AGLI

Recortes de Prensa    Jueves 9 Abril 2009

 

La espesa cohesión de un cenagal
Félix Ovejero Lucas El País 9 Abril 2009

El Ayuntamiento de Barcelona, por empresa intermedia, ha vetado una publicidad de una sentencia del Tribunal Supremo que reconoce el derecho a elegir la lengua en la primera enseñanza. En una autonomía que gasta una fortuna en política -y penalización- lingüística y otra en propaganda de esa política, una mención a una sentencia judicial se considera "polémica".

El argumento, el habitual: se crea un conflicto donde no lo hay. La prueba de que no hay conflicto es que nadie se queja, se dice. Así de claro, así de cínico. Las quejas se acallan diciendo que no hay quejas y, por si acaso, se impide la expresión de las quejas. Se confunde, interesadamente, el problema con su denuncia. Como si al que critica una guerra le acusarán de provocarla.

Cuando se estira el hilo del conflicto siempre se llega al mismo ovillo: la cohesión. Montilla lo acaba de repetir: "La lengua propia es un factor de integración y cohesión (...), con la convivencia civil, con la lengua, no se puede jugar". Por si no estuviese claro el mensaje y el destinatario, precisa que la jurisdicción del Constitucional no alcanza a Cataluña: "Nuestro país no aceptará que se le imponga, desde fuera, una confrontación lingüística". El conflicto parece importarle poco al otro lado del Ebro. El socialismo catalán maneja principios de alcance limitado.

A mí, la cohesión no me parece el acabose. Pero tampoco me extraña que los políticos, incluso aquellos que vetean sus discursos con las bondades de la diversidad, la invoquen. Lo que me extraña es la conclusión. Porque si nos atenemos a "la integración y la cohesión", la lengua a defender debería ser el castellano, la lengua común y de la mayoría de los catalanes, la de los vecinos y la de la mayor parte de los trabajadores emigrantes. En la enseñanza, desde luego. No lo digo yo, sino un refinado pensador elogiado por los nacionalistas, Kymlicka: "La educación pública estandarizada en un mismo idioma (el de la mayoría) se ha considerado esencial si se quiere que todos los ciudadanos tengan iguales oportunidades laborales".

Yo, por supuesto, no sostengo lo anterior. Creo que hay otros principios a ponderar. Sólo digo que si lo que importa es la cohesión, hay que hacer lo contrario de lo que se hace.

No es excepcional la manipulación. Hay otra que atañe a algo más importante: la igualdad. Cuando se sostiene que, en aras de la igualdad, hay que tomar medidas de discriminación positiva en favor de la "lengua minoritaria", en un solo movimiento, se dan dos trucos. El primero: la igualdad -y, por ende, la discriminación- atañe a los individuos. Las lenguas no sufren ni tienen derechos. Tampoco se discriminan. Se discrimina a los hablantes o, en general, a quien se impide el acceso a ciertas posiciones en razón de criterios injustificados: sexuales, raciales o religiosos. En tales casos, la igualdad reclama eliminar las barreras, no entrenar a los ciudadanos a saltarlas. Lo que a nadie se le ocurre es imponer conversiones o cambios de sexo en masa para que estemos en "igualdad de condiciones".

En el caso de la lengua, si hay una común, el problema está resuelto. Con la lengua de todos, nadie se excluye. La exigencia de otra necesita justificación y siempre deja a alguien fuera de juego. Es lo que sucede cuando la "lengua propia" oficia como barrera laboral. Los españoles con "lengua propia" juegan con ventaja: participan en dos ligas, la privada y la de todos. No extrañe que las comunidades "sin identidad" se la inventen. Si no pueden proceder por lo derecho, contra las barreras de los otros, por lo torcido, con las propias. A la igualdad por la discriminación.

Algunos nacionalistas, en nombre de la igualdad de las lenguas, proponen que todas sean oficiales en todo el territorio. Es otro modo de conseguir la igualdad: todos aprendemos todas y las podemos utilizar en todas partes. Todos nos entrenaríamos para saltar todas las barreras. Eso sí, en Europa, con más de 225 lenguas, pasar del primer curso sería cosa de portentos.

El segundo truco: la discriminación positiva no está pensada para resolver la desigualdad entre minorías y mayorías, sino entre desprotegidos y poderosos. Los ricos, que no son muchos, no parecen necesitarla. Las mujeres, sí. La razón: su presencia política está lejos de corresponderse con su presencia demográfica.

Y ahora, las cuentas. Mientras el 53,5% de los catalanes tienen el castellano como lengua materna, en el Parlament, hace no tanto, la cifra se quedaba en el 7,1%. El reflejo en la agenda política nos atosiga, aburre y cuesta dinero. Desde luego, la aplicación de la discriminación positiva cambiaría el cuadro.

Los principios, como se ve, trucados. Lo que importa es otra cosa. Asoma sin pudor en la nueva Ley de Educación, que busca educar en el "sentimiento de pertenencia como miembros de la nación catalana". Vamos, la Formación de Espíritu Nacional. Eso lo justifica todo y a su servicio, lo que haga falta. Con los nacionalistas hace tiempo que uno aprendió a ser un encajador. Un aprendizaje modesto pero absorbente, ya se sabe. Qué le vamos a hacer. Pase con que nos intenten joder la vida, pero, por pavor, que no nos ensucien los principios.

Félix Ovejero Lucas es profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona.

Salgado
De desastre a calamidad
Juan Ramón Rallo Libertad Digital 9 Abril 2009

¿Se puede empezar peor? Supongo que sí, claro. Salgado podría haber anunciado la inminente nacionalización de la banca y de las comunicaciones al estilo chavista para seguir pagando el subsidio de desempleo a los parados. Desde luego, todo es susceptible de empeorar, y como prueba basta fijarse en el cambio de Solbes por Salgado.

