AGLI

Recortes de Prensa    Martes 21 Octubre 2008

EL ESPAÑOL EN ESPAÑA
DENAES  21 Octubre 2008

Conferencia en Madrid, IFEMA 25 DE OCTUBRE DE 2008, de 11:00 a 13:10
PRESIDENTE DE LA FUNDACION, D. SANTIAGO ABASCAL CONDE

LECTURA DE LOS TEXTOS LEGALES
- Declaración Universal de los Derechos humanos
- Pacto internacional de Derechos civiles y políticos
- Declaración universal de los derechos del niño
- Constitución española
- Código Civil y Código Penal
- Estatutos de autonomía

Miembros de las plataformas y testimonios
El problema sectorial
Estudiantes, sindicatos, empresarios
INTERVENCIÓN DEL PATRONO DE HONOR. REIVINDICACIONES

El derecho al español
Daniel Martín Estrella Digital 21 Octubre 2008

Desde que, hace siete años, comencé a escribir en este rincón virtual de libertad que es la ESTRELLA DIGITAL, vengo diciendo que el dominio que los universitarios tienen del idioma castellano es deficiente. Ya sea hablando con profesores, catedráticos o los propios alumnos, es fácil enterarse de que los jóvenes españoles leen y escriben mal. Ahora hasta los periódicos más afectos al poder comienzan a resaltar este serio problema educativo y ponen en duda la LOGSE, el comienzo de todos los males académicos del país, y sus continuistas LOCE y LOE.

Actualmente, salvo en algunos colegios privados, la enseñanza escolar trata al alumno como un ser que debe pasar de curso y se ha bajado el nivel para que el plan de estudios resulte fácil a todo el mundo, ajeno a la excelencia y enemigo de las diferencias intelectuales. Un bachiller español llega a la universidad sin saber apenas nada en ninguna rama. Su conocimiento del propio idioma -ese castellano que se llama español en todas partes menos en España, bonita paradoja que sitúa perfectamente el problema- es prácticamente nulo.

Un chaval español no sabe leer ni escribir con soltura y en profundidad. Hablar lo hace con un vocabulario misérrimo que en ocasiones no supera las cien palabras con significado léxico. Así, la lectura de cualquier texto más o menos complejo le resulta imposible. Y sus comentarios escritos sobre cualquier tema rozan el absurdo, lo trágico-cómico.

La Lengua, ahora asociada de forma inseparable a la Literatura -como si la Historia o la Física se diesen en finés-, es en el actual sistema educativo una asignatura fácil que se centra en los aspectos más insulsos y menos reales del idioma. Gramáticos estructuralistas y pedagogos anormalistas han convertido nuestro "sentido común", como decía Unamuno, en una pseudociencia fragmentada en sintagmas, monemas e hiperónimos que resultan esperpénticos cuando no terroríficos. Así, el chaval aprende una gramática artificial y no las herramientas y recursos que deben acompañar el buen uso de algo tan práctico y natural como es el propio idioma. Por eso llegan a la universidad sin saber apenas escribir ni leer.

Realmente, la lengua debe aprenderse leyendo y escribiendo. Estas dos actividades son los principales ejercicios que construyen un cerebro verbal. Por supuesto que los análisis sintáctico y morfológico sirven para conocer mejor el idioma, pero no su uso correcto, mucho menos su excelente dominio. Si no se trabaja la capacidad cerebral del lenguaje verbal, ésta queda reducida a una función residual que se asemeja más a la comunicación animal que a la humana, capaz de crear belleza y pensamiento y de hacer preguntas, quizás el gran enemigo de la falsa democracia que padecemos.

Actualmente, a pesar de las muchas academias de la lengua española que existen, es crecientemente complicado comunicarse con alguien del otro lado del charco. La conjunción de argot, anglicismos, ordenador y escasa educación ha provocado que las nuevas generaciones tengan pocos recursos y ninguna gana para el entendimiento. A los nuevos ciudadanos (?) les basta con mantener un charla intrascendente que revierta en dinero o placer. Pero eso no significa necesariamente que hablen el mismo idioma.

Aún así, parece que los hispanos siempre conseguiremos, mal que bien, comunicarnos entre nosotros. Más grave me parece que los escolares o universitarios sean incapaces de leer a San Juan, Fray Luis, Sor Juana Inés de la Cruz, Cervantes, Quevedo, Góngora, Lope, Calderón... incluso de comprender a Galdós, Alfonso Reyes o Unamuno. Para la gran mayoría de ellos estos autores les resultan tan incomprensibles como Shakespeare y Goethe. Afirman que esos autores grandiosos son un peñazo pero la realidad es que no pueden leerlos.

Y si estamos en un mundo que fabrica sumisos ciudadanos que no pueden acercarse a los máximos monumentos construidos en su propio idioma, entonces es indiscutible que hay algo que estamos haciendo mal. Porque leer El Quijote es mucho más que un entretenimiento. Es una forma de entender la vida, la Historia, lo que fuimos, somos y seremos. Si excluimos de la enseñanza no sólo la excelencia entre los alumnos, sino el magisterio de los grandes autores de nuestra lengua, el castellano, el español, estamos bombardeando nuestra identidad, estamos destruyendo nuestra civilización.

Sin embargo, aunque periódicos afectos al poder denuncien el escaso dominio lingüístico de los universitarios, lo cierto es que cada vez se sabe menos español. Pronto, habrá expertos comentaristas que harán con Cervantes lo que otros hacen con Homero. Y en la lectura, en la comprensión de textos de extraordinaria profundidad de pensamiento y fascinante e inigualable belleza, es donde realmente se va haciendo cerebro. El camino actual no es otra cosa que involución, odio al idioma, a la inteligencia, búsqueda sistemática y perversa de una ignorancia que siempre resulta obediente.

dmago2003@yahoo.es

Manifestación en La Coruña
Fin del silencio
Sólo si se consideran el prolongado mutismo y la duradera vigencia del tabú pueden valorarse en su justa medida los actos de disidencia. De ahí el mérito extraordinario de la manifestación que convocó el domingo la Mesa por la Libertad Lingüística.
Cristina Losada Libertad Digital 21 Octubre 2008

La existencia de un consenso sobre la "normalización lingüística" ha sido un espejismo de larga duración en Galicia. Los tres partidos representados en el Parlamento autónomico se culpan ahora unos a otros de haberlo roto. O sea, de hacer trizas la fantasmagoría que ha presidido la génesis y el desarrollo de la imposición. Se sustentaba la entelequia en que ellos, los partidos, estaban de acuerdo en que la presencia del idioma español en estas tierras era una "anomalía" y que nosotros, los ciudadanos, aceptábamos esa sinrazón y acatábamos los totalitarios planes destinados a desalojar la patología. En Galicia, en gallego –era el lema facilón– y no se hable más.

Durante un par de décadas no se habló más. De tal manera se calló, que los normalizadores podían invocar el respaldo de la sociedad. No faltaron los grupos y lobbies que, en razón de unos u otros intereses, justificaran y jalearan, en nombre de la sociedad civil, aquella política abusiva. Tan plena ha sido la fusión del poder y esos satélites subvencionados, que un tinglado creado por el nacionalismo, como la Mesa pola Normalización Lingüística, se atreve a presentarse como organismo oficial y a amenazar con expedientes a los comercios e industrias que desafíen sus ucases.

El tiempo del silencio se ha acabado, pero sólo si se consideran el prolongado mutismo y la duradera vigencia del tabú pueden valorarse en su justa medida los actos de disidencia. De ahí el mérito extraordinario de las campañas de Galicia Bilingüe y de la manifestación que convocó el domingo, en La Coruña, la Mesa por la Libertad Lingüística. Era la primera contra la "normalización" que se celebraba en Galicia. Un forastero ajeno al delirio idiomático cocinado en España se quedaría pasmado ante los carteles. "Somos normales y nuestros hijos también", decían. A reivindicarlo nos ha abocado aquel consenso.

La importancia de la manifestación coruñesa se ha visto corroborada por un hecho diferencial: su escasa presencia en la prensa gallega. El principal periódico regional concedía unas pocas líneas bajo el titular: "Manifestación en defensa de la lengua castellana en María Pita". Usan la manipulación como arma y el silencio como escudo.

Manifestación en La Coruña contra la imposición lingüística
El PSOE «planta» a la causa cívica contra la discriminación del español
Ningún socialista estará en el encuentro que reúne el sábado a todas las asociaciones de afectados y expertos en Madrid
El PP envía a un portavoz de segundo nivel, aunque Aguirre colabora en el acto
José Blanco, invitado, se excusa mientras que Ciutadans y UPyD anuncian que participarán en los debates.
C. Morodo / I. Fernández Libertad Digital 21 Octubre 2008

Madrid- El próximo sábado se celebrará en Madrid la primera causa general cívica contra las políticas lingüísticas que se están aplicando en algunas comunidades autónomas. Todas las asociaciones que representan a los afectados, expertos en la materia y también políticos diseccionarán la situación y analizarán caso por caso, y con testimonios personales, hasta qué punto la discriminación del castellano, en una cada vez mayor parte del territorio nacional, afecta a los derechos y a las libertades de los ciudadanos.

El diagnóstico de la sociedad civil necesita de los políticos para ser ejecutado. Y de ahí que los organizadores, la Fundación Denaes, con la que ha colaborado la Comunidad de Madrid, haya invitado a este «juicio cívico» a todos los partidos nacionales, al «margen de sus errores» y de su «cuota de responsabilidad» en lo que está sucediendo en algunas comunidades.

La respuesta ha sido bastante tibia.
El PP enviará a un dirigente de segundo nivel, la diputada Sandra Moneo. La secretaria general, María Dolores de Cospedal, no puede asistir porque tendrá que participar en la clausura del congreso del PP de Castilla y León. La incógnita es si la presidenta madrileña, Esperanza Aguirre, como coorganizadora, hará acto de presencia en el foro, que se ha querido que sea de «puertas abiertas» a todo aquel que se sienta concernido por su objeto.

El PSOE, salvo que cambiase sorprendentemente de opinión en esta semana, ni siquiera estará presente para escuchar la voz de los ciudadanos que se sienten discriminados en sus derechos. En este caso se cursó invitación a José Blanco, quien a través de su secretaria se excusó. Ha habido más llamadas a Ferraz y también se han remitido correos electrónicos sin que, al menos hasta ayer, hubiera respuesta. Ciutadans y UPyD (el partido de Rosa Díez) sí han considerado oportuno participar en el debate.

