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Recortes de Prensa    Domingo 16 Noviembre 2008

Los Fueros son de todos
J. M. RUIZ SOROA Y J. J. SOLOZABAL ECHAVARRÍA El Correo 16 Noviembre 2008

Firman además este artículo Joseba Arregi Aranburu, María Teresa Echenique Elizondo, Luis Haranburu Altuna, Javier Corcuera Atienza, Juan Pablo Fusi Aizpurúa, Juan José Laborda Martín, Alberto López Basaguren, Carlos Trevilla y Andoni Unzalu Garaigordobil.

Las recientes declaraciones del presidente del Partido Nacionalista Vasco en las que invoca determinados aspectos de la foralidad histórica de las provincias vascas como cauce válido para las demandas nacionalistas resultan sin lugar a dudas esperanzadoras. En primer lugar, porque dejan de lado (esperemos que duraderamente) las abruptas y quiméricas vías unilaterales hacia la soberanía ensayadas durante estos últimos diez años, que no han conducido sino a la frustración política y la polarización social. Pero también, en segundo lugar, porque hablar de la foralidad histórica y de su actualización supone algo así como entrar en el ámbito de lo políticamente tratable, de aquello de lo que todos podemos razonar y discutir.

Estamos convencidos de que en ese terreno los vascos podremos entendernos, aunque sólo sea porque los últimos treinta años han producido una ingente masa de conocimiento histórico acreditado acerca de lo que fue -y de lo que no fue- el régimen foral a lo largo de los siglos, así como de la evolución del pensamiento foralista en el siglo XIX. Y podremos entendernos también con el conjunto de España, puesto que la foralidad está recogida como garantía constitucional desde 1978, de forma que nada impide su permanente actualización por la vía estatutaria.

Sentado lo anterior con toda claridad, queremos también subrayar un aspecto preocupante de la invocación nacionalista. Que no es otro que el de su carácter exclusivista y posesivo: se invoca el pasado foral como si éste perteneciera en propiedad a los nacionalistas, como si fuera poco menos que natural u obvio que en ese pasado foral se encuentren ya en germen los planteamientos soberanistas del nacionalismo actual, como si la foralidad no fuera en definitiva sino una especie de proto-nacionalismo. Tal intento de apropiación sectaria de un pasado que es de todos los vascos, y no sólo de una parte de ellos, no puede ni debe admitirse en justicia, y a enderezar ese entuerto pretenden atender, precisamente, estas líneas. La Historia pertenece a todos y todos debemos poder reconocernos en ella, para lo bueno y para lo malo. No cabe desfigurarla y mitificarla para convertirla en el estandarte de legitimación de posiciones actuales rabiosamente partidistas, como se hace cuando se alegan los 'derechos históricos' como supuesta justificación para superar el régimen estatutario actual.

En la sociedad vasca de los últimos treinta años, por razones complejas que no cabe ahora desmenuzar, se ha producido un fenómeno de apropiación hegemónica por parte del nacionalismo de la definición de 'lo vasco'. Es algo que contradice la pluralidad esencial de esta sociedad y que, ahora, parece que también quiere aplicarse a nuestro pasado. En este sentido, observamos con preocupación que los partidos políticos no nacionalistas abandonan el campo de la argumentación y debate sobre la foralidad histórica a los soberanistas, encogiéndose de hombros y diciendo algo así como: 'Eso son antiguallas'. Con esta abstención, probablemente provocada por cierto cansancio ante la volubilidad nacionalista, se regalaría al adversario el mundo privilegiado de la legitimación simbólica historicista. Si sólo unos gestionan el pasado, muchos vascos terminarán por percibir su propia historia como un país extraño o ajeno. Sería un grave error político además de una injusticia histórica.

En la historia de las provincias vascas existió un régimen peculiar de autogobierno comunitario, en el que el Derecho de la tierra era administrado por sus propios habitantes a través de instituciones locales o provinciales. Fue el régimen foral, que nunca pretendió expresar idea alguna de 'soberanía' por respecto al cuerpo político más amplio que dirigía la monarquía española, sino sólo una de inmunidad de jurisdicción. De lo que se trataba en el régimen foral era de que el señor respetara la forma particular de regirse que poseía una comunidad local y, al mismo tiempo, que esta comunidad se integrara en forma armónica en un cuerpo político superior. Intentar ahora encontrar un germen de 'soberanía' en aquel sistema foral es tanto como falsificarlo de raíz, es introducir un planteamiento moderno en un sistema del Antiguo Régimen premoderno.