La ventaja que tenía Solbes es que era un tipo taciturno y desengañado. Había vivido la crisis del 93 desde la primera fila y sabía que las recetas socialistas no funcionaban salvo para hundir a España aún más en la miseria. El ex ministro no sabía qué hacer para facilitar la recuperación –y en caso de que lo supiera, Zapatero tampoco se lo habría dejado aplicar por ir en contra de la agenda socialdemócrata de expandir el Estado– pero sí sabía qué no hacer para agravarla. En cierta medida, pues, contenía la euforia despilfarradora y dirigista de Zapatero: no aceleraba la reestructuración pero no la retrasaba más.

Salgado, por el contrario, sí parece estar dispuesta a plegarse a los designios de Zapatero y a enfrentarse a la crisis desde una óptica socialista. En el traspaso de cartera, ha lanzado tres mensajes que, en realidad, son el mismo: "los bancos tienen que ayudar a familias y empresas"; "hay que cambiar el modelo económico"; "no podemos esperar a que la economía se recupere". En resumen, como ella misma señala, prepárense para un intervencionismo más descarado del Estado: "juntos podemos y juntos lo vamos a lograr".

Desde luego, el mensaje de Salgado coloca en el mismo plano sincrónico elementos que deben darse de manera diacrónica. Por decirlo de manera breve, primero deben purgarse las malas inversiones del pasado (vivienda, mueble, automóviles, restauración...) y una vez toquemos fondo, la economía comenzará a recuperarse; en ese momento, los bancos podrán comenzar a prestar dinero a familias y empresas con proyectos empresariales solventes y, gracias a la eliminación de lo malo y a la redirección hacia lo bueno, nuestro modelo productivo cambiará.

Lo que no puede pretenderse, sin embargo, es que estas tres fases de la recuperación se den a la vez o incluso de manera invertida; esto es, no podemos forzar a los bancos a que presten dinero a negocios que deben desaparecer ni podemos cambiar nuestro modelo productivo sin que esos negocios desaparezcan y surjan en el mercado nuevas oportunidades de ganancia.

Pero Salgado –y Zapatero– sí parece querer ir en esa dirección. El "no podemos esperar a que la economía se recupere" significa que el Estado no puede tolerar y esperar a que toquemos fondo y a que desaparezcan todos los sectores que deben hacerlo. Por tanto, en lugar de facilitar el ajuste, perpetuará el desajuste. ¿Cómo? Aparte de con gasto público, forzando a los bancos a que proporcionen un poco de suero crediticio a nuestras industrias comatosas. La finalidad no sería reanimarlas –algo imposible–, sino mantenerlas inertes.

Por supuesto, que tal operación pueda cobrarse la vida de los bancos es un problema menor que siempre podrán endosarle a Bush. La debilidad del sistema financiero más sólido del mundo no traería causa primero de nuestra burbuja inmobiliaria interna y luego de los malos créditos que les habrían obligado a conceder a compañías insolventes, sino de unos productos financieros estadounidenses en los que nunca invirtieron.

Pero la locura de nuestros dirigentes no debería hacernos olvidar que la mayor amenaza que tiene por delante la economía española –si exceptuamos, claro, la suspensión de pagos del Estado– es la quiebra de su sistema financiero. No es que este fenómeno requiera de la colaboración decidida del PSOE –al igual que Caja Castilla-La Mancha, nuestras entidades ya han acumulado suficientes "méritos" en sus balances para colapsar de forma autónoma–, pero los planes de Salgado para nuestra economía pueden provocar que no sólo caigan los bancos que deberían caer, sino también los que no deberían hacerlo.

Sin duda, si a destruir lo poco que queda de economía se refiere, "juntos podemos y juntos lo vamos a lograr". Los últimos diques de cordura de este Ejecutivo ya han saltado por los aires.

Juan Ramón Rallo es director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado.

A la búsqueda de la sincronía perdida
J. M. RUIZ SOROA El Correo 9 Abril 2009

Al presidente del Gobierno le ha pasado una de las peores cosas que le pueden suceder a un político en los tiempos actuales: que se ha desincronizado con la realidad social y política de su país y, sobre todo, con la percepción que los ciudadanos tienen de ella. Esa desincronización comenzó cuando Rodríguez Zapatero se empeñó en negar la crisis económica, y siguió cuando fue intentando disminuir su alcance: siempre ha ido varios pasos por detrás de la realidad. Y, sobre todo, siempre ha ido con un mensaje defensivo de acusado carácter infantil. A lo largo de este último año, sus mensajes ante la crisis han ido variando pero siempre han estado caracterizados por ser defensivos, exculpatorios y tardíos.

Su primer mensaje fue el de 'no es verdad'; le siguió el de 'no será para tanto'; a continuación vino el de 'yo no he sido, la culpa la tienen otros'; unido poco después al de 'los demás están peor, nosotros no estamos tan mal'. Un conjunto que, si se analiza con detenimiento, no es sino un perfecto compendio de las disculpas intuitivas de los niños cogidos en falta. Y lo más curioso es que el presidente no tenía por qué disculparse puesto que, efectivamente, la crisis no era culpa suya. Pero su acusada tendencia egomaníaca, que le hace creer que todo lo que sucede depende de él, le llevó a sentirse obligado a rechazar y disculparse incluso por lo que no derivaba de su gestión. En definitiva, dificultad para admitir la realidad, adopción de una postura defensiva y reactiva y, como consecuencia, pérdida del liderazgo político y social.

Se tiende a creer, a veces, que el liderazgo no es una cuestión importante en una sociedad democrática, pensando que en ella las instituciones más o menos funcionan solas. Terrible error. Nuestras sociedades son enormemente dependientes del humor de los ciudadanos, de la actitud vital con que perciben la realidad: pesimismo, alegría, esperanza, resignación, etcétera. Basta examinar la actual crisis económica para constatar que, más allá de su detonante concreto, estamos ante una crisis de desconfianza. Por ello, la capacidad de liderazgo de los gobernantes resulta tan importante, pues son ellos los que tienen que mover esos sentimientos colectivos. Sobre todo en los tiempos de vacas flacas. Y malamente lo harán cuando, en lugar de ir por delante de los demás, parece que van a rastras de los hechos, que han perdido la sincronía.