El recinto ferial de Ifema acogerá esta causa general contra la «imposición lingüística» en la que no sólo se juzgará el problema desde el ámbito de la escolarización. También se revisarán las consecuencias en la movilidad de los funcionarios, en el acceso a la Función Pública, en la liquidación de la toponimia original, en la integración de los inmigrantes hispanoamericanos o en la contratación de españoles procedentes de otras comunidades autónomas.

El protagonismo lo tendrá la voz de la calle, representada por las asociaciones de afectados a las que no se puede etiquetar ni de derechas ni de izquierdas. De hecho, algunas de ellas no ocultan su malestar con políticas del pasado por parte del PP, por ejemplo en Baleares, o incluso del presente en comunidades en las que gobierna, como es el caso de Valencia. Estarán la Plataforma por la Libertad de Elección Lingüística en el País Vasco, Convivencia Cívica Catalana, la Mesa por la Libertad Lingüística en Galicia y el Círculo Balear. Y cada una de ellas presentará testimonios personales de lo que ocurre en sus territorios. Asimismo, asistirán portavoces del sindicato mayoritario de Policía, la CEP, de la principal asociación de estudiantes y de la asociación de inmigrantes hispanoamericanos. También reafirmarán su compromiso con la batalla en defensa del castellano tres nombres ilustres: el filósofo Gustavo Bueno, el historiador Fernando García de Cortázar y el académico Gregorio Salvador.

Previo paso a esta cita, ayer, 4.000 personas se manifestaron en La Coruña bajo el lema «Por la libertad de lengua, no a la imposición». Convocados por la Mesa por la libertad lingüística y apoyada por colectivos como el Foro Ermua, Convivencia Cívica Catalana, Fundación Denaes y Unión y Diversidad, los manifestantes reclamaron el fin de la «normalización» lingüística que proclama el Gobierno bipartito de Galicia.

El presidente de la Mesa, José María Martín, subrayaba en declaraciones a LA RAZÓN que «lo que exigimos es la derogación de toda normalización lingüística porque ni el Estado ni el poder público pueden decirnos qué lengua hablar ni en qué lengua tienen que estudiar nuestros hijos». En este sentido, cree que «lo único que se consigue es el fracaso escolar y que la gente se sienta perseguida».

Además, añadía, «lo que llaman normalización es una imposición, una inmersión como se ha hecho en otros lugares». La protesta transcurrió tranquila. Sólo al principio, un reducido grupo de independentistas profirió insultos y burlas contra los congregados, gritos que fueron aplacados por otros de «¡libertad, libertad!».

El gallego, tras los pasos del catalán
El catalán y el euskera llevan ventaja al gallego en lo que a inmersión lingüística e imposición se refiere, principalmente en las escuelas. Pero el Gobierno bipartito de la Xunta no quiere perder comba en este asunto, y en su empeño por extender el gallego está llegando a límites ya conocidos en otras regiones. Actualmente, todas las asignaturas troncales en los colegios se imparten en gallego, quedando reducido el castellano a materias como lengua o música. Además, el 80 por ciento de los libros escolares se imprimen ya en gallego.

El Foro Ermua apoya a los gallegos en su lucha contra el monolingüismo escolar
Galicia ABC 21 Octubre 2008

La utilización de las lenguas regionales desde las burocracias locales y autonómicas para fomentar la política de la identidad etnolingüística y el nacionalismo no sólo es contraria a la Constitución de 1978, sino que supone una severa restricción de la libertad individual y de los derechos de los ciudadanos; perjudica la economía y reduce las oportunidades. Por todas estas razones, el Foro Ermua apoya a la Mesa por la Libertad Lingüística, que concentró en la protesta celebrada este domingo en La Coruña a cerca de 2.000 personas. «La movilización ciudadana para hacer frente a esta política lingüística es absolutamente necesaria y el Foro Ermua está dispuesto a fomentarla y apoyar cuantas acciones se realicen», dicen.

La lengua se le enreda al PP
JOSE LUIS JIMÉNEZ, SANTIAGO ABC 21 Octubre 2008

Una más de las herencias envenenadas de Manuel Fraga al PP que le sucedió fue la actual Ley de Normalización Lingüística, que en 2004 fue aprobada por unanimidad en el Parlamento gallego. En ella se ponen las bases del actual Plan de Normalización, y entronca con el polémico decreto que lo desarrolla, germen de los enfrentamientos entre bipartito y oposición por la politización de la lengua gallega.

La postura de los populares gallegos de derogar en cuanto lleguen a la Xunta el decreto del gallego sabe a poco a los miles de ciudadanos que se han ido sumando a las distintas plataformas en defensa de la libertad lingüística, por entender que vulnera el derecho a la elección de idioma en la enseñanza pública. El PP defiende que ésta sea al 50% en castellano y gallego.

No puede moverse un ápice de este punto. Alberto Núñez sabe que si cede a las presiones de los sectores más galleguistas y abre la mano a la galleguización de la enseñanza, soliviantará al electorado más castellanohablante de las ciudades. Pero si opta por la opción contraria, dará un argumento a nacionalistas y socialistas por despreciar la lengua propia de Galicia, y buena parte de sus votantes del interiorpodría desapegarse de su formación. Sería además un torpedo a la línea de flotación de Núñez Feijóo como líder en la Comunidad, y sus asesores y colaboradores lo saben.

Apoyo a las plataformas
Hasta el momento, el PP ha respaldado de manera más o menos tácita las manifestaciones de Galicia Bilingüe o la Mesa por la Libertad Lingüística, pero la cúpula popular teme que detrás de las mismas esté UPyD, el partido de Rosa Díez, el más inminente riesgo de pérdida de votos en las grandes ciudades.

Aunque Feijóo se muestra confiado en que esta formación, sin arraigo en Galicia, no supondrá un problema para un PP en franca progresión en las encuestas, sus colaboradores no lo ven así, y temen que el discurso más españolista de UPyD pueda robar votantes, sobre todo ante unas elecciones que van a estar muy reñidas, y en las que la fragmentación del voto conservador puede decidir una mayoría absoluta.

No obstante, Núñez Feijóo también ha avisado a los suyos de que si detrás de las plataformas en defensa del castellano se encuentra UPyD -la rumorología sitúa a integrantes de estos movimientos en las candidaturas del partido de Rosa Díez- el PP cambiará de postura y se distanciará de las mismas.

Hasta el momento, la oposición defiende que a la hora de confeccionar el nuevo decreto lingüístico hay que, cuanto menos, «escuchar» a estos sectores. Si detrás de los mismos surge cualquier sesgo político, podrán comenzar a verse solos. Aunque dependerá de cómo funcione la calculadora electoral, claro está.

De Pujol a Montilla
La convergencia
Cada día que pasa resulta más asombroso el modo en que un hombre que piensa en castellano, que traduce al hablar, que necesariamente se expresa en catalán a trompicones, ha tomado con calma los controles del poder catalán sin inmutarse y sin complejos.
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 21 Octubre 2008

Ha sido Arcadi Espada el primero en formular estructuradamente una corazonada colectiva: el heredero de Pujol era Montilla, que consuma, materializa, perfecciona y ancla el sueño del banquero visionario, sueño apenas adaptado ligeramente a unas circunstancias sorprendentemente obedientes al soñador. No interesa aquí resaltar los contrastes entre el de Iznájar y Pasqual Maragall, consignar los errores que éste cometió o las ingratitudes que hubo de sufrir. El meollo del asunto está en que la historia de Cataluña se puede saltar a Maragall: Montilla representa todo aquello por lo que Pujol trabajó. Lo que supone, entre otras consecuencias no menores, el final de Convergència como partido de gobierno por consecución triunfal de sus fines últimos: la integración, en el sentido que Pujol se esforzó en darle y que Espada resume así: "que el recién llegado acepte el nacionalismo como una premisa de vida".

Cada día que pasa resulta más asombroso el modo en que un hombre que piensa en castellano, que traduce al hablar, que necesariamente se expresa en catalán a trompicones, que se ve obligado a sortear todo el tiempo plagas mentales de barbarismos, ha tomado con calma, en el más depurado espacio del nacionalismo lingüístico, los controles del poder catalán sin inmutarse y sin complejos.

Consciente de su alto valor simbólico como verdadero hereu de Pujol, y de su carácter ejemplarizante ante "los otros catalanes", Montilla une a sus condiciones de frío apparatchik (de las que ya venía dotado) el impulso magnífico de su mentor, que sigue pesando mucho en la vida catalana: fue casi un cuarto de siglo, fue la etapa de la "construcción nacional de Cataluña" (siempre inacabada, eso sí), fue el establecimiento de un recalcitrante sistema de códigos que se superpuso a la Cataluña de la Transición y que tiñe e informa desde hace varios lustros cualquier manifestación pública, sea estrictamente política, sea cultural, asociativa, universitaria, lúdica, mediática.

Si hoy se celebraran elecciones autonómicas, Montilla obtendría mayoría absoluta. Sin perder ninguno de los apoyos naturales de la izquierda del cinturón industrial, el vivero que permitió a los socialistas reunir más de millón y medio de votos en las últimas generales (más que doblando al segundo), Montilla está fagocitando al votante de CiU sin prejuicios. De lo que se infiere que Mas puede quedarse en los huesos, justo con el voto del nacionalismo racista, regodeado en el error de reírse del catalán de Montilla, en afearle que se siga llamando José. Si la construcción nacional de Cataluña se culmina, será por esta inesperada unión de apoyos, por esta insólita convergencia. Sí, convergencia; ya sé que parece recochineo, pero no hay mejor forma de describir el fenómeno.

Juan Carlos Girauta es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

Gilismo de anchoa
IGNACIO CAMACHO ABC 21 Octubre 2008

ESE hombrecillo tan simpático que va por ahí con una lata de anchoas de Santoña, presumiendo de hablar campechano y defender su terruño con un populismo de campanario de aldea, es el arquetipo de un modelo político que ha hecho fortuna en España a base de convertir el sistema electoral en un mercado negro. Los revillas proliferan en autonomías y municipios con sus partiditos regionales de mira estrecha, expertos en subastar su puñado de votos mediante pactos de conveniencia con los que, a imagen y semejanza de los nacionalismos de pata negra, exprimen el presupuesto y desarrollan rentables estructuras clientelares. Su estrategia se basa en la animadversión que se profesan las dos grandes fuerzas del bipartidismo, capaces de entregarles el poder de las taifas territoriales con tal de que no lo alcance el principal adversario. Les da igual pactar con la derecha que con la izquierda; siempre se las arreglan para convertir el centro en un gozne que gira engrasado con el lubricante de las poltronas, los cargos, las cajas de ahorro o el lápiz de recalificar.