Desde hace mucho tiempo, de una manera ya cansina, se siguen invocando determinadas instituciones forales como prueba (?) de una supuesta 'soberanía originaria' de las provincias, sobre todo el llamado 'pase foral' (el 'se obedece pero no se cumple'). Tal interpretación resulta una desmesura y una mixtificación de lo que no fue sino un simple instrumento para proteger las esferas de jurisdicción propias de la intromisión de otro poder. El Fuero Viejo de Vizcaya adoptó el pase tomándolo de las Cortes de Burgos de 1379, lo que demuestra que era un instrumento de control de la adecuación normativa generalizado en el ámbito medieval, que nunca implicó idea alguna de soberanía. Las villas vizcaínas, el alcalde de la Merindad de Durango o las Encartaciones poseyeron también el derecho de pase o sobrecarta contra (¡oh maravilla!) las juntas generales o el síndico ¿Les haremos entonces a aquéllas también 'soberanas'? Por otro lado, existió también en forma simétrica la 'protesta foral', por la que la minoría derrotada en las juntas generales podía reclamar ante el corregidor o el señor por el incumplimiento foral, haciéndole así en cierto modo árbitro del sistema. Seamos serios entonces, el pase y la protesta no eran sino formas toscas de controlar la legalidad de las decisiones, algo que en cualquier Estado moderno efectúan los tribunales de justicia o constitucionales todos los días.

La esencia de la foralidad, que lo es el autogobierno de la comunidad territorial (y no los privilegios que en determinadas épocas poseyeron esas comunidades) está hoy recogida en el régimen autonómico garantizado por la Constitución al País Vasco pues, como indicó el Tribunal Constitucional 76/1988, es constitucionalmente obligado que la anterior foralidad pueda reconocerse en el actual régimen autonómico. Como tantos vascos liberales, progresistas y republicanos soñaron en el siglo XIX, la foralidad está hoy constitucionalizada en España. Lo que nos recuerda otro de los mitos de apropiación de la Historia que hay que deshacer con los textos y las bibliotecas: quienes más y mejor defendieron los Fueros no fueron los carlistas ni la mesocracia ruralista, sino los liberales vascos. Es decir, los antepasados directos de los constitucionalistas de hoy.

Se afirma hoy por los nacionalistas que lo deseable sería un 'Concierto Político', es decir, algo que parecen entender como una relación bilateral de gobierno pactada entre potencias iguales. Una relación que situaría al País Vasco fuera de la España de las autonomías y de su diseño federalizante conjunto. Según ellos, el modelo inspirador de ese régimen sería el Concierto Económico vigente. Pero esto es una tergiversación palmaria de lo que contiene el vigente Concierto Económico que, desde luego, no supone esa 'soberanía fiscal' que algunos quieren interesadamente ver en él. Allí se reconoce, claro está, una enorme capacidad a las instituciones vascas para organizar libremente su fiscalidad, pero no una libertad total o soberanía, puesto que esa organización tiene forzosamente que adaptarse a los rasgos esenciales del sistema español conjunto (presión fiscal equivalente, no distorsión del mercado, etcétera). Se trata de un autogobierno fiscal para integrar, no para separar, precisamente aquello que los Fueros siempre buscaron: integrar en España una forma diferente de gobernarse, la de los vizcainos, navarros, guipuzcoanos y alaveses. Lo cual significa, y aquí queríamos llegar, que la más exacta traducción a lo político del Concierto Económico es, precisamente, el Estatuto de Autonomía. Ése es el verdadero 'Concierto Político', tanto de los vascos entre sí como del País Vasco en España. Un 'Concierto' que está, como el Económico, blindado ante cualquier otro poder, puesto que sólo con el asentimiento de los ciudadanos vascos podría ser modificado.