Gobernar es, a veces, ser capaz de dar malas noticias al público. Liderar es, en ocasiones, actuar de manera antipática para muchos, adoptar decisiones impopulares y caer mal a la gente. Esta es una lección (Felipe González le podía haber dado todo un seminario) que Rodríguez Zapatero nunca ha querido oír, probablemente porque su propio carácter le hace refractario al asunto. Durante todo este año ha repetido hasta la saciedad que el Gobierno no abandonará a los más perjudicados, que las instituciones de cohesión social amortiguarán el golpe. Y está bien que así sea, pero no se puede decir sólo eso. Al enfermo le agrada, cómo no, que le digan que no le va a doler, o que le va doler muy poco; pero le interesa sobre todo que le curen. Y la curación, cuando la enfermedad obedece a la exuberancia excesiva del pasado, exige una purga de lo mal hecho, exige una fase de destrucción y dolor.

Bueno, ¿y qué pasa con esta remodelación? dirá el lector. Creo que, si atendemos a las explicaciones del presidente, estamos ante un intento fallido por recuperar la sincronía; que consiste en adelantar tanto el reloj del Gobierno como para ponerse muy por delante de los hechos. Se nos habla así de preparar el siguiente ciclo de crecimiento, de marcar un nuevo ritmo, de vencer definitivamente a la crisis, cuando todavía estamos ahondando en ella. Creo que el presidente no recuperará así la sintonía perdida, sino que seguirá instalado en un tiempo que no es el socialmente percibido. Antes no llegaba, pero ahora se pasa.

Y si vamos a la realidad política, más allá de las explicaciones retóricas, encontramos sobre todo una petición de ayuda que es toda una confesión de incapacidad. El presidente trae al Gobierno a los pesos pesados del partido porque se ve incapaz de soportar él solo por más tiempo el desgaste de gobernar. Es un auténtico 'may day' lanzado a sus conmilitones socialistas, aunque su partido poco puede hacer si él mismo no cambia su forma de hacer política. Ni tres ni cuatro vicepresidentes hacen un presidente, es así de sencillo. Al igual que el liderazgo no se adquiere por ósmosis, estrechando la mano de otros líderes extranjeros y mezclándose con ellos en reuniones de alto nivel. El liderazgo lo crea el actor, no se pega.Ç

Y, por otro lado, incorregible en su gusto florentino por la maniobra, el presidente mueve un poco el banquillo para ver si le salen geniecillos con suerte. Lo cual no sería demasiado criticable si no fuera porque de nuevo juega con la gestión de la educación, que es precisamente la política pública que más estabilidad y continuidad requiere. Cuando se subraya la importancia de la educación para cambiar el modelo social y económico, algo que es totalmente cierto, la peor conducta que se puede adoptar es la de cambiar cada poco tiempo de equipo ministerial y probar continuamente con nuevas ideas. La educación es una cuestión que pertenece al 'tiempo largo' de la política, no a los 'tiempos cortos' de la táctica y la imagen.

El tiempo de gastar más dinero público se ha agotado. Ha llegado el momento de mejorar la eficacia y la competitividad de nuestro modelo, y eso exige reformas profundas. No sólo del mercado laboral (del que tanto y con tanto exceso pasional se habla), sino de los servicios y, aunque no guste mucho hablar de ello, de las administraciones públicas. Muchos advirtieron que el modelo de 'Estado fragmentado' que hemos dejado nacer estos pasados años era a la vez muy ineficiente y muy caro, un auténtico lujo para una base económica como la española. Y ahora resulta que, para mejorar su cohesión hace falta una vicepresidencia especial, lo que es tanto como decir que al modelo territorial le faltaban sus propios mecanismos de coordinación y cohesión, y está generando ineficiencias muy serias. Pero difícilmente un vicepresidente, por componedor que sea, va a llenar los vacíos de coordinación del sistema.

En último término, la crisis y remodelación ministerial no es sino un sucedáneo de la operación política de más calado que parece correspondería a esta situación. Que no es otra que desatascar en su conjunto la política y el proyecto españoles introduciendo una gran dosis de concertación y cooperación entre partidos. Pero los momentos (de nuevo el tiempo) no son favorables al pacto, ni la oposición de los populares lo hace factible, instalados como están en el 'tanto peor, tanto mejor'. Es lamentable decirlo, pero el único indicador positivo a medio plazo para el Gobierno es poder descontar la seguridad inquebrantable de que la oposición lo hace mucho peor que él, y que ser tuerto en un país de ciegos es una ventaja adaptativa importante.

Para el autor, el presidente, con su remodelación del Gobierno, no sólo no recuperará la sincronía con la realidad, sino que seguirá instalado en un tiempo que no es el socialmente percibido. Antes no llegaba, pero ahora se pasa»

Un Gobierno de cine… subvencionado
EDITORIAL Libertad Digital 9 Abril 2009

Los "artistas de la ceja" en apoyo de Zapatero, en general, y el lobby del cine español, muy en particular, están de enhorabuena con el nombramiento de uno de los suyos como nueva ministra de Cultura, y no quieren ocultarlo. Así, actrices como Pilar Bardem o Adriana Ozores, productores de cine como Eduardo Campoy, Enrique Cerezo, Elías Querejeta o Enrique González-Macho o la bailaora Maríoa Pagés han arropado a Ángeles González-Sinde en su toma de posesión.

En su discurso, González-Sinde ha agradecido a Zapatero tanto la confianza depositada en ella, como la pervivencia de un departamento como Cultura en este actual tiempo de crisis. También ha señalado que "una obra de arte, una película, un cuadro, no son fruto del azar, sino del trabajo de un equipo que siempre tendrá las puertas de esta casa abiertas".