En Cantabria, en Canarias, quizá pronto en Navarra, y desde luego en un montón de ciudades y pueblos con amplias expectativas de desarrollo urbanístico, esta gente ha convertido la política en una máquina registradora. Tontos no son, desde luego; se han fijado en el modelo fenicio que los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos han implantado en el escenario nacional desde que comenzó la democracia y lo han trasplantado a su pequeña escala, pero quedándose con la parte más sustanciosa del botín a cambio de no molestar a los socios en batallas mayores. Sus líderes postulan un desenfado castizo y populista, una variante del gilismo sin guayabera, y con su jovial profesión de fe aldeana apelan al instinto telúrico de un votante a menudo consternado por el abandono de los intereses de su tierra. En muchos lugares de España, los ciudadanos contemplan con sentimiento de agravio cómo los soberanistas se llevan al Gobierno de turno del ronzal para que les arrime inversiones y sinecuras con los que apaciguar su matraca, y de esa cierta envidia surge una clientela desengañada dispuesta a apostar por estos localismos de chequera, que con unos cuantos miles de votos se construyen corralitos de influencia al amparo de la generosa distribución de recursos que facilita el sistema autonómico.

Con el tirón mediático de su desinhibida jovialidad, que Zapatero jalea con complicidad cesárea, Revilla está componiendo un paradigma en el que se reflejan muchos revillitas dispuestos a orientarse por el resplandor de las prebendas. Les favorece la ley electoral y les impulsa el ejemplo chantajista de los nacionalismos identitarios. Hoy con unos, mañana con los otros, viven de la política como negocio y esconden en sus cajas de anchoas, espárragos o mojo picón un doble fondo en el que guardan la llave de sus pequeños feudos virreinales. Al fin y al cabo, se justifican, ellos rebañan el plato del poder sin poner en cuestión el concepto de España.

Hipopótamos y democracia
M. MARTÍN FERRAND ABC 21 Octubre 2008

HOY, mañana y pasado el Congreso de los Diputados ofrecerá una de sus acostumbradas y burdas parodias democráticas. Se trata del debate de las enmiendas a la totalidad de los Presupuestos Generales del Estado para el año próximo y, como todo el mundo ya sabe, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha «convencido» al PNV y al BNG para que refuercen su minoría. Es incluso conocido el «precio» de la colaboración que los nacionalistas vascos y gallegos le prestarán al Gobierno y así, de manera tan poco respetable, dos grupos políticos soberanistas y limitados a dos territorios bien concretos, representantes entre los dos de menos del dos por ciento de la población española, convertirán en estériles -¿en ridículas?- todas las intervenciones del resto de la Cámara.

Cuando la realidad se oculta y sustituye por apariencias y paradojas, por lo que no pasan de ser sombras chinescas, todo es posible si se cuenta para ello con la complicidad, o la resignación, de las partes interesadas. Cuenta Charles Darwin que los colonos portugueses de África disfrutaban de una bula otorgada por la autoridad católica de sus colonias para comer carne de hipopótamo los días establecidos por el Vaticano para abstenerse en el consumo de carne, en la Cuaresma principalmente. El hipopótamo, decían, pasa la mayor parte de su tiempo sumergido en el agua y puede ser considerado como pez. La «mayoría» con la que Zapatero evitará la retirada de sus Presupuestos, irreales y lejanos de las circunstancias, no está más cerca de la democracia de lo que podrían estarlo de la verdad zoológica los condescendientes prelados portugueses.

Dando ya por superado, antes de que se produzca, el debate sobre la totalidad de los Presupuestos, todo se queda en el detalle y, como previene Baura, una democracia que se sostiene en la letra pequeña de sus disposiciones y deja sin contenido los grandes enunciados, al tiempo que pierde fuerza y sentido, se convierte en un mero instrumento para el tejemaneje de los partidos. La ciudadanía pasa a ocuparse de otras cuestiones hasta que, llegada al hartazgo, entra en rupturas que le pongan punto final al mangoneo gubernamental.

En ese caldo de cultivo, y quizá para disimular el ninguneo al que le someten el Ejecutivo y sus aliados de alquiler, Mariano Rajoy anuncia que solicitará del Gobierno, en el marco del debate presupuestario, una reforma fiscal. Eso nunca viene mal, especialmente cuando la fiscalidad vigente y acumulada desde los tres planos del poder -estatal, autonómico y local- tiene mucho de confiscatorio y convierte en muy costoso el hecho de ser español; pero, dadas las circunstancias, parece un mero ejercicio, tan legítimo como estéril, del derecho al pataleo. Algo así como organizar una barbacoa con costillitas de hipopótamo.

El esperpento de Garzón
Juzgando se entiende la gente
La inmisión del poder político en el reclutamiento y promoción de los jueces es escandalosa. El acceso a la carrera judicial de "juristas de reconocido prestigio" ha abierto una puerta expedita al caciquismo político.
José Vilas Nogueira Libertad Digital 21 Octubre 2008

"Hablando se entiende la gente", dijo desenfadada y cordialmente el Rey al despedir hace pocos años al republicano y separatista Carod-Rovira. Su Majestad es el sucesor, a título de Rey, del General Franco en la Jefatura del Estado. Ahora, el "vengador" juez Garzón pretende enmendarle la plana. No es cosa de hablar, sino de juzgar. Y ha dictado un disparatado auto judicial en el que, en base a algunas citas de historiadores, atribuye una voluntad genocida a los sublevados en 1936 contra la República. Por tanto, a diferencia de los crímenes rojos que, a falta de esa "voluntad", habrían prescrito, los crímenes azules seguirían siendo perseguibles y deberían ser perseguidos.

Naturalmente, con el desembarazo que lo caracteriza, Garzón se ha atribuido la competencia para tan "noble" tarea y, de paso, ha afeado la incuria de los sucesivos Parlamentos y Gobiernos de los últimos treinta años, que no han instado tan justiciera tarea (curioso reproche, pues le afectaría también a él mismo, ya que lleva veinte años como juez instructor de la Audiencia Nacional). Como era de esperar, la iniciativa de este singular juez ha sido saludada por muchos miembros de la secta progresocialista y por no pocos de aquellos cuyas convicciones se orientan siempre por el viento del poder (prosoviéticos con Largo Caballero y Negrín, franquistas con Franco, antifranquistas con Felipe y Zapatero, etc.). Pero ¿el caso Garzón es sólo un desgraciado accidente o tiene causas sistémicas? Veámoslo.

En el sistema del "muerto" Montesquieu (Guerra dixit) los jueces eran independientes del Ejecutivo, pero estaban limitados por las leyes (eran sólo la boca que pronuncia la ley). Por tanto, aunque conformasen un poder del Estado, podían ser de extracción corporativa, sin riesgo de despotismo. Este es el sistema tradicional español, defendido incluso por la llamada izquierda burguesa (Cf. las abundantes intervenciones parlamentarias de don Santiago Casares Quiroga, como ministro de la Gobernación en la primera legislatura de la II República, sobre las calamidades del funcionamiento del jurado).

Pero en la medida en que la llamada democracia contemporánea arruina el prudente equilibrio del Estado liberal y en que parecidas influencias dan lugar a las teorías de la creación judicial del Derecho y de su uso alternativo pierde sentido la extracción y funcionamiento corporativo de los jueces. Para recuperar el equilibrio ha sido preciso reconfigurar la relación entre los tres poderes del Estado. En general, se ha acudido a democratizar la designación de los jueces, mediante su elección popular y, conjunta o alternativamente, a establecer tribunales mixtos, en los que el pronunciamiento de las sentencias se atribuye a jurados populares, limitando la función de los jueces profesionales a la dirección del juicio y a la especificación de las consecuencias jurídicas de la sentencia.

Por desgracia, en España hemos concitar lo peor de todos los sistemas posibles. La inmisión del poder político en el reclutamiento y promoción de los jueces es escandalosa. El acceso a la carrera judicial de "juristas de reconocido prestigio" ha abierto una puerta expedita al caciquismo político. No digamos la participación de los parlamentos en la designación de miembros de los altos tribunales. Las mayorías cualificadas exigidas para ello, de hecho, han dado paso a un sistema de cuotas (nosotros ponemos tres, vosotros dos y ellos que pongan uno), estigmatizando para toda su carrera a los beneficiarios (jueces conservadores, jueces progresistas, jueces nacionalistas). La burla de la incompatibilidad entre la función judicial y los cargos políticos en un juego de trileros (ves este carnet de partido, ahora no lo ves...), en la que el propio Garzón tiene alguna experiencia; la sindicación de los jueces, mediante el fácil expediente de llamar "asociaciones" a sus sindicatos; y, para colmo, la creación de la Audiencia Nacional, un tribunal de excepción apenas disimulado.

¿Cómo un régimen democrático (teóricamente, al menos) puede tolerar que un juez sin otra legitimación que la corporativa pueda poner en solfa toda su arquitectura institucional? ¿Qué haríamos si otro juez pretendiese ahora anular la Ley de Reforma Política y todas sus derivaciones posteriores? "Hablando se entiende la gente", diría el sucesor, a título de Rey, del General Franco en la Jefatura del Estado. "Juzgando" porfía el Juez Garzón. ¿Y ustedes qué creen?
José Vilas Nogueira es profesor emérito de la Universidad de Santiago de Compostela

Rosa Díez en el Club Financiero de Vigo
Xoán Xulio Alfaya Periodista Digital 21 Octubre 2008

El pasado sábado, día 18, la diputada de Unión, Progreso y Democracia (UPyD), Rosa Díez, mantuvo un encuentro político-gastronómico en el Club Financiero de Vigo para anunciar que el objetivo de su formación de cara a las próximas elecciones autonómicas gallegas es hacerse con el apoyo de un 10% del electorado.