Los Fueros nunca permanecieron congelados, sino que evolucionaron a lo largo de los tiempos adaptándose a variables situaciones y a nuevas ideologías. Tampoco el Estatuto tiene por qué estar congelado en su formulación actual, sino que admite desarrollos, adaptaciones y cambios. Ni España ni el mundo son lo que eran hace treinta años. ¿Quién pensaba entonces en la inmigración, en Europa como unidad económica, en el envejecimiento poblacional, en los problemas de la globalización? Es obvio que nuestro autogobierno debe cambiar para adaptarse a estas nuevas situaciones, como también para resolver los problemas de funcionamiento detectados en los últimos treinta años. Pero el secreto para que esta adaptación sea posible y fructífera se encuentra, precisamente, en la aceptación de un hecho básico que nos marca, para bien y para mal, como sociedad específica: la pluralidad. Y ello exige a los partidos políticos, en este momento y en este punto concreto, una conducta de respeto reverencial ante el pasado. No porque seamos esclavos de una Historia inexorable, sino porque esa historia pertenece a todos. Que nadie intente apropiársela.

Futbolistas vascos: del ridículo a la vergüenza en un manifiesto
Editorial La Razón 16 Noviembre 2008

El manifiesto firmado por un centenar de jugadores vascos en el que amenazan con no acudir a la llamada de su federación autonómica en su próximo partido amistoso frente a Irán si no es bajo el nombre de «Euskal Herria» nos ha vuelto a enseñar la peor cara del fútbol, aquella en la que los nobles valores del deporte se ven contaminados por los intereses políticos de la izquierda abertzale, y que tienen como último y principal beneficiario al entorno de ETA. Los firmantes del escrito no sólo se arrogan la representatividad de unos territorios -Navarra y tres provincias francesas- que no pertenecen al País Vasco, sino que, además, demuestran su ignorancia al asimilar como propia una doctrina tan imaginaria como expansionista, la del nacionalismo vasco, que carece de fundamento histórico alguno. Más allá de hechos sonrojantes como la falta de valentía de algunos de estos deportistas para vencer la presión radical con la que conviven en sus clubes o la paradoja de ver a uno de ellos posar con la camiseta nacional de España unas horas después de haber suscrito el manifiesto, lo más lamentable de este episodio es que este grupo de deportistas de élite no haya demostrado nunca la voluntad de expresar su rotunda condena a la violencia de ETA ni su solidaridad con las víctimas del terrorismo.

Petardos
Está claro que a los futbolistas vascos que han amenazado con no jugar el guateque autonómico-navideño no les han enseñado Historia
Alfonso USSÍA La Razón  16 Noviembre 2008

«Euzkadi» es una invención de Sabino Arana. La Historia es otra cosa. «Euskadi» es una adaptación moderna que el PNV aplicó a la invención de Sabino Arana. La Historia es otra cosa. «Euskalerría» es decir, la Tierra de los Vascos, es una voz soñadora y romántica, preferentemente folclórica, de zorcicos y habaneras, y que jamás se ha interpretado como un concepto reivindicativo de una imaginaria nación compuesta por las tres provincias vasco-españolas, los tres territorios vasco-franceses –jamás reconocidos como específicamente vascos–, y Navarra.

La Historia es otra cosa. Está claro que a los futbolistas vascos que han amenazado con no jugar el guateque autonómico-navideño si no lo hacen como «Euskal Herría» –aquí han añadido una «h» al término original–, no les han enseñado Historia. Se creen lo que les dicen los de la pistola y así les va. Unos petardos como estudiantes y unos petardos como futbolistas, ahí casi todos, en el final de la tabla.

Lo curioso es que los firmantes no son en su totalidad vascos. Ni jugadores en activo. Uno de ellos, Lasa, el que fuera defensa del Real Madrid, ha puesto su rúbrica al manifiesto. Como Urzaiz, que es navarro. O Llorente, el espigado riojano que juega en el Athletic de Bilbao. El partido programado es contra la selección de Irán, en San Mamés, que hay que ver las faenas que le están haciendo últimamente al pobre San Mamés, que como Urzaiz y Llorente tampoco era vasco, sino de Césarea de Capadocia, hijo de Santa Rufina y San Teodoto, martirizado y muerto –como muchas víctimas de la ETA–, en la arena del anfiteatro de Cesáreo a manos de un robusto gladiador. Por cercanía territorial, lo lógico es que en un partido entre Euskadi, Euskal Herría o como quieran llamarla e Irán, San Mamés animará a los iraníes, por motivos de más inmediato paisanaje.