Ciertamente, ya conocíamos la afición de muchos artistas y, más en concreto, de muchos cineastas a tocar la puerta del Ministerio, especialmente cuando los ciudadanos dan libremente la espalda a sus repudiables "obras de artes". Y es que, sin ser fruto del azar, lo que tampoco debería ser ninguna creación artística es el fruto de ningún burócrata, agente de aduanas o depredador del bolsillo del contribuyente, menos aún en tiempos de vacas tan flacas como los que estamos padeciendo. Los artistas, como cualquier otro ciudadano, deberían producir y ofrecer su obra en libertad, y no convertirse en grupos de presión, especialistas del "pilla-pilla" presupuestario, con vistas a vivir a costa del contribuyente con la coartada de la defensa de la cultura,.

En cualquier caso, y vista la trayectoria de González-Sinde en contra de las descargas en internet y a favor de los canones y las subvenciones, los internautas no han querido dar ningún voto de confianza a la nueva ministra. La Asociación de Internautas ha creado un 'banner' –donde se pide que no se le dé "ni un día de tregua" a la ministra– que ya aparece en un buen número de blogs críticos. Además, y al igual que ya sucedió con César Antonio Molina, ya se ha creado una cuenta en Twitter con el nombre 'Sinde Pírate' para seguir de cerca los movimientos y declaraciones de la nueva ministra. Igualmente, en la popular red social Facebook ha aparecido un grupo que supera los 4.600 miembros con sus objetivos muy claros: "O tú o nosotros", al tiempo que ha aparecido un agregador que, bajo el nombre de SINDEmocracia, recoge las últimas novedades en contra de la ministra. Tal es la inquina que incluso hay quien ve influencias maléficas: el acrónimo de la 'Excelentísima Ángeles González-Sinde', al revés, es nada menos que 'SGAE'.

A este respecto, no hay que extrañarse de que González-Sinde también haya tenido en su discurso de toma de posesión unas palabras aparentemente conciliadoras, al afirmar que "hoy día todos somos internautas y ellos también tienen puntos de vista que hay que tener en cuenta. Lo primero que quiero hacer es reunirme, hablar y escuchar para entender todos los puntos de vista".

El tiempo lo dirá, pero mucho dudamos que de una parasitaria pesadilla orwelliana, como es siempre un Ministerio de la Cultura, pueda salir otra cosa que no sea propaganda, impuestos y subvención.

Cultura
De Malraux a Sinde
Cristina Losada Libertad Digital 9 Abril 2009

Dicen que Zapatero deseaba que César Antonio Molina hubiera sido su Malraux. El auténtico Malraux, ministro de Cultura de De Gaulle, fue recibido en la Casa Blanca de Kennedy con una cena a la que asistieron doscientos escritores, pintores, actores y músicos. Saul Bellow cuenta que en ese banquete varios literatos proclamaron que daba comienzo una nueva era, pues la presidencia de Estados Unidos, apegada durante tantos años a los calzoncillos largos, o sea, pueblerina, por fin se modernizaba y respetaba la cultura. Con tales actuaciones, la presidencia de Kennedy, en vez de quedar marcada por sus desastres, pasaría a la historia como la viva imagen de un moderno Camelot. El problema de Zapatero de cara a la posteridad es que a su particular Camelot le sobra la última letra.

El ascenso de González Sinde a las alturas ministeriales ha sido acogido con hurras por sus compañeros del cine. Ha sido todo un éxito el suyo. Han tumbado a Molina, que no satisfacía con la diligencia debida sus demandas. Naturalmente, de dinero. Podemos hacer chistes sobre cómo el cine se carga a la literatura, como también sobre el hecho de que el estado de la cultura venga determinado por la cultura del Estado. El cine español, desde luego, vive del Estado, quiere decirse de los contribuyentes, y ése es el círculo vicioso que lo condena a la ruina y a nosotros a pagarla. Ha dicho Sinde que cree en la cultura como generadora de bienestar. Desde que Freud escribió El malestar en la cultura ha llovido mucho. Hemos pasado a la incultura del malestar y al bienestar de la cultura. Sinde buscará, por lo menos, el bienestar de la industria del cine.

El lobby del cine ha colocado en la cúspide a uno de los suyos, pero este nuevo Gabinete de Zapatero es un Gobierno de concentración de lobbys y lobbytomizados que tendrán que andar a la rebatiña por el presupuesto. Más preocupante resulta que la cultura en España se haya identificado hasta tal punto con el famoseo, que cuando se habla del "mundo de la cultura" las grandes referencias son Pilar Bardem y otros ilustrados miembros de cofradías como la PAZ y la Ceja. A una recompensa por estas actividades lúdico-políticas de la farándula se atribuyen el cese de Molina y la llegada de Sinde. Sería, así, un intercambio de subvenciones por respaldo político. Pero esta explicación de determinismo económico olvida que los gobiernos del PP no cerraron el grifo a la industria cinematográfica.

Es verdad que Sinde no podrá ser el Malraux de Zapatero, pero a cambio la guionista de películas con títulos tan estimulantes desde el punto de vista cultural como Mentiras y gordas o La puta y la ballena no tendrá dificultades para superar a la inolvidable "pixit y dixit".

Cristina Losada es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

Maneras de ser ministro(a)
IGNACIO CAMACHO ABC 9 Abril 2009

PARA formar un Gobierno se necesita haber ganado antes unas elecciones, pero para entrar en él puede resultar útil haberlas perdido, siempre que se tenga la promesa de un premio de consolación al esfuerzo de la derrota. Es el caso de Trinidad Jiménez y de Miguel Sebastián, unidos por su condición de víctimas de la arrolladora pujanza de Alberto Ruiz Gallardón, que se los merendó consecutivamente en sus respectivos intentos por alcanzar la Alcaldía madrileña. Gallardón se ha convertido en una máquina de hacer ministros a base de vapulear a sus adversarios, con la condición de que éstos sean favoritos de la consideración de Zapatero. Va a haber tortas por ser candidato en Madrid, donde recibir una soberana paliza en las urnas parece garantía de acceso al Consejo de Ministros. El presidente siente predilección por los perdedores, incluso antes de que lleguen a serlo; ha bastado que el espejo de las encuestas refleje una imagen en declive en Chaves para que lo llame a una vicepresidencia.