La audaz vizcaína cree que su principal cantera de votos está entre los ciudadanos que se declaran «hartos» del bipartito PSdeG-BNG que gobierna la Xunta. Cierto, Rosa, pero también estamos hartos del PPdeG que es más falso que la ropa de "marca" que venden en los mercadillos. Por favor, no te olvides de recordárselo a tu auditorio, que a estas alturas todavía hay mucho panoli que se deja engañar con el rollito del "mal menor".

El Club Financiero de Vigo es uno de los objetos de odio preferente de nuestro candidato gallego al Premio Nobel de Literatura, Méndez Ferrín, escritor orensano afincado en Vigo, con el que me cruzo un día sí y otro también, él siempre con su puro habano, en plan Guevara o Fidel Castro, un pelín pasados de moda los dos.

Rosa Díez se mostró convencida, antes de protagonizar el almuerzo-coloquio con los empresarios, de que UPyD obtendrá representación en el Parlamento gallego, convirtiéndose así en la sorpresa, al igual que ocurrió en las últimas generales, en las que ella misma obtuvo el escaño por Madrid. Ojalá sea cierto. De lo contrario algunos acabaremos por morir de indigestión a causa de un empacho identitario.

La portavoz de UPyD fue muy crítica con la gestión que está llevando a cabo la coalición de socialistas y nacionalistas al frente de la Xunta, especialmente en materia lingüística; pero ignoro si le habrá recordado a los empresarios vigueses que quien empezó con toda esta mierda fue el PPdeG (cuando se llamaba Alianza Popular), en 1983, y no el PSOE ni el BNG. Yo no soy empresario y no estaba presente.

A su juicio, en Galicia se está implantando una política lingüística provinciana (cierto, sólo les falta la boina y el paraguas colgado a la espalda) que es «el colmo del despropósito», con el presidente Touriño dócilmente sometido a las pautas que le impone el Bloque.

Su discurso, supongo que aderezado con exquisiteces de comer y de beber que lo harían muchísimo más ameno, tuvo lugar en un foro especialmente receptivo a la lucha contra la imposición del gallego en las aulas a golpe de bota militar.

Después vendrán estos mariconcetes que nos gobiernan a condenar a Franco y al franquismo. Por favor, patriotas de todo a cien, miraos al espejo de vez y en vuestros propios rostros veréis a Franco vivito y coleando. Es que lo lleváis en las entrañas y no podéis evitar que os salga hasta por el mal aliento.

Garzón, PSOE y ETA
Por qué admiran a los chekistas

Cabe preguntarse de dónde viene esta actitud realmente enfermiza en personas que, por lo demás, tienen metido hasta el tuétano el espíritu "burgués" en su acepción más ruin: avidez de bienes y poder, oportunismo y miedo al riesgo.
Pío Moa Libertad Digital 21 Octubre 2008

El auto de Garzón es, sin disimulos, pro chekista, y su pretendido juicio retrotrae a los "tribunales populares" del Frente también "Popular", con el que quieren enlazar Zapo y su pandilla, destruyendo por un medio u otro la democracia salida del franquismo; esto es, la democracia. A su vez este Gobierno es, como he señalado muchas veces, el mayor colaborador que la ETA ha tenido en su historia, un hecho unido al "popularismo" citado.

Bajo sus condenas verborreicas al terrorismo y a la violencia, en esta gente late con fuerza una inconfesable admiración por los asesinos, sean de las chekas o de la ETA. Edurne Uriarte describía en un libro la unción servil con que los políticos del PNV escuchaban a Josu Ternera en el Charlamento vasco, y esa actitud, negada en palabras y evidente en los hechos, la comparte el Gobierno e impregna toda la payasada de Garzón.

Cabe preguntarse de dónde viene esta actitud realmente enfermiza en personas que, por lo demás, tienen metido hasta el tuétano el espíritu "burgués" en su acepción más ruin: avidez de bienes y poder, oportunismo y miedo al riesgo (aunque tendencia a poner en riesgo a otros). Todo lo cual no les impide declararse de izquierdas, muy de izquierdas, también separatistas o simpatizantes con el separatismo. Hay, creo, dos razones profundas para estas conductas.

Un rasgo de esos izquierdistas de salón y talonario es lo que hoy llaman "buenismo": los hombres (¡y mujeres, eh, y mujeres!), son buenos por naturaleza, pero algunos malvados o "la sociedad", tal como está, los echan a perder. Y entre los más buenos y recompensables materialmente por su bondad, están quienes así piensan y se sienten llamados a dirigir a los demás.

Pero, ¡ay!, la tarea exige titanes y ellos no pasan generalmente de aprovechadillos de no muy largas luces. Y los ruines que mantienen el mal son, por desgracia, muchos, tercos y, a menudo, poderosos, y la meta no acaba de alcanzarse. Por suerte surgen aquí y allá otros buenistas más abnegados y arriesgados, terroristas y chekistas que cumplen su papel golpeando a la infame sociedad, al "sistema" o lo que sea. Estos hacen aquello que los otros no se atreven por temor a poner en peligro su buena posición. Además, el buenista burgués de izquierdas espera, y a menudo consigue, sacar buenas rentas políticas de la sangre derramada por sus afines. Como también es fundamentalmente hipócrita, fingirá cierto escándalo y emitirá condenas a los "violentos", eso sólo cuesta un poco de saliva; pero su admiración de fondo hacia ellos y su ansia de capitalizar los crímenes trasluce indefectiblemente en sus actos. Lo estamos viendo todos los días y el secreto de la colaboración del Gobierno con la ETA o su afición a los chekistas deriva lógicamente de la concepción buenista de base que les une, de la mucha, la muchísima ideología que comparten. En Garzón pesa mucho, también, un vedettismo personal incontrolable.

Crisis de identidad en la prensa catalana
Alfons Quintà El Confidencial 21 Octubre 2008

Cabeceras históricas de la prensa catalana, como el Avui, Punt Diari, El Periodico, La Vanguardia, etcétera, lo están pasando realmente mal. Los medios de comunicación tradicionales están en fase de declive, paralela al auge de los medios digitales. Sin embargo, en Cataluña reviste caracteres específicos, que la convierten en mucho más grave. Se dan pérdidas de difusión y de publicidad, jubilaciones anticipadas, reducción de plantillas, subvenciones monumentales (que no pueden mantenerse), abundancia de empresas públicas de comunicación (con grandes en costes y enormes pérdidas), existencia de una televisión autonómica que es la segunda empresa de comunicación con más pérdidas de España (y en pérdida constante de audiencia), imposición de la reducción de sueldos de los profesionales y otros dramas. Todo ello acredita la existencia y gravedad del tema.

Hasta hace pocos años, en el vocabulario político catalán se había acuñado la expresión “ámbito catalán de comunicación”. Era usada para hacer ver que, a la sombra del poder autonómico, la comunicación social podía resultar idílica. Hoy ya se puede afirmar que ha acaecido todo lo contrario. Al llegar la Transición, Cataluña contaba con el diario de mayor difusión de España, La Vanguardia. Ello parece hoy un sueño lejano. Basta con ver cómo se han reducido sus hasta hace poco envidiadas páginas de pequeños anuncios.

Según la OJD, hoy su difusión es de 205.000 ejemplares. Se sitúa en cuarto lugar, sin contar los periódicos deportivos ni los gratuitos. Su peso en la política española también ha disminuido. Un redactor de este rotativo afirmó a El Confidencial: “Procuro no pasar por la planta de gerencia, por temor a que si ven no piensen en ofrecerme la jubilación anticipada. Me sustituirían por un periodista joven al que pagarían mucho menos”. Que ello afectase a la calidad no parece ser un motivo de preocupación empresarial. Un concejal barcelonés añadió que “un directivo de La Vanguardia me pidió que no criticásemos una campaña publicitaria del municipio (“Ven a Barcelona, la mejor ciudad del mundo”) porque realmente necesitaban aquellos anuncios”.

El segundo diario barcelonés, El Periódico de Cataluña (164.000 afirma la OJD) está esperando comprador desde hace meses. Hubo un candidato extremeño, Alfonso Gallardo, que desistió, al constatar la realidad. En cambio, ha sido contratado un antiguo directivo de La Caixa, Juan Llopart. Su misión será recortar la plantilla del Grupo Zeta (2.500 personas) mediante un plan de reducción de empleo que afectará frontalmente al rotativo. Fuentes del mismo estiman que hay una caída de ingresos del orden del 30% y que las medidas empresariales serán muy severas.

El tercer diario del ranking catalán, Avui (con 29.000 ejemplares de difusión), acaba de dar por finalizada de golpe la colaboración de los comentaristas de internacional, alegando unos ingresos en publicidad peores de los esperados. El cuarto diario en difusión de Cataluña, es Punt Diari (25.000 ejemplares siempre según la OJD). Nació en Gerona, como un periódico local, pero hoy publica siete ediciones que cubren todo el Principado. Acaba de manifestar que retirará un plus salarial a sus trabajadores, de entre 125 y 250 euros mensuales, mientras considera la posibilidad de suspender su edición de Tarragona.

Subvenciones a gogó
Las subvenciones de la Generalitat a periódicos alcanzaron el pasado año 17.631.657 euros, es decir casi tres mil millones de pesetas. El Periódico y Punt Diari se llevaron la parte del león, con 1.263.438 euros (más de 200 millones de pesetas) y 1.198.200 euros (cerca de 200 millones de pesetas). Este último diario de origen gerundense ha percibido de la Generalitat, en los últimos seis años, 15.220.449 euros, es decir más de 2.520 millones de pesetas.

No son menos chocantes otras subvenciones, como las recibidas por el editor valenciano Eliseu Climent, responsable del semanario El Temps, las de publicaciones muy minoritarias, las propias de la fracasada Agencia Catalana de Noticias, así como las pérdidas multimillonarias de la TV y las radios autonómicas. Cabe agregar las pérdidas de diversas radios y televisiones pagadas por los municipios o las Diputaciones.

Por qué la izquierda está muerta o siete razones para abandonarla
César Vidal Libertad Digital 21 Octubre 2008

De manera más o menos difusa, me identificaba con el modelo socialdemócrata sueco, el de una izquierda supuestamente democrática, neutral y pacifista en el plano internacional y partidaria de todas las causas que yo consideraba nobles.

