad de las Islas Canarias y a condenar las palabras de destacados dirigentes de CC en favor de «ideas separatistas, independentistas y soberanistas». El pleno rechazó el texto gracias a los votos de CC y a que cuatro concejales socialistas se ausentaron cuando tocaba alzar la mano. El primer teniente de alcalde, Ángel Llanos (PP), tampoco estuvo presente al momento de la votación.

El debate en CC
Dentro de la coalición nacionalista, sin embargo, no todo es coqueteo con ideas soberanistas. Hay dirigentes, como Ricardo Melchior y Ana Oramas, que se han manifestado a través de frases como «quien hable de independencia está fuera de CC». Del mismo modo lo ha hecho quien es hoy el presidente del partido, el lanzaroteño José Torres Stinga.

Pero el cuarto congreso de los nacionalistas, esperado para finales de octubre, será la ocasión para tomar en consideración las ideas soberanistas que de manera cada vez menos solapada florecen entre sus miembros. No sólo Miguel Zerolo ha mencionado lo de Canarias como estado libre asociado a España, sino también el presidente del Cabildo de El Hierro, Tomás Padrón, quien fue incluso más allá y planteó que se podría hablar de «independencia» y de que fuera su isla la que estableciera el carácter de «libre asociada» al resto del Archipiélago.

CC siempre se presentó como un partido no muy dado a la reflexión y el pensamiento. Incluso fue definido como «nacionalismo presupuestario» por Juan Manuel García-Ramos, dueño de la sigla codiciada, la del PNC (Partido Nacionalista Canario), en tiempos -ya pasados- de enemistad. Será la adopción de la marca PNC, según apuntan desde CC, la «guinda» que cerraría el congreso de octubre, en la que los nacionalistas isleños se plantearán qué son y qué quieren ser dentro -o fuera- de España.

REPORTAJE: La situación en el País Vasco
El pueblo donde gobernó la muerte
Varios concejales de Andoain recuerdan los años de terror bajo el mandato de Barandarain y Ozaeta
NATALIA JUNQUERA - Andoain El País 25 Mayo 2008

Es viernes. Doce de la mañana. Un enjambre de hombres aguarda en la puerta del bar Elizondo, frente al Ayuntamiento de Andoain. No es que el local esté lleno. Al contrario, hay dos hombres fuera por cada uno dentro: dos escoltas por cada concejal. Es la huella del terror. Presente en cada rincón de este pueblo, en cada rincón de la memoria de los amenazados. Como el socialista José Luis Vela. Él lo recuerda.
- Agur, ten cuidado.
- No. Cuídate tú, que van a ir a por ti antes que a por mí.

Fueron las últimas palabras que Vela escuchó de su amigo José Luis López de Lacalle, fundador del Foro Ermua. Era el 5 de mayo de 2000 y se despedían después de tomar unos vinos. Dos días después, un pistolero de ETA le mataba de cuatro tiros por la espalda frente a su casa.

Hace ya ocho años de aquello, pero Vela no puede olvidar la rabia que sintió cuando aquella misma tarde el entonces alcalde, José Antonio Barandiaran (Euskal Herritarrok), y Ainhoa Ozaeta, su mano derecha, se negaron a condenar el asesinato. Ambos fueron detenidos esta semana: Barandiaran, en su casa de Andoain; Ozaeta, en Burdeos, compartiendo piso con la cúpula de ETA.

Con Barandiaran y Ozaeta en el poder llegaron los escoltas para todos, excepto para ellos y los del PNV, que no los necesitaban. "Dábamos miedo", recuerda Vela, ahora segundo teniente de alcalde. "La gente se cambiaba de acera cuando nos veía. Luego, te llamaban para pedirte perdón", añade. "A mí me decían que parecía que iba detenido", recuerda Estanis Amutxastegi, actual primer teniente de alcalde (PSE).

Ambos daban miedo porque los etarras y sus simpatizantes los querían muertos y porque durante los años en que Barandiaran gobernó el municipio se emplearon a fondo en que todo el mundo lo supiera, colocando dianas en las fachadas de sus casas, empapelando el pueblo con carteles que les llamaban "asesinos", "fascistas" y "enemigos del pueblo vasco", sentenciándoles de muerte en cada pared de Andoain (15.000 habitantes).

"El día que me pusieron escolta, cuando Barandiaran empezaba la campaña, en 1999, se me cayó el mundo encima", recuerda Vela. "En ese preciso momento te das cuenta de que has perdido tu libertad, y que el único espacio libre que te queda son las cuatro paredes de tu casa".