Por mi parte, tolerancia pura, que jueguen representando a la nación que no existe con el nombre que les salga de las narices. Si lo hacen tan mal como en el Campeonato Nacional de Liga las esperanzas de ver un buen espectáculo deportivo son tan escasas como las de sorprender a un chimpancé en los maizales de Igueldo poniéndose las botas. El contrincante, Irán, tampoco ofrece altas expectativas de regalar a los espectadores alardes y virtuosismos futbolísticos. Estos partidos navideños de selecciones regionales y autonómicas no son los más apropiados para hacer aficionados, pero si se analizan desde el punto de vista reivindicativo-nacional, pues se juegan y se olvidan, como todo lo que se disputa desde el folclore y el festolín popular. Pero con un nombre u otro, lo que no vale es hacer un equipo de vascos con jugadores que no lo son. Se me antoja una frescura indecente. Quien esto escribe es más vasco que Llorente y que Urzaiz, y le duele haber sido objeto de la indiferencia y el olvido del seleccionador de esa nación histórica que históricamente jamás ha existido.

Lo que tendría que hacer la Real Federación Española de Fútbol, de una vez por todas, es dejarse de politiqueos y dádivas, y permitir que los árbitros no persistan en salvar con el pito al Athletic de Bilbao, que ya estaría en la Segunda División de no haberse visto tan mimado en las últimas temporadas. Porque son bastante petardos, y este año, ni San Mamés, el pobre, está en condiciones de ayudarlo. Es forofo de Irán.

Rajoy, 'perdedor pertinaz'
Francisco Rubiales Periodista Digital  16 Noviembre 2008

Aseguran dentro del Partido popular que Mariano Rajoy, desesperado porque no avanza en intención de voto, ha exigido a sus asesores un drástico cambio de imagen. Pero su verdadero problema no es el deterioro de su imagen sino el creciente rechazo que provoca en el electorado tradicional de la derecha.

Muchos ciudadanos, pensadores y analistas observan perplejos cómo Mariano Rajoy no consigue avanzar y colocarse por delante de Zapatero en las encuestas de intención de voto, a pesar del terrible desgaste que está sufriendo el gobierno español por causa de la crisis, del hundimiento de la economía real, de los más de 6.000 parados que "fabrica" cada día y por el empobrecimiento veloz de una sociedad española que hasta hace un par de años era de las más prósperas y pujantes del mundo.

El último sondeo del CIS revela que PP y PSOE están empatados en intención de voto, pero Zapatero mantiene una mejor valoración que Rajoy, a pesar de que el 83% de los españoles culpan al líder socialista de la crisis económica. Más claro imposibles: la encuesta revela con claridad meridiana que Zapatero no se desgasta porque Rajoy es un lider rechazado.

El reciente vencedor Barak Obama sí ha sabido aprovechar la crisis económica que azota a Estados Unidos para conectar con el electorado, despertar la esperanza y derrotar al partido gobernante. La crisis es un fenómeno tan poderoso y desquiciante que ha sido la condición imprescindible para el triunfo de Obama en Estados Unidos, pero, al parecer, no tiene fuerza suficiente para elevar al triste Rajoy. En términos de marketing político, Rajoy, comparado con Obama, parece un becario deprimido.

De nanera sorprendente e incomprensible, Zapatero, que, en buena lógica y ante el drama de España, debería estar hundido en las encuestas, se está librando de pagar la factura de su torpeza e incapacidad como gobernante.

La única explicación razonable y técnica de la sorprendente resistencia del liderazgo de Zapatero es la incapacidad de Rajoy como líder y la constatación de que no reune las condiciones mínimas para derrotar a Zapatero, ni siquiera con la ayuda de la feroz crisis económica que está colocando de rodillas a la sociedad española.

La clave de la actual devaluación del PP quizás esté en el reciente Congreso de Valencia, en el que no supo purificarse con una votación entre distintos aspirantes a dirigir el partido y en el que ganaron los perdodores, con Rajoy y Arenas a la cabeza, autores de una estrategia para conquistar el poder basada en un partido light, polivalente y atrapavotos, sin demasiados principios ni valores estables, que está resultando ser un churro.