También existen otras formas más obscenas de tráfico de favores que se convierten en papeletas premiadas para la pedrea del Gabinete. Por ejemplo, formar parte de algún «lobby» de resonancia mediática que haya creado una deuda moral con la causa zapaterista. El de la «zeja», mismamente, sectaria tribu de cómicos y adláteres caracterizados por la común idea de que el Gobierno es una institución benéfica con la misión intrínseca de subvencionar su discutible talento. Algunos gobernantes utilizan el Ministerio de Cultura -invento francés destinado a poner un broche de glamour en el prosaísmo burocrático de la Administración- para adornar su equipo con alguna personalidad de relumbrón y carisma, como fue el caso de Melina Mercuri en Grecia, pero Zapatero lo contempla más bien como instrumento de pago para servicios mercenarios.

La solidez intelectual del poeta César Antonio Molina, hombre de criterio cabal, independiente y ecuánime, le parecía demasiado soberbia e inmanejable para este escabroso y directo «quid pro quo», así que lo ha cambiado por una guionista mediocre -¿alguien ha visto «Mentiras y gordas»?- que ocupaba la jefatura gremial de su clan de intereses. Para el presidente, la cultura no es el castellano, los museos, el patrimonio o la música, sino lentejuela y oropel, pancarta y activismo, colorín y gala de los Goya con camisetas sobre la guerra de Irak. Descartado Corbacho, porque ya tiene uno en el Gobierno, y con Blanca Portillo demasiado ocupada en su deslumbrante Hamlet, ha echado mano de Ángeles González Sinde para que le escriba los libretos de su retórica insustancial y vacía a cambio de otorgarle el control de la caja de las subvenciones. Esto debe de ser la posmodernidad política: sustituir el esquema de un proyecto por el guión de un espectáculo.

¿De qué le sirve al votante comprobar que el PP tenía razón si, precisamente porque tenía razón, su empresa ha quebrado?
Material sensible
Iñaki Ezkerra La Razón 9 Abril 2009

Rajoy ha tenido un recurrente problema desde el 2004 a la hora de hacer oposición. Los dos grandes y graves temas con los que ha podido evidenciar la incompetencia socialista -la política antiterrorista en la pasada Legislatura, la crisis económica en la presente- tenían el inconveniente paradójico de su propia gravedad, porque no se quedan en sí mismos sino que afectan muy directamente a toda la vida nacional. No se trata de asuntos colaterales sino fundamentales, que, si no se abordan debidamente, terminan haciendo «impopular» al mismo que denuncia los fallos en su gestión y que, de manera inevitable, pretende salir beneficiario de un perjuicio que padecemos todos. Si la oposición denuncia la corrupción del Gobierno -como lo hizo Aznar para llegar a la Moncloa en el 96-, esa lacra indigna a la ciudadanía, pero no repercute en las vidas de los individuos.

Si la oposición empuña la bandera pacifista en medio de una guerra mal justificada como la de Irak -como lo hizo Zapatero en las vísperas del 2004- esa campaña no afecta a la vida cotidiana de los ciudadanos, como tampoco les afectaba a la mayoría de ellos aquella lejana guerra. Estamos ante dos casos de oposición que responden a eso que se llama «experimentos con gaseosa», que no alteran la vida del país, al menos de un modo directo e inmediato. En cambio, hay cuestiones que son «material sensible» y son justamente esas dos con las que ha hecho justa oposición Rajoy en diferentes tiempos.

Si Zapatero estaba actuando erróneamente al negociar con ETA, el fracaso anunciado de dicha negociación iba a ser percibido inevitablemente como una mala noticia para todos los españoles. Si Zapatero está hoy haciendo una pésima política económica, su fracaso también lo vamos a pagar todos, por lo cual no resulta popular querer sacar popularidad del hundimiento económico del país. Y es que aquí la gente en lo que toca a esos dos temas va a lo suyo. Lo que la gente quiere es que no la maten y que no la despidan del curro. Dicho con otras palabras, ¿de qué le sirve al votante comprobar que el PP tenía razón si, precisamente porque tenía razón, su empresa ha quebrado? ¿De qué le vale comprobar que, en efecto, el PP acertaba al vaticinar el fracaso de la negociación con ETA si la comprobación de ese vaticinio equivale a que ETA le sigue amargando la vida? «¿No merecía la pena el atajo del diálogo como antes el del GAL?», se pregunta esa mentalidad exenta de principios en «un país que -con palabras de Luis Alberto de Cuenca- ha prohibido los héroes». Los héroes y los profetas.

En España no hay ni romanticismo ni amor a la verdad. El héroe no gusta porque evidencia la cobardía de la mayoría. El profeta tampoco porque evidencia otra cosa incómoda: la ceguera general. Por esa razón el Gobierno siempre tiene el mismo argumento contra la oposición que toca ese «material sensible»: «Usted quiere que ETA vuelva a matar», «usted quiere que el país se hunda»... Tal acusación es injusta pero eficaz pues resulta innegable que esa oposición trata de nutrirse «legítimamente» de ese fracaso y ese hundimiento. Para ganar el poder en España no vale ni la denuncia del pacto con ETA ni de la crisis, como no valió la del GAL. Aquí hay que ser más frívolo. Trece años después de su derrota, el PSOE se sabe mejor que el PP aquella lección. Por eso busca una «minifilesa», para hacer desde el propio Gobierno algo insólito: oposición a la oposición.

Tristes lodos de Verdún
HERMANN TERTSCH ABC 9 Abril 2009

YA tenemos un gobierno nuevo, queridos lectores. Con todos los ministerios que había, sepa Judas para qué. Y una Vicepresidencia más que todos esperamos nos sea muy útil para resolver los problemas de subsistencia y convivencia que se nos echan encima como una marabunta bien alimentada por unos fondos públicos tan profusamente utilizados por los gobernantes para alimentar a las hormigas fieras. Aquí estamos ahora con un Gobierno que no se cree nadie y al que nadie otorga ya, al segundo día de su existencia, ni la menor posibilidad de contener la plaga. Ni cien días ni niño muerto. No encuentro a nadie serio que crea que este Gobierno se ha hecho para otra cosa que no sea su propia y pura subsistencia. Veremos si consigue superar el verano y las elecciones europeas. Por mucho que hayan incorporado a piezas de combate de trinchera.