Por supuesto, me entusiasmé como tantos –tantísimos– otros con la revolución sandinista en Nicaragua. A mi juicio, aquella era una clara manifestación de que todavía las revoluciones resultaban posibles, de que un pequeño David revolucionario podría enfrentarse con el terrible Goliat yanqui y de que era viable un sistema socialista con pluralidad de partidos y sin depender de la URSS o de China. Mi entusiasmo por la experiencia sandinista duró justo hasta que visité Nicaragua. Porque lo que descubrí en el país centroamericano fue una dictadura no por sutil menos repugnante que la soviética. Los sandinistas oprimían al pueblo de la misma manera cruel y despiadada que mis odiados esbirros de la NKVD y el KGB. Habían creado un sistema en el que la Nomenklatura –como siempre– disfrutaba de lo mejor mientras el pueblo pasaba hambre, eso sí, atiborrado a todas horas de una propaganda estúpida que les convencía de que sus miserias no se debían a las pésimas consecuencias del socialismo sino a la acción del imperialismo. A la asfixiante falta de libertad y al torrente de la efectiva propaganda para subnormales –nunca había yo vivido nada semejante, ni siquiera en la España de Franco– se sumaba la creación de un sistema en el que podían existir otros partidos políticos, pero sin que semejante circunstancia significara nada, porque todo el control estaba en manos de los sandinistas. Ah, y de tercera vía, nada de nada. Las únicas publicaciones que se veían en Nicaragua eran de origen soviético y los colaboradores eran gente, mayoritariamente, procedente de las dictaduras del Pacto de Varsovia. Aquello era lo denunciado por Solzhenitsyn, pero más sutil.

Harto y asqueado de la experiencia nicaragüense, estaba yo mostrando mi pasaporte en el aeropuerto de Managua cuando escuché detrás de mí una voz cuyo acento era español y quizá incluso de Madrid. Me giré sobre mí mismo y le pregunté al respecto. Efectivamente, era español. La espera se adivinaba larga y, en la soledad de la sala, comenzó a contarme su experiencia. Había pasado las últimas semanas colaborando con el gobierno sandinista. Su salario lo pagaba en dólares una comunidad autónoma, aunque, en teoría, aquel era un proyecto clandestino que no debía conocerse. Y, tras revelarme el secreto de su misión, comenzó a cantarme las loas de la revolución sandinista que él había vivido situado en las alturas del poder. Soporté con paciencia aquel chorro de propaganda, hasta que, al final, el enviado clandestino de un gobierno autonómico progre me hizo referencia a lo barata que era la vida en Nicaragua. Había yo sufrido con el pueblo la miseria literal ocasionada por el socialismo nicaragüense, y aquella referencia a lo fácil de la existencia encendió en mí una luz de alarma. "Anoche", me dijo entusiasmado, "fuimos a comer seis personas a … Unos camarones, unos filetes, unas cervecitas y nos costó … Vamos, por eso, en España no cena ni una persona". Tuve que hacer un serio esfuerzo para no acordarme de la madre que había traído al mundo a mi interlocutor, al presidente autonómico que lo financiaba y al mismísimo Karl Marx. Por el contrario, con el tono más sosegado posible, le dije: "O sea, ¿que la cena de cada uno de ustedes costó algo más de seis meses de salario de un obrero nicaragüense?". Nuestra conversación no duró mucho más –salió él para La Habana y yo para Bogotá–, pero creo que había quedado de manifiesto lo que era la izquierda, lo que siempre ha sido la izquierda. Mientras la gente de abajo padece el hambre, la opresión y la falta de libertad, la Nomenklatura vive de una manera que hubieran envidiado muchos burgueses. Al mismo tiempo, no faltan gobiernos occidentales que desvían fondos de los contribuyentes para sustentar dictaduras de cuyas mieles disfrutan en viajes organizados que los convencen de las virtudes de la revolución, cuando en realidad tan sólo sirven a la tiranía. En los años siguientes viví experiencias semejantes una y otra vez.

Sin embargo, aquel viaje a Nicaragua no significó todavía la ruptura. Sí lo fue –para disgusto de mis amigos– el final de mi apoyo a personajes repugnantes como Daniel Ortega o Fidel Castro, pero todavía conservaba una tibia fe en que la izquierda en España podía ser diferente. Aquí debo agradecer a Felipe González y sus años de gobierno socialista que me permitieran ver la luz. El legado de aquella izquierda fue la corrupción más espectacular de la historia de España, una gestión económica deplorable vinculada a millones de parados, un intento encarnizado de domesticar las libertades lo mismo vulnerando la independencia del poder judicial que acosando a los medios de comunicación independientes y un desprecio absoluto por la legalidad que tuvo, entre otras consecuencias, la articulación del terrorismo de Estado de los GAL.

La realidad de España, a decir verdad, era mucho peor, pero por aquel entonces yo sólo veía aquello y me empeñé –con la misma cerrilidad que el creyente al que la fe se le desmorona porque carece de base– en considerar que el problema no era la izquierda sino esta izquierda. Fue precisamente en esa época cuando conocí a algunos de los elementos críticos del PSOE –críticos precisamente con Felipe González– que, supuestamente, podían cambiar todo. La experiencia duró unos meses, y de ella salí definitivamente convencido de que no es que la izquierda tuviera problemas, sino que el problema era la izquierda. No sabría decir si llegué a esa conclusión al ver, por ejemplo, que consideraban a Santiago Carrillo un héroe; al comprobar que eran incapaces de ver que la renovación pasaba por algo similar a Tony Blair o al percatarme de que su mensaje no era sustancialmente distinto al de Felipe González, aunque, eso sí, ellos no tenían el poder y lo deseaban.

Mi ruptura definitiva con la izquierda se produjo, así, de manera nada traumática ni dolorosa. Fue como la ruptura de una soga cuyos hilos se hubieran visto segados poco a poco, y cuando el último se soltó sentí únicamente que había sucedido lo que tenía que suceder. A esas alturas, mis razones para romper eran las mismas que ahora y estaban formuladas con la misma contundencia en mi mente, aunque todavía no expresadas con tanta nitidez por escrito como en los últimos años.

En primer lugar, rompí con la izquierda porque amo la libertad. El amor por la libertad forma parte de mi carácter por diversas razones. Entre ellas se encuentran la pertenencia a una minoría religiosa que ha sufrido durante siglos la persecución y la intolerancia; la pasión por escribir o el deseo de analizar sin cortapisas el mundo que me rodea. Para todas y cada una de esas facetas esenciales de mi vida necesito la libertad, y lo cierto es que los grandes proyectos totalitarios de la Historia han sido socialistas. No se trata únicamente de que el primer Estado totalitario de la Historia fuera levantado por los bolcheviques, sino de que el mismo fascismo fue un proyecto socialista. Durante los años veinte, los Estados más intervencionistas eran la URSS de Stalin y la Italia fascista de Mussolini, y nunca me resultó sorprendente que Hayek señalara que el nacionalsocialismo alemán, lejos de ser derechista, era tan sólo otro modelo socialista que se parecía enormemente al soviético. El propio Mussolini lo dejó claro ya en los años veinte, cuando señaló que el fascismo sólo era un socialismo nacional. Si la gente supiera historia, se percataría de hasta qué punto las políticas socialistas y socialdemócratas de la posguerra son tributarias del fascismo italiano, y hasta qué punto no pocos de los supuestos proyectos progres de ZP fueron antecedidos por medidas legales impulsadas por el propio Hitler. En todos y cada uno de los casos, la izquierda pretende tutelar y dirigir la vida de los demás desde el nacimiento –¡y antes!– hasta la tumba. Sin duda, la perspectiva resulta atrayente para muchos. Para mí, se dibuja escalofriante.

En segundo lugar, abandoné la izquierda porque creo en el individuo. Personalmente, estoy convencido de que el sujeto de derechos es el ser humano como individuo, y no la raza, el sexo o las circunstancias médicas. A decir verdad, la Historia muestra que los derechos individuales son los mimbres de la libertad, y que cuando se cercenan –como en el caso de la izquierda– la libertad se ve amenazada, si es que no desaparece. En términos generales, creo que el individuo sabe dar mejor uso a su dinero que el burócrata que decide quitárselo para utilizarlo en sus fines; creo que el individuo sabe educar mejor a sus hijos que el burócrata que decide adoctrinarlos y creo que el individuo gusta más de la libertad de lo que el burócrata está dispuesto a concederle. Lamentablemente, la izquierda está convencida de que sabe mejor que nosotros cómo debemos gastar nuestro dinero, cómo debemos educar a nuestros hijos e incluso cómo debemos emplear nuestro tiempo libre, y a mí esa vocación liberticida de la izquierda me resulta totalmente insoportable.

En tercer lugar, abandoné la izquierda porque creo en la justicia. Me consta –yo fui uno de los infelices– que, históricamente, la izquierda ha captado a no pocos de sus fieles predicando la justicia. Al hacerlo, no ha pasado de representar el papel de falso profeta. Pocas ideologías hay más injustas que las de izquierda. De entrada, la justicia, por definición, debe dar a cada uno lo suyo, y además debe comportarse con todos de manera igual e imparcial, es decir, debe actuar de manera diametralmente opuesta a como pretende la izquierda. Y es que la izquierda siempre ha creído en una justicia que trate a los seres humanos de manera desigual, apelando a artificios como la justicia de clase o la discriminación positiva. En un ejemplo de dislate jurídico, el Tribunal Constitucional español ha resuelto hace unos meses que es correcta una ley que castiga por el mismo delito de manera desigual a hombres y a mujeres. Saltando por encima de los Bills of Rights del derecho anglosajón y de las constituciones liberales, el Tribunal Constitucional ha regresado a Hammurabi, que también consideraba que las penas no podían ser iguales para todos los seres humanos.

Por si esto –que ya de por sí es muy grave– fuera poco, la izquierda tampoco da a cada uno lo suyo. Por el contrario, despoja –el término es del propio Marx– a unos para dárselo a otros. Las imágenes que surgen al decir esto son las de campesinos que reciben las tierras de los latifundistas o las de inquilinos que se quedan con los pisos de los propietarios. Semejantes realidades resultarían ya discutibles, siquiera porque no se termina de ver la justicia de que se prive del fruto de su trabajo –unos pisos o unas tierras– a un ciudadano para dárselo a otros pero es que, para colmo, la izquierda tampoco ha actuado tan generosamente nunca. Por el contrario, se ha limitado –en las dictaduras– a robar a unos para colocar el fruto del expolio bajo el control de una Nomenklatura que actuaba, supuestamente, en beneficio del pueblo. En Rusia nunca se repartieron tierras a los campesinos. Por el contrario, los bolcheviques se hicieron con la tierra, ligaron a ella a los campesinos con una dureza más cruel que la de los zares y, acto seguido, gracias a la incompetencia socialista en la gestión de la economía, causaron la muerte por hambre de millones de personas, algo desconocido en la Historia rusa. En las naciones occidentales, el sistema de despojo ha sido más sutil. Por ejemplo, el contribuyente de las clases medias se ve aplastado por los impuestos para que los titiriteros progres cobren sustanciosos contratos pagados con esos mismos impuestos. Se despoja a los trabajadores para enriquecer a la Nomenklatura y a sus paniaguados. Demos gracias a Dios de que, al menos, no existe el gulag, aunque es innegable que sí existe una injusticia mantenida de forma sistemática.