Y ni siquiera eso. A todos los concejales socialistas de Andoain les han quemado la casa alguna vez. Amutxastegi lo recuerda con pavor: "Casi queman a mi hija. Yo estaba en Asturias y me llamaron para decirme que habían incendiado la casa y no sabían si ella había conseguido salir". Incendiaron sus viviendas y la de algunos vecinos, porque la primera vez solían equivocarse -"enseguida te enviaban otro mensajito de 'la próxima no vamos a fallar", explica Amutxastegi-. También les gustaba dejar una copia de las llaves de las casas de sus víctimas en el felpudo, con amenazas de muerte para que los concejales supieran que ellos podían entrar, matar y salir, en cualquier momento.

"Lo fácil habría sido marcharse, pero había que mantener el tipo, porque había gente que nos apoyaba y porque esa gente tenía miedo", asegura el actual alcalde, el socialista José Antonio Pérez Gabarain. Ahora los socialistas de Andoain se reúnen como supervivientes en la Casa del Pueblo, un edificio recién reformado que enseñan con orgullo y en el que tuvieron que construir una trampilla para poder salir vivos del sótano si les incendiaban la sede con un cóctel molotov. Son supervivientes porque saben lo que es enterrar a un compañero -lo único que cuelga de las paredes son dos enormes retratos de Pagazaurtundua y De Lacalle- y sobre todo porque han sabido sobrevivir a la certeza de que les quieren muertos y al miedo permanente a que lo consigan.

El 8 de febrero de 2003, ETA volvió a matar. Su víctima llevaba tiempo esperándoles. "Joseba sabía que estaba rodeado de gente que apuntaba sobre sus pasos y que sus días estaban contados", recuerda Maite Pagazaurtundua, hermana del jefe de la policía local de Andoain asesinado a sangre fría mientras leía la prensa en el bar de siempre.

"Cuando mataron a De Lacalle, Joseba empezó a escribir poemas. En uno, que le dedica a mi madre, decía que sabía que le iban a matar y pedía que su grito de libertad no se apagara, porque si todos se arrugaban, los terroristas se saldrían con la suya. Andoain era el epicentro del infierno. El lugar donde la presión era más fuerte, el proyecto piloto de los terroristas para intentar ahuyentar a los no nacionalistas hasta hacerles desistir", añade. Aquella mañana de sábado, Amutxastegi lo describía así: "Nos han condenado a la pena capital y en cuanto pueden ejecutan a uno de nosotros. Vivimos como si estuviéramos en el corredor de la muerte".

En el pleno que se celebró mientras Pagazaurtundua agonizaba con dos balazos en la cabeza y uno en el hombro, Barandiaran se negó a firmar una declaración de condena del atentado. "Nunca me he sentido tan frustrado. No sólo fueron incapaces de condenarlo, sino que nos metieron un discurso durísimo en defensa de la lucha armada y la liberación del pueblo vasco", recuerda Juan Carlos Cano, concejal del PP.

La moción de censura de Barandiaran, que había accedido a la alcaldía en 1999 con solo 63 votos de ventaja sobre el PSOE, fracasó porque PNV y EA se negaron a apoyarla. El portavoz peneuvista de entonces, Iñaki Egibar, no ha querido hacer declaraciones a este periódico. Así que la pesadilla continuó un poco más, con plenos en los que jamás se habló de tráfico o de urbanismo, y a los que socialistas y populares dejaron de acudir, entre otras cosas, porque Ozaeta se negaba a dejar entrar a sus escoltas. "No había gestión. Se dedicaban exclusivamente a hablar de la liberación del pueblo vasco y en torno a eso, todo estaba permitido. Lo único que hicieron", recuerda Amutxastegi, fue crear una comisión de derechos humanos que sirvió para comprarle un ordenador a un preso etarra (Asier Oyarzabal, Baltza, ex responsable de logística). Barandiaran fue condenado e inhabilitado por ello.

Por todo esto, las detenciones de Ozaeta y Barandiaran no han sorprendido a los concejales, especialmente la de Ozaeta, que antes de terminar la legislatura abandonó su acta de concejal supuestamente para aprender inglés en Irlanda. "Tengo dudas razonables de que Barandiaran estuviera metido en esta historia en aquella época, pero de Azoeta, no. Lo más jodido de esto es que nosotros sabemos siempre, de una forma u otra, quiénes están en el ajo. Y lo hemos dicho mil veces. No puedo entender que no se den cuenta de que aquí hay algo importante", aseguró Fernando Narciso, concejal socialista. Fuentes municipales aseguran que el pueblo es hoy la principal cantera de ETA.

El sábado, unas 200 personas se manifestaron en Andoain pidiendo la liberación del hombre "que solucionaba los problemas de los chicos" (Barandiaran) y "una luchadora" (Ozaeta). La concentración terminó con vivas a ETA.


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