La toma de posesión de nuestra nueva «Cavallería Rusticana» de Cultura lo dice todo. Allí estaba toda la tropa de la secta dispuesta a un imaginario y patético «no pasarán» -también de un «nos lo llevamos todo»- mientras las realidades de nuestro país van mostrando un declive y una degradación vertiginosa. Allí estaba casi de ministrable una Pilar Bardem que, no me cabe duda, llegado el caso, enviaría a media sociedad española a la Checa de Fomento. Y allí estaban junto a la nueva ministra de la subcultura de algunos de ellos, los más fervorosos agitadores y beneficiarios del rencor en este país. Allí estaba toda la arrogancia y prepotencia del izquierdismo carpetovetónico, que tanto tiene que ver con la miseria revolucionaria tercermundista o soviética y tan poco en común con la socialdemocracia cultivada de la tradición europea.

Que tanta amistad y empatía tiene con asesinos como el Ché Guevara o Fidel castro, con milicos déspotas como Hugo Chavez o tiranos comunistas. Y tan poca afinidad con humanistas de la izquierda europea como Helmut Schmidt, Willy Brandt, Olof Palme o Bruno Kreisky. Probablemente muchos de la tropa no sepan siquiera a quienes me refiero.

Algunos estamos curados de espanto. Y hemos visto cosas mucho peores. Pero da bastante miedo ver la íntima comunión entre poder y vocación abiertamente totalitaria que se vio ayer en el «sarao» de la toma de posesión de la ministra de cultura. Está claro que el señor Zapatero sabe que no puede sacar a este país de un pozo negro que tanto a contribuido él a abrirnos. Pero está también claro que su tropa se atrinchera para defenderse en un frente que cada día nos evocará más a un Verdún económico, político y desde luego social y cultural. Nuestro código social no conoce ya el pecado. Y ni la impericia ni la ineptitud son delitos. Pero quiero pensar que hay una sociedad española en la que rige aun una cierta percepción de la responsabilidad histórica. Y espero que no le pase inadvertida esta grotesca y peligrosa aventura del maridaje entre inanidad moral y arrogancia irresponsable.

La esclerosis política del PSOE
VALENTÍ PUIG ABC 9 Abril 2009

ERAN jóvenes y osados. Trinidad Jiménez -ahora finalmente ministra- puso el piso para reunirse. Pedían una oportunidad, sin pretender hacer mucha Historia. Fue un sesgo de luz que descontaminó ilusoriamente el XXXV Congreso del PSOE, año 2000. De allí salió el zapaterismo, con relato poco épico, tan acomodaticio a las brisas de la demoscopia y el marketing electoral, tan inmovilista. Al comparar el zapaterismo con el felipismo, el componente reformista de González resalta. De otra parte, si finalmente González llevó el PSOE casi al límite de la quiebra moral, Zapatero culmina la esclerosis de su sistema nervioso central. Tacticista, muy parco con la verdad, Zapatero llegó a la secretaría general del PSOE y después del atentado de Atocha las urnas le entregaban La Moncloa. Fue una primera legislatura que avanzó de forma espasmódica, gracias a la extremada confianza de Zapatero en un destino político y personal que se le mostraba favorable. Torpemente, el PP puso a sus pies la alfombra al tardar demasiado en asumir que había perdido las elecciones.

A un año de su segunda victoria electoral, los síntomas de esclerosis están colapsando aquel nuevo PSOE. Ha perdido masa muscular, padece alteraciones de la visión, sus movimientos cada vez son más descoordinados. La prueba está en una remodelación de gobierno que tan solo al romper aguas se ha visto exhausta y mustia. Las figuras del banquillo ya no dan para mucho más. En un momento en que el país necesitaba de un gobierno que fuese la locomotora de la recuperación económica, resulta que en La Moncloa se dan indicios de disnea y parálisis.

¿Es posible revertir una situación tan desafortunada? Examinar el sistema visceral del nuevo gobierno dificulta compartir la idea de que quedan reservas de energía para salir adelante y ofrecer a la sociedad española la confianza que hace falta para afrontar una recesión económica tan aguda. Zapatero ha cruzado la línea roja. Todo eso nos va a salir carísimo. Es improbable que con las estrategias que ha oído comentar en el G-20 Zapatero consiga amansar la crisis, actuando como ventrílocuo con la ministra Salgado. En un alto del camino ha quedado Solbes, desactivado, como un juguete roto.

Chaves en el Gobierno representa la inercia más definitoria del Zapatero de hoy. Tenía un problema sucesorio en el PSOE de Andalucía, necesitaba cambiar candidato para atajar al PP de Javier Arenas, y ha actuado con la maniobrabilidad plúmbea de un inquilino del parque jurásico. El socialismo andaluz durante tan largo tiempo en manos de Chaves significa dependencia, mucho paro, ley de oligarquía partitocrática, coerción de creatividad civil, caciquismo del XIX puesto en un disco duro del siglo XXI. Gran caladero del voto socialista, Andalucía se convierte en paradigma esclerótico del PSOE de Zapatero aunque a Chaves se le tuviera en Madrid con poco presupuesto y escasas competencias.