En cuarto lugar, dejé la izquierda porque creo en el esfuerzo personal y en la excelencia. Lejos de sentirme satisfecho con el mundo en el que vivo, estoy convencido de que muchas cosas han de cambiar, pero para que puedan cambiar a mejor, nosotros hemos de ser mejores, es decir, exactamente lo contrario de lo propugnado por la izquierda. En su afán por controlar nuestra vida desde el claustro materno hasta después de la muerte, la izquierda está empeñada en crear un sistema igualitarista que no afecte, por supuesto, a los miembros de la Nomenklatura. Uno de los terrenos donde se percibe con más claridad semejante perversión es el educativo. Como sabemos no pocos por experiencia, la buena educación es el único camino que permite a los hijos de familias humildes salir de su estrato social y progresar. La izquierda, con su empeño en conformar la educación no de acuerdo a criterios de excelencia sino de igualitarismo, ha cegado ese camino a millones de niños y jóvenes. La educación que reciben en centros públicos es mala, sectaria y deficiente, pero, por añadidura, es una educación diluida y aguada para que hasta el más tonto y el más vago pueda sacar un título. No siempre se consigue esta última meta, pero, por regla general, sí se logra apartar a no pocos de los mejores del camino hacia el éxito. Por supuesto, los miembros de la Nomenklatura –los que han creado ese sistema que persigue por definición la excelencia– no son tan estúpidos como para convertir a sus hijos y allegados en víctimas de sus acciones. Recuérdese que en España los ministros socialistas no llevan a sus hijos a los centros públicos que sufren las consecuencias de sus actos, sino a elitistas centros privados. De nuevo, la igualdad y la justicia son trituradas por el igualitarismo de la izquierda.

En quinto lugar, abandoné la izquierda porque creo en la inteligencia y en la belleza. A pesar de que la propaganda de la izquierda insiste en lo contrario, la izquierda ha demostrado una pasmosa incapacidad para crear algo bello y, a la vez, inteligente a lo largo de su dilatada Historia. Cuando ha sido inteligente, no ha solido pasar de la categoría de agitación y propaganda y la belleza, por regla general, ha brillado por su ausencia… a menos que consideremos bella una composición tan cursi e idiota como ésa de "el sable del coronel. Cierra la muralla". Todo eso por no hablar del dinero de nuestros impuestos gastado a raudales en gente de la farándula de la más dudosa calidad artística. El hecho de que Miguel Ángel, Cervantes, Beethoven o Shakespeare salieran adelante –y crearan obras geniales– sin pertenecer a la izquierda ni cobrar subvenciones debería llevarnos a reflexionar. El hecho de que la izquierda, a pesar del dinero de los demás que ha gastado en ello y a pesar de su supuesta superioridad moral, no haya tenido un Bach, un Goethe o un Velázquez, sino, como mucho, algunos compañeros de viaje, da para pensar, y mucho. Sin embargo, no resulta tan extraño. Cuando no se busca el talento ni la excelencia, cuando se prima la sumisión a las consignas, cuando se persigue a los que destacan, cuando se odia la excelencia y se prefiere el sectarismo sumiso, el resultado no puede ser otro.

En sexto lugar, abandoné la izquierda porque carece de mensaje que vaya más allá de la opresión de los demás. Por más que se esfuerce en presentarse como un frente de progreso, la verdad es que la Historia ha derrotado en toda línea a la izquierda. Dejó de manifiesto con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS que el socialismo real había sido una pesadilla más que un sueño, y los jirones que aún persisten de ese sistema –Cuba, Corea del Norte, etc.– constituyen muestras patéticas de tiranías cruentas y agónicas.

Por si fuera poco, el mismo mensaje de la socialdemocracia ha demostrado su fracaso para solucionar problemas y, por el contrario, ha dejado de manifiesto que sus efectos perversos son múltiples y dañinos.

Ayuna de éxitos, la izquierda sólo tiene dos caminos. O bien se derechiza para salvar a los Estados de las consecuencias nefastas de las políticas de izquierdas, o bien se entrega a la defensa de las rancias políticas de ayer acentuando el elemento opresor mediante el trato de favor a lobbies no representativos pero feroces y agresivos. El primer caso es el de la política de Tony Blair, que sobre el papel es de izquierdas pero que, en realidad, constituye un ejemplo de que la izquierda sólo puede esperar hacer algo sensato y de provecho si gobierna con las recetas de la derecha. El segundo caso es el de ZP en España. Incapaces de conservar los logros de los gobiernos del PP y carentes de escrúpulos, ZP y sus adláteres lo mismo defienden dictaduras como la cubana o la venezolana, que propugnan la imagen de la Segunda República española creada por la Komitern de Stalin, que se arrodillan ante los programas delirantes del feminismo radical –que es más que dudoso que represente a las mujeres– o del lobby gay, que, con toda seguridad, no representa a los homosexuales. El resultado de esa esterilidad política, social y ética es volcarse cada vez más en políticas que tan sólo buscan oprimir a los demás indicándoles lo que pueden hacer, lo que deben pensar, lo que han de sentir, lo que han de comer, en qué tienen que emplear su tiempo libre e incluso cuándo y cómo tienen que morir, y, como en todas las tiranías, la satisfacción de los tiranos se sustenta en la opresión de los tiranizados.

Al fin y a la postre, de acuerdo a la ortodoxia de la izquierda, la sociedad se ve dividida en tres grandes grupos: la Nomenklatura, que nos dice todo lo que hemos de hacer, decir y pensar; los grupos minoritarios y escasamente representativos a los que la Nomenklatura favorece –porque los ve como aliados naturales– mediante subvenciones y prebendas y, por último, los que con nuestro trabajo y nuestros impuestos mantenemos a una Nomenklatura que nos oprime.

Al fin y a la postre, la izquierda acaba instaurando una dictadura sutil en Occidente –brutal en el resto del mundo–, donde la libertad, la excelencia, el saber, la justicia y la belleza se ven sustituidas por la tiranía, la estupidez, la ignorancia, la injusticia y la zafiedad. Obsérvense determinados gobiernos y dígaseme que no es cierto y, sobre todo, que no son razones más que sobradas para abandonar la izquierda, a menos que uno desee formar parte de la dorada Nomenklatura que decide lo que los demás deben hacer, decir y pensar, mientras ella vive del fruto del trabajo de los otros.

A estas seis razones de carácter general para abandonar la izquierda desearía añadir una séptima de carácter más personal. Abandoné la izquierda, y resultó decisivo en mi caso, porque soy cristiano. Es cierto que durante años pensé –y estaba profundamente equivocado– que los valores de la izquierda eran algo así como una visión laica de los valores propugnados por el cristianismo. Pensaba yo –y erraba gravemente– que las palabras justicia, libertad o dignidad tenían el mismo significado. La realidad es que no se corresponden ni por aproximación. De la misma manera que el Jesús del Código Da Vinci sólo tiene en común con el de los Evangelios la colocación de las letras del nombre. Conceptos como los de justicia, libertad, dignidad o vida son diametralmente opuestos en la formulación de la Biblia y en la de la izquierda. Entrar en un examen detallado de la cuestión podría ser objeto de un ensayo, pero, obviamente, desborda la finalidad de estas páginas. Basta, sin embargo, ver cómo los denominados cristianos de izquierdas acaban siendo mucho más de izquierdas que cristianos, o cuáles son las posiciones de la izquierda sobre la vida o la familia, para percatarse de que entre ambas cosmovisiones se despliega un abismo tan insalvable como el que separaba a los réprobos del Hades de los bienaventurados del seno de Abraham en el Evangelio. Una persona que, de verdad y de corazón, ame las enseñanzas de Jesús no encaja con una visión del mundo que pretende controlar al ser humano desde antes de nacer –para facilitar su eliminación– hasta su muerte –para despenalizar su eliminación–, ni tampoco con discursos que pretenden encerrar a los creyentes en sus lugares de culto, o que pasan por alto la naturaleza humana, o la mera realidad, a la hora de pensar en las tareas de gobierno.

Dicho lo anterior, personalmente estoy convencido, como ya he indicado, de que la izquierda no tiene mensaje tras el fracaso del socialismo y sólo le queda la esencia tiránica que ha contaminado su andadura desde su nacimiento, a finales del siglo XVIII.

Dado que no vamos –¡demos gracias a Dios!– hacia la dictadura del proletariado ni es previsible que el socialismo real se mantenga en pie mucho más allá de la muerte de Fidel Castro, la izquierda sólo puede ofrecer un mensaje achatado, obtuso, de tiranía y control, de totalitarismo y entontecimiento creciente de las masas que, como criticaba Juvenal, sólo ansíen pan y circo y para ello estén dispuestas a aceptar la vileza y la animalización. Pero ésa es una razón adicional bien poderosa para abandonarla.

Sin duda, en el seno de la izquierda existen personas de buena fe que están convencidas de que se hallan en el mejor lugar para ayudar al prójimo. Es posible que tarden en salir de esa equivocación años, y sólo Dios sabe el daño que habrán podido causar a los que desean ayudar durante ese tiempo. Pero a esas personas que, de corazón, desean ayudar a los demás, y no buscarse un pesebre a costa del sudor de los demás, se les podría decir lo mismo que el autor del Apocalipsis gritaba a la gente decente que aún se hallaba en las garras de Babilonia la grande, la prostituta, roja y borracha con la sangre de los santos y de los inocentes: "Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados ni recibáis parte de sus plagas" (Apocalipsis 18, 4).