He escuchado a algunos dirigentes del PP calificar en privado a Rajoy como un "perdedor pertinaz" y escandalizarse de que el gran derrotado en las últimas elecciones generales de 2008 siga siendo hoy el líder del principal partido de la oposición. Pero los muy cobardes no se atreven a denunciar esa situación en público porque prefieren la ignominia del silencio cómplice antes que perder el dinero y los privilegios que les otorga su partido.

Si es cierto que la gente vota al que mejor le engaña, entonces seguirá votando a Zapatero siempre que la otra opción sea Rajoy.

Parece increible que los dirigentes y militantes del PP no se den cuenta de una realidad que ya empieza a tener, incluso, soportes casi científicos: que Rajoy no es un lider aceptado por los españoles y que, mientras él sea el cartel del PP, ese partido nunca podrá ganar unas elecciones.

La magnitud de la derrota de Rajoy en las últimas elecciones fue casi insuperable y merece ser estudiada en las escuelas políticas de todo el mundo como ejemplo paradigmático de incapacidad de liderazgo y de fracaso político. Perdió cuando tenía todo a favor para ganar, enfrentándose a un Zapatero derrotado en su negociación con ETA, desprestigiado en el plano internacional, donde España pierde peso constantemente; responsable del Estatuto de Cataluña, inconstitucional y destructor de la igualdad y la solidaridad en el Estado español; impulsor de alianzas y contubernios con el nacionalismo más radical y despreciable, responsable de la disgregación y de la ruina de la cohesión de España, con los católicos en contra y odiado por los damnificados de Furum Filatélico, por las víctimas del terrorismo y por otros muchos sectores que juraban vque votarían en su contra para echarlo de la Moncloa.

Y, sin embargo, a pesar de todas esas ventajas, Rajoy, candidato romo, torpón, blandengue, ni siquiera capaz de despertar el entusiasmo en su proio electorado de derechas y capaz de aburrir a las ovejas, resultó derrotado y condenó a España a padecer un cuatrienio más a un Zapatero cuyo mayor mérito es tener enfrente, como oponente, a un iluso "perdedor".

Voto en Blanco
El español, la tercera lengua mundial, suspende en Internet
 Periodista Digital  16 Noviembre 2008

La cifra de 150.000 millones de euros hoy evoca una sola cosa: el importe del plan anticrisis que Zapatero ha puesto en manos de la banca para inyectar liquidez.

Pero -como explica Jorge Bustos en Gaceta- esa cantidad representa también el valor económico del idioma español, según el estudio del catedrático de Economía José Luis García Delgado contenido en El español de los negocios, obra multidisciplinar editada por la Junta de Castilla y León.

Allí, entre Cantabria, Burgos, Álava y La Rioja, nació el español hace once siglos. Hoy lo hablan casi 500 millones —491.578.354 exactamente, según el Instituto Cervantes— en una veintena de países a lo largo de 12 millones de kilómetros cuadrados.

Es el segundo idioma hablado en Estados Unidos (para 2020 será el primero, dicen los expertos), con 32 millones de usuarios, y cada vez más el predilecto en toda Europa, Brasil y Japón, como primera lengua alternativa de estudio.

Se trata de un activo inmaterial, cuya virtualidad sobre el crecimiento económico resulta difícilmente mensurable. O no tanto: se calcula por ejemplo que la cadena CNN en español de EEUU genera 12.000 millones de euros de publicidad gracias a las empresas privadas que se dirigen al consumidor hispanohablante.

En España, sectores como el turismo, la enseñanza, el cine, el sector editorial, la moda o la música son, entre otros, los grandes embajadores de un potente negocio mundial unido al uso del español.

Una lengua que multiplica entre dos y tres veces la cuota de mercado de las exportaciones españolas. Y multiplica por casi 2,5 la cuota de inmigrantes procedentes de países que comparten idioma, aminorando costes de integración, facilitando el envío de remesas a los países de origen y contribuyendo a potenciar la actividad económica y tributaria de España.

La relevancia económica de la lengua resulta decisiva en sectores como educación, comunicaciones, industrias culturales (cine, sector editorial, etc.), publicidad o las llamadas “industrias de la lengua” (tecnología lingüística, traductores, intérpretes), amén de centros de llamadas y servicios de información.