Ciertamente, en el escenario de la política todo es posible, incluso las resurrecciones. Después del desperfecto de las elecciones gallegas, a Zapatero le queda la oportunidad de las elecciones europeas en junio y para eso ha hecho su remodelación de gobierno, pero sin el perfil de calidad, innovación y estabilidad que un electorado ansioso espera para confiar en algo. Salvo un trance de transfiguración, el problema cada vez más será Zapatero. No hay impedimento mayor a la imprescindible sincronización del PSOE con lo que es el futuro. Es desapacible circunstancia para una sociedad que se siente desalentada, carente de hoja de ruta, cercada por la incertidumbre y el paro.
vpuig@abc.es

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El recibimiento que le preparan a Alberto Núñez Feijoo
Luis Miguez Macho elsemanaldigital  9 Abril 200

Manuel Fraga acostumbraba a empezar sus mandatos como presidente de la Xunta de Galicia con una procesión cívica que discurría desde la sede del Parlamento de Galicia hasta la Plaza del Obradoiro de Santiago e iba amenizada por centenares y centenares de gaiteros. El recibimiento que se le está preparando a Alberto Núñez Feijoo es de una clase muy distinta, porque la izquierda y los nacionalistas han digerido con gran dificultad la sorpresa que ha supuesto su desalojo del poder en las recientes elecciones autonómicas.

¡Que viene el Opus Dei!
El que parece que será el nuevo líder del PSdeG tras la defenestración de Emilio Pérez Touriño, Manuel Vázquez Fernández (a) "Pachi Vázquez", ex-alcalde de Carballiño (Orense), conselleiro en funciones de Medio Ambiente, no ha tenido mejor forma de estrenarse que declarar en la prensa local que "Galicia no se merece ser liderada por el Opus con Feijoo". Pues empezamos bien, porque inventarse realidades paralelas no es precisamente la vía más adecuada para analizar con ecuanimidad las causas de una derrota electoral y tratar de corregirlas para volver lo antes posible al poder.

Como es evidente, con Alberto Núñez Feijoo Galicia no va a ser dirigida por el Opus Dei, sino por el PP. Ciertamente, en el PP hay miembros del Opus Dei, pero lo mismo ocurre en nuestro entorno en partidos de izquierda similares al PSOE, como el Partido Socialista de Portugal o el Partito Democratico italiano. Que el PSOE esté cerrado a los miembros del Opus Dei, más que un motivo de orgullo, debería considerarse una muestra de sectarismo e intolerancia desconocida en los grandes partidos de centroizquierda del resto de Europa.

Con todo, lo peor de las declaraciones de Vázquez no es eso, sino el que cierta izquierda siga agitando el nombre del Opus Dei de la misma manera en que la que ellos llaman "derechona" utilizaba en el pasado la conspiración judeo-masónica. A Manuel Fraga se le ha reprochado muchas veces el efectuar declaraciones públicas políticamente incorrectas que algunos interpretan como salidas de tono, pero, cuando perdió el poder en 2005, no se le ocurrió decir que Galicia no merecía ser liderada por la famosa conspiración.

Ay de él si lo hubiera hecho. En cambio, Vázquez ha podido soltar el disparate del Opus Dei sin coste mediático o político alguno. Y es que con tanta "memoria histórica", el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero y los medios de comunicación afines retroceden cada vez más a épocas pasadas, la Guerra Civil, los años sesenta; por eso es tan necesaria en España una nueva izquierda que haya asumido lo que significó la Transición igual que lo ha hecho el centroderecha, y a ese fin debería servir la UPyD de Rosa Díez y no a llevar a seguidores desencantados del PP a entregar su voto a quien se mueve en otro espacio ideológico.

La libertad (língüística) es cara; en cambio, la imposición sale barata
Los nacionalistas, como siempre, han ido más lejos que el PSdeG en su cariñoso recibimiento al que será nuevo presidente de la Xunta. Directamente, ya lo tienen amenazado con furibundas movilizaciones a cuenta de una de las promesas electorales del PP que más decisivas han resultado para el buen resultado del partido en las ciudades, la derogación del decreto que impuso que en la enseñanza no universitaria al menos la mitad de las clases, incluidas todas las asignaturas fundamentales, se impartan en gallego, con prohibición expresa de que los niños utilicen el castellano en las materias impartidas en la lengua autonómica.

Sobre esta cuestión ha sido de todo punto imposible entablar un debate razonable y civilizado entre opositores y partidarios del decreto. Mientras los primeros, entre los que me cuento, demandamos, simplemente, libertad de elección entre las dos lenguas cooficiales, los segundos responden que el castellano no está en peligro en Galicia, pero el gallego sí. Como se puede observar, se trata de un verdadero diálogo para besugos en el que los dos planos de la argumentación ni se encuentran ni podrán encontrarse nunca.

Resulta evidente que el gallego no está en peligro, a pesar de los estudios interesados que la archihipócrita prensa local (editada casi en su integridad en castellano y que no parece que fuese a aceptar de buen grado para su propio ámbito un decreto como el aprobado para la enseñanza) se ha apresurado a publicar y a jalear acríticamente en cuanto se produjo el batacazo electoral del bipartito. Sigue siendo el idioma autonómico con mayor nivel de conocimiento y uso, y lo único que ha perdido en los últimos años, debido al proceso de urbanización creciente de la sociedad gallega, ha sido personas que la utilizan como primera lengua. A cambio, gracias a su introducción en la enseñanza, nunca hubo tanta gente capaz de leerlo y escribirlo.

Pero aunque de verdad estuviera en peligro. Si contamos con un régimen de cooficialidad lingüística, los ciudadanos debemos tener reconocida y garantizada la libertad de utilizar cualquier de las dos lenguas oficiales y de que de nuestros hijos se eduquen en la que elijamos, sin perjuicio del conocimiento de la otra.

A esto se repone, y no sólo desde los sectores nacionalistas vinculados al BNG, sino también desde los vinculados al PSdeG, que la libertad de elección es cara, porque supone duplicar recursos educativos. O sea, que la libertad es cara, pero la imposición sale barata. ¿Será éste el resumen de lo que significa la ideología del ciudadanismo zapateresco y su supuesta "ampliación de libertades"?