NOTA: Este texto es el epílogo a POR QUÉ DEJÉ DE SER DE IZQUIERDAS, de JAVIER SOMALO y MARIO NOYA, que acaba de publicar la editorial Ciudadela. http://www.porquedejedeserdeizquierdas.es/
http://www.ciudadela.es/cream/?page=1&codigo=100033

Educación
La obra completa de Góngora, disponible en internet
S. R. Libertad Digital 21 Octubre 2008

Madrid-La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes ha presentado una nueva sección dedicada a Luis de Góngora, la figura literaria más importante del Barroco español, según Manuel Gahete Jurado, director del Instituto de Estudios Gongorinos de la Real Academia de Córdoba y de este nuevo espacio digital de la Cervantes.

Nacido en Córdoba, en 1561, el autor de la Fábula de Polifemo y Galatea y de las Soledades fue denostado por sus contemporáneos y relegado por las generaciones posteriores hasta su recuperación por el grupo del 98 y su exaltación por el del 27. La sección que le dedica la Cervantes recoge la obra completa del autor en distintas ediciones, entre las que destacan las facsimilares del llamado «Manuscrito Chacón» (al parecer de 1628) y las de Juan González (1629) y la Hermandad de Mercaderes de Libros (Madrid, 1654). El nuevo espacio electrónico ofrece además otros contenidos textuales, iconográficos y audiovisuales sobre el escritor.

Para realizar este proyecto, la Cervantes ha contado con la colaboración de la Biblioteca Nacional de España y la Real Academia Española, que custodian los originales de los volúmenes citados. La Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, la Diputación de Córdoba, la Universidad de Córdoba y la Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque del Ayuntamiento de Montilla han mostrado también interés en poner a disposición de la Biblioteca Virtual sus fondos bibliográficos y editoriales.

La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes nació el 27 de julio de 1999 por iniciativa de la Universidad de Alicante, la Fundación Marcelino Botín y el Banco Santander -que participa de la mano de su División Global Santander Universidades-.
Su objetivo es la difusión de la literatura y las letras hispanoamericanas en el mundo, y, desde su nacimiento, ha servido más de 635 millones de páginas. Sus fondos, de libre acceso a través de la Red, presentan más de 30.000 registros bibliográficos.

Crisis, ¿qué crisis? La Xunta de Galicia tiene 355 coches oficiales que nos cuestan más de 166.000 euros al mes
Redacción Minuto Digital 21 Octubre 2008

Los altos cargos y el personal de la Administración autonómica tienen a su disposición un total de 355 coches oficiales, que suponen al erario público un total de 166.157 euros cada mes, cifra que incluye gastos de combustible, seguros, reparación y mantenimimiento de estos automóviles.

Según la Consellería de Presidencia –que gestiona el grueso del parque móvil de la Xunta–, estos vehículos consumen 2.230 euros cada día en combustible, a pesar de que la actual Xunta redujo esta cifra sacando a concurso el suministro del carburante. El nuevo contrato permitió un ahorro de 16.500 euros anuales pero, aún así, el gasto en gasóleo para llenar los depósitos de estos automóviles alcanzó los 814.021,97 euros en 2007.

A esto hay que sumar 579.665 euros anuales en seguros y 600.201,41 euros en mantenimiento y conservación, lo que supone una media de 1.760,12 euros por vehículo. No obstante, la Xunta también asegura que ha conseguido un ahorro del 38 por ciento en el cambio y reparación de neumáticos.

Los coches oficiales no sólo son utilizados por altos cargos, sino que también pueden trasladar a otros trabajadores de la Xunta. Por ejemplo, en el caso de miembros de los distintos gabinetes, pueden acompañar a los altos cargos en sus actos públicos.

El decreto que regula los servicios automovilísticos de la Xunta estipula que los vehículos del parque móvil están para cubrir las “necesidades inherentes” a las actividades que desarrolla la Administración autonómica, desde la alta representación, como un viaje del presidente, hasta el transporte de paquetería.

DIFERENTES GAMAS
Puesto que los coches oficiales se utilizan a diario para múltiples tareas, también son diversos los tipos de vehículos que conforman el parque móvil. Así, el presidente de la Xunta, los ex presidentes, el vicepresidente y los conselleiros utilizan coches de categoría A, es decir, modelos de la gama superior, como Audi A-8 o similares.

El presidente de la Xunta es el alto cargo que más vehículos tiene a su disposición, cuatro en total. En concreto, fuentes del Gabinete de Touriño explicaron que dispone de tres Audi A-8 blindados, aunque precisaron que de forma habitual utiliza dos, para tener siempre garantizados los traslados en caso de avería o por ejemplo, cuando hay un viaje en helicóptero y hay que mover los coches a dos puntos distintos.

El más reciente de estos vehículos fue adquirido a finales de 2007 por 430.000 euros. Este coste incluye el blindaje o unos neumáticos especiales que preservan la seguridad en caso de un pinchazo, entre otros extras. A ello hay que añadir sistemas de seguridad como inhibidores, lo que elevó el precio en torno a unos 50.000 euros.

La cadencia con la que la Xunta adquiere un vehículo está determinada por los protocolos de seguridad que siguen reglamentos más estrictos de lo habitual dado el desgaste que sufren los coches oficiales. En virtud de estos parámetros explica Presidencia la compra del último A-8, lo que ha originado que caiga en desuso uno de los automóviles heredados de la anterior Administración, de forma que ese Audi está parado hasta que no surge alguna incidencia que lo hace necesario, como una avería de alguno de los otros dos.

Además, como titular de la Xunta, Touriño cuenta con un A-6, que se utiliza para dar cobertura a necesidades diversas de la residencia oficial de Monte Pío, como es el caso de trasladar a la esposa del presidente gallego, Esther Cid, cuando tiene que acudir a actos oficiales y, por diversas razones, no puede trasladarse en el mismo vehículo que su marido.

Por su parte, tanto el vicepresidente autonómico, Anxo Quintana, como los conselleiros disponen de dos vehículos cada uno, también para garantizar la movilidad en caso de avería o de que haya que trasladar los coches a puntos distintos.

En el caso de los ex presidentes del Gobierno gallego, uno de los derechos con los que cuentan una vez que abandonan el cargo es disponer de un coche del parque público de categoría A con carácter vitalicio, siempre que se desplacen a un acto oficial.

Los automóviles de categoría B, berlinas de tipo medio, como pueden ser el Citroën C-5 o el Volkswagen Passat, prestan servicio a los secretarios y directores xerais de las distintas consellerías. El resto de coches del parque móvil se corresponde con utilitarios y vehículos especiales, de reparto en la mayoría de los casos.

PLANTILLA DE 80 CONDUCTORES
El parque móvil de la Administración gallega integrado por 355 coches oficiales presta servicio a altos cargos y personal de la Xunta, además de a los ex presidentes autonómicos y diversos organismos, como el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia, la Fiscalía, los juzgados, el Consello Consultivo de Galicia, el Tribunal Galego de Defensa da Competencia, el Consello Galego de Relacións Laborais o el Consello da Cultura Galega.

Al margen del parque móvil de Presidencia, otras seis consellerías cuentan con parques propios de vehículos de carácter técnico, como los que usan las cuadrillas para limpieza y desbroce de las carreteras o los usados por los servicios sanitarios.

En cuanto a los chóferes, el Gobierno gallego cuenta con una plantilla de 80 conductores, quienes, además de vestir el uniforme reglamentario, están obligados a “guardar la más absoluta reserva en la prestación del servicio”, según recoge la normativa.

¿Con lengua o sin lengua?
LETRAS LIBRES - 27 Octubre 2008

(SIGAN ESTE ENLACE A "LETRAS LIBRES" SI DESEAN LEER OTROS EXCELENTES ARTÍCULOS SOBRE EL TEMA) http://www.letraslibres.com/index.php?sec=33&num=85
El Manifiesto por la lengua común ha recabado miles de firmas y adhesiones, pero también no pocas descalificaciones. Fernando Savater, su principal impulsor, recapitula sobre las pasiones desatadas por un documento que, bien leído -o sólo leído-, no resulta demasiado revolucionario.

En España hay dos formas de derogar una propuesta política que resulta incómoda a tirios y a troyanos: primera, señalar justamente que es política y subrayarlo en tono acusatorio (“vaya, con que politizando la política, ¿eh?”); segunda, declarar encogiéndose de hombros que no es urgente o, peor, que es inoportuna (se trata de una variante del estribillo burocrático por excelencia, el “vuelva usted mañana” glosado genialmente por Larra). Ambas descalificaciones han caído, juntas o por separado, sobre el Manifiesto por la Lengua Común.

La censura contra la politización de un problema político nos llegó en múltiples tonos y énfasis, desde las admoniciones del presidente del gobierno y adláteres hasta el cauteloso retroceso de algunos firmantes acongojados (¿se dice así?) por la fuerte marejada que levantó el texto. Otros prefirieron distanciarse señalando que el asunto lingüístico no corre prisa, pese a que todos los días se están dictando normativas discriminatorias y hay miles de padres que tienen que educar a sus hijos ya, no el próximo milenio. Para ellos lo de rescatar la lengua común del país no apremia (llevamos después de todo décadas perdiéndola), comparado con la crisis económica, la violencia de género o –sobre todo– los desafueros norteamericanos en Iraq. Además, se trata de una reivindicación inoportuna, porque compromete al gobierno y denuncia a la oposición, además de “radicalizar” a los nacionalistas, que son, como ya se sabe, irritabile genus: si se les concede lo que piden lo ensanchan y desbordan hasta el abuso, si se les niega se enfadan y se convierten en nacionalistas más rabiosos todavía. No hay forma de darles gusto y por eso hay cada día más, porque todo el mundo quiere apuntarse al partido al que se le permiten los caprichos.

De todas formas y pese a estas previsibles descalificaciones, los promotores del Manifiesto por la Lengua Común no podemos quejarnos. Lo han apoyado, además de miles de ciudadanos, figuras destacadísimas de la literatura, la universidad, los medios de comunicación, las artes plásticas, la música, el deporte, el comercio… No diré, porque sería presuntuoso, que quienes lo han firmado son los mejores, pero sí se puede asegurar sin miedo a error que desde el inicio de nuestra democracia nunca ha habido un documento semejante suscrito por tal plantel de celebridades, muchas de las cuales jamás se habían comprometido con nombre y apellidos en este tipo de iniciativas. Y hay que recordar que se trata de una iniciativa privada, sin ningún tipo de apoyo o reconocimiento institucional sino más bien todo lo contrario. Para bien o para menos bien, el impacto de esta propuesta ha sido tremendo y ha desencadenado una serie de reacciones airadas o favorables realmente sin precedentes. Veremos si ese retumbar social termina concretándose en alguna medida política concreta, aunque ya sabemos que hay varias en marcha. Sea como fuere, la impresión general es que las cosas en este terreno ya no volverán a ser lo mismo o, como suele decirse con cierta truculencia, que el manifiesto marca un antes y un después.