Así se calcula el peso económico de un idioma que, según escribe Emilio Botín en este libro, “seguirá siendo un factor determinante del crecimiento económico de España”.

¿Qué hacer tras Washington?
JUAN VELARDE FUERTES de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas ABC  16 Noviembre 2008

EN estos momentos una formidable crisis económica asola, en bastante grado, desde Alemania a Japón, desde Estados Unidos a economías emergentes como puede ser el caso de Argentina. Una pregunta obligada es: nuestros problemas ante esa realidad, ¿van a poder ser resueltos, o siquiera aliviados, en la reunión que se abre en Washington y a la que se ha conseguido acudir, a pesar de las displicencias que el presidente Rodríguez Zapatero exteriorizó frente al G-8 hace unos meses en declaraciones al «Corriere della Sera»?

Para aclararnos conviene señalar que esto de Washington no tiene que ver con las reuniones de Bretton Woods del 1 al 22 de julio de 1944. Entonces, los aliados que contemplaban con claridad que iban a ser los vencedores en la II Guerra Mundial, decidieron montar un nuevo orden económico. Los expertos -recordemos la pugna entre White y Keynes- iban a debatir, con tenacidad -incluso Keynes llegó a experimentar un ataque cardiaco-, sus puntos de vista, porque sabían de sobra que los criterios que se acordasen, serían los que se impusiesen por muchos años, como así sucedió, en la vida económica internacional. Eran unos vencedores que iban a implantar un sistema económico nuevo. En parte se cumplió, y los restos, más de medio siglo después aún perviven: el Fondo que, como decía con gracia Keynes, en realidad era un Banco, ahí lo tenemos en forma de Fondo Monetario Internacional, y el Banco que era un Fondo, el Banco Mundial, también ahí se encuentra.

Ahora es diferente. A lo que se parece muchísimo la reunión de Washington, es a los intentos, confusos, de poner algún orden en la crisis económica que se originó tras la I Guerra Mundial, con la Conferencia de Génova, a la que acudió España con Cambó de ministro de Hacienda, y cuya crónica periodística elaboró para nuestro país, Olariaga en «El Sol» y para Inglaterra, en el «Manchester Guardian», Keynes. Nada se arregló ahí, y la crisis fue agravándose hasta la Gran Depresión. En medio de ésta se concitó otra Conferencia, la Monetaria de Londres, a la que acudió Flores de Lemus en 1933, y que fue glosada periodísticamente con brillantez por Eugenio Montes en «El Debate». Tampoco de ahí se derivó nada, y aun menos para España. Cambó, tras Génova, acentuó nuestro proteccionismo con el Arancel de 1922, mientras que la depresión se enseñoreaba de nuestra economía. En 1933, se intentó defender la significación de la plata en un posible acuerdo monetario, y al mezclarse con intentos de aproximación al Bloque oro y, de paso, a la caída del cambio de la peseta, tampoco llegó alivio para nuestra muy pobre situación económica. Tampoco para la del resto del mundo.

Ante la reunión de Washington, y con lo que hasta ahora se sabe, es evidente que se intentan dos cosas. Por un lado, el G-8, y en cabeza Estados Unidos, y las potencias europeas fundamentales -Gran Bretaña, Alemania y Francia- así como las potencias económicas del Pacífico, pretenden salir de una situación que ha sido perfectamente enunciada así por el profesor Torrero en su ensayo «La crisis financiera internacional» (IAES. Universidad de Alcalá, 2008), al explicar cómo los créditos hipotecarios creados en los Estados Unidos podían trasladarse a otros países, que deseaban para sus ahorros alcanzar una rentabilidad mayor que la que se conseguía, por ejemplo, en deuda pública. Esta rentabilidad se consideraba posible poder lograrla porque se confiaba «en la garantía implícita de... conocidas entidades promotoras de los instrumentos -los bancos de inversión de forma destacada-... (legitimada por) la calificación otorgada por las sociedades de «rating»... Por este procedimiento se consiguió el milagro de que familias de Ohio o Iowa, sin empleo y de reputación financiera dudosa, pudieran comprar su vivienda financiada por un fondo de pensiones de Japón, Australia o Europa».

Simultáneamente los países en vías de desarrollo buscan en Whashington, de modo confuso, que les llegue algún auxilio, de cualquier tipo.