El PP debe cumplir sus promesas electorales y convertirse en el partido de las libertades
Yo no represento a ninguna de las meritorias asociaciones que en Galicia defienden la libertad lingüística y sólo puedo hablar en mi condición de padre de niños en edad escolar, pero a mí me bastaría con un par de cosas muy sencillas y muy baratitas: que el primer aprendizaje de la lectura y la escritura, en la educación infantil, se haga en todo caso en la lengua que elijan los padres, lo que supone la supresión inmediata de las "galescolas" públicas en las que se escolariza a los niños a la fuerza en gallego, y que en el resto de los niveles educativos se permita a los padres (o a los propios alumnos, cuando tengan madurez suficiente) la elección del idioma de los libros de texto y a los niños expresarse y examinarse en la lengua oficial de su elección, fuera de las clases de cada idioma.

Hombre, lo normal sería que los profesores impartiesen también las clases en la lengua elegida por los padres, pero si da mucho reparo la "segregación" de los alumnos por idioma o no hay alumnos suficientes para formar grupos separados sin un incremento insostenible del gasto educativo, esto para mí tiene una importancia secundaria frente a lo otro. La realidad es que, para quien ha nacido y se ha criado en Galicia, o lleva algún tiempo en esta tierra, gallego normativo y castellano son lenguas mutuamente inteligibles, por lo que su convivencia en las aulas no plantea dificultades insuperables.

Estas demandas deberían estar recogidas como derechos individuales de los padres y de los alumnos en una norma jurídica del máximo rango, es decir, en una ley, y también el Estatuto de Autonomía si se emprende finalmente su reforma. Sería una buena ocasión para convertir la vigente Ley de Normalización Lingüística en una Ley de Libertades Lingüísticas que igualmente consagre el derecho a la rotulación bilingüe, el derecho a que las Administraciones públicas gallegas dispongan de todos sus escritos y formularios en versión bilingüe y el derecho a que éstas se dirijan a los administrados automáticamente en la lengua oficial que los mismos utilicen, sin necesidad de ruegos ni peticiones en tal sentido.

Si el PP cumple sus promesas en este terreno, como yo no dudo que hará, se convertirá para la inmensa mayoría de los gallegos en el partido de las libertades públicas y nos proporcionará la verdadera "ampliación de libertades" que el PSOE, de la mano de los nacionalistas, se niega a llevar a cabo.

La cartera de Chaves
Germán Yanke Estrella Digital 9 Abril 2009

El día de ayer, en medio de los festejos por el cambio de Gobierno, tomas de posesión, formulación de objetivos, entusiasmos varios, etc., fue de algún modo una jornada de reconocimiento de fracasos, algo que -aunque doloroso- no tiene por qué ser malo para el futuro. El propio presidente, con el baile de las competencias de Universidades y Políticas Sociales, ya comenzaba por reconocer que su experimento de hace un año no había dado ningún resultado y sí muchos quebraderos de cabeza en unas materias que son fundamentales siempre y especialmente en momentos de crisis económica.

La salida del Gobierno del vicepresidente Solbes, agridulce entre los merecidos elogios y las cifras económicas, encarna en una persona un fracaso que es de todo el equipo gubernamental con el presidente a la cabeza (y con gobiernos anteriores que no supieron afrontarlo en momentos de bonanza): la crisis global ha dañado especialmente a España por las deficiencias de nuestro sistema económico y por el desacierto de las muchas medidas que hasta el momento se han aprobado para combatirla.

Gabilondo y Jiménez, en Educación y Sanidad, tendrán que administrar la rectificación del primer fracaso citado. La vicepresidenta Salgado tomar las riendas de la batalla contra el segundo y sería una saludable sorpresa que, además de gestionar con mano dura el gasto público (mano dura no significa contención, hay que añadir), propiciara desde su cargo las reformas estructurales tan necesarias como anunciadas y comentadas y los precisos pactos para terminar con la parálisis parlamentaria en estas materias.

Pero también aletea en la crisis de Gobierno otro fracaso que, lamentablemente, va más allá de este y de los demás gabinetes ministeriales y se extiende a otras instituciones y a la despreocupación de la sociedad española. Las indudables ventajas del sistema autonómico han quedado empañadas por un exceso de gasto público, fruto tanto de la voracidad de los gobiernos regionales como de la concepción patrimonial del poder y la falta de un control real de las administraciones autonómicas.

Todo ello ha constituido un abrumador desorden y se ha vuelto aún más hiriente en las actuales circunstancias. En un reciente debate parlamentario entre el presidente Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, el hecho de que se reprocharan mutuamente el gasto de comunidades y ayuntamientos gobernados por uno u otro partido, revela ya la importancia del asunto y la coincidencia en la necesidad de poner orden y de que, como ahora se estila en decir, todas las instituciones, incluidas las autonómicas, empujen en la misma dirección para combatir los problemas económicos.

Esta parece ser la labor encomendada a Manuel Chaves como vicepresidente tercero del Gobierno. Experiencia no le falta, desde luego, pero su gestión como presidente de Andalucía tampoco es un ejemplo de aquello a lo que se quiere invitar a todos. Es más, en muchos gobiernos regionales, y no sólo del PP, puede ser considerado como una parte en la ridícula batalla autonómica que, de pronto, se convierte en juez. Después de reivindicar la "deuda histórica" de Andalucía no es fácil ir a Vitoria y pedirle contención en el gasto, a pesar de las promesas electorales hechas, al futuro lehendakari López.

Tampoco, por mucho que sus colaboradores esgriman sus buenas relaciones catalanas, parece sencillo oponerse a las consecuencias de una concepción bilateral del poder autonómico y de la sensatez competencias tras haber reclamado los ríos como propios de la comunidad autónoma que ha presidido hasta ahora.

A una necesidad (el efecto nocivo de las desbordadas políticas de muchas comunidades autónomas) se ha añadido otra (la sucesión en Andalucía con tiempo suficiente para encarar el ascenso en las encuestas del PP) y la unión de ambas, que aparentemente resuelve las preocupaciones de Rodríguez Zapatero, precisa ahora un cambio de papeles, una superación del pasado, una labor negociadora tan delicada como enérgica, que sólo el tiempo dirá si se logra.

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