Leído con cierto detenimiento y algo de discernimiento, tarea que se han ahorrado voluntariosamente casi todos sus oponentes y bastantes de sus partidarios, el texto no resulta en modo alguno demasiado provocativo ni mucho menos revolucionario. Parte del reconocimiento, culturalmente indudable y constitucionalmente establecido, de una lengua común –el castellano o “español”, como también se lo denomina precisamente por este carácter común– en nuestro país, España. Afirma que tal lengua común no es una mera imposición legal o social sino un beneficio político para nuestra democracia (a ninguna democracia la ayuda la cacofonía), además de un importante activo cultural y hasta económico en nuestra proyección mundial, por tratarse de una lengua de primer rango internacional (la tercera en número de hablantes, siempre creciente, y la segunda en extensión tras el inglés). Por supuesto, el Manifiesto reconoce y encomia como muy valiosa la presencia de otras lenguas no menos españolas en algunas regiones y apoya la tutela de los derechos de sus hablantes en todos los ámbitos institucionales y sociales correspondientes. Lo único que se rechaza es la posibilidad de que se ejerza en tales regiones una discriminación positiva abusiva en detrimento “compensatorio” de quienes optan allí por usar la lengua común en la educación, las relaciones con la administración… Sólo una mentalidad estrechamente nacionalista trata de obstaculizar el uso de la lengua común precisamente porque es común (y por tanto más extendida), imponiendo la otra lengua para favorecer el sueño separatista de crear estados dentro del Estado y que no respondan ante él. Porque una cosa es ser partidario del Estado de las autonomías y otra el querer un Estado de los nacionalismos… es decir, la fragmentación del Estado de Derecho democrático.

Las reacciones nacionalistas al Manifiesto eran de esperar, pero en algunos casos han sido particularmente pintorescas. Por ejemplo, la acusación contra los firmantes de pretender imponer un estricto monolingüismo que no respeta el pluralismo del país… Tomen nota: quienes reclamamos que haya igual opción para estudiar en castellano o en la lengua regional en las autonomías bilingües, los que queremos que las declaraciones institucionales, los formularios oficiales o la información vial sea en ambas lenguas, los que pedimos que los ciudadanos puedan comunicarse con la administración en cualquiera de ellas y que en los comercios o negocios privados cada cual elija la que prefiera… somos monolingüistas rabiosos; en cambio quienes imponen la lengua cooficial como única vehicular de la enseñanza (la famosa inmersión lingüística), los que rotulan las vías públicas sólo en ella o no facilitan impresos oficiales más que en ella (y en inglés, llegado el caso), los que convierten el conocimiento de esa lengua en un mérito predominante para cualquier cargo administrativo (hasta el punto de vedarlos a quienes no la dominen, aunque estén mejor preparados profesionalmente que los demás)… ésos son bilingüistas respetuosos e intachables. ¡Vaya, hombre!

También los pretextos para defender este exclusivismo (y los obstáculos a la lengua común) son curiosos, sobre todo en el terreno de la educación. Por ejemplo, según algunos la inmersión lingüística favorece la integración social e impide la formación de guetos: argumento proceloso, porque invertido serviría para imponer la lengua común como única en toda la educación pública, como ocurre en Francia. También hay quien se ampara en razones presupuestarias: será demasiado oneroso costear dos líneas educativas, por tanto sólo puede haber una… casualmente la que omite la lengua común. Me recuerda el chiste del viajero que, cuando el tren para en una estación unos pocos minutos, llama desde la ventanilla a un muchacho que pasea por el andén: “Por favor, chico, toma diez euros y tráeme un bocadillo de jamón de la cantina… con lo que sobre puedes comprarte tú otro”. Al rato, el mozo vuelve masticando ufano su bocadillo: “Oye ¿y el mío?” “Lo siento, no había más que para uno”.

Dejo de lado, por razones higiénicas, el caso de quienes como el gallego Suso de Toro y bastantes otros nos han atribuido razones xenófobas y hasta genocidas. Podría uno sentirse ofendido por tales dicterios, pero yo creo que no hay injuria en lo que sale de boca de los tontos y de los niños… y es evidente que Suso de Toro y demás compadres son rematadamente niños. En realidad, salvo por la virulencia, no me chocan demasiado los rugidos de los intelectuales nacionalistas o para-nacionalistas, que en estas cuestiones suelen ser bastante maximalistas y poco dados a matices. En cambio no deja de parecerme mal síntoma para nuestra democracia que bastantes intelectuales no nacionalistas (cuyas alarmadas confidencias contra los estragos del provincianismo separatista he compartido tantas veces) no se hayan decidido finalmente a suscribir un manifiesto que parecía hecho a la medida de sus habituales reclamaciones. Se me ocurren varias explicaciones para este abstencionismo a menudo vergonzante. Primera y más elemental, los apremios de la supervivencia: los que trabajan en medios de comunicación radicados en autonomías de predominio nacionalista o cercanos ideológicamente a los intereses gubernamentales (que por el momento parecen proclives al nacionalismo salvo en cuestiones de financiamiento autonómico) no quieren “significarse” –como me reprochaba mi madre que yo hacía durante el franquismo– para ahorrarse problemas laborales o de convivencia. Pueden ser simples aprensiones, pero no está el panorama económico del país como para correr riesgos. Pero ¿y aquellos otros cuya posición en el ranking de ventas les excluye de esos temores tan vulgares? Les haré una confidencia: la mayoría de los intelectuales que conozco, incluso los más anticlericales, pertenecen a la orden mendicante. No mendigan dinero, no, pero sí reconocimiento público, honores, academias, espacio preferente en los suplementos literarios o en los programas de radio y televisión más atendidos. Quieren ser no sólo muy vistos sino también bien vistos, al menos por parte de las fuerzas vivas. De modo que tienen buen cuidado de no desagradar nunca a los “suyos”, para asegurarse al menos un canal de homenajes. Muchos de ellos son admirables por su arte y talento, pero padecen esa infantil debilidad, casi conmovedora. Tomar una actitud que les indisponga a la vez con las autoridades nacionalistas y estatales, así como con gran parte de la izquierda y hasta de la derecha, es pedirles demasiado. ¿Y si les confunden con los de la acera (política) de enfrente y se les olvida en el reparto de galardones o aplausos? En fin, cosas humanas y comprensibles aunque también –como casi todo lo comprensiblemente humano– algo tristes.

En resumen: el Manifiesto reivindica el derecho de los ciudadanos españoles a utilizar su lengua común –históricamente asentada y constitucionalmente reconocida– en todo el país, tanto para expresarse, para educarse, para informarse o para relacionarse con la administración, sin perjuicio del reconocimiento del derecho a usar igualmente las otras lenguas cooficiales en sus regiones respectivas. Y además resalta la importancia de que exista una lengua común como vehículo de funcionamiento democrático y garantía de unidad del Estado de Derecho, frente a los pujos disgregadores de las ideologías etnicistas o de los simplemente aprovechados que buscan ventajas en el juego colectivo. En vez de insultos soeces o subterfugios bizantinos, los firmantes del Manifiesto agradeceríamos explicaciones de por qué este planteamiento es erróneo o nocivo. También sería muy oportuno que los partidos políticos se definieran al respecto y, si están de acuerdo con nuestra propuesta, la apoyaran parlamentariamente y dejaran claros los derechos y deberes al respecto para el futuro. Creemos que este asunto no sólo es de interés en España, sino también en toda Hispanoamérica. Para los ciudadanos de esos países, nada más interesante que una nación europea –vinculada a ellos por múltiples lazos– donde pueden comunicarse, estudiar, negociar o trabajar en su propia lengua. Y al revés, naturalmente: no deja de ser significativo que muchos de los que en España se muestran remisos o claramente hostiles ante la lengua común (porque aquí el beneficio económico y político se saca del compadreo con los nacionalistas), en cuanto cruzan el charco se convierten en fervorosos adalides del español, porque eso es precisamente lo que resulta más rentable allí para escritores, editores, empresarios y políticos. Porque no sólo tenemos una lengua común en España, sino que también es válida para una comunidad mucho más ancha y populosa, a uno y otro lado del gran océano. Quien nace acá o allá dentro de esa comunidad tiene la oportunidad de recibir desde el comienzo una herramienta verbal que le abrirá unas perspectivas y le ofrecerá posibilidades que muy pocas otras lenguas pueden mejorar. Es un verdadero atropello social y cultural regatearle esa riqueza por cualquier pretexto de mezquindad sectaria.

El Gobierno de Aragón sustituirá los libros de texto pancatalanistas
MANUEL ROMERO - EL MUNDO 21 Octubre 2008

MADRID.- El Gobierno de Aragón establecerá contactos con las principales editoriales de libros de texto para que el próximo curso los colegios e institutos de las cuatro comarcas orientales de la región cuenten con manuales en catalán carentes de contenidos nacionalistas.

Tres días después de que el PSOE y el PAR, que sustentan al Ejecutivo autonómico, rechazaran la moción del PP para que se retiren los libros que contienen unidades que no reconocen la pertenencia de esas comarcas a Aragón y que difunden la historia de activistas del nacionalismo, la Consejería de Educación ha manifestado su interés en impulsar la edición de manuales propios.

Juan José Vázquez, viceconsejero de Educación y Cultura, ha transmitido la opinión del Ejecutivo que preside Marcelino Iglesias de promover la impresión de libros en catalán para Aragón, una vez que se inicie la tramitación de la Ley de Lenguas e incluya esa asignatura dentro del currículo educativo.

Unos 1.500 alumnos, correspondientes a los ciclos de Primaria y Secundaria, estudian en la actualidad de forma voluntaria la asignatura de catalán en la zona oriental de Aragón, con libros de Lengua procedentes de Cataluña. De ellos, una cuarta parte también recibe la asignatura de Conocimiento del Medio en esa lengua, dentro de una oferta optativa impulsada por grupos de profesores. Los manuales proceden de la Comunidad Valenciana.


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