Entonces, ¿nada tienen que ver estos planteamientos con nuestra crisis? La respuesta, periodísticamente de modo perfecto, la ha dado Julio Pérez, en «Capital», noviembre 2008 al señalar la existencia de un «agujero negro español» que efectivamente, es capaz de tragarse toda nuestra economía.

«Agujero negro», el de nuestro déficit por cuenta corriente, que se ha ampliado gracias al creciente endeudamiento externo propio, acelerado, sobre todo, a partir del año 2004. La salida de este tremendo riesgo es aparentemente muy fácil: abandonemos como eje central de nuestro desarrollo el sector de la construcción y orientemos el tejido productivo hacia la exportación de bienes industriales. Pero eso ¿va a ser fácil?

La respuesta la encontramos, de inmediato, en unas declaraciones de Rodrigo Rato aparecidas en «The Economist», dentro del artículo «En busca de una nueva economía», contenido en el suplemento sobre España fechado el 11 de noviembre de 2008. Señalaba ahí Rato, y acertaba, que para esa solución «necesitamos incrementar la productividad igual en hostelería o en el comercio que en la biogenética. Necesitamos hacerlo todo mejor, y ello comienza con la educación y las regulaciones».

Este camino, que es, sencillamente, el de mejorar la productividad, no es rápidamente hacedero. Por ejemplo, Jacques Pelkmans, Lourdes Acedo Montoya y Alessandro Maravalle, en su estudio «How product market reforms lubricate shock adjustment in the euromarket», publicado por «European Economy», octubre 2008, muestran que de los doce sectores en que se puede dividir la economía europea, en seis de ellos, como más rígida, ocupa la cabeza España. ¿No es urgente alterar las regulaciones existentes? Y si pasamos a la educación, según los datos de la OCDE, el porcentaje de alumnos que no concluyen la ESO en la UE-19 era el 17´1 por ciento en 2002 y desciende al 14´8 por ciento en 2007, mientras que en España ese porcentaje, en igual periodo, sube del 29´9 por ciento al 31´0 por ciento. Añadamos la fortísima concentración de nuestras exportaciones hacia países europeos, hoy sumidos también en crisis: desde 2007, hacia ellos va el 77´8 por ciento de las exportaciones.

Y no hemos mencionado nuestra excesiva dependencia energética. Tampoco nada de lo que provoca el fuerte peso del impuesto de sociedades. Como señala el «New Release», nº 92 de 2008 de Eurostat, en el año actual sólo nos superan en el tipo máximo de gravamen de impuesto de sociedades, de los 27 miembros de la Unión Europea, cuatro: Italia, Bélgica, Francia y Malta. No es posible olvidar que Sjef Ederveen y Ruud de Mooij en su trabajo «Taxation and foreign direct invesment: a synthesis of empirical research», publicado en «Internacional Tax and Public Finance», 2003, prueban cómo las multinacionales tienen en cuenta el impuesto de sociedades en sus decisiones de localización, de forma tal que una reducción en el impuesto de sociedades de un punto porcentual incrementa la inversión neta extranjera en un 3´3 por ciento.

¿Y qué decir de la división del mercado que originan decisiones como las del Estatuto de Cataluña?
Nada de esto se resuelve con simples soluciones financieras. El problema exactamente se plantea, como muy concretamente se ha hecho en el documento «La crisis financiera: orígenes y soluciones» (Observatorio Económico FAES): «Si no se toman las medidas estructurales necesarias, la situación en la que se encuentra la economía española podría transformarse en una situación similar a la de Italia o Japón, que arrastran ya varios años de crecimientos muy reducidos. No debe preocuparnos en demasía lo que vaya a pasar en 2009», año en el que difícilmente no tendremos un derrumbamiento, como el que señalan ahora todos los expertos, «sino si a partir de entonces seremos capaces de recuperar el crecimiento».

Lo urgente, y necesario, es, pues, modificar las cuestiones nacionales mencionadas. Por supuesto, tampoco serán suficientes si se acentúa la crisis mundial. Pero lo peor es continuar, como hasta ahora, en una inacción casi absoluta respecto a las precisas reformas estructurales dentro de nuestras fronteras y, de eso, no se va a hablar en Washington.


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